Archivo de la categoría: BiCentenario #24

Pasiones de un maquinista

Darío Fritz

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México núm. 24.

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A mi Lucha adorada, con todo mi cariño, Orizaba, Guillermo, 22 de octubre de 1921, Veracruz. Colección ARSA.

Los que nacieron con el ferrocarril a un paso de sus casas  o formando parte de sus vivencias personales –subir en él para vacacionar, visitar familiares, asistir a una cita médica importante–, saben de los ritos que podía generar y el respeto que deparaba. Desde preparar maletas, llegar con anticipación a la estación, instalarse a conversar en la sala de espera, divagar por los acompañantes que la fortuna deparaba para la travesía (especialmente para los pasajeros de poblaciones intermedias que subían sin asientos numerados) o si la calefacción ayudaría a hacer más soportables las noches gélidas. El andén de una estación ferroviaria podía ser bullicioso, y nadie dejaba de otear en el horizonte para ver al filo de las vías si aquella mole de hierro se acercaba. Un punto de luz en la inmensidad lo delataba en la noche; el vibrar de los durmientes o un pitido perdido lo hacía reconocer en el día. Pero su entrada a una estación siempre era triunfal. Nadie se animaría a llamarle la Bestia. Todos callaban a su paso, sinónimo de respeto y gratitud, o una necesidad ante el estruendo ensordecedor. El olor particular del combustible y de los frenos de la locomotora invadían con su aura, diferente del que se sentía dentro de los vagones. El rito continuaba: mientras los pasajeros se acomodaban en sus asientos y  hasta algún familiar subía a ayudar, especialmente hombres, abajo los más curiosos caminaban junto al convoy para ubicar a conocidos de otros pueblos o descubrir nuevas caras. Era también una forma de sociabilizar. Tres personajes eran clave en la llegada del tren: el jefe de estación, tan respetado como el jefe policial del pueblo, el guarda y uno casi invisible pero imprescindible, el maquinista. Serio y concentrado observaba todo el tiempo el horizonte, atento a que nada se le atravesara sobre las vías. Tenía su glamour, como el de los pilotos de aviones actuales, aunque eran su antítesis. Desconocidos para el pasajero, vestían overol, se engrasaban con tanto fierro que manipulaban y como cumplían funciones de mecánicos, sus manos distaban de estar sedosas. El glamour lo alimentaba el poder de conducir hasta un nuevo destino. Ese era el caso de Guillermo Fernández (manos en la cintura en la imagen) posando junto a su equipo en la locomotora que en los años veinte cubría el recorrido México-Veracruz. Después de haber sido uno de los reprimidos en la huelga de Río Blanco, sumarse a la revolución y sufrir la persecución de los huertistas, en tiempos de paz ya pudo dedicarse a su pasión de la infancia: manejar locomotoras. Al pasar por Orizaba gozaba con tocar el silbato y que le saludaran. Allí estaba Luz del Carmen Bravo, que corría desde su casa cercana. En poco tiempo se casarían y tendrían dos hijos. El 22 de octubre de 1921 el maquinista enamorado le envió esta foto con dedicatoria, una postal de su otra pasión.

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Conrado Zuckermann, el inicio de una vocación médica

Ramón Aureliano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Su llegada a la medicina estuvo precedida por otras aficiones estudiantiles como el derecho y la ingeniería. Pero cuando le dijeron que sólo podría ser médico, ya nunca dejaría la profesión, de la mano de otras tres preferencias personales: los viajes, los libros y las mujeres. Empezó muy de abajo, trabajando de bibliotecario o empleado administrativo, hasta llegar a ser una de las figuras más destacadas entre los galenos de la ciudad de México.

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Conrado Zuckermann Duarte, galería de ex directores de la Academia Mexicana de Cirugía, Auditorio de la Academia,
México. Colección particular

Personaje multifacético, gran conversador, escritor, polemista y destacado alumno de la Facultad de Medicina de la Universidad de México –durante sus seis años de estudios universitarios obtuvo calificación de diez. En 60 años de vida profesional Conrado Zuckermann fue un reconocido oncólogo, cirujano y ginecólogo obstetra. Nació el 7 de noviembre de 1900 en Mérida, Yucatán, y murió el 7 de agosto de 1984 en la ciudad de México. De fi- gura recia e imponente, como lo definían quienes lo conocieron, dejó una profunda huella en pacientes, colegas y estudiantes, aunque también algunas animadversiones entre políticos y médicos.

