Archivo de la categoría: BiCentenario 52

Una dentista pionera en el medio militar

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

María Eugenia Arias Gómez
Instituto Mora

Estela Gracia García y Martínez fue la primera mujer ascendida a teniente coronel en el ejército mexicano, y una adelantada de su época en la protección bucal. Odontóloga, obtenía su lugar con base en estudios, conocimiento y trabajo por encima de sus pares hombres, y aún así padecía discriminación y amenazas por ser mujer. El ejército mexicano está compuesto por hombres virtuosos, pero con grandes defectos, dice en esta entrevista de 2015.

Teniente coronel cirujano dentista Estela Gracia-García y Martínez. Archivo fotográfico de la Comisión de Estudios Históricos de la Escuela Médico Militar.

Ser hija de uno de los dos fundadores y primer director de la Escuela Médico Militar, además de hermana y sobrina de egresados de esa institución, motivaron a Estela Gracia García y Martínez a causar alta en el ejército en 1947, después de graduarse con mención honorífica en la Escuela Nacional de Odontología de la unam, una vez entregado el informe de su servicio social en Chalco. Sus padres, quienes curiosamente eran tocayos, fueron la farmacéutica Guadalupe Martínez Barragán y el general médico cirujano Guadalupe Gracia García Cumplido.

Nacida el 22 de abril de 1924 en el centro histórico de la ciudad de México, donde estudió en escuelas oficiales y en la Nacional Preparatoria, Estelita, como la conocían todos, siempre se destacó en sus estudios. Hablaba francés, inglés y esperanto. En la niñez le encantaba nadar, patinar en ruedas, pasear en bici y comprar juguetes para su casa de muñecas. Conforme iba creciendo, le ayudaba a Plinio, su único hermano, en las reparaciones en la casa, así aprendió nociones, “pequeños detalles”, de plomería, carpintería y electricidad. Con él disfrutaba ir a los bailes de la Escuela Médico Militar. Se hizo coleccionista de timbres postales y monedas de México y de otros países, y adquirió un espíritu de viajera que la llevó por las capitales de los estados y pueblos mexicanos, y otros lugares de América, Europa y Asia.

En el medio castrense no recibió instrucción; compró los reglamentos militares y se preparó por su cuenta. Fue asignada a la sala de Exodoncia y Cirugía Bucal del Hospital Central Militar. Tras tomar el curso de Odontología Infantil en la Escuela de Graduados de la unam, se le comisionó para atender a niños y niñas derechohabientes dentro del nosocomio militar. Luego, en distintos momentos, prestó servicios en la Fuerza Aérea Mexicana. Además de ser estudiante pionera en el área de especialización en la Clínica Dental Infantil, aportó la aplicación de fluoruro de sodio como preventivo contra la caries dental, la cual se adoptó en los centros de salud del país. En 1979 se retiró del ejército con el grado de teniente coronel cirujano dentista, siendo la primera mujer mexicana que alcanzó este nivel. Buena parte de su carrera profesional la desempeñó en el Hospital Central Militar, donde murió de un mal cardiaco el 6 de septiembre de 2015.

Poco a poco la conocí, cuando asistimos a las reuniones de la Comisión de Estudios Históricos de la Escuela Médico Militar, en la cual, entre otros, ella y su hermano fueron pioneros. Estela nunca se casó. Era bajita de estatura, muy valiente, generosa y simpática; de tendencia ideológica izquierdista; rígida de carácter, sobre todo al hacer las cuentas del dinero y al escribir. Perteneció, además de la comisión, a varias asociaciones médicas y culturales. Destacó como autora de artículos sobre odontología, así como textos históricos; de libros en torno a la historia de la Escuela Médico Militar, algo que parece lógico por la influencia de su padre, quien fue historiador empírico, además de médico y militar.

El 7 de marzo de 2015 la entrevisté, tenía 91 años, y pocos meses después fallecería. En fragmentos que aquí comparto, Estelita recuerda aprendizajes y experiencias en el medio militar, algunos bastante desagradables por el simple hecho de ser mujer. Menciona sus actividades, aportaciones, ascensos militares y reconocimientos. Sentía un cariño muy especial hacia la Escuela Médico Militar y consideraba que como odontóloga militar mexicana fue “muy bien preparada”.

Desde que yo estaba en la Escuela de Odontología, una de mis clases predilectas era la odontología infantil, sobre la cual tuve la oportunidad de hacer un curso de posgrado en la Escuela de Graduados de la unam. Cuando regresé al Hospital Militar, después de aquel curso, me comisionaron naturalmente para que atendiera a los niños. Atendía a los de consulta externa, consulta interna y a los de la guardería en un local improvisado. En la sala de exodoncia había tres sillones, entonces me dejaron uno.

Estuve en la Escuela de Adiestramiento Sanitario, que estaba por allá por la Normal, y atendiendo ahí únicamente a niños, y acá en el Hospital, pues tuve oportunidad de poner en práctica la aplicación tópica de cloruro de sodio, que es para evitar hasta cierto punto la frecuencia de la caries. Hice un trabajo relacionado al mismo y lo presenté en un congreso de odontología militar; también otro en el que proponía que a todos los niños, al entrar a la primaria, así como se les exige el certificado de vacunaciones, se les exigiera un certificado de aplicación tópica de cloruro de sodio; eso fue en 1950. Pero apenas se aplicó 20 años después de que lo propuse. Me felicitó el jefe dental en Salubridad y el director del Colegio de Dentistas. En el Hospital Militar tomé un curso sobre técnica abrasiva, pero nunca prosperó; nos dieron un curso de prostodoncia, es decir hacer prótesis dentales; tomé un curso de hipnosis médica, con el hijo del doctor, del general [Luis] Benítez Soto.

