Archivo de la categoría: BiCentenario #23

Aquellas Selfies

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

[TranvAi??as de Orizaba ]col. RamA?n Aureliano (1024x631)

Autor no identificado, sin fecha, [Tranvías de Orizaba], col. RAA.

Ser o no ser. Ser vistos o no ser nada. La fotografía siempre ha sido la huella más amistosa para dejar rastros de quiénes fuimos, de dónde venimos. Una huella tan poderosa, aunque de resultados lúdicos, semejante al documento que nos identifica, el acta de nacimiento, la casa donde crecimos, o la calle que lleva un nombre familiar, si es que tan alto llegamos en las consideraciones de los vecinos. ¿Cómo resistirse a no dejar una impronta visual, al menos, si está en nuestro ADN exhibirnos, así sea enmarcados? Los retratos quizá hayan sido los primeros, aunque estuvieran fuera del alcance de la mayoría cuando la fotografía no era ni siquiera sueño. Los hubo esculpidos en piedra en el Antiguo Egipto o en construcciones monumentales de la Edad Media. Le siguieron los célebres de la pintura: Durero, Botticelli, Goya, Van Gogh, Renoir, Frida Khalo, que mostraron en autorretratos cómo se veían a sí mismo. Verdaderas autobiografías en paletas de colores. La fotografía fue el siguiente paso. Las familias Araoz y Pontones se paseaban de la estación del ferrocarril al mercado de Orizaba en los modernos tranvías tirados por mulitas. Inaugurado en 1878, aunque la imagen no tiene fecha, era una muestra de modernidad, una novedad que debía quedar registrada. Al pie de una mesa, junto a otras imágenes muy apreciadas, enmarcadas en una pared, protegidas celosamente en albúmenes, las fotografías se inmortalizaron como huellas familiares, testigos de las vestimentas de época, los registros del dolor o los hechos históricos. Algunas de aquellas miradas posadas y serias habrán podido repetirse cuando llegaron los primeros autos a la ciudad. ¿Quién no ha seguido la misma rutina de mostrarse junto a lo nuevo y excitante? Entrado el siglo XXI los rastros que dejamos se van apagando. El formato perenne de la fotografía se desvanece. La captura del momento ya no tiene la vigencia de lo perdurable. Ahora son instantes de autopromoción que se pierden en las redes sociales. Uno tras otro. La adicción, en todo caso narcisista, por el autorretrato –ahora con impronta sajona bautizada como selfie–, de las risas individuales o grupales congeladas en pixeles, tiene la durabilidad del disparo de la cámara. La imagen se sale de la sala de la casa para buscar reconocimiento entre amigos y desconocidos donde la web lo permita. Es la nueva huella vanidosa de un instante que no pretende perpetuarse. Mírenme, luego existo.

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Gilberto Nava Presa. Memorias de un militar villista

Guadalupe Villa Guerrero / Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

Yo les puedo relatar toda la campaña del general Villa, dice este hombre orgulloso de estar junto al caudillo en momentos clave de su lucha revolucionaria. La sangrienta batalla por Zacatecas, el paso por la tensa convención de Aguascalientes y la derrota en Celaya forman parte de la riqueza histórica de su narración.

Fot. H. J. Gutierrez,Fuerzas revolucionarias de la DivisiA?n del Norte, La IlustraciA?n Semanal, 2 de noviembre de 1914. (800x439)

Escolta que acompañó al Gral. Francisco Villa durante su viaje a Aguascalientes, en La Ilustración Semanal, México, 1914. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”/Instituto Mora.

En este 2014 se conmemoran varios centenarios que dan cuenta del agitado año que se vivió en el México revolucionario: las grandes batallas de la División del Norte encabezadas por Francisco Villa; la invasión de Veracruz por la armada estadounidense; la Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes y el encuentro de Villa y Emiliano Zapata en la ciudad capital.

El testimonio que aquí se presenta es el de un hombre que –deduzco-, se unió a Villa en 1913 y permaneció a su lado hasta la derrota de 1915. La entrevista con el teniente coronel Gilberto Nava Presa transcurrió 46 años después, por lo que el personaje incurre en algunos olvidos comprensibles. No obstante, sus recuerdos sobre la toma de Zacatecas (23 de junio de 1914) y su participación en la Convención de Aguascalientes (octubre) destacan por su importancia; en el primer caso, la crudeza de la batalla y la gran mortandad; en el segundo, la ruptura con Venustiano Carranza y la escisión revolucionaria.

Diversos autores han considerado que, durante el constitucionalismo, la batalla de Zacatecas fue la más sangrienta de todas las que tuvieron lugar en la lucha contra el gobierno de Victoriano Huerta. Los testimonios de testigos y partícipes –revolucionarios, federales y civiles, nacionales y extranjeros dan cuenta de ello. Algo que llama poderosamente la atención es la poca información que, en ese momento, se produjo sobre la batalla de Zacatecas. En los días en que estaba por resolverse la victoria a favor de los revolucionarios no hubo periódicos, ni siquiera el oficial del gobierno del estado, que brindaran amplia información. Victoriano Huerta ejerció control absoluto sobre la prensa nacional y en Zacatecas hubo una cuidadosa supervisión para que no se supiera de las derrotas federales. Pero, por otra parte, la atención estaba centrada en un hecho que ocasionó una tensa situación diplomática: la ocupación del Puerto de Veracruz por marinos de la armada de Estados Unidos. Su estancia se prolongaría por espacio de siete meses (21 de abril al 23 de noviembre). El comandante Frank Fletcher impedía el desembarco de armas destinadas a Victoriano Huerta; el alarde de fuerza (44 barcos de guerra) persuadió a las tropas federales de retirarse, en tanto que la defensa de Veracruz estaba a cargo de los cadetes de la Escuela Naval y de voluntarios civiles.

Con este panorama como telón de fondo, transcurrió la Convención de Aguascalientes a la que el teniente coronel Gilberto Nava Presa concurrió como uno de los observadores del general Villa, subrayando el hecho de la tensión ocasionada por la elección de Eulalio Gutiérrez como presidente provisional y el desconocimiento de la primera jefatura de Carranza. El entrevistado concluye la narración de sus recuerdos con la derrota del ejército villista en Celaya, fracaso atribuido al suministro de parque falsificado.

A continuación se presenta una selección de la entrevista realizada por Alexis Arroyo y Daniel Casez, al teniente coronel Nava Presa, el 19 de enero de 1961, en la ciudad de México, catalogada en el Archivo de Historia Oral bajo el registro (PHO/1).

Relatos de más de una batalla

Alexis Arroyo y Daniel Casez

… En Chihuahua me incorporé como capitán a un regimiento que se llamaba Hidalgo. En ese tiempo se estaba organizando la División del Norte, ya se oía la División del Norte, entonces ese regimiento se quedó con el nombre de Segundo Regimiento de la Primera Brigada Villa. Yo les puedo relatar toda la campaña del general Villa… Tengo el más grande honor de haber participado con él en los más grandes combates de la revolución… la parte medular, las principales tomas.

39253-Tropas constitucionalistas durante la batalla de Celaya

Combate en Celaya, abril de 1915, SINAFO.

