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El cine no es improvisación: Roberto Gavaldón

Graziella Altamirano
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Roberto Gavaldón es considerado como uno de los mejores directores de la época de oro del cine mexicano y su mayor representante en certámenes internacionales.

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Roberto Gavaldón, dir., Macario, cartel publicitario, 1960. Colección particular.

El cine mexicano vivió el mayor esplendor de su época dorada en la década de 1940, alcanzando una significativa proyección y una gran relevancia a nivel internacional a través del reconocimiento de sus películas y de sus actores, así como por su amplia distribución y comercialización en varios países. Los avatares de la segunda guerra mundial acotaron la producción fílmica en Europa y Estados Unidos, lo que coadyuvó al florecimiento del cine mexicano con la aparición de nuevas producciones nacionales que ingresaron al mercado internacional, convirtiéndose en una de las principales industrias del país.

La llamada época de oro del cine nacional descolló por su amplia variedad de contenidos y nuevas líneas temáticas a través de la adaptación literaria, la comedia musical, la exaltación nacionalista, las historias rurales y los melodramas citadinos y de los barrios bajos. De ella salió una pléyade de realizadores y figuras emblemáticas que obtuvieron fama internacional. En la década de 1950, la producción nacional sufrió una caída con la reincorporación al mercado de filmes europeos y estadunidenses que avivaron la competencia, lo cual condujo a la realización de producciones más baratas y afectó, en muchos casos, la calidad alcanzada en los años anteriores.

Entre los realizadores de aquellos años dorados de nuestro cine destaca Roberto Gavaldón (1909-1986), quien ha sido considerado como uno de los mejores directores mexicanos de todos los tiempos y uno de los principales exponentes de lo que se ha llamado “melodrama social” en la cinematografía nacional. Este prolífico director, autor de 48 largometrajes, incursionó en el cine escalando todos los peldaños que le dieron experiencia y le enseñaron los diferentes oficios del quehacer fílmico hasta llegar a dirigir su primera película, La barraca (1945), ópera prima basada en un texto de Vicente Blasco Ibáñez, con la que despuntó su carrera y por la que recibió un Ariel, siendo el primer director mexicano galardonado con ese premio, reconocimiento que se repetiría en varias ocasiones a lo largo de toda su trayectoria filmográfica.

Las películas más conocidas de Roberto Gavaldón las realizó junto a grandes personalidades del séptimo arte, como los cinefotógrafos Alex Phillips y Gabriel Figueroa, el escritor y guionista José Revueltas, el músico Raúl Lavista, y estrellas de la gran pantalla como María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz y Arturo de Córdova, con quienes el cine mexicano alcanzó niveles internacionales.

Si bien su cine apuntó hacia el melodrama, Gavaldón trabajó diversos géneros como el policiaco, el musical, el fantástico y el drama rural. También realizó un ciclo de western-ranchero con el actor Antonio Aguilar. Entre sus películas destacan títulos como La otra, (1946); La diosa arrodillada (1947); En la palma de tu mano (1951); El rebozo de Soledad (1952); Sombra verde (1954); Camelia (1954); La escondida (1956), y Miércoles de ceniza (1958).

Fue estimado en su tiempo como “el mayor representante” del cine mexicano en los grandes certámenes internacionales de Cannes, Venecia y Berlín, siendo su película Macario (1959), protagonizada por Ignacio López Tarso y Pina Pellicer, ganadora del premio a la mejor fotografía en Cannes y la primera en ser nominada al premio Oscar de la Academia, en la categoría de mejor película en lengua extranjera. Por esta actuación, López Tarso fue premiado como mejor actor en el San Francisco International Film Festival. Se ha dicho que esta cinta, basada en un texto de Bruno Traven, es probablemente la mejor obra fantástica de esa época, ocupando el lugar 59 dentro de la lista de las 100 mejores películas del cine mexicano, publicada por la revista Somos en 1994, según la opinión de 25 críticos y especialistas del cine en México.

En décadas posteriores, Gavaldón cambió el tipo de temas tratados y se interesó más por asuntos políticos y sociales. Destacan La rosa blanca (1961), con el tema de la expropiación petrolera en México, obra que fue prohibida y por fin estrenada en 1972; Días de otoño (1962); El gallo de oro (1964), obra de Juan Rulfo, cuya adaptación la realizó junto a Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, y Doña macabra (1971), entre otras. En España realizó tres películas: Don Quijote cabalga de nuevo (1973); La madrastra (1974), y La playa vacía (1977). Su último film fue Cuando tejen las arañas (1979).

Roberto Gavaldón fue reconocido por sus cualidades técnicas y artísticas, siendo sus películas apreciadas por la refinada calidad de sus imágenes y el impecable manejo de la cámara, así como por una marcada inclinación hacia temáticas oscuras de crimen y misterio y personajes complejos y atormentados con un destino fatal. Se han considerado como características más definidas de sus películas la narrativa y los visuales del noir film: fuertes contrastes del blanco y negro y el juego con las sombras.

La filmografía de Gavaldón ha sido reconocida en diferentes foros internacionales; en 2011 la Cinemateca de París exhibió varias de sus películas. Este año, The Museum of Modern Art (MoMA) de la ciudad de Nueva York realizó una retrospectiva titulada Roberto Gavaldón: Night Falls in Mexico, teniendo como objetivo presentar la dualidad de la sociedad mexicana: Por un lado, el campo y las zonas rurales y, por el otro, el caos de las grandes ciudades, como la capital del país. El Festival de Cine de San Sebastián también dedicó su 67 edición al cineasta mexicano proyectando una veintena de sus películas.

El texto que ahora presentamos es una edición de la entrevista con Roberto Gavaldón, realizada por Ximena Sepúlveda, los días 16 de agosto y 9 de septiembre de 1976 (PHO/2/81), en la que el cineasta, con una mirada retrospectiva, nos relata su larga trayectoria y su experiencia como director en el cine mexicano.

Nací el siete de junio de 1909 en la ciudad de Jiménez, Chihuahua, de donde salimos muy chicos durante la revolución, y nos trasladamos a Torreón, Coahuila. Ahí vivimos ocho años y después nos fuimos a la ciudad de México. Cuando ya iba en la preparatoria me fui a vivir a Estados Unidos. Empezaba a estudiar odontología, pero tenía que estudiar y trabajar al mismo tiempo, entonces ya me dediqué exclusivamente a trabajar. Trabajé por curiosidad, sin ningún interés en la industria de Hollywood, nada más por saber cómo eran los estudios por dentro, pero por tener amigos dentro de ella, trabajé como extra en algunas películas de Estados Unidos en esa época, eso fue por el año de 1926… Regresé a México en 1932 y encontré ya aquí el cine sonoro. Pretendían que yo fuera actor, pero nunca me interesó ser actor, no me gustaba la actuación, para nada. Me sentía yo un poco ridículo actuando. Me interesaba más bien la parte técnica y empecé desde abajo, como utilero, luego como anotador, o sea script clerk, luego fui ayudante de edición y pasé a ser asistente de director durante doce años. En los últimos tres años llegué a ser codirector, o sea, iniciaba yo a directores nuevos y llevaba el crédito de la codirección en esa película.

Yo empecé a ser asistente de director con Gabriel Soria, que fue un director muy famoso de esa época; hizo películas muy importantes y le aprendí mucho. También aprendí mucho de Chano Urueta, de Fernando de Fuentes, y de muchos otros directores a los que asistí; entonces tuve una gran práctica en materia de dirección y la compenetración de toda la parte técnica, de toda la aportación de los técnicos, que es tan importante como el reparto mismo, como el libro. Esas personas, esos técnicos, y trabajadores manuales son realmente los que ayudan a hacer la película y colaboran en una forma muy amplia y eficaz a hacerlo.

La mayor parte de los cineastas mexicanos se hicieron en el terreno del rodaje. Han surgido de ahí mismo grandes fotógrafos como Gabriel Figueroa, que al principio era un fotógrafo de fijas en un estudio. Luego, en esa época vino Alex Phillips. Alex, de hecho, fue el maestro de todos los fotógrafos de esa época. El propio Gabriel Figueroa fue asistente de Alex Phillips. En fin, todos nos hicimos en el terreno del rodaje. No teníamos ninguna escuela, ninguna academia que nos enseñara la filmación de películas, sino que fuimos aprendiendo sobre la marcha. En todo departamento de cine así fue. Yo seguí una especie de escalafón que me permitió poco a poco ir aprendiendo muchas cosas.

