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Correo del Lector #48

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Por amor a la historia

Mariana Hamman, presidenta de la Asociación de Guías y Servidores Turísticos de Baja California, está entregada a la promoción del patrimonio natural y cultural, tangible e intangible de su estado, persuadida de que, además de dar a los visitantes un experiencia memorable, sus paisanos ganarán identidad como bajacalifornianos al conocer y valorar su pasado.

BiC_48_800PX103¿Sabías qué…?

Israel Antonio Briseño, ingeniero civil de la Universidad Autónoma de Coahuila, desarrolló un material que permitirá construir carreteras que se autorreparen al tener contacto con el agua. A partir de llantas de vehículos, creó una base de goma que servirá como suelo y cierra las grietas que van surgiendo en la superficie.

Correo del lector

Higinio Ledesma comenta que la Casa del Estudiante Indígena, de la cual habla el artículo del mismo nombre (BiCentenario núm. 12), fue parte de los “proyectos experimentales” de carácter psicosocial que el gobierno mexicano emprendió para entender a la mayoría indígena, vista como un problema que impedía la unificación y desarrollo del país.

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Gabriela señala que le gustó el artículo “La ópera en México del siglo XIX al XXI” (BiCentenario núm. 12), pues ignoraba varios de los datos que menciona. Las ilustraciones están “padres”, dice.

Juan Carlos Garling pide que le indiquen quién es Elena Arizmendi en la fotografía que aparece en “Ciudad Juárez en 1911” (BiCentenario núm. 14), donde se la ve junto con Francisco I. Madero y otros frente a la casa del cónsul Weber. Lidia Carmona responde que es la persona con una banda en el brazo izquierdo de la Cruz Roja, de la que fue fundadora. Por su parte, Guadalupe Villa concluye que en México fue más bien fundadora de la Cruz Blanca Neutral.

Reloj de arena

31 de mayo de 1820

El virrey Juan Ruiz de Apodaca, conde del Venadito, comunica a los habitantes de la Nueva España que el rey Fernando VII juró la Constitución promulgada en Cádiz en 1820 y que convoca a Cortes para 1820 y 1821.

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20 de junio de 1870

El general James E. Slaughter dirige una carta a los redactores del Siglo Diez y Nueve, en la que niega de forma rotunda que durante la guerra de secesión, el presidente Benito Juárez protegiera la exportación de algodón desde la Confederación y suministrara a esta armas y municiones. De ningún modo, dice, se hizo rico de esta manera.

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23 de abril de 1920

Plutarco Elías Calles proclama en Agua Prieta, Sonora, un manifiesto donde desconoce al poder ejecutivo encabezado por Venustiano Carranza. Se inicia así la rebelión que culminará con el asesinato del mandatario, la celebración de elecciones y la instauración de un nuevo gobierno constitucional.

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20 de abril de 1970

Poco antes de concluir sus años de rector, el ingeniero Javier Barros Sierra concluye un discurso pronunciado en la escuela de Arquitectura con la exclamación “¡Viva la discrepancia!” Resume así su proceder en defensa de la unam.

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Editorial #48

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

BiC 48 Portada

Mar, murallas y lotería, tres elementos que identifican a un campechano. Aunque no los únicos, por supuesto. ¿Pero la lotería? Sí. También. Un juego, un pasatiempo de larga data que aún se puede ver en las plazas públicas de los pueblos del estado y que tiene uno de sus antecedentes más reconocidos a fines del siglo xix cuando una cigarrera aprovechó el interés de la gente en la lotería para alentar el consumo del tabaco. La empresa inventó las 90 figuras del juego, incluidas individualmente en las cajetillas, y los apostadores podían participar luego en premios que se combinaban con la Lotería de la Beneficencia de la ciudad de México. Pronto las imágenes fueron adquiriendo la calidad y variedad que hace de la lotería de Campeche de una originalidad poco vista en el país. Allí hay representaciones de personajes populares mexicanos y de la región, retratos de la naturaleza y de la vida cotidiana, o símbolos nacionales. También figuras tradiciones más lejanas como los libros de la smorfia italiana, la tómbola napolitana, el tarot y muchas otras usanzas europeas adaptadas. Una tradición ancestral entre las familias que se ha traslapado al arte. Sus figuras fueron tomadas más tarde como modelos por los artistas locales y reproducidas de varias maneras: bordadas en punto de cruz, dibujadas al óleo, pastel, lápiz; coloreadas en diferentes tonos sobre cartón, tela, madera, o cuerno de toro. Incluso impresas en cartillas para invidentes.

Con la historia de este juego muy popular en el estado del sureste mexicano abrimos la nueva edición de BiCentenario.

Otra historia singular en este número es la de dos señoritas audaces que se montaron a una canastilla y ascendieron varias decenas de metros de altura para inmortalizar los dos primeros ascensos en globo en México. Corrían los años 1835 y 1841, y aquello era una hazaña atribuible a unos pocos en el mundo, pero aquí fueron únicas, ni siquiera un hombre mexicano lo había logrado. ¿Por qué lo hicieron si implicaba tantos riesgos? ¿Alentadas quizá por las experiencias de la francesa Sophie Blanchard, una verdadera aeronauta profesional con más de medio centenar de ascensiones a principios de siglo, pero que murió por un accidente cuando descendía en París? ¿Fue diversión? Habían sido invitadas por un aeronauta francés y un empresario estadunidense. Hasta el día de hoy se desconocen las razones de esos riesgosos ascensos en globo. Ni siquiera sus nombres han quedado registrados. Las crónicas de la prensa decimonónica respondían a los cánones de la época y no lo informó. Podían ser protagonistas por sus capacidades en la esfera privada, en casa y puertas adentro, pero nunca en el mundo público. Sólo contó su participación como una atracción publicitaria.

La participación de la mujer era también insignificante en la prensa de fines de ese siglo. Hacia 1885 el director de una revista de Chicago cumplió con su propósito de llevar a colegas mexicanos, cercanos al régimen porfirista, a un recorrido por Estados Unidos. Los fines obviamente no eran turísticos. Detrás de su proyecto estaba la idea de promocionar los negocios y las nuevas tecnologías –maquinaria agrícola y para minas, trenes elevados, vapores, imprentas, gas natural–. Así, un grupo abigarrado de hombres de la prensa nacional recorrieron durante dos meses ciudades del centro y este del país, y se llevaron más de una sorpresa. Conocieron trabajadores, empresarios, gobernantes, y también hallaron que las mujeres se empleaban en fábricas, almacenes e incluso en oficinas públicas del gobierno.

