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La vida con Villa en la Hacienda del Canutillo

Guadalupe Villa / Instituto Mora

BiCentenario # 7

La década en la que Francisco Villa y su gente se mantuvieron en pie de lucha tuvo su epílogo en el poblado de Sabinas, Coahuila, tras pactar con el gobierno de Adolfo de la Huerta el 28 de julio de 1920. En la llamada Acta de unificación al gobierno emanada del Plan de Agua Prieta, quedó asentado que Villa deponía las armas para retirarse a la vida privada; que el Ejecutivo de la Unión le cedería en propiedad y con los requisitos legales, la hacienda de Canutillo, ubicada en el estado de Durango, lugar en el que fijaría su residencia; el general contaría con una escolta formada por 50 hombres de su confianza –dependientes de la secretaría de Guerra y Marina–, cuyo único objetivo sería velar por su seguridad; a las demás personas que integraban su contingente se les otorgaría el importe de un año de haberes, de acuerdo con su grado, y tierras en propiedad para dedicarse al trabajo.

Los términos en los que se celebró el acta han sido interpretados desde distintos puntos de vista. Para algunos se trató de una rendición que otorgaba condiciones ventajosas a Villa, para otros, el pacto con el gobierno fue más bien un armisticio que trajo como consecuencia el ofrecimiento espontáneo de dotar de tierras de labranza a los excombatientes como la mejor manera de prevenir un nuevo alzamiento o la proliferación de gavillas de malhechores que, sin medios para subsistir, optaran por el bandidaje como modus vivendi.

Quienes pudieron ver la marcha rumbo a Canutillo afirmaron que parecía más un desfile triunfal que la postura de una guerrilla amnistiada: Villa y su gente ceñían pistolas al cinto y cananas cruzadas sobre el pecho. El general seguía conservando la misma energía de otros tiempos, lucía fuerte y tostado por el sol.

De las experiencias de gente que convivió con Villa en la hacienda del Canutillo surge este intento de reconstruir la vida comunitaria entre 1920 y 1923.Para ello, se ha recurrido a diversas fuentes impresas y a una serie de entrevistas de historia oral con algunos testigos y partícipes en esos hechos. 

Guadalupe Villa Guerrero

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En la Hacienda de Canutillo

El por qué se eligió Canutillo nos lo cuenta Eustaquio, hijo de Nicolás Fernández –uno de los hombres más cercanos al general–, quien vivió en la hacienda:

Fue un convenio que tuvo con el gobierno para que se estableciera el general Villa en el campo; que escogiera el lugar que le gustara más, y escogió Canutillo porque es una hacienda que es muy difícil que lleguen a atacarla, porque está colocada de tal manera que por donde quiera que vayan es defendible, hasta con poca gente.

La hacienda de la Concepción del Canutillo y anexas tenía una extensión aproximada de 87 mil hectáreas, cruzadas de norte a sur por el río del Canutillo y regadas además por el río Florido y algunas corrientes de menor importancia. La propiedad comprendía, además, las haciendas de Nieves y Espíritu Santo, y los ranchos de Vía Excusada y San Antonio, que en conjunto formaban un solo predio ubicado en el partido de Indé en el estado de Durango. Incluía además el rancho Ojo Blanco, que se encontraba en el distrito Hidalgo en el estado de Chihuahua.

Al ocupar Villa la hacienda en el mismo año de 1920, se llevó a vivir con él a sus hijos. Señala Eustaquio:

…Agustín, que era el mayor, Octavio, Samuel, y podría considerarse hijo también otro Samuel porque lo adoptó, que era hijo del general Trinidad Rodríguez. Además Micaela, Celia, Juana María.

Miguel Trillo lleva dos niAi??os a la escuela de Canutillo (ca. 1921)

Miguel Trillo lleva dos niños a la escuela de Canutillo (ca. 1921)

Canutillo se convirtió –nos dice el mismo informante– en un pequeño pueblo con su propia forma de gobierno y de organización: había electricidad, correo, telégrafo, médico, escuela, carpintería, talabartería, zapatería, sastrería, molino, herrería y tienda, entre otras cosas. Los talabarteros, por ejemplo, tenían que ayudar a conservar las 50 monturas de quienes componían la escolta y atender la reparación de la maquinaria que había como trilladoras; herreros para hacer herraduras para caballos. Al general no le gustaba que salieran los caballos sin herradura, porque se les echaba a perder el casco.

Por lo que toca a la tienda, Francisco Gil Piñón dice:

Mire, no se le podía llamar “tienda de raya”, le voy a decir por qué (a mí me ponían a despachar ahí): se le daba al peón lo que pedía, se anotaba su nombre y todo, y a fin de cosecha, solamente se le descontaban los productos que tenían que llevar desde Parral y a precio estrictamente de costo, como era azúcar, café, arroz, [lo] que no se producía ahí; todo lo demás, eso ahí se les daba solamente [había] cosas de comida.

Las actividades agrícolas de la hacienda encaminaron sus esfuerzos al cultivo de trigo, frijol y maíz. La maquinaria agrícola se adquirió en la Casa Mayers de El Paso, Texas, aunque algo se obtuvo en Parral.

Cuentan que el general Villa se levantaba muy temprano, casi de madrugada, y se iba al campo a supervisar el trabajo. Allí le informaban cómo iba la cosecha, qué hacían los campesinos, los leñadores, etcétera. Volvía a su casa para almorzar, a las nueve o diez de la mañana. Villa coordinaba todas las actividades de Canutillo. Eustaquio Fernández afirma que el general estaba en todo: en la educación, en la producción, en la tienda, en las relaciones, en la política.

Él les quitaba la yunta [a los campesinos] y se ponía también a sembrar. Sabía sembrar, ¡fíjese!, sabía hacer surco, porque en los sembradores, he oído yo que el que hace el surco derecho, sabe sembrar.

En la Hacienda de Canutillo

En la Hacienda de Canutillo

Sobrevivientes de aquella experiencia cuentan que al principio la situación fue difícil, había poca comida y la tierra aún no rendía los deseados frutos; pero cuando las cosechas empezaron a satisfacer las necesidades internas de la hacienda, se comenzó a vender el excedente lo que permitió mejorar las condiciones de la gente.

En Canutillo había huertas donde se cultivaba chile, papas, cacahuate, camote, sandía, melón y, aunque aisladamente, uno que otro nogal, cuyo producto servía para satisfacer el consumo interno de la población, también tenían animales de granja, como cerdos, borregos y ganado vacuno y caballar:

Villa tenía caballos angloárabes de registro, finísimos, que los trataban como si fueran niños, los montaba el general, el jefe de caporales, un arrendador que tenía, y modestia aparte, su servidor [dice Fernández] tenían caballos que solamente se dejaban montar por él, eran de muy grande alzada, de muchísima resistencia, el general pesaba como unos 100, 110 kilos, más el equipo que lo acompañaba, como era la montura, sus armas, sus espuelas, pues le daba un peso de 140, 150 kilos; sin embargo cuando iba a cortar ganado para vender en grande escala, ya fuera vacuno o equino, se tenía que mover muy rápidamente en su caballo y le aguantaba la corrida de todo el día… y el movimiento era trote y galope, trote y galope…

En la Hacienda de Canutillo

En la Hacienda de Canutillo

Respecto a la vida cotidiana, Eustaquio Fernández recuerda que:

…en Canutillo tenían una cocina [con] cuatro cocineros; ahí comían entre 25 a 30 personas, en la misma mesa [del general], se comía dos veces al día, muy buena carne, verduras, arroz y otras cosas, dulces, fruta envasada… El desayuno era entre ocho, nueve, nueve y media por ahí así, al medio día entre una a una y media. En la tarde era a las seis o siete… El general no admitía que si había una hora señalada para comer fueran a comer después o quisieran comer antes.

