Archivo de la categoría: BiCentenario #10

Sumario #10

EDITORIAL

Ana Rosa Suárez Argüello

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

Dos hermanas revolucionarias: Andrea y Teresa Villarreal.

por Griselda Zárate

Venustiano Carranza: entre la historia y la imaginación.

por Luis Barron

Claves secretas de la Revolución.

por José de Jesús Ángel

Un zapatista de Mixcoac.

por Javier Rico Moreno

La boda de la abuela…

por Diana Guillén

Isidro Fabela, la fotografía y la Revolución mexicana.

por Alberto del Castillo Troncoso

Vientos de cambio en el Sureste: Yucatán y la Revolución mexicana.

por Marisa Pérez Domínguez

Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: una historia con tres momentos.

por Alfredo Pureco Ornelas

Los niños de las escuelas elementales socialistas, 1934-1940.

por Elvia Montes de Oca Navas

DESDE HOY

¿Festejar o conmemorar la Revolución?.

por Eugenia Meyer

DESDE AYER

Miradas extranjeras.

El 20 de noviembre en el siglo XX y el XXI.

CUENTO

La celada.

por Alfredo Vargas

ARTE

Diego Rivera y el cubismo del Anáhuac.

por Laura González Matute

TESTIMONIO

Zapata en la memoria de su gente Proyecto de Historia Oral del Instituto Mora.

Entrevistas seleccionadas por Eva Salgado Andrade

Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: Una historia con tres momentos

Alfredo Pureco Ornelas / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10

Pareciera que Michoacán es un lugar predilecto para las utopías. Y es que ellas se han intentado en tres momentos que, aunque terminaron sin frutos perdurables luego de la muerte de sus promotores, sí dejaron una huella importante en el espíritu humano que, a la fecha, podemos apreciar y recuperar. El primer momento se dio a finales del siglo XVI, cuando algunos europeos de buena voluntad miraron al continente americano como un espacio de regeneración. Un ejemplo de ello fueron los misioneros llegados a estas tierras que, como el primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, suponían que la colonización del Nuevo Mundo era una oportunidad que Dios otorgaba a los hombres para empezar de nuevo, para renacer. La evangelización de los nativos representaba también la oportunidad de formar al hombre nuevo, de modelar un tipo de conciencia alejada de los vicios. Para el humanismo español aquel siglo XVI fue una época que ofrecía la posibilidad de hacer experimentos novedosos en aras de la perfección espiritual. El obispo Quiroga, recuperando el planteamiento de dos grandes renacentistas –Tomás Moro y Tomasso Campanella–, jugó a dar vida a su propia utopía en los pueblos-hospital de Michoacán.

Vasco de Quiroga

Vasco de Quiroga

La pretensión de Quiroga era fundar pueblos agrícolas que, con apego a las ordenanzas monárquicas, permitiesen aprovechar la humildad y sencillez de los indíenas para reivindicar los valores de la iglesia cristiana en su etapa prístina. Además, buscaba promover la especialización productiva de cada poblado en aquello en lo que tenía mayores posibilidades y aptitudes, con lo que se daría un intercambio benéfico para todo el entorno. Así, los prototípicos hospitales-pueblo de Santa Fe, de la Laguna y del Río en Michoacán y la Santa Fe de México, en las cercanías de Cuajimalpa, nacieron en la década de los años 1530. Aunque el empeño por sostener el proyecto transformador fue arduo, en el largo plazo era difícil de sostenerse financieramente. A la muerte del incansable Quiroga, su aspiración no tuvo heredero y feneció.

Esta experiencia colonial precedió a otras dos, ocurridas de forma muy distinta aunque en el mismo escenario. La segunda aconteció en el Porfiriato, cuando se trató de proyectar la imagen de un México moderno, con un amplio progreso material. La tercera ocurriría después de la Revolución, como producto del arraigo del ideario cardenista encaminado a abrir el desarrollo social en el campo. Sobre estas dos últimas experiencias, nos extenderemos un poco más.

Antes de referirnos a ellas, quisiéramos precisar que el sentido etimológico de la palabra utopía es el no-lugar. Es decir, la utopía es un artificio de la mente, de una abstracción, un proyecto, por lo cual nace en el ámbito de lo individual e íntimo. Su hechura responde a los ideales de su sujeto-creador y por lo mismo responde a sus aspiraciones, las cuales, sin duda, estarán determinadas por la época en que le toca vivir. De tal modo, una utopía puede ser de orden ético, social, político y hasta económico y aun llegar a ser programas de transformación de gran aceptación social y entonces perdurar o bien limitarse al aislamiento de quien las sueña y morir cuando éste muere.

La utopía empresarial privada

El espacio idóneo para realizar una utopía es aquel que, para quien la proyecta, se encuentra vacío. Es un territorio inmaculado, desprovisto de identidad por creer que no pertenece a nadie; sin embargo, tal espacio es posible de colmarse con lo ajeno, con lo anhelado, que allí puede florecer. Esta descripción se ajusta relativamente bien a lo ocurrido en el campo de los negocios y la empresa agrícola moderna que pretendió arraigar el régimen porfiriano en México por conducto de extranjeros. Y es que en las últimas dos décadas del siglo XIX el general Porfirio Díaz invitó, por medio de su ministerio de Fomento, a colonizar México. Idílicamente se pretendía romper con la tradición y el provincianismo que se pensaban como la cara del atraso para hacer progresar al país, modernizarlo y volverlo cosmopolita. Sin embargo, sólo en casos muy excepcionales pudo lograrse este modelo del “buen” colono y uno de ellos lo representó el italiano Dante Cusi, quien se estableció con su familia en la Tierra Caliente de Michoacán en 1884 para construir una utopía agrícola y empresarial privada.

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El emigrado llegaba de Milán pensando, como muchos otros italianos de su época, que América era un continente abierto a las oportunidades de éxito económico individual. Lo que encontró fue un territorio muy distinto al que dejó atrás; uno aislado, casi desierto y agobiantemente tórrido. Su plan original no había sido establecerse en Michoacán, sino en Estados Unidos, donde pretendía convertirse en productor y comercializador de algodón. No se pudo, así que tuvo que conformarse con la idea de que, si en algún lugar iba a convertirse en un hombre de fortuna, sería en México.

El lugar que los recibió fue Parácuaro, pequeño paraje cerca de Apatzingán. Al inicio, Cusi y su familia se contentaron con poder sobrevivir a la ruina en que estaban. Se asociaron con otros italianos que arrendaban propiedades por la zona y con ellos, si bien no mucho después de forma autónoma, se hicieron agricultores, comerciantes, arrieros y hasta prestamistas en pequeño. De arrendatarios pasaron a pequeños propietarios y su carácter de extranjeros y trabajadores les dio buena reputación y el aprecio del gobernador Aristeo Mercado y más tarde del mismo don Porfirio.

La zona a donde llegaron Cusi y su familia se había ocupado desde la época colonial en el cultivo de añil, algodón, arroz y, sobre todo, como enorme pastizal para la crianza de ganado bovino. Sin embargo, aunque las propiedades eran de gran extensión, las pocas haciendas que continuaban en funcionamiento se hallaban en profunda crisis derivada del estado que las había dejado, por un lado la guerra de Reforma y por otro, la resistencia al imperio francés. En cambio, las unidades productivas más pequeñas, los ranchos, gozaban de cierta bonanza relativa y fue desde ellos que Dante Cusi comenzó a despegar junto con el naciente siglo XX.

En la medida en que creció el poder económico de la familia, el entorno de los valles soleados en que quedaron sus propiedades fue siendo objeto de una gran transformación geográfica y social. Ese plan transformador respondía a los deseos de Porfirio Díaz y sus ministros de Fomento de poblar el campo con emigrados europeos que vertieran su saber innovador, introdujesen nuevas tecnologías agrícolas, cultivos comerciables que se impusieran sobre los de autoconsumo –lo cual llevaría a la especialización y por lo mismo al monocultivo– y, finalmente, alentaran –aunque sin mayor compromiso– la mediana y pequeña propiedad individual al estilo de las granjas.

