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Sumario #9

BiCentenario #9

Editorial
Correo del lector

ARTÍCULOS

ENRIQUETA QUIROZ

De cómo se comía en la Ciudad de México hacia 1800

ATZIN JULIETA PÉREZ MONROY

Modas y censura en la época de la Independencia

RODRIGO MÉNDEZ

¡Manos arriba! El bandolerismo durante la guerra de Independencia

EDER ANTONIO DE JESÚS GALLEGOS RUIZ

¡Hacer cañones para la libertad! Artillería artesanal en los albores de la Independencia

DIEGO PULIDO ESTEVA

Los presos y el Centenario

MARÍA ESTHER PÉREZ SALAS

Los arcos triunfales en las fiestas del Centenario

GUILLERMO BRENES TENCIO

México, 6 de octubre de 1910: la ceremonia de la Apoteosis

EULALIA RIBERA CARBÓ

Orizaba y las fiestas del Centenario

DESDE HOY

LAURA SUÁREZ DE LA TORRE  

¿Conmemorar los 200 años?

DESDE AYER

La batalla de Aculco: crónicas opuestas de un médico y un militar

Recuerdos del Centenario 

CUENTO

ANA SUÁREZ

Responda, niño Lucas, responda

ARTE

ANA BURIANO C.

Un ángel para la nación

TESTIMONIO

Epigmenio González: Querétaro, los primeros días… Ana Rosa Suárez Argüello

Epigmenio González. Querétaro: los primeros días

BiCentenario #9

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Cuando don Epigmenio González concluyó su relato ante los miembros de la Sociedad Literaria La Esperanza el día 28 de diciembre de 1853 debió haber experimentado un gran alivio. ¡Por fin se hab.a liberado de los recuerdos que tantos años lo oprimieron, sin poder hablar de ellos, por lo menos hasta que volvió a México y aun después, pues entonces pocos le creían y no faltó quien lo tomara por loco! Se había liberado, sí, pero algo que mucho le alegraba era compartirles con personas tan notables como don Jesús López Portillo y don José María Vigil, ellos, sin duda, no permitirían que se perdieran y así se transmitirían de generación en generación. Y es que para don Epigmenio su verdad era menester para completar la historia del tiempo en que México había  nacido, tiempo que, a la larga, fue feliz para la patria pues ganó su independencia, aunque infeliz para muchos que en el transcurso perdieron la vida o sus bienes o la libertad, incluso la honra. A ellos se los debía, naturalmente que se los debía… en primer término a su querido Emeterio, el hermano que siempre le apoyó y compartió con él la buena y la mala fortuna… Y al padre Hidalgo y al capitán Allende y al capitán Aldama y… .a tantos otros! Pues bien, les había cumplido, ahora podía volver a lo suyo, estarse tranquilo, no soportar más el ayer. Sus recuerdos eran ya de los mexicanos todos.

Esa tarde invernal en Guadalajara, don Epigmenio habló largo y tendido. Habló ante una audiencia atenta e interesada sobre la parte que tuvo en la conjura de Querétaro y sobre su inmediata prisión, encomiando a aquellos que le pareció justo encomiar, como juez de Corte Juan Collado, a quien pintó como un español justo, o como el fraile filipense don Dimas Diez, el que corrió un gran riesgo al salvar del fusilamiento al pequeño tambor de Valladolid, y censurando a individuos como el capitán Joaquín Arias, a quien acusó de ser un traidor, o a los misioneros de Propaganda Fide, menos preocupados por alimentar la fe que los bolsillos del rey de España.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.32.27Pero calló mucho, en particular aquello que lo atañía de manera más personal, como el papel de cabecilla que tuvo a veces o el dolor y los sufrimientos que padeció. Acaso lo hizo por recato, acaso por entender que ya no tenía caso divulgarlo y que todo bien había valido la pena ante el hecho consumado de que, finalmente, Nueva España había ganado su independencia, eso era lo que casi todos los conjurados deseaban cuando se empeñaron en procurarla y lucharon por ella. Es fácil imaginar que sus oyentes fueron corteses y que, en ese momento, respetaron y apreciaron el recato del anciano –frisaba en los 75 años—, aun cuando también, muy posiblemente, más tarde, en privado, obtuvieran de él más detalles.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.33.52¿Qué calló Epigmenio González ese 28 de diciembre y que, por tanto, no registra el Memorial del que brindamos un fragmento? Lo que a la fecha sabemos –pues entonces lo supieron otros y se investigó después—; que él y su hermano Emeterio eran comerciantes y poseían una pequeña fortuna heredada de sus padres, la cual pusieron al servicio de la conjura de Querétaro; que eran defensores fervientes de la libertad y la autonomía y por eso acudían a las reuniones “literarias” de Querétaro, ocultaban en su casa una armería donde reunían y fabricaban cartuchos, municiones y cabos para lanzas y que proveían de instrucción militar a 300 hombres en una hacienda cerca de Huichapan (hoy Hidalgo).

