Archivo de la categoría: Arte

Juan García Ponce y el privilegio de la mirada en el arte

Ángel Aurelio González Amozorrutia

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Juan García Ponce abordó en sus obras distintintas vertientes, que van desde la literatura hasta la crítica de arte. Tuvo además un papel fundamental en la formación de la llamada Generación de la Ruptura.

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Juan García Ponce, 1981. Fotografía de Elisa Cabot, Flickr commons.

El poder de la belleza y la imaginación.
Ese es el derecho del arte.
Con él, en él,
Nos devuelve el derecho a la vida.

Uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana en la década de 1960 fue el yucateco Juan García Ponce (Mérida, 22 de septiembre de 1932 – Ciudad de México, 27 de diciembre de 2006), conocido por su vínculo con las vanguardias literarias de esos años, y autor de obras importantes como: La casa de la playa (1966) y El gato (1974), entre muchas más.

No obstante que su trabajo literario estuvo centrado en la novela y el cuento, García Ponce se involucró en la escena pictórica de esos años, en un principio de manera casi “natural” –dado que su hermano Fernando fue uno de los jóvenes exponentes de la nueva estética que se ensayaba en la pintura nacional–, al escribir textos sobre una generación, la de la “ruptura”, que aspiraba a cambiar los cánones entonces vigentes. Este texto se centra en esa integración entre literatura y pintura manifiesta en sus escritos.

En un entorno de cambios sociales y políticos, el arte también hizo eco en diversas expresiones como la música, las letras, la pintura, el teatro y el cine. En cuanto al ámbito pictórico, Juan García Ponce analizó a la nueva generación de pintores, que buscaron nuevos caminos de expresión, a través de su texto Nueve pintores mexicanos.

Dicha generación irrumpió en México a mediados de la década de 1960; en ese momento un conjunto de artistas buscó nuevas rutas sobre el arte, lejos de la categórica sentencia de David Alfaro Siqueiros “No hay más ruta, que la nuestra”; donde los dogmas de la Escuela Mexicana de Pintura sobre el nacionalismo en el arte asfixiaba y censuraba todo quehacer artístico que no contribuyera a la exaltación del nacionalismo, donde el arte únicamente era un medio para la construcción de la grandeza de la nación. Los museos de la ciudad y el discurso estético del Estado se consagraban en difundir la obra de aquellos artistas que exaltaban los valores triunfantes de la revolución mexicana, un pasado indígena ensalzado como una utopía de orden perfecto de un pasado glorioso, y los ecos del muralismo, que había iniciado, en la segunda década del siglo xx, una cruzada en los edificios públicos bajo el apostolado de José Vasconcelos, secretario de Educación Pública, que respondió al momento histórico pero cuyo discurso, en cierta forma, se había agotado a mediados de la década de 1950.

García Ponce, de padre español y madre yucateca, pasó la niñez entre Campeche y el estado materno. En su Autobiografía precoz (1966), que le fue encargada por el crítico literario Emmanuel Carballo, junto con otros escritores como Salvador Elizondo y José Agustín, describe cómo fue formada su vocación hacia la escritura, ciertamente tardía de acuerdo con su propio testimonio, y cómo su infancia transcurrió en casas señoriales de amplios patios y, siguiendo las costumbres de la época, bajo el cuidado de su abuela, tías y nana. Estudió la primaria con los maristas en Mérida. Este ambiente se refleja en su obra El canto de los grillos, que en 1956 ganó el Premio Ciudad de México, siendo galardonado por el entonces presidente de la república Adolfo Ruiz Cortines, en un hecho que definiría su destino como escritor, mismo que lo alejó del destino que su padre le tenía reservado, continuar con la tradición de manejar los negocios familiares.