Dante Cusi y sus hijos lograron alcanzar esas metas en la primera década del siglo XX, al adquirir una extensión de 62,000 hectáreas en los valles de Tamácuaro y Antúnez por la vía de préstamos hipotecarios que les concedió la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento a la Agricultura. En aquellos lugares fundaron las haciendas siamesas de Lombardía y Nueva Italia. En ambas, los cascos de las haciendas se edificaron prácticamente en medio de la nada, pues desde hacía mucho tiempo los pequeñísimos caseríos en que se ubicaron se encontraban en ruinas y casi despoblados.

La tarea más importante para hacer productivas aquellas llanuras era proveerles de una fuente de agua para convertir los semidesiertos en planicies fértiles. Aquí entró en escena la pericia y saber de los italianos, quienes, familiarizados con la ingeniería hidráulica de su tierra de origen, Lombardía, lograron sacar el agua del río Cupatitzio, la que iba por el lecho de un cañón muy profundo por abajo del nivel del terreno que se quería irrigar. Esto se logró mediante la introducción de nuevos materiales como la tubería y el remachado de acero, así como del empleo de fuentes novedosas de energía en la comarca como la térmica y la eléctrica. Las tareas de nivelación y construcción de nuevos canales de conducción del agua fueron otras obras que llamaron la atención.

Justo al inicio de la Revolución mexicana, para 1910, los Cusi continuaban ampliando hacia el sur la frontera agrícola de Michoacán, rumbo a los linderos de la rivera norte del río Tepalcatepec. Para ello no sólo se habían especializado en la producción de arroz, sino que estaban prestos a incorporar las innovaciones en materia de mejoramiento genético del ganado y de las semillas agrícolas que empleaban. Experimentaban con simientes, con la adaptación de especies frutales y pecuarias, e importaban tanto de Estados Unidos como de Europa maquinaria para hacer funcionar la parte agroindustrial de la refinación del arroz.

Aquel despegue económico tendría grandes implicaciones sociales y, aunque muchas de estos cambios fueron eclipsados por la Revolución, su trascendencia vale la pena recuperarse. Por ejemplo: si en 1910, recién fundada la hacienda de Nueva Italia, contaba con 700 habitantes, al mediar el siglo XX alcanzaría una población de 4,700 personas. Este crecimiento demográfico se presentaría de forma ininterrumpida, a pesar incluso de la misma Revolución. En la especialización del cultivo del arroz se demandó de forma estacional, sobre todo para el periodo de cosechas, una amplia mano de obra que, desocupada de sus propias labores agrícolas, llegaba de las regiones altas de Michoacán e incluso de los vecinos estados de Jalisco y Guerrero.

Lejos de que los Cusi pensaran en sus haciendas como sitios que les investirían automáticamente de prestigio social, y en concordancia con la imagen señorial del terrateniente tradicional, aquellas fueron contempladas desde su origen con una mentalidad moderna, burguesa, diría Werner Sombart –el famoso sociólogo y economista aleán. Se trataba de unidades económicas hechas para la producción de excedentes y por consiguiente eran entendidas como fuente para la obtención de ganancias. El cálculo económico y técnico, del que Dante Cusi estaba muy al tanto desde que en su juventud fue empleado bancario en Milán, y como hijo de campesinos en su natal Brescia, pudo ser aplicado con prurito en la Tierra Caliente michoacana.

Nivelación de terrenos, apertura de canales de riego, encauzar corrientes de agua por desniveles de suelo e introducción de fuentes alternas y novedosas de energía como la eléctrica fueron algunos de sus grandes logros. Aquellos italianos veían materializada en sus haciendas michoacanas la América que habían soñado al salir de su patria cisalpina. Era su anhelo personal realizado y un ejemplo de progreso muy al estilo del plan modernizador del campo que el general Porfirio Díaz deseaba para la república. La utopía pública y la privada convergían en una sola e idéntica.

La utopía campesina socializante

La Revolución no impidió que aquellos negocios capitalistas siguieran funcionando a pesar de los coletazos que la revuelta armada infringió a Michoacán. La coyuntura cambiante obligó a que lo que era un negocio familiar se constituyese en sociedades anónimas, de las cuales la más importante fue la Negociación Agrícola del Valle del Marqués, S.A. Si bien las gavillas de bandoleros, revolucionarios y efectivos del ejército constitucionalista impusieron préstamos o despedazaron la infraestructura agrícola, ello no impidió que Lombardía y Nueva Italia pudieran sortear el escenario adverso.

Sería hasta la década de los años 1920 cuando las relaciones entre jornaleros y hacendados entraron en una larga fase de fractura que resultó imposible de superar. Los intereses de clase no pudieron contenerse más dentro de la matriz paternalista que Dante Cusi quiso imponer por mucho tiempo en el manejo de las relaciones laborales y en 1938, luego de numerosas huelgas, el presidente Lázaro Cárdenas decidió que Nueva Italia y Lombardía fueran intervenidas por el gobierno para dejarlas, de manera íntegra, con todo y su infraestructura, en manos de sus trabajadores bajo la forma de un ejido colectivo. El anhelo del general Cárdenas no era sólo entregar la tierra y dejar a su suerte a las clases rurales indigentes, sino establecer en ella un prototipo de a hacienda sin hacendados. Luego de la entrega formal a poco más de 2,000 campesinos, ocurrida en el mes de noviembre, se inició una segunda fase de transformación del espacio terracalentano, ahora por obra del ideario social del cardenismo; otro ideal, otra utopía.

El ejido comenzó a operar en las parcelas dadas a los jefes de familia radicados en las comunidades de las ex haciendas. De los terrenos para uso agropecuario, se apartó en cada una un espacio para la educación agrícola de niños y jóvenes.

Para ese entonces, las haciendas eran generadoras de 13,500 toneladas de arroz, 2,000 de limón y poseían 17,000 cabezas de ganado. Mantener aquel ritmo de producción exigía recursos financieros que sólo se lograron obtener mediante la constitución de Sociedades Colectivas de Crédito, una por cada núcleo productivo anterior a la expropiación. La idea planificadora del presidente Cárdenas se imponía como esquema para la marcha de aquellas unidades de producción cuya inspiración habría abrevado en los experimentos colectivistas rurales de los koljoses soviéticos.

LA?zaro CA?rdenas, el otro utopista.

Lázaro Cárdenas, el otro utopista.

Al igual que se vieron afectadas las antiguas propiedades de los Cusi, así también se transformó la propiedad agraria de toda la rivera norte del río Tepalcatepec, prácticamente desde los límites con el estado de Jalisco en el extremo poniente, hasta el río del Marqués por el oriente. De 1936 a 1959, en aquella extensa región se fundaron una treintena de ejidos, que en otro sentido representó un cambio poblacional abrupto para la zona debido a que los asentamientos se establecieron allí donde anteriormente existía una bajísima densidad demográfica.

En relación a la planeación urbana de los núcleos ejidales, llama la atención el cuidado con que se pretendió dar satisfacción a sus habitantes en términos, no sólo en su desarrollo material, sino humano en general. La traza urbanística de los núcleos ejidales estaba planeada de forma escrupulosamente reticular, al centro de la cual se encontraba a menudo una plazuela en forma de glorieta a la que convergían cuatro anchas avenidas. Dentro de esos núcleos se disponían, a priori, lugares para escuelas, los servicios de los distintos órdenes de gobierno, el mercado, la biblioteca, una sala de espectáculos, un asilo para ancianos y otro para huérfanos, parques deportivos, refrigerador comunal y escuelas técnicas agropecuarias y de artes y oficios. En la teoría, el proyecto de los ejidos terracalentanos y su planeación no dejaba un cabo suelto.

