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Jueces y verdugos. Olvido y condena de Iturbide en los Centenarios de 1910 y 1921

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Joaquín E. Espinosa Aguirre
Doctorado en Historia Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Durante muchos años el título de paternidad de la patria lo habían compartido Hidalgo e Iturbide. Pero en los festejos por el centenario del proceso de independencia de 1910 y 1921 se consumó, en gobiernos tan disímiles como los de Porfirio Díaz y Álvaro Obregón, el destierro del militar del lugar de los hombres ilustres entre los héroes de la gesta de emancipación.

Representante de Agustín de Iturbide en el desfile histórico durante los festejos del centenario, 15 de septiembre de 1910, inv. 352043, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

El año 1921 determinó el final de una de las más complicadas relaciones dentro de la historia patria: la de Agustín de Iturbide y los mexicanos. Si bien durante el siglo xix su figura histórica había coexistido con la del resto de los héroes nacionales –Miguel Hidalgo, principalmente–, sería en las celebraciones que llevaron a cabo Porfirio Díaz en 1910 y Álvaro Obregón en 1921 cuando se acabaría de desdibujar su protagonismo, para ser condenado definitivamente al destierro del panteón nacional. No obstante, estos dos regímenes tan desiguales buscaron su legitimación política a través de conmemoraciones históricas relacionadas con los centenarios de la independencia.

El festejo del Centenario, 1910

La organización y el dispendio que hizo en sus postrimerías el régimen porfirista representaron, por la cantidad de obras públicas que se construyeron, un gran éxito. Hasta la actualidad, existe en la memoria histórica un recuerdo de lo fastuosas que fueron estas festividades. Annick Lampérière las ha comparado con las Exposiciones Universales de París de 1889, en las que se celebró el centenario de la revolución francesa. Los festejos con que el gobierno de Porfirio Díaz conmemoraría el año de 1910 fueron planeados por la Comisión Nacional del Centenario, creada en octubre de 1906, de cuyo cargo estuvo Manuel Torres, quien se acompañó por Gustavo F. Silva y Luis Castillo Ledón.

Para la gala de tal efeméride, se proyectó la construcción de algunas edificaciones que aún forman parte de la imagen urbana de la ciudad de México, como el manicomio de la Castañeda y el Palacio de Lecumberri, así como el inconcluso Palacio Legislativo en la Plaza de la República, cuya primera piedra fue colocada el 23 de septiembre de 1910. Además, hubo sendas ceremonias en Palacio Nacional, como la recepción de los representantes internacionales, quienes manifestaron sus enhorabuenas al gobierno mexicano por medio de diversos obsequios, entre los que sobresale el uniforme del general José María Morelos, entregado por la comitiva española.

El 14 de septiembre tuvo lugar una gran procesión cívica, la cual contó con la asistencia de 20 000 personas e inició en la glorieta de Colón para finalizar en la catedral, donde estaban las urnas con los restos de los héroes de la independencia, colocadas ahí para ser homenajeadas. Sin embargo, el evento que mayor cantidad de gente reunió fue el desfile histórico, celebrado el 15 de septiembre como era costumbre y que tuvo cerca de 200 000 espectadores.

Allí fueron representadas las etapas de la historia de México, desde el pasado prehispánico, la dominación española y, fundamentalmente, la independencia, la que concentraba la principal atención. Para ello, se construyeron varios carros alegóricos, con Miguel Hidalgo, José María Morelos y Agustín de Iturbide como protagonistas, resaltando el último, ya que se realizó una representación en vivo de la entrada del ejército trigarante, donde además figuraron exinsurgentes como Vicente Guerrero, Manuel Mier y Terán y Guadalupe Victoria. Según cuenta Genaro García en la Crónica oficial de las fiestas del primer centenario, esta parte del desfile se llevó el aplauso más nutrido.

Esa misma noche celebraron la ceremonia del grito. Para ello, los edificios del centro de la ciudad fueron engalanados con una iluminación que repetía las fechas de 1810-1910 y las palabras Paz, Progreso y Libertad. Además, se hizo una gran recepción en el Palacio Nacional para todos los delegados extranjeros, quienes pudieron observar que, en el interior, había un catafalco con un águila que representaba a la nación mexicana. Pero sin duda, el evento que más relevancia histórica tuvo para el régimen se realizó la mañana siguiente, cuando se inauguró la tan ansiada columna de la Independencia, encargada a Antonio Rivas Mercado, el arquitecto afrancesado favorito del régimen, y cuya construcción comenzó desde el 2 de enero de 1901, es decir, casi una década antes de la festividad. Un derrumbe en 1906 había obligado a replantear sus dimensiones y estructura, lo cual no impidió que fuera el atractivo principal de la ceremonia de aquel 16 de septiembre de 1910, cuando a sus pies estuvieron el presidente Díaz y su Estado mayor entonando el himno nacional y escuchando el discurso patriótico dedicado al cura Hidalgo por el poeta Salvador Díaz Mirón.

Ahora bien, justo en esta celebración puede notarse el olvido de la figura de Iturbide, ya que, si bien apareció de manera destacada en el desfile militar, no fue tomado en cuenta para aparecer como una de las figuras principales de la columna, pues se eligió a Morelos, Guerrero, Bravo y Mina para cubrir sus flancos, mientras que el lugar de honor se le otorgó a Hidalgo. Debemos recordar que durante muchos años el título de paternidad de la patria lo habían compartido ambos, pero que fue a partir de este momento cuando el segundo tomó la delantera. Además, los restos del consumador no fueron colocados junto con los de los otros personajes en el mausoleo del monumento, sino que se mantuvieron en la catedral metropolitana, donde se encontraban desde 1838, sólo haciéndose mención de su nombre en uno de los aros que adornan el exterior de la columna.

CIF, Contingente militar desfilando durante los festejos del centenario, 27 de septiembre de 1921, inv. 121067, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

A lo largo del mes patrio hubo más celebraciones, incluidas una ceremonia a Josefa Ortiz de Domínguez y otra más a Morelos, en San Cristóbal Ecatepec, donde se develó una estatua en su honor, pero no se planeó nada para el día 27 de septiembre o algún acto en honor a Iturbide, salvo algunas menciones en las repetidas oraciones patrióticas. No obstante, si bien el consumador aparece como un personaje más, y no en un lugar protagónico, al menos fue considerado dentro de los héroes de la independencia. Incluso, la obra historiográfica que fue premiada y publicada en el marco del festejo, a cargo de Francisco Bulnes, La independencia de México: Hidalgo-Iturbide, lo reivindicó al destacar su habilidad política y sus medios no violentos para terminar el largo y desgastante proceso de la lucha armada. Por medio del Plan de Iguala, dice Bulnes, Iturbide había comenzado una obra de la paz, oscurecida por la anarquía del siglo xix, pero que al fin el régimen porfirista logró dar a la nación mexicana. Esta obra fue publicada en el mismo año de 1910.

