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Editorial #48

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

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Mar, murallas y lotería, tres elementos que identifican a un campechano. Aunque no los únicos, por supuesto. ¿Pero la lotería? Sí. También. Un juego, un pasatiempo de larga data que aún se puede ver en las plazas públicas de los pueblos del estado y que tiene uno de sus antecedentes más reconocidos a fines del siglo xix cuando una cigarrera aprovechó el interés de la gente en la lotería para alentar el consumo del tabaco. La empresa inventó las 90 figuras del juego, incluidas individualmente en las cajetillas, y los apostadores podían participar luego en premios que se combinaban con la Lotería de la Beneficencia de la ciudad de México. Pronto las imágenes fueron adquiriendo la calidad y variedad que hace de la lotería de Campeche de una originalidad poco vista en el país. Allí hay representaciones de personajes populares mexicanos y de la región, retratos de la naturaleza y de la vida cotidiana, o símbolos nacionales. También figuras tradiciones más lejanas como los libros de la smorfia italiana, la tómbola napolitana, el tarot y muchas otras usanzas europeas adaptadas. Una tradición ancestral entre las familias que se ha traslapado al arte. Sus figuras fueron tomadas más tarde como modelos por los artistas locales y reproducidas de varias maneras: bordadas en punto de cruz, dibujadas al óleo, pastel, lápiz; coloreadas en diferentes tonos sobre cartón, tela, madera, o cuerno de toro. Incluso impresas en cartillas para invidentes.

Con la historia de este juego muy popular en el estado del sureste mexicano abrimos la nueva edición de BiCentenario.

Otra historia singular en este número es la de dos señoritas audaces que se montaron a una canastilla y ascendieron varias decenas de metros de altura para inmortalizar los dos primeros ascensos en globo en México. Corrían los años 1835 y 1841, y aquello era una hazaña atribuible a unos pocos en el mundo, pero aquí fueron únicas, ni siquiera un hombre mexicano lo había logrado. ¿Por qué lo hicieron si implicaba tantos riesgos? ¿Alentadas quizá por las experiencias de la francesa Sophie Blanchard, una verdadera aeronauta profesional con más de medio centenar de ascensiones a principios de siglo, pero que murió por un accidente cuando descendía en París? ¿Fue diversión? Habían sido invitadas por un aeronauta francés y un empresario estadunidense. Hasta el día de hoy se desconocen las razones de esos riesgosos ascensos en globo. Ni siquiera sus nombres han quedado registrados. Las crónicas de la prensa decimonónica respondían a los cánones de la época y no lo informó. Podían ser protagonistas por sus capacidades en la esfera privada, en casa y puertas adentro, pero nunca en el mundo público. Sólo contó su participación como una atracción publicitaria.

La participación de la mujer era también insignificante en la prensa de fines de ese siglo. Hacia 1885 el director de una revista de Chicago cumplió con su propósito de llevar a colegas mexicanos, cercanos al régimen porfirista, a un recorrido por Estados Unidos. Los fines obviamente no eran turísticos. Detrás de su proyecto estaba la idea de promocionar los negocios y las nuevas tecnologías –maquinaria agrícola y para minas, trenes elevados, vapores, imprentas, gas natural–. Así, un grupo abigarrado de hombres de la prensa nacional recorrieron durante dos meses ciudades del centro y este del país, y se llevaron más de una sorpresa. Conocieron trabajadores, empresarios, gobernantes, y también hallaron que las mujeres se empleaban en fábricas, almacenes e incluso en oficinas públicas del gobierno.

Como bien se anuncia desde la portada, abordamos, entre otros temas, la complejidad intelectual del exindustrial italiano Gutierre Tibón, un apasionado de la mitología, la filología y las antigüedades mexicanas que practicó las ciencias sociales como quien hablara de lenguas maternas.

Las líneas que discurren por esta nueva edición se asientan, de igual manera, en el México revolucionario, del Zapata traicionado hecho mito y leyenda, como en la posterior avaricia delahuertista por el poder, fracasada a su paso por Chihuahua cuando el general Manuel Chao finalizó frente a un pelotón de fusileros sus aspiraciones de sublevación. También se da cuenta aquí de Tezonco, un pueblo cazador de patos y privilegiado en constante conflicto por las aguas de Xochimilco, que terminó devorado por la urbanización en los traspatios de la Ciudad de México. Lo mismo que apuraría a Mixcoac hacia 1930, un lugar entre ladrilleras e inundaciones, y sin autos, donde los vecinos eran reales propietarios de sus calles, y que hoy se muestra como una de las zonas de la ciudad con mucha historia por contar por sus habitantes.

Este centenar de páginas tiene aún mucho más por descubrir. Usted no se detenga. Hasta la próxima.

Darío Fritz.

Editorial #46

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

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Durante la mayor parte del siglo XIX mexicano, la sociedad estuvo atenta al llamado de las armas, para responder con el fusil en la mano o esconderse del reclutamiento forzoso. Intervenciones extranjeras, guerras intestinas, pronunciamientos, asonadas y motines fueron el pan de cada día. El “mexicanos al grito de guerra” del himno nacional compuesto en esos años, nos representaba a la perfección; al mismo tiempo, nuestra historia patria se llenó de los héroes y villanos de las diversas batallas de aquel agitado siglo. La edición de BiCentenario que tiene en sus manos busca explicar y entender a esta sociedad armada, no sólo a las figuras preponderantes de los ejércitos en conflagración, sino también al soldado anónimo que dio su vida por la formación de este país.

Abrimos este número con el artículo de Eduardo Orozco, quien cuestiona que en la guerra de independencia se enfrentaran dos grupos bien definidos: realistas e insurgentes. Orozco nos demuestra que la ecuación no es tan simple, que los jefes y oficiales de cada bando tuvieron más en común de lo que a simple vista parece. Para sostenerlo, revisa los diversos cuerpos armados que la corona española organizó hacia fines del siglo XVIII para Nueva España. De ellos salieron los jefes que organizaron al “ejército” insurgente.

Omar Urbina continúa el análisis, ahora con los soldados que constituyeron los primeros contingentes armados del México independiente. Presenta la constante pugna entre las milicias locales y el ejército permanente, y cómo esta se intensificó con el cambio de sistema político, pues los federalistas apostaban por las milicias compactas y regionales, y los centralistas buscaron en el ejército profesional el baluarte que garantizara “la seguridad interior y la defensa exterior”; como veremos, todo quedó en buenas intenciones.

