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En defensa propia

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

Antes de regresar de su breve exilio europeo, Agustín de Iturbide redacta un manifiesto político en el que se defiende y justifica, y da su versión de los días conflictivos que siguieron a la consumación de la independencia. La escritura de esas memorias quedó como un testimonio personal que permite ver su interpretación de momentos definitivos de la historia de México, aunque no le servirían, según su intención, para reinsertarse en la nueva vida política del país.

Anónimo, Proclamación de Agustín de Iturbide como emperador de México, acuarela sobre seda, siglo XIX, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Agustín de Iturbide es conocido como el jefe realista que combatió con ahínco a los insurgentes. Su nombre fue reconocido durante la guerra de independencia por las acciones que sostuvo en favor de los realistas. Posteriormente, se habló de él con motivo de las acusaciones que pesaban en su contra.

Durante 1821 su nombre fue mencionado con mayor fuerza dado el protagonismo que alcanzó en tanto pieza clave para lograr el término de la guerra y conseguir la independencia. Exonerado de su pasado realista, ya como consumador de la independencia, entró triunfante a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821 al frente del Ejército Trigarante.

Fue vitoreado emperador y, tiempo después, acusado de abusar del poder durante su corto imperio. A los aplausos y reconocimientos de otros momentos, le siguieron las críticas a su desempeño autoritario y los alzamientos en su contra. Más tardó en jurar como emperador que en verse envuelto en la intriga y el contubernio. Al ceñirse la corona, Iturbide pareció olvidar su espíritu conciliador. Disolvió el Congreso y aprehendió a algunos diputados, con lo que selló su caída. Los que otrora le habían reconocido, y quienes votaron a favor de su coronación como emperador, le recriminaron su actuar frente al Congreso. Y ese mismo Iturbide, otrora vitoreado emperador, se vio obligado a abdicar y dejar el país.

Buscó asilo en Europa y, el 11 de mayo de 1823, zarpó de La Antigua a bordo de la fragata Rowllins con destino a Italia. Llegando a Liorna, en la costa oeste de Italia, el 2 de agosto, “habiéndosele mandado hacer una cuarentena de treinta días […], saliendo a tierra el 2 de septiembre”, como señala Lucas Alamán en su Historia de Méjico, se alojó en la villa Guevara, una casa de campo que pertenecía a la princesa Paulina Bonaparte.

Sin dilación se puso a escribir su defensa. Se dio a la tarea de redactar sus memorias que se ocuparían de aquellos años señeros. Páginas escritas de su puño y letra que narraban su versión de los hechos y en las que con argumentos buscaba reivindicar su figura para, en un futuro, lograr reintegrase a la vida política.

Con su Manifiesto al mundo o sea apuntes para la historia, como tituló el escrito, pretendía impactar más allá de sus conciudadanos. En esas páginas buscaba rehacer su reputación. Allí volcaría sus recuerdos, señalaría a los actores que le defraudaron; con ellas justificaría su proceder. Por ello se ocupó de darlas a la luz lo más pronto posible. Dejó la Toscana y se dirigió a Inglaterra, un refugio más seguro, un ambiente más propicio en donde encontraría apoyo.

Los movimientos que hacía en el viejo continente despertaron sospechas y el gobierno mexicano procedió a suspenderle la pensión y a declararlo fuera de la ley. De encontrársele en suelo mexicano, se dispuso que se le pasase sumariamente por las armas. Y sin conocer estas disposiciones, Iturbide se hizo a la mar en mayo de 1824 en el bergantín Spring, pues nunca perdió la esperanza de regresar a México, a donde llegó el 17 de julio al puerto de Soto la Marina. Al desembarcar fue aprehendido por el general Felipe de la Garza y dos días después fusilado en Padilla, Tamaulipas.

Antes de partir hacia México, entregó el manuscrito en Londres a Michael Joseph Quin, quien lo tradujo y lo publicó cuando ya Iturbide estaba a la mar. No obstante, sería hasta 1827 que se publicarían dos ediciones en español. Una corrió a cargo de Pablo de Villavicencio y la otra bajo el sello de la imprenta de Ontiveros, ambas en la ciudad de México.

El siguiente testimonio corresponde a una selección de fragmentos del Manifiesto al mundo… con el fin de que el lector pueda tener una idea de la confesión política de Agustín de Iturbide.

No escribo para ostentar erudición; quiero ser entendido de todas las clases del pueblo […] Mi nombre es bastante conocido; mis acciones lo son también, pero estas tomaron el colorido que les dieron los intereses de los que las transmitieron a regiones distantes. Una nación grande y muchos individuos en particular se vieron ofendidos, y me denigraron: yo diré con la franqueza de un militar lo que fui y lo que soy; lo que hice y porque los imparciales juzgarán mejor aún la posteridad. No conozco otra pasión que el amor de gloria, ni otro interés que el de conservar mi nombre de manera que no se avergüencen mis hijos de llevarle. […]

Di la libertad a la mía, tuve la condescendencia o llámese debilidad de permitir me sentasen en un trono que creé destinándole a los otros, y ya en él tuve valor para oponerme a la intriga y al desorden. Estos son mis delitos; no obstante ellos, ahora y siempre me presentaré con semblante tan sereno a los españoles y a su rey, como a los mexicanos y a sus nuevos jefes; a unos y a otros hice importantes servicios, ni aquellos ni estos supieron aprovecharse de las ventajas que les proporcioné; faltas que ellos cometieron son las mismas con que ellos me acriminan.

En el año de diez era yo un simple subalterno; hizo explosión la revolución proyectada por Miguel Hidalgo, cura de Dolores, quien me ofreció la faja de teniente general; la propuesta era seductora para un joven sin experiencia, y en la edad de ambicionar; la desprecié sin embargo porque me persuadí que los planes del cura estaban mal concebidos; […] El tiempo demostró la certeza de mis predicciones. […]

Si tomé pues las armas en aquella época, no fue por hacer la guerra a los americanos sino a los que infestaban el país […] Siempre fui feliz en la guerra; la victoria fue compañera inseparable de las tropas que mandé; no perdí una acción. […] No tuve otros contrarios que los que lo eran de la causa que defendía, ni más rivales que en lo sucesivo me atrajo la envidia por mi buena suerte: ¿a quién le faltaron cuando le lisonjeó la fortuna? […]

Restablecióse el año de veinte la Constitución en las Españas. El nuevo orden de cosas, el estado de fermentación en que se hallaba la península, las maquinaciones de los descontentos, la falta de moderación en los amantes del nuevo sistema, la indecisión de las autoridades, y la conducta del gobierno de Madrid y de las cortes que parecían empeñadas en perder aquellas posesiones […] avivó en los buenos patriotas el deseo de independencia, en los españoles establecidos en el país el temor de que se repitiesen las horrorosas escenas de la insurrección; […] En tal estado, la más bella y rica parte de la América Septentrional iba a ser despedazada por facciones. Por todas partes se hacían juntas clandestinas en que se trataba el sistema de gobierno que debía adoptarse. […]

Yo tenía amigos en las principales poblaciones que lo eran antiguos de mi casa, o que adquirí en mis viajes y tiempo que mandé; contaba también con el amor de los soldados; todos los que me conocían se apresuraron a darme noticias. Las mejores provincias las había recorrido, tenía ideas exactas del terreno y del carácter de los habitantes, de los puntos fortificables y de los recursos con los que podía contar. Muy pronto debían estallar mil revoluciones, mi patria iba a anegarse en sangre, me creía capaz de salvarla, y corrí por general de los americanos.