Estuve en varias ocasiones arrestada. Resulta que yo tenía mi turno de nueve a once con el jefe de mi sala [en el Hospital Militar], que era mi sala de exodoncia; entonces terminaba el trabajo y el jefe dice: ¡vámonos! Nos salimos él y los de esa sala, y al otro día me encontré con que estaba arrestada porque me había salido diez minutos antes de la hora; pero me salí porque el jefe de la sala me dijo que nos saliéramos. Así que ese fue el motivo por el que me arrestaron. En aquel tiempo alguien me informó, yo todavía no estaba muy lista en materias militares, que la primera vez que le llaman a uno la atención no es con un arresto, se llama amonestación; si uno vuelve a cometer la misma falta, entonces ya es un arresto, y si reincide uno, entonces ya viene cambio de corporación [de ubicación].

[…]
Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

Terror en el valle de las mariposas

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Diego Covarrubias

Los bosques que rodean Valle de Bravo y Avándaro fueron un vergel en los años ochenta para el campismo y escapar del ruido y la contaminación de la ciudad de México. Hasta que el Chopper desapareció.

Yo, que no soy capaz de recordar lo que desayuné hoy en la mañana, o peor aún, si desayuné o no, todavía recuerdo con claridad la mayoría de los acontecimientos que nos prodigó la década de los ochenta. Recuerdo, por ejemplo, la fabulosa música; el llanto de nuestro presidente al anunciar la expropiación de la banca y su canina defensa del peso; la irrupción del neoliberalismo y de la cultura pop; la explosión en San Juanico; los terremotos de 1985, los cuales viví como brigadista de la Secretaría de Salud en vecindades del centro histórico; el mundial de fútbol de 1986, que nos dejó una mano de Dios, una chiquitibúm y una rechifla sonora a la investidura presidencial; así como un fraude electoral orquestado desde la Secretaría de Gobernación dos años después, el cual retrasó la entrada de la democracia en nuestro México lindo y querido.

Pero lo que más recuerdo, sin duda, son los campamentos que hacíamos en los alrededores de Valle de Bravo a principios de esa maravillosa década, en un lugar al que le pusimos el lepidóptero nombre de Valle de las Mariposas, y que tenía un riachuelo que serpenteaba el valle de un extremo a otro, hasta desembocar en el famoso lago del pueblo, que no era ni es lago, sino una presa construida en 1947, y que desde entonces abastece de agua a la ciudad de México. El riachuelo llegaba hasta Avándaro, que pasó de ser el Woodstock mexicano al grito de “¡queremos rock!”, a un lugar de descanso de los privilegiados, sembrado de residencias de lujo y con aroma a bosque y plusvalía.

En aquellos años de acné y secundaria, nuestros campamentos empezaban los viernes en la tarde saliendo de la escuela y terminaban los domingos. Los preferíamos antes que cualquier otro plan, inclusive que ir a bailar al Bandasha, la discoteca de moda, o jugar póker en casa de algún amigo, que eran los típicos planes de nuestros compañeros de grado y posición social. Preferíamos la sensación de estar en contacto con la naturaleza, de mirar un cielo estrellado que no imaginábamos que pudiera existir detrás del cielo grisáceo y artificialmente iluminado de la ciudad de México; de sentir el frío del bosque y perseguir los rayos del sol cuando amanecía; de meternos al riachuelo y jugar carreritas de hojas en su corriente, y sentir cómo la amistad se nos metía en la piel y los pulmones, cuando en la noche encendíamos la fogata y nos quedábamos hipnotizados viendo las flamas bailando en la oscuridad al compás de la madera crepitando y de los acordes de la música de Cat Stevens o de Pink Floyd. Luego, cuando la noche se ahondaba y sacábamos las salchichas y los chicharrones con dip de cebolla, y otras cosas no tan legales, sentíamos que todo tenía sentido, incluyéndonos a nosotros, y anticipábamos la escena de Leonardo di Caprio en el Titanic, gritando en medio del bosque que éramos los reyes del mundo.

Siempre los mismos cinco amigos, y a veces más: otros compañeros querían saber por qué llegábamos tan renovados el lunes siguiente, y entonces los invitábamos a acampar con nosotros. Nos daba mucha risa verlos aparecer el viernes con sus mocasines Florsheim, jeans Jordache con cinturones de alpaca, chamarras Members Only y sus provisiones que consistían en Frutsis de uva, Trikitrakes y Gansitos Marinela, y nos decían con orgullo que ya estaban listos para su contacto con la naturaleza. Nosotros nos reíamos por lo bajo, pensando que en realidad no estaban tan listos como pensaban, que la naturaleza se los iba a cobrar con hambre y con frío. Tal vez por eso, al siguiente campamento éramos otra vez los cinco o seis de siempre, contando al Chopper, un perro labrador negro que casi siempre nos acompañaba, y que cuando sentía el aroma del bosque y del valle corría de un árbol a otro, persiguiendo conejos y sombras, y aullando a la luna y metiéndose al río y moviendo la cola para sacudirse tanta libertad.

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Una fotografía de la ciudad de México en 1883

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Fernando Aguayo / Instituto Mora
Berenice Valencia / INAH

La historia de los primeros tiempos de la fotografía es compleja y poco conocida. Las limitaciones de la técnica impedían captar con precisión lo que se quería reproducir, sobre todo plasmar la gama de colores que se presentaba frente a la cámara. Un análisis de una fotografía y dos imágenes de la ciudad de México que se hicieron a partir de ella, ejemplifica cómo se hizo para obtener imágenes que mostraran de forma verosímil los espacios registrados por la cámara.

William Henry Jackson, 073049 The Palace from the Cathedral. City of Mexico, 1883. Library of Congress, EUA.

