Archivo de la categoría: Cuento histórico

Con el reloj para atrás

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Ana Suárez
Instituto Mora

La mente de Agustina vuelve a su fantasía, esa que en la medida en que ha sentido su casa vacía, su mesa solitaria, sus noches demasiado tranquilas, cultiva más: de haber estado en sus manos, ella habría puesto al emperador en guardia, lo habría salvado.

Casimiro Castro, Procesión conduciendo las cenizas del Sr. Iturbide, litografía en José Ramón Pacheco, Descripción de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del héroe de Iguala don Agustín de Iturbide en octubre de 1838, México, Imprenta de I. Cumplido, 1849. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”/Instituto Mora.

Es 19 de julio, la misa concluyó. Agustina se despide de los miembros de la liga iturbidista, a la pregunta por Rodrigo, estudia ahora, pretextó. Atraviesa la nave lateral y entra en la capilla, que siente como su hogar, como este debiera ser. Sus ojos recorren los objetos que le rodean y percibe la paz y seguridad que le da saber que nada ha cambiado, que todo continúa igual. Y recuerda su primera visita, hace más de un cuarto de siglo, cómo podrá olvidarlo; su abuelo la trajo a la ciudad de México para celebrar sus doce años y aquí, luego de asistir a la misa luctuosa, de rezar el oficio de difuntos y recibir el saludo de los leales, le mostró la urna de madera forrada en terciopelo negro y decorada con galones y franjas de oro donde reposan los nobles restos y le susurró: “Él está aquí”. Acto seguido, envueltos en las notas de órgano que llegaban desde el coro y apenas iluminados por los cirios recién encendidos, el abuelo la hizo repetir la historia de su ilustre antecesor: que obtuvo la independencia, instauró la única forma de gobierno que podía tener éxito, renunció y se exilió en Europa, volvió para defender a la patria, y sus enemigos lo hicieron asesinar. “Son tus postulados de fe –le dijo–, algún día tendrás que defenderlos con certidumbre y pasión.”

Agustina mira el cuadro colgado junto a la urna y admite que el perfil de ave de presa de Agustín de Iturbide es como el suyo y el de su abuelo y el de su hijo, y que ese rasgo que distingue a los Iturbide es apenas la muestra visible de quiénes son y qué representan. Eso de lo que su marido se burla, de verdad es incapaz de percibir lo que para ella significa conocer su genealogía, provenir del emperador da a su vida firmeza, le otorga lustre, pero además sentido. Discurre en los años pasados desde que se casó, y en lo infeliz que ha sido desde entonces, siendo lo peor que la culpa es suya, se negó a escuchar a quienes le anunciaban cuánto iba a padecer si se unía con alguien de un linaje imposible de rastrear.

Mientras prende las velas que trajo desde Morelia y que alumbran la sombría capilla con una luz muy tenue, se pregunta por qué las cosas no habían sido como quería. Ella cumplió, había dedicado la vida a atender a ese marido incomprensivo de quien se hubiera visto mal que se separara. Había educado a Rodrigo como la educó el abuelo y presidido las actividades de la liga, que la reconocía como sucesora legítima de Agustín de Iturbide. El resto del tiempo lo consumía en una idea que no compartía con nadie, que sólo era suya. Revisa, sopesa, pondera: todo sería distinto si alguien hubiera avisado al libertador del decreto que lo condenaba a morir en cuanto tocara tierra mexicana, si alguien le hubiera advertido de que sus presuntos amigos iban a traicionarlo y debía alejarse.

Agustina acaricia con los dedos las letras del epitafio y repite lentamente las frases que sabe de memoria: “Agustín de Iturbide, autor de la independencia mexicana. Compatriota, llóralo; pasajero, admíralo. Este monumento guarda las cenizas de un héroe. Su alma descansa en el seno de Dios.” Piensa que es ella quien no tiene reposo, como si anduviera sin sombra, quien no alcanza la paz. No tanto por su fracaso matrimonial, pues ya se resignó a guardar las apariencias, sino por el desapego de su hijo, quien cada día está más rebelde, más extraño. Rodrigo, qué horror, debió llamarse Agustín, pero no, su marido se negó, quería distinguirlo de sus ancestros y le dio un nombre ¡tan común! Rodrigo sigue un camino que lo aparta del lugar que heredó. “La cabra tira al monte”, decía su abuelo cuando hablaba de quienes procedían de una clase inferior; por más que ella luchó, la influencia y los genes paternos dominan en él.

La mente de Agustina vuelve a su fantasía, esa que en la medida en que ha sentido su casa vacía, su mesa solitaria, sus noches demasiado tranquilas, cultiva más: de haber estado en sus manos, ella habría puesto al emperador en guardia, lo habría salvado, y así su hijo tendría ahora una posición segura como heredero y la querría conservar. Claro, sus amigos serían distintos, iguales a él, no esos que quién sabe de dónde salen y lo pierden. Se dedicaría a lo suyo, sin participar en cuanta asamblea, manifestación o huelga se organiza en su escuela, sin defender causas como la democracia o el voto. México no está listo para eso, ni lo estará jamás. Importa aceptarlo para poder progresar; no hacerlo, es un gran error.

Agustina camina hacia el reclinatorio colocado frente al pequeño tabernáculo, dispuesta a seguir el ritual. Antes de hincarse, contempla la figura crucificada de San Felipe de Jesús, él murió igualmente por sus ideas, aquellos a quienes predicaba tampoco lo supieron entender. Se arrodilla y abre el misal en la página marcada con el listón rojo, en el lugar donde comienza el oficio, pero se le atraviesa la imagen de su pequeño Agustín –sí, ¡Agustín!–, y reconoce que el último desplante fue el peor, por sus palabras y por el tono que empleó. Todo sucedió cuando ella le pidió que la acompañara a México para el aniversario. La misa sería de nuevo en la catedral, los miembros de la liga querrían verlo y él, como último descendiente, tenía que acudir. Le recordó que debía agradecer el bien merecido, era afortunado por conocer su origen y tener un destino. Ante su rezongo, ella le reclamó: “¿En qué andas?, si el país te interesa tanto, estudia, defiende lo tuyo, así podrás ayudar.” Su hijo replicó: “Yo creo en la voluntad popular.” Ella se rió: “¿Qué es eso?, no existe, México es tierra de un solo hombre, basta con revisar cualquier libro de historia para entender cómo se ha ejercido el poder, es mejor que mande alguien de casta, no cualquier advenedizo elegido por quienes no son mejores que él y que dispone de tan poco tiempo para gobernar que acaba por sacrificar honor y patria y moral, la monarquía es idónea, responde a la tradición, es también lo más prudente pues quien reina permanece, por eso cumple con responsabilidad.” Rodrigo gritó: “Estás loca, desvarías, la monarquía y tú y tus amigos viven fuera de la realidad, el único remedio para el mal gobierno es la participación popular.” Le exigió que no presionarlo más, él sería hijo de sus obras; Iturbide llevaba muerto casi 200 años y en nadie podría encarnar: “No cuentes conmigo, ni para la misa, ni para las reverencias, olvida también la chingada sucesión, mi sangre es roja, no azul, salí a mi padre, no a ti.” Allí, en la capilla convertida en fúnebre por la augusta presencia, Agustina se pregunta qué puede hacer, no soporta cruzarse de brazos, quisiera persuadir al emperador, convencer a su hijo, protegerlos. Debe insistir, razonar con ambos, hacerles notar cuánto está en juego, su felicidad, la de los suyos, la del país entero. Mientras se tapa el rostro con las manos, piensa que aún le falta el oficio final. Pero el cansancio la rinde, se levantó muy temprano para llegar a misa de doce, su marido se negó a prestarle el coche y el chofer: “En tus locuras no colaboro, a ver cómo lo resuelves.” No le quedó más que tomar el autobús de las seis, menos mal que era de lujo y no cualquiera lo puede pagar, claro, en lo que en la terminal de México buscaba un taxi para ir a la catedral, tuvo que mezclarse con la pura chusma: “Cuánta es, si no logra superar su miseria qué va a saber dirigir un país.” No puede orar, tiene sueño, cierra los ojos adormecida por la penumbra y la música, sólo por un momento, luego rezará.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Terror en el valle de las mariposas

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Diego Covarrubias

Los bosques que rodean Valle de Bravo y Avándaro fueron un vergel en los años ochenta para el campismo y escapar del ruido y la contaminación de la ciudad de México. Hasta que el Chopper desapareció.

