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A?QuiAi??n triunfarA? en los comicios de 2012?

Diana GuillAi??n
Instituto Mora
Revista BiCentenario #16

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Adivinar el futuro no forma parte de las tareasAi??que emprendemos los estudiosos de laAi??realidad social, pero conforme se acercanAi??las elecciones presidenciales de 2012 la tentaciA?nAi??de aventurar algunas ideas sobre el posible resultadoAi??de las mismas gana terreno y ademA?s de acadAi??micosAi??interesados en el tema, se suman a la aventura prospectiva muchos mexicanos que al emitir su voto se convertirA?n en protagonistas anA?nimos de la historia que estA? por escribirse.

El derrotero que tome la misma nos involucra a todos, de allAi?? que se entienda la complicidad tejida entre extraAi??os cuando al abordar un taxi el conductor y el pasajero intercambian preferencias electorales sin importar posibles diferencias en tAi??rminos de nivel socioeconA?mico, de antecedentes culturales y educativos e inclusive de filias y fobias polAi??ticas.

La escena que se repite en el mercado, en el lugar de trabajo, a la salida de la escuela de los hijos y en otros tantos espacios pA?blicos que se prestan para la socializaciA?n en las pequeAi??as y grandes ciudades, constituye un buen indicador de la inquietud que flota en el aire a propA?sito del ejercicio cAi??vico que, bajo condiciones que de antemano sabemos restringen sus alcances dados los altos Ai??ndices de pobreza y analfabetismo imperantes, tendrA? lugar el 1Ai?? de julio. Ignoro si patrones similares se reproducen en el campo, pero me inclino a pensar que las inquietudes a propA?sito de los partidos y en su defecto personajes que atraerA?n el voto mayoritario de la sociedad mexicana, se delinean con mA?s claridad en el ambiente urbano, quizA? precisamente porque los niveles de marginalidad son menos agudos.

La ciudad de MAi??xico constituye en ese sentido un buen escaparate para ubicar las distintas hebras con las que se teje la vida polAi??tica nacional. Sus pobladores comparten las carencias que imperan en otros puntos de nuestro paAi??s, pero en tanto centro polAi??tico-administrativo del mismo, la competencia partidaria y la lucha por ocupar cargos de representaciA?n popular son particularmente encarnizadas, asAi?? que las escenas a las que me referAi??a antes suelen adquirir un tinte proselitista y en mA?s de una ocasiA?n se acompaAi??an de acaloradas discusiones que humanizan el paisaje impersonal propio de toda gran urbe.

Presenciarlas y formar parte activa de ellas constituyen experiencias que invitan a la reflexiA?n; por ello, en las siguientes lAi??neas tratarAi?? de identificar los elementos de nuestro pasado y de nuestro presente que ofrecen pistas sobre las rutas por las que transitarA? nuestra reciAi??n estrenada alternancia polAi??tica, con la idea de realizar en compaAi??Ai??a de los lectores de BiCentenario un fugaz recorrido a travAi??s de las ventanas que se abren hacia el futuro a partir de nuestro ayer y de nuestro hoy.

Una mirada al ayer y al hoy

Durante 70 aAi??os el A?nico camino para triunfar en las urnas era ser postulado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI); poco importaba la plataforma electoral que lanzara, la campaAi??a que llevara a cabo, el discurso que desarrollara, la forma en la que hubiese actuado previamente o inclusive el candidato que eligiera, de antemano se podAi??a vaticinar su triunfo. Los mecanismos para erigir tan incuestionable poderAi??o descansaban en el control sobre el aparato estatal y sobre los recursos vinculados con el mismo, pero tambiAi??n respondAi??an a imaginarios individual y socialmente construidos a propA?sito de los procesos electorales.

Con el paso del tiempo este modelo de ejercicio polAi??tico terminA? por desgastarse y el priismo, de la mano de los mecanismos y canales que lo habAi??an encumbrado, viviA? procesos de quiebre importantes; durante la dAi??cada de 1980 los resquebrajamientos del partido oficial propiciaron conflictos poselectorales y movilizaciones en el plano local, al tiempo que en el marco de una creciente demanda a favor de la democracia se reconocieron triunfos a la oposiciA?n en el nivel estatal.

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Ambos elementos marcan a mi juicio el principio del fin de uno de los mecanismos ideolA?gicos que apuntalA? el poderAi??o del PRI dentro del escenario polAi??tico mexicano: la convicciA?n de que era imposible derrotarlo en las urnas. Se habAi??a aprendido en el dAi??a a dAi??a que cuando el partido
oficial no ganaba a pesar de todas las ventajas de las que disponAi??a, arrebataba; en ese contexto la simple idea de cuestionar su indestructibilidad se transformA? en una llave que abriA? la puerta a distintas formas de resistencia contra la imposiciA?n electoral.

