Archivo de la categoría: BiCentenario #14

Aventuras de un diplomático en México

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

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Después de la derrota de México por Estados Unidos en 1847, el presidente James K. Polk envió como comisionado a Nathan Clifford, su procurador general, con la misión de negociar la última etapa del tratado de paz. Si bien se ocupó de esta tarea, el novel diplomático tuvo ocasión de conocer la ciudad de México así como de escribir a su familia, residente en Newfield, Maine, a donde él había llegado en 1822, ejercido como abogado e iniciado su carrera política en el Partido Demócrata. De las impresiones de viaje que dejó en estas cartas, hablaremos a continuación.

Clifford inició el 19 de marzo de 1848 un viaje que apenas duró dos semanas; la rapidez revelaba la urgencia de que entrara en vigor el Tratado de Guadalupe Hidalgo, pues el movimiento Todo México, que exigía la anexión de más territorio a Estados Unidos, tomaba gran fuerza. El Senado lo había ratificado y contaba con la aprobación presidencial. Faltaban ahora la ratificación y aprobación mexicanas y Polk consideró a Clifford como el más apropiado para conseguirlas:

Está perfectamente familiarizado con todos mis puntos de vista, tales como se han discutido frecuentemente en el gabinete, respecto al tratado y todas sus estipulaciones. Es además un hombre discreto y muy sensato. [...] no hay otra persona de mi gabinete que pudiera estar tan bien preparado para llevar a cabo mis propósitos [...] Es un abogado digno de confianza y capaz y he estado satisfecho con él como miembro de mi gabinete.

Pese a que le disgustaba mucho la tarea, Clifford la asumió como un deber. De modo que, por una ruta que de Washington se dirigió a Wilmington, Carolina del Norte, y luego pasó por Charleston, Carolina del Sur; Augusta, Atlanta y Griffin, Georgia; Auburn, Montgomery y Mobile, Alabama, para finalmente llegar a Nueva Orleáns el 26, recorrido en el que viajó en lancha, carruaje, ferrocarril y barco de vapor, y no le faltaron tormentas, incendios e incluso un ligero resfrío, a pesar de lo cual conservó el optimismo: Creo que estoy en el camino del deber y me apresurará confiado en la guía y el apoyo de una Providencia todopoderosa.

James Polk

James Polk

El 27 abordó el Massachusetts; esperaba desembarcar en Veracruz a las 72 horas. Pero el viento obraba en contra y el velero no pudo anclar frente al castillo de San Juan de Ulúa sino una semana después. Sin duda, la buena recepción del mando militar, que lo acogió con salvas de cañón y los acordes de Sweet Home y Star Spangled Banner, interpretados por una banda, le deben haber resarcido las molestias de la travesía.

El puerto de Veracruz, despertado a cañonazos en la madrugada, estaba tranquilo y al parecer bajo perfecto control, si bien dirige a la policía la autoridad mexicana, restaurada hace tres días por el nuevo armisticio. Se alojó en casa de Louis S. Hargous, un comerciante estadounidense allí radicado. La ciudad le dejó una pésima impresión: “temeré pasar por este lugar cuando regrese a casa”. No era sólo el mal clima; los mexicanos se mantienen apartados de nosotros y no lamento que lo hagan porque no me agradan en lo más mínimo. Era ésta una actitud insólita en el pueblo hospitalario que es el mexicano, sin duda explicada por la reciente y muy dolorosa derrota militar.

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Retazos de una vida: Gertrude Duby

Diana Guillén
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Gertrude Duby realizó una última expedición a la Selva Lacandona a mediados de agosto de 2010; cobijados con caoba artesanalmente labrada sus restos (y los de Frans Blom, el compañero de vida y de aventuras de la fotógrafa, luchadora social, etnóloga, protectora de las comunidades, defensora del medio ambiente y tantos otros atributos a los que se podría recurrir para hablar de ella), llegaron a Nahú.

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Trudy y Pancho, como coloquialmente fueron bautizados en suelo chiapaneco, cerraban así el ciclo que habían iniciado en la d´dcada de 1940, cuando ambos participaron en la primera expedición gubernamental a aquella zona de la entidad. Su encuentro con la selva marcó el comienzo de una relación afectiva e intelectual que los uniría hasta la muerte de Frans en 1963 y paralelamente selló un compromiso con el mundo indígena que refrendarían día con día a lo largo de su existencia.

Los caminos de Gertrudis Duby y Francisco Blom confluyeron porque compartían valores, intereses y pasiones. Tal vez el destino movió algunos hilos y propició que se cruzaran en Ocosingo, Chiapas y descubrieran juntos un ambiente cultural y físicamente muy lejano de la Europa de fines del siglo XIX y principios del XX en la que les había tocado nacer, pero la labor que a partir de entonces emprendieron para proteger a la Selva Lacandona y a sus habitantes difícilmente tuvo que ver con la actividad de los astros.

Oriunda de los Alpes suizos (donde nació en 1901) y de Copenhague él (1893-1963), adoptaron a San Cristóbal de las Casas como lugar de residencia; la selva, su otro hogar, estuvo sin embargo presente todo el tiempo, pues terminó colándose por los distintos rincones de la casa que adquirieron y a la que cariñosamente llamaron Na Bolom (Casa del Jaguar). Aun cuando la pareja se asentó en los Altos, las referencias lacandonas eran las que ocupaban los lugares centrales en su cotidianidad.

Los frutos de esa simbiosis espiritual y material que los une a a la selva se prolongan hasta el presente; Na Bolom le da el nombre a una asociación civil que promueve la protección del medio ambiente y de los recursos naturales de la zona, así como la preservación y el desarrollo de los grupos indígenas (especialmente de los lacandones) y la conservación y difusión de su patrimonio cultural.

A través de proyectos de aprovechamiento sustentable de los recursos, de salud y turismo comunitario y de empresas rurales consolidadas, el patronato que en un primer momento fundaron los Blom-Duby enfrenta con bríos renovados los retos que el siglo XXI plantea a las comunidades indígenas y simboliza los frutos de la semilla a favor de estas últimas que sembraron y cuidaron en vida los dos europeos naturalizados mexicanos.

Pero su legado rebasa los bienes materiales que destinaron para apoyar a quienes, aun sin tener lazos de consanguinidad con ellos, llegaron a ser parte de su familia cercana; la herencia más jugosa que dejaron fue un profundo respeto hacia aquellas culturas que resultan distintas del modelo occidental y la apuesta por replantear los cánones que este último ha establecido para transformar a su imagen y semejanza a quienes construyen otras formas de sociabilidad.

Gertrude Duby con un lacandA?n en NajA?, ca. 1948

Gertrude Duby con un lacandón en Najá, ca. 1948

Cuando eligieron que sus cuerpos fueran trasladados a la Selva Lacandona en un último viaje cargado de recuerdos y emociones, dejaron fiel constancia de donde había quedado atrapado su espíritu y enviaron un mensaje de reconocimiento a quienes supieron conquistar su corazón. Trudy murió en diciembre de 1993 y fue enterrada junto a su marido en San Cristóbal de las Casas, pero después de más de una década y media se cumplió el deseo que tanto ella como él habían hecho explícito y se les permitió reposar en Nahú; a decir de quienes los acompañaron, el trayecto hacia su última morada se vivió como una auténtica fiesta de despedida, más que como un rito funerario cargado de dolor.