El 5 de mayo de 1883, la firma William Henry Jackson & Co. realizó una serie de tomas fotográficas de la ciudad de México, algunas desde la torre oriente de la Catedral Metropolitana y enfocando el Palacio Nacional, que se encontraba engalanado para celebrar el aniversario del que se llamó Día de la Segunda Independencia de México. Entre las imágenes resultantes de esa jornada, la fotografía “The Palace from the Cathedral. City of Mexico” ha sido elegida muy acertadamente en diversas publicaciones para mostrar una visión de lo que era la ciudad capital y su plaza mayor. Otra fotografía similar −con la que existen indudables diferencias, aunque en ambas se enfoca la esquina del Palacio Nacional delimitada por las calles Seminario y Moneda− se titula “Panorama of Mexico, the Palace from the Cathedral” (véanse imágenes 1 y 2).

Resulta evidente que la discrepancia más sobresaliente entre ambas imágenes es el cielo que, en la primera, aparece como elemento central, circunstancia que favorece su publicación, pues ilustra un componente que sorprendió a todo viajero que tuvo el privilegio de contemplar la ciudad de México en esa época. Un cielo excepcional que se producía por las condiciones atmosféricas propias y la humedad de los lagos que la rodeaban, pues esos cuerpos de agua estaban todavía vivos y formaban parte de la vida cotidiana de la capital.

En el siglo xix se consideró que la fotografía era el procedimiento más certero para crear imágenes verosímiles, a pesar de reconocerse que existían muchas limitantes para reproducir lo que a simple vista se veía. Este texto muestra la forma en que una firma fotográfica realizó su trabajo para lograr imágenes que se acercaran a los referentes visuales, la cual parte de dos afirmaciones: que las fotografías son objetos complejos en los cuales la imagen que portan es sólo uno de los elementos que se pueden contemplar y analizar; y que estos objetos son producto de una serie de procedimientos técnicos y reacciones químicas que determinan su estructura física, los materiales que la componen y las características distintivas de la imagen resultante.

Desde que inició la fotografía, uno de sus principales objetivos fue crear imágenes con una semejanza mimética a la “realidad”. Sin embargo, en el siglo xix, las limitaciones ópticas y técnicas hacían que la imagen obtenida con una cámara no fuera un reflejo fiel del referente. Mientras que la “realidad” se presenta en diferentes colores y tonalidades, las fotografías de esa época exhibían únicamente una gama de color (escala de grises, ocres y otras). Además, la sensibilidad limitada de la emulsión fotográfica, de reaccionar sólo a un rango determinado de ondas de luz, generó imperfecciones que impedían considerar la imagen final como cercana al referente. Para paliar algunos de estos inconvenientes, muchos fotógrafos modificaban sus negativos antes de que fueran impresos en positivo. Estas alteraciones, conocidas como retoques, surgieron a la par de la fotografía y están vinculadas con las exigencias de los primeros retratos, pero también con las limitaciones propias de los primeros años de la técnica fotográfica.

La amplia experiencia de William Henry Jackson y de los integrantes de su firma, aunada a la alta calidad de las cámaras y la óptica del equipo fotográfico con el que realizaban las tomas, les permitía captar multitud de detalles. Por ejemplo, la imagen “The Palace” muestra que la estructura provisional construida frente al Sagrario Metropolitano es un teatro y anunciaba la presentación de “tandas todas las noches” (véase imagen 3).

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Frontera Chiapas-Guatemala Tan lejos y tan cerca

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Kristina Pirker
Instituto Mora

La frontera sur mexicana es mucho más que una línea. Tiene dos caras. De un lado, la cotidianidad de la convivencia cultural y económica de chiapanecos y guatemaltecos. Del otro, las políticas de seguridad nacional que siguen las autoridades y la influencia de las presiones estadunidenses. La victimización y discriminación de las personas migrantes en territorio mexicano continúa.

Felipe Morales Leal, Puente Internacional Rodolfo Robles, Frontera México-Guatemala, 27 de mayo de 2018, Laboratorio Audiovisual de Investigación Social, Instituto Mora.

¿Qué quiere decir la palabra frontera para ustedes? La primera reacción ante la pregunta genera una sonora carcajada colectiva de las integrantes de Tzome Ixuk, una organización de mujeres tojolabales en el municipio chiapaneco de Las Margaritas. Para estas mujeres, quienes gestionan un albergue para mujeres migrantes centroamericanas y sus hijos, mi pregunta es una obviedad porque la frontera forma parte de su vida cotidiana. Lo que está lejos es “el gobierno”, el centro político-administrativo de México, donde se decide endurecer o moderar las políticas de control fronterizo que les afectan en su trabajo diario de atender a las mujeres que buscan refugio en su albergue. En la zona transfronteriza, las interacciones entre guatemaltecos y chiapanecos son continuas; por tanto, las similitudes suman más que las diferencias. Lo señala una de las mujeres: “Cuando llegamos allá, por ejemplo, en la parte de Guatemala, pues no nos distinguimos en nada, nada más que nuestra ropa o nuestra vestimenta, porque sabemos que a Chiapas lo dividieron nuestros gobiernos, y también Chiapas era parte de Guatemala. Por eso no nos distinguimos tanto y nos miramos como hermanos, como compañeras.” Para estas defensoras indígenas de derechos humanos, la idea de frontera como línea divisoria es antes que nada una imposición de los “gobiernos”, que no responde a la experiencia de vivir en los municipios fronterizos.