Yo, que no soy capaz de recordar lo que desayuné hoy en la mañana, o peor aún, si desayuné o no, todavía recuerdo con claridad la mayoría de los acontecimientos que nos prodigó la década de los ochenta. Recuerdo, por ejemplo, la fabulosa música; el llanto de nuestro presidente al anunciar la expropiación de la banca y su canina defensa del peso; la irrupción del neoliberalismo y de la cultura pop; la explosión en San Juanico; los terremotos de 1985, los cuales viví como brigadista de la Secretaría de Salud en vecindades del centro histórico; el mundial de fútbol de 1986, que nos dejó una mano de Dios, una chiquitibúm y una rechifla sonora a la investidura presidencial; así como un fraude electoral orquestado desde la Secretaría de Gobernación dos años después, el cual retrasó la entrada de la democracia en nuestro México lindo y querido.

Pero lo que más recuerdo, sin duda, son los campamentos que hacíamos en los alrededores de Valle de Bravo a principios de esa maravillosa década, en un lugar al que le pusimos el lepidóptero nombre de Valle de las Mariposas, y que tenía un riachuelo que serpenteaba el valle de un extremo a otro, hasta desembocar en el famoso lago del pueblo, que no era ni es lago, sino una presa construida en 1947, y que desde entonces abastece de agua a la ciudad de México. El riachuelo llegaba hasta Avándaro, que pasó de ser el Woodstock mexicano al grito de “¡queremos rock!”, a un lugar de descanso de los privilegiados, sembrado de residencias de lujo y con aroma a bosque y plusvalía.

En aquellos años de acné y secundaria, nuestros campamentos empezaban los viernes en la tarde saliendo de la escuela y terminaban los domingos. Los preferíamos antes que cualquier otro plan, inclusive que ir a bailar al Bandasha, la discoteca de moda, o jugar póker en casa de algún amigo, que eran los típicos planes de nuestros compañeros de grado y posición social. Preferíamos la sensación de estar en contacto con la naturaleza, de mirar un cielo estrellado que no imaginábamos que pudiera existir detrás del cielo grisáceo y artificialmente iluminado de la ciudad de México; de sentir el frío del bosque y perseguir los rayos del sol cuando amanecía; de meternos al riachuelo y jugar carreritas de hojas en su corriente, y sentir cómo la amistad se nos metía en la piel y los pulmones, cuando en la noche encendíamos la fogata y nos quedábamos hipnotizados viendo las flamas bailando en la oscuridad al compás de la madera crepitando y de los acordes de la música de Cat Stevens o de Pink Floyd. Luego, cuando la noche se ahondaba y sacábamos las salchichas y los chicharrones con dip de cebolla, y otras cosas no tan legales, sentíamos que todo tenía sentido, incluyéndonos a nosotros, y anticipábamos la escena de Leonardo di Caprio en el Titanic, gritando en medio del bosque que éramos los reyes del mundo.

Siempre los mismos cinco amigos, y a veces más: otros compañeros querían saber por qué llegábamos tan renovados el lunes siguiente, y entonces los invitábamos a acampar con nosotros. Nos daba mucha risa verlos aparecer el viernes con sus mocasines Florsheim, jeans Jordache con cinturones de alpaca, chamarras Members Only y sus provisiones que consistían en Frutsis de uva, Trikitrakes y Gansitos Marinela, y nos decían con orgullo que ya estaban listos para su contacto con la naturaleza. Nosotros nos reíamos por lo bajo, pensando que en realidad no estaban tan listos como pensaban, que la naturaleza se los iba a cobrar con hambre y con frío. Tal vez por eso, al siguiente campamento éramos otra vez los cinco o seis de siempre, contando al Chopper, un perro labrador negro que casi siempre nos acompañaba, y que cuando sentía el aroma del bosque y del valle corría de un árbol a otro, persiguiendo conejos y sombras, y aullando a la luna y metiéndose al río y moviendo la cola para sacudirse tanta libertad.

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Vagón naranja

Nacho Casas

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Vio nacimientos, muertes, suicidios, robos. Escuchó canciones de amor y despecho. Gritos de pregoneros o vendedores. Vio el asombro de chicos y grandes. Hasta que encalló en un taller de desguace.

Voy en el metro, ¡qué grandote, rapidote, qué limpiote!
¡Qué deferencia del camión de mi compadre Jilemón
que va al panteón!
Chava Flores

Llegó de París, pero no sobre las alas de una cigüeña, zopilote o avión. No. Viajó durante días y noches, entre olas, peces y gaviotas, surcando el Atlántico a bordo de un enorme buque. Desmembrado, conoció el calor de altamar y la brisa fresca en medio de la inmensidad.

Un puerto francés, Marsella, le dijo: au revoir y le cantó la despedida; un puerto mexicano, Veracruz, le dio la bienvenida y lo recibió con huapangos y marimbas.

En un tren de carga, acompañado de los colores del trópico y el aroma de gardenias, café y hueledenoches, atravesó manglares, cascadas, ríos. Cruzó la neblina perpetua de las Cumbres de Maltrata, que lo trataron bien, por cierto. Miró el Pico de Orizaba con curiosidad.

Los volcanes Malinche, Popocatépetl e Iztacíhuatl observaron sus vidrios, puertas, neumáticos y su cabina de conducción, con asombro. El frío de la nieve volcánica lo cautivó. Los llanos de Apan y su olor a pulque lo deleitaron. Largos caminos recorrió, desde el Golfo hasta el Altiplano.

Mientras todo esto sucedía, una tropa de hombres –cual topos–, escarbaba el acuoso subsuelo de la ciudad de México para llenarlo de túneles, pasadizos, rieles. Caminos alejados de la luz del día. Albañiles, ingenieros, cargadores, electricistas y hasta arqueólogos hurgaban los intestinos de la antigua México Tenochtitlan, que un día sí y otro también regalaba a los mexicanos del siglo xx testimonios de su antigua grandeza: esculturas prehispánicas de dioses buenos, figuras de hombres y mujeres, de perros, jaguares, ocelotes. Joyas de oro y obsidiana.

Luego de tan largo viaje llegó a su primer destino, Ciudad Sahagún. Ahí fue armado con calma y alegría, tal como chicos y grandes ensamblan las piezas de un Lego.

Así nació el protagonista de esta historia: un vagón de Metro color naranja; pero faltaba un traslado más, ahora a su destino final, la ciudad de México.

En el mes de la patria de 1969, el vagón, decorado con franjas tricolores y el escudo nacional mexicano a sus costados, realizó orgulloso su primer trayecto sobre los rieles que corrían de Zaragoza a Chapultepec. Fue ese el viaje inicial de los muchos que haría en su larga existencia entre los intestinos de la ciudad capital.

A partir de aquel día, en su interminable andar por el mismo recorrido, vagón vio nacimientos, muertes, suicidios, robos, escuchó canciones de amor y despecho, gritos de pregoneros o vendedores, vio el asombro de chicos y grandes, así como de quienes se subían por vez primera al moderno sistema de transporte.

Recorrió tantas veces esos túneles, que reconocía fácilmente a cada uno de los durmientes. También a los pasajeros, quienes cotidianamente viajaban dentro de él con prisa, amor, fe, necesidad o diversión. Sabía de las nuevas familias de roedores y otras alimañas que habitan el oscuro mundo de luz artificial que sucede en los largos túneles.

El siglo xxi llegó. El vagón que recorrió millones de veces el Sistema de Trasporte Colectivo había envejecido. Varias veces fue reparado, rehabilitado. Se le cambiaron neumáticos, tapones, diferenciales. Incluso fue pintado y repintado, pero a pesar de eso, una mañana se ordenó que el vagón MP68, el veterano del sistema, fuera dado de baja.