Con Chan K'in Viejo, ca. 1976

Con Chan K’in Viejo, ca. 1976

El único llanto fue de felicidad y lo protagonizó el cielo que en el centro de la selva dejó caer un torrencial aguacero en el momento en el que bajo la protección de Hach’kium (el Creador), Gertrudis llegó al paraíso de los antepasados Hach Winik (Hombres Verdaderos). Por lo menos así interpretó su amigo Kayuai’um Maa’ax lo sucedido y no soy quien para contradecirlo. Sólo agregaría que antes del entierro lacandón en Nah’ hubo otros momentos igualmente emotivos; vistos en conjunto recogen la variedad de afectos y la mezcla de culturas que a lo largo de su existencia cosechó Trudy: del cementerio de San Cristóbal de las Casas sus restos pasaron a la capilla de Na Bolom, porque durante tres días se concentraron allí personas provenientes de distintos puntos de Chiapas, de la ciudad de México e inclusive de otros países para despedirse de ella.

Más tarde, las autoridades indígenas de Oxchuc organizaron una ceremonia propia del sincretismo religioso que prevalece en distintas partes de la entidad: el escenario fue la iglesia de Santo Tomás y las velas y los refrescos embotellados, las sonajas y las cruces, los cantos de los indios y la música del arpa y de la guitarra enmarcaron el último adiós a Trudy por parte de fieles que practican de manera autóctona los dogmas de la iglesia católica, apostólica y romana.

Pero reconstruir los detalles de la aventura que después de muertos emprendieron Pancho y Trudy merecer a una crónica que rebasa el contenido de la entrevista a Gertrude Duby incluida en esta entrega de BiCentenario. Para confirmar que el paso de nuestro personaje por Chiapas concluyó de la misma manera novelada con que se había iniciado, puede consultarse el reportaje que publicó Kyra Núñez en Suisslatin (http://www.swisslatin.ch/quintasuiza-Ai??1013.htm), mientras que para conocer de viva voz los capítulos iniciales de esa novela, conviene escuchar la plática que sostuvo su protagonista con la historiadora Eugenia Meyer en 1971.

Es un testimonio oral que forma parte del Archivo de la Palabra resguardado por el Instituto Mora y del que aquí recupero algunas partes. Para facilitar su lectura he editado el texto, tratando en todo momento de respetar los argumentos e ideas que se desprenden de la entrevista y la forma de hablar y el estilo de la entrevistada. Con igual idea he construido tres grandes bloques, que sirven de ejes temáticos para recobrar fragmentos que la secuencia original de la entrevista presenta en otro orden.

Aclarados los puntos relativos al trabajo de edición, lo único que resta es dejarlos en compañía de una mujer que vivió y murió retando al mundo.

Trayectos y circunstancias:
de las montañas suizas a los Altos chiapanecos

Nací en Innertkirchen, un pueblo de Suiza donde no había luz, ni carretera, ni nada y viví un tiempo en Wiimmis, que es otro pueblo de los Alpes. Después fuimos a Berna, donde mi padre era el director o inspector de instalaciones para menores, para gente que no estaba totalmente en sus sentidos. Ahí fui a la escuela; luego de un año asistí a otra escuela en la parte francesa y después de esto fui al extranjero: a París y a Londres, donde trabajé en una casa como ayudante y dama de compañía de la dueña y escribiendo para periódicos socialistas en Suiza.

Desde el punto de vista político era totalmente reaccionaria, nada liberal. Hasta que llegué a la escuela-internado para horticultura y hubo una huelga general en Suiza, en 1918, durante la revolución rusa.

El movimiento estaba en el aire ¿no? La revolución rusa era una cosa romántica, fabulosa para la mayoría de las gentes. En Suiza había muchos cantones que eran socialistas. Es una época que ustedes no pueden entender; la gente que la vivía ya es vieja como yo.

Fui después a Italia. Hasta luché contra Mussolini y me metieron a la cárcel. Me expulsaron a Suiza donde participé en el movimiento de las mujeres socialistas y llegué a ser su presidenta. Vino el tiempo del fascismo y fui a Alemania tres o cuatro años, era la época de la lucha contra Hitler. Después hubo un congreso muy grande en Francia contra el fascismo y por la paz. Ahí tuvimos contacto con México, pero mi primera impresión de este país había sido mucho más temprana. En la escuela, por la geografía: hablar del Popocatépetl me pareció una cosa muy romántica. Un país que tenía nombres tan raros.

En 1939 me urgía ir a ayudar a salvar a la gente que estaba atrapada por Hitler, quien avanzaba más y más rumbo a Marsella. Se necesitaba juntar el dinero para conseguir la visa para los Estados Unidos. Fue así que vine con el penúltimo barco desde Génova. Tuve muchas dificultades para salir pues estaba en la lista negra de Italia.

Llegué a México durante el gobierno de Cárdenas, como inmigrante. Era una ciudad transparente, todavía se veían los volcanes, no era tan grande. Era una ciudad fabulosa. Yo tenía muchos amigos de París, los refugiados que estaban aquí. Primero trabajamos con los refugiados que llegaban de Europa, pero mi idea era salir de ello y la primera cosa que hice fue un viaje encargado por García Téllez [se refiere a Ignacio García Téllez, secretario del Trabajo y Previsión Social durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho] para ir a Jalisco, Sinaloa y Nayarit y estudiar la condición atrasada de las mujeres que trabajaban en las industrias del tabaco y del textil. Como trabajadora social debía entregar un informe y sugerir lo que debía hacerse.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Sumario #14

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

01La Diputación novohispana en las Cortes de Madrid
Carlos Cruzado Campos

02Criar hijos ajenos. Las nodrizas en México durante los siglos XVIII y XIX
Luis Ernesto Hernández Morales

03Aventuras de un diplomático en México
Ana Rosa Suárez Argüello

04Un foto-reportaje taurino en Tenango del Valle
José Francisco Coello Ugalde

05Ciudad Juárez en 1911. Un capítulo de la fotografía documental
Miguel Ángel Berumen

Fot. de Tostado, CA?rcel de BelAi??n03,  8 julio 1913 (726x800)Purgando las culpas
Martín Josué Martínez Martínez

06De cómo desde Estados Unidos se intentó llevar la Prohibición a México
Cecilia Autrique Escobar

07El Nacional Monte de Piedad: ¿una institución colonial?
Esperanza Cabrera Siles

DESDE HOY

Flota de aeronaves de AeromAi??xico (800x530)Crónica de un aeropuerto anunciado
J. Carlos Domínguez Virgen

DESDE AYER

Testimonios

6 - The Clothing Co. Fototeca Archivo Municipal de Durango (800x574)La toma de Durango: Una mirada femenina
Esperanza Rangel y López Negrete

Imágenes

08Historia de una casa
Laura Suárez de la Torre

CUENTO HISTÓRICO

Marc Chagall, birth-1910La falta de un varón
Arturo Sigüenza

ARTE

Rafael Sanzio, Spacimo di Sicilia. 1516. Museo del Prado, Madrid. (577x800)El Emmaús de Sagredo: ¿masón?
Sergio Estrada Reynoso

ENTREVISTA

Gertrude Duby, Tzotzil, San Juan Chamula Chiapas, 1946 (706x800)Retazos de una vida: Gertrude Duby
Diana Guillén

El Emmaús de Sagredo ¿masón?

Sergio Estrada Reynoso
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

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Un reducido grupo de criollos ilustrados, adheridos a la logia masónica escocesa y de filiación política conservadora, plantearon en 1843 las propuestas monetarias y culturales para poder rescatar de su inactividad a la Academia de San Carlos de México. Esta reforma estuvo sellada por una marcada inclinación religiosa; para los maestros traídos de Europa era requisito ser católico para ser contratados, pues los integrantes de la Junta de Gobierno de la Academia fueron notables políticos del partido conservador.

