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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

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Un lugar pensado para formar generaciones de profesionales que no pretendía competir con el molde de lo que otras instituciones ya trabajaban. Un centro que entendiera a la historia como integrada y parte de las ciencias sociales, pero nunca aislada. De investigadores adaptados a esa concepción. Un lugar con una biblioteca sui generis donde el acervo general y su fondo antiguo le dan un toque de exclusividad. Un centro de formación y conocimiento asentado sobre la que fue la casa de un hombre liberal y único, que estableció las bases de la separación del Estado del poder monacal. La identidad se construye con el tiempo y en ella confluyen historias personales de aspiraciones y utopías, la herencia de valores y tradiciones, la pertenencia a un territorio.

El Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora llega a los 35 años de vida y el sello de su identidad que lo hace reconocible se identifica también con la pertenencia al espacio donde está enraizado. Nació en el barrio de Mixcoac, alguna vez considerado pueblo risueño y florido de aire saludable, que lo ha hecho suyo como parte de sus esquinas, su arquitectura de fachadas centenarias, de haciendas, ranchos y terrenos baldíos devenidos en centros universitarios y culturales, colegios de origen español o inglés, parques hundidos, estadios para el futbol y los toros, habitado un siglo atrás por indígenas y migrantes europeos.

Este número 33 de BiCentenario, casi en concordancia con los siete lustros de vida del Instituto, da cuenta del trajinar de esta institución académica desde 1981, pero también de la riqueza de su pertenencia a un barrio de calles empedradas o de barro transformadas en grandes avenidas, de cauces de agua y áreas verdes devoradas por la explosión urbana, de iglesias sobrevivientes y de viviendas donde se oficiaba misa en tiempos en que se perseguía la bendición desde el atrio, de personajes que la habitaron porque encontraron allí un remanso frente a la agitada vida en el centro capitalino, que huían de los jaloneos de la política o comenzaron a ilustrar aquí una vida de intelectuales.

El Instituto Mora nació en una casa a la que la vicisitud de la política, la economía, la religión y hasta las creencias esotéricas la tornaron un lugar peculiar. Fue vivienda de Valentín Gómez Farías cuando el vicepresidente jacobino se escabullía de las amenazas católicas a sus órdenes de quitar poder a los prelados, y donde moriría y sería enterrado ante la negativa de la vecina iglesia de San Juan Evangelista de darle morada final en su cementerio. También tropas estadunidenses la ocuparían en 1847. Algunas creencias dirían que el espíritu de don Valentín recorrería la casa durante varias décadas, para temor de sus descendientes y visitantes, hasta ser llevado a la Rotonda de las Personas Ilustres. Del mismo Valentín se relatan aquí las idas y vueltas que tuvo el intento de recuperación de una pintura que lo retrataba en Palacio Nacional y que finalmente por esas historias repetidas en el mundo del arte, quedaría en manos privadas, y se tendrían que hacer copias, una de las cuales el Instituto adquirió.

La pintura de Valentín Gómez Farías no es un hecho aislado dentro de la vocación cultural del Instituto Mora. Las esculturas, principalmente, forman parte de su paisaje en exposiciones individuales y colectivas al aire libre, como se relata en esta edición. Otro elemento distintivo en el mundo académico.

La gran perla de la institución ha sido su biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”, nacida cinco años antes que el Instituto y que cumple a cabalidad con el objetivo de ser reconocida en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, tanto por su acervo como por su fondo antiguo con algo más de 10 000 volúmenes. Ramón Aureliano, quien la conoce desde sus entrañas desde hace algunos años, nos pone en manos de dos testimonios clave: uno que habla sobre José Ignacio Conde y Díaz Rubín, el inspirador de la biblioteca, y la inquietante historia de su acervo personal que tuvo que vender forzado por el gobierno; y el segundo, las palabras del propio Ernesto de la Torre Villar, su primer director. “Podemos decir que es paradójico, pero pienso que de una Biblioteca salió el Instituto Mora”, dice orgulloso durante una charla que data de 2002.

