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“Cuando la calle era nuestra”

Daniela Lechuga Herrero
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

¿Cómo era el México de los años treinta del siglo pasado en un barrio periférico como Mixcoac? Aquí lo relata Matilde Pereyra. Hoyos con agua, calles empedradas e inundadas muchas veces, con olor a árboles de trueno, escasas de automóviles y repletas de niñas y niños. Un pueblo de leyendas, cines, carpas y trenes destartalados.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Los recuerdos de Matilde Pereyra nos iluminan acerca de cómo era crecer en uno de los barrios con más tradición de la Ciudad de México. Entre las calles empedradas de Mixcoac los niños disfrutaban con posterioridad a la revolución del aroma de los árboles, caminaban por las milpas y jugaban en las piscinas de los hoyos llenos de agua que había dejado la fábrica ladrillera. Muchos otros barrios del Distrito Federal (DF) —denominación política que tenía en aquellos años— se encontraban también rodeados de naturaleza, lejos aún de las aglomeraciones y los automóviles.

            Los niños que nacieron en la década de los años veinte y treinta del siglo pasado podían jugar en las avenidas y callejones. Ellos fueron parte de la generación que experimentó las nuevas políticas respecto a la infancia que instauraron los gobiernos posrevolucionarios con el fin de reconstruir el país y la ciudad. Asimismo, se convirtieron en el foco de atención, no sólo en México, sino también en América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa.

            A diferencia de lo que había ocurrido en décadas anteriores, los menores tuvieron la posibilidad de sobrevivir a sus primeros años de vida, por lo que las aulas de las escuelas, así como otros sitios a lo largo de la ciudad, poco a poco se llenaron con sus risas. Para la década de los treinta, en la ciudad había 251 229 niños que se encontraban en un rango de cinco a catorce años, cifra que correspondía al 19% de la población, la cual era aproximadamente de 1 229 576 habitantes.

            A partir de los primeros decenios del siglo XX, los infantes tuvieron mayor visibilidad en los espacios urbanos del DF. Así, se construyeron nuevos parques a lo largo de la ciudad, se remodelaron otros, se levantaron tiendas departamentales en las que se vendían juguetes, se abrieron salas de cine en las colonias más alejadas del centro y se inauguraron nuevos teatros y carpas, que como las de teatro guiñol recorrieron los sitios más alejados de la capital. Por lo tanto, a partir de ese momento, los niños tuvieron acceso a nuevos lugares de diversión y, con su imaginación, construyeron los propios.

            Por otra parte, los problemas de urbanización en la ciudad de México ocuparon la atención de médicos y políticos, puesto que la capital era de suma importancia para demostrar el triunfo de las políticas posrevolucionarias. En términos prácticos, se buscaba que la urbe funcionara mejor y que fuera ejemplo de la modernización que se estaba alcanzando en todo el país. Es el caso de los automóviles, que en 1928 transitaban unos 40 000 en toda la república mexicana y 15 000 sólo en el DF, según daba cuenta el periódico El Universal.

            Matilde Pereyra nació en el barrio de San Juan, Mixcoac, en 1924. Su familia estaba formada por su padre, madre y cinco hermanos. Como la mayoría de los menores de edad que crecieron en las periferias del DF, estuvo inmersa en una dinámica distinta, puesto que muchas de las diversiones todavía se desarrollaban en el centro de la urbe, en lo que ella nombra como “México”.

            La intención de recuperar su testimonio, resultado de la investigación acerca de los niños y la ciudad entre 1928 y 1941, es ubicar su experiencia como habitante de un barrio periférico durante las primeras décadas después de la revolución. Es importante rescatar la memoria de Matilde porque vivió su infancia en una época en la que el país, la ciudad y la vida de los niños se encontraba en plena transformación.

 El barrio de San Juan en palabras de Matilde Pereyra

Yo siempre fui de escuela oficial. Mis primeros años los hice en el jardín de niños que estaba frente a la iglesia de San Juan, en lo que antes había sido la casa de Octavio Paz, y se llamaba fray Pedro de Gante. Mi papá era administrador de una fábrica de tabiques. Mixcoac, mi barrio, quitando esas dos construcciones de la iglesia de San Juan que es del siglo XVI, la casa de Octavio Paz, la casa de Valentín Gómez Farías, que era lo que era el centro, había sido hecha de la fábrica de tabiques que se llamaba Noche Buena y estaba donde está hoy el toreo, la Plaza México.

            Todo era hoyo porque para la fabricación de tabiques tenían que sacar el barro, entonces esa parte estaba llena de hoyos. Mi casa, en una calle que se llamó la calle del Rosario en el número 18, estaba rodeada también de hoyos. De esa calle se llegaba a las milpas. Cuando yo estuve chica todavía esos hoyos los hicieron milpas y ahí también en esos hoyos iban a descargar material de electricidad, había mucho desperdicio de cobre.

            [Las milpas] no estaban tan lejos, al final de la calle, en los hoyos que habían quedado de la fábrica y ahí se metían los chicos que habían sido ladrilleros e iban a robarse las cañas, que no son cañas de azúcar, pero sí se comían y nos las vendían o nos las regalaban.

            Teníamos una infancia muy bonita porque la calle era nuestra. No había coches, la calle estaba empedrada, no había ningún peligro para nosotros. Inclusive había en la calle árboles, eran truenos.  Cuando entraba uno a esa calle olía a trueno. Ahora o mucho después cuando yo olía a trueno recordaba mi calle, son unos árboles que dan unas flores muy olorosas. Inclusive en esos árboles mis hermanos jugaban y hacían su casita del árbol, no una casita del árbol como ahora se ve en las películas o se las hacen a los niños, no, eran tablas y tablas que ellos arreglaban de manera que era su casita del árbol.

            Esa calle [Rosario] en tiempo de lluvias se inundaba porque también ese barrio está debajo de lo que es la presa de Tarango, entonces cuando llovía mucho se desbordaba la presa y se inundaba la calle que ahora es Carracci. Mis hermanos se divertían mucho porque como se inundaba, toda la calle de Augusto Rodin también. Como había que atravesar de una acera a otra se divertían poniendo una viga para dejar que pasaran las personas, les daban 20 centavos, cinco centavos o dos centavos, para ellos era su pasadero.