Formé mi plan conocido por el de Iguala, mío porque solo lo concebí, lo extendí, lo publiqué y lo ejecuté; me propuse hacer independiente mi patria, porque este era el voto general de los americanos; […] El Plan de Iguala […] a los mexicanos concedía la facultad de darse leyes […] Aseguraba los derechos de igualdad, de propiedad, de libertad […] destruía la odiosa diferencia de castas […] conciliaba las opiniones razonables y oponía un valladar impenetrable a las maquinaciones de los díscolos.

[…] Sin sangre, sin incendios, sin robos, ni depredaciones, sin desgracia y de una vez sin lloros y sin duelos, mi patria fue libre, transformada de colonia en grande imperio. […]

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Una fotografía de la ciudad de México en 1883

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Fernando Aguayo / Instituto Mora
Berenice Valencia / INAH

La historia de los primeros tiempos de la fotografía es compleja y poco conocida. Las limitaciones de la técnica impedían captar con precisión lo que se quería reproducir, sobre todo plasmar la gama de colores que se presentaba frente a la cámara. Un análisis de una fotografía y dos imágenes de la ciudad de México que se hicieron a partir de ella, ejemplifica cómo se hizo para obtener imágenes que mostraran de forma verosímil los espacios registrados por la cámara.

William Henry Jackson, 073049 The Palace from the Cathedral. City of Mexico, 1883. Library of Congress, EUA.

El 5 de mayo de 1883, la firma William Henry Jackson & Co. realizó una serie de tomas fotográficas de la ciudad de México, algunas desde la torre oriente de la Catedral Metropolitana y enfocando el Palacio Nacional, que se encontraba engalanado para celebrar el aniversario del que se llamó Día de la Segunda Independencia de México. Entre las imágenes resultantes de esa jornada, la fotografía “The Palace from the Cathedral. City of Mexico” ha sido elegida muy acertadamente en diversas publicaciones para mostrar una visión de lo que era la ciudad capital y su plaza mayor. Otra fotografía similar −con la que existen indudables diferencias, aunque en ambas se enfoca la esquina del Palacio Nacional delimitada por las calles Seminario y Moneda− se titula “Panorama of Mexico, the Palace from the Cathedral” (véanse imágenes 1 y 2).

Resulta evidente que la discrepancia más sobresaliente entre ambas imágenes es el cielo que, en la primera, aparece como elemento central, circunstancia que favorece su publicación, pues ilustra un componente que sorprendió a todo viajero que tuvo el privilegio de contemplar la ciudad de México en esa época. Un cielo excepcional que se producía por las condiciones atmosféricas propias y la humedad de los lagos que la rodeaban, pues esos cuerpos de agua estaban todavía vivos y formaban parte de la vida cotidiana de la capital.

En el siglo xix se consideró que la fotografía era el procedimiento más certero para crear imágenes verosímiles, a pesar de reconocerse que existían muchas limitantes para reproducir lo que a simple vista se veía. Este texto muestra la forma en que una firma fotográfica realizó su trabajo para lograr imágenes que se acercaran a los referentes visuales, la cual parte de dos afirmaciones: que las fotografías son objetos complejos en los cuales la imagen que portan es sólo uno de los elementos que se pueden contemplar y analizar; y que estos objetos son producto de una serie de procedimientos técnicos y reacciones químicas que determinan su estructura física, los materiales que la componen y las características distintivas de la imagen resultante.

Desde que inició la fotografía, uno de sus principales objetivos fue crear imágenes con una semejanza mimética a la “realidad”. Sin embargo, en el siglo xix, las limitaciones ópticas y técnicas hacían que la imagen obtenida con una cámara no fuera un reflejo fiel del referente. Mientras que la “realidad” se presenta en diferentes colores y tonalidades, las fotografías de esa época exhibían únicamente una gama de color (escala de grises, ocres y otras). Además, la sensibilidad limitada de la emulsión fotográfica, de reaccionar sólo a un rango determinado de ondas de luz, generó imperfecciones que impedían considerar la imagen final como cercana al referente. Para paliar algunos de estos inconvenientes, muchos fotógrafos modificaban sus negativos antes de que fueran impresos en positivo. Estas alteraciones, conocidas como retoques, surgieron a la par de la fotografía y están vinculadas con las exigencias de los primeros retratos, pero también con las limitaciones propias de los primeros años de la técnica fotográfica.

La amplia experiencia de William Henry Jackson y de los integrantes de su firma, aunada a la alta calidad de las cámaras y la óptica del equipo fotográfico con el que realizaban las tomas, les permitía captar multitud de detalles. Por ejemplo, la imagen “The Palace” muestra que la estructura provisional construida frente al Sagrario Metropolitano es un teatro y anunciaba la presentación de “tandas todas las noches” (véase imagen 3).

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De la diosa Tonantzin a la Guadalupana

Fernanda Isabel Lara Manríquez
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Construido para llevar agua de calidad al pueblo de Santa Isabel Tola, el acueducto más largo del país, con sus diez kilómetros de extensión, hoy fraccionado por distintas obras de infraestructura urbana, es una de las reliquias arquitectónicas del siglo xviii que aún podemos apreciar y preservar.

16143. The Great Aqueduct of Mexico City from Guadalupe, fotografía estereoscópica, 1909. Biblioteca pública de Boston, PICRYL.

La antigua caja del Acueducto de Guadalupe se localiza en la alcaldía Gustavo A. Madero, al norte de la Ciudad de México, exactamente en el pueblo de Santa Isabel Tola. Es uno de los 132 pueblos originarios urbanos de la capital mexicana, y como el resto, tiene un origen prehispánico. Anteriormente conocidos como calpullis, estos espacios se caracterizan a la fecha por contar con un modo de vida basado, sobre todo, en un sistema religioso regido por un santo patrón o santa patrona, lo cual conlleva una organización social peculiar, que a su vez es herencia tanto de los antiguos habitantes, como del proceso de fusión cultural y religiosa que se dio con la conquista de la antigua Tenochtitlan. Otro rasgo relevante de los pueblos originarios urbanos es que la mayoría de las familias que los habitan lo han hecho en promedio por tres o cuatro generaciones, de manera que pueden encontrarse en ellos grupos de familias que comparten apellidos y se autoidentifican como naturales.

Estos espacios pueden además definirse por determinadas particularidades; esto es, por las características de sus calles o por lo que les resta de recursos naturales que los formaban en su origen, entre otros. Como en el caso de Santa Isabel Tola, estos pueblos conservan en su toponimia su nombre en náhuatl, junto con el nombre de su santo patrón o santa patrona. Todo esto los distingue en cuanto al modo de vida de quienes viven en las colonias que integran a casi toda la Ciudad de México.

