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Los Micos La derecha en Sonora

Cuitláhuac Alfonso Galaviz Miranda 
Instituto Mora 

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Iniciada como un apéndice de los Tecos de Guadalajara, esta organización sonorense, católica y conservadora, buscaba confrontar, desde el anonimato, con la izquierda estudiantil.

La principal noticia del 9 de marzo de 1970 en Sonora fue: “Brutal agresión de diez rebeldes con cadenas; golpearon con saña a un estudiante de la preparatoria.” La nota fue publicada en el medio de comunicación regional más influyente en esos momentos: el diario El Sonorense. Allí se puede leer: “Agentes del Departamento de Investigaciones andaban tras los pasos de un grupo de aproximadamente 10 jovenzuelos [quienes] atacaron a otro joven con cadenas de bicicletas, tubos de fierro y macanas […] El lesionado responde al nombre de Jaime Medina Corona, cuenta con 18 años de edad.”  

Medina Corona era estudiante de la Escuela Preparatoria de la Universidad de Sonora con sede en Hermosillo, y había pertenecido a una organización llamada Movimiento Mexicanista de Integración Cristiana (mmic), pero después la abandonó. Quienes lo agredieron eran militantes de esa misma organización. Según algunos testimonios, Medina se burlaba de ellos y esa fue la razón del ataque. 

Hasta esos momentos, la existencia del mmic había permanecido como secreta o reservada, pero, a partir de la agresión, se hizo pública. Como muestra de ello, el mismo 9 de marzo de 1970, en una nota proveniente del periódico El Pueblo, titulada “Agredido a cadenazos y tubazos en su casa”, se publicó que: “El grupo agresor se hace llamar Organización o Movimiento Mexicano de Integración Cristiana, cuyo jefe o presidente se llama o dice que se llama Antonio, Santiago, Carlos o Bernardo.” Seguramente la nota se refiere a José Antonio de Santiago, fundador y líder del mmic.  

De Santiago se había formado en los Tecos de Guadalajara, una de las organizaciones de derecha más sobresalientes de la historia reciente del país. En el libro Lodos de aquellos polvos relató en forma novelada su testimonio como líder estudiantil de derecha en Sonora. Allí señala que uno de los dirigentes de los Tecos (Carlos Cuesta Gallardo) le encomendó crear una organización conservadora y dependiente de ellos en Hermosillo: 

Un día me mandó llamar el Lic. Carlos Cuesta Gallardo […] A la cita también acudió por ser llamado, mi amigo el Dr. Néstor Velasco Pérez. Allí reunidos, el licenciado Cuesta, quien se presentó como el jefe supremo de la organización, nos dio una larga y detallada conferencia sobre los planes que tenía en cuanto a la expansión de la organización en otros estados. Para entonces la organización tenía presencia, según nos informó, tanto en Guadalajara como en México, Distrito Federal, y en Puebla, mediante los grupos conocidos externamente como el fua [Frente Universitario Anticomunista] y el muro [Movimiento Universitario de Renovada Orientación] y fue todo un día de plática, al final del cual nos propuso marchar a las ciudades de Chihuahua y Saltillo a fundar la organización; Néstor a Chihuahua y yo a Saltillo. Por azares del destino que sería largo enumerar, [al final] fui destinado a fundar la organización en Hermosillo, Sonora. 

En su libro, De Santiago señala que llegó Hermosillo en agosto de 1965 e inmediatamente comenzó a trabajar en la construcción de la organización. Fue él quien eligió el nombre mmic. Debido a una derivación de la sigla mmic, los miembros de la organización fueron conocidos como “Micos”. 

Este testimonio sirve para evidenciar el uso de simbolismos religiosos en la organización. Había un ritual de iniciación que el fundador de los Micos describe de la siguiente manera: “Entramos a una sala oscura, me condujeron al frente, donde estaba una mesita con un Cristo, luego, a la luz de una vela, leí un juramento redactado con antelación por la organización, con el brazo y la mano extendidos sobre el crucifijo. En dicha lectura me comprometía a guardar secreto sobre la existencia de la organización.”  

