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¿Un invento mexicano?

Guadalupe Villa
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

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¿Qué ven con asombro esos dos transeúntes?, ¿se preguntarán si es, quizá, un camión blindado?, ¿tal vez un prototipo de tanque de guerra? Usted lector ¿qué imagina? El ingenio mexicano es proverbial por su habilidad para improvisar y salir airoso al resolver, sin herramientas adecuadas, problemas mecánicos o manuales, o crear artilugios como por arte de magia. ¿Será el caso? Desde luego existe la posibilidad de que sea uno de los primeros autos blindados. Es, sin lugar a duda, un vehículo militar, aparatoso por fuera y reducido e incómodo por dentro. El 13 que luce en el costado puede indicar dos cosas: número de serie o de la suerte, misma que se necesitaría para salir airoso, con semejante armatoste, de algún enfrentamiento bélico. Sabemos que el gobierno de Victoriano Huerta negoció con una compañía italiana la compra de dos transportes de guerra de 3 500 toneladas de desplazamiento con cascos de acero, armados con cuatro cañones de 75 milímetros, con máquinas de vapor capaces de darles una velocidad de diez a doce millas por hora, dotados de telégrafo inalámbrico, alumbrado eléctrico, embarcaciones de vapor y remo para transportar tropas en climas tropicales. Podían, dijo el mandatario en su informe al Congreso de la Unión, conducir cómodamente 800 hombres de tropa con sus jefes y oficiales y 400 caballos e impedimenta (equipaje que suele llevar la tropa), aparte de su tripulación, pero estos interesantes artefactos nunca se recibieron. Es posible que fuera parte de un sueño ¿etílico tal vez? del presidente. Se dice que fueron los británicos quienes produjeron el primer “” en 1915 y de ahí muchos otros ejércitos imitaron y mejoraron su diseño, añadiendo para la movilidad, en terrenos problemáticos, las conocidas “orugas”. Los dos hombres que miran con asombro y curiosidad el carruaje, y el automóvil que va detrás suyo nos dicen que estamos en los años veinte, época de reconstrucción nacional y de un ejército en transformación, que se renueva. La imagen no es la tentativa de documentar un conflicto, sino la modernidad. Alguien dijo alguna vez que “la cámara es el ojo de la historia”.

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Editorial #46

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

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Durante la mayor parte del siglo XIX mexicano, la sociedad estuvo atenta al llamado de las armas, para responder con el fusil en la mano o esconderse del reclutamiento forzoso. Intervenciones extranjeras, guerras intestinas, pronunciamientos, asonadas y motines fueron el pan de cada día. El “mexicanos al grito de guerra” del himno nacional compuesto en esos años, nos representaba a la perfección; al mismo tiempo, nuestra historia patria se llenó de los héroes y villanos de las diversas batallas de aquel agitado siglo. La edición de BiCentenario que tiene en sus manos busca explicar y entender a esta sociedad armada, no sólo a las figuras preponderantes de los ejércitos en conflagración, sino también al soldado anónimo que dio su vida por la formación de este país.

Abrimos este número con el artículo de Eduardo Orozco, quien cuestiona que en la guerra de independencia se enfrentaran dos grupos bien definidos: realistas e insurgentes. Orozco nos demuestra que la ecuación no es tan simple, que los jefes y oficiales de cada bando tuvieron más en común de lo que a simple vista parece. Para sostenerlo, revisa los diversos cuerpos armados que la corona española organizó hacia fines del siglo XVIII para Nueva España. De ellos salieron los jefes que organizaron al “ejército” insurgente.

Omar Urbina continúa el análisis, ahora con los soldados que constituyeron los primeros contingentes armados del México independiente. Presenta la constante pugna entre las milicias locales y el ejército permanente, y cómo esta se intensificó con el cambio de sistema político, pues los federalistas apostaban por las milicias compactas y regionales, y los centralistas buscaron en el ejército profesional el baluarte que garantizara “la seguridad interior y la defensa exterior”; como veremos, todo quedó en buenas intenciones.