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Coahuila y Texas se independizan

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Bertha Luz Justo de la Hoz
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Coahuila y Texas formaban parte, junto con Nuevo León y Nuevo Santander, de la relegada Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente, creada en 1776 por el virreinato. Declarado el Plan de Iguala, se incorporaron en julio de 1821 al proceso de independencia. Casi tres años después formarían un solo estado, mismo que duraría poco tiempo.

A new map of Mexico and adjacent provinces compiled from original documents by A. Arrowsmith, 1810, litografía en Atlas to Thompson’s Alcedo; or dictionary of America & West Indies, Londres, George Smeeton, Great Saint Martin’s Lane, Charing Cross, 1819. David Rumsey Map Collection, David Rumsey Map Center, Stanford Libraries

En mayo de 1824, el Congreso mexicano declaró la unión de Coahuila y Texas para formar un estado de la federación. Hasta ese momento, ambas provincias habían sido administradas de manera separada, aunque siempre estuvieron estrechamente vinculadas. Según palabras de Vito Alessio Robles, político e historiador coahuilense, el devenir de Coahuila no puede entenderse sin conocer el de Texas, y viceversa.

Los vecinos de Saltillo y un grupo de soldados se reunieron en la plaza de armas de esa villa el 1 de julio de 1821 para secundar el Plan de Iguala, proclamado por Agustín de Iturbide unos meses atrás. Para entonces, Coahuila y Texas, ubicadas en la parte nororiental de Nueva España, eran dos comarcas extensas y escasamente pobladas, sobre todo la segunda. Ambos territorios formaban parte de una división gubernamental creada en 1776 con el fin de centralizar la administración del norte novohispano. La Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente, como se llamó a esa división, comprendía a Coahuila, Texas, Nuevo León y Nuevo Santander. Al frente de las cuatro provincias se encontraba un comandante general, según Miguel Ramos Arizpe –político coahuilense, conocido como el “Padre del federalismo”–, con “iguales y aún mayores facultades que el virrey”, mientras que en cada una de ellas había un gobernador político y militar.

A principios del siglo xix, la economía en Coahuila y Texas era muy precaria, entre otras razones debido a las frecuentes incursiones de indios nómadas, la falta de comunicaciones terrestres, la ausencia de importantes cursos de agua −sobre todo en Coahuila−, las enormes distancias que mediaban entre las principales poblaciones de ambas comarcas, y la lejanía de estas respecto al centro del virreinato. Otro factor que dificultó el desarrollo de estas regiones, principalmente en el caso de la provincia texana, fue la escasez de habitantes. En 1820, la población de Coahuila era de 42 937 personas y la de Texas se calculó en 3 334, aproximadamente.

Algunas de las poblaciones de Coahuila eran Saltillo, Monclova, Parras, Santa Rosa y San Juan Bautista de Río Grande. A principios del siglo xix, sus habitantes se dedicaban sobre todo a la ganadería. La agricultura se practicó en pequeña escala y la minería casi no se explotó. En septiembre de cada año se llevaba a cabo en Saltillo una feria concurrida por comerciantes de las Provincias Internas de Oriente y de otras partes de Nueva España. No obstante, en la región coahuilense, atravesada por amplias llanuras, la acumulación de grandes extensiones de terreno en pocas manos obstaculizó el desenvolvimiento económico de la población. Por ejemplo, el marquesado de San Miguel de Aguayo abarcaba casi la mitad de la provincia.

Texas, por su parte, contaba con tres asentamientos permanentes: San Antonio de Béjar, Bahía del Espíritu Santo y Nacogdoches. Sus habitantes practicaban una agricultura de subsistencia, pues no podían dar salida a sus cultivos porque los puertos texanos no estaban habilitados para el comercio. Los pobladores también se dedicaron principalmente a la cacería de reses y caballos para venderlos en Louisiana (Estados Unidos) y al contrabando con esa región, por medio del cual conseguían provisiones y diversos artículos de uso cotidiano. De hecho, el intercambio comercial de los pobladores de Texas fue más provechoso con Louisiana que con cualquier otra región de Nueva España.

The military plaza – San Antonio, litografía en Edward King, The southern states of north america, Londres, Blackie & Son, Paternoster building, 1875.

Su ubicación en los confines del virreinato, su escasa población y el nulo dominio que las autoridades españolas ejercieron sobre Texas, hicieron de ella un blanco fácil para las continuas incursiones de aventureros del país vecino. Desde finales del siglo xviii y en los primeros años del xix comenzaron a introducirse en Texas varios grupos de colonos estadunidenses. En repetidas ocasiones, esta situación condujo a los funcionarios de la comandancia general a tratar de impedir su entrada, pues temían que aquellos extranjeros rompiesen el delicado equilibrio existente entre los españoles y los indios que habitaban la región.

La actitud de las autoridades españolas de la comandancia general hacia ellos cambió radicalmente en 1821, cuando se inició de manera oficial la colonización estadunidense de Texas. En enero de ese año, el comandante general de las Provincias Internas de Oriente, Joaquín de Arredondo, dio autorización a Moses Austin, originario de Connecticut, para fundar una colonia con 300 familias provenientes de Louisiana. Así comenzaba un proceso que cambiaría para siempre la historia de la región. Meses más tarde, Stephen Austin, hijo de Moses, se dirigió a Texas y después a la ciudad de México para ratificar la concesión de tierras hecha a su padre. A su paso por la provincia realizó una descripción de Nacogdoches, el asentamiento más precario y más septentrional de la misma. Sus impresiones nos dan una idea sobre el abandono en que se encontraba el territorio texano hacia 1821: “Nacogdoches es ahora las ruinas de una [alguna vez] floreciente pequeña villa. La iglesia y siete casas están todavía de pie, completas, una de ellas, [con] dos pisos construidos de roca blanda, fue la sede del comercio de indios y muchos negocios se hacían aquí anteriormente.”

Independencia

El mismo año en que Texas inauguraba una nueva etapa de su historia, en el sur de Nueva España daba comienzo otro proceso irreversible y de grandes implicaciones en todo el territorio novohispano: la consumación de la independencia con la proclamación del Plan de Iguala por Agustín de Iturbide el 24 de febrero de 1821 y la firma de los Tratados de Córdoba unos meses más tarde. El Plan de Iguala declaró la independencia, la unión de americanos y europeos y el establecimiento de una monarquía constitucional presidida por Fernando VII u otro miembro de su dinastía.

Escudo de la hacienda de estado libre de Coahuila y Texas, litografía en Dudley G. Wooten Ma., A. complete history of Texas, Dallas, The Texas History Company, 1899.

Cuando Joaquín de Arredondo, en su calidad de máxima autoridad en las Provincias Internas, tuvo noticia de que los vecinos de Saltillo se preparaban para secundar el Plan de Iguala, mandó a esa población a la compañía de granaderos del regimiento Fijo de Veracruz. Asimismo, dispuso que la infantería y la artillería de aquel regimiento se instalasen a corta distancia. Sin embargo, los comandantes de estas tropas se unieron al pueblo y a los miembros del Ayuntamiento de esa villa, y juraron la independencia el 1 de julio de 1821.

