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Editorial #37

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

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En un México como el de la mitad del siglo XIX en el que dominaban los privilegios de las corporaciones militares y eclesiásticas, aunado al poder económico de comerciantes y grandes propietarios, la emergente clase media de pequeños propietarios y profesionales encontró en hombres clave para ese momento como el jalisciense Mariano Otero, figuras visionarias en la construcción y dirección de un país con mayores igualdades, federalista y en el que los derechos individuales fueran respetados.

Hace 170 años, este brillante jurista y político impulsó y logró incorporar en las discusiones que dieron lugar al Acta Constitutiva y de Reforma de 1847, el Juicio de Amparo, plasmado como un instrumento del liberalismo jurídico decimonónico para garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, y que hasta el día de hoy representa el principal recurso jurídico al que han recurrido diversos sectores sociales para obtener una aplicación de la norma acorde con los principios de la Constitución.

Aunque puesto en vigencia seis años antes en la Constitución Política de Yucatán, por el jurista Manuel Crescencio Rejón, el amparo tuvo alcance nacional a partir del Congreso Constituyente y Extraordinario de 1846-1847 que debía elaborar una nueva carta magna, y en el que Otero, representante por Jalisco, fue su principal impulsor. Desde entonces, ha sido un medio constitucional por excelencia dentro de la estructura jurídica, abarcando temas tan diversos como la materia civil, penal, administrativa y laboral. En la actualidad es uno de los recursos legales más socorridos y que contribuye a que el poder judicial se considere uno de los pilares más confiables de las instituciones mexicanas.

BiCentenario dedica este número especial a Mariano Otero como hombre indispensable para entender la consolidación de las instituciones a partir de aquel documento constitucional queredactó junto a un grupo de legisladores que entendían que en México la distribución del poder se debía ampliar y ya no podía ser propiedad de unos pocos sectores. Que los estados recobraran la soberanía interna, asociados bajo la forma federativa, y que se incorporaran los derechos individuales, en los cuales el de amparo sería su garantía fundamental, eran pasos concretos establecidos en la Constitución promulgada en 1857.

Que Otero fuera una de esas figuras prominentes de la transformación política del país, tenía que ver con su formación en una Guadalajara entonces liberal y federalista, renuente a los privilegios sociales, que sí se veían en la ciudad de México. Jurista estudioso y profundamente crítico, fue la cara quizá más visible, o la que ha logrado perdurar a lo largo del tiempo, de un grupo de personalidades –Mariano Riva Palacio, Ignacio Cumplido, Juan Manuel González Ureña, Manuel María Gaxiola, Francisco Elorriaga o Luis de la Rosa, entre otros–, que luchaban contra el antiguo conservadurismo y pretendía darle otro rumbo al país. Otero consideraba imperioso introducir orden y unión en la política, mejorar la economía y la recaudación, aplicar justicia en la repartición de los impuestos, reorganizar la fuerza militar con buenos cuadros de jefes y oficiales, disciplinados y fieles. Pregonaba por el fin de las ideas monárquicas y antiindependentistas, a las que el clero contribuía con su poder intocable y criticaba a la prensa servil a esos intereses.

El joven legislador mostraba su desazón, se aislaba, según decía un año antes de morir, para no mezclarse con la mala política de entonces. Prefería limitar su actividad política a votar en el Senado a conciencia. Pero ese desánimo circunstancial era propio de su compromiso. Otero se interesaba en el rumbo político de México, aunque también era un hombre que formaba parte del ambiente intelectual de la época, asiduo a las discusiones y debates en tertulias, miembro de la Academia de Letrán, creador de un órgano político como El Siglo Diez y Nueve. “Nos hemos propuesto publicar el presente diario, cuyo objeto más esencial será el de calmar las pasiones agitadas con tantos años de inquietudes, promover la unión de todos los mexicanos e indicar lo que creamos conveniente a nuestra regeneración política”, escribía en su primer número de octubre de 1841. Así como el Congreso sería el foro desde el cual defendería sus principios, el periodismo fue el vehículo para dar a conocer su particular visión del México de entonces.

El Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la república mexicana, que escribiera en 1842, sería un texto fundamental para entender cómo analizaba el momento político y económico. Allí hablaba de la clase media que debía emerger como “el principal elemento de la sociedad… el verdadero germen del progreso y el ingrediente político más natural y favorable que pudiera desearse para la futura Constitución de la República.”

