Archivo de la categoría: BiCentenario #24

Pasiones de un maquinista

Darío Fritz

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México núm. 24.

19211022 El abuelo en Orizaba (1) (1) - copia (640x499)

A mi Lucha adorada, con todo mi cariño, Orizaba, Guillermo, 22 de octubre de 1921, Veracruz. Colección ARSA.

Los que nacieron con el ferrocarril a un paso de sus casas  o formando parte de sus vivencias personales –subir en él para vacacionar, visitar familiares, asistir a una cita médica importante–, saben de los ritos que podía generar y el respeto que deparaba. Desde preparar maletas, llegar con anticipación a la estación, instalarse a conversar en la sala de espera, divagar por los acompañantes que la fortuna deparaba para la travesía (especialmente para los pasajeros de poblaciones intermedias que subían sin asientos numerados) o si la calefacción ayudaría a hacer más soportables las noches gélidas. El andén de una estación ferroviaria podía ser bullicioso, y nadie dejaba de otear en el horizonte para ver al filo de las vías si aquella mole de hierro se acercaba. Un punto de luz en la inmensidad lo delataba en la noche; el vibrar de los durmientes o un pitido perdido lo hacía reconocer en el día. Pero su entrada a una estación siempre era triunfal. Nadie se animaría a llamarle la Bestia. Todos callaban a su paso, sinónimo de respeto y gratitud, o una necesidad ante el estruendo ensordecedor. El olor particular del combustible y de los frenos de la locomotora invadían con su aura, diferente del que se sentía dentro de los vagones. El rito continuaba: mientras los pasajeros se acomodaban en sus asientos y  hasta algún familiar subía a ayudar, especialmente hombres, abajo los más curiosos caminaban junto al convoy para ubicar a conocidos de otros pueblos o descubrir nuevas caras. Era también una forma de sociabilizar. Tres personajes eran clave en la llegada del tren: el jefe de estación, tan respetado como el jefe policial del pueblo, el guarda y uno casi invisible pero imprescindible, el maquinista. Serio y concentrado observaba todo el tiempo el horizonte, atento a que nada se le atravesara sobre las vías. Tenía su glamour, como el de los pilotos de aviones actuales, aunque eran su antítesis. Desconocidos para el pasajero, vestían overol, se engrasaban con tanto fierro que manipulaban y como cumplían funciones de mecánicos, sus manos distaban de estar sedosas. El glamour lo alimentaba el poder de conducir hasta un nuevo destino. Ese era el caso de Guillermo Fernández (manos en la cintura en la imagen) posando junto a su equipo en la locomotora que en los años veinte cubría el recorrido México-Veracruz. Después de haber sido uno de los reprimidos en la huelga de Río Blanco, sumarse a la revolución y sufrir la persecución de los huertistas, en tiempos de paz ya pudo dedicarse a su pasión de la infancia: manejar locomotoras. Al pasar por Orizaba gozaba con tocar el silbato y que le saludaran. Allí estaba Luz del Carmen Bravo, que corría desde su casa cercana. En poco tiempo se casarían y tendrían dos hijos. El 22 de octubre de 1921 el maquinista enamorado le envió esta foto con dedicatoria, una postal de su otra pasión.

Consulte la revista BiCentenario.

Conrado Zuckermann, el inicio de una vocación médica

Ramón Aureliano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Su llegada a la medicina estuvo precedida por otras aficiones estudiantiles como el derecho y la ingeniería. Pero cuando le dijeron que sólo podría ser médico, ya nunca dejaría la profesión, de la mano de otras tres preferencias personales: los viajes, los libros y las mujeres. Empezó muy de abajo, trabajando de bibliotecario o empleado administrativo, hasta llegar a ser una de las figuras más destacadas entre los galenos de la ciudad de México.

1960-1961ACADEMICO CONRADO ZUCKERMANN DUARTE Academia Mexicana de Cirugia A.C. (502x640)

Conrado Zuckermann Duarte, galería de ex directores de la Academia Mexicana de Cirugía, Auditorio de la Academia,
México. Colección particular

Personaje multifacético, gran conversador, escritor, polemista y destacado alumno de la Facultad de Medicina de la Universidad de México –durante sus seis años de estudios universitarios obtuvo calificación de diez. En 60 años de vida profesional Conrado Zuckermann fue un reconocido oncólogo, cirujano y ginecólogo obstetra. Nació el 7 de noviembre de 1900 en Mérida, Yucatán, y murió el 7 de agosto de 1984 en la ciudad de México. De fi- gura recia e imponente, como lo definían quienes lo conocieron, dejó una profunda huella en pacientes, colegas y estudiantes, aunque también algunas animadversiones entre políticos y médicos.

