Archivo de la categoría: BiCentenario #9

Sumario #9

BiCentenario #9

Editorial
Correo del lector

ARTÍCULOS

ENRIQUETA QUIROZ

De cómo se comía en la Ciudad de México hacia 1800

ATZIN JULIETA PÉREZ MONROY

Modas y censura en la época de la Independencia

RODRIGO MÉNDEZ

¡Manos arriba! El bandolerismo durante la guerra de Independencia

EDER ANTONIO DE JESÚS GALLEGOS RUIZ

¡Hacer cañones para la libertad! Artillería artesanal en los albores de la Independencia

DIEGO PULIDO ESTEVA

Los presos y el Centenario

MARA?A ESTHER PÉREZ SALAS

Los arcos triunfales en las fiestas del Centenario

GUILLERMO BRENES TENCIO

México, 6 de octubre de 1910: la ceremonia de la Apoteosis

EULALIA RIBERA CARBÓ

Orizaba y las fiestas del Centenario

DESDE HOY

LAURA SUÁREZ DE LA TORRE

Conmemorar los 200 años

DESDE AYER

La batalla de Aculco: crónicas opuestas de un médico y un militar

Recuerdos del Centenario

CUENTO

ANA SUÁREZ

Responda, niño Lucas, responda

ARTE

ANA BURIANO C.

Un Ángel para la nación

TESTIMONIO

Epigmenio González: Querétaro, los primeros días Ana Rosa Suárez Argüello

Epigmenio González. Querétaro: los primeros días

BiCentenario #9

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Cuando don Epigmenio González concluyó su relato ante los miembros de la Sociedad Literaria La Esperanza el día 28 de diciembre de 1853 debía haber experimentado un gran alivio.  ¡Por fin se había liberado de los recuerdos que tantos años lo oprimieron, sin poder hablar de ellos,por lo menos hasta que volvía México y aun después, pues entonces pocos le creían y no faltó quien lo tomara por loco! Se había liberado, sí, pero algo que mucho le alegraba era compartirles con personas tan notables como don Jesús López Portillo y don José María Vigil, ellos, sin duda, no permitirían que se perdieran y así se transmitirían de generación en generación. Y es que para don Epigmenio su verdad era menester para completar la historia del tiempo en que México había  nacido, tiempo que, a la larga, fue feliz para la patria pues ganó su independencia, aunque infeliz para muchos que en el transcurso perdieron la vida o sus bienes o la libertad, incluso la honra.  ellos se los debía, naturalmente que se los debí? en primer término a su querido Emeterio, el hermano que siempre le apoyó y compartió con él la buena y la mala fortuna ¿ Y al padre Hidalgo? y al capitán Allende y al capitán Aldama y a tantos otros! Pues bien, les había cumplido, ahora podía volver a lo suyo, estarse tranquilo, no soportar más el ayer. Sus recuerdos eran ya de los mexicanos todos.

Esa tarde invernal en Guadalajara, don Epigmenio habló largo y tendido. Habló ante una audiencia atenta e interesada sobre la parte que tuvo en la conjura de Querétaro y sobre su inmediata prisión, encomiando a aquellos que le pareció justo encomiar, como juez de Corte Juan Collado, quien pintó como un español justo, o como el fraile filipense don Dimas Diez, el que corrió un gran riesgo al salvar del fusilamiento al pequeño tambor de Valladolid, y censurando a individuos como el capitán Joaquín Arias, a quien acusó de ser un traidor, o a los misioneros de Propaganda Fide, menos preocupados por alimentar la fe que los bolsillos del rey de España

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.32.27Pero calló mucho, en particular aquello que lo atañía de manera más personal, como el papel de cabecilla que tuvo a veces o el dolor y los sufrimientos que padeció. Acaso lo hizo por recato, acaso por entender que ya no tenía caso divulgarlo y que todo bien había valido la pena ante el hecho consumado de que, finalmente, Nueva España había ganado su independencia, eso era lo que casi todos los conjurados deseaban cuando se  empeñaron en procurarla y lucharon por ella. Es fácil imaginar que sus oyentes fueron corteses y que, en ese momento, respetaron y apreciaron el recato del anciano (frisaba en los 75 años), aun cuando también, muy posiblemente, más tarde, en privado, obtuvieran de él más detalles.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.33.52¿Qué calló Epigmenio González ese 28 de diciembre y que, por tanto, no registra el Memorial del que brindamos un fragmento? Lo que a la fecha sabemos (pues entonces lo supieron otros y se investigó después) que él y su hermano Emeterio eran comerciantes y poseían una pequeña fortuna heredada de sus padres, la cual pusieron al servicio de la conjura de Querétaro; que eran defensores fervientes de la libertad y la autonomía y por eso acudían a las reuniones “literarias” de Querétaro, ocultaban en su casa una armería donde reunían y fabricaban cartuchos, municiones y cabos para lanzas y que proveían de instrucción militar a 300 hombres en una hacienda cerca de Huichapan (hoy Hidalgo).

 

PARA SABER MÁS:

  • Mier y Terán, Marta y José Antonio Serrano, Las guerras de independencia en la América española, México, El Colegio de Michoacán, Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 2002. (Memorias)
  • Agraz García Alba, Gabriel, Epigmenio González Flores, patriota y mártir insurgente, Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco, Guadalajara, 2007.
  • Taibo II, Paco Ignacio, El cura Hidalgo y sus amigos. 53 viñetas de la guerra de independencia, Zeta, México, 2007.
  • Fuerte de San Diego, Acapulco  en http://www.youtube.com/watch?v=qgFzLJ6El7s

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Un Ángel para la nación

Ana Buriano C. / Instituto Mora

BiCentenario #9

“El día que Madero entró hasta la tierra tembló” fue la tonadilla que acuñaron las decenas de miles de habitantes de la Ciudad de México que fueron a recibirlo el 7 de junio de 1911. Los capitalinos lo recordaban como el temblor más intenso del que tenían memoria. Algún derrumbe se produjo en un cuartel de artillería por la Ribera de San Cosme, hubo cuarteaduras en edificios públicos y en muchas casas de Santa María la Ribera, uno de los barrios más dañados. Sin embargo, el  “temblor Madero” quedó opacado por el sismo social que sacudía al país y produjo quizá menos especulaciones que el pasar del cometa Halley, poco más de un año antes.Captura de pantalla 2013-09-27 a las 15.10.45

Pese a la intensidad del movimiento la majestuosa columna conmemorativa, rematada en su capitel por una Victoria alada recubierta en oro, que se había inaugurado poco más de ocho meses antes, se mantuvo incólume. El monumento con el que Porfirio Díaz había querido coronar las fiestas del Centenario de la Revolución de Independencia se mostró más sólido a las trepidaciones telúricas y sociales que el régimen que lo creó. Quizá lo mantuvo enhiesto su juventud, quizá los suelos del centro de la capital todavía no se habían erosionado con la extracción de las aguas del subsuelo que el desarrollo urbano les impondría luego. Cierto es que el Ángel de la Independencia correría con menos suerte la madrugada del 28 de julio de 1957, cuando un nuevo terremoto lo hizo vacilar, caer al vacío y estrellarse contra el Paseo.

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Las festividades patrias del año siguiente lo volvieron a situar en su posición, una vez reconstruido y reforzada la columna que lo sustenta, cuya última restauración se realizó en 2006. La belleza y simbolismo que conjunta, en medio de una avenida especialmente diseñada con un propósito político, lo han hecho portador y referente de la nación, aun más allá de la propuesta que le dio origen.