En términos de infraestructura las disposiciones fueron integrar aquella comarca al resto de Michoacán y del país, pues si bien los Cusi habían hecho hasta lo imposible para ser competitivos con su arroz en mercados de mediana y larga distancia, siempre tuvieron el obstáculo del relativo aislamiento entre sus haciendas y Uruapan, el puerto ferroviario más cercano y desde donde desplegaban su potencial comercializador de productos agrícolas. Sin embargo, en 1940 quedó construida la vía del ferrocarril de 80 kilómetros entre Uruapan y Apatzingán, a través de los ejidos de Lombardía y Nueva Italia y a poca distancia de muchas otras propiedades ejidales.

No obstante que en 1940 Lázaro Cárdenas dejó la presidencia de la república, su interés por la zona de Tierra Caliente de Michoacán permaneció. La comandancia de las operaciones militares en la costa del Pacífico que le fue asignada durante la Segunda Guerra Mundial lo mantuvo apartado de sus proyectos de fomento rural, pero en 1947, cuando el presidente Miguel Alemán lo designó Vocal Ejecutivo de la recién creada Comisión del Río Tepalcatepec, los retomó. Con nuevos bríos buscó ampliar la superficie de riego en esos feraces valles y desarrollar a un nivel insospechado el sistema hidráulico y de presas que los italianos Cusi habían inaugurado en el Porfiriato.

Epílogo

El Michoacán del siglo XVI, lo mismo que todo el continente americano, era visto por los humanistas europeos, como una tabla rasa en la cual podía crecer un proyecto de humanidad diferente. Para el obispo Quiroga no se trataba solamente de emplear la fuerza laboral indígena al estilo que pensaron muchos conquistadores, sino de hacer de ella la columna vertebral de la que nacería una sociedad nueva. Su utopía era de carácter ético y económico; pero justamente por tener esa doble mira pereció con facilidad ante las fuerzas contrarias cuando él murió. Por su parte, la utopía porfiriana modernizadora expresada en la empresa agrícola de la familia Cusi casi se llevó a cabo, pues transformó físicamente un desierto en tierras altamente productivas. A ellas concurrieron cientos de personas en busca de trabajo o refugio durante la insurrección, pero el problema llegó cuando la acumulación demográfica rebasó los requerimientos de fuerza laboral de las haciendas y esto las hizo quebrar. En forma posterior, el presidente Cárdenas tuvo gran interés en que las conquistas de la Revolución se entregaran a las masas desposeídas que habían participado en ella y, por tanto, procuró para los pobres un proyecto de sociedad igualmente diferente; regenerada, útil para la nación y capaz de reproducir valores surgidos de la Revolución. Su gobierno otorgó oportunidad de crecimiento comunitario a los ejidos, pero desafortunadamente tampoco se pudo lograr la utopía socializante en el campo michoacano a plenitud, esta vez porque la semilla de la corrupción administrativa creció en las unidades colectivas de producción y el impulso que dio nacimiento a éstas se agotó poco a poco.

Tanto la utopía de Vasco de Quiroga en el siglo XVI como los proyectos porfiriano y posrevolucionario de transformación de la Tierra Caliente de Michoacán, terminaron como ensoñaciones surgidas de valores individuales, que se perdieron a medio camino entre lo ideal y lo posible. Utopías, al fin, pero ligadas siempre e inexorablemente a un impulso vital muy humano y, por lo mismo, también a la historia.

PARA SABER MÁS:

  • FERNANDO BENÍTEZ, Lázaro Cárdenas y la revolución mexicana, México, FCE, 2004.
  • EZIO CUSI, Memorias de un colono, Morelia, Morevallado, 2004.
  • LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ, Los días del presidente Cárdenas, México, El Colegio de México, 2005 (Historia de la Revolución Mexicana, vol. 15).
  • MAURICIO MAGDALENO, Cabello de elote, México, Porrúa, 1986 (“Escritores Mexicanos”, 85).

Zapata en la memoria de su gente

Proyecto de Historia Oral del Instituto Mora

Entrevistas seleccionadas por Eva Salgado Andrade / CIESAS

BiCentenario #10

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“Zapata” de Adolfo Best Maugard (1954)

Con las palabras preservadas en el tiempo, volvemos a traer a nuestra memoria las voces de la gente de Emiliano Zapata, de aquellos que lo siguieron o que al menos lo trataron un poco. Nacen de testimonios que forman parte del Proyecto de Historia Oral del Instituto Mora y que se reunieron mediante un trabajo impresionante de rescate y preservación de diálogos, cuyo objetivo era dar voz a los protagonistas o testigos anónimos de la historia de México.

Estas voces comparten con nosotros la imagen del jefe revolucionario sureño, el del traje de charro, botonadura de plata y sombrero ancho; el que conocía caballos, los curaba y los trataba discreto y sencillo; el que hablaba con picardía, sin elegancia, pero a todos saludaba campechano, sin parar mientes en rangos y que, como tenía un deber con el pueblo, se comprometió a plenitud con la cuestión de la tierra.

Son testimonio, además, de las emociones que Emiliano –como le decían– despertaba entre su gente, que le tenía gran cariño y le daba toda la ayuda posible; entre quienes pelearon a su lado convencidos de que iban a redimir sus tierras; entre las mujeres que seguían a sus hombres que a su vez seguían a su general, a dónde éste lo pidiese. Nos cuentan de la tristeza que llenó sus espíritus cuando intuyeron que Zapata iba a morir o supieron que ya había muerto. Así, los recuerdos del personaje y las vivencias de quienes lo conocieron viajan a través del tiempo para refrescar nuestra memoria, para decirnos de dónde venimos y, tal vez, ayudarnos a imaginar hacia dónde iremos. Pues es éste, a fin de cuentas, el propósito último de la historia.

Eva Salgado Andrade

Emiliano y Eufemio Zapata con sus esposas

Emiliano y Eufemio Zapata con sus esposas

 

Platíquenos de su primer encuentro con Zapata.

[...] un día me dijo Everardo González: “Vamos a Atizapán”, y  vamos hasta Atizapán, y en una casa de Atizapán, que llamaban cuartel general, estaba en un corredor Zapata y otros señores en una, sentados en cajones, y otro cajón sirviendo de mesa y unas cuantas botellas de aguardiente de caña, jugando baraja. Cuando entró Everardo y enfiló por el corredor, le dijo: “¡Emiliano!” “¿Qué hubo, Everardo, qué te trae?” “Te vengo a ver”. Llegó y lo saludó, y me dijo Everardo: “Espérame aquí tantito”. Se fueron a otro rincón y hablaron, y no supe lo que habían hablado. Lo que sí supe era cómo estaba Zapata: un hombre de ojos dulces, bigote más o menos grande, moreno aceitunado, vestido de charro, completo vestido de charro, con botonadura de plata. De cuerpo medio delgado, agradable, pero no dominante.
La primera vez que lo vio, ¿cómo iba vestido?

Precisamente de camisa y blusa blanca [sic], pantalón de charro, su botonadura de plata y su sombrero ancho.

[...] Pues, no tuve ocasión más que de ver un indio respetuoso, como en general eran aquellos caballerangos, era un señor que conocía de caballo, os curaba, los atendía, recibía a las visitas, los ayudaba a montar, a otros los enseñaba, en fin. Era ya una categoría un tanto superior a la del campesino común y corriente, verdad, del que trabajaba la tierra. Hablaba muy poco, lo usual: “¿Cómo está el caballo?, etcétera; nos decía: Niños,en lugar de… ya éramos hombrecitos, “A, ¿verdad? Niño, qué tal el caballo; la pata del lado derecho” En fin, dándonos consejos de cómo debíamos tratar el caballo; muy sencillo, muy discreto.

