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Carlos Noriega Hope le cambia la cara a El Universal Ilustrado

María Estela García Concileón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

El centenario de la revista cultural tuvo un brillante proceso de crecimiento a partir de que el periodista especializado en cine se hizo cargo de su dirección, tres años después de fundarse. Incorporó una variante de herramientas impactantes para su difusión y, sobre todo, animó el debate acerca de la cultura en sus páginas.

Carlos Noriega Hope, ca. 1928, inv. 23253, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Carlos Noriega Hope, ca. 1928, inv. 23253, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

El periódico El Universal surge en México en octubre de 1916, después de la lucha armada revolucionaria. Siete meses más tarde, cuando el país inicia un periodo de pacificación a partir de la validación del constitucionalismo, se incorpora los jueves, junto a la edición del periódico, la revista El Universal Ilustrado como suplemento de divulgación. En sus inicios, la publicación semanal navegó a la deriva bajo la dirección sucesiva de los periodistas Carlos González Peña, Xavier Sorondo y María Luisa Ross (también colaboradora de El Universal). En el caso de Ross, desde que asumió la dirección en 1917, quiso hacer un semanario hogareño. Insertó en sus páginas retratos de damas y niños, estableció secciones de recetas útiles, de consejos para las mamás y lecciones de bordado. Publicó artículos sobre la hora del té, entre otros. La intención fue buena, pero sus textos eran en su mayoría aburridos.

El vuelco del semanario comenzaría el 4 de marzo de 1920, cuando la casa editorial designó como director a Carlos Noriega Hope, un joven que abandonó sus estudios de abogado para dedicarse al periodismo y quien se había especializado en cine y acababa de regresar de Los Ángeles enviado para cubrir información sobre la boyante industria cinematográfica. El nombramiento se justificaba por sus artículos y crónicas de cine, sus reportajes y un premio obtenido como narrador en un certamen. Su juventud se reflejó en la edición que se transformó de manera incesante desde que se hizo cargo a partir del número 148. Cada dos o tres números suprimía secciones, inauguraba otras, cambiaba la presentación, introducía modificaciones que la renovaban.

Noriega Hope fue uno de los promotores del periodismo cultural. Se dedicó a él desde los 23 hasta los 38 años, en que falleció. Se consagró en cuerpo y alma de manera particular a El Universal Ilustrado y durante cerca de tres lustros fue su animador. En el número del 10 de mayo de 1923 narró lo que representaba su victoriosa batalla de cada semana:

Si en alguna actividad humana se requiere intuición, esa actividad es el periodismo. Por más que la práctica logre dar los postulados exactos, hay un margen inmenso, nunca previsto, siempre aguardado con paciencia, que no vacilo en llamar intuitivo. Y es que, a la manera de un observador dramático, el periodista sólo ve al tiempo con largas miradas interminables, al tiempo, que está siempre preñado de noticias.

Noriega Hope define esa intuición como “el sexto sentido que nos indica lo que es periodístico”, y explica: “El Universal Ilustrado se hace solo. Es decir, va sedimentándose cada ocho días gracias al proceso de la intuición, hasta plasmar cada número. Como todas las obras del periodismo moderno, es una obra común.” Más lejos dice:

“Los periódicos tienen que renovarse y mientras ese afán de renovación sea más perfectible, el periódico será mejor […] La tarea es bastante pesada. Lo más fácil, realmente, en un periódico ilustrado es guardar una proporción juiciosa, una ponderada arquitectura, en cada número”.

En unos comentarios publicados en el número del 29 de septiembre de 1921, Noriega Hope hace lo que podría llamarse su profesión de fe: “El ideal de esta revista es un ideal frívolo y moderno, donde las cosas trascendentales se ocultan bajo una agradable superficialidad. Porque es indudable que todos los periódicos tienen su fisonomía y su espíritu, exactamente como los hombres.” Indica allí algunas de esas modalidades y agrega: “Los hay frívolos y aparentemente vacíos, pero que guardan, en el fondo, ideas originales y una humana percepción de la vida. Quizá este semanario, dentro de su espíritu frívolo, guarda el perfume de una idea.”

Casi en paralelo a sus inicios como director de El Universal Ilustrado, otro periodista mexicano, Pedro Malabehar, fundaba en abril de 1920 el semanario Zig-Zag, y durante dos años de vida se convertiría en un rival digno que estimuló a Noriega Hope a superarse en cada número de su revista. Cuando Zig-Zag sucumbió, en junio de 1922, el joven director brindó generosamente las páginas del Ilustrado –como algunos solían llamarlo– a quienes allí colaboraban y llevó al magazine al primer puesto en el periodismo cultural de la época. El espíritu abierto del director a todas las tendencias nacionales e internacionales –tanto artísticas como políticas—, aunado a un grupo activo de redactores y corresponsales, permitió que sirviese para la propagación del nuevo ambiente intelectual.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

MIQUEL RENDÓN, ÁNGEL, Por las pantallas de la ciudad de México. Periodistas del cine mudo, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1995.

SCHNEIDER, LUIS MARIO, “El vanguardismo”, en Ruptura y continuidad. La literatura mexicana en polémica, México, FCE, 1975.

El Universal Ilustrado, en https://cutt.ly/9txbiev

Un siglo de El Universal Ilustrado, en https://cutt.ly/ItxbtXG

México: el reino del mambo

Carlos A. Díaz
El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Los años del sexenio de Miguel Alemán fueron centrales para el desarrollo de este género musical cubano que tuvo en el matancero Damaso Pérez Prado su artista más destacado. Los grandes éxitos del cine de oro mexicano lo incluyeron como una figura estelar para popularizar un ritmo cuya efervescencia cultural se comparó, al menos en Estados Unidos, con el rock and roll.

Dámaso Pérez Prado en México, ca. 1955. Archivo General de la Nación, Fototeca, Hermanos Mayo, Alfabético Artistas, sobre 989/1-A, fotografía 12.

Dámaso Pérez Prado en México, ca. 1955. Archivo General de la Nación, Fototeca, Hermanos Mayo, Alfabético Artistas, sobre 989/1-A, fotografía 12.