Los festejos del Centenario

Las ceremonias conmemorativas del Centenario fueron deslumbrantes. Instituciones, congresos, exposiciones, edificios, avenidas, monumentos, adornos urbanos con luz eléctrica, monedas y medallas conmemorativas, todo confluía para proyectar al mundo la imagen de un México moderno y progresista, asentado en la paz; cosmopolita pero al mismo tiempo portador de una tradición histórica que hundía sus raíces en una de las más altas civilizaciones americanas.

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Aunque los festejos se extendieron más allá del mes de septiembre de 1910, la verdadera apoteosis se concentró  en los días festivos de la agenda cívica. Cuentan las crónicas que el 14 de septiembre una gran procesión avanzó desde la Alameda a la Catedral y depositó flores en la tumba donde estaban sepultados los héroes. El 15 se realizó el desfile histórico marcado por la visión evolucionista que la intelectualidad del régimen tenía sobre la historia patria; desde la Plaza de la Reforma, donde estaba situado entonces El Caballito, y a lo largo de la avenida Juárez, arribaron a la Plaza de la Constitución grandes contingentes que representaban las tres eras progresivas que había vivido la patria y la habían conducido a las glorias del presente porfiriano: la Conquista, la Colonia y la Independencia. Cada una de esas etapas fue representada por numerosos cuadros vivos a pie, a caballo y en carros alegóricos que involucraron algo así como cinco mil personas. Como una especie de “clase de historia en vivo”, definen los especialistas a estas multitudes que caminaron por las enjaezadas y modernizadas calles de la ciudad. Los organizadores de la coreografía del desfile, la Comisión Nacional del Centenario de la Independencia, deseaban, con el espíritu cientificista de que estaban imbuidos, que las escenas reprodujeran  los momentos de manera auténtica y  ajustada a la verdad histórica . Por ello, debieron acudir a los gobernadores de Oaxaca, San Luis Potosí, Tlaxcala, Morelos y Chiapas para solicitarles que les enviaran indios, entre ellos algunas mujeres hermosas y a las organizaciones hispanistas para que colaboraran con los tipos físicos españoles. El mestizo glorificado por Justo Sierra no era problema; lo provenía la patria, porque era la raza nueva y superior que condensaba en sí las virtudes de los polos originarios y se encargaba de reconciliar a conquistados y conquistadores. Cien anos después se soldaban así las rupturas que se conmemoraba.

Ahora bien, no se trataba de que la ciudad de México careciera de sus propios pobladores originarios, pero el higienismo consustancial al darwinismo social porfiriano decidí ocultarlos a la mirada de las delegaciones extranjeras. Se les prohibió circular por la ciudad a menos que lo hicieran vestidos adecuadamente y no con calzón de manta y guaraches, como acostumbraban. Por ello fue necesario pedir el préstamo a los estados. Aunque se intentó disciplinar y blanquear sus  ostumbres los sectores populares tuvieron presencia: se habla de más de 50 mil asistentes. No  puede negarse, pues, que las conmemoraciones contribuyeron a extender en ellos, los sentimientos de identidad de lo mexicano.

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Don Porfirio dio el  “grito  en la noche de su cumpleaños, en un Zócalo iluminado con luz eléctrica y fuegos artificiales. En medio de la verbena popular se escucharon algunas vivas a Madero y circularon unas fotos del personaje barbado, pero la prensa oficialista no lo dijo, sino que exaltó la belleza de la ciudad que lucía como una piedra preciosa.

El 16 de septiembre, día de los festejos oficiales, fue apoteósico. El historiador Carlos Martínez  Assad recoge los detalles de la ceremonia: la máxima soleada; las esposas de los altos funcionarios luciendo chalinas con los colores patrios; el cuerpo diplomático y los delegados extranjeros, el gabinete, la banda de la policía, las grandes banderas, los escudos y Porfirio Díaz llegando e instalándose en un pabellón-tribuna efímero, pero grandioso donde la oratoria fue extensa. Antonio Rivas Mercado, el autor de la columna la describió a detalle. El subsecretario de Gobernación Miguel Macedo y el diputado y poeta Salvador Díaz Mirón, quien declamó un himno a la patria, arrancaron aplausos. Un gran desfile militar avanzó por el Paseo de la Reforma hasta el Palacio Nacional luego que don Porfirio inaugurara de manera solemne el monumento a la Independencia y se interpretara el himno nacional.

PARA SABER MÁS:

  • MANUEL AGUIRRE BOTELLO, “La columna de la Independencia: ciudad de México” en Mexico Maxico [en línea], www.mexicomaxico.org.
  • KATHRYN S. BLAIR, A la sombra del Ángel, México, Santillana, 2010, 3. ed.
  • MAURICIO TENORIO, Historia y celebración: México y sus centenarios, Barcelona, Tusquets, 2010.
  • Consultar “Columna del Ángel de la Independencia, Ciudad de México” en http://www.flickr.com/photos/acuarela08/3432771505/
  • Ver Memorias de un mexicano, Salvador Toscano, 1950. 110 min. (Ed. en DVD, 2010)

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Responda, niño Lucas, responda

Ana Rosa Suárez / Instituto Mora

BiCentenario #9

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 14.45.29El anciano irradiaba poder. Escribía con trazos firmes y precisos, absorto, sin duda el ceño fruncido le ayudaba  fijar la atención. Ponía ahora la pluma en el tintero, se miraba en el espejo de marco estofado en oro y, con un peine de carey que extraía de la levita, se arreglaba los abundantes cabellos blancos, sin que uno solo quedara sin colocar.

Lucas no reconoce la plaza que se deja ver por la ventana, pero al observarla con esmero se percata de que es la Plaza Mayor de la ciudad México, el sol mañanero que dispone juegos de luz y sombra en las fachadas la hace lucir más bella que en cualquiera de las ilustraciones guardadas en casa. Algo espeso le escurre por la cara, se palpa una herida en la sien, le duele, cómo se la causó, en qué momento, dónde se encuentra. Cierto, el caballo se encabritó ante las llamas que surgían de la Alhóndiga y no pudo dominarlo. Abre los ojos, vaya, el día se extinguió, su madre descubrirá pronto su falta, en todo caso, lo sabrá en cuanto note su ropa vuelta harapos y sucia de tierra y tizne, además ha de tener el cuerpo lleno de cardenales. Lo mejor será marcharse, le queda un buen trecho por recorrer y más si se sigue por callejuelas y atajos para no ser notado. No puede levantarse, siente que todo gira a su alrededor, le palpita la sien, se recuesta de nuevo, vaya, su escapada se malogró y la curiosidad lo ha metido en un lío, aunque también el secreto anhelo de romper reglas que a veces lo asalta, en particular desde que doña Ignacia tomó el mando familiar. No quería contrariarla, pero tuvo que comprobar si los insurgentes se hallaban en verdad a las puertas de Guanajuato, pues bien, lo hizo y lo lamenta, sólo desea alejarse para siempre Dejará al anciano, quién será, e parece familiar pero no lo recuerda, su rostro es serio y solemne como el de los desconocidos que casi saltan de los retratos colgados en el salón, el semblante duro y amargo le traía la memoria a su madre, desde que enviudó sonríe rara vez, sólo a él.

