Archivo de la categoría: BiCentenario #39

Lucidez

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Cuando yo tenía sus edades muchachas, la palabra de un hombre ante una mujer era letra escrita, ni se olvidaba ni marchitaba, simplemente se cumplía, y si alguno quitaba el dedo del renglón y se apartaba, pasaba a ocupar el puesto de los irredimibles, irrecuperables y gruñones. A sus edades las puertas de las casas estaban abiertas porque nadie se atrevería a entrar sin antes pedir permiso. Los juguetes eran de madera o hechos a mano, llegaban una vez al año y debían durar hasta el próximo día de Reyes. Teníamos un solo par de tenis que no se cambiaba hasta que la suela tuviera más de tres hoyos, y una muda de ropa era la misma para cada fiesta. Escuchar radio era obligatorio, no había otra comunicación, a excepción del cine que lo veíamos en la carpa móvil los domingos y teníamos que cuidarnos de algunos que llegaban armados y hacían disparos al aire cuando alguna escena les gustaba. Con mis hermanos nos podíamos bañar en el agua de algún río, una cañada o bajo la lluvia porque nos quitaba lo sucio. A mi edad, y les hablo de más de cuatro veces la que ustedes llevan en su piel, los papás regañaban con la mirada, la voz alzada, un cinturón amenazante y quizá un buen tirón de oreja; en casa había alguien que nos esperaba con comida sabrosa a la salida de la escuela; los maestros tenían conocimiento de lenguaje, álgebra, geografía o matemáticas y usaban una varita, que no era para hacer magia, sino para aplicarnos un coscorrón cuando no prestábamos atención; se desayunaba café con leche, jugo o agua, y el refresco estaba prohibido; las chicas por entonces practicaban baloncesto y voleibol, o nadaban, aunque pocas. Al fútbol o al tenis no le entraban. Si había algún amigo de lo ajeno no tardaba en disfrutar de su autorregalo que ya caía preso. Las noches por entonces tenían estrellas, los pájaros gorjeaban en las mañanas y al atardecer nuestras madres nos mandaban a llamar a gritos para que regresáramos de la calle. El tranvía o el camión pasaba por casa, nos llevaba y traía, y echábamos relajo con otros compañeros mientras el chofer nos miraba con desgano y ordenaba ubicarnos en el fondo del vehículo. Pero algún día vi que eso cambiaba, que la palabra de los hombres sí se marchitaba, que hubo que ponerle triple cerrojo a las puertas, que los Reyes Magos no llegaban, que la televisión pretendía sustituir al cine y hasta el agua de lluvia venía sucia. Cuando descubrí que nadie se inmuta si te desvalijan en la calle, que sólo el reloj despertador canta en las mañanas, el camión a veces ni se detiene y nuestros papás ya se fueron; yo, solito, tomé mis bártulos y quedé encerrado entre las paredes de este manicomio, para que el tiempo no me atrapara y mis hermanos que me trajeron hasta aquí disfrutaran de la herencia paterna. Prometí una sola cosa, muchachas, que sólo saldría al patio para contarles a ustedes estas locuras.

Recuerdos de infancia. Manicomio La Castañeda

Francisco Javier Castellanos Cervantes
Ciencias Odontológicas, Médica y de la Salud, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Dos vivencias de la niñez dan cuenta de una vida sosegada entre los muros del edificio que fuera emblemático en la atención de enfermos con discapacidades mentales en la primera mitad del siglo XX. Para algunos empleados y sus hijos, la convivencia con los pacientes no era conflictiva.

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Cincuenta y ocho años habían sido suficientes para que el Manicomio General La Castañeda pudiera lograr que la psiquiatría se profesionalizara en nuestro país. Muchas personas habitaron dentro de sus muros buscando encontrar una cura para sus padecimientos mentales, o simple y sencillamente para hallar un paliativo y hacer la vida más llevadera. Sin embargo, también podemos rastrear la vida al interior de estos muros con otra mirada: la de los trabajadores y los familiares de estos, quienes convivían con los pacientes de forma cotidiana.