Respecto a su vida en familia, continúa Eustaquio:

Entonces la esposa de Villa era Luz Corral [quien permaneció en Canutillo hasta 1922] fue una dama con mucha distinción, sin que por ello le faltaran energías; también era un poco terminante en su manera de ser no aplicaba castigos, simplemente daba una reprimenda. [El general] en sus horas que se podrían llamar de ocio, ya cuando caía el sol, nos ponía a todos los que tuviéramos una voz más o menos clara, a que leyéramos distintos textos, sobre todo de tácticas militares y de historia. Prefería la historia antigua.

Señala también que sus lecturas iban desde un Tesoro de la Juventud hasta las biografías de grandes guerreros como Alejandro el Grande y Napoleón Bonaparte. Tenía organizada una pequeña biblioteca particular, con libros de historia: “libros filosóficos, libros de sociología”. Le gustaba mantenerse al día sobre el curso de la vida política mexicana. Diariamente leía o hacía que su secretario Miguel Trillo le resumiera y comentase las principales noticias de la prensa.

Eustaquio destaca algunos rasgos del carácter de Villa:

Era hombre rudo, temperamental, pero sencillo y leal; cuando tenía razón era incansable, pero tenía esta ventaja; tenía un arranque fuerte con alguna persona o varias, al rato ya se disculpaba. Era frecuente ver al general acompañado de sus hijos; diariamente concurrían los pequeños a nadar en una acequia llena de agua que pasaba por la huerta. Todos sabían nadar, las niñas también, íbamos el sábado, el domingo, a montar, y si el general tenía que salir al campo, lo acompañábamos. Allí [con sus hijos] muy pocas veces lo vi manifestarse con su carácter explosivo. Solamente cuando hacían algo indebido entonces así se manifestaba; con sus hijos fue siempre bastante exigente, terminante, no aceptaba errores; inclusive visitaba casi todos los días, en el tiempo que tenía, aunque fuera un cuarto de hora, a cada profesor para ver lo que estaban enseñando, y se acompañaba siempre de dos personas que tenían mucho entendimiento en materia de enseñanza.

Villa y Luz Corral

Villa y Luz Corral

Así como Villa logró implantar un nuevo sistema de vida para una porción de campesinos, también insistió en mantener una actitud firme para desarraigar cualquier tipo de vicios, dando importancia fundamental a la educación. Factor, sin duda, determinante fue la carencia de escolaridad del propio Villa, de ahí su interés por establecer una escuela adecuada y lograr la alfabetización de todos los habitantes de Canutillo. Por tanto, consiguió que el gobierno federal enviara a un grupo de profesores, de los que en la época vasconcelista se definieron como “misioneros culturales”, a quienes decía:

Mire, aquí en Canutillo no se pierde nada, porque al que roba alguna cosa, lo fusilo. Persigo el vino porque mis hermanitos de raza, tan mal alimentados y tan poco responsables, cuando reciben su raya se van a la cantina y a su casa no llevan nada; así que los niños hijos de mexicanos no tienen la oportunidad de educarse, por la falta de responsabilidad del padre… [Teníamos que trabajar para que la educación beneficiara a los niños, hijos de los soldados que con él anduvieron en la Revolución].

La escuela de Canutillo se llamó “Felipe Ángeles”; su director fue el profesor Jesús Coello Avendaño, a quien secundaron otros cinco profesores: Alfonso de Gortari, Varela, Ojeda, Rodolfo Rodríguez Escalera e Illarramendi, que se instalaron en una construcción rústica, con un gran patio central y unas cuatro o cinco aulas en derredor. Había un salón de actos y una modesta biblioteca, que Villa iba enriqueciendo. Al inaugurar la escuela, expresa el profesor Coello, Villa le dijo:

Antonio y Miguel, hijos de Villa con Soledad SA?enz

Antonio y Miguel, hijos de Villa con Soledad Sáenz

Vamos a abrir la escuela. Hay 250 niños y van a venir mujeres a hacerle la comida a los niños [Porque la escuela de Canutillo, Durangoa, fue la primera escuela de concentración que hace más de cincuenta años se estableció en Canutillo Porque los niños que vivían alrededor de Canutillo se reconcentraban en la hacienda y se dividían viviendo en la casa de los demás compañeros de ellos que vivían en la hacienda, a los que les daban maíz, harina para hacer pan, es decir, los alimentaba, los vestía y los calzaba, a los niños.. entre los que figuraban los hijos de él. Asistían a ella tanto los hijos de los campesinos, antiguos revolucionarios, como niños de lugares aledaños. Por supuesto, la educación se impartía gratuitamente. No sólo había un turno matutino, al que concurrían estos niños, sino también uno nocturno para instruir a los adultos que lo desearan. Asistían los campesinos, los miembros de la escolta e incluso algunas mujeres. La escuela nocturna era una cosa que nosotros habíamos hecho por el deseo de incrementar la educación [¡Claro que ponían atención! Esa gente, es gente despierta, muy trabajadora].

Los profesores que llegaron a Canutillo se encontraron con un medio ambiente desconocido para ellos. Algunos de estos “misioneros” serían más adelante profesionistas destacados; pero todos, venidos de la capital, habían oído un sinfín de historias sobre la revolución en el norte y muy especialmente sobre Villa. Aunque tuvieron la oportunidad de ir a otro lugar a enseñar, les atrajo la posibilidad de vivir y compartir la experiencia de Canutillo.

Los profesores sólo dependían del gobierno de la república para el pago de sus honorarios. Los sueldos variaban poco. El director de la escuela ganaba doce pesos diarios y los maestros diez. Eran sumas considerables para esa época, si tomamos en cuenta que la hacienda les proporcionaba casa habitación, comida, lavado de ropa, armas para cazar, etcétera.

Los maestros vivían en casas aparte, podían ir a comer allí (a la casa del general) cuando querían, tenían libertad para hacerlo; pero regularmente no iban porque no eran formales en ir a comer a las horas señaladas, [sus casas] contaban con servicio de agua y había en tramos escalonados letrinas muy bien hechas, de doble escala…

Los profesores recuerdan que llegaron a tener de 25 a 30 mil pesos, ya que como no salían de la hacienda, no tenían gastos. A veces los profesores se trasladaban a la ciudad de México, en plan de vacaciones, y entonces, Villa les daba de su peculio algo más, considerando que iban a “un rancho grande”. Villa mostró siempre una actitud protectora hacia ellos por lo cual trató de gestionarles mejores salarios.