También colaboré en muchas ocasiones como coadaptador de películas. Uno se forma con el interés de estar en la industria y de aprender en los pocos medios que teníamos para aprender, y los muy personales, que era consultar libros de cine y analizar películas importantes. Con la adaptación comenzó mi relación con José Revueltas y con Jack Wagner, de Estados Unidos; hicimos una muy buena amistad los tres. De Revueltas ya tenía antecedentes hacía tiempo, por lo que leía de él, por sus inquietudes de tipo literario, y de toda clase de inquietudes ideológicas también. Siempre fui muy admirador de él. Hubo una gran amistad entre él y yo, hicimos juntos varias adaptaciones, afortunadamente con éxito. Él desconocía mucho de lo que era la técnica cinematográfica, cosa que yo ya tenía, por los años que había sido asistente de director, y ya había empezado a hacer algunas películas. En la adaptación el tema se visualiza cinematográficamente, con la medida y la técnica necesaria para llevarlo a la pantalla, porque el hecho de dirigir da una visión más amplia de lo que se debe hacer en el cine, en el orden técnico, en el orden artístico, en el orden literario. Se puede decir que es fácil adaptar una novela al cine si se sabe hacerlo, porque han fracasado muchos intentos de adaptaciones en donde casi con poca imaginación cinematográfica se someten demasiado a la novela misma, tratando de respetarla, o por imposición del autor. Es decir, el trasplantar una obra original, una novela al cine, en muchas ocasiones cambia mucho el original, porque ya se visualiza eso que el autor quiso decir en su novela en imágenes, y con otros recursos que son auxiliares para el cine, no para el teatro ni para la novela misma.

La primera película que dirigí fue La barraca, basada en la novela de Blasco Ibáñez. Me habían propuesto en varias ocasiones algunas historias para dirigir, pero nunca me interesaron, no me gustaron, no pensé que ninguna de ellas era la película con la que yo quería debutar como director. Cuando se me ofreció La barraca, pues incondicionalmente la acepté y afortunadamente tuve mucho éxito con ella…

En La barraca, el 90% era no solamente españoles, sino que eran valencianos; desde el músico, que era un gran músico en España, Samper, que hizo la música de la película. Tuve la asesoría, desde la adaptación misma, de Tito Davison, de la propia Libertad Blasco Ibáñez, la hija del autor. Estuve perfectamente documentado. Llegué a hacer una película que fue aceptada no solamente como mexicana, sino que en muchos casos se veía como hecha en España. Se produjo fielmente la huerta valenciana aquí en México, con toda la asesoría de gentes que conocían y dominaban el ambiente valenciano. El propio libro, la novela ilustrada de Blasco Ibáñez tiene maravillosas estampas que nos servían de guía en cuanto al vestuario, carruajes, la misma escenografía nos daba muchas luces en todo eso. Fue una película muy bien documentada.

En mis películas la elección del reparto siempre fue absolutamente bajo mi responsabilidad y elegido por mí mismo. Así lo he llevado en todas, aunque nunca desconociendo –en el tiempo en que había muchos productores– los intereses de algunos de ellos, que contrataban a la actriz o al actor como principio de un proyecto para hacerse en el cine. En esa parte sí interviene el productor, en el interés de invertir en una figura que siente que después puede recuperar la inversión. Caso concreto como lo hubo con Pedro Infante, con las grandes figuras de taquilla, pues ya el proyecto se enfocaba a esa figura que está garantizada en gran parte a la inversión…

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

Juan García Ponce y el privilegio de la mirada en el arte

Ángel Aurelio González Amozorrutia

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Juan García Ponce abordó en sus obras distintas vertientes, que van desde la literatura hasta la crítica de arte. Tuvo además un papel fundamental en la formación de la llamada Generación de la Ruptura.

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Juan García Ponce, 1981. Fotografía de Elisa Cabot, Flickr commons.

El poder de la belleza y la imaginación.
Ese es el derecho del arte.
Con él, en él,
Nos devuelve el derecho a la vida.

Uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana en la década de 1960 fue el yucateco Juan García Ponce (Mérida, 22 de septiembre de 1932 – Ciudad de México, 27 de diciembre de 2006), conocido por su vínculo con las vanguardias literarias de esos años, y autor de obras importantes como: La casa de la playa (1966) y El gato (1974), entre muchas más.

No obstante que su trabajo literario estuvo centrado en la novela y el cuento, García Ponce se involucró en la escena pictórica de esos años, en un principio de manera casi “natural” –dado que su hermano Fernando fue uno de los jóvenes exponentes de la nueva estética que se ensayaba en la pintura nacional–, al escribir textos sobre una generación, la de la “ruptura”, que aspiraba a cambiar los cánones entonces vigentes. Este texto se centra en esa integración entre literatura y pintura manifiesta en sus escritos.

En un entorno de cambios sociales y políticos, el arte también hizo eco en diversas expresiones como la música, las letras, la pintura, el teatro y el cine. En cuanto al ámbito pictórico, Juan García Ponce analizó a la nueva generación de pintores, que buscaron nuevos caminos de expresión, a través de su texto Nueve pintores mexicanos.

Dicha generación irrumpió en México a mediados de la década de 1960; en ese momento un conjunto de artistas buscó nuevas rutas sobre el arte, lejos de la categórica sentencia de David Alfaro Siqueiros “No hay más ruta, que la nuestra”; donde los dogmas de la Escuela Mexicana de Pintura sobre el nacionalismo en el arte asfixiaba y censuraba todo quehacer artístico que no contribuyera a la exaltación del nacionalismo, donde el arte únicamente era un medio para la construcción de la grandeza de la nación. Los museos de la ciudad y el discurso estético del Estado se consagraban en difundir la obra de aquellos artistas que exaltaban los valores triunfantes de la revolución mexicana, un pasado indígena ensalzado como una utopía de orden perfecto de un pasado glorioso, y los ecos del muralismo, que había iniciado, en la segunda década del siglo xx, una cruzada en los edificios públicos bajo el apostolado de José Vasconcelos, secretario de Educación Pública, que respondió al momento histórico pero cuyo discurso, en cierta forma, se había agotado a mediados de la década de 1950.

García Ponce, de padre español y madre yucateca, pasó la niñez entre Campeche y el estado materno. En su Autobiografía precoz (1966), que le fue encargada por el crítico literario Emmanuel Carballo, junto con otros escritores como Salvador Elizondo y José Agustín, describe cómo fue formada su vocación hacia la escritura, ciertamente tardía de acuerdo con su propio testimonio, y cómo su infancia transcurrió en casas señoriales de amplios patios y, siguiendo las costumbres de la época, bajo el cuidado de su abuela, tías y nana. Estudió la primaria con los maristas en Mérida. Este ambiente se refleja en su obra El canto de los grillos, que en 1956 ganó el Premio Ciudad de México, siendo galardonado por el entonces presidente de la república Adolfo Ruiz Cortines, en un hecho que definiría su destino como escritor, mismo que lo alejó del destino que su padre le tenía reservado, continuar con la tradición de manejar los negocios familiares.

Muy joven se trasladó a la ciudad de México para estudiar Letras Alemanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde entró en contacto con profesores y escritores. Cabe señalar que desde los años cuarenta se habían incorporado a ella varios intelectuales y académicos españoles, exiliados por la guerra civil, gracias a la generosa y valiente política de asilo que emprendió el presidente de la república, el general Lázaro Cárdenas del Río. Esta afluencia de escritores y filósofos, como José Gaos, Max Aub y editores como Joaquín Diez Canedo, por citar algunos, fue muy valiosa para la literatura y la crítica; también llegaron a México artistas como Leonora Carrington (con quien después Juan colaboraría en la mítica Revista S.nob de arte y literatura), Remedios Varo, Vlady, hijo de Víctor Serge, quienes también huyeron del fascismo; todos con clara influencia surrealista y de las vanguardias europeas, que eventualmente se confrontaron, en ciertos aspectos, con el discurso del arte de cuño nacionalista.

En la ciudad de México, Juan García Ponce entró además en contacto con escritores y artistas como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, José de la Colina, Sergio Magaña, Juan José Arreola, Rosario Castellanos, Juan José Gurrola, Juan Vicente Melo, que fueron llamados también la Generación de Medio Siglo o Casa del Lago.