Esta era una práctica altamente cargada de significado. Como todo ritual de iniciación, pretendía delimitar barreras simbólicas entre un antes y un después; era un evento que, en teoría, debía cambiar la vida de quienes lo realizaban. Para De Santiago, se trató de “una ceremonia muy impresionante que marcaría en forma indeleble el resto de mi vida. Todavía recuerdo ese día y ese momento”. La narración se refiere al inicio de la militancia de De Santiago en los Tecos, pero es sabido que los nuevos integrantes de los Micos llevaban a cabo una ceremonia similar (de hecho, la narración coincide con la descripción de un exmico con el que conversé). 

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Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.

Una historia de emociones. Los motines de pachucos de 1943

Ivonne Meza Huacuja 
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Los prejuicios raciales marcaron en California, hacia 1943, a los grupos juveniles conocidos como pachucos. Las acusaciones de generar disturbios y motines en California obedecían al rechazo a una forma de vestir diferente, pero detrás de ellos estaba también la cosificación racial –no tenían acceso a educación, por ejemplo– y la desconfianza a que se integraran socialmente.

La noche del 3 de junio de 1943 fue el comienzo de una de las más celebres confrontaciones juveniles en la historia de Estados Unidos. Su misma denominación zoot suit riots plantea, de antemano, la arbitrariedad y los prejuicios contra las juventudes mexicoamericanas que habitaban en el que 100 años antes había constituido, geográficamente, parte del septentrión mexicano. Los zoot suit riots o motines de pachucos, como sería traducido, no se trataba de una sublevación contra la “nueva” autoridad anglosajona, tal como el Diccionario de la Real Academia Española define el término motín. El concepto disturbio o motín más bien denota cuál fue la argumentación con mayor fuerza en la sociedad estadunidense, la cual evidentemente atribuye a los jóvenes zoot suits el inicio de los enfrentamientos. Algunos jóvenes marinos argumentaban que la afrenta había comenzado días antes cuando algunos compañeros habían sido atacados por pachucos, y que las incursiones grupales de los marinos estadunidenses, en Los Ángeles, California, golpeando y desvistiendo a los zoot suits fue una simple respuesta a dicha provocación. Los enfrentamientos recrudecieron con el paso de los días, los jóvenes mexicanos, vestidos o no a la usanza pachuca eran agredidos indiscriminadamente. Inclusive, la intervención tardía de las autoridades policiales y marciales no lograron contrarrestar las agresiones completamente, sino que consiguieron únicamente enfriar los ánimos de la sociedad en general. 

Los prejuicios raciales contra la población de origen mexicano en Estados Unidos no es un fenómeno privativo del siglo xx. De acuerdo con algunos investigadores, estos pueden vincularse con la reforma protestante en Europa en el siglo xvi y fue agudizándose siglos posteriores con el proceso de secularización impulsado por la Ilustración en todos los ámbitos de la vida cotidiana, pero en particular, en el discurso político. En otras palabras, la confluencia de las explicaciones generadas bajo preceptos religiosos fue robustecida con discursos sustentados por algunas teorías de la ciencia moderna. El determinismo biológico fue una de ellas. Esta apuntaba que el clima, el origen racial y la herencia (cuando la genética comenzó a gestarse, a mediados del siglo xix), tenían efecto en la capacidad intelectual y de autogobierno de los distintos grupos raciales y comunidades nacionales. Todos estos elementos alimentados por el nativismo estadunidense convergieron y justificaron, desde finales del siglo xix, el expansionismo militar, político y cultural sobre la base científica de una supuesta superioridad racial caucásica (y protestante), y enfatizaron el excepcionalismo de Estados Unidos como una nación destinada a proteger y difundir el proceso civilizatorio. 

Una idea de nación 

Paradójicamente, pese a las proclamaciones de Estados Unidos como la tierra prometida y de su composición multirracial, el determinismo biológico tuvo implicaciones negativas en el interior de la nación. El elemento extranjero dentro y fuera de sus límites espaciales del Estados Unidos continental, durante el siglo xx, incrementó los viejos temores y las sospechas sobre el otro y lo diferente. Enclavado en los constantes y distintos intentos en mantener cierta unidad nacional en un país heterogéneo y en constante construcción y expansión, el otro, el “no asimilable” a los usos y costumbres de lo estadunidense fue segregado, invisibilizado o criminalizado. 