A continuación presentamos algunos fragmentos de la entrevista que se le hizo a fines de 1977, disponible con la clasificación PHO/8/29, y en la que Zuckermann habla ampliamente de los primeros años de su larga vida profesional.

La entrevista forma parte del Archivo de la Palabra del Instituto Mora, que cuenta con varias conversaciones con médicos mexicanos que se formaron y trabajaron en las principales instituciones médicas del país después de la revolución de 1910, y que en su mayoría hoy son importantes centros asistenciales y de investigación como el Hospital General, el Instituto Nacional de Cancerología –ligado a la vida de Conrado Zuckerman–, el Instituto de Investigaciones en Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán o el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez.

La familia

Antes de contestar la pregunta que ustedes me hacen, sobre mi origen en mi vida terrestre –ojalá que haya vida después de esta–, quiero señalar que el concepto que nosotros tenemos de existir en este planeta, la mitad es tragedia, y el que se dedica más a la tragedia lo único que hace es precisamente entristecer su vida y ver todo en fase de pesimismo, y el que la ve exclusivamente como comedia entonces se vuelve, como se comprende, un cómico y eso no es la realidad de la vida. Entonces mitad y mitad, comedia y tragedia. La pregunta yo quisiera contestarla con un poquito de detalle. Empezaré por la familia de mi madre: el apellido es de origen español, de la cercanía entre España y Portugal. Los Duarte vinieron primero a Santo Domingo, uno de los próceres de la historia de Santo Domingo es pariente lejano mío. Después pasaron a Cuba, y de Cuba a Yucatán, a Mérida y a una población al sur de esta, a la mitad del estado, que se llama Tekax. La rama Zuckermann es también una mezcla. Mi padre nació en Budapest, su papá en Viena y su abuelo en Berlín.

Conrado Zuckermann 30793

La mamá de mi papá era polaca, de la Polonia austriaca de aquella época, de la ciudad de Lemberg, luego también por ahí hay mezcla de alemán con eslava. El apellido Zuckermann quiere decir hombre dulce, hombre de azúcar. Algunos creen que es de origen israelí, cierto que hay Zuckermann israelí, pero hay Zuckermann católicos, como hay Weismanns tan católicos que llegaron a cardenales, y hay Weismanns judíos. Además, no tiene nada de malo; el primer judío importante del mundo es precisamente Jesucristo, de manera que yo me siento muy contento de que en mi rama desde el punto de vista religioso haya tanto católicos como israelíes. Ese es el origen de mi familia.

Y estando mis padres en Yucatán nací yo, el 7 de noviembre de 1900, en la ciudad de Mérida en una parte que se llamaba Chuminopolis, y fui bautizado días después de nacido.

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Mariposas al vuelo

Gloria María Fulladosa Morales

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

En medio del escenario, la voz no se apaga. La solista queda en el centro de una esfera opresora, sujeta a los arbitrios de sus íntimas extrañezas. Siente que pierde su chaqueta y se le estruja el corazón. Cree escuchar los sollozos de la muchedumbre. La función está por terminar..

Gran evento musical tuvo lugar en Lecumberri. Extraordinaria función única a cargo de Guillermo Ferrer Clavé, director del Orfeo Catalá.
El Imparcial, septiembre de 1910.

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Moda de los teatros a principios del siglo xx, en Ernesto Chavero, Teatros en México 1910-1911,
México, Artes y Letras, 1911.
Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”- Instituto Mora

Sylvia lamenta ser tan pelirroja y llamativa. Preferiría desaparecer como aquella muchacha que la asombró hace algunos años en el escenario del Teatre Principal de Barcelona, al evaporarse de la escena milagrosamente entre antorchas y fogonazos, mientras el ilusionista sonreía diabólico y profesional. Ahora esto no es posible, está obligada a permanecer al frente del improvisado escenario porque no solamente forma parte de las primeras voces del coro, sino que también es una de las solistas; debe actuar para esa audiencia deformada y trastornada por el encierro. El desasosiego atrapa a la joven, debilita sus rodillas, siente los ávidos ojos que desmenuzan su cuerpo y recuerda la constante burla de sus hermanas: ¡Ay, Sylvia! ¿Qué se siente ser tan vanidosa? ¡Eres la presunción andando, hermanita! Sonríe un poquito, muy poquito y de lado. Ya les contará, ya les platicará lo que se siente entrar al Palacio Negro. La verdad es que hoy quisiera con toda su alma no ser como es. Se esconde detrás de un muro imaginario, permanece con la mirada baja, ni siquiera se atreve a sonreír. Durante el concierto, el volumen de su voz descendería provocando la mirada interrogante de Guillem Ferrer Clavé.

