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Editorial 56

Desde mediados del siglo XIX la fotografía trajo a México curiosidad, asombro y magnetismo, como en nuestro siglo lo ha sido la revolución digital. Todo mundo quería ser parte de él y no quedar rezagado. De ese siglo han surgido fotógrafos dedicados y apasionados, también oportunidades económicas. Así lo entendió Charles Betts Waite. El fotógrafo estadunidense se inició en Los Ángeles donde abrió su propio estudio, pero con algo de alma aventurera llegó a México y, rápidamente, supo hacerse un lugar entre los círculos porfiristas donde la fotografía se integró como una poderosa arma de difusión propagandística del régimen. Pero Waite no estaba sólo. Otros colegas y compatriotas hallaron en México la posibilidad de relatar en imágenes el país de entonces. Fue el caso de Percy S. Cox y Ralph J. Carmichael, cuyos trabajos se podían adquirir como curiosidades y recuerdos, y en libros promocionales. Sin embargo, buena parte de esas fotografías hoy no se conocen por la autoría de Cox y Carmichael. No fue magia lo que ocurrió con ellas, sino una apropiación muy personal de los derechos de autor. Hacia 1904, Waite compró los archivos de sus colegas y no respetó la autoría, sino que pasó a firmar como propia cada imagen. Se valió del Código Civil del Distrito Federal que lo amparaba. Cada negativo que formó parte de esa adquisición se comercializó bajo su nombre, tanto en periódicos como en locales de ventas. Así se preservan en el Archivo General de la Nación y en el Archivo Histórico de la Academia de San Carlos. 

Respaldado en sus vínculos porfiristas, Waite supo usar las leyes de la época para un negocio que amplió sus ingresos. Luego, pudo hacerse de más archivos, como el de otro compatriota suyo muy afamado por entonces, Winfield Scott, a quien le adquirió más de 3 000 negativos. Resulta interesante observar el desarrollo de esa práctica tan sencilla de borrar o sobreponer la firma, como se observa en el texto que aquí presentamos.  

Otro caso muy distinto al de Waite en la producción fotográfica es el del regiomontano Armando Salas Portugal, que encontrarán en esta edición. Autodidacta, Salas Portugal conoció por curiosidad la máquina fotográfica de su hermano, de la cual no se despegó nunca más para hacerla su forma de vida. Tras su fallecimiento en 1995, dejó una producción de 60 000 imágenes, algunas de las cuales forman parte del patrimonio de la unam; las correspondientes al Pedregal de San Ángel y la Ciudad Universitaria, desde que esta última comenzó a levantar sus cimientos en la década de 1950. Imágenes para la nostalgia de unas décadas no tan lejanas. 

Si a partir de la segunda mitad del siglo xix las incipientes técnicas fotográficas permitieron registrar los primeros retratos de la vida de ese México en desarrollo, un siglo antes fue la pintura, la cual daba cuenta de los rostros de la vida de entonces, enfocada en el comercio en el centro de la capital. La pintura de castas dejaba ver familias, comerciantes o indígenas realizando actividades cotidianas. Actitudes, atuendos y ocupaciones enfatizaban las diferencias sociales, económicas, laborales y hasta morales de los personajes. El ideal jerarquizado de la sociedad novohispana se intentaba sustentar en aquellas pinturas. 

La imagen, en sus diferentes circunstancias, delinea el hilo conductor detrás de estos textos que conforman la edición 56 de BiCentenario. Remitámonos, para abundar algo más, al 21 de julio de 1822, y hallar la importancia de lo que hoy se conoce como propaganda, publicidad o marketing. Agustín de Iturbide lograba su anhelada coronación, y aunque el México que se independizaba pasaba por penurias económicas, la legitimación del poder tenía en la ostentación de riquezas –ornato, ajuar, indumentaria– la mejor expresión para consagrarse junto a su mujer Ana María. Un alarde de opulencia que se alimentó del oropel de Napoleón I y Josefina, coronados en el París de 1804.  

Algunos rastros culturales que marcaron época se incorporan a este número. Por un lado, nos aproximamos a uno de los grandes mitos de la cultura mexicana: la china poblana. Origen, pertenencia social, prohibición, carácter, identidad, tienen aquí sus respuestas, que no serán definitivas, pero nos aproximan a su explicación. En segundo lugar, la leyenda del pachuco. Ese personaje joven mexicano que intenta adaptarse a la idiosincrasia estadunidense desde la contracultura, para hacer frente a la discriminación, el racismo, arbitrariedades y prejuicios de la sociedad blanca, anglosajona y protestante. Una confusa noche de enfrentamientos de hace ocho décadas entre jóvenes en Los Ángeles pondrá en evidencia las dificultades de la comunidad mexicana para integrarse a ese lugar, la cual todavía sufre de los mismos tópicos de entonces, aunque el tiempo y la convivencia los hayan atenuado. 

Otras historias tienen su lugar en esta edición. La devoción por el rock & roll del crítico musical Óscar Sarquiz; los niños ultrajados en la cárcel de Belem, contado por el escritor Heriberto Frías; la violencia política en la Sonora de 1973, y las peculiaridades del Congreso de la Unión de 2015, el México de la década de 1930 que relatan documentos de archivo, donde pasado y actualidad se amalgaman en un tiempo circular. Hasta pronto. 

Darío Fritz

EDITORIAL 53

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

El segundo centenario de la consumación de la independencia del país se presagia gélido e intrascendente. La distancia temporal, la agitación del presente, la corrosiva conmoción de una pandemia sin atenuantes a mediano plazo, ilustran un panorama reacio a las conmemoraciones. Los números redondos suelen ser una buena excusa tanto para celebrar como para repensar, tañer las campanas o revisar aquello que fue, romper el cochinito para empalagarnos de fastuosidad o reescribir una historia que el tiempo permite escrutar con otros ojos.

En BiCentenario nos propusimos analizar cómo fue aquella gesta final de un proceso que llevó poco más de una década, tan incruenta como expeditiva desde el momento en que nace el Plan de Iguala. Y también sorpresiva en el liderazgo: un militar realista que combatió a los insurgentes y que de pronto se vuelca por la causa contra la cual combatió. Y aun así, resulta aceptado por quienes bregaban desde mucho antes que él por liberarse de la corona española.