De acuerdo con especialistas, como el historiador Peter Stearns, algunos elementos definitorios de la identidad estadunidense se basan en algunas ideas y emociones cuyo significado y práctica se han reconfigurado a partir de los dogmas de las distintas confesiones protestantes, como, por ejemplo, la búsqueda de la felicidad como el objetivo central y único de la vida y el consumismo como una de las formas de alcanzarla. Por el otro, el temor, la ira y el avivamiento del odio –en donde el racismo puede considerarse como una de sus tantas dimensiones– se convirtieron en emociones unificadoras y consolidadoras del Estado nacional, así como reforzadora de su autoimagen como potencia mundial, tal y como lo haría Henry Luce en su artículo “The American Century”, aparecido en la revista Life en 1941. 

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La terrible china poblana

Faustino A. Aquino 
Museo Nacional de las Intervenciones, INAH

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Si el traje de charro es considerado el símbolo de la masculinidad mexicana, el vestido de china poblana lo es de la feminidad, sólo que este último, a diferencia del primero, se encuentra envuelto en el mito y la suspicacia. 

El mito fue inventado por el coronel Antonio Carreón quien, en su Historia de la ciudad de Puebla (1896), afirmó que la mística poblana Catarina de San Juan (1613-1688) era de origen chino y, por ello, fue conocida como la China Poblana. Se trataba de una princesa india quien, luego de ser secuestrada por corsarios portugueses hacia 1622-1623, fue llevada a Cochín, en la costa de Malabar, donde la bautizaron como Catarina de San Juan; posteriormente fue llevada a Manila, donde la vendieron como esclava a un agente del capitán poblano Miguel Sosa. Llevada a la ciudad de Puebla hacia 1625, sirvió en la casa de Sosa y en la del sacerdote Pedro Suárez, al tiempo que llevaba una vida de ascetismo, al grado de que el pueblo llegó a considerarla santa. A la mentira de que Catarina era de origen chino, el escritor Ramón Mena añadió que las criollas de aquella ciudad, por honrar la memoria de la mística, imitaron su manera de vestir y que ese fue el origen de las chinas poblanas.  

La última mentira es fácil de probar pues, a los trece años de que muriera, la Inquisición prohibió sus retratos y culto, so pena de excomunión: tales imágenes ponen en evidencia que vestía como monja y, por tanto, el vestido de china poblana no tiene nada que ver con ella. Además, es un hecho que dicho atuendo fue usado cotidianamente por las mexicanas (no sólo poblanas) desde fines del siglo xviii hasta mediados del xix, por lo cual es de suponer que en Puebla se habría perdido de Catarina hasta el recuerdo, por no hablar de su indumentaria. 

Pero, entonces, ¿de dónde sale la china? China es una voz quechua que significa hembra y que, a raíz de la conquista, tuvo el de sirvienta, india, mestiza, mujer del pueblo. Con este significado se difundió por toda Hispanoamérica, y es de notar que hasta hoy se llama china a la pareja de todos los jinetes del subcontinente, representantes de las diversas nacionalidades: el gaucho argentino y uruguayo, el huaso chileno, el llanero colombo-venezolano, el chagra ecuatoriano, el chalán peruano y el charro mexicano. 

En el caso mexicano abundan las descripciones, plásticas y escritas, del vestido de china; por ejemplo la de Niceto de Zamacois (1855): “Enaguas con lentejuelas, hasta media pierna, dejando ver el pie sin media, calzado por un zapato de raso verde, ceñida la estrecha y mórbida cintura por una banda bordada caprichosamente con sedas de colores.” Tal descripción se refiere a las chinas de la plaza de San Juan de la ciudad de México, las cuales eran poblanas, pero, según Gutierre Tibón (Aventuras en México 1937-1983), no por ser angelopolitanas (es decir, habitantes de la Puebla de Los Ángeles), sino por la acepción que en el siglo xix tenía el adjetivo poblana: aldeana, villana, pueblerina, mujer del pueblo. La frase “china poblana” viene a ser entonces una especie de pleonasmo. Por la convergencia de poblano-pueblerino y poblano-gentilicio de Puebla, aclara Tibón, se ha creado una evidente confusión; por tanto, una china poblana podía ser de cualquier región de México. Se considera que el área donde se acostumbraba vestir de china iba desde Oaxaca al Bajío, hasta que el atuendo comenzó a caer en desuso hacia la década de 1850. 