"Emiliano", de Alberto Gironella

“Emiliano”, de Alberto Gironella

¿Cómo era Zapata? [...] No era ni muy chaparro, ni muy alto, de un cuerpo regular, con sus bigotes; tenía un lunar, no me acuerdo si en este ojo derecho o izquierdo, en el mero párpado del ojo tenía un lunar. Y no era chino, era lacio, y era muy misterioso, yo no sé cómo le fueron a ganar ahora que lo mataron, si era rete hábil para eso.

[...]Pues, era delgadito, ojo grande, bigotón, sí, sí, me tocó conocerlo [...] Pues, era buena persona con nosotros, era amable, sincero.

[...]Nos trataba a gusto, era cariñoso, ¿verdad?, aunque cuando se enojaba era déspota, bueno, cariñoso; luego se le quitaba la muina y nos platicaba.

[...]Pues era un hombre muy fornido, alto. Por la buena era un buen cristiano, muy buen hombre, ¿verdad?, con todos. Era un hombre muy pasado por todo el mundo, muy decente.

[...]Muy amable, muy amable, muy gente, muy respetuoso, le hablaba a usted con una sinceridad, con los que no tenía confianza se ponía más bien renuente, pero así hablando con usted, pues nosotros los muchachos, con los que tenía confianza, se ponía hasta a reírse y a jugar.

[...]ése no quiso dinero, no, dice: “yo sigo peleando, yo quiero las tierras, porque ese compromiso lo tengo con los pobres, que tanto sufren.”

[...]Zapata entendió el problema agrario, ¿verdad?, de acuerdo con los conceptos históricos.

[...]Era el que (por si han de ver la estatua, cuando pasen) quería que repartieran las haciendas de aquí del estado de Morelos, que eran de españoles o de mexicanos ricos.

[...]Pues era un hombre. La historia de Zapata es buen [sic], mucho muy buena, también. No puedo hablar mal de Zapata, porque Zapata fue el primero en la cuestión del reparto de tierras. [...] según su plática que nos hizo a sus más amigos [...] nos narró que él cuando era joven su padre tenía terrenos de una hacienda y cultivaba para su sostén de la vida; pero cuando llegó el día en que el dueño de esa finca le recogió las tierras a su papá, él ya tenía, pues si no sobrada experiencia, pero se daba cuenta que comenzaba a ver la vida de sufrimiento y él mismo nos dijo que dijo al padre: “Si Dios no me quita la vida, yo tengo que vengar esto”. Ya su mente le avisaba las cosas.

En Xochimilco (1914), Sentados: BenjamAi??n Argumedo, Zapata y Manuel Palafox: atrA?s Ignacio Ocampo, George Carothers y Amador Salazar

En Xochimilco (1914), Sentados: BenjamAi??n Argumedo, Zapata y Manuel Palafox: atrA?s Ignacio Ocampo, George Carothers y Amador Salazar

¿Por qué hizo Zapata el Plan de Ayala?

Porque era el compromiso que tenía con el pueblo, para que creyera en él, que él no iba a pelear por dinero, que iba a pelear para defender las tierras; que él quería las tierras de aquí de Morelos para su pueblo. Con eso iba a pelear, por eso fue a pelear él, para darle vida al pueblo, porque el pueblo no tenía, sufría, porque el hacendado, pues, era pura caía, no los dejaban que sembraran milpa para comer maíz.

En 1913, antes de que mataran a Madero, nos llegó un Plan de Ayala, en una forma pues, incógnita, ¿verdad?, escondiditos. Entonces vimos y dijimos: “aquí está nuestra salvación”. Y ya nos empezamos a platicar entre los muchachos y nos juntamos 26 y nos fuimos a presentar [...] Por la cuestión de las tierras, ¿no?, porque nosotros no podíamos sembrar sin permiso del hacendado. Entonces dijimos: “Bueno, pues aquí está nuestra salvación”.

[...]Pues, el pueblo sí lo quería, porque, porque ¡bueno!, ya Zapata no hacía cosas malas. Y los pueblos lo querían y allí lo protegían con maíz, con zacate para las bestias, y les daban de comer y todo eso,¿verdad?

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Diego Rivera y el cubismo del Anáhuac

Laura González Matute / Cenidiap. INBA

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Diego Rivera y las imágenes de la Revolución mexicana están indisolublemente unidos. El sinfín de escenas que el pintor recreó sobre los pasajes de ese movimiento aparecen en sus dibujos, grabados, trabajos de caballete y en los muros de varios de los edificios más importantes del Distrito Federal y de ciudades de provincia como los de la Secretaría de Educación Pública, las escaleras de Palacio Nacional, el Museo Mural Diego Rivera, la capilla de Chapingo y el Palacio de Cortés en Cuernavaca, por indicar los más reseñados.

Ante el próximo festejo por el Centenario d la Revolución, es importante dar a conocer una obra menos divulgada y quizá desconocida, sobre la misma temática, que el artista desarrolló justo durante los años que duró la contienda armada, cuando vivía en Europa, muy influido por los cánones de la pintura en boga en ese momento. Rivera había viajado al Viejo Continente al inicio de 1907, con la pensión que Teodoro Dehesa, gobernador de Veracruz, le otorgó para el tiempo que allá residiera, con la única obligación de enviar un cuadro cada seis meses, a fin de poder apreciar sus progresos. Así lo hizo hasta 1921, lapso en el que residió en París y Madrid, sobre todo, con un breve paréntesis motivado por la visita que en 1910 hizo a su país. Entonces dio un giro pictórico, cuando se volcó a la creación de una multitud de pinturas y murales de carácter realista.

Al llegar a Europa, el joven pintor llevaba consigo la buena formación que recibió en la Academia de San Carlos de México. El plan de estudios que siguió estrictamente poseía una tendencia con bases científicas acorde a las teorías positivistas de la época y, por lo mismo, hizo de él un pintor muy diestro. Siendo alumno en las clases de paisaje de su maestro José María Velasco, sentía gran inquietud por plasmar la perspectiva óptica en la recreación de paisajes con enormes horizontes al igual que por los aspectos geométricos.

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Una vez en Europa, Rivera tuvo innumerables experiencias plásticas, que lo impulsaron a producir un gran número de cuadros que remitenía su paso por los senderos de los movimientos artísticos de mayor relevancia. De manera ágil y positiva desarrolló su gran disposición para la pintura en todas las corrientes estilísticas que conoció. El joven artista maduró bajo la influencia de obras de pintores españoles reconocidos, como El Greco, Sorolla y Zurbarán, y también, en gran medida impulsado por su maestro, Eduardo Chicharro. Probó así distintas corrientes pictóricas de moda, lo cual le dio una experiencia que repercutió positivamente en su formación.

Esto se hizo evidente cuando, en su viaje a México en 1910 con motivo de las fiestas del Centenario de la Independencia, presentó una exposición pictórica individual en la Escuela Nacional de Bellas Artes, justo el 20 de noviembre, día en que debía estallar el movimiento revolucionario convocado por Francisco I. Madero. Los comentarios respecto a su obra fueron muy elogiosos y él regresó a Francia, de donde un poco después se trasladó a España. Allí continuó explorando otras tendencias pictóricas.

No fue sino hasta 1913, cuando le llamó la atención la pintura cubista de Pablo Picasso y Georges Braque. El cubismo se distingue por su gusto de las formas geométricas, el empleo de colores tenues, poco estridentes y el concepto de la imagen simultánea, es decir, el crear los objetos y personajes desde diversos ángulos y perspectivas. No se pretende representar a la naturaleza o a los objetos como se ven, sino –como decía Picasso– con todas sus vistas de manera sincrónica e incluso en movimiento. La atracción para Diego fue tal que acudió a la manipulación geométrica y al punto de vista panorámico elevado para recrear paisajes, retratos y naturalezas muertas. Sus mejores obras ese año fueron La Adoración de la virgen, La joven con alcachofas, La mujer del pozo o El joven de la estilográfica (todas de 1914), y El arquitecto (de 1915).