 

PARA SABER MÁS:

Mier y Terán, Marta y José Antonio Serrano, Las guerras de independencia en la América española, México, El Colegio de Michoacán, Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 2002. (Memorias)

Agraz García Alba, Gabriel, Epigmenio González Flores, patriota y mártir insurgente, Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco, Guadalajara, 2007.

Taibo II, Paco Ignacio, El cura Hidalgo y sus amigos. 53 viñetas de la guerra de independencia, Zeta, México, 2007.

“Fuerte de San Diego, Acapulco” en http://www.youtube.com/watch?v=qgFzLJ6El7s.

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Un ángel para la nación

Ana Buriano C. / Instituto Mora

BiCentenario #9

“El día que Madero entró hasta la tierra tembló” fue la tonadilla que acuñaron las decenas de miles de habitantes de la Ciudad de México que fueron a recibirlo el 7 de junio de 1911. Los capitalinos lo recordaban como el temblor más intenso del que tenían memoria. Algún derrumbe se produjo en un cuartel de artillería por la Ribera de San Cosme, hubo cuarteaduras en edificios públicos y en muchas casas de Santa María la Ribera, uno de los barrios más dañados. Sin embargo, el “temblor Madero” quedó opacado por el sismo social que sacudía al país y produjo quizá menos especulaciones que el pasar del cometa Halley, poco más de un año antes.Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.10.45

Pese a la intensidad del movimiento la majestuosa columna conmemorativa, rematada en su capitel por una Victoria alada recubierta en oro, que se había inaugurado poco más de ocho meses antes, se mantuvo incólume. El monumento con el que Porfirio Díaz había querido coronar las fiestas del Centenario de la Revolución de Independencia se mostró más sólido a las trepidaciones telúricas y sociales que el régimen que lo creó. Quizá lo mantuvo enhiesto su juventud, quizá los suelos del centro de la capital todavía no se habían erosionado con la extracción de las aguas del subsuelo que el desarrollo urbano les impondría luego. Cierto es que el Ángel de la Independencia correría con menos suerte la madrugada del 28 de julio de 1957, cuando un nuevo terremoto lo hizo vacilar, caer al vacío y estrellarse contra el Paseo.

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Las festividades patrias del año siguiente lo volvieron a situar en su posición, una vez reconstruido y reforzada la columna que lo sustenta, cuya última restauración se realiz. en 2006. La belleza y simbolismo que conjunta, en medio de una avenida especialmente diseñada con un propósito político, lo han hecho portador y referente de la nación, aun más allá de la propuesta que le dio origen.

Los festejos del Centenario

Las ceremonias conmemorativas del Centenario fueron deslumbrantes. Instituciones, congresos, exposiciones, edificios, avenidas, monumentos, adornos urbanos con luz eléctrica, monedas y medallas conmemorativas, todo confluía para proyectar al mundo la imagen de un México moderno y progresista, asentado en la paz; cosmopolita pero al mismo tiempo portador de una tradición histórica que hundía sus raíces en una de las más altas civilizaciones americanas.