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El norte novohispano. Olvidado, aislado y ajeno a la rebeldía

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Omar Urbina Pineda
El Colegio de México

En los años de la guerra de independencia tanto las provincias del oriente como del occidente del virreinato vivieron en conflicto permanente, pero vinculados a contextos locales y no tanto a las arremetidas insurgentes que pronto fueron controladas. Aceptaron y se sumaron tardíamente al Plan de Iguala. Ya independientes y con nuevas autoridades, la situación de aislamiento y olvido no se modificaría tras el triunfo y caída posterior de Iturbide.

Santa Fe, New Mexico, litografía a color en Henry Howe, The great west, Nueva York, Geo F. Tuttle, 1859.

En 1810, cuando el cura Miguel Hidalgo se levantó en armas, la llama insurgente prendió en todo el territorio de Nueva España. Las lejanas Provincias Internas no fueron ajenas a este proceso, pero, a diferencia del resto del virreinato, los levantamientos norteños fueron rápidamente reprimidos y la actividad insurgente en la región decayó por el resto de la década. Sin embargo, el ambiente durante los diez años de guerra civil no fue para nada pacífico. Fruto de la convulsión política y social iniciada en 1810, se intensificaron las incursiones indígenas ante la falta de pago de tributos; hubo rebeliones locales no relacionadas a la lucha independentista, y también se intensificaron los ataques de piratas, corsarios y filibusteros. Es decir, en el norte novohispano, a pesar de la poca actividad insurgente, se vivió un constante estado de guerra. En este contexto fue que, en 1821, llegaron las noticias de la promulgación del Plan de Iguala, iniciando así el proceso de consumación de la independencia en las Provincias Internas.

El oriente

La situación en los confines de Nueva España era muy compleja cuando llegaron las noticias del pronunciamiento de Iturbide. En primer lugar, las antes fieles compañías presidiales, encargadas de vigilar y proteger la frontera de cualquier ataque –ya fuera de extranjeros o grupos indígenas–, empezaron a dudar de la conveniencia de seguir obedeciendo al régimen virreinal. Esto se debió a que estaban sufriendo una crisis terrible. Si bien los recursos que se suministraban se les siguieron otorgando, aunque no con la regularidad con que se hacía durante la época borbónica, la inseguridad de los caminos hacía que estos no llegaran en su totalidad. A los presidiales se les debían muchos salarios, ya que eran soldados pagados directamente por la corona, y carecían de todos los pertrechos necesarios para desempeñar su labor. No había alimentos, municiones y, peor aún, monturas, las cuales eran fundamentales para perseguir a los indígenas que incursionaban en las poblaciones. Ante esta situación, muchos de estos militares comenzaron a buscar recursos por su propia cuenta y entablaron redes de comercio con quien tenían más cerca, es decir, con Estados Unidos. Alejados del centro de Nueva España, más aún, de la metrópoli, la conveniencia de un gobierno alterno empezó a surgir en la mente de estos personajes.

            Por otro lado, si bien es cierto que las Provincias Internas no alcanzaron a experimentar generalizadamente la politización provocada por la creación de los Ayuntamientos durante el primer constitucionalismo gaditano, muchas poblaciones, impulsadas por el alejamiento que tenían del resto del virreinato, empezaron a tomar las riendas de la política local. Principalmente esto se reflejó en el conflicto que había entre los Ayuntamientos de Saltillo y de Monterrey. El último había ocupado tradicionalmente el punto más importante de la política regional, ya que era la sede de la Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente. Sin embargo, Saltillo era el lugar en el que se ubicaba la Tesorería Real, por lo que se encargaba de suministrar recursos a todas las regiones bajo su jurisdicción: el Nuevo Reino de León, Nueva Santander, Coahuila y Texas. Esta rivalidad se intensificó a finales del virreinato y el inicio de la conjura iturbidista fue el ambiente perfecto para buscar la primacía regional.

            Como puede observarse, en el noreste de Nueva España había un descontento generalizado desde diferentes niveles hacia la política virreinal. Por un lado estaban los presídiales molestos por la falta de pago de sus salarios; por el otro, los Ayuntamientos habían adquirido un enorme grado de autonomía durante todo el conflicto armado. A a su vez, existía un descontento general en las poblaciones ya que eran las principales afectadas por las incursiones indígenas, intensificadas desde el inicio de la lucha independentista. En este ambiente de crisis fue que llegaron a manos del comandante general y jefe político, Joaquín de Arredondo, las noticias del pronunciamiento de Iturbide y de la promulgación del Plan de Iguala. Arredondo había obtenido su puesto siendo parte de las filas de la contrainsurgencia, y su prestigio aumentó por haber participado en la represión de la expedición de Xavier Mina, de ahí que su puesto y sus privilegios se debieran al orden virreinal. Al haber sido promulgado el Plan de Iguala, Arredondo lo declaró “anticonstitucional” y pidió instrucciones a Juan Ruiz de Apocada, jefe político superior de Nueva España, sobre cómo debía proceder. Cuando este le ordenó que contuviera la influencia del movimiento trigarante en la región, el comandante general respondió que esto resultaba imposible ya que el estado de la tropa y, sobre todo, de los presidiales era muy precario, por lo que, si no recibía rápido suministros de guerra, no se haría responsable de lo que ocurriera en la comandancia general.

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Ramón Rayón y Vicente Filísola. Sublevación y fidelidad

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Ricardo Emmanuel Estrada Velázquez
Maestría en Historia de México, IIH-UMSNH

Los dos militares, que para 1821 servían al virreinato, fueron fundamentales para la causa independentista de Iturbide. Su aceptación para sumarse a la lucha desde Zitácuaro y Maravatío los llevaría hasta la misma ciudad de México como figuras capitales del Ejército Trigarante.

Barcley, Morelia – Vue prise dans une rue, litografía en Élisée Reclus, Nouvelle géographie universelle, la terre et les hommes, Libro VII, París, Librairie Hachette et Cie., 1891.

La independencia absoluta, la defensa de la religión católica y la unión de los habitantes de Nueva España, sin importar origen étnico ni condición social, fueron las bases que Agustín de Iturbide utilizó en su plan proclamado en el pueblo de Iguala el 24 de febrero de 1821. Este documento, compuesto por 24 artículos, estipulaba la creación del Ejército de las Tres Garantías, fuerza militar que adquirió seguidores rápidamente debido a las relaciones de amistad que existían entre los miembros de los ejércitos realista e insurgente.

En este texto nos acercaremos a lo sucedido con el Ejército Trigarante en la jurisdicción de Zitácuaro y sus cercanías, mencionando a los principales personajes que permitieron el desarrollo del movimiento encabezado por Iturbide, así como las actividades, financiamiento, participación de fuerzas y la jura de la independencia en la región oriente del ahora estado de Michoacán.