[De Chihuahua] venimos en trenes con el general Villa, yo ya como oficial del Segundo Regimiento de la Primera Brigada Villa, y desembarcamos en una estación que se llama el Bote [en] Zacatecas. Ya habíamos sabido de que íbamos a tomar Zacatecas porque Pánfilo Natera y todos esos generales… [no] habían podido tomar Zacatecas donde estaban reunidos. Pero nosotros, la División del Norte, éramos pura chamacada de allá del norte, de Durango y todos esos… pues gente que estábamos impuestos a tirar balazos. Luego me acuerdo que llegamos a un rancho que se llama Morelos [cercano a] las inmediaciones de Zacatecas, [donde] hay… muy buenas tunas, por cierto. Ya no me acuerdo cuántos días estuvimos ahí, pero sí… que llegó el general Villa en la mañana, el día precisamente del ataque, estábamos con una bola de generales ahí comiendo… Fierro… José Rodríguez, el coronel José Ordóñez, y no me acuerdo cuantos. Creo que hasta don Raúl Madero, me parece. Estábamos comiendo tunas cuando se soltó la balacera por el lado de Guadalupe, ahí se vino prendiendo, prendiendo, cuando le llegó un correo ahí al general Villa y le dije que el combate pues ya se había echado encima. Me acuerdo que textualmente dijo el general Villa: Bueno hijos, si quieren entrarle a los trancazos, pues vamos a tomar Zacatecas y, diciendo eso, ya ni comió tunas, sino que se fue para donde venían los trancazos, donde venía prendiéndose la mecha, y empezaron a funcionar las ametralladoras, empezaron a funcionar los cañones del cerro del Bote…

Nos ordenaron… que organizáramos nuestros contingentes para entrarle a los balazos, yo… ya era mayor, en Torreón me habían dado el grado de mayor. Y entonces, el mismo general Villa me dio a mí el nombramiento de coronel, después del combate de Zacatecas. Le entramos muy duro, por cierto que estaba tan limpio como donde acampamos nosotros con todo el cuerpo, nadie se separaba, nos dieron la contraseña y ¡vámonos! No recuerdo cómo era la contraseña que me dio el general, y ahí vamos, ¡éntrele! y ¡éntrele! hasta que llegamos, para la una de la tarde estábamos adentro de la ciudad de Zacatecas. Pero era un combate ¡terrible, terrible! Me acuerdo que llegamos a las trincheras de la federación y los agarramos al hilo, nosotros de un solo balazo podíamos matar cuatro o cinco.

Nada más volteadera y volteadera, hubo una mortandad ¡horrible! Pues… acabamos con aquellos pobres, también nosotros tuvimos algunas bajas y entramos a Zacatecas; luego recibimos la orden de mandar quemar todas las cantinas, mandar quebrar todas las botellas de vino que hubiera en las cantinas, porque era una de las cosas que más recomendaba el general Villa, tan pronto entrábamos a una ciudad, inmediatamente a destruir todo lo que hubiera de licor, esa fue una orden terminante del general Villa en toda la campaña… Era una orden que se cumplía y ¡cuidado el que no la cumpliera! El general Villa era un hombre ignorante, pero era un hombre, que era, no sé qué, pues sabía pensar y sabía calcular, calcular todo… tenía una intuición tan terrible. Yo veía que cualquier cosa que le iba a hacer un mal, inmediatamente él lo percibía y lo percibía por ese conocimiento propio que él tenía de las personas…

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El cupo, el juez y el capitán

Rosalía Martha Pérez Ramírez
Instituto Alfonso Vélez Pliego, BUAP

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

En la Puebla de 1837, la disposición del gobernador de completar el personal que se necesitaba en el ejército, era un dolor de cabeza para los jueces. ¿Con quiénes podrían completar la cuota que se pedía?

R. 727. Puebla, vista de la catedral, MAi??xico a travAi??s de los siglos, t. 3 (2)

Vista de la catedral de Puebla, litografía, en México a través de los siglos, T. 3, 1888.

Desde el cuartel menor de la calle de Herreros donde se hallaba el juzgado de paz, don Tomás Axotla caminaba diligentemente hacia la esquina de Mercaderes una tarde de primavera de 1837. Contaba con el tiempo preciso para encontrarse con sus colegas en el taller de don Manuel Zincuneguin, que por esos años era el sastre más reconocido entre las esferas poblanas. Lo mortificaba la idea de llegar tarde a la cita pero ¡qué le iba a hacer!¸ los empleados del juzgado le habían hecho una despedida esa mañana; pero más lo perturbaba que su bondad natural, tan reconocida en dicho acto, se encontrara precisa- mente a prueba. ¿Cuál era la causa? Pues nada menos que la orden de la presidencia de la República para que jueces, fiscales, ministros y demás personal de la administración de justicia se metieran en gastos, por la imperiosa necesidad, porque era imperiosa, de adquirir uniformes nuevos. Don Tomás estaba enfurruñado, renegaba de la disposición del señor presidente, que por segunda ocasión en el país era don Anastasio Bustamante, y aunque había argumentado que por no ser ministro del tribunal superior a él no le tocaba, la orden los alcanzaba a todos. ¡Días de protocolos y besamanos!, aunque de muy poca liquidez en las nóminas de las dependencias. Sudando un poco logró entrar al taller de sastrería atrás de sus colegas, quienes lo saludaron amablemente, disimulando su extrañeza al verlo llevar una gallina bajo el brazo, obsequio de sus empleados que así le agradecieron sus bondades.

En la misma tarde calurosa subían por la calle de la Aduana, que ahora se conoce como de la Aduana Vieja, varios muchachos, empujándose y bromeando entre sí con toda la alegría de la edad, encaminados hacia el mismo local. Bien mirado, ya no estaban tan jóvenes como para alborotar tanto, andaban por los 17 años de edad desbordando energía. El más alegre de ellos, Melchorito Barreda y Nurieta, traía bajo el brazo un atado de figurines que había estado hojeando esos últimos días, para ajustarse a los dictados de la última moda que llegaba de Francia. Los dos grupos entraron casi al mismo tiempo al espacioso taller, en donde el personal tuvo la atención de recibirlos y rogarles un momento de espera. Por un lado, los muchachos, ante espejos muy grandes que enmarcaban su as- pecto juvenil (uno de estos espejos puede aún admirarse en la dulcería El Lirio, de la calle de Santa Clara), y en otra sala, los jueces y demás empleados de los juzgados, a quienes también, se les rogó esperar. La colección de figurines parisinos pasaba de mano en mano entre los amigos de Melchor, todos ellos vecinos de la traza española de la Puebla, que soñaban con lucir el pantalón de estribos, chaleco de terciopelo afelpado, de cuadros o de sedas de aguas con botón de seda, un poquito más largos de lo acostumbrado. Los grabados mostraban pantalones de casimir de cuadros, de medios colores, con pialera y más bien anchos; corbatas de chal de colores oscuros salpicadas de blanco, con nudo a la negligée y un pequeño prendedor; y para rematar, sombreros negros de ala ancha y copa alta, terminan- do el atuendo con un bastón delgado con cabecita de marfil, guante blanco,

¡Vaya! esta moda los hacía imaginarse bajo el balcón de alguna moza recitándole aquellos versos de…

Era notorio el contraste entre los dos grupos, mas no se podía decir, ni mucho menos, que los jueces tuvieran el paso cansado, ya que a pesar de contar con tres o cuatro lustros más de edad, montar a caballo los mantenía en forma, y bueno, de vez en cuando se presentaban en el teatro para darse gusto con las cantantes extranjeras que pasaban por la ciudad. Lo cierto es que en esos años, a la judicatura le preocupaban muchas cosas y entre ellas una en particular oprimía a los jueces hasta provocarles dolores de cabeza: las disposiciones dadas años atrás por el gobernador Juan José Andrade, consistentes en llenar el cupo, o dicho de otro modo, completar el personal que se necesitaba en el ejército ¡Y no era para tomarse a la ligera! Los papeles que se pegaron en los lugares de costumbre, anunciaban: El gobierno del departamento fijará a los alcaldes término prudente para que remitan el cupo conforme a las leyes, imponiéndose a quienes no lo cumplan multas de hasta 400 pesos o prisión de seis meses.

Pues no, no era para tomarlo a chiste, porque si ya en el año 1832 se anunciaba castigo a los alcaldes, pronto la normativa alcanzó también a los jueces. Por otra parte, desde tiempos del gobernador Patricio Furlong el gobierno central había reducido la edad para el alistamiento a las milicias cívicas de 22 a 18 años, y la disposición, que se extendió a todos los cuerpos, pronto iba a incluir a muchos jóvenes como Barredita y condiscípulos.

