Archivo de la categoría: BiCentenario #10

Sumario #10

EDITORIAL

Ana Rosa Suárez Argüello

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

Dos hermanas revolucionarias: Andrea y Teresa Villarreal.

por Griselda Zárate

Venustiano Carranza: entre la historia y la imaginación.

por Luis Barron

Claves secretas de la Revolución.

por José de Jesús Ángel

Un zapatista de Mixcoac.

por Javier Rico Moreno

La boda de la abuela…

por Diana Guillén

Isidro Fabela, la fotografía y la Revolución mexicana.

por Alberto del Castillo Troncoso

Vientos de cambio en el Sureste: Yucatán y la Revolución mexicana.

por Marisa Pérez Domínguez

Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: una historia con tres momentos.

por Alfredo Pureco Ornelas

Los niños de las escuelas elementales socialistas, 1934-1940.

por Elvia Montes de Oca Navas

DESDE HOY

¿Festejar o conmemorar la Revolución?.

por Eugenia Meyer

DESDE AYER

Miradas extranjeras.

El 20 de noviembre en el siglo XX y el XXI.

CUENTO

La celada.

por Alfredo Vargas

ARTE

Diego Rivera y el cubismo del Anáhuac.

por Laura González Matute

TESTIMONIO

Zapata en la memoria de su gente Proyecto de Historia Oral del Instituto Mora.

Entrevistas seleccionadas por Eva Salgado Andrade

10. Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: Una historia con tres momentos

Alfredo Pureco Ornelas / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10

Pareciera que Michoacán es un lugar predilecto para las utopías. Y es que ellas se han intentado en tres momentos que, aunque terminaron sin frutos perdurables luego de la muerte de sus promotores, sí dejaron una huella importante en el espíritu humano que, a la fecha, podemos apreciar y recuperar. El primer momento se dio a finales del siglo XVI, cuando algunos europeos de buena voluntad miraron al continente americano como un espacio de regeneración. Un ejemplo de ello fueron los misioneros llegados a estas tierras que, como el primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, suponían que la colonización del Nuevo Mundo era una oportunidad que Dios otorgaba a los hombres para empezar de nuevo, para renacer. La evangelización de los nativos representaba también la oportunidad de formar al hombre nuevo, de modelar un tipo de conciencia alejada de los vicios. Para el humanismo español aquel siglo XVI fue una época que ofrecía la posibilidad de hacer experimentos novedosos en aras de la perfección espiritual. El obispo Quiroga, recuperando el planteamiento de dos grandes renacentistas –Tomás Moro y Tomasso Campanella–, jugó a dar vida a su propia utopía en los pueblos-hospital de Michoacán.

Vasco de Quiroga

Vasco de Quiroga

La pretensión de Quiroga era fundar pueblos agrícolas que, con apego a las ordenanzas monárquicas, permitiesen aprovechar la humildad y sencillez de los indígenas para reivindicar los valores de la iglesia cristiana en su etapa prístina. Además, buscaba promover la especialización productiva de cada poblado en aquello en lo que tenía mayores posibilidades y aptitudes, con lo que se daría un intercambio benéfico para todo el entorno. Así, los prototípicos hospitales-pueblo de Santa Fe, de la Laguna y del Río en Michoacán y la Santa Fe de México, en las cercanías de Cuajimalpa, nacieron en la década de los años 1530. Aunque el empeño por sostener el proyecto transformador fue arduo, en el largo plazo era difícil de sostenerse financieramente. A la muerte del incansable Quiroga, su aspiración no tuvo heredero y feneció.

Esta experiencia colonial precedió a otras dos, ocurridas de forma muy distinta aunque en el mismo escenario. La segunda aconteció en el Porfiriato, cuando se trató de proyectar la imagen de un México moderno, con un amplio progreso material. La tercera ocurriría después de la Revolución, como producto del arraigo del ideario cardenista encaminado a abrir el desarrollo social en el campo. Sobre estas dos últimas experiencias, nos extenderemos un poco más.

Antes de referirnos a ellas, quisiéramos precisar que el sentido etimológico de la palabra utopía es el no–lugar. Es decir, la utopía es un artificio de la mente, de una abstracción, un proyecto, por lo cual nace en el ámbito de lo individual e íntimo. Su hechura responde a los ideales de su sujeto–creador y por lo mismo responde a sus aspiraciones, las cuales, sin duda, estarán determinadas por la época en que le toca vivir. De tal modo, una utopía puede ser de orden ético, social, político y hasta económico y aun llegar a ser programas de trans- formación de gran aceptación social y entonces perdurar o bien limitarse al aislamiento de quien las sueña y morir cuando éste muere.