Zitácuaro y Maravatío

En la provincia de Valladolid, la primera noticia del movimiento encabezado por Agustín de Iturbide en contra del régimen virreinal la recibió −en enero de 1821− el coronel Luis Quintanar, quien ostentaba el cargo de comandante general de dicho lugar. Iturbide lo había invitado a unirse a sus fuerzas para lograr la independencia, a lo que Quintanar se negó e informó al virrey Juan Ruiz de Apodaca sobre los planes de insurrección que se habían gestado. Desde ahí, la información corrió por diversos lugares del territorio llegando a inicios de marzo a la comarca de Zitácuaro, donde su comandante, Pío María Ruiz, también rechazó el plan.

Ramón Rayón, antiguo cabecilla insurgente que se había indultado después de la capitulación de la fortificación de Cóporo en 1817 y que servía al gobierno español en el cuerpo de urbanos de Zitácuaro, fue quien comenzó a conspirar a favor del movimiento de las tres garantías junto con el destacamento que se encontraba a su mando. Descubiertos sus planes el 6 marzo de 1821, redactó dos cartas, una dirigida a Vicente Guerrero y la otra a Iturbide, en la que les explicó lo sucedido y solicitaba su apoyo para la conquista de los territorios cercanos. De Guerrero no tuvo respuesta alguna, aun y cuando le redactó una segunda misiva. Por su parte, Iturbide le contestó favorablemente, extendiéndole incluso el grado de teniente coronel veterano de caballería, por lo que Rayón se convirtió así en un militar al servicio del Ejército Trigarante y el primero en encabezar dicho movimiento en el oriente de lo que actualmente es el estado de Michoacán.

Otro personaje fundamental fue Vicente Filísola, militar realista de origen napolitano, quien combatió en España a Napoleón Bonaparte y llegó a territorio novohispano en 1811 para luchar contra las fuerzas insurgentes que encabezaba Ignacio López Rayón. En 1820 ya fungía como comandante del territorio de Maravatío, perteneciente a la provincia de Valladolid, aunque se conocía con Iturbide desde las acciones en contra de José María Morelos en las lomas de Santa María en 1813. A fines de marzo de 1821, Filísola aceptó la invitación para sumarse al Ejército de las Tres Garantías al mando de la 13ª División.

Organización de las fuerzas

La 13ª División del Ejército Trigarante estuvo compuesta por 1 500 hombres pertenecientes a la región del oriente de la intendencia de Valladolid, en específico del Segundo Batallón y Compañía Cazadores, Primero del Tiro Fijo de México, del Escuadrón de Patriotas de Ixtlahuaca, del de Maravatío, las compañías de Zitácuaro, Laurales, Ixtapan y Tiripetío, así como de la infantería de Tuxpan, Jungapeo, Angangueo y Tlalpujahua. Con la fuerza militar generada tanto por Ramón Rayón como por Filísola, el Plan de Iguala creció en aceptación en la intendencia, al grado de quedar la plaza de Zitácuaro y el valle de Quencio en poder del napolitano. Con el control de la zona, la 13ª División y otras de los alrededores se reunieron en Zitácuaro el 7 de abril de 1821 e hicieron la jura de reconocimiento al Plan de Iguala y proclamaron la independencia de México.

Al día siguiente, Joaquín Calvo, segundo de Vicente Filísola, lanzó un comunicado en el que se dejaba claro que los cuerpos militares tendrían por objetivo repeler los ataques que se generaran en su contra o en lugares cercanos, quedando disponibles para actuar como cuerpos de defensa si el propio Iturbide solicitaba auxilio. En el mismo documento se acordaba implementar un sistema que permitiera el crecimientos del número de efectivos de los alrededores, por lo que se crearían primero las llamadas Milicias Nacionales, que estarían integradas por “vecinos honrados” que tuvieran su hogar en haciendas, rancherías o poblados circunvecinos y la disponibilidad de utilizar armas y, segundo, las Milicias Rurales y Provinciales, las cuales se compondrían de jóvenes solteros, quienes recibirían sueldo siempre y cuando tuvieran acción de armas o en situaciones específicas. Por su parte, Filísola vistió de su propio bolsillo al grueso de los efectivos, y la Iglesia realizó aportaciones generosas debido al apoyo que recibió de parte de la trigarancia en cuestiones de seguridad y respeto que se veían reflejadas en el Plan de Iguala. Proveniente de la tierra caliente y en su camino rumbo a su ciudad natal Valladolid (hoy Morelia), Iturbide supo de las fuerzas que existían ya en Zitácuaro por lo que decidió pasar por allí. Fue recibido el 10 de abril por una comisión del Ayuntamiento. Al día siguiente se reunió con los integrantes del Cabildo quienes, ante la solicitud de una contribución para la manutención del ejército, manifestaron las carencias debido a los estragos generados por el incendio orquestado por Calleja en 1812. Iturbide no tuvo más opción que exentarlos de las aportaciones.

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Vicente Guerrero afianza el bastión del sur

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Reveriano Sierra Casiano
Facultad de Filosofía y Letras – UNAM

La incorporación de la poderosa fuerza militar insurgente del arriero sureño a la estrategia de Iturbide fue el gran impulso –vendrían luego otros acuerdos militares– para la consumación de la independencia, concretada pocos meses después del pacto entre ambos en la zona de Teloloapan.

Román Sagredo, Abrazo de Acatempan, óleo sobre tela, 1870, Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

En 1820, la guerra por la independencia de Nueva España, que había iniciado diez años antes en el Bajío, había menguado. El historiador conservador Lucas Alamán escribió en su Historia de Méjico… [1852], que el reino estaba totalmente pacificado, “excepto un ángulo de poca importancia en el sur de México”. En esa zona operaba principalmente Vicente Guerrero (1792-1831). Oriundo de Tixtla, Guerrero había dejado su trabajo de arriero y se unió al movimiento rebelde a finales de 1810, durante la primera campaña que José María Morelos realizó en el sur. El conocimiento de la tierra y de la gente, que tenía hombres como él, posibilitó el arraigo de la rebelión.

Bajo el liderazgo de Morelos, el sur de Nueva España había sido el principal centro de operaciones de la insurgencia. La región sureña también fue el escenario de la definición del proyecto político republicano insurgente con la convocatoria al Congreso de Anáhuac, −que se reunió en Chilpancingo en 1813−, y la promulgación del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, también conocida como la Constitución de Apatzingán, en 1814.

Después de la captura de Morelos a finales de 1815, Manuel Mier y Terán disolvió el Congreso insurgente en Tehuacán y propuso un gobierno político-militar a Guerrero, Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo. El proyecto no se concretó y la insurgencia quedó a la deriva. En esos años, Guerrero fue uno de los jefes militares más preocupados por mantener las instituciones formadas a partir de la Constitución de Apatzingán y ejerció su autoridad territorial siempre en nombre de la Junta Subalterna Gubernativa o Supremo Gobierno Provisional. Era consciente de que la insurrección necesitaba respaldo institucional, pero el proyecto del movimiento insurgente tuvo un alcance territorial limitado por las rencillas de legitimidad política y autoridad militar dentro de la insurgencia. La división favoreció la estrategia del régimen virreinal de atacar uno por uno los focos insurgentes más importantes para evitar su crecimiento y colaboración. A partir de 1814, el comandante realista del sur, José Gabriel de Armijo, empezó a recuperar el control del sur y el territorio de acción de Guerrero quedó reducido a unos cuantos poblados y las serranías de la Mixteca y la Tierra Caliente.

