Archivo de la categoría: Testimonios

Ana Buriano Castro. El legado

Silvia Dutrénit Bielous
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

La académica de origen uruguayo fue una historiadora y docente, especialista en bibliotecología y constructora de la biblioteca del Instituto Mora. Era una mujer comprometida social y humanamente. El pasado 23 de septiembre fue presentado su libro póstumo y se nominó con su nombre la sala de lectura de la sede Poussin de esta institución. Se reproducen aquí, palabras leídas en su homenaje.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Luciana, la pequeña Lu, que nació el 9 de febrero de 2019, Iván, Andrés, Maru, Ana Paulina, Pablo, María, Alberto y Victoria, querida familia toda. Después de un breve pero intenso y difícil trajinar, queridos amigos y colegas de este Instituto que tanto tiene en su herencia del trabajo de Ana durante casi tres décadas, hoy se concreta el propósito que esperábamos: homenajearla con la designación de esta espléndida sala de lectura de la sede Poussin. Gracias, muchas gracias, a la doctora Diana Guillén, directora general, a los directores de área, al subdirector de la biblioteca, a los colegas de difusión y a un grupo numeroso de trabajadores que forman parte de la comunidad del Instituto, que participaron para que se hiciera realidad. Es imposible mencionarlos uno a uno, hoy por la labor de todos, estamos reunidos aquí. Y qué mejor forma de hacerlo que con la presentación del libro póstumo de Ana en las palabras de quien fuera su director de tesis de doctorado y su amigo, el doctor Brian Connaughton.

La petición de que compartiera recuerdos sobre Ana no ha sido un encargo fácil, diría que ha sido muy difícil, porque desde ese momento, he pensado y vivido entre lágrimas y sonrisas. Lo acepté, pese a imaginarlo así, porque casi estoy segura, que Ana también lo hubiera hecho.

Es inevitable para mi transitar por algunos hechos y recuperar imágenes sin obviar una relación entrañable de décadas en distintos planos. En ciertos momentos estuve pensando que por pudor debía evitar aquellos en que necesariamente se vincularan nuestras vidas, pero qué difícil ha sido sortearlos.

La recuerdo desde fines de los años sesenta o comienzos de los setenta, Ana era una estudiante del Instituto de Profesores Artigas que formaba parte de un grupo de jóvenes destacadas del IPA, algunas formándose en el campo de la historia y otras de la literatura. Al menos ese es mi recuerdo de estudiante de liceo. Creo que nunca lo hablamos, pero seguramente desde su lugar de joven adulta en estudios de nivel universitario no tendría memoria de mi presencia. Era una época de intensas luchas gremiales y políticas en un Uruguay que “caminaba” hacia el golpe de Estado. Los estudiantes convergíamos en locales gremiales y políticos y en esos espacios la recuerdo, esbelta, elocuente, oradora convincente y fumadora permanente.

Ana e Iván partieron hacia el exilio atravesando situaciones muy difíciles, muy riesgosas. A Buenos Aires llegó doña Mercedes, su madre, con Andresito. Reunidos los tres, y con la vivencia de un nuevo golpe de Estado, el argentino, comenzaron un largo y zigzagueante recorrido por tierras de exilio y también, como se decía en el lenguaje militante, de trabajo internacionalista.

Con Ana no nos vimos en Buenos Aires, pero supe de su presencia. Nos encontramos en México en 1976, en aquel casi fugaz paso por esta geografía humana, colmada de su riqueza cultural que tanto quiso y en donde fincó finalmente y para privilegio de todos, su residencia. Esa riqueza que la atrajo, la fascinó y que, recuerdo, la llevó a visitar varias veces el Museo de Antropología en aquellos pocos meses del 76 .

Ese recorrido que comenzó en Buenos Aires y que tuvo distintas escalas con tiempos diversos, México, Cuba, la URSS, más precisamente Jerson en Ucrania, Cuba nuevamente, en donde nació Maru, Nicaragua, otra vez Cuba y México, y esta vez para siempre en 1982, hizo patente en ese recorrido la capacidad permanente, obstinada, con enorme fuerza, de volver a comenzar cada vez que su convicción política, social y académica como lo veremos, lo indicaba. Nada de ello es independiente de una decisión de pareja, de Iván y Ana en cada etapa de este difícil pero enriquecedor camino.

Su regreso e instalación definitiva en México permite ver su crecimiento en distintas facetas, como historiadora, como docente, como constructora de la biblioteca y defensora de la institucionalidad del Mora, como mujer comprometida social y humanamente.

En virtud de que las condiciones políticas del Uruguay no le permitieron recibir su título del IPA, decidió estudiar nuevamente una licenciatura y lo hizo en el Sistema de Universidad Abierta (SUA) de la Facultad de Filosofías y Letras de la UNAM. Una fuerza admirable, en medio de dificultades para lograr con Iván una relativa estabilidad económica familiar, desembocó en el trabajo de tesis que nos permitió desde entonces hasta sus últimos días, hilar nuestros intereses, preocupaciones, pasiones, con coincidencias y discrepancias en los ámbitos intelectuales y políticos.

La elaboración de la tesis de licenciatura, que tuve el privilegio de acompañar en su dirección, hizo posible que dialogáramos y discutiéramos hechos y procesos del Uruguay y América Latina, en tonalidad de conceptos y tiempos de la historia. Nada de ello abandonamos de manera cotidiana.

Docente en el mismo SUA, casi hasta 15 días antes de fallecer, habiendo renunciado porque sentía que no podía impartir clase, menos aún llegar hasta el salón en la Facultad, fue creciendo extraordinariamente como una inteligente, rigurosa y creativa historiadora. Su acercamiento al Instituto fue a través de las breves historias del siglo XIX latinoamericano. Ahí desarrolló su pasión por Ecuador hasta convertirse en una ecuatorianista reconocida, regional y mundialmente. Su obra póstuma, con una exquisita y rigurosa investigación que siempre la caracterizaba, constituye su último legado.

