Archivo de la categoría: BiCentenario #12

Sumario #12

Editorial

Correo del lector

ARTÍCULOS

Figura 5. Eduard Pingret, MA?sico de Veracruz, c. 1850, Banco Nacional de MAi??xico, Mx. (99x100)Insurgentes de color quebrado
por Dolores Ballesteros

Perico, Berlandier Jean Louis, Journey to Mexico, Universidad de Texas Austin, 1980.  (100x99) Una historia desconocida: la primera expedición científica mexicana (1827-1832)
por Erika Adán Morales

Marquilla cigarro 1, NA?Ai??ez JimAi??nz Antonio, Marquillas cigarreras cubanas, 1989 (100x100) Cuba libre, México soberano
por Elsa V. Aguilar Casas

RendiciA?n de Veracruz-Grabado anA?nimo (100x100) La batalla de Cerro Gordo (1847)
por Faustino A. Aquino Sánchez

Eugenio Landesio, Puente de Chimalistac, 1855, MUNAL (100x100) La celebración del Centenario de la Independencia en San Ángel
por Jovita Ramos

Gran TAi??voli de San Cosme, Valle-Arizpe Artemio, Por la vieja calzada de tlacopan, 1937. (100x100) La Convención del Tívoli (1910)
por Héctor L. Zarauz López

Explorar0028 copia (100x100) La Casa del Estudiante Indígena (1926-32): un “experimento psicológico-social”?
por Sofía Crespo Reyes

DESDE HOY

William-Adolphe_Bouguereau_(1825-1905)_-_The_Difficult_Lesson_(1884) (99x100) Formar lectores: una labor cotidiana
por Hilda Salcedo LA?pez

DESDE AYER

Puebla, PopocatAi??petl, Iztaccihuatl, Egerton D. T., Views in Mexico, 1840 (99x100) Memoria de mi infancia: Joaquín Moreno
por Ana Rosa Suárez A.

Vestido de A?pera (72x73)La ópera en México
por Ingrid S. Bivián

CUENTO

posbib91 - copia (2) (100x100) ¡Muera el mal gobierno!
por Irma Ramírez Orozco

ARTE

Plaza mayor (98x100) Una mirada a la Plaza Mayor de México en el siglo XVIII
por Blanca Azalia Rosas

ENTREVISTA

J.Ramos C ., Ladrillera 3 (Fot.Laura SuA?rez de la Torre) (100x100) “El Mixcoac de mis recuerdos”
por Graziella Altamirano Cozzi

“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “¿qué vas a hacer con la niña?, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Aventuras en la historia

Aparecimos en Milenio Semanal:

Revista BiCentenario 12

Tres aventuras centrales rigen esta entrega. La primera indaga en la discriminación: la presencia de afronovohispanos en la lucha independentista, La Casa del Estudiante Indígena de los años veinte-treinta y la marginación por analfabetismo. La segunda resalta claves de la historia política: las primeras actividades diplomáticas del país independiente, la derrota (¿intencional por parte de Santa Anna?) de la batalla de Cerro Gordo en 1847, la Convención Antirreeleccionista de 1910. La tercera traza los avatares de la vida cotidiana en la Ciudad de México en algunos periodos de los siglos XVIII y XX. Otros ejes laterales, como la primera expedición científica mexicana para trazar la frontera con EU en 1827, más la riqueza de las ilustraciones, reiteran gusto y cuidado en la edición de esta publicación.
REVISTA BICENTENARIO. EL AYER Y HOY DE MÉXICOAi??(VOL. 3, NO. 12). INSTITUTO MORA, 96 PP. ABRIL-JUNIO 2011

Alejandro de la Garza

Una aventura distinta

La revista BiCentenario es reseñada en CRIBA en el periódico MILENIO:

Jesús Anaya Rosique

Una aventura distinta

Circula desde hace varias semanas el número 12 de BiCentenario, la revista trimestral de divulgación histórica que edita desde 2008 el Instituto Mora. Diana Guillén, integrante de su consejo editorial, lo presenta así: Desde su nacimiento como país independiente, múltiples historias se han entretejido para delinear los contornos físicos y sociales de un México que día a día sigue construyéndose. Su pasado y su presente están marcados por procesos y actores diversos que la revista se ha propuesto recuperar a partir de situaciones y escenarios concretos.