…no estoy de acuerdo con los sueldos que ganan los profesores que atienden la escuela; el día que un maestro de escuela gane más que un general, entonces se salvará México. En consecuencia, quiero que le subas el sueldo a los maestros que atienden la escuela Felipe Ángeles…

Se les concedió entonces un aumento de 2 pesos a los maestros y de 8 al director. La hacienda proporcionaba el material escolar y en algunas ocasiones, muy esporádicas, recibían algunas cosas de la Secretaría de Educación Pública. La educación que se ofrecía se basaba en la clásica tabla de materias de la primaria; se impartía una educación de organización completa, en la cual cada maestro tenía un grupo distinto.

Entonces no había el programa nacional, sino era fundamentalmente un tipo de programas: los de la ciudad y los de la Secretaría de Educación y había programas de los estados; no estaba nacionalizada la enseñanza, había tendencia a nacionalizarse, cada estado tenía sus programas, sus horarios, etcétera…

De hecho, al llegar a Canutillo, los profesores tuvieron que desarrollar, de la nada, todo un sistema escolar. Rodríguez Escalera cuenta:

Nosotros hicimos un ensayo en Canutillo dado que como fuimos producto mental o profesional de la Revolución, establecimos en la hacienda de Canutillo el gobierno escolar, asesorado por un maestro, donde los alumnos participaban, al nivel de la niñez, en la marcha de la escuela. El gobierno escolar estaba integrado por un secretario general, electo por todos los alumnos de la escuela, con una representación de cada grado. Empezamos la escuela de acción: la enseñanza derivada de la acción; iba yo con los chicos donde querían ir, íbamos de cacería los fines de semana: venado, algún oso, y todo era enseñanzas. Era una libertad a base de convencimiento, a base de una acción normal y espontánea del alumnado. Creían los niños que debían cuidar su escuela, porque la consideraban como su casa. A la media hora de que entráramos a clase ya sabíamos cuántos habían faltado, quiénes habían faltado, y ya habían ido a la casa (de los niños) a ver por qué habían faltado. As+i que hicimos un ensayo que nos dio maravilloso resultado, sin llegar a apapacharlos. éramos amigos de ellos, jugábamos con ellos, pero cuando decíamos trabajar, ¡a trabajar!…

No obstante ser Villa la autoridad máxima de la hacienda, permitía que la escuela funcionara libremente. Asistía con frecuencia a las aulas, sentándose cerca de una ventana para observar las clases; le gustaban en especial las de canto y gimnasia. En sus ratos libres conversaba con los maestros y al igual que éstos, manifestaba una seria preocupación por la desigualdad social. Así fue como Villa, según refieren los maestros, conoció algo de la ideología socialista del siglo XIX, que se difundía en nuestro país.

Nosotros ya conocíamos cosas sobre Marx, sobre Engels y sabíamos que la justicia social es fundamental para el desarrollo de los pueblos. Entonces nosotros hablábamos mucho de ese tipo de cosas, sin hablar de comunismo; sino hablábamos de los derechos del hombre, de las libertades y democracia y en contra de las dictaduras. Villa si oyó hablar de Marx, por lo menos de las cosas que surgieron ahí, ese movimiento de 1917, donde se derrumbó el zarismo y el pueblo ruso se moría de hambre. Sí, oyó hablar de Marx, pero no lo mencionaba, lo llegó a escuchar seguramente de labios nuestros, los profesores que platicábamos con él.

Algo común a todos los entrevistados fue el deseo de referirse a la personalidad y características individuales del viejo luchador retirado. Coincidían en afirmar que Villa poseía una angustiada conciencia de justicia social. Quería ayudar a los pobres:

Era una de las cosas quizá que le protegió para que lo ayudara el pueblo, porque a todo el que era de clase humilde, a todos nos ayudaba cuando había forma de ayudarnos…

Tras la firma del armisticio en 1920 entre Villa y el general Eugenio MartAi??nez, representante del presidente Adolfo de la Huerta (Sabinas, Coah.)

Tras la firma del armisticio en 1920 entre Villa y el general Eugenio Martínez, representante del presidente Adolfo de la Huerta (Sabinas, Coah.)

Así era la vida del Centauro del Norte en Canutillo hasta el 20 de julio de 1923, en que con clara intuición presintió su muerte. Generalmente sus visitas a Parral pasaban inadvertidas; pero ese día fue a despedirse de los maestros, diciendo: “Parral me gusta hasta para morirme, quién me puede asegurar que no sea la última vez que nos veamos”. A las cuatro de la tarde de ese día, los maestros recibieron la noticia, mediante un telegrama fechado en Hidalgo del Parral, que Villa había sido asesinado.

Se produjo un estado de confusión general en la hacienda. Porque las gentes de la escolta no sabían. Unos habían salido con él, incluso los habían asesinado allí. Se temía que fueran a atacar la hacienda. Todos se enteraron, esa gente sabe enfrentarse con valor a todo; no hubo histerias ni nada, tomaron precauciones y a esperar a ver que iba a pasar. A nosotros nos comunicaron a las cuatro y media de la tarde. Entonces nos movilizamos, le mandamos hablar al general Nicolás Fernández; asumió el mando y ya se reconcentraron las gentes que estaban en Torreoncillo, Torreón de Cañas, la hacienda Carreteña y ya se comenzaron a armar. [El general Nicolás Fernández] estuvo en Canutillo varios días porque esperaban… pues que los fueran a atacar; pero no, no hubo tal cosa; entonces ahí se organizaron para levantarse en armas otra vez…

A la muerte de Villa siguió otro movimiento armado, la rebelión delahuertista. Muchos exvillistas, quizá confundidos, entremezclando sentimientos de venganza con deseos de saldar una deuda moral, se incorporaron a la contienda perdiendo así las tierras por las que tanto habían luchado.

Con la muerte del jefe, un largo pleito judicial motivado por la herencia del general puso punto final a la incertidumbre que se tenía con respecto al destino de la propiedad. La escuela y la hacienda pasaron a poder del gobierno. Todo lo que había en la hacienda lo incautó el gobierno. Las tierras se repartieron entre ejidatarios y el casco fue convertido en museo de sitio.

 

PARA SABER MÁS:

  • Luz Corral de Villa, Pancho Villa en la intimidad, Chihuahua, Centro Librero La Prensa, 1977.
  • Guadalupe Villa, Charlas de café con Pancho Villa, México, Ramdom House Mondadori, 2009.
  • Rosa Helia Villa, Itinerario de una pasión. Los amores de mi general, México, Punto de Lectura, 2008.
  • Las diversas entrevistas utilizadas para el artículo forman parte del Archivo de la Palabra del Instituto Mora:
  • Entrevista al señor Francisco Gil Piñón, realizada por Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, el 3 de agosto de 1972 en Chihuahua, Chih., PHO/1/9.
  • Entrevista al doctor Alfonso de Gortari, realizada por María Isabel Souza, el 10 de agosto de 1973 en la Ciudad de México, PHO/1/90.
  • Entrevista al profesor Jesús Coello, realizada por María Alba Pastor, el 27 de octubre de 1973 en Chihuahua, Chi., PHO/1/117.
  • Entrevista al profesor Rodolfo Rodríguez Escalera, realizada por Ximena Seúlveda el 4 de julio de 1974 en Torreón, Coah., PHO/1/161.
  • Entrevista al señor Eustaquio Fernández, realizada por Guadalupe Villa, el 3 de septiembre de 1983 en Ciudad Lerdo, Durango, PHO/1/226.