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El Plan de Guadalupe. Un documento fundacional

Edwin Alberto Álvarez Sánchez
Museo Casa de Carranza

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

El artículo 4° del llamado Plan de Guadalupe, proclamado por Venustiano Carranza el 26 de marzo de 1913 para restaurar el orden constitucional, consigna el nacimiento de nuestro ejército y fuerza aérea. Allí está el origen de nuestras fuerzas armadas.

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G. Sánchez Guerrero, Venustiano Carranza, óleo sobre tela, s. XX, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Cada 19 de febrero se celebra el día del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos. Esto se debe a que, en esa fecha, el año de 1913, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, obtuvo autorización de la legislatura local para levantarse en armas contra el general Victoriano Huerta, a fin de defender el orden constitucional, violentado por la aprehensión del presidente Francisco I. Madero y su gabinete. La autorización quedó consignada en el decreto 1421.

Sin embargo, ese decreto por sí solo no estableció ninguna fuerza armada. Simplemente dio a Carranza un respaldo legal para sublevarse. Días más tarde, el expresidente Madero, que coaccionado por Huerta había presentado su renuncia ante el Congreso de la Unión, fue asesinado. Al tanto de este hecho, Carranza abandonó la ciudad de Saltillo con una pequeña comitiva, decidido a encabezar un movimiento armado.

Huerta no tardó en responder y envió contra el gobernador rebelde a los generales Fernando Trucy Aubert, Arnoldo Casso López y Manuel Blázquez. Este último, padre del jefe de la Guardia Presidencial del extinto Madero, ocupó la capital coahuilense y asumió el gobierno de la entidad. Durante las primeras semanas del movimiento, Carranza se dedicó a merodear en las cercanías de Saltillo, para después librar un malogrado combate en Anhelo. La llegada al estado del coronel Guillermo Rubio Navarrete y del mayor Joaquín Mass Águila lo obligó a operar con más prudencia. Estableció su cuartel general más al norte, en Monclova, donde planeó un ataque a Saltillo, que resultó en un nuevo revés.

Dos derrotas consecutivas llevaron a los jefes y oficiales rebeldes a cuestionar el liderazgo militar de don Venustiano, quien no se aferró al mando operativo de sus fuerzas. Pablo González, Jesús Carranza –su hermano menor– y Francisco Coss se desprendieron del contingente principal, a fin de operar por su cuenta, aunque sin dejar de reconocer su autoridad política. Sin embargo, consciente de la necesidad de consolidar el movimiento ante la opinión pública nacional y extranjera, el también conocido como Varón de Cuatro Ciénegas acordó con su secretario Alfredo Breceda la elaboración de un programa de acción mientras hacían la marcha de regreso hacia Monclova. Este fue redactado en la hacienda de Guadalupe, propiedad de un amigo de Carranza llamado Marcelino Garza.

El llamado Plan de Guadalupe fue dictado por don Venustiano a Breceda y contenía siete puntos o artículos, el primero de los cuales desconocía a Huerta como presidente de la república. El segundo desconocía a los poderes legislativo y judicial por haber sancionado la usurpación admitiendo la renuncia de Madero. En el tercer artículo se desconocía a los gobernadores que 30 días después de publicado el Plan siguieran aceptando la administración huertista, lo que evidentemente buscaba la adhesión del movimiento de algunos de los que hubieran optado por plegarse al cuartelazo. El artículo 4° establecía, ahora sí, la existencia de un ejército constitucionalista, a cuya cabeza estaría el propio Carranza en calidad de Primer Jefe. El artículo 5° informaba que, tras el triunfo del movimiento, el Primer Jefe ocuparía la presidencia interina de la república, en tanto que los artículos 6° y 7° versaban sobre las elecciones a celebrarse a nivel federal y estatal con objeto de sustituir a las autoridades espurias. Cabe añadir que la razón de que el ejército revolucionario adoptara el título de constitucionalista se debió a que su misión original fue restablecer el orden constitucional violentado por el cuartelazo huertista.

El texto fue presentado por Carranza y Breceda a los jefes y oficiales rebeldes, a fin de que lo aprobasen y asentaran sus firmas. No obstante, la mayoría de ellos opinó que el texto era muy escueto y que necesitaba más explicaciones. Ciertamente, el Plan de Guadalupe en su versión original cabía en una sola cuartilla, mientras que el farragoso Plan de San Luis de Madero había cubierto alrededor de once fojas completas. Don Venustiano defendió su plan, no sólo por indicar un sencillo programa político a seguir sino por no hacer promesas incumplibles. Los jóvenes oficiales insistieron y obtuvieron la anuencia del Primer Jefe para asentar una introducción o “considerandos”, que explicaban las causas del movimiento revolucionario. Terminada la redacción definitiva, los 66 jefes y oficiales del naciente ejército constitucionalista que estaban presentes escribieron sus rúbricas. Entre ellos cabe destacar a los futuros generales Jacinto B. Treviño, Lucio Blanco, Cesáreo Castro, Gustavo Elizondo, Guadalupe Sánchez, Francisco J. Mújica, Agustín Millán, Manuel W. González y el ya citado Breceda.

Carranza no firmó su propio Plan, pues el tono del artículo 4° indicaba que el documento fue acordado por los firmantes, quienes habían decidido nombrarlo como su jefe. Habría sido de mal gusto e impolítico que don Venustiano se hubiera autonombrado líder del movimiento. De cualquier manera, con esto se seguía el procedimiento usual de los pronunciamientos del siglo XIX, cuyos textos daban a entender que el verdadero redactor del Plan no estaba enterado del mismo y que había sido nombrado por otras personas –los supuestos redactores– como cabecilla de la revuelta.

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PARA SABER MÁS

  • Barrón, Luis, Carranza: el último reformista porfiriano, México, TusQuets, 2009.
  • Carranza, Venustiano, Plan de Guadalupe. Decretos y acuerdos 1913-1917, México, Sedena-inehrm-sep, 2013.
  • Garcíadiego, Javier, 1913-1914 de Guadalupe a Teoloyucan, México, Clío/Gobierno de Coahuila, 2013.
  • Salmerón, Pedro, Los carrancistas. La historia nunca contada del victorioso Ejército del Noreste, México, Planeta, 2009.