Eran las diez de la mañana cuando los carros que trasladaban a los artistas disminuyeron la marcha al desembocar por la ancha avenida polvorienta, para estacionarse frente a la sobria construcción circundada por llanos y pastizales secos. Después de traspasar la muralla almenada, les esperaba un gran mezzanine y a la derecha una puerta que daba acceso  al penal. Los artistas caminaban uno detrás de otro y eran revisados por guardias que veían los pases y escudriñaban sus rostros, el de ella en especial.  Penitenciaria, En MAi??xico su evoluciA?n social, MAi??xico, J, Basllesca y CompaAi??Ai??a 1902 (640x158)Las pecas, la cabellera  rojiza que apenas podía dominar con un chongo, el cuerpo como figurín de revista y los grandes ojos color miel deslumbraron al último de ellos, un hombre cuyo uniforme tenía un tono menos oscuro que el resto. La saludó inclinando la cabeza. Ella, orgullosa, abanicando las pestañas, levantó el mentón para que su nariz respingada luciera mejor y desvió la mirada hacia otro lado con arrogancia, mientras avanzaba en fila como habían ordenado los oficiales de policía. El guardia no se desanimó y decidió ocupar el lugar del empleado que prendía unos distintivos especiales en la ropa de cada uno de los visitantes. Eran artesanías realizadas con papel de china.

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Melesio Morales gana su lugar en la ópera del siglo XIX

Cecilia Vargas Ramírez
Facultad de Filosofía y Letras

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

La clase alta de la ciudad de México admiraba hacia 1860 la música de Verdi, Bellini o Donizetti. Apostar entonces por mexicanos ejecutando interpretaciones propias parecía una locura. Hasta que un grupo entusiasta juntó ideas, propuestas y dinero para hacerlo realidad.

Meesio Morales  En mil personajes en el mexico del siglo XIX, 1840-1870 Banco Mexicano Somex, 1979 T II (464x640)

Melesio Morales, en Mil personajes en el México del siglo XIX, 1840-1870, México, SOMEX, 1979.

Era la noche del 14 de noviembre de 1865 cuando en el entreacto de la ópera Baile de Máscaras, de Giuseppe Verdi, que se estaba presentando en el Teatro Imperial de la ciudad de México (antes conocido como Gran Teatro Nacional) se empezaron a escuchar gritos y palmoteos desordenados que provenían de las galerías del teatro. Se trataba de un gran grupo de estudiantes de la Escuela de Bellas Artes que pedían a gritos que la compañía de ópera que se presentaba esa temporada en el Teatro Imperial accediera a poner en escena la ópera Ildegonda del joven músico mexicano Melesio Morales. Los estudiantes colgaron de la barandilla del teatro un cartel con la leyenda “Ildegonda”, y no pararon de hacer escándalo hasta que Annibale Biacchi, el empresario que era dueño de la Compañía de Ópera, salió al escenario y declaró al enardecido público que cumpliría con sus exigencias: la ópera Ildegonda, de Melesio Morales, sería representada esa misma temporada. Satisfechos, los estudiantes que habían iniciado el alboroto ocuparon nuevamente sus asientos y el espectáculo pudo continuar. Esta velada escandalosa fue el punto culminante de una serie de conflictos y negociaciones entre un grupo de intelectuales, Melesio Morales y el gobierno del emperador Maximiliano por un lado, y el empresario Biacchi, por otro.

Partitura Melesio M., Puebla (534x640)

H. Naguel, sucesores y Litografía de
A. Sánchez, “¡Ilustre Puebla de Zaragoza
México te saluda!”, Melesio Morales (compositor), partitura musical, 1869. Colección particular

Morales había estudiado música desde los nueve años y fue alumno de algunos de los músicos más destacados de la primera mitad y mediados del siglo XIX, como Agustín Caballero, Felipe Larios y Antonio Valle. En 1863, cuando Morales apenas contaba con 25 años de edad, estrenó su primera ópera titulada Romeo y Julieta. Por entonces trabajaba como maestro de música en la pequeña academia establecida en la casa del músico Cenobio Paniagua y se empleaba también con las diversas compañías de ópera extranjeras que venían a México. Morales se había casa- do con Ramona Landgrave, quien era parte de una de las familias mexicanas más importantes y poderosas. Sin duda, todo esto ayudó a que a lo largo de su vida conociera a diversos personajes influyentes que serían un factor clave en la evolución de su carrera como músico. Además, era un asiduo concurrente a las tertulias que se organizaban en la casa del pianista Tomás León, a las cuales acudían también personajes notables de la época que compartían un enorme gusto por la música, entre los cuales no sólo había músicos como Paniagua y Aniceto Ortega (que también era médico), sino que asistían abogados (el caso de Urbano Fonseca), geógrafos (Antonio García Cubas, por ejemplo) y escritores como Agustín Siliceo.

