Archivo de la categoría: BiCentenario #27

Robert Capa, mensajero del tiempo

Rebeca Monroy Nasr
DEH-INAH

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Centenares de negativos de la guerra civil española se perdieron durante casi siete décadas. Por extrañas coincidencias ese tesoro apareció en México hace ocho años. Sus autores, Robert Capa, Gerda Taro y su amigo David Chim Seymur, murieron sin saber de ellos. Capa pasó por México durante las elecciones presidenciales de 1940 donde dejó una huella tan invaluable como lo fueron sus coberturas de guerras o los retratos de los personajes de aquellos tiempos.

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El fotorreportero húngaro Endre Ernö Friedmann, mejor conocido por el seudónimo Robert Capa, llegó a México, maleta en mano, en abril de 1940. Su visita no fue sólo una casualidad del destino. La necesidad de salir de Estados Unidos para tramitar su visa de residente lo llevó a lo que fue una cita con la vida, como dijera Jorge Luis Borges.

En esos años, México tenía cierta resonancia en el exterior. La revolución de 1910 estaba aún cercana, y el régimen de Lázaro Cárdenas había desatado las pasiones de los empresarios extranjeros al nacionalizar el petróleo y su industria. Pero también estaba muy presente la política de puertas abiertas para cientos de refugiados que escapaban de la guerra civil española, después de un periodo de regocijo y alegría republicana, como lo ha mostrado Dolores Pla en sus estudios. Todo ello había mostrado una nueva cara de México en el entorno internacional del periodo de entreguerras en Europa. Sería una huella irrepetible y profunda.

El joven Capa llegó a México a los 27 años con materiales fotográficos vírgenes y frescos, y una gran experiencia en la cobertura de guerra. Ya había estado en el conflicto chino–japonés, así como en la resistencia y derrumbe de la república española. En esas tierras captó a los combatientes vencidos, a sus mujeres y niños caminando en 1939 hacia los campos de refugio en Francia, que con el tiempo se convirtieron en campos de concentración por las pésimas condiciones de vida que tuvieron allí. Es importante mencionar que Capa arribó a México después de sufrir una de las pérdidas más dolorosas, su esposa y colega, la fotógrafa alemana Gerda Taro.

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Gerda Taro y Robert Capa, ParAi??s 1936. Ai??Corbis / Latinstock MAi??xico.

Gerda Taro y Robert Capa, París 1936. -Corbis / Latinstock México.

Mujer de talante audaz, Gerda Pohorylle había nacido en Stuttgart el 1 de agosto de 1910, y se daría a conocer por el seudónimo de Gerda Taro. Fue creadora de temas foto- gráficos poco trabajados anteriormente en materia de fotoperiodismo y vida cotidiana, aunado al uso de formas poco convencionales en sus imágenes. Ella le inventó el seudónimo de Robert Capa a Endre Ernö Friedmann y le ayudó a vender sus trabajos a precios exorbitantes, dada su supuesta exclusividad, con lo que lograron insertar las imágenes en la revista Vu. Eran grandes cómplices que com- partieron los rollos, las cámaras, las lentes, la pijama y la vida.

Gerda Taro moriría de forma accidental en El Escorial, el 26 de julio de 1937, después de hacer un gran fotorreportaje de la batalla de Brunete, ganada por los republicanos, y que le daría una importante presencia en el medio editorial de la época. A tan sólo una semana de cumplir 27 años, cuando se retiraba del frente de guerra un tanque republicano la atropelló al caerse del estribo del coche en el que viajaba. Fue un golpe terrible para el foto- periodismo y especialmente para Capa, quien nunca se sobrepuso a su pérdida. Se considera que Taro fue la primera mujer fotorreportera que murió en un frente de guerra.

Ante la avanzada de las fuerzas franquistas y el temor de perder sus trabajos de la guerra civil, los jóvenes Capa y Taro junto con otro colega, el polaco David Seymur, mejor conocido como Chim (nacido en Varsovia el 20 de noviembre de 1911 y fallecido en Qantara, Egipto, el 10 de noviembre de 1956), preservaron los negativos de 35 mm. en cajas de cartón a las que les hicieron divisiones internas para evitar que se rayaran y confundieran. A cada uno de los rollos lo registraron con datos, nombres y fechas, y los colocaron en perfecto orden para que fueran resguardados por algún colega, amigo o compañero de ruta. El valioso material nunca se supo a quién fue entregado. Durante casi 70 años aquel tesoro estuvo perdido, a pesar de las incansables búsquedas que hicieron en vida los propios Capa y Chim, sobrevivientes de la guerra, estudiosos, curadores e historiadores de las imágenes. Sería en México donde fue hallado el material en 2007.

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Manifestantes durante la campaña presidencial de Manuel Ávila Camacho, México 1940. -Robert Capa/Magnum Photos/Latinstock México.