Esa noche realizaría su último viaje. Vagón se resistió. En cada estación se detenía. Se negaba a continuar. No quería llegar a su destino. Los recorridos que generalmente hacía en 50 minutos, tardaron más de cuatro horas. Causó furia y alboroto entre los usuarios; desconcierto entre los choferes y las autoridades. Cuando llegó a Cuatro Caminos, vagón decidió no moverse más, así que después de la media noche, fue jalado por un tren nodriza. Arribó por fin a Ticomán, donde se encuentra el taller mayor.

A la mañana lo desmontaron sobre un gato eléctrico y empezó a ser destripado. Nadie supo por qué gritos de tristeza profunda salían de las entrañas de la ciudad de México. Esa noche, mucha gente no pudo dormir a causa de aquel sonido metálico y carnal que emergía por los respiraderos del Metro.

¡Fucking hero!

Yuri Lópezgallo
Universidad Tecnológica de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

Two bombs tumble from a Vietnamese Air Force A - 1E Skyraider over a burning [Viet] Cong hideout near Cantho, South Viet Nam, 1967. Library of Congress, EUA.

Two bombs tumble from a Vietnamese Air Force A – 1E Skyraider over a burning [Viet] Cong hideout near Cantho, South Viet Nam, 1967. Library of Congress, EUA.

Los Ángeles, California, 1969.

Joe Martínez, hijo de mexicanos que emigraron a la Unión Americana y teniente del X Batallón de Infantería del Cuerpo de Marines de Estados Unidos, regresa a su casa después de casi un año de haber terminado su “Tour del deber”.

–Te ves diferente, hijo.
–Soy diferente, ma’.

–¿Por qué no volviste directo a la casa, con nosotros, tu familia?

Porque mi intención desde que regresé de Vietnam era volarme los sesos y sé cuánto te molesta tener que limpiar la casa, se dijo para sí mismo.

Fifth Avenue Vietnam Peace Parade Committee, Wari s Hell! Ask the man who fought one, cartel publicitario, ca . 1968. Library of Congress, EUA, Yanker poster collection.

Fifth Avenue Vietnam Peace Parade Committee, Wari s Hell! Ask the man who fought one, cartel publicitario, ca . 1968. Library of Congress, EUA, Yanker poster collection.

–Tenía mucho que pensar.
–Tu hermano quiere enlistarse –agregó su madre.
–Por eso estoy aquí.
–Déjame llamarlo. Miguel, ven acá, tu hermano está aquí.
–It is Mike mom, I’ve been telling you since I was fifteen.
–Bro!!! You are really here, you are a fucking hero Joe!
–Háblame en español, Miguel.
–It’s Mike!
–Háblame en español Mike. Ma’, ¿puedes dejarnos platicar un momento a solas?
–Claro, voy a prepararte unos chilaquiles, que sé cuánto te gustan, mijito.
–Gracias, ma’.

–Pero, ¿qué pasa contigo, Joe?, ¿por qué esa cara? ¡Eres un héroe! Fuiste a la guerra y mataste a muchos vietnamitas, sobreviviste y aquí estás en una pieza, listo para conseguir lo que quieras.

–Yo no he matado a ningún vietnamita.
–No me engañes hermano, eres un marine…
–Lo fui.
–… peleaste muchas batallas y ganaste dos medallas. Eso sólo lo logra un héroe. Y un héroe en la guerra mata enemigos.

–Claro que maté enemigos, Mike, pero no eran vietnamitas. Eran gucos, nagolios, cerdos… llámalos como quieras, pero no eran hombres.

–No te entiendo, hermano.

–Exacto, ¡no entiendes! Y yo no entiendo la estupidez que me contó la abuela ayer cuando la encontré caminando en Glendale de que planeas enlistarte.

–Lo hago por mi país, Joe.

–No me jodas, Miguel. Nada tiene que ver nuestro país en esto. Esta guerra no tiene un sentido ni es por la patria, es diferente a las otras guerras y no vamos a ganar.

–Eso no lo sabes, Joe.

–Claro que lo sé. Lo vi y te lo puedo asegurar. Tú no fuiste sorteado, Mike, ni tienes beca del gobierno. No tienes que ir.

–¿Por qué dices que no mataste a nadie?
–No dije eso, pero ojalá pudiera decirlo. Dije que no maté personas, que es diferente.
–¿Podemos hablar de eso?

–Cuando vas a la guerra, no tienes ni idea de qué demonios te vas a encontrar. Al desembarcar yo iba lleno de un patriotismo insultante. Quería matar vietnamitas y quería ayudar a mi país a librarnos del comunismo… pero no tardé más que un par de días en cuestionar toda la maldita guerra.

Los ojos del teniente del cuerpo de marines Joe Martínez se llenaron de lágrimas.
–¿Qué fue lo que pasó, Joe? –preguntó Miguel.

–Paso que el capitán Smith nos ordenó revisar una aldea donde había indicios de miembros del Vietcong. Era una tarea fácil, o al menos eso pensé hasta que el hombre que venía a la vanguardia voló por los aires después de pisar una mina terrestre, justo a la salida de la vereda que conectaba a la aldea con un arrozal. “¿Quién iba al frente?”, grité. “¡Robertson!”, fue el grito que se escuchó desde la columna. Como te dije, acababa de llegar y tenía poco trato aún con los muchachos de mi pelotón, por lo que aún no los identificaba; además de que no confiaban mucho en los oficiales egresados de las academias militares. Decían que nuestros grados eran de papel y que sólo servíamos para hacer que los mataran. Ellos, en realidad, nos despreciaban desde el momento en que llegábamos a integrarnos a las columnas.

Miguel lo miró extrañado.

–Tienes que entender algo: los sargentos son la verdadera alma de las escuadras, ellos tienen experiencia en el campo y los oficiales recién graduados de la academia en realidad no tenemos ni idea de lo que estamos haciendo. De hecho, el primer consejo que me dio mi capitán al reportarme con él fue: “Conoce a los sargentos de cada escuadra, aprende de ellos, gánate su confianza y su aprecio, confía en sus juicios y si en algún momento llegaran a ordenarte qué hacer durante un enfrentamiento, hazlo”.

–¿Y qué pasó cuando Robertson pisó la mina?

–Toda la escuadra se tiró al suelo y conformó un perímetro de seguridad, pero no pasó nada. Seguimos avanzando y entramos a la aldea. Ahí empezó el infierno: mis marines juntaron a todos los aldeanos y los obligaron a arrodillarse. Mujeres, niños, bebés y ancianos estaban ahí, postrados, llorando y gritando en su maldito idioma imposible de entender. Mis hombres estaban furiosos. “Son enemigos”, me dijo el cabo Fischer. “Son civiles”, le dije yo. “A ver, teniente, ¿en la maldita academia no les explican que una jodida villa, además de mujeres, niños y viejos, tiene campesinos hombres? Si no hay hombres es porque huyeron. Y si huyeron es porque son miembros del Vietcong. ¡Y por lo tanto toda la aldea lo es!

–¿Y luego, Joe?

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

¡Miedo siento de recordar!

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

El destino mezcla las cartas, maare, y nosotros las jugamos
Refrán yucateco

BiC_49104

El fraile

Las tumbas que rodean a la ermita hablan de quienes acaban de irse. Paseas entre ellas mientras aspiras el rocío de la madrugada, ojalá que el fresco durara todo el día. Tratas de rezar, no puedes, piensas cuán poco has hecho por tus hermanos, los más pequeños, los más desvalidos, pero piensas además que, de hacerlo, tus feligreses y el mismo obispo se habrían molestado. Santo Dios, de haber cumplido con tu deber cristiano, estarías más sosegado, al menos pudiste intentar que las mujeres y los niños se quedaran, siquiera el crío ese del gorrito azul y el kóotoncito blanco que montaba a la jineta en la cadera de su madre, que se aferró a ella y chilló cuando quisiste abrazarlo y provocó que el indio que los seguía por el muelle te mirara furioso. Pero fuiste cobarde, reconócelo. Sí, por cobarde acudiste ayer a mitad de la noche, solo en la oscuridad te sentiste seguro para llevar a la fortaleza la bendición que, como cura de Santa Isabel, has de dar antes de partir a todo peregrino. Mea culpa, mea culpa.