Un club fantasma

ue este grupo de hombres cultos quienes, al enterarse de que Melesio Morales estaba interesado en dar a conocer su nueva ópera, intercedieron por él ante el empresario Biacchi. Para ello se presentaron como miembros de un supuesto club filarmónico que se haría responsable de los gastos de la puesta en escena de Ildegonda. Dicho club en realidad no existía en ese momento pero era necesario decir lo opuesto para convencer a Biacchi de que la Ildegonda de Morales podía resultar una inversión segura y seria. Biacchi no aceptó. Antonio García Cubas, quien se presentó ante el empresario italiano como parte del club filarmónico, afirmó que este expresó su decisión en estos términos…

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Porfiriato a la carta

Donají Morales Pérez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Disfrutar de una buena mesa fue una de las maneras en que se establecían vínculos y se decidía en política. El despliegue culinario que se dio a lo largo del gobierno de Porfirio Díaz nos ofrece un claro ejemplo de la intencionalidad política de estos encuentros.

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Banquete por la inauguración del camino a Iguala, Chilpancingo, mayo de 1909, Archivo Casasola, inv. 34444. SINAFO, CONACULTA-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Los banquetes, más que una ocasión, son el pretexto, un momento breve para festejar, conmemorar, halagar y sin duda para discutir y conspirar. Un espacio muchas veces vinculado a la política en el que se busca complacer para velar pretensiones y donde la buena comida termina por ser parte de lo que se ofrece. Conocidos o muy escuchados son aquellos que tuvieron lugar en la época de don Porfirio Díaz, al igual que la manera en que este último fue olvidando sus principios de sobriedad y de no reelección. En este sentido, el propósito de este artículo es mostrar cómo la prensa, con un lenguaje culinario-gastronómico, revela, desde el comienzo de la dictadura, que los banquetes fueron un elemento inherente a la política, y cómo han influido en la forma en que hoy es posible construir una imagen del periodo.

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Plato de la vajilla de Porfrio Díaz, fotografía de Guadalupe Villenave.
Colección particular de la familia Villenave

Así, para dar la noticia de un banquete que fue ofrecido en su nombre en la Casa de Moneda, apenas unos días después de haberse convertido en presidente de México, el semanario La Linterna (21 de mayo de 1877) anotó: “Ir a los banquetes es malo, porque el recargo de alimentos entorpece la digestión; esto exclamaba el general Porfirio cuando corría con la velocidad del rayo en Icamole. Los Presidentes de México –continuaba– deben morirse de hambre, comer es tiranizar al pueblo, la gastronomía es el escollo de las libertades”. Porfirio triunfó porque los tuxtepecanos debían encontrar en México las comidas, y olvidó desde luego sus rigurosos principios de sobriedad. Procuró recompensar sus trabajos en la Sierra y se entregó a gozar de las convivialidades y de los paseos. Los tuxtepecanos tenían un argumento sumamente original: Lerdo era refinado en sus manjares, luego era un tirano. Ahora el general Díaz, aunque con menos gusto y menos elegancia que el Sr. Lerdo, ve con entusiasmo los placeres de la mesa, y a ningún general se le ocurre calificarlo de déspota. Cuestión de situaciones. A un niño no se le puede hacer comprender que se pueden levantar con la mano algunas arrobas, y un tuxtepecano, flaco y débil en 1876 no concebía del triunfo que un hombre pudiera comer todos los días.

A la luz del tiempo, esta crítica que hizo La Linterna se transformó en presagio. Justo en la misma publicación en la que Francisco Bulnes había escrito poco antes un artículo con el título “¿A dónde iremos?” (23 de abril de 1877), se señalaba:

El partido tuxtepecano se ha desgarrado en tres fracciones para dar una prueba más de su constante tendencia a la unión del partido liberal. Devorado el primer servicio, los netos ven llegar al festín gente con pretensiones de convidados, y cubren precipitadamente los manjares escapados a las aventuras de la digestión. Los menos netos comienzan a espantarse infiltrados por la amargura de las decepciones. El nombre de los que se quieren llamar es terriblemente significativo: ¡senadores! He aquí una palabra que debe producir los efectos de una solitaria, en estómagos que habían encontrado un especial consuelo en las partidas del presupuesto de egresos.