Un paseo por el Archivo Histórico de la Secretaria de la Defensa Nacional

Antonio Campuzano Rosales
Mayor historiador retirado, Secretaría de la Defensa Nacional

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

El legado que resguarda el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional es una fuente obligada para la investigación y el conocimiento de la historia militar de México, pero también de la historia nacional.

208El Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional custodia la documentación que da cuenta de la experiencia en el manejo de las fuerzas armadas a lo largo de la historia de México. En las secciones que lo componen pueden encontrarse expedientes que reseñan algunos hechos de armas, sobre todo aquellos que refieren las guerras e intervenciones que el país padeció, si bien otros expedientes evidencian la carrera militar de diversos personajes y algunos más refieren el fortalecimiento de los organismos militares.

La memoria institucional que resguarda es fuente primaria para comprender el proceso de construcción nacional ligado con la historia militar; a través del diálogo entre la documentación y el investigador que lo desee, se permite la comprensión del pasado y valora la participación del instituto armado en la construcción de la historia nacional.

Creación e integración del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional

La urgencia de poner fin al caos imperante en los archivos militares desde la creación de la Secretaría de Guerra y Marina en 1821, agudizado por las diferentes emergencias nacionales que tuvieron lugar durante casi todo el siglo XIX, así como la incipiente conciencia histórica institucional, se volvieron una realidad cada vez más tangible a medida que transcurrían los años y se sucedían los gobiernos. Por esta razón, el Archivo General de la Secretaría de Guerra y Marina nació de la mano con la institución y fue integrado con la documentación producida por los diferentes cuerpos y organismos que componían al ejército y la armada mexicanos en el siglo XIX, siendo albergado en Palacio Nacional.

205Los documentos que hoy constituyen su parte sustancial sufrieron un proceso similar al de los que componen otros grandes archivos. Como ellos, sufrieron diversas mudanzas hasta llegar a su actual repositorio. El acervo se abrigó de tal manera en el antiguo palacio de los Virreyes, la Ciudadela, en la Secretaría de Guerra y Marina en Palacio Nacional; en el antiguo templo de la Encarnación; el cuartel militar de San Ildefonso; el templo de Jesús María, en donde, como menciona Vito Alessio Robles en el prólogo de la Guía del Archivo Histórico Militar de México, los legajos permanecieron simplemente apilados durante varios año; en la planta baja del edificio actual de la Secretaría de la Defensa Nacional hasta llegar, finalmente, a la Dirección General de Archivo e Historia, ubicada en el Campo Militar núm. 1-J, Predio Reforma, Ciudad de México, donde logró establecerse y constituir un verdadero Archivo Militar. Este archivo histórico es fruto del esfuerzo de muchas generaciones de militares dedicados a la organización y conservación de los testimonios documentales de la institución, tarea nada sencilla, ya que el repositorio también ha sido víctima directa de las circunstancias políticas y militares de la historia de México. Refiere un ejemplo el capitán primero historiador retirado, Antonio Aguilar Razo, en el artículo publicado en la Memoria del 1/er. Congreso de Historia Militar de México, a través de los Archivos Históricos, al mencionar que, durante la guerra entre México y Estados Unidos de 1846 a 1848, los archivos militares que no fueron trasladados junto con el gobierno nacional a la ciudad de Querétaro y, por lo tanto, se quedaron en Palacio Nacional durante la ocupación de la ciudad de México en el mes de septiembre de 1847, fueron saqueados por las tropas extranjeras. Algo parecido sucedió durante los conflictos derivados de la revolución de Ayutla iniciada en 1853, cuando el archivo acompañó a los combatientes provocando la pérdida de un gran porcentaje de su contenido.

La consulta pública de los documentos que se resguardan en el acervo es también una victoria del instituto armado en la lucha por preservar, no sólo su propia memoria, sino la nacional. Las fuentes para el estudio de la historia de México que reúne son imprescindibles para la reconstrucción del pasado de este país, un pasado definido por sus guerras y revoluciones constantes, por lo que no resulta posible explicarlo a cabalidad sin el uso de las fuentes militares.

El acervo está organizado en tres secciones: Operaciones Militares del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos con 6 373 expedientes, Cancelados, así como Veteranos de la Revolución Reconocidos y no Reconocidos, las dos últimas secciones compuestas por 152 348 expedientes. La primera sección está constituida por informes de operaciones, campañas, proclamas, relaciones de personal, entre otros documentos relacionados con acciones de guerra.

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En la huerta de la casa de Don Valentín. El bullicio de la Colmena

Ana Buriano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

La ex coordinadora de la Biblioteca del Instituto Mora, fallecida en 2019, fue una destacada maestra de la historia latinoamericana del siglo XIX. Con este texto que publicara en 2001 recuperamos su mirada pionera en la que trazaba casi dos décadas atrás las líneas que habría de seguir el centro bibliográfico de esta institución.

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A Ana Buriano Castro
Muy querida amiga y colega (1945-2019)

Nacida en Uruguay, destacó como investigadora del pensamiento político latinoamericano y el conservador ecuatoriano, del exilio uruguayo, los golpes de estado en Uruguay y Argentina y la antropología forense y los derechos humanos. Historiadora egresada de la UNAM fue maestra destacada de la historia de América Latina en el siglo XIX. Quienes convivieron con ella coinciden en destacar, además de su inteligencia, su compromiso con una sólida ética social, política e intelectual. Sobresalió en su gestión como coordinadora de la biblioteca del Instituto Mora, al punto que ésta fue conocida como la “biblioteca de Ana”; sin exagerar, durante este tiempo, supo llevar a esta a la mayoría de edad.