La Castañeda fungió por muchos años como una institución de beneficencia. Si bien es cierto que contaba con población pensionista que pagaba para recibir un trato mejor al de los demás, la mayor parte no podía hacerlo. Una gran parte de los internos eran llevados por sus familiares y la mayoría no volvía a salir de ahí y, aunque se sabe poco sobre los niños abandonados en este manicomio, fue un fenómeno relativamente común a mediados del siglo XX. El abandono se debía más que a un problema mental a una cuestión que hoy entra en el terreno de la teratología, esto es, a que algunos niños que nacían con malformaciones encontraban su destino dentro de los muros de La Castañeda.

El carácter de asistencia social del manicomio, acorde con un aparato de beneficencia que duró algunas décadas, también resuelve la interrogante de por qué muchas personas terminaban ahí dentro, pues la carga económica era un aspecto fundamental para que los familiares encontraran un alivio para sus bolsillos y para los malestares físicos de sus enfermos. Sin embargo, la carga social pesaba más que otros aspectos. El abandono era muy recurrente sin consideraciones de género o edad. En este contexto, los niños con malformaciones eran un peso que soportar y que motivaba a sus parientes a dejarlos en el hospital para que pudieran recibir algún tipo de tratamiento.

La infancia no escapó a la mirada eugenésica ni de higiene mental que seguía presente dentro de este tipo de instituciones, ni desde luego de muchas prácticas como la psicometría que se orientó a marcar un cambio en quienes serían futuros ciudadanos. La higiene mental fue la principal herramienta con la que se trabajaba en la psique del niño para poder prevenir desviaciones y desequilibrios, los que se pensaba derivarían en una persona perversa, alienada o criminal. La misma situación se podía ver en la población adulta: desde el retraso mental hasta la imbecilidad o idiotez eran nombres con los que se designaba a varias “enfermedades” mentales y eran motivo de reclusión.

Los textos que se presentan a continuación constituyen una visión poco usual. Son los recuerdos de dos personas que crecieron en el manicomio y para quienes este espacio era algo natural; con personas que catalogan como “diferentes” pero nada más, pues en su momento no comprendían la magnitud de sus padecimientos. Sin embargo, al ser entrevistados, sí mostraron mucha reserva para hablar del que llaman el pabellón de niños, donde la mayoría de sus habitantes no pasaba de los dos años de edad, siendo algunos recién nacidos y su problema un impedimento físico.

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Jornada al fondo de la noche

Arturo Garmendia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Pues ahora, de esos que murieron jóvenes te llega el murmullo.
Rainer María Rilke. Elegías de Duino

La hoguera del vivac ilumina los pies de los soldados que se preparan para pasar la noche. Su luz es incierta y asciende por los cuerpos yacentes con dificultad. Muchos rostros quedan en penumbras, pero el capitán D’Anjou girando la cabeza puede reconocer a los zuavos, tocados con su fez e inconfundibles por sus anchos pantalones rojos; a los húsares austriacos, en su uniforme verde; y a los propios soldados franceses, de chaqueta corta y quepí azul marino. Próximo a él reposa un jovencito, que custodia el estandarte de la compañía. Se descubre para apoyar la cabeza sobre su mochila y por su cuello desborda una cascada de rizos rubios que, junto a su pálida faz, le dan el aspecto de una jovencita. Al capitán D’Anjou le recuerda a su hija. Le pregunta:

–¡Eh, tú! ¿Cómo te llamas?

–Cristóbal Villafagne, señor.

–¿Cuántos años tienes?

–Recién cumplí diecisiete.

–¿Y de dónde eres?

–De Lorena, señor.

–¿Cuándo llegaste?

–Hace tres días desembarcamos en Veracruz, señor.

–Vamos a la guerra –repuso el capitán– ¿No tienes miedo?

–¿Miedo a qué, señor? Nuestro ejército es el más poderoso del mundo y en cuanto a los mexicanos… Lo dijo nuestro comandante, en Orizaba: “… somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y sensibilidad que, a partir de este momento y al mando de nuestros 6 000 valientes soldados, ya somos dueños de México”.