            Las niñas qué íbamos a hacer eso. No, al contrario, en esa época nos tocaba, casi siempre en mayo, ir a ofrecer flores a la iglesita de San Juan. Nos llevaban con el vestido de la primera comunión, de coronita, velito, muy arregladitas a ofrecer flores. Y era muy bonita la iglesia porque le ponían una escalera que iba como un puente frente a la virgen de Guadalupe, la patrona de esa iglesia, y entonces íbamos y depositábamos nuestro ramito de flores. Era muy divertido. Y a nosotras las niñas, cómo íbamos a salir en tiempo de lluvias si mandaban por nosotros a recogernos a la iglesia para poder atravesar las calles que estaban inundadas. Nos recogían en… cargándonos. Un primo, que era el mayor, nos llevaba a la casa cargadas una por una o, si podía, se llevaba de a dos. Así que era una diversión hasta por el transporte.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

El cine no es improvisación: Roberto Gavaldón

Graziella Altamirano
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Roberto Gavaldón es considerado como uno de los mejores directores de la época de oro del cine mexicano y su mayor representante en certámenes internacionales.

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Roberto Gavaldón, dir., Macario, cartel publicitario, 1960. Colección particular.

El cine mexicano vivió el mayor esplendor de su época dorada en la década de 1940, alcanzando una significativa proyección y una gran relevancia a nivel internacional a través del reconocimiento de sus películas y de sus actores, así como por su amplia distribución y comercialización en varios países. Los avatares de la segunda guerra mundial acotaron la producción fílmica en Europa y Estados Unidos, lo que coadyuvó al florecimiento del cine mexicano con la aparición de nuevas producciones nacionales que ingresaron al mercado internacional, convirtiéndose en una de las principales industrias del país.

La llamada época de oro del cine nacional descolló por su amplia variedad de contenidos y nuevas líneas temáticas a través de la adaptación literaria, la comedia musical, la exaltación nacionalista, las historias rurales y los melodramas citadinos y de los barrios bajos. De ella salió una pléyade de realizadores y figuras emblemáticas que obtuvieron fama internacional. En la década de 1950, la producción nacional sufrió una caída con la reincorporación al mercado de filmes europeos y estadunidenses que avivaron la competencia, lo cual condujo a la realización de producciones más baratas y afectó, en muchos casos, la calidad alcanzada en los años anteriores.

Entre los realizadores de aquellos años dorados de nuestro cine destaca Roberto Gavaldón (1909-1986), quien ha sido considerado como uno de los mejores directores mexicanos de todos los tiempos y uno de los principales exponentes de lo que se ha llamado “melodrama social” en la cinematografía nacional. Este prolífico director, autor de 48 largometrajes, incursionó en el cine escalando todos los peldaños que le dieron experiencia y le enseñaron los diferentes oficios del quehacer fílmico hasta llegar a dirigir su primera película, La barraca (1945), ópera prima basada en un texto de Vicente Blasco Ibáñez, con la que despuntó su carrera y por la que recibió un Ariel, siendo el primer director mexicano galardonado con ese premio, reconocimiento que se repetiría en varias ocasiones a lo largo de toda su trayectoria filmográfica.

Las películas más conocidas de Roberto Gavaldón las realizó junto a grandes personalidades del séptimo arte, como los cinefotógrafos Alex Phillips y Gabriel Figueroa, el escritor y guionista José Revueltas, el músico Raúl Lavista, y estrellas de la gran pantalla como María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz y Arturo de Córdova, con quienes el cine mexicano alcanzó niveles internacionales.

Si bien su cine apuntó hacia el melodrama, Gavaldón trabajó diversos géneros como el policiaco, el musical, el fantástico y el drama rural. También realizó un ciclo de western-ranchero con el actor Antonio Aguilar. Entre sus películas destacan títulos como La otra, (1946); La diosa arrodillada (1947); En la palma de tu mano (1951); El rebozo de Soledad (1952); Sombra verde (1954); Camelia (1954); La escondida (1956), y Miércoles de ceniza (1958).

Fue estimado en su tiempo como “el mayor representante” del cine mexicano en los grandes certámenes internacionales de Cannes, Venecia y Berlín, siendo su película Macario (1959), protagonizada por Ignacio López Tarso y Pina Pellicer, ganadora del premio a la mejor fotografía en Cannes y la primera en ser nominada al premio Oscar de la Academia, en la categoría de mejor película en lengua extranjera. Por esta actuación, López Tarso fue premiado como mejor actor en el San Francisco International Film Festival. Se ha dicho que esta cinta, basada en un texto de Bruno Traven, es probablemente la mejor obra fantástica de esa época, ocupando el lugar 59 dentro de la lista de las 100 mejores películas del cine mexicano, publicada por la revista Somos en 1994, según la opinión de 25 críticos y especialistas del cine en México.

En décadas posteriores, Gavaldón cambió el tipo de temas tratados y se interesó más por asuntos políticos y sociales. Destacan La rosa blanca (1961), con el tema de la expropiación petrolera en México, obra que fue prohibida y por fin estrenada en 1972; Días de otoño (1962); El gallo de oro (1964), obra de Juan Rulfo, cuya adaptación la realizó junto a Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, y Doña macabra (1971), entre otras. En España realizó tres películas: Don Quijote cabalga de nuevo (1973); La madrastra (1974), y La playa vacía (1977). Su último film fue Cuando tejen las arañas (1979).

Roberto Gavaldón fue reconocido por sus cualidades técnicas y artísticas, siendo sus películas apreciadas por la refinada calidad de sus imágenes y el impecable manejo de la cámara, así como por una marcada inclinación hacia temáticas oscuras de crimen y misterio y personajes complejos y atormentados con un destino fatal. Se han considerado como características más definidas de sus películas la narrativa y los visuales del noir film: fuertes contrastes del blanco y negro y el juego con las sombras.