El cubano Damaso Pérez Prado (1916-1989), conocido como el Rey del mambo, llegó a la ciudad de México durante el desarrollo de la Edad de Oro del Cine Mexicano (1936-1959). De 1948 a 1953, Pérez Prado participó en ocho películas: Perdida (1950), Al son del Mambo (1950), Pecado ser pobre (1950), Serenata en Acapulco (1951), Amor perdido (1951), Víctimas de pecado (1950), Del Can-Can al Mambo (1951) y Salón de baile (1952). Musicalizó otras siete: Coqueta (1949), Aventurera (1949), Pobre corazón (1950), Mala hembra (1950), El amor no es ciego (1950), Simbad el mareado (1950) y Cantando nace el amor (1954). Su actuación en el cine mexicano inició con Coqueta, estrenada el 22 de julio de 1949, y dirigida por Fernando A. Rivero, y terminó con Cantando nace el amor, estrenada el 15 de abril de 1954, bajo la dirección de Miguel M. Delgado, meses después de haber sido expulsado del país. Su expulsión ha sido materia de especulación: se consideró que fue deportado porque se atrevió a hacer un arreglo en ritmo de mambo del himno nacional mexicano, que sostuvo amoríos con la esposa de un líder posrevolucionario y que fue vencido por la censura triunfal de la Legión Mexicana de la Decencia. De todos modos, el estudioso Leopoldo Gaytán sostiene que la decisión ministerial, una aplicación particular del artículo 33 de la Constitución de 1917 de los Estados Unidos Mexicanos, se debió más bien al incumplimiento del contrato que tenía con el Teatro Cervantes.

El aporte de Pérez Prado al mundo del entretenimiento en México fue notorio durante esos seis años de estancia, porque además de las quince películas anotadas, grabó con RCA Mexicana tres discos de 78 rpm: Yo no sé/Rabo y oreja (1950),  Mambo a la kenton/Mambo en sax (1950) y Al compás del Mambo/Tocineta (1950). También realizó un EP de 45 rpm, en el que se incluye el famoso Mambo Universitario, dedicado a la Universidad Nacional Autónoma de México, y cuatro discos de larga duración de 33 rpm: Mambo en sax, La niña Popoff, Las novias del Mambo (las tres sin fecha precisa) y El Rey del Mambo (1955). Todo esto, sin contar las grabaciones con sellos y filiales discográficas de otros países (Estados Unidos e Italia, por ejemplo), o los espectáculos en vivo y televisados en que se presentó. La contribución de Pérez Prado al cine mexicano comenzó con la musicalización de Coqueta, y desde ese momento su música acompañó la fotografía de algunas películas de directores extranjeros como Richard Fleischer en Bandido (1956), Federico Fellini en La dolce vita (1960), Bob Balaban en Parents (1989), Pedro Almodóvar en Kika (1993) y Tim Burton en Ed Wood (1994), aunque no compuso originalmente para ellos. Incluso, una vez expulsado de México, el músico cubano no dejó de participar en varias producciones locales como Locos por la televisión (1958), Música y dinero (1958), Locura musical (1958) y Primer orfeón (1964)], y continuaron a su regreso en 1964 y hasta su muerte en la ciudad de México en 1989.

La figura del matancero sólo ha sido tratada por Gaytán en su tesis de licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Este ensayo pretende subrayar su aporte musical para el cine en México, y resaltar la importancia que su primera estancia en el país tuvo para su carrera musical y la propagación del mambo.

De Cuba para el mundo

Arcaño y sus Maravillas, Arsenio Rodríguez, José Curbelo, Julio Cueva, Bebo Valdés, René Hernández, Tito Puente, Tito Rodríguez, Machito, Anselmo Sacasas y Damaso Pérez Prado son algunos de los músicos que participan de la disputa sobre la autoría del mambo, de acuerdo con el musicólogo Ned Sublette. A estos músicos, de Cuba y Nueva York, el mambo les pertenece ya sea porque denominaron así a una sección del son cubano, nombraron a un momento del baile, crearon un sencillo o un disco que contenía la palabra mambo, o tocaron ritmos que después fueron conocidos como mambo, entre otras razones. Esta controversia de no acabar pone de manifiesto la construcción colectiva y transnacional de un género musical cuyo impacto cultural en Estados Unidos fue comparable al del rock and roll. Y es que más que la creación de un individuo o un grupo musical, el mambo resultó de conexiones e influencias interdependientes entre músicos cubanos, estadunidenses y caribeños en La Habana y Nueva York, alrededor de 1946, y fue la evolución de un flujo permanente de estilos, recursos e ideas cubanas, y de base cubana, que se remontan a la década de 1930. Lo anterior se hace evidente con los términos imprecisos que se usaron para clasificar estos ritmos, dada la dificultad de situarlos en un solo lugar: “música latina” en América del Norte y Europa, y “música caribeña” o “tropical” en América Latina.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

GARCÍA RIERA, EMILIO, Historia documental del cine mexicano, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, t. IV y V, 1992.

GAYTÁN APAEZ, LEOPOLDO, “El mambo de Pérez Prado y el cine mexicano”, tesis de licenciatura en ciencias de la comunicación, UNAM, 1996, en https://cutt.ly/staemVQ

MORA, CARL J., Mexican Cinema: Reflections of a Society, California, Universidad de California, 1989.

SUBLETTE, NED, Cuba and Its Music. From the First Drums to the Mambo, Chicago, Chicago Review Press, 2004.

El fracaso de los exiliados en Estados Unidos

María Luisa Calero Martínez de Irujo
Universidad Iberoamericana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Los intentos de derribar al gobierno de Venustiano Carranza por diferentes grupos desterrados de personalidades mexicanas en el exilio sucumbieron ante sus propias divisiones motivadas en razones ideológicas y de proyectos políticos. Pero también porque el gobierno de Woodrow Wilson rechazó apoyarlos.

Manuel Garza Aldape con Victoriano Huerta y otras personalidades, ca. 1913, inv. 38744, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Manuel Garza Aldape con Victoriano Huerta y otras personalidades, ca. 1913, inv. 38744, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

A lo largo de la segunda década del siglo XX se produjeron distintas oleadas de exiliados con motivo de la revolución mexicana. Las circunstancias políticas variaban, pero aquellos que salieron de México eran hombres que participaron en la lucha por el poder y se vieron obligados a desterrarse al resultar derrotados por otras fuerzas políticas. Las figuras que componen este exilio fueron personas con distinto bagaje cultural, ideas y capacidades. Ente ellos había miembros de la administración pública y de la iglesia, integrantes del extinto ejército federal o del que nació de la revolución, hacendados y empresarios importantes, así como profesionistas destacados (periodistas, abogados, escritores, ingenieros, médicos) y artistas.

En términos generales, puede decirse que con la caída de la dictadura salieron del país los porfiristas más influyentes acompañados de sus familias. Cuando el general Victoriano Huerta se apoderó de la presidencia, en febrero de 1913, los maderistas se vieron forzados a huir, y en junio del año siguiente, vencido Huerta por el ejército constitucionalista, se generó la mayor oleada de exiliados porque quienes participaron de una manera u otra en ese régimen, o dieron su apoyo, fueron perseguidos. Incluso, los miembros del disuelto ejército federal. Poco después continuó el destierro de los felicistas, partidarios de Félix Díaz, un grupo que aspiraba a regresar a los tiempos porfiristas. Por último, tuvo lugar el exilio de los convencionalistas y, entre agosto de 1915 y febrero de 1916, los villistas y zapatistas escaparon de la persecución al rechazar las imposiciones carrancistas.

