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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

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Los desencuentros del Estado mexicano con la Iglesia católica tuvieron su punto de inflexión en la primera mitad del siglo pasado, pero no fueron los únicos. Hacia 1865 Maximiliano intentaba acercarse al clero, que lo veía con absoluto recelo. El emperador propugnaba la identificación del régimen con la imagen de la Virgen de Guadalupe ya incorporada por los sectores populares como parte de la identidad mexicana. Necesitaba una manera de encontrar un punto de unión, a pesar de los conflictos internos, y ese pretendía que fuera su estandarte. La peregrinación del 12 de diciembre de ese año y la ceremonia religiosa en la que participó fueron parte de los intentos de convertir a la virgen en insignia de la corona y elemento legitimador en el plano religioso. Lo simbólico, que siempre ha formado parte de las acciones políticas, lo entendió el clero mexicano, y su cabeza papal en Roma, a tal punto que ante la reforma liberal que encarnaba el emperador prefirieron, desde su visión conservadora del mundo, que la relación declinara, aunque sin llegar a confrontarse. Esto se decantó desde el momento en que comprendieron que tampoco recuperarían los bienes eclesiásticos ni mucho menos los fueros. La alianza frustrada terminaría por dar la razón a los hombres del clero cuando dos años después comprobaban cómo se derrumbaba aquel emperador sin aliados.

Queremos abrir este nuevo número de BiCentenario con las desavenencias que hacen al ejercicio del poder y que tocan en el plano de la política otros dos momentos intensos en las conflictivas décadas del siglo XIX.

Para que Maximiliano pudiera hacerse del poder político, el ejército francés consiguió en 1863 arrollar en sólo dos meses las resistencias poblanas con base en un ejército preparado, superior en número y equipamiento. Enfrente tenía a un contingente local sin entrenamiento, ni dinero y hasta con sectores monárquicos que no lo respaldaban. Sin embargo, estos hombres derrotados y que lograron sobrevivir continuaron batallando, como se relata en el texto, y en los años siguientes participarían en las resistencias para acabar con el imperio francés en 1867.

La siguiente discrepancia que aborda este número refiere a cómo se legitima un triunfo político. Se sabe que Agustín de Iturbide presentó en sus memorias de 1823 como un paseo triunfal la conquista final de la independencia. Según este relato no hubo sangre, ni incendios, ni robos, se trató de un comportamiento ejemplar de los soldados. Los hechos que aquí presentamos nos indican que la historia fue otra. O que al menos se puede mirar con otra óptica. Y sin bien esa revisión del ingreso de las tropas a la ciudad de México no está en las antípodas de lo que decía el líder del ejército trigarante, la sangre sí se derramó, los muertos y heridos sí los hubo, y la población padeció una crisis en algún momento por la escasez de alimentos.

Esta edición de la revista se alimenta también del detallado proceso por el cual los jóvenes adolescentes se fueron incorporando a la educación en los albores del siglo XX. El objetivo planteado era reconfigurar a México entre las naciones modernas, y para ello retomaron el trabajo de las organizaciones protestantes que estaban influenciadas por los trabajos de psicólogos, pedagogos y médicos provenientes de escuelas estadunidenses. Porfiristas, revolucionarios y hasta el cardenismo, posteriormente, fueron incorporando a la educación a estos jóvenes con su visión particular. Fueron contextos sociales y políticos diferentes en los que fueron incorporados, y que como dice la autora de este texto, nos llevan a reflexionar sobre el papel de los determinantes culturales en la configuración de las modernas nociones de adolescencia.

Dos personajes de la cultura recuperamos en esta oportunidad en BiCentenario. Primero, Saturnino Herrán. El pintor que abrió la escuela mexicana de pintura en los inicios del siglo XX y que consolidarían más adelante los renombrados artistas del muralismo. Una jovencísima muerte truncó la posibilidad de que su obra plástica cumpliera la proyección que ya se le esperaba dentro de las figuras más destacadas del mundo artístico. En segundo lugar, presentamos la vida en el teatro de María Conesa. Una artista española idolatrada tanto por porfiristas como por revolucionarios. Que por lo mismo sufría intimidaciones y debía ausentarse del país. Era vitoreada aquí como en Cuba o Estados Unidos. Sólo la aparición del cine puso freno a su creatividad.

