Archivo de la categoría: Testimonios

Humberto Zendejas. Fotógrafo de celebridades

Horacio Muñoz Alarcón
Investigador y curador independiente

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Con los inicios de la televisión en México, Humberto Zendejas supo ubicarse con sus cámaras en los sets donde primaba el entretenimiento como función destacada para convertirse en un fotorreportero independiente de las celebridades. En los estudios de radio, cine, teatros, cabarets y centros nocturnos encontraba las imágenes que lo catapultarían a las primeras planas de diarios y revistas. Su prolífica producción se encuentra archivada en 28 000 negativos que son un verdadero acervo cultural del mundo del espectáculo de la segunda mitad del siglo XX.

Blue Demon en La mafia amarilla, 1972, inv. AHZ-0236-36. Archivo Humberto Zendejas.

Blue Demon en La mafia amarilla, 1972, inv. AHZ-0236-36. Archivo Humberto Zendejas.

Humberto Zendejas Vargas, nacido en el barrio de la Lagunilla de la Ciudad de México en 1933, inició su labor profesional como fotorreportero a principios de la década de los cincuenta y culminó en 1986. Aprendió de su padre, el fotoperiodista Luis Zendejas –colega de Enrique Díaz, Enrique Delgado y Manuel García entre los años 1930 y 1940- las artes del revelado y la impresión fotográfica. Realizó sus pininos como reportero en los periódicos dedicados a la fiesta brava Realidades y El Redondel. Trabajó casi siempre de manera independiente y durante su trayectoria publicó frecuentemente en diarios como El Metropolitano, dirigido por Amando Luis “El Chato” Azcona, Órbita (“El peor periódico del mundo”), bajo la guía de Héctor Pérez Verduzco, y Cine Mundial. Además, colaboró en revistas como Venus y Su otro yo. Algunas de sus entregas se presentaron en las páginas de Excélsior y El Universal. Participó como fotógrafo en los comités organizadores de la XIX Olimpiada, de los VII Juegos Panamericanos y de la Universidad Mundial (México 1968, 1975 y 1979, respectivamente) así como en su único trabajo fijo, en 1984, en la Agencia Notimex. Hacia finales de los años ochenta su actividad se centró en el registro de competencias de natación para la Acuática Nelson Vargas. Posteriormente, en el ocaso de su vida, vendió fotografías en el bazar que se instalaba los fines de semana en la Avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma. La única exposición que realizó en vida fue en el año 2009, en la estación Metro Pino Suárez, titulada Tal y como era: Marilyn Monroe en México.

De su vastísima producción fotográfica para la prensa mexicana, restan solamente 28 000 negativos (en formatos 35mm y 6×6,principalmente), agrupados por tema en 1 036 sobres que cubren el periodo de 1953 a 1994. Estos materiales conforman lo que hoy se conoce como Archivo Humberto Zendejas, que se encuentra bajo la custodia de su hermano, el también fotógrafo Luis Zendejas Vargas. Desde 2016 se han digitalizado, documentado y catalogado por el autor de estas líneas.

En su labor reporteril, Zendejas abarcó casi todos los ámbitos del espectáculo en la Ciudad de México. En mayor o menor escala, lo evidencian los contenidos de su archivo, el que cuenta con fotografías de grabaciones en vivo de programas de la XEW, una de las estaciones de radio más antiguas de México (1930), como Así es mi tierra, en donde se presentaron ante el público que llenaba los estudios, intérpretes de la talla de José Alfredo Jiménez, Lupita Palomera, las Hermanas Huerta y Javier Solís.

En lo relacionado con el cine, existe el registro de las actividades de las ediciones cuarta y undécima de la Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos de Acapulco (1961 y 1968), con la presencia de estrellas internacionales y nacionales tales como Gina Lollobrigida, Roman Polanski, Tony Curtis, Glenn Ford, Mauricio Garcés, Lilia Prado, Gabriel Figueroa y Emilio Fernández. Así mismo, lo que resta de su paso por diversas filmaciones se reduce a algunas tomas de las películas La mafia amarilla (1972), con el luchador Blue Demon, Germán Valdés “Tin Tan”, Tere Velázquez, Armando Silvestre, Gina Romand y Noé Murayama, bajo la dirección de René Cardona, y Tívoli (1974), protagonizada por Alfonso Arau, Pancho Córdova y Héctor Ortega).

