Archivo de la categoría: BiCentenario #11

Sumario #11

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

Sin tAi??tuloMiedo en la capital (1810-1815)
por Regina Hernández Franyutti

Sin tAi??tulo1 El Gran Circo Chiarini
por Osiris Arista

Sin tAi??tulo2 La identidad nacional en las novelitas mexicanas de la primera mitad del siglo XIX
por Guadalupe Gómez-Aguado

Sin tAi??tulo3 Una boda por conveniencia (Díaz-Romero Rubio)
por Maddelyne Uribe

Sin tAi??tulo4 Lo que llegá para quedarse  Asomos de la publicidad en el Porfiriato
por Lillian Briseño Senosiain

Sin tAi??tulo5 El espectáculo de los puños: deportes de lucha en la ciudad de México en el Porfiriato
por Arno Burkholder de la Rosa

Sin tAi??tulo6 Manuel Castilla Brito:  ¿Revolución en Campeche?
por José Manuel Alcocer Bernés

Sin tAi??tulo7 Surcar con luz y abonar con miradas. Filmando el campo mexicano
por Abe Yillah Román Alvarado

DESDE HOY

Sin tAi??tulo8La ley de Arizona: otro eslabón en la historia de la migración México-Estados Unidos
por Eduardo Fernández Guzmán

DESDE AYER

Sin tAi??tulo9 Cartas de un padre a su indeciso hijo y de un suegro a su mentecata nuera. De Matías Quintana a Andrés Quintana Roo y a Leona Vicario
por Laura Machuca

Sin tAi??tulo10 El chocolate en México durante los siglos XIX y XX
por Meza Marcela

CUENTO

Sin tAi??tulo11 Un naufragio en los Alacranes
por Lorena Careaga

ARTE

Sin tAi??tulo12 Los condominios verticales: una forma moderna de vivir en la ciudad de México (1956)
por Graciela de Garay

ENTREVISTA

Sin tAi??tulo13¡Aquí nadie es jefe! !aquí todos íbamos juntos! Entrevista de un migrante mexicano a EU
por Laura Suárez de la Torre

“Aquí nadie es jefe… aquí todos íbamos juntos”. Entrevista a un migrante mexicano a EEUU

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Desde hace casi cien años, la pobreza ha empujado a muchos mexicanos a buscar soluciones en Estados Unidos, que es para ellos en una tierra de esperanza. Su trabajo se hizo necesario para efectuar las tareas más pesadas y desdeñadas por los habitantes de este país –construcción, agricultura, rastros, jardinería, servicio doméstico, manufacturas, recolección de basura–, si bien las políticas migratorias se han endurecido y esto se refleja en la persecución y el maltrato de quienes decidieron emprender la aventura de cruzar la frontera. Todo esto ha hecho que los migrantes se organicen y luchen por obtener mejores condiciones de vida, pues sus aspiraciones se ven contrariadas por la percepción estadounidense de que su llegada constante representa un problema. La posibilidad de participar en el sueño americano parecería crecientemente, cada vez, más lejana.

AtaA?des en la barda fronteriza

Todo intento de atravesar los límites conlleva un peligro que incluye la muerte, además del riesgo de perder los ahorros de toda una vida, propios o familiares, dinero que sirve para pagar a los polleros, a cargo de conducir a los arriesgados en su tránsito entre ambos países. Muchos lo han logrado, otros más se quedaron en el camino, los más han sido víctimas de la policía fronteriza, algunos han desistido, a todos los caracteriza el empeño de cruzar, una y otra vez, para tener la oportunidad de un mejor empleo, para mejorar sus condiciones de vida, pero no para renunciar a su identidad. Detrás de cada ambición está el interés de cambiar su posición económica y la de su familia en México; de trabajar duro para lograr mejores salarios, a costa de salir de su país para ingresar en otro, diferente, a veces amable, mayoritariamente hosco.

Cruzando la frontera

Cruzando la frontera

Casi 12 millones han emigrado y se han establecido en diferentes estados de la Unión Americana: California, Texas, Arizona, Nuevo México, Nevada, Illinois, Carolina, Indiana, Georgia, Arizona, Nueva York, Nebraskaa, en distantes y distintos lugares del territorio de Estados Unidos. Se colocan en diversos negocios en Los Ángeles, Austin, Chicago, Houston, Phoenix, Raleigh, Indianápolis, Atlanta, Nueva York u Omaha. Su proveniencia es variada: son indígenas de la sierra de Puebla, de Oaxaca, la Huasteca, Guerrero; son mestizos de Guanajuato, Michoacán, Veracruz, Zacatecas, Durango; son mujeres y hombres de múltiples rincones de México, con edades varias, que dejan todo para alcanzar una esperanza en la tierra de oportunidades, anhelo sentido por quienes se van y por quienes se quedan pues los mexicanos que trabajan en Estados Unidos envían a sus parientes en México remesas de dólares que suman en total unos 20 mil millones.