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Rezaba de rodillas en el reclinatorio colocado en el rincón, ante la imagen de la virgen de los Remedios. Lo hacía con devoción, en voz baja, pero le escuchaba rogar que se le concediera fuerza para cumplir con su misión de proteger a la Iglesia. Se sacudía el polvo de las rodillas y alisaba las supuestas arrugas de una impecable levita obscura antes de sentarse frente al escritorio. Miraba su imagen en el espejo, su cabello seguía en orden, pero lo peinaba de nuevo, como si no pudiera evitarlo. Por fin movía la pluma sobre el pliego mientras susurraba que debía conservarse la religión católica, único lazo que ataba a la nación y la redimiría de los males que la amenazaban.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 14.46.18Está de acuerdo, la culpa de lo que pasa es de ese cura Hidalgo por alzar a la indiada, su obligación como párroco era ayudar al gobierno a guardar el orden, no enardecer a la multitud. Tiene que retornar, hará el esfuerzo, allí corre peligro, y su madre no entenderá ni le personará, si dirá que mandó que nadie saliera. Observa a su alrededor para situar a su caballo, silba para que se acerque, intentará montarlo y luego se dejará ir en él. No asoma, de seguro trota asustado por la cuesta de Marfil, con prisa por alcanzar el corral. Qué hará, ir a pie es impensable, nada más de alzar la cabeza todo le da vueltas, la herida le arde, le punza el oído, Dios Santo, qué tiene. Se apartará de los rescoldos, la Alhóndiga se incendió cual pira gigante, el maíz y la harina y los víveres acopiados la atizaron, falta que lo que resta del techo acabe por derrumbarse y se desplome sobre él una viga en llamas. Se alza poco a poco, se arrastra lentamente a lo largo de  unas varias y cae postrado en un zaguán, apenas a tiempo para evitar a la turba que fluye hacia el recinto; así tuvo que ser la que invadió el Nuevo Mundo, con puro indio armado de palos y flechas y hondas y lanzas, capaz de todo. Unos cuantos llevan fusiles y disparan al aire, dos o tres esgrimen carrizos que portan la imagen de la virgen de Guadalupe, otros alumbran el camino con ocotes ardientes, esa pesadilla le acosará mientras viva.

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Recorría el aposento de un lado a otro, se paraba delante de la ventana para examinar la Plaza Mayor y de inmediato volvía a andar, pisaba con fuerza el tapete que vestía de púrpura el piso de duela, como si de esa forma desahogara el enojo y le servía, cierto, se notaba más dispuesto. Ahora reñía con un militar sentado a su frente, se trataba de alguien importante, de uniforme extraño, de seguro correspondía a algún regimiento recién desembarcado de España. Por último el anciano aprobaba, a disgusto, con el mismo enojo que su madre exhibía cuando actuaba como Doña Ignacia. El militar se iba, chispeante de gozo. Volvía el rasgar de la pluma y la voz que declaraba que la tropa se iba a reducir a lo imprescindible para perseguir a los indios bárbaros y dar seguridad en los caminos, nada más…

PARA SABER MÁS:

  • Muñoz, Rafael F., Santa Anna: el dictador resplandeciente, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
  • Lira, Andrés, Lucas Alamán, Cal y Arena, México, 1997.
  • Ver Dolores Tosta “de Santa Anna y Lucas Alamán” en: http://www.youtube.com/watch?v=6VrDrnywaOk&feature=related
  • Ver “La Toma de la Alhóndiga de Granaditas” en: http://www.youtube.com/watch?v=bEHC6Bla6DA&feature=PlayList&p=175AA243E483D6CC&playnext_from=PL&playnext=1&index=25

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Recuerdos del Centenario

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Sofía Crespo y Ramón Aureliano

BiCentenario #9

El régimen de Porfirio Díaz dio tal importancia a la conmemoración del Centenario de la Independencia que una Comisión Nacional se consagría organizarlos y coordinar las actividades en cada rincón de la república desde abril de 1907. El gobierno tendría, naturalmente, un papel relevante. Se propuso exaltar a los héroes mexicanos, como Miguel Hidalgo y Benito Juárez, aunque en el panteón patrio el presidente Díaz ocupó un lugar a su lado, en uniforme de gala y con el pecho cubierto de condecoraciones.

Resultado de este afín celebrador fue, por el lado del gobierno, la inauguración de instituciones, monumentos, edificios y otras obras públicas así como el despilfarro de recursos para obsequiaría las delegaciones extranjeras a lo largo del año de 1910. Por su lado, distintas asociaciones privadas organizaron congresos, exposiciones y concursos. Y desde luego abundaron los desfiles, los conciertos y las escenificaciones teatrales.

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Los recuerdos del Centenario fueron un componente primordial de los festejos. Las empresas dedicadas a la producción de objetos especiales para la conmemoración, bien como negocio, bien como encargo oficial, mismos que se multiplicaron, en especial, las tarjetas postales y fotografías, aunque también hubo monedas, medallas, estampillas, monedas, insignias, galardones, libros, fistoles, gallardetes, partituras, carteles, hojas sueltas, menús, invitaciones, programas, etcétera. Estos “recuerdos” gozaron de un valor altamente afectivo, pues quienes los hicieron suyos –mediante la compra o incluso el robo– debieron valerse más tarde de ellos para evocar un momento o unos días extraordinarios, en especial durante los tiempos aciagos que estaban por llegar.

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La batalla de Aculco. Crónicas opuestas de un médico y un militar

Daniela Bázquez Corral

BiCentenario #9

La victoria del 28 octubre de 1810 en el Monte de las Cruces constituyó un gran triunfo para las tropas de Miguel Hidalgo e Ignacio Allende; no sólo por haber derrotado al ejército realista comandado por el general Torcuato Trujillo y mermado en su ánimo, sino por haber sido la batalla en un terreno estratégico para la conquista de la Ciudad de México. Paradójicamente, el triunfo se tradujo en una serie de diferencias entre los principales jefes insurgentes. Como es sabido, Allende y sus partidarios trataban de dar algún orden a sus improvisadas huestes, mediante una organización más precisa de sus integrantes, pero el cura Hidalgo discutía ese orden que reducía a mera retaguardia a las multitudes indígenas.

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La primera fase de la guerra de Independencia fue muy difícil, violenta y afectó a todos los sectores sociales. La noticia de la derrota de Trujillo a una distancia tan próxima a la capital novohispana causó pánico entre sus habitantes. Los más acomodados temieron que las tropas revolucionarias repitieran los abusos y despojos cometidos contra los peninsulares en Guanajuato, por lo que resguardaron sus tesoros y sus alhajas en la Inquisición y algunos conventos. El virrey Francisco Javier Venegas reforzó la línea militar establecida en las calzadas de Bucareli y la Piedad, delegando su vigilancia al Regimiento Urbano del Comercio y al nuevo cuerpo de Patriotas Distinguidos de Fernando VII.

José Mariano Jiménez llevó un pliego al virrey, el 31 por la tarde, en el que Hidalgo, como capitán general de las fuerzas insurrectas, le instaba a llegar a un acuerdo. El rechazo de Venegas, sumado a la escasez de víveres y de armamento, lo llevó a tomar la resolución de alejar con sus hombres hacia el pueblo de San Jerónimo Aculco, a pesar de las objeciones de Allende. Sin embargo, al saber que el teniente general Félix María Calleja y Manuel de Flon, conde de la Cadena e intendente de Puebla, habían reunido sus fuerzas en Querétaro y se disponían a atacarlos, los jefes rebeldes acordaron que fingirían marcharse del posible sitio del encuentro para luego retroceder y atacarlos y así poder vencerlos. Calleja no lo permitió; la mañana del 7 de noviembre se ganó las palmas de Aculco, en poco más de una hora, mediante un nutrido fuego de artillería.