–Ningún soldado debe menospreciar al enemigo –sentenció D’Anjou, añadiendo:

–¿Y qué has venido a buscar aquí?

–La gloria, señor… y fortuna. Mi familia espera eso de mí.

Las conversaciones se han ido apagando. El fuego chisporrotea y alguien tose. El joven alférez saca de su chaqueta un relicario, y del joyel un mechón de rubios cabellos, que contempla en silencio. El capitán interrumpe sus pensamientos.

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Julio Ruelas. La imaginación aniquiladora y redentora

Otto Cázares
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Un gran dibujante. Ese fue Ruelas, el artista de corta vida, cuyo pensamiento plástico lo plasmo en el dibujo y la gráfica en blanco y negro. Figura central del modernismo en tiempos porfiristas, su obra merecería un estudio detallado acerca de la imaginación y la fantasía.

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A mi sol redentor.

Hace 110 años Julio Ruelas (Zacatecas, 1870-1907) logró autodestruirse. Fue su último empeño artístico y a ello dedicó sus últimos años de vida en el Barrio Latino de París: a fumar y fumar y a beber y beber. Ajenjo y otros brebajes, también estupefacientes (¿éter?); con tal que le ocasionaran delirios a la manera del monje desdoblado Medardo de Los elíxires del diablo de E. T. A. Hoffmann. Tenía 37 años cuando consumó su muerte.

En realidad, no murió para transfigurarse ayudado por el amor de alguna Isolda. En Ruelas el amor fue un desierto; cultivó la Nada amorosa en el campo infértil de los prostíbulos de París y la ciudad de México, con su olor a fermento de sexo desecado, y de la Nada, Ruelas extrajo una velada misoginia que bien podríamos comprender desde la morbidez pesimista del “decadentismo”, cuya fascinación más grande estribaba en adentrarse al misterio de las “Bellas damas sin piedad”, “mujeres de almas abolidas” o “Mujeres fatales”. Casi no es necesario apuntar que el decadentismo, es decir, el cansado y fétido último aliento del romanticismo, mantuvo una percepción de lo femenino que venía aparejada con una sublimación del deseo erótico que, las más de las veces, encubría un sentimiento de inferioridad y de impotencia; en todo caso, lo Femenino era un Enigma y su forma, una Esfinge Cruel de inescrutables designios. La lista es, desde luego, amplia, pero baste mencionar las escrituras paradigmáticas del erotismo sublimado que lleva a los protagonistas a los terrenos de la disolución: Carmen de Prosper Merimeé, Salambó de Gustave Flaubert y Salomé de Óscar Wilde.

Exotismo y erotismo son dos de los temas que el decadentismo simbolista inclinó con sumo placer en una copa afilada y siempre, de los terrenos del sueño y del deseo, emergió un símbolo de cuño estrictamente personal que a fuerza de altura artística se convirtió en Arquetipo; pero, en primera instancia, el símbolo del simbolismo es ajeno a “lo simbólico” (cuya interpretación está determinada por el sensus communis, sentido común o doxa). En esto estriba principalmente la diferencia entre simbolismo, como corriente artística, de “lo simbólico”, distinción que tantos quebraderos de cabeza produce, incluso, a los más informados de los especialistas. Julio Ruelas era un simbolista de pura cepa; decadentista hasta el tuétano, bebió de las fuentes exquisitas y pestilentes a un tiempo de la literatura y la música: Goethe (Fausto fue siempre su libro de cabecera), Hölderlin, Tieck, Von Chamisso, Eichendorff y Jean Paul Richter, por el lado de los alemanes; pero también Hugo, Balzac, Baudelaire, Rimbaud y Poe. La música modeló el alma del decadente zacatecano: Schumann, Chopin y ¡oh, fervor! Wagner, siempre Wagner. De modo que, en Ruelas, tenemos a un espíritu grande labrado a partir de la literatura y la música; es uno más de los grandes “artistas literarios” de su tiempo: Gustave Moreau –que dejó, a la manera de Wagner con el Teatro de los Festivales de Bayreuth, un museo consagrado por entero a su propia obra– y Arnold Böcklin, a quien conoció personalmente y con el que compartió dos personajes pictóricos: la Muerte y el Sátiro.