Abuelo grande

Juan Manuel Bueno

BiCentenario #7

El cielo de Querétaro siempre me ha impresionado. ¡Es tan luminoso! Cuando camino por sus calles adoquinadas, entre las casas coloniales, me gusta mirar el cielo azul entre las hojas verdes de los laureles que dan sombra a los paseantes. Hijo, en estas calles y en sus edificios se encuentra nuestra historia familiar, la que hoy te cuento pues no sé si tendrá otra ocasión para hacerlo y porque espero que cuando la escuches te sientas tan orgulloso de ella como lo estoy yo.

Vista de QuerAi??taro

Comienzo mi relato por la ciudad, mi bella ciudad, escenario de grandes hechos de nuestra historia y que hoy lo será de nuevo cuando en el Teatro de la República se inicie el Congreso Constituyente, igual que en 1917, hace cien años. Aunque viendo como la revolución cubre a casi todo el país y las bajas se multiplican, la verdad es que temo que estemos más cerca de un golpe de Estado que de una Constitución. Quiero estar allí, pero ni siquiera si los grandes intereses que dominan el gobierno y me saben defensor de los marginados –de eso jamás me arrepentiré–, y por tanto opuesto a ellos, no me darán acceso. Trataré de colarme, como pueda. Hijo, de todo corazón deseo que cuando enciendas este reproductor y oigas mis palabras todo haya terminado bien.

El abuelo JoaquAi??n con su familia en el Gran Hotel de QuerAi??taro

El abuelo Joaquín con su familia en el Gran Hotel de Querétaro

Estoy sentado en los portales posteriores del Gran Hotel, cerca del teatro, en un restaurante con mesas de encino americano y manteles de lino blanco, como en su mejor época. Admito que venir aquí parece un gusto burgués, del que no he logrado ni quiero desprenderme porque el Gran Hotel perteneció a don Cipriano, mi Abuelo grande. Te lo explicar mientras es hora de acudir a la gran cita. Antes estuvieron aquí las capillas del convento de San Francisco; la Reforma lo volvió un gran solar en el que, años después, el gobernador quiso construir un palacio de gobierno; como no pudo acabarlo, en 1890 lo vendió a tu tatarabuelo, quien enseguida reanudó la obra, obra que fue más señorial de lo que pensó al inicio.

Imagino al Abuelo grande muy pendiente, como ahora yo, del Congreso de 1917, aunque él no debió pelear por la entrada. Pero mejor vuelvo a lo nuestro. Fue también dueño de la hacienda de San Rafael, cerca del pueblo de Chichimequillas. ¿Recuerdas que te contaba de ella cuando eras niño? Como vivía solo, hizo venir de Güemes a dos sobrinos: Joaquín, su preferido, y Cecilia, a quien con el tiempo apodaron Chila la Tequilera por su gran afición al tequila. Tía Cecilia no se casó, pero tuvo amores y amigos, desde aristócratas hasta labradores y gavilleros.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 19.41.17Además de administrar el Gran Hotel y llevar las cuentas de la hacienda, Abuelo Joaquín tenía un bazar en los bajos del hotel. Fue un gran coleccionista, pues compró la cama en que Maximiliano durmió la primera vez que visitó Querétaro. Espero que la guardes y cuides, al igual que las copas francesas para servir ajenjo caliente y la vajilla Napoleón III que también estuvieron en el negocio. Allí crecieron su hijo Isaac y sus hermanas, jugando entre antigëedades. Fueron ellos quienes llamaron Abuelo Grande al tío Cipriano.

[...]

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PARA SABER MÁS:

  • Selva Daville Landero, Querétaro: sociedad, economía, política y cultura, México, UNAM, 2000.
  • Ramón Del Llano Ibáñez, Lucha por el cielo: religión y política en el estado de Querétaro, 1910- 1929, México, Miguel Ángel Porrúa, 2006.
  • Marta Eugenia García Ugarte, Breve historia de Querétaro, México, El Colegio de México/ FCE, 1999.

La expropiación del petróleo en México. La mirada de un diplomático holandés

Laura Pérez Rosales / Departamento de Historia. Universidad Iberoamericana

BiCentenario # 7

Flotilla de autotanques (1938)

Flotilla de autotanques (1938)

Arthur Methofer llegó a México en 1938, con la misión de informar a sus superiores de todo aquello que se relacionara con el reciente decreto de expropiación petrolera del presidente Lázaro Cárdenas. Al gobierno de La Haya le interesaba velar por los intereses de la Royal Dutch Shell Co., la enorme empresa angloholandesa asentada con gran éxito en la región noreste de nuestro país gracias a la concesión que recibió a fines del Porfiriato.

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Grabado de Alberto Beltrán

El diplomático se encontró con un país agitado, en el que las potencias y compañías extranjeras afectadas ejercían múltiples presiones. Su misión, que se extendió hasta el fin del mandato del general Cárdenas, fue por tanto muy difícil. Desde el inicio debió comunicar cómo el gobierno de Estados Unidos apremiaba al de México a dar marcha atrás al decreto de expropiación. Un ejemplo claro era la decisión de Washington de no comprar ni un gramo de plata mexicana “básico para los ingresos nacionales”, pedir a otros países que hicieran lo mismo y adquirirlo a precios aun a dos o tres por ciento menos que en el mercado internacional. Informó también sobre la reunión del secretario de estado Cordell Hull con los representantes de las grandes compañías para forzar a que se les restituyeran sus propiedades.

En una atmósfera llena de los nubarrones previos a la segunda guerra mundial, advirtió a La Haya del peligro que implicaba que, ante el boicot a la industria petrolera mexicana llevado a cabo por las firmas angloestadounidenses, el gobierno de Japón ofreciera comprar el petróleo a cambio de facilidades portuarias para sus negocios. Methofer conocía sus límites como diplomático, por lo que, a diferencia del representante británico, se condujo siempre con cautela y recomendó una actitud prudente a la Corona. A él le tocó mediar entre la Royal Dutch Shell Co. y el gobierno de Cárdenas; se reunió varias veces con Eduardo Hay, secretario de relaciones exteriores, dando valor a la versión mexicana y percatándose del enojo que causaba que las empresas no hubieran respetado el acuerdo de trato directo entre las partes y acudiesen a sus gobiernos para ejercer más presión. Atento a las noticias de la prensa mundial, Methpfer pudo informar a sus superiores que, en entrevista aparecida en el New York Times, Cárdenas manifestó estar dispuesto a un arreglo con las firmas expropiadas y a compensarlas. Por eso el holandés estaba convencido de que el presidente mexicano sostendría el decreto de expropiación por encima de todo. Y así fue. Por eso no le sorprendió el boicot declarado por las empresas, que impidió a la industria petrolera mexicana adquirir las refacciones que precisaba y eran fabricadas en negocios vinculados con aquellas. Aunque “admitía” el gobierno reaccionó con rapidez y habilidad al procurar y conseguir la venta de crudo, no de gasolina, a compañías italianas, incluso una tejana, a precios menores de los vigentes en el mercado mundial.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 19.34.27Methofer hacía notar a sus superiores que el Departamento de estado y el embajador Josephus Daniels mostraban mayor capacidad y voluntad de negociar que los británicos. Como su mirada diplomática no dejaba pasar datos que pudieran revelar las tendencias reinantes, aun cuando no estuvieran estrechamente ligadas al tema petrolero, se refirió a la expropiación de tierras que, en carta confidencial al ministerio de asuntos exteriores de Holanda, valoró en $12 millones de dólares, que México podría cubrir en un lapso de doce años. Opinaba que el estado cardenista se abstendría de expropiar más tierras, por lo que cuando se enteró de que se había expropiado una empresa cañera estadounidense se inquietó mucho. Informaba, además, de las requisas de terrenos por no haberse pagado los salarios de los trabajadores o los créditos del gobierno.