Cerramos esta descripción de la rica variedad de textos que se encuentran en esta edición de BiCentenario con una entrevista al general Antonio López de Santa Anna, en su último exilio en Colombia. Encontrado por un periodista estadunidense, el exdictador vivía un momento de tranquilidad, dedicado a la agricultura y a confraternizar con sus vecinos, pero que en el plano de la política era reacio a la autocrítica, si acaso condescendiente con sus errores de juventud, y de lenguaje antiestadunidense.

En estas páginas hay más relatos por descubrir de las historias siempre estimulantes del país. Las de ayer, principalmente, y las que se construyen en el día a día. Hasta la próxima.

Revista BiCentenario

Editorial

Darío Fritz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Cada pueblo se arma con sus mejores riquezas económicas y culturales para desarrollarse, crecer y presentarse ante el mundo. Las materias primas fueron el hilo productivo desde el cual México  fue cimentando su progreso, acompañado con el tiempo por las manufacturas de elaboración propia. Pasada la mitad del siglo XIX ya se daban pasos concretos para que el cultivo del maguey de aguamiel diera lugar a una producción del pulque que con la inversión en infraestructura permitiera llevarlo a la mayor parte posible de los rincones del país. El proceso productivo venía del siglo anterior y aunque tuvo un impulso destacado a finales del porfiriato cuando se consolidó la “aristocracia pulquera”, fue después de 1860 que se buscó afianzar su producción. Aquello fue una de las experiencias exitosas para potenciar el impulso científico y empresarial de la incipiente agroindustria nacional, que a finales de ese siglo se convertiría en un importante negocio con gran impacto tanto en la fiscalidad como en la sociedad capitalina, como nos dice Rodolfo Ramírez Rodríguez, en el texto que abre este último número de BiCentenario de 2016.

Pero el progreso que se construía a marchas forzadas por las propias carencias de un país en formación, encontraba también en su ascenso abusos de un capital empresarial que acumulaba, pero escasamente repartía, especialmente entre sus trabajadores. Un caso fue el de los hacendados henequeneros de Yucatán, a los que Porfirio Díaz fue a respaldar en 1906 cuando se acrecentaban desde cuatro años antes las denuncias de malos tratos laborales y prácticas esclavistas. El dictador tuvo un viaje “memorable”, según las crónicas periodísticas, en el que participó en inauguraciones de obras públicas y fiestas de la alta sociedad de la península. Los empresarios lo recibieron con los brazos abiertos y así los defendió. Aquella falta de sensibilidad ante los problemas sociales continuaría por varias décadas. El relato que nos hace la maestra Adela Alfaro de Aguayo, en dos entrevistas recuperadas de los años setenta, es una lacerante postal de los tiempos de injusticias y persecuciones previos y posteriores a la Revolución.

En el siglo xx las preocupaciones sociales mexicanas tuvieron diversas trazas. Hacia 1920, el alcohol se había transformado en un problema muy serio que se intentaba combatir siguiendo las experiencias estadunidenses de misioneros y grupos civiles protestantes. Los mensajes impresos en periódico y manuales, con fotografías, caricaturas, carteles y folletos fueron las mejores herramientas de los gobiernos revolucionarios, respaldados en el boca a boca de las medidas que se podían adoptar para que la adicción dejará de ser un problema de salud, relata Cecilia Autrique Escobar. El discurso de las campañas dejó una impronta discriminatoria racial que apuntaba a indígenas y pobres.

Al mismo tiempo, se acercaban por entonces las elecciones presidenciales donde Venustiano Carranza apostaba por un desconocido para suplirlo, Ignacio Bonillas. La medida no dejó de causar escozor y molestia en hombres que se sentían “candidatos” como Álvaro Obregón y Pablo González. La prensa jugó allí un papel destacado, dejando ver que la participación de los medios de comunicación en la imposición de aspirantes políticos es un antiguo fenómeno que se ha ido perfeccionando con el tiempo.

En esos años 20 donde la pluralidad no era parte de la cotidianeidad del país, un grupo de jóvenes crecía por su movilidad y participación. La Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de actuación destacada en tiempos de la guerra cristera, floreció en aquella década con la idea básica de su fundador, el jesuita Bernardo Bergöend, de devolver a la Iglesia su influencia en la sociedad, nos explica Ariadna Guerrero Medina. Aquel perfil participativo y protagonista tuvo que sosegarse pronto, muy a pesar de su reticencia, a los nuevos tiempos de negociaciones y convivencia entre el Estado y la Iglesia.