Otro efecto importante de la reestructuración del plantel fue que atrajo a un importante número de alumnos. Entre ellos llegó Ramón Sagredo, en el ramo de pintura, quien rápidamente se distinguió por sus buenas aptitudes en el dibujo y como una gran promesa para las artes.

Actualmente Sagredo no forma parte de las celebridades artísticas en nuestro país. Su virtual anonimato se debe a su reducida producción y a que la escuela plástica a la que perteneció fue ásperamente criticada por su marcada temática religiosa. Creemos que quizá la única manera de revalorar la producción plástica de mediados del siglo XIX sea reconocer a los artistas olvidados, desempolvar sus obras e intentar comprender su significado sin prejuicios. Es ésta la razón para analizar enseguida un interesante A?leo de Sagredo, titulado La ida a Emmaús, expuesto en el Museo Nacional de Arte.

El autor

Suele decirse que Ramón Sagredo nació en 1834 en Real del Monte, pero quizás esto no sea cierto, pues en el libro de fe bautismal que se conserva en este poblado no lo registra. Sus padres Gregorio Sagredo (empleado minero) y María del Carmen Carreño formaban un modesto matrimonio trashumante que se asentó en ese lugar y al menos engendró doce vástagos (siete mujeres y cinco varones), nacidos en diferentes poblados mineros. Creemos que Ramón vio la luz primera entre 1834 y 1837, en alguno de los muchos lugares en que sus progenitores vivieron.

La Academia de San Carlos

La Academia de San Carlos

Desde niño, Ramón manifestó gusto por la pintura. Se cuenta que antes de ingresar a la Academia de San Carlos, se instruyó en el estudio artístico que el pintor Justo Montiel montó en la ciudad de Orizaba. En Real del Monte fue amigo del famoso caricaturista masón del diario liberal La Orquesta, Constantino Escalante. Para 1852 se hallaba ya estudiando en la Academia, donde elaboró el lienzo La ida al castillo de Emmaús cinco años después, cuando tenía entre 20 y 23 años de edad. El año en que nace esta obra a la que se considera su obra maestra, fue crítico en la política mexicana; las tensiones entre liberales y conservadores eran tales que estallarían en tres años de encarnizada guerra civil, debido a la nueva Constitución política, cuya proclamación cayó como auténtico botafuego en el ánimo de ambos partidos.

Sagredo permaneció en la Academia de San Carlos durante diez años, lo que le significó un periodo de esfuerzo y estudio constantes, pues como pensionado del plantel debía cumplir con las obligaciones que le imponía su maestro Pelegrín Clavé. A él y sus compañeros les inculcó la escuela pictórica europea de los nazarenos, encabezada por el pintor alemán Johann Friederich Overbeck (1789-1869), quien junto con otros pintores aspiraban a un “renacimiento de la religión del arte”, detestaban la sensualidad en él y buscaban recrear sobre todo escenas bíblicas. Los nazarenos llevaron a tal punto sus preceptos que algunos vivieron como monjes-pintores en el convento de San Isidro de Roma. Clavé pretendía que sus alumnos fueran “sostenedores de lo moral y bello en las artes” y, en la práctica, los tenía trabajando en diversos estudios mañanas, tardes y noches. Los alumnos propiamente hacían su vida en el taller.

El ideal estético de la época era el romanticismo clasicista, el cual mezclado con los ideales nazarenos introducidos por Clavé, de origen catalán, resultaron en la escuela artística que en ese tiempo se denominó Escuela Moderna Mexicana. Ésta, que hoy en día podríamos llamar Escuela Clavelianatuvo gran aceptación por ir acorde con el pensamiento de gran parte de la sociedad de mediados del siglo XIX. Sus características formales fueron básicamente los colores crudos y brillantes, la corrección en el dibujo, el amaneramiento al estilo del pintor Dominique Ingres, las temáticas bíblicas y el sentimiento mostrado con una dulce afectación romántica que agradaba mucho a los espectadores.

Detalle de "La ida a EmmaA?s" de RamA?n Sagredo

Detalle de “La ida a Emmaús” de Ramón Sagredo

Ramón Sagredo fue esmerado en sus estudios, pero también muy inquieto. Sabemos que era cercano a los ideales liberales de la época, de familia católica, pero convertido al protestantismo, tal vez influido por los ingleses metodistas que se asentaron en Real del Monte, y que posiblemente fue masón. Tampoco permaneció ajeno a los hechos políticos de su tiempo. Por un tiempo, hubo incluso quejas asegurando que tan sólo asistía al plantel a trastornar el orden de las clases y distraer a los demás alumnos con sus pláticas. Dato curioso es que en 1857 entregara a la dirección de San Carlos un certificado médico, el cual le prescribía no asistir a clases nocturnas, pues debía reposar para que una herida en la garganta, infringida por el disparo de un fusil, le cicatrizara correctamente.

Al terminar sus estudios, no encontró fortuna como pintor, por lo que asumió el oficio de fotógrafo como medio de subsistencia. En una ocasión concursó para que le fuera otorgada la plaza de profesor de dibujo de ornato en la Academia, la cual, según él, no le fue dada debido a que tenía una forma de pensar diferente a quienes dirigían San Carlos y porque el concurso de oposición estuvo amañado por directivos y profesores, quienes eran de “ideas atrasadas”. ¿Se le habrá negado acaso por su postura religiosa protestante?

Tiempo después, su espíritu soñador y bohemio le hizo prendarse de una hermosa tapatía llamada Maura Ogazón, hermana del gobernador de Jalisco, de quien se cuenta enloqueció a más de un romántico de la época. Ambos se hallaban casados cada uno por su parte. Al taller fotográfico que Sagredo había montado en el núm. 2 de la calle de Santo Domingo, Maura acudía a diario haciéndose retratar en todas las actitudes posibles, él le ofrecía champaña y pastelillos y continuamente le amenazaba con suicidarse a sus pies, razón por la cual ella condescendía con frecuencia.

Sin embargo, el fotógrafo-pintor acabó por quitarse la vida, tras varios intentos, el 2 de junio de 1870, después de ingerir una dosis mortal de cianuro. Se dijo entonces que el motivo fue una “infausta pasión amorosa”; a decir de su íntimo amigo Manuel Ocaranza, se debió a la inagotable acumulación de infortunios, privaciones y decepciones que desbordaron el vaso lleno de los sufrimientos que eran su vida.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Historia de una casa

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

…que ahí espantaban. Decían que don
Valentín salía todas las noches en su carruaje,
por un rincón del lado derecho de la casa….

Siglo XIX

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Vivía en la Calle del Indio Triste en pleno corazón de la ciudad de México. De ahí salía a trabajar como diputado por Zacatecas, senador o vicepresidente de la república. Al igual que muchos otros mexicanos, buscaría tener una casa de campo en los alrededores de la ciudad. En Mixcoac, ese pueblo “risueño y florido de aire saludable”, que despertaba todas las mañanas con las campanas de sus iglesias, la de San Juan Evangelista y la de Santo Domingo, allí, Valentín Gómez Farías compró un inmueble del siglo XVIII con corral y caballeriza, pozos para el agua, chimeneas que paliaban el frío y una huerta de hermosos árboles frutales que daban duraznos y peras y compartían el terreno con los cedros y las magnolias. Era una “casa solariega para el verano” que había “adquirido por 2 750 pesos” y se encontraba en “malas condiciones”, pero le serviría de remanso frente a los problemas políticos, financieros y de salud que le acosaban. Fue la casa que lo esperaba en 1845 tras su exilio en Estados Unidos, entre Nueva Orleans y Filadelfia. A ella se trasladó con su esposa Isabel y sus cuatro hijos, Fermín, Ignacia, Benito y Casimiro. Él cumplía en la ciudad con sus compromisos políticos, mientras la familia pasaba sus días en el barrio de Maninaltongo frente a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, nombrada de San Juan, en el pueblo de Mixcoac. Allí Isabel se ocupaba de ordenar todo lo necesario para que la cotidianidad familiar fuera placentera.