La utopía empresarial privada

El espacio idóneo para realizar una utopía es aquel que, para quien la proyecta, se encuentra vacío. Es un territorio inmaculado, desprovisto de identidad por creer que no pertenece a nadie; sin embargo, tal espacio es posible de colmarse con lo ajeno, con lo anhelado, que allí puede florecer. Esta descripción se ajusta relativamente bien a lo ocurrido en el campo de los negocios y la empresa agrícola moderna que pretendió arraigar el régimen porfiriano en México por conducto de extranjeros. Y es que en las últimas dos décadas del siglo XIX el general Porfirio Díaz invitó, por medio de su ministerio de Fomento, a colonizar México. Idílicamente se pretendía romper con la tradición y el provincianismo que se pensaban como la cara del atraso para hacer progresar al país, modernizarlo y volverlo cosmopolita. Sin embargo, sólo en casos muy excepcionales pudo lograrse este modelo del “buen” colono y uno de ellos lo representó el italiano Dante Cusi, quien se establació con su familia en la Tierra Caliente de Michoacán en 1884 para construir una utopía agrícola y empresarial privada.

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El emigrado llegaba de Milán pensando, como muchos otros italianos de su época, que América era un continente abierto a las oportunidades de éxito económico individual. Lo que encontró fue un territorio muy distinto al que dejó atrás; uno aislado, casi desierto y agobiantemente tórrido. Su plan original no había sido establecerse en Michoacán, sino en Estados Unidos, donde pretendía convertirse en productor y comercializador de algodón. No se pudo, así que tuvo que conformarse con la idea de que, si en algún lugar iba a convertirse en un hombre de fortuna, sería en México.

El lugar que los recibió fue Parácuaro, pequeño paraje cerca de Apatzingán. Al inicio, Cusi y su familia se contentaron con poder sobrevivir a la ruina en que estaban. Se asociaron con otros italianos que arrendaban propiedades por la zona y con ellos, si bien no mucho después de forma autónoma, se hicieron agricultores, comerciantes, arrieros y hasta prestamistas en pequeño. De arrendatarios pasaron a pequeños propietarios y su carácter de extranjeros y trabajadores les dio buena reputación y el aprecio del gobernador Aristeo Mercado y más tarde del mismo don Porfirio.

La zona a donde llegaron Cusi y su familia se había ocupado desde la época colonial en el cultivo de añil, algodón, arroz y, sobre todo, como enorme pastizal para la crianza de ganado bovino. Sin embargo, aunque las propiedades eran de gran extensión, las pocas haciendas que continuaban en funcionamiento se hallaban en profunda crisis derivada del estado que las había dejado, por un lado la guerra de Reforma y por otro, la resistencia al imperio francés. En cambio, las unidades productivas más pequeñas, los ranchos, gozaban de cierta bonanza relativa y fue desde ellos que Dante Cusi comenzó a despegar junto con el naciente siglo  XX.

En la medida en que creció el poder económico de la familia, el entorno de los valles soleados en que quedaron sus propiedades fue siendo objeto de una gran transformación geográfica y social. Ese plan transformador respondía a los deseos de Porfirio Díaz y sus ministros de Fomento de poblar el campo con emigrados europeos que vertieran su saber innovador, introdujesen nuevas tecnologías agrícolas, cultivos comerciables que se impusieran sobre los de autoconsumo –lo cual llevaría a la especialización y por lo mismo al monocultivo– y, finalmente, alentaran –aunque sin mayor compromiso– la mediana y pequeña propiedad individual al estilo de las granjas.

Dante Cusi y sus hijos lograron alcanzar esas metas en la primera década del siglo  XX, al adquirir una extensión de 62,000 hectáreas en los valles de Tamácuaro y Antúnez por la vía de préstamos hipotecarios que les concedió la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento a la Agricultura. En aquellos lugares fundaron las haciendas siamesas de Lombardía y Nueva Italia. En ambas, los cascos de las haciendas se edificaron prácticamente en medio de la nada, pues desde hacía mucho tiempo los pequeñísimos caseríos en que se ubicaron se encontraban en ruinas y casi despoblados.

La tarea más importante para hacer productivas aquellas llanuras era proveerles de una fuente de agua para convertir los semidesiertos en planicies fértiles. Aquí entró en escena la pericia y saber de los italianos, quienes, familiarizados con la ingeniería hidráulica de su tierra de origen, Lombardía, lograron sacar el agua del río Cupatitzio, la que iba por el lecho de un cañón muy profundo por abajo del nivel del terreno que se quería irrigar. Esto se logró mediante la introducción de nuevos materiales como la tubería y el remachado de acero, así como del empleo de fuentes novedosas de energía en la comarca como la térmica y la eléctrica. Las tareas de nivelación y construcción de nuevos canales de conducción del agua fueron otras obras que llamaron la atención.