Y en la medida en que las luchas políticas fratricidas se fueron apagando, nacían otras por obtener apertura ante un Estado resistente al disenso. Los conflictos se llevaron a las calles para reclamar democracia, participación política y estudiantil, mejoras laborales, y ya más tarde hacia fines del siglo XX los reclamos por derechos civiles como la comunidad lésbico, gay, bisexual, travesti, transgénero y transexual (LGBTTT). A partir de 1978 comenzó a visibilizarse y lograr un reconocimiento de derechos y aceptación social que al cabo de los años muy pocos sectores aún ponen en duda.

Este BiCentenario 34 retoma la figura de José Juan Tablada y su trabajo silencioso por llevar la cultura mexicana a los círculos intelectuales neoyorquinos en unos años –décadas del veinte al cuarenta– donde México tenía mucho que ofrecer –Rivera, Siqueiros, Orozco, entre otros–, ante los prejuicios reinante por entonces en la capital cultural estadunidense. De los archivos de la memoria fotográfica de la Hemeroteca Nacional recuperamos los trabajos de Manuel Gutiérrez Paredes, Mariachito, conocido por sus retratos del movimiento estudiantil de 1968, pero escasamente recordado por sus imágenes de la marginalidad capitalina, los desastres naturales, las figuras del cine y los deportes, o de presidentes como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.

Así está edificado este nuevo número de BiCentenario. Algunas perlitas que aquí no narramos, quedan para que las y los lectores las descubran entre un centenar de páginas. Hasta la próxima edición.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

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Hubo un tiempo, entre finales del siglo XIX y la primera década de 1900, en que el maíz, el frijol y los chiles no estaban bien vistos en la mesa de algunos mexicanos. Las élites gobernantes, preocupadas por contribuir al progreso nacional, consideraban, sin conocimientos científicos que lo acreditaran, que se debía modificar la precariedad en los hábitos alimentarios de los sectores populares, especialmente campesinos e indígenas. El prejuicio sociocultural intentó aportar nutrientes con la introducción del trigo en sustitución del maíz. La tortilla, se argumentaba, debía pasar a segundo plano para darle prioridad al consumo de panes y galletas. Sin embargo, la alimentación del pueblo permanecía arraigada en sus tradiciones. Tortillas, frijoles, manteca, hortalizas y algunas frutas circulaban con normalidad, como parte de lo que hoy llamamos canasta básica. Y sí incorporaron el trigo a sus tradiciones alimenticias, pero sin dejar al maíz de lado ni su lugar prioritario. Así fue como nació la torta en Puebla, invento de una vendedora de chalupas para ofrecer el refrigerio a los trabajadores industriales.

Las décadas que van de 1920 a 1940 tuvieron un ingente esfuerzo del Estado, asociado a la higiene y la salud, por tratar de mejorar la dieta de los estratos populares, en tanto se revalorizaba la tradicional cocina mexicana como parte de la cultura nacional. Si la sopa de tortilla o el mole de guajolote habían dado a conocer al mundo una pizca de la nutrida gastronomía mexicana, ¿por qué no sumarla a nuestra identidad?, razonaban algunos. El debate se atenuó cuando los análisis científicos de los nutrientes alimenticios dieron cuenta de que los sectores populares no comían mal, sino que subyacía otro problema: su poder adquisitivo les impedía el acceso a más productos necesarios para enriquecer la dieta. La batalla por afianzar el chile, los frijoles y el maíz como base de la cocina nacional estaba ganada.

La tradición de la comida mexicana, que tanto nos identifica como país, se ha preservado gracias a las costumbres transmitidas por generaciones, sin importar pertenencias sociales, aunque especialmente sostenida por los sectores populares. Los mismos que han conservado los hilados, las artesanías en barro, cerámica o madera, la técnica de los colores naturales, las lenguas de los pueblos originarios o las construcciones de las civilizaciones que precedieron al México de hoy. Un ejemplo de cómo esa identidad se preserva está en las manos y la imaginación de los muralistas que descollaron hacia la mitad del siglo pasado. Diego Rivera atesoró identidades y tiempos sociales en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que el arquitecto constructor del Hotel del Prado le encargara para el interior del edificio en 1947. Su rica historia, que en este número de BiCentenario albergamos, nos habla de dos grandes coincidencias que lo hacen permanecer hasta la actualidad: por un lado, un arquitecto y los propietarios del hotel buscaron que los muralistas representaran la historia e identidad de una cultura; en segundo lugar, un devastador terremoto como el de 1985, que destruyó el edificio pero no la obra, y así se pudo recuperar para continuar su exhibición en el museo que lleva el nombre del pintor y muralista.