Cubrió también comedias, teatro de revista y teatro de crítica política; por ejemplo, La tía Mame, que se presentó en 1966 en el Teatro Insurgentes con las actuaciones de Amparo Rivelles, Enrique Álvarez Félix e Irma Lozano; la libre adaptación que de la novela Naná de Emile Zolá produjo “La tigresa” Irma Serrano en su propio teatro, el Fru Fru, en 1973; al año siguiente, en el mismo foro, Adiós guayabera mía, protagonizada por Chucho Salinas,Héctor Lechuga y Leonorilda Ochoa; en el Teatro Arlequín Seamos felices los tres (1976) con Nadia Haro Oliva, Gustavo Rojo y Luis Gimeno. Además, el musical Evita (1981), en el Teatro del Ferrocarrilero, con Rocío Banquells en el papel protagónico, entre muchas otras.

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Ricardo Salazar fotógrafo de la vida cultural

Paulina Michel
Archivo Histórico de la UNAM-IISUE

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Cinco años atrás, la Universidad Nacional Autónoma de México adquirió el archivo personal del fotógrafo, con más de 22,000 registros que incluyen retratos de escritores, intelectuales y artistas de México, así como de las actividades universitarias. Personaje olvidado, al final de su vida, sus testimonios gráficos hablan de la cultura de los años cincuenta a ochenta, principalmente.

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Ricardo Salazar Ahumada nació el 27 de abril de 1922, en Ameca, Jalisco, ciudad cercana a Guadalajara, en donde vivió los primeros dos años de vida. Él y su familia se trasladaron a la capital del estado, donde Ricardo cursó sus primeros estudios. A los quince años entró a trabajar en el estudio fotográfico de Silverio Orozco, Fotografía Orozco, lugar en donde aprendió el oficio:

Allí empecé a aprender y a retocar las fotos de los clientes. Eran de hombres, mujeres, niños, viejitos, de todo. Permanecí en mi tierra seis años porque entré a otro taller de un excelente retratista, Rodolfo Moreno, en la avenida Juárez, en los portales de Guadalajara.

El joven Ricardo se hizo asiduo a las tertulias culturales del Café Apolo, donde recibió el apodo de “Lolito” ya que, según el crítico Emmanuel Carballo, el trabajo de Lola Álvarez Bravo era “la única influencia realmente importante en la vida profesional de Ricardo”.

En 1953, a los 31 años de edad, Ricardo Salazar emigró a la ciudad de México. Venía invitado por el propio Carballo, quien lo introdujo en el ámbito cultural capitalino, al presentarlo con el escritor Jaime García Terrés, director de Difusión Cultural de la UNAM. La colaboración de Salazar fue inmediata; empezó a retratar escritores y artistas de diversas generaciones con la intención de hacer un libro de fotografías y paralelamente prestó sus servicios en la Revista de la Universidad de México, también dependiente de Difusión Cultural.

Al mismo tiempo que hacía trabajos para la Universidad, Salazar laboraba por su cuenta haciendo retratos para credenciales, fotografías de bodas, grupos familiares, desnudos, paisajes, edificios e industrias, entre muchos otros temas. Se estableció a las afueras de la ciudad, en el municipio de Mexicaltzingo, Estado de México, en donde rápidamente habilitó su cuarto oscuro y comenzó a producir las fotografías de personajes que lo consagraron como el fotógrafo de la vida universitaria y cultural de México. Retrató a intelectuales consumados como José Vasconcelos y Alfonso Reyes, de los cuales realizó amplios y excelentes reportajes. Por ejemplo, la serie de Reyes en su biblioteca, ahora conocida como Capilla Alfonsina, retrata al escritor en su mejor momento y en su ámbito cotidiano. Al mismo tiempo, su lente captó a quienes estaban en la cúspide de su trayectoria, como Octavio Paz, del cual hizo su ya célebre serie en Mixcoac, su barrio natal. Del gran escritor Juan Rulfo realizó una serie amplia de retratos, en la que aparece con sus hijos pequeños. De igual manera vemos las fotografías del poeta Efraín Huerta, quien era un amigo cercano, al cual retrató rodeado de su familia y de su mujer, la poeta Thelma Nava. A la reconocida escritora y funcionaria universitaria, Rosario Castellanos, la retrató en varias ocasiones, algunas de ellas durante su embarazo y rodeada luego de su hijo y de los hijos de su esposo, el filósofo Ricardo Guerra.