Una biblioteca es un mundo, encierra en su aparente recogimiento una vida bulliciosa que emana de las páginas de los ejemplares contenidos dentro de ella, de las mujeres y los hombres que se encargan de poner la información al servicio de la comunidad, de los usuarios que la requieren, en fin, guarda algún parecido con el ajetreo de la colmena. Y más aún cuando pertenece a una institución activa, como es el Instituto Mora, que en su segunda década rebasó la mayoría de edad y que utiliza su biblioteca como el laboratorio en el que funda sus investigaciones.

A incrementar, albergar, calificar y especializar esta biblioteca dedicó la institución importantes esfuerzos de su corta vida. Cierto es que a la Biblioteca del Mora le tocó nacer en cuna de oro pues, sucedánea del proyecto de Bibliotecas Mexicanas, recibió como colección de origen el fondo del bibliófilo poblano José Ignacio Conde, un magnífico conjunto de varios miles de impresos mexicanos provenientes de las bibliotecas de grandes personalidades de la vida intelectual, pública y política de México. Así lo testimonian los ex libris que acompañan los pergaminos y empastados antiguos que conforman el fondo reservado. De la marca de propiedad sobria de Lucas Alamán, a los duplicados de la colección de primeros impresos poblanos de Florencio Gavito, la lámpara del saber que adorna las obras que provienen de la colección de García Icazbalceta y su hijo, García Pimentel, a los garigoleados escudos de armas de la princesa Francesca Ruffo de Calabria, al lote de Intervención y Segundo Imperio de González de Cossío y muchos más, los ex libris contenidos en las contraportadas constituyen en sí mismos la historia de un fondo bibliográfico.

El desarrollo sostenido y calificado de las colecciones fue la preocupación y el anhelo de todas las direcciones de la institución. Así su estantería se fue enriqueciendo con ejemplares provenientes de las Bibliotecas Cervantes e Iberoamericana; el fondo San Román desarrolló los estudios latinoamericanos, las áreas geográficas se vieron beneficiadas por la incorporación de las bibliotecas de Ramón Alcorta y Jorge Vivó; los estudios sobre Estados Unidos recibieron donaciones y compras únicas en el medio nacional, como el Diario de los debates del Congreso desde la independencia hasta 1976 y la colección actualizada de microfichas e índices electrónicos de la documentación que manejan y generan las comisiones y comités que asesoran a los representantes, desde 1790 hasta el momento actual. Mucho más podríamos decir en cuanto a las fuentes básicas de investigación, las fuentes secundarias, los formatos magnéticos de consulta, la hemerografía de actualización y el marco de consulta, pero la tiranía del espacio nos impide una extensión mayor y deseamos que esta nota sirva como invitación para que los especialistas incursionen en el fondo bibliotecario, ya físicamente o por su catálogo en línea.

Afortunadamente pueden hacerlo, pues la Biblioteca del Mora no goza únicamente de un fondo con gran riqueza de investigación, sino que la documentación que alberga su acervo está totalmente puesta al servicio, con un criterio catalográfico lo suficientemente amplio, de las necesidades complejas que surgen en consultas especializadas, como las de un científico social contemporáneo. Y es que la evolución de dos décadas de la Biblioteca del Mora ha sido vanguardista en el plano de la automatización. En 1984, la maestra Gloria Escamilla y el Centro de Procesamiento Arturo Rosenblueth lograron, de forma totalmente pionera en el medio nacional, desarrollar el primer sistema automatizado bibliotecario. Así, la Biblioteca del Mora fue de las primeras en el país en abandonar las formas manuales de trabajo para disponer de una serie de módulos que contenían y posibilitaban la interacción de los datos.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

En estas épocas, el equipo dificultaba mucho el manejo de la información pero, con el paso del tiempo y a partir de los apoyos que recibió de CONACyT, la biblioteca obtuvo la infraestructura de cómputo necesaria. De las viejas cajas de bernoulli pasó a los servidores de mediano tamaño y luego a los mayores; actualizó su sistema de cómputo, al adquirir uno de mercado de segunda generación que fue capaz de recoger los ricos contenidos de la base de datos Bibliomora y que satisface de manera adecuada las necesidades de información de la investigación social. Desde su primitivo y precario emplazamiento en el casco original de la antigua casona de don Valentín hasta las bellas y funcionales instalaciones actuales construidas en 1984 para albergarla, desde la máquina de escribir y los esténciles reproductores de tarjetas, pasando por las cajas de bernoulli que mal almacenaban la información a los actuales servidores, ha transcurrido mucho tiempo; varias generaciones de científicos sociales han cruzado sus puertas; miles de ejemplares han transitado por las manos de los bibliotecarios para ir a dormir un sueño de anaqueles, frecuentemente interrumpido por los usuarios que los solicitan. Sus horarios se han extendido aun a los sábados; los servicios públicos han incrementado su eficiencia; se ha optimizado el aprovechamiento del espacio de almacenamiento por medio de la incorporación de mobiliario compacto y por el desplazamiento y compactación de los espacios internos; los servicios de análisis informático se han especializado y han incursionado en la indización de publicaciones periódicas especializadas de actualización o muy antiguas, que no son recogidas por los índices internacionales; una constante política de extensión bibliotecaria posibilita que los especialistas y estudiantes conozcan y recurran a sus fondos. El taller de encuadernación y restauración de la biblioteca mantiene las áreas de almacenamiento y los materiales en las condiciones adecuadas y optimiza la vida útil de los documentos a través de técnicas de restauración y conservación de alta complejidad.

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Recuerdos de persecuciones, caminatas nocturnas y tanques de guerra

Alberto del Castillo Troncoso
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

Una manera de acercarnos a los hechos de 1968 se centra en la mirada de un niño que transitaba con normalidad por las vivencias cotidianas de entonces. También la fotografía funciona como disparador de la memoria y simbolismos para establecer otras maneras de reflexionar y cuestionar.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

La protesta estudiantil de 1968 marcó un parteaguas en la historia reciente de México y otros lugares del mundo. El sentido y significados de aquel episodio hay que buscarlos en la onda expansiva de la década de los sesenta. El 68 ha sido estudiado desde distintas vertientes, que cubren los ámbitos de la política, la sociedad y la cultura de la historia de nuestro país.