Entonces surge una pregunta: más allá de las leyes que buscaron uniformar y reglamentar a las fuerzas armadas, ¿cómo se comportaron en la práctica? Tres textos llevan al lector al campo de batalla sin el peligro que esto supone. Así, Francisco Vera estudia el intento de reconquista española de 1829, cuando las tropas mexicanas, mal vestidas y mal comidas pero bien comandadas, repelieron el ataque del brigadier español Isidro Barradas. Carlos Arellano hace lo propio con la guerra de Reforma, en que el ejército profesional, dirigido por generales conservadores, sitió la ciudad de Veracruz, sede del gobierno liberal encabezado por Benito Juárez. En ambos textos encontramos a los oficiales, la tropa, el armamento y los pertrechos bélicos y nos adentramos en los caminos y fortificaciones militares. En el tercer texto, seguiremos al guerrillero-bandido Antonio Rojas en sus andanzas por el occidente del país y veremos la importancia de su participación bélica en el triunfo de los republicanos sobre el imperio de Maximiliano.

El siguiente tema que aborda la presente edición es la educación castrense durante la llamada “pax porfiriana”. Sin guerras internacionales, ni el levantamiento y movilización de grandes contingentes armados, se atendió a la educación de jóvenes cadetes. La modernización del Colegio Militar en 1901 y la apertura de la Escuela Militar de Aspirantes en 1905 fueron acciones encaminadas con este fin. Gustavo Helguera presenta una entrevista hecha al general Rodolfo Casillas, quien en su juventud pasó por las aulas de ambas escuelas. La entrevista nos lleva de las elegantes cenas de fin de año con el general presidente Porfirio Díaz, a la división social que nutrió a la revolución mexicana. Podemos agregar que el general Casillas debió de tener en las manos la Revista del Ejército y Marina, surgida en 1906 para la enseñanza y difusión de los avances científicos del sector intelectual de la Secretaría de Guerra, y que es objeto del artículo de Víctor Salazar.

En la actualidad, las fuerzas armadas son parte de nuestra sociedad, ya no como una corporación escondida en los cuarteles, sino como una institución vigilada, hasta cierto punto, por la ciudadanía; pero esto no fue siempre así. César Valdez revisa las pruebas y retos que la institución ha enfrentado desde 1990 ante la opinión pública, así como las políticas de los distintos niveles de gobierno para hacerla más eficientes y eliminar la terrible corrupción que la ha envuelto durante años.

Si usted, lector, desea acercarse más al fenómeno militar desde el punto de vista académico, lo invitamos a leer el artículo del mayor retirado Antonio Campuzano sobre el Archivo Histórico de la SEDENA. Ahora, si lo que prefiere es el punto de vista artístico, el artículo de Samantha Pérez lo llevará a la guerra de los Pasteles (1839), a través de la interesante historia de un grabado que forma parte de la colección del Museo de Arte de Veracruz, y el cuento de Kenji Hernández lo pondrá al tanto de la historia de un militar que prefirió asistir a las fiestas de su pueblo que atender al llamado de sus superiores.

Así está edificado este número de BiCentenario. Sólo nos resta agradecer al Seminario de Historia Militar y Naval por sus valiosas aportaciones y esperar que, al terminar estas líneas, el lector interesado decida continúar con las demás páginas.

Hasta la próxima edición.

Norberto Nava B.

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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

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Los desencuentros del Estado mexicano con la Iglesia católica tuvieron su punto de inflexión en la primera mitad del siglo pasado, pero no fueron los únicos. Hacia 1865 Maximiliano intentaba acercarse al clero, que lo veía con absoluto recelo. El emperador propugnaba la identificación del régimen con la imagen de la Virgen de Guadalupe ya incorporada por los sectores populares como parte de la identidad mexicana. Necesitaba una manera de encontrar un punto de unión, a pesar de los conflictos internos, y ese pretendía que fuera su estandarte. La peregrinación del 12 de diciembre de ese año y la ceremonia religiosa en la que participó fueron parte de los intentos de convertir a la virgen en insignia de la corona y elemento legitimador en el plano religioso. Lo simbólico, que siempre ha formado parte de las acciones políticas, lo entendió el clero mexicano, y su cabeza papal en Roma, a tal punto que ante la reforma liberal que encarnaba el emperador prefirieron, desde su visión conservadora del mundo, que la relación declinara, aunque sin llegar a confrontarse. Esto se decantó desde el momento en que comprendieron que tampoco recuperarían los bienes eclesiásticos ni mucho menos los fueros. La alianza frustrada terminaría por dar la razón a los hombres del clero cuando dos años después comprobaban cómo se derrumbaba aquel emperador sin aliados.

Queremos abrir este nuevo número de BiCentenario con las desavenencias que hacen al ejercicio del poder y que tocan en el plano de la política otros dos momentos intensos en las conflictivas décadas del siglo XIX.

Para que Maximiliano pudiera hacerse del poder político, el ejército francés consiguió en 1863 arrollar en sólo dos meses las resistencias poblanas con base en un ejército preparado, superior en número y equipamiento. Enfrente tenía a un contingente local sin entrenamiento, ni dinero y hasta con sectores monárquicos que no lo respaldaban. Sin embargo, estos hombres derrotados y que lograron sobrevivir continuaron batallando, como se relata en el texto, y en los años siguientes participarían en las resistencias para acabar con el imperio francés en 1867.

La siguiente discrepancia que aborda este número refiere a cómo se legitima un triunfo político. Se sabe que Agustín de Iturbide presentó en sus memorias de 1823 como un paseo triunfal la conquista final de la independencia. Según este relato no hubo sangre, ni incendios, ni robos, se trató de un comportamiento ejemplar de los soldados. Los hechos que aquí presentamos nos indican que la historia fue otra. O que al menos se puede mirar con otra óptica. Y sin bien esa revisión del ingreso de las tropas a la ciudad de México no está en las antípodas de lo que decía el líder del ejército trigarante, la sangre sí se derramó, los muertos y heridos sí los hubo, y la población padeció una crisis en algún momento por la escasez de alimentos.

Esta edición de la revista se alimenta también del detallado proceso por el cual los jóvenes adolescentes se fueron incorporando a la educación en los albores del siglo XX. El objetivo planteado era reconfigurar a México entre las naciones modernas, y para ello retomaron el trabajo de las organizaciones protestantes que estaban influenciadas por los trabajos de psicólogos, pedagogos y médicos provenientes de escuelas estadunidenses. Porfiristas, revolucionarios y hasta el cardenismo, posteriormente, fueron incorporando a la educación a estos jóvenes con su visión particular. Fueron contextos sociales y políticos diferentes en los que fueron incorporados, y que como dice la autora de este texto, nos llevan a reflexionar sobre el papel de los determinantes culturales en la configuración de las modernas nociones de adolescencia.