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Aunque los festejos se extendieron más allá del mes de septiembre de 1910, la verdadera apoteosis se concentró en los días festivos de la agenda cívica. Cuentan las crónicas que el 14 de septiembre una gran procesión avanzó desde la Alameda a la Catedral y depositó flores en la tumba donde estaban sepultados los héroes. El 15 se realizó el desfile histórico marcado por la visión evolucionista que la intelectualidad del régimen tenía sobre la historia patria; desde la Plaza de la Reforma, donde estaba situado entonces El Caballito, y a lo largo de la avenida Juárez, arribaron a la Plaza de la Constitución grandes contingentes que representaban las tres eras progresivas que había vivido la patria y la habían conducido a las glorias del presente porfiriano: la Conquista, la Colonia y la Independencia. Cada una de esas etapas fue representada por numerosos cuadros vivos a pie, a caballo y en carros alegóricos que involucraron algo así como cinco mil personas. Como una especie de “clase de historia en vivo”, definen los especialistas a estas multitudes que caminaron por las enjaezadas y modernizadas calles de la ciudad. Los organizadores de la coreografía del desfile, la Comisión Nacional del Centenario de la Independencia, deseaban, con el espíritu cientificista de que estaban imbuidos, que las escenas reprodujeran los momentos de manera auténtica y “ajustada a la verdad histórica”. Por ello, debieron acudir a los gobernadores de Oaxaca, San Luis Potosí, Tlaxcala, Morelos y Chiapas para solicitarles que les enviaran indios, entre ellos algunas mujeres hermosas y a las organizaciones hispanistas para que colaboraran con los tipos físicos españoles. El mestizo glorificado por Justo Sierra no era problema; lo proveía la patria, porque era la raza nueva y superior que condensaba en sí las virtudes de los polos originarios y se encargaba de reconciliar a conquistados y conquistadores. Cien años después se soldaban así las rupturas que se conmemoraba.

Ahora bien, no se trataba de que la ciudad de México careciera de sus propios pobladores originarios, pero el higienismo consustancial al darwinismo social porfiriano decidió ocultarlos a la mirada de las delegaciones extranjeras. Se les prohibió circular por la ciudad a menos que lo hicieran vestidos adecuadamente y no con calzón de manta y guaraches, como acostumbraban. Por ello fue necesario pedir el préstamo a los estados. Aunque se intentó disciplinar y blanquear sus costumbres los sectores populares tuvieron presencia: se habla de más de 50 mil asistentes. No puede negarse, pues, que las conmemoraciones contribuyeron a extender en ellos, los sentimientos de identidad de lo mexicano.

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Don Porfirio dio el “grito” en la noche de su cumpleaños, en un Zócalo iluminado con luz eléctrica y fuegos artificiales. En medio de la verbena popular se escucharon algunas vivas a Madero y circularon unas fotos del personaje barbado, pero la prensa oficialista no lo dijo, sino que exaltó la belleza de la ciudad que lucía como una piedra preciosa.

El 16 de septiembre, día de los festejos oficiales, fue apoteósico. El historiador Carlos Martínez Assad recoge los detalles de la ceremonia: la mañana soleada; las esposas de los altos funcionarios luciendo chalinas con los colores patrios; el cuerpo diplomático y los delegados extranjeros, el gabinete, la banda de la policía, las grandes banderas, los escudos y Porfirio Díaz llegando e instalándose en un pabellón-tribuna efímero, pero grandioso donde la oratoria fue extensa. Antonio Rivas Mercado, el autor de la columna la describió a detalle. El subsecretario de Gobernación Miguel Macedo y el diputado y poeta Salvador Díaz Mirón, quien declamó un himno a la patria, arrancaron aplausos. Un gran desfile militar avanzó por el Paseo de la Reforma hasta el Palacio Nacional luego que don Porfirio inaugurara de manera solemne el monumento a la Independencia y se interpretara el himno nacional.

PARA SABER MÁS:

MANUEL AGUIRRE BOTELLO, “La columna de la Independencia: ciudad de México” en Mexico Maxico [en línea], www.mexicomaxico.org.

KATHRYN S. BLAIR, A la sombra del Ángel, México, Santillana, 2010, 3. ed.