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PARA SABER MÁS

El Plan de Guadalupe. Un documento fundacional

Edwin Alberto Álvarez Sánchez
Museo Casa de Carranza

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

El artículo 4° del llamado Plan de Guadalupe, proclamado por Venustiano Carranza el 26 de marzo de 1913 para restaurar el orden constitucional, consigna el nacimiento de nuestro ejército y fuerza aérea. Allí está el origen de nuestras fuerzas armadas.

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G. Sánchez Guerrero, Venustiano Carranza, óleo sobre tela, s. XX, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Cada 19 de febrero se celebra el día del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos. Esto se debe a que, en esa fecha, el año de 1913, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, obtuvo autorización de la legislatura local para levantarse en armas contra el general Victoriano Huerta, a fin de defender el orden constitucional, violentado por la aprehensión del presidente Francisco I. Madero y su gabinete. La autorización quedó consignada en el decreto 1421.

Sin embargo, ese decreto por sí solo no estableció ninguna fuerza armada. Simplemente dio a Carranza un respaldo legal para sublevarse. Días más tarde, el expresidente Madero, que coaccionado por Huerta había presentado su renuncia ante el Congreso de la Unión, fue asesinado. Al tanto de este hecho, Carranza abandonó la ciudad de Saltillo con una pequeña comitiva, decidido a encabezar un movimiento armado.

Huerta no tardó en responder y envió contra el gobernador rebelde a los generales Fernando Trucy Aubert, Arnoldo Casso López y Manuel Blázquez. Este último, padre del jefe de la Guardia Presidencial del extinto Madero, ocupó la capital coahuilense y asumió el gobierno de la entidad. Durante las primeras semanas del movimiento, Carranza se dedicó a merodear en las cercanías de Saltillo, para después librar un malogrado combate en Anhelo. La llegada al estado del coronel Guillermo Rubio Navarrete y del mayor Joaquín Mass Águila lo obligó a operar con más prudencia. Estableció su cuartel general más al norte, en Monclova, donde planeó un ataque a Saltillo, que resultó en un nuevo revés.

Dos derrotas consecutivas llevaron a los jefes y oficiales rebeldes a cuestionar el liderazgo militar de don Venustiano, quien no se aferró al mando operativo de sus fuerzas. Pablo González, Jesús Carranza –su hermano menor– y Francisco Coss se desprendieron del contingente principal, a fin de operar por su cuenta, aunque sin dejar de reconocer su autoridad política. Sin embargo, consciente de la necesidad de consolidar el movimiento ante la opinión pública nacional y extranjera, el también conocido como Varón de Cuatro Ciénegas acordó con su secretario Alfredo Breceda la elaboración de un programa de acción mientras hacían la marcha de regreso hacia Monclova. Este fue redactado en la hacienda de Guadalupe, propiedad de un amigo de Carranza llamado Marcelino Garza.

El llamado Plan de Guadalupe fue dictado por don Venustiano a Breceda y contenía siete puntos o artículos, el primero de los cuales desconocía a Huerta como presidente de la república. El segundo desconocía a los poderes legislativo y judicial por haber sancionado la usurpación admitiendo la renuncia de Madero. En el tercer artículo se desconocía a los gobernadores que 30 días después de publicado el Plan siguieran aceptando la administración huertista, lo que evidentemente buscaba la adhesión del movimiento de algunos de los que hubieran optado por plegarse al cuartelazo. El artículo 4° establecía, ahora sí, la existencia de un ejército constitucionalista, a cuya cabeza estaría el propio Carranza en calidad de Primer Jefe. El artículo 5° informaba que, tras el triunfo del movimiento, el Primer Jefe ocuparía la presidencia interina de la república, en tanto que los artículos 6° y 7° versaban sobre las elecciones a celebrarse a nivel federal y estatal con objeto de sustituir a las autoridades espurias. Cabe añadir que la razón de que el ejército revolucionario adoptara el título de constitucionalista se debió a que su misión original fue restablecer el orden constitucional violentado por el cuartelazo huertista.

El texto fue presentado por Carranza y Breceda a los jefes y oficiales rebeldes, a fin de que lo aprobasen y asentaran sus firmas. No obstante, la mayoría de ellos opinó que el texto era muy escueto y que necesitaba más explicaciones. Ciertamente, el Plan de Guadalupe en su versión original cabía en una sola cuartilla, mientras que el farragoso Plan de San Luis de Madero había cubierto alrededor de once fojas completas. Don Venustiano defendió su plan, no sólo por indicar un sencillo programa político a seguir sino por no hacer promesas incumplibles. Los jóvenes oficiales insistieron y obtuvieron la anuencia del Primer Jefe para asentar una introducción o “considerandos”, que explicaban las causas del movimiento revolucionario. Terminada la redacción definitiva, los 66 jefes y oficiales del naciente ejército constitucionalista que estaban presentes escribieron sus rúbricas. Entre ellos cabe destacar a los futuros generales Jacinto B. Treviño, Lucio Blanco, Cesáreo Castro, Gustavo Elizondo, Guadalupe Sánchez, Francisco J. Mújica, Agustín Millán, Manuel W. González y el ya citado Breceda.

Carranza no firmó su propio Plan, pues el tono del artículo 4° indicaba que el documento fue acordado por los firmantes, quienes habían decidido nombrarlo como su jefe. Habría sido de mal gusto e impolítico que don Venustiano se hubiera autonombrado líder del movimiento. De cualquier manera, con esto se seguía el procedimiento usual de los pronunciamientos del siglo XIX, cuyos textos daban a entender que el verdadero redactor del Plan no estaba enterado del mismo y que había sido nombrado por otras personas –los supuestos redactores– como cabecilla de la revuelta.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • Barrón, Luis, Carranza: el último reformista porfiriano, México, TusQuets, 2009.
  • Carranza, Venustiano, Plan de Guadalupe. Decretos y acuerdos 1913-1917, México, Sedena-inehrm-sep, 2013.
  • Garcíadiego, Javier, 1913-1914 de Guadalupe a Teoloyucan, México, Clío/Gobierno de Coahuila, 2013.
  • Salmerón, Pedro, Los carrancistas. La historia nunca contada del victorioso Ejército del Noreste, México, Planeta, 2009.

Mi abuelita intenta construir casa en Coyoacán

La Nieta Justiciera

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Se describen las causas del TBS (trauma burocrático severo) que padece una pobre abuelita, como resultado de casi seis años de malabares absurdos e inútiles en varias instituciones de la Ciudad de México, sobre todo en la alcaldía que le corresponde y haciendo ella misma los trámites para construir una casa pequeña en Coyoacán.

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En un lugar de Coyoacán, de cuyo nombre prefiero no acordarme, mi abuelita ha querido construir un hogar cómodo en el que sueña pasar el resto de sus días. Con los ahorros de toda su vida compró un terreno de 200 metros cuadrados y contrató a un arquitecto para iniciar, ilusionada, su proyecto. El arquitecto diseñó una casa cómoda y relativamente pequeña de 160 metros cuadrados sobre dos plantas, conforme a la normatividad vigente en 2014. Ella insistió mucho en dejar mucho espacio para el cultivo de su preciado jardín y, como es ecologista, para recargar los mantos freáticos. También insistió en el reciclamiento de aguas pluviales y de uso doméstico.

La pobre abuela no sospechaba que la construcción de su casa se convertiría en un verdadero calvario. El arquitecto no fue el problema. Su dolor de cabeza ha sido deambular, durante años, por los laberínticos pasillos de una burocracia kafkiana, digna de ciencia ficción. Resultó que los trámites para obtener la licencia de construcción eran complicados e infinitos. Animosa, como es, se lanzó a la Ventanilla Única (habría que averiguar por qué se llama Ventanilla Única a esas oficinas que no son ventanillas ni son únicas de la entonces delegación Coyoacán). La lista de requisitos fue tan larga, que ella expresó de inmediato: “¡Oiga, yo sólo quiero construir una casa de 160 metros cuadrados, no la Torre Mitikah!”. Ante el rostro impenetrable del funcionario que la atendió, dio media vuelta y lanzó un profundo suspiro.