La entrevista que se presenta enseguida es la de uno de los tantos mexicanos que se han aventurado a cruzar la frontera, a fin de ganar dinero para su familia. Se hizo el 14 de octubre del 2009 a Félix Hernández, un trabajador de la construcción que hoy vive entre México y Cuernavaca y en el 2000 decidió irse a Estados Unidos; lo intentó varias veces hasta lograrlo, se quedó tres años y no volvió a México sino hasta que pudo construir una casa y dar mejor calidad de vida a su esposa e hijos. Su testimonio refleja –como muchos otros– el sacrificio y la experiencia de la migración hacia el vecino del norte. El fragmento que transcribimos forma parte de la entrevista y en él se privilegia la narración acerca de los esfuerzos de Félix Hernández por atravesar el límite binacional así como las vicisitudes que padeció en su ida hacia “el otro lado”. La transcripción fue hecha por Arely Villarreal.

Félix Hernández

Mi nombre es Félix Hernández. Nací en el estado de Hidalgo, en un pueblito que se llama Santamaría, municipio de Tlachinol, en 1970. Mi padre se llama Mansio Hernández. Mi mamá se llama Alfreda Agustín. Ellos [nacieron] en el mismo lugar donde nací. Se dedican a la agricultura, a la cosecha de café, maíz, a lo que se da.

Estudié en una telesecundaria del mismo pueblo; empecé a trabajar desde muy pequeño. Estudiaba lo que podía y trabajaba toda la semana y en las tardes me ponía a estudiar. Fui pasando hasta los 17 años que terminé la secundaria. Sí, nunca estudié bien.

Yo soy el mayor. Tengo dos hermanos varones y tres hermanas, soy el que trabajaba, los demás se dedicaron más al estudio. Me tocó trabajar y estudiar, ellos ya se dedicaron más a la escuela.

Tengo esposa y tengo mis dos hijos; una niña, de 15 años y un niño de 13, estudiando en Cuernavaca, donde vivo.Me metí a la construcción. Me encontró una persona que era encargado de la obra, me dio chance, permiso de estudiar y trabajar al mismo tiempo una carrera corta: electrónica. Entrando a lo que es como peón, estuve medio año y después me dieron la oportunidad de trabajar ya con la cuchara, a ser albañil.

No tuve trabajo, veía mis niños, no me alcanzaba; me empecé a desesperar, y como tengo parientes allá, en Estados Unidos, le conté a mi primo que no tenía trabajo, y él me dice si quieres, yo te ayudo. Entonces pues por eso decidí irme. Mis primos estaban en Atlanta en la construcción. Pensaba en, pues piensas, ¿pasará o no pasará? y si llego ¿cómo me irá? Y pues primero voy a cruzar porque es muy difícil cruzar, la verdad es muy difícil.

Me fui a Hidalgo a donde nací, allí íbamos a salir un grupo de paisanos del mismo pueblo y nos decidimos ir, un ¿13?, un 8 de marzo del 2000. En Cuernavaca, dejaba a mi esposa y mis dos hijos, pequeñitos. Mi mamá no quería que fuera porque yo le pedí tres años de permiso, cuando salí del pueblo, cuando yo tenía en ese tiempo 17 años. Esta vez, me dijo, por cuánto te vas a ir. Me voy por dos años y no me la creyó.

A mí me costó el doble, porque en la primera ida nos fue mal, se puede decir, entonces pagué el doble. Fueron como 36 mil pesos, hasta que llegué hasta allí, porque me cobraban 1,800, bueno, 1,500 dólares en ese tiempo. Se terminó la garantía de tres pasadas. Me deportaron la primera vez en Albuquerque, nos agarraron, allí en Amarillo y otra vez en Douglas, y otra no me acuerdo por donde, pero sí nos agarraron también.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Los condominios verticales. Una forma moderna de vivir en la Ciudad de México (1956)

Graciela Garay
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Tlatelolco

Tlatelolco

En 1938, durante el XV Congreso Internacional de Planificación y de la Habitación celebrado en la Ciudad de México, los participantes reconocieron que el modelo propuesto de casa unifamiliar sólo había beneficiado a especuladores y a los que disfrutaban de crédito. Por tanto, los expertos sugerían levantar edificios altos que impulsaran el crecimiento vertical de la urbe y permitieran la concentración tanto de la población como de los servicios en un espacio perfectamente delimitado para evitar la expansión horizontal de la ciudad. Al densificar el uso del suelo se multiplicaba el número de habitantes del inmueble, bajaban los costos por concepto de servicios y disminuía el problema de la vivienda.

No obstante las ventajas económicas, sociales y urbanas atribuidas a los edificios altos, no todo el mundo estuvo de acuerdo en promover este género arquitectónico. Para los críticos, los rascacielos mexicanos eran imitaciones ridículas de Norteamérica. Aceptar esta solución, decían los escépticos, implicaría enormes inconvenientes por las concentraciones que acarrearía a las ciudades en cuanto al tránsito de vehículos y peatones, sobre todo en las calles del centro, donde generalmente se erigían estas moles por el elevado valor del terreno y como deslumbrantes emblemas publicitarios.