Como bien se anuncia desde la portada, abordamos, entre otros temas, la complejidad intelectual del exindustrial italiano Gutierre Tibón, un apasionado de la mitología, la filología y las antigüedades mexicanas que practicó las ciencias sociales como quien hablara de lenguas maternas.

Las líneas que discurren por esta nueva edición se asientan, de igual manera, en el México revolucionario, del Zapata traicionado hecho mito y leyenda, como en la posterior avaricia delahuertista por el poder, fracasada a su paso por Chihuahua cuando el general Manuel Chao finalizó frente a un pelotón de fusileros sus aspiraciones de sublevación. También se da cuenta aquí de Tezonco, un pueblo cazador de patos y privilegiado en constante conflicto por las aguas de Xochimilco, que terminó devorado por la urbanización en los traspatios de la Ciudad de México. Lo mismo que apuraría a Mixcoac hacia 1930, un lugar entre ladrilleras e inundaciones, y sin autos, donde los vecinos eran reales propietarios de sus calles, y que hoy se muestra como una de las zonas de la ciudad con mucha historia por contar por sus habitantes.

Este centenar de páginas tiene aún mucho más por descubrir. Usted no se detenga. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Se la llevó “La Julia”

Guadalupe Villa G.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Mujer delincuente en la ventanilla de una prisión, ca. 1950, inv. 220594, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Mujer delincuente en la ventanilla de una prisión, ca. 1950, inv. 220594, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Mujer delincuente en la ventanilla de una prisión”, señala la ficha de la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). No obstante, la imagen parece representar el traslado de la inculpada a la comandancia de policía en un transporte de dicha corporación. Ella, la indígena enrebozada, de mirada triste y resignada ve desde su asiento, a través de la pequeña ventana, cómo queda atrás su libertad. ¿Por qué la llevan presa? Saberlo es prácticamente imposible. El delito es un hecho de causas múltiples, resultado de fuerzas antisociales, y la pena un mal necesario cuya finalidad es conservar el orden social. ¿Sería vendedora a la que le decomisaron su mercancía por vender, sin permiso, en la vía pública? ¿O quizá se la llevan por ser mujer, indígena y pobre? ¿Tendría hijos? Y de ser así ¿habría cometido algún robo de alimentos para ellos? ¿Habrán quedado en el desamparo?¿La acusarían de algún delito imprudencial? Podemos imaginar que tal vez tuvo un súbito trastorno y perdió transitoriamente el control absoluto de sus facultades mentales. Ignoramos si su delito fue intencional o si sólo participó en una riña o se convirtió en homicida usando puñal, cuchillo o el muy socorrido estilete de hoja estrecha y aguda llamada “verduguillo”. Bien pudo ser que actuara en defensa de su persona, de su honor o de sus escasos bienes. Podría ser

que enfrentara acusación de robo, de abuso de confianza, o ultrajes a la moral pública o a las buenas costumbres. ¿Qué pena le espera? De acuerdo a las sanciones penales del Código de 1931 en su aplicación se tomarían en cuenta la edad, la educación, las costumbres, la conducta precedente, los motivos que la impulsaron o determinaron a delinquir y sus condiciones económicas. Todo ello y de acuerdo al delito cometido podría conllevar amonestación, multa y reparación del daño (sanción pecuniaria), confinamiento, relegación (colonias penales) o prisión. En época de paz, tras la conclusión de la lucha armada, durante el periodo de reconstrucción nacional, mucho se debatió la cuestión del bien común y la convivencia armónica de la sociedad, de ahí el estudio y replanteamiento de normas y reglas que establecieron sanciones de índole diversa para ser respetadas por todas las personas por igual. La mujer que se llevó “La Julia”, como se le llamaba popularmente al vehículo que transportaba a infractores y delincuentes, ¿tendría, finalmente, un juicio justo? Con todo y todo, quiero pensar en que su defensor de oficio logró exonerarla porque su caso no se ajustaba a las suposiciones aquí atribuidas, y ya libre recorrió de manera inversa el camino de la prisión hacia el reencuentro y goce de su libertad.

Consulte la revista BiCentenario.

“Cuando la calle era nuestra”

Daniela Lechuga Herrero
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

¿Cómo era el México de los años treinta del siglo pasado en un barrio periférico como Mixcoac? Aquí lo relata Matilde Pereyra. Hoyos con agua, calles empedradas e inundadas muchas veces, con olor a árboles de trueno, escasas de automóviles y repletas de niñas y niños. Un pueblo de leyendas, cines, carpas y trenes destartalados.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Los recuerdos de Matilde Pereyra nos iluminan acerca de cómo era crecer en uno de los barrios con más tradición de la Ciudad de México. Entre las calles empedradas de Mixcoac los niños disfrutaban con posterioridad a la revolución del aroma de los árboles, caminaban por las milpas y jugaban en las piscinas de los hoyos llenos de agua que había dejado la fábrica ladrillera. Muchos otros barrios del Distrito Federal (DF) —denominación política que tenía en aquellos años— se encontraban también rodeados de naturaleza, lejos aún de las aglomeraciones y los automóviles.

            Los niños que nacieron en la década de los años veinte y treinta del siglo pasado podían jugar en las avenidas y callejones. Ellos fueron parte de la generación que experimentó las nuevas políticas respecto a la infancia que instauraron los gobiernos posrevolucionarios con el fin de reconstruir el país y la ciudad. Asimismo, se convirtieron en el foco de atención, no sólo en México, sino también en América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa.

            A diferencia de lo que había ocurrido en décadas anteriores, los menores tuvieron la posibilidad de sobrevivir a sus primeros años de vida, por lo que las aulas de las escuelas, así como otros sitios a lo largo de la ciudad, poco a poco se llenaron con sus risas. Para la década de los treinta, en la ciudad había 251 229 niños que se encontraban en un rango de cinco a catorce años, cifra que correspondía al 19% de la población, la cual era aproximadamente de 1 229 576 habitantes.