Resignada, inició el trámite de cada uno de los requisitos en las distintas dependencias del gobierno capitalino: que si el alineamiento y número oficial (en la delegación Coyoacán), que si el certificado único de zonificación de uso de suelo (en Seduvi), que si la factibilidad (en Sacmex), que si esto en la Tesorería y que si lo otro en quién sabe dónde. La tarea era titánica para la pobre abuela, quien tuvo que aprender el lenguaje de la tramitología de cada dependencia, así como a hacerse de paciencia para soportar los tiempos de cada institución. Para aguantar, inició clases de yoga y meditación profunda. Ello le ayudaba a respirar para mitigar el enojo que le provocaba ir a cada oficina para enfrentar respuestas incompletas, el famoso “todavía no sale su documento” o el “venga dentro de un mes porque se cruzan las vacaciones”, o simplemente para soportar las largas esperas para ser atendida.

Al cabo de mucho batallar, la valiente abuela ya casi cubría todos los requisitos cuando se presentó el cambio de delegado en Coyoacán. Salía un mal afamado personaje e iniciaba funciones su compadre. La abuelita no entendía por qué ese cambio rompía la continuidad del funcionamiento de toda la delegación. En particular, por qué eso entorpecería su trámite. En fin… A esperar a que el nuevo delegado se instalara y formase sus equipos, ratificara personal, etcétera, etcétera.

Por fin, se armó de valor para contraatacar la burocracia kafkiana con los bríos que le dio el receso. Otra vez se acercó a la Ventanilla Única. Casi se va de espaldas cuando se dio cuenta de que la lista de requisitos había cambiado. No sólo eso, la vigencia de los documentos previos había caducado. La pobre contuvo el desesperado grito de “¡Nooooo eeeess pooosiiibleeee!”. Se tragó el llanto con un mantra aprendido en las clases de meditación, que venía como anillo al dedo para la ocasión. Cabizbaja y triste pensó: “Nunca podré construir mi adorable casita.”

Una vecina piadosa le aconsejó contratar a un gestor para que ella ya no se desgastara con tanto trámite, para que ya no hiciera corajes que iban a dañarle la bilis y porque, ultimadamente, ella ya no estaba para esos trotes. Le pasó el teléfono de un especialista en tramitología de alto grado de complejidad, experto en lenguajes burocráticos y, sobre todo, en simplificación administrativa (cuotas facilitadoras). La abuela estaba indignada. No comprendía cómo doña Chonita, tan católica ella, le había sugerido violar sus sagrados principios de honestidad para prestarse a la pura y vil transa. Se acordó de la frase que había escuchado de modo recurrente en ambientes que, por supuesto, no eran los suyos: “el que no transa, no avanza”. “¡Virgen santísima, apiádate de mí!”, exclamó para sus adentros. La abuela no pudo con semejante carga moral, y económica, hay que decirlo, porque a los costos de la construcción y de los propios trámites, se agregaban ahora los pagos al gestor y las “dádivas”, como él las llamaba. Se tomó un largo tiempo de reflexión.

Hacia el mes de enero de 2018, por fin la abuela se animó a rebasar los principios con los que había sido educada y se entrevistó con varios gestores, quienes le prometían las perlas de la virgen. Todos coincidían en que el trámite más complicado y costoso sería la aprobación del sistema alternativo de aguas pluviales por parte de Sacmex. Las dádivas para obtener los diversos trámites tenían montos diversos. Un gestor se atrevió a ofrecerle comenzar la construcción en una semana sin ser amonestada por los inspectores a cambio de 250 000 pesos. La abue puso ojos de plato y respondió: “O le pago a usted o construyo mi casa, ¿de dónde cree que yo voy a sacar ese dinero?” Ante tanta corrupción y opacidad en los procesos para obtener los documentos, mi abuelita decidió rehacer el periplo de la visita de las múltiples dependencias de gobierno ella misma para ir juntando los documentos. Sólo solicitó a un gestor relativamente honesto el trámite de Sistema Alternativo, porque ahí sí, ni Dios Padre podía ayudarla.

En eso estaba cuando de nuevo llegó el periodo electoral de 2018. No sospechaba que la delegación Coyoacán, ahora alcaldía, y el Sacmex suspenderían durante varios meses los trámites, debido a la transición de equipos de trabajo. Tuvo que esperar hasta febrero de 2019 para sacar ficha en la alcaldía de Coyoacán para presentar los documentos requeridos para la manifestación de construcción tipo B de su añorada casa. Ella tenía la esperanza de que, ahora sí, pudiera conseguir la manifestación porque durante meses de campaña estuvo escuchando que el combate a la corrupción sería la bandera principal del gobierno entrante, lo cual incluiría a la Ciudad de México, y de pasada, creía, a la nueva alcaldía elegida en 2018. Tenía fe, y a lo mejor todavía la tiene, en que las declaraciones públicas del alcalde en las que se deslinda de las corruptelas de sus predecesores sean verdaderas y que el hombre sea honesto. A lo mejor su pasado deportivo le generó alguna disciplina y buena moral. Además, le dio mucha confianza ver los letreros pegados en las paredes de las oficinas, en los que se anuncia una estricta vigilancia contra la corrupción.

Entre febrero y julio del 2019, mi abue estuvo visitando insistentemente las oficinas de la Ventanilla Única de la alcaldía para que le revisaran sus documentos y la orientaran en cuanto a los nuevos requisitos para solicitar la manifestación de construcción. La experiencia acumulada la dotó de gran paciencia para soportar de nuevo las largas esperas para ser atendida. Cuando, por fin, obtuvo una cita para la revisión “definitiva” de la documentación, la funcionaria no se presentó en la oficina. Después de dos horas de espera, la abuelita, algo enojada, reclamó. Le explicaron que esa funcionaria era responsable de varias tareas, muchas de las cuales debía hacerlas fuera de esas oficinas. Pero que no se preocupara, que la esperase porque ya estaba en camino. La abuelita pidió que otro empleado le revisara la documentación. Le respondieron que sólo esa funcionaria estaba autorizada para hacerlo. La abuela se quedó pensativa y se preguntó: “¿Por qué asignan la importante tarea de revisar los requisitos para solicitar las manifestaciones de construcción a una persona a quien también envían fuera de la oficina?” Para entonces, ya no trataba de responder la pregunta absurda, porque ya se había acostumbrado a que esa alcaldía, antes delegación, así funcionaba y era muy probable que las otras alcaldías de la ciudad también tuvieran su buena dosis de irracionalidad.

La funcionaria llegó por fin. A pesar de todo, la abuela la trató con pinzas porque sabe ya que es contraproducente quejarse. La mujer revisó los documentos con aire de superioridad. Empezó a decir que faltaban. La abuela se entristeció, angustió… Le dictó una nueva lista tan rápido que ella se vio obligada a usar abreviaturas y signos diversos. Luego llegó el sablazo final: existía un nuevo requisito que se llama solicitud de publicitación. Consiste en colocar una lona en el predio para dar a conocer a los vecinos las especificaciones de la obra. Había que tomar fotografías de la lona y un periódico local, en las que se viera con claridad la fecha, durante quince días naturales. “Pero eso no me lo habían pedido en estas últimas revisiones que he tenido; tampoco aparece en la lista de documentos a entregar en la solicitud actual”, explicó la abuela. “Pues sí, pero ya lo pedimos. ¡Ah!, y también la constancia de inexistencia de drenaje”, respondió la funcionaria implacablemente. Ante la cara de sorpresa de la abuela y previniendo una explosión emocional de su parte, la funcionaria le pidió que tomase fotos de una guía para realizar el trámite de publicitación. Luego sacó cuentas en su calendario y le dio cita para un mes más tarde porque se atravesaba el periodo vacacional. Cita con ella, la única persona en la oficina autorizada para asegurarse del cumplimiento de los requisitos, el lunes 29 de julio a las 10:00 a. m.