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La fortaleza de San Carlos de Perote

Jairo Eduardo Jiménez Sotero
Universidad Veracruzana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

En más de dos siglos de vida, esta fortaleza veracruzana albergó tropas de la corona española, estudiantes militares, soldados estadunidenses, revolucionarios, alemanes, italianos y japoneses durante la segunda guerra mundial, así como presos comunes. Su historia hoy se puede apreciar como museo.

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Entrada a la fortaleza de San Carlos, 2009, Perote, fotografía de Jairo Eduardo Jiménez Sotero

 

Las estatuas de dos soldados de la corona española reciben al visitante cuando se ingresa al castillo de San Carlos de Perote. Representan a los centinelas Francisco Ferrer y Jaime Castells, quienes por abandonar la guardia en el baluarte de Figueres, Cataluña, a fin de batirse por el amor de Olalla de Clots, y pese a haber muerto ambos en el encuentro, fueron condenados a montar eterna vigilancia en ultramar.

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Murguía e hijos, Planta de la fortaleza de San Carlos de Perote, litografía, en
Manuel Rivera Cambas, Historia antigua y moderna de Jalapa, México, Imprenta de I. Cumplido, 1869. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”-Instituto Mora

La toma de La Habana en 1762 por parte del imperio británico y el estado deplorable en que se hallaban San Juan de Ulúa y las murallas que protegían  a Veracruz llevaron al virrey Joaquín de Montserrat, marqués de Cruillas, a pedir el apoyo de la corona para la fortificación del puerto, lo cual suponía la necesidad de erigir en el pueblo de Perote, sobre el Camino Real, y a tres tránsitos regulares de tropas del puerto, un almacén para la gran cantidad de pertrechos que requerirían las tropas, y que el clima caluroso de la costa echaría a perder. El proyecto se inscribía, por lo demás, en el proceso reformista emprendido por la nueva casa reinante de los Borbones, que se proponía que el imperio español recuperara el sitio que tuvo en el concierto de las naciones europeas, e incluía la modernización de la infraestructura militar. Apenas un año después, en 1763, llegaría a Nueva España el ingeniero brigadier Manuel de Santisteban, quien pronto se ocuparía de reconocer tanto las defensas del puerto como las de tierra adentro, y decidió levantar una fortaleza en Perote, para también asegurar las ciudades de Puebla y México, y ser puesto de vigilancia, no sólo del paso de personas, sino de mercancías.

Baluarte de San Carlos Perote (800x534)Los trabajos de  construcción se aprobaron en 1769, en el virreinato de Carlos Francisco, marqués de Croix. Al año siguiente se iniciaron, a cargo de Santisteban, y concluyeron en 1777, con el virrey Antonio de María de Bucareli. La fortaleza recibió el nombre de San Carlos, en honor del entonces rey Carlos III de Borbón (1759-1788). Se trata de un recinto de planta cuadrada, cuyos ángulos terminan en baluartes, puestos bajo la advocación de San Carlos, San Antonio, San Julián y San José; con un foso protector, trincheras y troneras que rematan los muros y que son resultado de una arquitectura bélica funcional. La fortaleza de San Carlos de Perote sería sede del primer Colegio Militar de México entre 1823 y 1827, y en la guerra con Estados Unidos fue utilizada por las huestes de este país como prisión y sitio para vigilar a las guerrillas, que le causaban muchos problemas. Más tarde, el ejército republicano intentó volarlo en vísperas de la invasión francesa, en 1863, a fin de que no sirviera al enemigo, sin conseguirlo, aun cuando sí se provocó una explosión en el pueblo cercano.Ya en el siglo XX, durante la revolución mexicana, el edificio se empleó como cárcel por parte de las tropas federales y las constitucionalistas, y más tarde, durante la segunda guerra mundial, fue centro de reclusión para los ciudadanos alemanes, italianos y japoneses que permanecieron en México. A partir de agosto de 1949 se convirtió en reclusorio del estado de Veracruz, y así continuó hasta su cierre en marzo de 2007.

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Muro lateral poniente de la fortaleza de San Carlos, 2008, Perote, fotografía de pacoméxico.

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El EZLN a dos décadas de su surgimiento

Diana Guillén
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.


