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El sonado caso del ministro Joannini. Suicidio, política y juego en la ciudad de México, 1879-1882

Fausta Gantés / Instituto Mora

Revista BiCentenario # 18

Escena inicial
El sonido de un balazo atraves el aire. Eran las diez y media de la mañana del 20 de marzo de 1882. El cuerpo de Luis Joannini Ceva, conde de San Miguel, ministro plenipotenciario de Italia en México, yacía tendido en el piso de su estudio en medio de una gran mancha de sangre que fluía desde el orificio abierto en la sien derecha provocado por una bala que acababa de dispararse con la pistola que un poco antes compró en una armería de la ciudad.

Suicidio

Édoudard Manet, “El suicidio” (1877)

Arribo, presentación y éxito social

El baile de máscaras había sido un éxito rotundo. El ministro italiano y su esposa realmente se esmeraron en hacer de esa la recepción más elegante e importante del año, tanto asó que el esplendor de la fiesta alumbraría aún por mucho tiempo a la sociedad mexicana y varios años más tarde seguiría siendo recordada en los anales de la prensa, como en los “Ecos dominicales”, de La Patria Ilustrada, en su edición del 15 de febrero de 1886.

Aunque lo cierto es que en su momento el baile de fantasía no había dejado satisfechos a todos por igual, y había quien, como en el caso de Juvenal, sobrenombre de Enrique Chavárri, el famoso escritor de El Monitor Republicano, opinaba en su sección del 22 de agosto de 1880 que el evento no satisfizo las expectativas que había generado. Aseguraba que no fue tan fastuoso como se esperaba, que el hecho de la proximidad de otro acontecimiento parecido ocasionó que los trajes no fueran tan notables aunque, él mismo aclaraba, sí fueron de buen gusto y “dignos de mencionarse”. Otros, en cambio, consideraron que fue una fiesta concurrida, llena de buen gusto y elegancia y dejó “gratísimos recuerdos y el deseo de que se repitiera”, como anotaban los redactores de El Siglo Diecinueve unos días antes, el 16 de agosto. Lo cierto es que esa noche, la del sábado 14 de agosto, los anfitriones se esmeraron en atender a sus invitados, entre quienes se hallaba lo más granado del mundo de la política, así como lo mejor de la sociedad capitalina.

Ignacio Mariscal

Ignacio Mariscal

Al terminar la celebración el conde debió estar muy contento. La ciudad de México era una promesa de futuros éxitos, como el de la noche que recién concluía. Es probable que entonces recordara el banquete diplomático celebrado en Palacio Nacional unos meses atrás, en enero de ese mismo año de 1880, con el cual habían sido obsequiados por las autoridades mexicanas los cónsules de Bélgica, Guatemala y él mismo en su carácter de ministro plenipotenciario del reino de Italia, y en el que conviviera con muchos de sus pares, como los de Estados Unidos, Alemania, España y Bélgica, entre varios otros. Por supuesto, ahí departió también con los secretarios de estado, Eduardo Pankhurst, de Gobernación, Ignacio Mariscal, de Relaciones, y Carlos Pacheco, de Guerra; estaban también Ignacio Vallarta, presidente de la Suprema Corte de Justicia, así como algunos gobernadores, entre ellos el del Distrito Federal, Luis Curiel. Casi todos los periódicos dieron cuenta de la recepción diplomática, durante el mes de enero, en los días posteriores al evento.

Desde su llegada a México el conde Joannini tuvo una apretada agenda que incluía la asistencia a diversos eventos sociales, entre ellos el banquete que la colonia italiana preparó en su honor los primeros días del año de 1880 o su participación en el programa organizado por la Sociedad

Allard, al que se integró en la presentación pública mostrando sus dotes artísticas al piano; con los miembros de esa misma sociedad también se ocupó de ofrecer varios conciertos en su propio domicilio. Sus aptitudes musicales pronto hicieron que fuera considerado como “un consumado diletante”, que se le apreciara como “un músico de primer orden” y fuera tenido por un notable crítico musical; además de que se distinguía también por sus cualidades como conversador. Al parecer Joannini era bien apreciado entre sus colegas del mundo de la política tanto como por varios periodistas, como Filomeno Mata, el famoso director de El Diario del Hogar, quienes le tenían cordiales deferencias.

El desenlace: un suicidio

“Adiós María, adiós hijos míos, perdonadme y olvidadme” fueron las últimas palabras que el destituido ministro escribió en su nota suicida para despedirse de su familia. Tras conocerse la funesta noticia, estuvieron al lado de la condesa las señoras de Mariscal, cónyuge del ministro de Relaciones, y de Morgan, esposa esta última del embajador de Estados Unidos, Philip H. Morgan, prestándole consuelo y apoyo. “El cortejo fúnebre fue imponente”, relataba un diario, en tanto otro señalaba la generosidad de las autoridades mexicanas que habían asumido los gatos de la inhumación. Asistieron al velorio importantes funcionarios del gobierno mexicano, como Ignacio Mariscal, de las delegaciones extranjeras y un nutrido contingente de miembros de la colonia italiana quienes se volcaron a ofrecerle el último adiós al infortunado conde.

J. G. Posada, "Corrido de la muerte de Manuel GonzA?lez", detalle (1893)

J. G. Posada, “Corrido de la muerte de Manuel González”, detalle (1893)

Por aquellos días en los que la atención estaba puesta en el suicidio de Joannini algunos periódicos registraron en una pequeña nota de gacetilla, de apenas tres líneas, el suicidio de un gendarme que se dio muerte en el callejón de Camarones ignorándose los detalles del caso, como lo hizo El Nacional el 21 marzo. A diferencia de la muerte del conde, la del gendarme no causó conmoción ni ocupó las primeras páginas de diario alguno. Evidentemente ocurría así porque el tema del suicidio no era una novedad y el gendarme un simple desconocido.

El suicidio era un asunto que preocupaba desde hacía mucho y las noticias locales y muchas internacionales daban cuenta de ello. Por ejemplo, entre marzo de 1879 y marzo de 1882 un solo periódico de la capital informó de al menos 18 casos, uno de un comerciante extranjero. Constantemente la prensa consignaba noticias sobre muertos encontrados en la capital y en otros estados de la República, ultimados a tiro de pistola, por consumo de venenos (como la estricnina), a puñaladas, arrojándose a las acequias, tirándose al vacío desde la ventana de un hotel o desde alguna de las torres de la catedral, echándose a las vías del tren; algunos se consumaban con éxito, otros resultaban fallidos; quienes lo acometían eran los mismo de origen nacional que extranjeros que residían en el país o estaban de paso por alguna circunstancia.

Respecto al nivel socio-económico, según notas de los diarios provenían de los estratos más diversos, desde gente de los sectores populares (como sirvientes, obreros o soldados) hasta miembros de familias distinguidas o importantes integrantes del mundo de la política. Las motivaciones para quitarse la vida eran muchas, se suicidaban por culpa de la pobreza, de la deshonra, de la miseria, de los celos, del abandono, de los amores no correspondidos, por malversación de fondos, por enajenación mental y hasta por causa de la leva. Si los suicidas acometen el acto fatal por un egoísmo extremo o por una cobardía insuperable, resulta difícil, casi imposible de determinar. Pero sus deudos han de cargar con el pesar de la incertidumbre por el resto de sus vidas, eso es un hecho sobre el que se tiene mayor certeza.

El tema de los suicidios era una preocupación que había empezado a cobrar relevancia un par de décadas atrás, en la década de 1860. Muchos intelectuales, científicos y políticos se ocupaban del asunto en diversos escritos en los que se trataba de explicar, entender y detener la proliferación de esa práctica, asociada con el ámbito citadino y considerada por algunos una consecuencia negativa de la modernidad. La ley no estuvo ajena a las disertaciones, emisión de disposiciones, e intento de regularlo, aunque el suicidio había perdido su carácter delictivo en el Código Penal del Distrito Federal de 1871 y en términos legales sólo era considerado ya como una ofensa para el propio suicida.

También los periódicos se sumaron al esfuerzo de exponer las razones que podían provocar los actos suicidas y llamaban reiteradamente a la necesidad de ponerles freno mediante diversas estrategias, incluida la propuesta de suprimir publicidad a tales actos dejando para ello de consignarlos en sus páginas, lo que, sin embargo, no sucedió. El Tiempo, un periódico independiente en su posición política pero francamente católico en lo religioso, apuntaba en julio de 1877 que “el suicidio es una muerte furtiva y vergonzosa, es un robo que se hace al género humano”. Por su parte, en el contexto del suicidio de Joannini, los redactores de El Diario del Hogar, reconocidos liberales, anotaban el 26 de marzo: “El misterio pavoroso del suicidio preocupa hondamente y sea que se compadezca o se acrimine al suicida, el corazón se conmueve siempre al dar su fallo [...] el suicida es digno de lástima porque para nosotros obra siempre en virtud de un arrebato de demencia”. Estas notas ilustran de manera notable dos de las posiciones más importantes que imperaban en la época, pues si bien ambas consideraban al suicidio un acto terrible, unos optaban por el franco repudio y la condena por cuestiones morales en tanto los otros, más en la sintonía del discurso científico, intentaban comprender las motivaciones que conducían a un hombre a optar por esa acción radical.