El cine, de identidad más cercana por los tiempos en que se desarrolló –poco más de una centuria–, tuvo un momento que marcó su florecimiento e impactó fuera de las fronteras nacionales, hacia la mitad también de los años cincuenta del siglo pasado. En este número lo reflejamos en las escenografías en que la naturalidad arquitectónica y mundana del centro de la ciudad de México se manifestó en decenas de filmes. Pero también en una película convertida ya en un mito, Viridiana, de Luis Buñuel, que apuntalara a Silvia Pinal como una de las figuras del cine nacional.

Detrás de un tema de acuciante actualidad, como el de los migrantes que intentan cruzar a Estados Unidos, el muro de cemento y lámina construido por las autoridades estadunidenses ha puesto un freno relativo a millares de personas que logran traspasarlo. Su inicio está en la ciudad de Tijuana, lugar donde se ha establecido desde hace más de dos décadas una identidad fronteriza propia, expresada en una cultura cosmopolita de múltiples vertientes trasnacionales que se ha quedado para siempre.

Otros temas de corte político documentan también este número de BiCentenario. Por un lado, la dominación de españoles y mestizos sobre Campeche para apropiarse de las tierras mayas, dando lugar a varias décadas de conflictos bélicos. En otro aspecto, el bandolerismo que hacia 1850 asolaba los caminos del país, con su cuota de historias tanto románticas como crueles, y un fenómeno de inseguridad que en otras formas perdura hasta la actualidad. Asimismo, les relatamos los meses cruciales que llevaron al primer acuerdo para frenar la guerra cristera en 1929, y el rol destacado de negociadores dispuestos a alcanzar una paz duradera.

Más perlitas quedan por descubrir en este número. Las dejamos a su curiosidad.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 40.

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Remar a contracorriente requiere de fortalezas inusitadas, vehemencia, templanza y un compromiso imperturbable con la razón que lo mueve. Algo así atesoraron una serie de hombres de las letras que en 1920, en pleno proceso de afirmación posrevolucionaria y de creación del discurso nacionalista que legitimaba al nuevo régimen y cohesionaba al país, se propusieron integrar a México al mundo con apertura de pensamientos e ideas, en un afán cosmopolita. Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José y Celestino Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Gilberto Owen fueron algunos de esos intelectuales que plantaron cara a una estructura simbólica del pensamiento oficial que justamente hacía hincapié en la frontera entre lo mexicano y las demás culturas.

Los Contemporáneos, como se hicieron llamar, no recalaron en manifiestos que los pudieran definir ni legislaciones que fueran a romper un orden, sino que intentaron convencer tanto a sus audiencias como a las autoridades, y sí que lo lograron si nos atenemos a sus nombres aún vigentes y necesarios para definir la historia de las letras y la intelectualidad en el país. Se aceptaron como parte de su sociedad, para promover la cultura, las artes y la literatura local. Las publicaciones impresas fueron el motor del grupo. Ulises. Revista de curiosidad y crítica y más tarde Contemporáneos, sirvieron para dar a conocer textos de Federico García Lorca, Juan Bautista Alberdi, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges o T.S. Eliot y Paul Valery, pero también las pinturas de Salvador Dalí, Pablo Picasso, Joan Miró o la fotografía de Sergei Eisenstein. Incluso el teatro, bajo el mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado, tuvo en la impronta de los Contemporáneos la exposición de autores desconocidos por entonces.

Nacido como un grupo de amigos, y con una formación educativa similar, supieron combinar la difusión de la cultura mexicana con la incorporación de aquellos autores extranjeros de alta calidad, pero también gracias a una combinación de relaciones en el gobierno –varios de ellos participaron en la diplomacia, la política y la educación-, que les permitió convertirse en referencia intelectual. Son justificadas razones, sin duda, como para que la cuadragésima portada de BiCentenario esté dedicada a estos verdaderos referentes de una mirada contracultural como pocas veces se ha visto en el país.