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Las opiniones sobre los hechos de insurgentes y realistas fueron públicas desde el inicio del movimiento. Cada parte brindaba su apreciación de los mismos e inclusive pretendía atraer el favor de sus oyentes o lectores. La batalla de Aculco, acaso por haber sido la primera derrota de los insurrectos, generó gran interés. Aquí presentamos dos visiones opuestas: la del soldado Pedro García y la del médico Luis Montaña, las cuales revelan tanto la complejidad del proceso revolucionario como la idea que se iba formando de los sucesos en los distintos estratos sociales de la Nueva España.

García trabajaba como dependiente en la casa comercial de Ignacio Allende en San Miguel el Grande cuando se sumó a la insurrección. En marzo de 1811 fue aprehendido en Acatita de Bajón con los principales jefes insurgentes, pero él pudo recuperar la libertad y se estableció en Dolores, donde radicó el resto de sus días. Es conocido por sus Memorias sobre los primeros pasos de la Independencia, donde relata con gran con simpatía la etapa inicial del movimiento, desde el grito del 16 de septiembre (que le contaron) hasta la muerte de los caudillos en la villa de San Felipe el Real (hoy Chihuahua).

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Luis Montaña era un médico distinguido, radicado en la ciudad de México, quien trascendió en el medio científico –a pesar de su condición e criollo y expósito–, por haber sido precursor de la reforma de la profesión médica en la Nueva España, por su investigación de las virtudes curativas de algunas plantas americanas y por su valiente y lúcido desempeño en varios brotes epidémicos, como la viruela de 1797 y las “fiebres misteriosas” de 1813. Su gusto por la literatura lo llevó a establecer una “academia de poesía y elocuencia” en su propia casa. Montaña advertía los problemas imperantes entre criollos y peninsulares así como el malestar general de la población, pero estaba totalmente en contra de que se renegara de la metrópoli y de la violencia que revelaba el conflicto.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 14.08.38Los escritos que enseguida mostramos –con la ortografía actualizada para facilitar la lectura– abordan la batalla de Aculco desde perspectivas contrarias. Son, primero, un fragmento de las Memorias de Pedro García, cuyo manuscrito no fue publicado sino hasta 1928 por el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología de México. Segundo, casi todo el folleto intitulado “Carácter político y marcial de los insurgentes de Luis Montaña”, impreso por la Oficina de D. Mariano Ontiveros en 1810 y que hoy se localiza en la biblioteca del Colegio Preparatorio de Xalapa, Veracruz, y en la Coleccón Lafragua de la Biblioteca Nacional de México.

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¿Conmemorar los 200 años?

Laura Suárez de la Torre / Instituto Mora

BiCentenario #9

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Al escuchar en la radio o mirar en la televisión o en el cine los mensajes relativos a la Independencia, a los 200 años de México, me queda la duda de si realmente hemos entendido el significado de nuestra existencia como país independiente. Escuchar que se está orgulloso de México por la bandera, por un gol, por una selección o señalar que se cumplen 200 años de ser orgullosamente mexicano o relacionar la Independencia de México tan sólo en función de los héroes, escogiéndolos según la tendencia política: Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ignacio Allende, Xavier Mina, Josefa Ortiz de Domínguez, Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, o Agustín de Iturbide, o reducir las dos centurias a las fechas 15 y 16 de septiembre o incluso a los años 1810 y 1821, o pensar que caricaturizando a los próceres se está innovando nuestro conocimiento, todo esto me hace pensar si se otorga a la historia un significado y un valor. Símbolos, personajes y fechas son indispensables en la construcción de una nación, pero si quedan sujetos a una visión reduccionista de la historia, patentizan la incomprensión de nuestro caminar a lo largo de estas dos centurias.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 13.45.45Los 200 años han dado sin duda mucho de qué hablar, en distintos sentidos del término. La propaganda que surgió a raíz de 2010 refleja intereses de actores varios involucrados en la tarea de recordarnos a los mexicanos el pasado con orgullo y el presente con cautela, teniendo cada uno de los involucrados –la televisión, el gobierno, los intelectuales, las instituciones, la gente común, intereses diversos. Las diferentes voces, sin embargo, coinciden en referirse a la fecha porque, en general, existe un consenso (aunque hay quienes insisten en polemizar si fue en 1808 o 1821). Alrededor de ella han surgido proyectos diversos que buscan influir en los ciudadanos haciéndonos tomar conciencia del ayer y del ahora de México a través de sus habitantes, los personajes históricos, el pasado, la riqueza natural, la diversidad geográfica, entre muchos otras representaciones, que han encontrado espacios para presentarse, proyectarse o recrearse en revistas, exposiciones, libros, películas, conferencias, etcétera. Imágenes, escritos y obras que han sido alabados por unos y criticados por otros; algunos convertidos en propuestas polémicas, inadecuadas, dispendiosas o incluso mezquinas porque es muy difícil en estos asuntos dar gusto a todos y a cada uno de los mexicanos interesados o entusiasmados por querer otorgar un sentido a esta celebración.

Algunos periodistas, politólogos, historiadores, comunicólogos, por ejemplo, se han ocupado por señalar aciertos y desatinos respecto de los responsables de hacer eco del acontecimiento histórico, pero más que emprender un verdadero análisis del significado se han quedado únicamente en el señalamiento superficial, son una crítica que no es propositiva y que, por lo mismo, no es provechosa. Otros han recurrido al momento para hacer de la conmemoración una propaganda personalista o de partido que tampoco genera un beneficio. Se puede decir incluso que en algunos pareciera existir nostalgia por el general Porfirio Díaz, por la magnificencia de los festejos que su gobierno preparó para la conmemoración del Centenario que, dicho sea de paso, más que para los mexicanos estuvieron pensados para enseñar las glorias de México en el exterior, para hablar del progreso alcanzado, y mostrar la inserción del país en el concierto de las naciones, imagen que la Revolución se encargaría de contrariar muy pronto. En lo que todos coinciden es que para la población en general, es imprescindible que lo que se presente en torno al acontecimiento, sea fidedigno, festivo, alegre, vistoso, que agrade y pueda ser disfrutado. Sin embargo, ha sido tanta la explotación del hecho que ha llegado el momento en que la gente se muestra cansada de escuchar palabras huecas que no le dejan nada y que, más allá, no le ayudan a comprender realmente el significado que ha de tener esta conmemoración.

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PARA SABER MÁS:

  • Paz, Octavio, El laberinto de la soledad (distintas ediciones)
  • López Velarde, Ramón, La suave patria y otros poemas, México, Planeta, 1999.
  • Florescano, Enrique, Imágenes de la patria a través de los siglos, México, Taurus, 2005.
  • Visita la exposición “México 200 años”

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Orizaba y las fiestas del Centenario

Eulalia Ribera Carbó / Instituto Mora

BiCentenario #9

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El México de 1910 no era lo que parecía, y menos aún lo que el gobierno de Porfirio Díaz intentaba que pareciera. Es verdad que el balance de los 33 años, si contamos el cuatrienio de Manuel González, durante os cuales el general Díaz ejerció el mando supremo del Estado, era altamente positivo, sobre todo si se compara la situación del país en 1910 con la de 1877.