En un artículo del diario capitalino El Monitor Republicano, del 14 de febrero de aquel año, puede comprobarse que, en efecto, las chinas pertenecían a la clase social más baja, y que no eran exclusivas de la Angelópolis: “Como a las cuatro de la tarde comenzaron a aparecer los coches [durante un carnaval en la capital]: todas las familias más distinguidas concurrieron ocupando sus elegantes carruajes; la mayor parte de las lindas mexicanas de la clase media ocupaban los modestos simones, y las provocativas chinas mezcladas con lo más pobre y repugnante de la población.” 

La suspicacia 

De lo que no se tiene certeza es sobre el carácter o calidad de las mujeres que portaban el vestido, duda que fue sembrada, sin querer, por Frances Erskine Inglis, mejor conocida como madame o marquesa Calderón de la Barca, en su conocido libro La vida en México durante una residencia de dos años en ese país. Cuenta ella que, al ser invitada a un baile de disfraces, recibió como obsequio: “un hermoso traje de china poblana […] que consiste de una falda de lana [a esa tela de lana se le llamaba castor] color marrón, con fleco de oro, galones dorados y lentejuelas, y enagua bordada y adornada de ricos encajes, y que debe llevarse debajo de la falda.”  

Días después, en una carta a su familia anotaba que había gran expectación en la ciudad por saber si, de verdad, la esposa del ministro español asistiría al baile vestida de china: 

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El comerciante de fotografías

Fernando Aguayo 
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

A finales del siglo xix, el empresario Charles Beets Waite descubrió una gran oportunidad de enriquecerse con la compra de archivos fotográficos, cuyos contenidos luego vendió como propios. Diversas investigaciones muestran sus artilugios, incluso legales, para apropiarse del trabajo de reconocidos fotógrafos de entonces.

En la parte final del porfiriato se publicaron miles de libros, folletos y publicaciones periódicas que tenían como propósito alabar los logros del régimen y justificar medidas de control social, además de construir obras faraónicas. Decenas de ejemplares de este tipo de materiales, los cuales se han calificado como todo un género editorial de promoción del régimen porfiriano, se resguardan en el acervo bibliográfico del Instituto Mora.  

Tal es el caso del texto de John R. Southworth, México Ilustrado. Distrito Federal. (Liverpool, Blake and Mackenzie, 1903), en el cual se indica que muchas de sus imágenes fueron manufacturadas por los fotógrafos Percy S. Cox y Ralph J. Carmichael, expresamente para esta obra. Un ejemplo de las imágenes incorporadas a México Ilustrado es la fotografía 322. A Highway in Xochimilco, Mexico, hoy preservada en la Southern Methodist University. 

Como puede constatarse al revisar en otros libros del fondo reservado del Instituto Mora, Ralph J. Carmichael y su socio Percy S. Cox fueron los creadores de cientos de imágenes que aparecen en los libros. Sin embargo, las autorías de ambos no son tan conocidas. ¿A qué se puede deber esto? Una, entre otras posibles explicaciones, se expone aquí y es la relacionada con el empresario Charles Beets Waite, quien se apropió del trabajo de estos personajes, borró sus nombres y puso su firma con el sello: “Es propiedad asegurada C. B. Waite foto”, y de esta forma aparece clasificada como de “su autoría” en el Archivo General de la Nación. 

Cox y Carmichael crearon una sociedad fotográfica entre los años 1899 y 1903 y produjeron cientos de fotografías que se vendían en los establecimientos dedicados a la venta de imágenes, curiosidades y recuerdos. También, de forma individual o en sociedad, publicaron sus imágenes en varios libros promocionales de la época. Después de crear cientos de imágenes, a inicios del mes de marzo de 1904 The Mexican Herald publicó un anuncio en el cual se informaba que el señor C. B. Waite había comprado el negocio de vistas fotográficas de P. S. Cox y R. J. Carmichael, por lo cual se invitaba a los que requirieran las vistas de estos autores, pasaran ahora a adquirirlas en el establecimiento de C. B. Waite, San Juan de Letrán, número 3. 