¿Fue Agustín de Iturbide, un conciliador del momento, ganador de aplausos y reconocimientos en 1821, que pretendía un cambio de figuras en el poder a base de intrigas y contubernios, para perpetuarse en el naciente imperio? ¿Fue el hombre que prometía ser servicial a la patria y acabar con la anarquía, según su Manifiesto póstumo escrito en el exilio (se reproduce parte de él en estas páginas)? o, ¿fue una víctima de su tiempo, de los pensamientos e ideas de la época, incapaz de ver a futuro una emancipación auténtica más que una continuidad de la desgastada monarquía hispánica?

Hace un siglo, con la primera conmemoración centenaria, su figura comenzó a ser eclipsada y vilipendiada, bajo argumentos que se mantienen hasta el presente. El Plan de Iguala y el propio Iturbide eran considerados como reaccionarios, conservadores y contrarrevolucionarios, opuestos a todo progreso y defensores de los privilegios corporativos. Se rescataba entonces el proceso de emancipación, y se rechazaba al personaje, pero acababan derrotados los matices.

Como bien se señala en las páginas de esta edición, la brevedad de la experiencia imperial inaugurada en 1821, así como su fracaso, no deberían llevarnos a minimizar la importancia de Iturbide en el proceso de independencia. El final, incluso, bien pudo haber sido distinto. Por ello, se trata de comprender en su tiempo y desde los valores propios del periodo los hechos que entonces tuvieron lugar y las actuaciones de los actores, incluidas sus contradicciones.

Revisar quién fue Iturbide y sus motivaciones, intereses e intrigas, así como el convulsionado México previo e inmediato a la emancipación, es parte de esta propuesta de lecturas. Hay otros personajes, situaciones y acontecimientos que se requieren desmenuzar para entender la complejidad de un momento fundacional.

Así, la maquinaria estratégica y política-militar que urdió el Plan de Iguala nos permite asomarnos a los resultados –su aceptación no escrita por otros líderes militares regionales– que dan lugar a la legitimación del liderazgo iturbidista. A todos convenía, aunque el temor al fracaso hacía tímidos los apoyos. Que fuera Vicente Guerrero, insurgente desde las primeras horas –dedicamos un amplio perfil sobre su participación–, el único que otorgara un apoyo escrito, da cuenta de las desconfianzas que parecían hacer endeble el proyecto. Iturbide, estratégico en sus movimientos, supo al mismo tiempo granjearse el apoyo de dos militares como él, Ramón Rayón y Vicente Filisola, que fortalecerían al Ejército Trigarante. Aquí te contamos por qué. Sin embargo, otras zonas del país, ya sea por la distancia, el olvido y la escasa población, permanecerían ajenas. Son los casos de los territorios del norte, sumados casi por inercia a la independencia, y a los cuales la emancipación les supo a más de lo mismo: el abandono persistió hasta que en unos pocos años la ocupación estadunidense selló tanta desidia.

Aquellos días de revuelta incipiente dan cuenta también de acontecimientos marcados por la suerte, como la detención del secretario de Iturbide, de quien podemos ver en su confesión la entrega de información valiosa, aunque el virreinato no lo valorara en su verdadera dimensión.

Un acercamiento a la necesidad de rediscutir a Iturbide nos puede aportar también la obra pictórica Alegoría de la Independencia, realizada en el siglo xix, donde el militar vallisoletano comparte el óleo con Miguel Hidalgo y Costilla, en una proclamación que los presenta juntos, con actitudes y presencias diferentes, aunque parte de un mismo proceso histórico. Ambos tienen el mérito de haber dado libertad a la patria. En esto se resume la edición especial de BiCentenario que dejamos en tus manos. El debate sigue abierto, la necesidad de revisar esos tiempos, como tantos otros, es parte de nuestro compromiso con el presente.

Editorial #52

En tiempos de pandemia, el estado de la salud mental se ha convertido en un tema de interés social como parte de las consecuencias del extenso aislamiento, los temores al contagio, los peligros de la convivencia, el desorden del sueño o el estrés por los desequilibrios económicos. La búsqueda de respuestas a estos nuevos trastornos psicológicos, muy recientes como para hallar soluciones, también se planteaba hace más de un siglo y en otras circunstancias. Encontramos un antecedente muy preciso en 1869. Ansiedad, debilidad, irritación, miedos irracionales por problemas del entorno fueron definidos entonces como neurastenia por el neurólogo estadunidense George Miller Beard. De alguna manera, la “fatiga mental” comenzó a introducirse a fines del siglo xix en México como un tema de la medicina, a la par de los cambios en el ritmo de vida. Se presentaban situaciones como el agobio laboral, que se traducía en alcoholismo, o que la histeria, la hipocondría y la manía eran provocadas por pasiones amorosas desmedidas y ambiciones insatisfechas. Entrado el nuevo siglo –aunque ya desde 1887 se habían establecido cátedras sobre salud mental en la Escuela Nacional de Medicina–, los médicos mexicanos que explicaban la neurastenia  afirmaban que el exceso de trabajo generaba como consecuencia el surmenage, algo así como el cansancio crónico y dificultades cognitivas. Ya se asimilaban como términos corrientes “miedo mórbido”, “topofobia”, “antropofobia”, “monofobia” o “pantofobia”. La neurastenia atacaba de manera diferente, indicaban los estudios, en hombres –los más afectados– que en mujeres, y con consecuencia de largo plazo, incluso en niñas y niños. El escritor nicaragüense Rubén Darío demostraba que el descanso y las vacaciones eran un buen aliciente para recuperarse de los tiempos frenéticos de entonces, y los médicos también aconsejaban hidroterapia y electroterapias, sedantes de opio y cloral, y remedios tónicos a base de plantas silvestres −como el cerezo− para volver “a los placeres y tareas del mundo a muchos que habían perdido ya toda esperanza”. Aquello que se conoció en principio como medicina alienista, antecedente de la psiquiatría, viene muy bien a cuento para destacar en este número 52 de BiCentenario, a fin de comprender cómo un asunto tan sensible como la salud mental ya era preocupación hace más de un siglo para los habitantes de una ajetreada ciudad de México.