A Mariano Otero se le recuerda por su paso como congresista, las controversias y argumentos por contar con un régimen legal orientado a defender las garantías y derechos de los ciudadanos, ante las injusticias y abusos de los funcionarios públicos. Tuvo también un breve paso en la administración pública como secretario de Relaciones Exteriores del presidente José Joaquín de Herrera. Fue en un momento crítico para el país, cuando la derrota en la guerra contra Estados Unidos marcaba el ánimo general, la economía estaba en mal estado, el ejército desbaratado y la reconciliación entre los mexicanos era indispensable. Los asuntos a los que se enfrentó no fueron menores como el retiro de las tropas estadunidenses de la aduana de Veracruz y la problemática de los mexicanos que se quedaron en los territorios comprendidos en el tratado de paz.

En el recuerdo de Mariano Otero y su legado vale precisar cuánto sacrificio le implicó también, aún y a pesar de su búsqueda pacífica y conciliatoria por la unidad nacional y un cambio de mentalidad, que sus ideas progresistas lo condujeran a la cárcel en 1842. Allí aprendería cómo se podían violar leyes y derechos civiles sobre las personas. De cómo abusa una autoridad sin límites, especialmente sobre el ciudadano común y corriente. Ese encarcelamiento sería el origen de una permanente dedicación por diseñar un código de garantías y derechos que defendieran al ciudadano, y resultar su herencia fundamental para generaciones de mexicanos: el Juicio de Amparo.

La primera sentencia de un juicio de este tipo, tras su incorporación a la carta magna de 1857, se resolvió en una hoja. En la actualidad contienen centenares de páginas. Se ha vuelto una instancia jurídica compleja, a tono también con los cambios sociales de los últimos 170 años. El peligro de transformarse en elitista, alejado de los conocimientos mayoritarios de la población, comienza a ser señalado por algunos estudiosos. Este homenaje de BiCentenario a Mariano Otero trata de recuperar las vicisitudes de un hombre visionario, pero también es una invitación a atesorar y cuidar aquello que se considera imprescindible para nuestra convivencia diaria y una garantía de igualdad ciudadana.

Darío Fritz

Editorial # 35

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

La historia lineal de los vínculos entre las naciones parece necesitar de algunos nudos y enredos que las paralizan por un tiempo hasta encontrar quiénes los desaten para inyec­tarle mayor energía y volver a avanzar sin piedras ni lodos que la atoren. En ese lapso de marañas abunda el griterío y el desentendimiento, la amenaza de la fuerza y el golpeteo incesante de la descalificación. Desde una de las trincheras se lanzan fuegos artificiales que obligan a agazaparse del otro lado, hasta que la pólvora deje de iluminar el cielo por cansancio de los artilleros o pérdida de eficiencia. Juegan al límite pero en el fondo la pólvora sirve para intentar imponer condiciones aunque no caerá a tierra. Podrá haber daños, pero no destrucción. Las necesidades de convivir están implícitas y terminan por imponerse. Que de la noche a la mañana una parte quiera hacer responsable a la otra de sus propias carencias o imponerse, habla de una estrategia antigua y repetida. Después de varias décadas de vivir en una vecindad en armonía, México se encuentra con que el vecino estadunidense ya no quiere que las hojas del árbol que los divide le caigan a él y de paso pretende tirarle por encima de la barda lo que no le sirve. El nudo y los enredos han vuelto a instalarse. En la década de 1920 pasó algo similar. Y el discurso y la vocinglería fueron bastante semejantes a los de hoy. Había xenofobia, racismo, prejuicio y desconfianza. Los factores políticos y económicos alimentaban el distanciamiento. El político se llamaba anticomunismo; el económico, petróleo y tierras. Se criticaban el atraso y la pobreza, la capacidad de gobernar, los orígenes étnicos y la falta de justicia. Hoy se habla de robo de mano de obra, se criminaliza a migrantes y hasta se proponen militares extranjeros para combatir el narcotráfico. La diplomacia de Washington alucinaba con una confabulación mexicano-soviética que instalaría el comunismo aquí y por ende en Latinoamérica, una amenaza para la Doctrina Monroe. La mirada de entonces era la de hombres anglosajones y protestantes, una vieja guardia republicana convencida de la superioridad moral, cultural y económica de Estados Unidos, nos dice María del Carmen Collado, lo cual no dista demasiado de la que se ve en estos días en Washington. El conflicto se resolvió cuando se avizoró una guerra innecesaria y las voces más moderadas pudieron imponerse. Aquella experiencia que abre la portada de esta edición de BiCentenario ameniza el análisis del presente y puede servir de proyección de una vecindad seguramente distante para los próximos cuatro años.