Entonces surge una pregunta: más allá de las leyes que buscaron uniformar y reglamentar a las fuerzas armadas, ¿cómo se comportaron en la práctica? Tres textos llevan al lector al campo de batalla sin el peligro que esto supone. Así, Francisco Vera estudia el intento de reconquista española de 1829, cuando las tropas mexicanas, mal vestidas y mal comidas pero bien comandadas, repelieron el ataque del brigadier español Isidro Barradas. Carlos Arellano hace lo propio con la guerra de Reforma, en que el ejército profesional, dirigido por generales conservadores, sitió la ciudad de Veracruz, sede del gobierno liberal encabezado por Benito Juárez. En ambos textos encontramos a los oficiales, la tropa, el armamento y los pertrechos bélicos y nos adentramos en los caminos y fortificaciones militares. En el tercer texto, seguiremos al guerrillero-bandido Antonio Rojas en sus andanzas por el occidente del país y veremos la importancia de su participación bélica en el triunfo de los republicanos sobre el imperio de Maximiliano.

El siguiente tema que aborda la presente edición es la educación castrense durante la llamada “pax porfiriana”. Sin guerras internacionales, ni el levantamiento y movilización de grandes contingentes armados, se atendió a la educación de jóvenes cadetes. La modernización del Colegio Militar en 1901 y la apertura de la Escuela Militar de Aspirantes en 1905 fueron acciones encaminadas con este fin. Gustavo Helguera presenta una entrevista hecha al general Rodolfo Casillas, quien en su juventud pasó por las aulas de ambas escuelas. La entrevista nos lleva de las elegantes cenas de fin de año con el general presidente Porfirio Díaz, a la división social que nutrió a la revolución mexicana. Podemos agregar que el general Casillas debió de tener en las manos la Revista del Ejército y Marina, surgida en 1906 para la enseñanza y difusión de los avances científicos del sector intelectual de la Secretaría de Guerra, y que es objeto del artículo de Víctor Salazar.

En la actualidad, las fuerzas armadas son parte de nuestra sociedad, ya no como una corporación escondida en los cuarteles, sino como una institución vigilada, hasta cierto punto, por la ciudadanía; pero esto no fue siempre así. César Valdez revisa las pruebas y retos que la institución ha enfrentado desde 1990 ante la opinión pública, así como las políticas de los distintos niveles de gobierno para hacerla más eficientes y eliminar la terrible corrupción que la ha envuelto durante años.

Si usted, lector, desea acercarse más al fenómeno militar desde el punto de vista académico, lo invitamos a leer el artículo del mayor retirado Antonio Campuzano sobre el Archivo Histórico de la SEDENA. Ahora, si lo que prefiere es el punto de vista artístico, el artículo de Samantha Pérez lo llevará a la guerra de los Pasteles (1839), a través de la interesante historia de un grabado que forma parte de la colección del Museo de Arte de Veracruz, y el cuento de Kenji Hernández lo pondrá al tanto de la historia de un militar que prefirió asistir a las fiestas de su pueblo que atender al llamado de sus superiores.

Así está edificado este número de BiCentenario. Sólo nos resta agradecer al Seminario de Historia Militar y Naval por sus valiosas aportaciones y esperar que, al terminar estas líneas, el lector interesado decida continúar con las demás páginas.

Hasta la próxima edición.

Norberto Nava B.

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Rodolfo Casillas. La educación de un militar

Gustavo Javier Helguera Salas
Facultad de Filosofía y Letras

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Durante el porfiriato, el Colegio Militar formaba a cuerpos de elite, en contraste con el resto del ejército, cuyos integrantes, conocidos como consignados, eran enviados desde los pueblos, a la fuerza, por los presidentes municipales y los jefes políticos.

251Con el triunfo de Juárez y la república sobre el imperio de Maximiliano en 1867 se reanudaron los cursos en el Colegio Militar, institución que ofrecía a los jóvenes de clase media una formación a lo largo de siete años y, además, les proporcionaba una educación científica en ingeniería o arquitectura. Sin embargo, uno de los inconvenientes del programa era lo tortuoso del escalafón, ya que si un oficial especializado en infantería, artillería o caballería quería convertirse en coronel debía seguir dentro de las fuerzas armadas unos 25 o 30 años más, con una paga insuficiente.

