Archivo de la categoría: Entrevistas

Santa Anna en Turbaco, en 1856

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Durante su segundo exilio en Colombia y a un año de huir del país, el ex dictador recibió a un periodista de un medio estadunidense al que le relató su participación en el proceso de independencia, los “errores” de juventud de apostar por un país federado y el desprecio por las políticas americanas.

Cuando “Amigo” se enteró de que el general Antonio López de Santa Anna se había establecido en Turbaco, a dos horas de Cartagena, Nueva Granada, decidió sacar partido de su viaje a Bogotá y detenerse en aquella población para hacerle una entrevista. Debía estar convencido de que su editor tendría interés en ella, por lo que no dudó en visitar al ex hombre fuerte de México y departir un rato con él.

“Oliendo” una buena noticia, “Amigo” se presentó en la Casa de Tejas, como se conocía en Turbaco a la mansión donde residía el ex dictador mexicano y, sin libreta ni cuaderno para hacer anotaciones, ya que lo esencial en el ejercicio periodístico de entonces era la memoria, puso gran atención, no sólo a las respuestas que sus preguntas recibían, sino también a la casa, los entornos, la persona y las expresiones de aquél con quien hablaba. Tres días después intentaría reproducir por escrito, casi palabra por palabra, la mayor parte de lo que había visto, ído y dicho, y después de hacerlo, remitió el documento a Nueva York o, tal vez, lo llevó consigo al regresar a su país y lo entregó personalmente.

056

Antonio López de Santa Anna, daguerrotipo ca. 1853, De-Golyer Library, Southern Methodist University. Flickr Commons.

“Amigo” no se equivocó sobre el interés por el material por parte de su editor, Horace Greeley. Se publicó en el New York Tribune escasamente unas semanas después: el 14 de febrero de 1856. La entrevista tendría una difusión que ni Santa Anna mismo pudo conjeturar: el importante periódico, reconocido por su independencia y orientación reformista (era abierto partidario, por ejemplo, de la abolición de la esclavitud), tenía por entonces una circulación diaria de más de 60 000 ejemplares; pero su influencia llegaba incluso a las áreas rurales. No era raro que Santa Anna llamara aún la atención. Apenas un año anterior, muchos mexicanos se postraban ante él y le aplaudían como Su Alteza Serenísima. Sin embargo, los abusos y las dificultades habían ido agotando su mandato. Mientras él inventaba impuestos y proscribía o confinaba a los disidentes, la revolución proclamada por el plan de Ayutla en marzo de 1854, iba ganando adeptos y, por más esfuerzos que hizo, el general presidente no consiguió derrotarla. En agosto de 1855, el triunfo de los “facciosos”, guiados por los generales Juan Álvarez e Ignacio Comonfort, era un hecho. El día 9, Santa Anna huyó de la capital por la noche, concediendo el triunfo al enemigo. El 12, en Perote, manifestó que dejaba México y la mañana del 17 partió hacia La Habana, en el vapor “El Guerrero”. Iniciaba de tal manera su tercer exilio, que sería el último y el más largo. Unas semanas después, en septiembre, zarpó para el puerto de Cartagena, para de allí, luego de recorrer, rumbo al sur, cuatro leguas (unos 20 kilómetros), llegar por fin a Turbaco.

El vecindario de esta pequeña población, que guardaba un buen recuerdo de su estancia anterior (de 1850 a 1853), lo recibió con agrado. El ya sexagenario Santa Anna recuerda en sus memorias: “El cura párroco a pie y mojado por la lluvia que había caído, asomó el primero seguido de una multitud que me saludaba entusiasta; la música del pueblo llenaba el aire con sus sonatas, y al apearme del caballo disputábanse la preferencia de abrazarme”.

Volvió a la casa que había construido anteriormente y procuró no estar ocioso. Destinó sus tierras a la agricultura y la cría de ganado. Inició por entonces el dictado de sus memorias. Además, crió gallos para divertirse con su juego favorito y se ocupó de sus vecinos. Les prestó dinero, sin obtener utilidad alguna, como hacen constar los protocolos notariales que pueden consultarse en Cartagena y fue dadivoso con quienes precisaban socorro para resolver sus penurias y mejorar sus condiciones de vida. Con su colaboración, casas más cómodas comenzaron a sustituir a las chozas miserables y a llenar los terrenos baldíos y se reedificaron el curato y la iglesia parroquial, con sus altares y ornamentos. Ayudó en la edificación de un cementerio. E impulsó el cultivo del azúcar y el tabaco y la cría de ganado.