La filmografía de Gavaldón ha sido reconocida en diferentes foros internacionales; en 2011 la Cinemateca de Paris exhibió varias de sus películas. Este año, The Museum of Modern Art (MoMA) de la ciudad de Nueva York realizó una retrospectiva titulada Roberto Gavaldón: Night Falls in Mexico, teniendo como objetivo presentar la dualidad de la sociedad mexicana: Por un lado, el campo y las zonas rurales y, por el otro, el caos de las grandes ciudades, como la capital del país. El Festival de Cine de San Sebastián también dedicó su 67 edición al cineasta mexicano proyectando una veintena de sus películas.

El texto que ahora presentamos es una edición de la entrevista con Roberto Gavaldón, realizada por Ximena Sepúlveda, los días 16 de agosto y 9 de septiembre de 1976 (PHO/2/81), en la que el cineasta, con una mirada retrospectiva, nos relata su larga trayectoria y su experiencia como director en el cine mexicano.

Nací el siete de junio de 1909 en la ciudad de Jiménez, Chihuahua, de donde salimos muy chicos durante la revolución, y nos trasladamos a Torreón, Coahuila. Ahí vivimos ocho años y después nos fuimos a la ciudad de México. Cuando ya iba en la preparatoria me fui a vivir a Estados Unidos. Empezaba a estudiar odontología, pero tenía que estudiar y trabajar al mismo tiempo, entonces ya me dediqué exclusivamente a trabajar. Trabajé por curiosidad, sin ningún interés en la industria de Hollywood, nada más por saber cómo eran los estudios por dentro, pero por tener amigos dentro de ella, trabajé como extra en algunas películas de Estados Unidos en esa época, eso fue por el año de 1926… Regresé a México en 1932 y encontré ya aquí el cine sonoro. Pretendían que yo fuera actor, pero nunca me interesó ser actor, no me gustaba la actuación, para nada. Me sentía yo un poco ridículo actuando. Me interesaba más bien la parte técnica y empecé desde abajo, como utilero, luego como anotador, o sea script clerk, luego fui ayudante de edición y pasé a ser asistente de director durante doce años. En los últimos tres años llegué a ser codirector, o sea, iniciaba yo a directores nuevos y llevaba el crédito de la codirección en esa película.

Yo empecé a ser asistente de director con Gabriel Soria, que fue un director muy famoso de esa época; hizo películas muy importantes y le aprendí mucho. También aprendí mucho de Chano Urueta, de Fernando de Fuentes, y de muchos otros directores a los que asistí; entonces tuve una gran práctica en materia de dirección y la compenetración de toda la parte técnica, de toda la aportación de los técnicos, que es tan importante como el reparto mismo, como el libro. Esas personas, esos técnicos, y trabajadores manuales son realmente los que ayudan a hacer la película y colaboran en una forma muy amplia y eficaz a hacerlo.

La mayor parte de los cineastas mexicanos se hicieron en el terreno del rodaje. Han surgido de ahí mismo grandes fotógrafos como Gabriel Figueroa, que al principio era un fotógrafo de fijas en un estudio. Luego, en esa época vino Alex Phillips. Alex, de hecho, fue el maestro de todos los fotógrafos de esa época. El propio Gabriel Figueroa fue asistente de Alex Phillips. En fin, todos nos hicimos en el terreno del rodaje. No teníamos ninguna escuela, ninguna academia que nos enseñara la filmación de películas, sino que fuimos aprendiendo sobre la marcha. En todo departamento de cine así fue. Yo seguí una especie de escalafón que me permitió poco a poco ir aprendiendo muchas cosas.

También colaboré en muchas ocasiones como coadaptador de películas. Uno se forma con el interés de estar en la industria y de aprender en los pocos medios que teníamos para aprender, y los muy personales, que era consultar libros de cine y analizar películas importantes. Con la adaptación comenzó mi relación con José Revueltas y con Jack Wagner, de Estados Unidos; hicimos una muy buena amistad los tres. De Revueltas ya tenía antecedentes hacía tiempo, por lo que leía de él, por sus inquietudes de tipo literario, y de toda clase de inquietudes ideológicas también. Siempre fui muy admirador de él. Hubo una gran amistad entre él y yo, hicimos juntos varias adaptaciones, afortunadamente con éxito. Él desconocía mucho de lo que era la técnica cinematográfica, cosa que yo ya tenía, por los años que había sido asistente de director, y ya había empezado a hacer algunas películas. En la adaptación el tema se visualiza cinematográficamente, con la medida y la técnica necesaria para llevarlo a la pantalla, porque el hecho de dirigir da una visión más amplia de lo que se debe hacer en el cine, en el orden técnico, en el orden artístico, en el orden literario. Se puede decir que es fácil adaptar una novela al cine si se sabe hacerlo, porque han fracasado muchos intentos de adaptaciones en donde casi con poca imaginación cinematográfica se someten demasiado a la novela misma, tratando de respetarla, o por imposición del autor. Es decir, el trasplantar una obra original, una novela al cine, en muchas ocasiones cambia mucho el original, porque ya se visualiza eso que el autor quiso decir en su novela en imágenes, y con otros recursos que son auxiliares para el cine, no para el teatro ni para la novela misma.

La primera película que dirigí fue La barraca, basada en la novela de Blasco Ibáñez. Me habían propuesto en varias ocasiones algunas historias para dirigir, pero nunca me interesaron, no me gustaron, no pensé que ninguna de ellas era la película con la que yo quería debutar como director. Cuando se me ofreció La barraca, pues incondicionalmente la acepté y afortunadamente tuve mucho éxito con ella…

En La barraca, el 90% era no solamente españoles, sino que eran valencianos; desde el músico, que era un gran músico en España, Samper, que hizo la música de la película. Tuve la asesoría, desde la adaptación misma, de Tito Davison, de la propia Libertad Blasco Ibáñez, la hija del autor. Estuve perfectamente documentado. Llegué a hacer una película que fue aceptada no solamente como mexicana, sino que en muchos casos se veía como hecha en España. Se produjo fielmente la huerta valenciana aquí en México, con toda la asesoría de gentes que conocían y dominaban el ambiente valenciano. El propio libro, la novela ilustrada de Blasco Ibáñez tiene maravillosas estampas que nos servían de guía en cuanto al vestuario, carruajes, la misma escenografía nos daba muchas luces en todo eso. Fue una película muy bien documentada.