La abue salió de ahí con sentimientos encontrados: más trabajo y trámites, pero confiada en que en el contexto de la 4T se le haría justicia y construiría, por fin, su casa. Esta vez preparó todos los requisitos con ayuda del arquitecto y de su valiosa colaboradora, una arquitecta muy capaz. Tomó las fotos cada día, redactó el oficio de solicitud de constancia de publicitación, cuya redacción resultaba tortuosa e incomprensible, pero había que seguir el modelo de la foto. En fin, con gran ilusión llegó a la cita del 29 de julio poco antes de las 10:00 a. m., acompañada de la arquitecta y una asesora en tramitología. Entre las tres cargaban los planos, los paquetes de fotocopias, los valiosísimos originales de constancias obtenidas con sangre, sudor y lágrimas durante meses y años. Nuevamente, la espera fue larga. Por ahí de las 11:00 la abuela preguntó si la funcionaria llegaría. No le dieron certeza de nada. Por ahí de las 12:00 pidió hablar con un superior. El coordinador del área accede a atenderla hacia las 13:00 horas. La abuela hizo esfuerzos titánicos para no mostrar su desesperación y trató de explicar su caso al coordinador, quien la interrumpió de inmediato, explicando que la funcionaria en cuestión no llegó porque estaba en el hospital. Enseguida le dirigió un reproche por ser tan insensible y no comprender que los funcionarios son seres humanos susceptibles a enfermedades e imprevistos accidentes. La abuela, desconcertada, alcanzó a responder: “Bueno, es que como llegó dos horas tarde la última vez, pensé que no vendría… ¿Entonces ahora qué procede? Nos costó mucho trabajo juntar todos los requisitos y quisiéramos saber que ahora sí están bien. Le pido, por favor, que nos asigne a otra persona.” El coordinador pidió que llamaran a alguien a que le revisase los documentos y preguntó si ya tenía la constancia de publicitación. La abuela respondió que siguió todos los pasos de la publicitación, pero que nadie le dijo que había que solicitar una constancia. “Pues sin ella no se puede ingresar la solicitud de manifestación. Entregue lo que trae para la publicitación en Ventanilla Única, le darán respuesta en dos semanas o en un mes.” La abuela previsora le preguntó con ingenuidad qué había que hacer una vez que obtuviera su constancia. Entonces no sospechaba que el trámite de publicitación era largo y laborioso y, tal vez, irrealizable para los mortales. Con quién pedía cita si la persona encargada de revisar la documentación estaba enferma o de plano no estuviera. El coordinador se exasperó y en un largo discurso cantinflesco argumentó finalmente que “hay que tener fe”. La abuela es religiosa pero no entendió dónde entraba la fe y Dios en todo esto. ¿Tendría que esperar a que la manifestación le cayera del cielo?

El 25 de septiembre de 2019, dos meses después de haber ingresado la solicitud de publicitación, mi abuelita llamó por teléfono a las oficinas de la Ventanilla Única para pedir informes sobre la respuesta. Se llevó una gran sorpresa cuando la secretaria le dijo que sí, pero que tenía “prevención”. “¿Qué es eso?”, preguntó la abuelita atónita. La respuesta fue parca: “Venga a los módulos para que le digan de qué se trata.” Mi abue colgó el teléfono con la mano temblorosa, pues no sabía si “prevención” significaba que siguiera a la siguiente etapa, o retrocediese diez casillas, como en el juego de serpientes y escaleras.

Cuando llegó a las oficinas de la Ventanilla Única, vio ya no estaba la funcionaria que supuestamente “atendía” el módulo de recepción de documentos, que estaba casi siempre vacío. En su lugar había otra señorita, quien le dio información con amabilidad. Era evidente que habían cambiado las cosas en esas oficinas, porque la atención fue de mejor calidad y de hecho se le pidió llenar un cuestionario para evaluar a la funcionaria. La traducción al castellano chilango abuelil del oficio de respuesta a su solicitud de publicitación fue: “Para darle la constancia de publicitación vecinal y poder seguir con el trámite de manifestación de obra, requiere entregar, en menos de cinco días hábiles, los siguientes documentos.” La abuelita suspiró profundo y gritó para sus adentros, con gran preocupación: “¿Quéee? ¿Máaaas documentos? ¡Nooooo! ¿y a entregar en cinco días?” Y como si todo fuera muy fácil, la funcionaria leyó: “Planos del proyecto arquitectónico, memoria descriptiva, planos del proyecto estructural, planos señalando la protección a colindancias, todo firmado por el dro, arquitecto y demás involucrados.” Todo acompañado de un oficio dirigido al director de Desarrollo Urbano de la alcaldía de Coyoacán y redactado en el lenguaje propio de aquella oficina.

A mi abuelita la invadió un pánico terrible provocado por su tbs (trauma burocrático severo, para el cual no hay remedios caseros). Como que sospechaba que su arquitecto tendría todo eso; pero se preguntó “¿Y si faltaba algún plano o documento?, ¿y si faltaba la firma del dro en alguno de ellos?, ¿y si no era posible encontrar al dro en tan poco tiempo?” Estaba a punto de darle el patatús, cuando pensó en llamar de inmediato a su arquitecto para tranquilizarse. La eficientísima ayudante del arquitecto le proporcionó todo lo necesario para entregar todo en los cinco días hábiles con que contaba, aunque se sintió intranquila porque todo se quedaría en las oficinas de Desarrollo Urbano y habría que imprimir planos, memorias y recabar las firmas de nuevo para el trámite de la manifestación. Nadie comprendía para qué requería la misma oficina tanto documento y planos repetidos. Son esos absurdos de la burocracia que responden a una lógica misteriosa que sólo se acata sin saber bien por qué razones. La abuela respondió en forma realista: “¡Ay!, m’hijita, ya veremos cuando lleguemos a ese paso. Con la lentitud de la alcaldía y todas las trabas que ponen, a lo mejor me muero primero.”

En eso está mi pobre abue en el momento de publicación de este relato: esperando que le den la constancia de publicitación para poder seguir con el proceso que se ha empecinado en concluir. Desde que inició incisivamente sus intentos en febrero de 2019 hasta inicios de noviembre del mismo año, sigue sin poder ingresar la solicitud de manifestación de obra. Teme que el año acabe sin poderlo lograr. Reza todos los días por si acaso el coordinador de la alcaldía tiene razón y sólo Dios le concederá la manifestación para construir su casa antes de “colgar los tenis”, como ella dice.

PARA SABER MÁS

  • Nieta Justiciera, “Trámites absurdos: mi abuelita intenta construir casa en Coyoacán”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, septiembre de 2019.
  • Nieta Justiciera, “La abuelita contraataca en la Ventanilla Única”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, octubre de 2019.
  • Nieta Justiciera., “Mi abuelita sufre trauma burocrático severo (tbs)”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, noviembre de 2019.
  • Ugalde, Vicente, “Del papel a la banqueta: testimonio del funcionamiento de la regulación urbano-ambiental” en Alicia Azuela (coord.), La ciudad y sus reglas: sobre la huella del derecho en el orden urbano, México, unam-iss, 2016.
  • Damián Szifron (dir.), Relatos salvajes, Argentina, 2014.

La irrupción de los “Azules” sonorenses, hippies norteños

Cuitlahuac Alfonso Galaviz Miranda
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

En la década de 1970, el movimiento hippie, nacido en California, Estados Unidos, ejerció gran influencia entre los jóvenes de distintos países. En Sonora, los “Azules” hacían eco de las propuestas y comportamientos marcados por el movimiento que proclamaba “paz y amor”.

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El 11 de enero de 1972 la sociedad sonorense despertó con una noticia que cimbró buena parte de su cotidianidad. Se trató de un evento que, en teoría, debía celebrar el amor: una boda. Sin embargo, la celebración terminó cuando fuerzas policiacas ingresaron al evento y arrestaron a varios de los asistentes.

El diario local El Imparcial publicó, el 12 de enero de 1972, una nota relacionada: “Marihuana party descubrió ayer la policía preventiva”. En ella se lee:

La policía preventiva de Hermosillo descubrió ayer en la madrugada un “nido” donde se celebraba una “marihuana party”. [Elementos policiacos] se abocaron al lugar del deshonesto agasajo y encontraron a nueve hombres y cuatro mujeres que se divertían abiertamente consumiendo drogas […]. Se les recogieron cerca de cuatro kilos de marihuana, más una cantidad de pastillas tóxicas, así como varios “carrufos” de la hierba maldita que estaban fumando.