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Tres leyendas del Soconusco

Antonio Cruz Coutiño
Universidad Autónoma de Chiapas

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

Como un rompecabezas, los mitos ancestrales se van reconfigurando siempre a partir de reconstrucciones verbales y relatos previamente escriturados. Fragmentos y retazos que a partir de un paciente trabajo de intersección pueden hilvanarse como historias. He aquí una selecciín de leyendas fantáticas del estado de Chiapas.

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Hace más o menos 35 años leí por primera vez un texto publicado por el arqueólogo maestro Carlos Navarrete, centroamericano de origen, aunque chiapaneco por adopción, relacionado con algunos mitos de origen, propios de Mesoamérica, propios del Soconusco, Guatemala y Chiapas. La versión que leí se encuentra en el número 9 de la revista del ICACH, publicada en diciembre de 1962 y se intitula Cuentos del Soconusco. Tiempo después supe que el pasaje, recortado, provenía de alguna revista llamada Lanzas y Letras y, finalmente, por esos años descubrí su versión “original” en un ejemplar de Summa Anthropologica, de 1966.

Los tres relatos principales a los que se refiere el texto son a tal grado perfectos, representativos del pensamiento mesoamericano, que desde ese tiempo decidí indagar sobre ellos y descubrir su vigencia. Hurgar en la conversación, en el recuerdo y en la rememoración de la gente del Soconusco, aunque en especial en la memoria de la gente grande, los más ancianos de los municipios de Tapachula, Tuxtla Chico y Cacahoatán.

Por esos años iniciaba mi interés por descubrir, leer, comprender la esencia de los mitos ancestrales contenidos en las leyendas contemporáneas de los pueblos de Chiapas. Emprendía la tarea de compilar leyendas previamente escrituradas, aunque incluía también, registrar por primera vez, algunas, directamente. Debido a ello con el tiempo reuní versiones varias, síntesis, trozos desfigurados y fragmentos. Todos relacionados entre sí, acordes con los relatos originalmente publicados por Navarrete. Así que “decidí” hacer con ellos labor de tru-tru: recortar, pegar, entretejer, modelar. Y por fin ahora me animo a divulgarlos. Se trata de tres leyendas: 1. El origen del volcán Tacaná y los seres humanos; 2. La historia del hombre que busca al sol; y 3. El sol, la luna y las estrellas. Expreso las gracias a mi suegro, el león cronista de mayor fama en el Soconusco, don Armando Parra Lau, por facilitarme algunos contactos.

 

El origen del tacaná y los humanos

Hace mucho, mucho tiempo, despuesito que el sol todavía ni pensaba alumbrar; cuando Dios, después de tanta preocupación por todos nosotros, terminó de hacer la tierra junto con los ríos, los animales y todas las montañas, dejó a todos los hombres. Unos por un lado y otros por otro. Para que trabajaran la tierra, para que hicieran sus milpas, consiguieran su comida y lo quisieran como un padre. Desde ese tiempo los animales y los árboles andaban de un lado para otro, sin rumbo andaban, y los hombres no tenían nombre de persona, ni les preocupaba que todo el día estuvieran trabajando; que fueran de una sola pieza para el trabajo como si todos fueran una sola mano.