En mis películas la elección del reparto siempre fue absolutamente bajo mi responsabilidad y elegido por mí mismo. Así lo he llevado en todas, aunque nunca desconociendo –en el tiempo en que había muchos productores– los intereses de algunos de ellos, que contrataban a la actriz o al actor como principio de un proyecto para hacerse en el cine. En esa parte sí interviene el productor, en el interés de invertir en una figura que siente que después puede recuperar la inversión. Caso concreto como lo hubo con Pedro Infante, con las grandes figuras de taquilla, pues ya el proyecto se enfocaba a esa figura que está garantizada en gran parte a la inversión…

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Rodolfo Casillas. La educación de un militar

Gustavo Javier Helguera Salas
Facultad de Filosofía y Letras

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Durante el porfiriato, el Colegio Militar formaba a cuerpos de elite, en contraste con el resto del ejército, cuyos integrantes, conocidos como consignados, eran enviados desde los pueblos, a la fuerza, por los presidentes municipales y los jefes políticos.

251Con el triunfo de Juárez y la república sobre el imperio de Maximiliano en 1867 se reanudaron los cursos en el Colegio Militar, institución que ofrecía a los jóvenes de clase media una formación a lo largo de siete años y, además, les proporcionaba una educación científica en ingeniería o arquitectura. Sin embargo, uno de los inconvenientes del programa era lo tortuoso del escalafón, ya que si un oficial especializado en infantería, artillería o caballería quería convertirse en coronel debía seguir dentro de las fuerzas armadas unos 25 o 30 años más, con una paga insuficiente.

El general Bernardo Reyes, ministro de Guerra y Marina durante los últimos años del porfiriato, implementó el 1 de enero de 1901 un nuevo reglamento para el Colegio Militar con el fin de erradicar sus problemas. Los cambios más notorios de este reglamento eran las nuevas materias que entraron al programa, como inglés, hipología, aerostación militar, fabricación de explosivos, ingeniería, geografía, entre otras. Esto permitió que el conocimiento científico diera a sus egresados más oportunidades laborales una vez que dejaran el ejército.

Además, se introdujeron prácticas de campo, que ayudaban a los cadetes a poner en uso los conocimientos obtenidos. La primera práctica consistía en salir de “campaña” durante 40 días, en brigadas formadas solamente por alumnos del colegio. La segunda consistía en la construcción de un cuartel, donde los cadetes se alojarían con el objetivo de recrear la vida diaria del ejército al proteger su acantonamiento.

Ahora bien, los cambios en el reglamento no lograron solucionar el problema del escaso número de oficiales que necesitaba el ejército en aquel momento, ni se consiguió que un nutrido número de jóvenes ingresaran a los estudios militares. Por ello, el 7 de diciembre de 1904 se decretó la creación de la Escuela Militar de Aspirantes, inaugurándose el 29 de enero siguiente. El objetivo consistía en la formación de oficiales subalternos e incluso permitía que los sargentos ingresaran en ella para ascender a oficiales. Además, si los alumnos conseguían demostrar en un año su vocación por las armas, se normó que podrían ingresar de forma directa al ejército permanente.

????????????????????????????????????????????????????????????????????????Cabe señalar que los alumnos que asistían a la Escuela de Aspirantes eran en su mayoría civiles sin antecedentes militares o soldados rasos. De ellos, pocos lograban sobrellevar las exigencias y la mayoría desertaba a las primeras semanas. Todos estos cambios son narrados en el testimonio del general Rodolfo Casillas, quien nació en Puebla el 9 de junio de 1884 e ingresó al Colegio Militar el 7 de enero de 1901; más adelante realizó estudios de equitación militar en colegios de Europa y Estados Unidos y, a su regreso en 1910, ingresó a la Escuela de Aspirantes. Junto con otros militares como Jacinto B. Treviño y José Alessio Robles, fue uno de los pocos cadetes que cumplió con los objetivos del reglamento y logró ascender en dos años a coronel de caballería.

En esta entrevista ubicada en el Archivo de la Palabra del Instituto Mora y realizada por el doctor Alexis Arroyo en marzo de 1961 en la ciudad de México (PHO/1/104), es posible conocer la carrera de un militar que podría ser la de una generación de cadetes de aquella época. Se aprecian, además, las virtudes de la escuela, sus deficiencias y alcances como centro formativo de los escalafones más altos de las fuerzas armadas. Asimismo, se advierte cómo era admirada la figura contradictoria de Porfirio Díaz, ya que para los cadetes constituía una figura paternal y protectora durante su estancia en la institución, pero cuando salieron a campaña durante la revolución mexicana, pudieron darse cuenta de la situación real del país y de cuán “opresivo” había sido el régimen del general Díaz.

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Santa Anna en Turbaco, en 1856

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Durante su segundo exilio en Colombia y a un año de huir del país, el ex dictador recibió a un periodista de un medio estadunidense al que le relató su participación en el proceso de independencia, los “errores” de juventud de apostar por un país federado y el desprecio por las políticas americanas.

Cuando “Amigo” se enteró de que el general Antonio López de Santa Anna se había establecido en Turbaco, a dos horas de Cartagena, Nueva Granada, decidió sacar partido de su viaje a Bogotá y detenerse en aquella población para hacerle una entrevista. Debía estar convencido de que su editor tendría interés en ella, por lo que no dudó en visitar al ex hombre fuerte de México y departir un rato con él.