Por su parte, el hoy extinto periódico El Sonorense dio un especial seguimiento a los hechos. El día posterior, su nota principal fue: “Drogadicción y vicio cunden en la Cd”. El título se publicó con destacadas letras rojas y se afirmó lo siguiente:

La policía preventiva de Hermosillo cayó antenoche por sorpresa en una fiesta “hippie”, [Se] detuvo a quince drogadictos, entre ellos cinco jovencitos que se embrutecían con marihuana, lsd y anfetaminas. [También se] recogieron tres bolsas de plástico y una mochila llenas de marihuana en greña, una caja de carrufos de cannabis índica, algunos cigarrillos sueltos, y un bolso de gamuza repleto de sobres con ácido lisérgico.

En la fiesta se celebraba el matrimonio de Blanca Estévez y Ricardo Olvera, miembros de un colectivo juvenil conocido como los “Azules”. En la obra La contracultura en Sonora: los “Azules” y la nueva sensibilidad de Joel Verdugo (2001) se los caracteriza como “jóvenes de largas cabelleras, mujeres con pantalones a la cadera y acampanados; la mezclilla deslavada y la manta formaban las telas preferidas; los huaraches y tehuas cubrían los pies que muchas veces se dejaban ver desnudos: el olor de la marihuana amenizaba las pláticas sobre arte o filosofía”.

Pero, ¿por qué se creó un colectivo de estas características en Sonora?, ¿quiénes eran estos jóvenes?, ¿qué buscaban o qué los unía? El presente artículo contiene algunos elementos que contribuyen a responder estas preguntas.

La irrupción de los “Azules” en la sociedad sonorense no puede entenderse plenamente si no se toma en cuenta el contexto de rebeldía juvenil tan característico de las décadas de 1960 y 1970. Como es bien sabido, el principal rasgo político de esos años fue las intensas protestas de tipo estudiantil, feminista o guerrillero, entre otros. Lo que hoy conocemos como el movimiento hippie y la contracultura fueron parte de ese contexto.

Un indicador importante para el surgimiento del movimiento hippie es la amplia resistencia a participar como soldados en la guerra de Vietnam (1955-1975) por parte de jóvenes estadunidenses, quienes solían quemar pública y colectivamente sus tarjetas de reclutamiento militar. Muchos de ellos realizaron acciones colectivas a favor de la paz y la no intervención de su nación en el país del sureste asiático.

Se trata de procesos que formaron parte de una tendencia general de nuevas creencias y prácticas que, en conjunto, son conocidos como la contracultura. En 1969 Theodore Roszak publicó un libro clásico al respecto: El nacimiento de una contracultura. En el prólogo, el autor señala que, en este convulso ambiente, los jóvenes rebeldes (no todos) mostraron interés por

La psicología de la alineación, el misticismo oriental, las drogas psicodélicas y las experiencias comunitarias. [Aspectos que] comprenden en conjunto una constelación cultural que difiere radicalmente de los valores y concepciones fundamentales de nuestra sociedad.

Así, los jóvenes rebeldes de esos años criticaron cuestiones que iban desde el sistema político institucional, hasta las más fundamentales de la experiencia humana como la sexualidad. El cambio en las prácticas sexuales fue uno de los aspectos centrales de la contracultura. La comercialización de la píldora anticonceptiva, a partir de junio de 1960, facilitó tales procesos. Ello nos ejemplifica cómo la época combinó desarrollo económico y avances científicos con cambios políticos y culturales.

Tales trasformaciones tuvieron eco en muchos lugares del planeta. Con sus indudables particularidades, los “Azules” sonorenses fueron un ejemplo de ello. De hecho, el estado de California, en Estados Unidos, fue el epicentro mundial del movimiento hippie y, por cercanía geográfica e ideológica, los “Azules” tenían contactos con dicho estado.

El contexto nacional tampoco estuvo ausente de estas dinámicas; por ejemplo, el 11 y 12 de septiembre de 1971 se realizó el ya mítico “Festival de Rock y Ruedas de Avándaro” a las afueras de la ciudad de México. En el festival se presentaron varias bandas musicales y hubo una presencia juvenil multitudinaria; ni siquiera los organizadores esperaban que la asistencia fuera tan masiva. En la prensa, el festival de Avándaro fue descalificado de forma similar a la detención de algunos “Azules”, como mencioné.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • Agustín, José, La contracultura en México, México, Grijalbo, 1996.
  • Galaviz, Cuitlahuac, “La dimensión simbólica de la protesta: el caso de las movilizaciones estudiantiles de 1970-1973 en la Universidad de Sonora”, tesis de maestría en Sociología Política, Instituto Mora, 2016, en <https://mora.repositorioinstitucional.mx/jspui/handle/1018/140>.
  • Moreno Fernández, Silvia, “Nueva era y contracultura”, Casa del Tiempo, 2005, en <http://www.difusioncultural.uam.mx/revista/julio_agosto2005/51_62.pdf>.
  • Verdugo, Joel, “Los ‘Azules’: nihilismo y contracultura en el norte de México” en Silvia González y Ana Sánchez (coords.), 154 años de movimientos estudiantiles en Iberoamérica, México, unam, 2011, pp. 331-354.

Bato, pachuco, ese

Virginia Medina Ávila
FES-Acatlán, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Zoot suit es la prenda de vestir que caracteriza al pachuco, al pocho, al mexicano nacido en Estados Unidos –que ni es de aquí ni es de allá–, el que funde el inglés y el español en un raro crisol, quien usa el caló como dialecto tribal que da cohesión e identidad a jóvenes socialmente discriminados.

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El fenómeno social “pachuco” inicia en las ciudades fronterizas de Estados Unidos en los años veinte, y cobra mayor relevancia en las décadas de los cuarenta y cincuenta, tanto en ciudades del sur de la Unión Americana como en México. Surge de la necesidad de pertenencia y reafirmación entre las bandas de jóvenes de origen mexicano y se singulariza tanto por su vestimenta como por su conducta desafiante y su peculiar manera de hablar.

El pachuco, según Octavio Paz, “es uno de los extremos a los que puede llegar el mexicano”. Pachuco, extraña palabra que no tiene significado preciso; más bien está cargada, como toda creación popular, de una pluralidad de significados reflejados en el habla –“caló pachuco”– en el espectacular zoot suit (traje con saco de solapas anchas, cruzado y largo hasta cinco o diez centímetros por debajo de las caderas), tatuajes, así como peinado de “cola de pato” que distinguen a mexicoamericanos marginados de El Paso, Tucson y Los Ángeles, hechos a una cultura urbana, más mexicana que angloamericana.

Pachuco, chuco, bato, ese. Son expresiones usadas para denominar a personas que se distinguen por el habla y estilo de vestir muy originales, tal como hemos visto a Tin Tan, en El rey del barrio (1945); a Víctor Parra, en El suavecito (1950) o a Edward James Olmos, en Zoot Suit (1981). Representan una riquísima manifestación cultural surgida en la primera mitad del siglo xx, entre los mexicoamericanos, mexicanos que emigraron al sur de Estados Unidos en busca de trabajo, numerosa población de la frontera norte y otras regiones de nuestro país. Aquí presento algunos textos que retratan este singular fenómeno.

El 10 de julio de 1944 apareció en la revista Time un artículo titulado “Autentic Pachuco” que describe a Tin Tan como “el popular mimo pachuco (zoot-suited) de 27 años de edad, que todas las noches de la semana se presenta en la ciudad de México en una sala musical llamada Follies Bergere”. Se trataba de un teatro de variedades ubicado sobre la avenida Gabriel Leyva, hoy Eje Central, junto a la Plaza Garibaldi, de la Ciudad de México.

De su apariencia externa el artículo comenta: “Tin Tan usa un erguido talle en su vestimenta negra, chaqueta amplia de terciopelo morado que le llega a las rodillas, así como una cadena de acero que le cuelga debajo de las rodillas, unos pantalones bombachos que se estrechan en los tobillos. Siempre es cariñoso y alborotador con su público […].” Asimismo refiere que, en 1943, Tin Tan era un actor de radio poco conocido en Ciudad Juárez y que retomaba la jerigonza –jerga, lenguaje especializado, difícil de comprender para las personas que no pertenecen al grupo– de las cantinas de la frontera. También se hacen comentarios acerca del éxito que ya para entonces había obtenido el cómico mexicano: contratos en el cabaret El Patio, en la XEW y en tres películas musicales: El que la traga, la paga; Hotel de verano y El hijo desobediente.