El destierro significó para todos ellos el aislamiento fuera del país. La respuesta ante la frustración de no poder participar directamente en el devenir de México fue diferente según los casos. Si bien muchos se alejaron de la política, otros buscaron en el extranjero, principalmente Estados Unidos, algún tipo de participación opositora como la fundación de periódicos o escribiendo en ellos, la creación de organizaciones políticas y hasta orquestaron expediciones armadas, como la de Félix Díaz. Estos personajes heterogéneos pretendieron estructurar un país distinto al que se estaba conformando, desde diversas facciones políticas y maneras diferentes de pensar.

Hermanados por el descontento, de 1915 a 1920 existieron en Estados Unidos varias asociaciones políticas mexicanas que intentaron revertir la situación que se vivía en México. Las circunstancias cambiantes de la revolución fueron marcando sus características y objetivos: en un inicio se trataba de evitar que Estados Unidos reconociera a alguna de las facciones revolucionarias y luego se buscó revertir el reconocimiento del gobierno de facto. Así, en 1915 los huertistas fundaron la Asamblea Pacificadora en San Antonio y al año siguiente los villistas establecieron en Texas el Partido Legalista, a su vez, l conservadores -aquellos considerados como porfiristas-, constituyeron en 1916 en Nueva York la Liga Nacionalista Mexicana. A partir de 1917 los exiliados se centraron en derrumbar a Carranza y derogar la nueva Constitución. La Carta Magna de 1857 representaba para ellos el triunfo contra el conservadurismo y símbolo de la república como tal, por lo que su derogación la consideraban inaceptable, aunque creían en la necesidad de modificarla

Así como surgieron asociaciones contrarrevolucionarias entre exiliados de diferentes facciones, también se presentaron fricciones entre sus miembros. Estas se exteriorizaron por razones políticas e ideológicas, posturas encontradas con exiliados de otros grupos y sus propios cambios de ideas a lo largo del exilio. Esta falta de unificación restó credibilidad a los movimientos al momento de buscar apoyo moral y financiero a Washington.

Ahora bien, la Constitución de 1917 había producido controversias con los intereses económicos extranjeros, sobre todo por el artículo 27 que establecía la propiedad del Estado en las tierras y aguas, así como el subsuelo. Sin embargo, la decisión del presidente estadunidense Woodrow Wilson de intervenir en la primera guerra mundial implicó que la prioridad fuese mantener en paz a México, por lo cual, mientras duró el conflicto bélico se antepuso el interés nacional por encima de los intereses de los inversionistas. Pero la relación con México cambió radicalmente cuando Estados Unidos emergió como una potencia mundial fortalecida al término de la guerra en Europa.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

GARCIADIEGO, JAVIER, “Los exiliados por la Revolución Mexicana”, en Javier Garciadiego y Emilio Kourí, comp., Revolución y exilio en la historia de México. Del amor del historiador a su patria adoptiva: Homenaje a Friedrich Katz, México, El Colegio de México, Centro Katz, The University of Chicago, Era, 2010, pp. 539-565.

GONZÁLEZ GÓMEZ, CLAUDIA, Intelectuales, exilio y periodismo en Cuba durante la Revolución Mexicana, México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2011.

LERNER, VICTORIA, “Los exiliados de la revolución mexicana en Estados Unidos, 1919-1940”, en La comunidad mexicana en Estados Unidos, Fernando Saúl Alanís, coord., México, El Colegio de San Luis, Conaculta, 2014, pp.71-126.

RAAT, DIRK W., Rebeldes Mexicanos en los Estados Unidos 1903 -1923, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.

De costureras y jefas de hogar

Fernando Vialli Ávila Campos
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Los talleres domésticos femeninos dedicados a la producción de ropa para tiendas departamentales de la ciudad de México, mostraban en 1921 un fenómeno laboral oculto para la mayoría de los capitalinos: destacaban por una paga baja y extensas horas de trabajo, asociado a las múltiples actividades hogareñas.

Costureras en un taller, ca. 1934. Colección particular.

Costureras en un taller, ca. 1934. Colección particular.

Durante la década de 1920 en la ciudad de México, las trabajadoras del hilo y la aguja se ubicaban en pequeños talleres domésticos al interior de las vecindades. Era muy poco común verlas en las grandes aceras o en la vía pública. Tampoco interactuaban cotidianamente con los múltiples empleados y aquellos que pregonaban sus oficios en las calles ante la mirada de la muchedumbre. Estas mujeres pertenecían a una realidad oculta a la mirada de las multitudes en las grandes urbes. Quizá esta sea una de las razones por las cuales fueron las grandes ausentes de las estadísticas oficiales y censos de la época. Retrataban un submundo de la costura que no se veía, pero estaba presente.

En las encuestas de inspección del Departamento del Trabajo de 1921, realizadas a 58 trabajadoras, las costureras dedicadas a la producción de ropa no están identificadas como costureras, a pesar de que ellas referían las actividades que hacían en sus talleres domésticos. Sin embargo, las labores de confección permiten caracterizarlas como un sector trascendental en el mundo del trabajo femenino correspondiente a la industria del vestido, a partir de cinco elementos clave: la manufactura de prendas y el tipo de tela empleada, la jornada laboral, los ingresos obtenidos, los años dedicados al oficio y el papel de jefas de hogar.

Las costureras parecían ser “las anónimas, las fulanitas del gozo que nunca gozan”, como mencionó Joao do Rio, un cronista brasileño que en 1907 describió el sórdido mundo de las trabajadoras de Río de Janeiro, quienes laboraban rodeadas por los lujos de las tiendas departamentales.

Confección de prendas

Desde mediados del siglo xix y hasta las primeras décadas de la centuria siguiente, las industrias en las que mayormente se empleaban las mujeres correspondían a las del vestido y el tabaco. Las costureras confeccionaban ropa por cuenta propia o para los grandes almacenes y tiendas comerciales. Algunos estudios explican cómo, a partir de la creciente industrialización que se vivió durante el porfiriato, el sector femenino dedicado a este oficio comenzó a apropiarse de espacios laborales que normalmente aseguraban un lugar para los hombres. Más aún, emprendió un papel activo tanto en el comercio como en los servicios.

Ante este contexto, era habitual que un sinfín de mujeres se emplearan como costureras y modistas en fábricas, talleres de tiendas departamentales, casas de moda y talleres domésticos. El oficio de costurera tenía una demanda considerable en la ciudad de México porque implicaba una serie de tareas específicas. Había trabajadoras dedicadas a confeccionar prendas completas como chalecos, pantalones, faldas, abrigos y ropa interior de hombre. Otras elaboraban piezas parciales como cuellos, puños y diferentes guarniciones. Estas actividades eran peculiares en los hogares adaptados para estas labores. Normalmente las hijas cumplían el papel de aprendizas.

