Archivo de la categoría: Instituto Mora

Rafael de la Colina Riquelme. El buen cónsul en Estados Unidos.

Graciela de Garay
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

Los momentos conflictivos para los migrantes mexicanos radicados entre los vecinos del norte han sido diversos. La recesión de 1929 dio lugar a una fuerte oleada de compatriotas a los que les convino salir del país antes que ser deportados. Las acciones de este diplomático fueron destacadas en california donde pudo convencer y repatriar a miles de ellos. Su testimonio da cuenta de las dificultades para armonizar las necesidades de personas que buscan mejores condiciones de vida que no obtienen en México y las necesidades de los gobiernos estadounidenses vinculadas a sus procesos económicos y legales.

Al llegar como cónsul de México a Los Ángeles, California, Rafael de la Colina se encontró con dos problemas: primero, la crisis económica mundial de 1929, producto de la caída de las acciones en la bolsa de valores de Nueva York, y, segundo, el gran desafío de repatriar a los miles de compatriotas que habían quedado desempleados en Estados Unidos a raíz del desastre financiero. Muchos de ellos habían emigrado a este país, antes de la recesión, atraídos por las oportunidades laborales en la agricultura, el tendido de vías de ferrocarril y, sobre todo, para abastecer de mano de obra las fábricas que dejaron los obreros locales para pelear en la primera guerra mundial. En 1931 De la Colina devolvió a más de 30 mil mexicanos, y gracias a sus labores de protección en Los Ángeles se le llamó “el buen cónsul”.

Dado que la crisis afectó más a las naciones industrializadas, estas redujeron sus importaciones, entre ellas a México, en particular de petróleo y de productos agrícolas y mineros. La situación ocasionó un déficit en los ingresos del gobierno federal que dependía del comercio exterior. Ahora bien, no obstante la severidad de la crisis internacional, esta perjudicó en menor medida a nuestro país dado que su base industrial era exigua y su población mayoritariamente rural. De cualquier manera, los balances negativos de la dependencia de los mercados internacionales evidenciaron la necesidad de desarrollar una industria propia.

En el contexto de la crisis, el gobierno estadounidense intensificó el rigor de su política migratoria para garantizar la efectividad de las deportaciones de los mexicanos que se encontraban en su territorio; por ejemplo, se incrementó de uno a dos años la pena de prisión y se fijó en 1 000 dólares la multa a quienes volvieran a entrar ilegalmente al país.

El historiador Moisés González Navarro apunta que los especialistas estadounidenses distinguieron tres grupos entre los repatriados mexicanos: 1) los que regresaban voluntariamente, 2) los que lo hacían “under polite coerción”, es decir, cuando las autoridades o las instituciones públicas de beneficencia les pagaban los gastos por transporte hasta la frontera y 3) los deportados.

De acuerdo con las Memorias de la Secretaría de Gobernación, se deportó a 9 265 mexicanos de Estados Unidos, 85% acusados de violaciones a las disposiciones migratorias. A partir de 1929 se suspendió casi en su totalidad la emigración mexicana a Estados Unidos. En ese mismo año se repatriaron 25 782 trabajadores, y de julio de 1930 a junio de 1931 un total de 91 972, la gran mayoría procedente de Texas y California. El punto máximo del proceso ocurrió en 1931 sumando un total de 124 990 repatriados. Los gastos fueron cubiertos por el gobierno mexicano, los comités de beneficencia organizados por los consulados y los donativos de particulares mexicanos. En 1932 se repatriaron 115 705, y el gobierno erogó 73 404 sólo por alimentos.

Muchos regresaron prácticamente sin recursos, aunque trajeron un modesto menaje de casa y algunas pertenencias.

La entrevista que a continuación se presenta constituye la versión abreviada del conjunto de doce entrevistas que le realicé al embajador Rafael de la Colina en la ciudad de Reston, Virginia, Estados Unidos, en noviembre de 1986, para el proyecto de Historia Oral de la Diplomacia Mexicana, patrocinado por la Secretaría de Relaciones Exteriores de México con el apoyo del Instituto Mora. La versión extensa fue publicada por la propia Secretaría de Relaciones y el Banco de Comercio Exterior en 1989.