Chiapas ya no es la misma entidad que el levantamiento zapatista de 1994 colocó en las primeras planas nacionales e internacionales, por lo que a dos décadas de distancia conviene plantearse interrogantes como ¿a la sociedad chiapaneca le ha dejado algo?, ¿ha significado cambios importantes para las comunidades indígenas?, o ¿tuvo alguna incidencia para la vida nacional e internacional? Aventurar posibles respuestas a estas y a otras preguntas es el reto del presente artículo.

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Delegados zapatistas, fotografía de Julian Stallabrass, 1996, www.flickr.com/creativecommons.

Antes de que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional  (EZLN)  colocara a Chiapas en las primeras planas de la prensa nacional e internacional, propios y extraños reconocían en la entidad un lugar de indescriptible belleza física donde además de paisajes, edificios colonia- les o ruinas mayas, podían encontrarse las particularidades de la vida indígena. Había quienes en todo ello identificaban desafiantes laboratorios cuyas puertas abiertas tentaban a biólogos, médicos, arqueólogos, sociólogos, antropólogos, economistas y cuanta mirada curiosa buscara acercarse a los distintos aspectos de la cotidianeidad local. Estaban también quienes desde las esferas privada o gubernamental explotaban los recursos agrícolas, madereros, ganaderos, eléctricos y petroleros que ofrecía, o aquellos que consolidaban posiciones políticas con el respaldo de votos rurales fácilmente manipulables.

El punto de partida para este texto es ese mundo de contrastes que era y sigue siendo Chiapas; en concreto interesa ver qué ha significado dentro y fuera de la entidad el que con la última de las campanadas de 1993 y las uvas que apurábamos para festejarlo, el EZLN lanzara un reto armado al gobierno mexicano. Aventurar posibles respuestas a dicha in- terrogante es el horizonte que propongo como parte del recorrido a vuelo de pájaro por una historia reciente que sigue escribiéndose y dentro de la cual vale la pena hurgar así sea de manera fugaz.

Hoy decimos basta…

Durante la década de los setenta se lanzó una campaña cuya emblemática frase ¡Todo en Chiapas es México! recorrió el país entero y se convirtió en la invitación oficial para conocer el estado. A 150 años de que la entidad se incorporara al pacto federal se utilizaron diversos medios de comunicación para reforzar la idea de que, a pesar del aislamiento y abandono en los que se encontraba y de lo poco que se había hecho para remediar su situación, el extremo sur de México también formaba parte de la nación.

Al tiempo que se conmemoraba el siglo y medio que cumplían los chiapanecos como mexicanos, el tendido de puentes entre unos y otros se acompañó de una creciente dependencia federal hacia el potencial petrolero e hidroeléctrico escondido tras sus exhuberantes selvas y caudalosos ríos. En términos económicos y geopolíticos, Chiapas se convirtió en un punto neurálgico para el conjunto del país, pero la riqueza que de manera sostenida empezó a aportar en beneficio del mismo, lejos de traducirse en mejores condiciones de vida para la mayoría de sus pobladores, añadió nuevas inequidades a las ancestralmente existentes.

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Clausell, cárcel y fuga de un periodista crítico del porfiriato

Fausta Gantús
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Apoyado en el poder judicial, el régimen de Porfirio Díaz persiguió a la prensa opositora. Varios periodistas terminaron encarcelados, entre ellos el campechano Joaquín Clausell, quien se destacó por su rechazo al reeleccionismo. Una mañana logró evadirse de sus carceleros y huyó a Estados Unidos. Su escape acentuó las diferencias entre la prensa proporfirista y los críticos al gobierno..

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Joaquín Clausell, Autorretrato, 1895, tinta sobre cartón, México. Tomado de Joaquín Clausell y los ecos del impresionismo en México, México, Instituto Nacional de Bellas Artes- Patronato del Museo Nacional de Arte, 1995

La mañana del 24 de octubre de 1893 los pequeños papeleros que cotidianamente recorrían el centro de la ciudad de México voceaban con entusiasmo la noticia que durante los siguientes días fue motivo de atención de los diversos representantes de la prensa: la fuga de prisión del periodista Joaquín Clausell.

Esta fuga ponía en evidencia varias de las contradicciones del régimen porfiriano. Por un lado, el ya conocido contubernio entre el poder judicial y el ejecutivo en detrimento de la labor periodística; por el otro, exhibía las debilidades del sistema de seguridad, en particular la labor de la policía. Pero también, podemos suponer, la evasión del escritor constituía un escarnio para las autoridades, lo que resultaba quizá la parte más molesta y agraviante para el gobierno. Es posible imaginar que una buena parte de la sociedad volviera su atención al suceso celebrando el escape como una especie de triunfo colectivo.