Muy joven se trasladó a la ciudad de México para estudiar Letras Alemanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, donde entró en contacto con profesores y escritores. Cabe señalar que desde los años cuarenta se habían incorporado a ella varios intelectuales y académicos españoles, exiliados por la guerra civil, gracias a la generosa y valiente política de asilo que emprendió el presidente de la república, el general Lázaro Cárdenas del Río. Esta afluencia de escritores y filósofos, como José Gaos, Max Aub y editores como Joaquín Diez Canedo, por citar algunos, fue muy valiosa para la literatura y la crítica; también llegaron a México artistas como Leonora Carrington (con quien después Juan colaboraría en la mítica Revista S.nob de arte y literatura), Remedios Varo, Vlady, hijo de Víctor Serge, quienes también huyeron del fascismo; todos con clara influencia surrealista y de las vanguardias europeas, que eventualmente se confrontaron, en ciertos aspectos, con el discurso del arte de cuño nacionalista.

En la ciudad de México, Juan García Ponce entró además en contacto con escritores y artistas como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, José de la Colina, Sergio Magaña, Juan José Arreola, Rosario Castellanos, Juan José Gurrola, Juan Vicente Melo, que fueron llamados también la Generación de Medio Siglo o Casa del Lago.

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PARA SABER MÁS

Fundación Macay, “El placer de la mirada en Juan García Ponce”, en <https://macay.org/television/video/469/el-placer-de-la-mirada-de-juan-garcia-ponce->.

García Ponce, Juan, Nueve pintores mexicanos, México, Pértiga, 2006.

García Ponce, Juan, Obras reunidas, México, fce, 2003-2008, 5 vols.

Un tesoro en el Museo de Arte del Estado de Veracruz

Samantha Pérez Durán
Posgrado en historia del arte

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

El Museo de Arte de Veracruz alberga un grabado singular que, desde la mirada francesa, narra el episodio de bombardeo a San Juan de Ulúa en el marco de la guerra de los Pasteles. Es una pieza única por su temática, que muestra la visión extranjera sobre un acontecimiento histórico, del territorio y el paisaje nacional.

228En abril se cumplieron 500 años de la fundación por Hernán Cortés de la Villa Rica de la Vera Cruz, ciudad antigua que vio desfilar por sus parajes a innumerables personajes y que vivió acontecimientos trascendentales en la historia de México. Uno de ellos fue la primera intervención francesa de 1838, conocida por muchos como la guerra de los Pasteles, conflicto que tomó como pretexto las reclamaciones de un pastelero francés, el cual pedía al gobierno mexicano una indemnización por la cantidad de 60 000 pesos por los daños causados a su local durante una de las revoluciones continuas en México.

El Museo de Arte del Estado de Veracruz, con sede en Orizaba, se asienta en una construcción virreinal del siglo XVIII, misma que originalmente albergó al Oratorio de San Felipe Neri. El edificio fungió como museo desde 1992, consolidándose desde entonces como una importante albacea de la cultura e identidad veracruzana. Entre sus colecciones se encuentran obras de carácter sacro pertenecientes a la época de la colonia, piezas del siglo XIX, del siglo XX y de artistas veracruzanos contemporáneos. Dentro de las más de 700 obras de su acervo destacan 33 pinceles y dibujos del artista patrimonio nacional Diego Rivera; sobresalen abundantes temas naturalistas y de sucesos históricos acaecidos en dicho estado. Entre estos inventarios existe un grabado muy interesante, se trata de la copia de una de las obras del pintor francés Horace Vernet (1789-1863) realizada en 1838 y resguardada en la sala Constantina del Antiguo Palacio de Versalles; el óleo retrata el bombardeo y toma del fuerte de San Juan de Ulúa.

230Émile Jean Horace de Vernet fue un pintor francés que practicó su arte en el periodo conocido como Romanticismo. Este movimiento tuvo su apogeo aproximadamente de 1790 a 1850, fue un movimiento liberal de cierta tendencia política, pues la mayoría de las obras producidas pugnaban por servir como propaganda política, siendo sus rasgos más notables el excelso dramatismo plasmado en las representaciones y el verismo logrado por medio del contraste de luz, sombra y ricas paletas cromáticas. Vernet, situado en esta corriente, gustaba de realizar pinturas de historia y retrato. Estudió con su padre Carle Vernet, también pintor notable en su oficio. En 1812 expuso su obra en el Salon, fue director de la Academia Francesa en Roma desde 1828 y hasta 1835. En su carrera gozó del patrocinio del Duque de Orleans y el rey Louis Philippe, quien le encargó numerosas escenas bélicas.