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La primera guerra mundial lo sorprendió en París con su esposa, Angelina Beloff, una pintora de origen ruso, por lo que tuvieron que emigraría la isla de Mallorca. Al poco tiempo dejaron las bellas playas españolas y se instalaron en Madrid. Allí, desde 1915, el artista entró en contacto con varios intelectuales mexicanos, entre otros, los escritores Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes, el pintor Ángel Zúrraga y el arquitecto Jesús Acevedo y, sobre todo por el primero, se enteró en detalle de los últimos acontecimientos en México.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • LUIS MARTÍN LOZANO, Diego Rivera y el cubismo, México, Conaculta, 2005.
  • OCTAVIO PAZ, “Re/visiones: Orozco, Rivera, Siqueiros” en http://letraslibres.com/pdf/1255.pdf
  • RAQUEL TIBOL, Diego Rivera. Luces y sombras, México, Lumen, 2007.
  • “Diego Rivera” en: http://www.youtube.com/watch?v=hL9JLugE8s8&p=51880E89D09955D7&playnext=1&index=31

La celada

Alfredo Vargas

Mural inconcluso de Juan de O'Gorman (detalle)

Mural inconcluso de Juan de O’Gorman (detalle)

Todos los recuerdos se abren en su mente mientras se acomoda, junto a sus fieles colaboradores, en el Dodge Brother que inicia su marcha en esa fresca mañana del 20 de julio de 1923.

El paisaje de aquel día lo atrapó de nuevo, sordo y mudo bajo el golpe brutal del sol áspero y metálico, espacio marchito y polvoriento, crepúsculo ambarino. Un escalofrío le había recorrido el cuerpo al volver la mirada al resto de sus hombres, ese grupo maltrecho, pelotón de un cementerio ambulante que parecía haber sido arrojado desde las entrañas de la tierra. Las pieles yermas, quemadas y sedientas por la falta de agua, metidas en esas ropas cenizas de tanto trasegar en medio de esas gredas tan muertas como ellos mismos. Hombres impulsados por su propia historia, con hijos, padres o mujeres que esperaban su regreso con ansia e ilusión. Soldados valientes, fieles guerrilleros, motivados por la fe en alcanzar un ideal de justicia en un país dividido y confuso, atrapado en una lucha cruel que los reducía a objetos dejados en el desamparo.

La huída señalaba su camino, como a los animales salvajes cuando son perseguidos y terminan acorralados, sin posibilidades reales de sobrevivir. Bajo el cielo traslúcido de aquel paisaje desérticos, sin ataduras pero prisioneros de la sorda batalla por alcanzar una libertad que les arrebató un poder inflexible y un entorno incierto.

Y él, Francisco Villa, tan mortal como cualquier otro bajo la presión de un frágil destino, aún se preguntaba entonces qué palabras debía utilizar para levantar el ánimo de los suyos, para que de su garganta saliese la respuesta salvadora, como aquéllas que en el pasado le sirvieron para alentar arduos enfrentamientos e infundirles valor frente al enemigo. ¿Con qué mano acariciar su noble devoción y decir, sin el menor asomo de duda, que la paz estaba segura?

Había levantado la mirada, pero las aves de rapiña que volaban sobre sus cabezas le hicieron pensar que podían ser un augurio maligno, un símbolo nefasto que su mente edificaba en medio de aquella opresión viva. La muerte pareció mirarlo de frente. Aunque se trata del destino inevitable y se halla acechando, a punto de caer encima, imaginarla cuando el miedo asoma, cuando el temor ronda la conciencia, es una tortura. Quizás estos pensamientos, suspendidos del desasosiego, como detenidos en el tiempo, marcan el término de la propia vida.

Tras la firma del armisticio en 1920

Tras la firma del armisticio en 1920

Una voz lo había sacado de aquellas ideas. El sonido fue una invocación salvadora. Hizo un esfuerzo por voltear, pero el polvo metido entre el abultado bigote le hizo estornudar. Un acto involuntario, una señal de su cuerpo que lo clavaba a la vida. Sacó su pañuelo y limpió el sudor que bajaba por la frente.

“Mi general, el prisionero no da más” aquella palabras parecían salir de un pesado sueño.

Entornó los ojos e intentó reconocer al oficial; le pareció que una luminosidad extraña lo circundaba, quizá fuera por el cansancio. Su mirada finalmente quedó puesta sobre Miguel Trillo, su brazo derecho y fiel amigo.

“Ese hombre no aguanta una legua más, mi general”. Aquel rostro ajado con los ojos hundidos y la voz reseca quedaron en espera de una respuesta.

Villa lo había mirado casi ausente, como si fuera la primera vez que lo mirara.

“Mi general” volvió a escuchar como si se tratara de una voz venida de un lejano recuerdo.

Se habían reagrupado luego de querer evitar un enfrentamiento con un cuartel menor del ejército. No hubiera querido tener un choque con ese asentamiento castrense. No tenía sentido, lo sabía bien. Cualquier escaramuza podría echar por los suelos la tregua que se negociaba con el gobierno federal. Pero estaba en la mitad del camino y cuando su gente ya se había alejado de aquel peligro, hubo un avance sorpresivo de las fuerzas allí estacionadas, que los atacaron y obligaron a responder. Las balas silbaron inevitablemente. Aquella celada fue hecha con premeditación, con el claro designio de alborotar el avispero y causó la caída de varios de sus hombres. El resto se internó a galope y en pleno descenso de la noche en lo profundo del desierto. Fueron perdiendo el camino, quedando atrapados en un mar de polvo. Y la única explicación de ese ataque imprevisto había sido la infiltración en sus planes, la traición de alguien metido dentro de sus tropas, no le cupo la menor duda.

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El 20 de noviembre en el siglo XX y el XXI

Julián González de León Heiblum / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

BiCentenario #10

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.22.32El primer aniversario de la Revolución iniciada el 20 de noviembre de 1910 no tuvo grandes festejos, aunque sí se aclamó al nuevo presidente Francisco I. Madero y al movimiento triunfador. No fue sino hasta 1912 que hubo una ceremonia oficial, con un banquete en Palacio Nacional en el que los invitados eran sobre todo parte de los tres poderes y hubo discursos apologistas. El momento clímax fue la alocución presidencial sobre la justicia, la ley y la libertad.

La crisis económica, entre otros factores, impidió los festejos muy elaborados para ese día, pero había funciones especiales de cine, teatro, música y oratoria, promovidas por la Asociación pro-Madero.

El Comité Oficial de Conmemoracione Patrias se hizo cargo de la celebración durante el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924), pero no fue sino hasta 1929, con el presidente Emilio Portes Gil, que tuvo mayores dimensiones. Se inauguró el Campo Deportivo Militar, aprovechando un festival preparado por la secretaría de Guerra y Marina, con entrega de medallas y concurso de carros alegóricos que sobre todo representaban los deportes propios de los militares, como polo, equitación natación y otros.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.24.03Desfiles deportivos y militares cruzaron el centro de la capital hacia Palacio Nacional en los siguientes años y por varios sexenios, el presidente participaba con discursos cortos y/o rituales patrióticos. A partir de que se decretó en 1946 como fiesta nacional, brigadas de deportistas representaron a las instituciones de gobierno, educación y militares; asociaciones deportivas y laborales y grupos extranjeros en los carros. La cifra de participantes creció con los años; de 8,000 en 1930 pasó a 50,000 en 1934. Luego varió el número, siendo a veces más alto, otras menos. Se redujo en los últimos lustros, quizá por la gradual separación del discurso revolucionario, sobre todo con el ascenso del Partido Acción Nacional al Ejecutivo.

Con el tiempo, se introdujo la práctica de celebrar, antes del 20 de noviembre, torneos a los que se llamó Juegos Deportivos Nacionales de la Revolución. Se añadían y quitaban espectáculos siempre numerosos: demostraciones de la Fuerza Aérea, tablas gimnásticas, bailes, actos de malabarismo, el relevo del Fuego Simbólico de la Revolución Mexicana “una antorcha iba de mano en mano hasta encender una llama fija en el Monumento del mismo nombre” y aun la recreación de la llegada de Madero, Zapata y Villa a la capital.