Otro de sus intereses fue desarrollar los transportes y las comunicaciones de los alrededores. El entrevistador del New York Tribune reconoce la tentativa de Santa Anna de construir un camino de peaje que uniera Turbaco con Cartagena. Esto le ganó el afecto y la gratitud de los vecinos, quienes, cuando se enteraron de que se iba a marchar, le rogaron, como a “su padre y bienhechor”, que no lo hiciera. Sin embargo, vientos de fronda soplaban sobre Nueva Granada hacia 1858, año en que se aprobó una nueva constitución: liberal, federalista, antieclesiástica. El general Tomás Cipriano Mosquera intranquilizaba al país. Santa Anna, quien, como veremos en seguida, no parecía gozar de las simpatías de aquel militar, temió ser perjudicado y prefirió alejarse. El 9 de marzo de ese año emprendió el viaje a la colonia inglesa de Saint Thomas, en el Caribe; tenía la intención de volver cuando fuera prudente. No sucedió así; el temor de los vecinos de Turbaco de que no regresara acabaría por justificarse.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

En palabras de Álvaro Matute Aguirre

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Nieto de un general revolucionario, hijo de actores y enamorado temprano de la historia, el doctor Álvaro Matute Aguirre consolidó una importante carrera que no solo lo convirtió en una figura de la Universidad Nacional Autónoma de México, sino de la cultura mexicana.

 

Investigador Emérito de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Sistema Nacional de Investigadores, Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades (1997), Medalla Capitán Alonso de León al Mérito Histórico (2007) y Premio Nacional de Ciencias y Artes (2008); además de miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM (1999 a 2009), la Academia Mexicana de la Historia, el Seminario de Cultura Mexicana y la Academia Mexicana de la Lengua, Álvaro Matute Aguirre era uno de los académicos más reconocidos de nuestro país al momento de su fallecimiento, el 12 de septiembre de 2017.

El relato de su infancia y los primeros acercamientos que tuvo con la Historia en Churubusco y la influencia de figuras trascendentales en su vida parecen confirmar que, como dijo Sigmund Freud, “infancia es destino”; además de que el trabajo serio y constante es fundamental para ser alguien en la vida, sin importar a lo que nos dediquemos. Matute reconstruye, por otra parte, su trayectoria por una Universidad Nacional Autónoma de México plagada de grandes figuras que, indudablemente, dejaron una importante huella en su generación. En sus propias palabras encontramos satisfacción por los logros alcanzados, pero también nostalgia por el pasado.

El siguiente texto es una edición de la entrevista a Álvaro Matute Aguirre, que el autor le realizó en agosto de 2009.

“Lo mejor para un hombre es acertar su vocación”

Nací el 19 de abril de 1943 en la ciudad de México, en la colonia Roma, porque ahí estaba el hospital donde se atendió mi madre; pero no tengo vínculos con la Roma, ya que durante algunos años viví en la colonia Juárez y después, cuando cobré conciencia de la vida y de muchas otras cosas, emigramos a Churubusco, donde viví de la infancia a la adolescencia, muy cerca del Convento.

De la visita al Museo del Convento de Churubusco me nació el amor a la Historia. Cada 20 de agosto se conmemoraba el aniversario de la batalla y había un desfile en el que los escolares de Coyoacán marchábamos al convento, se hacía una ceremonia con discursos, se pasaba lista a los héroes que fallecieron en la batalla y nosotros respondíamos “murió por la patria”. Ese día, además, la entrada era gratuita, entonces yo siempre iba y llegué a conocerlo prácticamente de memoria. El museo que conocí de niño es diferente al que ahora conocemos  como Museo Nacional de las Intervenciones, antes era simplemente Museo del ex convento de Churubusco y ahí veía uno los cuadros que representaban diferentes batallas. No solo Churubusco, sino también Molino del Rey, Padierna, Chapultepec, la Angostura; en fin, toda la parte de la intervención estadounidense. De ahí me nació mucho el gusto, la vocación histórica.

El otro nexo importante que tuve con la Historia fue mi abuelo materno, el general Amado Aguirre, veterano de la revolución que militó en el Ejército Constitucionalista y fue diputado constituyente en 1917. Él no me dio clases de historia ni nada, ya que falleció cuando yo tenía seis años; sin embargo, su presencia, los cuadros de su biblioteca, sus uniformes, sus condecoraciones y todo lo
que tenía, también me dieron un marco histórico. Puedo decir que me desarrollé en la infancia en un ámbito muy cercano a la Historia. Entonces, sin que fuera yo consciente de ello, esto empujó mi vocación. Fue lo que formó definitivamente mi inclinación por encontrarle sentido al conocimiento del pasado.

[...]

Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

“Venían muy redotados… Pero con mucha violencia”

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

El capitán de caballería Gregorio Martínez cuenta aquí las duras vivencias como combatientes junto al general Francisco Villa entre 1917 y 1919 antes de deponer las armas. Transformados en gavilleros dispuestos únicamente a sobrevivir, afrontaron el final de la lucha revolucionaria en medio del hambre, el saqueo, las deserciones y la irracional brutalidad.