Pero a dónde nos lleva esa vocación de identidad del Instituto Mora con su vecindad, con ser parte también de ese pueblo, municipio y hoy colonia Mixcoac. Están vivos la parroquia de la Asunción de María o de Santa María Nonoalco, edificada en el siglo XVI, los restos de la que fuera la Hacienda de Nonoalco,hoy convertida en vecindad, las huellas exteriores de la casa morisca de la familia Serralde, el Parque Hundido en la zona de ladrilleras. Como parte ya del imaginario colectivo, La Castañeda, el mítico hospital que Porfirio Díaz presentó como una revolución en la salud mental y seis décadas después sería demolido. Una manera de explicarnos el antes y el después de las transformaciones de un lugar son las fotografías, dibujos y material fílmico. El trabajo de Lourdes Roca nos ayuda a descifrar y explicar esos cambios de Mixcoac.

Los personajes que habitan el barrio y enorgullecen a sus habitantes generan un halo de admiración, misterio y mito, que se va transmitiendo por generaciones. Para Mixcoac llevan un mismo apellido: Ireneo Paz, el escritor, periodista, editor y polémico defensor en algún tiempo de Porfirio Díaz; Octavio, su hijo, abanderado de la causa zapatista, escritor también, pero sobre todo activista social, de muerte trágica y vida desafortunada; y quien seguramente genera mayor reconocimiento, fortalecido por su contemporaneidad, Octavio, el nieto e hijo, poeta y escritor. El Premio Nobel de Literatura dice en un relato que aquí reproducimos, que en Mixcoac alguna vez se sintió “centro del mundo”. Entre nubes y un cielo azul, descubrió el entusiasmo y tal vez la poesía.

Justamente lo que podemos sentir cuando nos consideramos parte de un lugar.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

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La inseguridad, el temor a ser víctimas de una agresión, del robo, el ultraje, el daño físico o psíquico, es tan antiguo como la guerra. En cada momento de la historia de la humanidad se pueden hallar en forma de terror, persecución, fobias o simple sobresalto. Ni es de estos días ni de tiempos cercanos, aunque las experiencias personales son las que nos marcan. Pero en los años posteriores a la independencia de la corona española los aventurados viajeros que cruzaban el país en diligencias o carruajes marchaban como alma en pena, marcados por la incertidumbre, con el corazón pegado a la garganta, porque sabían que podían ser víctimas de atracos en el momento más inesperado. Subirse al único transporte que por entonces les permitía cruzar valles y montañas tenía altos riesgos pese a contar siempre con guardias que los protegían mientras que los propios viajeros se aprovisionaban de pistolas o cuchillos para la autodefensa. Para la delincuencia, clérigos y extranjeros solían estar a salvo de los ataques personales. Pero esto no siempre se correspondía en el caso de las mujeres que eran objeto de secuestros y abusos. El linchamiento de los ladrones o su ejecución sumaria por los propios guardias de los carruajes para ser exhibidos en los caminos como ejemplo de escarmiento ya se conocían. Pero también los delincuentes tenían su aura de Robin Hood. No eran mal vistos como se pudiera creer, algo que nos asemeja con el presente de más de un narcotraficante. Había una red clientelar que los protegía y a su vez más de una situación épica de los maleantes que los convertía en objeto de fascinación. Las leyes benévolas en muchos casos propiciaban la libertad antes que la sentencia, pero detrás había un contexto de crisis política y económica que lo explicaba.

Esa incertidumbre que se vivía en los caminos de Veracruz, Puebla o Zacatecas en los años 30 y 40 del siglo XIX también la vivían aún a fines de esa centuria los habitantes de las grandes ciudades que en las noches a falta de luz artificial se veían obligados a refugiarse en sus casas. La vida en las calles no se extendía más allá de las 20 ó 21 horas, como máximo las 22, y siempre que la luna reflejara algo de luminosidad. El calendario de fases lunares era clave para programar fiestas y reuniones. Las velas y el ocote fueron los aliados de los más animosos, y luego las lámparas de gas, pero hasta que no llegó la luz eléctrica, la penumbra reinó y la costumbre de estar en casa desde temprano fue la norma. A esas horas, las calles eran dominio de la superstición, de aparecidos y almas fantasmales, leyendas urbanas y rurales de las que mejor era protegerse con puertas y ventanas bien cerradas.