En agosto de 1847 la vida del pueblo se alteraría pues las tropas estadounidenses sentaron allí sus reales. La casa fue saqueada… y quedaron como mudos testigos los muros altos y anchos de los salones, el comedor, la cocina, de la sala y las recámaras. Hubo que repararla…

Valentín Gómez Farías, el impulsor de las reformas liberales que por su carácter laico causaron tanta inquietud en la sociedad, fue enterrado en la huerta de la casa en 1858.

El Mixcoac pueblerino se fue abriendo a la modernidad que se iría instalando lentamente alrededor de la plaza que alguna vez tuvo un quiosco. Los maizales quedarían sin siembra. El tranvía pasaría enfrente de la plaza y las calles tomarían nombres nuevos. El alumbrado eléctrico llegaría poco a poco; las pulquerías perecerían ante el embate de las bebidas modernas como las cervezas. La ladrillera Noche Buena daría paso al parque Hundido, la tierra de las calles se convertiría en asfalto y los vecinos antes todos conocidos ya no lo serían porque las viejas y sencillas casas irían desapareciendo a lo largo del siglo XX, demolidas por el crecimiento urbano que hizo del antiguo pueblo una colonia al sur de la ciudad de México con nuevas casas y edificios. No obstante, la transformación del espacio, la casa permanecería como refugio veraniego para los descendientes de los Gómez Farías (los Uhink y los Vártizai) aunque con el paso de los años cambiaría su función…

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Siglo XX

Esa casa, otrora de campo, sería, a partir de 1976, el sitio elegido para establecer la fundación Bibliotecas Mexicanas, A.C. El gobierno mexicano la adquirió con el propósito inicial de depositar en ella el acervo bibliográfico de la biblioteca José Ignacio Conde. Más tarde, en 1981, por decreto presidencial de José López Portillo, se asentaría en ese espacio el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, nombre de otro connotado liberal. Su misión: “desarrollar investigaciones científicas en el campo de la historia y de otras ciencias sociales”. Los profesores-investigadores y especialistas tendrían, a partir del fondo José Ignacio Conde, una biblioteca dedicada a las ciencias sociales. De esta manera, la vieja casona de la plaza de San Juan albergó al nuevo instituto. En ella se instalarían algunos espacios para los investigadores; el antiguo salón, con los años, se convertiría en una moderna librería. La amplia huerta conservaría algunos de sus frondosos árboles y se transformaría en un bello jardín que daría un toque especial a la institución… Al fondo, en lo que era la huerta, se construyó un proyecto arquitectónico y académico que revelaba el interés por engrandecer a la institución.

La toma de Durango: una mirada femenina

Esperanza Rangel y López Negrete

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

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Después del golpe militar de Victoriano Huerta y el asesinato del presidente Francisco I. Madero, en febrero de 1913, la insurrección contra el nuevo gobierno cundió en gran parte del país. En Durango se propagó la agitación social que prevalecía en algunas A?reas rurales, igual que como había ocurrido en 1911 durante la revolución maderista, cuando cayó el régimen de Porfirio Díaz.

Los mismos caudillos de aquel entonces volvieron a tomar las armas contra el gobierno huertista, como Calixto Contreras y Severino Ceniceros, defensores de los pueblos que luchaban por sus tierras en Cuencamó; Orestes Pereyra y sus hijos, en la Comarca Lagunera, así como los hermanos Arrieta y los Pazuengo, procedentes de la región serrana.

Todos estos contingentes que se formaron en las diferentes zonas de operaciones para lanzarse nuevamente a la lucha, hicieron un primer intento por tomar la capital del estado en abril de 1913, pero fueron rechazados por la guarnición del ejército federal, auxiliada por fuerzas irregulares y por voluntarios de la Defensa Social, cuerpo militar que se había formado a instancias de conocidos hacendados y empresarios residentes en la capital, con el fin de defender sus hogares del ataque de los rebeldes.

En espera del segundo asalto de los revolucionarios, la ciudad fue fortificada y a los voluntarios de la Defensa Social se les envió como guardias civiles para patrullar las calles y ocupar los fortines levantados en puntos estratégicos, en algunos edificios comerciales y en las torres de las iglesias con el fin de responder al ataque.

Los distintos grupos revolucionarios, cuyos jefes acordaron unificarse bajo el mando del general Tomás Urbina, iniciaron el asalto la noche del 17 de junio de 1913. Al día siguiente la ciudad cayó en su poder. La guarnición federal evacuó la plaza y antes del anochecer el pueblo se desbordó cometiendo todo tipo de desmanes en casas particulares abandonadas por sus moradores y en los principales comercios, los cuales después de haber sido saqueados, fueron incendiados.

Esta victoria, que tuvo un gran significado para la revolución constitucionalista por ser la primera capital que Victoriano Huerta perdía para siempre, sería registrada en la historia como uno de los episodios más violentos y devastadores que sufrió una ciudad durante la lucha armada.

Sobre la toma de Durango escribieron diferentes testigos presenciales que dieron cuenta de aquellos acontecimientos: Algunos revolucionarios que participaron en el ataque explicaron la violencia como una cadena de represalias justificadas por el pueblo que se sentía legitimado para ello ante “los malos tratos” y “tiránicos abusos” de los ricos que contribuyeron a mano armada para sostener al “gobierno usurpador”. Asimismo, narraron aquel suceso otros civiles, que presenciaron los desmanes y los calificaron como la manifestación de un ajuste de cuentas por los agravios cometidos por “la clase alta” que decidió armarse formando la Defensa Social. Un brigadier del ejército federal que participó en el encuentro dio su versión de los hechos en un detallado Memorándum que envió al secretario de Guerra, denunciando los desórdenes y elogiando la patriótica ayuda de los voluntarios; y el cónsul de Estados Unidos informó a su gobierno los pormenores del ataque.

El testimonio inédito que presentamos a continuación es una versión más de los hechos. Es el relato de una mujer perteneciente a una conocida familia duranguense, atenta a los acontecimientos de su tiempo e interesada en dejar memoria de lo que presenció y vivió durante aquellos días de terror.

Esperanza Rangel y López Negrete fue hija del hacendado Luis Rangel Saldaña y de Refugio López Negrete Gurza. Nació el 20 de septiembre de 1877 y vivió sus primeros años en la hacienda durangueña Juana Guerra hasta 1900, cuando a la muerte de don Luis, su viuda vendió la finca y se trasladó a la capital del estado con sus ocho hijos, cinco hombres y tres mujeres.

Esperanza escribió sus impresiones de los años más difíciles de la Revolución en Durango y conservó el manuscrito hasta el día de su muerte, acaecida en 1956. El documento, titulado “Datos curiosos”, fue rescatado por la señora Concepción Rangel Pescador, su sobrina nieta, y contiene la narración de cómo vivieron los duranguenses esos años de la lucha armada.