Las cosas comenzaron a cambiar cuando los nuevos sistemas de cimentación permitieron construir edificios altos y el suelo fangoso de la capital dejó de ser pretexto para imaginar rascacielos como los de Nueva York o Chicago. De hecho, la primera gran torre de oficinas de diez niveles ya se había edificado en 1932 frente al Palacio de Bellas Artes para la compañía de seguros La Nacional, obra del arquitecto Manuel Ortiz Monasterio. Esta construcción se hizo en altura, no por falta de terreno en la ciudad sino como un gran anuncio de la empresa.

Vista desde la Alameda

Vista desde la Alameda

A su llegada a México en 1934, Mario Pani –recién graduado de arquitectura de la Escuela de Bellas Artes de París, la institución más prestigiada del mundo desde su fundación por Luis XIV en 1671– se inició en la práctica profesional con proyectos de vivienda privada, entre los que destacan sus edificios de departamentos de diez pisos, notables por su sorprendente altura en relación con las pequeñas dimensiones de su planta. Los críticos de Pani llamaban despectivamente a estas obras “rascacielitos” ya que no podían acostumbrarse a la novedosa arquitectura que surgía en la colonia Cuauhtémoc.

Desde 1922, el arquitecto suizo francés Le Corbusier recomendaba en sus escritos descongestionar los centros de las ciudades mediante el incremento de sus densidades y la multiplicación tanto de los espacios abiertos como de las vías de circulación. Para superar este reto no había más alternativa que edificar construcciones verticales y plurifuncionales sobre una pequeña superficie de la totalidad del terreno. Sea de esto lo que fuere, las ideas del visionario arquitecto llamaron la atención de Pani, quien las reinterpretó y probó en México con el propósito de alentar el crecimiento vertical de la capital y evitar su desmedida expansión horizontal.

En sus búsquedas, Pani no andaba solo. En 1930, y con el patrocinio de la iniciativa privada, el arquitecto Juan Segura erigió el edificio Ermita de ocho niveles. Se trata de una construcción, aún en uso, que combina diversas funciones; comercios en planta baja, cine y tres tipos de departamentos en los pisos superiores con una zona comunal recreativa.

Multifamiliar Miguel AlemA?n

Multifamiliar Miguel Alemán

Finalmente, en 1949 se inauguró el Multifamiliar Miguel Alemán, proyecto y construcción de Mario Pani con Salvador Ortega. Esta estructura representa la primera vivienda colectiva social de gran altura, ubicada en la colonia de Valle, entre las calles de Parroquia y Félix Cuevas, también en la Ciudad de México. El conjunto está integrado por seis edificios de 13 pisos de altura y seis de tres pisos, en los que 1,200 familias comparten parques, espacios abiertos, A?reas deportivas y comercios. Fue así que los “rascacielitos” de Pani, se transformaron en audaces torres de modernos departamentos aún en uso y muy apreciados por sus moradores.

La inflación de la posguerra provocó el déficit en la balanza de pagos nacional, dadas las crecientes importaciones de bienes de producción y capital que requería México para continuar su desarrollo. La recesión estadounidense de 1948 y el fin de la guerra de Corea en 1952 también golpearon severamente a la hasta entonces floreciente economía del país.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Un naufragio en Los Alacranes

Lorena Careaga
Universidad del Caribe

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

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Marina (1825)

Mi nombre es Cecilia Grierson Duffy, nací en Buenos Aires en 1859, tengo 30 años y soy la primera mujer en la historia de Argentina que ha logrado titularse de doctora en medicina. No es mi culpa. Provengo de una estirpe escocesa de hembras inteligentes, recias y valientes; de varones aventureros, emprendedores y líderes.

Cecilia Grierson Duffy

Cecilia Grierson Duffy

Siendo todavía una niña, mi padre me llevó a conocer la tierra de nuestros ancestros: Kelso, la ciudad más bella y romántica de Escocia (al decir de Sir Walter Scott). En Duff Manor, la propiedad de su tío, el empresario y diplomático William Parish Robertson, transcurrieron dos años inolvidables de mi existencia, de aquellos que dejan una marca imborrable. Ahí empecé a saber quién era yo y qué quería en la vida. O al menos, lo que no quería. Ahí pasé tardes enteras escuchando y aprendiendo de la prima de mi padre, la tía H.

Nunca supe bien a bien su nombre; todos le decíamos “Prima H”, “Auntie H”, “Miss H”. Podría haberse llamado Harriet, Hannah, Hellen o Hope. No importa. La tía H era mucho más que un nombre; era una leyenda.

A los 17 años, un memorable diciembre de 1848, la tía H tomó la decisión de acompañar a su padre, William, a América, concretamente a México. éste había sido nombrado agente de los bonos de la deuda inglesa, con la encomienda de visitar las minas de plata de Real del Monte. Era una travesía larga y peligrosa; bien lo sabía William, viajero empedernido y experimentado. Pero de nada sirvió su negativa inicial; la tía H no se quedaría en tierra, y no se quedó. Su energía y entusiasmo contagiaron a toda la familia, que les ayudó a empacar, comprar los pasajes y dejar sus asuntos en orden en menos de 48 horas. El 2 de diciembre, H y su padre partieron de Southampton en el Avon, un vapor de la Royal Mail Steam Packet Company.