En el marco de una investigación interinstitucional financiada por el Conacyt sobre las condiciones del desarrollo regional transfronterizo entre México y Guatemala visité, entre junio de 2018 y mayo de 2019, a un conjunto de organizaciones que forman parte de la Mesa de Coordinación Transfronteriza, Migraciones y Género, para documentar las estrategias locales y transnacionales de acción y comunicación que emplean para defender los derechos de las personas migrantes –especialmente las más vulnerables como mujeres, niños y niñas, o personas lgbt– en entornos hostiles marcados por discriminación, violencia criminal y acoso por parte de agentes gubernamentales. En las narrativas de los y las activistas emergieron diferentes imágenes, metáforas y descripciones de la frontera que revelan, por una parte, la inserción de sus prácticas de cooperación, participación y movilización social en la historia y cultura de la región transfronteriza y, por otra, lo limitado de representaciones de la frontera Chiapas-Guatemala como “frontera sur”, es decir, como un límite político (border)entre Estados-nación. Hay otras connotaciones que hacen referencia al carácter difuso y periférico, al territorio “de nadie” entre tierras colonizadas y tierras aún abiertas a la exploración y explotación –en inglés frontier–,lo cual condiciona la vida cotidiana del activismo transfronterizo. Y otra noción, centrada en los grupos sociales –étnicos, religiosos, lingüísticos– que habitan un espacio, resalta las delimitaciones, o boundaries, entre ellos, fronteras culturales o sociales, muchas veces en disputa, que reflejan relaciones de fuerza, formas históricas de interacción e intercambio, y con territorialidades que no necesariamente coinciden con los trazos de las fronteras internacionales.

La Mesa de Coordinación Transfronteriza Migraciones y Género es una red formada en 2010 entre organizaciones mexicanas (primordialmente chiapanecas) y organizaciones de los departamentos fronterizos de Guatemala, que comparten el propósito de promover, atender y defender los derechos de las personas migrantes, enfrentar las actitudes xenófobas y discriminatorias en contra de la población centroamericana, tanto en las comunidades locales como en instituciones gubernamentales, y ofrecer orientación a las personas migrantes sobre sus derechos y los peligros en las rutas migratorias, desde una perspectiva que reivindica la justicia de género. Una parte importante de las organizaciones se dedica a la atención de necesidades inmediatas –un ejemplo son los albergues–, otras son centros de derechos humanos que orientan y defienden a personas migrantes que fueron víctimas de actos de violencia, además de que asesoran a solicitantes de refugio. También participan ong locales que se acercaron a la problemática en respuesta a la masificación del fenómeno y la integración a redes regionales dedicadas a la temática, y que combinan la atención directa con la investigación social, la capacitación y la denuncia de los factores estructurales –pobreza, desigualdad, conflictos por la tierra y los recursos naturales, violencia– que producen los desplazamientos humanos.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Sabores, colores y olores de la cocina campechana

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

José Manuel Alcocer Bernés
Director del Archivo General del Estado de Campeche

Los tiempos han cambiado y las posibilidades de dedicarle tiempo y esfuerzo al arte de cocinar son menores en los hogares; sin embargo, las tradiciones no se pierden. La comida de Campeche tiene una exquisitez imprescindible de conocer, la cual, al momento de enumerarla, parece infinita.

La gastronomía campechana ha sido celebrada como una de las más sabrosas y variadas de México. Muchos han elogiado sus sabores, olores y colores, así como la presentación de los platillos. Uno de ellos fue José Vasconcelos, quien en el libro Ulises criollo la describe de la siguiente manera:

La cocina campechana goza fama justa de ser la mejor del país. A los arroces azafranados, las aves y los lechones, añade peces sin rival en el mundo, como el cazón y el róbalo. Además de una variedad de ostras, cangrejos, langostas que se traen de la playa rocallosa. La preparación de guisos de pescado se realiza según las recetas locales, resulta estupenda, gracias a cierto empleo del comino. Los escabeches campechanos a base de ajos son también inconmensurables. Y en cuanto a dulces nada iguala al marañón o las pastas de coco y de guanábana, auténticas maravillas del trópico.

La escritora Silvia Molina nos cuenta acerca de la importancia de las comidas en las familias campechanas, las cuales son un punto de reunión, una fiesta donde lo que importa es la preparación de los ricos manjares por las manos expertas de las cocineras locales. La autora marca la diferencia con la comida defeña, fría, similar en sabores y sin gusto.

En mi casa se servía regularmente una suerte de comida neutral, mexicana de ninguna parte o quizá muy defeña: sopa de pasta, arroz y guisado, si era comida sonorense, caldo de queso, gallina pinta o la leche planchada. En cambio, cuando íbamos de visita a casa de la otra hermana de mi papá, la tía Lilia en la colonia Narvarte, podía apreciar lo diferente, lo campechano. Cuando llegaba por fin la hora de la comida, nos sentábamos a la mesa a esperar el milagro de los tamales colados, de los panuchos, de los tacos rellenos de camarón, del papadzul, del queso relleno, del pulpo entomatado, de los cangrejos, de las jaibas en chilpachole, del cazón frito, del pámpano empapelado, del pargo en makum, de la cochinita pibil, del kol de pavo de monte, del tzanchac, del chocolomo. En la mesa siempre y antes que nada la salsa de chile habanero y las verduras en escabeche, el agua de horchata o de guanábana. Podíamos empezar por donde quisiéramos, en el banquete no había protocolo, mi tía era feliz viéndonos devorar sus platillos y al final nos daba de premio: dulce de ciricote, de nance, de marañón, pasta de chicozapote o helado de mamey.

De la cocina de mi tía Nuca, recuerdo los olores emanados de las ollas donde se cocinaban diversos guisos, como tortuga en estofado, puchero, carne en kabik, frijol con puerco, mientras ella cortaba el pollo o la gallina, limpiaba los pescados o la tortuga, o lavaba la carne de venado, cerdo, res, me iba platicando sobre la preparación de los platos que cocinaba a la par de los recuerdos de las vivencias a su paso por un internado en Estados Unidos, las experiencias de los viajes a Europa o de los libros que leía. Con manos ágiles, movía los caldos, checaba el fuego y la cocina envuelta en los olores de las cazuelas.

Igualmente, viene a mi memoria la celebración de muertos, cuando mi abuela, mi mamá y mis tías preparaban los pibipollos. Desde la madrugada se oía el trajinar de las mujeres de la casa, el ruido de las ollas, así como las órdenes de mi abuela: “mueve esto”, “corta esto”, “prueba esto”. Alrededor revoloteábamos como moscas mis hermanos, primos y yo. Era un ir y venir constante a la espera del premio: sentarnos a comer los pedazos de pibipollo o de xpelón –no sé cuándo se le empezó a llamar merienda–, acompañados de vasos de Coca-Cola, para degustar más tarde dulces tradicionales, como los de papaya, calabaza, pan, buñuelos y yuca. Sin olvidar decir que, antes de todo esto, ya se había puesto el altar y habíamos rezado.