Luz Corral

A fines de 1915 la otrora poderosa División del Norte había desaparecido. Con la derrota a cuestas, el general Francisco Villa decidió seguir una guerra de guerrillas en contra de Venustiano Carranza y, a partir de entonces, con tan sólo un pequeño contingente constitutido por hombres que habían militado bajo sus órdenes, comenzó a operar en el estado de Chihuahua, haciendo extensivo su movimiento a los vecinos estados de Durango y Coahuila.

Pequeños destacamentos, divididos en facciones, hostilizaron al gobierno y resistieron durante cuatro años todo intento de pacificación. Estas gavillas al movilizarse en sus lugares de origen mantuvieron contacto con la población, lo cual les facilitó organizarse, incrementar sus contingentes, conseguir provisiones e informarse de los movimientos del ejército federal. El arraigo popular que mantuvieron los villistas en numerosas poblaciones facilitó sus acciones.

En corto tiempo Villa consiguió reunir un respetable contingente armado que, durante los años siguientes, mantuvo sucesivos encuentros con los distintos jefes de operaciones militares enviados a combatirlo. Las guerrillas villistas llegaron a obtener algunas victorias logrando tener en jaque a Carranza y a su ejército a lo largo de casi cinco años. Sin embargo, aunque se fueron engrosando los contingentes guerrilleros, también se empezaron a rendir algunas facciones. Muchos villistas se amnistiaron y se pasaron a las filas carrancistas combatiendo a sus antiguos compañeros, lo que Villa nunca les perdonaría. Ante las represalias ejercidas y la táctica de leva forzosa que implementó, el caudillo empezó a perder apoyo popular, al tiempo que provocó continuos reacomodos en las jefaturas militares del Ejército federal y la formación de numerosos cuerpos de voluntarios y defensas sociales en diversas poblaciones cuya finalidad era proteger propiedades y familias de los ataques guerrilleros.

Después de tantos años de guerra, la guerrilla empezó a declinar y el movimiento se debilitó; apareció el cansancio y la desmoralización entre las tropas. Aumentaron las deserciones en masa porque se intensificó el miedo y empezaron a perder la fe. Muchos que habían sido fieles al ex jefe de la División del Norte y que llevaban años levantados en armas no pudieron resistir más y se fueron retirando de la lucha.

Tras la sublevación del grupo sonorense contra el gobierno, la adhesión de numerosos generales y el asesinato del presidente Venustiano Carranza en mayo de 1920, Villa estuvo dispuesto a pactar con el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta. El 31 de agosto de 1920, en la hacienda de Tlahualilo, Durango, los villistas depusieron las armas.

El texto que ahora se presenta es una edición de la entrevista que realicé al capitán de caballería Gregorio Martínez, los días 8 de septiembre de 1983 y 29 de septiembre de 1984 en la ciudad de Camargo, Chihuahua (pho/1/228). Se han seleccionado los relatos que recuerdan algunos pasajes de su participación de 1917 a 1919 en la guerrilla villista, años en los que se escribió uno de los capítulos más cruentos de la revolución, cuando a salto de mata y ocultas en las serranías, las gavillas hicieron de la guerrilla su modus operandi, abasteciéndose del saqueo y el robo, subsistiendo de lo que podían obtener en forma voluntaria o forzosa en los poblados aledaños y cazando al enemigo para matarlo, a riesgo de ser ellos los victimados. Hasta el fin de sus días, Gregorio Martínez mantuvo vivo el recuerdo de esos años de lucha y sobrevivencia al lado del general Villa, a quien ya no conoció como el líder admirado y carismático de otros tiempos, sino como el caudillo derrotado, despiadado y vengativo.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Kathryn Blair. La vida sin mapa de camino

Ximena Montes de Oca y Héctor Luis Zarauz López
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

La autora de A la sombra del Ángel, una biografía novelada sobre su suegra, la polifacética Antonieta Rivas Mercado, actriz, mecenas, escritora, promotora cultural y defensora de los derechos de la mujer a principios del siglo XX, narra aquí su vida en México, la formación en Estados Unidos, el paso por Cuba y cómo es que llegó tardíamente a las letras.

Diseño de íconos por Laymik The Noun Project. Licencia de uso Creative Commons

Diseño de íconos por Laymik The Noun Project. Licencia de uso Creative Commons

Kathryn Skidmore Blair nació en Cuba en 1920 y tres años después llegaba a una ciudad de México, provinciana y apacible, según relataría años más tarde, aunque en pleno proceso de reconstrucción posrevolucionario. Muy joven viajó a California, Estados Unidos, la patria de sus padres, en donde completó su formación escolar. Con el estallido de la segunda guerra mundial se involucraría como empleada en una fábrica de armamento y comentarista en Hollywood. Posteriormente viviría en Cuba donde presenció el ascenso del régimen revolucionario, lo cual la decidió a regresar a México en donde reside hasta la fecha.