En el caso del pueblo de Santa Isabel Tola, su fundación data del año 1246. Su nombre hace alusión a la palabra náhuatl Tollan, que quiere decir “lugar de tules o donde crecen los tules”. Por ello, el lugar que recorre el gran Acueducto de Guadalupe narra, además de la historia de su propia construcción, el relato de los antiguos caminos del peregrinar de los ancestros mexicas por la calzada que hoy se conoce como de los Misterios, construida por el que muchos reconocen como el primer y más importante ingeniero hidráulico en América, Nezahualcóyotl. Gracias a él y a su inventiva y creatividad, se hizo posible la separación de las aguas saladas y dulces de la antigua Tenochtitlan, lo cual favoreció la agricultura chinampera, única en su tipo.

Este camino de la travesía mexica se localiza al sur de la caja del Acueducto de Guadalupe, misma que ahora se encuentra en el Parque del Mestizaje, sobre las faldas del cerro Tecpayocan, y que fue el sitio donde los mexicas, que venían de Aztlán, prendieron por primera vez su fuego nuevo. Este se convirtió en un centro de reunión para los peregrinos que depositaban su fe en la diosa Cihuacóatl, también llamada Tonantzin o “Nuestra Madre”, por ser símbolo de las fuerzas femeninas de la fertilidad. Representaba el origen de la vida y todas las cosas, era la parte femenina de la dualidad de la creación. Historiadores como Miguel León Portilla establecen una relación entre la creencia hacia Tonantzin y la creencia en la virgen de Guadalupe, pues consideran que durante la colonización se sustituyó a la primera por la segunda. De manera que el antiguo adoratorio de la diosa mexica se fue transformando paulatinamente en el de la virgen de Guadalupe, y su basílica llegaría a ser el santuario católico más importante del mundo después de la plaza de San Pedro en Roma.

           Con la conquista de Tenochtitlan hubo otros cambios importantes, derivados de las obras hidráulicas españolas, pues se enfrentaron al reto del manejo de la abundancia del agua existente en el espacio al que recién habían llegado. Desde tiempos prehispánicos, las inundaciones resultaban frecuentes y los antiguos pobladores habían encontrado diversas maneras de reducir los problemas que implicaban. Sin embargo, con las modificaciones a los diversos ríos, lagos y canales llevadas a cabo por los españoles, las inundaciones y problemas sanitarios, principalmente las epidemias de tifoidea, fueron en aumento.

Así, entre las obras hidráulicas que se realizaron en la época colonial, se construyeron diversos acueductos. Muchos consideran que la más importante, por su función y por su longitud, fue el Acueducto de Guadalupe. Esta larga obra de ingeniería hidráulica fue construida a mediados del siglo xviii, con el propósito de hacer llegar agua al pueblo de Santa Isabel Tola, que carecía del vital líquido con calidad. Condujo el agua desde el río Tlalnepantla, localizado en el municipio del mismo nombre, en el Estado de México.            

El hecho de que el acueducto en cuestión conectara hidráulicamente este extenso territorio del centro del país da cuenta de su longitud, así como de su esplendor. Según refieren las fuentes consultadas, su construcción fue de hecho breve para las dimensiones con que finalmente contó, pues se realizó en ocho años: a partir de 1743, durante el gobierno del virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara; hasta 1751, en el mandato de Juan Vicente de Güemes, segundo conde de Revillagigedo.

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COVID-19. Comida para héroes

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Con las crisis de salud y económica generadas por la pandemia, y gracias a donativos económicos y en especie, un grupo de empleados de restaurantes ha dado pie a la campaña #ComidaParaHéroes, con la intención de llevar alimentos a personal hospitalario que atiende la enfermedad.

 

Colaboradores, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Colaboradores, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

El 14 de marzo de 2020, el secretario de Educación Pública anunció la ampliación y adelanto de las vacaciones de Semana Santa a nivel nacional; lo anterior como medida de prevención frente a la pandemia mundial decretada por el contagio masivo de coronavirus en varios países de distintos continentes. El anuncio propició una caída inmediata en las ventas de los restaurantes de la Ciudad de México. Días después, las autoridades federales dieron a conocer la Jornada Nacional de Sana Distancia, que obligaba a la gran mayoría de las industrias a detener sus labores. En el caso de la industria restaurantera, esta se limitó a ofrecer servicio a domicilio o de despacho en el lugar, sin posibilidad de consumo en el sitio, lo cual ocasionó que las ventas cayeran 10% del promedio mensual.

En este contexto nació la iniciativa “Comida para Héroes”, al quedar visibilizado el trabajo del personal de salud que ponía en riesgo su vida por la atención de una enfermedad desconocida.

Entrega de comida en el Hospital 20 de noviembre, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Entrega de comida en el Hospital 20 de noviembre, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

La campaña #ComidaParaHéroes es una cadena de colaboración, generosidad y amor, explica Andrea Ramos Stierle. “Tiene como objetivo llevar alimentos a la mayor cantidad de personas vinculadas al sistema de salud y limpia de los hospitales de la Ciudad de México.”

Se busca “conservar los empleos de todos los compañeros que trabajan en nuestro grupo de restaurantes −agrega−, convencidos que el camino para ayudarnos unos a otros es el camino de la generosidad y el trabajo en equipo”.

Andrea y Rodrigo Puchet Dutrenit, colaboradores de esta iniciativa, exponen que, con el inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia del gobierno federal, analizaron que habría gente más afectada, no tanto en lo económico, sino en el aspecto humano, por lo cual el 2 de abril enviaron 25 comidas al grupo de residentes del Instituto Nacional de Cardiología.

Entrega de comida en el Hospital General la Raza, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Entrega de comida en el Hospital General la Raza, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Al día siguiente se publicaron imágenes de la donación en las redes del restaurante Parrilla Paraíso, y la respuesta de los clientes y seguidores “fue conmovedora; todos comenzaron a preguntar cómo o qué podían hacer para ayudar para que llegaran más apapachos al personal de salud. Ahí nos dimos cuenta de que podíamos y debíamos ser un eslabón”.

Ante la reacción de los clientes, el equipo del restaurante decidió montar en un fin de semana −en la web y en las redes sociales bajo el dominio donadora.org− una campaña de recaudación de fondos transparente. El primer reto sería juntar recursos para regalar 3 000 comidas a los hospitales.

Por cada donativo de 100 pesos, dice Adriana, la mitad se destinaría a realizar una comida de agasajo al personal de salud y el resto a garantizar el sueldo de más de 70 colaboradores del grupo.

Los jueves se hace un corte para distribuir los recursos recaudados de acuerdo con la necesidad de cada restaurante. Luego se elabora la planeación de menús “apapachadores y antojables” y se compran los productos para las siguientes comidas.

De esa manera, se mantienen activos económicamente a los proveedores y la cadena de productividad, así como las nóminas de personal.

En el caso de la logística de envío, la empresa Jetty ha cumplido un papel relevante al sumarse a la iniciativa con la distribución gratuita de los alimentos. “Es nuestra carroza mágica”, dice Rodrigo.