Sí, la gastronomía campechana, rica en sabores, colores y olores, es también una fiesta que nos une y llena de gozo a las mujeres que la elaboran, pues resulta satisfactorio ver el gran deleite con que la comida desaparece de las mesas. Además, han sido expertas en reciclar los sobrantes. Si quedaba cazón, se convertía en unas ricas empanadas, si sobraba pollo o gallina se deshebraba y empleaba para los panuchos o sincronizadas. Los sobrantes de carne de res se revolvían con huevo y se servían con frijol. De este modo, no se desperdiciaba nada. Como decía mi abuelo, “en casa de un pobre, mejor que la comida te haga mal a que se tire”.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

El Veracruz apacible de 1921

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Arturo E. García Niño
Universidad Veracruzana

Los habitantes del puerto de Veracruz vivieron el primer año de la década de 1920 entre el temor por la fiebre amarilla y la peste bubónica; la primera huelga ferroviaria; elecciones municipales y una vida social transcurrida en tertulias; paseos y cafés en los portales; traslados en tranvías; compras a los pregoneros de tamales y pescados en las calles; protestas por el impuesto a la venta de bebidas alcohólicas, contra las cantinas donde afloraban “los vicios”, y la sorpresa por algunos sonados casos de criminalidad. Nada presagiaba los movidos y convulsivos años que le seguirían.

Hugo Brehme, Veracruz, La Plaza, ca. 1920. DeGolyer Library, Southern Methodist University, Flickr Commons.

Deja el cochero el pescante / llega el auto y el chofer
La moda se hace atrevida,
Ya se pinta la mujer
Y usa falda recogida.

Francisco Rivera “Paco Píldora”

There’s a battle outside / And it is raging / It’ll soon shake your windows.
And rattle your walls / For the times they are a-changing.

Bob Dylan

Desconocemos el clima del sábado 1 de enero de 1921 en el puerto de Veracruz, aunque seguro la celebración del año viejo prosiguió en el nuevo, amenizada con danzones, rumbas, guajiras, zarzuelas, fox trots, one steps y los discos de la Orquesta Hawaiana, comprados en casa Wagner. Sí sabemos que El Arte Musical anunció el domingo 2 que, al día siguiente, en el Salón Variedades, se estrenaría la “gran serie Un millón de recompensa”, integrada por quince episodios en 30 partes.

En el estado se vivía el arranque del primer periodo (1920-1923) del gobernador Adalberto Tejeda (el segundo sería de 1928 a 1932), quien junto a su homólogo, Heriberto Jara (1924-1927), signaría la década en la cual el puerto sería escenario de paros y huelgas, de acciones colectivas y movimientos sociales bajo la égida anarcosindicalista, que inspirarían a José Mancisidor para nombrar a su novela, ahí ambientada y editada en 1932, Ciudad Roja (“La multitud se agitaba […] La ciudad era toda una ciudad roja que ardía en un fuego de redención”). Una ciudad que no vería afectada mayormente su cotidianidad por tales eventos, y cuyo año inicial, transcurrido entre resabios de fiebre amarilla y peste bubónica (aparecidas en 1920), una huelga y elecciones municipales, lo sintetiza: su vida social, tensionada entre tradición y modernidad, no sólo no se alteró, sino que asimiló tales eventos a su cotidianidad, como se muestra en las siguientes líneas de este texto.

El lunes 3 de enero la gente regresó al ir y venir entre sus casas y el trabajo en los muelles, los ferrocarriles, el comercio […] y se dejó ir en pos de la tertulia a La Novedad, que atropellando la sintaxis anunciaba: “Esta casa es la única que expende más fría la Cerveza de Barril y es por eso la preferida del Público. Todos los días lunch libre de 11:30 a. m. a 12 p. m.” Asistió también, por supuesto, al café La Sirena, a La Parroquia y al café y cantina La Flor de Galicia, de Ramón Castro, abierto hasta las dos de la mañana en los portales de Madero esquina Lerdo, frente al parque Ciriaco Vázquez. Especializada en mantecados, lunch, chocolates, café fresco y leche fría a toda hora, ofrecía también variedad de refrescos y licores extranjeros, así como cervezas embotelladas XX, XXX y Superior, las cuales iban desplazando a la de barril. La botana continuaba llamándose lunch, y la pugna comercial era por demostrar quién ofrecía más fríos los elixires derivados del lúpulo.

La fiebre amarilla y la peste bubónica, aparecidas el año anterior, continuaron intermitentes. La población rebasaba los 54 000 habitantes (58% eran mujeres) y estaba familiarizada con las pestes iniciadas en el mercado Fabela, un laberinto de locales de madera instalados en el parque Zamora, donde la falta de higiene, la proliferación de ratas, la escasez de agua y el derrame de aguas negras, fueron el idóneo caldo de cultivo para el crecimiento exponencial de los contagios. Ello llevó a que el alcalde, Salvador Campa, solicitara ayuda de los gobiernos estatal y federal para contener la epidemia. Y al poeta Francisco Rivera, “Paco Píldora”, a escribir sobre el parque: “Se transformó en zoco infecto / y fue de mugre una estela, / cuando el mercado Fabela / nació tras breve proyecto. / Sucio y obligado efecto / que dio la revolución, / la sede del jacalón / y de la peste bubónica / que dio motivo a la crónica / de escándalo en la nación.”