Espléndidamente ilustrados a todo color, en quince textos se despliega una amena narrativa escrita por investigadores adscritos al Mora y a otras instituciones académicas. Abre el número un texto de Dolores Ballesteros sobre los “insurgentes de color quebrado”, descendientes de una mezcla de africanos, indígenas y españoles. Sobre el telón de fondo de una discriminación que ha persistido a lo largo del tiempo, Sofía Crespo escribe sobre la “Casa del estudiante indígena”, efímera iniciativa gubernamental que nos permite ver cómo se concebía y se trataba oficialmente a los indígenas entre 1926 y 1932. Por los rumbos de la historia política, Elsa Aguilar describe los “artilugios diplomáticos desarrollados en la primera década de vida independiente para conseguir el reconocimiento internacional de la soberanía mexicana, así fuese a costa de Cuba”; Faustino Aquino se refiere a la batalla de Cerro Gordo en 1847, que podría haber perdido intencionalmente Santa Anna frente a los invasores yanquis; Héctor Zarauz hace la crónica de la Convención del Partido Antirreeleccionista celebrada en abril de 1910 en la capital del país; y el cuento histórico escrito por Irma Ramírez Orozco narra el encuentro imaginario de una joven estudiante que desde el presente grita “¡Muera el mal gobierno!”, con una mujer que fue testigo presencial del cautiverio de Miguel Hidalgo en 1811.

Hurgar en la vida cotidiana de nuestra historia nacional y describir los espacios públicos donde han convivido simbólicamente los poderes terrenales y eclesiásticos, es otra vertiente de este número de BiCentenario. A partir de un conocido óleo en tela, Blanca Azalia Rosas lanza una mirada a la Plaza Mayor de la capital novohispana en el siglo XVIII. Dos textos muestran otras caras del pasado del Distrito Federal: Jovita Ramos rememora la celebración del Centenario de la Independencia en San Ángel; y a través del testimonio de Guadalupe Martínez de Ritz (editado por Graziella Altamirano Cozzi), conocemos cómo era Mixcoac en los años veinte.

Erika Adán Morales revela una historia desconocida: la primera expedición científica mexicana entre 1827 y 1832, encabezada por el general Manuel Mier y Terán y el botánico francés Jean Louis Berlandier, que recorrió la frontera norte del país; la “Memoria de mi infancia”, escrita por un personaje anónimo nacido en Veracruz al inicio del siglo XIX y presentado por Ana Rosa Suárez Argüello; un breve recuento histórico de la ópera en México a cargo de Ingrid S. Bivián; y el artículo de Hilda Saucedo sobre las experiencias en las que se basa la propuesta “Formar lectores: una labor cotidiana”; además de la acostumbrada sección “Correo del lector”.

BiCentenario 12 ofrece a sus lectores “descubrir la riqueza que encierra cada uno de sus artículos y disfrutar un fugaz paseo por el ayer y hoy de México”, que confirman el lema inscrito en la portada: “el pasado y el presente son nuestros”.

anaya.jess@gmail.com

BiCentenario. El ayer y hoy de México, vol. 3, número 12, abril-junio 2011 (México), revista trimestral del Instituto Mora, $80, 96 pp. ISSN 20110012

La ópera en México del siglo XIX al siglo XXI

Ingrid S. Bivián
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Vestido de A?pera

Estimado público, esta es la tercera llamada, tercera llamada. ¡Comenzamos! Un silencio se apodera del teatro. La orquesta comienza a tocar y el telón se abre para mostrar el soberbio escenario. Ante nosotros aparecen los protagonistas de esta historia que hoy en día seguimos escribiendo.

Adelina PattiPrimer acto

La acción se sitúa en los albores del México independiente, cuando en la ciudad de México son estrenadas una tras otra las A?peras de Rossini. Un público de clase media y alta se aficiona al divino arte y tararea divertido la obertura del Barbero de Sevilla. Es tal el éxito del tenor español Manuel GarcAía (1827-1828), que lo seguirán los más brillantes cantantes del siglo, y otros muchos no tan famosos. Los aficionados aplauden hasta el delirio a Henriette Sontag (1854), Enrico Tamberlick (1871) y Adelina Patti (1887), mientras que los poetas les dedican odas enteras. Mención especial merece Ángela Peralta (1845-1883), el Ruiseñor mexicano, la primera cantatriz que muestra al mundo que su país también sabe cantar A?pera.Adelaide Ristori

El gusto nacional se inclina por la A?pera italiana. Los aficionados escuchan, durante largas temporadas, ya sea en el Gran Teatro Nacional, el Principal, el Arbeu o el Coliseo Viejo, las grandes obras de Rossini, Bellini, Donizetti y Verdi, pero también las de Mozart, Offenbach y Wagner. Y la ópera no se oye sólo en la capital. Los habitantes de Querétaro, Jalisco, Guanajuato, Sinaloa y otros estados asisten a teatros recién estrenados para disfrutar de Lucía de Lammermoor o Aída.