Pero volvamos al decreto que motivaba la reunión de Axotla y sus colegas en el taller de Zincuneguin esa tarde que ya iba refrescando. Le había tocado a don Juan González Cabofranco, por ser entonces gobernador de Puebla, transmitir a los juzgados la orden de modificar los uniformes del personal, dándoles un toque de elegancia y lujo, orden que la judicatura recibió con preocupación porque hacía cinco años que la paga se había vuelto irregular. El comedido sastre circulaba entre todos obsequiosamente, oyendo las especificaciones que le daban sus notables clientes y tomándoles medidas, asegurando que empezaría los trabajos en cuanto tuviera los materiales necesarios. Así se enteró que el atuendo de los jueces sería muy parecido al de los ministros y el fiscal de la Suprema Corte de Justicia, que ya le eran conocidos. Su asistente principal, flaco como un silbido, tomaba las notas para la confección del uniforme señalado como grande, consistente en casaca de paño azul oscuro, con solapa, puño y faldones de espalda, carteras bordadas, el derredor de los filos de la casa- ca con el mismo bordado que las carteras y botón de oro con el águila nacional. Se usaría con el centro de casimir blanco compuesto de chupa y calzón corto. El sombrero iba montado, sin galón, guarnecido de pluma blanca en lo interior, con presilla de oro y escarapela nacional, y para terminar, una espada con guarnición de oro. Había otro atuendo más sencillo, pero ese día no fue encargado. Algunos oficiales y escribientes habían acompañado a los jueces; su uniforme debería llevar una franja angosta bordada de oro en el cuello y vueltas de la casaca de paño azul obscuro, cosa que les preocupaba, porque a ellos también se les pagaba cuando el gobierno podía, y eso no era muy frecuente. Para todos los jueces era reglamentario el bastón con puño de oro, trencilla y borlas de seda negra.

R. Trajes hacia 1823 Puebl (800x408)

Trajes de nuestra niñez, 1823 en Apuntes artísticos sobre la historia de la pintura en la ciudad de Puebla, 1874.

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“Qué quiere usted: Soy mexicano”

Arturo D. Ríos
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

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En mayo de 1895 regresaba desde La Habana Leonardo Márquez, el exiliado lugarteniente de Maximiliano. Su presencia en el país generó protestas y apoyos. El periodista Ángel Pola lo acompañó en el tren que lo trajo a la ciudad de México desde Veracruz. Recuperamos aquí el relato del viaje y presentamos una rápida biografía del general a quien se acusaba por las matanzas de Tacubaya y los fusilamientos de liberales.

El militar de mayor grado que defendió al imperio y pudo escapar de la justicia republicana fue Leonardo Márquez, lugarteniente de Maximiliano que, a diferencia de otros jefes como Tomás Mejía o Miguel Miramón –por no hablar del mismo emperador–, a quienes comúnmente se consideró errados en lo político, pero dignos en lo personal, arrastraba una reputación dolorosa. Inspiraba, casi con unanimidad, los peores conceptos. Aunque él siempre lo negó, la mayor parte de la opinión pública lo responsabilizaba por las matanzas de Tacubaya (1859), suceso en el que civiles y médicos fueron pasados por las armas. Así mismo, se le atribuía la orden –que tampoco reconoció jamás– por la cual se fusiló, fuera de toda ley, a Melchor Ocampo (1861). Los liberales tampoco olvidarían que ese mismo año había mandado a fusilar a Leandro Valle y abatido a José Santos Degollado, el héroe de las derrotas.

R. Martires de Tacubaya (480x640)

Primitivo Miranda. Mártires de Tacubaya, en El Libro Rojo, 1870.

Una vez que Maximiliano y sus generales fueron aprehendidos en Querétaro, la ciudad de México se convirtió en la última ciudad de un imperio ya prácticamente inexistente. Al frente de la defensa se encontraba Márquez. El 19 de junio de 1867, día en que Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados en el Cerro de las Campanas, Márquez entregó el mando al general Ramón Tavera para que efectuara la capitulación. Él mismo no podía hacerlo porque, según las leyes republicanas expedidas en tiempo de guerra y los rencores acumulados en su contra, era varias veces acreedor a la pena de muerte.

Permaneció escondido durante seis meses en el corazón de la ciudad, seguramente ayudado por familiares y amigos de mucha confianza. Al fin, un día salió de su refugio vestido de arriero. Tomó caminos perdidos para llegar a Veracruz donde, gracias a Victoria Tornel de Segura, Jorge de la Serna y el doctor Adolfo Hegewish, pudo permanecer quince días oculto en la casa de este último hasta que pudieron arreglar su partida en un barco algodonero procedente de Nueva Orleans, cuyo capitán les cobró 1000 pesos en oro americano a cambio de llevarse al perseguido político.

De esta manera, el general iniciaría un largo y solitario exilio de 28 años en La Habana. Al parecer nunca abandonó la ilusión de redimirse frente a la historia, ya que esporádicamente publicó manifiestos en los que negaba las culpas que se le imputaban y los instintos sanguinarios que se le atribuían. Asimismo, comerciantes mexicanos que visitaban continuamente Cuba –en especial yucatecos y campechanos–, recordarían que era común observar a Márquez en el puerto y los hoteles en los que se hospedaban, repartiendo panfletos que contaban su versión de la historia.

En diciembre de 1894, cuando todos aquellos que tenían una opinión política pensaban –satisfechos o decepcionados, dependiendo el caso– que el régimen encabezado por Porfirio Díaz había logrado una gran concentración de atribuciones, circuló por las calles una noticia que parecía venir de otro tiempo: Leonardo Márquez ofrecía su espada al gobierno mexicano en caso de que estallara una improbable guerra con Guatemala (ambos países sostenían conflictos fronterizos). Salvo algunas expresiones de alarma más bien aisladas, nadie pareció tomar demasiado en serio la posibilidad de que Márquez, de casi 75 años, olvidado cuando no escarnecido, volviera para luchar en ninguna guerra.

R. Melchor Ocampo (480x640)

Primitivo Miranda. Asesinato de Melchor Ocampo, en El Libro Rojo, 1870.

Unos meses después, sin embargo, tomó fuerza el rumor de que el gobierno le había concedido permiso para volver, no como soldado sino como un viejo que deseaba morir en su patria. Un sector de la prensa liberal encabezado por El Monitor Republicano repudió la decisión y lanzó críticas furibundas con la esperanza de que el gobierno diera marcha atrás, pues Leopardo Márquez –dijo– no tenía derecho al perdón ni a pisar el suelo que había enrojecido con sangre de héroes. Además –se advirtió–, su figura podía insolentar al viejo partido conservador, siempre al acecho de las instituciones republicanas. No tuvo éxito, pues el 28 de mayo de 1895 el denostado general desembarcó en el puerto de Veracruz.

Los estudiantes, particularmente los de la Escuela Nacional Preparatoria, hicieron eco de las protestas y, una vez que supieron que Márquez se acercaba a la ciudad de México, acudieron a la estación del tren de Buenavista para manifestarse contra su presencia. Unos días después, y a manera de reclamo, organizaron un mitin para conmemorar la muerte de Ocampo, el cual finalizó con la aprehensión de algunos de ellos. Finalmente, enviaron una carta al embajador de Estados Unidos para advertirle que el alojamiento de Márquez en el Hotel Washington era una afrenta contra el héroe estadunidense y pedían mudar el nombre del edificio por el de Hotel de la Traición.

Otra parte del público y la prensa, sin embargo, apoyó el regreso del general o se declaró indiferente ante un asunto que, dadas las condiciones del país y del personaje en cuestión, ya no era político sino personal: un anciano al que no podían quedarle muchos años de vida –nadie podía imaginar que aún viviría otros 18–, enjuto y nostálgico, quería morir en su país. Nada más. Quienes así opinaban no reconocían en él al tigre de Tacubaya sino a un viejo con el que era indigno ensañarse.