 

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Madre sólo hay una

Héctor Zarauz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

A partir de los años veinte del siglo pasado, y siguiendo una tradición estadunidense, se comenzó a festejar a las mamá en México. La festividad fue creciendo hasta transformarse, en la actualidad, en el día (después de la navidad), que genera mayor movimiento comercial. Un dato significativo de la transformación de la presencia materna en el hogar es que en la actualidad un cuarto de ellas son las que lo sostienen económicamente.

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México es un país al que se considera particularmente festivo, en ello los motivos, direcciones y fines de las conmemoraciones son variadas. Para el mexicano la fiesta es una actividad que se desliza por distintos hábitats: el campo, los pueblos o la gran ciudad. Lo mismo transita por el camino de lo nacional que por la vereda de lo regional, teniendo diversas connotaciones: religiosa, cívica, comercial o familiar, con manifestaciones enclavadas en la tradición o en la renovación constante, que van de lo antiguo a lo moderno, de lo sagrado a lo profano. Entre todos ellos, los festejos familiares tienen especial relevancia en la sociedad mexicana, probablemente porque en un país en el que las instituciones, los sistemas de protección social o la estabilidad económica son frágiles, la familia llena ese vacío; de aquí dimana, muchas veces, la seguridad emocional, la protección económica y hasta el vínculo laboral. De tal forma, prácticamente, todos los miembros de la llamada “gran familia mexicana”, tienen su celebración: Día de la Madre, Día del Padre, Día del Niño, Día del Abuelo (o del adulto mayor) y hasta Día del Compadre. Así, nuestra sociedad festeja y exalta las cualidades de la que se considera su sustento.

La madre de las fiestas

Sin duda, el Día de la Madre es el de mayor importancia de este circuito festivo debido a que la figura materna se ha constituido, históricamente, como el centro de la familia. La madre representa para el mexicano el puerto seguro de llegada, quien da consuelo y apoyo incondicional a los hijos, comprensión y fortaleza al padre, quien cuida a los mayores. La madre es un dechado de virtudes y templanza, lo que la convierte en motivo de adoración quasi religiosa.

Su dimensión crece aún más en una sociedad en la que, durante mucho tiempo, la figura paterna fue considerada como ausente y en ocasiones inexistente. Ante ese escenario el mexicano encontró refugio en la figura materna colocándola en un pedestal. Ello explica la existencia de una de las fiestas más populares en el calendario festivo nacional.

 

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Su nacimiento

En general, se considera que el origen de esta festividad se encuentra en Estados Unidos donde hacia 1902 Ann María Reeves, una enfermera de Filadelfia, decidió organizar el Día de la Amistad de la Madre, con el objetivo de reconocer el trabajo de las enfermeras que habían participado en la guerra civil. Al morir, el festejo fue continuado por su hija, Anna Jarvis, hasta que la idea cundió en varias poblaciones y estados de la Unión Americana, instituyéndose que el segundo domingo de mayo estuviera consagrado a las madres, tal y como sucede en la actualidad en ese y otros países.

Sobre esa base, en México, el periódico Excélsior emprendió en 1922 una campaña a favor del festejo, tratando de adaptarlo al contexto local. Desde un inicio se le dio una orientación conservadora ante ciertas ideas liberales, como la difusión de la educación sexual y planificación familiar, que en algunos sectores sociales se trataban de impulsar, como secuela de la revolución y de la nueva Constitución política (1917). En esta tarea, Excélsior contó con el apoyo de tres instancias fundamentales: algunos sectores del gobierno, la Iglesia y el comercio. La Secretaría de Educación Pública apoyó la iniciativa al difundir la idea en las escuelas. La Iglesia católica retomó la idea con fervor, pues se trataba de apuntalar la idea de una familia convencional, así como la del papel tradicional de la mujer. Por su parte, el comercio organizado percibió el potencial económico del festejo y lo apoyó a través de varias salas cinematográficas.