Cabe aclarar que también estaban las costureras remendonas, que en algunas ocasiones hacían pequeñas composturas para el vecindario o familiares sin ningún giro comercial. En cambio, las mujeres que trabajaban utilizando máquinas de coser Singer (las cuales comenzaron a tener auge en el porfiriato tardío) se empleaban en fábricas donde convivían con bordadoras, dobladoras, planchadoras y sombrereras. Pero en el caso de las costureras de talleres domésticos, confeccionaban la ropa de forma manual empleando como herramientas principales el hilo y la aguja.

Por ejemplo, la costurera María Becerril, con domicilio en la 6ª calle de la Moneda número 73, informaba al Ayuntamiento de la ciudad que no tenía giro comercial de una tienda de modas, sino que simplemente trabajaba en su domicilio como costurera para su sostenimiento. Del mismo modo, Luisa Martínez, de la casa número 24 de la 1ª calle de la Amargura, exponía ante el presidente municipal que “hacía con sus hermanas costuritas pendientes de trajes humildes de señoras”. Los testimonios de estas mujeres eran emitidos ante las acusaciones de no contar con las licencias correspondientes para dedicarse a trabajar como costureras en sus talleres. Asimismo, referían que llevaban a cabo este oficio en sus habitaciones para servirse de una labor honrada a la que se dedicaban desde que eran pequeñas aprendizas.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

Campo, Ángel de, La Rumba, México, Conaculta, 2013.

Porter, Susie, Mujeres y trabajo en la ciudad de México. Condiciones materiales y discursos públicos (1879-1931), Zamora, El Colegio de Michoacán, 2008.

Sánchez Parra, Cristina, “Novedad y tradición. Las tiendas departamentales en la ciudad de México y su influencia en el consumo, 1891-1915”, tesis de doctorado en Historia, México, Centro de Estudios Históricos-El Colegio de México, 2017.

Mitidieri, Gabriela, “Entre modistas de París y costureras del país. Espacios de labor, consumo y vida cotidiana de trabajadoras de la aguja, Buenos Aires, 1852-1862”, Trashumante. Revista Americana de Historia Social, núm. 12, 2018.

El México conservador que recibió triunfal a Maximiliano y Carlota

Arturo Hernández Guzmán

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

En medio de una crisis política, la resistencia de los soldados liberales y un país en el cual Benito Juárez ejercía el poder, los sectores acaudalados de México dieron una recepción idílica para el emperador Maximiliano de Habsburgo y la emperatriz Carlota enviados por Napoleón III. La prensa mexicana celebró la ocupación y la fiesta de bienvenida, como así lo haría también la francesa.

Entrada a la ciudad de México, el 12 de junio, de sus majestades el emperador Maximiliano y la emperatriz, litografía en Le Monde Illustré, 30 de julio de 1864, p. 72. Biblioteca Nacional de Francia, Gallica.

Entrada a la ciudad de México, el 12 de junio, de sus majestades el emperador Maximiliano y la emperatriz, litografía en Le Monde Illustré, 30 de julio de 1864, p. 72. Biblioteca Nacional de Francia, Gallica.

A mediados del siglo XIX, la prensa había adquirido gran relevancia en varios países. Los periódicos incidían de manera crucial en el terreno político, artístico y literario, éste último influenciado por su novedoso carácter folletinesco. Asimismo, en virtud de la reproducción de atractivas imágenes –a través del grabado y la técnica litográfica– los periódicos publicaron efigies de personajes, paisajes e imágenes de acontecimientos recientes. En ese sentido, la prensa mexicana y europea dio cuenta de L´Expédition du Mexique -como se nombró a la intervención francesa en México (1863-1864)- a través de detalladas noticias y referencias visuales que siguieron de cerca el curso de la expedición militar orquestada por Napoleón III. Por un lado, a raíz de la ocupación de la ciudad de México a cargo del ejército expedicionario francés en junio de 1863, los impresos mexicanos partidarios de la intervención manifestaron su adhesión a la elección de Maximiliano de Habsburgo como emperador de México, por lo que fueron preparando en sus páginas el terreno para la recepción del soberano y su esposa. Y, por otro, la prensa francesa además de celebrar la toma de Puebla en 1863, también aplaudió el momento cumbre de la expedición: la recepción de Maximiliano y Carlota en la ciudad de México. Ambos discursos perpetrados por las prensas francesa y mexicana, proyectaron una imagen idealizada del acontecimiento.

Ocupación de la ciudad

Después de dar a conocer la noticia de la toma de Puebla –el 17 de mayo de 1863–, la ciudad de México emprendió una serie de medidas defensivas en contra del ejército expedicionario francés. Una de ellas, por ejemplo, consistió en abastecer de víveres al ejército del centro –encargado de la defensa de la ciudad–, sin embargo, en la capital no hubo enfrentamientos armados a la entrada del ejército francés. De esa forma, la ciudad no padeció un estado de sitio o una severa corte marcial impuesta por un ejército invasor como ocurrió en septiembre de 1847 durante la invasión norteamericana. Así, el 10 de junio de 1863 el ejército del mariscal Frédéric Forey entró victorioso en la ciudad de México.

Consumada la entrada del ejército francés en la capital mexicana, las familias más ricas de la ciudad se entendieron con la oficialidad invasora. Las autoridades conservadoras se encargaron de organizar suntuosos bailes, recepciones y tertulias para hacer más cómoda su estancia. Por otro lado, la prensa conservadora se encargó de animar a la población para que acudiera a los bailes y festejos en honor al ejército intervencionista. Además, el propio mariscal Forey organizó un baile en agradecimiento por la recepción que le brindaron las autoridades y las familias acomodadas que simpatizaban con la intervención. A decir de La Sociedad –periódico de tendencia conservadora editado en la ciudad de México de 1857 a 1867–, el evento se llevaría a cabo en el Teatro Nacional, considerado por el mismo periódico conservador como “uno de los edificios más hermosos de América”.

Según las descripciones detalladas de los periódicos de la capital, el baile que se realizó en el portentoso recinto que en tiempos del segundo imperio pasaría a ser el teatro imperial, ofreció a una “población herida por tanto tiempo en sus sentimientos más nobles […] la expresión de una firme esperanza en el porvenir”. Asimismo, los redactores señalaron que si “en Francia, después de la caída de Robespierre, las principales familias de París, fatigadas de los desórdenes y violencias del terrorismo acudían a los salones del Directorio, donde brillaban con todo el lujo de sus trajes a la griega”, las familias mexicanas bien podían convivir con el ejército expedicionario. De esa forma, los bailes y tertulias llevadas a cabo a raíz de la ocupación de la capital por el ejército invasor tuvieron el objetivo de estrechar alianzas entre la alta sociedad, los soldados franceses y las autoridades conservadoras de la capital que más tarde se encargarían de preparar la recepción de Maximiliano y Carlota.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

ACEVEDO, ESTHER, Testimonios artísticos de un episodio fugaz (1864-1867), México, Museo Nacional de Arte, 1996.