Después de aquellos desencuentros vino una crisis econó­mica como la de 1929, que ubicó como uno de sus blancos a los migrantes mexicanos que llegaron en grandes cantidades tras la primera guerra mundial para trabajar en la agricultura, el tendido del ferrocarril y la industria. La prisión y fuertes multas fueron las dos armas que se esgrimieron para despojarse de ellos. Su economía ya no los necesitaba. La participación de un cónsul en Los Ángeles con sensibilidad para afrontar el problema y creatividad para resolverlo fue relevante aquel año. Rafael de la Colina organizó la repatriación de más de 30 000 mexicanos que vivían en California para llevarlos hasta Guadalajara, Guanajuato y la Ciudad de México. Su testimonio agudo describe las mismas dificultades del migrante de hoy en Estados Unidos o en tantas partes del mundo: discriminación, explotación laboral, desconocimiento, indefensión y olvido.

Como contraposición, en la otra punta de cualquier es­cala comparativa, estaban actrices y actores mexicanos que intentaban destacar en Hollywood por esas fechas. Dolores del Río, Guadalupe Vélez y Ramón Novarro pudieron dar cuenta de una migración exitosa, aunque temporal, y a la que a pocos se le ocurría reprochar. Una muestra de que el tema migratorio es un fenómeno de la pobreza.

A la mirada exterior le sigue el espejo propio. En México hubo en el último siglo poblaciones migrantes que recibieron un trato similar al que se ha documentado para los mexicanos al norte del río Bravo. Lo vivieron los chinos en la primera década del siglo xx y ahora los centroamericanos. Sin embargo, esto no es lineal. Otros inmigrantes como los húngaros, que llegaban hacia fines del siglo XIX y principio del XX, pudieron establecerse sin inconvenientes y aprovechar el desconocimiento que se tenía de México en su país para promocionarlo, aunque implicara ocultar una realidad abundante en inequidades.

Los años de la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos del siguiente han sido ricos en circunstancias y hechos que fueron moldeando cambios relevantes. A partir de historias personales relatamos en este número de BiCentenario el aporte a la medicina militar que dio el médico Francisco Montes de Oca con su insistencia en ofrecer una mejor atención de las enfermedades y avances en la salubridad, hasta llegar a crear en 1881 la Escuela Práctico Médico Militar (EPMM). Otro caso a destacar se sitúa en Yucatán y lleva el nombre de Pedro Guerra. La casa de fotografía que abrió en 1877, a la que se sumaría su familia posteriormente, retrató durante 90 años a generaciones de yucatecos y los acontecimientos de la península. Hoy es parte de un acervo que lleva su nombre con más de 500 mil imágenes.

En esos años se fue enraizando una práctica gubernamental que se ha convertido en uno de los fenómenos más lacerantes para el país. Una descripción de cómo era la corrupción en el siglo XIX muestra que desde el Estado se podían generar fortunas, en tanto la impunidad protegía su práctica. Más que un rasgo genético, se trata de una relación con las instituciones que perdura por décadas, argumenta el autor.

En este número 35 hay otras narraciones por descubrir: el compromiso de Gustavo Garmendia con la causa revolucionaria, la figura del charro en la cultura nacional, la tradición tan acendrada de festejar a nuestras madres o la historia de una mujer independentista, también madre, traicionada por el confort de su marido. Hasta la próxima.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

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Un lugar pensado para formar generaciones de profesionales que no pretendía competir con el molde de lo que otras instituciones ya trabajaban. Un centro que entendiera a la historia como integrada y parte de las ciencias sociales, pero nunca aislada. De investigadores adaptados a esa concepción. Un lugar con una biblioteca sui generis donde el acervo general y su fondo antiguo le dan un toque de exclusividad. Un centro de formación y conocimiento asentado sobre la que fue la casa de un hombre liberal y único, que estableció las bases de la separación del Estado del poder monacal. La identidad se construye con el tiempo y en ella confluyen historias personales de aspiraciones y utopías, la herencia de valores y tradiciones, la pertenencia a un territorio.

El Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora llega a los 35 años de vida y el sello de su identidad que lo hace reconocible se identifica también con la pertenencia al espacio donde está enraizado. Nació en el barrio de Mixcoac, alguna vez considerado pueblo risueño y florido de aire saludable, que lo ha hecho suyo como parte de sus esquinas, su arquitectura de fachadas centenarias, de haciendas, ranchos y terrenos baldíos devenidos en centros universitarios y culturales, colegios de origen español o inglés, parques hundidos, estadios para el futbol y los toros, habitado un siglo atrás por indígenas y migrantes europeos.

Este número 33 de BiCentenario, casi en concordancia con los siete lustros de vida del Instituto, da cuenta del trajinar de esta institución académica desde 1981, pero también de la riqueza de su pertenencia a un barrio de calles empedradas o de barro transformadas en grandes avenidas, de cauces de agua y áreas verdes devoradas por la explosión urbana, de iglesias sobrevivientes y de viviendas donde se oficiaba misa en tiempos en que se perseguía la bendición desde el atrio, de personajes que la habitaron porque encontraron allí un remanso frente a la agitada vida en el centro capitalino, que huían de los jaloneos de la política o comenzaron a ilustrar aquí una vida de intelectuales.

El Instituto Mora nació en una casa a la que la vicisitud de la política, la economía, la religión y hasta las creencias esotéricas la tornaron un lugar peculiar. Fue vivienda de Valentín Gómez Farías cuando el vicepresidente jacobino se escabullía de las amenazas católicas a sus órdenes de quitar poder a los prelados, y donde moriría y sería enterrado ante la negativa de la vecina iglesia de San Juan Evangelista de darle morada final en su cementerio. También tropas estadunidenses la ocuparían en 1847. Algunas creencias dirían que el espíritu de don Valentín recorrería la casa durante varias décadas, para temor de sus descendientes y visitantes, hasta ser llevado a la Rotonda de las Personas Ilustres. Del mismo Valentín se relatan aquí las idas y vueltas que tuvo el intento de recuperación de una pintura que lo retrataba en Palacio Nacional y que finalmente por esas historias repetidas en el mundo del arte, quedaría en manos privadas, y se tendrían que hacer copias, una de las cuales el Instituto adquirió.

La pintura de Valentín Gómez Farías no es un hecho aislado dentro de la vocación cultural del Instituto Mora. Las esculturas, principalmente, forman parte de su paisaje en exposiciones individuales y colectivas al aire libre, como se relata en esta edición. Otro elemento distintivo en el mundo académico.

La gran perla de la institución ha sido su biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”, nacida cinco años antes que el Instituto y que cumple a cabalidad con el objetivo de ser reconocida en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, tanto por su acervo como por su fondo antiguo con algo más de 10 000 volúmenes. Ramón Aureliano, quien la conoce desde sus entrañas desde hace algunos años, nos pone en manos de dos testimonios clave: uno que habla sobre José Ignacio Conde y Díaz Rubín, el inspirador de la biblioteca, y la inquietante historia de su acervo personal que tuvo que vender forzado por el gobierno; y el segundo, las palabras del propio Ernesto de la Torre Villar, su primer director. “Podemos decir que es paradójico, pero pienso que de una Biblioteca salió el Instituto Mora”, dice orgulloso durante una charla que data de 2002.

Pero a dónde nos lleva esa vocación de identidad del Instituto Mora con su vecindad, con ser parte también de ese pueblo, municipio y hoy colonia Mixcoac. Están vivos la parroquia de la Asunción de María o de Santa María Nonoalco, edificada en el siglo XVI, los restos de la que fuera la Hacienda de Nonoalco,hoy convertida en vecindad, las huellas exteriores de la casa morisca de la familia Serralde, el Parque Hundido en la zona de ladrilleras. Como parte ya del imaginario colectivo, La Castañeda, el mítico hospital que Porfirio Díaz presentó como una revolución en la salud mental y seis décadas después sería demolido. Una manera de explicarnos el antes y el después de las transformaciones de un lugar son las fotografías, dibujos y material fílmico. El trabajo de Lourdes Roca nos ayuda a descifrar y explicar esos cambios de Mixcoac.