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Ricardo Salazar fotógrafo de la vida cultural

Paulina Michel
Archivo Histórico de la UNAM-IISUE

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Cinco años atrás, la Universidad Nacional Autónoma de México adquirió el archivo personal del fotógrafo, con más de 22,000 registros que incluyen retratos de escritores, intelectuales y artistas de México, así como de las actividades universitarias. Personaje olvidado, al final de su vida, sus testimonios gráficos hablan de la cultura de los años cincuenta a ochenta, principalmente.

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Ricardo Salazar Ahumada nació el 27 de abril de 1922, en Ameca, Jalisco, ciudad cercana a Guadalajara, en donde vivió los primeros dos años de vida. Él y su familia se trasladaron a la capital del estado, donde Ricardo cursó sus primeros estudios. A los quince años entró a trabajar en el estudio fotográfico de Silverio Orozco, Fotografía Orozco, lugar en donde aprendió el oficio:

Allí empecé a aprender y a retocar las fotos de los clientes. Eran de hombres, mujeres, niños, viejitos, de todo. Permanecí en mi tierra seis años porque entré a otro taller de un excelente retratista, Rodolfo Moreno, en la avenida Juárez, en los portales de Guadalajara.

El joven Ricardo se hizo asiduo a las tertulias culturales del Café Apolo, donde recibió el apodo de “Lolito” ya que, según el crítico Emmanuel Carballo, el trabajo de Lola Álvarez Bravo era “la única influencia realmente importante en la vida profesional de Ricardo”.

En 1953, a los 31 años de edad, Ricardo Salazar emigró a la ciudad de México. Venía invitado por el propio Carballo, quien lo introdujo en el ámbito cultural capitalino, al presentarlo con el escritor Jaime García Terrés, director de Difusión Cultural de la UNAM. La colaboración de Salazar fue inmediata; empezó a retratar escritores y artistas de diversas generaciones con la intención de hacer un libro de fotografías y paralelamente prestó sus servicios en la Revista de la Universidad de México, también dependiente de Difusión Cultural.

Al mismo tiempo que hacía trabajos para la Universidad, Salazar laboraba por su cuenta haciendo retratos para credenciales, fotografías de bodas, grupos familiares, desnudos, paisajes, edificios e industrias, entre muchos otros temas. Se estableció a las afueras de la ciudad, en el municipio de Mexicaltzingo, Estado de México, en donde rápidamente habilitó su cuarto oscuro y comenzó a producir las fotografías de personajes que lo consagraron como el fotógrafo de la vida universitaria y cultural de México. Retrató a intelectuales consumados como José Vasconcelos y Alfonso Reyes, de los cuales realizó amplios y excelentes reportajes. Por ejemplo, la serie de Reyes en su biblioteca, ahora conocida como Capilla Alfonsina, retrata al escritor en su mejor momento y en su ámbito cotidiano. Al mismo tiempo, su lente captó a quienes estaban en la cúspide de su trayectoria, como Octavio Paz, del cual hizo su ya célebre serie en Mixcoac, su barrio natal. Del gran escritor Juan Rulfo realizó una serie amplia de retratos, en la que aparece con sus hijos pequeños. De igual manera vemos las fotografías del poeta Efraín Huerta, quien era un amigo cercano, al cual retrató rodeado de su familia y de su mujer, la poeta Thelma Nava. A la reconocida escritora y funcionaria universitaria, Rosario Castellanos, la retrató en varias ocasiones, algunas de ellas durante su embarazo y rodeada luego de su hijo y de los hijos de su esposo, el filósofo Ricardo Guerra.