La identidad, que no es otra cosa que el sentido de pertenencia, en el caso de la cultura entre la decada de 1920 y 1930 la supieron dar aquellos escritores, dramaturgos, poetas, editores, pero también la encontramos, con otros rasgos y en diferentes tiempos. Como aquella que supieron forjar lo cinco hermanos Rousset Montoya como hombres y mujeres arrojados a la causa revolucionaria de 1910, o más atrás en siglos, las pinturas de castas en Nueva España.

¿Por qué decimos esto? La toma de conciencia social y política de los Rousset en Puebla, al igual que la de sus vecinos, los Serdán Alatriste, fue la de miles de mexicanos que cansados de atropellos se sumaron a la lucha antirreeleccionista, y aunque terminaron sus vidas de forma sencilla y con carencias económicas, optaron por dar su aportación para un mejor futuro de igualdad para todos.

Otros verdaderos documentos para moldear la identidad fueron las mezclas raciales de mestizos, indígenas, blancos y negros durante el siglo XVIII en la América española expresados en las pinturas de castas. Aquí lo traemos a colación en las obras de Miguel Cabrera o Juan Patricio Morlete, entre otros, los primeros quizá en darle forma y color a los rostros de una nueva sociedad en formación y dejar así constancia. De aquellos días a los presentes, se ha ido conformado la pluriculturalidad mexicana, como pocas en el mundo.

Estos trazos culturales que podrán encontrar como lectores en este número 40 de BiCentenario, tienen también referencias en la recuperación de los años exitosos de la televisión, la radio, el cine, a partir de los años ‘50 del siglo pasado con los retratos de las celebridades del mundo del espectáculo en la fotografía de Humberto Zendejas.

Por su parte, Kathryn Blair, la autora de A la sombra del Ángel, la biografía novelada sobre su suegra Antonieta Rivas Mercado –sí, la misma que alentó las obras teatrales de los Contemporáneos–, hace un recorrido por su vida personal hasta adentrarse en un tardío éxito en la literatura.

Esta edición se involucra en el análisis de las complejas relaciones bilaterales México-estadunidenses, en esa simbiosis permanente y necesaria, entre pasado y presente, y plantea la pregunta acerca de Donald Trump y su discurso xenófobo y antimexicano: ¿la responsabilidad sólo recae en él?

Hay mucho más por descubrir en este BiCentenario, incluso un Benito Juárez desconocido, de identidad simulada, que perdió su clásico traje negro. Hasta la próxima.

Darío Fritz

Editorial

 En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 39.

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Cuatro décadas atrás, una reforma política y electoral, a la que luego seguirían otras diez de distinto tipo que dieron lugar a modificaciones constitucionales y legales, para establecer cuotas de género, nuevos requisitos para los partidos políticos y el voto de mexicanos en el extranjero, sentaría las bases para la transición a la democracia en el país y daría lugar al anhelado pluralismo político acotado por las elecciones condicionadas y amañadas.

La reforma de diciembre de 1977 tiene mucho de fecha toral, un hito que marca el antes y el después de la incipiente democracia mexicana, precedida por las constantes luchas por la participación de la sociedad civil y organizaciones políticas frustradas por la maquinaria de la censura, la proscripción (en el caso del Partido Comunista Mexicano) y la represión donde no se pueden olvidar los encarcelamientos por razones políticas y las muertes que ocasionó.

Más centrada en la gradualidad de los cambios que en la radicalidad, porque en realidad se daba en un contexto político que no miraba a largo plazo ni en establecer una verdadera república, sino en generar parches ante una creciente crisis económica y de legitimidad del gobierno de José López Portillo, la reforma de aquel 6 de diciembre permitió canalizar la lucha política a una arena más o menos pacífica como la del sufragio, no obstante la permanencia de los enormes problemas sociales y económicos.

A pesar de las imperfecciones durante estas cuatro décadas –denuncias de fraudes, manipulaciones o inequidad–, diseccionar cómo fue concebida la reforma de 1977 y las vicisitudes por las que atravesó en ese año hasta su concreción –recordemos que algunos sectores políticos y sociales no la aceptaban–, ayuda a comprender el lento proceso que ha recorrido la democratización de la participación electoral.

