Archivo de la categoría: Entrevistas

El Mixcoac de mis recuerdos

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Una testigo de ocho décadas de la vida del barrio salpica entre anécdotas y vivencias lo que fue vivir en casas de largos corredores, amplios jardines y establos, esconderse en las ladrilleras del parque hundido, convivir travesuras con los Paz, ser testigo de misas clandestinas, escudriñar fantasmas o cargar los judas con frutas en semana santa. 

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Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Iglesia en la plaza de San Juan (frente al Mora) (640x394)

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Ireneo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto. Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

La colonia y sus leyendas

Entrevista a Guadalupe Martínez viuda de Ritz,
realizada por Graziella Altamirano el 7 de agosto de 2003,
Santa Mónica, Estado de México.

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquel entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, y al poco tiempo murió. En Mixcoac vivía mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá, al quedar viuda, regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante, y le dijo: “No, tú ya no te vas… ¿qué vas a hacer con la niña?” Yo tenía un año de nacida, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

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Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época Avenida Cuauhtémoc, y ahora se llama Rubens. Era una casa muy grande que tenía huerta, un corral, alberca, estaba muy bien. Ahí vivimos, se casó otra de mis tías, uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, casi esquina con Augusto Rodin, que es también paralela a Rubens. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré? entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando es más grande.

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Ramón Pereda Saro. Una vida en el cine

Ramón Aureliano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.

En los tiempos del cine mudo Ramón Pereda Saro se fue a Hollywood, cuando todavía empezaba su carrera y allí se hacían películas en español. Casi tres años de trabajo y 18 películas fueron un aprendizaje acelerado para convertirse en una de las figuras destacadas de los inicios del cine mexicano. Si bien preferiría la actuación y dirección, destacó por la producción de films de rápida manufactura y con temáticas populares.

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Ramón Pereda en una escena de la película El médico de las locas, 1944.

Actor, guionista, director y productor de cine de origen español, Ramón Pereda Saro nació en el seno de una familia de campesinos. Al parecer, influido por consejos de parientes que vivían en México, se embarcó en el puerto de Santander en 1910 para probar fortuna en tierras mexicanas.

Tuvo diversos empleos en los que destacó, entre ellos como representante en México para América Latina, de una compañía canadiense de seguros. En 1929 pudo costearse un viaje a Los Ángeles, California, y aprovechar la coyuntura favorable de los estudios de cine hollywoodenses que incorporaban actores de origen latino. En 1932 regresó como actor a México y a partir de 1937 también trabajó como guionista y director de películas con su propia compañía, la S. A. Pereda Films. Fue un cineasta conocido también por manufacturar películas de manera rápida y barata. Ramón Pereda se divorció de la actriz Gloria Rubio, enviudó de la actriz Adriana Lamar y se casó con la afamada rumbera y actriz cubana María Antonieta Pons. Muy prolífico como actor y director, se retiró en 1965 y falleció en la ciudad de México el 20 de junio de 1986.

En las siguientes páginas presentamos una edición de la entrevista que le hiciera Ximena Sepúlveda en su domicilio particular, el 22 de septiembre de 1975, la cual forma parte del Archivo de la Palabra de la Biblioteca Ernesto de la Torre Villar del Instituto Mora (PHO)/2/37.

???????????????????????????????????????????El Debut.

Nací en Esles de Cayón, en Santander, España, el 30 de agosto de 1897. Vine a México muy joven, después me fui a Monterrey. Trabajé en un rancho en Matamoros y después en Estados Unidos; regresé a México, me dediqué a comisionista y agente de bolsa. Pero se formó una compañía minera y me fui a la sierra de Guerrero a buscar minas… no las encontré. Regresé a México y me dediqué a vender seguros de la compañía El Sol de Canadá.

Un día vi un anuncio en un periódico en el que solicitaban artistas para trabajar en una película, Conspiración. Fui, me encontré con un señor que me dijo que tenía que inscribirme y pagar tres pesos, no sé si a la semana o al mes. Yo le dije que quería trabajar en la película que estaban haciendo, que yo no iba a estudiar, que si servía para el papel que tenían, muy bien; y si no, pues nada. El señor inmediatamente vio a otro que estaba a su lado y exclamó: “¡El marqués!” El que estaba a su lado afirmó con entusiasmo. Total, que hicimos un contrato en el que yo trabajaba, o mejor dicho, cobraba mi trabajo, con la oportunidad que me daban de trabajar en la película. No había dinero. Se hacía o se filmaba, cuando los productores conseguían un rollo de negativo, aunque fuera de 500 pies. En resumidas cuentas, se filmó la película. Trabajaron en ella Luis Márquez, María Luisa Zea, Eva de la Fuente; un muchacho, Enrique de Brokié; un actor de carácter, Max Langler y otros. El fotógrafo fue el señor Eugenio Lezama, muy buen fotógrafo. Todavía está por aquí.