Rumores

Las malas lenguas murmuraban que ante la deshonra que amenazaba con hacer presa de su casa y su apellido, Joannini no tuvo más opción que la de poner fin a sus días. Las voces maledicentes decían por lo bajo que el juego había sido su perdición. Personas menos malevolentes solo apuntaban que su suicidio se debía al “desastre financiero privado”. Algunas que lo apreciaban poco se encargaron de hacer saber que la verdadera razón era que había sido destituido de su cargo por el gobierno italiano y sintiéndose afrentado por tal decisión había apretado el gatillo. Pocos, los más benevolentes, dirían que se había matado presa de la más profunda tristeza porque no fue capaz de superar la muerte del más pequeño de sus hijos, ocurrida meses atrás. Otros más intentaron negar el suceso y para ello lanzaron la hipótesis de que lo ocurrido había sido en realidad un triste y trágico accidente sucedido mientras el conde examinaba su arma.

Por su parte, en un primer momento, el gobierno y parte de la prensa italiana se darían a la tarea de desmentir tales versiones y fortalecer la idea de que la desgracia fue consecuencia de su falta de planeación económica. Sin embargo, un par de meses más adelante, en Roma circular a un extenso artículo, mismo que sería traducido y reproducido en México en junio por El Siglo Diecinueve, en el que se señalaba que “El conde Joannini no era rico, pero sus costumbres fueron siempre algo dispendiosas. Aquellas costumbres al fin y al cabo lo condujeron a la catástrofe deplorabilísima [sic] que se efectuó en México”. En esas páginas también se reconocía que el gobierno italiano puso en receso al conde sin haberlo prevenido y se admitía que “el gobierno habría debido llamarlo primeramente, y después tomar las providencias que hubiese creído más conformes con sus propios intereses, sin demasiado perjuicio para Joannini”. Según este relato, al ministro se le anunció sorpresivamente la decisión del rey de retirarlo de su encargo “con una pensión proporcional a su sueldo de 5,500 libras”. Sin embargo, ningún periódico explicaba por qué el conde había sido de pronto notificado de su destitución, cuáles eran los verdaderos motivos que llevaron al gobierno italiano a tomar la decisión y a proceder de manera poco ortodoxa, nadie se preguntó ni aclaró si había alguna razón de orden político que hubiera afectado las relaciones entre ambos países o si el ministro había cometido algún error táctico en el desempeño de sus funciones. A?Por qué había sido destituido Joannini, un hombre de tan sólo 47 años de edad de los cuales 26 los había dedicado a servir a su país en la carrera diplomática?

La versión de la destitución se reprodujo en varios periódicos y era evidente que para el conde esa noticia implicaba una humillación y la deshonra. Algunos afirmaban que tras abrir la carta con los sellos del ministerio de Negocios Extranjeros del gobierno de Italia y enterarse de que había sido retirado del cargo y un nuevo ministro había sido designado para sustituirle fue presa de la desesperación y no pudiendo lidiar con tal estigma adquirió un arma, escribió un par de líneas para su esposa y sus hijos y se pegó un tiro.

¿Y el asunto del juego?

Pocos, casi ninguno de los periódicos mencionaron o aludieron al escabroso tema del juego y el papel central que pudo haber tenido en la muerte de Joannini. Sólo El Correo del Lunes, un impreso cuyo director, Adolfo Carrillo, no era muy bien visto por cierto sector de la propia prensa, pues se asumía que tenía vínculos con el gobernador del Distrito, por entonces Ramón Fernández, a cuyos intereses servía desde las páginas de su publicación, dio cuenta de una carta firmada sólo con las iniciales F.P.T., en la que se denunciaban las posibles “causas que motivaron el lamentable suicidio del Ministro de Italia en México”.

Paul Cezanne, "Jugadores de Cartas" (1893)

Paul Cezanne, “Jugadores de Cartas” (1893)

En efecto, el 27 de marzo de 1882, El Correo del Lunes reprodujo la historia que narraba una persona que declaraba haber trabajado como tallador en una casa de juego, cuyos datos precisos omitía, y de donde había sido despedido apenas unos días atrás sin que conociera los motivos, aunque, sospechaba que el mismo estaba relacionado con la trágica muerte de ministro italiano.

El anónimo autor refería como el embajador era un asiduo visitante de ese lugar, al que acudía varias veces por semana, ganando unas veces y perdiendo otras; daba cuenta de que Joannini había dejado de asistir por espacio de un mes pero que en los días próximos al trágico suceso había regresado y la noche del viernes anterior a su suicidio “jugó desde las siete hasta las doce de la noche, perdiendo, según yo observé, tres mil pesos”. Pidió un crédito de mil pesos a la casa, que después de concedido también perdió con “lama baraja”, lo que significaba que había sido víctima de las “fullerías y pilladas”, de las trampas con la que en esos sitios se esquilmaba a los clientes. Asimismo, apuntaba que el ministro se retiró del lugar comprometiéndose a pagar su deuda el domingo siguiente. Para recoger los mil pesos, los dueños del lugar comisionaron al denunciante, quien pasó al domicilio del conde, puntualmente. Habiéndose presentado, narraba que el diplomático lo recibió “muy agitado y estru[jando] en aquellos momentos una carta”, pero que le entregó la suma acordada expresándole: “Diga ud. al Sr. *** que esto es lo único que me queda. Me agrada saldar mis cuentas y no quiero que en México se murmure contra mí”.

Cierta o falsa la versión que el periódico reproducía, tocaba un tema por demás álgido y conflictivo en la historia del gobierno del Distrito Federal: el relativo a la existencia de casas de juego que funcionaban en la clandestinidad bajo el amparo solapado de las autoridades. Los reclamos, las críticas, las exigencias de buena parte de la prensa a quienes detentaban los mandos en el municipio de México, en el gobierno del Distrito Federal, en el ministerio de Justicia y, en ocasiones, al mismo presidente para que pusieran freno a su existencia fueron una constante que venía de varios años atrás, continuaron en la administración de Manuel González y siguieron durante buena parte del periodo porfiriano sin obtener resultados favorables. Las denuncias sobre lo pernicioso que resultaban esos centros de vicio para la sociedad capitalina, los casos expuestos por los impresos en los que se daba cuenta de cómo el juego arruinaba a las personas y destruía a las familias llenaron incontables páginas. Sin embargo, al parecer, en opinión de los representantes de la prensa, poco se hizo desde las altas esferas del poder para ponerle freno, al contrario épocas hubo en las que proliferaron descaradamente pues del contubernio entre los propietarios y las autoridades sacaban provecho y se enriquecían unos y otros.

Epílogo

La política, el juego y el suicidio se entretejen en la historia del breve paso y trágica muerte del ministro plenipotenciario de Italia en México, que inició en diciembre de 1879 cuando presentó sus credenciales al presidente de la República y concluyó el 20 de marzo de 1882 cuando con una detonación de pistola puso fin a su existencia. Las leyes y disposiciones oficiales que a lo largo de todo el siglo XIX reiteradamente prohibían la existencia de casas de juegos de azar no fueron suficientes para evitar la presencia de varias que operaban en la clandestinidad. El supuesto contubernio de las autoridades políticas con los propietarios de esos centros fue una denuncia reiterada por la prensa aunque no comprobada. Lo que es cierto, al parecer, es que esos negocios operaron de manera habitual sin que nadie los clausurara.

Alexandre Benois, "En la casa de juego" (1910)

Alexandre Benois, “En la casa de juego” (1910)

El caso Joannini pone de manifiesto las consecuencias más dramáticas a las que el vicio del juego podía arrastrar a sus víctimas y muestra también que pobres y ricos, artesanos y ministros, plebeyos y aristócratas podían, por igual, caer en la trampa que constituían las apuestas y recurrir al suicidio como vía de escape. Si Joannini corrompió su desempeño oficial por causa de su inclinación al juego no es algo de lo que se tenga noticia pero alguna sospecha despierta el hecho de que El Foro diera cuenta, tan sólo un mes después del triste suceso, de que había llegado a la aduana un paquete solicitado por el ministro de Italia, que por su contenido importaba el pago de más de seis mil pesos de aranceles, siendo que una vez instalado un embajador la ley sólo le permitía importar un máximo de tres mil pesos. En atención a la viuda, el presidente Manuel González, aprobando la opinión de Ignacio Mariscal y de Jesús Fuentes Muñiz, concedió que le fuera entregado el mismo sin cobrársele los impuestos correspondientes. Sin embargo, la señora Joannini, agradecida, rechazó la dispensa alegando que “los efectos no habían sido pedidos por su esposo” y que no podía aceptar las mercancías para no “comprometer” la memoria de su difunto marido y devolvió los bultos sin abrirlos.