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A 40 años de la reforma política de 1977

Marco A. Ávila Peña
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

La coyuntura política y económica dio lugar –durante la presidencia de José López Portillo– a la primera apertura a una reforma electoral del régimen priista que permitiera mayor participación. El resultado sólo dejó conforme al gobierno, pero al menos abrió las puertas a futuras negociaciones para la democratización del país, que de todos modos demoró más de dos décadas en llevarse a cabo.

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A Rosa Albina Garavito Elías

El país vivía una coyuntura ciertamente atípica en 1977, si tomamos en cuenta las décadas de crecimiento económico anterior promovido por un régimen fortalecido y autoritario. Por supuesto, fue la coyuntura que inauguraría el México de las crisis, pero en ese entonces era imposible saberlo. Nadie ve al futuro con total claridad, acaso, se llama al porvenir con esperanza, más aún cuando las cosas empiezan a cambiar para mal. Un ejemplo de ello fue “Vive” la canción que popularizó José María Napoleón en medio de efervescencia política y dificultades económicas después de la crisis devaluatoria que generó una masiva fuga de capitales, entre otros efectos adversos.

Vive feliz ahora mientras puedes, quizás mañana no tengas tiempo para sentirte despertar…siembra tu tierra y ponte a trabajar. Abre tus brazos fuertes a la vida no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá. Trata de ser feliz con lo que tienes, vive la vida intensamente, luchando lo conseguirás.

La melodía, escrita por “el poeta de la canción” imprimía a la atmósfera del momento una suerte de esperanza que resultó bienvenida en muchos hogares mexicanos. Pronto se ubicó en el primer lugar de popularidad y hacia mayo se escuchaba prácticamente a todas horas y en todos los lugares. Es comprensible el interés de los radioescuchas si consideramos que durante 1977 se vivieron profundamente los efectos de la crisis económica iniciada el año anterior.

Eran tiempos de cambio en el mundo. Por ejemplo, tras la muerte de Francisco Franco, en España se concretaba una apertura política que permitía al Partido Comunista Español su registro legal, después de décadas de proscripción. Era una buena señal para un país como México, que necesitaba ampliar el abanico electoral, de modo que el camino de la democracia sufragista se colocara como el mejor de los escenarios políticos ya que frenaba la radicalización de grupos de izquierda y de derecha al mismo tiempo.

En otras latitudes también ocurrían modificaciones, pero estas no iban sobre la misma línea. En América Latina, países como Argentina, Chile y Paraguay mostraban cómo gobernar militarmente a sociedades críticas y plurales. Aunque México no era la excepción en ese sentido por el grado de brutalidad ejercida contra los opositores y grupos clandestinos, el régimen había logrado mantener su dominación con un cariz democrático durante décadas. Su estabilidad no se había cuestionado sino hasta finales de 1976, pues incluso existió un fuerte rumor de un golpe de Estado que estallaría el 20 de noviembre de ese año.

Problemas internos

De entre el cúmulo de dificultades que vivía el país, la explosión demográfica representaba un asunto que no era menor, puesto que la concentración se enfocó en el Distrito Federal y la zona metropolitana. Los millones de migrantes que llegaban a las zonas urbanas pronto experimentarían dificultades para conseguir trabajo y oportunidades de movilidad social. Esa sola condición terminó por representar un problema político para el régimen porque los movimientos armados revolucionarios y los partidos de izquierda encontraron en los recién llegados una buena cantidad de militantes.

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Centenario de la Escuela Médico Militar

Antonio Moreno Guzmán
Escuela Médico Militar

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Cuna de los médicos militares del país y centro de enseñanza de múltiples generaciones de galenos, la escuela médico militar es hoy una de las principales instituciones de salud de México.

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El primer centenario de la Escuela Médico Militar de México y la conmemoración de la iniciación formal de sus cursos se celebraron el 15 de marzo de 2017. Con este motivo se presenta un breve resumen de aspectos históricos de la escuela.

El antecedente inmediato de la misma fue la Escuela Práctica Médico Militar, creada por el coronel médico cirujano (MC) Francisco Montes de Oca en 1881, en la que se inscribían los alumnos de la Escuela Nacional de Medicina con más de tres años de carrera para completar su preparación, perteneciendo a ambas escuelas, que estuvo en funciones de 1881 a 1914, y proveyó durante 33 años a los cirujanos militares para el ejército porfirista.