Justo al inicio de la Revolución mexicana, para 1910, los Cusi continuaban ampliando hacia el sur la frontera agrícola de Michoacán, rumbo a los linderos de la rivera norte del río Tepalcatepec. Para ello no sólo se habían especializado en la producción de arroz, sino que estaban prestos a incorporar las innovaciones en materia de mejoramiento genético del ganado y de las semillas agrícolas que empleaban. Experimentaban con simientes, con la adaptación de especies frutales y pecuarias, e importaban tanto de Estados Unidos como de Europa maquinaria para hacer funcionar la parte agroindustrial de la refinación del arroz.

Aquel despegue económico tendría grandes implicaciones sociales y, aunque muchas de estos cambios fueron eclipsados por la Revolución, su trascendencia vale la pena recuperarse. Por ejemplo: si en 1910, recién fundada la hacienda de Nueva Italia, contaba con 700 habitantes, al mediar el siglo  XX alcanzaría una población de 4,700 personas. Este crecimiento demográfico se presentaría de forma ininterrumpida, a pesar incluso de la misma Revolución. En la especialización del cultivo del arroz se demandó de forma estacional, sobre todo para el periodo de cosechas, una amplia mano de obra que, desocupada de sus propias labores agrícolas, llegaba de las regiones altas de Michoacán e incluso de los vecinos estados de Jalisco y Guerrero.

Lejos de que los Cusi pensaran en sus haciendas como sitios que les investirían automáticamente de prestigio social, y en concordancia con la imagen señorial del terrateniente tradicional, aquellas fueron contempladas desde su origen con una mentalidad moderna, burguesa, diría Werner Sombart –el famoso sociólogo y economista alemán. Se trataba de unidades económicas hechas para la producción de excedentes y por consiguiente eran entendidas como fuente para la obtención de ganancias. El cálculo económico y técnico, del que Dante Cusi estaba muy al tanto desde que en su juventud fue empleado bancario en Milán, y como hijo de campesinos en su natal Brescia, pudo ser aplicado con prurito en la Tierra Caliente michoacana.

Nivelación de terrenos, apertura de canales de riego, encauzar corrientes de agua por desniveles de suelo e introducción de fuentes alternas y novedosas de energía como la eléctrica fueron algunos de sus grandes logros. Aquellos italianos veían materializada en sus haciendas michoacanas la América que habían soñado al salir de su patria cisalpina. Era su anhelo personal realizado y un ejemplo de progreso muy al estilo del plan modernizador del campo que el general Porfirio Díaz deseaba para la república. La utopía pública y la privada convergían en una sola e idéntica.

La utopía campesina socializante

La Revolución no impidió que aquellos negocios capitalistas siguieran funcionando a pesar de los coletazos que la revuelta armada infringió a Michoacán. La coyuntura cambiante obligó a que lo que era un negocio familiar se constituyese en sociedades anónimas, de las cuales la más importante fue la Negociación Agrícola del Valle del Marqués, S.A. Si bien las gavillas de bandoleros, revolucionarios y efectivos del ejército constitucionalista impusieron préstamos o despedazaron la infraestructura agrícola, ello no impidió que Lombardía y Nueva Italia pudieran sortear el escenario adverso.

Sería hasta la década de los años 1920 cuando las relaciones entre jornaleros y hacendados entraron en una larga fase de fractura que resultó imposible de superar. Los intereses de clase no pudieron contenerse más dentro de la matriz paternalista que Dante Cusi quiso imponer por mucho tiempo en el manejo de las relaciones laborales y en 1938, luego de numerosas huelgas, el presidente Lázaro Cárdenas decidió que Nueva Italia y Lombardía fueran intervenidas por el gobierno para dejarlas, de manera íntegra, con todo y su infraestructura, en manos de sus trabajadores bajo la forma de un ejido colectivo. El anhelo del general Cárdenas no era sólo entregar la tierra y dejar a su suerte a las clases rurales indigentes, sino establecer en ella un prototipo de “hacienda sin hacendados”. Luego de la entrega formal a poco más de 2,000 campesinos, ocurrida en el mes de noviembre, se inició una segunda fase de transformación del espacio terracalentano, ahora por obra del ideario social del cardenismo; otro ideal, otra utopía.

El ejido comenzó a operar en las parcelas dadas a los jefes de familia radicados en las comunidades de las ex haciendas. De los terrenos para uso agropecuario, se apartó en cada una un espacio para la educación agrícola de niños y jóvenes.