Las preocupaciones, ya no tanto de salud, sino políticas, por ejemplo, de otros momentos de nuestra historia, las vemos reflejadas en decisiones que definieron acontecimientos para el futuro de una nación en formación. Ahí tenemos a la prensa de San Luis Potosí, que prefirió apoyar al general conservador Tomás Mejía y sus aliados franceses para obligar al gobierno republicano de Benito Juárez a escapar de la acechanza militar del nuevo régimen que instauraba el emperador Maximiliano de Habsburgo. En pocos años más pudieron saber de sus errores, pagados incluso con la vida, en el caso del militar. De esas decisiones temerarias estaban hechos también los grupos guerrilleros dedicados a secuestrar personajes destacados durante la guerra civil, con el fin de solventar las urgencias económicas, ya fuera por dinero fácil, antipatía hacia los extranjeros ricos, esencialmente españoles, o venganza social.

Uno de los tantos libros y publicaciones que giran en la actualidad sobre superación personal aconsejaría que a las preocupaciones se las enfrenta con actitud. Un caso que abordamos en estas páginas es el del escultor Manuel Felguérez, fallecido en 2020. ¿Cómo fue que este renovador del muralismo en México pudo hacer frente −junto con otros artistas, buena parte de ellos refugiados europeos− a la arraigada concepción sobre el arte posrevolucionario consagrado a los artistas intocables del Estado: Rivera, Orozco y Siqueiros? ¿Tuvo que ver la influencia del arte y sus tendencias que provenían del extranjero?

Por entonces, años sesenta del siglo xx, una mujer médica, especializada en la odontología –Estela Gracia García y Martínez–, se plantaba ante sus pares militares del ejército mexicano. ¿Cómo pudo su profesionalidad y conocimiento imponerse sobre las miradas escépticas y discriminatorias en esa institución dirigida y hecha por hombres?

Otro texto a citar de este número de la revista nos lleva al puerto de Veracruz en 1921.  ¿Qué tan apacible fue la vida cotidiana en aquel año cuando aún estaba presente la atemorizante fiebre amarilla y el primer paro ferroviario adelantaba que no vendrían años sencillos a la vera de sus frescos portales?

BiCentenario 52 también da cuenta cómo es la convivencia en nuestra conflictiva frontera sur entre compatriotas chiapanecos y migrantes guatemaltecos y centroamericanos. ¿Qué tan cerca están sus aspiraciones sociales de los intereses de la geopolítica resuelta muy lejos de allí?

Y si busca el lector algo más estimulante que conflictos políticos y sociales, o los avatares de la salud, tiene aquí un recorrido muy diverso que va desde la astrología novohispana necesitada de saber qué ocurriría, alineación de los astros mediante, con el clima o las enfermedades, pasando las escapadas a los bosques de Avándaro y Valle de Bravo en tiempos de la liberación sexual y la explosión del rock, hasta la variedad de recetas de carnes, guisados y postres de la exuberante cocina campechana.

¡Hasta la próxima!

Editorial #50

Cincuenta números, doce años y una historia. En los albores de 2008, un grupo de mujeres académicas del Instituto Mora comenzamos a esbozar un proyecto acorde con unas fechas que se acercaban: una revista de divulgación que se anticipara a la conmemoración prevista para 2010 de los centenarios del inicio de la independencia de Nueva España y el de la revolución mexicana contra la tiranía y la desigualdad. Esos dos momentos fundacionales para el país, podrían quedarse en celebraciones para el nuevo proyecto editorial, en todo caso sin tanta solemnidad, si no albergaba una propuesta de mayor alcance. Se buscaba llegar para quedarse. De todos modos, las pretensiones, dependientes muchas veces de recursos económicos, requerían de esfuerzos personales a largo plazo. Las propuestas de las profesoras-investigadoras que conformamos el primer Consejo Editorial, se fundaban también en recuperar la memoria de lo ocurrido en el día a día de los mexicanos, sus intereses, sus lugares de reunión, sus tradiciones, sus maneras de expresar ideas, sus vicios y virtudes. Sus recorridos por los caminos del país. Mostrar al público que la historia ofrece, además de análisis serios, la posibilidad de acceder a la vida cotidiana –social, cultural, económica política– y que no todo tiene que ver únicamente con las gestas heroicas. El nombre elegido se correspondía con el momento, BiCentenario, pero también el complemento del cabezal remarcaba que la revista no sería circunstancial. Una convocatoria en la que participaron distintas áreas del Mora dio el nombre completo al proyecto de publicación trimestral: BiCentenario. El Ayer y Hoy de México. Y si bien en alguna etapa posterior a 2010 hubo intenciones de no dejar atado el nombre a la conmemoración –Historia para Todos, se barajó entre las opciones de nueva denominación–, el título original quedó plasmado definitivamente.

Han transcurrido doce años desde entonces. El primer número que saltó a la calle, en junio de aquel año, con la sonrisa genuina de un Pancho Villa algo desaliñado que miraba desde la portada junto a un par de niños atentos, parecía adelantar un futuro promisorio. BiCentenario se ha ido transformando en este tiempo en paralelo a los días agitados que constantemente nos depara México, fortalecida por su aval institucional académico y la incorporación de nuevas voces al equipo de trabajo. Los contenidos de nuestros investigadores se han abierto a colegas de otras instituciones, el diseño adquirió versatilidad y elegancia, potenciamos la amplia riqueza del Acervo del Archivo de la Palabra y el Fondo Antiguo de imágenes del Instituto, incorporamos archivos fotográficos de excelencia, oficiales y privados. La revista se ha adaptado al nuevo mundo digital para alcanzar otros públicos, tanto en la web como en las redes sociales. Pero nada de esto nos haría presentes más de una década después sin los lectores fieles a la publicación, y que continúan sumándose. Estamos muy agradecidos por su generosidad de leernos edición a edición.