Sacudes el polvo del sayo y de las sandalias mientras arrastras el cuerpo por la escalera, es como si el remordimiento los tornara más pesados, entras en la capilla y te arrodillas frente al nicho donde estaba la imagen de Nuestra Señora del Buen Viaje. Madre Santísima, ni la imagen dejaron. Miras las paredes desnudas, golpeas el reclinatorio, una cosa es que tu padre San Francisco exhortara a la austeridad en el culto, otra es la violencia destructora que despojó a la ermita de sus bienes; fue esa casta maldita la que así pecó, y los pecadores tienen que recibir su castigo. Juntas las palmas para rogar a la Virgen que los acompañe y sobre todo les conceda el remordimiento y la resignación en el destierro. Pero se lo ganaron, tristemente se lo ganaron por matar, por robar, violar, incendiar, arruinar a la península entera. Que Dios les perdone, y a ti también, por cobarde. Requiescant in pace, amen.

El gobernador

Es responder o liquidar al propio que anoche entregó la maldita carta y hacerme guaje con que nunca la he visto. Me cachis, siento que me quema las manos y que el sello de la Federación me reta, el supremo gobierno no entenderá nunca, qué va a entender el espanto y la violencia que sufrimos los yucatecos, si está muy lejos y protegido por las montañas del Anáhuac. ¿Por qué joden con que condenamos a los huites a una esclavitud eterna, como la de los negros africanos, cuando ellos mismos firmaron contratas por diez años de servidumbre y se les permitió incluso cargar con los suyos? Pa sa maare. Lo malo de hacer matar al propio es que las sospechas caerían sobre mí, el centro intervendrá y deberé exiliarme.

Las cuatro, el calor no merma, el escritorio repele, siquiera de la galería viene un poco de aire. Cuánto diese por salir de palacio y guarecerme a la sombra de las ceibas y los laureles, esperar en la plaza la tertulia de la tarde. La ciudad vuelve a ser la que fue, lo conseguimos quienes combatimos a los bárbaros, y los huites tienen ahora lo que merecen y merecerán por generaciones. Pa sa maare. He de hacer palas antes de poder irme, el secretario aguarda para extender la respuesta y que yo la firme. Mi mano sangrará. Ni remedio, dependemos de la Federación. ¿Cómo digo a las autoridades supremas que el “México” zarpó ayer a la medianoche y nada puedo hacer ya? ¿Cómo anoto que obedecí a mi conciencia y al reclamo popular y que hasta esos malparidos aceptaron que las contratas les convenían más que el cadalso?

La plaza se anima; la gente comienza a llegar y cuenta sus monedas para comprar una bebida fría. Eso es, he de hacer cuentas para que al gobierno le quede claro, y se aplaque, cuánto se ahorrará en presidios y tropas de pacificación, probarle que por cada indio que se larga entrarán en caja tres onzas de oro. Que el secretario componga un oficio con estas ideas y lo baje a firma en la plaza, y que el propio que trajo la carta maldita regrese a la capital con la mía.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

¿En qué pensabas, Leandro?

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Anticipándose a las órdenes del pelotón que debía fusilarlos, Guillermo Prieto expresó con energía: “levanten esas armas, los valientes no asesinan” y los soldados le hicieron caso.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Luis A. Reyes, Leandro Valle, acuarela sobre marfil, 1860, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Me viene la conformidad luego que recuerdo que
murió por su patria
”.
Sra. Ignacia Martínez de Valle.

 Dicen que cuando vamos a morir pasa toda nuestra existencia frente a nosotros.

¿Habrá sido así contigo?

Cuando te dijeron que te quedaba media hora de vida, ¿qué fue lo que hiciste?

Sabemos que preguntaste quién ordenó tu ejecución. Y que cuando te respondieron que Márquez, aquel reaccionario mocho y santurrón que lo mismo se daba golpes de pecho que mandaba matar a sus prisioneros, agregaste sereno:

—Hace bien, yo no le hubiera dado ni tres minutos.

Y descendiste de tu caballo San Pedro, un vigoroso alazán tostado, para luego pedirles pluma y papel.

—Deseo escribir a mi familia —le explicaste al jefe de los cangrejos.

¿En qué pensaste mientras esperabas? ¿En tu mamá, doña Ignacia? ¿En Luisa Jáuregui de Cipriani, la mujer que amabas y estabas por desposar, pues a tus 28 años habías decidido formar un hogar? ¿O acaso en tu hermana Agustina, quien de acuerdo con lo que escribiste en esa última carta, fue también como tu madre?

Tal vez recordaste al hombre que te heredó el apellido, un veterano de la lucha por la independencia que muchos años estuvo bajo las órdenes de Juan Álvarez, el caudillo suriano que fue presidente por un corto tiempo y le dejó el poder al poblano Ignacio Comonfort, de quien se decía que por hacerle caso a su madre idolatrada –a la que manipulaba un cura– dio un golpe de Estado contra la Constitución, hizo estallar la Guerra de Reforma y huyó del país cuando perdió el control de los acontecimientos.

Sí, seguramente pensaste en don Rómulo, tu padre, el responsable de que siguieras la carrera de las armas y con quien compartiste peligros y aventuras, como la huida de la Ciudad de México tras la traición de Comonfort y la llegada al poder de los reaccionarios, también llamados restauradores, clericales o conservadores; aunque a ustedes les gustaba más decirles cangrejos por eso de que daban “un paso pa´delante, doscientos para atrás”, como escribió en una popular canción el poeta Guillermo Prieto.

Porque tu padre y tú eran constitucionalistas. Liberales. Y de los duros. De los convencidos. De los que, como dijo Melchor Ocampo, se quiebran, pero no se doblan. De aquellos que usaban una corbata roja para manifestar unos ideales totalmente opuestos a los de quien se convirtió en uno de tus mejores amigos y la figura más importante del partido clerical: Miguel Miramón.

El mismo que era apenas unos meses más grande que tú, con el que compartiste banca en el Colegio Militar – al que entraste a los once años de edad– y quien al encontrarte en el pasillo se cuadraba chocando las botas.

—¡Mi general! —soltaba con voz de trueno.

—¡Ordene, su alteza! —le respondías tú en posición de firmes.

El mismo que poco antes de que escaparas de la capital junto a tu padre, te invitó a comer para ofrecerte honores, grados y riquezas… si luchabas contra la Constitución del 57, aunque al final rechazaste su oferta.

Porque eras liberal, eso ya lo habíamos dicho.

Poco influyeron en tus convicciones las creencias de tu madre, una mujer muy religiosa que nunca se resignó a la vida que tu padre y tú habían escogido, pero que siempre los apoyó. Aunque te pareció verla más preocupada de lo normal cuando la visitaste antes de partir hacia tu última campaña.

—Tal vez no nos veamos más —le dijiste abrazándola con fuerza—. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre mía!

Momento que aprovechó para intentar colgarte un relicario del cuello.

—No, no lo quiero —protestaste agarrando su mano—. Dirán que una cosa creo y otra predico.

—Anda, Leandro.

—No, mamá, mejor pónselo a San Pedro —tu caballo.

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Lorenzo, “El Mixe”

Modesta Fonticoba

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Lorenzo cabalga veloz sin rumbo fijo por sus amadas sierras. Un instante después de montar su caballo sintió una bala pasar rozándole el hombro. Escapaba de su casa, escapaba de la ira de su padre. Su padre le había disparado. Después de galopar por largo rato, aminora la marcha sin saber qué hacer ni a dónde dirigirse. Luego se detiene sin dejar de pensar: “Una bala pasó rozándome el hombro, mi propio padre quiso matarme.”