El general Bernardo Reyes, ministro de Guerra y Marina durante los últimos años del porfiriato, implementó el 1 de enero de 1901 un nuevo reglamento para el Colegio Militar con el fin de erradicar sus problemas. Los cambios más notorios de este reglamento eran las nuevas materias que entraron al programa, como inglés, hipología, aerostación militar, fabricación de explosivos, ingeniería, geografía, entre otras. Esto permitió que el conocimiento científico diera a sus egresados más oportunidades laborales una vez que dejaran el ejército.

Además, se introdujeron prácticas de campo, que ayudaban a los cadetes a poner en uso los conocimientos obtenidos. La primera práctica consistía en salir de “campaña” durante 40 días, en brigadas formadas solamente por alumnos del colegio. La segunda consistía en la construcción de un cuartel, donde los cadetes se alojarían con el objetivo de recrear la vida diaria del ejército al proteger su acantonamiento.

Ahora bien, los cambios en el reglamento no lograron solucionar el problema del escaso número de oficiales que necesitaba el ejército en aquel momento, ni se consiguió que un nutrido número de jóvenes ingresaran a los estudios militares. Por ello, el 7 de diciembre de 1904 se decretó la creación de la Escuela Militar de Aspirantes, inaugurándose el 29 de enero siguiente. El objetivo consistía en la formación de oficiales subalternos e incluso permitía que los sargentos ingresaran en ella para ascender a oficiales. Además, si los alumnos conseguían demostrar en un año su vocación por las armas, se normó que podrían ingresar de forma directa al ejército permanente.

????????????????????????????????????????????????????????????????????????Cabe señalar que los alumnos que asistían a la Escuela de Aspirantes eran en su mayoría civiles sin antecedentes militares o soldados rasos. De ellos, pocos lograban sobrellevar las exigencias y la mayoría desertaba a las primeras semanas. Todos estos cambios son narrados en el testimonio del general Rodolfo Casillas, quien nació en Puebla el 9 de junio de 1884 e ingresó al Colegio Militar el 7 de enero de 1901; más adelante realizó estudios de equitación militar en colegios de Europa y Estados Unidos y, a su regreso en 1910, ingresó a la Escuela de Aspirantes. Junto con otros militares como Jacinto B. Treviño y José Alessio Robles, fue uno de los pocos cadetes que cumplió con los objetivos del reglamento y logró ascender en dos años a coronel de caballería.

En esta entrevista ubicada en el Archivo de la Palabra del Instituto Mora y realizada por el doctor Alexis Arroyo en marzo de 1961 en la ciudad de México (PHO/1/104), es posible conocer la carrera de un militar que podría ser la de una generación de cadetes de aquella época. Se aprecian, además, las virtudes de la escuela, sus deficiencias y alcances como centro formativo de los escalafones más altos de las fuerzas armadas. Asimismo, se advierte cómo era admirada la figura contradictoria de Porfirio Díaz, ya que para los cadetes constituía una figura paternal y protectora durante su estancia en la institución, pero cuando salieron a campaña durante la revolución mexicana, pudieron darse cuenta de la situación real del país y de cuán “opresivo” había sido el régimen del general Díaz.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

Orden presidencial

Kenji Hernández

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Mi nombre es Hernán Colos y trabajé 35 años para el servicio secreto de mi país. Sólo que, en mi país, lo secreto es bien sabido por todos y lo que debería ser sabido por todos es un secreto. Inicié mi carrera en las Fuerzas Militares de Choque y Control de Situaciones que surgió a raíz de las fuertes luchas del gobierno contra el pueblo. No se crean, ese gobierno y ese pueblo eran uno mismo hace apenas cinco generaciones, cuando, juntos, formaron una gran fuerza que se enfrentó con las armas al antiguo gobierno.

La historia de siempre, no se crean, nada es nuevo bajo el sol. Hace 40 años, a falta de servicio secreto (cuando yo aún era un niño preocupado por el hambre y no por llegar a tiempo a pasar lista al batallón de infantería), el gobierno mandó al ejército a reprimir a la resistencia.

Los soldados estamos entrenados para cumplir órdenes, aunque en ello se nos vaya la vida y si la orden dice “eliminar” debemos eliminar, si dice “proteger” debemos proteger. Aquella vez, el pelotón tenía órdenes de convocar a la muerte para solucionar el problema de los que se oponían a la celebración de las olimpiadas. Se pasaron de la raya. Hubo muchos muertos, muchos desaparecidos y mucho miedo en las calles. Debido a las críticas y la culpa, el gobierno decidió crear el servicio secreto para tener una mano invisible y bien adiestrada en los asuntos de seguridad nacional.