            A partir de los primeros decenios del siglo XX, los infantes tuvieron mayor visibilidad en los espacios urbanos del DF. Así, se construyeron nuevos parques a lo largo de la ciudad, se remodelaron otros, se levantaron tiendas departamentales en las que se vendían juguetes, se abrieron salas de cine en las colonias más alejadas del centro y se inauguraron nuevos teatros y carpas, que como las de teatro guiñol recorrieron los sitios más alejados de la capital. Por lo tanto, a partir de ese momento, los niños tuvieron acceso a nuevos lugares de diversión y, con su imaginación, construyeron los propios.

            Por otra parte, los problemas de urbanización en la ciudad de México ocuparon la atención de médicos y políticos, puesto que la capital era de suma importancia para demostrar el triunfo de las políticas posrevolucionarias. En términos prácticos, se buscaba que la urbe funcionara mejor y que fuera ejemplo de la modernización que se estaba alcanzando en todo el país. Es el caso de los automóviles, que en 1928 transitaban unos 40 000 en toda la república mexicana y 15 000 sólo en el DF, según daba cuenta el periódico El Universal.

            Matilde Pereyra nació en el barrio de San Juan, Mixcoac, en 1924. Su familia estaba formada por su padre, madre y cinco hermanos. Como la mayoría de los menores de edad que crecieron en las periferias del DF, estuvo inmersa en una dinámica distinta, puesto que muchas de las diversiones todavía se desarrollaban en el centro de la urbe, en lo que ella nombra como “México”.

            La intención de recuperar su testimonio, resultado de la investigación acerca de los niños y la ciudad entre 1928 y 1941, es ubicar su experiencia como habitante de un barrio periférico durante las primeras décadas después de la revolución. Es importante rescatar la memoria de Matilde porque vivió su infancia en una época en la que el país, la ciudad y la vida de los niños se encontraba en plena transformación.

 El barrio de San Juan en palabras de Matilde Pereyra

Yo siempre fui de escuela oficial. Mis primeros años los hice en el jardín de niños que estaba frente a la iglesia de San Juan, en lo que antes había sido la casa de Octavio Paz, y se llamaba fray Pedro de Gante. Mi papá era administrador de una fábrica de tabiques. Mixcoac, mi barrio, quitando esas dos construcciones de la iglesia de San Juan que es del siglo XVI, la casa de Octavio Paz, la casa de Valentín Gómez Farías, que era lo que era el centro, había sido hecha de la fábrica de tabiques que se llamaba Noche Buena y estaba donde está hoy el toreo, la Plaza México.

            Todo era hoyo porque para la fabricación de tabiques tenían que sacar el barro, entonces esa parte estaba llena de hoyos. Mi casa, en una calle que se llamó la calle del Rosario en el número 18, estaba rodeada también de hoyos. De esa calle se llegaba a las milpas. Cuando yo estuve chica todavía esos hoyos los hicieron milpas y ahí también en esos hoyos iban a descargar material de electricidad, había mucho desperdicio de cobre.

            [Las milpas] no estaban tan lejos, al final de la calle, en los hoyos que habían quedado de la fábrica y ahí se metían los chicos que habían sido ladrilleros e iban a robarse las cañas, que no son cañas de azúcar, pero sí se comían y nos las vendían o nos las regalaban.

            Teníamos una infancia muy bonita porque la calle era nuestra. No había coches, la calle estaba empedrada, no había ningún peligro para nosotros. Inclusive había en la calle árboles, eran truenos.  Cuando entraba uno a esa calle olía a trueno. Ahora o mucho después cuando yo olía a trueno recordaba mi calle, son unos árboles que dan unas flores muy olorosas. Inclusive en esos árboles mis hermanos jugaban y hacían su casita del árbol, no una casita del árbol como ahora se ve en las películas o se las hacen a los niños, no, eran tablas y tablas que ellos arreglaban de manera que era su casita del árbol.

            Esa calle [Rosario] en tiempo de lluvias se inundaba porque también ese barrio está debajo de lo que es la presa de Tarango, entonces cuando llovía mucho se desbordaba la presa y se inundaba la calle que ahora es Carracci. Mis hermanos se divertían mucho porque como se inundaba, toda la calle de Augusto Rodin también. Como había que atravesar de una acera a otra se divertían poniendo una viga para dejar que pasaran las personas, les daban 20 centavos, cinco centavos o dos centavos, para ellos era su pasadero.

            Las niñas qué íbamos a hacer eso. No, al contrario, en esa época nos tocaba, casi siempre en mayo, ir a ofrecer flores a la iglesita de San Juan. Nos llevaban con el vestido de la primera comunión, de coronita, velito, muy arregladitas a ofrecer flores. Y era muy bonita la iglesia porque le ponían una escalera que iba como un puente frente a la virgen de Guadalupe, la patrona de esa iglesia, y entonces íbamos y depositábamos nuestro ramito de flores. Era muy divertido. Y a nosotras las niñas, cómo íbamos a salir en tiempo de lluvias si mandaban por nosotros a recogernos a la iglesia para poder atravesar las calles que estaban inundadas. Nos recogían en… cargándonos. Un primo, que era el mayor, nos llevaba a la casa cargadas una por una o, si podía, se llevaba de a dos. Así que era una diversión hasta por el transporte.

[...]
Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

¿En qué pensabas, Leandro?

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Anticipándose a las órdenes del pelotón que debía fusilarlos, Guillermo Prieto expresó con energía: “levanten esas armas, los valientes no asesinan” y los soldados le hicieron caso.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Me viene la conformidad luego que recuerdo que
murió por su patria
”.
Sra. Ignacia Martínez de Valle.

 Dicen que cuando vamos a morir pasa toda nuestra existencia frente a nosotros.

¿Habrá sido así contigo?

Cuando te dijeron que te quedaba media hora de vida, ¿qué fue lo que hiciste?

Sabemos que preguntaste quién ordenó tu ejecución. Y que cuando te respondieron que Márquez, aquel reaccionario mocho y santurrón que lo mismo se daba golpes de pecho que mandaba matar a sus prisioneros, agregaste sereno:

—Hace bien, yo no le hubiera dado ni tres minutos.