Con la compra de estos negativos, C. B. Waite comprendió que podría enriquecerse, por lo que, presuroso, acudió a las oficinas del Registro Público de la Propiedad de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes de México, para registrar como de “su autoría” cuantiosas fotografías. De esta forma, a inicios del año 1905, el Diario Oficial de la Federación publicó una nota en la que “C. B. Waite, ante usted respetuosamente expongo. Que soy autor de las siguientes fotografías, marcadas con los siguientes números y títulos”. En esa nota, Waite señalaba que, de acuerdo con el artículo “1,234 del Código Civil del Distrito Federal, me reservo el derecho de propiedad artística que me corresponde respecto de las mencionadas fotografías, de las cuales acompaño los dos ejemplares que manda la ley”.  

Los ejemplares fotográficos que C. B. Waite depositó en las oficinas gubernamentales son los que ahora se preservan en el Archivo General de la Nación y el Acervo Histórico de la Academia de San Carlos. Se tienen evidencias de que después de concretado el negocio de compra de fotografías, el empresario comercializó las imágenes de Percy S. Cox y R. J. Carmichael como suyas. Lo que hizo fue suprimir las inscripciones que ellos habían realizado y colocó su firma, además de los sellos que protegían “su propiedad”. Los restos de las inscripciones originales y los cambios de la autoría se pueden observar en las fotografías del acueducto de Chapultepec. 

Dado que desde inicios del año 1898 se pueden encontrar notas e imágenes en importantes periódicos nacionales sobre el supuesto trabajo fotográfico de C. B. Waite, se había considerado que la abundancia en las notas periodísticas sobre este “fotógrafo”, así como otras evidencias que sobrevivieron de esa época, se debía exclusivamente a la calidad de su trabajo artístico. Ahora es preciso considerar que la mayor información sobre este personaje tiene otras dos explicaciones. La primera es que Waite tenía buenas conexiones con las esferas del poder, lo que le permitió tener un trato privilegiado; la segunda es que su habilidad empresarial le hizo apropiarse del trabajo de otros, imprimir su nombre en fotografías que no había hecho y por ese medio aumentar su prestigio.

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Heriberto Frías y los pericos de la cárcel de Belem

Sergio Moreno Juárez 
Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

El abuso de menores fue la constante de la cárcel de Belem, erigida en el sur de la ciudad de México a mediados del siglo xix con el fin de aplicar métodos modernos para la época de reinserción social. El periodista queretano pudo constatarlo durante dos detenciones y hacerlo público.

El 22 de enero de 1863, a las seis de la mañana, ocurrió un insólito evento en la ciudad de México. Ante la mirada estupefacta de familiares y vecinos, tuvo lugar una procesión de reos procedente de la cárcel nacional de la ex Acordada –en el extremo oeste de la Alameda– con destino a la recién inaugurada cárcel de Belem, ubicada al sur de la capital. El nuevo penal, instituido en el vetusto edificio del colegio de niñas huérfanas de San Miguel de Belem –popularmente denominado Belem de las Mochas–, asumió como fin la enmienda, confirió el encierro a modo de castigo y suprimió las penas corporales. Pese a ello, los diarios capitalinos El Demócrata y El Relámpago denunciaron continuamente el uso excesivo de la fuerza para ejercer el control sobre los presos. 

Las autoridades carcelarias intentaron replicar en Belem los principios básicos de los modernos sistemas de rehabilitación implementados en las penitenciarías estadunidenses: reclusión celular y moralización a través de la educación, el rezo y el trabajo. Con ese fin, instauraron departamentos de confinamiento diferenciado –varones, mujeres, jóvenes, encausados, presos “distinguidos”, providencia, separos– y los dotaron de escuelas, patios y talleres, pero resultó imposible recluir a los reos de modo individual porque la cárcel fue proyectada para aislar únicamente a 600 personas. Tan sólo en su primer año de servicio la prisión acogió un total de 7 672 inculpados –4 973 varones y 2 699 mujeres–, de los cuales 6 703 recuperaron su libertad y 969 permanecieron en reclusión. 