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Sara García. La actriz joven que quiso ser vieja

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31.

Una de las actrices más emblemáticas del cine nacional fue Sara García Hidalgo (1895-1980), conocida como La Abuelita del cine mexicano por sus estereotipadas interpretaciones de una abuela, lo mismo severa y regañona que protectora y tierna, una figura imprescindible de la época de oro del cine nacional. Recuperamos dos entrevistas don de la propia actriz habla de su llegada al cine, los escenarios compartidos con Pedro Infante y Jorge Negrete, así como la huella que quería dejar para las futuras generaciones de actores y actrices.

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Sara García en Mauricio de la Serna, Las señoritas Vivanco, fotograma, 1958. AGN, Fondo Hermanos Mayo, Filmaciones, concentrados sobre 12666.

Actriz de teatro por vocación y por intuición, Sara García se vinculó a la carrera cinematográfica y transitó casi a la par con la historia del cine nacional del siglo XX, a partir de la aparición del cine sonoro en los años 30, cuando este se fue perfilando y desarrollando en las décadas siguientes, como uno de los entretenimientos con mayor producción y diversidad de géneros.

Surgieron por entonces los melodramas con actuaciones exageradas como una herencia tanto del teatro como del cine mudo, se dio impulso a las películas musicales, fue inaugurado el género de comedia ranchera y apareció el cine cómico con artistas procedentes de las carpas populares. Fueron años en los que proliferaron los directores y el cine experimentó un importante crecimiento debido a la instalación de los grandes estudios cinematográficos. Todo ello habría de dar forma y brillo a la Época de Oro del cine mexicano en la que se realizaron obras de enorme calidad de distintos géneros y alcanzaron su máximo esplendor las grandes estrellas y los ídolos populares que se volvieron inmortales, entre ellos, Sara García.

DSC00093 (419x640)La abuelita del cine mexicano se ganó este mote a pulso, sacrificando juventud y apariencia al hacerse extraer los dientes para dejar a un lado las actuaciones de dama joven y convertirse en actriz de carácter representando papeles dramáticos. Como ella misma expresó, siendo joven quiso ser vieja y así llegó al cine, adaptándose a los modelos que se impusieron entonces, con estereotipos de personajes que representaban una sociedad que no siempre era un fiel reflejo de la realidad.

Sara fue lo mismo la madre y esposa sumisa, dulce y abnegada de un matrimonio ejemplar, que la mujer recia, dominante y mandona que impone su voluntad; la abuelita dulce y tierna o la abuela regañona que fumaba habanos. Se adaptó en el cine a lo que Carlos Monsiváis llamó la dictadura de gestos y palabras donde la maternidad es la partera del melodrama. Para él, Sara fue insuperable en el cine como madre y abuela y en el melodrama tuvo su espacio vital.

La actriz actuó bajo la dirección de renombrados directores de la Época de Oro y en su trayectoria participó de los tiempos de auge, decadencia y crisis del cine nacional. Aparte de su carrera cinematográfica, también trabajó en radio y televisión. Compartió créditos con reconocidos actores como Fernando y Andrés Soler, Mario Moreno Cantinflas, Joaquín Pardavé, Jorge Negrete y Pedro Infante, de quien decía orgullosa que lo había impulsado en la actuación.

Las páginas siguientes corresponden a la edición de dos entrevistas que reflejan su personalidad y su trayectoria en el cine mexicano, las cuales forman parte del Archivo de la Palabra del Instituto Mora. Fueron realizadas por Aurelio de los Reyes, el 7 de marzo de 1974; y Eugenia Meyer, el 23 de agosto y 2 de septiembre de 1975 (PHO/2/5).