Para ese entonces, las haciendas eran generadoras de 13,500 toneladas de arroz, 2,000 de limón y poseían 17,000 cabezas de ganado. Mantener aquel ritmo de producción exigía recursos financieros que sólo se lograron obtener mediante la constitución de Sociedades Colectivas de Crédito, una por cada núcleo productivo anterior a la expropiación. La idea planificadora del presidente Cárdenas se imponía como esquema para la marcha de aquellas unidades de producción cuya inspiración habría abrevado en los experimentos colectivistas rurales de los koljoses soviéticos.

Lázaro Cárdenas, el otro utopista.

Lázaro Cárdenas, el otro utopista.

Al igual que se vieron afectadas las antiguas propiedades de los Cusi, así también se transformó la propiedad agraria de toda la rivera norte del río Tepalcatepec, prácticamente desde los límites con el estado de Jalisco en el extremo poniente, hasta el río del Marqués por el oriente. De 1936 a 1959, en aquella extensa región se fundaron una treintena de ejidos, que en otro sentido representó un cambio poblacional abrupto para la zona debido a que los asentamientos se establecieron allí donde anteriormente existía una bajísima densidad demográfica.

En relación a la planeación urbana de los núcleos ejidales, llama la atención el cuidado con que se pretendió dar satisfacción a sus habitantes en términos, no sólo en su desarrollo material, sino humano en general. La traza urbanística de los núcleos ejidales estaba planeada de forma escrupulosamente reticular, al centro de la cual se encontraba a menudo una plazuela en forma de glorieta a la que convergían cuatro anchas avenidas. Dentro de esos núcleos se disponían, a priori, lugares para escuelas, los servicios de los distintos órdenes de gobierno, el mercado, la biblioteca, una sala de espectáculos, un asilo para ancianos y otro para huérfanos, parques deportivos, refrigerador comunal y escuelas técnicas agropecuarias y de artes y oficios. En la teoría, el proyecto de los ejidos terracalentanos y su planeación no dejaba un cabo suelto.

En términos de infraestructura las disposiciones fueron integrar aquella comarca al resto de Michoacán y del país, pues si bien los Cusi habían hecho hasta lo imposible para ser competitivos con su arroz en mercados de mediana y larga distancia, siempre tuvieron el obstáculo del relativo aislamiento entre sus haciendas y Uruapan, el puerto ferroviario más cercano y desde donde desplegaban su potencial comercializador de productos agrícolas. Sin embargo, en 1940 quedó construida la vía del ferrocarril de 80 kilómetros entre Uruapan y Apatzingán, a través de los ejidos de Lombardía y Nueva Italia y a poca distancia de muchas otras propiedades ejidales.

No obstante que en 1940 Lázaro Cárdenas dejó la presidencia de la república, su interés por la zona de Tierra Caliente de Michoacán permaneció. La comandancia de las operaciones militares en la costa del Pacífico que le fue asignada durante la segunda guerra mundial lo mantuvo apartado de sus proyectos de fomento rural, pero en 1947, cuando el presidente Miguel Alemán lo designó Vocal Ejecutivo de la recién creada Comisión del Río Tepalcatepec, los retomó. Con nuevos bríos buscó ampliar la superficie de riego en esos feraces valles y desarrollar a un nivel insospechado el sistema hidráulico y de presas que los italianos Cusi habían inaugurado en el Porfiriato.

Epílogo

El Michoacán del siglo  XVI, lo mismo que todo el continente americano, era visto por los humanistas europeos, como una tabla rasa en la cual podía crecer un proyecto de humanidad diferente. Para el obispo Quiroga no se trataba solamente de emplear la fuerza laboral indígena al estilo que pensaron muchos conquistadores, sino de hacer de ella la columna vertebral de la que nacería una sociedad nueva. Su utopía era de carácter ético y económico; pero justamente por tener esa doble mira pereció con facilidad ante las fuerzas contrarias cuando él murió. Por su parte, la utopía porfiriana modernizadora expresada en la empresa agrícola de la familia Cusi casi se llevó a cabo, pues transformó físicamente un desierto en tierras altamente productivas. A ellas concurrieron cientos de personas en busca de trabajo o refugio durante la insurrección, pero el problema llegó cuando la acumulación demográfica rebasó los requerimientos de fuerza laboral de las haciendas y esto las hizo quebrar. En forma posterior, el presidente Cárdenas tuvo gran interés en que las conquistas de la Revolución se entregaran a las masas desposeídas que habían participado en ella y, por tanto, procuró para los pobres un proyecto de sociedad igualmente diferente; regenerada, útil para la nación y capaz de reproducir valores surgidos de la Revolución. Su gobierno otorgó oportunidad de crecimiento comunitario a los ejidos, pero desafortunadamente tampoco se pudo lograr la utopía socializante en el campo michoacano a plenitud, esta vez porque la semilla de la corrupción administrativa creció en las unidades colectivas de producción y el impulso que dio nacimiento a éstas se agotó poco a poco.