El sólido aparato estatal construido por los liberales reformadores de mediados de siglo, hizo posible que la alianza concertada en los años ochenta entre el poder político y los grandes terratenientes, principales beneficiarios de la desamortización y de la nacionalización de los bienes de las corporaciones, rindiera frutos. El desarrollo económico era notable, nadie podía poner en duda la estabilidad política, y la paz social, conseguida más a base de palo que de pan, eran fieles testimonios de los logros alcanzados.

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Sin embargo, el desarrollo económico dependía de las condiciones prevalecientes en las potencias industrializadas que adquirían nuestros productos. La estabilidad política era, en lo fundamental, resultado de una férrea dictadura pactada con los señores de la tierra y del dinero, y la paz social encubría la gran ofensiva de los hacendados sobre las tierras de los pueblos, el despojo a pequeños propietarios, salarios de hambre, jornadas de trabajo de 14 horas, tiendas de raya, justicia patronal ejercida por propia mano y una larga lista de agravios que la mayoría de la población parecía soportar resignada y calladamente.

Cuando el siglo XX empezó con una crisis económica originada en Estados Unidos, las voces de la oposición, expresadas en órganos de prensa siempre amenazados, crecieron no sólo con nuevas publicaciones cada vez más radicales, sino con la organización de círculos liberales que se plantearon la necesidad de recuperar la vigencia de las garantías individuales consignadas en la Carta Magna y de parar las pretensiones de la Iglesia católica de recuperar espacios y riqueza. El malestar soterrado se empezó a politizar. Los magonistas, a través de su periódico Regeneración, parecían llegar a todas partes y los clubes liberales proliferaban. Para 1906 la huelga minera de Cananea, en Sonora, y un conato de alzamiento revolucionario en Coahuila en 1908 fueron indicios, que se intentó pasar por alto, de que la cosa no iba tan bien. En enero de 1907 la feroz represión de la huelga de Río Blanco, Veracruz, señal de nuevo que el sistema ya no funcionaba como lo había hecho hasta hacía poco.

Ese mismo año se inició otra crisis capitalista en Estados Unidos, ésta mucho más profunda que la de 1901, y al comenzar el año de 1908 el “tirano honrado” anunció que ya no se postularía para un nuevo periodo presidencial. Todo se precipitó a partir de aquel momento. Otro intento revolucionario ese mismo año, pugnas entre los secretarios del gabinete para alcanzar la silla presidencial, y la oposición nacida en el seno de la propia oligarquía.

En su libro La sucesión presidencial en 1910, Francisco I. Madero propuso la creación de un partido, e invitó a Porfirio Díaz a postularse para la presidencia, junto con un miembro del nuevo partido para la vicepresidencia. Sordo a la propuesta de transición pacífica que se le ofrecía, Díaz se volvió a postular con su mismo vicepresidente. Entonces, obligado a radicalizarse, Madero hizo campaña con la bandera del sufragio efectivo y la no reelección, pero fue detenido y apresado a un mes de las elecciones, que dieron un triunfo fraudulento a Porfirio Díaz.

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Fue en ese ambiente en el que se dieron los festejos del primer centenario del inicio de la guerra de Independencia. Las celebraciones echaron un resplandeciente velo sobre la gravedad del momento y el país pudo mostrar ante el mundo sus logros recientes y su capacidad para dar solución a problemas ancestrales. La ocasión fue amplia y hábilmente aprovechada para reafirmar la autoridad y los méritos de Porfirio Déaz, héroe de la guerra patriótica y héroe de la paz promotora del orden y el progreso, y la capital de la República fue el escenario privilegiado del gran despliegue de la grandeza mexicana.

Los festejos en la ciudad de México fueron los de mayor resonancia del país. Sin embargo, en cada ciudad y en cada pueblo, los poderes locales se aprestaron a organizar sus propias celebraciones. Seguramente había en ello un auténtico sentimiento patriótico y un real gusto por la efeméride. Pero sin duda también, el fasto acontecimiento ofrecía la ocasión a cada ayuntamiento para exhibir, desde su ámbito, la prosperidad del régimen porfiriano.

Orizaba era un lugar conspicuo en aquel panorama de modernidad tan ponderado por el gobierno de Porfirio Díaz. Durante las décadas de 1880 y 1890, en apenas 20 años, la ciudad y su valle se habían convertido en la región industrial más moderna de México, sobre todo por las grandes fábricas textiles que habían encontrado ahí las condiciones propicias para su instalación y funcionamiento exitosos. La antigua y señorial villa cosechera del tabaco, que había vivido su esplendor urbano en el siglo XVIII con la riqueza que el cultivo de la hoja había permitido amasaría unas poderosas élites locales, estaba convertida un siglo después en un hervidero de innovaciones que alteraba sin remedio su armónico y tranquilo semblante colonial.

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El Ferrocarril Mexicano había empezado a correr por las anchuras de Orizaba a finales de 1872 y con él se habían abierto las puertas a la transformación. Muy bien lo comprendió Manuel Payno cuando en 1864 escribió que el tren de carros y el convoy de pasajeros pronto acabarían con las “vejeces” y desplazarían a los antiguos cosecheros y a los descendientes de los administradores del tabaco. El ferrocarril fue efectivamente un condicionante principal para hacer de Orizaba un enclave conveniente para el florecimiento de la industria. Otro lo fue el agua. Y es que en los años ochenta y noventa, grandes capitales franceses amasados en México en la actividad comercial y otros europeos canalizados a través de sociedades anónimas, fueron invertidos para levantar las ingentes fábricas de la región orizabe, que funcionaron con la energía eléctrica que podía producirse con los caudales del río Orizaba y el Río Blanco.

Años atrás, Tomás Grandisson, el escocés que fuera administrador de la famosa fábrica de Cocolapan, lo había augurado cuando dijo que en tiempos no muy lejanos, Orizaba sería la Manchester mexicana. Parecía que la profecía se estaba cumpliendo: cinco fábricas de textiles de algodón, una fábrica de textiles de yute, grandes cervecerías con producción asociada de hielo, varias fábricas de cigarros y puros, res grandes talleres de barro cocido para materiales de construcción, un aserradero de mármol, carpinterías mecánicas, molinos de maíz y trigo, máquinas para beneficio del café, curtidurías, fundiciones, tenerías, tejerías, panaderías, zapaterías, sastrerías y camiserías, sin dejar de mencionarlos grandes y modernos talleres mecánicos de la estación del Ferrocarril Mexicano. Muchos de estos establecimientos funcionaban con la energía eléctrica que producían los dinamos de las hidroeléctricas de la cascada de Rincón Grande, del Salto de Barrio Nuevo, de la barranca de Ojo de Agua y de Zoquitlán; pero además, eran centros de trabajo que aglutinaban, muchos de ellos, a centenares de obreros, y algunos, como las imponentes Río Blanco y Santa Rosa, a cerca de 2000 cada una.

En poco más de cinco lustros, Orizaba había aumentado su población a más del doble. La ciudad y todo el valle eran un trasiego de gente oriunda y otra que venía de fuera; trabajadores textiles que llegaban de Puebla, Tlaxcala y la Ciudad de México; campesinos de Oaxaca que buscaban acomodo en las industrias. También llegaron operarios extranjeros a las nuevas empresas: ingleses y escoceses al ferrocarril y a la maquinaria textil, franceses a las industrias textiles, alemanes a las cervecerías, estadounidenses a la ingeniería hidroléctrica, sin contar a los españoles ocupados en los giros comerciales tradicionales, y hasta algún sueco que vendía máquinas de coser, muebles y pianos.