Sara García en primera persona

Mi padre era ingeniero arquitecto y escultor. Él era de Córdoba, España, [y] mi madre de Granada. Nací en Orizaba, Veracruz. Después nos fuimos a Monterrey, porque a mi padre lo llamaron para restaurar la catedral. Ahí hizo diversas obras, pero le dio un ataque de parálisis. Por ese motivo, la colonia española lo mandó a México a lo que era antes la Beneficencia Española, ahora el sanatorio español. Me eduqué en el Colegio de las Vizcaínas. Ahí hice mi instrucción primaria, secundaria y luego la preparatoria, porque en el mismo colegio fui maestra de tercer año y de cuarto […] Fue cuando nos tocaron los trancazos de la revolución, durante la Decena Trágica. Como el colegio estaba en la zona de fuego, porque estaba La Ciudadela, el Palacio Nacional y de ahí eran los cocolazos, pues se incendió la física [el laboratorio], uno de los dormitorios, la enfermería. Nos llevamos un susto espantoso. Fue una cosa terrible. Tan es así que le fueron a pedir a la directora, doña Cecilia Mallet, las azoteas del colegio para estar más cerca de La Ciudadela y la señorita se negó y con todo el valor les dijo: Por ningún motivo. Aquí no entra nadie. Se fajó las enaguas la directora y no entró nadie.

A mí me encantaba todo lo que fuera teatro, era una gran aficionada porque desde muy pequeñita vi teatro, y buen teatro. Me aficioné muchísimo al grado de que cuando era colegiala, en el santo de la directora, hacíamos comedias, fiestas, y yo era la primera actriz, ¡imagínese, nada más una muchachita! Después, cuando ya fui maestra, les daba de premio a mis discípulas, ponerles versos, comedias. Era el premio si salían bien en el colegio […] Ahí conocí de cerca a Porfirio Díaz, porque en aquella época él repartía los premios. Iba cada año a la repartición de premios.

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Heberto Castillo. Congruencia y liderazgo

Laura Itzel Castillo Juárez
Fundación Heberto Castillo Martínez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

La construcción de una izquierda democrática en México, sostenida sobre la persecución, el encarcelamiento y las constantes divisiones y crisis, se ha solidificado en varias personalidades como el ingeniero que combinó su vocación por la ciencia y la innovación tecnológica con claridad política para edificar una propuesta de masas bajo el estandarte del nacionalismo revolucionario. Esa coherencia perseverante por unificar ideas y proyectos, se narra en un recorrido por su vida escrito por su hija Laura Itzel, y sus propias palabras premonitorias recuperadas de una entrevista que diera en 1977.

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Heberto Castillo durante un mitin en Ciudad Universitaria. Colección de la Fundación Heberto Castillo Martínez.

¿Qué es lo que hace que un hombre controvertido, discutido por una mayoría, vilipendiado primero por muchos, sea luego reconocido por todos, y sea visto incluso como un ejemplo para la sociedad entera?, preguntó Luis Villoro en el homenaje rendido al ingeniero Heberto Castillo Martínez en el Palacio de Bellas Artes en 1997. El filósofo dio la respuesta: Por su capacidad para decir no a la mentira social, no a la falsedad, a la corrupción y a la injusticia.

Heberto Castillo Martínez pudo resistir las amenazas, la represión, la tortura y la cárcel con valentía y determinación a lo largo de su vida. El jueves 29 de agosto de 1968 logró escapar entre las rocas volcánicas para llegar a Ciudad Universitaria después de ser brutalmente golpeado por agentes judiciales federales que lo interceptaron afuera de su domicilio para tratar de aprehenderlo. Postrado en una cama de la Facultad de Medicina de la UNAM, donde fue atendido solidariamente por estudiantes, declaró ante los medios: La agresión que sufrí es un grave error de quienes la ordenaron, yo no tengo más armas que mis ideas. […] Debe restablecerse la vigencia de la Constitución.

Castillo descubrió que esta petición de respeto a la Constitución era más subversiva que las utopías socialistas. Con su característica ironía, criticaba las estructuras de las organizaciones comunistas, a las que consideraba demasiado rígidas y dogmáticas. Cuestionaba, asimismo, sus mitos ideológicos y planteaba, desde entonces, la necesidad de construir un partido de masas, retomando los postulados del nacionalismo revolucionario, que enarbolara las banderas de los héroes de la independencia, la reforma y la revolución: un socialismo a la mexicana, decía.