Dos personajes de la cultura recuperamos en esta oportunidad en BiCentenario. Primero, Saturnino Herrán. El pintor que abrió la escuela mexicana de pintura en los inicios del siglo XX y que consolidarían más adelante los renombrados artistas del muralismo. Una jovencísima muerte truncó la posibilidad de que su obra plástica cumpliera la proyección que ya se le esperaba dentro de las figuras más destacadas del mundo artístico. En segundo lugar, presentamos la vida en el teatro de María Conesa. Una artista española idolatrada tanto por porfiristas como por revolucionarios. Que por lo mismo sufría intimidaciones y debía ausentarse del país. Era vitoreada aquí como en Cuba o Estados Unidos. Sólo la aparición del cine puso freno a su creatividad.

Cerramos esta descripción de la rica variedad de textos que se encuentran en esta edición de BiCentenario con una entrevista al general Antonio López de Santa Anna, en su último exilio en Colombia. Encontrado por un periodista estadunidense, el exdictador vivía un momento de tranquilidad, dedicado a la agricultura y a confraternizar con sus vecinos, pero que en el plano de la política era reacio a la autocrítica, si acaso condescendiente con sus errores de juventud, y de lenguaje antiestadunidense.

En estas páginas hay más relatos por descubrir de las historias siempre estimulantes del país. Las de ayer, principalmente, y las que se construyen en el día a día. Hasta la próxima.

Revista BiCentenario

Editorial

Darío Fritz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Cada pueblo se arma con sus mejores riquezas económicas y culturales para desarrollarse, crecer y presentarse ante el mundo. Las materias primas fueron el hilo productivo desde el cual México  fue cimentando su progreso, acompañado con el tiempo por las manufacturas de elaboración propia. Pasada la mitad del siglo XIX ya se daban pasos concretos para que el cultivo del maguey de aguamiel diera lugar a una producción del pulque que con la inversión en infraestructura permitiera llevarlo a la mayor parte posible de los rincones del país. El proceso productivo venía del siglo anterior y aunque tuvo un impulso destacado a finales del porfiriato cuando se consolidó la “aristocracia pulquera”, fue después de 1860 que se buscó afianzar su producción. Aquello fue una de las experiencias exitosas para potenciar el impulso científico y empresarial de la incipiente agroindustria nacional, que a finales de ese siglo se convertiría en un importante negocio con gran impacto tanto en la fiscalidad como en la sociedad capitalina, como nos dice Rodolfo Ramírez Rodríguez, en el texto que abre este último número de BiCentenario de 2016.

Pero el progreso que se construía a marchas forzadas por las propias carencias de un país en formación, encontraba también en su ascenso abusos de un capital empresarial que acumulaba, pero escasamente repartía, especialmente entre sus trabajadores. Un caso fue el de los hacendados henequeneros de Yucatán, a los que Porfirio Díaz fue a respaldar en 1906 cuando se acrecentaban desde cuatro años antes las denuncias de malos tratos laborales y prácticas esclavistas. El dictador tuvo un viaje “memorable”, según las crónicas periodísticas, en el que participó en inauguraciones de obras públicas y fiestas de la alta sociedad de la península. Los empresarios lo recibieron con los brazos abiertos y así los defendió. Aquella falta de sensibilidad ante los problemas sociales continuaría por varias décadas. El relato que nos hace la maestra Adela Alfaro de Aguayo, en dos entrevistas recuperadas de los años setenta, es una lacerante postal de los tiempos de injusticias y persecuciones previos y posteriores a la Revolución.

En el siglo xx las preocupaciones sociales mexicanas tuvieron diversas trazas. Hacia 1920, el alcohol se había transformado en un problema muy serio que se intentaba combatir siguiendo las experiencias estadunidenses de misioneros y grupos civiles protestantes. Los mensajes impresos en periódico y manuales, con fotografías, caricaturas, carteles y folletos fueron las mejores herramientas de los gobiernos revolucionarios, respaldados en el boca a boca de las medidas que se podían adoptar para que la adicción dejará de ser un problema de salud, relata Cecilia Autrique Escobar. El discurso de las campañas dejó una impronta discriminatoria racial que apuntaba a indígenas y pobres.

Al mismo tiempo, se acercaban por entonces las elecciones presidenciales donde Venustiano Carranza apostaba por un desconocido para suplirlo, Ignacio Bonillas. La medida no dejó de causar escozor y molestia en hombres que se sentían “candidatos” como Álvaro Obregón y Pablo González. La prensa jugó allí un papel destacado, dejando ver que la participación de los medios de comunicación en la imposición de aspirantes políticos es un antiguo fenómeno que se ha ido perfeccionando con el tiempo.

En esos años 20 donde la pluralidad no era parte de la cotidianeidad del país, un grupo de jóvenes crecía por su movilidad y participación. La Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de actuación destacada en tiempos de la guerra cristera, floreció en aquella década con la idea básica de su fundador, el jesuita Bernardo Bergöend, de devolver a la Iglesia su influencia en la sociedad, nos explica Ariadna Guerrero Medina. Aquel perfil participativo y protagonista tuvo que sosegarse pronto, muy a pesar de su reticencia, a los nuevos tiempos de negociaciones y convivencia entre el Estado y la Iglesia.

Y en la medida en que las luchas políticas fratricidas se fueron apagando, nacían otras por obtener apertura ante un Estado resistente al disenso. Los conflictos se llevaron a las calles para reclamar democracia, participación política y estudiantil, mejoras laborales, y ya más tarde hacia fines del siglo XX los reclamos por derechos civiles como la comunidad lésbico, gay, bisexual, travesti, transgénero y transexual (LGBTTT). A partir de 1978 comenzó a visibilizarse y lograr un reconocimiento de derechos y aceptación social que al cabo de los años muy pocos sectores aún ponen en duda.

Este BiCentenario 34 retoma la figura de José Juan Tablada y su trabajo silencioso por llevar la cultura mexicana a los círculos intelectuales neoyorquinos en unos años –décadas del veinte al cuarenta– donde México tenía mucho que ofrecer –Rivera, Siqueiros, Orozco, entre otros–, ante los prejuicios reinante por entonces en la capital cultural estadunidense. De los archivos de la memoria fotográfica de la Hemeroteca Nacional recuperamos los trabajos de Manuel Gutiérrez Paredes, Mariachito, conocido por sus retratos del movimiento estudiantil de 1968, pero escasamente recordado por sus imágenes de la marginalidad capitalina, los desastres naturales, las figuras del cine y los deportes, o de presidentes como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.

Así está edificado este nuevo número de BiCentenario. Algunas perlitas que aquí no narramos, quedan para que las y los lectores las descubran entre un centenar de páginas. Hasta la próxima edición.