Este aporte de BiCentenario para analizar los inicios de un momento clave de la vida política contemporánea de México, quizá poco recordada –no hemos visto que fuera motivo de análisis o debates–, se da en el contexto de un año electoral que también puede ser un parteaguas ante la incertidumbre de hacia dónde dirigirá la ciudadanía sus preferencias electorales.

Pero también BiCentenario se alimenta de otros tiempos históricos mexicanos, menos políticos en algunos casos, y más ubicados en el terreno de las contribuciones personales e institucionales.

Qué fue, por ejemplo, de la protección de los mexicanos que después del Tratado de Guadalupe Hidalgo quedaron a merced de las leyes estadunidenses en los territorios perdidos hace 170 años. La diplomacia de Luis de la Rosa, Miguel Atristáin, Bernardo Couto y Luis G. Cuevas intentó que aquellos compatriotas tuvieran igualdad, no sólo los derechos civiles, políticos y religiosos sino también que se respetaran sus propiedades. El Protocolo de Querétaro, en la última etapa de las negociaciones, puso acento en aquella preocupación. Si la estrategia negociadora del presidente James K. Polk los contemplaba o no, nos habla el texto de la doctora Ana Rosa Suárez Argüello.

La lucha por la emancipación, como en gran parte de nuestros números, tienen un espacio de atención especial. En este caso nos adentramos a revisar el destacado papel que tuvo la gestión del virrey Félix María Calleja, como el militar avezado que pondría freno, por algunos años, a los sueños de libertad. Calleja resucitó a Nueva España del “cadáver político” que era por entonces, según sus propias palabras, y al ejército “desnudo, mal armado y en la miseria” lo reorganizó para sostener al régimen. José María Morelos moriría frente a un pelotón de fusilamiento del virrey y la causa de independencia tendría que reforzarse y su triunfo postergarse, aquel militar vendría a reordenar todo el sistema defensivo español, optimizaría los cuerpos armados y los reacomodaría.

La independencia política debería estar acompañada de su similar en cuestiones económicas. Pero esto pocas veces se corresponde, y menos para una nación en formación a mediados del siglo XVIII. En medio de las crisis continuas en la construcción del Estado-nación, y las disputas entre liberales y conservadores, las deudas se comenzaron a acumular y por allí se pudieron ir colando banqueros y agiotistas que a cambio de préstamos en bonos y la especulación hundían a los gobiernos en deudas impagables. La Casa Jecker, comandada por el suizo Jean-Baptiste Jecker, supo usufructuar para su beneficio, nos relata Noé Ibáñez Martínez, aquellos años de incertidumbre política y económica. Jecker moriría en Francia a manos de los comuneros, pero el daño a las finanzas mexicanas ya estaba hecho.

Desde el terreno de la cultura abordamos en este número la explosión del uso de la imagen en el siglo xx. La imagen de un héroe o un santo laico, nos preguntamos acerca de la mutación de la figura de Pancho Villa, personaje singular de la revolución mexicana, icono incluso en el extranjero del culto por la justicia social, que lo mismo se refleja en monumentos institucionales que en el rostro incrustado a colores en bolsas de ixtle, veladoras o souvenirs. ¿Debemos tomarnos con superficialidad a quiénes dieron la vida por una causa social o es la única manera de que perduren en el imaginario popular?

Pero también desde la imagen, BiCentenario 39 recupera el trabajo que nos dejara el fotógrafo Ricardo Salazar, un profesional que entre los años cuarenta y ochenta del siglo pasado, fundamentalmente, retratara a los autores de la llamada Generación de Medio Siglo (Inés Arredondo, Ricardo Garibay, Margarita Michelena, Juan José Arreola, Jorge Ibargüengoitia, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo y José Emilio Pacheco, entre otros), y la vida del país, en especial de la UNAM, quien ha resguardado su legado.

La cultura de la imagen, de fuerte impronta en México, como en pocos países latinoamericanos, nos trae también al análisis al dibujante Julio Ruelas, un extraordinario ilustrador que en pocos años de trabajos dejó un legado artístico que aún es motivo de estudio por una admirable e inacabada capacidad de imaginación y fantasía.

Estas propuestas de lecturas quedan al sometimiento de la opinión de cada lectora y lector. Hasta el próximo número.

Darío Fritz