El pequeño grabado en metal coloreado de 24 centímetros de largo por 22.5 centímetros de ancho, copia de la obra de Horace de Vernet, está simplemente firmado por un tal Skelton. Sabemos que William Skelton (1763-1848) y Joseph John Skelton (1783-1871), hermanos y grabadores naturales de Inglaterra, llevaron a cabo diversas empresas de ilustración propias de su arte, realizando las mismas en conjunto a modo de taller o por separado. El primero estudió en la Royal Academy en 1781, fue alumno del también grabador inglés James Basire, importante en su formación por ser pupilo del maestro William Blake. Por su lado, el segundo siguió los pasos de su hermano; no tenemos noticias de su educación, pero se sabe que gustaba de los temas topográficos y de antigüedades. Entre sus trabajos encontramos copias a grabado de diversas pinturas de las galerías históricas del palacio de Versalles. Lo anterior nos permite deducir que él fue el responsable de grabar la copia de la obra de Horace de Vernet Prise du fort de Saint Jean d’Ulloa (Toma del fuerte de San Juan de Ulúa).

???????????????????????????El grabado captura el brío del momento por medio de escenas simultáneas en las que contemplamos el desarrollo de las acciones. En la proa de la embarcación, observamos la orden de ataque dada por mano del príncipe de Joinville, quien porta un elegante sombrero de copa; dentro de la corbeta vemos en primer término a la tripulación entregada a los afanes de atacar y responder al fuego enemigo, cargando los cañones y ajustando las velas. En un segundo plano, un grupo de barcos franceses aguardan con intención de rodear el fuerte, el cual se encuentra en llamas y envuelto en una gran exhalación de humo que apenas y deja avizorar la construcción. Esta escena se sitúa exactamente en el episodio del bombardeo a la fortaleza de San Juan de Ulúa llevado a cabo el 5 de diciembre de 1838, pues fue en esa fecha que el príncipe de Joiville tuvo noticia de que Santa Anna se guarecía en el puerto veracruzano junto con el general Mariano Arista, por lo que, a bordo de la embarcación llamada La Criolla, dirigió un destacamento para bombardear el fuerte, logrando apresar a Mariano Arista. Aunque Santa Anna huyó, un cañonazo enemigo lo dejó mal herido de la pierna; tales fueron las secuelas que tuvo que amputársela.

Ahora bien, François Ferdinand Philippe Louis Marie d’Orléans, príncipe de Joinville, era el tercer hijo del duque de Orleans, mecenas del pintor francés Horace de Vernet, autor original del lienzo copiado por Skelton, por lo que no es de extrañarse que el duque encargara al pintor plasmar las glorias de su hijo en tierras extranjeras. Al respecto de la técnica del grabado, en general se agradece el especial cuidado en delinear la anatomía de las embarcaciones, ya que la miniatura no demerita el detalle con el que el pintor francés aprovechó las vetas de la madera para representar el violento oleaje y la característica vestimenta de los personajes. Habría que tener en cuenta que Skelton era especialista en temas que requerían mayor atención a los detalles minúsculos y particulares, razón suficiente para justificar su pericia al marcar las retículas del velamen, así como todos los aditamentos y herramientas existentes en las embarcaciones francesas. Puede verse inclusive el catalejo que el príncipe de Joiville sostiene con su brazo izquierdo.

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Saturnino Herrán, artista del modernismo nacionalista

Luciano Ramírez
Universidad Autónoma de Aguascalientes

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

En su corta vida, el pintor hidrocálido, para algunos iniciador de la escuela mexicana de pintura, dejó una obra fundacional por su estilo. Se inspiró en la vida cotidiana, las tradiciones y rituales y los personajes del pueblo para resignificarlos, cuando en los primeros años del siglo XX no generaban interés en sus colegas, más institucionales y conservadores.

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Saturnino Herrán, La criolla del rebozo, óleo sobre tela, 1914. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

 

José Saturnino Efrén de Jesús Herrán Güinchard fue llamado por Ramón López Velarde “El poeta de la figura humana” y por Federico E. Mariscal “El más pintor de los mexicanos y el más mexicano de los pintores”. Mejor conocido simplemente como Saturnino Herrán, nació en 1887 en pleno período del porfiriato, en la calle del Codo, hoy centro histórico de la ciudad de Aguascalientes, al sexto año de haberse casado sus progenitores. Fueron sus padres José Herrán y Bolado (1851-1903), descendiente de españoles, y Josefa Güinchard Medina (1856-19¿?), de abuelo materno nacido en Suiza.