En este contexto El Noticioso y El Universal, más allá de sus opiniones (el primero en contra y el segundo a favor de su regreso), enviaron reporteros a cubrir la llegada de Márquez. Respectivamente, Ángel Pola y Enrique Beteta Méndez. Este último era un redactor y reportero que ocupaba un lugar secundario en su periódico. Por esto, por la animadversión que El Universal producía entre muchos colegas y porque el mismo Márquez lo desmintió respecto a algunos datos, su texto no tuvo tanto éxito como el aparecido en El Noticioso, que es el que aquí presentamos. Hubo otra razón: Pola era reconocido para entonces como uno de los reporteros más sagaces de la capital. A estas cualidades se sumaba el interés que siempre manifestó por la historia reciente del país. Así, fue casi natural que a él le tocara narrar los pormenores del regreso que Márquez emprendió desde Veracruz hacia la ciudad de México.

Antes de topar al general, Pola se dio tiempo para visitar Puebla y asistir a la nueva ihhumación de los restos de Miguel Miramón que, por iniciativa de Concepción Lombardo de Miramón, descansarían en la catedral de dicha ciudad. Como señaló un diario, era una extraña coincidencia observar a Miramón resurgiendo de la tumba al tiempo que Márquez volvía del exilio.

Debido al encono o curiosidad que había suscitado el arribo del exiliado, diversos periódicos se apresuraron a reproducir íntegro o en parte el reportaje de Pola, que así se anotaba un éxito más en su carrera. Cabe decir que Pola, con algunas modificaciones y añadidos merced al tiempo transcurrido, volvió a publicar este texto a manera de introducción al libro Manifiestos. El imperio y los imperiales (1904). En él, reunió y anotó con cierta profusión varios de los manifiestos que Márquez publicara para defender su actuación histórica.

MA?rquez, Manifiestos..., rectificaciones de A?ngel Pola, MAi??xico, F. VA?zquez, 1904 (2)

Márquez, Leonardo. Manifiestos, el Imperio y los imperiales. México: Imprenta de F. Vázquez, 1904. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar” Instituto Mora.

Una última nota: Márquez no moriría en México. Probablemente en 1911, con casi 90 años a cuestas y viviendo una época que en definitiva no era la suya, emprendió, esta vez por voluntad propia, un último exilio en La Habana, donde fallecería dos años después.

Llegada a México del General Leonardo Márquez

Por Ángel Pola

(El Noticioso, 30 de mayo de 1895)

Leonardo Marquez, Imprenta Ch. Wittman, 1904 (2)

Gral. Leonardo Márquez, CA. 1900.

A la una llegó el tren de Veracruz a la Esperanza. En el vagón de primera clase, en un asiento cerca de la puerta delantera, venía sentado el general Leonardo Márquez. A un vistazo se daba con él, con cuatro señas: es bajo, de cuerpo delgado, anciano, una hendidura atroz en el carrillo derecho.

Y puse en sus manos una tarjeta y desde luego me habló con familiaridad. Pasamos al restaurante y tras nosotros iba un muchacho cargando una petaca de lona, color de plomo, a la que no le quitaba la vista de encima. Comió bien y violento, y al querer saber sin reticencias –quien esto narra– si bebía vino, agua o cerveza, dijo el General:

Cerveza, hombre, ¡Qué reticencias!, yo soy franco; yo siempre les llamé a las cosas por sus nombres.

Después al tren y entramos de lleno en plática. Salió el 23 de La Habana en el vapor Seguranca; durante la travesía del mar no tuvo ningún contratiempo; a Veracruz le notó grandes progresos y dice que sintió satisfacción por esto.

Si yo quiero a mi patria, hombre, soy mexicano, exclamó, como en prueba del placer que sentía por el adelantamiento material de aquel puerto.

A cada nueva perspectiva, a medida que avanzaba el tren hacia México, rejuvenecía en su conversación. Al sonido del gigantesco galope que producía la locomotiva al hallar resistencia en medio de la soledad de las llanuras, palpitaba su viejo corazón, latía fuerte como queriendo romper la cárcel del pecho con la respiración amplia del aire sano del país natal.

– ¡Ah, cómo ha adelantado mi patria! Todo esto no lo dejé así cuando huí de ella. Recuerdo: salí de México a caballo, acompañado de mi ayudante Rincón. Llevaba la cara, aquí donde tengo el balazo, muy hinchada, muy abultada. Encontré en una barranca a un grupo de caminantes. Yo creí que estaba perdido, pues no; me dijeron a mi paso: adiós amigo. Y yo les respondí: adiós, amigos. Y seguí mi camino. En Tehuacán, sin sentir, llegué a encontrarme entre soldados enemigos y escapé por mi sangre fría, casi a la vista de ellos. De Veracruz salí con un trajecito azul. Se aseaba en el muelle el señor general Díaz; tomé a la izquierda y bajé al bote que me aguardaba y me alejé.

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Volcán Paricutín, a 71 años de su nacimiento

Eulalia Ribera Carbó
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

En 24 horas alcanzó los seis metros de altura, y en nueve años de erupciones, fumarolas y vapores de agua llegó a los 410 metros. Aquella experiencia excepcional de la vulcanología moderna recorrió el mundo. Fueron los propios campesinos purépechas de la zona quienes lo bautizaron y redactaron su inédita acta de nacimiento.

R. Dr. Atl Erupción del Paricutín, 1943.Óleo y atlcolor, col. Munal-INBA (799x800)

Gerardo Murillo (Dr. Atl), Erupción del Paricutín, óleo, 1943. D.R. Museo Nacional de Arte, Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2014.

La tarde del 20 de febrero de 1943, Dionisio Pulido, habitante del pueblo de San Salvador Paricutín, perteneciente al municipio de San Juan Parangaricutiro, al noroeste de Uruapan, estaba trabajando en sus maizales. Era un día de labores como cualquier otro y el campesino no podía sospechar lo que estaba a punto de presenciar. Un estrecho agujero en el suelo se abrió repentinamente formando una grieta por la que se produjo una pequeña explosión. La siguió una emisión de vapor de agua y gases sulfurosos, y después salió una columna eruptiva de polvo fino y pequeñas rocas incandescentes. Intentó poner a salvo la yunta de bueyes, montó a toda prisa su yegua y partió al galope rumbo a Paricutín, donde su esposa, hijos y amigos lo esperaban, tan asustados como él. Enseguida, Pulido y el jefe de la Tenencia se fueron a la cabecera municipal para dar cuenta de lo que estaba pasando a las autoridades, las cuales enseguida mandaron una comisión a verificar los hechos. Durante la noche, la gente apenas pudo dormir. Observaban con terror las erupciones incandescentes que se iban tornando violentas y rugientes.

Por fin se hizo de día y, por citatorio urgente, los  regidores  del cabildo se reunieron en el salón de actos del Ayuntamiento del pueblo. Después de las alarmadas deliberaciones del caso, se concluyó que aquel extraordinario fenómeno era volcánico y al final de la sesión, se levantó el acta, que en uno de sus párrafos dice así: a propuesta de algunos vecinos de este lugar y de Paricutín, se discutió el nombre correcto que deberá llevar el mencionado volcán, y después de amplias deliberaciones y deseos de los pobladores de la región, por unanimidad se le denominó volcán Paricutín.

R. Gerardo Murillo, El ParicutAi??n-MUNAL

Gerardo Murillo (Dr. Atl), El Paricutín, papel y carboncillo, 1943. D.R. Museo Nacional de Arte, Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2014.

Es el acta de nacimiento de un volcán, seguramente la única que existe en la historia. Unos campesinos purépechas, sin conocimientos geológicos científicos, habían sabido ver en aquellas explosiones, inéditas y asombrosas para cualquiera, un fenómeno volcánico. Y a menos de 24 horas de iniciado ya habían tomado cartas en el asunto, indicando la necesidad de estudiar los problemas que derivarían de todo aquello, y la conveniencia de poner de inmediato en conocimiento a autoridades superiores.

Desde el municipio de San Juan Parangaricutiro salió el aviso rumbo a la ciudad de México y la noticia cimbró al país y al mundo entero. A la medianoche del primer día, el edificio volcánico medía aproximadamente seis metros de alto. Las erupciones intermitentes que se sucedieron hasta 1952 lo hicieron llegar a los 410 metros sobre el campo de cultivo original. Desde el inicio de las erupciones investigadores de las ciencias de la tierra se presentaron en el sitio. Tomaron fotografías, recogieron testimonios de la gente del lugar y pusieron manos a la obra haciendo observaciones sistemáticas, escribiendo apuntes, midiendo, analizando, monitoreando. Diego Rivera lo pintó. Gerardo Murillo, el Dr. Atl, se instaló con su caballete durante meses en el lugar, para trabajar en cientos de cuadros, dibujos y en la edición del famoso y profusamente ilustrado volumen Cómo nace y crece un volcán.