Excélsior proyectó perfectamente el ideal materno que gran parte de la sociedad mexicana quera ver. As apareció en sus páginas una imagen de flores bajo la cual decía “10 de mayo. El Día de las Madres” además reproducía imágenes de varias madres en actitud contemplativa, de abnegación y sufrimiento. Como parte del festejo se pedía que la gente portara claveles blancos, que evocaban la pureza, en señal de veneración. Asimismo, se sugería hacerles algún obsequio que iba desde los utensilios de cocina hasta relojes, perfumes, vestidos y demás.

 

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¿Al borde de una nueva guerra con Estados Unidos?

María del Carmen Collado
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

Xenofobia, racismo, prejuicios y desconfianza han sido el mejor caldo de cultivo para colocar en conflicto las relaciones diplomáticas de los estadounidenses con México. Los gobiernos de Washington encontraron en el anticomunismo de los años veinte del siglo pasado, el adjetivo que diferenciaba la buena o mala vecindad. Frases descalificadoras, espía de escasos escrúpulos y hasta el análisis de una posible invasión militar condimentaron los agrios vínculos de entonces.

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El gobierno actual mantendrá relaciones con el gobierno de México, sólo en tanto este proteja las vidas y los intereses estadounidenses y cumpla con sus obligaciones y compromisos internacionales. El gobierno de México está a prueba ante el mundo. Tenemos el mayor interés en la estabilidad, prosperidad e independencia de México. Hemos sido pacientes y desde luego sabemos que toma tiempo lograr un gobierno estable, pero no podemos tolerar el incumplimiento de sus obligaciones ni su incapacidad de proteger a los ciudadanos estadounidenses.

Estas amenazantes declaraciones del secretario de Estado, Frank B. Kellog, de junio de 1925, evidenciaban la nueva crisis de las relaciones entre México y Estados Unidos que habían caído en una espiral de confrontaciones desde que fue promulgada la Constitución de 1917 que, por su contenido nacionalista, afectaba los intereses agrarios y petroleros del vecino del norte.

La advertencia intimidatoria de Kellog respondió a las quejas del embajador James R. Sheffield porque la Secretaría de Relaciones Exteriores había ignorado sus reclamaciones por tierras expropiadas. Plutarco Elías Calles recibió las palabras del canciller como un insulto a la nación y rechazó las advertencias diciendo que ningún país extranjero tenía derecho a intervenir en México y que no estaba dispuesto a supeditar la nación a las exigencias externas. Tampoco aceptó que los intereses estadounidenses pretendieran tener privilegios sobre los mexicanos y declaró tajante que se trataba de “una amenaza a la soberanía de México.”

 

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Desde la llegada de Calles a la presidencia se había deteriorado el trato con el embajador Sheffield, un fervoroso nacionalista republicano, convencido de que era necesario garantizar a toda costa los intereses de los propietarios de tierras y las compañías petroleras. El diplomático creía que la mejor manera de lograr la defensa de las inversiones de sus paisanos era mediante el uso de la fuerza, pues el gobierno mexicano, opinaba, se había envilecido, estaba inmerso en la barbarie y era proclive a desconocer los derechos de los extranjeros.

Era un ardiente anticomunista que confundía el nacionalismo revolucionario con el bolchevismo y estaba persuadido de que México, en alianza con la URSS, se convertiría en la punta de lanza de la expansión comunista en Latinoamérica. Sheffield se relacionaba exclusivamente con los miembros de la colonia estadounidense y los porfiristas, era racista y despreciaba a los mexicanos, como lo muestra la quejosa carta que escribió al presidente de la Universidad de Columbia, Nueva York:

Hay muy poca sangre blanca en el gabinete “Calles es armenio e indio, León, un torero aficionado y casi totalmente indio, el canciller judío e indio, Morones con más sangre blanca, pero no de la mejor, Amaro, el secretario de Guerra, un indio de pura sangre y muy cruel. Disparó a muerte a su mozo de cuadra anteayer por montar en lugar de conducir su caballo de polo (incidente atestiguado por al menos un inglés y un estadounidense). Ni se mencionó en los periódicos por supuesto, ni hubo castigo alguno. Le cuento esto para que visualice con qué me enfrento.