Para 1893, año de su célebre fuga, Clausell aún estaba lejos de la pintura, arte en el que sobresaldría a principios de la siguiente centuria y por el que cual continúa siendo re- conocido. Se asume que fue durante el exilio provocado por esta huida que viajó a Europa, ahí radicó un tiempo en Francia y se acercó al movimiento impresionista. Además de sus famosas obras, en particular los paisajes marinos, dejó plasmados su arte y su compleja personalidad en las paredes de su estudio, el cual quedó cubierto con cientos de imágenes que cautivan la mirada y los sentidos. Igual que cautiva la atención su azarosa vida como periodista y opositor al régimen porfirista.

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Palacio Penal de Belem, ca. 1910, ciudad de México. Library of Congress, Washington D.C

 

Clausell llegó a la ciudad de México a principios de la década de 1880 proveniente de la provincia, como tantos otros de los hombres que después ocuparían lugares destacados en la esfera pública. Nació en Campeche, lugar del cual emigró mientras cursaba estudios de bachillerato en el Instituto Campechano por los conflictos provocados por sus expresiones políticas y su actitud irreverente y contestataria ante las autoridades del propio Instituto y del gobierno del estado, en especial de los hermanos Pedro y Joaquín Baranda, importantes personajes de la vida política. Con Joaquín se encontraría de nuevo a lo largo de su vida en la capital del país, pues este ocupó por cerca de 20 años la cartera de la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública durante los gobiernos de Manuel González y Porfirio Díaz. Instalado en la gran metrópoli, Clausell pronto empezó a participar en diversas manifestaciones en contra del gobierno porfirista hasta llegar a ser uno de los principales líderes del movimiento antirreeleccionista de 1892.

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El cine mexicano de luchadores. Héroes, máscaras y llaves

Martín Josué Martínez Martínez
Colegio de Historia-FFyL, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Durante tres décadas, el cine de los personajes enmascarados catapultados como héroes descolló en la escena popular, a pesar del rechazo de la cinematografía oficial. Alrededor de 150 cintas fueron producidas, aunque no todas -por sus imágenes atrevidas para la época- llegaron a las salas mexicanas, pero sí a las de Europa, América Latina y Medio Oriente.

Las lobas del ring, cartel publicitario, MAi??xico, 1965. ColecciA?n particular.

Las lobas del ring, cartel publicitario, México, 1965. Colección particular.

Justo cuando las luces se apagaron y el telón se abrió, las poco más de 3 000 personas reunidas Santo contra las mujeres vampiro (640x469) aquella noche del 11 de octubre de 1962, en el imponente cine Mariscala, inundaron el ambiente con gritos, chiflidos y aplausos. La película que permitió tal congregación era Santo contra las mujeres vampiro, escrita por Fernando Osés, dirigida por Alfonso Corona Blake y protagonizada por el heroico Enmascarado de Plata quien compartió pantalla con la sensual Lorena Velázquez. Conforme fue avanzando la trama el silencio reinó entre los espectadores.. Algunos, inclusive, se colocaron al filo de la butaca en espera del trágico desenlace que auguraba la escalofriante atmósfera. Entre los asistentes se encontraba Carlos Monsiváis, cuya ágil pluma legó a la posteridad un testimonio del ritual catártico que se vivía en el templo del séptimo arte, pues en el momento en que el Santo salió a combatir a las huestes demoníacas con sus llaves, planchas y patadas voladoras, el público rompió su mutismo, aventó vasos y profirió una retahíla de insultos: ¡Atrás de ti Santo! ¡Jódetelo! ¡Dale en su madre a la vampira!

La película anterior se inserta en una serie de cintas que dan forma a un macrogénero mejor conocido como cine de luchadores, el cual se caracterizó por la abundancia de enfrentamientos corpóreos, la mezcla de dos o más géneros cinematográficos, el corto tiempo de producción y los presupuestos irrisorios, factores por los que también fue considerado como cine de serie B o cine churrero. Durante su época sólo recibió vituperios por parte de la crítica cinematográfica oficial, la cual se refirió a él como inverosímil, ridículo y miserable. Sin embargo, su fórmula resultó ser tan exitosa que mantuvo a flote a la industria  del cine nacional justo cuando Santo contra las mujres vampiro (640x479)atravesaba por una de sus peores crisis, resultado de la recuperación del mercado hispanohablante que emprendió Estados Unidos después de la segunda guerra mundial, con el consecuente final de la Época de Oro del cine mexicano. Asimismo, permitió a sus protagonistas convertirse en verdaderos iconos como Blue Demon y el inigualable Santo, el Enmascarado de Plata, quien salvó al género humano en más de medio centenar de películas que rompieron fronteras y se colocaron en el gusto del público de América Latina, Europa e inclusive Medio Oriente. Como género, el cine de luchadores tuvo una breve pero fructífera existencia. Conoció la luz en el año de 1952 y llegó a su ocaso.