Lorenzo no ha cumplido aún los quince años, aunque parece un poco mayor. Una incipiente pelusa ha empezado a asomar encima de su labio superior. Se baja de su montura cabizbajo y triste, camina con el corazón estrujado. Está acostumbrado a trabajar duramente y a recibir golpes de su padre, Eulalio. “Mi padre me insulta y me maltrata, a pesar de eso, yo sigo respetándolo. ¿Por qué me odia tanto que hasta quiso matarme? Igual no le tengo miedo.” Ha obscurecido, temblando de frío y angustia busca dónde recostarse. Llega a un paraje donde las copas de los frondosos árboles se unen unas con otras. Se acuesta entre ellos, pero sus negros pensamientos no lo abandonan. Se levanta y busca hojas grandes de platanar para taparse. Vuelve a acostarse y se duerme al fin. Se despierta cuando oye relinchar al “Negro”. Un hombre con uniforme militar lo tiene tomado por las riendas. Otros dos lo toman a él. Pensando lo peor forcejea tratando de escaparse, un golpe lo tumba al suelo. Lo levantan y le amarran las muñecas a la espalda.

–¿Un espía carrancista, eh? Pues nosotros fusilamos a los espías.

Lorenzo no entiende lo que le dicen, el único idioma que habla es el mixe, pero aquellos soldados de feroces miradas le infunden gran temor. Trata de comunicarse con ellos en su lengua: “Mästutkötsj kääts tytintuñj” (“Déjenme, yo ni hice nada”).

Al oírlo, uno de ellos se echa a reír mientras mira a sus compañeros.

–¿Y este, qué jijos dice? A mí no me engaña vestido como está, como un indio de la sierra. Mírenle la cara y los ojos y vean nomás que caballo tiene. Este no es un indio serrano. ¡Vamos a llevarlo al cuartel y allá lo ajusticiamos!

–¡Vamos, pues! –dice otro–, a ver si allá lo hacemos hablar.

Lo amarran por la cintura a un caballo al que hacen galopar despacio. Por un largo trecho corre brincando los pedruscos intentando no caer. Poco después, los soldados miran hacia atrás y, entre carcajadas, espolean sus caballos jalándolo hasta que cae, arrastrándolo entre las piedras y tierra del camino. En un momento sus calzones quedan destrozados, las desnudas piernas sangran desgarradas y el pecho se le llena de arañazos. Lorenzo trata de levantar la cabeza; apenas alcanza a elevarla unos milímetros del suelo. Este trayecto dura sólo unos instantes. Los soldados no quieren que se les muera en el camino. Al llegar al cuartel lo avientan a un calabozo y le dicen al sargento que se han encontrado a un espía de Carranza.

–¿Ha confesado algo?

–No, el muchacho hace como que no sabe hablar castellano. ¿Qué hacemos con él mi sargento?

–Ya saben lo que se hace con los espías, ¡formen el pelotón de fusilamiento!, yo tengo que salir del cuartel. Me han mandado llamar, ¡ustedes se encargan!

Abren la puerta del calabozo. Lo encuentran acuclillado y asustado en un rincón, tratando de limpiar sus rodillas de la sangre y tierra pegadas a ellas con los jirones de manta que quedan en sus calzones. Mira con temor a los que abren la puerta, lo sacan a empujones al patio y lo ponen contra la pared.

Cuando ve los rifles en las manos de los soldados, su corazón comienza a galopar locamente. Como último intento vuelve a gritar desesperado: “¡Mästutkötsj kääts tytin!”

Al escucharlo, el sargento Jacinto brinca de su asiento y sale a toda velocidad al patio gritando:

–¡Alto! ¡Alto! –cuando ya el pelotón apuntaba hacia Lorenzo–. ¡Tráiganlo a mi despacho!

El muchacho, muy pálido, tiembla en frente del sargento. Jacinto lo mira y le habla en mixe:

–¿De dónde eres?

Al oírlo, Lorenzo mira asombrado hacia el hombre alto que tiene enfrente y ve una sonrisa amable en sus labios, entonces empieza a hablar con voz entrecortada:

–Soy mixe… de la sierra… soy de Tlahuitoltepec… en la sierra alta. No sé por qué quieren matarme, de verdad yo no hice nada.

–Te creo, yo también soy de allá. Dime, ¿de quién eres hijo?

–Mi padre se llama Eulalio Robledo y mi madre…

–Tu madre se llama Martina, –le dice adelantándosele–, ¡Es increíble!, eres hijo de Martina. Afortunadamente te oí cuando gritabas en nuestra lengua; estaba a punto de irme, un poco más y estarías muerto. Yo también soy de tu pueblo, soy hijo de María, la que fabrica y vende cerámica.

–Si usted es mixe, dígame por qué iban a fusilarme.

–Creyeron que eras un espía, nosotros somos gente del general Guillermo Meixueiro, líder del Ejército Soberanista Oaxaqueño. La gente de Carranza anda tras nosotros. Desde hace unos meses nuestro estado es independiente, ya no pertenecemos a la república mexicana. Tenemos nuestra propia moneda y nuestros propios timbres postales. El gobernador de Oaxaca, José Inés Dávila, organizó un gobierno soberano, quiero decir, un gobierno libre, sólo nuestro.

–¿Y eso es bueno o es malo?

–Puede ser que fuera bueno, aunque no creo que podamos con Carranza. Dicen que esta es la cuarta vez que Oaxaca intenta ser independiente, yo creo que no lo vamos a lograr.

–¿Me está diciendo que piensa que no va a ganar la guerra?, ¿entonces para qué pelea?

–Porque soy un soldado y es mi deber. ¿O tú no defenderías tu casa y a tus padres, aunque fuera enfrentándote a gente que sabes que no podrás vencer?

–¡Sí que lo haría, aunque me mataran! ¡Y también defendería mi pueblo! A nuestra casa llegaron varias veces, a caballo, hombres vestidos de soldados a robarnos los animales y los granos. Mi padre y yo les disparamos con escopetas a dos de ellos.

–Podían haber sido hombres de Carranza, o algunos revolucionarios que se fueron convirtiendo en bandidos al terminar la revolución. Dime, ¿a ti no te gustaría ser soldado? ¿Cuántos años tienes?

–En dos meses cumpliré quince. Yo no quiero ser soldado, nomás quiero cuidar a mi madre.

El sargento Jacinto Álvarez palidece cuando oye la edad de Lorenzo.

–¿Casi quince años? Y ¿cuántos hermanos tienes?

–Tengo tres hermanas, hijas de mi padre. Mi madre sólo me tuvo a mí.

Un pensamiento hiere su imaginación: “Hace algo menos de dieciséis años que yo…”. Lo mira de arriba abajo; está sucio, casi desnudo, herido y ensangrentado. Da unos pasos hacia él.

–¿Cómo te llamas?

–Me llamo Lorenzo Robledo.

–¡Ven, Lorenzo, acércate aquí a la ventana! –Jacinto observa detenidamente sus facciones. Tiene la cara ennegrecida con tierra y la barbilla arañada; al ver de cerca sus ojos verdosos el pulso se le acelera. Saca un pañuelo, lo humedece y limpia aquella cara bronceada por el sol. –Dime Lorenzo, ¿a quién te pareces?

–No sé, mi padre me mira y me pregunta lo mismo.

–Vamos afuera, tengo que salir del cuartel. Mi capitán me mandó llamar, esperas aquí mi regreso, quiero seguir hablando contigo. Llama al cabo de guardia y le ordena: –¡Quiero que cuides este muchacho mientras yo vuelvo! ¡Le pones una tinaja con agua para que se bañe! Le traes alguna ropa usada y algo de comer. Y, ¡oye bien lo que te digo! Me respondes de él con tu vida.

Lorenzo se queda varios meses viviendo en el cuartel. Ha aprendido algo de castellano, trabaja en las caballerizas, limpia las instalaciones y cepilla su hermoso caballo, que es envidia de la tropa, sobre todo de un cabo que no le quita los ojos de encima. Un día que el sargento había salido a recorrer y vigilar las sierras con algunos de sus hombres, Lorenzo observa cómo los soldados afinan su puntería en los patios, apuntando a ciertos blancos, uno de ellos se fija en él y le pregunta:

–¿Quieres probar?, ¿sabes disparar? Y le muestra un revolver. –¡Tómalo! ¡Dispara hacia allí! –le dice señalando hacia dónde apuntar.