La médula del movimiento consistió en la reivindicación de un Estado de derecho, en un momento en que el sistema político mexicano giraba en torno a un solo partido, el Revolucionario Institucional (PRI), el cual gobernaba sin contrapesos democráticos reales y con una subordinación de los poderes legislativo y judicial a la figura del presidente en turno.

Los hechos del 68 constituyen un referente para la historia de los capitalinos. Una parte significativa de ellos tuvo lugar en las calles y las avenidas de una urbe de seis millones de habitantes. La protesta social se inició de una manera muy violenta a finales del mes de julio en el centro de la ciudad, con una gran represión de policías, granaderos y soldados contra los adolescentes de prepas y vocacionales, fue retomada de manera pacífica en agosto por los universitarios y politécnicos en el sur de la capital y llegó a su clímax a lo largo del mes de septiembre en el norte y de manera particular en el barrio de Tlatelolco, escenario de grandes batallas campales de estudiantes y padres y madres de familia contra policías, granaderos, judiciales y miembros del ejército mexicano apostados en la zona.

Finalmente, la masacre de un número todavía no determinado de ciudadanos ejecutada por parte de francotiradores profesionales del Estado Mayor Presidencial, soldados del ejército, y grupos paramilitares la tarde del 2 de octubre en la Plaza de Las Tres Culturas representó un foco de terror que se extendió con su terrible dosis de miedo, desencanto y paranoia a los habitantes de otras zonas de la ciudad en las siguientes semanas.

Las marchas festivas de los estudiantes y otros sectores de la población realizadas en los meses de agosto y septiembre de aquel año recorrieron grandes extensiones de la ciudad desde distintos lugares y la mayoría culminó en el zócalo capitalino, un espacio semi-sagrado, reservado hasta ese momento a la expresión pública de sindicatos charros y otros grupos afines a la política del presidente en turno. De esta manera, la protesta del 68 se extendió a zonas muy amplias de la capital, si tomamos en cuenta el accionar cotidiano de las brigadas estudiantiles que llevaron propaganda juvenil por los rumbos más diversos y heterogéneos, de la extensa zona de Iztapalapa al barrio de Tepito y la colonia Doctores, o bien, de Tacubaya a Ciudad Satélite y Azcapotzalco, pasando por los pueblos de Tlalpan, Xochimilco y Topilejo, entre otros muchos itinerarios: una urbe marginada y compleja muy distinta a la ciudad idealizada y edulcorada imaginada por los diseñadores del comité olímpico para la gesta deportiva de aquel año.

En los últimos años la memoria de los líderes y protagonistas de los hechos ha sido atendida a partir de la perspectiva de la historia oral. A su vez, el interés de los investigadores se ha extendido a los recuerdos de los brigadistas y otros ciudadanos de a pie y se han incorporado algunas lecturas de género, con lo que se ha cubierto una cantidad importante de testimonios, que sin embargo resultan aún insuficientes.

En el contexto de lo anterior, puede señalarse que la perspectiva infantil representa todavía un vacío a la hora de recrear y dar cuenta de los acontecimientos de aquella época, y es que el imaginario que conocemos hasta este momento está representado por un mundo percibido y narrado en forma predominante por adultos varones, con los intereses y preocupaciones políticas y existenciales que se desprenden de ello.

Al respecto, mi experiencia personal me ha ofrecido algunas claves para acercarme a este tema e imaginar otros escenarios. Yo nací muy cerca de Ciudad Universitaria, en el sur de la ciudad de México, en el seno de una familia de clase media y tenía ocho años cuando se presentó en mi vida el vendaval del 68. Entre otras imágenes que se pierden en la bruma del tiempo, recuerdo varios acontecimientos que marcaron mi vida para los años venideros:

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Mariana Yampolsky. Los caminos por México

Arjen van der Sluis

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

El México rural, su gente, sus tradiciones y cultura fueron el gran motor de la obra fotográfica de esta artista que desde su llegada al país a los 19 años lo hizo propio. Libros y exposiciones atestiguan varias décadas de trabajo centrados en mostrar y revelar el arte popular mexicano.

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Hay artistas cuya identidad creativa se forma y se fragua en medio de su propia cultura y raíces. Pero hay otras cuya sensibilidad gana empuje con la salida de su país de origen. Ese fue el caso de Mariana Yampolsky (1925-2002) quien nació en Chicago, Illinois, pero que a los 19 años –justo después de la muerte de su padre– decidió viajar a México para conocer de cerca a los artistas y corrientes artísticas de vanguardia para nunca más dejar al país. Se enamoró de la gente, del campo, los colores, las flores y la vida en México. Se integró tanto a su país de elección que decidió naturalizarse mexicana en 1958. Muy joven, y atraída por el muralismo mexicano y los movimientos artísticos progresistas, se integró al Taller de Gráfica Popular (TGP), un colectivo de artistas muy comprometidos con las causas populares y sociales mexicanas. La sensibilidad artística la cultivó desde sus estudios de literatura e historia del arte en Chicago y en México los continuó en La Esmeralda y en San Carlos. Fue una gran grabadora e ilustradora, sobre todo de libros para niños. A partir de los años sesenta, Mariana Yampolsky se dedicó por completo a la fotografía: su tema favorito era el campo mexicano y sus habitantes, muchas veces olvidados.

