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Techo de cristal

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Hay fotos que gritan, otras que nos hielan o entristecen, están las que nos aburren, las que injurian, desatan una carcajada, nos cargan de nostalgia o explotan en insultos. Hay fotos como esta que destellan por el silencio. Hasta el vuelo de una mosca se escucharía allí. Tanta concentración de las muchachas, si acaso hace sonar pausado el tecleo de sus máquinas. Unas leen distantes e inexpresivas, como la del fondo que al parecer camina parsimoniosa, la de la izquierda y sentada se empalaga con el texto sobre su escritorio, otra se detiene parada a dictar con lentitud, como diciendo con su mano apoyada sobre la adolescente que no se preocupe, poco a poco saldrá todo bien, si pone esmero y paciencia. ¡Tú puedes! Y es que tampoco esa tarea mecánica se resolvía con facilidad a la primera de cambio. Aplicar los diez dedos sobre unos teclados ruidosos requería aplicación. Nadie deseaba arruinar una hoja por una letra o un número que fuera a donde no correspondía en el texto. Los dedos se cansaban y hasta lastimaban. ¿A quién no le sucedía que por un mal cálculo la yema del medio o del anular se incrustara entre tecla y tecla y fuese a parar a los tentáculos de hierro que sostenían el teclado? Los anaqueles nos dicen que las prácticas están avanzadas o al menos el paso de alumnas por allí es nutrido. La heterogeneidad social también está presente. El recato de los vestidos por debajo de la rodilla de la mayoría, las mangas descubiertas y las que llegaban hasta el puño, y los cortes de cabello tradicionales sobre los más modernos, las distinguen entre sí. Silencio y compostura, dicen ellas, estudiantes en una de las aulas de la Escuela Comercial Miguel Lerdo de Tejada, cerca del Museo de San Ildefonso, en el centro capitalino, donde hacia los años veinte del siglo pasado se capacitaban para ser profesionistas exitosas y entrar a un mundo laboral de dominación masculina. Mujeres, que como en tantos lugares, lucharon para ganar un lugar ante la discriminación. Mucho se avanzó, pero la desigualdad persiste. Un techo de cristal, invisible, según
la metáfora de los expertos, les impide aún abrirse paso en sus carreras.

Letras en polvo

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

¿Cuándo habrá nacido esa inverosímil costumbre de exhibir libros a la altura de la suela de los zapatos? Podríamos imaginar mercaderes obrando en sus negocios en tiempo en que las páginas dejaron monasterios y conventos para ganar las calles. Así como vendían lecturas también ofrecerían utensilios, especias o viejos artefactos. Una parte más de sus baratijas. A la altura de las huellas cochambrosas, tenían la ventaja –y aún la tienen– de la facilidad para ponerse a salvo en pocos minutos ante eventuales peligros: de los cobradores de impuestos, los censuradores del conocimiento o las lluvias inoportunas. Si te he visto ni me acuerdo. Hay vendedores cuidadosos que los colocan sobre una manta y otros más rupestres sobre pisos de cemento o ladrillo, higienizados escoba mediante –los restos harapientos de una de ellas en la imagen son un buen testigo de su importancia–. Allí muerden el polvo, se dejan acariciar por las brisas invernales o templadas, y esperan que los dedos grasosos corran sus páginas una y otra vez hasta que alguien, misericordia al fin, los cargue bajo el brazo, a cambio de unas pocas monedas, porque sí, su categoría entra en la del regateo y el dosporuno. Se podría decir que hay clases entre los libros, según la ubicación. Los populares y de remate, como los de la foto, están obligados a salir pronto a la venta por añejos, desaliñados o merecedores de una fama ocasional que los hace tentadores. Si han logrado llegar a las estanterías suben el escalón de la estratificación, y qué decir de los que pueden alcanzar el anaquel brilloso de una biblioteca pública o personal. Pero ojo, no es lo mismo estar a la vista directa del comprador en una quinta o sexta fila del escaparate que en las primeras. Allí, la exigencia para el cliente es mayor: entornar la espalda, hurgar en cuclillas o clavar las rodillas en tierra. Y ya para la derrota de cualquier ojo fisgón, las partes altas se convierten en territorios más cercanos al ostracismo que a la curiosidad de un brazo husmeador. Si el vendedor, como este señor de la calle de Seminario de hace un siglo –hoy la zona del templo Mayor de la Ciudad de México–, los tiene para sugerir, quizá puedan sentirse en las prontas consideraciones de los lectores. Sería alentador fantasear que aquellos libros de piso cobraran vida y armasen una revuelta. Que palabras, frases, historias, escaparan a una huelga de páginas en blanco, libros de hojas sin tinta, un grito por la valoración. Sin caer en las tentaciones del radicalismo de aquel monje ciego de Umberto Eco que envenenaba las páginas de ciertos libros para impedir el conocimiento, podrían lanzarse a una travesura que los despojara del polvo y permitiera el aprecio desde la humildad del estante, una mesa o el consejo del librero.