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

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Hubo un tiempo, entre finales del siglo XIX y la primera década de 1900, en que el maíz, el frijol y los chiles no estaban bien vistos en la mesa de algunos mexicanos. Las élites gobernantes, preocupadas por contribuir al progreso nacional, consideraban, sin conocimientos científicos que lo acreditaran, que se debía modificar la precariedad en los hábitos alimentarios de los sectores populares, especialmente campesinos e indígenas. El prejuicio sociocultural intentó aportar nutrientes con la introducción del trigo en sustitución del maíz. La tortilla, se argumentaba, debía pasar a segundo plano para darle prioridad al consumo de panes y galletas. Sin embargo, la alimentación del pueblo permanecía arraigada en sus tradiciones. Tortillas, frijoles, manteca, hortalizas y algunas frutas circulaban con normalidad, como parte de lo que hoy llamamos canasta básica. Y sí incorporaron el trigo a sus tradiciones alimenticias, pero sin dejar al maíz de lado ni su lugar prioritario. Así fue como nació la torta en Puebla, invento de una vendedora de chalupas para ofrecer el refrigerio a los trabajadores industriales.

Las décadas que van de 1920 a 1940 tuvieron un ingente esfuerzo del Estado, asociado a la higiene y la salud, por tratar de mejorar la dieta de los estratos populares, en tanto se revalorizaba la tradicional cocina mexicana como parte de la cultura nacional. Si la sopa de tortilla o el mole de guajolote habían dado a conocer al mundo una pizca de la nutrida gastronomía mexicana, ¿por qué no sumarla a nuestra identidad?, razonaban algunos. El debate se atenuó cuando los análisis científicos de los nutrientes alimenticios dieron cuenta de que los sectores populares no comían mal, sino que subyacía otro problema: su poder adquisitivo les impedía el acceso a más productos necesarios para enriquecer la dieta. La batalla por afianzar el chile, los frijoles y el maíz como base de la cocina nacional estaba ganada.

La tradición de la comida mexicana, que tanto nos identifica como país, se ha preservado gracias a las costumbres transmitidas por generaciones, sin importar pertenencias sociales, aunque especialmente sostenida por los sectores populares. Los mismos que han conservado los hilados, las artesanías en barro, cerámica o madera, la técnica de los colores naturales, las lenguas de los pueblos originarios o las construcciones de las civilizaciones que precedieron al México de hoy. Un ejemplo de cómo esa identidad se preserva está en las manos y la imaginación de los muralistas que descollaron hacia la mitad del siglo pasado. Diego Rivera atesoró identidades y tiempos sociales en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que el arquitecto constructor del Hotel del Prado le encargara para el interior del edificio en 1947. Su rica historia, que en este número de BiCentenario albergamos, nos habla de dos grandes coincidencias que lo hacen permanecer hasta la actualidad: por un lado, un arquitecto y los propietarios del hotel buscaron que los muralistas representaran la historia e identidad de una cultura; en segundo lugar, un devastador terremoto como el de 1985, que destruyó el edificio pero no la obra, y así se pudo recuperar para continuar su exhibición en el museo que lleva el nombre del pintor y muralista.

El cine, de identidad más cercana por los tiempos en que se desarrolló –poco más de una centuria–, tuvo un momento que marcó su florecimiento e impactó fuera de las fronteras nacionales, hacia la mitad también de los años cincuenta del siglo pasado. En este número lo reflejamos en las escenografías en que la naturalidad arquitectónica y mundana del centro de la ciudad de México se manifestó en decenas de filmes. Pero también en una película convertida ya en un mito, Viridiana, de Luis Buñuel, que apuntalara a Silvia Pinal como una de las figuras del cine nacional.

Detrás de un tema de acuciante actualidad, como el de los migrantes que intentan cruzar a Estados Unidos, el muro de cemento y lámina construido por las autoridades estadunidenses ha puesto un freno relativo a millares de personas que logran traspasarlo. Su inicio está en la ciudad de Tijuana, lugar donde se ha establecido desde hace más de dos décadas una identidad fronteriza propia, expresada en una cultura cosmopolita de múltiples vertientes trasnacionales que se ha quedado para siempre.

Otros temas de corte político documentan también este número de BiCentenario. Por un lado, la dominación de españoles y mestizos sobre Campeche para apropiarse de las tierras mayas, dando lugar a varias décadas de conflictos bélicos. En otro aspecto, el bandolerismo que hacia 1850 asolaba los caminos del país, con su cuota de historias tanto románticas como crueles, y un fenómeno de inseguridad que en otras formas perdura hasta la actualidad. Asimismo, les relatamos los meses cruciales que llevaron al primer acuerdo para frenar la guerra cristera en 1929, y el rol destacado de negociadores dispuestos a alcanzar una paz duradera.

Más perlitas quedan por descubrir en este número. Las dejamos a su curiosidad.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 40.

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Remar a contracorriente requiere de fortalezas inusitadas, vehemencia, templanza y un compromiso imperturbable con la razón que lo mueve. Algo así atesoraron una serie de hombres de las letras que en 1920, en pleno proceso de afirmación posrevolucionaria y de creación del discurso nacionalista que legitimaba al nuevo régimen y cohesionaba al país, se propusieron integrar a México al mundo con apertura de pensamientos e ideas, en un afán cosmopolita. Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José y Celestino Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Gilberto Owen fueron algunos de esos intelectuales que plantaron cara a una estructura simbólica del pensamiento oficial que justamente hacía hincapié en la frontera entre lo mexicano y las demás culturas.

Los Contemporáneos, como se hicieron llamar, no recalaron en manifiestos que los pudieran definir ni legislaciones que fueran a romper un orden, sino que intentaron convencer tanto a sus audiencias como a las autoridades, y sí que lo lograron si nos atenemos a sus nombres aún vigentes y necesarios para definir la historia de las letras y la intelectualidad en el país. Se aceptaron como parte de su sociedad, para promover la cultura, las artes y la literatura local. Las publicaciones impresas fueron el motor del grupo. Ulises. Revista de curiosidad y crítica y más tarde Contemporáneos, sirvieron para dar a conocer textos de Federico García Lorca, Juan Bautista Alberdi, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges o T.S. Eliot y Paul Valery, pero también las pinturas de Salvador Dalí, Pablo Picasso, Joan Miró o la fotografía de Sergei Eisenstein. Incluso el teatro, bajo el mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado, tuvo en la impronta de los Contemporáneos la exposición de autores desconocidos por entonces.

Nacido como un grupo de amigos, y con una formación educativa similar, supieron combinar la difusión de la cultura mexicana con la incorporación de aquellos autores extranjeros de alta calidad, pero también gracias a una combinación de relaciones en el gobierno –varios de ellos participaron en la diplomacia, la política y la educación-, que les permitió convertirse en referencia intelectual. Son justificadas razones, sin duda, como para que la cuadragésima portada de BiCentenario esté dedicada a estos verdaderos referentes de una mirada contracultural como pocas veces se ha visto en el país.