La modernidad que iba de la mano de la industrialización se manifestaba en todo. La ciudad se comunicaba con un amplio sistema de tranvías de tracción animal y se iluminaba con focos de arco gracias a contratos celebrados entre el Ayuntamiento y las hidroeléctricas que servían a las fábricas; se construían casas, un nuevo cementerio municipal, un manicomio; se levantaban monumentos y estatuas, se ajardinaban las plazas e instalaban kioscos; se inauguraban elegantes hoteles, se fundaban sociedades científicas, artísticas y academias de música; se abrían escuelas y se hacían reformas educativas, y hasta se creaba uno de los primeros equipos de fútbol de México, el Orizaba A.C.

El progreso orizabe o parecía no enfrentar obstáculos. Pero, como sucedía en todo el país, la bonanza y la renovación escondían por detrás de sus fachadas, malestares provocados por la explotación inmisericorde de la mano de obra trabajadora en las fábricas por la falta de libertades políticas y la mano dura de un gobierno que solo en apariencia era monolítico. La irrupción de una inestable población proletaria, numerosísima y de raíces campesinas apenas disimuladas, incomodaba a la “gente decente” y de refinadas manera urbanas, tenía en vilo a las a “buenas conciencias”, a los espíritus cultos de las familias linajudas de la ciudad. Se habían creado círculos mutualistas, escuelas nocturnas para obreros, bibliotecas populares que fomentaban las celebraciones cívicas del santoral liberal. Las protestas de los trabajadores y la fundación del Club Antirreeleccionista Ignacio de la Llave, con sucursales por todas las villas fabriles del valle, eran un constante motivo de inquietud para la gente de orden. El 5 de mayo de 1910, un gran motín antirreeleccionista fue dispersado por la policía estatal, y el 22 se llevaba cabo una multitudinaria manifestación en la Alameda por la llegada de Madero a Orizaba.

En ese panorama, las fiestas de celebración del primer centenario de la Independencia iban a ser una gran puesta en escena de la prosperidad, la modernidad y las buenas maneras de los orizabeños. El centenario sirvió de pretexto para hacer mejoras urbanas que acicalaban la imagen de la ciudad. En marzo de 1910, por ejemplo, el Ayuntamiento otorgó una autorización a la Comisión de Paseos y giró la instrucción al tesorero municipal y al ingeniero de la ciudad para trasladar el centro de la fuente pública situada frente a la iglesia de los Dolores a una de las fuentes de la Alameda, dejando frente a la citada iglesia un hidrante para servicio del público. También señala facultó para que mandara construir un centro para otra de las fuentes del principal paseo de la ciudad y para que se quitara la columna que se encontraba en el centro del parque Alberto López, remitiéndola al panteón en lo que se le hallaba un lugar más conveniente. Todo, como se decía, para que Orizaba no se quedase atrás y presentara también sus calles y jardines de manera agradable a la vista de los visitantes que la honraren con su presencia el día 16 de septiembre.

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Como era ya una tradición de años, el cabildo nombró a una Junta Patriótica que había de encargarse de organizar las festividades. La lista de los integrantes de la Junta solía estar encabezada por el Jefe Político del Cantón y seguir con el alcalde municipal, los síndicos y regidores del Honorable Ayuntamiento, entre quienes se encontraban siempre nombres conocidos por la prosapia de las antiguas familias de cosecheros del tabaco o propietarios destacados por sus negocios urbanos. Esa Junta de varias decenas de personas, nombraba a su vez a la comisión encargada de detallar el programa de actividades que debían solemnizar el aniversario.

Cien años eran cien años, así que en 1910 los festejos no durarían solamente el 15 y 16 de septiembre como de costumbre, sino que, iniciando el 14, se alargarían hasta el 18.

El programa oficial de las fiestas con que se celebraría en la ciudad de Orizaba el primer centenario de la independencia nacional empezaba así:

MEXICANOS:

Desde las márgenes del Suchiate hasta las orillas del Bravo, del Atlántico al Pacífico y en el poblado más humilde como en la misma ciudad capitalina, no hay lugar en la República donde no se presten los buenos mexicanos a conmemorar, en la medida de sus fuerzas, el centenario del movimiento insurgente con que se inició la magna empresa de nuestra emancipación política.(…)

Si faltan en nuestros festejos los esplendores de la opulencia, en cambio palpitar en ellos el regocijo de nuestro espíritu patriótico, que sabrá dar a tal solemnidad toda la animación que desbordan nuestros corazones en un aniversario de recuerdos tan gloriosos.

Por eso, sin distinción de creencias, partidos, posición y jerarquías, todos, absolutamente todos cuantos llevamos en nuestras venas la candente sangre de Cuauhtémoc, debemos cooperar con nuestro esfuerzo individual a fin de que la conmemoración resulte digna de quienes derramaron su sangre por legarnos nacionalidad.

Con esta inflamación patriótica empezaron los festejos el miércoles 14 de septiembre a las seis de la mañana, izando el pabellón nacional en todos los edificios públicos, y con una salva de 21 cañonazos y repiques de las campanas en todos los templos de la ciudad. A las diez, en la glorieta central de la Alameda, en presencia de las autoridades del Cantón, los miembros de la Junta del Centenario, la Academia Cantonal de Profesores y los invitados, se entregó la bandera nacional a un “Batallón Escolar”, que recorrió las principales calles de la población hasta el parque Castillo, donde se entonó un himno frente a la estatua de Miguel Hidalgo y Costilla. Por la tarde, hubo en la Alameda un concurso infantil de trajes y, al terminar, los niños trajeados, por supuesto hijos de familias acomodadas, repartieron juguetes a los niños pobres que concurrieron al evento. Eso sí, en el parque Castillo todos los niños, ricos y pobres, pudieron participar de un baile organizado para ellos. Después de arriar la bandera a las seis de la tarde, el jolgorio de ese primer día continuó con serenatas en los parques Castillo, Alberto López y Teodoro A. Dehesa, que lucieron magníficamente iluminados hasta las once de la noche.

El jueves 15, se izó de nuevo la bandera a las seis, saludada con los mismos 21 cañonazos y repiques de campanas, pero también con músicas y silbatos de todas las sirenas de fábricas, talleres y locomotoras de Orizaba. El día fue de inauguraciones. A las diez de la mañana, las autoridades civiles y militares, empleados, corporaciones, colegios y vecinos se reunieron en el Palacio Municipal, para dirigirse en caravana al puente Porfirio Díaz, que fue solemnemente inaugurado con música de la banda militar y un aplaudido discurso de don Rafael Escandón, de ilustre apellido. Acto seguido, la comitiva se dirigió a la 1a calle de la Santa Escuela para descubrir las placas en que estaba inscrito el nuevo nombre de las ahora calles de la Independencia y, después, se colocó la primera piedra del que había de ser el puente de la Independencia que unir.a las calles de Montiel con las antiguas de la Santa Escuela. Ahí también hubo un discurso, éste a cargo de Don Cristóbal Granillo, destacado pasante de Jurisprudencia. Enseguida, la comitiva se dirigió a la Alameda, donde fue inaugurado un kiosco construido por el Ayuntamiento, con una serenata de la banda infantil del Hospicio Municipal, formada con el patrocinio del Jefe Político del Cantón. Esa misma banda habría de amenizar después el reparto de 500 trajes a los niños pobres de la ciudad, que harían señoras, señoritas y caballeros designados por el llamado Centro de Dependientes.