¿Qué contenían esos paquetes? Imposible saberlo. ¿Los había solicitado el ministro a pesar de negarlo su viuda? Todo parece indicar que sólo él pudo hacerlo. ¿Para qué fin? Si bien no podemos afirmarlo con certeza porque no contamos con fuentes para ello, si podemos suponer que el conde, orillado por su crítica situación económica provocada por las pérdidas en el juego, probablemente se había enredado en acciones fraudulentas aprovechándose de su cargo diplomático y que, descubierto por las autoridades italianas, procedieron a retirarle su autoridad antes de que sus acciones empañaran la reputación del gobierno que representaba.

Finalmente, si bien el suyo no es el único caso de figuras sobresalientes del espacio público que optaron por matarse, pues ahí está antes el conocido caso del poeta romántico Manuel Acuña, sin embargo la muerte de Joannini constituye una interesante pista para tratar de entender los razones que podían conducir a un individuo a optar por el suicidio, así como observar las variadas posiciones desatadas en su entorno como reacción a tal acto, mismas que iban desde el rechazo y el repudio hasta las actitudes comprensivas y solidarias. Ante la amenaza de la deshonra y el deshonor, imposibilitado para reparar sus equívocos, atrapado en los valores culturales y sociales de la época, el conde sólo tuvo un camino para resarcir sus errores, evadir la afrenta pública, salvar el nombre de su familia y escapar al castigo de la justicia y de las leyes, aunque no al rumor y la maledicencia: el suicidio.

PARA SABER MÁS:

  • Alberto del Castillo, “Notas sobre la moral dominante a finales del siglo XIX en la ciudad de México. Las mujeres suicidas como protagonistas de la nota roja”, en Claudia Agostoni y Elisa Speckman (eds.), Modernidad, tradición y alteridad. La Ciudad de México en el cambio del siglo(XIX-XX), México, UNAM, 2001, pp. 319-338.
  • Miguel Ángel Isais Contreras, “Suicidio y opinión pública en la Guadalajara de fines del siglo XIX: representaciones y censuras”, en Jorge Alberto Trujillo, Federico de la Torre, Agustín Hernández y María Estela Guevara (eds.), Anuario 2005, México, Universidad de Guadalajara / Centro Universitario de los Altos-Seminario de estudios regionales, 2007, pp. 107-133.
  • Vicente Morales, Gerardo, Historia de un jugador (1874), en http://www.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=368:gerardo-historia-de-un-jugador-1874&catid=93:la-matraca
  • Semo, Ilán, (coord.), La Rueda del Azar. Juego y jugadores en la historia de México, México, 2000.

Recordar para comprender: Gilberto Bosques Saldívar. Testimonio de un defensor de los derechos humanos (1892-1995)

El testimonio de Gilberto Bosques Saldívar que, presentamos a continuación, constituye una muestra de las posibilidades de la diplomacia mexicana para la defensa de los derechos humanos y la salvaguarda de la paz internacional.

Bosques merece una página en la historia, entre otras cosas, por sus valerosas acciones como cónsul general de México en París (1938-1943) y, en particular, por cumplir la palabra del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) de auxiliar a los refugiados de la guerra civil española, en lo que tuvo un papel notable y es más conocido (1936-1939). Los desplazados emigraron de su tierra a causa de sus ideas políticas y sociales, contrarias a la dictadura de Francisco Franco, protagonista de la embestida fascista que derribó la Segunda República Española, elegida democráticamente en 1931.

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Pero los actos del diplomático mexicano van más allá de su interpretación ética y moral del derecho internacional y la defensa de la libertad. Gilberto Bosques destaca también, de manera sobresaliente, por su voluntad de asistir a los judíos perseguidos durante la segunda guerra mundial, cuando la Alemania del III Reich, por razones raciales, retiró a estas personas su nacionalidad, les limitó sus opciones de ingreso a otros países ya fuera como inmigrantes, refugiados o asilados políticos. Las víctimas perdieron un estado que representara sus intereses y respaldara hasta el final su solicitud de asilo. Esta situación los convirtió en individuos no repatriables. Frente a esta anomia jurídica, los tratados y las convenciones internacionales quedaron cortos en cuanto a la defensa de los derechos ciudadanos y humanos.

El éxodo judío, de acuerdo con la historiadora Daniela Gleizer, planteó un problema nuevo a la política inmigratoria mexicana porque, en esos años, no contemplaba dentro de su legislación la figura del refugio, vigente en Europa y entendida como una práctica humanitaria y colectiva; incorporada en nuestra Ley General de Población hasta 1990, es diferente de la institución del asilo, extinta en el Viejo Continente pero propia del derecho interamericano desde 1823 y definida, por acuerdo de Lázaro Cárdenas, con un carácter político e individual el 1° de diciembre de 1936. El vacío legal antes descrito, según la especialista, propició la aplicación de prácticas discrecionales que dependieron de las circunstancias político-económicas, nacionales e internacionales del momento, e incluso de reservas ideológicas de sesgo antisemita que, en muchas ocasiones, prevalecieron sobre cualquier razonamiento pragmático o legal. De hecho, México acogió desde 1937 hasta 1948 a 22,123 refugiados españoles, mientras que durante el periodo nazi (1933-1945) los especialistas estiman que sólo recibió un promedio de entre 1,850 y 2,250 refugiados judíos. La comparación evidencia que el núimero de estos refugiados, admitidos en tierras nacionales a lo largo del periodo cardenista y avilacamachista fue muy reducido.

En ese ambiente bélico y de incertidumbre normativa, Gilberto Bosques ejerció facultades extraordinarias para otorgar el asilo a las personas que los estados totalitarios europeos amenazaban expulsar por causas políticas o raciales. Aceptó el riesgo a sabiendas de que al violar las disposiciones de México y las naciones en conflicto, sus actos serían duramente sancionados. No obstante, él siempre creyó que las razones humanitarias y el derecho de gentes anteceden a cualquier impedimento legal.

El 1° de septiembre de 1938, el poblano Gilberto Bosques, maestro, político y periodista, ocupó el cargo de cónsul general de México en París. El presidente Lázaro Cárdenas le encomendó la misión específica de procurar el asilo a los republicanos españoles que a partir de enero de 1939 se habían refugiado en esa nación mientras lograban salir a nuestro país para establecerse de forma temporal o definitiva. El mandato era difícil de instrumentar porque el gobierno galo no recibió a los republicanos españoles como amigos. Por el contrario, los internó en campos de concentración porque desconocía el derecho de asilo, además de discrepar de las ideas izquierdistas de los exiliados y por considerarlos una carga económica. Desde los primeros días de 1939, con el aval de la Secretaría de Gobernación, Narciso Bassols, jurista y ministro de la legación de México en Francia, solicitó a la Secretaría de Relaciones Exteriores autorización para que el Consulado General documentara, a la brevedad posible, tanto a los exiliados españoles como a los perseguidos políticos de diversas nacionalidades que huían de las represalias fascistas y necesitaban de un lugar para vivir. Pero las cosas se complicaron todavía más cuando en abril de ese año, la República Española fue reemplazada por el gobierno totalitario de Francisco Franco y el 1° de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia para dar inicio a la segunda guerra mundial.

Albert Speer, Hitler y Arno Broker (der.) cuando ocuparon ParAi??s en 1940

Albert Speer, Hitler y Arno Broker (der.) cuando ocuparon París en 1940

La historia de Francia cambió radicalmente al momento que los nazis bombardearon París. El 10 de junio de 1940, el gobierno francés abandonó esta ciudad capital e invitó a los jefes de las representaciones diplomáticas a salir de la capital para instalarse en la provincia. Ese mismo día, Italia declaró la guerra a Francia e Inglaterra. 

Las tropas nazis avanzaron sobre Francia y ocuparon París. El mariscal Philippe Pétain, quien se hizo cargo del gobierno francés, decidió que ante la derrota y la posibilidad de negociar una paz menos onerosa, lo mejor era solicitar el armisticio a Alemania e Italia, lo cual hizo el 22 de junio. Mientras, desde Londres, el general Charles de Gaulle convocaba a sus compatriotas a la resistencia contra el invasor. Finalmente, el 25 de junio a la 1:35 horas las hostilidades cesaron. Francia aceptó un armisticio que dividía su territorio en dos áreas: la Francia ocupada por el ejército alemán, que comprendió la parte norte y la costa atlántica, incluyendo París, así como la totalidad de sus colonias, y la Francia Libre, supuestamente autónoma, que abarcó el resto y reconoció como sede de sus poderes a la ciudad de Vichy, en el centro del país. Así surgió el régimen de Vichy o Estado Francés (État Français), nombre oficial del gobierno que sustituyó a la III República, liquidó la democracia parlamentaria e instauró un sistema político autoritario pro alemán. La derecha francesa, convencida de que sus compatriotas socialistas eran responsables del desastre bélico, justificó sus tendencias fascistas y su determinación de colaborar con la Alemania de Hitler.