El siguiente fragmento se refiere a los días en que la ciudad fue tomada a sangre y fuego por los revolucionarios.

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

El 11 de marzo de 1913 fue cortada la comunicación entre Durango y Torreón, y no se reanudó hasta el 7 de octubre, después de haber caído ambas plazas en poder de los maderistas. En todo este tiempo, solo se pudo hacer llegar un tren con mercancía. El primer ataque a esta plaza empezó el 23 de abril, siendo derrotado el enemigo y rechazado por completo el viernes 25, terminando el combate a las 10 de la mañana. A esa hora entraron a la población parte de las fuerzas (irregulares) de Cheché Campos, que venían a reforzar la guarnición de esta plaza y el resto de las fuerzas, entraron el domingo 27 a las 11 de la mañana.

Era jefe de las armas en esta plaza D. Antonio Escudero, general de triste memoria para todos los durangueños, como también el gobernador Jesús Perea, que de acuerdo con el general Escudero, entregó, según la creencia general, la plaza de Durango…

Esperanza Rangel en medio de sus hermanas Lupe y Rita

Esperanza Rangel en medio de sus hermanas Lupe y Rita

Se organizó un cuerpo de Defensa Social compuesto por todos los señores y jóvenes de la sociedad, siendo el presidente de este cuerpo D. Julio Bracho, y el jefe militar, primero Morelos Zaragoza y después Vega Roca.

Los miembros de este cuerpo dieron sus servicios como verdaderos soldados, yendo a los fortines y dando servicio de patrullas, rondas, etc., El tiroteo del último ataque empezó a las once horas y veinte minutos de la noche del martes 17 de junio, pero como se introdujeron revoltosos a la plaza desde antes, los gritos y balazos eran adentro de la población, aumentando el horror de las familias la circunstancia de estar solas en sus casas, pues todos los señores estaban en los fortines, o dando servicios que los jefes les seAi??alaban. En los combates del primer ataque murieron tres de la Defensa Social…

En el segundo ataque huyeron la mayor parte con los federales, muriendo a manos de los revoltosos Emilio Bracho… y otros desconocidos, otros de los de la Defensa se refugiaron en sus casas o en algunas casas pobres, en los templos, en el Arzobispado, en el Seminario y en las casas de los sacerdotes…

En el Arzobispado se refugiaron muchas familias y voluntarios. El señor arzobispo don Francisco Mendoza y Herrera dio orden de que a todo el que quisiera entrar se le abriera la puerta, pues todos eran sus hijos, y allí entraron voluntarios, algunos de ellos con la insignia de la Defensa Social que era una banda tricolor con el Águila Nacional prendida en el brazo izquierdo; y armados con sus rifles y cartucheras, que fueron enterrados en el huerto del arzobispado; unas y otras las ocultaron en la noria y en las caballerizas. Inmediatamente el señor arzobispo, acompañado del padre Ramírez, fueron al cerro de los Remedios, primera posición tomada por los revoltosos y a (la hacienda de) Tapias donde se hallaban los otros jefes a pedir que se respetara la vida de los voluntarios y el honor de las familias, prometiendo que las respetarían.

Todo el día hubo balaceras y bombazos por las calles, y en la noche siguió peor, aumentando el horror de la situación la carencia absoluta de luz, pues no se vía más que la que producían los incendios. A la hora del rosario asaltaron un grupo de revoltosos borrachos el arzobispado descargando sus rifles sobre la puerta y al mismo tiempo otros tiraban por la azotea a las puertas de la capilla llena de voluntarios, señoras y niños, repitiéndose eso por dos noches. Fueron incendiadas las tiendas de El Castillo, El Pescador, La Corbeta, La Baja California, La Suiza, la Durango Clothing Company, La Francia Marítima, El Centenario con los portales de la Cruz Roja y la casa del convento de las carmelitas que fueron a refugiarse al templo de San Agustín, llevando al Santísimo Sacramento la madre superiora. El resto de las casas de comercio y casi todas las casas particulares fueron más o menos saqueadas, abriéndolas los revoltosos con balazos que pegaban en las chapas de los zaguanes, uno de esos tiros mató al padre Martínez, al pasar por el zaguán de una casa contigua al seminario, y comunicada con éste por un agujero, comunicación que se puso casi en todas las casas con los vecinos para auxiliarse mutuamente los vecinos en caso de apuro. El padre Martínez vivió algunas horas y murió en el seminario con todos los auxilios espirituales, siendo sepultado en el huerto del mismo seminario. Entre las casas de comercio incendiadas había casas habitación y hoteles a los que se comunicó el fuego destruyéndolos totalmente como el Café de la Unión, o nomás una parte, como la casa de Pepa L. de López, donde había un hotel, y que se incendió nada más una parte.

Además de la falta de luz, faltaba también el agua en las llaves y como había aglomeración de gente en algunas casas y no se podía salir a la calle, pronto se dejó sentir la carestía de lo más necesario, pasando casi todas las familias el día de la toma, sin comer ni cenar. Al día siguiente y con muchos trabajos empezó a conseguirse algo en el arzobispado. Según algunas personas que tuvieron la curiosidad de contarlo, había cerca de trescientas personas, estando entre ellos, la familia Curbelo…, la de Manuel Urquidi, la de don Rafael Bracho…, la del ingeniero don Manuel Rangel… la de don Antonio Rangel, Ignacio Rangel y hermanas, Ángel del Palacio…, la señora Angelita Flores (viuda del que fuera gobernador de Durango) fue disfrazada de monja carmelita a arreglar asuntos con su señora, quedándose después allí de incógnita sin salir de la sala para nada… Estaban las familias más conocidas… y muchos miembros de la Defensa Social, algunos desconocidos y otros que no me acuerdo… Entre los de la Defensa que huyeron con los federales cogieron los revoltosos algunos prisioneros que estuvieron a punto de ser fusilados… algunos para librarse de las persecuciones se disfrazaron de maderistas y andaban con los demás revoltosos.

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Crónica de un aeropuerto anunciado

J. Carlos Domínguez Virgen
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Vista aAi??rea de las pistas del AICM en 1990

Vista aérea de las pistas del AICM en 1990

El actual Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) fue inaugurado en 1952 cuando la población de la capital era de tan solo tres millones de habitantes y la economía de México era doce veces más chica. Hoy, sesenta años después, es evidente que las necesidades de infraestructura han aumentado de manera considerable. Con una población que supera los 21 millones, incluidos los municipios conurbados y actividades económicas que representan cerca del 30% del total nacional y un voluminoso intercambio con el exterior en términos de carga y pasajeros, la demanda de tráfico aéreo también se ha multiplicado con gran velocidad y requiere de infraestructura de transporte que garantice el movimiento de entre 20 y 30 millones de usuarios al año. Sin embargo, la capacidad del AICM ha permanecido estancada durante todo este tiempo al punto de estar completamente saturado en épocas de mayor demanda como las vacaciones de verano. Aunque se han hecho ajustes menores, no se ha aumentado el número de pistas y la capacidad de largo plazo sigue siendo de hecho la misma. ¿Qué implica esto? En pocas palabras, un mayor riesgo para la seguridad aérea y mayor costo para los usuarios en cuanto a retrasos y tiempos de espera.