Las emisiones de lava cesaron repentinamente el 25 de febrero de 1952. Después, únicamente explosiones débiles siguieron hasta su cese definitivo el 4 de marzo. A partir de entonces sólo el paisaje hostil, quemado, rocoso, ceniciento, y unas tranquilas emisiones de vapor de agua y fumarolas ácidas quedaban de la furia que había durado nueve años y once días de historia eruptiva. Pero el Paricutín había ofrecido por primera vez en la historia de la vulcanología moderna, la oportunidad para estudiar el desarrollo de un volcán monogenético. A los 71 años de su nacimiento, celebremos el aniversario de aquella notable efeméride geológica de un planeta que sigue en construcción.

R. Gerardo Murillo, El ParicutAi??n el 26 de febrero de 1943-MUNAL

 

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Dos décadas del TLCAN, aciertos y oportunidades perdidas

Paolo Riguzzi – El Colegio Mexiquense
Patricia de los Ríos – Universidad Iberoamericana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

La apuesta por un intercambio comercial abierto con Estados Unidos y Canadá que favoreciera el desarrollo mexicano no ha sido tan exitosa como se esperaba. Hay razones económicas internacionales que lo explican, pero parte importante de las fallas se encuentran en problemas internos que México no ha logrado superar.

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Los presidente de México y Estados Unidos, Carlos Salinas de Gortari y George Bush, junto con el primer ministro canadiense Brian Mulroney durante la ceremonia inicial del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, San Antonio Texas, 7 de octubre de 1992.

El Tratado de Libre Comercio de Amé- rica del Norte, entre Canadá, Estados Unidos y México (TLCAN), se suscribió en diciembre de 1992 y, tras su ratificación por los tres congresos al año siguiente, entró en vigor en enero de 1994. Cumple así 20 años de existencia, y las implicaciones de esta duración resultan evidentes si se piensa que más de un tercio de la población mexicana nació posteriormente y que otra porción importante transcurrió toda su edad adulta con el TLCAN en operación. Más allá de la conmemoración, examinar y debatir los elementos principales de su significado constituye una tarea ineludible, en particular por lo que concierne a la relación con Estados Unidos, que es el aspecto clave desde el punto de vista de México.

A lo largo de su relación, los dos países sólo habían tenido experiencias limitadas en cuanto a tratados comerciales. En el siglo XIX, en dos ocasiones, llegaron a suscribirse acuerdos relacionados con la liberalización arancelaria: el McLane-Ocampo, en 1859, muy controvertido por los aspectos territoriales que contenía; y el Romero-Grant, en 1883. Sin embargo, ninguno de los dos entró en vigor por la falta de aprobación en el congreso estadounidense. Durante el siglo XX, se firmó un tratado de comercio en el marco de la cooperación extraordinaria de los años de la segunda guerra mundial; el acuerdo, que abarcaba solo una porción del intercambio, estuvo en vigor entre 1943 y 1949 y se abrogó a instancias de México en 1950. De allí en adelante, no hubo otros acuerdos hasta el de 1992.

Las raíces del TLCAN se encuentran en las grandes transformaciones mundiales de los años ochenta del siglo XX, impulsadas por el colapso de la Unión Soviética, la consolidación del proyecto de la Unión Europea, la liberalización de los mercados financieros, y el incipiente proceso de globalización en varios ámbitos. En la región de Norteamérica, se verificó en 1987 la negociación del Acuerdo de Libre Comercio entre Canadá y Estados Unidos. En el caso de México, el agotamiento de la industrialización protegida y luego la petrolización de la economía, llevaron a la desastrosa crisis de la deuda en 1982 y se impuso la política de apertura comercial para reorientar las fuentes de crecimiento. Como reflejo de ello, en 1986 México adhirió al GATT (Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio), lo que implicó el desmantelamiento progresivo de las barreras arancelarias y no arancelarias muy elevadas que aislaban a la economía mexicana del mercado internacional..

El acuerdo

El gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) observó con mucha atención el surgimiento del tratado entre Canadá y Estados Unidos y fue durante su presidencia cuando tomó forma el diseño ambicioso de negociar un tratado de libre comercio con el vecino del norte. Eso se vio como una palanca crucial no sólo para profundizar y ordenar el proceso de integración silenciosa que ya venía ocurriendo entre las dos economías, sino también para garantizar continuidad al proyecto de modernización en un sentido liberal de la sociedad mexicana. Desde este punto de vista, el TLCAN se consideró como un candado para impedir que una futura administración pudiera dar marcha atrás fácilmente al proceso de apertura económica..

Si bien los tres países de América del Norte compartían ciertas premisas acerca de la liberación del comercio de bienes y servicios, y de los flujos de inversión, en torno a ellas se dio una negociación compleja, la cual pasó por un proceso preparatorio y etapas distintas, hasta desembocar en la ratificación. Las políticas domésticas y la disparidad de las economías planteaban escollos importantes. Para México, que ya había reducido de forma importante sus barreras de protección comercial, destacaban dos prioridades: la captación de inversión extranjera para financiar el nuevo modelo de desarrollo; y encontrar un mecanismo de solución de controversias, el cual quedó establecido en el capítulo 19 del acuerdo, en el que se constituyó un mecanismo para resolver disputas mediante paneles cuyos fallos son obligatorios.

El TLCAN preveía la eliminación de las fronteras para comercializar bienes y servicios entre los tres países, la protección de las inversiones ante procedimientos expropiatorios y de la propiedad intelectual, la administración conjunta del acuerdo, y la aplicación de mecanismos de solución de controversias. La desaparición de las tarifas arancelarias se escalonó a lo largo de un determinado periodo y, para determinar qué bienes tendrían derecho al trato preferencial, se estipularon las reglas de origen que aseguran que las ventajas del TLCAN sólo beneficien a mercancías producidas en América del Norte. La desgravación arancelaria se diseñó de acuerdo con listas específicas negociadas en el tratado, según cuatro categorías: a) desgravación inmediata al entrar en vigor el tratado; b) eliminación del arancel en cinco etapas anuales; c) eliminación en diez años; d) plazo de quince años para la desgravación del maíz, el frijol y la leche en polvo en México, y el jugo de naranja en Estados Unidos.

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Muro fronterizo México-Estados Unidos.

Discursos y hechos

Elaborar un balance del impacto económico del TLCAN es una cuestión muy compleja, que requiere perspectivas diferenciadas y excede el espacio disponible para este ensayo. Una manera provechosa de acercarse al tema es adoptar como referencia las promesas explícitas: aquellas ventajas para México que, según el discurso oficial, el tratado traería consigo, y que constituían las razones para aprobarlo.

Para realizar este ejercicio, utilizaremos el mensaje que el presidente Salinas de Gortari dirigió al país el 12 de agosto de 1992, una vez que concluyeron las negociaciones. En este notable documento se exponían seis beneficios principales, en el siguiente orden: a) la vinculación a uno de los centros de la economía mundial; b) el acceso amplio y permanente de los productos mexicanos al gran mercado norteamericano; c) la estipulación de reglas claras y certidumbre en el intercambio con Estados Unidos y Canadá; d) la especialización de la producción de acuerdo con las ventajas de los recursos y las habilidades mexicanas; e) el beneficio de los consumidores, en razón de la disponibilidad de más productos, de mejor calidad y menor precio. Por último, se destacaba (con el sobre todo) la ventaja más importante: generar más empleos y mejores remuneraciones para los mexicanos, gracias a la llegada de capitales e inversiones productivas. Como se añadió posteriormente, el interés de México era el de “exportar mercancías, no personas”.