Tanto la utopía de Vasco de Quiroga en el siglo XVI como los proyectos porfiriano y posrevolucionario de transformación de la Tierra Caliente de Michoacán, terminaron como ensoñaciones surgidas de valores individuales, que se perdieron a medio camino entre lo ideal y lo posible. Utopías, al fin, pero ligadas siempre e inexorablemente a un impulso vital muy humano y, por lo mismo, también a la historia.

PARA SABER MÁS:

FERNANDO BENÍTEZ, Lázaro Cárdenas y la revolución mexicana, México, FCE, 2004.

EZIO CUSI, Memorias de un colono, Morelia, Morevallado, 2004.

LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ, Los días del presidente Cárdenas, México, El Colegio de México, 2005 (Historia de la Revolución Mexicana, vol. 15).

MAURICIO MAGDALENO, Cabello de elote, México, Porrúa, 1986 (“Escritores Mexicanos”, 85).

Zapata en la memoria de su gente

Proyecto de Historia Oral del Instituto Mora

Entrevistas seleccionadas por Eva Salgado Andrade / CIESAS

BiCentenario #10

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“Zapata” de Adolfo Best Maugard (1954)

Con las palabras preservadas en el tiempo, volvemos a traer a nuestra memoria las voces de la gente de Emiliano Zapata, de aquellos que lo siguieron o que al menos lo trataron un poco. Nacen de testimonios que forman parte del Proyecto de Historia Oral del Instituto Mora y que se reunieron mediante un trabajo impresionante de rescate y preservación de diálogos, cuyo objetivo era dar voz a los protagonistas o testigos anónimos de la historia de México.

Estas voces comparten con nosotros la imagen del jefe revolucionario sureño, el del traje de charro, botonadura de plata y sombrero ancho; el que conocía caballos, los curaba y los trataba discreto y sencillo; el que hablaba con picardía, sin elegancia, pero a todos saludaba campechano, sin parar mientes en rangos y que, como tenía un deber con el pueblo, se comprometió a plenitud con la cuestión de la tierra. 

Son testimonio, además, de las emociones que Emiliano –como le decían– despertaba entre su gente, que le tenía gran cariño y le daba toda la ayuda posible; entre quienes pelearon a su lado convencidos de que iban a redimir sus tierras; entre las mujeres que seguían a sus hombres que a su vez seguían a su general, a dónde éste lo pidiese. Nos cuentan de la tristeza que llenó sus espíritus cuando intuyeron que Zapata iba a morir o supieron que ya había muerto. Así, los recuerdos del personaje y las vivencias de quienes lo conocieron viajan a través del tiempo para refrescar nuestra memoria, para decirnos de dónde venimos y, tal vez, ayudarnos a imaginar hacia dónde iremos. Pues es éste, a fin de cuentas, el propósito último de la historia.

Eva Salgado Andrade

Emiliano y Eufemio Zapata con sus esposas

Emiliano y Eufemio Zapata con sus esposas

 

–Platíquenos de su primer encuentro con Zapata.

[…] un día me dijo Everardo González: “Vamos a Atizapán”, y aí vamos hasta Atizapán, y en una casa de Atizapán, que llamaban cuartel general, estaba en un corredor Zapata y otros señores en un…, sentados en cajones, y otro cajón sirviendo de mesa y unas cuantas botellas de aguardiente de caña, jugando baraja. Cuando entró Everardo y enfiló por el corredor, le dijo: “¡Emiliano!” “Qué hubo, Everardo, ¿qué te trae?” “Te vengo a ver”. Llegó y lo saludó, y me dijo Everardo: “Espérame aquí tantito”. Se fueron a otro rincón y hablaron, y no supe lo que habían hablado. Lo que sí supe era cómo estaba Zapata: un hombre de ojos dulces, bigote más o menos grande, moreno aceitunado, vestido de charro… completo vestido de charro, con botonadura de plata. De cuerpo medio delgado, agradable, pero no dominante.

–La primera vez que lo vio, ¿cómo iba vestido?

Precisamente de camisa y blusa blanca [sic], pantalón de charro, su botonadura de plata y su sombrero ancho.

[...] Pues, no tuve ocasión más que de ver un indio respetuoso, como en general eran aquellos caballerangos, era un señor que conocía de caballo, los curaba, los atendía, recibía a las visitas, los ayudaba a montar, a otros los enseñaba, en fin. Era ya una categoría un tanto superior a la del campesino común y corriente, verdad, del que trabajaba la tierra. Hablaba muy poco, lo usual: “Cómo está el caballo”, etcétera; nos decía: “Niños…”, en lugar de…, ya éramos hombrecitos, ¿verdad? “Niño, qué tal el caballo; la pata del lado derecho…” En fin, dándonos consejos de cómo debíamos tratar el caballo; muy sencillo, muy discreto.