Llegamos a este medio centenar de números atrapados en las vicisitudes generadas por los retos de una pandemia viral que nos obliga a redoblar esfuerzos, con creatividad y obstinación. Obligados a la sana distancia y modestos festejos digitales, ofrecemos este número que quiere conmemorar a un virtuoso de vida trágica: Ludwig van Beethoven. Utilice usted la aplicación tecnológica que mejor le acomode o hasta un disco de vinilo, para escuchar la Sonata N° 8 Opus 13, Adelaide o Fidelio, y escaparnos hasta esos tiempos cercanos diferentes, sentados frente a una filarmónica o con los auriculares puestos tirados en un parque. A 250 años del nacimiento del niño prodigio de Bonn, pianista, compositor y director de orquesta, te acercamos textos que hablan de cómo una de las figuras más descollantes a nivel mundial de la música de fines del siglo XIX y principios del XX –había fallecido en 1827– era escuchado, entendido y admirado por la burguesía nacional de entonces. También el esfuerzo de la inmigración alemana para darle un lugar preponderante –la obra escultórica en este caso– en la Alameda de la ciudad de México. Su obra exuberante nos permite adentrarnos en la conformación del Conservatorio Nacional de Música, un lugar donde también Beethoven ha sido parte del aprendizaje de otros genios, y cuyo éxito como institución educativa tiene tres nombres: Alba Herrera y Ogazón, Carlos J. Meneses y Carlos Chávez.

Esta edición de aniversario también reúne artículos sobre la persistente resistencia durante varios siglos de las clases pobres mexicanas a los intentos por marginar el pulque, así como la difícil sobrevivencia de los niños de la calle en años posteriores a la revolución. En un presente muy complejo, analizamos la desigualdad, tan perenne al parecer, que ofrece síntomas de afianzarse e incluso expandir su alcance con la pandemia de la Covid-19.

Lectores, 50 números, doce años y muchas historias por contar aún en BiCentenario. El Ayer y Hoy de México. Brindamos con ustedes.

Editorial #48

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

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Mar, murallas y lotería, tres elementos que identifican a un campechano. Aunque no los únicos, por supuesto. ¿Pero la lotería? Sí. También. Un juego, un pasatiempo de larga data que aún se puede ver en las plazas públicas de los pueblos del estado y que tiene uno de sus antecedentes más reconocidos a fines del siglo XIX cuando una cigarrera aprovechó el interés de la gente en la lotería para alentar el consumo del tabaco. La empresa inventó las 90 figuras del juego, incluidas individualmente en las cajetillas, y los apostadores podían participar luego en premios que se combinaban con la Lotería de la Beneficencia de la ciudad de México. Pronto las imágenes fueron adquiriendo la calidad y variedad que hace de la lotería de Campeche de una originalidad poco vista en el país. Allí hay representaciones de personajes populares mexicanos y de la región, retratos de la naturaleza y de la vida cotidiana, o símbolos nacionales. También figuras tradiciones más lejanas como los libros de la smorfia italiana, la tómbola napolitana, el tarot y muchas otras usanzas europeas adaptadas. Una tradición ancestral entre las familias que se ha traslapado al arte. Sus figuras fueron tomadas más tarde como modelos por los artistas locales y reproducidas de varias maneras: bordadas en punto de cruz, dibujadas al óleo, pastel, lápiz; coloreadas en diferentes tonos sobre cartón, tela, madera, o cuerno de toro. Incluso impresas en cartillas para invidentes.

Con la historia de este juego muy popular en el estado del sureste mexicano abrimos la nueva edición de BiCentenario.

Otra historia singular en este número es la de dos señoritas audaces que se montaron a una canastilla y ascendieron varias decenas de metros de altura para inmortalizar los dos primeros ascensos en globo en México. Corrían los años 1835 y 1841, y aquello era una hazaña atribuible a unos pocos en el mundo, pero aquí fueron únicas, ni siquiera un hombre mexicano lo había logrado. ¿Por qué lo hicieron si implicaba tantos riesgos? ¿Alentadas quizá por las experiencias de la francesa Sophie Blanchard, una verdadera aeronauta profesional con más de medio centenar de ascensiones a principios de siglo, pero que murió por un accidente cuando descendía en París? ¿Fue diversión? Habían sido invitadas por un aeronauta francés y un empresario estadounidense. Hasta el día de hoy se desconocen las razones de esos riesgosos ascensos en globo. Ni siquiera sus nombres han quedado registrados. Las crónicas de la prensa decimonónica respondían a los cánones de la época y no lo informó. Podían ser protagonistas por sus capacidades en la esfera privada, en casa y puertas adentro, pero nunca en el mundo público. Sólo contó su participación como una atracción publicitaria.

La participación de la mujer era también insignificante en la prensa de fines de ese siglo. Hacia 1885 el director de una revista de Chicago cumplió con su propósito de llevar a colegas mexicanos, cercanos al régimen porfirista, a un recorrido por Estados Unidos. Los fines obviamente no eran turísticos. Detrás de su proyecto estaba la idea de promocionar los negocios y las nuevas tecnologías –maquinaria agrícola y para minas, trenes elevados, vapores, imprentas, gas natural–. Así, un grupo abigarrado de hombres de la prensa nacional recorrieron durante dos meses ciudades del centro y este del país, y se llevaron más de una sorpresa. Conocieron trabajadores, empresarios, gobernantes, y también hallaron que las mujeres se empleaban en fábricas, almacenes e incluso en oficinas públicas del gobierno.

Como bien se anuncia desde la portada, abordamos, entre otros temas, la complejidad intelectual del exindustrial italiano Gutierre Tibón, un apasionado de la mitología, la filología y las antigüedades mexicanas que practicó las ciencias sociales como quien hablara de lenguas maternas.

Las líneas que discurren por esta nueva edición se asientan, de igual manera, en el México revolucionario, del Zapata traicionado hecho mito y leyenda, como en la posterior avaricia delahuertista por el poder, fracasada a su paso por Chihuahua cuando el general Manuel Chao finalizó frente a un pelotón de fusileros sus aspiraciones de sublevación. También se da cuenta aquí de Tezonco, un pueblo cazador de patos y privilegiado en constante conflicto por las aguas de Xochimilco, que terminó devorado por la urbanización en los traspatios de la Ciudad de México. Lo mismo que apuraría a Mixcoac hacia 1930, un lugar entre ladrilleras e inundaciones, y sin autos, donde los vecinos eran reales propietarios de sus calles, y que hoy se muestra como una de las zonas de la ciudad con mucha historia por contar por sus habitantes.