A México fueron a dar, de manera extraña, de mano en mano: de un combatiente republicano a un militante, de un embajador de la cultura a un cineasta. Los 126 rollos cuidadosamente guardados, anotados y señalados que estuvieron perdidos desde 1939, se conocieron como la Maleta Mexicana, por su residencia insospechada de décadas.

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Días entre cafés

Maximino Martínez Ocampo
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

A Fernando Orozco y Berra le entretiene más la escritura que la medicina. Le han pedido un artículo y cavila sobre qué escribir. En los cafés encontrará un mundo por descubrir y retratar. También hallará el último golpe de frío que se pueda contar.

Interior del CafAi?? Progreso (800x544)

Interior del café del Progreso, litografía en La Ilustración Mexicana, México, Imprenta de Ignacio Cumplido, 1851. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar. Instituto Mora.

Una buena mañana en la ciudad de México de mitad de 1850, un médico convertido en escritor camina preocupado a lo largo de su estudio. Su nombre es Fernando Orozco y Berra y hace poco más de un año llegó a la ciudad de México procedente de Puebla buscando otra atmósfera y otros goces. A pesar de tener dos pequeñas arrugas en su entrecejo, es evidente su juventud, pues con 29 años la vida le sonríe avariciosa, haciéndole entrever horizontes sin límites. Y no podía ser de otra manera, pues en julio de ese año acababa de publicar una novela: La guerra de treinta años, dedicada a su hermano mayor, el historiador Manuel Orozco y Berra. El libro fue bien recibido por los letrados debido a las interesantes escenas que describía. La turbación de este novel autor se debe a que tiene que entregar para dentro de tres días un escrito al editor de La Ilustración Mexicana. Menos mal que con Ignacio Cumplido no tengo problemas –piensa–, ¡hace poco apareció uno de mis artículos en El siglo XIX!

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El joven Fernando decide que quizá una pequeña incursión al Tívoli de San Cosme, ubicado en las afueras de la ciudad, le ayude pensar mejor sobre qué escribir. Pues ahí sabe que se busca la fortaleza y se siente que la sangre circula con más velocidad, activando las funciones del cerebro. Desayuna una costilla y un par de huevos, todo un desayuno francés, aunque claro, esto le pesa más a su bolsillo que un típico almuerzo local. Vale la pena –afirma el joven–  mientras no sea todos los no sea todos los días. Un breve paseo a lo largo de los jardines, de lo que años después Ignacio Manuel Altamirano llamaría Tebaida del amor y de la gastronomía, probablemente le permitan obtener un tema del qué hablar. Pero no, lo único que ve son flores que parecen más zacates y matorrales, además de un joven que lleva un ramito de violetas para su dómina. Herido por el recuerdo de aquella mujer poblana a quien abrió su corazón sin vacilar, sin reserva y sin aliño, Orozco y Berra decide abandonar el lugar

El día pasa y la inspiración no aparece, tampoco sus lecturas le dan un tema del que escribir. Cansado y con la noche encima, Orozco decide tomar una taza de café, una bebida fuerte, estimulante y deliciosa. ¡Eso es! –dice decidido–, escribiré sobre los cafés de esta noble ciudad, cosa que pocos han hecho antes. Conforme, camina a su habitación para emprender la siesta, sabe que el próximo día será largo y tiene que recorrer parte de la ciudad para recordar tantos lugares.

Cinco y media de la mañana y nuestro escritor ya está listo para abandonar su hogar, en la calle de San Andrés. El frío azota a la ciudad de México que para la época cuenta con unos 200 000 habitantes y unas 4 100 casas, según una guía de forasteros escrita por Juan Nepomuceno Almonte. Se dirige a El Progreso, en la esquina de las calles de Coliseo Viejo y Coliseo Nuevo. La forma más rápida de arribar al café sería que nuestro autor llegara a la esquina y bajase por la calle de Vergara. Demasiado fácil –piensa– además de que insuficiente para ver la multitud de establecimientos del género que me interesa. Así que decide enfilarse en dirección a la Catedral. Al cruzar por la calle de Santa Clara, una cuadra adelante, se encuentra con cafés ambulantes donde unos albañiles desayunan atole y tamales para aguantar la dura jornada que les espera. Ni pensar en tomar un bocado ahí. Para él, la simple mención de esa comida le parece grosera y anticonstitucional.

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Sepia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Darío Fritz

Primera ComuniA?n (800x535)

“Primera comunión, Querétaro, 1919. Colección Laura Suárez de la Torre.