"Emiliano", de Alberto Gironella

“Emiliano”, de Alberto Gironella

–¿Cómo era Zapata?

[...] No era ni muy chaparro, ni muy alto, de un cuerpo regular, con sus bigotes; tenía un lunar, no me acuerdo si en este ojo derecho o izquierdo, en el mero párpado del ojo tenía un lunar. Y no era chino, era lacio, y era muy misterioso, yo no sé cómo le fueron a ganar ahora que lo mataron, si era rete hábil para eso.

[...]Pues, era delgadito, ojo grande, bigotón, sí, sí, me tocó conocerlo […] Pues, era buena persona con nosotros, era amable, sincero.

[...]Nos trataba a gusto, era cariñoso, ¿verdad?, aunque cuando se enojaba era déspota, bueno, cariñoso; luego se le quitaba la muina y nos platicaba él.

[...]Pues era un hombre muy fornido, alto. Por la buena era un buen cristiano, muy buen hombre, ¿verdad?, con todos. Era un hombre muy pasado por todo el mundo, muy decente.

[...]Muy amable, muy amable, muy gente, muy respetuoso, le hablaba a usted con una sinceridad, con los que no tenía confianza se ponía más bien renuente, pero así hablando con usted, pues nosotros los muchachos, con los que tenía confianza, se ponía hasta a reírse y a jugar.

[...]Ése no quiso dinero, no, dice: “yo sigo peleando, yo quiero las tierras, porque ese compromiso lo tengo con los pobres, que tanto sufren”.

[...]Zapata entendió el problema agrario, ¿verdad?, de acuerdo con los conceptos históricos.

[...]Era el que (por ái han de ver la estatua, cuando pasen) quería que repartieran las haciendas de aquí del estado de Morelos, que eran de españoles o de mexicanos ricos.

[...]Pues era un hombre… La historia de Zapata es buen [sic], mucho muy buena, también. No puedo hablar mal de Zapata, porque Zapata fue el primero en la cuestión del reparto de tierras. [...] según su plática que nos hizo a sus más amigos […] nos narró que él cuando era joven su padre tenía terrenos de una hacienda y cultivaba para su sostén de la vida; pero cuando llegó el día en que el dueño de esa finca le recogió las tierras a su papá, él ya tenía, pues si no sobrada experiencia, pero se daba cuenta que comenzaba a ver la vida de sufrimiento y él mismo nos dijo que dijo al padre: “Si Dios no me quita la vida, yo tengo que vengar esto”. Ya su mente le avisaba las cosas.

En Xochimilco (1914), Sentados: Benjamín Argumedo, Zapata y Manuel Palafox: atrás Ignacio Ocampo, George Carothers y Amador Salazar

En Xochimilco (1914), Sentados: Benjamín Argumedo, Zapata y Manuel Palafox: atrás Ignacio Ocampo, George Carothers y Amador Salazar

–¿Por qué hizo Zapata el Plan de Ayala?

Porque era el compromiso que tenía con el pueblo, para que creyera en él, que él no iba a pelear por dinero, que iba a pelear para defender las tierras; que él quería las tierras de aquí de Morelos para su pueblo. Con eso iba a pelear, por eso fue a pelear él, para darle vida al pueblo, porque el pueblo no tenía, sufría, porque el hacendado, pues…, era pura caña, no los dejaban que sembraran milpa para comer maíz.

En 1913, antes de que mataran a Madero, nos llegó un Plan de Ayala, en una forma pues, incógnita, ¿verdad?, escondiditos. Entonces vimos y dijimos: “aquí está nuestra salvación”. Y ya nos empezamos a platicar entre los muchachos y nos juntamos 26 y nos fuimos a presentar (…) Por la cuestión de las tierras, ¿no?, porque nosotros no podíamos sembrar sin permiso del hacendado. Entonces dijimos: “Bueno, pues aquí está nuestra salvación”.

[...]Pues, el pueblo sí lo quería, porque, porque… ¡Bueno!, ya Zapata no hacía cosas malas. Y los pueblos lo querían y allí lo protegían con maíz, con zacate para las bestias, y les daban de comer y todo eso, ¿verdad?