El aeropuerto postergado

El aeropuerto postergado

¿Por qué? no se ha solucionado este problema? La respuesta requiere de una breve crónica sobre un proyecto que ha sido estudiado muchas veces, pero que nunca ha encontrado el campo fértil y la coyuntura adecuada para su instrumentación. Por ejemplo, en 2002 la administración del presidente Vicente Fox Quesada promovió la construcción de un Nuevo Aeropuerto Internacional en la Ciudad de México (NAICM) en los municipios conurbados de Atenco y Texcoco. Desafortunadamente, las negociaciones con las comunidades afectadas fracasaron y la oposición al proyecto derivó en movilizaciones, algunas de carácter violento, por parte de grupos campesinos, organizaciones no gubernamentales, partidos políticos y otros grupos externos que no eran afectados directamente por el proyecto. La iniciativa de construir el nuevo aeropuerto fue finalmente cancelada en agosto de 2002.

Lo que pocos saben es que la propuesta del NAICM no fue una ocurrencia que apareció en la agenda del gobierno de la noche a la mañana. Este tipo de proyectos tienen normalmente una historia muy larga y reflejan luchas sociales y políticas de largo plazo. A través del tiempo los proyectos se van reconfigurando como resultado, entre otros factores, de transformaciones en el contexto sociopolítico, cambios en los valores y criterios de política pública, así como la evolución de los propios problemas que estas iniciativas pretenden resolver. En este sentido, vale la pena hacer un recorrido histórico para entender los antecedentes del proyecto y el origen de algunas condicionantes y obstáculos a los que se enfrentó el gobierno federal a la hora de anunciar el proyecto en 2001.

Echeverría y el aeropuerto en Zumpango

El problema de la limitada capacidad operativa del AICM, también conocido como Aeropuerto Benito Juárez, fue visualizado y analizado por primera vez durante los mandatos de los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría Álvarez (1970-1976). Ya desde entonces se había pronosticado que el número de operaciones aéreas crecerían hasta superar la capacidad anual de la infraestructura actual y que era necesario implementar una solución de largo plazo.

En este sentido, la principal propuesta era construir un nuevo aeropuerto en el A?rea de Zumpango, estado de México. Dicho proyecto significaba la relocalización completa del AICM y una enorme inversión para desarrollar un nuevo aeropuerto en un sitio que se encontraba relativamente cercano a la ciudad. Una segunda alternativa era la construcción de una nueva pista sin que esto implicara la relocalización del aeropuerto existente. Esta última opción era factible en la década de los 70 porque existía una considerable reserva territorial alrededor del actual AICM que no había sido cubierta por la mancha urbana.

La opción de Zumpango era defendida por un grupo político encabezado por la entonces llamada Secretaría de Obras Públicas (SOP), cuyo titular era el ingeniero Luis Enrique Bracamontes. Esta coalición se basaba en el argumento de que el aeropuerto existente debía ser relocalizado completamente al área de Zumpango porque éste era el sitio más cercano al centro de la demanda que además cumplía con las especificaciones técnicas de aquella época. Sin embargo, un segundo grupo era liderado por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), a cargo del ingeniero Eugenio Méndez Docurro. Esta coalición se basaba en que la infraestructura existente podía ser usada una década más, siempre y cuando se hicieran algunas mejoras menores.

Por supuesto, la fuerte competencia entre ambas secretarías no sólo se basaba en argumentos técnicos válidos sino en sus intereses particulares como dependencias del gobierno federal. En este caso, la SOP era encargada de desarrollar la nueva infraestructura de comunicaciones y transportes y por tanto, la construcción del nuevo aeropuerto en Zumpango implicaba que fuera la dependencia que dirigiría y se beneficiaría más de dicho proyecto. Por otro lado, la SCT estaba a cargo de la operación de la infraestructura de comunicaciones y transportes y la construcción de un nuevo aeropuerto tenía en sí poca importancia para los representantes de este sector. Mejorar y mantener la infraestructura existente por algún tiempo estaba más en línea con sus intereses institucionales.

Esta lucha se acentuó en el contexto de la transición presidencial que prevalecía en México durante la década de 1970, cuando el siguiente candidato del PRI a la presidencia era seleccionado de entre los miembros del gabinete al final de cada sexenio. Sin duda, un proyecto de política pública tan visible como el NAICM tenía el potencial de incrementar significativamente el capital político del secretario de Obras Públicas. De hecho, algunos ex-funcionarios de la época señalan que Luis Enrique Bracamontes, titular de esta dependencia entre 1970 y 1976, a menudo era mencionado como “presidenciable”. No queda claro si la cancelación del proyecto en Zumpango contribuyó a minar sus aspiraciones en el largo plazo. Sin embargo, no hay duda de que el proyecto aeroportuario hubiera significado un triunfo político que no era nada trivial.

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El Nacional Monte de Piedad ¿una institución colonial?

Esperanza Cabrera Siles

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

El Monte de Piedad no me lo toquen,
porque es el banco de los pobres.

¿Francisco Villa, 1910?

Casa Matriz del Monte de Piedad en 1945 al cumplir 195 aAi??os

Casa Matriz del Monte de Piedad en 1945 al cumplir 195 años

Es muy común escuchar acerca del Monte de Piedad como de un sitio al que se puede acudir para obtener dinero dejando en prenda algún objeto. Es también muy común que la gente acuda a él con la esperanza de salir de apuros económicos. Allí se empeñan joyas, libros, muebles, obras de arte y además se ofrecen aquellas piezas que ya no se rescataron y pueden ser adquiridas por quienes se interesen en ellas. Sin embargo, muy poco se sabe de cómo surgió el Nacional Monte de Piedad, institución que tiene una historia de muchos años. A continuación veremos algunos de los rasgos más representativos de su historia, una historia que se remonta a la Europa renacentista y en España adquiere una fisonomía propia que es la que se heredará a la Nueva España.

Para empezar

En Europa, los capitales estaban en la Edad Media en manos de judíos, que practicaban la usura y acostumbraban a cobrar intereses cercanos al 100%, práctica que incomodaba a quienes acudían a ellos, pues no sólo debían el préstamo sino que se veían obligados a pagar los altísimos intereses impuestos por los usureros. Para el siglo XV, la situación pesaba demasiado y orilló a buscar una solución. Así, el primer Monte de Misericordia de que se tiene conocimiento se fundó en Perugia en 1462 (la voz Monte equivalía en italiano a banco). El ensayo tuvo gran éxito y otras ciudades italianas siguieron su ejemplo pues quienes solicitaban dinero ya no se veían enfrentados a pagar altos réditos. Fue en 1491, cuando en Padua se fundó el primer Monte de Piedad, nombre tomado de su advocación a la Virgen de la Piedad. Esta práctica de préstamo a través de esta institución se fue popularizando en Italia y, con el tiempo, pasó a otros espacios europeos. En Francia, en Aviñón, se fundó uno en 1577, cuando era territorio papal. Hubo varios intentos al empezar el siglo XVII, pero se concretaron más tarde: Montpellier, 1768; París, 1777 y Marsella, 1799. Y a diferencia de lo que acontecía en Italia y Francia, en otros países como Inglaterra, Alemania o Austria, el préstamo sobre prendas siguió siendo libre, de modo que no hubo Montes de Piedad como instituciones oficiales.

Las raíces del nuestro

En España, el primer Monte fue el de Madrid, inaugurado en 1702. Luego siguieron los de Barcelona, Salamanca, Granada y otros.

 

Billete del Nacional Monte de Piedad

Billete del Nacional Monte de Piedad

En la Nueva España, los orígenes del Monte de Piedad se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII, tiempo en que se decretaron nuevas fundaciones, como el Real Colegio de Minería, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, la Real Lotería, el Colegio de las Vizcaínas, etcétera, que curiosamente han sobrevivido al paso de los años para llegar “más o menos modificados” hasta nuestros días.