En otro texto, podemos ver que el estilo de vestuario del pachuco en general se basó en la moda de las décadas de 1910 y 1920, con grandes exageraciones. De este tipo de apariencia externa, tenemos una narración de Daniel Venegas en su novela Las aventuras de don Chipote o cuando los pericos mamen, publicada en 1928, y reeditada en 1984:

Como ya son gentes de posibles, se han comprado vestidos a la usanza de los paisanos que llegan y se arman y los cuales consisten en un traje de color azul marino con muchos botones, zapatos amarillos y sombrero texano. Además, con pantalones de campana y el saco a rayas, visten a la moda que a ellos les gusta mucho. En una de las cartas que don Chipote le envía a su familia les mandó un retrato que se tomó en la calle, con uno de los fotógrafos que los sacan luego. Como el retrato está vestido con los [pantalones] de campana, zapatos y corbata, su familia no ha podido reconocerle luego, pero después doña Chipota ha enseñado el retrato a todas las comadres para que vean que su marido es todo un personaje en los Estados Unidos.

Otra descripción del pachuco y de su indumentaria la brinda Carlos Monsiváis, en el prólogo a La otra cara de México: el pueblo chicano, en 1977:

Su caracterización [anunciada por una canción: “Este es el pachuco, un sujeto singular…”] parte de una indumentaria del exceso que repite, inmovilizándola, la del pachuco angelino: sombrero de alas anchas, adornado con una pluma enorme, pantalones anchísimos, sacos con grandes solapas y hombreras puntiagudas [zoot suits], cintura delgada, la cadena que describe un arco de la cintura a la valenciana del pantalón. El dandismo desafiante del pachuco […] el fruto y la premonición de las primeras luchas de los mexicanos-americanos, halla en Tin Tan su versión azucarada y festiva, su adaptación y su divulgación mexicanas.

Durante la segunda guerra mundial, la migración a las ciudades fronterizas nutrió y enriqueció esa experiencia. El conocimiento que había en México de esta parte de la república provenía en gran medida de la amplia publicidad que se daba a “la decadencia cultural y moral” (real o imaginaria) de las remotas ciudades vecinas a Estados Unidos. En Ciudad Juárez, por ejemplo, la abrumadora orientación de la economía local hacia el comercio turístico, en especial de los militares de Estados Unidos, aumentó su escandalosa fama. El fácil acceso al licor barato, a las drogas, a la prostitución y a otras diversiones hizo que “las buenas conciencias” creyeran que Ciudad Juárez era una “vergüenza nacional”. La ciudad norteña adquirió entonces apodos como: Babilonia Pocha, La Ciudad Negra de México, El Pantano de la Inmoralidad, La Nueva Sodoma, La Ciudad del Pecado, entre otros calificativos denigrantes.

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PARA SABER MÁS

P. H. Morgan, un ministro impopular

Alfredo Gómez Ruvalcaba
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

La relación México-Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por el sentimiento antiimperialista de los mexicanos, derivado de la guerra de 1846 y la posterior pérdida de territorio. Empero, esto no fue obstáculo para abrir las puertas a la inversión extranjera en el primer gobierno de Porfirio Díaz y el gobierno de Manuel González, cuyas reformas facilitaron las negociaciones confiadas al enviado plenipotenciario Philip H. Morgan.

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Philip H. Morgan, litografía, ca. 1880. The New York Public Library.

¿Cómo equilibrar el poco carisma de una persona con un asunto complejo como la diplomacia?, ¿cómo un ministro antisocial pudo sobrellevar un momento de tensión en la relación México-Estados Unidos y triunfar en el intento? Cuando Philip Hicky Morgan recibió en 1880 el nombramiento de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en México, su contexto no podía haber sido más adverso. El vecino del norte, bajo la presidencia de Rutherford B. Hayes, guardaba una imagen negativa entre los mexicanos, no sólo por la guerra de invasión, las anexiones y compra de territorio en el pasado, sino por su política exterior hacia México en 1877, cuando el reconocimiento diplomático al gobierno de Porfirio Díaz fue retrasado once meses, tiempo durante el cual fue prácticamente inexistente la relación oficial.

Por si fuera poco, habría que añadir la perenne actitud expansionista de Washington. El 1 de junio de 1877 Hayes había dado a conocer las órdenes que autorizaban el cruce del ejército estadounidense a territorio mexicano en persecución de los indios que asaltaban la región fronteriza. Con ello provocaba la indignación de México, pues dicho acto era violatorio de la soberanía nacional. Además, la política exterior nacionalista de Díaz, y luego de Manuel González, complicó el panorama. La labor de Morgan como ministro, entre 1880 y 1885, sólo puede entenderse considerando tales antecedentes de lo que, sorprendentemente, derivó en la integración política y económica entre México y Estados Unidos durante el Porfiriato.

Esta integración fue central en la historia diplomática de ambos países en la segunda mitad del siglo XIX. Como ha explicado el historiador Paolo Riguzzi, la suspicacia ante el vecino no desapareció, pero sí se diluyó. Y es que el país del norte inició la década de 1880 buscando nuevos mercados para ampliar sus exportaciones y, en su contraparte, México decidió buscar financiamiento extranjero, en particular estadunidense, para hacerse de tecnologías.

Es en este contexto del último tercio del siglo XIX mexicano cuando aparece Morgan. Cabe destacar la importancia de la administración González, pues en la medida en que efectuó reformas que facilitaron la inversión de capitales extranjeros, a través de concesiones ventajosas para sus dueños, su política económica determinó un mejor diálogo entre las partes. Lo anterior se refleja, por ejemplo, en los nuevos recursos dirigidos al desarrollo de infraestructura: como transportes y comunicaciones, pero también se privilegió el sector minero. No resulta extraño, entonces, que la construcción de la red ferroviaria, la aparición del telégrafo, teléfono y alumbrado eléctrico ocurrieran en esos años. De manera paralela, plasmó una política de conciliación interna con los caciques del norte, que le dio las bases para gobernar sin mayores conflictos.

Respecto a Morgan, era un personaje impopular y esto se debía a su carácter irritante, contrario al perfil idóneo para un diplomático; detestaba las reuniones y, en general, cualquier evento social que involucrara suavizarse para establecer relaciones. Era conservador en ciertos aspectos, rígido en su proceder y arisco. Para colmo, tenía problemas de salud: el reumatismo que sufrió durante su carrera lo retrataba bien. No obstante la difícil personalidad que le provocó menosprecio en la historia de las relaciones bilaterales, hay evidencia que nos permite dilucidar el papel activo que desempeñó en la apertura entre los países vecinos.

EL PERSONAJE

Philip Hicky Morgan nació en Baton Rouge, Luisiana, el 9 de noviembre de 1825 y fue un abogado republicano destacado. Sus abuelos paternos provenían de la élite de Canonsburg, Pensilvania, siendo su bisabuelo el coronel George Morgan, comerciante y agente de tribus indias, y su abuelo John Morgan. Sus padres fueron Thomas Gibbes Morgan, oriundo de Nueva Jersey, jurista prominente y cercano a la aristocracia mercantil de Nueva Orleans, y Eliza Ann McKennan. El futuro diplomático perdió a su madre a la temprana edad de cinco años. Su padre no tardó en contraer un nuevo matrimonio con Sarah Hunt Fowler, quien sería su madrastra y le daría ocho medios hermanos.

Recibió sus primeras enseñanzas en escuelas públicas de Baton Rouge. Su preparación profesional la continuó en el extranjero. Entre su juventud y el ingreso a la educación superior, viajó a La Habana, Cuba. Aunque se ignora qué hizo en la isla caribeña, su estancia le dio oportunidad de aprender el idioma español. En 1841 ingresó a la Universidad de París para estudiar leyes, esto le permitió añadir un idioma más a sus conocimientos. Cinco años después se graduó, a la edad de 21 años.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • Riguzzi, Paolo, “Evolución de las relaciones económicas entre México-Estados Unidos: del porfiriato a 1929”, en <https://www.youtube.com/watch?v=kwhJIOlmAxs>.
  • Riguzzi, Paolo, “Las relaciones de México con Estados Unidos, 1878-1888: apertura económica y políticas de seguridad”, Jahrbuch für Geschihte Lateinamerikas, 2002, en <https://www.degruyter.com>.
  • Toussaint, Mónica, “Philip H. Morgan (1880-1885)”, En el nombre del Destino Manifiesto. Guía de ministros y embajadores en México, México, Instituto Mora, 1998.
  • Villegas, Silvestre, “La diplomacia mexicana en el siglo xix”, en <https://www.youtube.com/watch?v=JmXSnbjDVEs>.