El desfile perdió a veces su espíritu alegre, como muestra de luto por tragedias nacionales. Fue así en 1984 con las explosiones petroleras en San Juan Ixhuatepec y en 1985 por el terremoto. Hubo años en que los festejos fueron muy elaborados y otros más bien sencillos, como en el 2000, último año del gobierno de Ernesto Zedillo y del Partido Revolucionario Institucional en la presidencia.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 16.24.57El aniversario solía acompañarse de eventos paralelos, como entrega de galardones a veteranos de la Revolución, así como banquetes, mítines, conciertos, lecturas u obras de teatro. Los presidentes pronunciaban discursos legitimadores e sus gobiernos e inauguraban obras públicas en el D.F. o los estados. Casos especiales fueron la Sala de la Revolución en el Museo Nacional (1935) y el Museo de la Revolución (1986). En el 50 aniversario, los restos fúnebres de Madero se llevaron al Monumento, con una gran ovación al iniciado del movimiento revolucionario.

La solemnidad perdió fuerza en 2004, cuando el presidente Vicente Fox la redujo a su visita personal para poner flores ante la estatua de Madero. Dos años después la canceló, aunque el gobierno del D.F. se encargó. El presidente Felipe Calderón restauró el desfile en 2009, dándole una índole militar.

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Miradas extranjeras

Revista BiCentenario #10

El fenómeno de la Revolución llamó la atención de diversos extranjeros que por alguna razón estuvieron en México. Las grandes movilizaciones populares despertaron su interés y curiosidad por entender lo que estaba pasando en nuestro país. Periodistas, políticos, diplomáticos e inmigrantes, entre otros, describieron a los protagonistas en distintos momentos de la lucha. Sus testimonios son singulares pues presenciaron los sucesos en que aquellos participaron y subrayan la simpatía o antipatía que sintieron.

Francisco I. Madero

Francisco I. Madero

Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México a partir de enero de 1913, fue testigo de los aciagos días de la Decena Trágica que culminaron con el derrocamiento y la muerte de Madero, a quien retrata en las siguientes líneas extraídas de su libro Los últimos días del Presidente Madero (1917):

Al fondo, en el centro de su Consejo de Ministros, D. Francisco I. Madero, de frac, pequeño y redondo, con la banda presidencial sobre la tersa pechera de su camisa, me aguarda en la verde y sedosa alfombra. Reacciona mi espíritu, y asoma a los ojos, todo él en mis pupilas, dispuesto a interpretar, a su manera, la inquietud nerviosa, amable y regocijada, en mezcla extraña y única, del magistrado que saborea la victoria [...]

El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso [...] traía su fe en el régimen democrático, su fe en el pueblo, su fe en la Constitución, hasta entonces, por ningún gobierno practicada; sentía, como nunca, además, la mano directora de la Providencia sobre su hombro; sentía la divinidad en su alma pura y cristalina; y en su política, suave, indulgente, paternal, vibraban las grandes afirmaciones de un sincero apostolado [...].

La presencia de Madero ya no despertaba [meses después] el entusiasmo de antes en las clases inferiores, en el siervo a quien había redimido; y su aura popular, un tiempo extraordinaria, se esfumaba, lánguida y triste, en cielos de tormenta. La oposición había inculcado a sus antiguos adoradores la desconfianza y el recelo.

[...] La noche del 18 de febrero [de 1913] fue noche muy triste para quienes, amando profundamente a la patria mexicana, comprendieron que [Victoriano Huerta] era presa del furor de la ambición… Resolvimos ir a la Intendencia del Palacio a ver a los vencidos. El mismo oficial nos condujo hasta la puerta. Pino Suárez, escribía en un bufete rodeado de soldados. En un cuarto contiguo, varias personas, en estrado, acompañaban a Madero. [...] Me hizo sentar en el sofá y a mi izquierda ocupó una butaca. Pequeño de estatura, complexión robusta, ni gordo ni delgado, el Presidente rebosaba juventud. Se movía con ligereza, sacudido por los nervios; y los ojos redondos y pardos brillaban con esplendente fulgor. Redonda la cara, gruesas las facciones, tupida y negra la barba, cortada en ángulo, sonreía con indulgencia y con dignidad. Reflejaba en el semblante sus pensamientos que buscaban, de continuo, medios diversos de expresión. Según piensa, habla o calla, camina o se detiene, escucha o interrumpe; agita los brazos, mira con fijeza o mira en vago; y sonríe siempre; invariablemente sonríe. Pero, su sonrisa es buena, franca, generosa [...] Era como el gesto del régimen que con él se extinguía [...]

Era la una de la mañana [...] Madero, en es- tos instantes inolvidables, de tres sillas forja un lecho para el Ministro de Cuba, rogándole que se acueste. De una maleta… saca varias frazadas y mantas que suplieron sábanas y almohadas; y revela [...], en el semblante, la divertida gentileza de quien afronta, dichoso, las peripecias de una cacería feliz en la montaña profunda [...] Eran rasgo de su carácter el orden, la simetría, la regularidad [...]

A las diez de la mañana todavía me hallaba en la Intendencia del Palacio Nacional de México. El dormitorio recobró sus preeminencias de “sala de recibo” y Madero, en el remanso de su dulce optimismo, formulaba planes de romántica defensa. Desde luego, no concebía que tuviese Huerta deseos de matarle; ni aceptaba la sospecha de que Félix (Díaz) permitiese el bárbaro sacrificio de su vida, siéndole deudor de la suya. Pero, a ratos, la idea del prolongado cautiverio le inquieta; y sonríe compadecido de sí mismo. Educado al aire libre, admirable jinete, gran nadador y, además, amante de la caza, la tétrica sombra del calabozo le afligía.

[...] el 22 de febrero [...] mediada la noche, al parecer tranquila, me di blandamente al sueño [...] Un sirviente llama desde fuera de la alcoba [...] avisa que la señora de Madero quiere hablar por el teléfono [...] Son las siete de una fría mañana. Corre mi esposa al receptor y escucha el desolado ruego: “¡Señora, por Dios; al Ministro que averigüe si anoche hirieron a mi marido! A?Es preciso que yo lo sepa, señora!” [...] Y no podía consolarla, desmintiendo aquella versión, piadoso anticipo de la dolorosa realidad, porque, en ese instante, su doncella le mostraba, a todo el ancho del periódico. El Imparcial, en grandes letras rojas, la noticia del martirio.

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¿Festejar o conmemorar la Revolución?

Eugenia Meyer

Revista BiCentenario #10

Revista de revistas

Las fechas en que el pasado se hace presente en rituales públicos activan sentimientos e interrogan razones. Se construyen y reconstruyen las memorias del pasado, se significan finalmente los momentos y las circunstancias que los diferentes actores eligen para expresar y confrontar en el escenario nacional los sentidos que otorgan a los quiebres institucionales que unos impulsaron y otros padecieron. Celebrar o conmemorar parecen un binomio indisoluble en la acción de hurgar en los diversos escenarios en los que se despliegan los conflictos entre las diferentes interpretaciones y significados del pasado: cómo se transforma a lo largo del tiempo, por qué algunas fechas pueden cobrar mayor importancia hasta convertirse en emblemáticas o ser sólo hitos locales o regionales. Recuerdo e historia van de la mano en la construcción de las memorias sociales: establecen, a través de prácticas, marcas y celebraciones, los rituales públicos, las inscripciones simbólicas, los monumentos. Las diferentes interpretaciones sociales del pasado, las efemérides nacionales, se tornan objeto de disputas y conflictos. ¿Quiénes celebran o conmemoran? ¿Por qué? lo hacen? Es difícil lograr consenso al respecto, pues las mismas fechas pueden tener acepciones diferentes para los diversos actores en todos los niveles y estratos de la vida social del país, empezando por la esfera política. La operación del recuerdo y la del olvido ocurren siempre de acuerdo con las temporalidades subjetivas; remiten a hechos y procesos del pasado, que a su vez cobran sentido al vincularse con la proyección del futuro. También es cierto que la temporalidad se dirige al mañana, al paso del tiempo y a las transformaciones de los procesos sociales a lo largo de la historia. Por ello quizás es menester insistir en historizar la memoria para analizar las transformaciones y los cambios en los actores que recuerdan y olvidan los hechos del ayer, o bien que celebran y conmemoran esos procesos. En medio de tantos avatares “celebratorios” habría que reconocer que el término revolución ha quedado fuera del vocabulario político. Luego de tantas décadas de construir el discurso del estado mexicano alrededor de la gesta de 1910, parece que todo ello pertenece a una historia vieja, anquilosada. En su lugar se encauza la propuesta de la modernización y el cambio por los que tantos mexicanos han apostado su futuro.