Este centenar de páginas tiene aún mucho más por descubrir. Usted no se detenga. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Editorial #46

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

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Durante la mayor parte del siglo XIX mexicano, la sociedad estuvo atenta al llamado de las armas, para responder con el fusil en la mano o esconderse del reclutamiento forzoso. Intervenciones extranjeras, guerras intestinas, pronunciamientos, asonadas y motines fueron el pan de cada día. El “mexicanos al grito de guerra” del himno nacional compuesto en esos años, nos representaba a la perfección; al mismo tiempo, nuestra historia patria se llenó de los héroes y villanos de las diversas batallas de aquel agitado siglo. La edición de BiCentenario que tiene en sus manos busca explicar y entender a esta sociedad armada, no sólo a las figuras preponderantes de los ejércitos en conflagración, sino también al soldado anónimo que dio su vida por la formación de este país.

Abrimos este número con el artículo de Eduardo Orozco, quien cuestiona que en la guerra de independencia se enfrentaran dos grupos bien definidos: realistas e insurgentes. Orozco nos demuestra que la ecuación no es tan simple, que los jefes y oficiales de cada bando tuvieron más en común de lo que a simple vista parece. Para sostenerlo, revisa los diversos cuerpos armados que la corona española organizó hacia fines del siglo XVIII para Nueva España. De ellos salieron los jefes que organizaron al “ejército” insurgente.

Omar Urbina continúa el análisis, ahora con los soldados que constituyeron los primeros contingentes armados del México independiente. Presenta la constante pugna entre las milicias locales y el ejército permanente, y cómo esta se intensificó con el cambio de sistema político, pues los federalistas apostaban por las milicias compactas y regionales, y los centralistas buscaron en el ejército profesional el baluarte que garantizara “la seguridad interior y la defensa exterior”; como veremos, todo quedó en buenas intenciones.

Entonces surge una pregunta: más allá de las leyes que buscaron uniformar y reglamentar a las fuerzas armadas, ¿cómo se comportaron en la práctica? Tres textos llevan al lector al campo de batalla sin el peligro que esto supone. Así, Francisco Vera estudia el intento de reconquista española de 1829, cuando las tropas mexicanas, mal vestidas y mal comidas pero bien comandadas, repelieron el ataque del brigadier español Isidro Barradas. Carlos Arellano hace lo propio con la guerra de Reforma, en que el ejército profesional, dirigido por generales conservadores, sitió la ciudad de Veracruz, sede del gobierno liberal encabezado por Benito Juárez. En ambos textos encontramos a los oficiales, la tropa, el armamento y los pertrechos bélicos y nos adentramos en los caminos y fortificaciones militares. En el tercer texto, seguiremos al guerrillero-bandido Antonio Rojas en sus andanzas por el occidente del país y veremos la importancia de su participación bélica en el triunfo de los republicanos sobre el imperio de Maximiliano.

El siguiente tema que aborda la presente edición es la educación castrense durante la llamada “pax porfiriana”. Sin guerras internacionales, ni el levantamiento y movilización de grandes contingentes armados, se atendió a la educación de jóvenes cadetes. La modernización del Colegio Militar en 1901 y la apertura de la Escuela Militar de Aspirantes en 1905 fueron acciones encaminadas con este fin. Gustavo Helguera presenta una entrevista hecha al general Rodolfo Casillas, quien en su juventud pasó por las aulas de ambas escuelas. La entrevista nos lleva de las elegantes cenas de fin de año con el general presidente Porfirio Díaz, a la división social que nutrió a la revolución mexicana. Podemos agregar que el general Casillas debió de tener en las manos la Revista del Ejército y Marina, surgida en 1906 para la enseñanza y difusión de los avances científicos del sector intelectual de la Secretaría de Guerra, y que es objeto del artículo de Víctor Salazar.

En la actualidad, las fuerzas armadas son parte de nuestra sociedad, ya no como una corporación escondida en los cuarteles, sino como una institución vigilada, hasta cierto punto, por la ciudadanía; pero esto no fue siempre así. César Valdez revisa las pruebas y retos que la institución ha enfrentado desde 1990 ante la opinión pública, así como las políticas de los distintos niveles de gobierno para hacerla más eficientes y eliminar la terrible corrupción que la ha envuelto durante años.

Si usted, lector, desea acercarse más al fenómeno militar desde el punto de vista académico, lo invitamos a leer el artículo del mayor retirado Antonio Campuzano sobre el Archivo Histórico de la SEDENA. Ahora, si lo que prefiere es el punto de vista artístico, el artículo de Samantha Pérez lo llevará a la guerra de los Pasteles (1839), a través de la interesante historia de un grabado que forma parte de la colección del Museo de Arte de Veracruz, y el cuento de Kenji Hernández lo pondrá al tanto de la historia de un militar que prefirió asistir a las fiestas de su pueblo que atender al llamado de sus superiores.

Así está edificado este número de BiCentenario. Sólo nos resta agradecer al Seminario de Historia Militar y Naval por sus valiosas aportaciones y esperar que, al terminar estas líneas, el lector interesado decida continúar con las demás páginas.

Hasta la próxima edición.

Norberto Nava B.

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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

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Los desencuentros del Estado mexicano con la Iglesia católica tuvieron su punto de inflexión en la primera mitad del siglo pasado, pero no fueron los únicos. Hacia 1865 Maximiliano intentaba acercarse al clero, que lo veía con absoluto recelo. El emperador propugnaba la identificación del régimen con la imagen de la Virgen de Guadalupe ya incorporada por los sectores populares como parte de la identidad mexicana. Necesitaba una manera de encontrar un punto de unión, a pesar de los conflictos internos, y ese pretendía que fuera su estandarte. La peregrinación del 12 de diciembre de ese año y la ceremonia religiosa en la que participó fueron parte de los intentos de convertir a la virgen en insignia de la corona y elemento legitimador en el plano religioso. Lo simbólico, que siempre ha formado parte de las acciones políticas, lo entendió el clero mexicano, y su cabeza papal en Roma, a tal punto que ante la reforma liberal que encarnaba el emperador prefirieron, desde su visión conservadora del mundo, que la relación declinara, aunque sin llegar a confrontarse. Esto se decantó desde el momento en que comprendieron que tampoco recuperarían los bienes eclesiásticos ni mucho menos los fueros. La alianza frustrada terminaría por dar la razón a los hombres del clero cuando dos años después comprobaban cómo se derrumbaba aquel emperador sin aliados.