Y descendiste de tu caballo San Pedro, un vigoroso alazán tostado, para luego pedirles pluma y papel.

—Deseo escribir a mi familia —le explicaste al jefe de los cangrejos.

¿En qué pensaste mientras esperabas? ¿En tu mamá, doña Ignacia? ¿En Luisa Jáuregui de Cipriani, la mujer que amabas y estabas por desposar, pues a tus 28 años habías decidido formar un hogar? ¿O acaso en tu hermana Agustina, quien de acuerdo con lo que escribiste en esa última carta, fue también como tu madre?

Tal vez recordaste al hombre que te heredó el apellido, un veterano de la lucha por la independencia que muchos años estuvo bajo las órdenes de Juan Álvarez, el caudillo suriano que fue presidente por un corto tiempo y le dejó el poder al poblano Ignacio Comonfort, de quien se decía que por hacerle caso a su madre idolatrada –a la que manipulaba un cura– dio un golpe de Estado contra la Constitución, hizo estallar la Guerra de Reforma y huyó del país cuando perdió el control de los acontecimientos.

Sí, seguramente pensaste en don Rómulo, tu padre, el responsable de que siguieras la carrera de las armas y con quien compartiste peligros y aventuras, como la huida de la Ciudad de México tras la traición de Comonfort y la llegada al poder de los reaccionarios, también llamados restauradores, clericales o conservadores; aunque a ustedes les gustaba más decirles cangrejos por eso de que daban “un paso pa´delante, doscientos para atrás”, como escribió en una popular canción el poeta Guillermo Prieto.

Porque tu padre y tú eran constitucionalistas. Liberales. Y de los duros. De los convencidos. De los que, como dijo Melchor Ocampo, se quiebran, pero no se doblan. De aquellos que usaban una corbata roja para manifestar unos ideales totalmente opuestos a los de quien se convirtió en uno de tus mejores amigos y la figura más importante del partido clerical: Miguel Miramón.

El mismo que era apenas unos meses más grande que tú, con el que compartiste banca en el Colegio Militar – al que entraste a los once años de edad– y quien al encontrarte en el pasillo se cuadraba chocando las botas.

—¡Mi general! —soltaba con voz de trueno.

—¡Ordene, su alteza! —le respondías tú en posición de firmes.

El mismo que poco antes de que escaparas de la capital junto a tu padre, te invitó a comer para ofrecerte honores, grados y riquezas… si luchabas contra la Constitución del 57, aunque al final rechazaste su oferta.

Porque eras liberal, eso ya lo habíamos dicho.

Poco influyeron en tus convicciones las creencias de tu madre, una mujer muy religiosa que nunca se resignó a la vida que tu padre y tú habían escogido, pero que siempre los apoyó. Aunque te pareció verla más preocupada de lo normal cuando la visitaste antes de partir hacia tu última campaña.

—Tal vez no nos veamos más —le dijiste abrazándola con fuerza—. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre mía!

Momento que aprovechó para intentar colgarte un relicario del cuello.

—No, no lo quiero —protestaste agarrando su mano—. Dirán que una cosa creo y otra predico.

—Anda, Leandro.

—No, mamá, mejor pónselo a San Pedro —tu caballo.

[...]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Gutierre Tibón. Doctor en Gaya Ciencia

Otto Cázares
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Humanista y sensual hasta la médula, Gutierre Tibón practicó las ciencias sociales como quien hablara lenguas maternas. En este ensayo se pasa revista a sus contribuciones y libros aderezados por episodios de su biografía viajera.

Gutierre Tibón, ca. 1970. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 8962.

Gutierre Tibón, ca. 1970. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 8962.

El italiano Gutierre Tibón (1905-1999) tomó la determinación de abandonar su vida de industrial en Suiza. Era director de una próspera empresa de máquinas de escribir, circunstancia que lo llevaba a viajar por el mundo entero con el objeto de publicitar la novedad de su propia invención: un precioso modelo de maquinita de escribir compacta y práctica, la bonita Hermes Baby. Sus viajes como industrial ya lo habían traído a México poco antes de la catástrofe bélica de 1938. De aquella visita el industrial había quedado prendado de una linda mexicana de diecisiete años; se fascinó también por la tortilla de maíz lo mismo que por Teotihuacán, donde fue presa de “una de aquellas crisis por las que un hombre normal, sano de espíritu y hasta con tendencias burguesas, se vuelve repentina e irremediablemente arqueólogo”. De México se declaró un “apasionado de la mitología y de las antigüedades mexicanas”. De modo que, decidido a iniciar una Vita Nova en México, descendió en el puerto de Veracruz el primero de febrero de 1940, dos años después de aquel viaje iniciático y dispuesto a clarificar ese ‘algo’ de lo que México significaba. La muchachita no lo esperó: ya estaba casada a su regreso. Pero seis años después de su llegada a tierras mexicanas, Gutierre Tibón escribió: “Sin embargo, yo ya tengo seis hijos. Mis seis libros que son mis primeras criaturas mexicanas”.

Había crecido en Suiza a orillas de ese lago Lugano en el que comenzó a escribir. De los catorce años data su primer título, Il Monte Bre, escrito por aquellos días entrañables en los que entablaba conversaciones con Romain Rolland, amigo de su padre escritor. Antes de llegar a México vivió en la India, donde conoció y admiró a Mahatma Gandhi. Con una estampa de dandi o de aristócrata, y merced a sus relaciones personales y habilidades sociales, podía Tibón acceder a archivos familiares y a valiosísimos documentos vedados a otros estudiosos. Era usual confundir a Tibón con un diplomático. En una ocasión, en la India lo tomaron por un importante embajador y acompañado por los brahmanes de las más altas consideraciones visitó aquellos preciosos templos de Cochín, Malabar y Benarés, inaccesibles a pies profanos. Poseía el más agraciado don de gentes y era este uno de los más acabados de sus talentos que terminaba yendo a impregnar sus páginas teñidas de encanto.

En México trabó profundas amistades con Salvador Novo, Arrigo Coen Anitúa y José Luis Martínez. Fue también cercano al círculo de Diego Rivera. De hecho, fue el responsable de propagar en un artículo del periódico Excélsior aquella leyenda manida, que no es más que una chanza, del supuesto canibalismo que practicaron Diego y Frida: “Ustedes no saben lo rica que es una costilla empanizada de mujer joven —prosiguió el maestro Diego—. No me miren así. Hablo por experiencia y no de oídas. He comido mucha carne humana, y repito, es exquisita. No crean que fue por simple gusto. Fue para servir a la ciencia […]”.  Como quiera que sea, el método del sabio seductor fue dar trato y reconocimiento de príncipes para todos. El Otro era para Tibón una “plenitud de sentido”: desde el artesano de Olinalá o Pinotepa Nacional al monje budista del Tíbet, desde el Brahmán de Bombay hasta sus cultas amigas entrevistadas sobre sueños para su investigación Magia y poder oculto de los dientes. Todos y cada uno, amigos profundos o amigos de ocasión, eran verdaderos príncipes y princesas de sentido.

Filología significa “leer lento”, dijo Nietszche: amor por el estudio naturalmente, pero también leer con lentitud y con pluma en la mano. El método de Gutierre Tibón —como el de todo sabio hebreo, y en su caso, siguiendo una larga tradición de sabiduría familiar— fue el método de la lectura y el comentario. La gens Tibónida fue una de varias generaciones de sabios y traductores judíos; Gutierre, sexto de la estirpe —hijo y nieto de polígrafos, hijos y nietos, a su vez, de otros polígrafos— creció íntimamente familiarizado con la extensa literatura rabínica, la gramática y la etimología hebreas. Guía de Perplejos es uno de los libros fundamentales del espíritu y la inteligencia judías. Fue escrito en lengua árabe durante el siglo XII y en vida de Maimónides fue traducida del árabe al hebreo por Šemuel ibn Tibbón, cuyo nombre significa “hijo del padre o patriarca de los traductores”. Escribió Gutierre acerca de su ilustre antepasado: “Nació el fundador de la dinastía de los tibónidas en Granada el año de 1120, y creció en el tiempo en que los moros erigían en su ciudad el milagro de la Alhambra. Fue médico; tradujo a Avicembron y escribió numerosas obras científicas, testimonios de su cultura universal. Al morir, en 1190, dejó a su hijo, como única riqueza, su biblioteca […]”. Los Tibónidas, hijos engendrados por el “patriarca de los traductores”, fue la estirpe que acometió la salvaguarda y sistematización de la sabiduría dispersa en multiplicidad de lenguas después de la caída de la Torre de Babel.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • MUÑOZ, MIGUEL ÁNGEL (antologador), Gutierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso. México, CNCA, 2009.
  • TIBÓN, GUTIERRE, Diccionario etimológico comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos. México, FCE, 1988.
  • TIBÓN, GUTIERRE, Historia del nombre y la fundación de México, México, FCE, 1993.

Ana Buriano Castro. El legado

Silvia Dutrénit Bielous
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

La académica de origen uruguayo fue una historiadora y docente, especialista en bibliotecología y constructora de la biblioteca del Instituto Mora. Era una mujer comprometida social y humanamente. El pasado 23 de septiembre fue presentado su libro póstumo y se nominó con su nombre la sala de lectura de la sede Poussin de esta institución. Se reproducen aquí, palabras leídas en su homenaje.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Ana Buriano Castro. Colección particular.

Luciana, la pequeña Lu, que nació el 9 de febrero de 2019, Iván, Andrés, Maru, Ana Paulina, Pablo, María, Alberto y Victoria, querida familia toda. Después de un breve pero intenso y difícil trajinar, queridos amigos y colegas de este Instituto que tanto tiene en su herencia del trabajo de Ana durante casi tres décadas, hoy se concreta el propósito que esperábamos: homenajearla con la designación de esta espléndida sala de lectura de la sede Poussin. Gracias, muchas gracias, a la doctora Diana Guillén, directora general, a los directores de área, al subdirector de la biblioteca, a los colegas de difusión y a un grupo numeroso de trabajadores que forman parte de la comunidad del Instituto, que participaron para que se hiciera realidad. Es imposible mencionarlos uno a uno, hoy por la labor de todos, estamos reunidos aquí. Y qué mejor forma de hacerlo que con la presentación del libro póstumo de Ana en las palabras de quien fuera su director de tesis de doctorado y su amigo, el doctor Brian Connaughton.

La petición de que compartiera recuerdos sobre Ana no ha sido un encargo fácil, diría que ha sido muy difícil, porque desde ese momento, he pensado y vivido entre lágrimas y sonrisas. Lo acepté, pese a imaginarlo así, porque casi estoy segura, que Ana también lo hubiera hecho.

Es inevitable para mi transitar por algunos hechos y recuperar imágenes sin obviar una relación entrañable de décadas en distintos planos. En ciertos momentos estuve pensando que por pudor debía evitar aquellos en que necesariamente se vincularan nuestras vidas, pero qué difícil ha sido sortearlos.

La recuerdo desde fines de los años sesenta o comienzos de los setenta, Ana era una estudiante del Instituto de Profesores Artigas que formaba parte de un grupo de jóvenes destacadas del IPA, algunas formándose en el campo de la historia y otras de la literatura. Al menos ese es mi recuerdo de estudiante de liceo. Creo que nunca lo hablamos, pero seguramente desde su lugar de joven adulta en estudios de nivel universitario no tendría memoria de mi presencia. Era una época de intensas luchas gremiales y políticas en un Uruguay que “caminaba” hacia el golpe de Estado. Los estudiantes convergíamos en locales gremiales y políticos y en esos espacios la recuerdo, esbelta, elocuente, oradora convincente y fumadora permanente.

Ana e Iván partieron hacia el exilio atravesando situaciones muy difíciles, muy riesgosas. A Buenos Aires llegó doña Mercedes, su madre, con Andresito. Reunidos los tres, y con la vivencia de un nuevo golpe de Estado, el argentino, comenzaron un largo y zigzagueante recorrido por tierras de exilio y también, como se decía en el lenguaje militante, de trabajo internacionalista.