En casi cuatro de meses de la campaña y con cuatro fases de recaudación concluidas, se repartieron más de 10 000 comidas al personal médico, de enfermería e intendencia, en 18 instituciones de salud pública que atienden directamente casos de COVID-19. Participan tres restaurantes de las colonias Escandón, Juárez y Santa Úrsula Xitla.

Entrega de comida en el Instituto Nacional de Nutrición, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

Entrega de comida en el Instituto Nacional de Nutrición, abril de 2020. Colección de Comida para Héroes.

La campaña pretende ser lo más transparente posible para generar confianza en los donadores. Por eso, cada uno de ellos sabe a dónde va a dar ese dinero, qué hospitales reciben los alimentos, cuántas comidas se donan. “La gente es testigo de que el dinero llega a las manos de quien tiene que llegar; los restaurantes, los proveedores y los empleados que reciben su pago”, afirman.

La campaña no incluye únicamente donativos económicos. La gente les acerca desde agua, helados, lechugas orgánicas, carne, margarina, chayotes, chocolates, hasta empaques biodegradables.

Andrea y Rodrigo se sienten orgullosos y emocionados por “ser un eslabón para llevar a las personas que están salvando vidas un alimento rico y nutritivo e, incluso, un postre delicioso. Ha sido una experiencia increíble, ya que la gente se ha sumado a esta campaña de manera voluntaria y muy genuina.”

Comentan que se han encontrado con casos, como el del personal de intendencia del Centro Médico 20 de Noviembre, que no tenía acceso al comedor del hospital por ser empleados subcontratados. En la primera donación les entregaron alimentos a dos turnos del personal de limpieza, 150 empleados. Aquello fue “una fiesta de sonrisas cuando lo entregamos”, relatan.

Nunca olvidarán, dicen, “los mensajes públicos de los residentes del Instituto Nacional de Cardiología, que antes de que existiera la campaña y la donadora, de manera genuina y espontánea agradecieron a los restaurantes en sus redes personales el haberles alegrado el día y haberlos hecho sentir apapachados por un ratito”.

“Nosotros sabemos hacer comida rica, reconfortante y con los protocolos de limpieza e higiene adecuados –remarca Rodrigo–. Nuestra manera de ayudar es siendo el eslabón entre quienes quieran apoyar donando para producir la comida y el personal vinculado al cuidado de la salud que ha asumido esta noble misión en este momento de crisis.”

 

Mujeres y hombres en los lavaderos públicos

Fernando Aguayo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

La fotografía ha permitido reconstruir la historia de los espacios públicos donde se lavaba ropa en el siglo XIX, y en los cuales los hombres, en número menor a las mujeres, realizaron esa tarea pese al hostigamiento social que sufrían.

Winfield Scott, 2903 [Lavanderas], ca. 1900, inv. 08 609613. Antigua Academia de San Carlos FAD - UNAM

Winfield Scott, 2903 [Lavanderas], ca. 1900, inv. 08 609613. Antigua Academia de San Carlos FAD – UNAM

En estas páginas se recuperan fotografías que registraron a personas que en el siglo XIX lavaban ropa, con el doble propósito de reconocer la importancia de esta labor y para revalorar estos documentos como parte fundamental de nuestra historia.

Gove & North,125. Lavanderas de la Viga,1884. Álbum 1035 - foto 125 N. Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Gove & North,125. Lavanderas de la Viga,1884. Álbum 1035 – foto 125 N. Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

A lo largo del tiempo, mujeres y hombres han cuidado de su familia. Como parte de estas atenciones se lava la ropa propia y, al hacerlo, el miembro de la familia que realiza esta tarea no adquiere el título de lavandera, al igual que no se adquiere el título de cocinero cuando alguno de sus integrantes prepara los alimentos que colectivamente se consumen.

En los archivos se conservan fotografías de personas lavando su propia ropa a las que se les ha puesto genéricamente el título de “lavanderas”, a veces por falta de cuidado en la catalogación de los materiales, pero también porque quienes las comercializaron buscaban atraer clientes con la venta de imágenes costumbristas. Por eso es necesario explicar que, tanto los trabajos de lavar como los de hacer fotografía, se han realizado de formas distintas y con objetivos diferentes a lo largo del tiempo.

Además de mostrar imágenes de espléndida manufactura sobre lavanderas, en estas páginas se menciona apenas un tema que es importante profundizar, un aspecto clave de la construcción de la sociedad mexicana: la división genérica de responsabilidades y tareas.

Winfield Scott,3080 [Lavandera], ca. 1900, inv. 08 779560. Antigua Academia de San Carlos FAD - UNAM.

Winfield Scott,3080 [Lavandera], ca. 1900, inv. 08 779560. Antigua Academia de San Carlos FAD – UNAM.

Durante mucho tiempo, en el interior de las sociedades no se pensaba que “trabajar” y “hacer el quehacer” constituyeran términos para definir actividades completamente diferentes. Fue con el desarrollo de la economía de mercado, proceso acelerado a lo largo del siglo XIX, que se impuso la visión de que el hombre era quien, por su trabajo, debería recibir el salario del que dependería el resto de su familia, mientras que la mujer se dedicaba a los quehaceres del hogar. De esta forma, lavar, cocinar y limpiar, entre otras tareas, se impusieron como labores exclusivamente femeninas.

Por ello, los hombres que se ocuparon del lavado de ropa sufrieron hostigamiento social por asumir, supuestamente, una tarea que no les correspondía. Los documentos escritos del siglo XIX refieren la presencia de hombres lavando ropa e, incluso, algunos proyectos gubernamentales de construcción de lavaderos comunitarios contemplaron espacios para hombres, eso sí, separados de las mujeres. Sin embargo, ya que no era usual registrar imágenes de varones realizando esa actividad y las pocas que se hicieron no se comercializaron, solamente se ha encontrado una fotografía de esa época en la que se registra a un hombre lavando.

Por otro lado, la existencia de cuerpos de agua fue el factor fundamental para realizar el trabajo de limpieza de ropa. Aunque se piensa en ríos y lagos como los espacios para lavar, en realidad cualquier acequia, canal o estanque era empleado con este fin. También se acostumbraba que las mujeres llevaran agua en vasijas o cántaros hasta su casa, para lavar en palanganas de madera.

No fue sino hasta fines del siglo XIX que se iniciaron los trabajos de distribución de agua, tal y como hoy los conocemos. Así empezó a extenderse la presencia de tomas de agua en las casas y con ellas los lavaderos. Pero esto sucedió únicamente en los espacios con grandes concentraciones de personas y que contaban con la presencia de industrias. Allí aparecieron incluso las lavanderías y la industria mecanizada para la limpieza de ropa.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Señores, acaba de morir el señor presidente…

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Era ya de madrugada. Una espesa neblina envolvía el jacal de la sierra poblana donde descansaba el presidente Cararranza sobre las sudaderas de su caballo y usando como almohada la silla de montar. Iba caminando a Veracruz, perseguido por antiguos partidarios militares alzados contra su gobierno. El silencio era inquietante hasta que sonaron unos balazos.