A continuación presentamos algunos fragmentos de la entrevista que se le hizo a fines de 1977, disponible con la clasificación PHO/8/29, y en la que Zuckermann habla ampliamente de los primeros años de su larga vida profesional.

La entrevista forma parte del Archivo de la Palabra del Instituto Mora, que cuenta con varias conversaciones con médicos mexicanos que se formaron y trabajaron en las principales instituciones médicas del país después de la revolución de 1910, y que en su mayoría hoy son importantes centros asistenciales y de investigación como el Hospital General, el Instituto Nacional de Cancerología –ligado a la vida de Conrado Zuckerman–, el Instituto de Investigaciones en Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán o el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez.

La familia

Antes de contestar la pregunta que ustedes me hacen, sobre mi origen en mi vida terrestre –ojalá que haya vida después de esta–, quiero señalar que el concepto que nosotros tenemos de existir en este planeta, la mitad es tragedia, y el que se dedica más a la tragedia lo único que hace es precisamente entristecer su vida y ver todo en fase de pesimismo, y el que la ve exclusivamente como comedia entonces se vuelve, como se comprende, un cómico y eso no es la realidad de la vida. Entonces mitad y mitad, comedia y tragedia. La pregunta yo quisiera contestarla con un poquito de detalle. Empezaré por la familia de mi madre: el apellido es de origen español, de la cercanía entre España y Portugal. Los Duarte vinieron primero a Santo Domingo, uno de los próceres de la historia de Santo Domingo es pariente lejano mío. Después pasaron a Cuba, y de Cuba a Yucatán, a Mérida y a una población al sur de esta, a la mitad del estado, que se llama Tekax. La rama Zuckermann es también una mezcla. Mi padre nació en Budapest, su papá en Viena y su abuelo en Berlín.

Conrado Zuckermann 30793

La mamá de mi papá era polaca, de la Polonia austriaca de aquella época, de la ciudad de Lemberg, luego también por ahí hay mezcla de alemán con eslava. El apellido Zuckermann quiere decir hombre dulce, hombre de azúcar. Algunos creen que es de origen israelí, cierto que hay Zuckermann israelí, pero hay Zuckermann católicos, como hay Weismanns tan católicos que llegaron a cardenales, y hay Weismanns judíos. Además, no tiene nada de malo; el primer judío importante del mundo es precisamente Jesucristo, de manera que yo me siento muy contento de que en mi rama desde el punto de vista religioso haya tanto católicos como israelíes. Ese es el origen de mi familia.

Y estando mis padres en Yucatán nací yo, el 7 de noviembre de 1900, en la ciudad de Mérida en una parte que se llamaba Chuminopolis, y fui bautizado días después de nacido.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Mariposas al vuelo

Gloria María Fulladosa Morales

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

En medio del escenario, la voz no se apaga. La solista queda en el centro de una esfera opresora, sujeta a los arbitrios de sus íntimas extrañezas. Siente que pierde su chaqueta y se le estruja el corazón. Cree escuchar los sollozos de la muchedumbre. La función está por terminar..

Gran evento musical tuvo lugar en Lecumberri. Extraordinaria función única a cargo de Guillermo Ferrer Clavé, director del Orfeo Catalá.
El Imparcial, septiembre de 1910.

fotografia de moda  en Teatros en MAi??xico 1910-1911 Ed. Ernesto Chavero , Mexico Artes y Letras, 1911 ca (407x640)

Moda de los teatros a principios del siglo xx, en Ernesto Chavero, Teatros en México 1910-1911,
México, Artes y Letras, 1911.
Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”- Instituto Mora

Sylvia lamenta ser tan pelirroja y llamativa. Preferiría desaparecer como aquella muchacha que la asombró hace algunos años en el escenario del Teatre Principal de Barcelona, al evaporarse de la escena milagrosamente entre antorchas y fogonazos, mientras el ilusionista sonreía diabólico y profesional. Ahora esto no es posible, está obligada a permanecer al frente del improvisado escenario porque no solamente forma parte de las primeras voces del coro, sino que también es una de las solistas; debe actuar para esa audiencia deformada y trastornada por el encierro. El desasosiego atrapa a la joven, debilita sus rodillas, siente los ávidos ojos que desmenuzan su cuerpo y recuerda la constante burla de sus hermanas: ¡Ay, Sylvia! ¿Qué se siente ser tan vanidosa? ¡Eres la presunción andando, hermanita! Sonríe un poquito, muy poquito y de lado. Ya les contará, ya les platicará lo que se siente entrar al Palacio Negro. La verdad es que hoy quisiera con toda su alma no ser como es. Se esconde detrás de un muro imaginario, permanece con la mirada baja, ni siquiera se atreve a sonreír. Durante el concierto, el volumen de su voz descendería provocando la mirada interrogante de Guillem Ferrer Clavé.