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La lucha electoral del FEP en las elecciones de 1964

Ana Victoria Gaxiola Lazcano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

Entre las primeras disputas políticas por un México democrático figura el intento del Frente Electoral del Pueblo (FEP) de participar en las elecciones que obtendría Gustavo Díaz Ordaz. No lo dejaron, pero la campaña y persistencia de sus integrantes a pesar de la persecución, el encarcelamiento y hasta el asesinato, sentó un precedente de participación ciudadana.

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Ramón Danzós Palomino, candidato presidencial del FEP pronunciando discurso en Ciudad Obregón, Sonora en Revista Política.

El 19 de abril de 1963 se dio a conocer la noticia del surgimiento del Frente Electoral del Pueblo (FEP) a través de un boletín de prensa. Allí se anunciaba la intención de formar un partido de extrema izquierda, el cual se convertiría en otra opción frente al Partido Revolucionario Institucional y los grupos de extrema derecha. Esta nueva agrupación política se organizaría de acuerdo con los lineamientos de la ley electoral vigente, a fin de poder participar en la contienda electoral de 1964.

El FEP declaraba que convocaría a los sectores populares, dentro de los que se incluía a obreros, campesinos, artesanos, maestros, intelectuales y estudiantes. Y anunció que postularía a sus propios candidatos, dando entender de esta forma que no buscarían aliarse con ningún otro partido. Por último, se daba por seguro que su candidato presidencial sería Braulio Maldonado, ex gobernador del estado de Baja California.

Días después, el 22 de abril, tuvo lugar una conferencia de prensa en la calle Shakespeare número 6, del Distrito Federal, donde fue presentada públicamente la plataforma de trabajo del FEP y se dio a conocer su junta nacional organizadora, la cual integraban, entre otros, Ramón Danzós Palomino,dirigente agrario del valle del Yaqui; Mario Hernández, dirigente del Consejo Nacional Ferrocarrilero; Braulio Maldonado; Manuel Terrazas, del Partido Comunista Mexicano (PCM); y Genaro Vázquez, de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG).

En su plataforma política, el FEP se manifestaba a favor de la democratización del régimen político mexicano, el respeto y el derecho a la oposición, el desarrollo económico independiente del país, el pleno cumplimiento de la reforma agraria y la libertad de los presos políticos. También abogaba por la democracia sindical, la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres y, finalmente, la soberanía nacional.

El siguiente paso en la formación del FEP como partido con registro fue realizar asambleas estatales para la afiliación de miembros, con lo cual se buscaba cumplir uno de los requisitos de la ley electoral vigente. Dicho requisito especificaba que para recibir el registro como partido político, una organización debía contar con un mínimo de 75 000 afiliados en al menos dos terceras partes de los estados de la República.

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Entre los meses de abril a junio de 1963, los miembros del FEP se abocaron a la tarea de cumplir el registro, objetivo que, según documentos consultados en el Archivo General de la Nación, lograron cumplir sin problema, ya que lograron reunir 83 483 afiliados en 25 estados de la república. El mayor número de miembros lo obtuvieron en Baja California Norte (9 370), seguido por Tamaulipas (5 829) y Michoacán (5 070).

Una vez que terminaron las asambleas de afiliación, los miembros del FEP presentaron su solicitud de registro ante la Comisión Federal Electoral, el 23 de junio. En este punto cabe mencionar que cuando surgió el FEP no existía una autoridad electoral autónoma. En ese entonces, los asuntos electorales eran competencia de la Secretaría de Gobernación, los cuales a través de la Comisión Federal Electoral (CFE) trataba con la organización de las elecciones, la dotación de registro a los partidos, la integración del padrón electoral y el conteo de votos.

A pesar de que en apariencia el Frente Electoral del Pueblo cumplía con todos los requisitos de la Ley Federal Electoral, el registro no le fue otorgado por las autoridades competentes bajo el argumento de que los documentos entregados por la organización eran fraudulentos. Según expertos en grafología y dactiloscopia de la Procuraduría General de la República, hubo irregularidades tales como la falsificación de firmas y la repetición de una misma huella digital frente a distintos nombres.

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Propaganda FEP de Matamotos, Coahuila. Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista, CEMOS.

En términos generales, no resulta extraño que se le hubiera negado el registro al FEP, en tanto que éste constituía una nueva fuerza política con la que el gobierno mexicano no estaba dispuesto a tratar y a la que no le iba otorgar un lugar en el espacio político. Aun- que el régimen de la época puede ser considerado como autoritario, requería la inclusión de partidos de oposición para acreditarse como democrático. Sin embargo, a través de la Secretaría de Gobernación, se decidía qué oposición podía y debía ser admitida, y cuál excluía del juego electoral.

Ante la negativa de la Comisión Federal Electoral, los miembros del FEP decidieron presentar un demanda de amparo ante la Suprema Corte de Justicia, misma que fue rechazada por el juez segundo de distrito en materia administrativa, el licenciado Vicente Aguinaco Alemán, quien dijo que los fundamentos para rechazar la demanda de amparo fue- ron esencialmente en el sentido de que el juicio de garantías únicamente es adecuado para combatir violaciones a las garantías individuales, pero no a derechos políticos.

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Los autores del magnicidio de Madero y Pino Suárez

Edgar Sáenz López
ENAH

En revista Bicentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

Con la caída del gobierno de Victoriano Huerta se pudo dilucidar con detalles, lo que era un secreto a voces: el ex presidente y su ex vicepresidente fueron víctimas de una operación planificada con el fin de que ya muertos no fueran un obstáculo para las pretensiones de la dictadura huertista de permanecer en el poder.

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F. Dené, Aprehensión de Madero y Pino Suárez, oleo. Museo Nacional de Historia. Conaculta-INAH- MEX. Reproducción Autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia

Sobre el periodo conocido como la Decena Trágica no todo está dicho, hay pasajes que todavía se encuentran cubiertos. Del asesinato de Francisco I. Madero, incluso, se discute quién tomó la decisión de acabar con la vida del coahuilense, ¿el gabinete emanado del cuartelazo, que inclinaba su postura para favorecer a Félix Díaz, o Victoriano Huerta y su gente? Considero que la decisión de liquidar a Madero fue de éste último, apoyado por el general Aureliano Blanquet, aunque otros golpistas, como Félix Díaz, Manuel Mondragón y Rodolfo Reyes, seguramente aprobaron los magnicidios..

El plan fue finamente tejido por los genera- les Huerta y Blanquet, quienes se encargaron de conseguir gente de su entera confianza para realizar cada una de las tareas que culminarían con la muerte del hombre que derrocó a Porfirio Díaz. Huerta instruyó a Blanquet para aprehender al presidente el 18 de febrero de 1913, cuando ya se había llegado a un arreglo con quienes, en primer lugar, habían encabezado el golpe militar del día 9 (Díaz, Mondragón y Reyes) pues calculó que Madero sería un obstáculo para su planeada permanencia en el poder. Había que eliminarlo, así que, cuidadosamente, determinó desaparecerlo.

Capturadores

El teniente coronel Teodoro Jiménez Riveroll fue el hombre designado por Aureliano Blanquet para capturar a Francisco I. Madero el 18 de febrero. Sus antecedentes lo evidencian como un elemento de conducta y actividades condenables, ya que contaba en su historial con castigos por su afición a las bebidas embriagantes, irrespetuoso y abusos de autoridad, motivos que lo llevaron a estar más de una vez detenido en la prisión militar. Su designación en el 29° batallón de infantería, comandado por Blanquet significó una mejor posición como soldado, pues se convirtió en uno de los hombres de confianza del general, quien lo calificaba de excelentes aptitudes, conducta e instrucción. Esta cercanía fue determinante para la comisión que se le encomendó y que, al final, le costaría la vida. Durante la balacera que se desató entre su gente y los leales a Madero, murió Marcos Hernández, primo del mandatario; y Jiménez Riveroll cayó víctima de una bala disparada por Gustavo Garmendia, miembro del Estado Mayor presidencial. Blanquet lloró la muerte del teniente coronel, a quien se le declaró muerto en acción de guerra. El propio general tomó prisionero al ex presidente.