A diferencia de lo que pasa ahora, la izquierda tenía una actitud de desprecio por la iconografía nacional. Cuando Heberto propuso cambiar el emblema de la hoz y el martillo por un nopal para la formación de lo que finalmente fue el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), no sólo significó una herejía para quienes se asumían de izquierda, les pareció incomprensible y ridícula la idea de incorporar un elemento nacional. Este tipo de discusiones, junto con algunas diferencias estratégicas, llevaron a la escisión del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en aquel intento unificador de una parte fundamental de la izquierda mexicana. El ingeniero también supo rechazar los múltiples intentos del poder para corromperlo. Fue capaz de hacer frente a los afanes de cooptación del régimen. Y tuvo la capacidad y la lucidez para sobrevivir a las muchas crisis de la izquierda sin perder el rumbo.

Con poco más de 30 años de edad participó en la Conferencia Latinoamericana por la Emancipación Económica, la Soberanía Nacional y la Paz, en la que se constituyó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), del cual Castillo, al lado del general Lázaro Cárdenas, se convirtió en destacado dirigente, recorriendo desde entonces incansablemente el país. Esta organización representó la idea más clara de la unidad de la izquierda mexicana con el cardenismo y el nacionalismo revolucionario. En 1966 presidió la delegación mexicana que acudió a La Habana, para participar en la Conferencia Tricontinental de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), promovida por Salvador Allende, Cheddi Jaggan y Heberto Castillo.

En 1968 participó como dirigente del movimiento estudiantil, como profesor de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, dentro de la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas, junto con Luis Villoro, Eli de Gortari y José Revueltas, entre otros importantes intelectuales. En 1971, al salir de la prisión de Lecumberri, donde permaneció dos años a causa de su participación en el movimiento estudiantil de 1968, Heberto decidió recorrer los 31 estados de la república con el propósito de “construir el instrumento de lucha de los trabajadores manuales e intelectuales capaz de transformar al país”. Esta idea la mantiene a lo largo de su vida como una bella e inalcanzable utopía.

Desde temprana edad, Castillo templó su carácter con la pasión y el compromiso por las causas más justas de su patria, que combinó con su infatigable vocación por la ciencia, la ingeniería, las matemáticas y la innovación tecnológica, singular característica que le permitió la independencia económica indispensable para ser congruente entre el decir y el actuar en un México donde la libertad de expresión ha costado la muerte de decenas de periodistas hasta nuestros días.

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Manuel Gómez Morin: constructor de ciudadanos

Lorena Pérez Hernández
Fundación Rafael Preciado Hernández

Alejandra Gómez Morin Fuentes
Centro Cultural Manuel Gómez Morín

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

Como fiel creyente de la democracia, este abogado chihuahuense, que sentó las bases de Acción Nacional e impulsó su fundación, fue esencialmente un convencido de que al promover una cultura cívica y la participación ciudadana se acabaría con el ejercicio autoritario del poder.

Mesa Constituyente del PAN, 1939 (800x653)

Instalación de la mesa directiva de la asamblea constitutiva de Acción Nacional, de izquierda a derecha: Francisco Fernández Cueto, Trinidad García, Roberto Cosío y Cosío, Manuel Gómez Morin, Enrique Loaeza, Cliserio Cardoso, ciudad de México, 14 de septiembre de 1939. CEDISPAN

Manuel Gómez Morin nació en Batopilas, Chihuahua, en 1897, y murió en la ciudad de México en 1972. En la Universidad Nacional de México formó parte del grupo conocido como los Siete Sabios. En 1919 obtuvo su título de abogado. Como servidor público su desempeño fue notable al ser uno de los artífices del andamiaje institucional que se centró en la elaboración de la legislación hacendaria, fiscal, bancaria y financiera. Durante la presidencia de Álvaro Obregón, entre 1921 y 1922, Gómez Morin ocupó los cargos de oficial mayor y subsecretario en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. En colaboración con Miguel Palacios Macedo participó en la redacción de la Ley de Liquidación de los Antiguos Bancos de Emisión; además, intervino en la creación del primer sistema de impuestos sobre producción y venta de petróleo. Es probable que su capacidad y conocimientos en estos temas lo llevaran a ser nombrado agente financiero de México en Nueva York para negociar el pago de la deuda externa con los representantes de la banca extranjera y, a su vez, que los petroleros pagaran más impuestos. En 1925 el secretario de Hacienda del presidente Plutarco Elías Calles, Alberto J. Pani, invitó a Gómez Morin a formar parte de la comisión redactora de la Ley Constitutiva del Banco Único de Emisión (Banco de México). Un año después participó en la redacción de la Ley de Crédito Agrícola y en la creación del banco del mismo nombre. En el ámbito universitario su contribución no fue menos notoria. Entre 1922 y 1925, Gómez Morin se desempeñó como director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, periodo en que realizó importantes reformas a la organización académico-administrativa. En 1933 asumió la rectoría de la Universidad Nacional; durante el año que duró su gestión, enfrentó graves problemas de índole financiera, académica y administrativa que bajo el lema Austeridad y Trabajo consiguió vencer; su máximo logro fue consolidar la autonomía universitaria y la libertad de cátedra, pilares sobre los que se sustenta la Universidad Nacional Autónoma de México en la actualidad. Al finalizar su rectorado, el Consejo Universitario le otorgó el grado de doctor honoris causa como reconocimiento a su desempeño.