Los compositores mexicanos también se hacen presentes en los escenarios: Melesio Morales, Cenobio Paniagua, Miguel Meneses y Aniceto Ortega son los principales; en algunos casos, Jenny Lind en La Sonnambulaenfrentan grandes dificultades, pues público y empresarios, en su mayoría, carecen de interés por las obras nacionales. Fue el caso de Morales, con Ildegonda.

Hay ópera en el teatro, la tertulia, los domingos en la Alameda, la clase de música, la literatura, los periódicos y revistas. El público ríe, llora, sufre y maldice junto con los cantantes; y, aunque a veces se niegue a asistir al teatro, las compañías de ópera no dejan de ofrecer estrenos cada vez con mayor presteza, pues la escena mexicana era entonces una de las más importantes del continente.

Se acerca el final de siglo, nuestros cantantes, teatros, compositores y aficionados se despiden.

Poster Turandot, 1926, Mushii

Segundo acto

Comenzamos el siglo XX y… ¿y el teatro?, ¿qué fue del Gran Teatro Nacional (1844-1901)? Don Porfirio Díaz tuvo por buena la idea de deshacerse de él, no importando que aún no estuviera listo el Palacio de Bellas Artes (1934). Pero el que es buen gallo, donde quiera canta, y la ópera sigue presentándose en el Arbeu, el Esperanza Iris, el Circo Teatro Orrín y, cuando la ocasión lo amerita, el mismo Toreo (Caruso, 1919). Los mexicanos siguen yendo a la A?pera a deleitarse con las voces de sopranos, tenores, barítonos y contraltos. Se interpretan notas distintas: de Puccini, Massenet, Leoncavallo y Tchaikovsky. Es el tiempo de Madame Butterfly y hay óperas mexicanas como Atzimba (Ricardo Castro).

Llegan los años treinta y transcurren hasta los setenta. El mundo cambia con rapidez; las nuevas tecnologías (cine, radio y televisión) se convierten en sinónimo de entretenimiento. Si las tempo- radas de ópera de principios de siglo no se comparaban en cantidad con las del XIX, éstas menos. No obstante, las grandes figuras del arte lírico siguen visitándonos: la Callas (1950) y, más tarde, Plácido Domingo, a la fecha de aparición constante.

Manuel Garcia as Otello in Paris from Gallica, c. 1821 (532x640)

Los músicos mexicanos siguen componiendo óperas. Carlos Jiménez Mabarak, Luis Sandi, Alicia Urreta y Daniel Catán, por referir algunos, contribuyen a formar todo un corpus de ópera nacional. A fines de siglo, la A?pera parece recuperar popularidad entre círculos más amplios de la sociedad.

Opera_ViennaTercer acto

El siglo XXI inicia con atisbos de progreso. Los medios de comunicación no dejan de revolucionar la relación entre la ópera y el público: cualquiera que cuente con una computadora y tenga acceso a internet puede disfrutar de A?peras completas sin salir de casa. Y quién iba a pensar que se podía dedicar un fin de semana para ir al Auditorio Nacional a escuchar las representaciones del Metropolitan de Nueva York. Sin duda alguna, México tiene interés por la ópera; lo prueba el éxito del reality show Ópera prima y los llenos en el Auditorio, Bellas Artes y el Esperanza Iris.

El siglo adelanta con la esperanza de que el divino arte siga siendo revalorado en nuestro país y cause el mismo embeleso que a nuestros abuelos, para que su historia no termine en tragedia.

Cae el telón.

Una mirada a la Plaza Mayor de México en el siglo XVIII

Blanca Azalia Rosas B.
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Plaza mayor (800x644)

Es posible que no exista mejor manera de saber cómo era la vida cotidiana en la ciudad de México en el periodo colonial que acercándose a La Plaza Mayor de México en el siglo XVIII, pintura anónima al A?leo sobre tela, de gran formato (2.66 x 2.12 m.), que se encuentra resguardada por el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec.

Esta obra singular se ha fechado en 1768, debido a que la escena representada es similar a la descripción de la salida en público del virrey Marqués de Croix, relatada en la crónica de Manuel de San Vicente, Exacta descripción de la Magnófica Corte Mexicana, Cabeza del Nuevo Americano Mundo, Significada por sus essenciales partes, para el bastante conocimiento de su Grandeza. A pesar de que estudios posteriores ubican la elaboración de la pintura en la primera mitad del siglo XVIII, con base en detalles como los de la indumentaria de los personajes representados, Lo más probable es que haya sido elaborada entre 1757 y 1768, entre los gobiernos de los virreyes marqueses De las Amarillas (1755-1760) y De Croix (1766- 1771), debido a la presencia de elementos como a acequia, techada entre 1753 y 1754, y los cajones de San José, construidos en 1757. También destaca la columna de Fernando VI, obsequiada a la ciudad de México por el mismo rey en 1747, que por su ubicación protagónica en el centro de la composición, al margen de la población y con el resguardo de la milicia, sugieren que el A?leo pudo estar dedicado a ese monarca, aunque fuera en los años inmediatos a su muerte en 1759.