“Desde el principio, las cosas pintaron mal” solía relatarme la tía H, mientras tomábamos el te frente a la chimenea de la biblioteca, el pastor irlandés Darach echado a sus pies. “Catorce días, sin parar, de vientos y oleaje. ¡No te puedes imaginar lo que implicaba vestirme con tanto bamboleo, y trastabillar, mareada y magullada, hasta el salón! El vendaval nos desvió irremediablemente de nuestro curso. En vez de llegar a Bermuda, terminamos en Madeira. En vez de pasar por Nassau, acabamos dirigiéndonos a St. Thomas. Pero como eran lugares desconocidos para mí y tan diferentes de lo que estaba acostumbrada, me parecieron fascinantes, lo mismo que el cambio en la temperatura, la vegetación y la gente.”

“¡Cuéntame de St Thomas, Auntie H!” le pedía yo. Eso de las Islas Vírgenes me sonaba tan lejano y exótico que mi imaginación volaba. Y ella me hablaba de la población negra (los darkies) y su alegría, el control que ejercía el gobierno danés, el pujante comercio y el cruce de caminos caribeños de aquel puerto cosmopolita que era St. Thomas, salpicando aquí y allí el relato con historias de piratas y escondites de bucaneros.

Carta de las Indias Occidentales (1796)

Carta de las Indias Occidentales (1796)

“En La Habana cambiamos de barco, con la peregrina idea de recuperar el tiempo perdido y llegar a Veracruz cuánto antes. ¡Ah, si hubiésemos sabido lo que nos esperaba!” decía la tía H suspirando. “Pero a nadie nos es dado anticipar el futuro, así que, esperanzados, mi padre y yo abordamos el Forth, otro vapor igual de elegante y cómodo. Tenía un camarote para mi sola y pronto hice amistades entre los demás pasajeros, especialmente con un jovenzuelo nada feo, por cierto, pero con el ridículo nombre de Agapito Jenkins.”

“Desde nuestra partida, un evento predominó en la mente de todos nosotros: el trágico naufragio del Tweed, de la misma compañía de paquebotes que el Avon y el Forth, acaecido en el arrecife de Los Alacranes casi dos años antes, en febrero de 1847. Unas 80 personas perdieron la vida. Con nosotros viajaba el Dr. Rowland, el médico de a bordo, quien era uno de los sobrevivientes del Tweed, y no nos cansábamos de pedirle que nos narrara la tragedia, aunque mi padre insistía en que no escuchara aquellas descripciones de pánico y muerte, pues no había de qué preocuparse. Sin embargo, él mismo no las tenía todas consigo. Entre broma y broma, manifestó al capitán Sturdee que tuviera buen cuidado de dar un gran rodeo a tan peligroso arrecife, y éste lo invitó al puente, donde le mostró, en varias cartas náuticas, la posición que guardábamos en aquellos momentos y la trayectoria esperada.”

Aquí, la tía H solía hacer una pausa dramática, de la cual yo era presa irremediable. “¿Y qué pasó entonces, Auntie H? ¡Sigue!”

“¡Ay, Cecilia querida!” exclamaba gesticulando. “Me fui a dormir tan tranquila, pero a eso de las cinco de la mañana, todavía a oscuras, me despertó una fuerte sacudida. No sabía qué había sucedido, pero el movimiento del barco y los gritos me indicaron que debía ser algo terrible. En camisón y descalza corrí al camarote de mi padre, pero lo encontró vacío, porque él mismo se había dirigido de inmediato a cubierta. Cuando regresó, vi en la palidez y expresión de su cara, que estábamos perdidos. Nos abrazamos unos instantes. Un abrazo que era, en realidad, una despedida.”

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

El chocolate en México durante los siglos XIX y XX

Marcela Meza Rodríguez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

No hay duda que el sabor del chocolate, en sus muy distintas formas, es uno de los favoritos de muchos paladares. Su origen, sobre todo el cacao “el fruto original”, se sitúa en tierras americanas y su industrialización a partir de la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo, en el Viejo Mundo. Ahora bien, ¿cómo se desarrolló y transformó el consumo y la manufactura del chocolate en nuestro país?

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 21.50.05El cacao tuvo suma importancia para los mesoamericanos, tanto en el aspecto económico como en el alimenticio pues por una parte les servía de moneda y por otra para hacer chocolate, bebida que resultaba muy nutritiva. Se le veía como un regalo divino y se destinaba a los gobernantes, aunque también el común de la población lo consumía.

Los españoles se percataron pronto de su importancia y se apropiaron de su cultivo. Durante la Colonia, la gran demanda propició una producción muy alta; muchas actividades comerciales giraron en torno suyo, convirtiéndolo en un gran negocio y en parte esencial de la vida económica de distintas regiones, además de ser alimento de primera necesidad y bebida típica consumida por todas las cases sociales. Varió un poco la manera de prepararlo respecto a la época prehispánica: el cacao se siguió moliendo en el metate, pero con otros ingredientes como canela, almendras, anís y algún endulzante, para una vez molido y mezclado hacer barras o bolitas, que después se disolvían en agua o leche con ayuda de un molinillo.