Dios, de tanto trabajo para hacer la tierra y de tanta cabeza para hacer cuanto hombre que dejó en la tierra, se cansó y regresó a su casa para descansar. Bien confiado regresó al cielo, creyendo en la honradez de la gente que había dejado. Nunca más se preocupó por acordarse de ellos, no de lo que hacían, ni de lo que decían; digamos que más bien pensaba que su trabajo había sido bueno y que sería respetado.

Pero va sucediendo que de repente, un día se le ocurrió bajar a la tierra para ver cómo estaban sus hijos. Cómo les había ido en sus milpas y en su trabajo. Quería averiguar si lo sabían venerar, si todavía lo respetaban. Y así observó todo a tinta y papel, al derecho y al revés, y ya que terminó de echar su vuelta, ya que terminó de ver tantas cosas, se puso triste; tal vez nunca sería visto tan apenado como ese día y ¿Cómo no? si las milpas estaban abandonadas. La muchachada y los chamaquitos no hacían caso a los viejos, y de él casi nadie se acordaba. Contimás que lo adoraran.

 

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Correspondencia sobre una paz incómoda

Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

En un intercambio de cartas son su amigo José María Luis Mora, Otero manifiesta sus reticencias y críticas sobre la marcha del país a fines de 1848, sumido en la crisis económica y las peleas entre facciones políticas. Estas se concretarían tres años después de su muerte, cuando distintos sectores optaron por resolver sus diferencias políticas en nuevas batallas intestinas.

Tropas irregulares de México 1848

José Maria Gutierrez de Estrada envió una carta al presidente Anastasio Bustamante en agosto de 1840, en ella hacía una reflexión sobre “los males” ocurridos en México como nación independiente y finalizaba cuestionando la real efectividad del sistema republicano y sus constituciones. Sin recibir la respuesta deseada por parte del ejecutivo, el campechano decidió publicar su carta seguida de otros textos que aplaudían el sistema monárquico. Esto, para su mala fortuna, no fue visto con buenos ojos. Aparecieron en la prensa varias réplicas reclamándole su poco patriotismo y su nula fe en las instituciones republicanas. Fue tan grande el acoso que recibió que tuvo que exiliarse en Europa, lugar del que nunca regresó.

La propuesta monárquica quedó oculta por algún tiempo, sin embargo, el rotundo fracaso de la guerra contra Estados Unidos ocasionó que volviera a la palestra pública. Un grupo político se formó tan pronto se restauró la paz: Lucas Alamán, quien desde 1845 hacía tratos secretos para instalar una monarquía en México, reunió a personas que podían impulsar este proyecto, con las que fundó el periódico El Universal y a finales de 1849 crearon el Partido Conservador.

Durante este tiempo, Mariano Otero ocupó brevemente el ministerio de Relaciones en el gobierno de José Joaquín de Herrera, el cual tuvo la difícil tarea de reorganizar al país después de la guerra, pues a pesar de que se contaba con el dinero de la indemnización pagada por Estados Unidos, la deuda pública no era bien administrada y el ejército estaba desbaratado. Es importante señalar que la política del ejecutivo era de conciliación, es decir, que desde la presidencia Herrera buscó reunir y escuchar todas las voces de los partidos en pugna. No obstante, muchos no estaban de acuerdo con él, basándose en que opiniones tan diversas dentro del propio gobierno dificultaban la toma de decisiones. Otero fue una de estas personas; su poca confianza en solucionar los problemas nacionales con aquella administración lo llevaría a renunciar a su puesto en noviembre de 1848.

A continuación, presentamos fragmentos de tres cartas escritas por Otero a José Maria Luis Mora, ministro plenipotenciario de México en Londres. En estos documentos podemos percibir sus temores respecto al grupo conservador congregado en torno a Alamán y su influencia sobre el gobierno; el autor señala que si no se enfrentaba con mano firme a las diversas facciones, la vuelta de Santa Anna sería inminente, ya como una dictadura militar o como una monarquía absoluta.

Asimismo, puntualizaba que se debía aprovechar aquel periodo de paz para mejorar la Hacienda y organizar al ejército, de lo contrario surgirían más revoluciones patrocinadas por grupos que solo buscaban “conatos de rapiña” Cabe mencionar que él se encontraba retirado de la política en ese momento, pero advierte que tan pronto la maquinaria gubernamental marchara favorablemente, regresaría para apoyar los “Únicos principios” de salvación del país: los principios liberales y democráticos.