En 1929, Gómez Morin manifestó a José Vasconcelos la urgencia de crear un partido con ideas permanentes, que trascendiera a las coyunturas, lejos del poder de los caudillos y fomentara la participación política de los ciudadanos. Pero sería hasta 1938 que Gómez Morin lograría concretar su proyecto. En la entrevista que concedió al matrimonio James W. Wilkie y Edna Monzón, señaló:

En 1938 ya había en México una situación intolerable: una amenaza inminente de pérdida de la libertad. Entonces empezamos a reunirnos aquí en la ciudad de México y en los estados. Vimos otro peligro muy grave: se lanzaba la candidatura de otro general, [Juan Andrew] Almazán; y sabíamos que Cárdenas nunca entregaría el poder. […] Era imposible la continuación, cada vez más abajo [sic], de ese sistema político. Entonces pensamos en la necesidad de revisar todo el problema de México, porque en la base del problema está la falta de ciudadanía: no habíamos sido formados ciudadanos […]. Pensamos que era indispensable reconocer esa realidad y empezar el trabajo desde la raíz: la formación de conciencia cívica, de una organización cívica. Decidimos, así, la organización del partido. Empecé a recorrer la república reuniendo los grupos iniciales, desde 1938; en septiembre de 1939 pudimos llegar a la Convención Nacional, llevando a ella los principios de doctrina, las bases estatutarias del partido y un programa mínimo de acción política.

Manuel Gómez Morin defendiendo su caso ante Colegio Electoral 1946 (460x640)

Manuel Gómez Morin, Presidente de Acción Nacional, en el Colegio Electoral haciendo defensa de su caso como candidato a diputado por el 2do. Distrito de
Chihuahua, 31 de agosto de 1946. CEDISPAN.

En este recorrido se sumaron voluntades que tejieron una red importante de ciudadanos como Efraín González Luna, Miguel Estrada Iturbide, Antonio L. Rodríguez, Bernardo Elosúa, Samuel Melo y Ostos, José G. Martínez y Manuel Samperio, entre otros; y así, llegaron a la ciudad de México, para participar en la Asamblea Constitutiva de Acción Nacional, 326 delegados y 26 delegaciones provenientes de la mayor parte del país.

Gómez Morin fue el primer presidente del Comité Ejecutivo Nacional. Durante su gestión el partido obtuvo pocas victorias reconocidas oficialmente: cuatro curules en la Cámara de Diputados y la presidencia municipal de Quiroga, Michoacán, en 1946. Dos años después, la presidencia municipal de El Grullo, Jalisco. Para las elecciones intermedias de 1949, el PAN presentaría 69 candidatos a diputados. Pero la labor más importante del partido sería en el campo legislativo. En la XL Legislatura (1946-1949) los diputados de Acción Nacional, con la asesoría de Gómez Morin y González Luna, promovieron 22 iniciativas de ley en diversos temas, entre los que destacan los relacionados a la cuestión electoral: la promoción del voto de la mujer, la Ley del Registro Nacional Ciudadano, la propuesta para la constitución del Tribunal Federal de Elecciones, la Ley Electoral de Poderes Federales y la Ley de Partidos Políticos. En septiembre de 1949, Gómez Morin renunció a la presidencia y fue sustituido por Juan Gutiérrez Lascuráin, iniciándose así una nueva etapa para esta institución política. El testimonio de su labor al frente de Acción Nacional fue recopilado en el libro Diez años de México, que está integrado por los discursos más importantes que pronunció durante esa década. La fundación de Acción Nacional fue para Gómez Morin la realización de toda una vida de servicio a México. Fiel creyente de la democracia, quien fuera profesor de derecho público mostró esta convicción al promover una cultura cívica y de participación ciudadana, convirtiéndose en un constructor de ciudadanos.

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