Cuando me di de alta en el servicio, me advirtieron que el trabajo era duro y el horario era de 26 horas al día. ¿Cómo, si el día sólo tiene 24?, pregunté, pero los reclutadores me respondieron que yo les pertenecía por 26. Antes del primer mes ya había escuchado los silbidos de las balas volando encima de mi cabeza y había descargado junto a mis compañeros dos rondas de municiones, al menos, sobre un grupo guerrillero que nos atacaba en la sierra de Guerrero tras una campaña de reforestación. Antes del primer año, ya había estado en una misión de eliminación de narcotraficantes en el triángulo dorado. No detonamos ni una granada, pero el rancho quedó tan destrozado por las balas que parecía uno de esos quesos con hoyos que un ratón se come en las caricaturas.

Pero, por ahora, sólo me enfocaré en un suceso.

Allá por los ochenta, antes de salirme del cuerpo de choque, antes de haber aceptado la comandancia del batallón, recibimos una orden que implicaba dejar la franquicia y volver al servicio de inmediato. En la universidad del país, los trabajadores habían colgado las banderas rojinegras e impedían el paso de los estudiantes y académicos. El gobierno trató de negociar, pero, según los medios de comunicación, los huelguistas hacían demandas que rayaban en la excentricidad.

La situación se extendió por meses y se perdieron muchas clases y recursos del Estado. El gobierno no quiso utilizar a la policía para terminar con la huelga, así que nosotros tuvimos que lidiar con ese problema. El día que llegó la orden, yo acababa de firmar la hoja de salida y caminaba hacia la puerta de las instalaciones donde nos reportábamos todos los días a las 5:00 a.m., 13:00 p.m. y 22:00 p.m. Si cruzabas la pluma del estacionamiento, eras libre y estabas franco por las siguientes horas; pero, si antes de llegar ahí un jefe te ordenaba algo o llegaba una orden del gobierno que debía ser cumplida en el acto, te olvidabas de la franquicia y te regresabas a trabajar, aunque tuvieras encima el cansancio de 48 horas seguidas de guardia.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Un tesoro en el Museo de Arte del Estado de Veracruz

Samantha Pérez Durán
Posgrado en historia del arte

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

El Museo de Arte de Veracruz alberga un grabado singular que, desde la mirada francesa, narra el episodio de bombardeo a San Juan de Ulúa en el marco de la guerra de los Pasteles. Es una pieza única por su temática, que muestra la visión extranjera sobre un acontecimiento histórico, del territorio y el paisaje nacional.

228En abril se cumplieron 500 años de la fundación por Hernán Cortés de la Villa Rica de la Vera Cruz, ciudad antigua que vio desfilar por sus parajes a innumerables personajes y que vivió acontecimientos trascendentales en la historia de México. Uno de ellos fue la primera intervención francesa de 1838, conocida por muchos como la guerra de los Pasteles, conflicto que tomó como pretexto las reclamaciones de un pastelero francés, el cual pedía al gobierno mexicano una indemnización por la cantidad de 60 000 pesos por los daños causados a su local durante una de las revoluciones continuas en México.

El Museo de Arte del Estado de Veracruz, con sede en Orizaba, se asienta en una construcción virreinal del siglo XVIII, misma que originalmente albergó al Oratorio de San Felipe Neri. El edificio fungió como museo desde 1992, consolidándose desde entonces como una importante albacea de la cultura e identidad veracruzana. Entre sus colecciones se encuentran obras de carácter sacro pertenecientes a la época de la colonia, piezas del siglo XIX, del siglo XX y de artistas veracruzanos contemporáneos. Dentro de las más de 700 obras de su acervo destacan 33 pinceles y dibujos del artista patrimonio nacional Diego Rivera; sobresalen abundantes temas naturalistas y de sucesos históricos acaecidos en dicho estado. Entre estos inventarios existe un grabado muy interesante, se trata de la copia de una de las obras del pintor francés Horace Vernet (1789-1863) realizada en 1838 y resguardada en la sala Constantina del Antiguo Palacio de Versalles; el óleo retrata el bombardeo y toma del fuerte de San Juan de Ulúa.