Lorenzo estira el brazo, apunta y dispara. La bala sólo pasa cerca del blanco.

–Tienes que apuntar mirando esta parte del arma, aquí arriba, luego disparas con calma y cuidado las primeras veces, lo primero es acertar, luego irás tomando velocidad, porque en caso de enfrentarte a alguien deberás hacerlo muy rápido.

El muchacho no entiende la totalidad de la explicación, pero sí la manera de apuntar hacia el blanco, ahora, más tranquilo, apunta hacia el objetivo y acierta plenamente. En ese momento el conocido relincho de un caballo lo hace mirar hacia atrás. El cabo primero está tratando de ponerle una silla de montar al “Negro”, que se resiste levantando las patas delanteras. Lorenzo guarda con prisa el revólver en la cintura y se enfrenta al cabo.

–¡Caballo mío! –grita, mientras trata de hacerse con las riendas–, ¡caballo mío!

El militar golpea con fuerza a Lorenzo y lo tira al suelo, diciéndole:

–Este caballo me gusta y va a ser para mí, le tengo echado el ojo desde que llegaste. Tú eres un desarrapado muerto de hambre, ¡qué va a ser tuyo este caballo!, de seguro se lo robaste a alguien. No te atrevas a enfrentarte a mí, porque te va a ir mal, ahora no está el sargento para defenderte.

–¡Caballo mío!, grita Lorenzo más fuerte mientras se levanta con el arma en la mano apuntando al cabo, que se ha dado cuenta que el muchacho sabe disparar y que seguramente se atreverá a hacerlo. Suelta el caballo y Lorenzo lo toma por las riendas con una mano, apuntando a su contrincante con la otra, camina dando pasos hacia atrás. El portón está abierto, de un salto monta su caballo y se aleja cabalgando a toda velocidad. El cabo y dos soldados salen a galope atrás de él. Lorenzo se va alejando cada vez más de sus perseguidores, cuando el cabo se da cuenta saca su revólver y dispara. El muchacho siente la sangre calienta correr por su brazo.

El sargento llega por la tarde al cuartel. No encuentra a Lorenzo y pregunta al cabo de guardia.

–¿Dónde está el muchacho?, ¿dónde está Lorenzo?

–Se escapó –contesta el cabo.

–¿Cómo que se escapó? ¿Por qué se escapó?, ¿qué le hicieron?

El tal Lorenzo resultó un ratero, lo encontré con un revolver que le robó a uno de los soldados, y cuando se lo recriminé agarró su caballo y salió de aquí hecho una bala. Yo, intentando pararlo, le disparé y creo que lo herí, no va a llegar muy lejos.

–¿Lo heriste? Mira que si lo que me estás contando no es verdad, si me estás mintiendo vas a pagarlo muy caro. ¡Qué me ensillen un caballo fresco que voy a salir a buscarlo!

Jacinto cabalga despacio por donde ve las huellas recientes de tres caballos. Un poco más adelante solamente aparecen las huellas de un caballo sin herrar. Ha empezado a caer una lluvia ligera. Jacinto sabe que el rastro se borrará. Sigue adelante. La noche cae sin que encuentre señales de él. Por aquellos parajes merodean algunos jaguares, robustos felinos que entrañan un gran peligro. No sabe si el muchacho conserva el arma, sigue buscándolo. La lluvia arrecia, pero no quiere darse por vencido. Los relámpagos iluminan el cielo de vez en cuando. Ve a lo lejos una gran montaña. Sabe el gran significado que tienen para su pueblo, cabalga hacia allá. Oye un disparo no muy lejano y se queda quieto, escuchando, no oye nada más. Desmonta para rodear la majestuosa montaña. Un relámpago rompe la oscuridad. Entre la lluvia le parece ver un caballo. Con el corazón agitado se acerca al animal: es el “Negro”. También vislumbra, un poco más allá, una figura humana tirada cerca de la montaña. Hundiéndose en el lodo camina lo más deprisa que puede. Se arrodilla en la tierra y lo ve: es Lorenzo. Le palpa el pecho que late débilmente. Alza su cabeza y lo llama. El muchacho parpadea un poco, al lado de su mano encuentra el revolver recién disparado. Mira hacia los lados y ve una serpiente muerta de un disparo.

–¡Lorenzo!, ¡óyeme! Soy Jacinto. Tengo que sacarte de aquí. El muchacho abre un poco los ojos y los vuelve a cerrar. Sin pensarlo más lo toma en brazos, camina hacia el “Negro” y lo sube a su lomo.

–Agua, agua, –pide Lorenzo. El sargento toma su cantimplora, le levanta la cabeza y se la pone en la boca. En medio de una gran tormenta llegan al cuartel. El sargento lo lleva en brazos y lo acuesta en su catre sin que pare de temblar. Le cambian las empapadas ropas y tratan de que tome un poco de caldo caliente. Lorenzo toma un poco con los ojos cerrados casi sin darse cuenta. Llaman a Odilón, que hace las veces de enfermero, para que lo revise.

–A mi parecer la herida del hombro está infectada y el muchacho muy débil. Mire, yo conozco un curandero que sabe mucho de hierbas curativas. Si quiere voy mañana por él.

–Sí, ¡Ve mañana lo más pronto posible!, y tráeme otro caldo caliente.

El enfermero llega a media mañana del día siguiente acompañado por una persona joven que lleva, colgando de su hombro, una bolsa de manta.

–Mi sargento, este es el hijo del curandero del que le hablé, su padre no estaba, pero este joven dice que él también sabe curar. Jacinto observa atentamente al recién llegado: de diecisiete o dieciocho años: lampiño, delgado, sus lacios cabellos negros resbalándose por sus mejillas. Su limpia mirada, sagaz y profunda le inspira confianza. El curandero se acerca al enfermo, levanta sus párpados y observa sus ojos por un rato, luego destapa la herida.

–La herida no es muy profunda, pero está muy abierta y hay que sanarla. Tardará un largo tiempo en curarse, tiene que quedarse acostado y alimentarse bien para recuperarse. Le pondré unas hojas y raíces machacadas con poderes curativos que le ayudarán a cerrar la herida. El muchacho es joven y fuerte, saldrá adelante.

Un poco más tranquilo, Jacinto sale a buscar al cabo de guardia. No lo encuentra por ningún lado.

Pasan varias semanas antes de que la fiebre remita y la herida cicatrice. Lorenzo da cortos paseos por la orilla del río. La ribera aparece ante sus ojos como un tapiz de hermosas plantas: orquídeas increíblemente bellas, helechos, cactus y varios tipos de hongos. Unos los conoce porque su madre los preparaba, también sabe cuáles son los venenosos y mortales. Otros le son desconocidos. Recuerda los consejos de su abuela: cuando no los conozcas, toma un trocito muy pequeño y mastícalo despacio. Espera unas horas, si no sientes ningún malestar, prueba con un trozo un poco más grande. Se decide a tomar uno y mastica un trocito, le sabe amargo, pero su frescura llega agradarle. Después de un rato empieza a sentirse contento, con cierta euforia. Se ríe sin motivo; mastica otros dos trozos algo más grandes. La euforia llega nuevamente, se mueve de aquí para allá, bailando con una sensación placentera. Poco a poco se apacigua y empieza a sentir cierta somnolencia. Se acuesta, y con los ojos cerrados ve un cuerpo envuelto en un sarape, listo para ser enterrado. Oye llantos, lamentos y cantos fúnebres. Presiente que lo que ha visto es una señal: alguno de los míos se murió. Asustado se levanta, regresa al cuartel y busca al sargento.

–Mi sargento, quiero regresar a mi casa. Un sueño me está diciendo que alguien en mi casa se murió. Vi un entierro en mi familia. Siento temor por mi madre.