Indígenas conducen por la sierra el ataúd con los restos de Venustiano Carranza, mayo de 1920, inv. 40667, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Indígenas conducen por la sierra el ataúd con los restos de Venustiano Carranza, mayo de 1920, inv. 40667, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Tlaxcalantogo, Puebla fue el destino final del presidente Venustiano Carranza. Su gobierno constitucional, iniciado en mayo de 1917 se había enfrentado a los graves problemas que  le dejaron siete años de lucha armada. La prolongada guerra civil había paralizado todos los sectores productivos que llevaron a una severa crisis económica. En política se había tenido que lidiar con la resistencia de ciertos sectores que se negaban a acatar las nuevas disposiciones de la recién promulgada Carta Magna, sobre todo en lo relativo a las elecciones federales y locales, las cuales se habían efectuado de manera irregular en todo el país. En el aspecto militar, pese al fin oficial de la revolución, la paz no se había restablecido y el ejército carrancista, cada vez más indisciplinado y mal pagado por la situación reinante, debía combatir a distintas facciones rebeldes que prevalecían por casi todo el territorio nacional. Un militarismo, profundamente arraigado tras largos años de lucha acrecentaba los conflictos entre autoridades civiles y militares que se resistían a perder el poder alcanzado.

En el año de 1919, cuando en gran parte del territorio nacional continuaba la actividad de numerosos grupos armados se desató la agitación política para la renovación de los poderes federales y la sucesión presidencial se presentó en medio de esta conflictiva situación. Pese a que el presidente Carranza pretendió aplazar las elecciones con el fin de proseguir con las campañas de pacificación, surgieron las candidaturas de dos prestigiados generales de la revolución: Álvaro Obregón y Pablo González. El propio Carranza, tratando de restar poder a dichos militares que contaban con el apoyo de amplios sectores populares, escogió como sucesor a un candidato civil, el ingeniero Ignacio Bonillas, a la sazón embajador de México en Washington, un hombre desconocido para la mayoría de los mexicanos.

Los candidatos iniciaron sus respectivas campañas buscando el apoyo de la población, pero ante los actos hostiles del gobierno carrancista contra Obregón, éste se preparó para recurrir a las armas y se adhirió al levantamiento iniciado en Sonora por Adolfo de la Huerta, quien en abril de 1920 proclamó el Plan de Agua Prieta, desconociendo a Carranza como presidente y llamando a la insurrección.

Muy pronto, la invitación a las armas fue secundada por los partidarios de los generales Álvaro Obregón y Pablo González; por numerosos militares que ya no apoyaban al presidente, así como por grupos rebeldes diseminados por todo el país. Ante la gravedad de la situación y el peligro que representaban las fuerzas del general González que se acercaban a la capital, Carranza decidió salir hacia Veracruz para organizar desde ahí la resistencia, como lo había hecho en el pasado, y partió con una inmensa caravana de 60 vagones que transportaba partidarios, archivos, armas y haberes. A lo largo del trayecto el peligro fue creciendo de estación en estación hasta que el levantamiento de las vías ferroviarias en el tramo Rinconada-Aljibes lo obligó a continuar el viaje a caballo por la sierra norte de Puebla. Después de varios días de una larga y penosa cabalgata por caminos sinuosos y lluvias constantes, la caravana cruzó el río Necaxa, pasó por Patla y llegó a las inmediaciones de La Unión, donde se presentó el general Rodolfo Herrero, que poco antes se había amnistiado al gobierno carrancista y quien  persuadió al presidente de pernoctar en Tlaxcalantongo. Esta sería la última traición.

El siguiente testimonio es del entonces capitán Ignacio Suárez, miembro del Estado Mayor del presidente Carranza, quien lo acompañó en esta travesía y estuvo con él hasta su último aliento. (Tomado de la entrevista al Teniente Coronel Ignacio Suárez realizada por Alexis Arroyo y Daniel Cazes en la ciudad de México, enero de 1961. (PHO/1/85). Archivo de la Palabra, Instituto Mora).

…Entramos a Tlaxcalantongo, es una mesa rodeada en sus tres cuartas partes por abismos, barrancas y la planicie para continuar en la sierra. Todo el tiempo estuvo lloviendo, casi desde la noche que salimos de aquí. La lluvia, más o menos fuerte, no nos abandonó, sobre todo en la sierra fue pertinaz y constante, llegamos empapados y entramos con una neblina que apenas podíamos distinguir a unos ciento cincuenta o doscientos metros, no más. Rodolfo Herrero, que se acababa de rendir al gobierno y estaba guarnicionando toda la región se constituyó en guía de la columna después de haber sido presentado al presidente Carranza por el general Mariel. Me acuerdo que pasamos frente a una iglesia cuyos muros de piedra ofrecían buen lugar para acuartelarse, pero el techo estaba hundido y todo el piso cubierto de cascajo, entonces Herrero le dijo al señor presidente que avanzara más al centro para que le diera alojamiento ahí en el mejor jacal del poblado. El tal jacal era una casa de más o menos seis metros de largo por cuatro de ancho, las paredes eran de madera como de tejamaní, y el techo cubierto de zacate o de palma; era un techo donde no se metía la tierra. No tenía más que una sola puerta, ni ventanas ni nada, era cerrado, con el piso de tierra y una mesa clavada en el centro con dos banquitos sin respaldo, no había más. Entonces preguntó el señor presidente a Herrero si no había otro jacal que siquiera tuviera piso de madera, que estuviera mejor. “No, este es el mejor jacal del pueblo, en este es el local del juzgado, los otros están peores”.

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Ana Buriano Castro. El legado

Silvia Dutrénit Bielous
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

La académica de origen uruguayo fue una historiadora y docente, especialista en bibliotecología y constructora de la biblioteca del Instituto Mora. Era una mujer comprometida social y humanamente. El pasado 23 de septiembre fue presentado su libro póstumo y se nominó con su nombre la sala de lectura de la sede Poussin de esta institución. Se reproducen aquí, palabras leídas en su homenaje.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Luciana, la pequeña Lu, que nació el 9 de febrero de 2019, Iván, Andrés, Maru, Ana Paulina, Pablo, María, Alberto y Victoria, querida familia toda. Después de un breve pero intenso y difícil trajinar, queridos amigos y colegas de este Instituto que tanto tiene en su herencia del trabajo de Ana durante casi tres décadas, hoy se concreta el propósito que esperábamos: homenajearla con la designación de esta espléndida sala de lectura de la sede Poussin. Gracias, muchas gracias, a la doctora Diana Guillén, directora general, a los directores de área, al subdirector de la biblioteca, a los colegas de difusión y a un grupo numeroso de trabajadores que forman parte de la comunidad del Instituto, que participaron para que se hiciera realidad. Es imposible mencionarlos uno a uno, hoy por la labor de todos, estamos reunidos aquí. Y qué mejor forma de hacerlo que con la presentación del libro póstumo de Ana en las palabras de quien fuera su director de tesis de doctorado y su amigo, el doctor Brian Connaughton.

La petición de que compartiera recuerdos sobre Ana no ha sido un encargo fácil, diría que ha sido muy difícil, porque desde ese momento, he pensado y vivido entre lágrimas y sonrisas. Lo acepté, pese a imaginarlo así, porque casi estoy segura, que Ana también lo hubiera hecho.