Solo resta decir que los temores de Otero se hicieron realidad: la paz llegó a su fin en octubre de 1852 y otra revolución azotó a la república. Las distintas facciones, fortalecidas, intentaron resolver sus diferencias en el campo de batalla. A él no le tocaría ver el fin del conflicto, pues en mayo de 1850 el cólera le arrebató la vida a la edad de 33 años.

 

Excmo. Sr. Dr. D. José María Luis Mora
Londres
México, 14 de diciembre de 1849

Muy estimado Señor y amigo:
Hasta ayer en la tarde recibimos la correspondencia del paquete inglés, que me trajo la muy grata de Usted de 31 de octubre, que contesto.

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Fototeca Pedro Guerra

Cinthya Edisa Cruz Castro y Ricardo Pat Chan
Fototeca Pedro Guerra


En revista BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 35.

La visita a MAi??rida de Porfirio DAi??az en 1906, la campaAi??a de Francisco I. Madero y Pino SuA?rez en la regiA?n, las giras de Salvador Alvarado y el ejAi??rcito constitucionalista, el arribo de Plutarco ElAi??as Calles, movimientos polAi??ticos y sociales en el estado, asAi?? como fotografAi??as artAi??sticas o arqueolA?gicas, que llegan hasta dAi??cadas recientes, forman parte de este acervo de mA?s de 500 000 imA?genes, resguardadas en la Universidad AutA?noma de YucatA?n.

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La historia de la fotografAi??a en YucatA?n tiene su origen en el temprano siglo XIX, a pesar del alejamiento y la condena de ai???provincianaai??? que le legA? su ubicaciA?n geogrA?fica. Ese ai???provinciaAi??lismoai??? le otorgA?, pese a la sorpresa de algunos historiadores e investigadores de la imagen, las facilidades para que en abril de 1841 llegara el primer fotA?grafo a la penAi??nsula yucateca: el barA?n Emmanuel von Friedrichsthal, agregaAi??do diplomA?tico de la delegaciA?n austriaca en Estados Unidos, por recomendaciones de AleAi??jandro von Humboldt y W. Hickling Prescott, quienes estaban deslumbrados por los ai???maraviAi??llososai??? vestigios arqueolA?gicos que existAi??an en la penAi??nsula de YucatA?n. Su nombre aparece citado en un artAi??culo periodAi??stico de El Museo Yucateco (1841) donde se explica que, atraAi??do por la arqueologAi??a, el barA?n llevA? consigo una cA?mara para hacer tomas al daguerrotipo de las ai???ruinasai??? mayas, con el propA?sito de ai???dibuAi??jar sus edificiosai??? y posteriormente mostrar sus imA?genes en la Academia de ParAi??s. El barA?n fue el primer daguerrotipista en YucatA?n, que ofreciA? comercialmente el trabajo de retratos, llegando a establecer un comercio fotogrA?fico en la capital yucateca en tiempos tan tempranos como 1841. Como habAi??a comprado el diseAi??o francAi??s acromA?tico y realizado pruebas con John William Draper, profesor de quAi??mica en la Universidad de Nueva York, quien a su vez habAi??a experimentado con la nueva tecnologAi??a, Friedrichsthal produjo buenas imA?genes, con buen dominio de la tAi??cnica, pese a sus consAi??tantes quejas por el clima y los vientos, que le causaban complicaciones en el momento de hacer tomas externas.

Otros extranjeros que visitaron YucatA?n y utilizaron daguerrotipos para obtener imA?Ai??genes de las ruinas mayas fueron el viajero y escritor estadunidense John Loyd Stephens y el grabador y dibujante inglAi??s Frederick CaAi??therwood, quienes emprendieron dos viajes a YucatA?n, el primero en 1839 y el segundo en 1842. Catherwood recurriA? a la cA?mara lA?cida drawing, sistema antecesor de la fotografAi??a con la cual numerosos viajeros, corresponsales grA?ficos, cientAi??ficos del nuevo y el viejo mundo realizaron dibujos de gran calidad.