Varios historiadores aseveran, como Alamán, que en 1820 la insurgencia estaba prácticamente derrotada. Sin embargo, otros estudios históricos que en años recientes analizaron las condiciones militares de Nueva España han valorado que la guerra estaba estancada y lejos de la pacificación pretendida por las autoridades. En 1820 sobrevivían jefes importantes como Guerrero, Pedro Ascencio, Juan Álvarez o Gordiano Guzmán, pero también numerosos grupos que sin un liderazgo destacado obstaculizaban el tránsito de los caminos principales y tomaban pueblos momentáneamente. Por tanto, la guerra generó condiciones precarias para los insurgentes, pero también para sus adversarios.

Dos hechos aislados uno de otro, pero que tendrían incidencia en la consumación de independencia, muestran este desgaste de las tropas del régimen español: por un lado, la solicitud de José Gabriel de Armijo para ser sustituido en el sur novohispano y, por otro, el pronunciamiento militar en España, el 1 de enero de 1820, de las tropas expedicionarias que se preparaban para partir a reconquistar Río de la Plata y se pronunciaron a favor de restablecer la Constitución liberal y las cortes que el rey Fernando VII había proscrito unos años antes.

Obligado por la asonada militar, el rey juró la Constitución de Cádiz, con lo que ponía fin a su reinado absolutista y depositaba la soberanía en las Cortes. En Nueva España, la Constitución fue jurada por Juan Ruiz de Apodaca en mayo, quien con la entrada en vigor del texto constitucional dejaba de ser virrey y se convertía en jefe político superior designado por las Cortes. Como virrey, de 1816 a 1820, Apodaca había combinado una estrategia de combate a los insurgentes y ofertas de indulto a las que se acogieron importantes figuras del movimiento rebelde, como Manuel Mier y Terán, Carlos María de Bustamante, Ignacio Rayón, entre otros, pero Guerrero rechazó la propuesta en reiteradas ocasiones, incluso la que se le hizo llegar por medio de su padre. Las negociaciones entabladas para atraerlo a las filas del gobierno virreinal también lo llevaron a aplicar la misma estrategia a los oficiales realistas. Así, el 17 de agosto de 1820 escribió al coronel Carlos Moya una carta que contiene interesantes elementos sobre su situación y las alternativas políticas.

La carta, citada por Ernesto Lemoine, empieza con una alusión a los hechos políticos de España: “Como considero a V. S. bien instruido en la revolución de los liberales de la península […] no me explayaré sobre esto, y sí, paso a manifestarle que este es el tiempo más precioso para que los hijos de este suelo mexicano, así legítimos como adoptivos, tomen aquel modelo, para ser independientes.” En este pasaje, Guerrero se muestra bien enterado de la posibilidad de utilizar la movilización militar dentro del régimen para alcanzar objetivos políticos y sugiere a Moya encabezar una operación de ese tipo: “En este concepto, siempre que V. S. quisiera abrazar mi partido y trabajar por la libertad mexicana, no como subalterno mío, sino como jefe, sabría yo ponerme a su disposición.” Sabía que la estrategia del gobierno virreinal lo había aislado y estaba dispuesto a ponerse a las órdenes de un jefe que tuviera mayores posibilidades de alcanzar la independencia. Finalmente, concluye con un acertado dictamen de la situación política peninsular y novohispana: “Cuando se trata de la libertad de un suelo oprimido, es acción liberal en el que se decide a variar de sistema, más cuando supongo que no ignorará V. S. el rompimiento que entre liberales y realistas yace en la Península y aun se prepara en este hemisferio.”

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Tejiendo la Independencia. El proyecto trigarante de 1821

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Eduardo A. Orozco Piñón
Facultad de Filosofía y Letras – UNAM

La promulgación del acuerdo independentista del 24 de febrero de 1821 tiene detrás una estrategia encabezada por Agustín de Iturbide, quien tres meses antes fuera enviado por el virrey a Acapulco a pacificar la zona. Iturbide buscó apoyos militares en las provincias del centro del país para luego ocupar la capital, y aunque sólo obtuvo la adhesión de Vicente Guerrero, echó a andar su proyecto político de un imperio mexicano libre e independiente.

Solemne y pacífica entrada del ejército de las tres garantías en la capital de México, el día 27 de septiembre del memorable año de 1821, óleo sobre tela, ca. 1822, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

El periodo de consumación de la independencia es uno de los más incomprendidos de la historia nacional. Los actores de este proceso, así como sus motivaciones y objetivos, se nos presentan turbios, comparados con los personajes que iniciaron la gesta libertadora. Incluso, los orígenes de esta rebelión son prácticamente desconocidos por haber sido tergiversados al abordarse con prejuicios alejados de la comprensión histórica. Muchas veces a la trigarancia se la ha calificado, sin miramientos, de conservadora, reaccionaria y contrarrevolucionaria; por ello, conviene repensar, a 200 años de distancia, la coyuntura de 1821. Con ese objetivo, las siguientes líneas pretenden ofrecer un panorama general de la compleja, pero fascinante, época en que surgieron el Plan de Iguala y el ejército de las tres garantías, para así entender que el proyecto de independencia se concibió como respuesta a un mundo atlántico interconectado. De igual manera, se busca mostrar el impacto del proyecto político del movimiento trigarante en la vida nacional, pues fue un parteaguas en la manera de hacer política durante el siglo xix.

España en ambos hemisferios

A partir de 1820, el mundo hispánico se vio sacudido en su centro por un vértigo revolucionario. El 1 de enero de aquel año en la localidad de Cabezas de San Juan, Sevilla, los comandantes Rafael de Riego y Antonio Quiroga se pronunciaron en contra del absolutismo de Fernando VII y a favor de la restauración del régimen constitucional suprimido desde 1814. La rebelión se expandió gracias al apoyo de otras provincias españolas, alcanzando su objetivo en sólo tres meses: las Cortes volvieron a sesionar en Madrid. El nuevo gobierno constitucional tuvo que hacer frente a las guerras de emancipación que consumían al continente americano. Fue por ello que enfocó sus labores en ofrecer una legislación supuestamente acorde con las demandas americanas para, por la vía pacífica y legal, acabar con las guerras civiles.

            Sin embargo, la radicalidad de las nuevas leyes provocó agitación y descontento entre la población de Nueva España, donde los decretos que suprimieron algunos privilegios eclesiásticos fueron mal recibidos e interpretados como un atentado en contra de la “santa religión”. Además, otras leyes encaminadas a establecer una sociedad más igualitaria, como la abolición de los fueros militares o el fin de la exención de impuestos, encontraron la resistencia de las corporaciones afectadas. Ante el desalentador panorama, las Cortes convocaron a diputados americanos para discutir los problemas que aquejaban a sus respectivas regiones. Con entusiasmo se eligió a los representantes del “nuevo mundo”, pero la algarabía se desvaneció durante las sesiones legislativas, al hacerse patente que los prejuicios de tres siglos de dominio colonial impedirían a los americanos contar siquiera con una representación proporcional a la europea. Manuel Gómez Pedraza, uno de los diputados electos, expresó desde Madrid que “los liberales de la península lo eran para sí, y no para los americanos”. Ante la inutilidad de las Cortes, este diputado dejó de asistir a las sesiones.