El padre era una persona instruida: catedrático, dramaturgo e inventor, estudioso y de un talento nada común. Fue político y funcionario público. Por varios años se desempeñó como tesorero General del Gobierno del Estado de Aguascalientes (de 1881 a 1887 y de nuevo en 1891), diputado en la legislatura local, redactor del periódico El Instructor, dirigido por su primo político el doctor Jesús Díaz de León, por una década. También enseñó matemáticas y teneduría de libros en el Instituto Científico y Literario (luego llamado Instituto de Ciencias) desde 1885, donde además fungió como jurado en numerosos exámenes, hasta 1895. Sostenía respetables conocimientos en torno al arte, la creación artística y los colores, temas de discusión que tenía con su prima, la artista plástica Ángela Bolado de Díaz de León. Esas pláticas pudieron haber ejercido algún tipo de influencia en el pequeño Saturnino; es decir, padre y tía fueron capaces de procurarle un ambiente propicio para la sensibilidad artística y animarle a realizar sus primeros dibujos.

La madre, Josefa Güinchard (hermana de un gobernador de Aguascalientes), se dedicó al hogar, a cuidarlo.

La infancia de Saturnino Herrán fue tranquila, feliz, cobijada por un entorno familiar que gozaba de prestigio social, rodeado además de amigos como Ramón López Velarde, Enrique Fernández Ledesma, los hermanos Arturo y Alberto J. Pani, entre otros, todos ellos futuros poetas, hombres de letras, escritores, políticos y diplomáticos destacados.

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Saturnino Herrán, El gallero, óleo sobre tela, 1912. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

Dice Víctor Muñoz, estudioso del tema: “La vida cotidiana de los Herrán-Güinchard, el cariño y una libertad lúcida deben haber generado un cálido espacio para las actividades creativas del niño Saturnino Herrán. Se sabe que dibujaba desde muy pequeño. Dibujaba la plaza bulliciosa de los domingos o las corridas de toros de la Feria de San Marcos a las que era llevado por su padre, amante de las ancestrales costumbres peninsulares”.

Por indagaciones de Alejandro Topete del Valle (1908-1999), nombrado cronista vitalicio de la ciudad en 1944, el párvulo Saturnino Herrán fue inscrito en el Instituto San Francisco Javier, escuelita fundada por el presbítero Francisco Ruiz y Guzmán, quien contrató los servicios del ameritado profesor Eugenio Alcalá. Comenta A. Topete: “A este centro fue llevado en edad propicia, el niño primero y joven después, José Saturnino Efrén de Jesús. Allí formó lo que había de constituir su grupo de amigos, con jóvenes pertenecientes a las más recomendables familias de la ciudad.” Saturnino, entonces, perteneció a la élite: “El medio social de la familia Herrán-Güinchard fue siempre el que correspondía a las familias distinguidas por su honorabilidad y buen trato, rodeado de parientes altamente apreciados por sus reconocidas cualidades.”

A principios del siglo XX, el joven Saturnino Herrán fue alumno de José Inés Tovilla (1884-1921), formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes y a la sazón director de la Academia Municipal de Dibujo, quien además daba clase en el Instituto Científico y Literario. En este establecimiento educativo, Herrán aparece en la lista de alumnos examinados el 12 de septiembre de 1901 y 13 de septiembre de 1902 en la clase de dibujo lineal y dibujo de ornato, sacando la nota más alta. De este período se conservan dos dibujos: David, pedestal y ánfora (en realidad Ganimedes), fechado en febrero de 1902, y Adonis de enero de 1903. Ambos acusan un entrenamiento bien orientado y sistemático. Años más tarde, Tovilla y Herrán se volverían a encontrar en la Escuela Nacional de Bellas Artes, ambos como profesores en la institución en la materia de dibujo de imitación.