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Después de la guerra de Independencia y a lo largo del siglo XIX, el chocolate no dejó de ser la bebida más popular de México. Si bien por influencia europea se impuso en la repostería y empezó a rivalizar con el café, no tuvo aún un rival digno como reconfortante, digestivo y estimulante.

Los talleres para elaborar el chocolate en forma artesanal existían desde el siglo XVIII. Las máquinas llegaron en el siglo XIX, lo que ayudó a aumentar y a la vez reducir sus precios. La industrialización fue lenta debido, seguramente, a que una población experta en el proceso del chocolate (compra, elaboración y consumo) y apegada a él de modo muy personal se resistió a delegarlo en manos de otros. Así, aunque casi toda la producción llegó a mecanizarse, sobrevivieron los talleres tradicionales que fueron la alternativa para un público tradicional. El chocolate continuó durante mucho tiempo preparándose y saboreándose en casa, por más que la apertura de numerosos cafés ofreció la posibilidad de degustarlo en espacios públicos.

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Se ignora cuándo se fundó la primera fábrica de chocolate en el país, pero se sabe que la llamada Diego Moreno y Compañía estaba asentada en 1841 en la ciudad de México. Aquí y en provincia la sucedieron otras entre 1860 y 1880, de gran capacidad, como La Concha y La Norma. Para 1900 había unas quince tan sólo en el Distrito Federal y había más en los estados de Querétaro, San Luis Potosí, Tabasco y Durango. Las primeras fábricas de golosinas de chocolate, fundadas por europeos y en las que los mexicanos participaron no surgirían sino después de 1890.

La manufactura del chocolate sufriría altibajos por el alza en el precio internacional del cacao en el siglo XX, en especial en la segunda mitad. Ante la competencia del café, además del cacao africano, el gobierno federal tomó distintas medidas para mejorar los cultivos y aumentarlos. Esto ha permitido que México tenga un lugar importante como productor. Desde luego, la industrialización y la concentración de la vida en las ciudades han modificado las formas de consumo; el uso de nuevas tecnologías hizo posible la fabricación de todo tipo de variantes: el chocolate soluble y múltiples dulces, pero el éxito creciente del café, el té, los jugos frutales y las bebidas alcohólicas lo desplazaron de las mesas y la preferencia del mexicano. Con todo, la publicidad de las empresas chocolateras le ha generado un gran impulso.

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El empleo del chocolate varía de acuerdo con las clases sociales: en el espacio urbano, el chocolate de mesa ha desaparecido casi por completo del consumo cotidiano, si bien se le retiene como golosina, mientras que en algunos estados tiene una mayor presencia como bebida tradicional o incluso típica –como en Oaxaca para su tradicional chocolate con pan–. El cacao posee todavía, en algunas comunidades indígenas, el valor de moneda o de material simbólico de intercambio.

La transformación de las formas de producción y consumo del chocolate ha influido en un cambio de su significado. La bebida que en el pasado fue perfecta para la relajación, el reposo, la digestión y el convite es hoy una golosina, un regalo, un portador de calorías y energía, además de un medio para expresar buenos deseos e incluso amor.

Cartas de un padre a su indeciso hijo y de un suegro a su mentecada nuera. De Matías Quintana a Andrés Quintana Roo y a Leona Vicario

Laura Machuca G.
CIESAS

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Matías Quintana, menos conocido por la historiografía nacional, fue padre del célebre Andrés Quintana Roo. Un acercamiento a su persona resulta de gran interés pues no sólo representa a ese tipo de hombre que debió debatirse entre el antiguo y el nuevo régimen, sino que además su actuación en Yucatán estuvo muy influenciada por las acciones de su hijo, a quien amaba entrañablemente, como se puede observar tanto en las cartas que anexamos como en una publicación que tuvo gran trascendencia: Clamores de la fidelidad americana contra la opresión.

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Matías nació en Mérida el 24 de febrero de 1767 y contrajo nupcias con la campechana María Ana Roo. Tuvieron ocho hijos: Ana Guadalupe, Andrés, Tomás Domingo, Tomasa, María, Manuela, Josefa y María Ana, aunque sólo sobrevivieron los cinco primeros. Tomás Domingo fue cura y un activo hacendado y político local. Las hijas se casaron con personajes prominentes de la Península.

Si bien en Yucatán no hubo lucha armada, sí se vivió un choque ideológico entre los liberales, conocidos como sanjuanistas, y los rutineros, conservadores, aunque en realidad ninguno de los dos bandos desconoció al rey Fernando VII. De hecho, el único que llegó a dudar del rey fue precisamente Matías Quintana, al enterarse del destino tomado por su hijo. Matías se había unido al grupo sanjuanista desde sus inicios hacia 1805, cuando un grupo de vecinos del barrio de San Juan de Mérida se reunía en torno al capellán de la parroquia, Vicente María Veázquez. En 1812 el grupo encontró su punto de cohesión alrededor de la constitución de Cádiz, cuyos preceptos se volvieron su credo.