[...]

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PARA SABER MÁS:

  • Friedrich Katz, Nueve ensayos mexicanos, México, Era, 2007.
  • Rob Van Vuurde, Los Países Bajos, el petróleo y la Revolución Mexicana, 1900-1950, Amsterdam, Thela, 1997.
  • Ver la película La rosa blanca, dirigida por Roberto Gavaldón, México, 1961 (resumen en youtube.com).

La fotografía y el inicio de la Revolución Mexicana: de tradiciones e innovaciones

Rebeca Monroy Nasr / DEH-INAH

BiCentenario # 7

Más allá de sus consecuencias sociales, políticas y económicas, la revolución mexicana también tuvo un impacto significativo en la vida cultural y artística del país y por ende en la fotografía documental y de prensa. Los fotógrafos de este periodo histórico provenían de diferentes medios editoriales, tenían necesidades sociales e ideológicas que respondían a posturas conservadoras o liberales, pero coincidían en una misma intención: abrazar con imágenes testimoniales la revuelta armada.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 19.23.08Ante los acontecimientos, tanto los fotógrafos con experiencia como los jóvenes fotógrafos de estudio se incorporaron a las filas de los documentadores gráficos y con sus cámaras testimoniaron los cambios, transiciones y nuevas formas de ser y estar de quienes llevaban como equipaje sus cananas en el pecho o las canastas bajo el brazo. De esa manera, los trabajadores de la lente captaron oportunamente las contiendas, hechos y personajes más inesperados.

Conforme avanzaba el movimiento armado hubo cambios importantes en la manera de tomar las imágenes, ya que también los fotógrafos se transformaron en el camino de la lucha armada y con ellos, su manera de ver y registrar la realidad tangible. Aquellos que habían colaborado en los diarios y revistas del porfiriato, como los hermanos Agustín Víctor y Miguel Casasola, Antonio Carrillo, Ezequiel Carrasco, Manuel Ramos y Luis Santamaría, entre otros, poseían una práctica cotidiana que les permitiría documentar mejor los sucesos en curso. Hubo otros que salieron de la comodidad de sus estudios fotográficos a enfrentar los eventos del día a día, de los encontronazos, los balazos, los fusilamientos, los constantes cambios de líderes y retrataron los personajes que estaban construyendo esa revolución. Entre ellos destacan Antonio G. Garduño y Eduardo Melhado.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 19.24.05Es importante destacar que la diferencia entre la fotografía de prensa y la documental es el uso social inmediato que tienen, es decir, cuando la imagen es publicada y fue realizada por encargo o con la idea de su aparición en algún diario o revista, es una fotografía de prensa. En cambio, la fotografía documental es aquella que el fotógrafo capta sin estar seguro de que pueda ser publicada, pero tiene una intención de dejar testimonio o huella visual de un evento importante que bien puede permanecer por años en su acervo sin llegar a ver la luz pública en su momento. Ahora, bien, en esos años los fotógrafos captaron con intenciones documentales sus imágenes, pero no siempre lograron colocarlas en las páginas de las publicaciones de la época.

Las condiciones laborales en el mundo de los reporteros gráficos en 1911 eran representativas de la crisis que atravesaba el país en su conjunto. Los medios impresos vivían momentos de una fuerte inestabilidad económica, además del cambio de timón político y económico que conmovían todas las estructuras en aquellos años de transformaciones radicales.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 19.25.06Recordemos que las revistas ilustradas y los periódicos que durante el prolongado porfiriato eran fuente de ingreso y de trabajo para los reporters –como se les llamaba entonces–, cerraron sus puertas conforme se acentuó la contienda armada. Entre los diarios del antiguo régimen estaban El Imparcial, El Tiempo Ilustrado y El País. Por su parte, las revistas hicieron el juego visual con una calidad más esmerada como Frígoli, Arte y Letras, El Tiempo Ilustrado; uno de ellos fue ejemplar en su manera de trabajar la fotografía: El Mundo Ilustrado de Reyes Espíndola [1], pues además de un rico abanico de imágenes, publicó la primera imagen de nota roja en la prensa: el atentado contra Porfirio Díaz en 1897. Según avanzó el movimiento armado, surgieron nuevos medios periodísticos de filiación maderista, pero sin recursos económicos para tener una planta de fotógrafos al servicio de la revolución, tales eran los casos de Nueva Era, El Ahuizote, Revista de Revistas y Amigo del Hogar.

[...]

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PARA SABER MÁS:

  • Rosa Casanova, Alberto del Castillo, Rebeca Monroy y Alfonso Morales, Imaginarios y fotografía en México:1839-1970, Madrid-México, Lunwerg /CNCA /INAH, 2005.
  • Marion Gautreau, Les photographies de la Révolution Mexicaine dans la presse illustrée de México (1910-1940): de la chronique a la iconisation, tesis para obtener el grado de doctora en études Romanes-Espagnol, París, La Sorbonne IV, noviembre 2007.
  • Rebeca Monroy Nasr, “Del olor a pólvora a la luz del rascacielos”, en Esther Acevedo (coord.), Hacia otra historia del arte en México. La fabricación del arte nacional a debate (1920-1950), México, Conaculta/Curare, 2002, tomo III.
  • Miguel Ángel Morales, “La célebre fotografía de Jerónimo Hernández”, en Alquimia. Sistema Nacional de Fototecas, no. 27, mayo agosto 2006. Horacio Muñoz, MR Manuel Ramos (1874-1945). Pionero del fotoperiodismo en México, México, Conaculta / Fondo Nacional para la Cultura y las Artes / Casa de los árboles Espacio Cultural, 2004, CD-ROM.
  • Antonio Saborit et al, La ciudadela de fuego. A ochenta años de la Decena Trágica, México, Archivo General de la Nación/Biblioteca México/INAH/ Instituto Mora / INEHRM, 1993.

Entre el San Lunes y el Día de Muertos. El problema del alcoholismo entre las clases trabajadoras mexicanas

Florencia Gutiérrez / Instituto superior de Estudios Sociales. Universidad Nacional de Tucumán. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas

BiCentenario # 7

JosAi?? Guadalupe Posada "Los patinadores"

JosAi?? Guadalupe Posada “Los patinadores”

Los artesanos de la ciudad de México impulsaron la creación de sociedades de ayuda mutua desde mediados del siglo XIX como una forma de atenuar la extrema vulnerabilidad de su vida cotidiana. A través de la formación de cajas de ahorro, las agrupaciones protegían y ayudaban económicamente a sus socios frente a la adversidad que podía generar la falta de empleo o una enfermedad prolongada, incluso frente a la vejez o muerte del artesano los fondos recaudados servían para ayudar a su familia. Los dirigentes de estas asociaciones se acercaron al poder político buscando potenciar la ayuda brindada a los trabajadores (creación de escuelas, talleres, promoción de instituciones crediticias, etc.), situación que progresivamente sujetó al mutualismo a los dictados del gobierno y se transformó en explícita subordinación durante el gobierno de Porfirio Díaz.