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El embajador pensaba que los indígenas eran seres degradados, al igual que los gobiernos posrevolucionarios y estaba convencido de la superioridad anglosajona, una mentalidad similar a la que hoy enfrenta México con el triunfo de Donald Trump. Sheffield hacía bromas ridiculizando a los mexicanos y le horrorizaba su atraso y pobreza. En cambio, admiraba a Porfirio Díaz y sostenía que, aunque fue un dictador: “México necesitaba ese trato. [Porque] Entonces era y aún es totalmente inepto para gobernarse a sí mismo.” Con semejantes prejuicios era previsible que su relación con Calles fuera desastrosa.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Lineamientos para publicar en la revista BiCentenario

  • BiCENTENARIO. EL AYER Y HOY DE MÉXICO es una revista trimestral de divulgación editada por el Instituto Mora a fin de conmemorar el Bicentenario de la Independencia de México y el Centenario de la Revolución Mexicana.
  • Su objeto es difundir aspectos de la historia y la vida cotidiana de México en los siglos XIX, XX y XXI con el propósito de que la comunidad mexicana se explique los movimientos y cambios políticos y militares más allá del lugar común o la rigidez y el aburrimiento de programas docentes. Interesan, también, los problemas de actualidad, con alguna pequeña perspectiva histórica.
  • Las colaboraciones tendrán de 6 a no más de 8 cuartillas de extensión con 1.5 de interlineado, en Word, letra Times New Roman de 12 puntos, no llevar notas a píe de página ni lista de fuentes consultadas.
  • Se sugiere iniciar el trabajo de manera agradable, con una historia que atrape al lector y lo anime a seguir adelante con la lectura.
  • Los autores deberán proponer dos imágenes por cuartilla, de preferencia de dominio público y especificar de forma clara y puntual la fuente de procedencia de cada una. Estas deberán tener una resolución de por lo menos 300 ppp y enviarse en un archivo único con extensión JPG, TIFF o similar. Cuando sea pertinente, podrán proponer y/o hacer líneas de tiempo, mapas y recuadros con textos alusivos al tema.
  • Las colaboraciones irán acompañadas de cuatro sugerencias de lectura que sean de fácil acceso y de publicación reciente. Pueden ser libros monográficos, biografías, novelas, cuentos, y/o actividades diversas como películas, museos, páginas de internet, etc. Éstas se incorporarán al final del artículo bajo el título PARA SABER MÁS y se ordenarán de forma alfabética, primero las publicaciones:

APELLIDOS, NOMBRES, Título del libro, lugar, editorial, año.

APELLIDOS, NOMBRES, “Título del capítulo” en NOMBRE APELLIDO, coord., Título del libro, lugar, editorial, año, páginas.

APELLIDOS, NOMBRES, “Título del artículo” en Título de la revista, mes y año, vol., núm., páginas.

Luego siguen las actividades diversas.

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  • Una vez que las colaboraciones reúnan texto, sugerencias de imágenes y para saber más, recibirán un dictamen; si éste resulta favorable, se considerarán para su publicación.
  • Los trabajos deberán enviarse por correo electrónico a anasuareza1213@gmail.com y/o bicentenario@institutomora.edu.mx. En ese momento quedará claro que se autoriza la publicación del artículo en prensa y en internet.
  • Los trabajos deberán llevar el nombre completo del autor, la institución o escuela a la que pertenece y su correo electrónico, junto con seis palabras clave que representen su contenido.
  • El Consejo Editorial se reserva el derecho de modificar el título o editar el texto para que, de ser preciso, cumplir los objetivos de la divulgación. De ser necesario, se hará llegar al autor el nuevo título y el párrafo de presentación que acompañará a su artículo para que, si requiere hacer algún cambio, dé el visto bueno en un plazo máximo de 48 horas; de no recibirse respuesta se asumirá que está de acuerdo con las propuestas.