Matías no hizo estudios profesionales o académicos, pero le gustaba escribir. Su padre Gregorio, un español de la Coruña, había sido comerciante y Matías siguió por el mismo camino. Apenas hizo una educación básica y después se consagró a trabajar con su padre. Entre los dos crearon la compañía Quintana e Hijo y establecieron una tienda llamada Conejo. Ni siquiera hay evidencia de que Matías haya pasado por el seminario, de ahí quizá que se preocupara tanto por la educación de su hijo mayor. Además ocupó puestos en la administración regional, tuvo haciendas y fungió como prestamista. Sin duda tenía bastante solvencia económica. Cabe resaltar que contadas familias yucatecas podían costear estudios de sus hijos fuera, como él lo hizo con Andrés.

Para sus actividades comerciales Matías tenía apoderados en diversos lugares: Madrid, Habana, México. De hecho se tiene evidencia que en esta última ciudad, Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, tío de Leona Vicario, había fungido como apoderado de la compañía Quintana e hijo. Se debe recordar que Andrés, después de hacer estudios en el Seminario conciliar de Mérida, se fue a estudiar leyes a la Universidad de México a donde llegó en el segundo semestre de 1808, justo poco después de la destitución del virrey Iturrigaray. Lo primero que hizo fue validar los estudios hechos en Mérida y obtuvo así el grado de bachiller en artes el 11 de enero de 1809 y en cánones el 21 del mismo mes y año, en la Universidad Real y Pontificia de México. Al mismo tiempo se integró en el despacho del licenciado Agustín Pomposo Fernández de San Salvador. Fue ahí donde conoció a Leona y se enamoró a pesar de que ella ya estaba comprometida. Así empezó el noviazgo a escondidas del tío, pues cuando por fin la pidió en matrimonio, aquél le negó la mano con el pretexto del prometido. Andrés sí puso al corriente a su padre y le pidió permiso para casarse.

Las cartas que presentamos fueran escritas por Matías del 22 de agosto al 7 de noviembre de 1812. Se trata de un periodo de transición en Yucatán, pues aunque la constitución de Cádiz ya había sido promulgada desde el 11 de marzo y que el diputado yucateco a las Cortes, Miguel González Lastiri, en cuanto pudo regresó y la dio a conocer en Yucatán, el documento causó tanto impacto que las autoridades retrasaron su publicación hasta el 8 de octubre. En las cartas de Quintana se observa la preocupación porque la Constitución se plantificara de una vez.

Se nota la gran desesperación del padre por no recibir noticias del hijo desde mayo de 1812. Justo en julio, Andrés se fue a presentar a Tlalpujahua, Michoacán, luego en Zitácuaro se puso a las órdenes de Ignacio Rayón. Don Matías en sus cartas pide al hijo que regrese a su hogar y que deje a su novia que le quita el tiempo. Al parecer, Matías ya había dado su consentimiento para el matrimonio desde principios de 1812 y no había recibido más noticias. A Leona la ve con muy malos ojos, incluso la trata de “inconsiderada”, “débil” , “mentecata”, e “irresoluta” . Como hombre de su época, Matías no pensó en la verdadera lucha interna que libraba Leona, por un lado, para no decepcionar a su tío, pero por el otro, para apoyar una causa en la que creía, a la cual finalmente se entregó. Para Leona no fue fácil la ida de Andrés, y desde su casa colaboró con el movimiento, sirviendo de enlace entre distintos insurgentes, comprando armas con su dinero y enviándolas a su destino, además de dinero, ropa y medicinas. Como no fue tan discreta en sus movimientos fue descubierta. Leona resultó ser más decidida de lo que su yerno creía y en marzo de 1813 simplemente huyó, aunque con Andrés no se vería sino hasta meses después. En cuanto a Matías su actitud le valió ser encarcelado en San Juan de Ulóa de 1814 a 1817, junto a sus compañeros Francisco Bates y Lorenzo de Zavala. Una vez obtenida la independencia marchó a México como diputado por Yucatán y nunca más regresó.

Correspondencia emitida por Josef Matías Quintana, vecino de Mérida, a su hijo el Licenciado Andrés Quintana y Roo, Abogado de la Real Audiencia, y a su prometida Maráa de la Soledad Vicario.

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Cartas de Don Matías Quintana vecino de Mérida, a su hijo don Andrés que existe con Morelos.

Mérida y agosto 22 de 1812.

Mi amada Leoncita. Por mis anteriores habrás visto que di la licencia a Andrés solamente por no desairarte ni faltarte al honor debido de tu notorio merito. Pero el espacio de más de ocho meses y la necesidad en que me hallo de concluir este negocio, me hace suplicarte decidir con firmeza si te casas con él, o de no decirle que se ponga en camino en un mes después de recibida ésta porque yo no puedo tolerar que ni tú ni él están indecisos en negocios en que al momento deben concluirse. Yo en este concepto di la licencia y no puedo sufrir que ni tú ni él sean el objeto de las hablillas de ese pueblo de que está corrido tu afectuosísimo servidor que te ama.