JosAi?? Guadalupe Posada, Calavera "Los buenos valedores"

José Guadalupe Posada, Calavera “Los buenos valedores”

Esta vinculación llevó al gobierno porfiriano y a la dirigencia artesanal a actuar de manera conjunta frente a lo que veían como uno de los principales problemas de las clases trabajadoras de la ciudad de México: el alcoholismo. En tal sentido, observaban el consumo exagerado de pulque como un flagelo que contravenía la idea de progreso y amenazaba la instauración de la modernidad y el orden porfirianos. Los líderes de las sociedades de ayuda mutua insistían en que la inclinación a la bebida no distinguía entre clases sociales y era igual de censurable en el rico que asistía a la elegante cantina como en el pobre que se emborrachaba en la pestilente taberna; en esencia, su discurso se proponía condenar y erradicar un vicio que era mirado como un problema moral. Se insistía en que la ingesta de alcohol dañaba la disciplina laboral, la dignidad del trabajador, la armonía familiar y la paz social y, por ende, en la consolidación del ciudadano acorde con los proyectos porfirianos.

J. MartAi??nez CarriA?n, "El brindis"

J. Martínez Carrián, “El brindis”

Para la dirigencia mutualista, la bebida implicaba el abandono de la familia del trabajador que de esta forma se veía privada de cubrir sus necesidades más imperiosas. Agobiados por la falta de recursos materiales, los obreros figones y las cantinas, a fin de colaborar en su capacidad de ahorro y facilitar la consolidación del mercado interno y la industria nacional. En este sentido, la prensa obrera de fines del siglo XIX se hizo eco de una preocupación central de la época: la pronta consagración de una sociedad de consumo necesitaba de obreros y artesanos conscientes de los beneficios de los hábitos del ahorro y la templanza, condiciones ineludibles para alejarlos de los derroches de la taberna, el juego y el alcoholismo y acercarlos, en calidad de consumidores, a la industria nacional.

[...]

Para leer el artículo completo, subsríbase a la RevistaBiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • Claudia Agostoni y Elisa Speckman (eds.), Modernidad, tradición y alteridad. La ciudad de México en el cambio del siglo (XIX y XX) México, UNAM, 2001.
  • Ángel de Campo, Ocios y apuntes y La Rumba. México, Porrúa, 1990.
  • Manuel Payno, Los bandidos de Río Frío, México, Porrúa, 1982.
  • Pablo Piccato, No es posible cerrar los ojos. El discurso sobre la criminalidad y el alcoholismo hacia el fin del Porfiriato, en Ricardo Pérez Montfort (coord.), Hábitos, normas y escándalo. México, Plaza y Valdés-CIESAS, 1997, pp. 77- 142.
  • Elisa Speckmann, Pautas de conducta y códigos de valores en los impresos de Vanegas y Arroyo, en Rafael Olea Franco, Literatura mexicana de fin de siglo, México, El Colegio de México, 2001, pp. 425-448.

Sumario #7

BiCentenario # 7

Editorial

Correo del lector

 

ARTÍCULOS

MOISÉS GUZMÁN PÉREZ

En honor a los héroes: las Fiestas Patrias en Michoacán, 1826-1846

VÍCTOR A. VILLAVICENCIO NAVARRO

Preludio del Segundo Imperio

ELIZABETH BALLADARES GÓMEZ

Las piedras azules que cayeron del cielo: Distintas miradas a la rebelión chamula de 1868-1869

FLORENCIA GUTIÉRREZ

Entre el San Lunes y el Día de Muertos: el problema del alcoholismo entre las clases trabajadoras mexicanas

REBECA MONROY NASR

La fotografía y el inicio de la Revolución Mexicana: de tradiciones e innovaciones

LAURA PÉREZ ROSALES

La expropiación del petróleo en México a través de la mirada de un diplomático holandés

 

DESDE HOY

CARLOS DOMÍNGUEZ

Cuaderno de viaje:¿Quienes somos los mexicanos?

 

DESDE AYER

TEIJI SIKIGUCHI: testimonio de un japoné radicado en México durante la 2a Guerra Mundial

Día de Reyes

En el siglo XIX

En el siglo XX

 

CUENTO

JUAN MANUEL BUENO

Abuelo grande

 

ARTE

SILVIA SALGADO

Cantorales del siglo XIX en la Catedral de México

 

ENTREVISTA

La vida con Villa en la Hacienda del Canutillo

Guadalupe Villa

TESTIMONIO DE UN JAPONÉS RADICADO EN MÉXICO DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL / TEIJI SEKIGUCHI

Teiji Sekiguchi

Testimonio de un japonés radicado en México durante la Segunda Guerra Mundial

 

Cuando el presidente Manuel Ávila Camacho supo, en el curso del día 7 de diciembre de 1941, que aviones del Imperio japonés habían a atacado a las 7.55 a.m. la la flota de Estados Unidos anclada en Pearl Harbor y, posiblemente, bombardeado Manila, no debió dudar sobre el camino que iba a seguir. Le obligaban los pactos de cooperación hemisférica y de defensa de la costa del Pacífico firmados meses antes con el gobierno de Estados Unidos y que facultaban a la fuerza aérea de este país a servirse de nuestros aeropuertos para el aterrizaje y el servicio de las unidades en tránsito a otros puntos, a transmitir a Washington los datos que se recabaran sobre los agentes y ciudadanos del Eje Berlín-Roma-Tokio y a no vender materiales estratégicos a países no americanos.

Para calmar el temor del vecino del norte a que Japón empleara territorio mexicano para atacarlo, directamente o a través de sus súbditos, para asegurar la paz interna mediante la vigilancia de una !quinta columna” y para cumplir con los acuerdos panamericanos, a administración de Ávila Camacho condenó el proceder de Japón, con el cual de inmediato rompió relaciones. Poco después tomó medidas que afectaron severamente la vida y los bienes de los inmigrantes japoneses. Ordenó a los que residían en el norte y en las costas del país que se concentraran en Celaya, Guadalajara y el Distrito Federal, embargó sus propiedades, congeló sus cuentas bancarias y suspendió sus garantías individuales. Dejó de otorgarles cartas de naturalización y revocó las otorgadas los dos años anteriores. Hizo todo esto antes aun de que declarara la guerra a las potencias del Eje el 22 de mayo de 1942.

¿Cuántas personas padecieron estas medidas? Sin restar el dolor, las pérdidas y las penas que sufrieron, se calcula que fueron unos 6,000. Y es que la colonia nipona, surgida a fines del siglo XIX, era pequeña, humilde y dispersa. A partir de la firma del Tratado de Comercio y Navegación con el Imperio Japonés en 1924, México pudo regular y medir el número de entradas al país, ya que se requirió a quienes llegaran con intención de quedarse que tuvieran la invitación de un connacional aquí radicado. Así, entre los 2,183 japoneses que se contaron hasta 1932 se hallaba Teiji Sekiguchi, autor del testimonio que, gracias a la generosidad de sus hijos, Concepción y Jorge, reproducimos enseguida, y que se publicó por primera vez en su país de origen en 1993. Nos relata en él sus primeros años en la que acabó por ser su segunda patria y moriría. Años en los que con trabajo y empeño inició un sólido negocio de ferretería, vinculado siempre en forma estrecha a sus compatriotas. Nos relata también los tiempos difíciles que vivieron los nikkei (inmigrantes de origen japonés y sus descendientes) en vísperas y durante la segunda guerra mundial. Tiempos difíciles en los que, como si fuera poco, hubieron sin duda de sobrevivir en una sociedad tradicional y católica, en parte discriminadora y racista, como era y es aún la sociedad mexicana.