Hasta hace unos años, desde que los legítimos herederos de la Revolución perdieron el poder, la misma parecía estar ya en el olvido. Sin embargo, con el bullicio del centenario, de repente nos encontramos con que la Revolución, por arte y magia de los calendarios, ha logrado ponerse de moda nuevamente. Inmersos como estamos ahora en la vorágine y la borrachera colectiva de las conmemoraciones, que no logran ocultar o disfrazar la torpeza y la miopía del gobierno (o los gobiernos), se pone de manifiesto la falta de imaginación y desorientación en el asunto de los festejos; en parte, debido a que el partido en el poder no entiende ni se identifica (y porque le son ajenas) con la Independencia y la Revolución. Como hechos extraños, son atendidos de mil formas, y sin meditarlo a conciencia les han dado un tratamiento de sacralización piadosa.

La Revolución (que parece haber renacido de sus cenizas) es un proceso distante con el que es casi imposible esperar empatía de parte del Partido Acción Nacional. El movimiento que echó raíces con la construcción de un partido surgido de la lucha armada (el Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional) quedó atrás con lo que algunos despistados y hasta optimistas definieron como el triunfo de la democracia, con la alternancia partidista y el ya distante (aunque no añorado) gobierno de Vicente Fox.

No resulta estéril, por ende, hacer el esfuerzo por reflexionar sobre lo que la Revolución fue y el significado que hoy tiene. Con sus cien años a cuestas, la revolución es (como dijera de manera insistente desde los años cuarenta Jesús Silva Herzog) un hecho histórico. Se perdió la reverencia, se debilitó o anquilosó la mitología y, en consecuencia, se dio paso a una visión más madura, quizá también más real y objetiva, del periodo que transformó la vida nacional, el ser y el hacer de México.

En los sesenta, cuando nuestra Revolución empezó a ser entendida como la preferida (en especial por los ideólogos estadounidenses), luego del sobresalto causado por la revolución cubana y la declaración de su carácter socialista, la atención hacia el proceso mexicano fue mayor. Los estudios y centros académicos dedicados a nosotros crecieron de manera significativa, muy especialmente en Estados Unidos. Esto es coincidente con la políticas implantadas y desarrolladas por la Alianza para el Progreso, el programa de ayuda económica y social destinado a América Latina gestado por John F. Kennedy, que habría de estar vigente casi una década.

Los niños mexicanos de las escuelas elementales socialistas 1934-1940

Eliva Montes de Oca Nava
Sociedad Mexicana de Historia de la Educación
Revista BiCentenario #10
NiAi??o en escuela

Niño en escuela

Hoy que son tan inciertos los rumbos que sigue el sistema educativo mexicano y que además se reclama por una pérdida general de valores, resulta útil revisar los modelos que se han puesto en práctica en nuestro pasado. Y un caso poco conocido es el de la escuela socialista que se implantó en el país durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934- 1940), de sumo interés por los valores democráticos y de responsabilidad social, así como por los sentimientos nacionales que se propuso transmitir a la niñez. Enseguida intentaremos un acercamiento, a través de su programa de estudios y de varios de los libros de texto que se publicaron de acuerdo con este programa.

El modelo de enseñanza socialista a(seguido, por lo demás, en otros lugares del mundo) defendía la educación laica dentro y fuera de las aulas y criticaba a la educación liberal del siglo XIX y principios del XX por aceptar que los niños recibieran explicaciones basadas en la religión. El propósito fundamental era crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y la vida social, para lo cual era preciso excluir toda doctrina religiosa y combatir fanatismos y prejuicios no sustentados en las ciencias y la razón.

El proyecto se llevó a la práctica, pese a la oposición del clero católico y muchos padres de familia, que la calificaron, entre otros, de impía e inmoral. Pero el gobierno intervino en casi todos los niveles de la enseñanza pública y privada “salvo en la Universidad Nacional de México que se pronunció por la libertad de cátedra”, a través de inspectores que aplicaron una estrecha vigilancia.

Sin embargo, los valores que se impulsaban no eran ni impíos ni inmorales pues se pretendía alcanzar, mediante su enseñanza, el Programa de estudios y de acción de la escuela socialista, donde se planteaba que la educación impartida por el estado debía promover el sentido de servicio a los demás, despertar un espíritu de solidaridad humana, entender la cultura como un producto comunitario y social y e impulsar, a través de las ciencias y la investigación, que los alumnos adquirieran un concepto racional de su sitio en el mundo natural y en la sociedad así como conciencia de las posibilidades de cambiarlo.

Esta educación tendría que dar al trabajo honrado un valor fundamental para el sano desarrollo de los seres humanos en lo individual y de la sociedad en su conjunto. Las labores manuales gozarían del mismo reconocimiento que las intelectuales, por ser ambas útiles y productivas y de importancia igual en hombres y mujeres. Para conseguirlo, se alentaría la formación de cooperativas escolares de producción, venta y consumo.

La escuela socialista practicaría la igualdad (a través de la educación mixta), a fin de que niños y niñas fueran vistos como iguales, independientemente de sus diferencias sexuales, raciales, económicas, religiosas, etcétera; sería integral, es decir, tendería a la formación equilibrada de los alumnos en todos los elementos y facultades que componen al ser humano; “desfanatizante”, librando con esto a las escuelas y a la sociedad en su conjunto de toda forma de idolatría y superstición, que hasta entonces habían fomentado la sumisión y el conformismo en el pueblo mexicano; emancipadora, es decir, se eliminar a todo aquello que favoreciera el acatamiento y la explotación de unos hombres por otros; y vitalista, en el sentido de pedir que la práctica acompañara a la teoría y el escolar participase activamente en la obtención de conocimientos que satisficieran sus intereses y que les fueran útiles para mejorar la condición de sus familias y su comunidad, en particular a los sectores más necesitados.

NiAi??os

Niños

La reforma educativa hizo necesaria la elaboración de libros de texto que, en cuanto a todos y contenidos, respondieran al nuevo programa. Se trazó un plan editorial e integró una comisión con “escritores revolucionarios”, a quienes se les dio la tarea de escribir y dictaminar los nuevos textos, mismos que, desde luego, habrían de seguir los lineamientos trazados, sin descuidar las estipulaciones de la enseñanza moderna. Además de ser ideológica y pedagógicamente distintos, los nuevos libros tendrían que estar al alcance de todas las posibilidades económicas y, si era posible, serían gratuitos.

Una recomendación fue retirar de las escuelas los libros que se estuvieran usando en ellas, en especial los de lectura y literatura (como la serie titulada Rosas de la infancia de María Enriqueta Camarillo). Se argumentó que estos libros estaban llenos de personajes fantásticos que “domesticaban” a los lectores, inculcándoles sentimientos de resignación frente a la situación en que vivían. Representaban una sociedad ideal en la que la armonía reinaba entre las clases y los trabajadores recibían salarios justos de los patrones y se ocupaban alegremente en sus labores. Asimismo, los hijos de los hacendados eran amigos de los hijos de los campesinos y los hijos de los obreros de los hijos de los empresarios. La religión tenía un peso definitivo; de acuerdo con ella, los ricos se mostraban caritativos con los pobres, obsequiándoles sus sobrantes.