Queremos abrir este nuevo número de BiCentenario con las desavenencias que hacen al ejercicio del poder y que tocan en el plano de la política otros dos momentos intensos en las conflictivas décadas del siglo XIX.

Para que Maximiliano pudiera hacerse del poder político, el ejército francés consiguió en 1863 arrollar en sólo dos meses las resistencias poblanas con base en un ejército preparado, superior en número y equipamiento. Enfrente tenía a un contingente local sin entrenamiento, ni dinero y hasta con sectores monárquicos que no lo respaldaban. Sin embargo, estos hombres derrotados y que lograron sobrevivir continuaron batallando, como se relata en el texto, y en los años siguientes participarían en las resistencias para acabar con el imperio francés en 1867.

La siguiente discrepancia que aborda este número refiere a cómo se legitima un triunfo político. Se sabe que Agustín de Iturbide presentó en sus memorias de 1823 como un paseo triunfal la conquista final de la independencia. Según este relato no hubo sangre, ni incendios, ni robos, se trató de un comportamiento ejemplar de los soldados. Los hechos que aquí presentamos nos indican que la historia fue otra. O que al menos se puede mirar con otra óptica. Y sin bien esa revisión del ingreso de las tropas a la ciudad de México no está en las antípodas de lo que decía el líder del ejército trigarante, la sangre sí se derramó, los muertos y heridos sí los hubo, y la población padeció una crisis en algún momento por la escasez de alimentos.

Esta edición de la revista se alimenta también del detallado proceso por el cual los jóvenes adolescentes se fueron incorporando a la educación en los albores del siglo XX. El objetivo planteado era reconfigurar a México entre las naciones modernas, y para ello retomaron el trabajo de las organizaciones protestantes que estaban influenciadas por los trabajos de psicólogos, pedagogos y médicos provenientes de escuelas estadounidenses. Porfiristas, revolucionarios y hasta el cardenismo, posteriormente, fueron incorporando a la educación a estos jóvenes con su visión particular. Fueron contextos sociales y políticos diferentes en los que fueron incorporados, y que como dice la autora de este texto, nos llevan a reflexionar sobre el papel de los determinantes culturales en la configuración de las modernas nociones de adolescencia.

Dos personajes de la cultura recuperamos en esta oportunidad en BiCentenario. Primero, Saturnino Herrán. El pintor que abrió la escuela mexicana de pintura en los inicios del siglo XX y que consolidarían más adelante los renombrados artistas del muralismo. Una jovencísima muerte truncó la posibilidad de que su obra plástica cumpliera la proyección que ya se le esperaba dentro de las figuras más destacadas del mundo artístico. En segundo lugar, presentamos la vida en el teatro de María Conesa. Una artista española idolatrada tanto por porfiristas como por revolucionarios. Que por lo mismo sufría intimidaciones y debía ausentarse del país. Era vitoreada aquí como en Cuba o Estados Unidos. Sólo la aparición del cine puso freno a su creatividad.

Cerramos esta descripción de la rica variedad de textos que se encuentran en esta edición de BiCentenario con una entrevista al general Antonio López de Santa Anna, en su último exilio en Colombia. Encontrado por un periodista estadounidense, el exdictador vivía un momento de tranquilidad, dedicado a la agricultura y a confraternizar con sus vecinos, pero que en el plano de la política era reacio a la autocrítica, si acaso condescendiente con sus errores de juventud, y de lenguaje antiestadounidense.

En estas páginas hay más relatos por descubrir de las historias siempre estimulantes del país. Las de ayer, principalmente, y las que se construyen en el día a día. Hasta la próxima.

Revista BiCentenario

Editorial

Darío Fritz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Cada pueblo se arma con sus mejores riquezas económicas y culturales para desarrollarse, crecer y presentarse ante el mundo. Las materias primas fueron el hilo productivo desde el cual México  fue cimentando su progreso, acompañado con el tiempo por las manufacturas de elaboración propia. Pasada la mitad del siglo XIX ya se daban pasos concretos para que el cultivo del maguey de aguamiel diera lugar a una producción del pulque que con la inversión en infraestructura permitiera llevarlo a la mayor parte posible de los rincones del país. El proceso productivo venía del siglo anterior y aunque tuvo un impulso destacado a finales del Porfiriato cuando se consolidó la “aristocracia pulquera”, fue después de 1860 que se buscó afianzar su producción. Aquello fue una de las experiencias exitosas para potenciar el impulso científico y empresarial de la incipiente agroindustria nacional, que a finales de ese siglo se convertiría en un importante negocio con gran impacto tanto en la fiscalidad como en la sociedad capitalina, como nos dice Rodolfo Ramírez Rodríguez, en el texto que abre este último número de BiCentenario de 2016.

Pero el progreso que se construía a marchas forzadas por las propias carencias de un país en formación, encontraba también en su ascenso abusos de un capital empresarial que acumulaba, pero escasamente repartía, especialmente entre sus trabajadores. Un caso fue el de los hacendados henequeneros de Yucatán, a los que Porfirio Díaz fue a respaldar en 1906 cuando se acrecentaban desde cuatro años antes las denuncias de malos tratos laborales y prácticas esclavistas. El dictador tuvo un viaje “memorable”, según las crónicas periodísticas, en el que participó en inauguraciones de obras públicas y fiestas de la alta sociedad de la península. Los empresarios lo recibieron con los brazos abiertos y así los defendió. Aquella falta de sensibilidad ante los problemas sociales continuaría por varias décadas. El relato que nos hace la maestra Adela Alfaro de Aguayo, en dos entrevistas recuperadas de los años setenta, es una lacerante postal de los tiempos de injusticias y persecuciones previos y posteriores a la Revolución.