Es inevitable para mi transitar por algunos hechos y recuperar imágenes sin obviar una relación entrañable de décadas en distintos planos. En ciertos momentos estuve pensando que por pudor debía evitar aquellos en que necesariamente se vincularan nuestras vidas, pero qué difícil ha sido sortearlos.

La recuerdo desde fines de los años sesenta o comienzos de los setenta, Ana era una estudiante del Instituto de Profesores Artigas que formaba parte de un grupo de jóvenes destacadas del IPA, algunas formándose en el campo de la historia y otras de la literatura. Al menos ese es mi recuerdo de estudiante de liceo. Creo que nunca lo hablamos, pero seguramente desde su lugar de joven adulta en estudios de nivel universitario no tendría memoria de mi presencia. Era una época de intensas luchas gremiales y políticas en un Uruguay que “caminaba” hacia el golpe de Estado. Los estudiantes convergíamos en locales gremiales y políticos y en esos espacios la recuerdo, esbelta, elocuente, oradora convincente y fumadora permanente.

Ana e Iván partieron hacia el exilio atravesando situaciones muy difíciles, muy riesgosas. A Buenos Aires llegó doña Mercedes, su madre, con Andresito. Reunidos los tres, y con la vivencia de un nuevo golpe de Estado, el argentino, comenzaron un largo y zigzagueante recorrido por tierras de exilio y también, como se decía en el lenguaje militante, de trabajo internacionalista.

Con Ana no nos vimos en Buenos Aires, pero supe de su presencia. Nos encontramos en México en 1976, en aquel casi fugaz paso por esta geografía humana, colmada de su riqueza cultural que tanto quiso y en donde fincó finalmente y para privilegio de todos, su residencia. Esa riqueza que la atrajo, la fascinó y que, recuerdo, la llevó a visitar varias veces el Museo de Antropología en aquellos pocos meses del 76 .

Ese recorrido que comenzó en Buenos Aires y que tuvo distintas escalas con tiempos diversos, México, Cuba, la URSS, más precisamente Jerson en Ucrania, Cuba nuevamente, en donde nació Maru, Nicaragua, otra vez Cuba y México, y esta vez para siempre en 1982, hizo patente en ese recorrido la capacidad permanente, obstinada, con enorme fuerza, de volver a comenzar cada vez que su convicción política, social y académica como lo veremos, lo indicaba. Nada de ello es independiente de una decisión de pareja, de Iván y Ana en cada etapa de este difícil pero enriquecedor camino.

Su regreso e instalación definitiva en México permite ver su crecimiento en distintas facetas, como historiadora, como docente, como constructora de la biblioteca y defensora de la institucionalidad del Mora, como mujer comprometida social y humanamente.

En virtud de que las condiciones políticas del Uruguay no le permitieron recibir su título del IPA, decidió estudiar nuevamente una licenciatura y lo hizo en el Sistema de Universidad Abierta (SUA) de la Facultad de Filosofías y Letras de la UNAM. Una fuerza admirable, en medio de dificultades para lograr con Iván una relativa estabilidad económica familiar, desembocó en el trabajo de tesis que nos permitió desde entonces hasta sus últimos días, hilar nuestros intereses, preocupaciones, pasiones, con coincidencias y discrepancias en los ámbitos intelectuales y políticos.

La elaboración de la tesis de licenciatura, que tuve el privilegio de acompañar en su dirección, hizo posible que dialogáramos y discutiéramos hechos y procesos del Uruguay y América Latina, en tonalidad de conceptos y tiempos de la historia. Nada de ello abandonamos de manera cotidiana.

Docente en el mismo SUA, casi hasta 15 días antes de fallecer, habiendo renunciado porque sentía que no podía impartir clase, menos aún llegar hasta el salón en la Facultad, fue creciendo extraordinariamente como una inteligente, rigurosa y creativa historiadora. Su acercamiento al Instituto fue a través de las breves historias del siglo XIX latinoamericano. Ahí desarrolló su pasión por Ecuador hasta convertirse en una ecuatorianista reconocida, regional y mundialmente. Su obra póstuma, con una exquisita y rigurosa investigación que siempre la caracterizaba, constituye su último legado.

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El Plan de Guadalupe. Un documento fundacional

Edwin Alberto Álvarez Sánchez
Museo Casa de Carranza

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

El artículo 4° del llamado Plan de Guadalupe, proclamado por Venustiano Carranza el 26 de marzo de 1913 para restaurar el orden constitucional, consigna el nacimiento de nuestro ejército y fuerza aérea. Allí está el origen de nuestras fuerzas armadas.

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G. Sánchez Guerrero, Venustiano Carranza, óleo sobre tela, s. XX, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Cada 19 de febrero se celebra el día del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos. Esto se debe a que, en esa fecha, el año de 1913, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, obtuvo autorización de la legislatura local para levantarse en armas contra el general Victoriano Huerta, a fin de defender el orden constitucional, violentado por la aprehensión del presidente Francisco I. Madero y su gabinete. La autorización quedó consignada en el decreto 1421.

Sin embargo, ese decreto por sí solo no estableció ninguna fuerza armada. Simplemente dio a Carranza un respaldo legal para sublevarse. Días más tarde, el expresidente Madero, que coaccionado por Huerta había presentado su renuncia ante el Congreso de la Unión, fue asesinado. Al tanto de este hecho, Carranza abandonó la ciudad de Saltillo con una pequeña comitiva, decidido a encabezar un movimiento armado.

Huerta no tardó en responder y envió contra el gobernador rebelde a los generales Fernando Trucy Aubert, Arnoldo Casso López y Manuel Blázquez. Este último, padre del jefe de la Guardia Presidencial del extinto Madero, ocupó la capital coahuilense y asumió el gobierno de la entidad. Durante las primeras semanas del movimiento, Carranza se dedicó a merodear en las cercanías de Saltillo, para después librar un malogrado combate en Anhelo. La llegada al estado del coronel Guillermo Rubio Navarrete y del mayor Joaquín Mass Águila lo obligó a operar con más prudencia. Estableció su cuartel general más al norte, en Monclova, donde planeó un ataque a Saltillo, que resultó en un nuevo revés.

Dos derrotas consecutivas llevaron a los jefes y oficiales rebeldes a cuestionar el liderazgo militar de don Venustiano, quien no se aferró al mando operativo de sus fuerzas. Pablo González, Jesús Carranza –su hermano menor– y Francisco Coss se desprendieron del contingente principal, a fin de operar por su cuenta, aunque sin dejar de reconocer su autoridad política. Sin embargo, consciente de la necesidad de consolidar el movimiento ante la opinión pública nacional y extranjera, el también conocido como Varón de Cuatro Ciénegas acordó con su secretario Alfredo Breceda la elaboración de un programa de acción mientras hacían la marcha de regreso hacia Monclova. Este fue redactado en la hacienda de Guadalupe, propiedad de un amigo de Carranza llamado Marcelino Garza.