Podemos identificar el tema de la pintura como una vista urbana con escenas costumbristas. Se trata de la Plaza Mayor de la ciudad de México, observada de oriente a poniente. Debió pintarse desde el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional, pues en la parte inferior, a manera de marco, se distingue el almenado de este edificio.

Hay que recordar la importancia de las plazas mayores. Eran, dentro de las ciudades, el espacio público por excelencia, el sitio donde se llevaban a cabo las actividades cotidianas. Fueron por ello un elemento indispensable tanto en las ciudades americanas como en las europeas y se inspiraban en el urbanismo clásico. En el siglo XVIII la Plaza Mayor de la ciudad de México no sólo fue un centro de actividades comerciales, fiestas religiosas y civiles, impartición pública de justicia, sino también fue el lugar donde se reunía la sociedad novohispana para ponerse al tanto de los acontecimientos más recientes, de poca o mucha relevancia, las modas y las ideas en boga.

El ángulo imaginario en que se acomoda la escena representada nos permite una mayor visibilidad sobre toda la plaza, es decir, la perspectiva errónea y la falta de una escala adecuada en los edificios nos deja apreciar con mayor detalle un espacio más amplio de la Plaza Mayor. No quiere decir que el pintor de la obra careciera de conocimientos compositivos, ni que su estilo pictórico fuera ingenuo, sino que pudo valerse de un recurso visual para alcanzar una mirada más completa sin el estorbo de los edificios circundantes.

Una lectura de la imagen, contraria al correr de las manecillas del reloj, parece iniciarse con el traslado del virrey y su comitiva del Palacio a la Catedral. En la composición, el recorrido parece prolongarse para rodear la Plaza Mayor, pasando primero entre el Portal de Mercaderes y el Parián, representantes de los comerciantes más ricos del reino y lugar de abasto de las clases más acomodadas y las provincias del interior. En seguida, al costado izquierdo de la pintura, la calle de la Acequia pasa frente a las casas de Cabildo, donde ejercían sus funciones los miembros del ayuntamiento de la ciudad, importante grupo de poder local, a la par del virrey, las audiencias y la Iglesia.

Por último, como resultado de la barrera de los numerosos espectadores del evento oficial, el camino, así como la base del aparato social jerárquico, desemboca en los puestos y las mesillas que componen el Mercado de Bastimentos y el Baratillo chico, sitios de reunión y abasto del grueso de la población de escasos recursos. Este último aspecto queda unido y sometido al poder del rey en la Columna de Fernando VI, al centro de la composición, la cual resulta indispensable para la ceremonia de afianzamiento de poder que preside el virrey.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

¡Muera el mal gobierno! ~ cuento histórico

Irma Ramírez Orozco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Miguel Hidalgo y Costilla

Los campos permanecieron intactos, la fragua dejó de rugir, el mazo no retumbó en el yunque, las vacas fueron ordeñadas más temprano que de costumbre. Berta, como la mayoría de los habitantes de San Felipe el Real de Chihuahua, había suspendido sus labores para buscar un sitio en las dos filas paralelas que se extendían a lo largo de la villa y ahí, entre un bullicio discreto, temeroso, esperar a los reos.

La explicación de la profesora cayó como una piedra lanzada al fondo de una laguna quieta, cambiándole la vida, trastornando los pensamientos de la pequeña Evangelina. ¿Quién era Miguel Hidalgo? ¿Qué era un calabozo? ¿Por qué la seño’ Mague ponía esa cara tan seria al decir: “El Padre de la Patria” como si hablara de un santo muy milagroso?

Berta llegó hasta la calle principal para acomodarse en la fila, también quería observar a los reos. Su preocupación principal era que se llevaran a Federico a combatir el movimiento insurgente en la “Sección de Provincias Internas” de Durango. Otra guerra no, pensó, y trató de calmarse; sus movimientos nerviosos habían llamado la atención de un voluntario de la Compañía de Patriotas de Fernando VII, que sin casaca ni botas ni alto bicornio ni gruesas charreteras parecía tomar muy en serio su tarea de mantener el orden.