Fue el rey Carlos III de España quien autorizó el Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas, al aceptar el ofrecimiento de don Pedro Romero de Terreros, Caballero de la orden de Calatrava y Conde de Regla, de donar trescientos mil pesos para establecer un Monte.

Romero de Terreros había nacido en España en 1710. Llegó a la Nueva España al dirigir los negocios de su tío materno. Un minero de Pachuca lo invitaría a asociarse con él. Más tarde, ya como dueño de las minas de Real del Monte de Pachuca, tuvo tanto éxito al hallar un riquísimo yacimiento que su fortuna creció hasta convertirse en una de las más grandes del continente. Tuvo una inclinación filantrópica que lo llevó a abrir su bolsa para dar donativos extraordinarios a conventos, hospicios, colegios y particulares que le pedían ayuda. Inspirado en el ejemplo de los montepíos italianos y españoles, en 1767 solicitó la venia del rey para la fundación de un montepío en la Nueva España. Mucho tardaron en responderle, hasta que al fin, en Cédula Real firmada en Aranjuez, Carlos III le autorizó la fundación del Monte de Piedad el 2 de junio de 1774.

Éste entraría en servicio el 25 de febrero de 1775 (fecha oficial de fundación) con el nombre de Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas. Se ubicó en el Colegio de San Gregorio, antiguo convento jesuita de San Pedro y San Pablo (hoy calle de San Idelfonso), inmueble elegido por tener espacio para todo, aun para viviendas de los empleados, además de una capilla con la advocación de la Purísima Concepción.

Como Monte de Piedad de Ánimas que era, la institución no sólo tenía por finalidad ayudar a los hombres de la tierra, sino también contribuir a la salvación de sus almas. En el artículo primero de sus estatutos hay una síntesis de sus características y objeto:

Los Montes de Piedad son unos establecimientos en que existe un fondo o cúmulo de caudal, caritativamente reunido y destinado para que, recurriendo a él los necesitados, experimenten el alivio de ser socorridos en sus urgencias privadamente y sin usura, dejando en prenda o empeño alguna alhaja de valor excedente a la cantidad que reciben; y debiendo, cumpliendo el determinado plazo de tiempo para que se les presta, acudir a desempeñar, o consentir se le venda, bien con la más escrupulosa justificación, a fin de que reintegrado el mismo Monte (en cuyo caso se entrega a los respectivos dueños el residuo que tal vez sobre) se repita incesantemente el socorro de otras necesidades.

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De cómo desde Estados Unidos se intentó llevar la Prohibición a México

Cecilia Autrique Escobar
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Si el consumo de licor sigue a este paso, Estados Unidos no será nada mejor que una nación de borrachines”, comentará un profesor de la universidad de Harvard al ex presidente Thomas Jefferson en 1821. Se cuenta que era común que las familias iniciaran el día con un “trago generoso” de alcohol (incluidos los niños), “para aguantar las demandas del mundo y evitar los ataques de mal humor”. Más tarde Abraham Lincoln diría: “el licor intoxicante era usado por todo el mundo, repudiado por nadie y entraba en el primer respiro de un infante y en el último pensamiento del moribundo”.

La cantina con la barra mA?s larga del mundo

La cantina con la barra más larga del mundo

El alcoholismo llegó a ser una preocupación pública tan seria que desde épocas tempranas de la república independiente distintos grupos se dieron a la lucha de moderar el consumo del licor y más tarde de prohibirlo. Algunos de estos grupos tratarían de extender su influencia al país vecino del sur durante los años de la Prohibición, esto es, de 1920 a 1933, cuando en la Constitución de Estados Unidos se proscribió la producción, la venta y el tráfico de “bebidas intoxicantes”. El proceso era la culminación de una lucha de muchos años, en la que habían tomado parte distintos organizaciones protestantes “los primeros fueron los metodistas en 1826 y sobresalieron también los bautistas” que pensaban que el alcohol era dañino para el hombre y tomarlo no causaba más que consecuencias negativas en el trabajo, la familia y la sociedad. Sustentarían estas ideas en investigaciones científicas y pretenderían educar a la gente sobre los males producidos, pero también se propondrían cambiar las leyes para limitarlo o prohibirlo.

El movimiento contra el alcohol coincidió con muchos cambios que transformaron a la sociedad estadounidense. Desde finales del siglo XIX, la inmigración masiva multiplicó la población, lo cual implicó el arribo de costumbres distintas respecto al alcohol (por ejemplo, entre los irlandeses y los alemanes para quienes es parte de su cultura), al tiempo que se daba un proceso de industrialización importante que contribuyó al crecimiento de las ciudades y tenía lugar una gran migración hacia el Oeste de gente que iba en pos de nuevas oportunidades. Todo esto fue cambiando tanto los valores como las instituciones tradicionales (familia, religión y sentido de comunidad) y provocó gran incertidumbre en la sociedad, lo que llevó a su vez a un gran incremento en el consumo de bebidas alcohólicas, sobre todo en lugares públicos como las cantinas, y el exceso fue tan notable que fueron muchos los que exigieron una solución.

Embotelladores clandestinos

Embotelladores clandestinos

Ilustremos lo anterior con algunos datos. Si en 1850 los estadounidenses bebían 136 millones de litros de cerveza al año (10.2 litros por persona), para 1890 la cantidad era de 323 millones de litros (30 litros por persona). Si bien la población se había triplicado en ese periodo, el consumo de cerveza creció 24 veces y esto sin contar el consumo de licores. El número de cantinas también aumentó visiblemente pues en 1870 había 100 mil en todo el país y en 1900 la cifra era de 300 mil.

Las ligas femeninas fueron otros grupos interesados en cambiar las reglas relativas al alcohol pues las mujeres eran las más afectadas al ver como los salarios de los maridos “se iban en la botella”, quedando las familias desprotegidas y sumidas en la pobreza. De ahí que lucharan por adquirir el derecho al voto para así ser parte de la vida política nacional y poder clausurar las cantinas.

A las organizaciones religiosas y de mujeres se sumaron los grupos políticos de orientación progresista, los cuales enarbolaban además otras causas sociales tales como la reforma de las condiciones laborales de los obreros, la prohibición del trabajo infantil, el impulso de la salud pública y la mejoría de las condiciones de pobreza, entre otros objetivos.

Movimiento femenino por la templanza

Movimiento femenino por la templanza

De tal modo, el movimiento a favor de la Prohibición fue cobrando fuerza. Surgieron instituciones como el Partido Nacional Prohibicionista (1869), la Unión de Mujeres Cristianas Temperantes (1874) y la Liga Anticantinas (1893), que buscaban reformar a la sociedad a través de leyes y educación. La última fue la más poderosa porque consiguió apartar el asunto de otros temas y utilizó estrategias políticas muy eficientes, tales como intimidar a los políticos, obligándolos a tomar una postura al respecto. También manejaban a las minorías que podían definir una elección e impulsaban a los candidatos locales para que fueran los propios condados los que votaran si cerrar o no sus cantinas, además de que tenían ocho imprentas que empleaban para su propaganda y sus campañas.

Conseguían recursos económicos a través de pequeñas contribuciones de las congregaciones de las iglesias protestantes con presencia en todo el país y de algunos industriales como Henry Ford o John D. Rockefeller, quien aportaba el equivalente al diez por ciento del dinero recaudado por la Liga. Los industriales favorecían la regulación del licor pues veían una relación directa con la eficiencia de los obreros en el trabajo. El poder de la liga llegó a ser tal que se dice que Wayne Wheeler, su estratega, influyó en seis Congresos y dos presidentes y mantuvo el equilibrio de poder entre los partidos Republicano y Demócrata.