El llamado Plan de Guadalupe fue dictado por don Venustiano a Breceda y contenía siete puntos o artículos, el primero de los cuales desconocía a Huerta como presidente de la república. El segundo desconocía a los poderes legislativo y judicial por haber sancionado la usurpación admitiendo la renuncia de Madero. En el tercer artículo se desconocía a los gobernadores que 30 días después de publicado el Plan siguieran aceptando la administración huertista, lo que evidentemente buscaba la adhesión del movimiento de algunos de los que hubieran optado por plegarse al cuartelazo. El artículo 4° establecía, ahora sí, la existencia de un ejército constitucionalista, a cuya cabeza estaría el propio Carranza en calidad de Primer Jefe. El artículo 5° informaba que, tras el triunfo del movimiento, el Primer Jefe ocuparía la presidencia interina de la república, en tanto que los artículos 6° y 7° versaban sobre las elecciones a celebrarse a nivel federal y estatal con objeto de sustituir a las autoridades espurias. Cabe añadir que la razón de que el ejército revolucionario adoptara el título de constitucionalista se debió a que su misión original fue restablecer el orden constitucional violentado por el cuartelazo huertista.

El texto fue presentado por Carranza y Breceda a los jefes y oficiales rebeldes, a fin de que lo aprobasen y asentaran sus firmas. No obstante, la mayoría de ellos opinó que el texto era muy escueto y que necesitaba más explicaciones. Ciertamente, el Plan de Guadalupe en su versión original cabía en una sola cuartilla, mientras que el farragoso Plan de San Luis de Madero había cubierto alrededor de once fojas completas. Don Venustiano defendió su plan, no sólo por indicar un sencillo programa político a seguir sino por no hacer promesas incumplibles. Los jóvenes oficiales insistieron y obtuvieron la anuencia del Primer Jefe para asentar una introducción o “considerandos”, que explicaban las causas del movimiento revolucionario. Terminada la redacción definitiva, los 66 jefes y oficiales del naciente ejército constitucionalista que estaban presentes escribieron sus rúbricas. Entre ellos cabe destacar a los futuros generales Jacinto B. Treviño, Lucio Blanco, Cesáreo Castro, Gustavo Elizondo, Guadalupe Sánchez, Francisco J. Mújica, Agustín Millán, Manuel W. González y el ya citado Breceda.

Carranza no firmó su propio Plan, pues el tono del artículo 4° indicaba que el documento fue acordado por los firmantes, quienes habían decidido nombrarlo como su jefe. Habría sido de mal gusto e impolítico que don Venustiano se hubiera autonombrado líder del movimiento. De cualquier manera, con esto se seguía el procedimiento usual de los pronunciamientos del siglo XIX, cuyos textos daban a entender que el verdadero redactor del Plan no estaba enterado del mismo y que había sido nombrado por otras personas –los supuestos redactores– como cabecilla de la revuelta.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • Barrón, Luis, Carranza: el último reformista porfiriano, México, TusQuets, 2009.
  • Carranza, Venustiano, Plan de Guadalupe. Decretos y acuerdos 1913-1917, México, Sedenainehrm-sep, 2013.
  • Garcíadiego, Javier, 1913-1914 de Guadalupe a Teoloyucan, México, Clío/Gobierno de Coahuila, 2013.
  • Salmerón, Pedro, Los carrancistas. La historia nunca contada del victorioso Ejército del Noreste, México, Planeta, 2009.

Un paseo por el Archivo Histórico de la Secretaria de la Defensa Nacional

Antonio Campuzano Rosales
Mayor historiador retirado, Secretaría de la Defensa Nacional

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

El legado que resguarda el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional es una fuente obligada para la investigación y el conocimiento de la historia militar de México, pero también de la historia nacional.

208El Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional custodia la documentación que da cuenta de la experiencia en el manejo de las fuerzas armadas a lo largo de la historia de México. En las secciones que lo componen pueden encontrarse expedientes que reseñan algunos hechos de armas, sobre todo aquellos que refieren las guerras e intervenciones que el país padeció, si bien otros expedientes evidencian la carrera militar de diversos personajes y algunos más refieren el fortalecimiento de los organismos militares.

La memoria institucional que resguarda es fuente primaria para comprender el proceso de construcción nacional ligado con la historia militar; a través del diálogo entre la documentación y el investigador que lo desee, se permite la comprensión del pasado y valora la participación del instituto armado en la construcción de la historia nacional.

Creación e integración del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional

La urgencia de poner fin al caos imperante en los archivos militares desde la creación de la Secretaría de Guerra y Marina en 1821, agudizado por las diferentes emergencias nacionales que tuvieron lugar durante casi todo el siglo XIX, así como la incipiente conciencia histórica institucional, se volvieron una realidad cada vez más tangible a medida que transcurrían los años y se sucedían los gobiernos. Por esta razón, el Archivo General de la Secretaría de Guerra y Marina nació de la mano con la institución y fue integrado con la documentación producida por los diferentes cuerpos y organismos que componían al ejército y la armada mexicanos en el siglo XIX, siendo albergado en Palacio Nacional.

205Los documentos que hoy constituyen su parte sustancial sufrieron un proceso similar al de los que componen otros grandes archivos. Como ellos, sufrieron diversas mudanzas hasta llegar a su actual repositorio. El acervo se abrigó de tal manera en el antiguo palacio de los Virreyes, la Ciudadela, en la Secretaría de Guerra y Marina en Palacio Nacional; en el antiguo templo de la Encarnación; el cuartel militar de San Ildefonso; el templo de Jesús María, en donde, como menciona Vito Alessio Robles en el prólogo de la Guía del Archivo Histórico Militar de México, los legajos permanecieron simplemente apilados durante varios año; en la planta baja del edificio actual de la Secretaría de la Defensa Nacional hasta llegar, finalmente, a la Dirección General de Archivo e Historia, ubicada en el Campo Militar núm. 1-J, Predio Reforma, Ciudad de México, donde logró establecerse y constituir un verdadero Archivo Militar. Este archivo histórico es fruto del esfuerzo de muchas generaciones de militares dedicados a la organización y conservación de los testimonios documentales de la institución, tarea nada sencilla, ya que el repositorio también ha sido víctima directa de las circunstancias políticas y militares de la historia de México. Refiere un ejemplo el capitán primero historiador retirado, Antonio Aguilar Razo, en el artículo publicado en la Memoria del 1/er. Congreso de Historia Militar de México, a través de los Archivos Históricos, al mencionar que, durante la guerra entre México y Estados Unidos de 1846 a 1848, los archivos militares que no fueron trasladados junto con el gobierno nacional a la ciudad de Querétaro y, por lo tanto, se quedaron en Palacio Nacional durante la ocupación de la ciudad de México en el mes de septiembre de 1847, fueron saqueados por las tropas extranjeras. Algo parecido sucedió durante los conflictos derivados de la revolución de Ayutla iniciada en 1853, cuando el archivo acompañó a los combatientes provocando la pérdida de un gran porcentaje de su contenido.

La consulta pública de los documentos que se resguardan en el acervo es también una victoria del instituto armado en la lucha por preservar, no sólo su propia memoria, sino la nacional. Las fuentes para el estudio de la historia de México que reúne son imprescindibles para la reconstrucción del pasado de este país, un pasado definido por sus guerras y revoluciones constantes, por lo que no resulta posible explicarlo a cabalidad sin el uso de las fuentes militares.