Los personajes que habitan el barrio y enorgullecen a sus habitantes generan un halo de admiración, misterio y mito, que se va transmitiendo por generaciones. Para Mixcoac llevan un mismo apellido: Ireneo Paz, el escritor, periodista, editor y polémico defensor en algún tiempo de Porfirio Díaz; Octavio, su hijo, abanderado de la causa zapatista, escritor también, pero sobre todo activista social, de muerte trágica y vida desafortunada; y quien seguramente genera mayor reconocimiento, fortalecido por su contemporaneidad, Octavio, el nieto e hijo, poeta y escritor. El Premio Nobel de Literatura dice en un relato que aquí reproducimos, que en Mixcoac alguna vez se sintió “centro del mundo”. Entre nubes y un cielo azul, descubrió el entusiasmo y tal vez la poesía.

Justamente lo que podemos sentir cuando nos consideramos parte de un lugar.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

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La inseguridad, el temor a ser víctimas de una agresión, del robo, el ultraje, el daño físico o psíquico, es tan antiguo como la guerra. En cada momento de la historia de la humanidad se pueden hallar en forma de terror, persecución, fobias o simple sobresalto. Ni es de estos días ni de tiempos cercanos, aunque las experiencias personales son las que nos marcan. Pero en los años posteriores a la independencia de la corona española los aventurados viajeros que cruzaban el país en diligencias o carruajes marchaban como alma en pena, marcados por la incertidumbre, con el corazón pegado a la garganta, porque sabían que podían ser víctimas de atracos en el momento más inesperado. Subirse al único transporte que por entonces les permitía cruzar valles y montañas tenía altos riesgos pese a contar siempre con guardias que los protegían mientras que los propios viajeros se aprovisionaban de pistolas o cuchillos para la autodefensa. Para la delincuencia, clérigos y extranjeros solían estar a salvo de los ataques personales. Pero esto no siempre se correspondía en el caso de las mujeres que eran objeto de secuestros y abusos. El linchamiento de los ladrones o su ejecución sumaria por los propios guardias de los carruajes para ser exhibidos en los caminos como ejemplo de escarmiento ya se conocían. Pero también los delincuentes tenían su aura de Robin Hood. No eran mal vistos como se pudiera creer, algo que nos asemeja con el presente de más de un narcotraficante. Había una red clientelar que los protegía y a su vez más de una situación épica de los maleantes que los convertía en objeto de fascinación. Las leyes benévolas en muchos casos propiciaban la libertad antes que la sentencia, pero detrás había un contexto de crisis política y económica que lo explicaba.

Esa incertidumbre que se vivía en los caminos de Veracruz, Puebla o Zacatecas en los años 30 y 40 del siglo XIX también la vivían aún a fines de esa centuria los habitantes de las grandes ciudades que en las noches a falta de luz artificial se veían obligados a refugiarse en sus casas. La vida en las calles no se extendía más allá de las 20 ó 21 horas, como máximo las 22, y siempre que la luna reflejara algo de luminosidad. El calendario de fases lunares era clave para programar fiestas y reuniones. Las velas y el ocote fueron los aliados de los más animosos, y luego las lámparas de gas, pero hasta que no llegó la luz eléctrica, la penumbra reinó y la costumbre de estar en casa desde temprano fue la norma. A esas horas, las calles eran dominio de la superstición, de aparecidos y almas fantasmales, leyendas urbanas y rurales de las que mejor era protegerse con puertas y ventanas bien cerradas.

Así se va desentrañando este número 31 de BiCentenario. En toda aventura revolucionaria, la seguridad es quizá lo que menos cuenta. Las convicciones, la ideología, la apuesta por las ideas se llevan al extremo, y la vida, la familia, los proyectos profesionales pasan a ocupar un lugar secundario. A los hermanos Benavides, de Coahuila, poco les importó poner en juego hasta su sólida economía personal. Creyeron en el movimiento maderista y a él se incorporaron sin dudarlo. Como asesores jurídicos, secretarios privados, diputado o empuñando las armas y dirigiendo la tropa, las historias de Adrián, Luis y Eugenio Benavides retratan sus certezas políticas por una causa. No esperábamos recompensa, recordaba uno de ellos al final de su vida: pactamos recorrer juntos la aventura revolucionaria, decía, según nos cuenta el texto de Javier Romo Aguirre.