Así se va desentrañando este número 31 de BiCentenario. En toda aventura revolucionaria, la seguridad es quizá lo que menos cuenta. Las convicciones, la ideología, la apuesta por las ideas se llevan al extremo, y la vida, la familia, los proyectos profesionales pasan a ocupar un lugar secundario. A los hermanos Benavides, de Coahuila, poco les importó poner en juego hasta su sólida economía personal. Creyeron en el movimiento maderista y a él se incorporaron sin dudarlo. Como asesores jurídicos, secretarios privados, diputado o empuñando las armas y dirigiendo la tropa, las historias de Adrián, Luis y Eugenio Benavides retratan sus certezas políticas por una causa. No esperábamos recompensa, recordaba uno de ellos al final de su vida: pactamos recorrer juntos la aventura revolucionaria, decía, según nos cuenta el texto de Javier Romo Aguirre.

Esos años de inestabilidad política y social se complementan en este segundo ejemplar del año de BiCentenario con el legado fotográfico de Cruz Sánchez, un inquieto político de Yautepec que además de ser alcalde retrató al zapatismo. Su trabajo, poco conocido y conservado en el archivo de la UNAM, se aprecia por su calidad y por las circunstancias que le tocaron vivir: residía donde se concentraba el principal cuartel del general Emiliano Zapata y, entre ellos, los militares de su confianza.

Pero no son páginas las de esta edición que únicamente nos petrifican con el sobresalto de cruzar los caminos y calles citadinas de hace siglo y medio o que desmenuzan aspectos poco conocidos de la revolución de 1910 y 1913. Un joven e ilustrado José Antonio Alzate y Ramírez dejaba que la imaginación se desplegara y con base en la experimentación se mostraba como un Leonardo Da Vinci mexicano del siglo XVIII. Hijo de una familia que le ayudó a financiar sus publicaciones de avances científicos y las de otros colegas, Alzate dejó testimonio de la actividad ilustrada en México, sin importar autores ni temáticas. La medicina, la construcción o la astrología, a pedido de clérigos o autoridades, lo hicieron un baluarte de la divulgación, como nos hace saber Mauricio Sánchez.

En tiempos más cercanos contamos las vicisitudes vividas por el exilio, principalmente europeo, que llegó a México en los años 40 del siglo pasado, alentado por las políticas, en algunos aspectos selectivas, de los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho.

También nos adentramos en recuperar los avatares culturales del Hotel del Prado, un edificio épico que por esos mismos años se levantaba sobre avenida Juárez y que era un ejemplo de las transformaciones del país, especialmente porque sobre sus paredes desfilaron las pinturas de varios de los artistas más reconocidos en esos años.

El centenar de páginas que configuran cada número de BiCentenario se complementa en esta edición 31 con un nostálgico recuerdo de los cafés ubicados en los bordes limítrofes del Centro Histórico de la ciudad de México y que aún sobreviven a la tecnología del siglo XXI.

Empezamos describiendo en estas líneas los temores a la inseguridad de hace más de siglo y medio y lo cerramos con un destello anecdótico de los controles propios de la guerra fría que reinaban en México hace seis décadas. La zafra cubana, unos estudiantes en tránsito en el aeropuerto capitalino y los espías de entonces sirven de anzuelo para la lectura.

No se asusten, regresamos en el próximo número.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