            De todo esto se desprende que, para mediados de 1820, las autoridades y los sectores acaudalados de Nueva España recelaban del gobierno constitucional, cuyo proyecto era el de una profunda reforma política. El descontento provocó, supuestamente, la mítica “conspiración de La Profesa”, donde se habría planeado la independencia para mantener los privilegios previos al gobierno de las Cortes; sin embargo, dentro de la muy abundante documentación de la época no existe indicio alguno que confirme o niegue tajantemente la existencia de dicha conspiración, de lo cual se desprenden dos posibilidades: o nunca existieron dichas reuniones, o por ser exitosas no dejaron ningún rastro. Aunque es cierto que estos sectores, en su mayoría europeos, no gustaron del sistema liberal de la península porque debilitó el poder que obtuvieron en los años del absolutismo, al presentarse la oportunidad apoyaron la separación de ambos reinos. De lo que sí queda constancia es que durante 1820 todos los sectores sociales hablaban de la independencia. La idea ya no sonaba tan descabellada como en la década anterior. Incluso entre la cúpula militar del virreinato –que había combatido durante diez años a las muy diversas insurgencias– se aceptaba que el debate sobre la “cuestión americana” ya no giraba en torno a si se debía o no ser independiente, sino sobre la manera de cómo realizar dicho proyecto. Conforme terminaba el año 1820, quedó claro que las soluciones a los problemas americanos, como la todavía latente guerra civil, no podían llegar de afuera, pues la metrópoli al otro lado del océano poco entendía del “sentir nacional”.

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Iturbide: entre el olvido y la revisión

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Josep Escrig Rosa. Becario posdoctoral

Hoy ya sabemos el desenlace del proceso de independencia en México tras las sublevaciones contra Agustín de Iturbide, el exilio de este y su posterior fusilamiento al intentar regresar al escenario político. Se ha esgrimido su monarquismo elitista y autoritario para quitarle un papel destacado en la emancipación de España, y minimizar sus méritos.

Anónimo, Fernando VII Rey de las Españas desconsolado en su prisión de Francia; oye los consejos de su tío, y las dolorosas quejas de su carísimo hermano Don Carlos, prisioneros con él. Hecho en Querétaro año de 1819, óleo sobre tela, 1819, Museo Regional de Querétaro. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.
Anónimo, Fernando VII Rey de las Españas desconsolado en su prisión de Francia; oye los consejos de su tío, y las dolorosas quejas de su carísimo hermano Don Carlos, prisioneros con él. Hecho en Querétaro año de 1819, óleo sobre tela, 1819, Museo Regional de Querétaro. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH. 

Estamos en un año de efemérides para varios países hispanoamericanos que hace 200 años proclamaron su independencia respecto de la monarquía española. Me refiero, entre otros, a México, Perú y la entonces capitanía de Guatemala, la cual acabaría disgregándose −a partir de 1838 y tras distintos avatares político-organizativos− en los territorios que actualmente conocemos como Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Guatemala y El Salvador.

A pesar de la situación de crisis global −resultado de la contingencia sanitaria−, la coyuntura concentra simbólicamente la evocación de hechos que marcaron ciertos procesos históricos de los que, salvando las distancias, todavía somos en parte deudores como sociedad.

Muchas páginas se han escrito sobre el periodo de la guerra de la Independencia mexicana. Las causas que la animaron, sus protagonistas, los hechos que entonces tuvieron lugar, las consecuencias que se derivaron del conflicto armado y de la ruptura con la monarquía hispánica, son temas que han sido objeto de atracción permanente desde hace dos siglos. Sin embargo, por diversas razones, existe un contraste en el interés público por los sucesos que tuvieron lugar en torno al 16 de septiembre de 1810 y al 28 de septiembre de 1821. En los imaginarios colectivos continúa resultando más conocido e importante el estallido de la revuelta insurgente, liderada por el cura Miguel Hidalgo, que la fase en que el militar Agustín de Iturbide encabezó un amplio movimiento que culminaría con la firma del Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Como es bien conocido, él mismo acabaría siendo elegido emperador del nuevo país tras un golpe de fuerza, orquestado la noche del 18 de mayo de 1822.

Hasta cierto punto, resulta lógico que nos sintamos más atraídos por los ideales republicanos y de nivelación social que fue madurando la insurgencia, especialmente a partir de 1814, que por la alternativa monárquica de corte más elitista y autoritaria que impulsaba Iturbide. Al mismo tiempo, ello se refuerza por la carga emocional positiva condensada en torno a la construcción mítica de los orígenes del proceso emancipador, entendido como la inauguración de la modernidad política en México por oposición a los 300 años de dominación colonial. Desde esta perspectiva, los primeros narradores y cronistas de la independencia inventaron una historia maniquea basada en el enfrentamiento entre “malos” (los españoles) y “buenos” (los americanos). El hecho de que una parte considerable de los primeros apoyaran y se integraran al imperio, así como el giro conservador de su vida política, sirvió, de forma añadida, para que se proyectara una imagen negativa del periodo. Esta representación ha tenido un efecto duradero entre la opinión pública y se empezó a forjar desde el momento en que abdicó Agustín I, el 19 de marzo de 1823, y se decretó, en julio del mismo año, la forma republicana federal. A partir de entonces, 1810 se convirtió en el punto de partida de la lucha por la independencia y quienes se alzaron contra el gobierno virreinal (Hidalgo, Allende, Aldama, Morelos, Matamoros… y también mujeres como Josefa Ortiz, Gertrudis Bocanegra o Leona Vicario) pasaron a ser considerados los auténticos héroes y heroínas de la patria.

La fuerza explicativa de los componentes de este relato ha dejado parcialmente en la penumbra el hito que supuso 1821 en el proceso de la emancipación. La complejidad de esa otra historia se hace hoy más evidente al examinarla a la luz de su bicentenario y desde los avances que se han venido operando en la historiografía interesada en los años del imperio.

El contexto

La llamada “consumación” de la independencia debe entenderse dentro de los ciclos de revolución y reacción que se desencadenaron en la monarquía hispánica entre 1808 y 1820.

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Sabores, colores y olores de la cocina campechana

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

José Manuel Alcocer Bernés
Director del Archivo General del Estado de Campeche

Los tiempos han cambiado y las posibilidades de dedicarle tiempo y esfuerzo al arte de cocinar son menores en los hogares; sin embargo, las tradiciones no se pierden. La comida de Campeche tiene una exquisitez imprescindible de conocer, la cual, al momento de enumerarla, parece infinita.