Eran las diez de la mañana cuando los carros que trasladaban a los artistas disminuyeron la marcha al desembocar por la ancha avenida polvorienta, para estacionarse frente a la sobria construcción circundada por llanos y pastizales secos. Después de traspasar la muralla almenada, les esperaba un gran mezzanine y a la derecha una puerta que daba acceso  al penal. Los artistas caminaban uno detrás de otro y eran revisados por guardias que veían los pases y escudriñaban sus rostros, el de ella en especial.  Penitenciaria, En MAi??xico su evoluciA?n social, MAi??xico, J, Basllesca y CompaAi??Ai??a 1902 (640x158)Las pecas, la cabellera  rojiza que apenas podía dominar con un chongo, el cuerpo como figurín de revista y los grandes ojos color miel deslumbraron al último de ellos, un hombre cuyo uniforme tenía un tono menos oscuro que el resto. La saludó inclinando la cabeza. Ella, orgullosa, abanicando las pestañas, levantó el mentón para que su nariz respingada luciera mejor y desvió la mirada hacia otro lado con arrogancia, mientras avanzaba en fila como habían ordenado los oficiales de policía. El guardia no se desanimó y decidió ocupar el lugar del empleado que prendía unos distintivos especiales en la ropa de cada uno de los visitantes. Eran artesanías realizadas con papel de china.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Melesio Morales gana su lugar en la ópera del siglo XIX

Cecilia Vargas Ramírez
Facultad de Filosofía y Letras

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

La clase alta de la ciudad de México admiraba hacia 1860 la música de Verdi, Bellini o Donizetti. Apostar entonces por mexicanos ejecutando interpretaciones propias parecía una locura. Hasta que un grupo entusiasta juntó ideas, propuestas y dinero para hacerlo realidad.

Meesio Morales  En mil personajes en el mexico del siglo XIX, 1840-1870 Banco Mexicano Somex, 1979 T II (464x640)

Melesio Morales, en Mil personajes en el México del siglo XIX, 1840-1870, México, SOMEX, 1979.

Era la noche del 14 de noviembre de 1865 cuando en el entreacto de la ópera Baile de Máscaras, de Giuseppe Verdi, que se estaba presentando en el Teatro Imperial de la ciudad de México (antes conocido como Gran Teatro Nacional) se empezaron a escuchar gritos y palmoteos desordenados que provenían de las galerías del teatro. Se trataba de un gran grupo de estudiantes de la Escuela de Bellas Artes que pedían a gritos que la compañía de ópera que se presentaba esa temporada en el Teatro Imperial accediera a poner en escena la ópera Ildegonda del joven músico mexicano Melesio Morales. Los estudiantes colgaron de la barandilla del teatro un cartel con la leyenda “Ildegonda”, y no pararon de hacer escándalo hasta que Annibale Biacchi, el empresario que era dueño de la Compañía de Ópera, salió al escenario y declaró al enardecido público que cumpliría con sus exigencias: la ópera Ildegonda, de Melesio Morales, sería representada esa misma temporada. Satisfechos, los estudiantes que habían iniciado el alboroto ocuparon nuevamente sus asientos y el espectáculo pudo continuar. Esta velada escandalosa fue el punto culminante de una serie de conflictos y negociaciones entre un grupo de intelectuales, Melesio Morales y el gobierno del emperador Maximiliano por un lado, y el empresario Biacchi, por otro.

Partitura Melesio M., Puebla (534x640)

H. Naguel, sucesores y Litografía de
A. Sánchez, “¡Ilustre Puebla de Zaragoza
México te saluda!”, Melesio Morales (compositor), partitura musical, 1869. Colección particular

Morales había estudiado música desde los nueve años y fue alumno de algunos de los músicos más destacados de la primera mitad y mediados del siglo XIX, como Agustín Caballero, Felipe Larios y Antonio Valle. En 1863, cuando Morales apenas contaba con 25 años de edad, estrenó su primera ópera titulada Romeo y Julieta. Por entonces trabajaba como maestro de música en la pequeña academia establecida en la casa del músico Cenobio Paniagua y se empleaba también con las diversas compañías de ópera extranjeras que venían a México. Morales se había casa- do con Ramona Landgrave, quien era parte de una de las familias mexicanas más importantes y poderosas. Sin duda, todo esto ayudó a que a lo largo de su vida conociera a diversos personajes influyentes que serían un factor clave en la evolución de su carrera como músico. Además, era un asiduo concurrente a las tertulias que se organizaban en la casa del pianista Tomás León, a las cuales acudían también personajes notables de la época que compartían un enorme gusto por la música, entre los cuales no sólo había músicos como Paniagua y Aniceto Ortega (que también era médico), sino que asistían abogados (el caso de Urbano Fonseca), geógrafos (Antonio García Cubas, por ejemplo) y escritores como Agustín Siliceo.