Josef Mathías Quintana [rúbrica]

Mérida y agosto 29 de 1812.

Amado hijo Andrés. Hasta 24 de mayo te dije que tuve carta tuya. Para mí tan plausible como que por ella te miraba fiel a la constitución de la monarquía española. Prescinde de los dicterios de los Rutineros y sí simplemente virtuoso y leal a la patria.

No llevo a gusto por ningún pretexto que sigas con la bobera del casamiento. Si di mi consentimiento fue nada más que por no desairar a Leoncita. Pero ya que la debilidad de ésta la hace respetar más las preocupaciones de su tío y a su mismo honor, ya que no tiene talento para conocer su vituperio en el negocio de mayor importancia para una mujer, yo no puedo autorizar el escándalo con mi consentimiento y tu luego, luego trasladándole este capítulo le dirás que te vienes en un mes a más tardar que tu padre tan celoso del honor de sus hijos, como de las personas que los favorecen con su estimación no puede sufrir que sean el objeto de la sátira y de la murmuración y sin más avío que el mío preciso, te pondrás en camino luego, luego, como lo espera de tu filial obediencia tu padre que te ama y bendice.

Josef Mathías

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La historia continúa

Aparecimos en Milenio Semanal:

Portada BiCentenario 11

Luego del show de las celebraciones patrióticas bi-centenarias, la indagación de la Historia continúa con seriedad en publicaciones como esta revista trimestral, cuya undécima entrega explora aspectos del “entretenimiento” durante el siglo XIX y los años del Porfiriato: de las “novelitas” de la primera mitad del siglo a las funciones del circo Chiarini, y de las luchas, la esgrima, el box y las artes marciales en los primeros años del siglo XX a los sorprendentes anuncios publicitarios en la revista “La Hacienda” de esos años (victrolas y gramófonos, máquinas de escribir y de coser, moda, autos, artículos de belleza y hasta Coca-Cola). Además, las cartas de Matías Quintana a su “indeciso” hijo Andrés Quintana Roo y a su “nuera mentecata” Leona Vicario; también una revisión del campo mexicano en el cine nacional y más.

REVISTA BICENTENARIO. EL AYER Y HOY DE MÉXICO (VOL. 3, NO. 11) INSTITUTO MORA, 96 PP. ENERO-MARZO 2011
Alejandro de la Garza

La Ley de Arizona: otro eslabón en la historia de la migración México-Estados Unidos

Eduardo Fernández Guzmán
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

La ley de Arizona

Para entender el alcance y el significado de la nueva Ley SB-1070, mejor conocida como “ley de Arizona”, es preciso darle perspectiva histórica, develando que el rechazo a los emigrantes por la sociedad estadounidense fue padecido, desde el inicio del siglo XIX, por muchos europeos y asiáticos que emigraron a Estados Unidos en busca de otra oportunidad. La ley, que entró en vigor el 23 de abril de 2010, criminaliza a quienes carezcan de permiso para permanecer en ese país, en particular en el estado de Arizona, y autoriza el arresto por parte de la policía local de aquellos “sean ciudadanos o migrantes legales e ilegales” que, por su aspecto, sean sospechosos de carecer de los documentos necesarios, con penas de hasta seis meses de prisión y multa de 2,500 dólares o expulsión del territorio.

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La ley tiene un carácter racista, pues se dirige a la población de origen mexicano, Si bien al permitir el arresto y castigo de un individuo por su mera apariencia, resulta insólita en el pasado estadounidense y ha generado la hostilidad de importantes sectores de la opinión pública, lo cual hasta el momento ha servido para detener su aplicación, es tan solo la última expresión de una larga historia de rechazo a la inmigración.

Un país de inmigrantes

Familia hispana en Colorado a fines del siglo XIX

A las colonias de Gran Bretaña en América del Norte, de población preponderantemente inglesa, comenzaron a llegar familias de otras naciones en el siglo XVIII. Los alemanes fueron el primer gran grupo de “extraños” que se presentó, siendo tan numerosos que los gobiernos locales dictaron leyes que trataron de regular la inmigración, con la idea de que la gente que arribara fuera sana y bien alimentada.

Los alemanes no dejaron de llegar en cifras considerables en los decenios siguientes, junto con una masa de irlandeses e individuos de los países nórdicos a partir de 1830, quienes se convirtieron en la mano de obra indispensable para el desarrollo de los transportes y las comunicaciones, y la revolución industrial que transformó a Estados Unidos en la primera potencia continental.