CONTE CORTI, EGON CAESAR, Maximiliano y Carlota, México, FCE, 2003.

PANI, ERIKA, “Novia de republicanos, franceses y emperadores: la ciudad de México durante la intervención francesa”, en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, El Colegio de Michoacán, 2000, en https://cutt.ly/ltkgO5X.

RATZ, KONRAD, Tras las huellas de un desconocido: nuevos datos y aspectos de Maximiliano de Habsburgo, México, Siglo XXI Editores/Conaculta, 2008.

El consumo del chocolate en Nueva España y su abastecimiento

Guillermina del Valle Pavón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

En Nueva España el cacao fue un alimento de consumo básico cuya gran demanda hizo que se importaran los granos de Guatemala, Venezuela y Guayaquil. El virreinato novohispano  fue el principal comprador del grano a nivel internacional porque lo pagaba con plata, que fue el principal medio de cambio de la época. La contratación del cacao fue monopolizada por los poderosos mercaderes de la ciudad de México, quienes lo remitían a Europa.

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Neptuno les otorga el chocolate a los nativos del nuevo mundo, grabado en Antonio Colmenero, Chocolata Inda, Alemania, Wolfgangi Enderi, 1644.

En las comunidades mesoamericanas se consumía una bebida llamada xocolatl preparada a base de cacao y maíz molido, condimentada con chiles, vainilla y otras plantas aromáticas. El grano también era utilizado para realizar intercambios y pagar tributos. Los primeros europeos en Indias se percataron del valor de cambio que tenía para los naturales. Hernando, hijo de Cristóbal Colón, relató: “y muchas almendras que usan por moneda en Nueva España, las que pareció que estimaban mucho, porque cuando fueron puestas en la nave las cosas que traían, noté que, cayéndose algunas de estas almendras, procuraban todos cogerlas como si se les hubiera caído un ojo”.

Aunque en un principio la bebida preparada con cacao no fue del agrado de los españoles, la transformaron al gusto de su paladar, al mezclarla con leche y azúcar y condimentarla con canela o anís. Por el sabor y la energía que proporcionaba, desde mediados del siglo xvi el chocolate formaba parte sustancial de la dieta mexicana, se consumía a diario en grandes cantidades, como estimulante y digestivo, y era uno de los principales alimentos de los vecinos de la ciudad de México y su entorno. Los pobres lo tomaban una o dos veces al día, en el desayuno y después de la comida; mientras que las familias y personas acaudaladas podían darse el lujo de beber cuatro o cinco tazas: en misa, en el desayuno, el almuerzo, la comida y la cena. También se ingería en los conventos, colegios, hospitales y cárceles. Cuando los virreyes celebraban reuniones oficiales o sociales ofrecían chocolate. El grano y el chocolate en tableta se vendía en todos los almacenes, tiendas e incluso en las calles de la gran urbe. En los pueblos, el chocolate preparado con agua se consumía en los mercados y las celebraciones, y con él se agasajaba a las autoridades reales.

Privarse de saborear el chocolate era considerado un verdadero sacrificio. Cuando profesaba una novicia en una orden es porque tuviera una estricta regla, como las de las Carmelitas Descalzas, que solían hacer voto de no beber chocolate ni ser causa de que otro lo bebiera. En las últimas décadas del siglo xvi y las primeras del xvii, su consumo antes de comulgar y durante la cuaresma para evitar los desmayos y desvanecimientos dio lugar a una controversia sobre si rompía el ayuno religioso. Como se bebía con leche y condimentos, algunos eclesiásticos afirmaban que era un alimento nutritivo, por lo que quebrantaba el ayuno; mientras que otros sostenían que ninguna bebida podía hacerlo. El papa Gregorio XIII declaró en dos ocasiones que no quebrantaba el ayuno, pero el debate continuó. Incluso se escribieron tratados sobre el tema en España. Tomas Gage dio cuenta de cómo en Chiapas las mujeres cambiaron la iglesia por los conventos para escuchar misa, luego de que se prohibiera su consumo. Para dirimir el problema, las autoridades papales declararon de manera oficial en 1662 que el chocolate era una bebida común, por lo que podía ingerirse antes de la comunión y en cuaresma sin cometer pecado.

La gran demanda de cacao condujo a los españoles a cultivarlo en haciendas aledañas a los pueblos indígenas que lo cosechaban. Con la brusca caída demográfica de la población autóctona, la mayor parte de la producción quedó en manos de los peninsulares que reclutaron esclavos africanos para su cultivo en tierras tropicales cercanas a las costas del Pacífico Sur, Tabasco y Campeche. Hacia fines del siglo xvi y principios del xvii, las cosechas novohispanas y guatemaltecas resultaron insuficientes, lo que motivó la introducción de la almendra de Guayaquil (Ecuador) y Caracas (Venezuela), a partir de las décadas de 1610 y 1620, respectivamente. Desde entonces, los comerciantes de esas regiones se esforzaron por intercambiar los granos de sus provincias por la plata de Nueva España. Así fue como este virreinato se convirtió en su principal mercado a nivel internacional.

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PARA SABER MÁS

Arcila Farías, Eduardo, Comercio entre México y Venezuela en los siglos xvii y xviii, México, Instituto Mexicano de Comercio Exterior, 1975.

Miño Grijalva, Manuel, El cacao de Guayaquil en Nueva España, 1774-1812 (política imperial, mercado y consumo), México, El Colegio de México, 2013.

Quiroz, Enriqueta, “Circulación y consumo de cacao en la ciudad de México en el siglo xviii”, Secuencia, 2014, en https://cutt.ly/OtksNH4

Valle Pavón, Guillermina del, “Redes empresariales de Francisco Ignacio de Yraeta e Isidro Antonio de Icaza durante el periodo de expansión del tráfico de cacao de guayaquil, 1774-1783”, Revista del Instituto Riva-Agüero, 2019, en https://cutt.ly/ttkdtzo

San Lorenzo Tezonco. Del pueblo rodeado de agua a la urbanización total

Edgar Allan Lara Paredes
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Durante varios siglos, las tierras de lo que es hoy este pueblo de la alcaldía de Iztapalapa fue un vergel vinculado al lago de Xochimilco. Las disputas legales por los terrenos dieron paso a la desecación de la zona y su asalto por paracaidistas y el crecimiento de la mancha urbana.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Imagen satelital que muestra la sierra de Santa Catarina y el cerro “Yehualichan”. Google Earth, 2019

San Lorenzo Tezonco es uno de los 16 pueblos originarios de la alcaldía Iztapalapa. Se encuentra al suroriente de la ciudad y tiene como uno de sus principales medios de transporte la línea 12 (Dorada) del Metro, con una estación que lleva su nombre.

Uno de los lugares más representativos de esta población es el cerro Yehualichan, nombre en náhuatl que significa lugar redondo y que forma parte de la sierra de Santa Catarina. Actualmente, debido a la erosión que ha recibido por parte las empresas mineras, se le conoce como el cerro rojo de Tezonco, debido a que la explotación de sus yacimientos de tezontle deja ver el color escarlata del tezontle. Los restos arqueológicos encontrados en 1912 por Paul Henning en el cráter del cerro permitieron determinar que hubo ahí un cementerio prehispánico, si bien las piezas encontradas no provenían de Tezonco, sino de pueblos del horizonte teotihuacano.

El cerro no fue el único atractivo natural, ya que alguna vez el lago de Xochimilco llegó a sus límites. Gracias a esto, los pobladores que rodeaban el lago pudieron subsistir y desarrollar relaciones sociales, políticas y económicas.

Se desconoce el año en que Tezonco comenzó a llamarse como tal, así como su fundación, aunque los altepemeh (plural de Altépetl), poblados cercanos como Culhuacán o Cuitláhuac, se fundaron antes de la llegada de los mexicas en el siglo XIV.

Las primeras menciones del pueblo de Tezonco proceden de los testamentos de Luisa Juana de 1580, quien legó las tierras a sus familiares y otras las vendió para que el dinero obtenido fuera destinado a las misas cuando muriera. En esa década se había fundado la hacienda de San Nicolás Tolentino que alcanzó relevancia posteriormente por los diversos pleitos que se generaron por su propiedad. En esos años, los religiosos agustinos mencionan el nombre del pueblo en un plano de Culhuacán.

Para 1633, una cédula real indica los límites del fundo legal de Tezonco. Los parajes que se marcan serían luego motivo de disputa con la Hacienda. durante dos décadas del siglo XX. Los linderos se marcaron de la siguiente manera:

Como punto de partida, el paraje que llaman nopal prieto a orillas del camino que viene del pueblo de Zapotitlán; sígase en línea recta hasta el paraje que llaman el cuernito o tierras de don Plutarco, tuersese por el llano viejo a orillas de la tierras de Santa Cruz Meyehualco hasta dar en mojonera que está a orillas del camino nuevo o de la polvorilla y se sigue en línea recta hasta el paraje que hoy se dice mexiahuac a orillas del pueblo de Tomatlán y aquí pasa a la laguna en línea divisoria, hasta el paraje que dicen Chipunahuac o ciénega de San Antonio, y aquí tuerce la línea y sale a tierra el paraje donde empiezan estos linderos y que hacen  un total de siete mil doscientas quince varas castellanas.

El pueblo de San Lorenzo Tezonco se encontró en las orillas del lago de Xochimilco, por lo cual, gran parte de los conflictos que tuvo el pueblo con la hacienda de San Nicolás Tolentino fueron por temas relacionados con el agua. La vida de sus pobladores giraba en torno a la pesca y la agricultura.

José Antonio de Villaseñor mencionó a Tezonco en su Theatro Americano, y nos da una idea de cómo fue durante los primeros años de época colonial:

(…) el pueblo de Culhuacán está situado a la parte del poniente, en distancia de tres cuartos de legua de la cabecera, y en él y sus sujetos hay doscientas treinta y cuatro familias de indios; y al oriente de esta cabecera están situados los de Santiago Chahualtepeque con treinta y ocho familias; y el de San Lorenzo con cincuenta y ocho; el primero dista dos y media leguas, y el segundo tres.

Algunos años después, en las Relaciones geográficas del arzobispado en México, del año 1743, se menciona que Tezonco estaba dentro de la jurisdicción de Mexicaltzingo y sus pobladores producían frijol, cebada y maíz, y pescaban en la laguna, hablaban mexicano y su clima era frío y húmedo.

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 Para saber más

  • CARRASCO NAVARRO, V., “Transformaciones y procesos urbanos a nivel local: Configuración territorial y propiedad de la tierra en el pueblo de San Lorenzo Tezonco en Iztapalapa”, tesis de maestría en Planeación y políticas metropolitanas, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2016.
  • FLORES RAMÍREZ, ADRIANA E. A., Panteón Vecinal San Lorenzo Tezonco, México, CONACULTA, 2016.
  • NAZARIO CRUZ, L. F., El título primordial de San Lorenzo Tezonco, México, Comité de Asuntos Editoriales, 2013.
  • RAMÍREZ MARTÍNEZ, M., “La hacienda de San Nicolás Tolentino y sus alrededores”, tesis de maestría en arquitectura, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018.

México recibe a los asilados políticos brasileños

Dra. Olivia Gómez Lezama
Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH)

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

El golpe de Estado de 1964 en Brasil motivó una generosa y ambivalente política mexicana de asilo con los perseguidos por el régimen militar a lo largo de tres lustros. Un buen número de ellos se incorporaron a la academia, pero también fueron objeto de expulsiones y obstáculos para permanecer en el país durante los gobiernos de Díaz Ordaz y Echeverría.

Alfonso García Robles, embajador de México en Brasil durante el golpe militar, ca. 1964. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3364.

Alfonso García Robles, embajador de México en Brasil durante el golpe militar, ca. 1964. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3364.

El golpe militar que derrocó al gobierno civil del presidente João Goulart de Brasil en 1964 inauguró un período de dictaduras militares que tuvieron lugar en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX. Posteriormente, se instauraron otros regímenes militares en la región: en Uruguay en junio de 1973; en Chile, en septiembre del mismo año, con el golpe del dictador Augusto Pinochet contra el gobierno socialista de Salvador Allende; y en Argentina, en marzo de 1976, por el general Jorge Rafael Videla que depuso a Isabel Perón.

En ese sentido, debido a que en Brasil se instauró el primer régimen militar en la región, la brasileña es considerado la “dictadura madre”, la cual sentó las bases de la represión que las demás también implementarían con base en la doctrina de la Seguridad Nacional creada por Estados Unidos con la intención de desarrollar guerras contra los enemigos internos de las naciones para asegurar el triunfo de los Estados capitalistas. Este postulado se formuló en el contexto de la guerra fría, que hacía competir a los países socialistas, encabezados por la Unión Soviética, y los capitalistas, liderados por Estados Unidos, por la hegemonía mundial.

Guerra fría

Basándose en este planteamiento, los regímenes militares se dedicaron a combatir todo aquello que oliera a comunismo dando una batalla a muerte a sus opositores. Como consecuencia de esta política, la dictadura brasileña comenzó a perseguir a los integrantes del gobierno civil depuesto y a aquellos que participaban en organizaciones y/o movimientos de izquierda. En este contexto se dio la llegada de varios ellos a México.

Cabe señalar que dicha dictadura duró varios años en el poder. Desde su implantación en 1964 hasta la elección de un nuevo gobierno civil en 1985. El proceso de “transición democrática”, que fue lento y gradual, comenzó en 1979 con la promulgación de la ley de amnistía que permitió el regreso a Brasil de los asilados que huyeron tras el golpe, por encontrarse en peligro su vida e integridad física. En ese sentido, dado que fueron varios años los que duró el régimen militar coincidió con diferentes períodos de gobiernos mexicanos, desde el encabezado por el presidente Adolfo López Mateos hasta el de Miguel de la Madrid.