Los custodios

Los hombres encargados de custodiar a Madero fueron el coronel Joaquín Chicarro Bernal y el coronel Luis Ballesteros, primero durante su detención en Palacio Nacional, y después en la penitenciaría de la ciudad de México (Lecumberri), en caso de que el ex mandatario llegara con vida. Chicarro había sido compañero del general Victoriano Huerta en la campaña contra la rebelión encabezada por el general Canuto A. Neri en el estado de Guerrero, en 1893, donde muy probablemente entabló amistad con él, y quizá por esto fue designado para cuidar a Madero, encargándose de que el reo no tuviera contacto con el exterior. Después del triunfo de Huerta, ocupó cargos importantes en la Escuela Militar de Aspirantes, fue parte del Estado Mayor y llegó a ser gobernador de Querétaro. En poco más de un año logró ascender hasta general de brigada.

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Gral. Joaquín Chícarro, retrato. Col. Particular Edgar Sáenz López.

Por su parte, el coronel Luis Ballesteros fue nombrado por Huerta director de la penitenciaría de la ciudad de México, con la aparente función de resguardar la seguridad del ex presidente Madero y del ex vicepresidente Pino Suárez. Sin embargo, la verdadera razón era dar fe del supuesto asalto que daría muerte a los ex mandatarios y de esta forma ocultar la verdad.

Ballesteros gozaba de la entera confianza de Victoriano Huerta, ya que había sido subordinado suyo en las campañas militares de 1901 frente a la rebelión de Rafael Castillo Calderón, en el estado de Guerrero, y contra los mayas en el estado de Yucatán. Poco después del magnicidio, su lealtad resultó recompensada; en marzo de 1913 fue ascendido a general brigadier y, para diciembre, a general de brigada. Solicitó licencia por enfermedad el 12 de agosto de 1914, justo antes de la disolución del ejército federal. En septiembre de 1922 pidió ser considerado para la reserva del ejército nacional, argumentando haber desempeñado empleos subalternos en el gobierno de Álvaro Obregón. Su petición fue rechazada, seguramente por sus nexos con el huertismo, lo mismo que la solicitud de re- tiro y jubilación que gestionó en diciembre de 1924, ante el gobierno de Plutarco Elías Calles.

Los magnicidas

El hombre designado como autor material del magnicidio fue el mayor de rurales Francisco Cárdenas, quien había formado parte de la columna del general Blanquet, recién llegado a la capital después de haber hecho campaña contra los zapatistas en el estado de México. Su historial –nada pulcro– lo presentaba como alguien que había participado en la represión de movimientos sociales, e incurrido en abusos de autoridad en contra de la población civil. Sus mayores logros habían sido ultimar al famoso bandido y rebelde magonista, veracruzano, Santana Rodríguez Palafox Santanón, en 1910, y contribuir en la captura del revolucionario michoacano Benito Canales, en 1912.

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Francisco Cárdenas, Fondo Casasola, inv. 11831, SINAF

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Los espacios de hospedaje en el siglo XIX

Paulina Martínez Figueroa
El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

En las largas travesías por los caminos de México, mesones, ventas y hoteles de diligencia reparaban el cansancio de los viajeros en el medio rural o urbano. Abundaban la sencillez y los descuidos en la limpieza. En algunos casos eran improvisados refugio. La habitación se compartía, y para dormir estaba el piso o una tabla.

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Escalinata en un mesón de San Ángel en Mary Barton, Impressions of México, Imprenta de Methuen & Co., 1911. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”/Instituto Mora

En el camino hacia su desafortunada aventura como colono de Coatzacoalcos en los años treinta del siglo XIX, Mathieu de Fossey pudo ver la ciudad de Veracruz desde la ventana de la pequeña posada donde se alojaba: Estaba sucia y hedionda la calle a donde caía la ventana de mi cuarto; y no descansaba la vista sino en montones de fango, de basura y de zopilotes; pero en compensación tenía también la de la mar, que se desarrollaba magnífica delante de mí, perdiéndose por el horizonte en el azul del cielo. Desde mi cama veía enfrente los primeros fuegos del sol naciente dorando las centelleantes oleadas; descubría el castillo, los barcos esparcidos allá y acullá por la rada, y las velas que asomaban a lo lejos.

El sentir agridulce se advierte no sólo en su descripción del exterior, sino también del interior, pues su cuarto apenas contaba con dos sillas y un catre, aunque le proporcionó el descanso que necesitaba tras el largo viaje que acababa de concluir.

Como esta posada, que acogió a nuestro viajero en su paso por México, existieron otros lugares de hospedaje que tuvieron un lugar fundamental en el desarrollo de la cotidianidad durante el siglo XIX. Su importancia no sólo radicó en su función como refugio para caminantes y viajeros que realizaban estadías más o menos cortas en distintos sitios del país. También fueron lugares significativos para el intercambio de experiencias, de encuentro de compatriotas o de viajeros de distintas nacionalidades. Una población creciente de militares los utilizó casi como cuarteles. Se cuenta incluso que en algunos casos sirvieron de escenario para fraguar rebeliones y asonadas.

Sin embargo, como todo espacio público, con el paso del tiempo se transformó de acuerdo a las necesidades de los inquilinos, de los propios dueños, las disposiciones gubernamentales y el trajín de la vida diaria. De esta forma, encontramos que los mesones, posadas, casas de huéspedes, ventas y demás sitios de hospedaje reflejan esas transformaciones, incluso físicas, de sus instalaciones.

Mala fama

Los mesones o posadas, términos que se usaron como sinónimos a lo largo del siglo, estuvieron asociados con la tradición novohispana y por ello, los viajeros mexicanos les atribuían cierta carga negativa y de relación con los viejos tiempos, por lo que eran renuentes a utilizarlos. Los extranjeros también llegaron a describirlos como sitios lúgubres, sucios, sin mobiliario y detallaron las noches de pesadilla que pasaron recostados en las tablas o en el piso de tierra.

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Detalle de una posada humilde en la cd. de México en el siglo xix. Litografía de Decaen, en La litografía en México en el siglo XIX. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”/ Instituto Mora

Los mesones se ubicaron, en general, en las casas típicas y amplias de la época colonial. Las habitaciones en dos pisos, rodeaban un patio que servía para estacionar los coches o los animales de los huéspedes. Tenían una bodega en donde se guardaban los implementos necesarios para el aseo y alimentación de caballos y demás animales que acompañaban a los inquilinos. Algunos contaban con un edificio anexo, la cocina o fonda, que tenía salida a la calle y constituía uno de los espacios más importantes de todo el local. También existía una habitación en la cual vivía el administrador. A pesar de que la pastura o el grano para los animales eran fundamentales, generalmente el viajero tenía que buscarlos en otros sitios pues en el mesón no existía un lugar especial que lo proveyera.

La descripción de William T. Penny nos muestra el movimiento y la diversidad que abundaba en aquellos sitios:

En cada pueblo el mesón se distingue de las demás casas […] por ser generalmente el edificio más grande, exceptuando la iglesia […] Es una construcción de planta cuadrada que contiene por dentro el patio central que se halla completamente ocupado de carruajes, literas, caballos, mulas y hombres de todas las clases; sólo tiene planta baja y todas las habitaciones dan a ese patio. La entrada se hace bajo un pasaje abovedado que se cierra durante la noche […] a un lado de la entrada, bajo el arco, encontramos por lo general la cocina y, opuesto a ella, la tienda o almacén de toda suerte de cosas. Ambos compartimientos son de grandísima importancia para el mesón; sin embargo frecuente- mente encontramos el primero sin cocinero y el último con anaqueles vacíos.

Las descripciones que quedan de estas casas y sus cuartos señalan la carencia de ventanas y que sólo entraba luz cuando se abría la puerta. Tampoco tenían muebles, ni siquiera camas o lugares donde recostarse. Algunos ostentaban una o dos sillas y alguna mesa, y era común que las habitaciones fueran compartidas por varias personas, aunque no se conocieran.