MAURICIO TENORIO, Historia y celebración: México y sus centenarios, Barcelona, Tusquets, 2010.

* Consultar “Columna del Ángel de la Independencia, Ciudad de México” en http://www.flickr.com/photos/acuarela08/3432771505/

* Ver Memorias de un mexicano, Salvador Toscano, 1950. 110 min. (Ed. en DVD, 2010)

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Responda, niño Lucas, responda

Ana Rosa Suárez / Instituto Mora

BiCentenario #9

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 14.45.29El anciano irradiaba poder. Escribía con trazos firmes y precisos, absorto, sin duda el ceño fruncido le ayudaba a fijar la atención. Ponía ahora la pluma en el tintero, se miraba en el espejo de marco estofado en oro y, con un peine de carey que extraía de la levita, se arreglaba los abundantes cabellos blancos, sin que uno solo quedara sin colocar.

Lucas no reconoce la plaza que se deja ver por la ventana, pero al observarla con esmero se percata de que es la Plaza Mayor de la ciudad de México, el sol mañanero que dispone juegos de luz y sombra en las fachadas la hace lucir más bella que en cualquiera de las ilustraciones guardadas en casa. Algo espeso le escurre por la cara, se palpa una herida en la sien, le duele, cómo se la causó, en qué momento, dónde se encuentra. Cierto, el caballo se encabritó ante las llamas que surgían de la Alhóndiga y no pudo dominarlo. Abre los ojos, vaya, el día se extinguió, su madre descubrirá pronto su falta, en todo caso, lo sabrá en cuanto note su ropa vuelta harapos y sucia de tierra y tizne, además ha de tener el cuerpo lleno de cardenales. Lo mejor será marcharse, le queda un buen trecho por recorrer y más si se sigue por callejuelas y atajos para no ser notado. No puede levantarse, siente que todo gira a su alrededor, le palpita la sien, se recuesta de nuevo, vaya, su escapada se malogró y la curiosidad lo ha metido en un lío, aunque también el secreto anhelo de romper reglas que a veces lo asalta, en particular desde que doñaa Ignacia tomó el mando familiar. No quería  contrariarla, pero tuvo que comprobar si los insurgentes se hallaban en verdad a las puertas de Guanajuato, pues bien, lo hizo y lo lamenta, sólo desea alejarse para siempre. Dejará al anciano, quién será, le parece familiar pero no lo recuerda, su rostro es serio y solemne como el de los desconocidos que casi saltan de los retratos colgados en el salón, el semblante duro y amargo le trae a la memoria a su madre, desde que enviudó sonríe rara vez, sólo a él.

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Rezaba de rodillas en el reclinatorio colocado en el rincón, ante la imagen de la virgen de los Remedios. Lo hacía con devoción, en voz baja, pero le escuchaba rogar que se le concediera fuerza para cumplir con su misión de proteger a la Iglesia. Se sacudía el polvo de las rodillas y alisaba las supuestas arrugas de una impecable levita obscura antes de sentarse frente al escritorio. Miraba su imagen en el espejo, su cabello seguía en orden, pero lo peinaba de nuevo, como si no pudiera evitarlo. Por fin movía la pluma sobre el pliego mientras susurraba que debía conservarse la religión católica, único lazo que ataba a la nación y la redimiría de los males que la amenazaban.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 14.46.18Está de acuerdo, la culpa de lo que pasa es de ese cura Hidalgo por alzar a la indiada, su obligación como párroco era ayudar al gobierno a guardar el orden, no enardecer a la multitud. Tiene que retornar, hará el esfuerzo, allí corre peligro, y su madre no entenderá ni le personará, si dirá que mandó que nadie saliera. Observa a su alrededor para situar a su caballo, silba para que se acerque, intentará montarlo y luego se dejará ir en él. No asoma, de seguro trota asustado por la cuesta de Marfil, con prisa por alcanzar el corral. Qué hará, ir a pie es impensable, nada más de alzar la cabeza todo le da vueltas, la herida le arde, le punza el oído, Dios Santo, qué tiene. Se apartará de los rescoldos, la Alhóndiga se incendió cual pira gigante, el maíz y la harina y los víveres acopiados la atizaron, falta que lo que resta del techo acabe por derrumbarse y se desplome sobre él una viga en llamas. Se alza poco a poco, se arrastra lentamente a lo largo de  unas varias y cae postrado en un zaguán, apenas a tiempo para evitar a la turba que fluye hacia el recinto; así tuvo que ser la que invadió el Nuevo Mundo, con puro indio armado de palos y flechas y hondas y lanzas, capaz de todo. Unos cuantos llevan fusiles y disparan al aire, dos o tres esgrimen carrizos que portan la imagen de la virgen de Guadalupe, otros alumbran el camino con ocotes ardientes, esa pesadilla le acosará mientras viva.