Tanta seriedad apabulla. Nadie se sale aquí del libreto. Todos bien planchados, las manos en sus lugares, los calzados lustrosos, las miradas concentradas, ni una pestaña alebrestada, ningún cabello que se aparte de su sitio. No importan edades, sexo, ni jerarquía familiar. Una obediencia ciega ante los flashazos del fotógrafo. Aquí no se mueve una hoja. Nada diría que después de terminada la sesión, esas niñas y niños convertirían el lugar en un jolgorio. Uno se atrevería a creer que el patriarca diría vamos a casa, y todos saldrían en fila detrás de él en busca de la calle. Silenciosos, disciplinados y respetuosos. De allí a la iglesia, posiblemente, para que la niña Guadalupe Suárez recibiera su primera comunión. Miradas, formas de pararnos, vestimenta, dicen mucho de nosotros para explicar lo que somos. Nada haría suponer que de las gemelas Teresa y Concepción, aupadas por su madre y su abuela, o de los niños estilo marinero José y Ricardo, serían jóvenes algunos años después que romperían con los cánones conservadores en los que se los criaba allá por 1919. Mucho menos de Ignacio, el mayor, con más porte por lo que se ve para ser uno de los tantos profesionales de carreras tradicionales entre las familias de abolengo de Querétaro. La revo- lución de Villa y Zapata había pasado de refilón por el estado y aquellos niños más grandes, como Guadalupe e Ignacio, poco supieron en esos momentos de la guerra intestina que sacudió a las familias mexicanas. Cuidados al extremo de la contaminación que podría significar la violenta realidad política y social del país.

Aún y cuando el abuelo Adolfo era el prominente Director del Colegio Civil de Querétaro, que a tono con las investiduras de largo aliento de la época perma- neció 18 años en el cargo. Lo dejó en 1911 para ser nada menos que gobernador. A la par de que Porfirio Díaz abandonaba la presidencia eterna, también lo hacía en el estado Francisco González de Cosío, otro longevo en aquello de atarse a la silla: 24 años continuados go- bernando. Don Adolfo poco pudo hacer. Duró algunos meses apenas. Se iniciaban los gobiernos estatales que al cabo de unos cuatro meses terminaban quitados. Pero esa es otra historia. El principio de la familia siempre unida no queda duda que se habrá preservado hasta nuestros días en el linaje que el ingeniero Adolfo de la Isla heredó y supo fortalecer y extender.

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Jesús Reyes Heroles. El ideólogo que explicó al PRI

Héctor Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Hombre crítico, contestatario y de fuertes convicciones, estuvo cerca de varios presidentes sin por ello dejar de marcar sus diferencias. Aún así, se mantuvo siempre dentro de los márgenes oficiales. Se lo considera no sólo el “cerebro” detrás del partido, sino también quien reformó el sistema político mexicano. Presentamos aquí extractos de una entrevista publicada en 1966 donde habla de tema que nos traen también hasta el presente.

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Jesús Reyes Heroles en su oficina. Colección de Jesús Reyes Heroles González Garza.

Jesús Reyes Heroles es considerado como uno de los más influyentes políticos mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Nació en Tuxpan, Veracruz, el 3 de abril de 1921. Abogado de formación, estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, de donde egresó en 1944, para después realizar estudios de posgrado en Argentina. A su regreso desempeñó varios cargos públicos que le dieron, en consonancia con su sólida preparación académica, una especial sapiencia de la política nacional.

Además, fue director del IMSS (1975-1976), secretario de Gobernación (1976-1979) desde donde pudo dar impulso a la reforma política de ese momento y de Educación Pública (1982- 1985), en la que inició una reforma educativa. Por si fuera poco, ostentó nombramientos in- ternacionales como presidente del VII Congreso Mundial del Petróleo (1967) y del Comité Interamericano de Seguridad Social (1976).

Su carrera como funcionario no siempre fue tersa pues, a decir de la historiadora Eugenia Meyer, su temperamento lo inclinó como crítico, como contestatario, a renunciar a la comodidad y los privilegios que le brindaba el poder político, en defensa de sus convicciones intelectuales, y su incuestionable defensa de la libertad.

Al fin hombre del sistema, estuvo cerca de varios presidentes y no obstante sus diferencias con alguno de ellos, nunca salió de los márgenes oficiales. Muchos lo consideran el gran ideólogo del priísmo y del sistema político mexicano. Rara avis de la política nacional, fue conocedor de Maquiavelo, Locke, Hobbes, Montesquieu, igual que de Marx o Gramsci, pero también estudioso del pensamiento mexicano como se muestra en sus estudios sobre José María Luis Mora, Benito Juárez, Melchor Ocampo o Ignacio Ramírez.

Entre las distintas obras de su autoría destacan: Tendencia actuales del Estado (1945), El Liberalismo mexicano (obra publicada en cuatro tomos entre 1957 y 1961), En busca de la razón de Estado (1981). Otras más son: La industria de la transformación y sus perspectivas (1951), Comentarios a la revolución industrial en México (1951), Restauración, revisión y tercer camino (1952), Continuidad del liberalismo mexicano (1954), La Iglesia y el Estado (1960), El liberalismo social de Ignacio Ramírez (1961), Rousseau y el liberalismo mexicano (1962), La idea del Estado de derecho (1964).

Murió el 18 de marzo de 1985, poco antes de cumplir 64 años de edad.

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Aniceto Ortega: un médico multifacetico

Olivia Moreno Gamboa.
Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Méico, núm. 27.