La seño’ Mague y las otras maestras, junto con la corpulenta directora de voz poderosa, los formaron de dos en dos, cada par tomado de la mano, para sacarlos de su mundo de jardín, de flores, de mariposas, de fuentes juguetonas con pececitos rojos, de sus primeras letras pintadas con lápices de colores y números pegosteados de engrudo; para sacarlos de aquel bosque de álamos y sauces llorones que se extendía por el inmenso Parque Lerdo; para internarlos en el mundo extraño, complicado y confuso de victorias y sufrimientos.

Berta había conquistado un lugar en la aglomeración que se movía en un bullicio apagado. Dos días antes, don Nemesio Salcedo y Salcido, el gobernador de las Provincias Internas, había anunciado: “Verán como reos a los ladrones y forajidos que pretenden destrozar nuestros bienes, saquear y profanar nuestros templos, atropellar la honestidad de nuestras esposas y nuestras hijas, rompiendo los vínculos sagrados que nos unen a Dios, al Rey y a la Patria”.

Cruzaron la Plaza Hidalgo, frente al Teatro de los Héroes. Al llegar a la gran construcción de cantera a donde funcionaba el correo y subir la escalinata, conteniendo el aliento, Evangelina alcanzó a ver una puerta oscura, el calabozo era una cueva en un rincón del edificio y se dio cuenta del palpitar de su corazón y su estómago tembló de incertidumbre.

Berta había escuchado a don Nemesio decir con gran seguridad que Chihuahua era realista, que el ganadero de las llanuras, el minero de la sierra y el ranchero común no podían olvidar el apoyo de las tropas del Virrey en la guerra contra los apaches y los comanches, que el respaldo militar lo recibieron por órdenes de la Corona. Y fue al conocer la derrota del cura Hidalgo, cuando el Ayuntamiento de la Villa ordenó una misa cantada y que se iluminaron las calles en señal de júbilo. Pero Berta no sabía nada de la lucha que transcurría en el centro del país, ella, su madre y su abuela habían padecido el eterno conflicto con los pueblos indios y la lucha de sus hombres por dominarlos, por evitar sublevaciones. Ella no estaba de acuerdo con los procedimientos de Salcedo de negociar la paz para luego reprimirlos, de prometer subsidios a los indios pacificados y de pronto suspender la entrega de raciones para obligarlos a trabajar. Con la traición se recrudecía la guerra contra ellos, guerra que parecía no tener fin.

Estandarte de Hidalgo, Virgen de Guadalupe

Evangelina aminoró su caminar, apretando la mano de María Rosa, que mantenía el mismo ritmo en el paso, siguiendo a sus compañeros. Faltaba poco. En la fila las pausas se hicieron más frecuentes. Miró una estrecha escalera que se torcía como una trenza; cada alumno bajaba solo, aunque intentando no despegarse de su compañero.

La amenaza de una nueva guerra se sentía en el aire, pero esto no parecía alterar a los chihuahuenses, estaban tan acostumbrados a la guerra como a los veranos calurosos y secos y a los inviernos fríos y oscuros. Aunque Berta no la aceptaba, en el fondo de sus ojos brillantes se presentía la determinación, en cada sufrimiento que callaba o vivía con entereza, en ella se reafirmaba el mismo sueño: vivir en paz. Por sobre todas las cosas, ella sólo deseaba la paz, así, escueta.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Memoria de mi infancia

Ana Rosa Suárez A.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12. 

La historia de la infancia mexicana ha merecido pocos estudios. Si bien el campo se ha abierto en los últimos años y cuenta ya con varios trabajos de nivel académico excelente, éstos se concentran, sobre todo, en los niños del Porfiriato y la Revolución mexicana. En tal sentido, el testimonio que ofrecemos a continuación tiene un gran interés, pues aborda la vida de Joaquín Moreno, quien sufrió los efectos del abandono de su padre, cuando éste se incorporó a las filas de la guerra de Independencia y su hijo era aún tan pequeño que a su vuelta no lo pudo reconocer, de la prematura muerte de la madre, agobiada por las carencias y el cuidado de varios hijos, que entonces comenzaron a rodar de casa en casa, entre familiares o conocidos.

¿Quién era Joaquín Moreno? Un desconocido, uno de tantos mexicanos que pasaría inadvertido de no ser porque gustaba de llevar un diario y éste no fue destruido a su muerte, sino que cambió de mano en mano hasta ir a dar a un puesto de libros viejos. Allí lo descubrió un bibliófilo, quien permitiría su publicación por Genaro Estrada, entonces director del Archivo Histórico Diplomático Mexicano en el año de 1923. Sabemos así que Moreno llegó a ser el escribiente de la legación de México en Francia cuando Lorenzo de Zavala fue el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario del primer gobierno de Antonio López de Santa Anna (1833-1835). Sus anotaciones de ese lapso ofrecen la mirada viajera de un mexicano sobre Nueva York, París y Roma y se extienden hasta marzo de 1835, cuando regresó al país. Moreno se pierde después en las tinieblas de la historia, pero antes nos proporcionó, sin quererlo, y por lo mismo fresco y auténtico, un relato de los negocios de tierras texanas de Zavala, que explican las razones por las cuales se convirtió en el primer vicepresidente de Texas, la conocida entonces como Repíblica de la Estrella Solitaria.

Joaquín Moreno había nacido en la villa de Jalapa, intendencia de Veracruz, hacia 1808. Al quedar huérfano de madre y sin aparecer el padre, fue recibido por un pariente, quien le educó con gran severidad. Sin recursos, estudió como colegial de beca, hasta que pasó a la tutoría de su cuñado, que le trataba muy mal. El regreso de su progenitor, al término de la guerra de Independencia, no le significaría alivio alguno, hasta que, con aproximadamente unos 18 años de edad, él decidió tomar las riendas de su vida y comenzó a trabajar.

El fragmento que presentamos a continuación forma parte del titulado Diario de un escribiente de legación, uno de los escasos testimonios existentes acerca de la vida de un niño de clase media durante la década de la insurgencia y los primeros años del México independiente. Ilustra la vida de un pequeño que, por la ausencia y la irresponsabilidad del padre, enfrentó no sólo una situación socioeconómica difícil, sino abandono y maltrato. No obstante tuvo la oportunidad de estudiar, siendo la escuela el eje de su vida, siempre con referencia a la iglesia: clérigos, jesuitas, mercedarios, etcétera. Oigamos pues a Joaquín contándonos su historia, cuando era un joven escribiente de legación.

Detalle de ex voto siglo XIX

[...] Qué vida tan llena de aventuras la mía y cuán incierta ha sido siempre mi suerte. Tuve la desgracia de ser hijo de padres pobres; en lo más tierno de mi infancia, a los dos años, quedo abandonado del autor de mis días, lo mismo que madre y tres hermanas niñas, porque le fue indispensable reunirse a las filas americanas en que estaba tan comprometido. ¿Qué de trabajos no soportó mi madre hasta su última hora por procurar a sus hijos una miserable subsistencia y muy mediana educación! El peso de tantos trabajos, aunque en los últimos años ya le prestaban algún auxilio mis jóvenes hermanas y un hermano suyo, ya para procurarnos juntamente con sus padres la subsistencia, ya que para nuestra educación, para mal vestir, juntamente con las continuas meditaciones de nuestro porvenir sin auxilio, le arrancan la vida y quedo huérfano a los diez años de edad, en poder de un tío materno, una abuela y dos jóvenes hermanas, sin más capital que el golpe de haber perdido a una admirable y ejemplar madre [...].

El padre don Alejandro Campos, de 97 años de edad, que era compadre de mi madre y padrino de la hermana que murió, y que nos daba el auxilio en casa, recogió a mis dos hermanas y yo quedó con mi tío, que para procurarnos a su madre y a mí la subsistencia, estaba obligado a sacrificarse día y noche en pintar. Al año murió mi abuelo y mis hermanas cuidaban de que fuese a la escuela cuando vino una orden terminante de un padre don José Santos Coy [superior de los frailes mercedarios], residente en Puebla y propietario de dos haciendas y una casa, que no sé con qué título se decía tío nuestro y con quien vivían años ha dos hermanas de mi padre, para que paséasemos a dicha ciudad. La idea de estar mejor y de la novedad nos hizo aceptar y ponernos en marcha, no obstante el parecer contrario del padre Campos, quien nos ofrecía no abandonarnos ni olvidarse de nosotros en su testamento.

Egerton, Paisaje de Puebla, 1840

Llegamos a Puebla el último día del año de 1819, fuimos bien recibidos y luego se nos impuso que a nuestras tías debíamos llamarles, a ejemplo de otras dos huérfanas y una prima bastarda mía, mamita a la una y mamita quica a la otra y al padre Tata, padrecito. Pasaron las dos semanas de miel y comenzaron los trabajos domésticos con una dureza para mis delicadas hermanas y la escuela para mí. A las otras jóvenes les llamábamos hermanas, aunque no sabíamos quiénes eran ni de dónde procedían. El padre comenzó muy pronto a usar conmigo el sistema bárbaro de azotes por travesuras muy naturales en todo niño, o porque me acostaba más tarde de lo prevenido, y era tal su vicio en azotar, que muchas veces, sin motivo, [...] lo provocaba para satisfacer su infame costumbre. En fin, al finalizar de 1820, salí de la escuela, bien honrado y con el primer premio [...]. Quise abrazar el comercio; pero como dicho padre ni sabía qué cosa era ni había tomado otra educación que la de fraile mercedario, me metió en un colegio de jesuitas, quienes fueron suprimidos al mes de estar yo con ellos [1821].

El trato duro que sufrían mis hermanas y los intereses del padre se combinaron para sacrificar a mi hermana Plácida, de quince años, casándola [ese mismo año] con un tal [José Manuel] Figueroa, de bajo nacimiento y vil educación, que durante su vida dio un trato durísimo a mi hermana y a mí, que tuve la desgracia de estar con él por las circunstancias que seguirán. Ignoro por qué causas luego que se hizo este matrimonio resolvió el padre irse a vivir a la hacienda de Santa Ígueda, dejándome de colegial de beca, recomendando[me] al canónigo don Ángel Pantiga [prefecto de una academia], y mi tía la menor de niña del convento de Santa Clara. Tres meses o cuatro se pasaron de libertad para mí y de duros sufrimientos a mi hermana, sobre todo a la menor, cuando repentinamente viene una orden del padre para que se encargase de mí mi cuñado, porque él me abandonaba enteramente, haciéndome la gracia, por algunos empeños, de no crucificarme. El motivo fue dizque rompía dos pares de zapatos al mes y que andaba hecho pedazos, según le informó Pantiga. Y yo pregunto ¿quién es el muchacho que no vistiéndose más de una vez a la semana, pueda estar limpio, y sobre todo cuando éste sea vivo, fogoso y de carácter violento? Pero en fin, me fue indispensable pasar a ser propiedad de mi cuñado y empeoró bajo todos los aspectos.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Formar lectores Una labor cotidiana

Hilda Saucedo López
FFyL, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12. 

Carl Spitzweg

Los mexicanos, se dice, leemos en promedio medio libro al año. Este dato incierto dibuja una realidad preocupante pero de ninguna manera definitiva, estoy segura de que puede y debe cambiarse. Pero, ¿cómo desarrollar un interés verdadero por la lectura?, ¿cómo fomentar el gusto por leer?, ¿cómo propiciar un encuentro entre la literatura y aquellos quienes no tienen ni el hábito adquirido en su formación académica ni pertenecen a una tradición de lectores?, un encuentro que emule el de la chispa y la yesca.

Leer, cuando se realiza por gusto, es el acceso a realidades diversas, a universos posibles o probables, es también la fuente nutricia donde abrevamos ideas con las que podemos coincidir o discrepar al comparar con las propias. Y si leer nos lleva a reflexionar es claro que nos ofrece la posibilidad de ser cada vez mejores como personas y también ser capaces de acceder a un mejor nivel de vida.

Finalmente, estamos sembrando en la tierra más fértil escuchó un día y me propuse probar que era cierto. Trabajaba entonces en un poblado al cual, de ranchos esparcidos en la árida serranía, llegaban cada mañana a la casa ejidal acondicionada para utilizarse como escuela, algunos niños y niñas, yo atendía al primer año. Todos tenían responsabilidades sin fin dentro de sus familias y ninguno podía leer un renglón completo (nunca habían leído en voz alta), uno que iba de un rancho particularmente lejano ni siquiera conocía todas las letras.

Los alumnos y yo debíamos cumplir con un programa muy extenso, una cantidad increíble de páginas por leer y comprender y ejercicios por realizar en cuarenta minutos, luego de la emisión del tema televisado de 20 minutos. Una misión casi imposible.

La meta era el aprendizaje de los temas, pero antes era indispensable que aprendieran a leer, y para ello los chicos necesitaban conocer todas las letras y su sonido, leer las frases, las oraciones, los párrafos y entender el contenido, explicarse los conceptos y finalmente tomarle gusto a la lectura. Todo mientras el año lectivo iba ya caminando.

Ese primer día de clase, luego de la sorpresa, realicé un diagnóstico individual: cada alumno leyó en voz alta uno o dos renglones de su libro de texto con la solemnidad que el caso ameritaba. Prohibó realizar ruidos que denotaran la más leve burla. Al intentar leer, a unos les lloraron los ojos por el esfuerzo, otros lloraron ante su incapacidad.

Necesitaba una idea eficaz y veloz. ¿Cómo combinar disciplina, constancia, placer, curiosidad, esparcimiento, con equidad y honestidad para no ahuyentarlos o fracturar al grupo?