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Crueldad, miserias humanas, hambre, dolor, pérdidas, forman parte de las huellas imborrables de las guerras con las que sus sobrevivientes tienen que lidiar por el resto de sus vidas. Una aceitada maquinaria compleja de poder económico, estrategia y liderazgo marcan la diferencia entre el triunfo y la derrota. Los grises y los matices desaparecen con ella. Se está de un lado o del otro. Lealtades y traiciones forman parte indivisible de su fisonomía, y si no se las conoce y anticipa el límite entre ellas se quiebra con la misma resonancia en que una bala viaja desde la boca del fusil hasta destruir el corazón del combatiente. Al edificar su División del Norte que la hiciera imbatible y a prueba de batallas, Francisco Villa tejió relaciones y vínculos con un trío de hombres que además de prometerle lealtad a la causa le aseguraban primordialmente las armas indispensables que debían llegar de los proveedores estadunidenses. Hasta un submarino llegaron a ofrecerle para una guerra que sólo tenía como ajedrez territorial la disputa en tierra. Demasiado confiado o quizá sin mayores alternativas, el caudillo chihuahuense dejó en manos de ellos los abastecimientos para enfrentar a las tropas de Carranza en lo que sería la madre de las batallas, el control por el centro del país, paso previo para ir por la capital. Aquellos tres hombres, sin sangre mexicana, dos de ellos estadunidenses y uno europeo, que jugaban sus propios proyectos personales y relaciones directas con los gobernantes en Washington, por diferentes razones se convertirían en verdaderos mercaderes. Llegado el momento de abastecer a las nutridas columnas villistas, los fusiles no aparecieron y las balas enviadas a cuentagotas se mezclaban con inofensivas municiones vacías. Así se cuajó la derrota de Celaya y las que le siguieron a las tropas revolucionarias para que la División del Norte convirtiera su travesía en retroceso y derrota.

La apasionante historia de componendas, negocios y hasta espionaje de estos tres hombres que optaron por dejar sólo a Villa, abren este número de Bicentenario que habla de otras guerras y de otras luchas, aunque ya no en el campo de batalla de la política.

El doctor Eduardo Liceaga fue un verdadero cruzado por la mejora de la salud en el país, que hacia 1888 estaba en Francia, cuna de los avances científicos del momento en materia de higiene pública, para aprender de todos los conocimientos necesarios que pudiera aplicar en un México aún insuficiente. Liceaga atravesó por varias semanas el Atlántico con un recipiente que contenía un cerebro de conejo bajo el brazo en las condiciones climáticas más adversas para su futuro experimento. Mientras el tiempo le jugaba en contra, perseverante y detallista, nos relata el texto de Samuel Almazán Santiago, logró rescatar de aquel cerebro en glicerina sus partes enfermas para inyectarlas en otros conejos y generar en poco tiempo lo que en el Instituto Pasteur parisino le habían enseñado: producir la vacuna contra la rabia.

Los pioneros abundan en esta edición de la revista, amplia por sus temáticas, y que recupera a diversos personajes que destacan en distintos momentos del país, por tenacidad, dedicación y esa locura propia de quienes creen en una idea y tratan de contagiarla al resto. Uno de ellos es el gallego Tadeo Ortiz quien unas seis décadas antes que Liceaga, se lanzara a la aventura de poblar el Istmo de Tehuantepec con el proyecto de crear una vía que uniera los océanos Atlántico y Pacífico, como motor del desarrollo económico del sur mexicano. Ortiz fue un adelantado que para entonces veía la necesidad de ir por los mercados de China y la India. A la distancia, aquel sano desvarío para un momento en que no se contaba con recursos económicos ni tecnologías suficientes, fracasó hasta en el intento de traer a la zona a inmigrantes franceses, pero sentó las bases para una idea aún vigente.

En tiempos más contemporáneos, prácticamente a la par y desde actividades diferentes, Heberto Castillo y Pedro Ramírez Vázquez fueron dos perseverantes luchadores, uno por dotar de verdadera democracia al país, el otro por dejar una marca registrada en la arquitectura. En el caso del ingeniero Castillo, con sus ideales por la apertura a la democratización del país fue también un hacedor de la unificación de la izquierda en México. En este número acercamos una reflexión histórica, a través de sus propias palabras, sobre el papel de la izquierda en la política nacional, con lo que cerramos la propuesta expresada en estas páginas desde ediciones anteriores de plasmar los idearios políticos e ideológicos posteriores a la revolución. El caso de Jacinto López Moreno, un rara avis de las luchas agrarias y sindicales en el noreste del país, personaje íntegro e incorruptible, también presente en esta edición, complementa la trayectoria a veces olvidada de quienes contribuyeron a tener un país plural y de libertades.