Además de haber ejercido el periodismo, es escritora y ha publicado obras como El diario de Lucía (2000) y Breve relato de la historia de México de los olmecas al siglo XXI (2010), aunque sin duda su libro A la sombre del ángel es su obra más importante en la narra la vida de su suegra, Antonieta Rivas Mercado. El libro fue publicado por primera vez en 1995, y a la fecha ha vendido más de 200 000 ejemplares.

Aunque Kathryn no conoció en vida a Antonieta, el parentesco que las unía le dio la oportunidad de entrevistar a los familiares, obteniendo información de primera mano. La exhaustiva investigación que le tomó cerca de 20 años de trabajo, le permitió reconstruir de forma muy precisa la biografía de Antonieta, quien vivió tres momentos cruciales de la historia de México: el final del porfiriato, la revolución y posteriormente la lucha de poderes por gobernar al país, hasta su muerte en 1931, año en que decidió poner fin a su vida en la Catedral de Notre Dame, en París.

La obra de Blair tiene el valor de haber “rescatado” la figura de Antonieta Rivas Mercado, en un momento en el cual era poco conocida, al igual que otros personajes femeninos de gran relevancia para la historia nacional. Su relato permitió dimensionar la importancia de las labores altruistas y políticas de Antonieta.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Recuerdos de infancia. Manicomio La Castañeda

Francisco Javier Castellanos Cervantes
Ciencias Odontológicas, Médica y de la Salud, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Dos vivencias de la niñez dan cuenta de una vida sosegada entre los muros del edificio que fuera emblemático en la atención de enfermos con discapacidades mentales en la primera mitad del siglo XX. Para algunos empleados y sus hijos, la convivencia con los pacientes no era conflictiva.

image011

Cincuenta y ocho años habían sido suficientes para que el Manicomio General La Castañeda pudiera lograr que la psiquiatría se profesionalizara en nuestro país. Muchas personas habitaron dentro de sus muros buscando encontrar una cura para sus padecimientos mentales, o simple y sencillamente para hallar un paliativo y hacer la vida más llevadera. Sin embargo, también podemos rastrear la vida al interior de estos muros con otra mirada: la de los trabajadores y los familiares de estos, quienes convivían con los pacientes de forma cotidiana.

La Castañeda fungió por muchos años como una institución de beneficencia. Si bien es cierto que contaba con población pensionista que pagaba para recibir un trato mejor al de los demás, la mayor parte no podía hacerlo. Una gran parte de los internos eran llevados por sus familiares y la mayoría no volvía a salir de ahí y, aunque se sabe poco sobre los niños abandonados en este manicomio, fue un fenómeno relativamente común a mediados del siglo XX. El abandono se debía más que a un problema mental a una cuestión que hoy entra en el terreno de la teratología, esto es, a que algunos niños que nacían con malformaciones encontraban su destino dentro de los muros de La Castañeda.

El carácter de asistencia social del manicomio, acorde con un aparato de beneficencia que duró algunas décadas, también resuelve la interrogante de por qué muchas personas terminaban ahí dentro, pues la carga económica era un aspecto fundamental para que los familiares encontraran un alivio para sus bolsillos y para los malestares físicos de sus enfermos. Sin embargo, la carga social pesaba más que otros aspectos. El abandono era muy recurrente sin consideraciones de género o edad. En este contexto, los niños con malformaciones eran un peso que soportar y que motivaba a sus parientes a dejarlos en el hospital para que pudieran recibir algún tipo de tratamiento.

La infancia no escapó a la mirada eugenésica ni de higiene mental que seguía presente dentro de este tipo de instituciones, ni desde luego de muchas prácticas como la psicometría que se orientó a marcar un cambio en quienes serían futuros ciudadanos. La higiene mental fue la principal herramienta con la que se trabajaba en la psique del niño para poder prevenir desviaciones y desequilibrios, los que se pensaba derivarían en una persona perversa, alienada o criminal. La misma situación se podía ver en la población adulta: desde el retraso mental hasta la imbecilidad o idiotez eran nombres con los que se designaba a varias “enfermedades” mentales y eran motivo de reclusión.

Los textos que se presentan a continuación constituyen una visión poco usual. Son los recuerdos de dos personas que crecieron en el manicomio y para quienes este espacio era algo natural; con personas que catalogan como “diferentes” pero nada más, pues en su momento no comprendían la magnitud de sus padecimientos. Sin embargo, al ser entrevistados, sí mostraron mucha reserva para hablar del que llaman el pabellón de niños, donde la mayoría de sus habitantes no pasaba de los dos años de edad, siendo algunos recién nacidos y su problema un impedimento físico.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario