Archivo de la categoría: BiCentenario 45

La arqueología en el cine de ficción

Carlos Rubén Maltés González
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 45.

El cine suele ser un medio productor y reproductor de imaginarios y estereotipos. Allí está el caso de los arqueólogos como hilo conductor de historias o personajes para acercarnos al pasado. Sus antecedentes en México lo ubican a fines de la década de los treinta. Aventuras, conquista, indumentarias, lugares exóticos, nos hablan de conflictos y la idealización entre lo que se fue o se perdió y la actualidad.

DSC04275

A lo largo del tiempo, los arqueólogos y “lo arqueológico” (las sociedades antiguas) han sido representados en el cine de diversas maneras, creando y difundiendo diversos imaginarios y estereotipos sobre esa ciencia y su campo de estudio. Desde sus inicios el cine vio en la arqueología una oportunidad de justificar tramas que rayaban en lo absurdo, principalmente en las llamadas películas de serie B y en algunas cintas del género de terror y aventura, en el que los directores y argumentistas han sido seducidos por los arqueólogos, por las sociedades del pasado y su aire de aventura y misterio.

La representación por excelencia del arqueólogo en el cine se la debemos a Steven Spielberg y George Lucas, quienes, con su saga protagonizada por Indiana Jones, una especie de cazador de tesoros y profesor de arqueología del Marshall College, iniciada con Cazadores del arca perdida (Steven Spielberg, 1981), influyeron inconscientemente en el modo de ver a los profesionales de la arqueología. Numerosos niños y jóvenes nacidos en las décadas de 1960 y 1980, tal cual es mi caso, fueron seducidos por las aventuras del profesor Jones. Spielberg y Lucas crearon, o recrearon, el estereotipo del arqueólogo basándose en películas de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo xx.

En el cine mexicano de ficción hay algunos ejemplos sobre representaciones del mundo prehispánico. A partir de 1907, cuando se empezaron a producir cortometrajes de ficción en México, algunos de los primeros, curiosamente, abordaban temas históricos tales como los episodios nacionales filmados por Carlos Mongrand (1904) en los que se retrataba a diferentes personajes, como Cuauhtémoc, Hernán Cortés, Hidalgo y Benito Juárez, o El grito de Dolores o sea la independencia de México, de Felipe de Jesús Haro (1907). No obstante, el primer largometraje llegó en 1917 con la película Tepeyac, de Fernando Sáyago. Este filme de tema guadalupano incluye una escena en la que aparece un grupo de sobrevivientes aztecas de la época de la conquista, realizando un ritual del culto clandestino a Tonantzin, “la madre de los dioses”, en una cueva en el cerro Tepeyac, al momento de ser descubiertos por un grupo de “conquistadores”. Reconocemos al “sacerdote” por su tilma de color oscuro decorada con grecas y un penacho con dos plumas, mientras que los demás asistentes a dicha ceremonia visten de blanco con bandas en la cabeza.

En décadas posteriores, a los indígenas prehispánicos y a los arqueólogos se les empezó a incluir en películas de bajo presupuesto o serie B exhibidas en funciones dobles, como en El signo de la muerte (Chano Urueta, 1939), en la que el cómico Mario Moreno “Cantinflas”, sin ser el protagonista, interpreta a un guía de turistas del Museo Nacional. Es una película de suspenso e intriga que trata sobre los intentos de un desquiciado científico por traer de vuelta al “imperio azteca” mediante el sacrificio de doncellas que tienen una determinada marca en la mano, tal como lo indica un antiguo códice. El filme, con argumento de Salvador Novo (productor asociado) y música de Silvestre Revueltas, comienza con una imagen de Teotihuacánpara dar paso a la siguiente leyenda que nos habla del imaginario de la época acerca del mundo prehispánico, concebido como trágico y esotérico, misterioso, malvado y en espera de renacer:

Y vendrán del mar hombres blancos y barbados a asolar estos reinos y se derrumbarán los templos y dormirán los dioses inmortales hasta el día que el último descendiente de Quetzalcóatl logre ofrendar a los dioses el corazón de cuatro doncellas predestinadas. Ese día de gloria los corazones de los hombres blancos se secarán y el hijo de Quetzalcóatl reinará sobre todos sus súbditos. (Códice Xilitla).

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Churubusco: un viaje en el tiempo

Faustino A. Aquino Sánchez
Museo Nacional de las Intervenciones.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 45.

La arquitectura con varios siglos de antigüedad que rodea al exconvento de Churubusco, ha sido el sitio ideal para decenas de filmes que se produjeron desde los principios del cine mudo. Luis Buñuel, Emilio Fernández, Pedro Infante, Jorge Negrete, Fernando de Fuentes, entre muchos, pasaron por allí para hacer sus historias.

BiC450073

En la ciudad de México abundan rincones pintorescos que son un verdadero oasis en medio del tráfico y la contaminación ambiental; se trata de vestigios de viejos pueblos y haciendas que fueron absorbidos por la mancha urbana, pero que conservan un sabor atávico y provinciano gracias a un entorno arquitectónico que se remonta a siglos pasados. Es el caso de la colonia San Diego Churubusco que, enmarcada entre las avenidas División del Norte, Tlalpan y Río Churubusco, tiene como centro cultural al exconvento del siglo XVII que hoy alberga al Museo Nacional de las Intervenciones.

Se trata de un asentamiento muy antiguo, su ocupación por pueblos prehispánicos se remonta al siglo XIII, época en la que indígenas de tradición colhua-chichimeca formaron la confederación de los Nauhtecutli (Cuatro Señores), integrada por los pueblos de Colhuacan, Ixtapalapa, Mexicalcingo y Huitzilopochco (el actual Churubusco). Este último pueblo chinampaneca (es decir, asentado parcialmente sobre chinampas) estaba ubicado en la orilla de una boca de casi tres kilómetros de ancho que unía alos lagos de México y Xochimilco, y su nombre significa, literalmente, “en el lugar de Huitzilopochtli” o “en el lugar consagrado al Dios de la guerra”. Por ello resulta irónico que, cuando los mexicas llegaron a la cuenca de México en su peregrinación, guiados por ese mismo dios, hayan sido esclavizados por los huitzilopochcas y sus aliados hacia el año 1302.

Sin embargo, los mexicas fundaron Tenochtitlán, formaron la Triple Alianza con Tlacopan y Texcoco y dominaron a los pueblos vecinos. La conquista de Huitzilopochco por los mexicas puede situarse en el segundo reinado de Izcóatl, hacia los años 1428-1430. A la llegada de los españoles, Huitzilopochco era un pueblo que, según el Códice Mendocino, rendía tributo a Tenochtitlán con plumas de colibrí y flores. No se sabe con certeza su extensión, pero cronistas como Hernán Cortés, Francisco López de Gómara y Juan de Torquemada le atribuyen miles de casas. También contaba con varios teocalis, entre ellos uno de gran celebridad dedicado a Hutzilopochtli. Luego de una alianza con Cortés en los primeros momentos de la conquista, fue de los pueblos que mayor resistencia opusieron.

BiC450088

A partir de 1521 la vida de los habitantes de la cuenca de México cambió por completo. Sus templos y ciudades fueron destruidos para levantar edificaciones con una nueva arquitectura. En Hitzilopochco, el antiguo teocali de Hutzilopochtli fue demolido para levantar sobre su basamento un templo católico, que hasta la fecha se conoce como capilla de San Mateo. El nombre mismo del lugar comenzó a deformarse y castellanizarse por los nuevos amos, los encomenderos españoles, hasta terminar en Churubusco, y comenzó a conocerse una nueva fe por la actividad evangelizadora de los llamados “primeros doce franciscanos” de fray Martín de Valencia, quienes fundaron (a unos 300 metros de la capilla de San Mateo) un convento en el lugar donde hoy se asienta el exconvento de Churubusco. Esta primera obra fue sumamente modesta; según George Kubler, “esta pequeña iglesia y convento tienen el mérito de haber sido reconocidos por Ponce como el primer establecimiento erigido por frailes. Fue construido totalmente de ladrillo, y la obra se atribuye a fray Juan de Zumárraga, lo cual, de ser cierto, la situaría entre 1528 y 1548”.