Libro de lectura de primer grado

Libro de lectura de primer grado

Para sustituir estos textos, el maestro Rafael Ramírez escribió la serie llamada Plan Sexenal Infantil. Aquí nos referiremos al Libro de Lectura para el Ciclo Intermedio de las Escuelas Rurales, que ilustra con claridad acerca de la formación de los niños en las escuelas socialistas. En este libro, destinado al tercero y cuarto año de primaria, el autor se propuso impulsar a la acción a sus pequeños lectores, sumarlos a las inquietudes de los mayores e incorporar la escuela a la comunidad, de forma que dejara de verse como una institución separada del resto social.

La trama del libro se desarrolla en un pequeño pueblo campesino llamado “El porvenir”, que evidentemente representaba la sociedad que, a juicio de los educadores socialistas, se tenía que construir. El trabajo en la escuela era siempre en grupo, el maestro instruía a los niños, pero también se encargaba de alfabetizar y dirigir a los padres en sus demandas sociales, entre ellas la tierra y el ejido. Se discutían y solucionaban los problemas en asambleas de distinto tipo “por toda la población, o los padres, o los alumnos, o un grado o grupo escolar” en las que se oían y valoraban todas las opiniones. Tarea central acordada en estas reuniones para los niños fue que lucharan contra la injusticia y la explotación humana. Para el profesor Ramírez, se trataba de escuelas efectivas de organización social futura.

La escuela socialista mexicana

La escuela socialista mexicana

 

 

 

 

 

 

 

 

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Vientos de cambio en el sureste: Yucatán y la Revolución mexicana

Marisa Pérez Domínguez
Instituto Mora
Revista Bicentenario #10
 
PlantaciA?n de henequAi??n

A diferencia de otras regiones de México, la Revolución llegó a Yucatán de la mano del constitucionalismo, cuando Venustiano Carranza, como Primer Jefe de este movimiento, se estableció en Veracruz, mientras sus tropas combatían al gobierno de la Convención defendido por Francisco Villa y Emiliano Zapata. Desde el puerto designó al general de división Salvador Alvarado gobernador y comandante militar de la entidad en 1915. Esta fecha tardía no significó que la población hubiera permanecido inmóvil ante los sucesos iniciados en 1910, pues desde tiempo antes, se daban manifestaciones de descontento en el campo yucateco. No lograron articularse, sin embargo, en una lucha armada, como ocurrió en algunos estados del norte del país y por eso la historiografía afirma que “la Revolución llegó desde afuera” a la península.

La élite yucateca había enfrentado nuevos desafíos en la primera década del siglo XX, planteados por el cambio que sufría el mercado del henequén. La crisis económica mundial de 1907 sacudió el sistema regional, pero fue insuficiente para cambiar los parámetros productivos y comerciales y agravó, por el contrario, los problemas de Yucatá, que afloraron finalmente en el debate político.

La sociedad también experimentó importantes transformaciones. La participación política de los campesinos y trabajadores rurales y urbanos aumentó, si bien al mismo tiempo hubo un revelador ascenso de la clase media, con lo cual se sumó un componente social a la división tradicional entre la élite y la población rural maya y mestiza.

La tormenta revolucionaria de 1910-1911 sorprendió a esta élite, cuyas divisiones internas se acentuaron, debilitando su liderazgo de clase, la que fue sustituida por una clase media en as- censo, cuyas aspiraciones encontraron un terreno fértil para expresarse.

Caricatura de Olegario Molina

Caricatura de Olegario Molina

Los primeros cambios significativos se produjeron entre 1911 y 1914: la participación de la clase media en la lucha por el poder, la politización de las clases populares y la aparición de un nuevo marco ideológico para la acción del estado. Los tradicionales grupos dirigentes se vieron en la necesidad de ceder importantes espacios de poder, a veces aceptando lo ya inevitable y en otras de sumarse aun a la Revolución.

Al arribar a tierras yucatecas en marzo de 1915, el general Alvarado pudo constatar que la sociedad se hallaba en manos de un reducido número de personas que tenía el dominio económico, junto con los monopolios extranjeros, cuyo agente era Avelino Montes, de origen español y yerno y socio de Olegario Molina, el rey del henequén en el estado y además ex gobernador y ex secretario de Fomento de Porfirio Díaz. Montes y Molina, en contubernio con unos cuantos productores del conocido como oro verde y que constituían lo que la gente denominaba la casta divina, dominaban en el gobierno, los bancos, los ferrocarriles, la educación, la beneficencia, la iglesia y, desde luego, las fiestas de sociedad. Quien no pertenecía a la casta era excluido de todo: “no se movía la hoja del árbol sin la voluntad de la casta divina”, escribió Alvarado en su libro Mi actuación revolucionaria en Yucatán.

Alvarado, en aras de cumplir con los ideales revolucionarios, se dio a la tarea de transformar sustantivamente los ámbitos económico, político y social. Realizó una serie de reformas sin precedente en Yucatán. Las leyes relativas a los peones, los niños y las mujeres fueron primero: destacan la de liberación de los peones acasillados, terminando así el sistema de deudas; la educación primaria, en adelante obligatoria, laica y gratuita; y la que impulsaba la incorporación de las mujeres a las actividades públicas, dándoles igualdad jurídica, emancipación a los 21 años y la separación a través del divorcio. Se empeñó en acabar con el monopolio de la International Harvester, informando la Comisión Reguladora del Mercado de Henequén y procedió a la incautación de los ferrocarriles y a modificar a fondo el sistema hacendario. Emitió una Ley de Cultos para contrarrestar la poderosa presencia de la iglesia católica y llevó a cabo una campañía “desfanatizadora”, necesaria a su juicio para “sanear” a la sociedad.

Entre las medidas y estrategias centrales de su programa de gobierno, merece especial atención la fundación de un nuevo partido oficial. Así intentó centralizar y coordinar “desde arriba” la actividad política. El llamado Partido Socialista Obrero operó para manejar el proceso de integración ciudadana; fue fundado por decreto, para que se convirtiera en el organismo encargado de desarrollar la política oficial del gobierno militar constitucionalista. Por eso se convirtió, para todos los efectos, en un partido de estado que integraba todas las redes de poder en el territorio.

No se hicieron esperar las reacciones positivas y negativas, de entusiasmo en unos y chasco y resentimiento en otros. La creciente participación de los trabajadores rurales y urbanos en la vida política les proveyó de armas para la lucha laboral que desconocían. El sindicato, la “liga de resistencia” (unidad básica del partido), las leyes laborales y el discurso ideológico fueron algunos de los tantos medios de combate ahora en sus manos, que los fortalecieron y animaron como enemigos de una clase calificada de explotadora y reaccionaria, según el vocabulario revolucionario empleado en la península desde 1915.

Arco de San Juan en MAi??rida

Arco de San Juan en Mérida

El poder se había salido de manos de la élite para caer en las de una clase antes marginada y despreciada. Los nuevos políticos agitaban a las masas con un discurso socialista, amenazando con desencadenar su furia si los miembros de la casta divina no cumplían con sus deseos, esto es, pagar fuertes contribuciones, ceder a las demandas laborales y llevan- do a cabo todo lo estipulado por el nuevo Estado. Muchos lograron adaptarse. Otros, por el contrario, apostaron al desgaste de este nuevo estado. Dejaron de invertir en las actividades productivas, tratando de obtener el máximo provecho inmediato de sus haciendas y empresas, y trasladaron sus ganancias al extranjero. Algunos, vinculados con el viejo régimen y temerosos de represalias, se embarcaron con sus familias rumbo a Estados Unidos y La Habana y esperaron a que la tormenta pasara.

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