Las Leyes de Reforma y su aplicación en la capital mexicana

Pablo Muñoz Bravo
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Las leyes expedidas en el puerto de Veracruz en julio de 1859 –durante la guerra entre conservadores– y liberales fueron la culminación de un largo proceso de modernización del Estado mexicano y se dejaron sentir fuertemente en la capital del país.

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Antonio González Orozco, Entrada triunfal de Juárez a la ciudad de México el 15 de julio de 1867, mural, 1967, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Sin el ánimo de que el lector entienda lo anterior como una teleología o una fatalidad, pues la historia es todo menos eso, podemos ubicar el antecedente directo de estas disposiciones en las políticas del monarca español Carlos III, quien en el año de 1767 ordenó la expulsión de la Compañía de Jesús de todo su imperio, junto con la modernización de los planes de estudio de sus universidades, en lo que fue un esbozo de la futura separación entre la Iglesia y el Estado. Décadas después, durante las discusiones de la Constitución de Cádiz, se trató la propuesta de parcialización de las propiedades comunales de las corporaciones civiles y eclesiásticas, para ponerlas en circulación y crear a los nuevos ciudadanos, a quienes se quería volver pequeños propietarios, claro antecedente de la Ley Lerdo de 1856 y de la de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos de 1859.

Ya en la época independiente, la primera en intentar “modernizar” a la sociedad mexicana, fue la primera generación liberal mexicana que encabezaron políticos importantes en nuestra historia, como José María Luis Mora, Valentín Gómez Farías, Lorenzo de Zavala, quienes siguieron la pauta marcada con anterioridad por varios intentos reformistas en el interior de la república, en estados como Jalisco, Yucatán, Oaxaca, Zacatecas y el de México, caracterizados por la disputa constante con la Iglesia a la que querían arrancar el control de la educación y del Patronato (derecho de designar a eclesiásticos de alta jerarquía y el control de una parte del diezmo). Fue así que, durante el año 1833-1834, en el gobierno del general Antonio López de Santa Anna, estos hombres buscaron la realización de la primera reforma a nivel nacional, con el fin de llevar a cabo lo ya mencionado líneas arriba: la secularización de la sociedad, la modernización de la educación y la desamortización de los bienes eclesiásticos, entre otros. Sin embargo, el intento no llegó a fructificar por la oposición de la Iglesia y de una parte de la sociedad.

Leyes prerreformistas (1855-1857)

Quienes retomarían esta agenda fallida fueron un grupo de políticos nacidos en los últimos años de la independencia, la llamada “generación de la reforma”, gente como Ignacio Ramírez, Melchor Ocampo, Ponciano Arriaga, Ignacio Comonfort, Guillermo Prieto, Miguel Lerdo de Tejada, Benito Juárez, José María Mata y otros más, quienes se propusieron llevarla a cabo.

En efecto, simpatizantes del liberalismo y de la república –aunque habría que señalar que todavía se enseñaba derecho canónico y varios profesores eran curas–, sintieron la necesidad de avanzar sobre los fines perseguidos por la primera generación liberal. De tal modo, la mayoría de estos en ese momento jóvenes incursionaron en la política estatal y nacional durante la guerra de intervención estadounidense de 1846-1848, cuando los duros reveses sufridos llevaron a creer que México desaparecería del “catálogo de las naciones” al ser irremediablemente absorbido por la potencia vecina del norte o alguna potencia europea.

Al realizar un diagnóstico de las causas de la derrota frente a los estadounidenses, los liberales concluyeron que lo que hacía falta para que México sobreviviera como nación era llevar a cabo la reforma política, económica y social del país. Con esta idea en mente fue que, durante la última dictadura del general Santa Anna (1853-1855), se levantó en contra de este un movimiento acaudillado por Juan Álvarez e Ignacio Comonfort, pero al que se unieron desde el exilio en Estados Unidos un grupo de liberales, entre ellos Benito Juárez, quien llegó a Acapulco con Juan Álvarez en julio de 1855, semanas antes de la salida del dictador veracruzano.

Juárez dio a conocer la primera ley prerreformista, la del 23 de noviembre de 1855 o Ley Juárez, que suprimía parcialmente el fuero eclesiástico y militar, misma que fue el motivo de varios levantamientos durante la presidencia interina de Ignacio Comonfort. Fue durante esta administración que se promulgó también la ley del 25 de junio de 1856, mayormente conocida como Ley Lerdo, por ser su autor el ministro de Hacienda de Comonfort, Miguel Lerdo de Tejada, la cual ordenaba la desamortización de bienes de las corporaciones civiles y eclesiásticas. Se buscaba que el mayor propietario, la Iglesia, sacara a circulación sus bienes en el campo y la ciudad para que los ciudadanos pudieran volverse pequeños propietarios, mismo sentido con el que se ordenó la venta de los bienes comunales de las corporaciones indígenas. Se daba la prioridad de la adjudicación al arrendatario del inmueble, quien a partir de esa fecha pagaba lo que habitualmente cubría a la corporación correspondiente, pero ya no como renta, sino como adelanto por la propiedad, es decir, que la Iglesia y las corporaciones civiles seguían percibiendo los pagos, el Estado sólo recibía 5% de la alcabala, que era el impuesto por la venta. Esta disposición fue muy polémica y desató más movimientos en contra del presidente Comonfort.

Otra ley prerreformista fue la de obvenciones parroquiales elaborada por el ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, José María Iglesias, el 11 de abril de 1857, conocida como Ley Iglesias, que regulaba los derechos que podía cobrar la Iglesia por la celebración de sacramentos como el bautizo y el matrimonio o por las misas y los entierros, con los que tradicionalmente se endeudaban los jornaleros y artesanos, prohibiendo su cobro en caso de que sólo ganaran lo indispensable, lo cual causó indignación en el clero mexicano. Todo este corpus legal coadyuvó al estallido de la llamada guerra de Reforma, que se inició en enero de 1858.

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PARA SABER MÁS

Un destino singular

Guadalupe Villa G.
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

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Nada en esta imagen permite ubicar el lugar en el que se encuentra el jinete. La fotografía tampoco dice mucho de él; su amplio sombrero y ropa de manta es la vestimenta común de un campesino; posiblemente dentro de los estribos haya un par de huaraches, pero la pañoleta anudada al cuello y el caballo son otra cosa, indican cierta categoría del dueño. El equino de fina estampa y gran alzada, orgullo de su amo, luce hermoso y bien cuidado. No, este joven moreno, de bigote negro, no es un agricultor cualquiera. Tal vez es ya el dirigente campesino que encabezó la resistencia en contra de la expansión de las haciendas azucareras y la lucha por recuperar tierras y aguas arrebatadas al pueblo en aras de un comercio que, hacía tiempo, abastecía el mercado internacional. Quizá es ya líder revolucionario del sur, y aunque no luce cananas ni pistola, sólo vemos un rifle atravesado en un costado. La parsimonia con que fuma su puro es de sosiego de quien no espera ser atacado. Pudiera ser que acabara de ser liberado de su “enganche” en el noveno regimiento de caballería alojado en Cuernavaca. La imagen que tenemos frente a nosotros todavía no muestra al hombre que dejó la manta por el paño de lana y el vestido de charro “con trajes siempre pulcros, aun cuando estén hechos de materiales burdos”, como lo describió en algún momento de su vida Rosa King, ni el personaje reseñado por León Canova, de “saco negro, pañoleta de seda azul claro, anudada al cuello (nótese que es uno de sus accesorios favoritos con cualquier tipo de atavío), camisa de intenso color turquesa, pantalones de charro negros, muy ajustados con botones de plata en la costura exterior de cada pierna”. Posiblemente el empleo de caballerizo mayor con Ignacio de la Torre y Mier lo educó en el conocimiento y gusto por los buenos caballos que, en la revolución, hicieron la diferencia entre la vida y la muerte; por fumar y beber ron, coñac y champaña. Este es Emiliano Zapata, un hombre que tuvo un destino singular: haberse convertido en líder indiscutible de la revolución por la justicia social en el campo.

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Sumario #47

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