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Cuentos para sobrevivir al Bicentenario

A la venta y en exclusiva:

Cuentos para sobrevivir al Bicentenario

Cuentos para sobrevivir al Bicentenario

El Instituto Mora se congratula por presentar este libro de cuentos, resultado del Taller de Artificios al que da albergue en su sede principal y que coordinan Ana Suárez y Arturo Sigüenza. La propuesta de constituir este taller de narrativa literaria surgió del hallazgo, a partir del trabajo para BiCentenario. El ayer y hoy de México, revista que el Instituto publica desde 2008, de que los cuentos históricos que en el pasado tuvieron un importante espacio en nuestra literatura se trabajan muy poco actualmente, y del convencimiento de que bien valía la pena impulsarlos. No solo porque el cuento es el género literario más antiguo, que conserva aún gran vigor, sino porque al vincularlo con la historia produce resultados originales y de sumo atractivo para la mayoría de los lectores.

Los cuentos reunidos en Para sobrevivir al Bicentenario forman un crisol de voces preocupadas por el devenir histórico y por su actualidad, con temas que van desde la visión futurista y la anécdota familiar, hasta la parodia humorística y el rescate de personajes y asuntos del pasado. Todos ellos provocan emociones tan distintas que representan y ponen de manifiesto la estrecha relación que existe entre la Historia y la Literatura, conjugando así el compromiso social de los autores y el goce del lector que tiene en sus manos esta oportuna antología

Dr. Luis Jáuregui
Director General del Instituto Mora
 
Para informes sobre la venta del libro, en la Librería del Instituto Mora o en el correo anasuareza@gmail.com

LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA A DEBATE

Alejandro Monsiváis / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No. 5, pág.56

Credencial elector B-5La democracia es una forma de gobierno a la que se le atribuyen numerosas virtudes. Una de las muchas razones de tan alta estima se halla en la fuente de la que emana su legitimidad: la voluntad popular. Así como una persona es libre cuando se conduce conforme a sus propios juicios y aspiraciones, así un pueblo es libre cuando se gobierna así mismo, conforme a la voluntad general de todos sus miembros. La democracia que vivimos en el México contemporáneo es producto de una historia rica en coyunturas críticas, imaginarios en disputa y episodios decisivos. Sin embargo, luego de casi dos siglos de vida independiente, la conducción de los asuntos públicos en este país conforme al principio de soberanía popular no ha cumplido todavía las dos décadas. Las dos condiciones que definen a la democracia política  sufragio universal, libre y secreto y elecciones competitivas- apenas quedaron institucionalizadas conjuntamente hasta hace poco más de diez años, como resultado de un prolongado y tenso proceso de transición política. En este contexto, surge de manera inevitable una pregunta: ¿qué ha resultado del “gobierno del pueblo” en México?

A decir verdad, se podría decir que el pueblo mexicano, en su calidad de gobernante soberano, difícilmente podría ser elogiado por su sabiduría, imaginación, decisión y firmeza en el manejo de los asuntos públicos. La pobreza y la desigualdad continúan siendo problemas acuciantes. La ley que gobierna numerosas relaciones públicas y privadas y se ejerce en extensas zonas del país, es todavía la ley del más fuerte. Las políticas recorren trayectos largos y accidentados, desde que son concebidas hasta que son adoptadas, y muchas se quedan en el camino. La “voluntad general” tampoco ha conseguido manifestarse de manera decidida con respecto a una nueva Constitución; y uno no acaba de convencerse de que “el gobierno del pueblo” gobierne para bien de los ciudadanos. Por si fuera poco, cuando se trata de actuar, las decisiones públicas se llevan a cabo a la mexicana: de manera improvisada, inconstante, y haciendo del presupuesto la fuente que prodiga beneficios a quienes lo administran.

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Ser niño o niña

Laura Suárez de la Torre – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 5.