El paréntesis temporal en que no se contó con una escuela para formar médicos para el ejército mexicano fue realmente breve pues, aunque oficialmente fue suprimida la anterior escuela, la realidad es que tanto esta como el Hospital Militar de Instrucción, dentro del cual se hallaba instalada, en ningún momento cerraron sus puertas o suspendieron sus actividades, en tanto en 1916 ya se gestaba el proyecto de creación de la Escuela Constitucionalista Médico Militar.

La nueva escuela fue producto del genio creador de los doctores Guadalupe Gracia-García Cumplido y Enrique Cornelio Osornio Martínez de los Ríos, quienes gracias a las experiencias vividas durante la lucha armada de la revolución mexicana y preocupados por proveer de una mejor atención médica y quirúrgica a los combatientes, concibieron el proyecto de una nueva escuela que formara médicos cirujanos militares mejor preparados e identificados con los valores y virtudes militares, que cursaran los seis años de la carrera, de manera ininterrumpida en un solo lugar, asegurándose así que la formación recibida por sus alumnos fuera idónea y completa, tanto desde el punto de vista académico y médico como desde el castrense.

Contaron además con el hecho fortuito de que el 3 de junio de 1915, en la hacienda de Santa Ana del Conde, el general Álvaro Obregón, comandante militar de las fuerzas constitucionalistas, resultara herido por el estallido de una granada que le produjo la amputación traumática del brazo derecho y fuese atendido e intervenido quirúrgicamente por médicos militares. La remodelación del muñón la realizó el teniente coronel médico cirujano Senorino Cendejas, ayudado por el teniente coronel médico cirujano Enrique Cornelio Osornio y el mayor médico cirujano Heberto Alcázar, y teniendo como anestesista el coronel médico cirujano Andrés G. Castro. Este suceso dejó indudablemente una permanente huella en la vida del caudillo y le afectó de tal manera que cuando meses más tarde le presentaron el proyecto de creación de la nueva escuela, el apoyo que diera al mismo fue absoluto.

La propuesta se presentó a don Venustiano Carranza, primer Jefe del Ejército Constitucionalista y encargado del poder ejecutivo de la nación, quien, convencido de la trascendencia del proyecto, no sólo lo autorizó de inmediato sino que realizó la inauguración simbólica de la Escuela Constitucionalista Médico Militar el 12 de octubre de 1916. Sin embargo, el decreto oficial de su creación se dio el primero de enero de 1917 y el inicio real de sus actividades no se llevó a cabo sino hasta el 15 de marzo de ese año, fecha en la anualmente los médicos militares conmemoramos su fundación.

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Pancho Villa de héroe a santo laico

Guadalupe Villa Guerrero
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

En el cine o en el cómic, en un monumento o en la literatura, en bolsas de ixtle o en lociones y veladoras; inscrito en una piñata, un lápiz o un souvenir. En una pintura, tatuajes o como mural de campañas políticas. La imagen del líder revolucionario, como la de otras figuras históricas y carismáticas –Mao Tse Tung, el Che Guevara o Emiliano Zapata–, puede ser motivo para reforzar el símbolo de la causa de los oprimidos, abundar en la mitología o caer en la banalización y la anécdota. Una especie de culto que se expande como bandera de justicia.

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¿En qué momento Pancho Villa se convirtió en mercancía? Es difícil precisarlo, de pronto su imagen comenzó a mostrarse en los productos más diversos: bebidas embotelladas –mezcal, tequila, cerveza y agua-; alimentos empacados como salsas, tortillas, latería diversa y café con etiquetas que subrayan el auténtico sabor mexicano. Ha inspirado, además, la elaboración de alimentos frescos de consumo inmediato: helados, pasteles, tacos y variedad de recetas que llevan su nombre; y es un referente en bares y cantinas –no obstante haber sido abstemio-, igual en fondas, taquerías y restaurantes en México y el extranjero. La mercadotecnia y el comercio han diversificado a nuestro héroe popular poniéndolo al alcance de un público que se identifica con él de manera extraña y peculiar.