Con Ana no nos vimos en Buenos Aires, pero supe de su presencia. Nos encontramos en México en 1976, en aquel casi fugaz paso por esta geografía humana, colmada de su riqueza cultural que tanto quiso y en donde fincó finalmente y para privilegio de todos, su residencia. Esa riqueza que la atrajo, la fascinó y que, recuerdo, la llevó a visitar varias veces el Museo de Antropología en aquellos pocos meses del 76 .

Ese recorrido que comenzó en Buenos Aires y que tuvo distintas escalas con tiempos diversos, México, Cuba, la URSS, más precisamente Jerson en Ucrania, Cuba nuevamente, en donde nació Maru, Nicaragua, otra vez Cuba y México, y esta vez para siempre en 1982, hizo patente en ese recorrido la capacidad permanente, obstinada, con enorme fuerza, de volver a comenzar cada vez que su convicción política, social y académica como lo veremos, lo indicaba. Nada de ello es independiente de una decisión de pareja, de Iván y Ana en cada etapa de este difícil pero enriquecedor camino.

Su regreso e instalación definitiva en México permite ver su crecimiento en distintas facetas, como historiadora, como docente, como constructora de la biblioteca y defensora de la institucionalidad del Mora, como mujer comprometida social y humanamente.

En virtud de que las condiciones políticas del Uruguay no le permitieron recibir su título del IPA, decidió estudiar nuevamente una licenciatura y lo hizo en el Sistema de Universidad Abierta (SUA) de la Facultad de Filosofías y Letras de la UNAM. Una fuerza admirable, en medio de dificultades para lograr con Iván una relativa estabilidad económica familiar, desembocó en el trabajo de tesis que nos permitió desde entonces hasta sus últimos días, hilar nuestros intereses, preocupaciones, pasiones, con coincidencias y discrepancias en los ámbitos intelectuales y políticos.

La elaboración de la tesis de licenciatura, que tuve el privilegio de acompañar en su dirección, hizo posible que dialogáramos y discutiéramos hechos y procesos del Uruguay y América Latina, en tonalidad de conceptos y tiempos de la historia. Nada de ello abandonamos de manera cotidiana.

Docente en el mismo SUA, casi hasta 15 días antes de fallecer, habiendo renunciado porque sentía que no podía impartir clase, menos aún llegar hasta el salón en la Facultad, fue creciendo extraordinariamente como una inteligente, rigurosa y creativa historiadora. Su acercamiento al Instituto fue a través de las breves historias del siglo XIX latinoamericano. Ahí desarrolló su pasión por Ecuador hasta convertirse en una ecuatorianista reconocida, regional y mundialmente. Su obra póstuma, con una exquisita y rigurosa investigación que siempre la caracterizaba, constituye su último legado.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Lotería Campechana. Una bolada con historia

José Manuel Alcocer Bernés
Director del Archivo General del Estado de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Detrás de los personajes, paisajes o animales que forman parte de las ilustraciones de este juego popular en Campeche a partir de los años treinta del siglo XX, hay un relato que tiene en su memoria la oportuna difusión por una fábrica cigarrera.

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Se limpia la mesa y a su alrededor se sientan los jugadores y extienden sus cartillas. Los principiantes jugarán una o dos, los avanzados de cuatro a ocho y los expertos se atreverán con diez o quizá hasta quince cartillas. Después de pagar el monto acordado por cada una de ellas, se inicia la bolada y de una bolsa muchas veces gastada por el uso, como pepitas mágicas van saliendo los números que son “cantados”, según la estampa que le acompaña.

Todas las miradas están sobre los cartones que contienen 25 imágenes de animales, astros, frutas, personas y artículos que forman parte de la vida cotidiana; los jugadores se mantienen atentos a la persona encargada de “cantar” la lotería,  una a una se van formando las figuras de manera indistinta y  a medida que va avanzando la cantada –el reto es formar con cinco imágenes, cuadros, cruces, líneas, la V, o la “tijera”–,  los participantes ansiosos esperan que salga la figura esperada para completar el juego y gritar “lotería”.

Por fin la figura tan esperada sale y alguien grita “lotería”, la tensión se relaja y se dibujan rostros de desilusión. Alguien por ahí pregunta, “¿qué seguía?, y al decirla, se oyen comentarios, “con esa me la sacaba”, o “mira cuánto esperaba esta cartilla”. El que lleva la voz revisa la cartilla ganadora, entrega el ansiado premio que es en efectivo, pues para poder jugar hay que pagar por cada cartón, al término se inicia otra bolada. Así son las tardes-noches de la lotería campechana.

Los orígenes

Los mexicanos somos un pueblo afecto por tentar la suerte a través de diversas maneras. Una de ellas es la lotería, ese juego de azar, muy frecuente en el México colonial, al grado que su uso fue legalizado. El objetivo: destinar las ganancias a la beneficencia pública. Independiente de esta lotería, en las ferias de los pueblos los asistentes se entretenían no solo con ella, sino con diversos juegos de azar: barajas, dados, ruleta, la bolita, quinielas, o lotería, lo que muestra la afición de la gente por estos.

Quizá como buenos campechanos que somos, hemos pensado que nuestra lotería fue la primera en la región peninsular, pero no. José Enrique Ortiz Lanz, en su obra ¡Lotería! Un mundo de imágenes nos dice que la primera vez en que se escuchó la palabra “¡Lotería!” fue en Mérida, en la feria en honor de San Cristóbal, el santo patrón de un barrio. Al respecto, Frederick Catherwood a su paso por estas tierras anotó: “Y esta gran muchedumbre, entre las cuales estaban personas que habíamos visto poco antes orando en el templo, se hallaba ahora reunida en una casa pública de juego. La clase de juego a que se entregaban aquellas buenas gentes se llama lotería y es una diversión favorita en todas las provincias mexicanas. En Yucatán se extiende a todos             los pueblos de la península.”

¿Cuál es el origen de la lotería campechana y cómo es que ha logrado convertirse en parte de la identidad de los pobladores del puerto, así como de otros pueblos y ciudades del estado?, pues el mar, las murallas y la lotería son elementos que nos identifican. ¿Su creador o sus creadores habrán pensado que este juego se convertiría en lo que es ahora? Un pasatiempo que forma parte de la vida cotidiana local y llama la atención de los fuereños, como nos refiere Marisol Moreno: “Hace unas semanas viajé por el sureste. Al visitar Campeche, pude ver personas que jugaban a la lotería en la plaza”.

Según la investigación realizada por Ileana Pozos y Juan Carlos Saucedo en 100 años de lotería campechana, un industrial yucateco de nombre José María Evia Grignett, estableció en 1891 en la calle 59 número 11 y 13, entre la 10 y la 12, de la ciudad de Campeche, una fábrica de cigarros llamada “La Esperanza”. Estos cigarrillos muy pronto se convirtieron en los preferidos de los campechanos. Así se anunciaban en el periódico “El Reproductor Campechano” en 1895: “Forma acabada, conquista la vista, olor persistente y grato al olfato, sabor sin ningún disgusto el gusto y esos cigarros es justo que sean los preferidos, pues halagan tres sentidos la vista, el olfato y el gusto”.

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Para saber más

  • MOLINA, SILVIA. Campeche, Imagen de eternidad. México, CONACULTA, 1996.
  • POZOS LANZ, ILEANA y JUAN CARLOS SAUCEDO. 100 años de Lotería campechana. INBA-Gobierno del Estado de Campeche, 1995.
  • ORTIZ LANZ, JOSÉ ENRIQUE, Lotería, un mundo de imágenes. Las loterías de figuras en Campeche y México. México, LXIII legislatura, 2017.

San Lorenzo Tezonco. Del pueblo rodeado de agua a la urbanización total

Edgar Allan Lara Paredes
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Durante varios siglos, las tierras de lo que es hoy este pueblo de la alcaldía de Iztapalapa fue un vergel vinculado al lago de Xochimilco. Las disputas legales por los terrenos dieron paso a la desecación de la zona y su asalto por paracaidistas y el crecimiento de la mancha urbana.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Imagen satelital que muestra la sierra de Santa Catarina y el cerro “Yehualichan”. Google Earth, 2019

San Lorenzo Tezonco es uno de los 16 pueblos originarios de la alcaldía Iztapalapa. Se encuentra al suroriente de la ciudad y tiene como uno de sus principales medios de transporte la línea 12 (Dorada) del Metro, con una estación que lleva su nombre.

Uno de los lugares más representativos de esta población es el cerro Yehualichan, nombre en náhuatl que significa lugar redondo y que forma parte de la sierra de Santa Catarina. Actualmente, debido a la erosión que ha recibido por parte las empresas mineras, se le conoce como el cerro rojo de Tezonco, debido a que la explotación de sus yacimientos de tezontle deja ver el color escarlata del tezontle. Los restos arqueológicos encontrados en 1912 por Paul Henning en el cráter del cerro permitieron determinar que hubo ahí un cementerio prehispánico, si bien las piezas encontradas no provenían de Tezonco, sino de pueblos del horizonte teotihuacano.

El cerro no fue el único atractivo natural, ya que alguna vez el lago de Xochimilco llegó a sus límites. Gracias a esto, los pobladores que rodeaban el lago pudieron subsistir y desarrollar relaciones sociales, políticas y económicas.

Se desconoce el año en que Tezonco comenzó a llamarse como tal, así como su fundación, aunque los altepemeh (plural de Altépetl), poblados cercanos como Culhuacán o Cuitláhuac, se fundaron antes de la llegada de los mexicas en el siglo XIV.

Las primeras menciones del pueblo de Tezonco proceden de los testamentos de Luisa Juana de 1580, quien legó las tierras a sus familiares y otras las vendió para que el dinero obtenido fuera destinado a las misas cuando muriera. En esa década se había fundado la hacienda de San Nicolás Tolentino que alcanzó relevancia posteriormente por los diversos pleitos que se generaron por su propiedad. En esos años, los religiosos agustinos mencionan el nombre del pueblo en un plano de Culhuacán.

Para 1633, una cédula real indica los límites del fundo legal de Tezonco. Los parajes que se marcan serían luego motivo de disputa con la Hacienda. durante dos décadas del siglo XX. Los linderos se marcaron de la siguiente manera:

Como punto de partida, el paraje que llaman nopal prieto a orillas del camino que viene del pueblo de Zapotitlán; sígase en línea recta hasta el paraje que llaman el cuernito o tierras de don Plutarco, tuersese por el llano viejo a orillas de la tierras de Santa Cruz Meyehualco hasta dar en mojonera que está a orillas del camino nuevo o de la polvorilla y se sigue en línea recta hasta el paraje que hoy se dice mexiahuac a orillas del pueblo de Tomatlán y aquí pasa a la laguna en línea divisoria, hasta el paraje que dicen Chipunahuac o ciénega de San Antonio, y aquí tuerce la línea y sale a tierra el paraje donde empiezan estos linderos y que hacen  un total de siete mil doscientas quince varas castellanas.

El pueblo de San Lorenzo Tezonco se encontró en las orillas del lago de Xochimilco, por lo cual, gran parte de los conflictos que tuvo el pueblo con la hacienda de San Nicolás Tolentino fueron por temas relacionados con el agua. La vida de sus pobladores giraba en torno a la pesca y la agricultura.

José Antonio de Villaseñor mencionó a Tezonco en su Theatro Americano, y nos da una idea de cómo fue durante los primeros años de época colonial:

(…) el pueblo de Culhuacán está situado a la parte del poniente, en distancia de tres cuartos de legua de la cabecera, y en él y sus sujetos hay doscientas treinta y cuatro familias de indios; y al oriente de esta cabecera están situados los de Santiago Chahualtepeque con treinta y ocho familias; y el de San Lorenzo con cincuenta y ocho; el primero dista dos y media leguas, y el segundo tres.

Algunos años después, en las Relaciones geográficas del arzobispado en México, del año 1743, se menciona que Tezonco estaba dentro de la jurisdicción de Mexicaltzingo y sus pobladores producían frijol, cebada y maíz, y pescaban en la laguna, hablaban mexicano y su clima era frío y húmedo.