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Diego Rivera y el cubismo del Anáhuac

Laura González Matute / Cenidiap. INBA

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Diego Rivera y las imágenes de la Revolución mexicana están indisolublemente unidos. El sinfín de escenas que el pintor recreó sobre los pasajes de ese movimiento aparecen en sus dibujos, grabados, trabajos de caballete y en los muros de varios de los edificios más importantes del Distrito Federal y de ciudades de provincia como los de la Secretaría de Educación Pública, las escaleras de Palacio Nacional, el Museo Mural Diego Rivera, la capilla de Chapingo y el Palacio de Cortés en Cuernavaca, por indicar los más reseñados.

Ante el próximo festejo por el Centenario de la Revolución, es importante dar a conocer una obra menos divulgada y quizá desconocida, sobre la misma temática, que el artista desarrolló justo durante los años que duró la contienda armada, cuando vivía en Europa, muy influido por los cánones de la pintura en boga en ese momento. Rivera había viajado al Viejo Continente al inicio de 1907, con la pensión que Teodoro Dehesa, gobernador de Veracruz, le otorgó para el tiempo que allá residiera, con la única obligación de enviar un cuadro cada seis meses, a fin de poder apreciar sus progresos. Así lo hizo hasta 1921, lapso en el que residió en París y Madrid, sobre todo, con un breve paréntesis motivado por la visita que en 1910 hizo a su país. Entonces dio un giro pictórico, cuando se volcó a la creación de una multitud de pinturas y murales de carácter realista.

Al llegar a Europa, el joven pintor llevaba consigo la buena formación que recibió en la Academia de San Carlos de México. El plan de estudios que siguió estrictamente poseía una tendencia con bases científicas acorde a las teorías positivistas de la época y, por lo mismo, hizo de él un pintor muy diestro. Siendo alumno en las clases de paisaje de su maestro José María Velasco, sentía gran inquietud por plasmar la perspectiva óptica en la recreación de paisajes con enormes horizontes al igual que por los aspectos geométricos.

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Una vez en Europa, Rivera tuvo innumerables experiencias plásticas, que lo impulsaron a producir un gran número de cuadros que remiten a su paso por los senderos de los movimientos artísticos de mayor relevancia. De manera ágil y positiva desarrolló su gran disposición para la pintura en todas las corrientes estilísticas que conoció. El joven artista maduró bajo la influencia de obras de pintores españoles reconocidos, como El Greco, Sorolla y Zurbarán, y también, en gran medida impulsado por su maestro, Eduardo Chicharro. Probó así distintas corrientes pictóricas de moda, lo cual le dio una experiencia que repercutió positivamente en su formación.

Esto se hizo evidente cuando, en su viaje a México en 1910 con motivo de las fiestas del Centenario de la Independencia, presentó una exposición pictórica individual en la Escuela Nacional de Bellas Artes, justo el 20 de noviembre, día en que debía estallar el movimiento revolucionario convocado por Francisco I. Madero. Los comentarios respecto a su obra fueron muy elogiosos y él regresó a Francia, de donde un poco después se trasladó a España. Allí continuó explorando otras tendencias pictóricas.

No fue sino hasta 1913, cuando le llamó la atención la pintura cubista de Pablo Picasso y Georges Braque. El cubismo se distingue por su gusto de las formas geométricas, el empleo de colores tenues, poco estridentes y el concepto de la imagen simultánea, es decir, el crear los objetos y personajes desde diversos ángulos y perspectivas. No se pretende representar a la naturaleza o a los objetos como se ven, sino –como decía Picasso– con todas sus vistas de manera sincrónica e incluso en movimiento. La atracción para Diego fue tal que acudió a la manipulación geométrica y al punto de vista panorámico elevado para recrear paisajes, retratos y naturalezas muertas. Sus mejores obras ese año fueron La Adoración de la virgen, La joven con alcachofas, La mujer del pozo o El joven de la estilográfica (todas de 1914), y El arquitecto (de 1915).

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La primera guerra mundial lo sorprendió en París con su esposa, Angelina Beloff, una pintora de origen ruso, por lo que tuvieron que emigrar a la isla de Mallorca. Al poco tiempo dejaron las bellas playas españolas y se instalaron en Madrid. Allí, desde 1915, el artista entró en contacto con varios intelectuales mexicanos, entre otros, los escritores Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes, el pintor Ángel Zárraga y el arquitecto Jesús Acevedo y, sobre todo por el primero, se enteró en detalle de los últimos acontecimientos en México.

 PARA SABER MÁS:

LUIS MARTÍN LOZANO, Diego Rivera y el cubismo, México, Conaculta, 2005.

OCTAVIO PAZ, “Re/visiones: Orozco, Rivera, Siqueiros” en http://letraslibres.com/pdf/1255.pdf

RAQUEL TIBOL, Diego Rivera. Luces y sombras, México, Lumen, 2007.