Rafael García Auli, estibador, integrante del grupo Antorcha Libertaria, y quien contendió por la alcaldía a fines de ese año, recuerda que ante

tan tremendo escándalo, enviaron […] al doctor Fabela, una eminencia […] [y] organizó su equipo de trabajo, se ordenó la inmediata vacunación de toda la población […] expedían constancias [y] quien no la tenía era obligado a recibirla; se trataba de una aguja [que] medía no menos de 20 centímetros […] apretaban el pellejo y “adentro que se ahorca Lucas.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Progreso y neurastenia en los albores del siglo XX

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

María Teresa Remartínez Martín
Instituto Mora

La adaptación a los cambios tecnológicos, que comenzaron a darse a finales del siglo XIX en las grandes ciudades, trajo como consecuencia distintas enfermedades nerviosas que, en México, se diagnosticaron gracias a los estudios científicos de médicos nacionales y extranjeros, y que recibieron paliativos para su curación como hidroterapias y electroterapias, relajantes, masajes o tónicos.

En este siglo XXI, cada vez son más frecuentes las notas periodísticas y las publicaciones en redes sociales redactadas por psicólogos y psiquiatras que se hacen eco de las repercusiones del ritmo de vida acelerado y de los adelantos tecnológicos en la salud física y mental de las personas. No es un asunto nuevo, a finales del siglo xix y principios del xx encontramos una preocupación semejante cuando un grupo de médicos –nacionales y extranjeros– hicieron correr ríos de tinta sobre los efectos de los veloces tiempos modernos en la salud de los mexicanos. Fue un momento en el que los facultativos identificaron que los cambios en las prácticas cotidianas podían ser la causa de múltiples patologías, entre ellas, la que nos ocupa en este texto: la neurastenia; un término acuñado en 1869 por el neurólogo George Miller Beard para nombrar un tipo de fatiga o debilidad nerviosa que provocaba síntomas mentales como ansiedad, debilidad, irritación y miedos irracionales.

Es de todos conocido que el lema del régimen de Porfirio Díaz fue “orden y progreso”; sin embargo, esta idea fue introducida mucho antes, durante el gobierno de Benito Juárez, por Gabino Barreda. En 1867, en las fiestas conmemorativas de la independencia de México, este médico, filósofo y político profirió un célebre discurso titulado “Oración cívica”, en el que propuso lo siguiente: “En lo adelante sea nuestra divisa Libertad, Orden y Progreso.”

El régimen de Porfirio Díaz retomó esta divisa e instauró el “orden” y el “progreso” como leitmotiv de su gestión. A grandes rasgos, impulsó el avance económico y tecnológico, así como sanitario, con medidas destinadas al desarrollo agrícola, minero e industrial y al comercio exterior. Expandió los medios de transporte y comunicación como el ferrocarril, el telégrafo y el teléfono. Llevó a cabo programas educativos, higiénicos y sanitarios, destinados a paliar el analfabetismo y las enfermedades epidémicas.

El gobierno de Díaz también facilitó la apertura a las influencias extranjeras, en especial las provenientes de Francia, lo que alentó la recepción y el intercambio de conocimientos científicos y la importación de tecnología. Así, el país del orden y el progreso finalizó el siglo xix con el arribo de importantes novedades. En 1895, el alumbrado público pasó de gas a luz eléctrica y los capitalinos vieron con asombro el primer automóvil. Un año después, en 1896, llegó el cinematógrafo, invento de los hermanos Lumière, que tardó muy poco en convertirse en la diversión de moda. Tiempos de maravillas y prodigios a los que México no quería permanecer ajeno.

Los vientos de modernidad provocaron la mejora en la escolarización de ciertos sectores de la población, la transformación de prácticas cotidianas y el surgimiento de nuevas profesiones que, en opinión de los médicos del momento, resultaban muy demandantes. Asimismo, los grandes avances en las comunicaciones y trasportes, las largas jornadas laborales consecuencia de los nuevos procesos productivos y las costumbres importadas de países europeos generaron en algunos individuos una serie de enfermedades. Entre los padecimientos más habituales estaban los que tenían como causa el agotamiento físico o psicológico. A propósito de la extenuación física, el doctor chileno Luis Vergara Flores, referente en estudios que vinculaban el alcoholismo con las teorías de la degeneración, afirmó en 1899 que el ejercicio exagerado y las prisas de las nuevas actividades demandaban que los empleados y los empresarios fueran “a todo vapor”. Como resultado de estas exigencias, las personas laboriosas y activas desfogaban sus agobios con la bebida, lo cual ocasionaba a largo plazo severos problemas de alcoholismo. Este doctor también consideraba que las ya tradicionales enfermedades mentales como la histeria, la hipocondría y la manía eran provocadas por las pasiones amorosas desmedidas y las ambiciones insatisfechas. A estas había que añadir otras dolencias asociadas a prácticas intelectuales que producían neuropatías derivadas del cansancio nervioso. Una fatiga mental que, según el médico chileno, procedía de la horrible struggle for life o “lucha por la existencia”.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La prensa potosina, aliada a Maximiliano

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Flor de María Salazar Mendoza
Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades (uaslp) / Archivo Histórico del Estado “Lic. Antonio Rocha”

La Restauración de San Luis Potosí tuvo un compromiso decisivo con las fuerzas militares conservadoras y francesas que obligaron a Benito Juárez y al gobierno republicano a salir de la ciudad donde se estableció durante siete meses.

Uniformes du régiment des volontaires Belges Impératrice Charlotte au service de l’empereur du Mexique, grabado en madera, ca. 1865. The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Library.

Los triunfos militares del general conservador Tomás Mejía sobre las fuerzas republicanas a finales de 1863 y en el primer semestre de 1864, en San Luis Potosí, fueron seguidos y documentados con lujo de detalles por el periódico La Restauración. De acuerdo con la opinión de sus editores, dichas victorias permitieron reinstalar la armonía, la tranquilidad y la paz. En sus páginas reflejaban que el genio militar de Mejía, apoyado por la milicia francesa, daba a los conservadores monarquistas la conquista de la plaza, conseguía que los supremos poderes encabezados por Benito Juárez y sus ministros abandonaran San Luis Potosí, entonces capital de la república, además de que la ciudad se adhería formalmente al imperio el 4 de enero de 1864.