Herramientas

Darío Fritz
BiCentenario

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

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El biólogo Alfonso Herrera trabajando en su laboratorio, ca. 1926, inv. 18217. SINAFO

El mecánico con sus llaves, el carnicero con sus cuchillos, el herrero con sus pinzas, el tornero con sus martillos. Con todas las herramientas a la mano nuestro hombre de la foto podría ser tomado como tal. Los utensilios sobre la mesa, las mangueras suspendidas sobre la pared al fondo, alguna tubería bajando del techo y el artefacto junto a la ventana destinado quizá a apretar algo desconocido. Hay fotos que confunden y engañan como esta. No es el caso de las clásicas luces en el cielo que algunos inspirados se figuran invasiones extraterrestres, pero el paso del tiempo y el blanco y negro ayudan a cuestionar las apariencias y lecturas. Por suerte el señor trae bata, algo arrugada y con manchas –mecánico no, podríamos conjeturar, porque ya se la hubiera acabado por completo–, y el saco y la corbata ajustada nos hacen intuir que destazador de animales no puede ser, tampoco pulidor de piezas de metal. El detalle sin duda está entre ambas manos. En esa especie de gotero que cae sobre un recipiente. Y si a eso se suma un bigote estilo morsa, muy nietzscheano, extraño para aquellas opciones profesionales un tanto rudas, nos acerca al científico que también podríamos imaginar y que los orígenes de la foto dan por cierto. Quién podría vislumbrar que en la azotea de su casa este biólogo septuagenario, que vivía de una pensión, después de toda una vida dedicada a tratar de descubrir los orígenes de la vida, continuaba investigando, empecinado en la difusión secular de la ciencia, darwinista de pies a cabeza, aislado, casi olvidado por sus pares, incluso los que formó, impedido de estar en la universidad, aunque tuviera todos los títulos para merecerlo. Sulfobios, colpoides, protoplasma, plasmogenia, síntesis abiótica, microestructuras, formaban parte de su lenguaje cotidiano como un rompecabezas, el que finalmente tuvo que dejar incompleto. Fue parte de la vanguardia de los científicos de su época en el mundo, por eso mantenía correspondencia con el naturalista alemán Ernst Haeckel y colegas europeos tomaban como influyentes sus teorías y experiencias. Dirigió el Museo Nacional de Historia Natural donde participaría de la creación del Jardín Botánico y el zoológico capitalino. La ciencia en México lo tiene muy presente y valorado como un pionero que hizo escuela, muchas veces escaso de recursos y con una pasión infinita. Un día de 1942 falleció sobre su mesa de trabajo junto al microscopio, como el de la foto, rodeado de sus herramientas. Se llamaba Alfonso Luis Herrera.

Su lugar en el mundo

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Empleados públicos sentados tras escritorios en una oficina, ca. 1925, inv. 598. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el inah .

Empleados públicos sentados tras escritorios en una oficina, ca. 1925, inv. 598. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH .

Cuánta temeridad, intrepidez, coraje, audacia, para estar allí sentada, sola, única, resuelta. Aquí estoy. Esto soy. ¿Y qué? La mirada profunda y las palmas de las manos en unión sobre la cadera son sutiles manifestaciones de una valentía contenida y cuidadosa. Y eso que la imagen no alcanza a captar quiénes podrían estar en los escritorios de enfrente. ¿Más hombres serios, confortables en su lugar, temerosos, absortos, de fina estampa, en el mejor de los casos, como los que alcanzamos a observar? Quizá otra mujer como ella para dejar testimonio de una proporcionalidad deshonesta para la época, alrededor de 1925, en que como signo de modernidad y cambio las mujeres profesionistas se integraban a las oficinas públicas. ¿Cuánta comodidad sentiría aquella mujer en medio de esa pulcritud y orden de escritorios limpios de papeles, alineados perfectamente hasta encontrarse al final con el corte abrupto del escritorio en diagonal de los jefes? Tiene mucho de orden militar la sobriedad que se ve en las figuras humanas en fila, en un contexto de paredes limpias de decoración, ventanas traslúcidas y rectas infinitas donde la circularidad parece prohibida. Uno puede imaginarse su dignidad a fuerza de temple, llegando a la oficina o retirándose al acabar el día, al tomar su bolsa y su suéter para salir a comer, o levantarse al mediodía para ir al toilette, tratando de ser normal en cada paso, cuidando que cada pieza de la vestimenta esté en su lugar, pero sintiendo sobre la espalda las miradas insulsas, incomprensivas o lascivas, ojos expectantes que ayudarían a tejer tantas historias prejuiciosas como tiempo tuvieran para dejar correr la imaginación. ¿Qué conversaría, al menos con sus vecinos más cercanos? ¿La familia, el transporte lento de ese día, la mañana fría o la lluvia que se espera, las noticias de la radio? ¿Qué tendría que escuchar de conversaciones insípidas, comentarios absurdos, adulaciones o silencios sepulcrales de hombres que la podrían ver como una colega o compañera, pero también como una rara avis? Si sus mujeres, madres o novias estaban en casa, podrían preguntarse, ¿por qué ella no? Porque otras, similares a ella, no se animaban o tenían prohibido alcanzar aquel asiento. Llegar hasta allí habrá sido difícil, ¿cuánto más podrá mantenerse en el puesto? ¿Qué podría elucubrarse sobre ella? ¿Cuántos adjetivos le cabrían para describirla? Mujer inteligente, honrada, ambiciosa, elegante, ceremoniosa, extrovertida, reservada, presumida, trabajadora, responsable, idealista, resuelta, coqueta, liberal, atrevida, religiosa, noble. Sí, todo un mundo que enfrentar, el de ellos y el de sus pares de género, sin necesidad de conformar a nadie, con la obligación personal de ser ella misma, de bastarse por sí sola. Un arrojo a toda prueba para tener su lugar.

Lucidez

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Cuando yo tenía sus edades muchachas, la palabra de un hombre ante una mujer era letra escrita, ni se olvidaba ni marchitaba, simplemente se cumplía, y si alguno quitaba el dedo del renglón y se apartaba, pasaba a ocupar el puesto de los irredimibles, irrecuperables y gruñones. A sus edades las puertas de las casas estaban abiertas porque nadie se atrevería a entrar sin antes pedir permiso. Los juguetes eran de madera o hechos a mano, llegaban una vez al año y debían durar hasta el próximo día de Reyes. Teníamos un solo par de tenis que no se cambiaba hasta que la suela tuviera más de tres hoyos, y una muda de ropa era la misma para cada fiesta. Escuchar radio era obligatorio, no había otra comunicación, a excepción del cine que lo veíamos en la carpa móvil los domingos y teníamos que cuidarnos de algunos que llegaban armados y hacían disparos al aire cuando alguna escena les gustaba. Con mis hermanos nos podíamos bañar en el agua de algún río, una cañada o bajo la lluvia porque nos quitaba lo sucio. A mi edad, y les hablo de más de cuatro veces la que ustedes llevan en su piel, los papás regañaban con la mirada, la voz alzada, un cinturón amenazante y quizá un buen tirón de oreja; en casa había alguien que nos esperaba con comida sabrosa a la salida de la escuela; los maestros tenían conocimiento de lenguaje, álgebra, geografía o matemáticas y usaban una varita, que no era para hacer magia, sino para aplicarnos un coscorrón cuando no prestábamos atención; se desayunaba café con leche, jugo o agua, y el refresco estaba prohibido; las chicas por entonces practicaban baloncesto y voleibol, o nadaban, aunque pocas. Al futbol o al tenis no le entraban. Si había algún amigo de lo ajeno no tardaba en disfrutar de su autorregalo que ya caía preso. Las noches por entonces tenían estrellas, lospájaros gorjeaban en las mañanas y al atardecer nuestras madres nos mandaban a llamar a gritos para que regresáramos de la calle. El tranvía o el camión pasaba por casa, nos llevaba y traía, y echábamos relajo con otros compañeros mientras el chofer nos miraba con desgano y ordenaba ubicarnos en el fondo del vehículo. Pero algún día vi que eso cambiaba, que la palabra de los hombres sí se marchitaba, que hubo que ponerle triple cerrojo a las puertas, que los Reyes Magos no llegaban, que la televisión pretendía sustituir al cine y hasta el agua de lluvia venía sucia. Cuando descubrí que nadie se inmuta si te desvalijan en la calle, que sólo el reloj despertador canta en las mañanas, el camión a veces ni se detiene y nuestros papás ya se fueron; yo, solito, tomé mis bártulos y quedé encerrado entre las paredes de este manicomio, para que el tiempo no me atrapara y mis hermanos que me trajeron hasta aquí disfrutaran de la herencia paterna. Prometí una sola cosa, muchachas, que sólo saldría al patio para contarles a ustedes estas locuras.