Siempre le cautivó viajar a lo largo y ancho de México. Acaso esta fascinación tenía que ver con los años de su infancia en la finca de sus abuelos, en Crystal Lake, ambiente rural, rodeado de ganado, sembradíos y trabajadores agrícolas. Durante los años cuarenta y cincuenta, Mariana emprendió largos viajes con amigos y colegas del Taller de Gráfica Popular, en tren, autobús, caballo o a pie. Durante los cincuenta, ella y sus colegas del Taller hicieron una caminata de varias semanas por las mixtecas de Oaxaca –Alta y Baja– desde el frío de Chicahuaxtla hasta el calor de Pinotepa Nacional. A partir de los años 1960, mejoraron las condiciones para viajar por el país, principalmente por la ampliación de la red carretera y el incremento de las líneas de autobuses. Mientras tanto, Mariana aprendió a manejar, compró su primer auto –un inglés, de marca Singer, de segunda mano– para el traslado en la ciudad y, sobre todo, para visitar las poblaciones cercanas. En esos mismos años, hizo un viaje en avioneta a Olinalá, población guerrerense enclavada en plena sierra, de muy difícil acceso por carretera…, siempre con su cámara fotográfica Rolleiflex. Tomó una gran cantidad de fotos de la muy reconocida artesanía de laca de Olinalá: baúles, charolas, platones, platos, vasijas, cajas, etc. Este viaje fue muy importante ya que el material recopilado sirvió de base para un gran libro encargado por el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana, proyecto en el cual trabajó como asistente del editor. Fue así que se publicó Lo efímero y eterno del Arte Popular Mexicano, en dos tomos. Tuvo dos ediciones, una en 1971 y la otra en 1974.

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Humberto Zendejas. Fotógrafo de celebridades

Horacio Muñoz Alarcón
Investigador y curador independiente

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Con los inicios de la televisión en México, Humberto Zendejas supo ubicarse con sus cámaras en los sets donde primaba el entretenimiento como función destacada para convertirse en un fotorreportero independiente de las celebridades. En los estudios de radio, cine, teatros, cabarets y centros nocturnos encontraba las imágenes que lo catapultarían a las primeras planas de diarios y revistas. Su prolífica producción se encuentra archivada en 28 000 negativos que son un verdadero acervo cultural del mundo del espectáculo de la segunda mitad del siglo XX.

Blue Demon en La mafia amarilla, 1972, inv. AHZ-0236-36. Archivo Humberto Zendejas.

Blue Demon en La mafia amarilla, 1972, inv. AHZ-0236-36. Archivo Humberto Zendejas.

Humberto Zendejas Vargas, nacido en el barrio de la Lagunilla de la Ciudad de México en 1933, inició su labor profesional como fotorreportero a principios de la década de los cincuenta y culminó en 1986. Aprendió de su padre, el fotoperiodista Luis Zendejas –colega de Enrique Díaz, Enrique Delgado y Manuel García entre los años 1930 y 1940- las artes del revelado y la impresión fotográfica. Realizó sus pininos como reportero en los periódicos dedicados a la fiesta brava Realidades y El Redondel. Trabajó casi siempre de manera independiente y durante su trayectoria publicó frecuentemente en diarios como El Metropolitano, dirigido por Amando Luis “El Chato” Azcona, Órbita (“El peor periódico del mundo”), bajo la guía de Héctor Pérez Verduzco, y Cine Mundial. Además, colaboró en revistas como Venus y Su otro yo. Algunas de sus entregas se presentaron en las páginas de Excélsior y El Universal. Participó como fotógrafo en los comités organizadores de la XIX Olimpiada, de los VII Juegos Panamericanos y de la Universidad Mundial (México 1968, 1975 y 1979, respectivamente) así como en su único trabajo fijo, en 1984, en la Agencia Notimex. Hacia finales de los años ochenta su actividad se centró en el registro de competencias de natación para la Acuática Nelson Vargas. Posteriormente, en el ocaso de su vida, vendió fotografías en el bazar que se instalaba los fines de semana en la Avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma. La única exposición que realizó en vida fue en el año 2009, en la estación Metro Pino Suárez, titulada Tal y como era: Marilyn Monroe en México.

De su vastísima producción fotográfica para la prensa mexicana, restan solamente 28 000 negativos (en formatos 35mm y 6×6,principalmente), agrupados por tema en 1 036 sobres que cubren el periodo de 1953 a 1994. Estos materiales conforman lo que hoy se conoce como Archivo Humberto Zendejas, que se encuentra bajo la custodia de su hermano, el también fotógrafo Luis Zendejas Vargas. Desde 2016 se han digitalizado, documentado y catalogado por el autor de estas líneas.

En su labor reporteril, Zendejas abarcó casi todos los ámbitos del espectáculo en la Ciudad de México. En mayor o menor escala, lo evidencian los contenidos de su archivo, el que cuenta con fotografías de grabaciones en vivo de programas de la XEW, una de las estaciones de radio más antiguas de México (1930), como Así es mi tierra, en donde se presentaron ante el público que llenaba los estudios, intérpretes de la talla de José Alfredo Jiménez, Lupita Palomera, las Hermanas Huerta y Javier Solís.

En lo relacionado con el cine, existe el registro de las actividades de las ediciones cuarta y undécima de la Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos de Acapulco (1961 y 1968), con la presencia de estrellas internacionales y nacionales tales como Gina Lollobrigida, Roman Polanski, Tony Curtis, Glenn Ford, Mauricio Garcés, Lilia Prado, Gabriel Figueroa y Emilio Fernández. Así mismo, lo que resta de su paso por diversas filmaciones se reduce a algunas tomas de las películas La mafia amarilla (1972), con el luchador Blue Demon, Germán Valdés “Tin Tan”, Tere Velázquez, Armando Silvestre, Gina Romand y Noé Murayama, bajo la dirección de René Cardona, y Tívoli (1974), protagonizada por Alfonso Arau, Pancho Córdova y Héctor Ortega).

Cubrió también comedias, teatro de revista y teatro de crítica política; por ejemplo, La tía Mame, que se presentó en 1966 en el Teatro Insurgentes con las actuaciones de Amparo Rivelles, Enrique Álvarez Félix e Irma Lozano; la libre adaptación que de la novela Naná de Emile Zolá produjo “La tigresa” Irma Serrano en su propio teatro, el Fru Fru, en 1973; al año siguiente, en el mismo foro, Adiós guayabera mía, protagonizada por Chucho Salinas,Héctor Lechuga y Leonorilda Ochoa; en el Teatro Arlequín Seamos felices los tres (1976) con Nadia Haro Oliva, Gustavo Rojo y Luis Gimeno. Además, el musical Evita (1981), en el Teatro del Ferrocarrilero, con Rocío Banquells en el papel protagónico, entre muchas otras.