            La Restauración, Periódico Oficial del Departamento desempeñó un papel esencial para el grupo monárquico y sus adeptos, con la exaltación de los triunfos de Mejía difundidos en sus publicaciones de los días miércoles y sábado. Las construcciones discursivas a favor de los franceses, “aliados de los mexicanos” en el proyecto imperial, y una imagen antijuarista, fueron útiles para deslegitimar política y socialmente al gobierno republicano. Se desconoce el número de lectores y el tiraje del periódico –la suscripción valía “un peso cada mes adelantado en la capital y diez reales para fuera franco de porte”–, pero su lectura fue una caja de resonancia en ámbitos familiares, así como en reuniones sociales y encuentros ocasionales.

            En el siglo xix, la prensa fue el medio de comunicación a través del cual circularon noticias nacionales y del extranjero, literatura y corrientes de pensamiento. Hacia la segunda mitad del siglo, el contenido de los periódicos se fue ampliando, de forma que comenzaron a agregarse anuncios comerciales, especialmente en los de información. En San Luis Potosí existieron una serie de publicaciones que se imprimieron en 1863, las cuales destacan por su apoyo al gobierno republicano: El Monarca (26 de agosto-6 de diciembre) y La Independencia Mexicana (15 de junio-19 de diciembre), ambos con dos redactores notables: Guillermo Prieto y Francisco Zarco. Su aparición y ocaso fueron marcados por la presencia de los supremos poderes en San Luis Potosí.

En la actualidad, los periódicos se resguardan en repositorios fuera del estado potosino. La Restauración se custodia y preserva en el Archivo Histórico del Estado “Lic. Antonio Rocha”. Por ser un medio oficial, la información era sesgada y la balanza se inclinaba hacia los conservadores promonarquistas. Tomando en consideración esta característica, el acercamiento a las opiniones publicadas posibilita conocer la manera en que los editorialistas concibieron el arribo del ejército francés y el nuevo proyecto político encabezado por un príncipe católico europeo. De acuerdo con ellos, los franceses y el emperador Maximiliano restituirían el orden anhelado por los mexicanos por más de cuatro décadas. Después de concluir la cruenta guerra de tres años (1857-1860), todo indicaba que los liberales gobernarían en un escenario menos violento, sin embargo, no fue así, ya que prevalecían dos ideas sobre qué tipo de gobierno debería adoptar la nación; a los conservadores les convencía un sistema monárquico moderado encabezado por un emperador de origen europeo, mientras que los liberales pretendían mantener el gobierno republicano. Poco después de prestar juramento como presidente de México –15 de junio de 1861–, Benito Juárez García expidió un decreto ante la crisis económica, en el que se señaló la suspensión temporal –dos años– de los pagos de la deuda pública. Los principales acreedores, España, Francia e Inglaterra, se pronunciaron en contra de la medida presidencial y rompieron relaciones con México. Las potencias convinieron reunirse en Londres para firmar una Convención y para octubre formaron la Alianza Tripartita, que entre sus primeras resoluciones y con el propósito de reclamar el pago de los adeudos, enviaron tropas a México.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Secuestros de guerrilleros en el sigo XIX

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Ilihutsy Monroy Casillas
Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, UNAM

En el contexto de la conflictividad política y social en México por la intervención francesa y el establecimiento del segundo imperio con Maximiliano de Habsburgo, se suscitó una serie de secuestros en el valle del Mezquital con motivaciones diferentes, que pasaban por la urgencia de dinero fácil, la antipatía hacia extranjeros ricos y la venganza social.

O. Laballéz, Al acecho, acuarela, ca. 1850. Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.
O. Laballéz, Al acecho, acuarela, ca. 1850. Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

El 7 de junio de 1864 una sección sublevada de la guerrilla a las órdenes del coronel Catarino Fragoso secuestró al empresario español Félix Cuevas en la hacienda de Tlahuelilpan. Este grupo armado, coordinado por un “español llamado Gutiérrez y un mexicano conocido con el nombre de Mariano Curiel”, lo tomó preso y retuvo en el monte por siete días. Entonces sufrió maltratos, pasó “varias noches al raso” y fue llevado de un punto a otro, sin misericordia. El comerciante, originario de Santander –llegó a México en 1847–, recibió apoyo de algunos conocidos y pagó 7 000 pesos por su propio rescate. Después del intercambio, los captores lo liberaron en Eloxochitlán, pueblo cercano a Tlahuelilpan, en el Mezquital, actual estado de Hidalgo, México.

Cuevas fue al juzgado de Tula a denunciar los ultrajes y violencia que vivió, para lo cual exigió que se levantara un juicio en contra de Fragoso y se le devolviera su dinero. Su demanda estaba de acuerdo con la Ley para castigar los delitos contra la nación, contra el orden y la paz pública (1856) y el Decreto del 3 de junio de 1861, que si bien eran de corte republicano, ayudaron al plagiado a enfrentar esta incómoda situación para encontrar justicia. El juez letrado, José María Cordero, inició el trámite, para lo cual recibió el testimonio del afectado, así como de seis testigos, quienes contestaron un interrogatorio minucioso para conocer el hecho y apoyar la versión de la víctima.

Cuevas estaba muy interesado en culpar a Catarino Fragoso por los sucesos ya que, si ello prosperaba, se abría la oportunidad de que le regresaran la suma que pagó. El coronel Fragoso se había adherido recientemente al imperio, por lo que su estatus le hacía confiar a Cuevas en una devolución económica y en el resarcimiento de los daños. Sin embargo, los documentos permiten que sospechemos de una relación en la que imperaba la venganza, en un ambiente de gran conflicto político y social por la intervención francesa y el establecimiento del segundo imperio con Maximiliano de Habsburgo al frente. Por tanto, es conveniente que sepamos más del contexto de este secuestro y de sus protagonistas.