Ramírez Vázquez, quizá en las antípodas políticas de Heberto Castillo, tiene una amplia trayectoria como constructor de proyectos que han dejado marca en la iconografía arquitectónica de la ciudad de México, e incluso en otras ciudades extranjeras, tales los casos del Museo Nacional de Antropología, el Estadio Azteca o la torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco. Aquí nos centramos en su titánica tarea por recuperar los cimientos fangosos de la Basílica de la Villa de Guadalupe, y a su vez dotar al lugar de un espacio de vastas proporciones para dar lugar a una afluencia diaria de miles de peregrinos. Aquello se convirtió en una gran arena pública tal cual la conocemos hoy y que no generó debates menores sobre si correspondía hacerlo o no, especialmente en el mundo de la Iglesia donde se recelaba de sus ideas vanguardistas.

Esta edición de BiCentenario coloca el acento también en el cine en dos perspectivas: el tránsito rocoso de los cineastas que han apostado al género del terror con una suerte variopinta y, por otro lado, la transformación de los espacios de proyección, que por una política de Estado al retirar subvenciones a la industria del cine, dio lugar a la desaparición de las salas únicas tradicionales por los complejos de múltiples lugares de proyección.

No queremos dejar de mencionar que la revista recupera para esta edición el aporte a la fotografía documental y artística que ha hecho durante más de medio siglo el holandés Bob Schalkwijk. Artífice de un acervo de más de 400 000 imágenes, Schalkwijk sostiene el archivo que lleva su nombre con una obstinación envidiable y escaso apoyo oficial y privado, lamentablemente, para un trabajo en gran parte inédito. La serie de trabajos que reproducimos aquí lo testimonian. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28

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En mayo de 1949 el cineasta Arcady Boytler y su esposa Lina recibieron un inesperado regalo. Era un autorretrato que algunas décadas más tarde adquiriría un valor impensado para esa época. La pintura llevaba el nombre de El venado herido y estaba acompañada de unos versos dedicatorios en octosílabos donde su autora les pedía que la recordaran en su futura ausencia. Consciente, se anticipaba a lo que prefiguraba como irremediable. Cinco años más tarde aquella amiga del regalo, Frida Kahlo, moría.

La vida multifacética de Frida está enmarcada en su cotidianidad por un permanente vínculo con el mundo de esplendor de la cinematografía de mitad del siglo xx. Si ha sido un imán para el cine, tanto en vida como en las películas y documentales que la retrataron, en los cortos años en que fue erigiéndose su figura artística, y en compañía de Diego Rivera, desarrolló relaciones entrañables con directores, actrices, actores o guionistas como en el caso de Boytler.

El texto que destacamos en nuestra portada de este número de BiCentenario, nos da cuenta de la Frida Kahlo persona y personaje para el cine, pero también de la amiga que compartía tragedias con Chabela Villaseñor o le pedía apoyo económico a Dolores del Río en momentos de crisis, cercana a Sergei Einsenstein o a Adolfo Best Maugard, desconfiada del parrandero “Indio” Fernández porque arrastraba a Diego, dispuesta a interpretar su propio personaje ante las cámaras de Lola Álvarez Bravo o Nicholas Murray.

En el mismo año en que Frida pintaba su autorretrato con cuerpo de venado, llegaba a México de manera casual el pensador alemán Erich Fromm, padre del psicoanálisis social. Con poco menos de dos décadas de experiencia en tratar de comprender de manera dinámica al ser humano a partir del inconsciente, aquí forjaría gran parte de su carrera profesional. Acumulando investigaciones, formando colegas en la unam, abriendo espacios de debate y de consolidación teórica y práctica de su escuela de pensamiento, Fromm dejó una huella perenne hasta hoy día.

El creciente papel de la mujer en la vida pública se alimenta de las historia de otras como ellas que en el pasado, con mayores discriminaciones y rechazos, lograron imponer ideas, proyectos y esfuerzos personales. Allí está la crónica de 1865 cuando Carlota viajó hasta Yucatán y Campeche para recorrer una zona olvidada por el imperio de Maximiliano. Para la misma época, en la capital del país las mujeres tenían pocos lugares donde dar a luz, que no fueran sus propias casas. La inyección económica que le dio la emperatriz a la Casa de Maternidad permitió que más mujeres, especialmente pobres, tuvieran mejores condiciones de salubridad para los partos. Pero una vez que se tuvo que regresar a Francia, a punto de caer el imperio, otra mujer, Luciana Arrázola de Baz, marcó la senda final por donde debería ir la atención de la salud. Fueron dos protectoras clave en tiempos en que un embarazo era un riesgo alto para la vida de cualquier mujer.