El acervo está organizado en tres secciones: Operaciones Militares del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos con 6 373 expedientes, Cancelados, así como Veteranos de la Revolución Reconocidos y no Reconocidos, las dos últimas secciones compuestas por 152 348 expedientes. La primera sección está constituida por informes de operaciones, campañas, proclamas, relaciones de personal, entre otros documentos relacionados con acciones de guerra.

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En la huerta de la casa de Don Valentín. El bullicio de la Colmena

Ana Buriano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

La ex coordinadora de la Biblioteca del Instituto Mora, fallecida en 2019, fue una destacada maestra de la historia latinoamericana del siglo XIX. Con este texto que publicara en 2001 recuperamos su mirada pionera en la que trazaba casi dos décadas atrás las líneas que habría de seguir el centro bibliográfico de esta institución.

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A Ana Buriano Castro
Muy querida amiga y colega (1945-2019)

Nacida en Uruguay, destacó como investigadora del pensamiento político latinoamericano y el conservador ecuatoriano, del exilio uruguayo, los golpes de estado en Uruguay y Argentina y la antropología forense y los derechos humanos. Historiadora egresada de la UNAM fue maestra destacada de la historia de América Latina en el siglo XIX. Quienes convivieron con ella coinciden en destacar, además de su inteligencia, su compromiso con una sólida ética social, política e intelectual. Sobresalió en su gestión como coordinadora de la biblioteca del Instituto Mora, al punto que ésta fue conocida como la “biblioteca de Ana”; sin exagerar, durante este tiempo, supo llevar a esta a la mayoría de edad.

Una biblioteca es un mundo, encierra en su aparente recogimiento una vida bulliciosa que emana de las páginas de los ejemplares contenidos dentro de ella, de las mujeres y los hombres que se encargan de poner la información al servicio de la comunidad, de los usuarios que la requieren, en fin, guarda algún parecido con el ajetreo de la colmena. Y más aún cuando pertenece a una institución activa, como es el Instituto Mora, que en su segunda década rebasó la mayoría de edad y que utiliza su biblioteca como el laboratorio en el que funda sus investigaciones.

A incrementar, albergar, calificar y especializar esta biblioteca dedicó la institución importantes esfuerzos de su corta vida. Cierto es que a la Biblioteca del Mora le tocó nacer en cuna de oro pues, sucedánea del proyecto de Bibliotecas Mexicanas, recibió como colección de origen el fondo del bibliófilo poblano José Ignacio Conde, un magnífico conjunto de varios miles de impresos mexicanos provenientes de las bibliotecas de grandes personalidades de la vida intelectual, pública y política de México. Así lo testimonian los ex libris que acompañan los pergaminos y empastados antiguos que conforman el fondo reservado. De la marca de propiedad sobria de Lucas Alamán, a los duplicados de la colección de primeros impresos poblanos de Florencio Gavito, la lámpara del saber que adorna las obras que provienen de la colección de García Icazbalceta y su hijo, García Pimentel, a los garigoleados escudos de armas de la princesa Francesca Ruffo de Calabria, al lote de Intervención y Segundo Imperio de González de Cossío y muchos más, los ex libris contenidos en las contraportadas constituyen en sí mismos la historia de un fondo bibliográfico.

El desarrollo sostenido y calificado de las colecciones fue la preocupación y el anhelo de todas las direcciones de la institución. Así su estantería se fue enriqueciendo con ejemplares provenientes de las Bibliotecas Cervantes e Iberoamericana; el fondo San Román desarrolló los estudios latinoamericanos, las áreas geográficas se vieron beneficiadas por la incorporación de las bibliotecas de Ramón Alcorta y Jorge Vivó; los estudios sobre Estados Unidos recibieron donaciones y compras únicas en el medio nacional, como el Diario de los debates del Congreso desde la independencia hasta 1976 y la colección actualizada de microfichas e índices electrónicos de la documentación que manejan y generan las comisiones y comités que asesoran a los representantes, desde 1790 hasta el momento actual. Mucho más podríamos decir en cuanto a las fuentes básicas de investigación, las fuentes secundarias, los formatos magnéticos de consulta, la hemerografía de actualización y el marco de consulta, pero la tiranía del espacio nos impide una extensión mayor y deseamos que esta nota sirva como invitación para que los especialistas incursionen en el fondo bibliotecario, ya físicamente o por su catálogo en línea.

Afortunadamente pueden hacerlo, pues la Biblioteca del Mora no goza únicamente de un fondo con gran riqueza de investigación, sino que la documentación que alberga su acervo está totalmente puesta al servicio, con un criterio catalográfico lo suficientemente amplio, de las necesidades complejas que surgen en consultas especializadas, como las de un científico social contemporáneo. Y es que la evolución de dos décadas de la Biblioteca del Mora ha sido vanguardista en el plano de la automatización. En 1984, la maestra Gloria Escamilla y el Centro de Procesamiento Arturo Rosenblueth lograron, de forma totalmente pionera en el medio nacional, desarrollar el primer sistema automatizado bibliotecario. Así, la Biblioteca del Mora fue de las primeras en el país en abandonar las formas manuales de trabajo para disponer de una serie de módulos que contenían y posibilitaban la interacción de los datos.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

En estas épocas, el equipo dificultaba mucho el manejo de la información pero, con el paso del tiempo y a partir de los apoyos que recibió de CONACyT, la biblioteca obtuvo la infraestructura de cómputo necesaria. De las viejas cajas de bernoulli pasó a los servidores de mediano tamaño y luego a los mayores; actualizó su sistema de cómputo, al adquirir uno de mercado de segunda generación que fue capaz de recoger los ricos contenidos de la base de datos Bibliomora y que satisface de manera adecuada las necesidades de información de la investigación social. Desde su primitivo y precario emplazamiento en el casco original de la antigua casona de don Valentín hasta las bellas y funcionales instalaciones actuales construidas en 1984 para albergarla, desde la máquina de escribir y los esténciles reproductores de tarjetas, pasando por las cajas de bernoulli que mal almacenaban la información a los actuales servidores, ha transcurrido mucho tiempo; varias generaciones de científicos sociales han cruzado sus puertas; miles de ejemplares han transitado por las manos de los bibliotecarios para ir a dormir un sueño de anaqueles, frecuentemente interrumpido por los usuarios que los solicitan. Sus horarios se han extendido aun a los sábados; los servicios públicos han incrementado su eficiencia; se ha optimizado el aprovechamiento del espacio de almacenamiento por medio de la incorporación de mobiliario compacto y por el desplazamiento y compactación de los espacios internos; los servicios de análisis informático se han especializado y han incursionado en la indización de publicaciones periódicas especializadas de actualización o muy antiguas, que no son recogidas por los índices internacionales; una constante política de extensión bibliotecaria posibilita que los especialistas y estudiantes conozcan y recurran a sus fondos. El taller de encuadernación y restauración de la biblioteca mantiene las áreas de almacenamiento y los materiales en las condiciones adecuadas y optimiza la vida útil de los documentos a través de técnicas de restauración y conservación de alta complejidad.

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