Reconocido por sus ideas eclécticas en la medicina, Aniceto Ortega destacó en el México de la segunda mitad del siglo XIX por su formación enciclopédica. Escribía tanto sobre los efectos terapéuticos de la música, como de tratados acerca de terremotos y erupciones. Pero en la memoria mexicana trascendió como uno de los compositores más originales de su generación. Un relato de aquellos años nos da cuenta de ese discurrir por los hospitales y los escenarios musicales.

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Dr. Aniceto Ortega, profesor de clínica de obstetricia, ca. 1860, litografía.

La crónica musical que se presenta en las próximas páginas fue publicada en El Siglo Diez y Nueve, uno de los diarios liberales de mayor circulación nacional del México independiente, y también uno de los más longevos. El autor de la crónica, publicada el 25 de septiembre de 1871, fue el periodista francés Alfredo Bablot (1827-1892), emigrado a México a mediados del siglo, quien en poco tiempo conquistó a la élite artística e intelectual de la capital por sus amplios conocimientos musicales que, aunados a sus buenas relaciones políticas, le valdrían en 1881 el nombramiento como director del Conservatorio Nacional de Música y Declamación, por el presidente Manuel González.

Bablot se valió del seudónimo de Proteo para publicar una crónica de la última representación de la compañía de ópera italiana de la célebre Ángela Peralta, que actuó en el Tea- tro Nacional del 6 de mayo al 13 de septiembre de ese 1871. Para la quinta y última entrega, había prometido a sus lectores ocuparse de la ópera Guatimotzin, estrenada justamente en la clausura de la temporada lírica, pero en lugar de la prometida crónica musical, entregó al diario una curiosa conversación que supuestamente sostuvo con el autor de Guatimotzin, Aniceto Ortega.

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Aniceto Ortega, La luna de Miel, Mazurca de Salón (portada), ca. 1870, partitura para piano. AGN, Propiedad Artística y Literaria, caja 1343, Exp. 18.

Aniceto Ortega del Villar nació en 1825 en Tulancingo en el seno de una familia culta, aficionada a la ciencia y las bellas letras. Junto a su hermano mayor Francisco (1822-1886), recibió una educación que inculcaba una moral severa, el gusto por la literatura y la música. Con frecuencia la familia recibía en su casa la visita de intelectuales y artistas. Así, los jóvenes Aniceto y Francisco crecieron en un ambiente estimulante, privilegio de la clase acomodada en nuestro país.

Aniceto y su herma- no cursaron estudios en la Escuela de Medicina, recién fundada en 1842. Se especializó en obstetricia, y una vez concluido sus estudios en diciembre de 1849, realizó un viaje de perfecciona- miento por Europa. En un lapso de cinco a seis meses visitó España, Francia, Italia y Gran Bretaña.

A su regreso a México se incorporó a su alma mater como profesor de medicina y cirugía. No obstante, el desempeño de importantes cargos administrativos le obligaba a dejar la cátedra por lar- gas temporadas. Durante el segundo imperio formó parte del Consejo Superior de Salubridad (encargado de regular la práctica médica y preservar la salud pública) y fue nombrado director del Hospital de Maternidad e Infancia, inaugurado en 1861 con el fin de atender a mujeres y niños pobres y a madres reservadas, es decir, jóvenes solteras que guardaban en secreto su embarazo y parto. Estuvo al frente del hospital hasta su muerte, ocurrida en 1875

Ortega retomó la enseñanza en 1868 como catedrático de clínica de obstetricia en la Es- cuela de Medicina que dirigía José María Vértiz, aunque a los pocos meses solicitó licencia por dos años, alegando motivos familiares.

A decir de sus contemporáneos, fue un médico de pensamiento ecléctico, pues si bien era fiel a la escuela francesa, a veces se inclinaba por la inglesa y la alemana. Entre otros aciertos, sus amigos galenos le reconocían haber divulgado y multiplicado los usos de la recién inventada inyección hipodérmica, y aplicado con buenos resultados maniobras atrevidas en la cirugía ginecológica

Ortega gozó de una posición económica estable gracias a su cargos públicos y quizá, sobre todo, a la práctica privada de la medicina entre una clientela escogida y numerosa. No por ello abandonó su altruismo con los enfermos  pobres, a los que atendía desinteresadamente, como narra Proteo.

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La huella del Hospital General de México

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Nació para aglutinar a los hospitales de la ciudad y modernizar el servicio. A más de un siglo de su creación es referencia de la medicina y enclave de la docencia y la investigación médica.

A Marta Alicia, médica.

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Rodeado por la concurrencia más bella y elegante –como la describió el poeta Amado Nervo en El Mundo–, el presidente Porfirio Díaz inauguró el Hospital General a las 10 de la mañana del 5 de febrero de 1905.