En el siglo XIX

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Un niño de posición acomodada recibía una educación cuidadosa y una serie de privilegios que, con el tiempo, le sumarían a los grupos rectores del país, desde un punto de vista político o económico o aun religioso. Su vida transcurría sin preocupaciones, o cuando menos eso se pretendía, para que pudiera dedicarse a forjar con denuedo una profesión de abogado, médico, maestro y, más tarde, quizá como ingeniero en los colegios establecidos para ese fin. Su infancia pasaba entre el estudio con silabarios y catecismos, libros de fábulas y máximas de buena educación. Gozaba con los juegos al aire libre y, en casa, con trompos y soldados de latón o cartulina de vivos colores, marionetas de trapo, una corneta o juguetes de madera pintada: un caballito risueño, luchadores enfrentados, un torero, el juego de la oca y la lotería. Se le enseñaba la religión con el catecismo del Padre Ripalda; en ella iban las prácticas devotas, pero además la celebración de fiestas, acompañadas por juguetes como los alfeñiques y los judas, las matracas y las calaveras.

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En el siglo XX

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Niños y niñas tuvieron la posibilidad de mejorar su condición de vida, que intentó abrirles la Revolución mexicana. La educación no se enfocaría a formar buenos cristianos, sino a instaurar una educación científica y difundir los principios cívicos y nacionalistas de un Estado liberal que desde el XIX se perseguían sin gran éxito. Los niños privilegiados no fueron los únicos que pudieron aspirar a ser médicos y abogados y las niñas dejaron de tener como única opción la de ser esposas y madres o monjas.

Niños y niñas pudieron, poco a poco, asistir a escuelas primarias en todo el país y aspirar a un progreso, aunque no todos, pues las diferencias continuaron entre los niños y las niñas de los distintos sectores sociales y entre los del campo y la ciudad. Las acostumbradas y populares rondas o las canciones de Cri-Crí y los entretenimientos tradicionales que se practicaban en el hogar o al aire libre fueron desapareciendo. Por dar un ejemplo, los niños y las niñas de las ciudades salieron a las calles a disfrutar de los parques y jardines en nuevas urbanizaciones; anduvieron en bicicletas, triciclos y patines; jugaron fútbol y béisbol. Asistieron a los cines y se pasaron muchas horas ante las televisiones, las computadoras y los videojuegos. Todos (unos más, otros menos) recibieron los beneficios de los avances médicos, que les permitieron traspasar los primeros años de vida, lo cual en siglos anteriores, no era común. Por último, el autoritarismo que se ejercía sobre ellos se fue perdiendo y se proclamaron abiertamente sus derechos, derechos que, lamentablemente, no se han conquistado a plenitud.

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UN MANICOMIO PARA CELEBRAR LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO

Cristina Sacristán / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No.5, pág. 27

Manicomio B-5En la antesala del 2010, algunos de nuestros gobernantes han entrado en la vorágine conmemorativa para recordar las gestas de la Independencia y la Revolución. El espíritu de fiesta que nos invadirá en unos meses, alimentará al homo ludens que todos llevamos dentro, pero también tenderá un puente hacia el pasado, pues al recordar un hecho histórico hacemos conciencia del impacto que tuvo en su tiempo. Las obras arquitectónicas han sido una de las expresiones predilectas de las sociedades para dejar constancia del pasado, ya que a través de su materialidad intentan fijar la memoria histórica. Por eso, pronto se alzará sobre el Paseo de la Reforma de la ciudad de México el Arco del Bicentenario, a fin de rendir homenaje a quienes iniciaron la lucha insurgente y revolucionaria.

La edificación de obras que buscan proyectar a la nación hacia el futuro es también parte del afán conmemorativo. Fue el caso de la polémica Torre del Bicentenario, rascacielos de 70 pisos cuya construcción estaba planeada en la cercanía del Bosque de Chapultepec, pero que enfrentó problemas de orden legal para su construcción; o la línea 12 del metro que correrá por el sur oriente de la capital y ha sido ya bautizada como Línea Dorada Bicentenario por los avances tecnológicos que tendrá. [...]