Ante la imposibilidad de aislar celularmente a los reos, los mandos priorizaron la prevención moral del delito y la erradicación del ocio a través de la educación y el trabajo. El estudio de las primeras letras y los principios rudimentarios de aritmética o el aprendizaje de algún oficio –carpintería, carrocería, hojalatería, sastrería, tejido de mantas y zarapes, zapatería– permitiría a los reos acceder a un modo honesto de vivir al salir de prisión. No obstante, la sobrepoblación obstaculizó la regeneración moral y el pleno desarrollo de sus habilidades. Además, la falta de mobiliario y pertrechos en los talleres y galeras solía acrecentar su aflicción, a excepción de los reos “distinguidos” que tenían acceso a servicios personales y celdas amuebladas de primera y segunda categorías. 

La violencia, la insalubridad, la falta de reglamentación interna y la escasa e ínfima calidad de alimentos minaron el proyecto de regeneración social y ampliaron el penar de los presos. La dieta diaria en la cárcel de Belem consistía en un jarro de atole y una pieza de pan en el desayuno, un plato de caldo con un trozo de carne y una pieza de pan en la comida, y un plato de arroz con frijoles y una pieza de pan durante la cena, pero frecuentemente la escasez de fondos dejaba a los reos sin recibir alimento alguno. Asimismo, la falta de enseres obligó a los presos a hacer uso de cualquier objeto –bolsas, sombreros, trapos– para recibir sus alimentos o guarecerse. Esta situación ocasionó incesantes rencillas, que subían de tono al anochecer por la falta de petates y el hacinamiento en las celdas. 

El Departamento de Jóvenes 

En abril de 1872 entró en vigor el primer cuerpo de leyes del ramo penal que tipificó la imputabilidad del menor a partir de su edad y capacidad de discernimiento. El Código Penal determinó que los menores de nueve años eran incapaces de discernir entre el bien y el mal, razón por la cual recaía sobre sus padres o tutores la responsabilidad jurídica de sus acciones. En cambio, graduó progresivamente la madurez mental de los inculpados mayores de nueve años y menores de dieciocho, diferenciando dos grupos de edad necesitados de vigilancia por considerarlos proclives al delito: los niños de nueve a catorce años y los jóvenes de catorce a 18 años. En ambos casos, la sanción correctiva consistía en aislamiento penal en un departamento diferenciado para prevenir su asociación delictiva con los demás presos. 

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El traje del emperador

Guadalupe Villa G. 
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Agustín de Iturbide fue proclamado emperador el 21 de julio de 1822 con la mayor pompa posible, pese a las restricciones económicas. La vestimenta siguió los lineamientos señalados en el Pontifical Romano, los principales edificios públicos fueron iluminados y engalanados, y las coronas de la pareja imperial se elaboraron con joyas prestadas y valiosas. Fue una gran fiesta que incluyó el lanzamiento de monedas de plata al pueblo desde la catedral y el antiguo palacio virreinal.

La situación económica del imperio en aquellos primeros días, veíase contrariada o desvanecida por la pobreza general. 

Lucas Alamán  

Proclamado y elegido Agustín de Iturbide primer emperador constitucional de México, se iniciaron los preparativos para organizar su coronación y la “Casa Imperial”. Imaginemos por un momento lo que para el novel monarca significaba su nuevo encargo. Desde luego ideó una ceremonia de entronización espléndida, algo único para estas tierras que jamás habían visto monarca alguno en persona. Los virreyes, representantes de los reyes españoles, eran la personificación del soberano; sin embargo, nunca trasladaron ni arreglaron en las colonias el boato de corte alguna.  

¿Cómo solemnizar la ocasión con toda pompa a sabiendas de la penuria de la Hacienda pública? Si bien Iturbide pidió al Congreso que en la planificación de la “Casa” se actuara con “recomendable moderación” y sólo se proporcionaran los fondos para gastos estrictamente indispensables, la sugerencia no aplicó para su investidura. Coronas, mantos y ropas especiales para él, su esposa y familia cercana parecían imprescindibles. Lucas Alamán, político, historiador y testigo, relata que, para confeccionar las coronas del emperador y la emperatriz, se tomaron prestadas joyas de gran valor para simular una riqueza artificial, “a semejanza de las representaciones teatrales”. 

Diversas láminas y grabados, los cuales mostraban la consagración del emperador Napoleón I y la coronación de la emperatriz Josefina en la Catedral de Notre-Dame de París el 2 de diciembre de 1804, sirvieron de guía para imprimir la majestuosidad necesaria al acto de entronización de Iturbide, el cual serviría para legitimar sus derechos como nuevo monarca y asentar la continuidad de su dinastía. 