Saturnino Herrán, La criolla del mantón, crayón y acuarela sobre papel, 1915. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

Saturnino Herrán, La criolla del mantón, crayón y acuarela sobre papel, 1915. Instituto Cultural de Aguascalientes, Museo de Aguascalientes.

Al parecer, Saturnino Herrán también fue discípulo de Severo Amador Sandoval (1879-1931), artista egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes y discípulo de Jesús F. Contreras, quien a principios del siglo XX puso una escuela particular en la ciudad de Aguascalientes. Amador fue un dibujante, impresor y grabador de fino trazo –también músico, novelista y escritor–, adscrito a las corrientes simbolista y decadentista propias del modernismo. Había una comunidad de artistas e intelectuales aguascalentenses que radicaba en la capital del país. Por ejemplo, al sepelio del escultor aguascalentense Jesús F. Contreras Chávez, acaecido en la ciudad de México en julio de 1902, acudieron varios de sus paisanos y parientes, entre ellos el escritor, actor y dramaturgo José F. Elizondo, el arquitecto Samuel Chávez, el licenciado, filósofo y educador Ezequiel A. Chávez y el padre de Saturnino, en ese entonces diputado suplente ante el Congreso de la Unión.

Lamentablemente, medio año después, también en la capital del país, falleció José Herrán y Bolado, el 19 de enero de 1903. El desconcierto, el desaliento y las penurias morales y económicas, debieron de crear una situación de zozobra en los ánimos de madre e hijo, quienes se establecieron en la capital del país ese mismo año. El joven Saturnino se vio precisado a buscar un empleo para ayudar con los gastos.

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La Serpiente Emplumada. Una novela para revolucionar conciencias

Héctor Javier Pérez Monter

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41

David Herbert Lawrence quería hacer una novela por continente. Cuando llegó a vivir a Nuevo México aprendió español y se interesó por la cultura de América. Luego se asentó en Guadalajara. Allí redactó a velocidad inusitada una de sus grandes obras que daría a conocer, no exenta de exaltaciones, a México y su cultura prehispánica.

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Escrita en 1923 en México por un autor “mejor-vendedor”, y publicada en Londres en 1926, en una lengua que significaba el mercado editorial más importante del mundo, la novela La serpiente emplumada pudo dar un fuerte impulso a México y su cultura ancestral.

Si bien hoy son deleznables sus conceptos racistas, estos son acordes con una época donde eran comunes las corrientes nacionalistas y escuelas como la “eugenesia” estadunidense, predecesora del nazismo. A pesar de este contexto, su autor, David Herbert Lawrence (DHL), muestra un enorme deseo, casi hasta el delirio, para que la cultura mexicana, en sus estratos indígenas, a los que mira como “bellos”, se emancipe ante su sociedad y el mundo, se sacuda el sometimiento que guarda ante la Iglesia católica y reviva sus raíces religiosas autóctonas.

En ese entonces, el poder de la industria editorial apenas competía contra la radio y el cine mudo, que comenzaría su fase sonora hasta 1929. Una buena novela rondaría los cientos de miles de ejemplares, y si era exitosa, posiblemente fueran millones, en apenas pocos meses. En 1920, la prensa dominical de Inglaterra, unos 20 periódicos, alcanzaban 13 5oo ooo de ejemplares.

Dueño de una gran profundidad, un estilo muy depurado e inscrito en la escuela novelística inglesa más tradicional, DHL sería reconocido mucho tiempo después como un referente obligado y uno de los autores más emblemáticos del siglo xx. Su mejor publicidad en el momento fue ser acusado de “obsceno” por su gobierno.

Nacido en 1885, en Eastwood, Gran Bretaña, DHL fue marcado por el puritanismo  la alta cultura de su madre, contrastando con el alcoholismo de su padre minero. Su primera gran amistad no fue un hombre, sino una mujer, Jessie. La profunda psicología femenina que practicó DHL en sus novelas, a menudo lo llevaron a ser interpretado como un homosexual en ciernes. Pero aunque desde niño supo leer a las mujeres y escribir como ellas, lo que nunca hizo fue enamorarse de una figura masculina, a las cuales aborrecía como a su padre.