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Ricardo Salazar fotógrafo de la vida cultural

Paulina Michel
Archivo Histórico de la UNAM-IISUE

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Cinco años atrás, la Universidad Nacional Autónoma de México adquirió el archivo personal del fotógrafo, con más de 22,000 registros que incluyen retratos de escritores, intelectuales y artistas de México, así como de las actividades universitarias. Personaje olvidado, al final de su vida, sus testimonios gráficos hablan de la cultura de los años cincuenta a ochenta, principalmente.

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Ricardo Salazar Ahumada nació el 27 de abril de 1922, en Ameca, Jalisco, ciudad cercana a Guadalajara, en donde vivió los primeros dos años de vida. Él y su familia se trasladaron a la capital del estado, donde Ricardo cursó sus primeros estudios. A los quince años entró a trabajar en el estudio fotográfico de Silverio Orozco, Fotografía Orozco, lugar en donde aprendió el oficio:

Allí empecé a aprender y a retocar las fotos de los clientes. Eran de hombres, mujeres, niños, viejitos, de todo. Permanecí en mi tierra seis años porque entré a otro taller de un excelente retratista, Rodolfo Moreno, en la avenida Juárez, en los portales de Guadalajara.

El joven Ricardo se hizo asiduo a las tertulias culturales del Café Apolo, donde recibió el apodo de “Lolito” ya que, según el crítico Emmanuel Carballo, el trabajo de Lola Álvarez Bravo era “la única influencia realmente importante en la vida profesional de Ricardo”.

En 1953, a los 31 años de edad, Ricardo Salazar emigró a la ciudad de México. Venía invitado por el propio Carballo, quien lo introdujo en el ámbito cultural capitalino, al presentarlo con el escritor Jaime García Terrés, director de Difusión Cultural de la UNAM. La colaboración de Salazar fue inmediata; empezó a retratar escritores y artistas de diversas generaciones con la intención de hacer un libro de fotografías y paralelamente prestó sus servicios en la Revista de la Universidad de México, también dependiente de Difusión Cultural.

Al mismo tiempo que hacía trabajos para la Universidad, Salazar laboraba por su cuenta haciendo retratos para credenciales, fotografías de bodas, grupos familiares, desnudos, paisajes, edificios e industrias, entre muchos otros temas. Se estableció a las afueras de la ciudad, en el municipio de Mexicaltzingo, Estado de México, en donde rápidamente habilitó su cuarto oscuro y comenzó a producir las fotografías de personajes que lo consagraron como el fotógrafo de la vida universitaria y cultural de México. Retrató a intelectuales consumados como José Vasconcelos y Alfonso Reyes, de los cuales realizó amplios y excelentes reportajes. Por ejemplo, la serie de Reyes en su biblioteca, ahora conocida como Capilla Alfonsina, retrata al escritor en su mejor momento y en su ámbito cotidiano. Al mismo tiempo, su lente captó a quienes estaban en la cúspide de su trayectoria, como Octavio Paz, del cual hizo su ya célebre serie en Mixcoac, su barrio natal. Del gran escritor Juan Rulfo realizó una serie amplia de retratos, en la que aparece con sus hijos pequeños. De igual manera vemos las fotografías del poeta Efraín Huerta, quien era un amigo cercano, al cual retrató rodeado de su familia y de su mujer, la poeta Thelma Nava. A la reconocida escritora y funcionaria universitaria, Rosario Castellanos, la retrató en varias ocasiones, algunas de ellas durante su embarazo y rodeada luego de su hijo y de los hijos de su esposo, el filósofo Ricardo Guerra.

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Tres leyendas del Soconusco

Antonio Cruz Coutiño
Universidad Autónoma de Chiapas

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

Como un rompecabezas, los mitos ancestrales se van reconfigurando siempre a partir de reconstrucciones verbales y relatos previamente escriturados. Fragmentos y retazos que a partir de un paciente trabajo de intersección pueden hilvanarse como historias. He aquí una selección de leyendas fantásticas del estado de Chiapas.

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Hace más o menos 35 años leí por primera vez un texto publicado por el arqueólogo maestro Carlos Navarrete, centroamericano de origen, aunque chiapaneco por adopción, relacionado con algunos mitos de origen, propios de Mesoamérica, propios del Soconusco, Guatemala y Chiapas. La versión que leí se encuentra en el número 9 de la revista del ICACH, publicada en diciembre de 1962 y se intitula Cuentos del Soconusco. Tiempo después supe que el pasaje, recortado, provenía de alguna revista llamada Lanzas y Letras y, finalmente, por esos años descubrí su versión “original” en un ejemplar de Summa Anthropologica, de 1966.

Los tres relatos principales a los que se refiere el texto son a tal grado perfectos, representativos del pensamiento mesoamericano, que desde ese tiempo decidí indagar sobre ellos y descubrir su vigencia. Hurgar en la conversación, en el recuerdo y en la rememoración de la gente del Soconusco, aunque en especial en la memoria de la gente grande, los más ancianos de los municipios de Tapachula, Tuxtla Chico y Cacahoatán.

Por esos años iniciaba mi interés por descubrir, leer, comprender la esencia de los mitos ancestrales contenidos en las leyendas contemporáneas de los pueblos de Chiapas. Emprendía la tarea de compilar leyendas previamente escrituradas, aunque incluía también, registrar por primera vez, algunas, directamente. Debido a ello con el tiempo reuní versiones varias, síntesis, trozos desfigurados y fragmentos. Todos relacionados entre sí, acordes con los relatos originalmente publicados por Navarrete. Así que “decidí” hacer con ellos labor de tru-tru: recortar, pegar, entretejer, modelar. Y por fin ahora me animo a divulgarlos. Se trata de tres leyendas: 1. El origen del volcán Tacaná y los seres humanos; 2. La historia del hombre que busca al sol; y 3. El sol, la luna y las estrellas. Expreso las gracias a mi suegro, el león cronista de mayor fama en el Soconusco, don Armando Parra Lau, por facilitarme algunos contactos.