Un club fantasma

ue este grupo de hombres cultos quienes, al enterarse de que Melesio Morales estaba interesado en dar a conocer su nueva ópera, intercedieron por él ante el empresario Biacchi. Para ello se presentaron como miembros de un supuesto club filarmónico que se haría responsable de los gastos de la puesta en escena de Ildegonda. Dicho club en realidad no existía en ese momento pero era necesario decir lo opuesto para convencer a Biacchi de que la Ildegonda de Morales podía resultar una inversión segura y seria. Biacchi no aceptó. Antonio García Cubas, quien se presentó ante el empresario italiano como parte del club filarmónico, afirmó que este expresó su decisión en estos términos…

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

 

Porfiriato a la carta

Donají Morales Pérez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Disfrutar de una buena mesa fue una de las maneras en que se establecían vínculos y se decidía en política. El despliegue culinario que se dio a lo largo del gobierno de Porfirio Díaz nos ofrece un claro ejemplo de la intencionalidad política de estos encuentros.

34444 (800x576)

Banquete por la inauguración del camino a Iguala, Chilpancingo, mayo de 1909, Archivo Casasola, inv. 34444. SINAFO, CONACULTA-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Los banquetes, más que una ocasión, son el pretexto, un momento breve para festejar, conmemorar, halagar y sin duda para discutir y conspirar. Un espacio muchas veces vinculado a la política en el que se busca complacer para velar pretensiones y donde la buena comida termina por ser parte de lo que se ofrece. Conocidos o muy escuchados son aquellos que tuvieron lugar en la época de don Porfirio Díaz, al igual que la manera en que este último fue olvidando sus principios de sobriedad y de no reelección. En este sentido, el propósito de este artículo es mostrar cómo la prensa, con un lenguaje culinario-gastronómico, revela, desde el comienzo de la dictadura, que los banquetes fueron un elemento inherente a la política, y cómo han influido en la forma en que hoy es posible construir una imagen del periodo.

Plato de la vajilla de Porfirio Diaz  fotografAi??a de Guadalupe Villenave col (800x780)

Plato de la vajilla de Porfrio Díaz, fotografía de Guadalupe Villenave.
Colección particular de la familia Villenave

Así, para dar la noticia de un banquete que fue ofrecido en su nombre en la Casa de Moneda, apenas unos días después de haberse convertido en presidente de México, el semanario La Linterna (21 de mayo de 1877) anotó: “Ir a los banquetes es malo, porque el recargo de alimentos entorpece la digestión; esto exclamaba el general Porfirio cuando corría con la velocidad del rayo en Icamole. Los Presidentes de México –continuaba– deben morirse de hambre, comer es tiranizar al pueblo, la gastronomía es el escollo de las libertades”. Porfirio triunfó porque los tuxtepecanos debían encontrar en México las comidas, y olvidó desde luego sus rigurosos principios de sobriedad. Procuró recompensar sus trabajos en la Sierra y se entregó a gozar de las convivialidades y de los paseos. Los tuxtepecanos tenían un argumento sumamente original: Lerdo era refinado en sus manjares, luego era un tirano. Ahora el general Díaz, aunque con menos gusto y menos elegancia que el Sr. Lerdo, ve con entusiasmo los placeres de la mesa, y a ningún general se le ocurre calificarlo de déspota. Cuestión de situaciones. A un niño no se le puede hacer comprender que se pueden levantar con la mano algunas arrobas, y un tuxtepecano, flaco y débil en 1876 no concebía del triunfo que un hombre pudiera comer todos los días.

A la luz del tiempo, esta crítica que hizo La Linterna se transformó en presagio. Justo en la misma publicación en la que Francisco Bulnes había escrito poco antes un artículo con el título “¿A dónde iremos?” (23 de abril de 1877), se señalaba:

El partido tuxtepecano se ha desgarrado en tres fracciones para dar una prueba más de su constante tendencia a la unión del partido liberal. Devorado el primer servicio, los netos ven llegar al festín gente con pretensiones de convidados, y cubren precipitadamente los manjares escapados a las aventuras de la digestión. Los menos netos comienzan a espantarse infiltrados por la amargura de las decepciones. El nombre de los que se quieren llamar es terriblemente significativo: ¡senadores! He aquí una palabra que debe producir los efectos de una solitaria, en estómagos que habían encontrado un especial consuelo en las partidas del presupuesto de egresos.

Banquete a Porfirio DAi??az (640x321)

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.