El rol de México

Tras el golpe militar ocurrido el 31 de marzo de 1964, México tuvo un papel relevante al otorgar el mayor número de asilos diplomáticos, entre abril de ese año y mayo de 1965, por medio del embajador Alfonso García Robles, comisionado por el entonces presidente Adolfo López Mateos, en apego a los convenios interamericanos procedentes sin necesidad de previa aprobación del titular del ejecutivo debido a la premura con que debía actuarse. Así, de los 181 casos que se registraron en ese período, 74 de ellos llegaron a nuestro país; 41 a Bolivia; 28 a Uruguay; catorce a Yugoslavia; nueve a Chile; ocho a Perú; cuatro a Paraguay; dos a Argentina y uno a Colombia. Asimismo, con base en la doctrina Estrada, México rompió relaciones con Brasil al ser un gobierno impuesto por la fuerza.

Visita de estado de Ernesto Geisel, presidente de Brasil, a México durante la presidencia de José López Portillo, enero de 1978. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3840.

Visita de estado de Ernesto Geisel, presidente de Brasil, a México durante la presidencia de José López Portillo, enero de 1978. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3840.

Sin embargo, con el ascenso del nuevo gobierno encabezado por Gustavo Díaz Ordaz en diciembre de 1964, la recepción del exilio brasileño en México no siempre se dio de manera favorable. A la toma de posesión del nuevo titular del ejecutivo, que se llevó a cabo el 1 de diciembre de 1964, acudió la representación de Brasil como parte de los invitados, siendo un gesto positivo que indicaba las intenciones de reanudar relaciones entre ambas naciones. Pero, a pesar de ello, dado que el nuevo embajador en Brasil, Vicente Sánchez Gavito no presentó sus credenciales sino hasta el 21 de abril de 1965, se abrió un período de “transición” que fue aprovechado por, el todavía embajador, Alfonso García Robles para dar asilo diplomático a nombre de México a tres más de los perseguidos políticos, que desde el golpe se encontraban en la clandestinidad en espera de un habeas corpus (similar al amparo mexicano), el cual les permitiría ser juzgados sin ir a prisión, entre ellos, Ruy Mauro Marini de quien más adelante hablaremos para ejemplificar el proceso complejo en que se dio el exilio en México.

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PARA SABER MÁS

  • GÓMEZ LEZAMA, OLIVIA, “Sobre los estrechos vínculos entre historia y teoría política en América Latina”, Andamios, Vol. 14 (34), pp. 371-374.
  • MORALES MUÑOZ, DANIELA, El exilio brasileño en México durante la dictadura militar, 1964-1979, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático, 2018.
  • Sobre la vida y obra de Ruy Mauro Marini ver http://www.marini-escritos.unam.mx/
  •  Revista Cuadernos Políticos http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/index.html 

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La rebelión delahuertista en Chihuahua

Edgar Sáenz López
UAM-I

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

El general Manuel Chao se movió en diciembre de 1923 hasta el norte del país para iniciar el alzamiento armado que propugnaba el ex presidente De la Huerta. En su poco más de seis meses de acciones, principalmente ataques a las vías de comunicación, asaltos y secuestros, obtuvo escaso respaldo de la población, y terminó en un rápido fracaso. Siete meses después sería atrapado y fusilado, y acabaría allí cualquier intento de insurrección.

43241

Adolfo de la Huerta y su escolta de ferrocarrileros, febrero de 1924, inv. 43241, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

En términos políticos, el año 1923 fue conflictivo para el país. El triunvirato sonorense –De la Huerta, Obregón y Calles– se fracturó con la sucesión presidencial de ese año. El general Plutarco Elías Calles fue el candidato del presidente Obregón para relevarlo en el gobierno durante el cuatrienio 1924-1928, mientras que el expresidente Adolfo de la Huerta mantenía la esperanza de regresar a la primera magistratura del país.

La candidatura de Calles dividió profundamente a diferentes sectores del país. Un importante grupo de militares de la más alta graduación se opuso a la designación del entonces secretario de Gobernación como candidato. Se manifestó en contra porque consideraba que tenía el derecho de obtener beneficios de la revolución. De igual forma ex villistas, ex carrancistas y una considerable cantidad de grupos expresaron su descontento y encontraron en la campaña presidencial un medio para alcanzar sus ambiciones personales.

Cuando en septiembre de 1923, Plutarco Elías Calles renunció a su cartera en el gobierno y aceptó la candidatura a la presidencia de la república, Adolfo de la Huerta estaba indeciso sobre si hacía públicas sus intenciones políticas, lo que finalmente sucedió el 23 de noviembre, cuando aceptó ser candidato respaldado por el Partido Nacional Cooperativista.

Desde un principio, la rebelión delahuertista se caracterizó en todos sus frentes por el personalismo de sus dirigentes. Si bien eran opositores del gobierno de Álvaro Obregón y de la candidatura de Plutarco Elías Calles, también tenían cada uno sus propios fines y ambiciones en caso de que triunfara el movimiento. La poca cooperación entre ellos los llevó a la derrota de la rebelión, ya que cada uno centró la atención en su zona de influencia, sin cooperar demasiado con los otros frentes. Esto provocó que los generales fueran focalizados y combatidos eficientemente por el ejército nacional.

En el norte del país, la situación fue distinta. Los hombres que se unieron a la rebelión, a diferencia de otros frentes, ya no se encontraban al servicio de las armas, su derrota militar los llevó a encontrarse más aislados, y con ello su poder de convocatoria fue limitado. Sus tropas fueron exiguas y sin la completa convicción de unirse a una aventura que podría causarles más perjuicios que beneficios. Muchos de los que integraron la división del norte llevaban ya una vida alejada de las armas, algunos habían conseguido tierras con las políticas de repartimiento agrario en los estados de Durango y Chihuahua, y otros estaban fastidiados por los años de combate que no se reflejaban en la mejora de sus condiciones de vida.

No todos los hombres cercanos a los jefes villistas, avecindados en Canutillo, optaron por las armas. Quienes sí lo hicieron, se limitaron a acciones guerrilleras como ataques a las vías de comunicación, asaltos y secuestros para la obtención de recursos. Muy pocas veces presentaron batalla formal y, además, fue poco el respaldo brindado por las diferentes poblaciones, de modo que nunca pudieron engrosar sus filas. Estas, incluso, ofrecieron sus servicios para combatirlos.

En suma, el gobierno federal y las autoridades de Durango y Chihuahua se encargaron de mantener conformes y, hasta cierto punto tranquilos, a los habitantes de sus demarcaciones: los repartos agrarios y demás derechos otorgados hicieron que prefirieran combatir antes que ayudar a los nuevos alzados.