La identidad, que no es otra cosa que el sentido de pertenencia, en el caso de la cultura entre la decada de 1920 y 1930 la supieron dar aquellos escritores, dramaturgos, poetas, editores, pero también la encontramos, con otros rasgos y en diferentes tiempos. Como aquella que supieron forjar lo cinco hermanos Rousset Montoya como hombres y mujeres arrojados a la causa revolucionaria de 1910, o más atrás en siglos, las pinturas de castas en Nueva España.

¿Por qué decimos esto? La toma de conciencia social y política de los Rousset en Puebla, al igual que la de sus vecinos, los Serdán Alatriste, fue la de miles de mexicanos que cansados de atropellos se sumaron a la lucha antirreeleccionista, y aunque terminaron sus vidas de forma sencilla y con carencias económicas, optaron por dar su aportación para un mejor futuro de igualdad para todos.

Otros verdaderos documentos para moldear la identidad fueron las mezclas raciales de mestizos, indígenas, blancos y negros durante el siglo XVIII en la América española expresados en las pinturas de castas. Aquí lo traemos a colación en las obras de Miguel Cabrera o Juan Patricio Morlete, entre otros, los primeros quizá en darle forma y color a los rostros de una nueva sociedad en formación y dejar así constancia. De aquellos días a los presentes, se ha ido conformado la pluriculturalidad mexicana, como pocas en el mundo.

Estos trazos culturales que podrán encontrar como lectores en este número 40 de BiCentenario, tienen también referencias en la recuperación de los años exitosos de la televisión, la radio, el cine, a partir de los años ‘50 del siglo pasado con los retratos de las celebridades del mundo del espectáculo en la fotografía de Humberto Zendejas.

Por su parte, Kathryn Blair, la autora de A la sombra del Ángel, la biografía novelada sobre su suegra Antonieta Rivas Mercado –sí, la misma que alentó las obras teatrales de los Contemporáneos–, hace un recorrido por su vida personal hasta adentrarse en un tardío éxito en la literatura.

Esta edición se involucra en el análisis de las complejas relaciones bilaterales México-estadunidenses, en esa simbiosis permanente y necesaria, entre pasado y presente, y plantea la pregunta acerca de Donald Trump y su discurso xenófobo y antimexicano: ¿la responsabilidad sólo recae en él?

Hay mucho más por descubrir en este BiCentenario, incluso un Benito Juárez desconocido, de identidad simulada, que perdió su clásico traje negro. Hasta la próxima.

Darío Fritz

Editorial

 En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 39.

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Cuatro décadas atrás, una reforma política y electoral, a la que luego seguirían otras diez de distinto tipo que dieron lugar a modificaciones constitucionales y legales, para establecer cuotas de género, nuevos requisitos para los partidos políticos y el voto de mexicanos en el extranjero, sentaría las bases para la transición a la democracia en el país y daría lugar al anhelado pluralismo político acotado por las elecciones condicionadas y amañadas.

La reforma de diciembre de 1977 tiene mucho de fecha toral, un hito que marca el antes y el después de la incipiente democracia mexicana, precedida por las constantes luchas por la participación de la sociedad civil y organizaciones políticas frustradas por la maquinaria de la censura, la proscripción (en el caso del Partido Comunista Mexicano) y la represión donde no se pueden olvidar los encarcelamientos por razones políticas y las muertes que ocasionó.

Más centrada en la gradualidad de los cambios que en la radicalidad, porque en realidad se daba en un contexto político que no miraba a largo plazo ni en establecer una verdadera república, sino en generar parches ante una creciente crisis económica y de legitimidad del gobierno de José López Portillo, la reforma de aquel 6 de diciembre permitió canalizar la lucha política a una arena más o menos pacífica como la del sufragio, no obstante la permanencia de los enormes problemas sociales y económicos.

A pesar de las imperfecciones durante estas cuatro décadas –denuncias de fraudes, manipulaciones o inequidad–, diseccionar cómo fue concebida la reforma de 1977 y las vicisitudes por las que atravesó en ese año hasta su concreción –recordemos que algunos sectores políticos y sociales no la aceptaban–, ayuda a comprender el lento proceso que ha recorrido la democratización de la participación electoral.

Este aporte de BiCentenario para analizar los inicios de un momento clave de la vida política contemporánea de México, quizá poco recordada –no hemos visto que fuera motivo de análisis o debates–, se da en el contexto de un año electoral que también puede ser un parteaguas ante la incertidumbre de hacia dónde dirigirá la ciudadanía sus preferencias electorales.

Pero también BiCentenario se alimenta de otros tiempos históricos mexicanos, menos políticos en algunos casos, y más ubicados en el terreno de las contribuciones personales e institucionales.

Qué fue, por ejemplo, de la protección de los mexicanos que después del Tratado de Guadalupe Hidalgo quedaron a merced de las leyes estadunidenses en los territorios perdidos hace 170 años. La diplomacia de Luis de la Rosa, Miguel Atristáin, Bernardo Couto y Luis G. Cuevas intentó que aquellos compatriotas tuvieran igualdad, no sólo los derechos civiles, políticos y religiosos sino también que se respetaran sus propiedades. El Protocolo de Querétaro, en la última etapa de las negociaciones, puso acento en aquella preocupación. Si la estrategia negociadora del presidente James K. Polk los contemplaba o no, nos habla el texto de la doctora Ana Rosa Suárez Argüello.

La lucha por la emancipación, como en gran parte de nuestros números, tienen un espacio de atención especial. En este caso nos adentramos a revisar el destacado papel que tuvo la gestión del virrey Félix María Calleja, como el militar avezado que pondría freno, por algunos años, a los sueños de libertad. Calleja resucitó a Nueva España del “cadáver político” que era por entonces, según sus propias palabras, y al ejército “desnudo, mal armado y en la miseria” lo reorganizó para sostener al régimen. José María Morelos moriría frente a un pelotón de fusilamiento del virrey y la causa de independencia tendría que reforzarse y su triunfo postergarse, aquel militar vendría a reordenar todo el sistema defensivo español, optimizaría los cuerpos armados y los reacomodaría.

La independencia política debería estar acompañada de su similar en cuestiones económicas. Pero esto pocas veces se corresponde, y menos para una nación en formación a mediados del siglo XVIII. En medio de las crisis continuas en la construcción del Estado-nación, y las disputas entre liberales y conservadores, las deudas se comenzaron a acumular y por allí se pudieron ir colando banqueros y agiotistas que a cambio de préstamos en bonos y la especulación hundían a los gobiernos en deudas impagables. La Casa Jecker, comandada por el suizo Jean-Baptiste Jecker, supo usufructuar para su beneficio, nos relata Noé Ibáñez Martínez, aquellos años de incertidumbre política y económica. Jecker moriría en Francia a manos de los comuneros, pero el daño a las finanzas mexicanas ya estaba hecho.