Igual que muchas fundaciones de los franciscanos en el centro de México, la ermita, con la advocación de Dios y María, vivió décadas difíciles que impidieron su expansión arquitectónica (no constaba más que de un pequeño templo y una casa adosada) y determinaron su paulatino abandono desde la década de 1570. En 1581, por disposición del cabildo metropolitano, la construcción pasó a poder de una orden reformada de los franciscanos, la de San Diego de Alcalá. Los dieguinos cambiaron la advocación a la de San Diego y dieron nueva vida al pequeño convento, de modo que para 1592 ya era una casa de formación de los religiosos que partían a evangelizar las Filipinas. El aumento de frailes hizo insuficiente el espacio, de modo que fue necesaria una reedificación desde los cimientos. Esta se logró, en el año 1678, gracias al mercader granadino Diego del Castillo, quien donó parte de su fortuna para construir el edificio que hoy conocemos, con la advocación de Santa María de los Ángeles. En 1733 se añadió el ala sur y la barda perimetral que rodea el predio, y en 1801 el portal de entrada.

Durante la guerra entre México y Estados Unidos, el convento, tornado fortaleza y defendido por los batallones de guardia nacional Independencia y Bravo y por el batallón de irlandeses de San Patricio, enfrentó el asalto del ejército del general Winfield Scott el 20 de agosto de 1847, motivo por el cual, y en memoria de los caídos en aquel combate, el presidente Benito Juárez decretó el 21 de agosto de 1869 que fuese dedicado a “uso de beneficencia”.

En virtud de dicho decreto, en 1877 los espacios del exconvento fueron adaptados para establecer el Hospital Militar de Tifoideos, el cual funcionó con tales carencias que llevaron al deterioro del edificio. Por fin, en julio de 1917, el entonces inspector general de monumentos artísticos, Jorge Enciso, propuso que el inmueble fuese convertido en museo. Se convocó a veteranos de la guerra y sus familias para que donaran objetos de la época de la invasión estadunidense (armas, vestuario, banderas, mobiliario, pinturas y litografías, entre otros), y con este material fue inaugurado, el 20 de agosto de 1919, el Museo Histórico de Churubusco, el cual también albergó una colección de transportes –recibió donativos de carruajes y automóviles.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Sumario #45

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

BiC450017Fusilamientos en la villa de Tacubaya: ¿Mártires o disidentes políticos?
Emmanuel Rodríguez Baca

BiC450044Miércoles trágico. La muerte de Felipe Ángeles.
Guadalupe Villa G.

BiC450052La apoteosis de Lindbergh en México.
Ricardo Alvarado Tapia

BiC450082Churubusco: un viaje en el tiempo.
Faustino A. Aquino Sánchez

BiC450065La arqueología en el cine de ficción.
Carlos Rubén Maltés González

BiC450097El gobierno de Vicente Fox y los derechos humanos.
Jacques Coste Cacho

DESDE HOY

BiC450116Violencia contra mujeres. El abismo entre la norma y la realidad.
Andrea Suárez Trueba

TESTIMONIO

BiC450135Las fotografías de aviación de Alberto Salinas Carranza.
Teresa Matabuena Peláez

ARTE

BiC450140Vicente Leñero. Desde las entrañas de una realidad palpitante.
Joel García Gálvez

CUENTO HISTÓRICO

BiC450137Cuatro, cuatro veces.
Elik G. Troconis

ENTREVISTA

BiC450168“Entre dos mundos”. Los recuerdos de un exiliado español.
Graziella Altamirano Cozzi

SEPIA

astronautas alunizaje  mediateca inahEl hombre en la luna.
Guadalupe Villa G.