“Oliendo” una buena noticia, “Amigo” se presentó en la Casa de Tejas, como se conocía en Turbaco a la mansión donde residía el ex dictador mexicano y, sin libreta ni cuaderno para hacer anotaciones, ya que lo esencial en el ejercicio periodístico de entonces era la memoria, puso gran atención, no sólo a las respuestas que sus preguntas recibían, sino también a la casa, los entornos, la persona y las expresiones de aquél con quien hablaba. Tres días después intentaría reproducir por escrito, casi palabra por palabra, la mayor parte de lo que había visto, ído y dicho, y después de hacerlo, remitió el documento a Nueva York o, tal vez, lo llevó consigo al regresar a su país y lo entregó personalmente.

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Antonio López de Santa Anna, daguerrotipo ca. 1853, De-Golyer Library, Southern Methodist University. Flickr Commons.

“Amigo” no se equivocó sobre el interés por el material por parte de su editor, Horace Greeley. Se publicó en el New York Tribune escasamente unas semanas después: el 14 de febrero de 1856. La entrevista tendría una difusión que ni Santa Anna mismo pudo conjeturar: el importante periódico, reconocido por su independencia y orientación reformista (era abierto partidario, por ejemplo, de la abolición de la esclavitud), tenía por entonces una circulación diaria de más de 60 000 ejemplares; pero su influencia llegaba incluso a las áreas rurales. No era raro que Santa Anna llamara aún la atención. Apenas un año anterior, muchos mexicanos se postraban ante él y le aplaudían como Su Alteza Serenísima. Sin embargo, los abusos y las dificultades habían ido agotando su mandato. Mientras él inventaba impuestos y proscribía o confinaba a los disidentes, la revolución proclamada por el plan de Ayutla en marzo de 1854, iba ganando adeptos y, por más esfuerzos que hizo, el general presidente no consiguió derrotarla. En agosto de 1855, el triunfo de los “facciosos”, guiados por los generales Juan Álvarez e Ignacio Comonfort, era un hecho. El día 9, Santa Anna huyó de la capital por la noche, concediendo el triunfo al enemigo. El 12, en Perote, manifestó que dejaba México y la mañana del 17 partió hacia La Habana, en el vapor “El Guerrero”. Iniciaba de tal manera su tercer exilio, que sería el último y el más largo. Unas semanas después, en septiembre, zarpó para el puerto de Cartagena, para de allí, luego de recorrer, rumbo al sur, cuatro leguas (unos 20 kilómetros), llegar por fin a Turbaco.

El vecindario de esta pequeña población, que guardaba un buen recuerdo de su estancia anterior (de 1850 a 1853), lo recibió con agrado. El ya sexagenario Santa Anna recuerda en sus memorias: “El cura párroco a pie y mojado por la lluvia que había caído, asomó el primero seguido de una multitud que me saludaba entusiasta; la música del pueblo llenaba el aire con sus sonatas, y al apearme del caballo disputábanse la preferencia de abrazarme”.

Volvió a la casa que había construido anteriormente y procuró no estar ocioso. Destinó sus tierras a la agricultura y la cría de ganado. Inició por entonces el dictado de sus memorias. Además, crió gallos para divertirse con su juego favorito y se ocupó de sus vecinos. Les prestó dinero, sin obtener utilidad alguna, como hacen constar los protocolos notariales que pueden consultarse en Cartagena y fue dadivoso con quienes precisaban socorro para resolver sus penurias y mejorar sus condiciones de vida. Con su colaboración, casas más cómodas comenzaron a sustituir a las chozas miserables y a llenar los terrenos baldíos y se reedificaron el curato y la iglesia parroquial, con sus altares y ornamentos. Ayudó en la edificación de un cementerio. E impulsó el cultivo del azúcar y el tabaco y la cría de ganado.

Otro de sus intereses fue desarrollar los transportes y las comunicaciones de los alrededores. El entrevistador del New York Tribune reconoce la tentativa de Santa Anna de construir un camino de peaje que uniera Turbaco con Cartagena. Esto le ganó el afecto y la gratitud de los vecinos, quienes, cuando se enteraron de que se iba a marchar, le rogaron, como a “su padre y bienhechor”, que no lo hiciera. Sin embargo, vientos de fronda soplaban sobre Nueva Granada hacia 1858, año en que se aprobó una nueva constitución: liberal, federalista, antieclesiástica. El general Tomás Cipriano Mosquera intranquilizaba al país. Santa Anna, quien, como veremos en seguida, no parecía gozar de las simpatías de aquel militar, temió ser perjudicado y prefirió alejarse. El 9 de marzo de ese año emprendió el viaje a la colonia inglesa de Saint Thomas, en el Caribe; tenía la intención de volver cuando fuera prudente. No sucedió así; el temor de los vecinos de Turbaco de que no regresara acabaría por justificarse.

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En palabras de Álvaro Matute Aguirre

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Nieto de un general revolucionario, hijo de actores y enamorado temprano de la historia, el doctor Álvaro Matute Aguirre consolidó una importante carrera que no solo lo convirtió en una figura de la Universidad Nacional Autónoma de México, sino de la cultura mexicana.

 

Investigador Emérito de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Sistema Nacional de Investigadores, Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades (1997), Medalla Capitán Alonso de León al Mérito Histórico (2007) y Premio Nacional de Ciencias y Artes (2008); además de miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM (1999 a 2009), la Academia Mexicana de la Historia, el Seminario de Cultura Mexicana y la Academia Mexicana de la Lengua, Álvaro Matute Aguirre era uno de los académicos más reconocidos de nuestro país al momento de su fallecimiento, el 12 de septiembre de 2017.

El relato de su infancia y los primeros acercamientos que tuvo con la Historia en Churubusco y la influencia de figuras trascendentales en su vida parecen confirmar que, como dijo Sigmund Freud, “infancia es destino”; además de que el trabajo serio y constante es fundamental para ser alguien en la vida, sin importar a lo que nos dediquemos. Matute reconstruye, por otra parte, su trayectoria por una Universidad Nacional Autónoma de México plagada de grandes figuras que, indudablemente, dejaron una importante huella en su generación. En sus propias palabras encontramos satisfacción por los logros alcanzados, pero también nostalgia por el pasado.