Enumeré unos cuantos puntos de disciplina no sólo para los alumnos, también para mí: jamás, por ningún motivo habría una burla ni un regaño por un logro no alcanzado, las llamadas de atención se circunscribirían a la disciplina y el respeto, quedó proscrita cualquier exclamación que denotara la percepción de un fracaso, aunque este fuera real e inminente. El respeto es necesario, la aceptación de las deficiencias todavía más.

Dado que en los planes de estudio no figuraba un tiempo específico para la lectura, la actividad tendría carácter extracurricular, sin calificación, su inserción entre las horas de clase obedecería a la posibilidad de dejar libres unos minutos.

La tarea comenzó ese mismo día. En los lapsos entre una clase televisada y otra leían a coro en el libro de texto de la clase recién vista intentando hacerlo de manera simultánea. No lo consiguieron.

Feria Internacional del Libro Universitario

En los días siguientes la lectura en coro siguió siendo la actividad básica. Al iniciar cada materia los conceptos se leían en coro y voz alta. Con el paso de los días adquirieron soltura pero, sin comprensión, no era útil.

Unas semanas más adelante la lectura en coro durante la clase de español se realizaba despacio y atendiendo a un suave golpe en el escritorio con el que yo marcaba las pausas, todas: las de comas, dos puntos, punto y seguido, punto y aparte, y punto final iguales. Cuando ya eran capaces de detenerse sincronizadamente, vino el ejercicio de la entonación que distinguía a cada una de ellas, una vez aprendida se aceleró el ritmo de la lectura. Pues como lo enseña Mijail Bajtíon, teórico y crítico literario de origen ruso, quien realizó estudios de la obra de Dostoievski, la entonación (por supuesto) le da sentido al texto.

Feria del libro Oaxaca 2010

Fue en esta etapa en la que uno a uno, empezaron a comprender el contenido de los textos. Algo cambiaba en su interior al descubrir que el texto realmente “les decía” algo, la expresión de alegría y sorpresa en sus rostros, semejante a la apertura de la corola de una flor, se repitió sin excepción en cada chico.

Durante unos pocos días se siguió con la lectura en coro. Las participaciones para explicar o preguntar entre ellos eran tímidas, sin embargo, adquirieron seguridad para completar, corregir o refutar lo escuchado. Era evidente el inicio del proceso de construcción de significados a partir de la lectura.

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La Casa del Estudiante Indígena, ¿un experimento psicológico-social? (1926-1932)

Sofía Crespo Reyes
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

El Presidente entrega la bandera en la Casa del estudiante indAi??gena

La Casa del Estudiante Indígena o, como también se le llamó, Internado Nacional Indígena, fue un proyecto educativo pre-sentado en la clausura de la campaña electoral de Plutarco Elías Calles, en junio de 1924, como el más grande experimento psicológico-social que realizaría el nuevo gobierno, dirigido a incorporar a los grupos indígenas a la vida civilizada.

Se trataba de reunir en la ciudad de México a indios varones de raza pura, originarios de comarcas con densa población indígena, que hablaran una lengua autóctona y contaran con inteligencia, vigor físico y salud. Los jóvenes seleccionados recibirían instrucción primaria y la enseñanza de un oficio manual, agrícola o industrial. Una vez concluidos sus estudios regresarían a sus comunidades como líderes y gestores del desarrollo, enseñando las formas de vida civilizada y moderna que las motivarían a salir del atraso en que se hallaban.

Casa del estudiante indAi??gena

Pese a que hubo diversos proyectos dirigidos a la incorporación de estos grupos durante el decenio de 1920, la Casa del Estudiante Indígena sobresalió por sus objetivos: anular la distancia evolutiva que separa a los indios de la época actual, transformando su mentalidad, tendencia y costumbres, probar su capacidad intelectual por medio de la educación, promover una solidaridad étnica que animaría a los alumnos a volver a sus pueblos a enseñar y fomentar el alma nacional en sus hermanos de raza.

Joven huichol y su padre al llegar a la casa del estudiante indAi??gena

El plantel se inauguró el 1° de enero de 1926 (sin acto político alguno), con 200 alumnos, cuyas edades oscilaban entre los 11 y 19 años, procedentes de 27 grupos indígenas. El plantel se encontraba en la Calzada la Verónica núm. 85, colonia Santa Julia, Tacuba. El doctor José Manuel Puig Casauranc, secretario de Educación Pública, cuenta en La casa del estudiante indígena. 16 meses de labor (1927) cómo se pretendió que el lugar fuera sobrio y de buen gusto y que se dio un énfasis particular a los espacios amplios, ventilados, higiénicos y bien iluminados, para acostumbrar a los alumnos a vivir en un ambiente sano y limpio, distinto del jacal al que “dice” estaban acostumbrados.

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