Desde el terreno de la cultura abordamos en este número la explosión del uso de la imagen en el siglo xx. La imagen de un héroe o un santo laico, nos preguntamos acerca de la mutación de la figura de Pancho Villa, personaje singular de la revolución mexicana, icono incluso en el extranjero del culto por la justicia social, que lo mismo se refleja en monumentos institucionales que en el rostro incrustado a colores en bolsas de ixtle, veladoras o souvenirs. ¿Debemos tomarnos con superficialidad a quiénes dieron la vida por una causa social o es la única manera de que perduren en el imaginario popular?

Pero también desde la imagen, BiCentenario 39 recupera el trabajo que nos dejara el fotógrafo Ricardo Salazar, un profesional que entre los años cuarenta y ochenta del siglo pasado, fundamentalmente, retratara a los autores de la llamada Generación de Medio Siglo (Inés Arredondo, Ricardo Garibay, Margarita Michelena, Juan José Arreola, Jorge Ibargüengoitia, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo y José Emilio Pacheco, entre otros), y la vida del país, en especial de la UNAM, quien ha resguardado su legado.

La cultura de la imagen, de fuerte impronta en México, como en pocos países latinoamericanos, nos trae también al análisis al dibujante Julio Ruelas, un extraordinario ilustrador que en pocos años de trabajos dejó un legado artístico que aún es motivo de estudio por una admirable e inacabada capacidad de imaginación y fantasía.

Estas propuestas de lecturas quedan al sometimiento de la opinión de cada lectora y lector. Hasta el próximo número.

Darío Fritz

Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

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Ya no sólo documentos, archivos, expedientes, cartas, manuscritos, papeles. Ya no más tinta ni lecturas. En paralelo l registro impreso, voces, tonalidades, timbres, gritos, aullidos, risas y llantos. La oralidad tiene su espacio propio como Otra manera de recuperar y construir la historia. Desde antes incluso de que la imprenta plasmara con testimonios aquello que la memoria hilvanaba, su registro estaba acotado a la impresión en piedra, papel o tela. Presa de lo que letras y pinceles quisieran transmitir de ella. Sólo la imaginación  que cada uno quisiera hacer volar le colocaba tonalidad y  timbre a sus testimonios. Era su único arrojo de liberación. Cómo habrá sido la tonalidad de voz de Miguel Hidalgo anunciando la independencia, Guerrero lanzándose a una batalla, Moctezuma en diálogo con Cortés, el sonido de las descargas de los fusiles que acabaron con Maximiliano.  Será? cercana a como lo imaginaron directores de películas o actores que las interpretaron? La historia oral es hija de la tecnología y socia de las herramientas sonoras que comenzarán a construir el hombre en el siglo XX para ya no recurrir a la imaginación como interpretación de diálogos, Órdenes, anuncios, y todo aquello que la voz registra. Esas voces de las que se han tomado notas, capturadas en una cinta magnetofónica, y desde pocos años atrás en soportes digitales, relatan distintos episodios históricos, leyendas y creencias, que en este número de BiCentenario nos hemos propuesto recuperar en algunos ejemplos.

El sismo de 1985 en la Ciudad de México, rememorado recientemente por las generaciones que lo sufrieron con la tragedia de septiembre pasado, y que permite entender su alcance a los que no estábamos aquí tres décadas atrás, se relataría través de las palabras de quienes lo vivieron en la colonia Condesa, una de las varias zonas devastadas, y donde se manifiesta tanto el dolor como la solidaridad, el vacío y el silencio por los fallecidos y estructuras habitacionales derrumbadas, pero, sobre todo, por el temor y el miedo que decidió a muchos a salir de la colonia para buscar en otras delegaciones o ciudades la seguridad que ya no tenían. La soledad se apropió de la Condesa por un largo tiempo, hasta convertirse en una zona de oficinas y a la que la propia gentrificación la hizo un lugar para jóvenes profesionales. Recuerdos indelebles que sólo el tiempo permite cicatrizar.

Xochimilco tuvo un impacto relevante en el sismo reciente de 2017, relacionado con los espacios fluviales que la urbanidad desplazó en el Último siglo. A principios de 1900, con su tejido de canales de 33 kilómetros de longitud que abarcaban también Tláhuac y Milpa Alta, las vías de agua eran el centro de un comercio vivaz en el que se movían los habitantes de los barrios y pueblos ubicados a sus orillas. El hijo de uno de sus navegantes más asiduos relata, gracias a la memoria heredada de su padre, la vida diaria de entonces, del ganado que bebía de aquellos canales y de los recorridos hasta el mercado de Jamaica en anchas canoas conducidas por dos o tres remeros para trasladar a los pobladores o transportar hortalizas, verduras, forrajes y flores destinadas a la venta. Las descripciones de don Zacarías Santamaría dan cuenta de los rasgos de identidad de los pueblos del sur de la Ciudad de México a partir de la relación con el recurso del agua ?.

Las historias orales que se conjugan en este número de la revista se trasladan a 10 000 kilómetros de distancia y hasta el año 1976, para acercarnos a uno de los momentos más trágicos de una sociedad, para la cual México se convertiría en un oasis de vida consumado en el exilio. En ese año, el sangriento golpe militar argentino que se extendería por casi ocho años obligó a políticos, familias, militantes e intelectuales a buscar refugio en la embajada mexicana en Buenos Aires. Sobrevivieron a una muerte casi segura en la sede diplomática hasta lograr el salvoconducto que los trajera hasta aquí?. Fueron 68, pero algunos de ellos tardaron hasta seis años en salir de aquel encierro obligatorio. México unió a muchos de ellos no sólo por sobrevivir en espacios reducidos, relatan las víctimas de la persecución, sino por aprender a convivir pese a las profundas diferencias políticas, económicas y sociales. La protección y el amparo de la embajada era la diferencia entre la vida y la muerte.

La transmisión oral de mitos y leyendas ancestrales permite también construir una oralidad a partir de las remembranzas de viejos pobladores del Soconusco, en municipios chiapanecos. Son tres leyendas entrelazadas a partir de fragmentos de relatos inspirados en textos que publicara el arqueólogo Carlos Navarrete.

Otro personaje ubicado en el mito, más cercano a la idolatría que a la denostación es la de Ernesto Che Guevara. Recurrimos a los testimonios de jóvenes mexicanos, muy alejados generacionalmente de las cinco décadas transcurridas desde su ejecución en la selva boliviana, para conocer cómo ven ellos al personaje que se ha ido construyendo, y aquí tanto sigue influyendo como insignia y bandera de un pensamiento Autico y político o en todo caso como mercancía intrascendente de consumo.

¿Qué más queda por leer y analizar de este BiCentenario número 38? Seguramente mucho.