La gastronomía campechana ha sido celebrada como una de las más sabrosas y variadas de México. Muchos han elogiado sus sabores, olores y colores, así como la presentación de los platillos. Uno de ellos fue José Vasconcelos, quien en el libro Ulises criollo la describe de la siguiente manera:

La cocina campechana goza fama justa de ser la mejor del país. A los arroces azafranados, las aves y los lechones, añade peces sin rival en el mundo, como el cazón y el róbalo. Además de una variedad de ostras, cangrejos, langostas que se traen de la playa rocallosa. La preparación de guisos de pescado se realiza según las recetas locales, resulta estupenda, gracias a cierto empleo del comino. Los escabeches campechanos a base de ajos son también inconmensurables. Y en cuanto a dulces nada iguala al marañón o las pastas de coco y de guanábana, auténticas maravillas del trópico.

La escritora Silvia Molina nos cuenta acerca de la importancia de las comidas en las familias campechanas, las cuales son un punto de reunión, una fiesta donde lo que importa es la preparación de los ricos manjares por las manos expertas de las cocineras locales. La autora marca la diferencia con la comida defeña, fría, similar en sabores y sin gusto.

En mi casa se servía regularmente una suerte de comida neutral, mexicana de ninguna parte o quizá muy defeña: sopa de pasta, arroz y guisado, si era comida sonorense, caldo de queso, gallina pinta o la leche planchada. En cambio, cuando íbamos de visita a casa de la otra hermana de mi papá, la tía Lilia en la colonia Narvarte, podía apreciar lo diferente, lo campechano. Cuando llegaba por fin la hora de la comida, nos sentábamos a la mesa a esperar el milagro de los tamales colados, de los panuchos, de los tacos rellenos de camarón, del papadzul, del queso relleno, del pulpo entomatado, de los cangrejos, de las jaibas en chilpachole, del cazón frito, del pámpano empapelado, del pargo en makum, de la cochinita pibil, del kol de pavo de monte, del tzanchac, del chocolomo. En la mesa siempre y antes que nada la salsa de chile habanero y las verduras en escabeche, el agua de horchata o de guanábana. Podíamos empezar por donde quisiéramos, en el banquete no había protocolo, mi tía era feliz viéndonos devorar sus platillos y al final nos daba de premio: dulce de ciricote, de nance, de marañón, pasta de chicozapote o helado de mamey.

De la cocina de mi tía Nuca, recuerdo los olores emanados de las ollas donde se cocinaban diversos guisos, como tortuga en estofado, puchero, carne en kabik, frijol con puerco, mientras ella cortaba el pollo o la gallina, limpiaba los pescados o la tortuga, o lavaba la carne de venado, cerdo, res, me iba platicando sobre la preparación de los platos que cocinaba a la par de los recuerdos de las vivencias a su paso por un internado en Estados Unidos, las experiencias de los viajes a Europa o de los libros que leía. Con manos ágiles, movía los caldos, checaba el fuego y la cocina envuelta en los olores de las cazuelas.

Igualmente, viene a mi memoria la celebración de muertos, cuando mi abuela, mi mamá y mis tías preparaban los pibipollos. Desde la madrugada se oía el trajinar de las mujeres de la casa, el ruido de las ollas, así como las órdenes de mi abuela: “mueve esto”, “corta esto”, “prueba esto”. Alrededor revoloteábamos como moscas mis hermanos, primos y yo. Era un ir y venir constante a la espera del premio: sentarnos a comer los pedazos de pibipollo o de xpelón –no sé cuándo se le empezó a llamar merienda–, acompañados de vasos de Coca-Cola, para degustar más tarde dulces tradicionales, como los de papaya, calabaza, pan, buñuelos y yuca. Sin olvidar decir que, antes de todo esto, ya se había puesto el altar y habíamos rezado.

Sí, la gastronomía campechana, rica en sabores, colores y olores, es también una fiesta que nos une y llena de gozo a las mujeres que la elaboran, pues resulta satisfactorio ver el gran deleite con que la comida desaparece de las mesas. Además, han sido expertas en reciclar los sobrantes. Si quedaba cazón, se convertía en unas ricas empanadas, si sobraba pollo o gallina se deshebraba y empleaba para los panuchos o sincronizadas. Los sobrantes de carne de res se revolvían con huevo y se servían con frijol. De este modo, no se desperdiciaba nada. Como decía mi abuelo, “en casa de un pobre, mejor que la comida te haga mal a que se tire”.

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El Veracruz apacible de 1921

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Arturo E. García Niño
Universidad Veracruzana

Los habitantes del puerto de Veracruz vivieron el primer año de la década de 1920 entre el temor por la fiebre amarilla y la peste bubónica; la primera huelga ferroviaria; elecciones municipales y una vida social transcurrida en tertulias; paseos y cafés en los portales; traslados en tranvías; compras a los pregoneros de tamales y pescados en las calles; protestas por el impuesto a la venta de bebidas alcohólicas, contra las cantinas donde afloraban “los vicios”, y la sorpresa por algunos sonados casos de criminalidad. Nada presagiaba los movidos y convulsivos años que le seguirían.

Hugo Brehme, Veracruz, La Plaza, ca. 1920. DeGolyer Library, Southern Methodist University, Flickr Commons.

Deja el cochero el pescante / llega el auto y el chofer
La moda se hace atrevida,
Ya se pinta la mujer
Y usa falda recogida.

Francisco Rivera “Paco Píldora”

There’s a battle outside / And it is raging / It’ll soon shake your windows.
And rattle your walls / For the times they are a-changing.

Bob Dylan

Desconocemos el clima del sábado 1 de enero de 1921 en el puerto de Veracruz, aunque seguro la celebración del año viejo prosiguió en el nuevo, amenizada con danzones, rumbas, guajiras, zarzuelas, fox trots, one steps y los discos de la Orquesta Hawaiana, comprados en casa Wagner. Sí sabemos que El Arte Musical anunció el domingo 2 que, al día siguiente, en el Salón Variedades, se estrenaría la “gran serie Un millón de recompensa”, integrada por quince episodios en 30 partes.

En el estado se vivía el arranque del primer periodo (1920-1923) del gobernador Adalberto Tejeda (el segundo sería de 1928 a 1932), quien junto a su homólogo, Heriberto Jara (1924-1927), signaría la década en la cual el puerto sería escenario de paros y huelgas, de acciones colectivas y movimientos sociales bajo la égida anarcosindicalista, que inspirarían a José Mancisidor para nombrar a su novela, ahí ambientada y editada en 1932, Ciudad Roja (“La multitud se agitaba […] La ciudad era toda una ciudad roja que ardía en un fuego de redención”). Una ciudad que no vería afectada mayormente su cotidianidad por tales eventos, y cuyo año inicial, transcurrido entre resabios de fiebre amarilla y peste bubónica (aparecidas en 1920), una huelga y elecciones municipales, lo sintetiza: su vida social, tensionada entre tradición y modernidad, no sólo no se alteró, sino que asimiló tales eventos a su cotidianidad, como se muestra en las siguientes líneas de este texto.