Más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, a su mosaico étnico se agregarían emigrados de los países del sur y centro de Europa y aun del este de Asia. En efecto, entre 1850 y 1880 se desplazaron a través del Pacífico casi 229 mil chinos, que fueron sometidos a terribles condiciones laborales y de salarios. Los seguirían japoneses y, en el decenio de 1920, filipinos.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Milenio semanal

La historia continúa

MILENIO SEMANAL HABLA SOBRE LA REVISTA BICENTENARIO

Tomado de: http://www.msemanal.com/node/3726

Luego del show de las celebraciones patrióticas bicentenarias, la indagación de la Historia contiúa con seriedad en publicaciones como esta revista trimestral, cuya undécima entrega explora aspectos del “entretenimientoa” durante el siglo XIX y los años del Porfiriato: de las “novelitas” de la primera mitad del siglo a las funciones del circo Chiarini, y de las luchas, la esgrima, el box y las artes marciales en los primeros años del siglo XX a los sorprendentes anuncios publicitarios en la revista La Hacienda de esos años (victrolas y gramófonos, máquinas de escribir y de coser, moda, autos, artículos de belleza y hasta Coca-Cola). Además, las cartas de Matías Quintana a su “indeciso” hijo Andrés Quintana Roo y a su “nuera mentecata” Leona Vicario; también una revisión del campo mexicano en el cine nacional y más.
REVISTA BICENTENARIO. EL AYER Y HOY DE MÉXICO (VOL. 3, NO. 11) INSTITUTO MORA, 96 PP. ENERO-MARZO 2011

Surcar con luz y abonar con miradas: Filmando el campo mexicano

Abe Yillah Román Alvarado
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Desierto adentro, Rodrigo Pla

Si consideramos que los materiales fílmicos son documentos que revelan cómo se ha visto e interpretado un tema en diversos momentos y espacios socio-culturales, en el cine mexicano se advirtió durante varias décadas la intención de construir un imaginario social del agro desde la visión de las clases en el poder, las cuales veían con recelo y reserva las demandas de los de abajo. Por ello, desde sus inicios, la producción cinematográfica nacional ocultó con un halo romántico el anhelo agrícola social de la Revolución, que buscó un cambio completo en la tenencia de la tierra tanto como los esfuerzos de redistribuirla que se alcanzarían con la reforma agraria cardenista.

Tras la Revolución armada, se produjeron relatos rudimentarios con el campo como escenario (por ejemplo En la hacienda, de Ernesto Vollrath y El caporal, de Miguel Contreras), que inauguraron el ambiente idílico campirano y sus personajes arquetipo (campesinos heroicos, caciques malvados, indias sumisas, etcétera). Fueron antecedentes directos de célebres filmes posteriores. Así, dado que el campo era tan cercano y a la vez tan desconocido para las clases en el poder, se engrandecía la belleza del paisaje e idealizó la pureza y lealtad de los campesinos al instaurar en la pantalla grande argumentos dramáticos que evidenciaran el maltrato a los peones y defendieran la hacienda como una importante institución económico-social amenazada por la insensible y obstinada exigencia de hacer ejidos.

Los herederos, Rodrigo Polgovsky

El cine posrevolucionario de tema rural tomó así tres vertientes: la primera contempla las imágenes de postal, resultantes del exagerado gusto por las luces y sombras erigido por el cineasta ruso Sergei Eisenstein en la década de 1930, influyendo en películas apegadas a un nacionalismo a ultranza, con cierto contenido crítico, como Janitzio, de Navarro y Redes, de Zinnemann (ambas de 1934). En esta línea, hubo interesantes esfuerzos gubernamentales de producción cinematográfica, algunos patrocinados por la Secretaría de agricultura y fomento e incluso por el Partido Nacional Revolucionario, en el marco de la Reforma Agraria, pero ninguna de estas cintas se pudo vincular con la política cardenista. De allí que el tópico viraría a las historias ingenuas y taquilleras de la comedia ranchera.

Esta segunda vertiente, impulsada por grupos opuestos a Lázaro Cárdenas, desarrolló el estereotipo de una provincia mexicana más próxima al siglo XIX que al XX; la intención era que los reveses que el estado propiciaba a las clases acomodadas pudieran ser revocados en la pantalla grande mediante un falso gusto campirano, tal y como sucede en Allí en el rancho grande, de Fernando de Fuentes (1936). Entonces los ambientes fueron haciendas dichosas y pueblos impecables y festivos, que dejaban los del campo propiamente dicho, generando todos los arquetipos de lo mexicano: sarapes, sombreros, un amplio repertorio de trajes típicos, canciones populares, mariachis, tequila, cantinas, juegos de azar, muchachas enamoradas y algunas valentonas.

Definió a la tercera vertiente la mancuerna de Emilio “El Indio” Fernández y Gabriel Figueroa, guiados por el auge del indigenismo y la antropología cívica en nuestro país. Mientras el primero dirigía escenas agobiadas de dramas protagonizados por indias bonitas y nobles campesinos, cuya fatalidad los volvía indomables, estoicos e impasibles, a través de sus imágenes el segundo desarrollaba un estilo sensible, plagado de encuadres e inspirado en el claroscuro del país rural registrado por el muralismo. Este cine inició el mito del campo y los campesinos envueltos por la tragedia, en sitios entre estancados y heroicos, territorios desconocidos de topografía infinita y pueblos abandonados o adoloridos por la gesta revolucionaria. Fue un estilo fulminante que impuso la época de oro del cine mexicano (caracterizada por actrices-divas como Dolores del Río, María Félix y Columba Domínguez), que encasilló toda capacidad expresiva y sirvió de modelo hasta los años 1990 (El cometa, de Marise Sistach y José Bull, 1998).

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