A quienes se interesan por revisar el proceso de emancipación pueden recorrer un periodo notable en la vida del general navarro Xavier Mina, que alentado por el encuentro con Simón Bolívar, en Haití?, llega a lo que es hoy Tamaulipas para iniciar un proceso de reconfiguración en el Ánimo derrotista independentista, luego del fusilamiento de Jose María Morelos. Con varios triunfos sobre el mejor pertrechado y más numeroso ejército virreinal, se convirtió en un estandarte para las tropas trigarantes que entrarían libertadoras a la ciudad de México en 1821.

Hacia 1898 nacía un hospital que aún hoy es cuna de formación de oftalmólogos mexicanos y latinoamericanos. El Hospital de la Luz mantiene viva una historia de excelencia que da gusto conocer, no solo como centro de aprendizaje de especialistas, sino también por mantener una tradición de igualdad social para sus pacientes, en la que no importa el sector social al que pertenezcan.

Hasta aquí estas pinceladas por descubrir un nuevo BiCentenario. Tan diverso como completo, se encontrarán en estas páginas con un pintor chiapaneco que echaóa raíces en la Aguascalientes del porfiriato, la narcocultura de nuestra vida diaria de la que no podemos evadirnos y hasta un fantasma con más de un siglo de vida.

Darío Fritz

 

Editorial #37

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

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En un México como el de la mitad del siglo XIX en el que dominaban los privilegios de las corporaciones militares y eclesiásticas, aunado al poder económico de comerciantes y grandes propietarios, la emergente clase media de pequeños propietarios y profesionales encontró en hombres clave para ese momento como el jalisciense Mariano Otero, figuras visionarias en la construcción y dirección de un país con mayores igualdades, federalista y en el que los derechos individuales fueran respetados.

Hace 170 años, este brillante jurista y político impulsó y logró incorporar en las discusiones que dieron lugar al Acta Constitutiva y de Reforma de 1847, el Juicio de Amparo, plasmado como un instrumento del liberalismo jurídico decimonónico para garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, y que hasta el día de hoy representa el principal recurso jurídico al que han recurrido diversos sectores sociales para obtener una aplicación de la norma acorde con los principios de la Constitución.

Aunque puesto en vigencia seis años antes en la Constitución Política de Yucatán, por el jurista Manuel Crescencio Rejón, el amparo tuvo alcance nacional a partir del Congreso Constituyente y Extraordinario de 1846-1847 que debía elaborar una nueva carta magna, y en el que Otero, representante por Jalisco, fue su principal impulsor. Desde entonces, ha sido un medio constitucional por excelencia dentro de la estructura jurídica, abarcando temas tan diversos como la materia civil, penal, administrativa y laboral. En la actualidad es uno de los recursos legales más socorridos y que contribuye a que el poder judicial se considere uno de los pilares más confiables de las instituciones mexicanas.

BiCentenario dedica este número especial a Mariano Otero como hombre indispensable para entender la consolidación de las instituciones a partir de aquel documento constitucional que redactó junto a un grupo de legisladores que entendían que en México la distribución del poder se debía ampliar y ya no podía ser propiedad de unos pocos sectores. Que los estados recobraran la soberanía interna, asociados bajo la forma federativa, y que se incorporaran los derechos individuales, en los cuales el de amparo sería su garantía fundamental, eran pasos concretos establecidos en la Constitución promulgada en 1857.

Que Otero fuera una de esas figuras prominentes de la transformación política del país, tenía que ver con su formación en una Guadalajara entonces liberal y federalista, renuente a los privilegios sociales, que sí se veían en la ciudad de México. Jurista estudioso y profundamente crítico, fue la cara quizá más visible, o la que ha logrado perdurar a lo largo del tiempo, de un grupo de personalidades  (Mariano Riva Palacio, Ignacio Cumplido, Juan Manuel González Ureña, Manuel María Gaxiola, Francisco Elorriaga o Luis de la Rosa, entre otros), que luchaban contra el antiguo conservadurismo y pretendía darle otro rumbo al país. Otero consideraba imperioso introducir orden y unión en la política, mejorar la economía y la recaudación, aplicar justicia en la repartición de los impuestos, reorganizar la fuerza militar con buenos cuadros de jefes y oficiales, disciplinados y fieles. Pregonaba por el fin de las ideas monárquicas y antiindependentistas, a las que el clero contribuía con su poder intocable y criticaba a la prensa servil a esos intereses.

El joven legislador mostraba su desazón, se aislaba, según decía un año antes de morir, para no mezclarse con la mala política de entonces. Prefería limitar su actividad política a votar en el Senado a conciencia. Pero ese desánimo circunstancial era propio de su compromiso. Otero se interesaba en el rumbo político de México, aunque también era un hombre que formaba parte del ambiente intelectual de la época, asiduo a las discusiones y debates en tertulias, miembro de la Academia de Letrán, creador de un órgano político como El Siglo Diez y Nueve. “Nos hemos propuesto publicar el presente diario, cuyo objeto más esencial será el de calmar las pasiones agitadas con tantos años de inquietudes, promover la unión de todos los mexicanos e indicar lo que creamos conveniente a nuestra regeneración política”, escribía en su primer número de octubre de 1841. Así como el Congreso sería el foro desde el cual defendería sus principios, el periodismo fue el vehículo para dar a conocer su particular visión del México de entonces.

El Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la república mexicana, que escribiera en 1842, sería un texto fundamental para entender cómo analizaba el momento político y económico. Allí hablaba de la clase media que debía emerger como “el principal elemento de la sociedad” el verdadero germen del progreso y el ingrediente político más natural y favorable que pudiera desearse para la futura Constitución de la República”.

A Mariano Otero se le recuerda por su paso como congresista, las controversias y argumentos por contar con un régimen legal orientado a defender las garantías y derechos de los ciudadanos, ante las injusticias y abusos de los funcionarios públicos. Tuvo también un breve paso en la administración pública como secretario de Relaciones Exteriores del presidente José Joaquín de Herrera. Fue en un momento crítico para el país, cuando la derrota en la guerra contra Estados Unidos marcaba el ánimo general, la economía estaba en mal estado, el ejército desbaratado y la reconciliación entre los mexicanos era indispensable. Los asuntos a los que se enfrentó no fueron menores como el retiro de las tropas estadunidenses de la aduana de Veracruz y la problemática de los mexicanos que se quedaron en los territorios comprendidos en el tratado de paz.

En el recuerdo de Mariano Otero y su legado vale precisar cuánto sacrificio le implicó también, aún y a pesar de su búsqueda pacífica y conciliatoria por la unidad nacional y un cambio de mentalidad, que sus ideas progresistas lo condujeran a la cárcel en 1842. Allí aprendería cómo se podían violar leyes y derechos civiles sobre las personas. De cómo abusa una autoridad sin límites, especialmente sobre el ciudadano común y corriente. Ese encarcelamiento sería el origen de una permanente dedicación por diseñar un código de garantías y derechos que defendieran al ciudadano, y resultar su herencia fundamental para generaciones de mexicanos: el Juicio de Amparo.