230Émile Jean Horace de Vernet fue un pintor francés que practicó su arte en el periodo conocido como Romanticismo. Este movimiento tuvo su apogeo aproximadamente de 1790 a 1850, fue un movimiento liberal de cierta tendencia política, pues la mayoría de las obras producidas pugnaban por servir como propaganda política, siendo sus rasgos más notables el excelso dramatismo plasmado en las representaciones y el verismo logrado por medio del contraste de luz, sombra y ricas paletas cromáticas. Vernet, situado en esta corriente, gustaba de realizar pinturas de historia y retrato. Estudió con su padre Carle Vernet, también pintor notable en su oficio. En 1812 expuso su obra en el Salon, fue director de la Academia Francesa en Roma desde 1828 y hasta 1835. En su carrera gozó del patrocinio del Duque de Orleans y el rey Louis Philippe, quien le encargó numerosas escenas bélicas.

El pequeño grabado en metal coloreado de 24 centímetros de largo por 22.5 centímetros de ancho, copia de la obra de Horace de Vernet, está simplemente firmado por un tal Skelton. Sabemos que William Skelton (1763-1848) y Joseph John Skelton (1783-1871), hermanos y grabadores naturales de Inglaterra, llevaron a cabo diversas empresas de ilustración propias de su arte, realizando las mismas en conjunto a modo de taller o por separado. El primero estudió en la Royal Academy en 1781, fue alumno del también grabador inglés James Basire, importante en su formación por ser pupilo del maestro William Blake. Por su lado, el segundo siguió los pasos de su hermano; no tenemos noticias de su educación, pero se sabe que gustaba de los temas topográficos y de antigüedades. Entre sus trabajos encontramos copias a grabado de diversas pinturas de las galerías históricas del palacio de Versalles. Lo anterior nos permite deducir que él fue el responsable de grabar la copia de la obra de Horace de Vernet Prise du fort de Saint Jean d’Ulloa (Toma del fuerte de San Juan de Ulúa).

???????????????????????????El grabado captura el brío del momento por medio de escenas simultáneas en las que contemplamos el desarrollo de las acciones. En la proa de la embarcación, observamos la orden de ataque dada por mano del príncipe de Joinville, quien porta un elegante sombrero de copa; dentro de la corbeta vemos en primer término a la tripulación entregada a los afanes de atacar y responder al fuego enemigo, cargando los cañones y ajustando las velas. En un segundo plano, un grupo de barcos franceses aguardan con intención de rodear el fuerte, el cual se encuentra en llamas y envuelto en una gran exhalación de humo que apenas y deja avizorar la construcción. Esta escena se sitúa exactamente en el episodio del bombardeo a la fortaleza de San Juan de Ulúa llevado a cabo el 5 de diciembre de 1838, pues fue en esa fecha que el príncipe de Joiville tuvo noticia de que Santa Anna se guarecía en el puerto veracruzano junto con el general Mariano Arista, por lo que, a bordo de la embarcación llamada La Criolla, dirigió un destacamento para bombardear el fuerte, logrando apresar a Mariano Arista. Aunque Santa Anna huyó, un cañonazo enemigo lo dejó mal herido de la pierna; tales fueron las secuelas que tuvo que amputársela.

Ahora bien, François Ferdinand Philippe Louis Marie d’Orléans, príncipe de Joinville, era el tercer hijo del duque de Orleans, mecenas del pintor francés Horace de Vernet, autor original del lienzo copiado por Skelton, por lo que no es de extrañarse que el duque encargara al pintor plasmar las glorias de su hijo en tierras extranjeras. Al respecto de la técnica del grabado, en general se agradece el especial cuidado en delinear la anatomía de las embarcaciones, ya que la miniatura no demerita el detalle con el que el pintor francés aprovechó las vetas de la madera para representar el violento oleaje y la característica vestimenta de los personajes. Habría que tener en cuenta que Skelton era especialista en temas que requerían mayor atención a los detalles minúsculos y particulares, razón suficiente para justificar su pericia al marcar las retículas del velamen, así como todos los aditamentos y herramientas existentes en las embarcaciones francesas. Puede verse inclusive el catalejo que el príncipe de Joiville sostiene con su brazo izquierdo.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.