La certidumbre que se extendiA? entre amplios sectores de la sociedad de que en 1988 el candidato priista llegA? a la presidencia de la repA?blica gracias a un fraude apenas encubierto, fue un duro revAi??s para quienes desde distintas trincheras empujaban a favor de la democracia, pero aA?n asAi?? la erosiA?n del rAi??gimen siguiA? su marcha y las protestas contra el fraude propiciaron vientos de cambio marcados por reformas electorales, por el fortalecimiento de los partidos y por la recomposiciA?n de las fuerzas polAi??ticas.

A mediados de la dAi??cada de 1990 las nuevas reglas del juego favorecieron contiendas electorales mA?s equitativas y los triunfos de candidatos no priistas en las esferas legislativa y ejecutiva se multiplicaron. El problema fue que tras la pluralidad partidaria subsistieron estructuras de poder que histA?ricamente habAi??an beneficiado al PRI y hoy por hoy es claro que mientras dicha esencia se mantenga el priismo seguirA? conservando ventaja sobre sus contendientes.

AtrA?s de la decisiA?n de por quiAi??n votar, en la mayorAi??a de los casos no han existido elecciones racionales sustentadas en posibles beneficios a obtener, en afinidades ideolA?gicas y en un convencimiento propiciado por campaAi??as publicitarias exitosas, lo que ha predominado son patrones propios de un rAi??gimen con esencia autoritaria que, entre sus triunfos, contaba el haber convencido a un buen nA?mero de mexicanos de que el partido oficial era invencible y de que convenAi??a mA?s aliarse con Ai??l que emprender infructuosos esfuerzos para derrotarlo.
El votante medio asistAi??a a las urnas como parte de un ritual que poco incidAi??a sobre la conducciA?n del paAi??s. El desapego hacia los comicios y la dAi??bil legitimidad que envolvAi??a los resultados emanados de las urnas tuvieron su origen en las prA?cticas que desde el siglo XIX hicieron del voto una ficciA?n ejercida por ciudadanos imaginarios, por lo que el PRI solo reforzA? esta impronta en los procesos polAi??ticos que nacieron al amparo del MAi??xico posrevolucionario.

El PRI es responsable de haber recuperado las herencias decimonA?nicas y de haberlas refuncionalizado alrededor de tres ejes que marcaron su ascenso y consolidaciA?n: el corporativismo, el presidencialismo y el partido A?nico. Su poder se erigiA? sobre tales pilares y las prA?cticas polAi??ticas asociadas a los mismos se convirtieron en el referente a partir del cual la sociedad aprendiA? a relacionarse con las estructuras estatales.

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??base a la Revista BiCentenario.

La identidad nacional en las novelitas mexicanas de la primera mitad del siglo XIX

Guadalupe GA?mez-Aguado
Centro de EnseAi??anza para Extranjeros, UNAM

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 11.

 

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A?CA?mo eran los mexicanos despuAi??s de la Independencia? A?CA?mo se describAi??an a sAi?? mismos? Hoy en dAi??a es comA?n escuchar que los mexicanos somos alegres, cariAi??osos, informales, flojos, toda una serie de estereotipos que pretenden describir la identidad nacional. Ai??sta, sin embargo, es una construcciA?n cultural cambiante con el paso del tiempo y que se entreteje con ideas y creencias que pretenden describirla de forma definitiva. Vale la pena preguntarnos cA?mo fueron los primeros intentos de construir nuestra identidad nacional.

Nuestros primeros escritores, jA?venes todos, escribieron una serie de relatos breves, a los que se llamA? ai???novelitasai??? hacia la tercera dAi??cada del siglo XIX, donde quisieron lograr una definiciA?n de lo mexicano. Estaban llenos de ideas sobre las oportunidades que brindaba la separaciA?n de EspaAi??a, creAi??an vivir en un paAi??s lleno de riquezas, de recursos naturales ilimitados y en el que sus pobladores se sentAi??an orgullosamente americanos, en contraste con quienes procedAi??an de la vieja Europa, en la que faltaba la libertad. MAi??xico, sin embargo, sufrAi??a de enormes desigualdades no sA?lo polAi??ticas sino sociales y culturales asAi?? como de una gran desuniA?n, producto de las fuertes diferencias entre las clases y del hecho que en su gran territorio sA?lo vivieran ocho millones de habitantes.