A pesar de ello, las puertas y escasas ventanas de los mesones sirvieron a viajeros de todas nacionalidades para observar la vida mexicana: mujeres vendiendo comida, mozos de cordel, carruajes y otros peculiares medios de transporte, cargadores y demás población del lugar. Lucien Biart, en La tierra templada, escribió: Encendido mi cigarro, fui a reunirme, junto al ancho portón de la entrada con los viajeros de toda especie alojados en el hotel. Singuar espectáculo el de las calles mexicanas, en que cada transeúnte, por su traje o por sus maneras, excita la curiosidad del extranjero, que se siente verdaderamente transportado a otro mundo.

Los mesones o posadas no siempre fueron lugares fijos o construcciones formales de ladrillo, piedra y argamasa. Muchas veces se tuvieron que improvisar establecimientos temporales debido a su escasez o a la realización de festividades que exigían grandes espacios para alojar a los visitantes. Algunos extranjeros atestiguaron la existencia de estos hangares cubiertos de hojas o juncos y cerrados como si fueran una gran jaula con pedazos de madera separados los unos de los otros para que desde afuera pudiera verse lo que pasaba adentro.

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La inspiración del 5 de mayo para los migrantes

Juan Mora-Torres
Universidad DePaul, Chicago

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

La gesta contra el imperio francés ha sido desde 1862 una fecha para afianzar el orgullo de los mexicanos en Estados Unidos. Una referencia histórica que los estimula ante la discriminación, el racismo, la explotación laboral o la persecución de los indocumentados.

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Desfile mexicano en Cicero, Illinois, Estados Unidos, 2012.

Es un hecho muy conocido que, salvo en el estado de Puebla, el 5 de Mayo se celebra más en Estados Unidos que en México. A pesar de ello, no sabemos mucho acerca de cómo esta fecha se convirtió en una celebración popular estadounidense. Gracias a la reciente investigación de David Hayes-Bautista, autor de 5 de Mayo: An American Tradition, podemos rastrear ahora los orígenes históricos de esta conmemoración en Estados Unidos.

La noticia de la victoria militar mexicana del 5 de Mayo de 1862 sobre los invasores franceses llegó a California tres semanas más tarde. Prontamente después de que la batalla finalizara, se envió un despacho con el mensaje del acontecimiento en diligencia hacia Acapulco, y de ahí por barco a San Francisco. La prensa mexicana en esa ciudad, en especial La Voz de Méjico, imprimió de inmediato la información completa con los titulares Viva Méjico, Viva la Independencia, Vivan los valientes soldados mejicanos, y Viva el heroico general Ignacio Zaragoza y sus compañeros.

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General Ignacio Zaragoza, litografía; en Biografías de personajes del periodo independiente, México, Imprenta de Carlos Paz, 1910.

Los periódicos distribuyeron rápidamente el despacho en las docenas de minas, pueblos y ranchos con habitantes mexicanos y latinoamericanos (muchos habían llegado a California durante la fiebre del oro, sobre todo de Chile, Perú y Colombia).

La noticia alegró mucho a los mexicanos. Un trabajador de la mina de Columbia escribió a La Voz de Méjico, después de leer el aviso: Hemos celebrado con disparos de salvas y fiestas en las que brindamos por México y entonamos canciones patrióticas. A un mes de la batalla de Puebla, los mexicanos de California y Nevada ya sabían del acontecimiento. Poco después recaudaron más de 1,200 dólares para el gobierno de Benito Juárez.

El episodio de la batalla de Puebla, conocido también como 5 de Mayo, se convirtió en un símbolo que unió a los 30 000 o 40 000 mexicanos y latinoamericanos de California, población que estaba dispersa por todo el estado. Se congregaron alrededor del estandarte de Juárez, de la Constitución de 1857 y en contra de los imperialistas franceses. La ocupación los unió por primera vez, lo cual quedó demostrado en 1867 por la instalación de las Juntas Patrióticas Mexicanas, una organización estatal con 127 filiales. Más de 14 000 mexicanos y latinoamericanos donaron dinero para el abatido gobierno juarista.

San Francisco celebró en California en 1863 el primer aniversario del 5 de Mayo y lo siguieron muchos más en los años siguientes. En la mina de mercurio de Nueva Almadén, cerca del pueblo de San José, los mineros mexicanos iniciaron la celebración de 1864 con un saludo de disparo de cañón, seguido por un desfile militar encabezado por mineros vestidos con el uniforme del ejército mexicano y cargando los retratos de Juárez y del general Ignacio Zaragoza, el héroe de la batalla de Puebla (Zaragoza nació en Bahía del Espíritu Santo, Tejas, que más tarde se llamó Goliad, Texas). A continuación hubo discursos patriotas, incluyendo el de un niño de nueve años. El festejo terminó con un fandango y una corrida de toros.

¿Cómo expresaron los mexicanos de Alta California su solidaridad con el asediado gobierno de Juárez? Tal cual se mencionó, recaudaron miles de pesos. Asimismo, realizaron boicots en contra de negocios franceses en San Francisco. La Voz de Méjico recibió cartas de toda Alta California de mexicanos que buscaban información sobre cómo podrían convertirse en voluntarios en el ejército. Algunos se en- listaron en las tropas juaristas. El caso más famoso fue el de Mariano Vallejo, un conocido ranchero californiano (la actual ciudad de Vallejo alguna vez fue parte de sus propiedades). Uno de los hijos de Vallejo, Platón, estuvo en el ejército estadounidense durante la Guerra Civil, y otro, Ulasdilao, combatió contra los franceses en México. Además de apoyar al gobierno de Juárez, los mexicanos y los latinoamericanos respaldaron abrumadoramente al gobierno de Abraham Lincoln y muchos incluso se enlistaron en el ejército de la Unión.

Orgullo

La Voz de Méjico informó que la invasión a México, más que cualquier otro asunto can- dente de aquella época, incluyendo la guerra civil estadounidense, despertó intensa emoción y pasión en el pecho de los mexicanos. ¿Cómo se explicaba semejante entusiasmo y solidaridad con México? En primer lugar, ningún otro país tenía tantas dificultades como México para construir una nación después de su independencia.

Desde la década de 1860, el país al sur del río Bravo se había fragmentado en muchas patrias chicas, perdió más de la mitad de su territorio ante Estados Unidos, la economía se había derrumbado, las élites estaban divididas con diferentes proyectos políticos para la construcción de la nación (lo que llevó a una importante guerra civil, la guerra de Re- forma), entre muchos otros problemas a los que ahora se añadía la invasión francesa. En la opinión pública mexicana prevalecía un sentimiento de derrota y fracaso, pues el país dejó de ser la joya de la corona del imperio español para convertirse en la nación más débil de América Latina.

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Celebración del Cinco de Mayo en la casa Blanca, Washington, EUA, 2004.

Los mexicanos de California padecían también este sentimiento de derrota colectiva. Los antiguos californianos soportaban un despojo masivo de sus propiedades, un fenómeno que empezó inmediatamente después de 1848. Fue el caso de Pío Pico, un acaudalado ranchero mulato mestizo con muchas propiedades en el sur de California, quien había sido gobernador de Alta California cuando estaba bajo dominio mexicano. Murió en la miseria en 1894. Lo mismo ocurría con los inmigrantes mexicanos, sobre todo sonorenses, que llegaron en grandes cantidades muy poco después de la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848. Estuvieron en el inicio de la fiebre del oro un año antes de que miles de cuarenta y nueve llegaran de muchas partes del mundo. Conocidos como gambusinos, estos mineros expertos tuvieron tanto éxito que despertaron la envidia de los que llegaron después. Los llamados cuarenta y nueve formaron pandillas que sacaron a muchos de los cuarenta y ocho sonorenses de las minas de oro. Superados en número por los recién llegados, estos sonorenses fueron reducidos a trabajadores comunes como resultado de leyes fiscales para extranjeros (destinadas a los mexicanos, nombre que se daba a todos los latinoamericanos), de las leyes para los greasers y de linchamientos (entre 1850 y 1862 más de 160 mexicanos y latinoamericanos fueron linchados).

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