–Los sueños no tienen que ser ciertos, no estés preocupado, pero tú aquí eres libre, si te sientes bien puedes irte, te voy a prestar mi pistola. Me contaste que ya tu padre te disparó una vez.

–Sí, ya pensé en eso, no me importa, quiero saber si mi madre está bien.

–Vete con cuidado y regresa tan pronto puedas, yo también quiero saber si Martina está bien.

Lorenzo sale a galope, lleva su diestra constantemente hacia el arma, para asegurarse que aún está allí. Su mirada y oídos atentos a cualquier ruido, a cualquier movimiento. Por fin ve su casa. Se acerca y oye un ruido. Un hombre armado abre la puerta.

–¡Apolonio! ¿Qué haces aquí? –pregunta Lorenzo al ver al marido de su hermana.

– ¿Qué haces tú aquí?, esta es ahora mi casa. Eulalio se murió. Tu madre se fue con tu abuela.

–¿Mi padre murió? Y ustedes, ¡corrieron a mi madre de su casa cuando se quedó sola y no tenía quién la defendiera! ¡Bandidos! ¡Esto no se va a quedar así! ¡Buscaré a mi madre y volveré!

El muchacho cabalga nuevamente hasta que vislumbra el pequeño jacal de sus abuelos con techo de ramas y hojas de platanar. Arde en deseos de ver a su madre y saber que está bien. Golpea la puerta y llama dando voces: “¡Tääkj!, ¡täähj¡” (“¡Madre!, ¡madre!”).

–Lorenzo, ¿eres tú? –escucha el muchacho atrás de la puerta–, “Unk” (“hijo”). Los dioses me escucharon, te trajeron a mí. Entra, que empieza a llover.

–Yo voy a cuidarla siempre, trabajaré para usted y se repondrá –le dice abrazándola al verla pálida y desmejorada. –¡Recuperaremos las tierras y la casa que le quitaron!

–¿Dónde estuviste, hijo?, ¿dónde fuiste a parar? Tuve miedo de no verte más.

–Llegué a un cuartel del ejército, pero tuve suerte. Encontré a un sargento mixe, de acá de nuestro pueblo, que me cuidó. Se llama Jacinto, es hijo de María, la que fabrica cerámica.

–¿Estuviste con Jacinto? –pregunta la madre asombrada.

–Sí, y si no es por él no estaría vivo. Debo de regresar allá. Mi sargento me pidió que le cuente si la encontré a usted bien.

Dos días después de la marcha de Lorenzo, Jacinto recibe órdenes de sus superiores. Las fuerzas del movimiento de la “Soberanía” se reunirán en Ocotlán para detener el avance de la División 21. Se sumarán casi quinientos hombres comandados por quince generales. El comunicado dice: “La hora del enfrentamiento militar ha llegado. Es el momento de demostrar de lo que somos capaces.”

Antes de que fuera decretada la “Soberanía”, el gobierno de Dávila ya contaba con contingentes militares encuadrados en las llamadas: “Fuerzas Defensoras del Estado”. Las fuerzas a su mando tenían el deber de resguardar la vía del Ferrocarril Mexicano del Sur, en las estaciones limítrofes con el estado de Puebla y coordinar las tareas de “Seguridad Pública” en la capital de Oaxaca. Debía mandar un contingente de diez hombres armados a cuidar las vías. Antes de salir, habló a sus hombres con la voz llena de emoción: “La hora de la verdad ha llegado. Es la hora de demostrar nuestra hombría. ¡Vamos a darles! ¡A no dejar un carrancista vivo! ¡Defenderemos la Soberanía de Oaxaca!”

Estando a punto de salir el sargento y sus hombres, llega Lorenzo a todo galope. Al ver todo aquel movimiento salta del caballo y se planta ante Jacinto.

–¡Sargento, si salen a pelear quiero ir con ustedes!

–¡No, de ninguna manera! No tienes la edad ni la preparación, ¡espéranos aquí o regresa a tu casa!

Cuando llegaron a Ocotlán, la descarga de la fusilería los ensordecía.

–La contienda ya empezó. ¡Vamos allá!, los anima Jacinto adelantándose el primero.

Los caballos se estremecen, las balas empiezan a abatirlos, algunos caen doblando las rodillas, un soldado, a su lado, impactado en el pecho, cae de su montura rodando por el suelo. Otra descarga y un cabo se va de espaldas sin una queja. Los soldados empiezan a retroceder.

–Se nos acaban las balas, gritan tomando las granadas de mano. El sargento mira hacia adelante. Los de la División 21 tienen ametralladoras y cañones. Su armamento no es comparable. Se tira al suelo disparando su fusil, animando a sus soldados, aunque sabe que aquella batalla está perdida.

Después de unas horas de combate, no pudiendo resistir más, empieza la retirada. La evacuación es posible gracias a que la línea del ferrocarril está resguardada. Al intentar llegar a él, Jacinto siente que algo le quema la espalda y cae al suelo.

Tres días después, abre los ojos. Cree estar soñando que está de regreso en el cuartel. No puede ser más que eso. Él sintió en la espalda un golpe caliente, como un disparo. Vuelve a cerrar los ojos. Sí, le duele la espalda, entonces… los abre nuevamente y pone atención a lo que tiene delante. La penetrante mirada del muchacho observa cómo parpadean sus verdes ojos.

–¡Lorenzo! ¿Estamos en el cuartel?

Sí, mi sargento, yo lo seguí a cierta distancia. Esperé escondido, no’más oía disparos y cañonazos, después, nuestros soldados salían corriendo, entonces lo vi caer. Un soldado me ayudó a subirlo a un caballo que andaba solo. Yo lo jalé hasta aquí montado en mi “Negro”. Busqué al curandero que me curó a mí, parece que hizo un buen trabajo.

–¡Hijo, me salvaste la vida!

Lorenzo lo mira abriendo mucho los ojos.

–Sí, hijo, yo soy tu padre.

Orden presidencial

Kenji Hernández

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Mi nombre es Hernán Colos y trabajé 35 años para el servicio secreto de mi país. Sólo que, en mi país, lo secreto es bien sabido por todos y lo que debería ser sabido por todos es un secreto. Inicié mi carrera en las Fuerzas Militares de Choque y Control de Situaciones que surgió a raíz de las fuertes luchas del gobierno contra el pueblo. No se crean, ese gobierno y ese pueblo eran uno mismo hace apenas cinco generaciones, cuando, juntos, formaron una gran fuerza que se enfrentó con las armas al antiguo gobierno.

La historia de siempre, no se crean, nada es nuevo bajo el sol. Hace 40 años, a falta de servicio secreto (cuando yo aún era un niño preocupado por el hambre y no por llegar a tiempo a pasar lista al batallón de infantería), el gobierno mandó al ejército a reprimir a la resistencia.

Los soldados estamos entrenados para cumplir órdenes, aunque en ello se nos vaya la vida y si la orden dice “eliminar” debemos eliminar, si dice “proteger” debemos proteger. Aquella vez, el pelotón tenía órdenes de convocar a la muerte para solucionar el problema de los que se oponían a la celebración de las olimpiadas. Se pasaron de la raya. Hubo muchos muertos, muchos desaparecidos y mucho miedo en las calles. Debido a las críticas y la culpa, el gobierno decidió crear el servicio secreto para tener una mano invisible y bien adiestrada en los asuntos de seguridad nacional.

Cuando me di de alta en el servicio, me advirtieron que el trabajo era duro y el horario era de 26 horas al día. ¿Cómo, si el día sólo tiene 24?, pregunté, pero los reclutadores me respondieron que yo les pertenecía por 26. Antes del primer mes ya había escuchado los silbidos de las balas volando encima de mi cabeza y había descargado junto a mis compañeros dos rondas de municiones, al menos, sobre un grupo guerrillero que nos atacaba en la sierra de Guerrero tras una campaña de reforestación. Antes del primer año, ya había estado en una misión de eliminación de narcotraficantes en el triángulo dorado. No detonamos ni una granada, pero el rancho quedó tan destrozado por las balas que parecía uno de esos quesos con hoyos que un ratón se come en las caricaturas.