Antecedentes

Años antes, Félix Cuevas había dejado la administración de esa misma hacienda, cuyos propietarios eran los miembros de la familia del Conde de la Cortina. No hay registros localizados hasta el momento sobre el trabajo que hizo al frente, pero sí conocemos que los dueños tenían una larga historia de desavenencias con sus vecinos. La historia más dolorosa y violenta era la que sostenían contra el pueblo de Mixquiahuala, de origen otomí, que combatía desde siglos antes para que se le devolvieran varias hectáreas y el usufructo sobre ellas.

De Mixquiahuala surgieron combatientes de todo tipo: abogados que llegaron a la cárcel por defender sus tierras, campesinos que expresaron su desacuerdo cotidianamente, y guerrilleros que lucharon contra todo tipo de propuestas políticas que los afectaran. Mixquiahuala estaba en una tormentosa y larga guerra en defensa de sus tierras. Era terreno fértil del deseo de venganza.

Y de allí brotó el guerrillero Catarino Fragoso. Según una nota de El pájaro verde (12 de febrero de 1864), esta comunidad y Fragoso tenían una estrecha vinculación, lo cual era comprensible porque el pueblo era “de tiempos muy atrás belicosísimos”.

Fragoso conducía un coche, y sus áreas de acción eran los caminos y las rutas interrelacionadas por mercancías, peajes, inseguridad, y dificultades que lo unían a los valles del Mezquital, Pachuca y México. Por eso conocía, quizá sólo de vista, varios oficios, condiciones económico-sociales y paisajes de ricos valles, grandes zonas agrícolas, comunidades otomíes, lugares áridos dedicados a la minería, sitios obrero-artesanales, centros político-económicos y ciudades mestizas. Así, entre 1861 y 1870, tomó esa amplia región como zona de acción militar.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La astrología en el mundo novohispano

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Manuel Suárez Rivera
Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM

Los habitantes de Nueva España tuvieron en las publicaciones de efemérides –pronósticos, lunarios, calendarios y reportorios– una forma de organizar su vida. Sus advertencias sobre el clima, la presencia de enfermedades y las perspectivas futuras que indicaban los signos del zodiaco, basadas en el movimiento de los planetas, se conjuntaban con los santorales y obligaciones propias de las creencias católicas.

Georg Pencz, Astrologia, grabado, ca. 1500-1550. The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Library.

El 14 de septiembre de 2015 sucedió un acontecimiento revolucionario en el mundo de la ciencia, el cual muy probablemente cambiará nuestro entendimiento sobre el universo. Dos laboratorios en Estados Unidos, llamados ligo, separados por más de 2 000 km entre sí y encargados de detectar ondas gravitacionales, lograron registrar una alteración en el tiempo-espacio, lo cual confirmaba las teorías que Einstein había desarrollado un siglo antes.

Se trataba del primer registro de estas ondas, emitidas por un choque de dos hoyos negros ubicados a 1 300 millones de años luz; una explosión de magnitudes inimaginables que pudo ser registrada en la tierra ¡1 300 millones de años después! Para dimensionar la magnitud de la distancia, imaginemos que con la tecnología actual tardaríamos alrededor de 40 000 años en recorrer tan solo un año luz. Con el descubrimiento de hace cinco años, las ondas gravitacionales lograron alterar el tiempo-espacio, y lo seguirán haciendo, ya que a partir de este primer registro se han detectado algunos más.

Con esto no pretendo ahondar en cuestiones astronómicas y de ciencia dura, simplemente rescato una pregunta que la humanidad se ha hecho: ¿pueden las estrellas influir en nuestra realidad? Tras el experimento de ligo, la respuesta es claramente afirmativa.

Esta pregunta se la han planteado muchas civilizaciones, y lo seguimos haciendo en la actualidad. Las respuestas han sido muy diversas y, en términos generales, se puede decir que la astrología se ha encargado de estudiarlas. A diferencia de la astronomía, la astrología tiene a la tierra por centro y estudia el movimiento de los astros en relación con nuestra perspectiva. Su práctica ha caído en el desprestigio científico, alimentada por la charlatanería adivinatoria que recibimos a diario; sin embargo, la astrología como práctica científica tiene varios milenios de respaldo.

La organización del conocimiento que entendemos por astrología está basada esencialmente en el paradigma que entiende al mundo bajo cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego, los cuales están presentes en un zodiaco que se divide en doce partes, las cuales se distribuyen de tal forma que tenemos tres signos de agua, tres de fuego, tres de tierra y tres de aire. Cada signo está vinculado con características generales; por ejemplo, los nacidos bajo los signos capricornio, tauro y virgo somos tierra y tendemos a ser más prácticos, mientras que géminis, libra y acuario, que son aire, supuestamente tienden a ser seres del intelecto.

Dentro de esta distribución, los movimientos de los planetas inciden en el equilibrio de los signos bajo lo que se denomina “aspectos”: los más famosos son las conjunciones y las oposiciones. Bajo el paradigma aristotélico, las diferencias de posiciones impactan directamente en el equilibrio de estos elementos y, por ende, en nuestros humores. Si a ello agregamos la relevancia de la hora en la que se nace y el signo que estaba ascendiendo en ese momento (ascendente), nos daremos cuenta de que se trata de una actividad nada sencilla, que aún hoy es practicada y tiene seguidores en la sociedad.

El almanaque

Ahora bien, ¿cómo registraban los novohispanos los días del año, el clima del mes, las actividades a realizar en determinadas fiestas cristianas, el conteo de los años, y un sinfín de cosas que hoy en día logramos saber simplemente con indagar en nuestro smartphone? La simplicidad de nuestra realidad hace que olvidemos lo complejo que esto ha sido para todas las generaciones que compartieron nuestro espacio en siglos pasados.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.