Esos años de inestabilidad política y social se complementan en este segundo ejemplar del año de BiCentenario con el legado fotográfico de Cruz Sánchez, un inquieto político de Yautepec que además de ser alcalde retrató al zapatismo. Su trabajo, poco conocido y conservado en el archivo de la UNAM, se aprecia por su calidad y por las circunstancias que le tocaron vivir: residía donde se concentraba el principal cuartel del general Emiliano Zapata y, entre ellos, los militares de su confianza.

Pero no son páginas las de esta edición que únicamente nos petrifican con el sobresalto de cruzar los caminos y calles citadinas de hace siglo y medio o que desmenuzan aspectos poco conocidos de la revolución de 1910 y 1913. Un joven e ilustrado José Antonio Alzate y Ramírez dejaba que la imaginación se desplegara y con base en la experimentación se mostraba como un Leonardo Da Vinci mexicano del siglo XVIII. Hijo de una familia que le ayudó a financiar sus publicaciones de avances científicos y las de otros colegas, Alzate dejó testimonio de la actividad ilustrada en México, sin importar autores ni temáticas. La medicina, la construcción o la astrología, a pedido de clérigos o autoridades, lo hicieron un baluarte de la divulgación, como nos hace saber Mauricio Sánchez.

En tiempos más cercanos contamos las vicisitudes vividas por el exilio, principalmente europeo, que llegó a México en los años 40 del siglo pasado, alentado por las políticas, en algunos aspectos selectivas, de los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho.

También nos adentramos en recuperar los avatares culturales del Hotel del Prado, un edificio épico que por esos mismos años se levantaba sobre avenida Juárez y que era un ejemplo de las transformaciones del país, especialmente porque sobre sus paredes desfilaron las pinturas de varios de los artistas más reconocidos en esos años.

El centenar de páginas que configuran cada número de BiCentenario se complementa en esta edición 31 con un nostálgico recuerdo de los cafés ubicados en los bordes limítrofes del Centro Histórico de la ciudad de México y que aún sobreviven a la tecnología del siglo XXI.

Empezamos describiendo en estas líneas los temores a la inseguridad de hace más de siglo y medio y lo cerramos con un destello anecdótico de los controles propios de la guerra fría que reinaban en México hace seis décadas. La zafra cubana, unos estudiantes en tránsito en el aeropuerto capitalino y los espías de entonces sirven de anzuelo para la lectura.

No se asusten, regresamos en el próximo número.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

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Crueldad, miserias humanas, hambre, dolor, pérdidas, forman parte de las huellas imborrables de las guerras con las que sus sobrevivientes tienen que lidiar por el resto de sus vidas. Una aceitada maquinaria compleja de poder económico, estrategia y liderazgo marcan la diferencia entre el triunfo y la derrota. Los grises y los matices desaparecen con ella. Se está de un lado o del otro. Lealtades y traiciones forman parte indivisible de su fisonomía, y si no se las conoce y anticipa el límite entre ellas se quiebra con la misma resonancia en que una bala viaja desde la boca del fusil hasta destruir el corazón del combatiente. Al edificar su División del Norte que la hiciera imbatible y a prueba de batallas, Francisco Villa tejió relaciones y vínculos con un trío de hombres que además de prometerle lealtad a la causa le aseguraban primordialmente las armas indispensables que debían llegar de los proveedores estadunidenses. Hasta un submarino llegaron a ofrecerle para una guerra que sólo tenía como ajedrez territorial la disputa en tierra. Demasiado confiado o quizá sin mayores alternativas, el caudillo chihuahuense dejó en manos de ellos los abastecimientos para enfrentar a las tropas de Carranza en lo que sería la madre de las batallas, el control por el centro del país, paso previo para ir por la capital. Aquellos tres hombres, sin sangre mexicana, dos de ellos estadunidenses y uno europeo, que jugaban sus propios proyectos personales y relaciones directas con los gobernantes en Washington, por diferentes razones se convertirían en verdaderos mercaderes. Llegado el momento de abastecer a las nutridas columnas villistas, los fusiles no aparecieron y las balas enviadas a cuentagotas se mezclaban con inofensivas municiones vacías. Así se cuajó la derrota de Celaya y las que le siguieron a las tropas revolucionarias para que la División del Norte convirtiera su travesía en retroceso y derrota.

La apasionante historia de componendas, negocios y hasta espionaje de estos tres hombres que optaron por dejar sólo a Villa, abren este número de Bicentenario que habla de otras guerras y de otras luchas, aunque ya no en el campo de batalla de la política.