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En el acto oficial, que tuvo lugar en el pabellón de ginecología, el doctor Eduardo Liceaga, alma de la obra desde que Díaz anunció la construcción en 1888, presentó los adelantos que reunía el nuevo hospital, anunció que este trabajaría en armonía con la Escuela y los profesionistas de la medicina y coadyuvaría a que el país rescatara sus fueros médicos en el nuevo mundo. Al final invitó: Ya tenemos los útiles del trabajo… ¡Ahora a trabajar!

Luego de que Amado Nervo leyera una poesía escrita para la ocasión, el séquito presidencial y los numerosos invitados recorrieron los diversos inmuebles entre grandes elogios, pues, según El País, se trataba del primero (hospital) de América por sus condiciones higiénicas, su magnitud y demás.

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En efecto, el Hospital General, primero en México en ser erigido exprofeso, fue causa de orgullo desde su inicio. Construido en terrenos de la colonia Hidalgo (hoy Doctores) por el ingeniero Roberto Gayol –aun cuando fue terminado por el arquitecto Manuel Robleda–, costó una suma superior a los 3 000 000 de pe- sos. En una superficie de más de 124 000 metros cuadrados, contaba con 69 edificaciones, de las cuales 32 eran pabellones para enfermos, 17 estaban destinadas a servicios generales y las demás a casillas de vigilancia y portería. En ellas se reunieron todos los hospitales existentes, salvo el de los enfermos mentales, que sería el Manicomio General La Castañeda y se inauguraría en 1910. Contaba, además, con el instrumental y los aparatos más modernos.

Salida de Porfirio DAi??az del Hospital (800x540)

Nacía entonces una institución duradera, que perdura hasta nuestros días y ha dejado una huella definitiva en el desarrollo de la atención, la docencia y la investigación médica en México. No obstante las múltiples dificultades que ha enfrentado y que van desde los recursos siempre insuficientes y los problemas de índole política y burocrática, la institución ha crecido y se ha renovado, siendo la última gran transformación la ocurrida después del sismo del 19 de septiembre de 1985, que derrumbó los edificios de gineco-obstetricia y de residencia médica, y dejó decenas de muertos entre doctores, enfermeras y pacientes –muchos de ellos niños recién nacidos–.

Ha sobrevivido, sobre todo, el espíritu que en 1905 intuyó Amado Nervo:

Plano del Hospital General de MAi??xico, 1901 (800x704)

Amigo mío desheredado,
hermano mío desconsolado:
Ya tienes casa, ya tienes pan (…)
La vida es dura; mas aun existe quien al enfermo refugio da,
y a los desnudos arropa y vis te (…)
Hoy se inaugura tu noble y raro Alcázar; míralo: ¡es para tí!
Tendrás un lecho, calor, amparo, afectos, aire puro, sol claro…
Qué bien se debe vivir aquí!

A 110 años de su inauguración, el Hospital General de México sigue siendo referencia primordial de la medicina mexicana.

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Las desatinadas políticas del desastre petrolero

Héctor L. Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

México apuntó a ser una potencia petrolera, pero con el paso de las décadas se transformó en importador de petróleo. Es una industria que bajó la producción, perdió reservas y exportaciones, sus instalaciones quedaron obsoletas y, además, sin posibilidades de hacer reinversiones porque sufre altas cargas fiscales. La polémica reforma energética de 2013 que apuesta a la inversión privada en el sector sigue generando dudas.

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Obreros de la refinería “El águila”, 22 de marzo de 1938. SINAFO, CONACULTA-INAH-MEX.

En los últimos años se ha dado en nuestro país un intenso debate sobre el curso que debe tomar la explotación del petróleo. En torno a ello han surgido básicamente dos posiciones encontradas. La primera postula la necesidad de liberar a esta industria de los principios estatizadores de la expropiación decretada en 1938 y que, en consecuencia, se permita la participación de capitales privados en las diversas fases de este proceso (exploración, extracción, procesamiento y distribución) aduciendo la necesidad de recursos económicos y modernización de instalaciones, a cambio, desde luego, de compartir las ganancias derivadas de toda esta cadena.

La segunda postura sigue considerando como tabú la participación del capital privado y señala el carácter estratégico de esta industria como impulsora de la economía y principal fuente de re- cursos públicos. Los debates en diversos foros han sido intensos y en ocasiones álgidos. Ello prueba la enorme importancia del tema del petróleo en distintos campos. Desde la perspectiva económica, por ser fundamental en el desarrollo de infraestructura para promover la industrialización como generador de empleo y motor de crecimiento en el país, pero también en el plano de la política, como reducto ideológico del nacionalismo.

En diciembre del año 2013, la llamada reforma energética fue aprobada terminando con uno de los paradigmas del Estado nacionalista emanado de la Revolución Mexicana. Tal decisión fue urdida y ejecutada por el mismo partido político que 75 años antes (con gran consenso social y político) diera origen al decreto expropiatorio y que ahora, transmutado en agrupación neoliberal, dio marcha en sentido contrario. Ante tales eventos vale la pena desde hoy hacer una reflexión y un balance histórico y actual en torno al significado de estos eventos.