El lunes 3 de enero la gente regresó al ir y venir entre sus casas y el trabajo en los muelles, los ferrocarriles, el comercio […] y se dejó ir en pos de la tertulia a La Novedad, que atropellando la sintaxis anunciaba: “Esta casa es la única que expende más fría la Cerveza de Barril y es por eso la preferida del Público. Todos los días lunch libre de 11:30 a. m. a 12 p. m.” Asistió también, por supuesto, al café La Sirena, a La Parroquia y al café y cantina La Flor de Galicia, de Ramón Castro, abierto hasta las dos de la mañana en los portales de Madero esquina Lerdo, frente al parque Ciriaco Vázquez. Especializada en mantecados, lunch, chocolates, café fresco y leche fría a toda hora, ofrecía también variedad de refrescos y licores extranjeros, así como cervezas embotelladas XX, XXX y Superior, las cuales iban desplazando a la de barril. La botana continuaba llamándose lunch, y la pugna comercial era por demostrar quién ofrecía más fríos los elixires derivados del lúpulo.

La fiebre amarilla y la peste bubónica, aparecidas el año anterior, continuaron intermitentes. La población rebasaba los 54 000 habitantes (58% eran mujeres) y estaba familiarizada con las pestes iniciadas en el mercado Fabela, un laberinto de locales de madera instalados en el parque Zamora, donde la falta de higiene, la proliferación de ratas, la escasez de agua y el derrame de aguas negras, fueron el idóneo caldo de cultivo para el crecimiento exponencial de los contagios. Ello llevó a que el alcalde, Salvador Campa, solicitara ayuda de los gobiernos estatal y federal para contener la epidemia. Y al poeta Francisco Rivera, “Paco Píldora”, a escribir sobre el parque: “Se transformó en zoco infecto / y fue de mugre una estela, / cuando el mercado Fabela / nació tras breve proyecto. / Sucio y obligado efecto / que dio la revolución, / la sede del jacalón / y de la peste bubónica / que dio motivo a la crónica / de escándalo en la nación.”

Rafael García Auli, estibador, integrante del grupo Antorcha Libertaria, y quien contendió por la alcaldía a fines de ese año, recuerda que ante

tan tremendo escándalo, enviaron […] al doctor Fabela, una eminencia […] [y] organizó su equipo de trabajo, se ordenó la inmediata vacunación de toda la población […] expedían constancias [y] quien no la tenía era obligado a recibirla; se trataba de una aguja [que] medía no menos de 20 centímetros […] apretaban el pellejo y “adentro que se ahorca Lucas.

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Progreso y neurastenia en los albores del siglo XX

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

María Teresa Remartínez Martín
Instituto Mora

La adaptación a los cambios tecnológicos, que comenzaron a darse a finales del siglo XIX en las grandes ciudades, trajo como consecuencia distintas enfermedades nerviosas que, en México, se diagnosticaron gracias a los estudios científicos de médicos nacionales y extranjeros, y que recibieron paliativos para su curación como hidroterapias y electroterapias, relajantes, masajes o tónicos.

En este siglo XXI, cada vez son más frecuentes las notas periodísticas y las publicaciones en redes sociales redactadas por psicólogos y psiquiatras que se hacen eco de las repercusiones del ritmo de vida acelerado y de los adelantos tecnológicos en la salud física y mental de las personas. No es un asunto nuevo, a finales del siglo xix y principios del xx encontramos una preocupación semejante cuando un grupo de médicos –nacionales y extranjeros– hicieron correr ríos de tinta sobre los efectos de los veloces tiempos modernos en la salud de los mexicanos. Fue un momento en el que los facultativos identificaron que los cambios en las prácticas cotidianas podían ser la causa de múltiples patologías, entre ellas, la que nos ocupa en este texto: la neurastenia; un término acuñado en 1869 por el neurólogo George Miller Beard para nombrar un tipo de fatiga o debilidad nerviosa que provocaba síntomas mentales como ansiedad, debilidad, irritación y miedos irracionales.

Es de todos conocido que el lema del régimen de Porfirio Díaz fue “orden y progreso”; sin embargo, esta idea fue introducida mucho antes, durante el gobierno de Benito Juárez, por Gabino Barreda. En 1867, en las fiestas conmemorativas de la independencia de México, este médico, filósofo y político profirió un célebre discurso titulado “Oración cívica”, en el que propuso lo siguiente: “En lo adelante sea nuestra divisa Libertad, Orden y Progreso.”

El régimen de Porfirio Díaz retomó esta divisa e instauró el “orden” y el “progreso” como leitmotiv de su gestión. A grandes rasgos, impulsó el avance económico y tecnológico, así como sanitario, con medidas destinadas al desarrollo agrícola, minero e industrial y al comercio exterior. Expandió los medios de transporte y comunicación como el ferrocarril, el telégrafo y el teléfono. Llevó a cabo programas educativos, higiénicos y sanitarios, destinados a paliar el analfabetismo y las enfermedades epidémicas.

El gobierno de Díaz también facilitó la apertura a las influencias extranjeras, en especial las provenientes de Francia, lo que alentó la recepción y el intercambio de conocimientos científicos y la importación de tecnología. Así, el país del orden y el progreso finalizó el siglo xix con el arribo de importantes novedades. En 1895, el alumbrado público pasó de gas a luz eléctrica y los capitalinos vieron con asombro el primer automóvil. Un año después, en 1896, llegó el cinematógrafo, invento de los hermanos Lumière, que tardó muy poco en convertirse en la diversión de moda. Tiempos de maravillas y prodigios a los que México no quería permanecer ajeno.

Los vientos de modernidad provocaron la mejora en la escolarización de ciertos sectores de la población, la transformación de prácticas cotidianas y el surgimiento de nuevas profesiones que, en opinión de los médicos del momento, resultaban muy demandantes. Asimismo, los grandes avances en las comunicaciones y trasportes, las largas jornadas laborales consecuencia de los nuevos procesos productivos y las costumbres importadas de países europeos generaron en algunos individuos una serie de enfermedades. Entre los padecimientos más habituales estaban los que tenían como causa el agotamiento físico o psicológico. A propósito de la extenuación física, el doctor chileno Luis Vergara Flores, referente en estudios que vinculaban el alcoholismo con las teorías de la degeneración, afirmó en 1899 que el ejercicio exagerado y las prisas de las nuevas actividades demandaban que los empleados y los empresarios fueran “a todo vapor”. Como resultado de estas exigencias, las personas laboriosas y activas desfogaban sus agobios con la bebida, lo cual ocasionaba a largo plazo severos problemas de alcoholismo. Este doctor también consideraba que las ya tradicionales enfermedades mentales como la histeria, la hipocondría y la manía eran provocadas por las pasiones amorosas desmedidas y las ambiciones insatisfechas. A estas había que añadir otras dolencias asociadas a prácticas intelectuales que producían neuropatías derivadas del cansancio nervioso. Una fatiga mental que, según el médico chileno, procedía de la horrible struggle for life o “lucha por la existencia”.

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