A pesar su número escaso, los nikkei se organizaron y ayudaron uno a otro ante el impacto de sucesos lejanos, de los que no eran responsables, pero que no los dejaron escapar. Se formó el Comité de Ayuda Mutua Kyoeikai, dirigido por tres de los más reconocidos por su alcance político y económico, el cual albergó en el edificio que rentó en la colonia Santa María la Ribera a quienes habían sido reubicados y comenzaban a presentarse en la capital, luego de malbaratar sus bienes y deshacer sus hogares en unos cuantos días. Vistos como “prisioneros de guerra” y sin dinero hasta para comer, su traslado se realizó, muchas veces, en condiciones infrahumanas.

A quienes llegaron con algún recurso, se les permitió instalarse en departamentos o casas de renta módica, por lo general situados en barrios pobres como eran entonces la colonia Obrera y la Jardín Balbuena. La mayoría llegó al edificio de la Santa María, que pronto se volvió insuficiente. El Sr. Sanshiro Matsumoto, dueño de un importante negocio de jardinería y floricultura, puso entonces a su disposición la Hacienda Batán, de su propiedad, cerca del pueblo de San Jerónimo dice, al sur de la ciudad de México.

Sin embargo, la Hacienda Batán llegó también al límite y con rapidez; así, un informe de la secretaría de Gobernación da cuenta a mediados de 1942 de que era habitada por 569 personas, que dormían sobre colchones y sin otra cosa que comer que lo que les podían llevar sus connacionales más afortunados. El Comité de Ayuda Mutua propuso entonces la compra de una propiedad rural, para lo que primero hubo de obtenerse el permiso gubernamental. Lo facilitó la amistad de Matsumoto y Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente y poderoso secretario de Comunicaciones y Obras Públicas.

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Las piedras azules que cayeron del cielo Distintas miradas a la rebelión chamula de 1868-1869

Elizabeth Balladares Gómez / UAM-I
Revista BiCentenario #7

El cielo de Chiapas se encontraba cargado de nubes oscuras y presagios. Era el año de 1868 cuando el cielo arrojó tres piedras sobre Tzajalhemel, un paraje cercano al pueblo tzotzil de San Juan Chamula. Los indios tomaron las piedras por dioses, en cuyo honor ofrendaron un Cristo indio; hechizados por las revelaciones de estas piedras-dioses, desencadenaron su odio sobre los habitantes de San Cristóbal, marcando el comienzo de la llamada guerra de castas.

San CristA?bal de las Casas

Este relato se perpetuó en el tiempo y los corazones de los habitantes de la región de los Altos de Chiapas y distintos estudiosos del tema se basaron en él para la reconstrucción de esta historia, pero algunas voces de tiempos recientes la han desmitificado a partir del escrutinio cuidadoso de las fuentes de ese tiempo y nos ofrecen otra mirada de la guerra de castas, situándola en el contexto regional, mostrando que se halla inscrita en los procesos políticos de la nación mexicana que buscaba construirse después de la independencia, periodo en que las distintas facciones políticas y las leyes esgrimidas desde el centro hicieron posible el culto de Tzajalhemel y sus consecuencias que a continuación se narran.

La mirada en el momento

En Tzajalhemel, la indígena Agustina Gómez Checheb pastoreaba un rebaño de ovejas cuando aparecieron en su camino tres piedras de color azul oscuro y de forma redonda. Al ver a su madre le dijo: “estas piedras bajaron del cielo”. Siguiendo el consejo del fiscal de San Juan Chamula, Pedro Díaz Cuscate, Agustina envolvió las piedras caídas del cielo y las ocultó en una caja de madera. Se cuenta que las piedras golpeaban la caja para poder salir, por lo que Díaz Cuscate, valiéndose del respeto que gozaba por ser el encargado de la iglesia, difundió la noticia de que las piedras hablaban y se autonombró sacerdote del nuevo culto. Y la noticia no tardó en llegar a los pueblos aledaños.

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Una gran tormenta inundaría las calles de San Cristóbal en esos días. Desde un altar improvisado en Tzajalhemel, Pedro Díaz Cuscate la interpretó como un castigo a los ladinos “los habitantes no indígenas de la ciudad”, y una muestra de la fuerza de sus dioses que se negaban a abandonar a los primeros habitantes de estas tierras.

En medio de rezos, olor a incienso y a juncia, los indígenas de Chamula y pueblos cercanos adoraron a las piedras: sus dioses que volvían. Que cayesen del cielo era una señal de inconformidad por el olvido en que se les había tenido, era un reclamo por ser suplidos por la nueva religión y así lo entendieron sus fieles, quienes decidieron escucharlos y redimirse otorgándoles la dignidad que se merecían.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 19.05.53Tzajalhemel se llenó pronto de vida: rezos, procesiones, flores, incienso y posh (la bebida embriagante de cañaa) se ofrecían a los dioses en señal de respeto. Era tanta la gente que visitaba las cuevas del lugar, que se instaló un mercado en el que los indios comerciaban libremente por medio del trueque y sin intervención de ladinos. La noticia no tardaría en llegar hasta los oídos del cura de Chamula, quien ya se preguntaba el por qué de la poca asistencia a la iglesia, así que decidió visitar Tzajalhemel. Al llegar y darse cuenta de lo que sucedía, reprendió severamente a los indios por sus prácticas paganas, ante lo cual éstos se mostraron sumisos y abandonaron las cuevas.

PARA SABER MÁS:

  • Rosario CASTELLANOS, Oficio de tinieblas, en Obras reunidas I, México, FCE, 2005.
  • Flavio Paniagua , Florinda, México, Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, 2003.
  • JAN RUS, ¿Guerra de castas según quién?: indios y ladinos en los sucesos de 1869, en Juan Pedro Viqueira y Mario Humberto Ruz (eds.), Chiapas: los rumbos de otra historia, México, UNAM/ CIESAS, 1995, pp. 145-174.
  • Indios somos con orgullo. Poesía Maya-Tojolabal, recopilación, traducción, notas, comentarios e introducción por Carlos Lenkersdorf, México, UNAM/ IIFL, Centro de Estudios Mayas, 1999.

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Preludio del Segundo Imperio

Víctor A. Villavicencio Navarro
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #7

Carlota de niAi??a

Habían pasado casi ocho meses desde que la mayoría de los miembros de la Comisión salieron de su patria con el objeto de ofrecer formalmente la corona mexicana al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo, y poco más de seis de haber cumplido su misión y encontrarse esperando, paciente y angustiosamente, su respuesta. Al fin, el 10 de abril de 1864, se hallaban en la espléndida sala de ceremonias del castillo de Miramar, la bellísima construcción que Maximiliano habitaba junto con su esposa y que mandó levantar de acuerdo con sus deseos, a las afueras de Trieste (entonces dominio del Imperio Austriaco), a punto de escuchar de los labios de su futuro emperador, la aceptación oficial para ocupar el trono, una vez satisfechas las condiciones que había puesto para asegurarse que la mayoría del pueblo mexicano lo deseaba.