De los inicios al crecimiento con caos

La explotación del petróleo y su uso industrial en nuestro país se remonta  a mediados del siglo XIX. Entonces ya se comercializaba básicamente como iluminante, lubricante y combustible. De hecho, bajo el mandato imperial de Maximiliano se otorgó la primera de una serie de concesiones que se darían a lo largo de los años siguientes para llevar a cabo la explotación petrolera, con resultados más bien limitados.

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Trabajadores junto a una tubería en un pozo petrolero, 1922, Temapache Veracruz. Fondo Hugo Brehme, SINAFO.

En años posteriores, se aplicaron medidas para impulsar el desarrollo de esta creciente industria. En 1884 se dio el primer paso para desarrollar la producción local de petróleo y carbón con una nueva ley minera que revocó el derecho de la nación sobre los recursos del subsuelo y lo traspasó al dueño de la superficie. Con la misma idea, en 1901 se decretó la primera ley petrolera que autorizaba al ejecutivo a otorgar directamente con- cesiones de explotación a particulares en terrenos de propiedad federal.

Bajo esas condiciones, empresarios extranjeros invirtieron en el negocio, explotando los enormes yacimientos en México. Los iniciadores de esta industria fueron el  estadunidense Edward L. Doheny y el constructor británico Weetman D. Pearson, quienes con sus firmas Mexican Petroleum Company y Compañía Mexicana de Petróleo El Águila, respectivamente, dominaron la industria petrolera nacional durante el primer cuarto del siglo XX.

Así inició una industria que, por su complejidad y enormes requerimientos de capital, tal vez no se hubiera desarrollado de manera endógena. Vale señalar que sorprendentemente el verdadero crecimiento se dio en una coyuntura que más bien parecía adversa a las inversiones: el caos revolucionario.

La Revolución iniciada en noviembre de 1910 generó una gran inestabilidad debido a la lucha armada y a los diversos cambios de gobierno. Por si fuera poco en todo este periodo, desde Francisco I. Madero hasta Álvaro Obregón, se establecieron nuevas legislaciones y requerimientos fiscales a las compañías petroleras, las cuales resistieron hasta el límite de sus posibilidades (incluyendo un amplio rango de medidas que fueron desde acciones legales e inconformidad diplomática, hasta el apoyo a rebeliones contrarevolucionarias). Sin embargo, por primera vez debieron pagar impuestos al erario. Pronto los recursos provenientes del petróleo fueron vitales para las finan- zas nacionales y ya en 1920 representaban el 21.5% de los ingresos federales

Ni la Revolución ni el cobro de impuestos lograron impedir el desarrollo de esta industria y en ello fueron fundamentales un par de factores ajenos a la realidad nacional: el primero fue que se generalizó en el mundo el uso del motor de combustión interna, que se había ido mejorando desde la segunda mitad del siglo XIX cuando Karl Benz construyó un  modelo que  funcionaba con gasolina. Este invento hizo que, en pocos años, cambiara radicalmente el patrón de consumo energético, sustituyéndose el carbón por gasolina. Ello propició el desarrollo de la industria automotriz, en la cual se había aplicado esta innovación tecnológica.

El segundo factor fueron algunas convulsiones internacionales, principalmente la llamada Gran Guerra (1914- 1918), que incrementaron el consumo de petróleo, pues la maquinaria bélica se movía con él. Tal contexto convirtió a México en el segundo productor mundial, al punto que entre 1920 y 1922, uno de cada cuatro barriles de petróleo extraídos en el orbe, provenían de suelo nacional.

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El futbol mexicano sin samba

Rogelio Jiménez Marce.
Benemérita Universidad de Puebla

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Una selección de futbolistas con escasa preparación física y condiciones técnicas en desarrollo fue a Brasil a disputar su segundo mundial en 1950. A juzgar por los resultados –tres derrotas– pudo ser un fracaso, pero en realidad México buscaba fogueo y más que nada continuar aprendiendo..

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Selección mexicana contra el Génova de Italia, 11 de junio de 1950. AGN, Fondo Hermanos Mayo.

En el 2014 se celebró por segunda ocasión la Copa Mundial de Futbol en Brasil. La selección mexicana ha participado en las dos ocasiones que este evento deportivo se ha llevado a cabo en el país sudamericano. Este artículo centrará su atención en lo acontecido con el representativo nacional en el Mundial de 1950. Aunque la historia de México en los primeros mundiales se caracterizó por sus reiterados fracasos deportivos, resulta de interés para comprender la manera en que la selección se ha convertido, al igual que otras selecciones, en un producto mercadológico y una pantalla para desviar la atención de los temas de relevancia nacional, tal como aconteció en 2014 cuando se discutieron diversas reformas constitucionales en los días en que jugaba México. Quizá en este momento la selección ya no muestra la fragilidad de antaño, pero sigue sin trascender en el escenario mundial para decepción de millones de seguidores.