Se ha dicho que la rebeldía es uno de los signos de distinción más poderosos del mundo, y lo podemos corroborar con la diversidad de productos que existen en el mercado nacional e internacional de líderes tan diversos como Villa y Zapata, o Mao Tse Tung, quien lideró la revolución cultural china y proclamó la nueva república popular que llevó al poder al partido comunista, o Ernesto Che Guevara, que luchó durante la revolución cubana y trató después de irradiar la guerra de guerrillas desde Bolivia a otros países de Sudamérica. A cada uno de esos hombres, símbolos de pueblos en lucha, se les despojó de su fuerza y contenido revolucionario para convertirlos en mercancía, en ocasiones costosa, para el consumo de millonarios. Ni en sus peores pesadillas Mao podría haberse imaginado ser un referente del arte pop ni que un retrato suyo, realizado por el artista estadunidense Andy Warhol, se vendería en 17 000 000 de dólares.

Villa ha sido retratado en diversas obras pictóricas de artistas como Arnold Belkin, Enrique Estrada, Raúl Anguiano, Alberto Gironella, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, o por Leopoldo Méndez, del taller de la gráfica popular, entre otros muchos. También se le puede admirar en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, inmortalizado por el expresionismo abstracto de Robert Motherwell en una pintura de 1943 titulada Pancho Villa dead and alive.

Los monumentos ecuestres dedicados a Villa pronto comenzaron a surgir en el ámbito en el que se dio su influencia: La Laguna, Durango, Zacatecas y la Ciudad de México. Destacan los trabajos de Julián Martínez, Ignacio Asúnsolo y Guillermo Salazar González por mencionar unos pocos. Pero también podemos encontrarlos en pequeñas esculturas que presiden escritorios y bibliotecas o reposan en las salas.

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Los negocios usureros de la Casa Jecker en México

Noé Ibañez Martínez
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Guerrero.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Las constantes crisis políticas y económicas que vivía México a mediados del siglo XVIII dieron lugar a fuertes endeudamientos del sector público, del que pudieron obtener fuertes beneficios banqueros y agiotistas. Uno de ellos fue el suizo Jean-Baptiste Jecker, apoyado por el gobierno francés quien encontró en las deudas con la casa Jecker motivos para la intervención de su ejército en México.

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Luego de la independencia, el nuevo Estado mexicano tuvo que enfrentarse al enorme reto de construir un Estado-nación y las cosas no fueron fáciles. La lucha por el poder entre liberales y conservadores llevó al país a una crisis más profunda, involucrando a enemigos externos con los que México salió perdiendo política, económica y territorialmente.

El panorama social, político y económico no era nada alentador. Esta situación llevó al imperio de Agustín de Iturbide a autorizar en 1822, por primera vez en México, la emisión de papel moneda, produciendo más de 4 000 000 de pesos en tal especie, pero el experimento resultó un fracaso, dado que la población estaba acostumbrada al uso cotidiano de monedas, principalmente de plata y, además, desconfiaba del propio gobierno. Una segunda reacción del Estado a la urgente falta de ingresos fue la de negociar préstamos externos. Así, en 1824 y 1825, México obtuvo dos empréstitos de bancos ingleses por más de 6 400 000 libras esterlinas que, en su momento, cubrieron los gastos militares del país, pero a largo plazo se convirtieron en una carga más.

Los créditos que el gobierno mexicano se vio en la necesidad de buscar fueron primero con banqueros y agiotistas locales. Esto ha hecho que el periodo de 1827-1854 se conozca en la historiografía de México como la época de los agiotistas, personajes que no eran más que acaudalados individuos que financiaron el gasto corriente del gobierno a cambio de jugosos réditos y privilegios especiales. En otras palabras, los agiotistas aprovecharon la debilidad del Estado mexicano para incrementar su fortuna y poder. Ante esto, ¿qué papel desempeñaron realmente los bonos de Jecker en la trama de la intervención francesa?

