Archivo de la categoría: Cuento histórico

Ernesto A Turrent Márquez En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 62. Puntualmente a las cuatro de la madrugada, se levantó, se fue a asear y tomó su ropa de la silla de madera. Su esposa ya tenía listo su itacate, la abrazó y se dispuso a iniciar una jornada más de trabajo. Estaba orgulloso de su parcela: cuarenta hectáreas, parte sembrada de maíz, otro tanto de potrero con ganado. Logro de la revolución, de los ideales de Emiliano Zapata. Subió a su caballo después de despedirse de su familia y se perdió en la noche. “Mi buen amigo Matanche, tu mesmo sabes lo que amamos a esta tierra, los chilpayates que ahora son letrados queren que la venda, para que nos mudemos a la capital, eso no va a pasar, mi amigo”. El equino pinto relinchó como si supiera lo que su dueño le decía. Pensó…

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Iván LópezgalloInstituto Mora En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48 “Me viene la conformidad luego que recuerdo que murió por su patria”. Sra. Ignacia Martínez de Valle. Dicen que cuando vamos a morir pasa toda nuestra existencia frente a nosotros. ¿Habrá sido así contigo? Cuando te dijeron que te quedaba media hora de vida, ¿qué fue lo que hiciste? Sabemos que preguntaste quién ordenó tu ejecución. Y que cuando te respondieron que Márquez, aquel reaccionario mocho y santurrón que lo mismo se daba golpes de pecho que mandaba matar a sus prisioneros, agregaste sereno: —Hace bien, yo no le hubiera dado ni tres minutos. Y descendiste de tu caballo San Pedro, un vigoroso alazán tostado, para luego pedirles pluma y papel. —Deseo escribir a mi familia —le explicaste al jefe de los cangrejos. ¿En qué pensaste mientras esperabas? ¿En tu mamá, doña Ignacia? ¿En Luisa Jáuregui…

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Arturo Garmendia En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42. Recuerdo, recordemos. Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca. Rosario Castellanos. Memorial de Tlatelolco. -Ya me voy, madrecita. Deme su bendición. Sabía que sería inútil tratar de impedir su partida. Resignada, trazó en el aire la señal de la cruz y le dio a besar sus dedos entrecruzados. La primera vez que regresó su hijo cubierto de sangre porque le habían roto la nariz se alarmó, y casi no dio crédito a que el percance había ocurrido en una trifulca estudiantil disuelta a macanazos por los granaderos. Luego, a él se le hizo costumbre asistir a las manifestaciones y ya no le pasó nada. No obstante, al oír que Rafael iría a una brigada, el corazón le daba un vuelco. Una vez que se quedó sola siguió planchando, empeñada en desarrugar el uniforme verde oliva,…

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Iván López Gallo Instituto Mora Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 58. En una calle dos hombres se trenzan a golpes y bastonazos. Uno quiere justicia por el pasado siniestro del otro. Obediencia jerárquica alega. La impunidad no reconoce rostros. En otras circunstancias sería divertido ver golpearse en la calle a dos ancianos bien vestidos. O más bien, ver que uno de ellos insulta y tunde al otro a bastonazos con todas sus fuerzas, mientras el agredido, pequeño y delgado, trata de cubrirse como Dios le da a entender. –¡Carnicero infeliz! –grita el agresor–, ¡te voy a matar! Y el otro no sabe si correr, arrebatarle el bastón o proteger su cabeza, pues entiende que un golpe contundente podría enviarlo al suelo y dejarlo a merced de su atacante. –¡Desgraciado! –grita de nuevo el energúmeno, mientras la chusma reunida en torno al inesperado espectáculo sonríe y cuchichea. –A…

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Opresión. Pérdidas. Dolor. Reconstrucción. Vivir el destierro. Ana Esther Urquizo En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 57. Sólo en aquel momento tuve conciencia de cuán largos y devastadores eran los años del exilio. Y no solo para los que nos fuimos, como lo creía hasta entonces, sino también para ellos: los que se quedaron. Gabriel García Márquez El escenario es Haití bajo el régimen dictatorial de François Duvalier. La mujer protagonista de esta historia es una maestra gallarda y valiente, de piel mulata, ojos de esmeralda, labios delineados, cintura definida, caderas anchas y corazón de algodón. Hermana menor de tres mujeres alegres, hija de padres opositores a la represión política de la época. Su nombre es Chloé, su apellido es Lelong y su desgracia fue sufrir el régimen de terror impuesto por la policía secreta y milicia personal del dictador: los temidos Tonton-Macoutes. Su familia, catalogada…