A?QuAi?? era entonces lo que distinguAi??a al paAi??s de la Madre Patria? Los nuevos autores se preguntaban a quAi?? apelar para distinguirse de quien durante 300 aAi??os oprimiA?, a sus ojos, a la Nueva EspaAi??a. Para muchos, el esplendoroso pasado indAi??gena fue el signo propio de los mexicanos. Textos histA?ricos y literarios buscaron en lo prehispA?nico lo que hacAi??a A?nica a la naciA?n mexicana. Y ese pasado debAi??a ser esplAi??ndido y uniforme, aun cuando quienes lo vivieron no formaron una unidad polAi??tica. El mito de la naciA?n indAi??gena anterior al dominio hispano se nutriA? de la fe en una posible restauraciA?n de un imaginario imperio mexicano y propagA? el rechazo a lo que tuviera que ver con lo espaAi??ol. La guerra de Independencia fue vista como el movimiento que quiso vengar las injusticias de la conquista, es decir, como el rescate de la libertad perdida tres siglos antes.

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Para leer el artAi??culo completo, consulte la revistaAi??BiCentenario.

CuestiA?n de criterio

Francisco Porras -Ai??Instituto Mora

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 2.

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A lo largo de nuestra historia, los gobiernos en turno han puesto en marcha programas para mejorar la vida de los mexicanos. A estos programas ahora les damos el nombre de polAi??ticas pA?blicas. durante el siglo XIX, por ejemplo, gran parte de la poblaciA?n mexicana padecAi??a una mortandad infantil elevada y una baja expectativa de vida por enfermedades infecciosas. Sin embargo, la relaciA?n entre Ai??stas y la mala calidad de los servicios urbanos fue conocida en forma gradual, y los gobiernos la incorporaron en sus decisiones de manera irregular. Una gastroenteritis, por ejemplo, podAi??a ser considerada como un problema estrictamente privado. En el siglo XXI, esto ya no es posible, sabemos que tener drenaje, agua potable y pavimentaciA?n reduce este tipo de enfermedades. Prevenir y tratar infecciones estomacales que pueden ser mortales es un asunto pA?blico, con implicaciones en la economAi??a y la estabilidad polAi??tica. una de las cuestiones mA?s interesantes en el estudio de las polAi??ticas pA?blicas es la que se refiere al criterio. El criterio es el valor que nos ayuda a determinar cuA?ndo los resultados de un programa gubernamental han sido exitosos o no. Por ejemplo, si despuAi??s de seis meses de abierto un nuevo hospital Ai??ste permaneciera con bajos porcentajes de ocupaciA?n, el criterio serAi??a indispensable para establecer si esto es un buen resultado (no hay enfermos), o uno malo (hay enfermos, pero Ai??stos no tienen acceso al hospital).

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SeAi??or Carranza: Que me devuelvan la plata

Revista BiCentenario, No.5, PA?gs. 62-67

Los vientos de cambio que significA? la RevoluciA?n Mexicana llegaron a todos los rincones de la RepA?blica. El estado de Hidalgo ai??i??apenas nacido en 1869ai??i?? pasA? por todos ellos, siendo como era casi una copia reducida del MAi??xico porfiriano.

Pachuca f. XIX B-5

A. S. Wilson, Vista de Pachuca a finales desl siglo XIX

En efecto, su autoritario rAi??gimen de gobierno, estuvo en muy pocas manos: las de los Ai??hermanos Rafael, SimA?n y Francisco Cravioto, quienes se turnaron en el poder de 1876 hasta 1897, cuando una discrepancia con el presidente DAi??az los sacA? del escenario polAi??tico, siendo sucedidos por el oaxaqueAi??o Pedro L. RodrAi??guez hasta mayo de 1911. Acorde con la administraciA?n modernizadora de don Porfirio, la economAi??a hidalguense recibiA? un gran impulso: se trazaron lAi??neas fAi??rreas, telegrA?ficas, elAi??ctricas y telefA?nicas, lo cual estimulA? el mercado interno. Hubo inversiones tanto nacionales como extranjeras, sobre todo en la industria; asAi??, la United States Mining Smelting and Refining Company comprA? la antigua CompaAi??Ai??a Minera Real del Monte y Pachuca en 1906 y se instalaron fA?bricas de hilados y tejidos y de cemento. Los ranchos y las haciendas aumentaron, lo cual hizo crecer la producciA?n agrAi??cola, en particular del maguey, que convertido en pulque era remitido al Distrito Federal, donde se hallaban sus clientes mA?s numerosos. Paralelamente, las obras pA?blicas ordenaron las poblaciones y, a veces ai??i??como en Pachucaai??i??, las engalanaron con nuevas construcciones y monumentos. Progresaron tambiAi??n la educaciA?n y algunas artes.

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