Captura de pantalla 2013-10-25 a las 11.40.17En la tarde de ese 15 de septiembre, después de la comida, los habitantes de Orizaba se dirigieron de nuevo a la Alameda para ver cómo arrancaba una cabalgata de distinguidas señoritas y jinetes vestidos a las usanzas mexicana y europea, que recorrió las principales calles de la ciudad con banderas y ramos de flores que fueron depositados al pie del monumento erigido al héroe de Dolores. Siguieron las serenatas populares en el parque Castillo y en el Alberto López, mientras que la crema y nata de la sociedad orizabeña asistía en el Teatro Llave a una velada literario-musical. A las 11 de la noche, llegado el punto más importante de aquellos festejos, en el balcón central del mismo teatro, la primera autoridad política del cantón vitoreó la Independencia y, en ese momento, todos los edificios públicos, los paseos y las avenidas de Orizaba fueron iluminados mientras las campanas de los templos se echaron al vuelo y el aire fue atronado con salvas y cohetes. De tal manera aquella noche se recreó, en la original ceremonia del “grito”, la convocatoria del padre Hidalgo a toque de campana a la heroica gesta de los insurgentes mexicanos.

El día no había acabado. Los elegantes ocupantes de los balcones del Teatro Llave, seguidos por los humildes espectadores de la plaza, se encaminaron hasta el templo de San José de Gracía para inaugurar un moderno reloj colocado en la torre, mediando unas palabras del profesor de Instrucción Pública Miguel Saavedra Guzmán. Y entonces sí, para acabar, todas las agrupaciones sociales de Orizaba recorrieron en “Gran Vítor”, como se había previsto en el programa oficial, las calles de la ciudad, acompañadas por el pueblo y música incesante.

Poco rato de sueño tuvieron los orizabeños para rehacerse de jornada tan intensa, porque al día siguiente, a las nueve de la mañana, volvían a reunirse en la Jefatura Política todas las autoridades locales, empleados, obreros, invitados de las colonias extranjeras y ciudadanos comunes, para recorrer en procesión cívica la ciudad. La columna, en la que también participaban carros alegóricos, recorrió las calles de 5 de Mayo, de Mercaderes, de Teodoro A. Dehesa, de la Corrección, la avenida de la Libertad, la de la Reforma y toda la avenida Colón hasta la Alameda, donde hubo un breve acto con dos números musicales y un discurso de un tal señor Ulloa. En la tarde se llevó a cabo un vistoso combate de flores en la Alameda y la avenida Colón, y en la noche se cerraron los festejos del día con serenatas en todos los parques y un espectáculo pirotécnico en la avenida de la Libertad.

Había concluido la jornada más señalada de la efeméride, pero, como dijimos, las celebraciones habrían de prolongarse dos días más. El sábado 17 se inauguró, en la 2a calle de Aldama, la escuela Miguel Hidalgo para mujeres que la Comisión del Centenario mandó construir como recuerdo material del primer centenario de la Independencia. El acto consistió en una larga sucesión de números musicales a cargo de una orquesta, un barítono y unas señoritas sopranos, intercalando poesía, discurso y declaración oficial. Por la tarde se inauguraron también las bancas colocadas en el paseo del parque Teodoro A. Dehesa, mientras las bandas militar y municipal amenizaban el evento. Por la noche, de vuelta las serenatas de ocho a once y, al terminar, bailes populares en el Teatro Gorostiza y el Salón Verde.

El domingo fue el último día de fiesta. Se inauguró el parque de los Héroes con la alocución, la declaración y la música correspondientes, y en la Escuela Cantonal Ignacio de la Llave hubo una exposición de trabajos manuales. La colonia francesa obsequió un lote de cobertores al hospital. A las dos de la tarde se inició una gran kermesse en la glorieta central de la Alameda a cargo de la cual estuvieron las “principales damas” orizabeñas, que terminó con una batalla de confeti que después debió dar mucho trabajo a los barrenderos de la ciudad. La población obrera de Orizaba también tuvo sus responsabilidades; los trabajadores del Departamento de Fuerza Motriz del Ferrocarril Mexicano, de las fábricas de cigarros La Violeta y El Progreso, de la Empresa de Pulques y los textileros del Yute de Santa Gertrudis, los Cerritos y Cocolapan tuvieron la encomienda de levantar arcos triunfales en las calles 5 de Mayo, San Rafael y las avenidas Libertad y Colón.

Se llegaba al final de las celebraciones. Aquellas jornadas de pompa y regocijo terminarían con un gran desfile, en el que debían participar todas las agrupaciones obreras de Orizaba, las corporaciones, los niños hospicianos que estrenaban uniformes de gala y las colonias extranjeras, portando cada una sus sus estandartes respectivos.

Mucho habían cuidado las autoridades políticas del cantón que la ciudad y sus habitantes se mostraran con la mayor decencia y lucimiento posibles. Al igual que en la ciudad de México, hasta a los indios se les quiso acicalar lo más posible y se conminó a los ayuntamientos a que procurasen, por todos los medios posibles, a lograr que “la raza indígena” supliera su habitual vestido por el pantalón, la blusa, los zapatos y el sombrero charro, y así confirmar el renombre de México como nación culta del mundo.

Durante cinco días, Orizaba fue una ciudad feliz. Los orizabeños parecían todos hermanados al son de un sentimiento patriótico inspirado en el recuerdo de los héroes que nos dieron patria. Pero, como dice la canción, al terminar la fiesta, “el pobre volvió a su pobreza y el rico a su riqueza” y el 5 de octubre, Francisco I. Madero lanzó su plan revolucionario convocando a los mexicanos a levantarse en armas contra el presidente espurio.

 

PARA SABER MÁS:

  • BERNARDO GARCÍA y LAURA ZEVALLOS, Orizaba. Veracruz: imágenes de su historia, México, Gobierno del Estado de Veracruz/Archivo General del Estado, 1989.
  • RAFAEL DELGADO, Los parientes ricos, México, Porrúa, 1993 (Colección de Escritores Mexicanos).
  • EULALIA RIBERA CARBÓ, Herencia colonial y modernidad burguesa en un espacio urbano. El caso de Orizaba en el siglo XIX, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2002.
  • Visita a la ciudad de Orizaba, al Archivo Municipal de Orizaba (esquina de Sur 9 y Oriente 4, Orizaba) y al Museo de Arte del Estado (ex Oratorio de San Felipe Neri, Orizaba).

México, 6 de octubre de 1910: La ceremonia de la apoteosis

Guillermo Brenes Tencio / Historiador, Costa Rica.

BiCentenario #9

Que el sol del Centenario ilumine el camino de la falange heroica que vencer. al destino fecundando la tierra y dominando al mar. ¡Voz de la apoteosis, que brotas de la historia, lleva hasta nuestros padres, como un canto de gloria, la vibración inmensa del alma popular!

Justo Sierra, 6 de octubre de 1910

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El año de 1910, Centenario de la Independencia de México, fue harto memorable. Fastuosas ceremonias y fiestas enmarcaron el gran aniversario de la República Mexicana, que contaba entonces con una población de 15 160 369 habitantes. Como agentes de la memoria oficial, las fiestas patrias de septiembre de 1910 sirvieron para erigir y develar estatuas y monumentos a los héroes de la historia patria. La construcción de los recuerdos pasados a través de los monumentos no es ingenua. La imaginación cívica que se forma con el desarrollo de los Estados nacionales modernos tiene entre sus objetivos principales encarnar a la comunidad política en un pasado común. La enseñanza que los monumentos propician es histórica y moral: evocan las gestas del pasado y representan los valores que distinguen a los héroes que sacraliza el Estado. Justamente el Paseo de la Reforma, con los monumentos, entre otros muchos, dedicados a Colón, Cuauhtémoc, la Independencia y el Hemiciclo a Benito Juárez, eran ya entonces una síntesis de los episodios constructores de la comunidad imaginada e imaginaria llamada México, un libro de historia en bronce, mármol y granito, que se lea al pasear, un homenaje a los héroes que dieron libertad y patria.