México

Dijo en su discurso José María Gutiérrez de Estrada, quien presidóa la Comisión:

 

Con una confianza filial, pone en vuestras manos el poder soberano y constituyente, que debe regular los futuros destinos y asegurar su glorioso porvenir, prometiéndonos, en este momento de solemne alianza, un amor sin límites y una felicidad inalterable.

José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar miraba y escuchaba complacido, orgulloso de haber sido él, en gran parte, el responsable de que la empresa que ahora se consumaba se hubiera echado a andar años atrás. Su tacto y sus finas maneras le habían granjeado un lugar de preferencia dentro de la corte de Napoleón III, gracias a lo cual tuvo la oportunidad de exponer a los monarcas franceses la suerte de su desdichada patria en innumerables ocasiones, asegurándoles que, sin su ayuda, México desaparecería ante la voracidad estadunidense. Por su parte, Ignacio Aguilar y Marocho, para quien el viaje significó la primera oportunidad de salir de México, continuaba asombrado por la belleza del salón de ceremonias, el lujo y buen gusto que decoraban cada rincón de Miramar; impaciente por escuchar a Maximiliano, sentía la certeza de que sus infortunios acabarían. No tendría que ocultarse más, ni soportar la humillación de someterse a un juicio de responsabilidad por haber sido ministro de Su Alteza Serenísima durante su dictadura. Tampoco volvería a sufrir de persecución por haber servido al gobierno conservador como ministro de la Suprema Corte de Justicia durante la Guerra de Reforma. Al fin podría vivir tranquilo y rodeado de su familia.

Conciudanos la honra insigne e inefable dicha de ser los primeros, entre los mexicanos

Concluía Gutiérrez de Estrada

 

que reverentes os saluden a nombre del país, como el Soberano

de México, árbitro de sus destinos y depositario de su porvenir. Todo el pueblo mexicano, que aspira con indecible impaciencia a poseeros, os acogerá en su suelo privilegiado con un grito unánime de agradecimiento y de amor.

Los presentes contuvieron el aliento y dirigieron la mirada expectante al archiduque y su esposa. Maximiliano, ataviado con el traje de gala de almirante de la marina austriaca, en color azul y oro, dio unos pasos hacia delante y dijo: “Solemnemente declaro que con la ayuda del Todopoderoso acepto de las manos de la Nación mexicana la Corona que ella me ofrece”.

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En honor a los héroes, las fiestas patrias en Michoacán, 1826-1846

Moisés Guzmán Pérez
IIH, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Revista BiCentenario # 7
 
Juan Manuel GonzA?lez UreAi??a

Un año después de que el gobierno del presidente Guadalupe Victoria declarara oficial la fecha del 16 de septiembre y de que se empezara a festejar en la ciudad de México, tuvo lugar la primera celebración en el estado de Michoacán. A partir de 1826, año tras año, si bien con algunas interrupciones, una junta formada por los vecinos de las ciudades importantes del país, más las autoridades, se encargó de organizar las fiestas cívicas septembrinas.

La ciudad de Valladolid (hoy Morelia), capital del estado de Michoacán y sede de un vasto obispado, no fue ajena al proceso. Como lo hicieran algunas otras ciudades de la república, influidas por la ciudad de México, los michoacanos se prepararon para conmemorar el día en que se inició la lucha por la independencia. En la sesión de cabildo del 1° de septiembre de 1826, el regidor del ayuntamiento de Valladolid, Juan Manuel González Urueña, propuso que se publicara un bando para dar lustre y solemnidad a aquel día, lo cual fue aprobado por unanimidad. Acto seguido, se votó que el mismo Dr. González Urueña arengara al pueblo la víspera del 16, día en el que habría paseo, y que la comisión presentase un plan acerca de qué debía hacerse para solemnizar el evento.

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No disponemos del escrito correspondiente; sólo sabemos que el cabildo lo aprobó en la sesión del 5 de septiembre, igual que el bando para su publicación y el convite, y que en esa reunión se eligió a tres regidores para que, junto con el alguacil mayor, salieran con el bando que debía anunciar las actividades del 16. Para la música, adorno e iluminación, se emplearon 50 pesos de los fondos municipales y el ayuntamiento cubrió el dinero faltante, con las aportaciones de los regidores.

Aun cuando la corporación municipal debió invitar formalmente al cabildo eclesiástico al paseo vespertino y a la función en la iglesia, no lo hizo, ocasionando la inconformidad de esa jerarquía, la cual protestó de inmediato. Al hacerse las averiguaciones, los regidores comprendieron que la falta de papel obligó a Martínez, secretario del cabildo, a no considerar a los capitulares para el convite. A fin de corregir el equívoco, nombraron una comisión que se presentara a ofrecer una disculpa. Desde ese momento, ambas corporaciones trabajaron coordinadamente en la organización de los festejos.

El ayuntamiento contribuyó al año siguiente con la cantidad de 200 pesos para solemnizar el aniversario del grito de Dolores. Asimismo aprobó un reglamento municipal, el primero que conocemos para la ciudad en el siglo XIX y que transcribimos íntegro dado lo interesante del mismo. Dice a la letra:

1a. Los habitantes de esta ciudad adornarán en el referido día 16 las fachadas de sus casas, y en las noches iluminarán con el esmero que su patriotismo les inspire.

 

2a. Se prohíbe en el mismo día bajo la multa de 5 pesos el expendio de licores embriagantes, siguiendo vigente desde el 17 lo prevenido en el antiguo bando de la materia.

 

3a. El ebrio que se encuentre en las calles se destinará al trabajo de obras públicas por el tiempo de quince días o un mes en prisión.

 

4a. Los que quemaren cohetes los harán a lo alto, y el que los dirigiese hacia las calles pagará a más de 5 pesos de multa, los perjuicios que acaso resultaren.

 

5a. No se permitirá en la plaza principal, en la de San Juan de Dios, en las calles donde se verifiquen los paseos, ni en la calzada; que anden coches ni cabalgaduras en las horas de aquellos. Lo mismo se observará por la noche en la plaza principal hasta que se concluyan los fuegos bajo la multa de 5 pesos.

A los dos días de la fiesta, el Congreso de Michoacán expidió un decreto en que previno la asistencia del gobierno a la ceremonia en la iglesia los días de fiestas nacionales y, a partir de 1828, el gobernador del estado comenzó a asistir a las celebraciones del 16 de septiembre. Desde agosto se había presentado un presupuesto de los gastos de iluminación para la próxima fiesta y la Junta Patriótica determinó que el paseo cívico se hiciera, no a pie, sino a caballo. El día 12 de septiembre, el Congreso local cambió el nombre de la ciudad de Valladolid por el de Morelia, para honrar al caudillo José María Morelos y Pavón. La oración cívica en esa ocasión corrió a cargo del cura Manuel de la Torre Lloreda, uno de los autores intelectuales de la primera constitución política de la entidad.

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