El siguiente texto es una edición de la entrevista a Álvaro Matute Aguirre, que el autor le realizó en agosto de 2009.

“Lo mejor para un hombre es acertar su vocación”

Nací el 19 de abril de 1943 en la ciudad de México, en la colonia Roma, porque ahí estaba el hospital donde se atendió mi madre; pero no tengo vínculos con la Roma, ya que durante algunos años viví en la colonia Juárez y después, cuando cobré conciencia de la vida y de muchas otras cosas, emigramos a Churubusco, donde viví de la infancia a la adolescencia, muy cerca del Convento.

De la visita al Museo del Convento de Churubusco me nació el amor a la Historia. Cada 20 de agosto se conmemoraba el aniversario de la batalla y había un desfile en el que los escolares de Coyoacán marchábamos al convento, se hacía una ceremonia con discursos, se pasaba lista a los héroes que fallecieron en la batalla y nosotros respondíamos “murió por la patria”. Ese día, además, la entrada era gratuita, entonces yo siempre iba y llegué a conocerlo prácticamente de memoria. El museo que conocí de niño es diferente al que ahora conocemos  como Museo Nacional de las Intervenciones, antes era simplemente Museo del ex convento de Churubusco y ahí veía uno los cuadros que representaban diferentes batallas. No solo Churubusco, sino también Molino del Rey, Padierna, Chapultepec, la Angostura; en fin, toda la parte de la intervención estadounidense. De ahí me nació mucho el gusto, la vocación histórica.

El otro nexo importante que tuve con la Historia fue mi abuelo materno, el general Amado Aguirre, veterano de la revolución que militó en el Ejército Constitucionalista y fue diputado constituyente en 1917. Él no me dio clases de historia ni nada, ya que falleció cuando yo tenía seis años; sin embargo, su presencia, los cuadros de su biblioteca, sus uniformes, sus condecoraciones y todo lo
que tenía, también me dieron un marco histórico. Puedo decir que me desarrollé en la infancia en un ámbito muy cercano a la Historia. Entonces, sin que fuera yo consciente de ello, esto empujó mi vocación. Fue lo que formó definitivamente mi inclinación por encontrarle sentido al conocimiento del pasado.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

“Venían muy redotados… Pero con mucha violencia”

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

El capitán de caballería Gregorio Martínez cuenta aquí las duras vivencias como combatientes junto al general Francisco Villa entre 1917 y 1919 antes de deponer las armas. Transformados en gavilleros dispuestos únicamente a sobrevivir, afrontaron el final de la lucha revolucionaria en medio del hambre, el saqueo, las deserciones y la irracional brutalidad.

Luz Corral

A fines de 1915 la otrora poderosa División del Norte había desaparecido. Con la derrota a cuestas, el general Francisco Villa decidió seguir una guerra de guerrillas en contra de Venustiano Carranza y, a partir de entonces, con tan sólo un pequeño contingente constitutido por hombres que habían militado bajo sus órdenes, comenzó a operar en el estado de Chihuahua, haciendo extensivo su movimiento a los vecinos estados de Durango y Coahuila.

Pequeños destacamentos, divididos en facciones, hostilizaron al gobierno y resistieron durante cuatro años todo intento de pacificación. Estas gavillas al movilizarse en sus lugares de origen mantuvieron contacto con la población, lo cual les facilitó organizarse, incrementar sus contingentes, conseguir provisiones e informarse de los movimientos del ejército federal. El arraigo popular que mantuvieron los villistas en numerosas poblaciones facilitó sus acciones.

En corto tiempo Villa consiguió reunir un respetable contingente armado que, durante los años siguientes, mantuvo sucesivos encuentros con los distintos jefes de operaciones militares enviados a combatirlo. Las guerrillas villistas llegaron a obtener algunas victorias logrando tener en jaque a Carranza y a su ejército a lo largo de casi cinco años. Sin embargo, aunque se fueron engrosando los contingentes guerrilleros, también se empezaron a rendir algunas facciones. Muchos villistas se amnistiaron y se pasaron a las filas carrancistas combatiendo a sus antiguos compañeros, lo que Villa nunca les perdonaría. Ante las represalias ejercidas y la táctica de leva forzosa que implementó, el caudillo empezó a perder apoyo popular, al tiempo que provocó continuos reacomodos en las jefaturas militares del Ejército federal y la formación de numerosos cuerpos de voluntarios y defensas sociales en diversas poblaciones cuya finalidad era proteger propiedades y familias de los ataques guerrilleros.

Después de tantos años de guerra, la guerrilla empezó a declinar y el movimiento se debilitó; apareció el cansancio y la desmoralización entre las tropas. Aumentaron las deserciones en masa porque se intensificó el miedo y empezaron a perder la fe. Muchos que habían sido fieles al ex jefe de la División del Norte y que llevaban años levantados en armas no pudieron resistir más y se fueron retirando de la lucha.

Tras la sublevación del grupo sonorense contra el gobierno, la adhesión de numerosos generales y el asesinato del presidente Venustiano Carranza en mayo de 1920, Villa estuvo dispuesto a pactar con el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta. El 31 de agosto de 1920, en la hacienda de Tlahualilo, Durango, los villistas depusieron las armas.

El texto que ahora se presenta es una edición de la entrevista que realicé al capitán de caballería Gregorio Martínez, los días 8 de septiembre de 1983 y 29 de septiembre de 1984 en la ciudad de Camargo, Chihuahua (pho/1/228). Se han seleccionado los relatos que recuerdan algunos pasajes de su participación de 1917 a 1919 en la guerrilla villista, años en los que se escribió uno de los capítulos más cruentos de la revolución, cuando a salto de mata y ocultas en las serranías, las gavillas hicieron de la guerrilla su modus operandi, abasteciéndose del saqueo y el robo, subsistiendo de lo que podían obtener en forma voluntaria o forzosa en los poblados aledaños y cazando al enemigo para matarlo, a riesgo de ser ellos los victimados. Hasta el fin de sus días, Gregorio Martínez mantuvo vivo el recuerdo de esos años de lucha y sobrevivencia al lado del general Villa, a quien ya no conoció como el líder admirado y carismático de otros tiempos, sino como el caudillo derrotado, despiadado y vengativo.