Los Preparativos

La participación en 1950 representó el retorno de México a la competencia, después de las ausencias en Italia (1934) y Francia (1938). La primera por haber perdido la eliminatoria con Estados Unidos y la segunda por unirse a la protesta de los países americanos inconformes con la decisión de la Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA) de conceder la sede a un país europeo, pese a que se había estipulado que ésta se alternaría con América. A diferencia de su primera participación (1930), en la que fue invitada por Uruguay como país organizador, en diciembre de 1948 la Federación Mexicana de Fútbol (FMF) había solicitado a la FIFA que le permitiera participar en la justa deportiva.

El 11 de enero de 1949, el periódico Excélsior mostraba su preocupación por la falta de respuesta de la FIFA, aunque después las autoridades de la FMF aclararon que el silencio fue producto de una tardanza en el correo internacional, motivo por el cual hicieron los trámites por vía telefónica y se aceptó la petición. La FMF también declaró que Rafael Garza Gutiérrez, seleccionado nacional en la primera copa del mundo y entrenador del club América, fue nombrado seleccionador nacional, quien informó que solicitaría a la FMF que el equipo hiciera una gira previa por Europa, a fin de que se acostumbrara a los estilos de juego que se utilizaban en esas tierras.

Como faltaba más de un año para que se celebrara la copa mundial, se pensó aprovechar la visita del club brasileño Vasco da Gama a tierras mexicanas para participar en una serie internacional contra varios equipos nacionales. Según uno de los columnistas dDSCN3921 - copia (522x800)e Excélsior, esta experiencia resultaría fundamental porque los seleccionados aprenderían de la habilidad, la eficiencia, el virtuosismo y la luminosidad del estilo sudamericano, pues era tiempo de que los mexicanos abandonaran su viejo estilo, basado en balonazos y tiros directos, y adoptaran el fútbol revolucionario caracterizado por el dominio del balón, la velocidad y la eficacia. Se creía que el Vasco aportaría mayores enseñanzas que el Botafogo, otro equipo brasileño invitado anteriormente por el club España a participar en la inauguración del campo de Vista Alegre, duelo que terminó en una batalla campal.

Tras la llegada del Vasco da Gama, un pe- riodista pidió a su presidente, Rodríguez Tavares, su opinión del fútbol mexicano. En un tono diplomático, Rodríguez indicó que tenía buena calidad y si lograba una buena preparación, podría esperarse que hiciera un excelente papel en el mundial, aunque reconocía que no tenía posibilidades reales de ganar el campeonato pues en ese tipo de competencias intervenían factores diversos.

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Por su parte, el entrenador del equipo carioca, Flavio Acosta, advertía que la principal carencia del fútbol mexicano era la falta de entrenadores capaces de guiar a los jugadores. En el país existían buenos futbolistas, decía, pero no se contaba con la persona que lograra encauzar a los jugadores en todos sus niveles. A diferencia de su presidente, Acosta consideraba que el México ofrecería resistencia en el terreno de juego y que si contaba con un poco de suerte, podría ubicarse entre los primeros diez lugares. Explicaba que si bien no estaba a la altura de Argentina, Brasil y Uruguay, tenía el mismo nivel futbolístico que Chile

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Empresa y turismo en la sierra michoacana

Paulina Martínez Figueroa
El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Los hermanos Miguel y Jorge Henríquez Guzmán fueron amigos de Lázaro Cárdenas casi desde la infancia. Ellos serían un sostén económico fundamental para las aspiraciones presidenciales cardenistas. Hacer negocios con el Estado fue la manera en que le pagaron aquel favor y la construcción del Hotel Balneario de San José Purúa, en Michoacán, resultó un ejemplo. Pero cuando quisieron ser una alternativa política, aquella amistad no estaba para protegerlos.

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Balneario San José Purúa México, ca. 1950. Colección Particular.

El turismo y la hotelería moderna surgieron en México entre los años veinte y treinta del siglo XX gracias a la reunión de una serie de condiciones tanto económicas, como políticas y culturales que posibilitaron su desarrollo. Como suele suceder con cualquier actividad nueva, resultó necesario dotarlos de un marco jurídico que los ayudara a funcionar, integrarlos a la vida del país, dar a conocer su importancia y justificar la necesidad de su fomento, de manera que se pudieran incorporar, de forma paulatina, tanto al imaginario como a la realidad nacional.

La creación de una idea de turismo y la manera en que este fue reconocido oficialmente como una actividad formal, legal, viable y digna de apoyo, se consiguió principalmente a través de dos vías: por un lado, gracias a la intervención gubernamental -a través de leyes y dependencias que la supervisaran– y, por otro, debido a la intensa participación de la iniciativa privada que adoptó la actividad y la apoyó financiando infraestructura que la sustentara y la transformara en algo tangible.