Luis I. Rodríguez, sucesor de Narciso Bassols en nuestra legación, se ocupó entonces de reanudar las relaciones de México con Gran Bretaña, rotas a partir de la expropiación petrolera proclamada del 18 de marzo de 1938, así como de manifestar la solidaridad nacional con el pueblo francés. Asimismo, pese a los quebrantos morales, jurídicos y materiales del momento, el gobierno de México le ordenó solicitar al general Pétain autorización para continuar con la política de asilo ofrecida a los españoles refugiados en Francia y sus colonias. Pétain consintió aunque despreciaba a los rojos por sus ideas antifascistas y por sus vínculos con la resistencia francesa en el combate al nazismo. El éxito de la negociación se formalizó con la firma del Acuerdo Franco-Mexicano el 22 de agosto de 1940. Ahora bien, no obstante la buena voluntad, el gobierno francés no siempre cooperó ni respetó la documentación mexicana que amparaba a los republicanos. Sucedió que las autoridades locales responsables de la Francia ocupada entregaron, ya fuera a los nazis o a la policía franquista decenas de exiliados españoles para realizar trabajos forzados en su país de origen o en Alemania.

Con apoyo en el Acuerdo Franco-Mexicano, Gilberto Bosques, cónsul general en París desde 1938 –más tarde se trasladó a Marsella–, y ministro encargado de negocios en el periodo 1942-1944, se ocupó entonces de evacuar de los campos de concentración franceses a republicanos y brigadistas internacionales, así como a luchadores antifascistas y antinazis para trasladarlos a los castillos de Reynade y Montgrad en Marsella. Bosques rentó estos lugares para documentar a la gente mientras se instrumentaba su salida a México o cualquier otro país de América dispuesto a recibirla. La protección del Consulado General de México también se hizo extensiva a polacos, austriacos, judíos y alemanes antifascistas.

Los nazis invadieron la Francia de Pétain el 11 de noviembre de 1942. Acto seguido, las tropas de la Wehrmacht establecieron su control directo sobre todo el país, aunque mantuvieron la autoridad de Pétain para garantizar la colaboración de los vencidos. Ese mismo día, por instrucciones de su gobierno, Bosques entregó la nota de ruptura de las relaciones diplomáticas entre México y Francia y se preparó para afrontar las consecuencias. El día 14, oficiales del ejército alemán asaltaron la legación de México en Vichy y aprehendieron a los diplomáticos mexicanos para trasladarlos el 30 de enero de 1943 a la ciudad alemana de Bad Godesberg, donde permanecieron prisioneros por un año hasta que se gestionó, a través de la Casa Blanca, su intercambio por un número de alemanes detenidos en Cofre de Perote, Veracruz y otros lugares de la República.

Las puertas de la legación de México en Vichy estuvieron siempre abiertas a todos aquellos que huían de la barbarie fascista, pero las acciones de Gilberto Bosques reivindicaron de una manera sobresaliente la defensa del derecho de asilo. El 4 de julio de 1995 murió en la Ciudad de México Gilberto Bosques: un hombre singular de reconocimiento universal.

En homenaje a la destacada labor que realizó el diplomático mexicano en la protección de los judíos perseguidos por el nazismo durante el Holocausto, la municipalidad de la ciudad de Viena inauguró el 4 de junio de 2003, en el distrito 22 (Donaustadt), una calle a la que le dio el nombre de Paseo Gilberto Bosques. Ahora, procede ofrecer al lector un episodio de la vida de un hombre que interesa a la historia de todos los hombres.

Graciela de Garay / Instituto Mora

La ayuda a los judíos en el exilio.

Testimonio de Gilberto Bosques Saldívar

Antes de salir de Francia, tuve conocimiento de un plan para establecer en el país colonias agrícolas con inmigrantes judíos. Hice saber al general Cárdenas que no podía ser ni estaba fundado debidamente en la realidad ese proyecto de colonias agrícolas, porque normalmente los israelitas se ocupan de negocios que no los arraigan. El arraigo a la tierra, a la tierra extraña, está fuera de la mentalidad judía. Regularmente se ocupan de asuntos industriales, comerciales, de aquello en lo que, como se ha dicho, se puede levantar la tienda y volver al país de origen. Indudablemente la meta era volver, una vez terminada la guerra, si ésta terminaba. Volver era entonces la mayor y más honda aspiración judía.

Gilberto Bosques en la avenida CanebiA?re. Marsella, 1941.

Gilberto Bosques en la avenida Canebiére. Marsella, 1941.

Propuse al general Cárdenas que se hiciera un plan sobre un mapa de nuestros recursos naturales, zonas de producción de materias primas, vías de comunicación, es decir, de todo ese conjunto de circunstancias en donde pudiera caber un proyecto de desarrollo industrial. En esos momentos Europa era campo de refugiados israelitas. Había técnicos y elementos que podrían aprovecharse con miras a un desarrollo industrial congruente, de acuerdo con nuestra realidad nacional, con la realidad potencial de nuestros recursos naturales. El presidente Cárdenas me dijo que se darían las órdenes a las secretarías de Gobernación y de Relaciones Exteriores para que yo tuviera amplias facultades y al efecto se seleccionara en Europa a técnicos y hombres capaces de venir y ofrecer una colaboración importante en nuestro desarrollo económico. En esos términos quedó para mí el problema que se presentó en una solicitud de migración masiva de familias israelitas.

De Polonia, Austria, Bélgica, Rumanía, etcétera, emigraron familias buscando abrigo en Francia. Pero Francia fue ocupada en parte; a la otra, se le llamó zona no ocupada. En las dos, la población judía sumaba un grupo bastante numeroso e importante. Todos fueron objeto de una persecución enconada de parte de las autoridades alemanas de la zona ocupada. En París la persecución se realizó de acuerdo con lo establecido por las autoridades alemanas en leyes y disposiciones especiales.

Para establecer un mecanismo de persecución en contra de los judíos de la zona ocupada se formuló en París un estatuto que se llamó de las cuestiones judías. El primer y desgarrador espectáculo que se produjo en París fue cuando hubo algunos atentados en contra de los alemanes, con bombas que estallaron en el Barrio Latino. Las autoridades alemanas determinaron poner a la ciudad de París una multa de 1,000 millones de francos franceses. Esta multa debían pagarla los judíos. Además se enviaron a Alemania 93 judíos en calidad de rehenes. Más tarde se expidió, ya por el gobierno de Vichy, otro estatuto calcado del de los alemanes, y por el cual se creaba un comisariado, al frente del cual se puso a un conocido abogado antisemita.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • Gilberto Bosques Saldívar, México, Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, 2010, pp. 111-115 (Biográficos).
  • Daniela Gleizer, El exilio incómodo: México y los refugiados judíos, 1933-1945, México, El Colegio de México- Centro de Estudios Históricos/Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Cuajimalpa, 2011.
  • Shulamit Goldsmit y Natalia Gurvich, (coord.), Sobre el judaísmo mexicano. Diversas expresiones de activismo comunitario, México, Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia-Programa de Cultura Judaica, 2009.
  • Fernando Serrano Migallán, Duras tierras ajenas: un asilo, tres exilios, México, FCE, 2002.
  • Pablo Yankelevich (coord.), México, país refugio. La experiencia de los exilios en el siglo XX, México, INAH/Plaza y Valdés, 2002.
  • * Visa al paraíso, documental dirigido por Liliana Liberman, México, Producciones Nitya/Foprocine/BambA? Audiovisual/1,2,3 Producciones/ Ibermedia/ Shottama, A.C., 2010, duración 108 minutos.

El Zócalo de la ciudad de México en los siglos XIX y XX

BiCentenario #18

Tania Santa Anna Saucedo / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

¿Qué citadino no ha caminado por el Zócalo capitalino?, ¿quién no lo ha visto por lo menos en fotografías o televisión? Aunque su magnitud se puede ver opacada por la belleza de la Catedral metropolitana o la seriedad del Palacio Nacional, allí está, siempre presente. Así lo escribió Madame Calderón de la Barca en La vida en México: “Hice mi debut en México yendo a misa a la Catedral. Pasamos por la calle de San Francisco [hoy Madero], la calle más hermosa de México, tanto por sus tiendas como por sus casas (entre ellas, el Palacio de Iturbide, ricamente labrado, pero ahora casi en ruinas), y que termina en la Plaza en donde se levantan la Catedral y el Palacio”.

Todos tenemos en la mente la imagen de esa enorme plaza, donde en medio ondea la bandera de México en una enorme asta, pero ¿cuántos conocemos su historia? Por ejemplo, que su nombre oficial es Plaza de la Constitución, y recibió este nombre a finales del virreinato, porque ahí se juró la Constitución de Cádiz de 1812 en la Nueva España de 1813. Antes era llamada Plaza de Armas, Plaza Principal o Plaza Mayor.

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De hecho, su origen se remonta a la época prehispánica, cuando era el lugar donde se realizaban las ceremonias religiosas, ya que los palacios donde habitaban los gobernantes y los templos dedicados a los diferentes dioses se encontraban a su alrededor. Más tarde, cuando llegaron los españoles, utilizaron esos mismos sitios para construir los edificios que representarían al poder político, civil y religioso.

A fin de conmemorar en 1843 la Independencia de México, Antonio López de Santa Anna convocó a un concurso para erigir una columna conmemorativa en el centro de la plaza. El ganador fue Lorenzo de la Hidalga, quien ordenó construir primero el zócalo, es decir la base donde iba a ser colocada la futura columna. El monumento nunca fue construido y el Zócalo siguió allí por tantos años que los habitantes de la ciudad comenzaron a utilizar la palabra para referirse a la Plaza Mayor.

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El emperador Maximiliano retomaría este proyecto encomendando a Ramón Rodríguez Arangoity la remodelación del ZA?calo, lo cual incluía la construcción de la columna monumental del proyecto original de De la Hidalga. La columna estar a rodeada con esculturas de los héroes de la Independencia y coronada con una gran figura alada. Sin embargo, al ver los planos, el emperador decidió que en vez de una figura alada se pusiera el águila imperial rompiendo una cadena y remontando el vuelo; sus planes también quedaron inconclusos por la caída del Imperio y su fusilamiento.

Poco antes, en 1866, el alcalde municipal Ignacio Trigueros había mandado a hacer los jardines de la plaza, en vista de que los citadinos tenían el hábito de reunirse allí. Se plantaron árboles, colocaron bancas de hierro y construyeron fuentes y para dar seguridad a los paseantes, se pusieron lámparas de hidrógeno. Años después, en 1878, se instalaría un kiosco de hierro en el centro “hecho en París y regalo al ayuntamiento de Antonio Escandón”, a fin de que orquestas y bandas alegraran a los paseantes. En el Porfiriato hubo otro kiosco más pequeño, colocado por las empresas de tranvías y desde el cual ellas ofrecían sus servicios.

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Durante la Decena Trágica (en 1913), al ser bombardeado el Palacio Nacional, los jardines del Zócalo fueron dañados, por lo que al año siguiente se retiraron los fresnos; también se cambió la estructura trazando nuevos caminos entre las A?reas verdes, además de que en cada esquina de la plaza se plantó una palmera.

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Los jardines permanecerían allí hasta 1952, cuando fueron totalmente retirados. La plaza se quedó vacía, como una gran explanada, en la que años más tarde se colocó la imponente asta bandera que todos conocemos.

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Correo del lector #18

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Cartas

Los felicito por el número 16. ¡Quedó bellísimo! Me agradó que el contenido abarcara de Texas hasta Yucatán, lo que me parece una labor excelente de integración nacional.

Rosalóa Pérez Ramírez, Puebla

Gracias por tus comentarios.

Hola, en la revista han publicado algún artículo relacionado con el golpe de 1913?

Alma L. Parra , DEH-IN AH

Recomendamos la revisión del “Diario de la Decena Trágica”, de Kumaichi Horigoutchi, el entonces el encarga do de negocios de Japón en México (BiCentenario núm . 4) y el artículo de Graziella Altamirano: “El fantasma de la intervención: las argucias del embajador Henry Lane Wilson” (BiCentenario núm.13).

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Leí “El juego de pelota vasca en México en los siglos XIX y XX”. ¿Podrían sugerirme algunas lecturas respecto a los padres camilos, que gustaban de jugarlo?

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Linda Moreno

Héctor Olivares, autor del texto, respondió que el juego de pelota de los padres camilos se menciona en Memorias de mis tiempos, de Guillermo Prieto, La vida en México en 1810, de Luis González Obregón y Relajados o reprimidos; diversiones públicas y vida social en la Ciudad de México durante el Siglo de las Luces, de Juan Pedro Viqueira y que sobre los camilos, el mejor trabajo es el de Mónica Verdugo: Usos y ocupaciones del conjunto conocido como ex-convento de los padres camilos (tesis de maestría de la Universidad Iberoamericana, 2006), el cual se puede consultar en internet.

Comentarios en Facebook

Les transmitimos algunos comentarios que surgieron ante dos fotos aparecidas en nuestra revista y publicadas en los números 11 y 16. Una es la de Benito Juárez y Margarita Maza el día de su boda: ¡Qué bárbaro, qué interesante fotografía! y ¿Por qué será que el tiempo no causa estragos al Benemérito y se agiganta cada vez más, pese a los ataques de retrógrados e ignorantes?

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 20.47.13Otra es la foto de Carmen Romero Rubio de Díaz, que causó una plática: ¡Wooow! ¡La que educó al general Díaz!Creo que no tuvo mucho éxito, porque ni lo educó ni tampoco le enseñó a hablar inglés, que ése fue el pretexto de su padre para acercarla a Díaz. ¿Se sabe dónde está enterrada? Tengo entendido que en el Panteón Francés de La Piedad, aunque creo que sí tuvo éxito y además el inglés no era primordial en su época. Mucho del gusto francés de Díaz fue por la influencia de ella; tengo entendido que Carmen Romero tenía más gusto por los “gringos” que por los franceses, a quienes su padre detestaba. Un tercero agrega: “Pues como señorita de sociedad, le enseñó algunos modales al general Díaz; recordemos que éste ejerció varios oficios para mantener a su familia, que su interés era sobrevivir y no ser un dechado de buenas maneras”.

Sumario #18

Editorial

Laura Suárez de la Torre

Correo del lector

ARTÍCULOS

Un peninsular partidario de la Independencia: José María Fagoaga y Leyzaur.

por Antonio Omar Arriaga Téllez

El sonado caso del ministro Joannini. Suicidio, política y juego en la ciudad de México, 1879-1882

por Fausta Gantús

El proyecto de desecación del lago de Catemaco

por Rogelio Jiménez Marce

Pancho Villa en prisión (1912)

por Guadalupe Villa G.

Entre discriminaciones, sudor y sangre. El origen de la lucha libre en México

por Martín Josúe Martínez Martínez

Una siderúrgica en medio de un palmar

por Francisco Zapata

A lomos de la Revolución. Las portadas del semanario Siempre! En los aniversarios del 20 de noviembre (1960-1985)

por Lara Campos Pérez

DESDE HOY

Un día en los oficios de la calle

por David Israel Pérez Aznar

DESDE AYER

Testimonios

Dos miradas al sitio de Cuautla: Bustamante y Alamán

Imágenes

El Zócalo de la ciudad de México en los siglos XIX y XX

CUENTO

Por la borda

por Silvia L. Cuesy

ARTE

La ciudad que soño y proyectó Maximiliano

por Sergio Estrada Reynoso

ENTREVISTA

Recordar para comprender: Gilberto Bosques Saldívar. Testimonio de un defensor de los derechos humanos (1892-1995)

por Graciela Garay

Pancho Villa en prisión (1912)

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa G. / Instituto Mora

Apenas iniciado su gobierno, Francisco I. Madero tuvo que hacer frente a una oleada de rebeliones que buscaban su derrocamiento. El 16 de noviembre de 1911 el general Bernardo Reyes lo desconoció como presidente, siguiéndole pocos días después Emiliano Zapata; cuatro meses más tarde Emilio Vázquez Gómez y Pascual Orozco y, en octubre de 1912, Félix Díaz. Madero, no obstante, subestimó a sus enemigos al considerar que neutralizando a los dirigentes, el problema quedaba resuelto.

Bernardo Reyes
El general Reyes había gozado del apoyo y la confianza de Porfirio Díaz por varias razones, entre ellas mantener el control político y social en el estado de Nuevo León durante sus diversas gestiones gubernamentales; también estuvo temporalmente al frente de la secretaría de Guerra y Marina y fue elegido por los opositores de Díaz, para disputarle a éste la primera magistratura a través del Partido Democrático, aunque acabó por no aceptar la postulación. En cambio, cuando Díaz había partido ya al destierro, contendió en las elecciones presidenciales contra Madero, logrando el apoyo de hacendados y empresarios en diversas zonas del país.

Efectuadas las elecciones, triunfó la fórmula Madero-Pino Suárez, aunque a nivel nacional pronto circularon fuertes rumores de un nuevo movimiento armado iniciado por elementos reyistas, defraudados en sus esperanzas de elevar al poder al general.

En el estado de Morelos, Zapata y muchos otros que también habían brindado su apoyo a la revolución maderista se sintieron decepcionados por la política agraria del presidente y en lo sucesivo se mantendrían en pie de lucha para lograr la devolución de las tierras arrebatadas por la Ley de Terrenos Baldíos invocada por el líder demócrata.

Pascual Orozco
En Chihuahua Orozco, quien se adhirió a la lucha democrática encabezada por Madero, se sintió humillado cuando el líder ordenó el licenciamiento de las tropas revolucionarias y le negó la posibilidad de gobernar su estado natal, relegándolo al cargo de jefe de la Primera Zona Rural. Por otra parte, los proyectos de reforma agraria que el gobernador Abraham González pretendía implantar, con el respaldo del ejecutivo federal, alarmaron a la élite local que, sintiendo amenazados sus intereses, cooptó al antiguo arriero haciéndolo el instrumento mediante
el cual derrocarían a Madero.

El gobierno intentó suprimir la revuelta antes de que cobrara fuerza más allá de sus fronteras. El general José González Salas fue el encargado de combatir a Orozco, pero fracasó en su cometido. Fue entonces cuando Francisco Villa, a instancias de Madero, se unió a la División del Norte Federal comandada por Victoriano Huerta. En sus memorias, aquel señaló que el presidente le había dado la orden para que se pusiera a las órdenes del general Huerta. “No era ese mi programa” dice Villa, “pero ante todo estaba mi obediencia al señor Madero.”

El resultado es conocido: acusado por Huerta de insubordinación y robo, Villa fue puesto frente al paredón, perdonado y enviado a la Penitenciaría de la ciudad de México. El 5 de junio de 1912 Huerta telegrafió a Madero:

En este momento parte el tren que lleva con el carácter de procesado, debidamente escoltado hasta esa capital, al general Villa. El motivo que he tenido para mandarlo con el carácter de preso a disposición del ministerio de la Guerra, es el hecho de haber cometido faltas graves en la división de mi mando [...] A Villa le he perdonado la vida ya estando dentro del cuadro que debía ejecutarlo, por razón de haberme suplicado lo oyera antes de ser pasado por las armas, de cuya entrevista resultó el que yo resolviera abrir una averiguación previa y remitirlo con dicha averiguación, poniéndolo a la disposición de la secretaría de Guerra.

Lecumberri

Félix Díaz
El sobrino de don Porfirio declaró, a mediados de mayo de 1912, al periódico neoyorkino The Sun que la popularidad de Madero estaba perdida, acrecentándose día con día la opinión pública en su contra, debido a que muchos pensaban que una vez obtenido el triunfo, éste sólo había servido para el medro personal y egoísta de la familia Madero, dejando incumplidas las promesas hechas.
Díaz conspiraba activamente a pesar de la nube de agentes que lo vigilaban de cerca en Veracruz. El 15 de octubre, el jefe supremo del movimiento militar efectuó el pronunciamiento, cuyo propósito era “restablecer la paz por medio de la justicia.”

Contra todo vaticinio, el movimiento fue rápidamente sofocado y su dirigente capturado, hecho que causó gran sorpresa en todo el país. Por instrucciones de Madero, se formó un Consejo de Guerra Extraordinario que habría de juzgar a los principales implicados en el movimiento. El tribunal sentenció a Díaz a la pena máxima, sin embargo se logró que la Suprema Corte de Justicia lo amparara puesto que ya no pertenecía al ejército. Después de haber pasado un tiempo en la prisión de San Juan de Ulóa, fue trasladado a la ciudad de México e internado en la Penitenciaría el 24 de enero de 1913.

Los grupos contrarios a Madero, se multiplicaron desde el interior del propio gobierno; miembros del ejército federal bajo las órdenes de Victoriano Huerta se sumaron a la rebelión; Alberto García Granados, secretario de Gobernación, aseguraba tener pruebas de que el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, estaba preparado para iniciar la revuelta contra el mandatario y de que Miguel M. Acosta, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas era el encargado de recaudar fondos para dicho movimiento. El descontento general pronto se extendió por todo el país.

La lealtad puesta a prueba
La estancia de Villa en la Penitenciaría fue prolongada y difícil y a tres meses de su confinamiento aún no se le juzgaba. Estaba consciente de que su encarcelamiento era político y que había gente trabajando para evitar su liberación. En una carta enviada a Madero el 21 de septiembre, escribió: “A muchos de sus enemigos les cae como anillo al dedo que yo esté preso, pues he tenido ofrecimientos innumerables, pero si yo soy fiel, el tiempo se lo diría”.

Es interesante subrayar que uno de los mitos relacionados con Villa es que no sabía leer ni escribir y que durante su estancia en prisión aprendió gracias a las enseñanzas del ideólogo zapatista, Gildardo Magaña. Lo cierto es que sí sabía leer y escribir, las cartas escritas en prisión son muestra fehaciente de ello. Obviamente su redacción tanto como su ortografía eran deficientes, pero es claro que había tenido una rudimentaria enseñanza escolar y en el caso de que hubiera conocido a Magaña –hay discrepancias al respecto–, lo más que pudo hacer fue darle a conocer las razones de la lucha zapatista y tal vez ayudarle a mejorar su escritura y su lectura.

En la correspondencia enviada por Villa a Madero desde la penitenciaría, nunca obtuvo ninguna respuesta directa del presidente; éste se dirigió en dos ocasiones al reo a través de su secretario Juan Sánchez Azcona y no intervino para conseguir su excarcelación.

El 7 de octubre Villa había suplicado al mandatario trasladarlo a “algín cuartel de esta ciudad, toda vez que causas muy poderosísimas, que a su tiempo explicar, me obligan a solicitar esa gracia”. Es posible que otros reos políticos estuvieran intentando atraerlo al movimiento que se estaba preparando para derrocar al gobierno constitucional. Los abogados José Bonales Sandoval y Antonio Castellanos, a quienes Villa comisionó para hablar con Madero, formaban respectivamente parte del proyecto de Félix Díaz y Bernardo Reyes sin que, hasta ese momento, él lo supiera.

Un mes más tarde, Sánchez Azcona comunicó al general Villa que “obsequiando los deseos expresados por su defensor el Sr. Bonales Sandoval [el señor presidente ha dispuesto] que sea trasladado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco”.

En su nueva prisión, Villa tuvo oportunidad de conocer al general Bernardo Reyes y quizá de enterarse de sus planes subversivos. Luz Corral escribió después que ella acompañaba a su esposo todo el día y algunas veces, Reyes comió con ellos.

En la prisión militar, Pancho Villa escribió detalladamente los servicios que prestó, a lo largo de la revolución maderista, hasta la caída de Ciudad Juárez en mayo de 1911. Según cuenta en las Memorias, el documento lo realizó como parte de un ejercicio mecanográfico, “sin otro maestro que su firme deseo de aprender”.

Ante los oídos sordos de Madero, a sus reiteradas súplicas de justicia y auxilio, Villa optaría por fugarse de Santiago Tlatelolco y trasponer la frontera mexicana. No obstante que el general protestó lealtad al mandatario, permaneció fiel a su causa y siempre le mostró su admiración y respeto, no encontró reciprocidad en Madero, fue, como bien señala el historiador Friedrich Katz, un amor no correspondido.

Carta Villa-Madero

Carta de Villa a Madero (1912)

Las hojas de servicio

Es necesario aclarar que una versión de lo contenido en los papeles escritos a máquina fue recogida por Manuel Bauche Alcalde, quien se encargaría de escribir las memorias de Villa a principios de 1914. El manuscrito de Bauche tiene básicamente la misma información de las hojas de servicio, pero está más completo porque se subsana lo que al reo le fue difícil recordar y que ya en calma, seguramente auxiliado por compañeros y amigos, pudo corregir. También está más pulido porque Bauche era un hombre culto, había ejercido el periodismo y hablaba varios idiomas. Las hojas de servicios son reveladoras de la personalidad de Villa, de sus sentimientos, manera de ser y expresarse.

Como Chihuahua fue el territorio en el que Villa operó durante la revolución maderista, en su hoja de servicios se destaca su relación con Abraham González, su encuentro con Francisco I. Madero, los hechos de armas en los que participó y todas las dificultades que tuvo que superar para hacerse respetar y ganar adeptos.

El relato comienza prácticamente el 17 de noviembre de 1910, cuando González acudió a comería casa de Villa para definir el plan que consistió en el reclutamiento de tropas: el primero en el norte del estado y el segundo en el sur.

Sin duda, la asombrosa facilidad con la que Villa reunió 375 hombres en cinco días admira a cualquiera. ¿Qué impulsó a estos hombres a dejar hogar y familia para embarcarse en una aventura incierta? Cada uno de ellos tenía una historia detrás. A?Era gente conocida con anterioridad? ¿Estaban en deuda con él? ¿Deseaban proteger sus tierras? ¿Hacerse de ellas? ¿Tenían esperanzas de acabar con la oligarquía terrateniente y elegir libremente a las autoridades? A?Ganar acceso a puestos de elección popular? ¿Les faltaba el trabajo? Es seguro que hubo una combinación de todo esto.

En los primeros enfrentamientos, Villa recibió su primera herida como revolucionario y tuvo que enfrentarse a los problemas que le planteaba su nuevo estatus: garantizar la paga a sus hombres y el continuo suministro de armamento, vituallas y vestimenta, así como la curación de los heridos en combate.

El escrito nos hace imaginar las vicisitudes por las que pasaron los revolucionarios en estos incipientes meses de lucha en los que la organización fue primordial. Los hombres que formaban el contingente revolucionario de Chihuahua eran todos buenos jinetes, avezados en el manejo de armamento, pero sin experiencia en enfrentar a un ejército de línea.

La improvisación de los primeros tiempos de lucha propinó varios reveses a los revolucionarios pues en la Sierra Azul, donde tenían su refugio, pasaron no sólo hambre, sino mucho frío por falta de ropa adecuada y cobijas para soportar las intensas nevadas. Había que aprender a no dejarse sorprender por el enemigo y a no dejar armas ni municiones expuestas a pérdida o abandono. La necesidad de contar con buena caballada podía también hacer toda la diferencia entre la vida y la muerte.

En esta época descrita por Villa, uno de los problemas mayores fue tratar de unificar el armamento pues lo había de diferentes marcas y calibres, lo que complicaba el correcto abastecimiento de cartuchos y municiones. Las haciendas consideradas propiedad de los enemigos de la Revolución, sirvieron también para abastecer a los revolucionarios. Tampoco faltaron administradores a favor de la causa que pusieron a su disposición trojes repletas de maíz para la caballada, ganado para alimentar a la tropa y tortillas hechas por mujeres en las casas de cuadrillas. Pero hubo ocasiones en que Villa tuvo necesidad de entrar subrepticiamente a Chihuahua, para proveerse de artículos de primera necesidad como azúcar y café para sus hombres. Estar pendiente de las necesidades de su gente lo convirtieron en una figura paternal.

Uno de los episodios destacados por Villa en las hojas de servicio, fue su primer encuentro con Francisco I. Madero en la hacienda de Bustillos: “Nombre, Pancho Villa que muchacho eres, yo que te creía tan viejo, pues quería conocerte para darte un abrazo por lo mucho que se habla de ti y lo bien que te has portado, ¿qué tanta gente tienes?” Para entonces Villa había aumentado su contingente en 700 hombres, pero como él mismo dijo estaban “mal armados”

En abril de 1911 durante la marcha hacia Ciudad Juárez, plaza fronteriza que los revolucionarios esperaban tomar y controlar, ocurrió el primer connato de sublevación de la gente de Pascual Orozco en contra del presidente provisional, cuando los jefes José Inés Salazar, Luis A. García y Lázaro Alanís trataron de desconocer a Madero. Orozco había rehusado acatar las órdenes dadas por el mandatario para que desarmara a sus hombres, argumentando que podría haber un alto costo en vidas.

Por órdenes de Madero, Villa controló la insubordinación “sin que hubiera habido un solo muerto y sí uno que otro golpeado, de los que trataban de oponer resistencia”. También de acuerdo con el mandatario, entregó el armamento y parque a Orozco. Estas fueron las inconsistencias del presidente provisional, conservar a su lado a hombres levantiscos, sin medir los riesgos futuros.

Los revolucionarios llegaron al rancho de Flores, cerca de Ciudad Juárez, situado a orillas del Río Bravo, donde según el escrito fueron recibidos cariñosamente por las familias del lugar: Madero “caminaba a pie al igual de todas las fuerzas. Parte de estas hicieron jornadas más cortas para servirle de escolta y hacerle menos penosa la travesía. Él iba tapado con un sarape pinto que le hacía confundirse entre el grueso de la tropa, entre la cual se le podía haber tomado por un simple soldado y no por el C. presidente de la República”.

La opinión del general Benjamín J. Viljoen de que era imposible tomar Ciudad Juárez dada la fortificación de la plaza decidió a Madero retirar las tropas hacia el sur para evitar complicaciones internacionales. Villa y Orozco insistieron en que, por dignidad, se debería procurar el asalto “pues era vergonzoso retirarnos sin siquiera haber intentado dicho ataque”. El 8 de mayo ocurrió una inesperada ofensiva a Juárez; Madero ordenó cesar el fuego pero su mandato no fue escuchado, dado que existía el acuerdo entre Pascual Orozco y Francisco Villa para tomar la plaza. Al día siguiente los revolucionarios empezaron a tomar posiciones para el asalto final. El 10 con los cuarteles federales rodeados, exhaustos por el cansancio, el hambre y la sed, los defensores se rindieron. Villa describe la magnitud de la sorpresa de Madero cuando se enteró de que Ciudad Juárez había caído en manos de los revolucionarios.

Uno de los problemas que tuvo que resolver Villa, después de recoger a sus muertos y darles sepultura, fue procurar alimento para los vencidos y para su propia gente: Y aunque comprendía que mis fuerzas estaban en iguales condiciones de hambre que ellos, creí de mi deber como vencedor, procurar primero a los vencidos, quienes al verme entrar con dicho comestible [costales de pan] me aclamaron llenos de gratitud. De ahí me fui a hacer igual operación con mis soldados, más como no alcanzara el pan para todos, organicé escoltas con sus respectivos oficiales y clases, con orden de salir a buscar alimentos.

Lo más increíble de la narración es que Villa se dirigió al cuartel general donde estaban prisioneros los oficiales y se llevó a nueve de ellos a El Paso, Texas, “donde comimos con la mayor fraternidad”. Lo inconcebible no fue que los hubiera invitado a comer, sino que los oficiales vencidos en campaña regresaran a territorio mexicano. Era una época en que la palabra de honor valía y se respetaba.

Villa cierra las hojas de servicio tocando dos aspectos más: el connato de sublevación que intentaron él y Orozco en contra de Madero, por haberse opuesto al fusilamiento del general Juan N. Navarro. Tarde descubrió Villa el ardid de Orozco quien habiéndole ordenado desarmar a la guardia de Madero, ignoró el hecho en el momento mismo, haciéndolo aparecer como el instigador de la insurrección.

Por considerarse “hombre de sentimientos y vergüenza”, Villa puso punto final a su actuación revolucionaria, en esa primera etapa, entregando a Raúl Madero el mando de sus tropas.

El epílogo
De la sencillez de Madero, de su carácter bondadoso, de su desprendimiento, surgieron la admiración, el respeto y la lealtad que Villa le profesaría hasta su muerte. El hecho de que Madero fuera rico terrateniente y empresario y arriesgara su comodidad y su fortuna en una empresa que se antojaba titánica le valió su incondicionalidad.

Abraham González jamás dudó de la lealtad de Pancho Villa y es posible que Madero tampoco dudara, sin embargo, cabe preguntarse ¿qué orilló al mandatario a distanciarse de su antiguo aliado? ¿Cómo fue que Villa cayó en desgracia? Aquella felicitación que envió Madero luego de sus triunfos sobre Orozco, poco antes de que Huerta intentara fusilarlo en Jiménez, Chihuahua, había perdido todo sentido: “Estoy verdaderamente satisfecho de tu conducta y te aseguro que además de la legítima satisfacción que has de sentir de servir una causa justa y de ser leal conmigo, haré de modo de recompensar debidamente los servicios que has prestado a la República”.

Abraham González trató de hacer valer su influencia con Madero para ayudar a Villa y puso todo lo que estuvo de su parte para liberarlo. La actitud del presidente fue distinta, pues confió más en el ejército federal que en aquellos que lo habían llevado al poder.

Villa escapó de la prisión militar de Santiago Tlatelolco y mantuvo con firmeza su lealtad al presidente y al gobernador de Chihuahua, quienes poco después fueron traicionados por Victoriano Huerta y asesinados por órdenes suyas. En adelante, Villa se empeñó en una lucha, la constitucionalista, para vengar la muerte de aquellos benefactores y amigos suyos.

PARA SABER MÁS:

  • Francisco L. Urquizo, La ciudadela quedó atrás, México, Summa mexicana, 2009.
  • Guadalupe Villa y Rosa Helia Villa, Pancho Villa. Retrato autobiográfico 1878-1914, México, Taurus, 2005.
  • Cuartelazo, Alberto Isaac, dir. Imcine, dvd.

El proyecto de desecación del lago de Catemaco

Revista BiCentenario # 18

Rogelio Jiménez Marce / Universidad Iberoamericana-Puebla

Introducción
En la actualidad, la población de Catemaco, ubicada en el sureste de la zona central de la gran planicie costera del golfo de México, es identificada por dos factores: las referencias a las prácticas mágico-religiosas que realizan diversos personajes de la región y su lago que se ha convertido en un importante polo de atracción turística. De hecho, el lago es la primera imagen que aparece cuando se busca Catemaco en las páginas de internet. Éste se originó, de acuerdo con Gabriela Vázquez, por la formación de una cuenca a causa de derrames de lava que interceptaron el drenaje natural de un valle tectónico de rocas sedimentarias del Terciario Medio. El lago se ubica a 330 metros sobre el nivel del mar, posee 7 437 hectáreas de extensión y una profundidad que varía entre siete y once metros. Los especialistas lo consideran uno de los más productivos del país por la cantidad de peces que se pueden obtener. En la segunda mitad del siglo XIX, el lago de Catemaco comenzó a ser apreciado como un “regalo de la naturaleza” por sus habitantes y algunos viajeros que llegaron a la población, por lo que resulta curioso que en 1905 se hubiera planteado un proyecto para desecarlo, el cual no obtuvo los resultados deseados debido a que las autoridades de la población se opusieron a que se realizara.