“Diego Rivera” en http://www.youtube.com/watch?v=hL9JLugE8s8&p=51880E89D09955D7&playnext=1&index=31

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La celada

Alfredo Vargas

Mural inconcluso de Juan de O'Gorman (detalle)

Mural inconcluso de Juan de O’Gorman (detalle)

Todos los recuerdos se abren en su mente mientras se acomoda, junto a sus fieles colaboradores, en el Dodge Brother que inicia su marcha en esa fresca mañana del 20 de julio de 1923.

El paisaje de aquel día lo atrapó de nuevo, sordo y mudo bajo el golpe brutal del sol áspero y metálico, espacio marchito y polvoriento, crepúsculo ambarino. Un escalofrío le había recorrido el cuerpo al volver la mirada al resto de sus hombres, ese grupo maltrecho, pelotón de un cementerio ambulante que parecía haber sido arrojado desde las entrañas de la tierra. Las pieles yermas, quemadas y sedientas por la falta de agua, metidas en esas ropas cenizas de tanto trasegar en medio de esas gredas tan muertas como ellos mismos. Hombres impulsados por su propia historia, con hijos, padres o mujeres que esperaban su regreso con ansia e ilusión. Soldados valientes, fieles guerrilleros, motivados por la fe en alcanzar un ideal de justicia en un país dividido y confuso, atrapado en una lucha cruel que los reducía a objetos dejados en el desamparo.

La huída señalaba su camino, como a los animales salvajes cuando son perseguidos y terminan acorralados, sin posibilidades reales de sobrevivir. Bajo el cielo traslúcido de aquel paisaje desértico, sin ataduras pero prisioneros de la sorda batalla por alcanzar una libertad que les arrebató un poder inflexible y un entorno incierto.

Y él, Francisco Villa, tan mortal como cualquier otro bajo la presión de un frágil destino, aún se preguntaba entonces qué palabras debía utilizar para levantar el ánimo de los suyos, para que de su garganta saliese la respuesta salvadora, como aquéllas que en el pasado le sirvieron para alentar arduos enfrentamientos e infundirles valor frente al enemigo. ¿Con qué mano acariciar su noble devoción y decir, sin el menor asomo de duda, que la paz estaba segura?

Había levantado la mirada, pero las aves de rapiña que volaban sobre sus cabezas le hicieron pensar que podían ser un augurio maligno, un símbolo nefasto que su mente edificaba en medio de aquella opresión viva. La muerte pareció mirarlo de frente. Aunque se trata del destino inevitable y se halla acechando, a punto de caer encima, imaginarla cuando el miedo asoma, cuando el temor ronda la conciencia, es una tortura. Quizá estos pensamientos, suspendidos del desasosiego, como detenidos en el tiempo, marcan el término de la propia vida.

Tras la firma del armisticio en 1920

Tras la firma del armisticio en 1920

Una voz lo había sacado de aquellas ideas. El sonido fue una invocación salvadora. Hizo un esfuerzo por voltear, pero el polvo metido entre el abultado bigote le hizo estornudar. Un acto involuntario, una señal de su cuerpo que lo clavaba a la vida. Sacó su pañuelo y limpió el sudor que bajaba por la frente.

–Mi general, el prisionero no da más…– aquellas palabras parecían salir de un pesado sueño.

Entornó los ojos e intentó reconocer al oficial; le pareció que una luminosidad extraña lo circundaba, quizá fuera por el cansancio. Su mirada finalmente quedó puesta sobre Miguel Trillo, su brazo derecho y fiel amigo.

–Ese hombre no aguanta una legua más, mi general-. Aquel rostro ajado con los ojos hundidos y la voz reseca quedaron en espera de una respuesta.

Villa lo había mirado casi ausente, como si fuera la primera vez que lo mirara.

–Mi general…– volvió a escuchar como si se tratara de una voz venida de un lejano recuerdo.

Se habían reagrupado luego de querer evitar un enfrentamiento con un cuartel menor del ejército. No hubiera querido tener un choque con ese asentamiento castrense. No tenía sentido, lo sabía bien. Cualquier escaramuza podría echar por los suelos la tregua que se negociaba con el gobierno federal. Pero estaba en la mitad del camino y cuando su gente ya se había alejado de aquel peligro, hubo un avance sorpresivo de las fuerzas allí estacionadas, que los atacaron y obligaron a responder. Las balas silbaron inevitablemente. Aquella celada fue hecha con premeditación, con el claro designio de alborotar el avispero y causó la caída de varios de sus hombres. El resto se internó a galope y en pleno descenso de la noche en lo profundo del desierto. Fueron perdiendo el camino, quedando atrapados en un mar de polvo. Y la única explicación de ese ataque imprevisto había sido la infiltración en sus planes, la traición de alguien metido dentro de sus tropas, no le cupo la menor duda.

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