En algunas cosas las mujeres y los hombres no cambiamos mucho con el tiempo, porque hace casi cien años pasó algo muy similar a lo que estamos viviendo hoy. En 1908, el gobierno de Porfirio Díaz, que llevaba casi tres décadas en el poder, se apresuró a realizar varias edificaciones imponentes con el fin de demostrar los progresos logrados por México durante su mandato, entre ellas un manicomio para albergar a más de mil pacientes, como los que existían en Europa desde principios del siglo XIX, y que estuvo en la mente de los médicos mexicanos durante mucho tiempo. Pero ¿por qué en 1910 un manicomio podía ser tomado como un ejemplo de modernidad, cuando hoy en día sería un signo de atraso, ya que era separar a los enfermos de la sociedad?

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EL CÓDIGO ITURBIDE

Juan Sahagún
Revista BiCentenario, No. 5, pág.71

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Entrada de Iturbide a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821

 

- No hay nadie; es hora de poner la bomba.

Cosme responde con acción a las palabras de Esteban. Se coloca el pasamontañas negro. El nerviosismo se refleja en sus manos. De por sí, siempre ha sido de manos torpes. La abertura que debe permitir la visión, ha quedado exactamente en la oreja derecha. Con un par de jalones enfadados logra corregir el error. Posteriormente, con la torpeza de un médico bisoño, se enfunda un par de guantes negros; los dedos confunden las entradas y luego de varios intentos descubren su verdadero sitio. Esteban tamborilea el volante al tiempo que mira por el retrovisor temiendo alguna presencia que frustre el plan. Cosme murmura un ametrallado “voy-voy-voy” mientras toma la mochila con los implementos necesarios. Inhala, sostiene el aire cuatro segundos, exhala dando un resoplido equino bajo la sordina de la capucha. Abre la portezuela. Como el impulso es desmedido y la oscilación de la mochila harto peligrosa, Esteban exclama un ahogado “cuidado, pendejo, llevas una bomba”. Cosme se detiene, murmura para sí un “calmado, cabrón”, sale del auto y prosigue su camino midiendo cada movimiento, eso sí, sin perder la prisa.

La madrugada es inmóvil. Impera un aletargado silencio. A lo lejos, el motor de un camión que continúa un viaje trasnochado. Más lejos, ladridos de perros insomnes y necios. Un grupo de estrellas aburridas se cubre con el paso intermitente de nubes rojizas. La calle parece la escenografía de una fracasada obra de teatro.

El revolucionario corre hacia la puerta de la sucursal bancaria como si se tratara de una enorme rata gris salida de una cloaca. Se agacha por instinto. Voltea por precaución. En realidad, podría caminar cómodamente erguido; no hay un alma. Llega hasta el portón de cristal. Se detiene al lado de un letrero. Dólar. Compra 14.30. Venta 15.45

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UN KIOSCO MORISCO EN LA CIUDAD DE MÉXICO

Ma. Esther Pérez Salas C. / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No.5, pág. 79

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Hablar del kiosco morisco situado en la alameda de Santa María la Ribera en la ciudad de México nos remite de manera inmediata a la capital del Porfiriato. A esa capital que conservaba aún sus paseos y lugares de encuentro coloniales, pero a la vez luchaba por abrirse paso en el mundo moderno y cada vez más integrado de las últimas décadas del siglo XIX. Es justamente este kiosco el que permitirá que nos refiramos al carácter internacional que privaba en gran parte de la producción artística de la época.

Debemos señalar tres elementos que distinguen al kiosco que presentamos. El primero son los elementos formales árabes, el segundo que se construyera con los materiales más modernos y el tercero, que se concibiera como Pabellón de México para la Exposición Universal de 1884-1885, que se llevó a cabo en la ciudad de Nueva Orleáns para conmemorar el centenario del mayor envío de algodón de Estados Unidos a Inglaterra, producido en 1784.

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