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Kathryn Blair. La vida sin mapa de camino

Ximena Montes de Oca y Héctor Luis Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

La autora de A la sombra del Ángel, una biografía novelada sobre su suegra, la polifacética Antonieta Rivas Mercado, actriz, mecenas, escritora, promotora cultural y defensora de los derechos de la mujer a principios del siglo XX, narra aquí su vida en México, la formación en Estados Unidos, el paso por Cuba y cómo es que llegó tardíamente a las letras.

Diseño de íconos por Laymik The Noun Project. Licencia de uso Creative Commons

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Kathryn Skidmore Blair nació en Cuba en 1920 y tres años después llegaba a una ciudad de México, provinciana y apacible, según relataría años más tarde, aunque en pleno proceso de reconstrucción posrevolucionario. Muy joven viajó a California, Estados Unidos, la patria de sus padres, en donde completó su formación escolar. Con el estallido de la segunda guerra mundial se involucraría como empleada en una fábrica de armamento y comentarista en Hollywood. Posteriormente viviría en Cuba donde presenció el ascenso del régimen revolucionario, lo cual la decidió a regresar a México en donde reside hasta la fecha.

Además de haber ejercido el periodismo, es escritora y ha publicado obras como El diario de Lucía (2000) y Breve relato de la historia de México de los olmecas al siglo XXI (2010), aunque sin duda su libro A la sombre del ángel es su obra más importante en la narra la vida de su suegra, Antonieta Rivas Mercado. El libro fue publicado por primera vez en 1995, y a la fecha ha vendido más de 200 000 ejemplares.

Aunque Kathryn no conoció en vida a Antonieta, el parentesco que las unía le dio la oportunidad de entrevistar a los familiares, obteniendo información de primera mano. La exhaustiva investigación que le tomó cerca de 20 años de trabajo, le permitió reconstruir de forma muy precisa la biografía de Antonieta, quien vivió tres momentos cruciales de la historia de México: el final del porfiriato, la revolución y posteriormente la lucha de poderes por gobernar al país, hasta su muerte en 1931, año en que decidió poner fin a su vida en la Catedral de Notre Dame, en París.

La obra de Blair tiene el valor de haber “rescatado” la figura de Antonieta Rivas Mercado, en un momento en el cual era poco conocida, al igual que otros personajes femeninos de gran relevancia para la historia nacional. Su relato permitió dimensionar la importancia de las labores altruistas y políticas de Antonieta.

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Recuerdos de infancia. Manicomio La Castañeda

Francisco Javier Castellanos Cervantes
Ciencias Odontológicas, Médica y de la Salud, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Dos vivencias de la niñez dan cuenta de una vida sosegada entre los muros del edificio que fuera emblemático en la atención de enfermos con discapacidades mentales en la primera mitad del siglo XX. Para algunos empleados y sus hijos, la convivencia con los pacientes no era conflictiva.

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Cincuenta y ocho años habían sido suficientes para que el Manicomio General La Castañeda pudiera lograr que la psiquiatría se profesionalizara en nuestro país. Muchas personas habitaron dentro de sus muros buscando encontrar una cura para sus padecimientos mentales, o simple y sencillamente para hallar un paliativo y hacer la vida más llevadera. Sin embargo, también podemos rastrear la vida al interior de estos muros con otra mirada: la de los trabajadores y los familiares de estos, quienes convivían con los pacientes de forma cotidiana.

La Castañeda fungió por muchos años como una institución de beneficencia. Si bien es cierto que contaba con población pensionista que pagaba para recibir un trato mejor al de los demás, la mayor parte no podía hacerlo. Una gran parte de los internos eran llevados por sus familiares y la mayoría no volvía a salir de ahí y, aunque se sabe poco sobre los niños abandonados en este manicomio, fue un fenómeno relativamente común a mediados del siglo XX. El abandono se debía más que a un problema mental a una cuestión que hoy entra en el terreno de la teratología, esto es, a que algunos niños que nacían con malformaciones encontraban su destino dentro de los muros de La Castañeda.

El carácter de asistencia social del manicomio, acorde con un aparato de beneficencia que duró algunas décadas, también resuelve la interrogante de por qué muchas personas terminaban ahí dentro, pues la carga económica era un aspecto fundamental para que los familiares encontraran un alivio para sus bolsillos y para los malestares físicos de sus enfermos. Sin embargo, la carga social pesaba más que otros aspectos. El abandono era muy recurrente sin consideraciones de género o edad. En este contexto, los niños con malformaciones eran un peso que soportar y que motivaba a sus parientes a dejarlos en el hospital para que pudieran recibir algún tipo de tratamiento.

La infancia no escapó a la mirada eugenésica ni de higiene mental que seguía presente dentro de este tipo de instituciones, ni desde luego de muchas prácticas como la psicometría que se orientó a marcar un cambio en quienes serían futuros ciudadanos. La higiene mental fue la principal herramienta con la que se trabajaba en la psique del niño para poder prevenir desviaciones y desequilibrios, los que se pensaba derivarían en una persona perversa, alienada o criminal. La misma situación se podía ver en la población adulta: desde el retraso mental hasta la imbecilidad o idiotez eran nombres con los que se designaba a varias “enfermedades” mentales y eran motivo de reclusión.

Los textos que se presentan a continuación constituyen una visión poco usual. Son los recuerdos de dos personas que crecieron en el manicomio y para quienes este espacio era algo natural; con personas que catalogan como “diferentes” pero nada más, pues en su momento no comprendían la magnitud de sus padecimientos. Sin embargo, al ser entrevistados, sí mostraron mucha reserva para hablar del que llaman el pabellón de niños, donde la mayoría de sus habitantes no pasaba de los dos años de edad, siendo algunos recién nacidos y su problema un impedimento físico.