Esta nueva edición de BiCentenario relata el hallazgo de 78 imágenes guardadas extrañamente en los entresijos del elevador de un hotel del centro del Distrito Federal. Las fotos, muchas de ellas reveladas en París, según los sellos que conservan, llegaron a manos de nuestra integrante del Consejo Editorial, Graziella Altamirano Cozzi, y muestran por un lado el rico intercambio epistolar de postales con comentarios sobre la Decena Trágica; pero por otra parte dejan ver a un inédito Porfirio Díaz reunido con familiares y visitantes que formaban parte de la elite porfirista desahuciada por la revolución. Son recuerdos de una época extinguida y que quedaron en secreto arrumbados en un sobre en aquel ascensor por más de medio siglo.

La etapa posrevolucionaria tiene cabida en esta edición con los afanes propagandísticos y que explican hasta la actualidad el comportamiento de los medios de comunicación. Venustiano Carranza ejercía el poder en 1916 pero necesitaba una nueva Constitución que lo legitimara. Apuntando a lograr esto, destinó un vasto apoyo económico para la creación de medios impresos en ciudades importantes que le ayudaran a su causa. Así nació El Universal el 1 de octubre de 1916 y luego otros medios. De la mano de su amigo Félix Palavicini, fue el periódico que tuvo la mayores prerrogativas durante el carrancismo. Aún así, este diario a punto de ser centenario, supo adaptarse a los momentos políticos críticos que le siguieron y estar muy cercano al poder.

También en tiempo novohispanos, un siglo antes, España requería de controles propagandísticos sobre la población para que la insurgencia del cura Hidalgo no se ampliara. De esto nos habla en su texto Joaquín Espinosa Aguirre. Y de cómo también desde el lado de la insurrección se hacía contrapropaganda. Una muestra de que aún hoy, con métodos más sofisticados por Internet, redes sociales, o con televisión, el fin de controlar la opinión pública tiene larga data de existencia.

Entre el ayer y el hoy que siempre termina por entrecruzarse, analizamos al Partido Acción Nacional, siguiendo con la propuesta de revisar a las organizaciones políticas y sus ideólogos destacados. ¿El pan de su creación y de la lucha desde la oposición ya no es el mismo? Sobre esto y otros aspectos del partido desentraña el artículo de Mario Santiago Jiménez. También recuperamos una entrevista radial a su fundador, Manuel Gómez Morin, realizada en 1949, donde describe las serias dificultades para ejercer el voto con libertad.

BiCentenario 28 no termina allí. Más artículos, más análisis, más información lo puedes descubrir a continuación en estas páginas. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

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Dos figuras descollantes para la escritura y la fotografía de la primera mitad del siglo XX en el mundo, tuvieron el gran tino de buscar en México su manera de retratar momentos de profundas transformaciones. Uno porque se comprometió en el país convulsionado de 1914 a desentrañar el alma de los mexicanos y el porqué de la lucha fratricida. El otro, tres décadas más tarde, porque explicó con sus imágenes otro México bronco que para 1940 se dignificaba detrás del nacionalismo petrolero y le abría las puertas a los exiliados de las guerras, pero inmerso en un enfrentamiento claro entre derechas e izquierdas, en el que los conflictos sociales no se apagaban y hasta jugarse la vida parecía cotidiano.

Al joven poeta, escritor, periodista y hasta activista social, John Reed, le bastaron cuatro meses de trabajo para que sus relatos para la neoyorquina Metropolitan se convirtieran en la mejor obra de divulgación, quizá hasta el presente, sobre los controvertidos personajes de la Revolución que de la mano de Villa y Zapata recorrían el mundo como sinónimo de justicieros del infortunio de millones de desamparados. El otro personaje intrépido fue Robert Capa, el trotamundos húngaro, que a los 27 años tan sólo de la mano de una cámara Leika ya era un veterano en retratar guerras a las que detestaba, aunque no podía despegarse de ellas. Su huella en México fue tan corta como fructífera, tal cual el carismático y temperamental Reed. En sólo cinco meses de estadía identificó los rostros de la miseria, la violencia política, la identidad de un país que se transformaba aceleradamente.