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Recorría el aposento de un lado a otro, se paraba delante de la ventana para examinar la Plaza Mayor y de inmediato volvía a andar, pisaba con fuerza el tapete que vestía de púrpura el piso de duela, como si de esa forma desahogara el enojo y le servía, cierto, se notaba más dispuesto. Ahora reñía con un militar sentado a su frente, se trataba de alguien importante, de uniforme extraño, de seguro correspondía a algún regimiento recién desembarcado de España. Por último el anciano aprobaba, a disgusto, con el mismo enojo que su madre exhibía cuando actuaba como Doña Ignacia. El militar se iba, chispeante de gozo. Volvía el rasgar de la pluma y la voz que declaraba que la tropa se iba a reducir a lo imprescindible para perseguir a los indios bárbaros y dar seguridad en los caminos, nada más…

PARA SABER MÁS:

Muñoz, Rafael F., Santa Anna: el dictador resplandeciente, Fondo de Cultura Econ.mica, México, 2005.

Lira, Andrés, Lucas Alamán, Cal y Arena, México, 1997.

Ver “Dolores Tosta de Santa Anna y Lucas Alamán” en  http://www.youtube.com/watch?v=6VrDrnywaOk&feature=related

Ver “La Toma de la Alhóndiga de Granaditas” en http://www.youtube.com/watch?v=bEHC6Bla6DA&feature=PlayList&p=175AA243E483D6CC&playnext_from=PL&playnext=1&index=25

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Recuerdos del Centenario

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Sofía Crespo y Ramón Aureliano

BiCentenario #9

El régimen de Porfirio Díaz dio tal importancia a la conmemoración del Centenario de la Independencia que una Comisión Nacional se consagró a organizarlos y coordinar las actividades en cada rincón de la república desde abril de 1907. El gobierno tendría, naturalmente, un papel relevante. Se propuso exaltar a los héroes mexicanos, como Miguel Hidalgo y Benito Juárez, aunque en el panteón patrio el presidente Díaz ocupó un lugar a su lado, en uniforme de gala y con el pecho cubierto de condecoraciones.

Resultado de este afán celebrador fue, por el lado del gobierno, la inauguración de instituciones, monumentos, edificios y otras obras públicas así como el despilfarro de recursos para obsequiar a las delegaciones extranjeras a lo largo del año de 1910. Por su lado, distintas asociaciones privadas organizaron congresos, exposiciones y concursos. Y desde luego abundaron los desfiles, los conciertos y las escenificaciones teatrales.

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Los recuerdos del Centenario fueron un componente primordial de los festejos. Las empresas dedicadas a la producción de objetos especiales para la conmemoración, bien como negocio, bien como encargo oficial, mismos que se multiplicaron, en especial, las tarjetas postales y fotografías, aunque también hubo monedas, medallas, estampillas, monedas, insignias, galardones, libros, fistoles, gallardetes, partituras, carteles, hojas sueltas, menús, invitaciones, programas, etcétera. Estos “recuerdos” gozaron de un valor altamente afectivo, pues quienes los hicieron suyos –mediante la compra o incluso el robo— debieron valerse más tarde de ellos para evocar un momento o unos días extraordinarios, en especial durante los tiempos aciagos que estaban por llegar. SF y RA

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