El aspecto simbólico aparece en los ritos de la nación. Así, podemos figurarnos la noche del 6 de octubre de 1910, cuando en el patio principal del Palacio Nacional en la Ciudad de México se efectuó una “emotiva y brillante ceremonia” que no sólo sirvió para clausurar con magnificencia y liturgia detallada las fiestas del Centenario, sino también un intento oficial para recuperar de una vez a varios de los héroes que se relacionaban con la gesta independentista de 1810, cuyos restos y cenizas reposaban desde el 17 de septiembre de 1823 en la bóveda de los virreyes bajo el Altar de los Santos Reyes de la Catedral Metropolitana, en espera del gran mausoleo que algunos suponían como panteón nacional.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 12.20.42Bien es sabido que la reconstrucción didáctica del pasado –centrada en la edificación de monumentos perennes o temporales y en actos para recordar gestas o personajes que alentaban el sentimiento patriótico– fue tarea del Estado porfiriano que buscaba su legitimación y se orientó, sobre todo, al culto cívico en una dimensión republicana. Honrar los despojos y pertenencias sagradas de los héroes mártires y la ofrenda máxima de su vida en el altar de la patria es una tarea básica para formar la conciencia nacional.

La Apoteosis, proveniente de la Antigüedad clásica, consistía en la posibilidad de los mortales más insignes de ser parte del “Olimpo” histórico y adquirir así pasaporte a la inmortalidad. En una estructura jerárquica como la porfiriana, constituyó una ceremonia cívica de índole oficial y elitista, en la que estuvieron presentes el general presidente Porfirio Díaz y las altas esferas civiles, militares y eclesiásticas de la nación. En las invitaciones para el evento se hacía hincapié en el atuendo de los caballeros: uniforme y condecoraciones; para las señoras y señoritas, vestido de gala. En el mundillo de las representaciones sociales, el ritual cívico se reservó a la gente de alto nivel y de buen ver y se excluyó a los sectores populares.

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PARA SABER MÁS:

  • ENRIQUE AYALA ALONSO, “El Panteón Nacional”, en Carlos Alberto Mercado, Limones y Luz de Lourdes Serna Cerrillo (comps.), Catrina y Sepulcro, México, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, 2006, pp. 141-155.
  • GENARO GARCÍA, Crónica Oficial de las Fiestas del Primer Centenario de la Independencia de México (facsimilar), México, Centro de Estudios de Historia de México Condumex, 1990.
  • LOUISE NOELLE GRAS, “México: las fiestas del Centenario,1910″, en Apuntes, vol. 19, n.m. 2, julio-diciembre de 2006, pp.228-235.
  • VERÓNICA ZÁRATE TOSCANO, “La conformación de un calendario festivo en México en el siglo XIX”, en Erika Pani y Alicia Salmerón (coords.), Conceptualizar lo que se ve. François-Xavier Guerra, historiador: Homenaje, México, Instituto Mora, 2004, pp. 182-214.

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Los arcos triunfales en las fiestas del Centenario

Ma. Esther Pérez Salas C. / Instituto Mora

BiCentenario #9

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Las fiestas del Centenario llenaron la ciudad de México con una serie de arcos triunfales que servirían para darle mayor lucimiento a las celebraciones de 1910. La mayoría se erigió en las principales avenidas de la capital. Los vecinos de la colonia Roma disfrutaron de la presencia del arco triunfal que se instaló en la calle de Orizaba. La iluminación no sólo resaltaba los contornos y límites de la estructura, sino que también las inscripciones del mismo: 1810-1910, Paza y Colonia Roma. Y en un alarde tecnológico, colgaban en el interior de los arcos, letras luminosas en las que se podía leer: Calle Orizaba. Se trataba de un elemento decorativo que retomaba la tradición que desde el periodo virreinal había sido empleado en nuestro país en las grandes celebraciones, sobre todo, en aquellas en las que se recibía a personajes importantes o se conmemoraban magnos acontecimientos.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 11.58.26La utilización del arco triunfal era una tradición que venía de la Roma clásica y servía como adorno para recibir a los emperadores romanos. Eran estructuras encargadas por alguna autoridad o corporación, ya fuese civil o religiosa. En su ejecución y proyecto se conjugaban la arquitectura, la escultura, la pintura, la poesía, la emblemática y la alegoría, que se acreditaban el poder de la potestad en cuestión.

Esta tradición fue continuada por el Imperio Español en todas sus posesiones, por lo que durante el periodo virreinal las fiestas reales convierten a las ciudades en el escenario público en el que se representa el fascinante espectáculo del poder majestuoso. Arte y propaganda se combinaban para trasformar estas celebraciones urbanas en actos políticos de adhesión a la monarquía.

Dado que se trataba de eventos específicos, la mayor parte de los arcos triunfales tenían un carácter efímero. Se hacían de madera y eran simulados mediante enormes lienzos que representaban las columnas o los relieves de la construcción, y se les coronaba con esculturas realizadas en cartón o madera. Generalmente se ubicaban en las calles o avenidas principales, por donde pasaría la procesión con el personaje celebrado.

Captura de pantalla 2013-09-27 a las 12.02.59No obstante que se trataba de obras que sólo duraban expuestas unas cuantas semanas, muchos de sus elementos se volverían a reutilizar, principalmente la estructura y los lienzos, ya que los primeros conformarían la base de nuevos arcos y los últimos se volvían a repintar. Para el diseño y la elaboración y de los arcos se contrataba a los mejores artífices de la localidad. A raíz de la fundación de la Academia de San Carlos en 1781, fueron los maestros y alumnos de esta institución los que se hicieron cargo de la elaboración de algunos de ellos. Como ejemplo, podemos citar a Gerónimo Antonio Gil, director de la academia, quien diseñó el arco que se erigió en 1784 en honor del virrey Matías de Gálvez. Décadas posteriores, a mediados del siglo XIX, los maestros y alumnos del mismo centro educativo participarían de manera activa en su erección.

PARA SABER MÁS:

  • LILLIAN BRISEÑO, Candil de la calle oscuridad de su casa. La iluminación en la ciudad de México durante el Porfiriato, México, Porrúa/Instituto Mora, 2008.
  • ELISA GARCÍA BARRAGÁN, “La exaltación efímera de la vanidad”, en El arte efímero en el mundo hispánico, México, UNAM-IIE,1983, pp. 278-291.
  • MARÍA JOSÉ GARRIDO ASPER., Fiestas cívicas históricas en la ciudad de México, 1765-1823, México, Instituto Mora, 2006.
  • CLAUDIA PARODI, “El lenguaje de las fiestas: arcos triunfales y villancicos”, en Teatro y poder en la época de Carlos III: Fiestas en torno a reyes y virreyes, coord. de Judith Farré Vidal, Pamplona, Universidad de Navarra/Iberoamericana Vervuert, 2007,pp. 221-235.
  • Selección de fotografías del INAH en México en el centenario de su Independencia, http://www.youtube.com/watch?v=qjxrZY-hm8g&feature=related

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