En el siglo XX las preocupaciones sociales mexicanas tuvieron diversas trazas. Hacia 1920, el alcohol se había transformado en un problema muy serio que se intentaba combatir siguiendo las experiencias estadunidenses de misioneros y grupos civiles protestantes. Los mensajes impresos en periódico y manuales, con fotografías, caricaturas, carteles y folletos fueron las mejores herramientas de los gobiernos revolucionarios, respaldados en el boca a boca de las medidas que se podían adoptar para que la adicción dejará de ser un problema de salud, relata Cecilia Autrique Escobar. El discurso de las campañas dejó una impronta discriminatoria racial que apuntaba a indígenas y pobres.

Al mismo tiempo, se acercaban por entonces las elecciones presidenciales donde Venustiano Carranza apostaba por un desconocido para suplirlo, Ignacio Bonillas. La medida no dejó de causar escozor y molestia en hombres que se sentían “candidatos” como Álvaro Obregón y Pablo González. La prensa jugó allí un papel destacado, dejando ver que la participación de los medios de comunicación en la imposición de aspirantes políticos es un antiguo fenómeno que se ha ido perfeccionando con el tiempo.

En esos años 20 donde la pluralidad no era parte de la cotidianeidad del país, un grupo de jóvenes crecía por su movilidad y participación. La Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de actuación destacada en tiempos de la guerra cristera, floreció en aquella década con la idea básica de su fundador, el jesuita Bernardo Bergöend, de devolver a la Iglesia su influencia en la sociedad, nos explica Ariadna Guerrero Medina. Aquel perfil participativo y protagonista tuvo que sosegarse pronto, muy a pesar de su reticencia, a los nuevos tiempos de negociaciones y convivencia entre el Estado y la Iglesia.

Y en la medida en que las luchas políticas fratricidas se fueron apagando, nacían otras por obtener apertura ante un Estado resistente al disenso. Los conflictos se llevaron a las calles para reclamar democracia, participación política y estudiantil, mejoras laborales, y ya más tarde hacia fines del siglo XX los reclamos por derechos civiles como la comunidad lésbico, gay, bisexual, travesti, transgénero y transexual (LGBTTT). A partir de 1978 comenzó a visibilizarse y lograr un reconocimiento de derechos y aceptación social que al cabo de los años muy pocos sectores aún ponen en duda.

Este BiCentenario 34 retoma la figura de José Juan Tablada y su trabajo silencioso por llevar la cultura mexicana a los círculos intelectuales neoyorquinos en unos años –décadas del veinte al cuarenta– donde México tenía mucho que ofrecer –Rivera, Siqueiros, Orozco, entre otros–, ante los prejuicios reinante por entonces en la capital cultural estadunidense. De los archivos de la memoria fotográfica de la Hemeroteca Nacional recuperamos los trabajos de Manuel Gutiérrez Paredes, Mariachito, conocido por sus retratos del movimiento estudiantil de 1968, pero escasamente recordado por sus imágenes de la marginalidad capitalina, los desastres naturales, las figuras del cine y los deportes, o de presidentes como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.

Así está edificado este nuevo número de BiCentenario. Algunas perlitas que aquí no narramos, quedan para que las y los lectores las descubran entre un centenar de páginas.

Hasta la próxima edición.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

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Hubo un tiempo, entre finales del siglo XIX y la primera década de 1900, en que el maíz, el frijol y los chiles no estaban bien vistos en la mesa de algunos mexicanos. Las élites gobernantes, preocupadas por contribuir al progreso nacional, consideraban, sin conocimientos científicos que lo acreditaran, que se debía modificar la precariedad en los hábitos alimentarios de los sectores populares, especialmente campesinos e indígenas. El prejuicio sociocultural intentó aportar nutrientes con la introducción del trigo en sustitución del maíz. La tortilla, se argumentaba, debía pasar a segundo plano para darle prioridad al consumo de panes y galletas. Sin embargo, la alimentación del pueblo permanecía arraigada en sus tradiciones. Tortillas, frijoles, manteca, hortalizas y algunas frutas circulaban con normalidad, como parte de lo que hoy llamamos canasta básica. Y sí incorporaron el trigo a sus tradiciones alimenticias, pero sin dejar al maíz de lado ni su lugar prioritario. Así fue como nació la torta en Puebla, invento de una vendedora de chalupas para ofrecer el refrigerio a los trabajadores industriales.

Las décadas que van de 1920 a 1940 tuvieron un ingente esfuerzo del Estado, asociado a la higiene y la salud, por tratar de mejorar la dieta de los estratos populares, en tanto se revalorizaba la tradicional cocina mexicana como parte de la cultura nacional. Si la sopa de tortilla o el mole de guajolote habían dado a conocer al mundo una pizca de la nutrida gastronomía mexicana, ¿por qué no sumarla a nuestra identidad?, razonaban algunos. El debate se atenuó cuando los análisis científicos de los nutrientes alimenticios dieron cuenta de que los sectores populares no comían mal, sino que subyacía otro problema: su poder adquisitivo les impedía el acceso a más productos necesarios para enriquecer la dieta. La batalla por afianzar el chile, los frijoles y el maíz como base de la cocina nacional estaba ganada.

La tradición de la comida mexicana, que tanto nos identifica como país, se ha preservado gracias a las costumbres transmitidas por generaciones, sin importar pertenencias sociales, aunque especialmente sostenida por los sectores populares. Los mismos que han conservado los hilados, las artesanías en barro, cerámica o madera, la técnica de los colores naturales, las lenguas de los pueblos originarios o las construcciones de las civilizaciones que precedieron al México de hoy. Un ejemplo de cómo esa identidad se preserva está en las manos y la imaginación de los muralistas que descollaron hacia la mitad del siglo pasado. Diego Rivera atesoró identidades y tiempos sociales en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que el arquitecto constructor del Hotel del Prado le encargara para el interior del edificio en 1947. Su rica historia, que en este número de BiCentenario albergamos, nos habla de dos grandes coincidencias que lo hacen permanecer hasta la actualidad: por un lado, un arquitecto y los propietarios del hotel buscaron que los muralistas representaran la historia e identidad de una cultura; en segundo lugar, un devastador terremoto como el de 1985, que destruyó el edificio pero no la obra, y así se pudo recuperar para continuar su exhibición en el museo que lleva el nombre del pintor y muralista.