A finales de los años treinta, las políticas gubernamentales para fomentar el turismo en la República Mexicana –que inició en la década de los veinte con el apoyo a la construcción de infraestructura carretera– eran importantes en el papel, pero desgraciadamente escasas en la práctica. La falta de organización, debilidad y pobreza del Estado, que apenas se recuperaba de la lucha revolucionaria de 1910-1920, propició la incursión de individuos presentes en la política mexicana como empresarios turísticos.

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El candidato Miguel Enríquez Guzmán, candidato de la Federación de Partidos del Pueblo. AGN, Archivo Fotográfico Díaz, Delgado y García, caja 97/6.

Estos hombres, gracias a sus posiciones en el gobierno, consiguieron espacios adecuados para desarrollar zonas turísticas que en algunos casos los enriquecieron, pero que en otros también resultaron un dolor de cabeza. Desde conflictos con los pobladores, escasez de ser- vicios básicos y abastecimiento de productos hasta problemas de salud ocasionados por las presiones financieras y los endeudamientos continuos, fueron trabas comunes con las que se toparon al tratar de crear lo que en su discurso consideraban nuevas fuentes de empleo y de desarrollo económico nacional.

Personajes como Juan Andrew Almazán, Abelardo L. Rodríguez, Alberto J. Pani o Pascual Ortíz Rubio se aventuraron como empresarios en los primeros años de la posrevolución. A ellos se unieron los hermanos Miguel y Jorge Henríquez Guzmán. Estos militares, casi desde niños, también fueron identificados en esta época por su clara y fraterna amistad con el general Lázaro Cárdenas, oriundo de Michoacán, el estado donde levantaron un nuevo y exitoso espacio turístico, San José Purúa. Hasta allí acudieron lo mismo visitantes extranjeros y nacionales que intelectuales, artistas y, claro está, la elite política del momento

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Le decían Jack

Guadalupe Villa Guerrero
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Estuvo tan sólo cuatro meses en México, pero le fueron suficientes para explicar los complejos personajes que dieron vida a la revolución mexicana. Escritor comprometido con sus ideas, temperamental y carismático, John Reed iba a contracorriente. Escribía tanto sobre la represión a obreros en su natal Estados Unidos como sobre la revolución bolchevique en Rusia. Así abrió los ojos de muchos a través de reportajes y libros que mostraban otras perspectivas del mundo

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Quizá como ningún otro, Reed nos dejó el registro de la rica y compleja gama de personajes que de muy diversas maneras se integraron a los ejércitos revolucionarios. Él mismo se consideró, temporalmente, un revolucionario más entre las fuerzas de la División del Norte, al unirse a las tropas del general Tomás Urbina en su marcha a Torreón. La colección de reportajes que actualmente es posible disfrutar en el libro México Insurgente, nos adentra en sus experiencias: Esto era la tropa cuando la vi por primera vez. Eran como un centenar de sol- dados, cubiertos de harapos pintorescos; algunos vestían ropas de obrero, de mezclilla; otros, las chaquetillas charras de los peones; en tanto que uno o dos alardeaban de sus pantalones pegados de vaqueros. Sólo unos cuantos llevaban zapatos; los más de ellos huaraches, y el resto iba descalzo. […] los rifles colgaban de sus monturas, llevaban cuatro o cinco cananas de cartuchos cruzados sobre el pecho, altos sombreros de flotantes alas; inmensas espuelas que tintineaban al cabalgar; sarapes de brillantes colores, amarrados atrás de la silla. Todo esto constituía su equipo.

Otros combatientes retratados por el reportero fueron los soldados de fortuna o mercenarios, algunos de ellos habían combatido en el ejército maderista y estaban de regreso en el país para ofrecer sus servicios, aun sin hablar el español: El capitán canadiense Treston tenía su vivac y su batería de ametralladoras bajo la sombra de los álamos […] habían descargado los cañones y sus pesados trípodes, de las mulas, veíanse regados en todo el contorno los útiles de campaña. Los animales pastaban en la rica y verde pradera. Los hombres estaban acuclillados o tira- dos a lo largo de las orillas del canal. Treston nos saludó agitando una tortilla llena de ceniza que comía y gritó: ¡Oiga, Reed! ¡Por favor, venga acá a traducirme! ¡No puedo hallar a mis intérpretes, y si entramos en acción, estaré en un aprieto! No sé hablar el condenado idioma; cuando vine aquí, Villa contrató los servicios de dos intérpretes para que me acompañaran siempre. seq-5 (388x640)Y ahora no los encuentro […] ¡siempre se ausentan y me dejan en un atolladero!

Tan solo fueron cuatro meses los que Reed permaneció en nuestro país y, no obstante, los pintorescos relatos recogidos a lo largo de su travesía, muestran al socialista comprometido que intentó desentrañar el alma de los mexicanos y el porqué de la lucha fratricida. Este vivaz e infatigable periodista no regresaría más a México, pero estaría presente en muchos de los escenarios de protesta social en su tierra y en las guerras internacionales que caracterizaron al siglo XX

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