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 Para saber más

  • CARRASCO NAVARRO, V., “Transformaciones y procesos urbanos a nivel local: Configuración territorial y propiedad de la tierra en el pueblo de San Lorenzo Tezonco en Iztapalapa”, tesis de maestría en Planeación y políticas metropolitanas, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2016.
  • FLORES RAMÍREZ, ADRIANA E. A., Panteón Vecinal San Lorenzo Tezonco, México, CONACULTA, 2016.
  • NAZARIO CRUZ, L. F., El título primordial de San Lorenzo Tezonco, México, Comité de Asuntos Editoriales, 2013.
  • RAMÍREZ MARTÍNEZ, M., “La hacienda de San Nicolás Tolentino y sus alrededores”, tesis de maestría en arquitectura, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018.

México recibe a los asilados políticos brasileños

Dra. Olivia Gómez Lezama
Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH)

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

El golpe de Estado de 1964 en Brasil motivó una generosa y ambivalente política mexicana de asilo con los perseguidos por el régimen militar a lo largo de tres lustros. Un buen número de ellos se incorporaron a la academia, pero también fueron objeto de expulsiones y obstáculos para permanecer en el país durante los gobiernos de Díaz Ordaz y Echeverría.

Alfonso García Robles, embajador de México en Brasil durante el golpe militar, ca. 1964. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3364.

Alfonso García Robles, embajador de México en Brasil durante el golpe militar, ca. 1964. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3364.

El golpe militar que derrocó al gobierno civil del presidente João Goulart de Brasil en 1964 inauguró un período de dictaduras militares que tuvieron lugar en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX. Posteriormente, se instauraron otros regímenes militares en la región: en Uruguay en junio de 1973; en Chile, en septiembre del mismo año, con el golpe del dictador Augusto Pinochet contra el gobierno socialista de Salvador Allende; y en Argentina, en marzo de 1976, por el general Jorge Rafael Videla que depuso a Isabel Perón.

En ese sentido, debido a que en Brasil se instauró el primer régimen militar en la región, la brasileña es considerado la “dictadura madre”, la cual sentó las bases de la represión que las demás también implementarían con base en la doctrina de la Seguridad Nacional creada por Estados Unidos con la intención de desarrollar guerras contra los enemigos internos de las naciones para asegurar el triunfo de los Estados capitalistas. Este postulado se formuló en el contexto de la guerra fría, que hacía competir a los países socialistas, encabezados por la Unión Soviética, y los capitalistas, liderados por Estados Unidos, por la hegemonía mundial.

Guerra fría

Basándose en este planteamiento, los regímenes militares se dedicaron a combatir todo aquello que oliera a comunismo dando una batalla a muerte a sus opositores. Como consecuencia de esta política, la dictadura brasileña comenzó a perseguir a los integrantes del gobierno civil depuesto y a aquellos que participaban en organizaciones y/o movimientos de izquierda. En este contexto se dio la llegada de varios ellos a México.

Cabe señalar que dicha dictadura duró varios años en el poder. Desde su implantación en 1964 hasta la elección de un nuevo gobierno civil en 1985. El proceso de “transición democrática”, que fue lento y gradual, comenzó en 1979 con la promulgación de la ley de amnistía que permitió el regreso a Brasil de los asilados que huyeron tras el golpe, por encontrarse en peligro su vida e integridad física. En ese sentido, dado que fueron varios años los que duró el régimen militar coincidió con diferentes períodos de gobiernos mexicanos, desde el encabezado por el presidente Adolfo López Mateos hasta el de Miguel de la Madrid.

El rol de México

Tras el golpe militar ocurrido el 31 de marzo de 1964, México tuvo un papel relevante al otorgar el mayor número de asilos diplomáticos, entre abril de ese año y mayo de 1965, por medio del embajador Alfonso García Robles, comisionado por el entonces presidente Adolfo López Mateos, en apego a los convenios interamericanos procedentes sin necesidad de previa aprobación del titular del ejecutivo debido a la premura con que debía actuarse. Así, de los 181 casos que se registraron en ese período, 74 de ellos llegaron a nuestro país; 41 a Bolivia; 28 a Uruguay; catorce a Yugoslavia; nueve a Chile; ocho a Perú; cuatro a Paraguay; dos a Argentina y uno a Colombia. Asimismo, con base en la doctrina Estrada, México rompió relaciones con Brasil al ser un gobierno impuesto por la fuerza.

Visita de estado de Ernesto Geisel, presidente de Brasil, a México durante la presidencia de José López Portillo, enero de 1978. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3840.

Visita de estado de Ernesto Geisel, presidente de Brasil, a México durante la presidencia de José López Portillo, enero de 1978. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3840.

Sin embargo, con el ascenso del nuevo gobierno encabezado por Gustavo Díaz Ordaz en diciembre de 1964, la recepción del exilio brasileño en México no siempre se dio de manera favorable. A la toma de posesión del nuevo titular del ejecutivo, que se llevó a cabo el 1 de diciembre de 1964, acudió la representación de Brasil como parte de los invitados, siendo un gesto positivo que indicaba las intenciones de reanudar relaciones entre ambas naciones. Pero, a pesar de ello, dado que el nuevo embajador en Brasil, Vicente Sánchez Gavito no presentó sus credenciales sino hasta el 21 de abril de 1965, se abrió un período de “transición” que fue aprovechado por, el todavía embajador, Alfonso García Robles para dar asilo diplomático a nombre de México a tres más de los perseguidos políticos, que desde el golpe se encontraban en la clandestinidad en espera de un habeas corpus (similar al amparo mexicano), el cual les permitiría ser juzgados sin ir a prisión, entre ellos, Ruy Mauro Marini de quien más adelante hablaremos para ejemplificar el proceso complejo en que se dio el exilio en México.

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PARA SABER MÁS

  • GÓMEZ LEZAMA, OLIVIA, “Sobre los estrechos vínculos entre historia y teoría política en América Latina”, Andamios, Vol. 14 (34), pp. 371-374.
  • MORALES MUÑOZ, DANIELA, El exilio brasileño en México durante la dictadura militar, 1964-1979, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático, 2018.
  • Sobre la vida y obra de Ruy Mauro Marini ver http://www.marini-escritos.unam.mx/
  •  Revista Cuadernos Políticos http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/index.html 

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