El cine, de identidad más cercana por los tiempos en que se desarrolló –poco más de una centuria–, tuvo un momento que marcó su florecimiento e impactó fuera de las fronteras nacionales, hacia la mitad también de los años cincuenta del siglo pasado. En este número lo reflejamos en las escenografías en que la naturalidad arquitectónica y mundana del centro de la ciudad de México se manifestó en decenas de filmes. Pero también en una película convertida ya en un mito, Viridiana, de Luis Buñuel, que apuntalara a Silvia Pinal como una de las figuras del cine nacional.

Detrás de un tema de acuciante actualidad, como el de los migrantes que intentan cruzar a Estados Unidos, el muro de cemento y lámina construido por las autoridades estadounidenses ha puesto un freno relativo a millares de personas que logran traspasarlo. Su inicio está en la ciudad de Tijuana, lugar donde se ha establecido desde hace más de dos décadas una identidad fronteriza propia, expresada en una cultura cosmopolita de múltiples vertientes trasnacionales que se ha quedado para siempre.

Otros temas de corte político documentan también este número de BiCentenario. Por un lado, la dominación de españoles y mestizos sobre Campeche para apropiarse de las tierras mayas, dando lugar a varias décadas de conflictos bélicos. En otro aspecto, el bandolerismo que hacia 1850 asolaba los caminos del país, con su cuota de historias tanto románticas como crueles, y un fenómeno de inseguridad que en otras formas perdura hasta la actualidad. Asimismo, les relatamos los meses cruciales que llevaron al primer acuerdo para frenar la guerra cristera en 1929, y el rol destacado de negociadores dispuestos a alcanzar una paz duradera.

Más perlitas quedan por descubrir en este número. Las dejamos a su curiosidad.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 40.

BiC 40 Portada

Remar a contracorriente requiere de fortalezas inusitadas, vehemencia, templanza y un compromiso imperturbable con la razón que lo mueve. Algo así atesoraron una serie de hombres de las letras que en 1920, en pleno proceso de afirmación posrevolucionaria y de creación del discurso nacionalista que legitimaba al nuevo régimen y cohesionaba al país, se propusieron integrar a México al mundo con apertura de pensamientos e ideas, en un afán cosmopolita. Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José y Celestino Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Gilberto Owen fueron algunos de esos intelectuales que plantaron cara a una estructura simbólica del pensamiento oficial que justamente hacía hincapié en la frontera entre lo mexicano y las demás culturas.

Los Contemporáneos, como se hicieron llamar, no recalaron en manifiestos que los pudieran definir ni legislaciones que fueran a romper un orden, sino que intentaron convencer tanto a sus audiencias como a las autoridades, y sí que lo lograron si nos atenemos a sus nombres aún vigentes y necesarios para definir la historia de las letras y la intelectualidad en el país. Se aceptaron como parte de su sociedad, para promover la cultura, las artes y la literatura local. Las publicaciones impresas fueron el motor del grupo. Ulises. Revista de curiosidad y crítica y más tarde Contemporáneos, sirvieron para dar a conocer textos de Federico García Lorca, Juan Bautista Alberdi, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges o T.S. Eliot y Paul Valery, pero también las pinturas de Salvador Dalí, Pablo Picasso, Joan Miró o la fotografía de Sergei Eisenstein. Incluso el teatro, bajo el mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado, tuvo en la impronta de los Contemporáneos la exposición de autores desconocidos por entonces.

Nacido como un grupo de amigos, y con una formación educativa similar, supieron combinar la difusión de la cultura mexicana con la incorporación de aquellos autores extranjeros de alta calidad, pero también gracias a una combinación de relaciones en el gobierno –varios de ellos participaron en la diplomacia, la política y la educación-, que les permitió convertirse en referencia intelectual. Son justificadas razones, sin duda, como para que la cuadragésima portada de BiCentenario esté dedicada a estos verdaderos referentes de una mirada contracultural como pocas veces se ha visto en el país.

La identidad, que no es otra cosa que el sentido de pertenencia, en el caso de la cultura entre la decada de 1920 y 1930 la supieron dar aquellos escritores, dramaturgos, poetas, editores, pero también la encontramos, con otros rasgos y en diferentes tiempos. Como aquella que supieron forjar lo cinco hermanos Rousset Montoya como hombres y mujeres arrojados a la causa revolucionaria de 1910, o más atrás en siglos, las pinturas de castas en Nueva España.

¿Por qué decimos esto? La toma de conciencia social y política de los Rousset en Puebla, al igual que la de sus vecinos, los Serdán Alatriste, fue la de miles de mexicanos que cansados de atropellos se sumaron a la lucha antirreeleccionista, y aunque terminaron sus vidas de forma sencilla y con carencias económicas, optaron por dar su aportación para un mejor futuro de igualdad para todos.

Otros verdaderos documentos para moldear la identidad fueron las mezclas raciales de mestizos, indígenas, blancos y negros durante el siglo XVIII en la América española expresados en las pinturas de castas. Aquí lo traemos a colación en las obras de Miguel Cabrera o Juan Patricio Morlete, entre otros, los primeros quizá en darle forma y color a los rostros de una nueva sociedad en formación y dejar así constancia. De aquellos días a los presentes, se ha ido conformado la pluriculturalidad mexicana, como pocas en el mundo.

Estos trazos culturales que podrán encontrar como lectores en este número 40 de BiCentenario, tienen también referencias en la recuperación de los años exitosos de la televisión, la radio, el cine, a partir de los años ‘50 del siglo pasado con los retratos de las celebridades del mundo del espectáculo en la fotografía de Humberto Zendejas.

Por su parte, Kathryn Blair, la autora de A la sombra del Ángel, la biografía novelada sobre su suegra Antonieta Rivas Mercado –sí, la misma que alentó las obras teatrales de los Contemporáneos–, hace un recorrido por su vida personal hasta adentrarse en un tardío éxito en la literatura.

Esta edición se involucra en el análisis de las complejas relaciones bilaterales México-estadunidenses, en esa simbiosis permanente y necesaria, entre pasado y presente, y plantea la pregunta acerca de Donald Trump y su discurso xenófobo y antimexicano: ¿la responsabilidad sólo recae en él?

Hay mucho más por descubrir en este BiCentenario, incluso un Benito Juárez desconocido, de identidad simulada, que perdió su clásico traje negro. Hasta la próxima.

Darío Fritz