La primera sentencia de un juicio de este tipo, tras su incorporación a la carta magna de 1857, se resolvió en una hoja. En la actualidad contienen centenares de páginas. Se ha vuelto una instancia jurídica compleja, a tono también con los cambios sociales de los últimos 170 años. El peligro de transformarse en elitista, alejado de los conocimientos mayoritarios de la población, comienza a ser señalado por algunos estudiosos. Este homenaje de BiCentenario a Mariano Otero trata de recuperar las vicisitudes de un hombre visionario, pero también es una invitación a atesorar y cuidar aquello que se considera imprescindible para nuestra convivencia diaria y una garantía de igualdad ciudadana.

Darío Fritz

 

Editorial # 35

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

La historia lineal de los vínculos entre las naciones parece necesitar de algunos nudos y enredos que las paralizan por un tiempo hasta encontrar quiénes los desaten para inyectarle mayor energía y volver a avanzar sin piedras ni lodos que la atoren. En ese lapso de marañas abunda el griterío y el desentendimiento, la amenaza de la fuerza y el golpeteo incesante de la descalificación. Desde una de las trincheras se lanzan fuegos artificiales que obligan a agazaparse del otro lado, hasta que la pólvora deje de iluminar el cielo por cansancio de los artilleros o pérdida de eficiencia. Juegan al límite, pero en el fondo la pólvora sirve para intentar imponer condiciones, aunque no caerá a tierra. Podrá haber daños, pero no destrucción. Las necesidades de convivir están implícitas y terminan por imponerse. Que de la noche a la mañana una parte quiera hacer responsable a la otra de sus propias carencias o imponerse, habla de una estrategia antigua y repetida. Después de varias décadas de vivir en una vecindad en armonía, México se encuentra con que el vecino estadunidense ya no quiere que las hojas del árbol que los divide le caigan a él y de paso pretende tirarle por encima de la barda lo que no le sirve. El nudo y los enredos han vuelto a instalarse. En la década de 1920 pasó algo similar. Y el discurso y la vocinglería fueron bastante semejantes a los de hoy. Había xenofobia, racismo, prejuicio y desconfianza. Los factores políticos y económicos alimentaban el distanciamiento. El político se llamaba anticomunismo; el económico, petróleo y tierras. Se criticaban el atraso y la pobreza, la capacidad de gobernar, los orígenes étnicos y la falta de justicia. Hoy se habla de robo de mano de obra, se criminaliza a migrantes y hasta se proponen militares extranjeros para combatir el narcotráfico. La diplomacia de Washington alucinaba con una confabulación mexicano-soviética que instalaría el comunismo aquí y por ende en Latinoamérica, una amenaza para la Doctrina Monroe. La mirada de entonces era la de hombres anglosajones y protestantes, una vieja guardia republicana convencida de la superioridad moral, cultural y económica de Estados Unidos, nos dice María del Carmen Collado, lo cual no dista demasiado de la que se ve en estos días en Washington. El conflicto se resolvió cuando se avizoró una guerra innecesaria y las voces más moderadas pudieron imponerse. Aquella experiencia que abre la portada de esta edición de BiCentenario ameniza el análisis del presente y puede servir de proyección de una vecindad seguramente distante para los próximos cuatro años.

Después de aquellos desencuentros vino una crisis económica como la de 1929, que ubicó como uno de sus blancos a los migrantes mexicanos que llegaron en grandes cantidades tras la primera guerra mundial para trabajar en la agricultura, el tendido del ferrocarril y la industria. La prisión y fuertes multas fueron las dos armas que se esgrimieron para despojarse de ellos. Su economía ya no los necesitaba. La participación de un cónsul en Los Ángeles con sensibilidad para afrontar el problema y creatividad para resolverlo fue relevante aquel año. Rafael de la Colina organizó la repatriación de más de 30 000 mexicanos que vivían en California para llevarlos hasta Guadalajara, Guanajuato y la Ciudad de México. Su testimonio agudo describe las mismas dificultades del migrante de hoy en Estados Unidos o en tantas partes del mundo: discriminación, explotación laboral, desconocimiento, indefensión y olvido.

Como contraposición, en la otra punta de cualquier escala comparativa, estaban actrices y actores mexicanos que intentaban destacar en Hollywood por esas fechas. Dolores del Río, Guadalupe Vélez y Ramón Novarro pudieron dar cuenta de una migración exitosa, aunque temporal, y a la que a pocos se le ocurría reprochar. Una muestra de que el tema migratorio es un fenómeno de la pobreza.

A la mirada exterior le sigue el espejo propio. En México hubo en el último siglo poblaciones migrantes que recibieron un trato similar al que se ha documentado para los mexicanos al norte del río Bravo. Lo vivieron los chinos en la primera década del siglo xx y ahora los centroamericanos. Sin embargo, esto no es lineal. Otros inmigrantes como los húngaros, que llegaban hacia fines del siglo XIX y principio del XX, pudieron establecerse sin inconvenientes y aprovechar el desconocimiento que se tenía de México en su país para promocionarlo, aunque implicara ocultar una realidad abundante en inequidades.

Los años de la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos del siguiente han sido ricos en circunstancias y hechos que fueron moldeando cambios relevantes. A partir de historias personales relatamos en este número de BiCentenario el aporte a la medicina militar que dio el médico Francisco Montes de Oca con su insistencia en ofrecer una mejor atención de las enfermedades y avances en la salubridad, hasta llegar a crear en 1881 la Escuela Práctico Médico Militar (EPMM). Otro caso a destacar se sitúa en Yucatán y lleva el nombre de Pedro Guerra. La casa de fotografía que abrió en 1877, a la que se sumaría su familia posteriormente, retrató durante 90 años a generaciones de yucatecos y los acontecimientos de la península. Hoy es parte de un acervo que lleva su nombre con más de 500 mil imágenes.

En esos años se fue enraizando una práctica gubernamental que se ha convertido en uno de los fenómenos más lacerantes para el país. Una descripción de cómo era la corrupción en el siglo XIX muestra que desde el Estado se podían generar fortunas, en tanto la impunidad protegía su práctica. Más que un rasgo genético, se trata de una relación con las instituciones que perdura por décadas, argumenta el autor.

En este número 35 hay otras narraciones por descubrir: el compromiso de Gustavo Garmendia con la causa revolucionaria, la figura del charro en la cultura nacional, la tradición tan acendrada de festejar a nuestras madres o la historia de una mujer independentista, también madre, traicionada por el confort de su marido. Hasta la próxima.