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Purgando las culpas

Martín Josué Martínez Martínez
Facultad de Filosofóia y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

Para nadie era un secreto: todo aquel que osara oponerse a los designios de las autoridades terminaría preso en alguna de las múltiples mazmorras que servían para quebrantar los ánimos. Se había llegado a una época de total intolerancia debido a la serie de manipulaciones tejidas en torno al artículo 7° constitucional referente a la libertad de imprenta, proclamada durante el gobierno de Manuel González, acción que sirvió, entre otras cosas, para sustentar el régimen autoritario de Porfirio Díaz.

Hoy renunciarA? el General DAi??az

Hoy renunciará el General Díaz

La prensa se vería cada vez más limitada en las últimas décadas del siglo XIX, al grado de generarse una situación tan difícil que cualquier crítica sobre la administración era tomada como sediciosa. Periodistas, familiares y trabajadores de las imprentas eran presa de las acciones autoritarias del gobierno, se les recogía las prensas, el material de trabajo (considerado como instrumento del delito) y podían pasar meses encerrados en la Cárcel General de Belén con el calificativo de presos políticos, incluso antes de que les fuera dictado el veredicto. La espera se volvía tortuosa, así que cualquier sentencia tanto de libertad como de condena era cien veces mejor que la eternidad misma sin respuesta alguna.

Filomeno Mata, director del Diario del Hogar, hombre orgulloso de dirigir uno de los periódicos independientes más conocidos en la capital mexicana, tenía todo esto por bien cierto, pues lo había vivido en carne propia. No era la primera vez que se encontraba preso en ese infierno dantesco de Belén por publicar algún artículo que no fuese del agrado de los gobernantes del país. Después de contar treinta ingresos a prisión llegó no sólo a perder la cuenta, sino a darle importancia, entendió que era la única forma en que la administración de su viejo amigo Díaz podía enfrentar los ataques de gran parte de la población, cada día más inconforme por la situación de injusticia que atravesaba el país.

CA?rcel de Belen

Cárcel de Belén

Las visitas forzadas a la cárcel lo habían vuelto más duro. Su ánimo no decayó, sabía que sólo mediante la escritura y la difusión de las idea podría lograr que en la república rigieran instituciones democráticas, privilegiándolas por encima del prestigio de algunos cuantos hombres que, por medio de las leyes, habían modificado todo a su antojo.

Su última estancia en prisión fue de las más difíciles, contaba ya con sesenta y cuatro años de edad y el tiempo había hecho sus estragos sobre él, además de que los sentimientos propios de la vejez se apoderaban de su espíritu. Una mañana de enero de 1910, cuando se encontraba desayunando como de costumbre con su esposa Alejandra Alatorre de Mata, recibió de parte de su hijo Rafael la noticia de que se había levantado un nuevo proceso en su contra. Esta vez, el motivo era un artículo publicado el 22 de diciembre de 1909, en el que defendía al periodista Alfonso Peniche, condenado por difamación a pasar cuatro años de cárcel en las islas Marías, y en el que advertía a la prensa independiente acerca del futuro desolador que le esperaba a quien no tratara de frenar a la despótica administración que se erigía en violadora de los derechos del hombre. Sin terminar sus alimentos, tomó entre los brazos a su mujer y tiernamente se despidió de ella. Alejandra, acostumbrada a estos amargos momentos, también había aprendido a ser dura y, aunque por dentro se deshacía, no soltó una lágrima. Consciente de la justicia con que su marido actuaba, lo apoyaba en todo.

En la cA?rcel de Belen, 1910

En la cárcel de Belén, 1910

Mata salió sin demora a su imprenta ubicada en la calle de Betlemitas, para que, por medio de un alcance, se diera a conocer la nueva injusticia a los lectores. Dura fue la sorpresa cuando al llegar a la Tipografía Literaria no encontró a sus trabajadores desempeñando su labor de costumbre, sino que lo que reinaba eran el desorden, el caos y la incertidumbre. Los periódicos ya habían sido impresos y los obreros que acudieron recogieron sus pertenencias por oponerse rotundamente a incorporar el alcance a fin de evitar represalias para ellos. En un principio, Mata se sintió decepcionado, pero entendió que muchos tenían familia que los esperaba en casa. Suspiró con resignación, tomó uno de los diarios en su mano y vio la fecha: 15 de enero de 1910; el Diario del Hogar se tomaría una larga pausa forzada.

Al poco rato, los trabajadores que habían asistido se retiraron. El lugar quedó semivacío, sólo Filomeno con su hijo Rafael. En medio del desastre, de súbito sonaron golpes en la puerta, no sintieron miedo pues conocían perfectamente el llamado de la policía secreta, sabían cuál era su destino y más les valía cumplirlo, así que decidieron dar la cara y demostrar su inocencia. Bajaron lentamente las escaleras desde la oficina administrativa, no iban siquiera a la mitad del camino cuando escucharon otros golpes, esta vez con más fuerza y gritos: “¡Filomeno Mata, Filomeno Mata!, ¡salga, sabemos que está aquó, no nos haga tumbar la puerta!”.

Cuando se encontraron en la calle, el aire rozó bruscamente su amplia frente, desordenando los blanquecinos cabellos de Filomeno, testigos de las penurias a las que lo sometía el régimen de quien fuera algún día su héroe. Padre e hijo subieron a la calandria sin necesidad de que los gendarmes los condujeran. Conforme avanzaban pudieron mirar las elegantes calles de la Ciudad de México, tan parecidas a las del París de la belle époque y que, en ese momento, llevaron sus pensamientos a lo que parecía un sueño en el que reinaba la justicia por encima del poder y el autoritarismo.

Para Rafael, la experiencia era nueva; su crimen no había sido más que el de haber servido como administrador del Diario del Hogar. Cuando estaba a poco de llegar a su destino, observó que el ambiente era ya diferente, cargado de una pesada atmósfera que retumbaba en los muros de la muerte. Observó a los cinco soldados que resguardaban la entrada principal cargando viejos pero letales rifles. Cuando la calandria paró, se hicieron a un lado, abrieron los pesados cerrojos y la inmensa puerta soltó un chirrido espeluznante que le hizo temblar las piernas. Su padre lo notó y, con cierta firmeza acompañada de amor, lo tomó del brazo al tiempo que uno de los guardianes profirió unas palabras: “unos más… y “trajeaditos”, han de ser revoltosos…”

Filomeno Mata

Filomeno Mata

Los demás centinelas se acercaron para mirar y uno de ellos, aprovechándose del miedo que mostraba Rafael en el rostro, le dio una fuerte palmada en la espalda. Haciendo mofa de su vestimenta, lo empujó violentamente propinando una serie de insultos y golpeteando con sus manos para intimidar aún más. Sin duda les esperaba una estancia en prisión penosa y prolongada.

Si bien padre e hijo sabían cuál era el motivo por el que habían sido aprehendidos, no se les dio notificación alguna. Ya en el interior de la cárcel fueron acompañados por tres gendarmes que, más que guardianes del orden, tenían pinta de delincuentes de la peor ralea. Lentamente caminaron en medio de los nauseabundos pasillos que conducían a las bartolinas, celdas cuyo piso era cieno repugnante y sobre el cual había un petate sucio, utilizado antes por otros desdichados.

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