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Diego Covarrubias Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 60 La oferta de trabajo me llegó a través de la Asociación de Restauradores de Casas Antiguas, asociación sin fines de lucro que lucra restaurando casas antiguas. Suelo negarme a estas invitaciones, no porque no me interesen, sino porque mi tiempo no tiene sobrantes, dividido entre la academia y Elvira, mi demandante y amorosa esposa. Pero esta vez dije que sí, porque la casa a restaurar era la famosa Casa Negra, casona edificada en la colonia Roma de la ciudad de México, y porque, además, necesitaba unas vacaciones sabáticas para descansar de la rigurosa academia y, sobre todo, para descansar de Elvira, mi sofocante y quejumbrosa esposa. Hoy, después de lo que acaba de pasar, me doy cuenta que esta decisión fue un error. Debí decir que no, o por lo menos, informarme mejor del tipo de asignatura en que…

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Silvia L. Cuesy Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 54. Mucho gusto, mi general, tantos años penando por saber de usted… Empecé con las ganas cuando llegué a trabajar aquí, hace ya harto tiempo… Y nadie me daba razón. Anduve pregunte y pregunte por todos lados. De algunos asuntos supe casi sin yo indagarlo. Averiguar su historia se me volvió una testarudez, no sé por qué. Nadie me daba razón, le digo. ¡Chin!, como si usted no existiera; hasta topar, ¿a qué no adivina con quiénes?: con los vendedores de libros viejos del rumbo que tanto saben… Pero cómo no va a existir, si aquí estamos, ¿no? Yo frente a usted y usted frente a mí. Quizá su excelencia no se imaginase nunca este momento; la verdad es que yo mucho menos. Curiosa la vida, ¿verdad?, ni aunque lo hubiese yo pedido me habría imaginado llegar a conocerlo.…

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Silvia L. Cuesy En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 59. Mi hermana nació en una cueva, y a veces ese era el motivo de reclamo a mis padres y de rencor y envidia conmigo, que nací en una casa. Humildosa, sí, pero al fin casa. –¿Yo qué culpa tengo? –Le repetía cada vez que nos lo echaba en cara. Después de ese reproche se detonaban viejos pesares en el corazón de mamá y papá. Las carencias y sufrimientos de aquellos tiempos aciagos asomaban en los ojos de ambos como si fueran nubes de terciopelo negro. Pero a veces, muy pocas, los reclamos de Genoveva, en lugar de nubes cargadas de lágrimas, traían a las miradas de mis padres un sol resplandeciente de orgullo patrio. –Lo volvería a hacer mil veces, viejo. ¿Y tú? –Sólo si me prometes que no tendremos una hija que nos atormentará con quejas…

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Tatiana Carolina Candelario Galicia Investigadora independiente En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56. Los años treinta se pierden como fantasmas. Entre los documentos revisados en el archivo, el pasado se hace presente. I  Tras una larga noche de sueños claros, Anna se despertó con una dulce sensación que inundaba su cuerpo. El sol comenzaba a salir y, sin quererlo del todo, debía despertar. Sus ojos se resistían a captar el mundo a través de las partículas de luz que entraban en esas rendijas semiabiertas, pero era inevitable, la realidad se colaba tras la finísima tela de las cortinas. Aún dentro de su cama, Anna se movió lenta y torpemente tratando de recordar qué día era. Tenía la sensación de estar perdida en el tiempo: bien podría amanecer en 1937 o en 2019. Su cerebro aún no sabía qué tiempo habitaba y, por un instante, permaneció flotando…

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Ana SuárezInstituto Mora En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55. “Nada más mis hijas, no quiero que me cuide nadie más.” Las palabras de doña Refugio resuenan en sus oídos mientras la procesión se dirige al cementerio y se repite una y otra vez: “Dios perdona todas las iniquidades.” Acató la voluntad de su madre quien, desde que cayó en cama, postrada por la misma enfermedad de la abuela, se negó a que la atendiera nadie más. Su hermana, en cambio, se asomó de vez en cuando, dizque porque la hacienda exigía toda su atención. Todo terminó. Ahora siguen a los peones que cargan el cajón de madera sobre los hombros. Avanzan luego los criados y, al final, los vecinos y demás trabajadores. Al arribar, el cortejo entra en el camposanto y enfila hacia el sepulcro. Si Carmen, su hermana, hubiera compartido su carga, ahora se…

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