 

El origen del tacaná y los humanos

Hace mucho, mucho tiempo, despuesito que el sol todavía ni pensaba alumbrar; cuando Dios, después de tanta preocupación por todos nosotros, terminó de hacer la tierra junto con los ríos, los animales y todas las montañas, dejó a todos los hombres. Unos por un lado y otros por otro. Para que trabajaran la tierra, para que hicieran sus milpas, consiguieran su comida y lo quisieran como un padre. Desde ese tiempo los animales y los árboles andaban de un lado para otro, sin rumbo andaban, y los hombres no tenían nombre de persona, ni les preocupaba que todo el día estuvieran trabajando; que fueran de una sola pieza para el trabajo como si todos fueran una sola mano.

Dios, de tanto trabajo para hacer la tierra y de tanta cabeza para hacer cuanto hombre que dejó en la tierra, se cansó y regresó a su casa para descansar. Bien confiado regresó al cielo, creyendo en la honradez de la gente que había dejado. Nunca más se preocupó por acordarse de ellos, no de lo que hacían, ni de lo que decían; digamos que más bien pensaba que su trabajo había sido bueno y que sería respetado.

Pero va sucediendo que de repente, un día se le ocurrió bajar a la tierra para ver cómo estaban sus hijos. Cómo les había ido en sus milpas y en su trabajo. Quería averiguar si lo sabían venerar, si todavía lo respetaban. Y así observó todo a tinta y papel, al derecho y al revés, y ya que terminó de echar su vuelta, ya que terminó de ver tantas cosas, se puso triste; tal vez nunca sería visto tan apenado como ese día y ¿cómo no? Si las milpas estaban abandonadas. La muchachada y los chamaquitos no hacían caso a los viejos, y de él casi nadie se acordaba. Contimás que lo adoraran.

 

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Correspondencia sobre una paz incómoda

Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

En un intercambio de cartas son su amigo José María Luis Mora, Otero manifiesta sus reticencias y críticas sobre la marcha del país a fines de 1848, sumido en la crisis económica y las peleas entre facciones políticas. Estas se concretarían tres años después de su muerte, cuando distintos sectores optaron por resolver sus diferencias políticas en nuevas batallas intestinas.

Tropas irregulares de México 1848

José Maria Gutierrez de Estrada envió una carta al presidente Anastasio Bustamante en agosto de 1840, en ella hacía una reflexión sobre “los males” ocurridos en México como nación independiente y finalizaba cuestionando la real efectividad del sistema republicano y sus constituciones. Sin recibir la respuesta deseada por parte del ejecutivo, el campechano decidió publicar su carta seguida de otros textos que aplaudían el sistema monárquico. Esto, para su mala fortuna, no fue visto con buenos ojos. Aparecieron en la prensa varias réplicas reclamándole su poco patriotismo y su nula fe en las instituciones republicanas. Fue tan grande el acoso que recibió que tuvo que exiliarse en Europa, lugar del que nunca regresó.

La propuesta monárquica quedó oculta por algún tiempo, sin embargo, el rotundo fracaso de la guerra contra Estados Unidos ocasionó que volviera a la palestra pública. Un grupo político se formó tan pronto se restauró la paz: Lucas Alamán, quien desde 1845 hacía tratos secretos para instalar una monarquía en México, reunió a personas que podían impulsar este proyecto, con las que fundó el periódico El Universal y a finales de 1849 crearon el Partido Conservador.

Durante este tiempo, Mariano Otero ocupó brevemente el ministerio de Relaciones en el gobierno de José Joaquín de Herrera, el cual tuvo la difícil tarea de reorganizar al país después de la guerra, pues a pesar de que se contaba con el dinero de la indemnización pagada por Estados Unidos, la deuda pública no era bien administrada y el ejército estaba desbaratado. Es importante señalar que la política del ejecutivo era de conciliación, es decir, que desde la presidencia Herrera buscó reunir y escuchar todas las voces de los partidos en pugna. No obstante, muchos no estaban de acuerdo con él, basándose en que opiniones tan diversas dentro del propio gobierno dificultaban la toma de decisiones. Otero fue una de estas personas; su poca confianza en solucionar los problemas nacionales con aquella administración lo llevaría a renunciar a su puesto en noviembre de 1848.

A continuación, presentamos fragmentos de tres cartas escritas por Otero a José Maria Luis Mora, ministro plenipotenciario de México en Londres. En estos documentos podemos percibir sus temores respecto al grupo conservador congregado en torno a Alamán y su influencia sobre el gobierno; el autor señala que si no se enfrentaba con mano firme a las diversas facciones, la vuelta de Santa Anna sería inminente, ya como una dictadura militar o como una monarquía absoluta.

Asimismo, puntualizaba que se debía aprovechar aquel periodo de paz para mejorar la Hacienda y organizar al ejército, de lo contrario surgirían más revoluciones patrocinadas por grupos que solo buscaban “conatos de rapiña” Cabe mencionar que él se encontraba retirado de la política en ese momento, pero advierte que tan pronto la maquinaria gubernamental marchara favorablemente, regresaría para apoyar los “Únicos principios” de salvación del país: los principios liberales y democráticos.

Solo resta decir que los temores de Otero se hicieron realidad: la paz llegó a su fin en octubre de 1852 y otra revolución azotó a la república. Las distintas facciones, fortalecidas, intentaron resolver sus diferencias en el campo de batalla. A él no le tocaría ver el fin del conflicto, pues en mayo de 1850 el cólera le arrebató la vida a la edad de 33 años.

 

Excmo. Sr. Dr. D. José María Luis Mora
Londres
México, 14 de diciembre de 1849

Muy estimado Señor y amigo:
Hasta ayer en la tarde recibimos la correspondencia del paquete inglés, que me trajo la muy grata de Usted de 31 de octubre, que contesto.

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