Pero, por ahora, sólo me enfocaré en un suceso.

Allá por los ochenta, antes de salirme del cuerpo de choque, antes de haber aceptado la comandancia del batallón, recibimos una orden que implicaba dejar la franquicia y volver al servicio de inmediato. En la universidad del país, los trabajadores habían colgado las banderas rojinegras e impedían el paso de los estudiantes y académicos. El gobierno trató de negociar, pero, según los medios de comunicación, los huelguistas hacían demandas que rayaban en la excentricidad.

La situación se extendió por meses y se perdieron muchas clases y recursos del Estado. El gobierno no quiso utilizar a la policía para terminar con la huelga, así que nosotros tuvimos que lidiar con ese problema. El día que llegó la orden, yo acababa de firmar la hoja de salida y caminaba hacia la puerta de las instalaciones donde nos reportábamos todos los días a las 5:00 a.m., 13:00 p.m. y 22:00 p.m. Si cruzabas la pluma del estacionamiento, eras libre y estabas franco por las siguientes horas; pero, si antes de llegar ahí un jefe te ordenaba algo o llegaba una orden del gobierno que debía ser cumplida en el acto, te olvidabas de la franquicia y te regresabas a trabajar, aunque tuvieras encima el cansancio de 48 horas seguidas de guardia.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Cacao-chocolate

Adaptación de Eduardo Celaya Díaz
Basada en el texto de Laura Esquivel

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

– Te he estado esperando.

– No puedo apresurar el paso, sabes muy bien cómo son las cosas ahora.

– Distintas, lo sé, pero aun así es reconfortante cuando llega el final del día y podemos conversar, después que cumples tus actividades.

– Mi tiempo es extraño, pero siempre es conveniente tener estas conversaciones.

– Eres un buen marido, cuidas de tu mujer a pesar de todo.

– Prometí cuidarte.

– Y lo haces bien, eres un buen marido.

– ¿Te han tratado correctamente?

– Cual merece una mujer de nuestra posición. Pertenecer a una de las familias más importantes de la Nueva España confiere ciertas ventajas sobre los demás.

– ¿Y tus reflexiones?

– Me siguen atormentando las mismas preguntas.

– Sabes que no lo dijo para causarte alteración.

– Lo sé, pero desde que don Carlos de Sigüenza y Góngora pronunció esas palabras, no encuentro tranquilidad en mis pensamientos.

– “Lo que es abajo es arriba”.

– Esas palabras alertaron mi cordura, sentí, mientras salían de su boca, cómo penetraban en mi cerebro, dolorosa y violentamente.

– Como si fueran un cilicio desgarrador y que como tal se incrustaban entre las delicadas membranas de tu cerebro a perpetuidad.

– Se convirtió en un tormento insoportable, entrando cada vez más profundamente en mis pensamientos como si avanzara entre arenas movedizas. La esperanza de que esas palabras se alejaran de mí moría cada vez más, se alejaban, llenándome de mortificación.

– Sabes que don Carlos hablaba de otros asuntos, sólo trataba de explicar una ley del universo. Durante esa excavación hablaba de cómo esa ley establece que las mismas condiciones y fenómenos que se aprecian en este mundo suceden y se reproducen simultáneamente en otro plano superior.

– No entendí nada, no lo entiendo ahora. Dudo entenderlo algún día. Si todo lo que existe sobre la tierra tiene su igual en el cielo, lógicamente todo lo que está debajo de la tierra es igual a lo que está arriba.

– Las mismas palabras que pronuncias desde aquel día.

– Es sumamente aberrante. Eso significaría que el infierno es lo mismo que el cielo.

– Dudo que esas sean sus palabras.

– Pero aún, esas terribles palabras significan una cosa, que los indios, esa raza impura y desgarrada, sin alma, son iguales a nosotros, a los españoles de raza pura y religión verdadera.

– Los indios son algo más que una raza impura.

– Su nombre lo indica: son plebeyos, son sacrílegos, viles, pecadores, son peligrosos, prietos y herejes. Por eso fueron hechos a imagen y semejanza del mismísimo Belcebú.

– Por tanto, sigues asegurando que su destino es compartir las llamas del infierno en el castigo eterno.

– Sigo sin entender cómo puedes sentirte fascinado por conocerlos. Su suciedad los infecta, los hace viles, bajos, servidumbre natural.

– Quise ver algo más en ellos, algo que en ocasiones podría ver en sus miradas, en su manera de realizar sus acciones.

– ¿Era necesario realizar esos viajes tan peligrosos?

– Era sólo una excavación, don Carlos me ofreció un lugar en su expedición, una nueva oportunidad de conocer un poco más de la tierra donde vivimos.

– Cómo podrían compararse esos salvajes con nosotros, españoles de sangre pura, de buena casta, de religión católica, llenos de virtudes y buenas costumbres.

– Tu cuna te ha cegado.

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

 

Odio

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Ataque de 1838 a Veracruz por los franceses

Los odio. Malditos sean.

Ayer volví a soñar con mi familia. Fue igual que siempre. El mismo maldito sueño que tengo desde hace más de 20 años: soy un niño pequeño y meriendo tranquilamente junto a ellos, pero de repente se escucha un estruendo, siento un golpe y se desata el infierno. Por unos segundos pierdo el conocimiento, pero cuando despierto veo fuego por todos lados… y escucho gritos que piden auxilio y lamentos de dolor. Mis hermanos se calcinan junto a mis padres, que yacen aplastados bajo los escombros que cayeron sobre ellos. Veo a mi madre, su hermoso rostro no existe ya: los ojos que tanta paz me transmitían han desaparecido y en su lugar encuentro dos cuencas vacías, mientras que su piel blanca y tersa parece ahora un pergamino que se arruga y consume entre las llamas. Mi padre… o, mejor dicho, lo que fue mi padre, no es más que un bulto informe que se quema junto a mamá en el más horrendo silencio… y lo peor es que muy cerca de ellos mis hermanos siguen gritando… hasta que poco a poco dejan de hacerlo.
Pero no llega el silencio, ya que alguien más empieza a berrear… alguien conocido.

Yo.
El fuego abrasa mi piel y no puedo moverme, pues una viga aprisiona mi pierna… el dolor es insoportable y el olor a carne quemada me revuelve las entrañas. Siento que me ahogo. Sé que voy a morir y lo acepto apesadumbrado, pero antes de perder el conocimiento veo a varias
figuras que se abren paso entre las llamas.

Hijos de la tiznada.
Todo por 600 000 miserables pesos. Una fortuna si consideramos que dizque se trataba del pago de unos pasteles… pero demasiado poco como para justificar la muerte de los míos y de tantas personas; aunque la verdad es que esto último no les importa, pues nos ven como a insectos a los que pueden aplastar sin ningún remordimiento.
¡Y que la más vieja de su casa se trague lo de los pasteles o incluso lo de los 600 000 pesos!, porque estoy seguro de que en venir hasta acá y atacar Veracruz se gastaron mucho más.

Malditos infelices.
Y maldito sueño que me atormenta desde hace tantos años.
¿Cuántos van exactamente?
A ver… estamos en marzo del 67 y esto que le cuento sucedió por diciembre del 38… hace 28 años, tres meses y algunos días… que es el tiempo que Santa Anna lleva cojo, pues el cañonazo que destruyó mi casa fue de los que dispararon contra sus tropas el día que perdió la pierna. ¡Y pensar que aun así el quinzuñas apoyó a la última intervención! Supongo que su invalidez debe haberle dolido tanto como la humillación de que los gabachos lo subieran a un barco y lo expulsaran del país en 1862, cuando dizque regresó a México para vivir en paz. ¡Y todo por publicar un manifiesto para quedar bien con ellos! Mendigo cojo, bien merecido se lo tenía. Necesitábamos brazos para regresarlos por donde vinieron y a él se le ocurre andar de arrastrado… ¡no me joda, don Antonio!

[…]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.