Catemaco 1950

El proyecto
El 16 de marzo de 1905, Francis Louvier, personaje del que sólo sabemos que era ingeniero electricista, escribió una carta al secretario de Fomento para manifestarle que había realizado algunos estudios que le permitieron elaborar un proyecto para desecar el lago de Catemaco, acción que consideraba que resultaría benéfica para el estado debido a que se dispondría de una mayor extensión de tierras, con lo que se fomentaría la agricultura. Louvier solicitaba que se le otorgara la concesión para emprender las obras y en compensación a los gastos que tenía que efectuar, se le debía otorgar la propiedad de los terrenos desecados así como el derecho de utilizar el remanente de las aguas del lago para irrigación y fuerza motriz. El discurso de Louvier reproducía una parte del pensamiento de los liberales decimonónicos mexicanos que consideraban que el estancamiento del agua y las inundaciones representaban un obstáculo para la economía de los pueblos, motivo por el que propusieron diversos proyectos de desecación, desagüe y canalización de ríos, lagunas y zonas pantanosas con la intención de potenciar el desarrollo económico, a través del estímulo de la agricultura, el comercio y la repartición de las tierras drenadas.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • Gloria Camacho Pichardo, Agua y liberalismo. El proyecto estatal de desecación de las lagunas del Alto Lerma. 1850-1875, México, CIESAS-Archivo Histórico del Agua-Conagua, 2007.
  • Alba González Jacome, Humedales en el suroeste de Tlaxcala. Agua y agricultura en el siglo XX, México, Universidad Iberoamericana, 2008.
  • Alejandra Ojeda Sampson, Francisco Covarrubias y María Guadalupe Arceo, “El proceso de antropización del lago de Chapala”, Secuencia, núm. 71, mayo-agosto de 2008, pp. 103-129.Ai??
  • Lourdes Romero Navarrete, El río Nazas y los derechos del agua en México: conflicto y negociación en torno a la democracia, 1878-1939, México, CIESAS-Universidad Autónoma de Coahuila, 2007.
  • Cecilia Sheridan y Mario Cerutti, Usos y desusos del agua en cuencas del norte de México, MAéxico, CIESAS-Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012.

Entre discriminaciones, sudor y sangre: El origen de la lucha libre en México

Revista BiCentenario # 18

Martín Josué Martínez Martínez / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En el centro del cuadrilátero José Francisco, mejor conocido como Yaqui Joe, luchador mexicano oriundo de Guaymas, Sonora, logró poner al estadunidense Ted Hawks con la espalda contra la lona. Una vez más utilizó sus piernas musculosas, que como dos enormes tenazas de acero envolvían el torso del oponente, inmovilizándolo. Los intentos de éste por desprenderse fueron inútiles, el castigo le producía gran sufrimiento que se reflejaba en su rostro y en sus gritos. El réferi se apresuró a tocar con la palma de la mano los tres segundos reglamentarios que convirtieron a Hawks en una cifra más de la larga lista de derrotados que acumulaba el Yaqui.

El Santo

Concluida la función de lucha libre encuentro deportivo entre dos atletas, en el que se trata de vencer al rival mediante prensas dolorosas, el oponente abandonó el encordado. El Yaqui se puso de pie, dominó la respiración que se encontraba agitada por el enorme esfuerzo que acababa de realizar, las manos le temblaban por la adrenalina y el sudor le cubría todo el cuerpo. Su sonrisa de satisfacción y amabilidad contrastó con los ojos profundos, con el rostro áspero, cuyas cicatrices y nariz desviada debido a los golpes, atestiguaban una vida de castigos. De repente la sonrisa desapareció; el réferi no tuvo tiempo siquiera de levantar la mano del sonorense en señal de victoria, cuando los asistentes a la arena en Huling, Texas, comenzaron a acercarse de forma violenta al ring con el único objetivo de cobrar con sus propias manos el agravio que había dañado su honor.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • Raúl Criollo y José Xavier Nóvar, ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, México, UNAM, 2011.
  • Álvaro A. Fernández Reyes, Santo, el Enmascarado de Plata. Mito y realidad de un héroe mexicano moderno, México, Conaculta-El Colegio de Michoacán, 2004.
  • Lourdes Grobet, Espectacular de Lucha libre, México, UNAM-Trilce Ediciones, 2005.
  • Janina Möbius, Y detrás de la máscara el pueblo. Lucha libre un espectáculo popular mexicano entre la tradición y la modernidad, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2007: http://www.cmll.com/historia_cmll.htm
  • 100 rifles, Tom Gries, Estados Unidos, 1969, 110 min., dvd.

Una siderúrgica en medio de un palmar

Revista BiCentenario # 18

Francisco Zapata  /  El Colegio de México

El desarrollo del proyecto de la desembocadura del río Balsas guarda una relación estrecha con lo que fuera la estrategia de la industrialización por sustitución de importaciones. En los años iniciales del proceso de toma de decisiones (1968-1969), el estado mexicano se encontraba en la encrucijada de decidir nuevos caminos para el adelanto nacional. Una de las decisiones centrales fue dar curso a la iniciativa que el general Lázaro Cárdenas había promovido desde que fuera gobernador de Michoacán (1932-1934) y presidente de la república (1934-1940), relativos a la valoración de los yacimientos de mineral de hierro de Las Truchas a través de la construcción de una planta siderúrgica. Esa decisión, tomada en 1969 por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, fue refrendada en agosto de 1971 cuando el presidente Luis Echeverría acordó la instauración de la empresa Siderúrgica Las Truchas (SITSA) que, a la muerte del general Cárdenas en octubre de 1970, pasaría a llamarse Siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas (SICARTSA), su nombre actual.

Siderúrgica

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PARA SABER MÁS:

  • Ilán Bizberg, La acción obrera en Las Truchas, México, El Colegio de México, 1982.
  • Ilán Bizberg y Francisco Zapata, “Conciencia obrera y participación sindical en Las Truchas”, Estudios Sociológicos, 1984, en: http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/QLJL8EUBKLTG6ULMEG53P3KA2EF7CG.pdf
  • Rainer Godau Schucking, Estado y acero. Historia política de Las Truchas, México, El Colegio de México, 1980.
  • Nelson Minello y Arístides Rivera, Siderúrgica Lázaro Cárdenas. Historia de una empresa, México, El Colegio de México, 1982.
  • Francisco Zapata et al., Las Truchas: acero y sociedad en México, México, El Colegio de México, 1978.
  • También existen varios artículos en revistas como Comercio Exterior, Estudios Sociológicos, y otras.

A lomos de la Revolución. Las portadas del semanario Siempre! en los aniversarios del 20 de noviembre (1960-1985)

Revista BiCentenario # 18

Lara Campos Pérez / ENAH / Universidad Complutense de Madrid

Como todo proceso histórico convertido en argumento político, la Revolución de 1910 ha experimentado, a más de cien años de su estallido, múltiples y variadas lecturas. Las sucesivas reinterpretaciones en torno a qué fue y qué significó este acontecimiento en la vida presente del país y qué consecuencias iba a tener en sus expectativas de futuro fueron encontrando momentos de cristalización en las conmemoraciones anuales de su inicio, cada 20 de noviembre, pues éstas brindaban el espacio simbólico adecuado para este tipo de reflexiones. Si durante los años siguientes al final de la fase armada, debido tanto a la inestabilidad política como a las múltiples lecturas de que fue objeto, la atención a este recién creado mito político fue escasa, a partir de la década de los 30, cuando se institucionalizan oficialmente los festejos conmemorativos, fue adquiriendo cada vez mayor espacio en el imaginario, hasta llegar a ocupar un lugar hegemónico en las décadas de los 60 y 70. Sin embargo, al mismo tiempo que se consolidaba como mito contemporáneo de la nación mexicana fueronSiempre 2 surgiendo opiniones discrepantes, tanto respecto a lo que había sido la Revolución en sí, como a los usos que de ella hacía la clase gobernante en turno.

Una de esas voces discordantes fue la que quedó plasmada tanto en los textos como en las imágenes del semanario Siempre!. Esta revista, que se sigue publicando todavía hoy y que ha contado entre sus dibujantes con figuras tan relevantes como Antonio Arias Bernal, Jorge Carreño o Jorge Aviñas, fue fundada en 1953 por el periodista José Pagós Llergo. Desde que salió a la luz, lo hizo con la intención, como señaló su director en el primer número (27 de junio de 1953), de ser imparcial y crítica en los asuntos sociales y políticos que iría abordando a través de sus páginas; una crítica que se fue volviendo paulatinamente más dura y descarnada en relación al grupo en el poder que se había arrogado el privilegio de gestionar la memoria y la herencia de la Revolución de 1910. Las portadas del semanario Siempre!, conocidas y comentadas por aquellos sectores sociales interesados en la vida política del país, muestran, en el periodo que transcurre entre 1960 y 1985, las metáforas visuales más habituales con las que este medio de comunicación identificó a la Revolución, al mismo tiempo que nos permiten percibir las transformaciones que se produjeron respecto tanto a su significado, como a los usos políticos que se hicieron de ella.

Siempre

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PARA SABER MÁS:

  • Javier Garcíadiego, “La Revolución mexicana: distintas perspectivas”, Historia mexicana, vol. LX, no 2, 2010.
  • David E. Loery, “The problema of Order and the Invention of Revolution Day, 1920s-1940s”, en William Beezley y David E. Loery (coords.), ¡Viva México! ¡Viva la Independencia! Celebrations of September 16, Delaware, Scholary Resources, 2000.
  • Jaime Soler Frost (ed.), Los pinceles de la historia. La arqueología del régimen: 1910-1955, México, Munal, 2003.
  • Película: Reed. México insurgente, dir. Paul Leduc, 1973.