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Los Chiles en Nogada, luminaria de la cocina poblana

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

La tradición relata que el platillo principal para celebrar la independencia fue creado por monjas agustinas durante un agasajo a Agustín de Iturbide. Pero otra versión habla de historias de amor. Se dice que fueron las novias de tres militares del libertador quienes quisieron recibirlos con un plato exquisito después de que las halagaran en sus balcones y les obsequiaran regalos.

Chile en Nogada 1 (640x480)

Uno de los platillos más sabrosos y representativos de la gastronomía mexicana lo constituyen los chiles en nogada, que tuvieron su origen en la ciudad de Puebla y es tradición prepararlos en el mes de septiembre, época en que celebramos nuestra independencia.

Existen varias leyendas sobre el origen de este famoso platillo preparado con ingredientes poblanos de temporada. La más popular otorga el crédito de su creación a las monjas agustinas recoletas del Convento de Santa Mónica, a quienes –se dice– les fue encargada una comida especial para agasajar en el día de su santo a Agustín de Iturbide, quien estaría en Puebla el 28 de agosto de 1821, procedente de la villa de Córdoba, donde acababa de firmar los tratados por medio de los cuales España reconocía la independencia de Nueva España.

AgustAi??n de Iturbide (314x480)Se atribuye a las monjas agustinas, famosas por su buena cocina, el invento de la deliciosa receta en ocasión de la visita de personaje tan importante en un momento crucial de la vida del país, ya que tuvieron el ingenio de presentar un vistoso platillo, cuyos ingredientes llevaran los colores verde, blanco y rojo de la bandera Trigarante, emblema del ejército que acababa de conseguir la independencia. Sin embargo, también se dice –y de decires están hechas las leyendas– que ya existía dicha receta desde el siglo XVIII y varias familias poblanas se atribuían su invención como una tradición culinaria conocida simplemente como chiles rellenos bañados en salsa de nuez, aunque los manuales y recetarios poblanos de la época solo mencionan la salsa de nuez para bañar otro tipo de platillos y no lo registran para los chiles, sino hasta muy entrado el siglo XIX.

Recepción en la Angelópolis

Una leyenda menos conocida sobre el origen de este delicioso platillo nos la relata el escritor Artemio del Valle Arizpe (1884-1961), quien cuenta que en la ciudad de Puebla vivían tres distinguidas jovencitas, novias de tres apuestos militares pertenecientes a un regimiento que se encontraba en la ciudad de México bajo las órdenes de Iturbide, en el tiempo en que este militar había decidido sumarse a las fuerzas insurgentes para obtener la consumación de la independencia. Cuenta don Artemio que cuando los jóvenes pudieron viajar a la Angelópolis, obsequiaron a sus prometidas costosos regalos para demostrarles su amor y las visitaron todas las noches en sus respectivos balcones cuando ellas regresaban de hacer sus rezos cotidianos a la Virgen del Rosario en la capilla de la iglesia de Santo Domingo. BodegA?n [Detalle] MUNAL - copia (480x277)Las jóvenes estaban tan encantadas con los visitantes que, para corresponderles con algo que fuera de su agrado, decidieron agasajarlos con una buena comida. A una se le ocurrió hacer una torta de natas, otra quiso preparar un salpicón de vaca de chilitos y cebolla suavizadora para apaciguar el picor, y la tercera, después de pensar un buen rato, discurrió preparar un platillo que estuviera relacionado con el triunfo que acababa de obtener el Ejército Trigarante: Un guisado estupendo, que tuviera bien definidos y claros los colores verde, blanco y rojo de la bandera de las Tres Garantías que representaban la unión, la religión y la independencia. Esta joven sugirió que a cada una le correspondiera uno de estos colores y propuso dejarlo a la suerte. Pintó tres rayas en un papel y de espaldas, para que no vieran las demás, escribió debajo de cada línea el nombre de un color para que ellas lo señalaran y, una vez asignado, escogieron los ingredientes que llevaría el platillo.

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