Fue precisamente su amiga Jessie quien lo dio a conocer como poeta y escritor, al mandar a una revista algunos trabajos suyos que fueron impresos en 1909; luego ganó algunos concursos y para 1910 escribió su primera novela, El Pavo Real Blanco. Poco antes, en 1908, logró graduarse como profesor de literatura, lo que significaba para su madre alcanzar un estatus totalmente fuera de su origen minero. Sin embargo, en un sistema educativo pedante, la docencia no era una aspiración de DHL y resultó un profesor desmotivado y poco exitoso.

Cuando tenía 23 años murió su madre y una pulmonía mal cuidada dejó sembrada la tuberculosis en él, destino que lo llevó a trabajar con denuedo por el resto de su breve vida.

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Contemporáneos. Los intelectuales cosmopolitas en el México posrevolucionario

Ana Karen Hernández Hernández
Universidad Autónoma Metropolitana. Unidad Iztapalapa

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

El país de la década de 1920 era introspectivo, desconfiado de lo que fuera extranjero, por eso la aparición de un grupo de escritores, artistas, pensadores y editores denominado Contemporáneos, que se abría a ideas nuevas y alternativas generó polémica y recelo. Allí estaba una generación que quedaría enraizada en las letras mexicanas: Torres Bodet, Novo, Villaurrutia, González Rojo, Owen, Ortiz de Montellano, Pellicer, Gorostiza. Una contracultura en la posrevolución.

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y otros miembros de la Federación Nacional de Estudiantes, 1921, inv. 5682. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y otros miembros de la Federación Nacional de Estudiantes, 1921, inv. 5682. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Con la llegada de Álvaro Obregón a la presidencia de la república en 1920, se consolidó la pacificación del país tras la revolución. El nuevo régimen necesitaba redefinir a la nación, y crear elementos de cohesión social que le permitiera legitimarse, ello dio paso a la creación del discurso
nacionalista revolucionario. En él se procuró una historia común imaginada como referente para todos los miembros de la sociedad, siendo su eje articulador el elemento del pasado mexicano que más contrastaba con el exterior: las culturas prehispánicas, principalmente la mexica. Fue por tanto un nacionalismo etnológico, pues se identificó lo nacional con lo indígena, y lo indígena con lo popular y lo revolucionario. Todo aquello que fuera extranjero era un enemigo: el nacionalismo revolucionario, lejos de tender puentes entre las distintas nacionalidades, desplegó una estructura simbólica que remarcó y precisó las fronteras entre “lo mexicano” y otras culturas.

En este ambiente posrevolucionario un grupo que no se identificó con el nacionalismo revolucionario fue el conocido como Contemporáneos. Su propósito era integrar a México en la universalidad de la época por medio del conocimiento de nuevas literaturas, principalmente europeas y estadounidenses; por ello emprendió una serie de actividades culturales como la publicación de revistas, traducciones de destacadas obras de ese momento e incluso montajes teatrales. Sus actividades y afán cosmopolita les valieron la acusación de frívolos, despreocupados por el orden social, ignorantes de la cultura mexicana y de rechazar los valores en construcción de la vida de su propio país. Sin embargo, los Contemporáneos no rechazaban su herencia mexicana, sino que al contrario, como conocedores de la misma, sus actividades, varias de ellas al margen de las instituciones oficiales, demostraron un interés en el mejoramiento y la promoción de la cultura, la sociedad, el arte y la literatura mexicana.

A diferencia de otros movimientos artístico-culturales del siglo XX, como el surrealista o estridentista, los Contemporáneos no elaboraron un manifiesto para definirse plenamente. Nada más ajeno a ellos que agruparse bajo normas comprometedoras, que limitaran su independencia creativa. La vanguardia a la que aspiraban asumía el individualismo, ninguno propuso legislaciones o estableció mandataria concertación. De ahí que pueda afirmarse que los unió la amistad: si de soledades fue la atadura, la amistad la desató. Los amigos tenían edad semejante, nacidos entre 1897 y 1904, una base educativa común adquirida en la Escuela Nacional Preparatoria y la colaboración constante en las revistas y empresas de sus allegados. Con base en esos criterios, pueden enunciarse como Contemporáneos a Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José y Celestino Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Gilberto Owen.

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