Una modista francesa, al parecer baronesa, cuyo nombre se ignora, asumió el compromiso de elaborar los trajes para tan solemne ocasión, apegándose a los lineamientos señalados en el Pontifical Romano, documento que contiene los ritos que debían presidir los obispos, entre los cuales se encuentra la coronación de reyes. El Pontificale Romanum, escrito en latín, fue traducido al español, en la parte referente al ritual en cuestión, por el padre dominico Luis Carrasco y Enciso. La versión, aprobada por el Congreso, hubo de ajustarse a las circunstancias. Por ejemplo, el obispo celebrante no coronaría a Iturbide, le pasaría la corona al presidente del Congreso, Rafael Mangino –subrayando el hecho de que el emperador debía su nombramiento a la nación y al Congreso que la representaba–, quien a su vez la colocaría en la cabeza del emperador. El mismo procedimiento se realizaría para entronizar a la emperatriz: el presidente entregaría la corona a Iturbide y este a su vez la colocaría a su esposa. Entre otras modificaciones, se suprimieron del vocabulario palabras que implicaran la idea de un gobierno absolutista, sustituyendo “vasallos” por “súbditos”. Queda la interrogante de la razón por la cual no se optó por “ciudadanos”. 

La monarquía mexicana, fundada en el mérito, sería constitucional y hereditaria, con Agustín Primero como raíz de su estipe. Su padre, José Joaquín de Iturbide y Arregui, recibió el título de príncipe de la nación; a su hermana, María Nicolasa, se le distinguió como princesa de Iturbide. Agustín Jerónimo, hijo mayor y heredero al trono, fue intitulado príncipe imperial. Sus demás hijos: Ángel, Salvador, Sabina, María de Jesús, Josefa y Juana serían príncipes mexicanos con tratamiento de alteza. El 19 de mayo se declaró día festivo por ser el aniversario de la proclamación.  

Organizar la “Casa Imperial” implicó también buscar un modelo a seguir y fue el canónigo Gamboa –familiarizado con el ceremonial real por haber vivido durante su juventud en España– quien impartió algunas lecciones elementales. Como bien señala Lucas Alamán, la etiqueta europea “se sostenía por la tradición y la costumbre, pero en México, donde no se había visto nada parecido, era ridícula”. 

Acordados los títulos, había que nombrar a quienes ocuparían los siguientes cargos en la casa real: “Mayordomo Mayor”, intendente principal de palacio, recayó en el 5o. marqués de San Miguel de Aguayo (José María de Echevertz del Espinal y Valdivieso Vidal de Lorca ); “Caballerizo Mayor”, encargado de la dirección y gobierno de las caballerizas del rey, a quien acompañaba tan pronto salía de su residencia, en el Tercer conde de Regla (Pedro José María Romero de Terreros); “Capitán de Guardia”, cuyo cometido era proporcionar la guardia militar, rendir honores, dar escoltas al rey y a los miembros de la familia real, en el Sexto marqués de Salvatierra (Miguel Jerónimo de Cervantes y Velasco). Entre los muchos ayudantes elegidos por el emperador estaban el capitán general Gabino Gainza y Fernández de Medrano, el brigadier Domingo Malo de Iturbide, primo suyo, y José María Cervantes, entre otros. 

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Las demandas reprimidas del movimiento médico

José Luis Gómez de Lara
Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad de Guadalajara

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55.

A la protesta estudiantil de 1968 le precedió, tres años antes, la de los médicos, la cual acabaría intimidada y desmantelada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Comenzó y terminó con reclamos salariales legítimos en la capital, ampliados luego a los estados, que daban cuenta de los problemas laborales en la salud pública.

Manifestación de los médicos por la Av. Juárez rumbo al zócalo, 26 de mayo de 1965. AGN, Revista Tiempo 100/14-B.