El doctor Eduardo Liceaga fue un verdadero cruzado por la mejora de la salud en el país, que hacia 1888 estaba en Francia, cuna de los avances científicos del momento en materia de higiene pública, para aprender de todos los conocimientos necesarios que pudiera aplicar en un México aún insuficiente. Liceaga atravesó por varias semanas el Atlántico con un recipiente que contenía un cerebro de conejo bajo el brazo en las condiciones climáticas más adversas para su futuro experimento. Mientras el tiempo le jugaba en contra, perseverante y detallista, nos relata el texto de Samuel Almazán Santiago, logró rescatar de aquel cerebro en glicerina sus partes enfermas para inyectarlas en otros conejos y generar en poco tiempo lo que en el Instituto Pasteur parisino le habían enseñado: producir la vacuna contra la rabia.

Los pioneros abundan en esta edición de la revista, amplia por sus temáticas, y que recupera a diversos personajes que destacan en distintos momentos del país, por tenacidad, dedicación y esa locura propia de quienes creen en una idea y tratan de contagiarla al resto. Uno de ellos es el gallego Tadeo Ortiz quien unas seis décadas antes que Liceaga, se lanzara a la aventura de poblar el Istmo de Tehuantepec con el proyecto de crear una vía que uniera los océanos Atlántico y Pacífico, como motor del desarrollo económico del sur mexicano. Ortiz fue un adelantado que para entonces veía la necesidad de ir por los mercados de China y la India. A la distancia, aquel sano desvarío para un momento en que no se contaba con recursos económicos ni tecnologías suficientes, fracasó hasta en el intento de traer a la zona a inmigrantes franceses, pero sentó las bases para una idea aún vigente.

En tiempos más contemporáneos, prácticamente a la par y desde actividades diferentes, Heberto Castillo y Pedro Ramírez Vázquez fueron dos perseverantes luchadores, uno por dotar de verdadera democracia al país, el otro por dejar una marca registrada en la arquitectura. En el caso del ingeniero Castillo, con sus ideales por la apertura a la democratización del país fue también un hacedor de la unificación de la izquierda en México. En este número acercamos una reflexión histórica, a través de sus propias palabras, sobre el papel de la izquierda en la política nacional, con lo que cerramos la propuesta expresada en estas páginas desde ediciones anteriores de plasmar los idearios políticos e ideológicos posteriores a la revolución. El caso de Jacinto López Moreno, un rara avis de las luchas agrarias y sindicales en el noreste del país, personaje íntegro e incorruptible, también presente en esta edición, complementa la trayectoria a veces olvidada de quienes contribuyeron a tener un país plural y de libertades.

Ramírez Vázquez, quizá en las antípodas políticas de Heberto Castillo, tiene una amplia trayectoria como constructor de proyectos que han dejado marca en la iconografía arquitectónica de la ciudad de México, e incluso en otras ciudades extranjeras, tales los casos del Museo Nacional de Antropología, el Estadio Azteca o la torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco. Aquí nos centramos en su titánica tarea por recuperar los cimientos fangosos de la Basílica de la Villa de Guadalupe, y a su vez dotar al lugar de un espacio de vastas proporciones para dar lugar a una afluencia diaria de miles de peregrinos. Aquello se convirtió en una gran arena pública tal cual la conocemos hoy y que no generó debates menores sobre si correspondía hacerlo o no, especialmente en el mundo de la Iglesia donde se recelaba de sus ideas vanguardistas.

Esta edición de BiCentenario coloca el acento también en el cine en dos perspectivas: el tránsito rocoso de los cineastas que han apostado al género del terror con una suerte variopinta y, por otro lado, la transformación de los espacios de proyección, que por una política de Estado al retirar subvenciones a la industria del cine, dio lugar a la desaparición de las salas únicas tradicionales por los complejos de múltiples lugares de proyección.

No queremos dejar de mencionar que la revista recupera para esta edición el aporte a la fotografía documental y artística que ha hecho durante más de medio siglo el holandés Bob Schalkwijk. Artífice de un acervo de más de 400 000 imágenes, Schalkwijk sostiene el archivo que lleva su nombre con una obstinación envidiable y escaso apoyo oficial y privado, lamentablemente, para un trabajo en gran parte inédito. La serie de trabajos que reproducimos aquí lo testimonian. Hasta la próxima.

Darío Fritz.