Estos apuntes de vida que presentamos en BiCentenario son los de personajes aventurados para su tiempo, idealistas y únicos. Reed y Capa encontraron en México el testimonio de orfandad de miles que como ellos mismos buscaban un mundo más igualitario.

¿Pero qué México querían los pensadores, los intelectuales, los hombres y mujeres que se imaginaban el país posrevolucionario? ¿Lo querían democrático, participativo, igualitario? ¿Liberal, conservador, socialista? ¿De derecha, de izquierda, de centro? Jesús Reyes Heroles fue una de esas piezas clave para entender, en este caso el Partido Revolucionario Institucional, cómo se concebía el poder y su ejercicio desde la organización política que durante siete décadas continuas delineó la vida de este país, y lo sigue haciendo. Cerebro partidario, disidente de muchas decisiones, Reyes Heroles fue un adelantado a su tiempo, al que no siempre se le hizo caso ni se le quiso escuchar. Con una biografía concisa sobre su pensamiento y la reproducción de opiniones personales al desaparecido diario Novedades, abrimos en este número una ventana para ver el México al que aspiraban los ideólogos de la política en la segunda mitad del siglo pasado. En próximas ediciones les seguirán otros.

En esos tiempos políticos de los años 50 y 60 un vínculo que comenzó a afianzarse fue el del sector privado y sus negocios con el Estado. Uno de esos casos fue el de los hermanos Miguel y Jorge Henríquez Guzmán que gracias a su amistad con Lázaro Cárdenas construyeron el Hotel Balneario de San José Purúa en Michoacán. Como nos relata el texto sobre esta obra que se convirtió en uno de los centros turísticos destacados del país, el fructífero negocio empezó a desmoronarse a partir del mismo momento en que uno de los hermanos quiso adentrarse en política y desde la oposición.

Las analogías entre presente y pasado nos llevan a comprender que en el siglo XIX los problemas con el ambulantaje en la ciudad de México no diferían demasiado con el presente del nuevo milenio. Poner orden, obligarlos a pagar impuestos, quitarlos de las calles, mejorar la higiene eran las preocupaciones corrientes de las autoridades, incluso desde fines del siglo XVIII. También por entonces los gustos y preferencias tanto de las clases populares como las adineradas en cuanto a sus apetencias culinarias iban delineando una cultura de sabores con raíces indígenas que llegan hasta el presente. Aquellos antojitos son los de hoy. Por entonces, a los habitantes de la ciudad también se les hacía agua la boca las quesadillas, tamales, pambacitos, memelas, tlacoyos y chilaquiles.

En esos tiempos, 1871 para ser más precisos, un médico, Aniceto Ortega, daba cuenta cómo el acceso educativo de las elites a una formación enciclopédica permitía que la medicina se emparentara con la música. Ortega, nos dice su biografía que presentamos en esta edición de BiCentenario, visitaba y curaba a los enfermos en sus casas, pero se daba tiempo para escribir sobre los efectos terapéuticos de la música, tratados acerca de terremotos y erupciones, y además componer obras operísticas. Una eminencia que le sería reconocida con cargos públicos y el reconocimiento social.

Este nuevo número de la revista se complementa con la historia de las primeras participaciones del futbol mexicano en torneos internacionales. Una preparación casi amateur para ir a competir al Mundial de Brasil en 1950, pero que sirvió como aprendizaje. También un análisis muy actual sobre la reforma energética y el futuro que nos puede esperar con esta nueva apuesta de la política por alcanzar una nación con mejores expectativas económicas. Y si el lector quiere leer esta edición de BiCentenario sentado en algún café, podrá imaginar también como pasaban su tiempo nuestros antepasados en las cafeterías de la capital. Hasta la próxima.

Darío Fritz