Un banquero Suizo

Jean-Baptiste Jecker nació en Porrentruy, Suiza, al pie de la cordillera de Jura que en ese entonces formaba parte de Francia, el 29 de diciembre de 1812, y en 1862 se nacionalizó como ciudadano francés. Fue hijo de un molinero que a temprana edad aprendió varias lenguas y en la práctica, conocimientos de finanzas y minería. En 1831, a la edad de 19 años, se trasladó a París, donde trabajó como empleado en el banco Hottinger, uno de los más importantes creado en 1786.

Louis, hermano mayor de Jean Baptiste, había estudiado medicina en París, emigró a México y alcanzó un gran éxito profesional como oculista y cirujano, lo que le permitió acumular una gran fortuna y hacer importantes obras de filantropía; de modo que durante las primeras décadas del México independiente ya era un médico reconocido y adinerado en el país. Con motivo de la Guerra de los Pasteles, fue expulsado del país y volvió a reunirse en Europa con su familia. Regresó a México tras este acontecimiento, esta vez, acompañado de dos de sus hermanos, Pierre y Jean Baptiste.

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El Tratado de Guadalupe Hidalgo y la protección a los mexicanos en EUA

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Los acuerdos de Paz de 1848, tras la invasión estadounidense, dejaron inermes a miles de mexicanos cuyas propiedades o vidas estaban establecidas en los territorios bajo nueva bandera. La diplomacia mexicana trató de defenderlos y dejares un estatus de ciudadanos que no fuera avasallado en sus derechos civiles, políticos y religiososo. El protocolo de Querétaro que buscaba ampararlos nunca fue aceptado por el gobierno de Washington.

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La noticia de la aprobación del Tratado de Guadalupe Hidalgo por el Congreso reunido en la ciudad de Querétaro llegó a la ciudad de México la noche del 29 de mayo de 1848, hace ya casi 170 años. Niceto de Zamacois describió la escena 20 años después:

varios cohetes de luces y tronidos de petardos, anunciaron a la capital de México la noticia de la ratificación del tratado de paz. La espaciosa Plaza de Armas se veía literalmente llena de oficiales norteamericanos que manifestaban gran regocijo y entusiasmo por los tratados. En uno de los balcones de palacio, ocupado por las autoridades de los Estados Unidos, apareció iluminado un cuadro en que se leía, Peace-Paz. Al dejarse ver esa inscripción, resonaron mil vivas que multiplicaron el entusiasmo y la alegría de los expresados oficiales. En aquel regocijo no tomaron parte los mexicanos; pues aunque comprendían la necesidad de haber ajustado la paz, no podían olvidar que, para alcanzarla, se habían desprendido de riquísimas y vastas provincias.

El proceso que llevaba a la paz entre México y Estados Unidos, iniciado más de un año antes, estaba por terminar. Faltaba, no obstante, dar algunos pasos para que así sucediera.

Las negociaciones

Negociar fue parte de la estrategia del presidente James K. Polk para ganar la guerra contra México, declarada por su gobierno en mayo de 1846. Así, a los diez meses de conocer la caída de Veracruz, nombró comisionado de paz a Nicholas P. Trist, oficial mayor del Departamento de Estado, quien había servido como cónsul en La Habana de 1834 a 1841 y por tanto hablaba español. Trist recibió sus instrucciones en abril de 1847. Debía adquirir los ya ocupados territorios de Nuevo México y Alta California y fijar el río Bravo como límite suroeste de Texas. Intentaría añadir Baja California y el “paso y tránsito” por el istmo de Tehuantepec, aun cuando esto no era indispensable. Podía ofrecer compensaciones de entre 15 y 30 millones de dólares, así como admitir las reclamaciones de los ciudadanos de Estados Unidos contra México hasta por un total de tres millones. Prometería garantizar por escrito los derechos y propiedades de los mexicanos que permanecieran en los territorios adquiridos.

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