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No tardA? mucho para que los yucatecos mismos comenzaran a practicar este arte, entre ellos, la familia Espinosa RendA?n (1860-1863) y los Guerra (1877-1970), quienes hicieron de la fotografAi??a una tradiciA?n que es practicada hoy en dAi??a. Los A?ltimos perduraron mA?s de 90 aAi??os en el mercado yucateco, siendo la fotografAi??a de estudio la mA?s practicada. ReAi??trataron la fisonomAi??a de YucatA?n, cada yucaAi??teco (nos atreverAi??amos a decir que 80%) fue fotografiado por ellos. A la fecha se conservan poco mA?s de 250 000 imA?genes de su autorAi??a en la Fototeca Pedro Guerra, de la Facultad de Ciencias AntropolA?gicas de la Universidad AutA?noma de YucatA?n.

Esta fototeca surgiA? del Estudio Guerra, fundado en 1877 por Pedro Guerra JordA?n y el espaAi??ol JosAi?? Huertas, originalmente llamado FotografAi??a ArtAi??stica y CAi??a., y donde Guerra aprendiA? el oficio. Poco tiempo despuAi??s, por motivos personales, Huertas dejarAi??a la ciudad ai??i??anunciA?ndolo en la prensaai??i?? y Guerra JordA?n adquirirAi??a el estudio, a cambio de enseAi??arle la tAi??cnica de colodiA?n hA?medo.

Guerra compartAi??a la visiA?n del progreso porfirista, asAi?? como una ideologAi??a tradicionaAi??lista y ortodoxa, acorde a su periodo de forAi??maciA?n social en la segunda mitad del siglo XIX. Estos aspectos se verAi??an reflejados en la mayor parte de su trabajo fotogrA?fico: desde los retratos que mostraban la moda europea y los objetos que buscaban resaltar la actitud refinada de la clase ai???pudienteai???. La fama de Guerra crecerAi??a a la par que la de la clase poAi??lAi??tica, la cual compartAi??a su visiA?n del progreso, lo que se expresA? claramente durante la visita del general Porfirio DAi??az a la ciudad de MAi??riAi??da en 1906, y en la que el fotA?grafo cubriA? la llegada del presidente al puerto de Progreso y las cenas otorgadas en las casonas de los hacendados, punto mA?ximo del afrancesado sAi??quito porfiriano. Guerra implementA? mAi??Ai??todos modernos y la utilizaciA?n de materiales sensibles como la placa seca de gelatina, que acelerA? el tiempo de la toma en la fotografAi??a; tambiAi??n llegA? a desarrollar la toma nocturAi??na por medio de polvos de magnesio, hecho novedoso para la Ai??poca. DespuAi??s de 34 aAi??os frente al estudio, falleciA? el 29 de octubre de 1917 quedando a cargo del negocio familiar su hijo, Pedro Guerra Aguilar, quien seguirAi??a en parte las prA?cticas, tAi??cnicas y costumbres fotogrA?ficas de su padre, logrando consolidar la fama del Estudio Guerra, incluso a travAi??s de asociaciones fotogrA?ficas para compartir tAi??cnicas y procesos para formar nuevos fotA?Ai??grafos. Guerra Aguilar introdujo novedosas y rA?pidas tAi??cnicas de copiado como el Fotostat y complementA? el taller de fotograbado meAi??diante la inclusiA?n de una gran imprenta. Su legado serAi??a inmenso, puesto que a la par de los avances tecnolA?gicos que introducAi??a, los daba a conocer en medios fotogrA?ficos, como YuAi??catA?n FotogrA?fico, revista que pretendAi??a ayudar a los aficionados y dar a conocer los nuevos avances tecnolA?gicos, asAi?? como dar realce a la asociaciA?n que presidia y hacer accesibles los conocimientos que permitieron dar mayor impulso al auge fotogrA?fico en la penAi??nsula.

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