En Chihuahua, el gobernador Ignacio C. Enríquez se encargó de organizar el reclutamiento de personas, para que, a manera de policía rural combatieran los posibles brotes de rebeldes. Se formaron contingentes denominados Defensas sociales, que habían sido creados desde 1916 y reforzados por contingentes de agraristas armados, cuya preparación y abastecimiento fueron proporcionados por el gobierno federal.

De este modo, a pesar de no ser núcleos militares numerosos por parte del gobierno, el septentrión no quedó desprotegido. La ausencia de militares se debió a que en zonas como Veracruz, Guerrero y otras entidades, la presencia de rebeldes era demasiado elevada y el ejército no contaba con suficientes elementos para enviar al norte. Si bien representaba un foco importante de preocupación, no era tan inmediato como en esas zonas.

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Para saber más

  • CASTRO, PEDRO, Adolfo de la Huerta. La integridad como arma de la revolución, México, Ediciones Siglo XXI-UAM-I, 1998.
  • JOSÉ VALENZUELA, GEORGETTE EMILIA, El relevo del caudillo. De cómo y porqué Calles fue candidato presidencial, México, Ediciones El Caballito-Universidad Iberoamericana, 1982.
  • MARTÍNEZ, RAFAEL, Sálvese el que pueda (los días de la rebelión delahuertista), México, El Gráfico, 1931.
  • ROCHA ISLAS, MARTHA EVA, Las Defensas sociales en Chihuahua, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia (colección divulgación), 1988.

El clarín tocó tres veces. Llamada de honor…

María Eugenia Arias Gómez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

A través de las siguientes páginas, los lectores hallarán el caso histórico de Emiliano Zapata, quien murió víctima de una traición; cómo e incluso por qué, antes y después de ocurrir ese hecho, tuvo una metamorfosis al generarse un ser mítico y legendario.

Gente observa el cadáver de Emiliano Zapata, abril de 1919, inv. 567627, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Gente observa el cadáver de Emiliano Zapata, abril de 1919, inv. 567627, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

I

Emiliano Zapata Salazar fue asesinado el 10 de abril de 1919 en Chinameca, Morelos. Al otro día y hasta mayo, las noticias de los principales periódicos que circulaban en la Ciudad de México fueron encabezadas con expresiones sugerentes: “Emiliano Zapata fue muerto en combate”, “Cómo fue la muerte del Atila del Sur”, “Los zapatistas tienen imitadores en Rusia”, “Murió Emiliano Zapata: el zapatismo ha muerto”, “La muerte de […] Zapata no es la muerte de la rebelión”, “Emiliano Zapata, ya es tipo de leyenda”.

Se publicaron fotografías del caudillo, tanto en vida como ya fallecido, así como de varios familiares y partidarios suyos. Además, en son de burla, se intercalaron elocuentes caricaturas. Casi todos los reporteros dedicaron extensas líneas al terrible acontecimiento, con alabanzas y adulaciones para el autor intelectual y los ejecutores, y enseguida dieron a estos el fallo a favor. Otros, los menos, corrieron la pluma para expresar la protesta y otorgaron un reconocimiento al caudillo sureño y su causa.

Desde entonces, y durante años, se difundió de boca en boca y a través de escritos que Zapata no había muerto, que un primo parecido ocupó su lugar y que se vio que no tenía el lunar en la cara, ni “la manita grabada en la espalda”, con lo que se identificaba a “Miliano”. Se mencionó que él “se había ido a las montañas” o que se fue a vivir a Arabia…. Se dijeron y escribieron otras, muchas otras cosas, que narraron tanto sus simpatizantes como sus detractores, quienes contribuyeron al mito y la leyenda, acarreando con ello un fenómeno singular del individuo… Algunos apuntaron que al tiempo le correspondía juzgar los hechos, el tribunal de la historia.

Si bien el periódico Omega protestó contra el gobierno y dejó un concepto trascendental: Apóstol, Mártir o Bandido, para la opinión pública “el movimiento sin cabeza perecería”. Pero a pesar de que aumentaron las rendiciones zapatistas, los pueblos de Morelos siguieron apoyando a la resistencia encabezada por otros jefes locales, como Genovevo de la O, Francisco Mendoza, Gabriel Mariaca y Fortino Ayaquica, quienes días después de la muerte manifestaron a la nación que sus propósitos eran consumar la obra del caudillo, vengar la sangre del mártir, seguir el ejemplo del héroe e ir contra la dictadura de Venustiano Carranza. Otros, estando lejos del país, arremetieron con la pluma desde el exilio. Por ejemplo, la Revista Mexicana, publicada en San Antonio, Texas, aún sin estar a favor de Zapata, atacó al presidente como director intelectual del crimen y lanzó el “Yo Acuso…”.

La muerte de Emiliano fue un tema relevante desde abril de 1919. Pero no se generó entonces su figura mítica y legendaria. Años antes había sido acosado y denigrado: primero, al aproximarse la caída de don Porfirio, y luego, durante la revolución, cuando lo desprestigiaron junto a sus partidarios conforme se propagaba la causa zapatista. A la par de los denuestos, las campañas de las autoridades nacionales, salvo las convencionistas, continuaron firmes contra “el rebelde” y quienes lo apoyaran con o sin las armas.

II

La imagen extraordinaria del hombre de Anenecuilco surgió a partir de 1911 y fue por obra principalmente de sus difamadores. La prensa, la caricatura, la opinión pública y la oficial, los escritos nacionales e incluso extranjeros crearon una leyenda negra, convirtiendo al hombre en “bestia”, “chacal”, “moderno Atila” y “Gengis Kan”, y a sus seguidores en una “horda terrible”. En la cámara, “se convocó […] a la campaña de la ´civilización contra la barbarie´. Surgieron los peores denuestos y calumnias [contra] el líder”. Fue cuando relució el mayor encono de los conservadores: “Emiliano Zapata es la aparición del subsuelo que quiere borrar todas las luces de la superficie; os convocamos [...] a la eterna tragedia de Ormuz contra Arimán”. Se dijo: “es más que un bandido, un reivindicador; el libertador del esclavo de los campos. Asume las proporciones de un Espartaco; es un símbolo, pero [también] un peligro social”.

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Para saber más

  • LÓPEZ Y FUENTES, GREGORIO, Tierra. La revolución agraria en México, México, Editorial México, 1933.
  • Escuchar el corrido “Un recuerdo al general Zapata”. Se encuentra en: https://cutt.ly/9rn4K8I
  • Escuchar la obra sinfónica de Arturo Márquez: “Leyenda de Miliano”, dirigida por Alondra de la Parra. Se encuentra en: https://cutt.ly/Lrn4LVP
  • Fernando de Fuentes (dir.), El Compadre Mendoza, México, 1934, en: https://cutt.ly/Trn4XAC