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La marca del Che

Juan Carlos Flores Flores, José Humberto García Cervantes, Carlos Ortiz Gómez
Becarios Instituto Mora

María Patricia Pensado Leglise
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

A 50 años del asesinato del hombre que marcó la utopía de la lucha por la igualdad, su imagen, a pesar de las transformaciones de su figura como un ícono de consumo para las nuevas generaciones, del que poco llegan a saber, en México sigue presente como símbolo de transformaciones, especialmente políticas a imitar y seguir.

 

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El 9 de octubre de 1967 el sargento Mario Terán Salazar se vistió? de verdugo para acabar con la vida de Ernesto Guevara. Según se cuenta, el inexperto militar titubea? al momento de realizar la mortal tarea en aquel presidio disfrazado de aula escolar. Los altos mandos del ejército boliviano y sus consejeros estadunidenses creían que, con esa medida, la influencia del Che también moriría. Se sabían tan perspicaces al convencerse de que si desaparecían el maltrecho cuerpo del guerrillero se disiparía también cualquier intento de veneración subversiva. Han pasado ya 50 años de aquella ejecución y hemos sido testigos de cómo las decisiones de sus inquisidores fueron el detonante que favorecía que la explosiva influencia del Che se esparciera por todo el mundo.

Incontables músicos y poetas le han cantado desde entonces mitificando su imagen. Roque Dalton lo compara con Jesucristo; Pablo Neruda, Julio Cortázar, Mario Benedetti y Nicolás Guillén escribieron furiosos y melancólicos versos que denunciaban el sadismo de sus captores, pero también el conformismo y la inacción de muchos de sus seguidores: “eres nuestra conciencia acribillada”, decía Benedetti. Carlos Puebla, Silvio Rodríguez, Víctor Jara y muchos otros escribieron canciones que enaltecían el heroísmo y el legado vital que se fortalecía con su muerte. “Alguna gente se muere para volver a nacer. Y el que tenga alguna duda que se lo pregunte al Che”, cantaba Atahualpa Yupanqui. A la par el mito se fundó con aquella imagen que Alberto Korda logró capturar durante el cortejo fúnebre que Fidel Castro pronunció por las víctimas que dejó el sabotaje al barco La Coubre, en marzo de 1960, después de las explosiones que provocaron los agentes contrarrevolucionarios para evitar el desembarco del arsenal militar que había llegado a la isla.

El mundo conoció aquella fotografía siete años después por la sagacidad del editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, que percibía el éxito comercial de esa muerte. Después de su ejecución, jóvenes de todo el mundo tomaron la foto del Che como un estandarte de liberación y rebeldía. La resurrección se había consumado. El Che asumía su posición como líder innato de organizaciones que luchaban por la liberación nacional en distintas partes del mundo, de movimientos estudiantiles, de sindicalistas democráticos y de organizaciones guerrilleras. Se convirtió entonces en el arquetipo del revolucionario, la personificación de la revolución. Su rostro, un rostro que “refleja mucha claridad espiritual”, según dijo Tonatiuh, uno de nuestros entrevistados, se convirtió en la perfecta complementación cuasi divina que todo mito necesita para existir. Su figura se aparecía en una cantidad inverosímil de mercancías que se vendieron muy bien en nuestras sociedades ávidas de consumo. Una epifanía revolucionaria cooptada por el capitalismo: “Paradoja ideológica”, por supuesto.

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Magistrado Ricardo Sodi Cuéllar. El juicio de amparo, un medio de control constitucional por excelencia

Carlos de Jesús Becerril Hernández
Universidad Anahuac México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

La vigencia de la herramienta jurídica más utilizada en México, los avances logrados con la reforma de 2011 y su aplicación no exenta de tecnicismos farragosos y una complejidad que la pueden alejar del entendimiento popular. son abordados en esta conversación por el juez del tribunal superior de justicia del Estado de México y director de la Facultad de Derecho de la Universidad Anáhuac México.

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El juicio de amparo representa la materialización en la norma jurídica del ideario liberal decimonónico. Mariano Otero (1817-1850) fue el encargado de su federalización en 1847. En dicho año, emitió un voto particular mediante el cual abogó por su inclusión dentro del artículo 25 del Acta Constitutiva y de Reformas. A partir de entonces, los ciudadanos que consideren que una autoridad ha vulnerado sus derechos fundamentales pueden acudir a la justicia federal en busca de “amparo y protección” Debido a lo anterior, en la entrada del edificio principal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación ubicada en Pino Suárez núm. 2, colonia Centro en la Ciudad de México, se encuentra una enorme estatua del joven abogado jalisciense, padre del amparo mexicano. Incluso, el principio de relatividad de las sentencias de amparo, por el cual se estableció que estas solo tienen efectos para quien las ha pedido se denomina también “formula Otero” resaltando así la importancia del legado vigente y funcional de Mariano Otero al sistema jurídico mexicano.

El año 2011 fue paradigmático para el sistema de justicia mexicano. La reforma constitucional en materia de amparo y derechos humanos marcó un hito. En adelante, por su conducto se protegerían todos los derechos humanos, y no solo las garantías individuales “como desde 1917 venía haciéndose”, aunque no se encontrasen dentro de la Constitución. Al respecto, Ricardo Sodi Cuéllar, director de la Facultad de Derecho de la Universidad Anáhuac México y magistrado del Tribunal Superior de Justicia del Estado de México, nos habla del amparo y su importancia dentro del sistema judicial mexicano, sobre todo en materia penal.

 

¿Qué es el juicio de amparo?

El amparo es un juicio de protección de los derechos fundamentales de los habitantes de la república mexicana. Digo habitantes porque no solamente opera a favor de los mexicanos, sino también a favor de extranjeros que están en el territorio nacional.

Por medio de él, todo acto de autoridad puede ser objeto de una revisión constitucional para que se respeten los derechos fundamentales de las personas. El juicio de amparo también sirve para controvertir resoluciones de los tribunales superiores de justicia de cada entidad; dejando en manos del Poder Judicial Federal la última palabra en la resolución de conflictos.

 

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