A finales del gobierno de Adolfo López Mateos (1958-1964) y principios del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), ocurrió uno de los conflictos laborales más importantes de los últimos 30 años del siglo xx: el de los médicos residentes e internos del Hospital 20 de Noviembre, del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (issste), quienes demandaban mejoras salariales y seguridad en el trabajo. Comenzó un 26 de noviembre de 1964, después de un largo tiempo en que las condiciones de los médicos internos de todo el sistema de salud del país se mantenían estancadas. La principal causa fue que no recibirían tres meses de sueldo por concepto de aguinaldo. En medio del asombro y la desesperación, los cuatro jefes de residentes del hospital, a quienes también se les había negado el pago, organizaron un comité de negociación frente a las autoridades hospitalarias para investigar por qué no habían recibido el aguinaldo. Ante la indiferencia, los jóvenes médicos acordaron un paro oficial de labores y continuar sólo con la atención a los enfermos que se encontraban graves. El paro de actividades se prolongó un año y llegó a su fin cuando un regimiento de granaderos cumplió con la orden de desocupar el edificio del Hospital 20 de Noviembre del personal ahí apostado.

Causas

Todo comenzó por la mañana, cuando los 200 médicos residentes que laborabanen este hospital, esperaban el pago del aguinaldo. En los pasillos, los internos comentaban lo que pensaban hacer al recibir el pago. Sus jornadas laborales se extendían más allá de las horas normales que les correspondían, no recibían el mejor trato de sus superiores y los ingresos como médicos internos o becario rondaban los 400 pesos mensuales, cuando sus colegas de planta percibían 1 500 pesos al mes.

Días antes había surgido el rumor de que se les negaría la prestación anual de aguinaldo. Hubo dudas y angustia, esperanzas de que sólo se tratara de una broma, pero terminó por ser confirmada por el doctor José Ángel Gutiérrez Sánchez, director del hospital. El aguinaldo, que se entregaba desde tres años antes, esta vez no se haría efectivo. La respuesta fue una ola de protestas y la adopción de una huelga parcial. Con rapidez, desde otros hospitales se decidió apoyarlos. Los médicos residentes e internos del Hospital Juárez de la Secretaría de Salubridad y Asistencia (ssa), del Hospital Colonia, el Servicio Médico de los Ferrocarrileros, el Hospital San Fernando del Instituto Mexicano del Seguro Social (imss) y el Hospital General de México se adhirieron al movimiento al no recibir tampoco la bonificación. Los periódicos nacionales informaron al día siguiente que había 670 médicos en paro y que, al parecer, el dinero de los aguinaldos había sido destinado a la construcción de obras.

En efecto, en 1964 grandes cantidades de dinero se habían destinado a la construcción de 3 221 viviendas repartidas en tres unidades habitacionales: la Unidad Independencia en el Distrito Federal, la Unidad Hidalgo en Manzanillo y la Unidad de Ciudad Sahagún en Hidalgo; se crearon 61 centros de seguridad social, 46 hospitales y 189 clínicas con un total de 7 089 camas. A este periodo se le conoce como desarrollo estabilizador. El entonces secretario de Salud, Rafael Moreno Valle, explicó que “ante un rápido crecimiento poblacional en México (34 923 000 habitantes), era necesaria la construcción y edificación de viviendas, hospitales y centros de salud que atendieran a esta nueva población”. Como señaló Díaz Ordaz en su primer informe de gobierno, el objetivo fue impulsar por todos los medios el desarrollo económico del país, pero a qué costo: recortando el presupuesto social, especialmente a la salud y a la educación, siendo los afectados miles de jóvenes de clase media que anhelaban educación y un futuro laboral asegurado.            

Mientras que Díaz Ordaz se esforzaba por preservar el llamado “milagro mexicano”, orgullo de la nación ante los ojos del mundo, los médicos internos estaban pagando caro las consecuencias de este “milagro”. Además de haberles negado el pago de su aguinaldo, ante su indisciplina, todos ellos fueron despedidos de inmediato. Los médicos internistas, al saber lo ocurrido, intentaron acercarse con el administrador del Hospital 20 de Noviembre, el doctor Javier de la Riva, pero este se negó a recibirlos. Al haber fallado sus intentos de diálogo convocaron a una junta en el auditorio del hospital y, cerca de la medianoche, internistas y residentes iniciaron un paro.

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Las flappers de “los locos años veinte” en la prensa mexicana

María Estela García Concileón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55.

Surgieron en el Nueva York de los años veinte y pronto, su estilo desenfadado, alegre y disrruptor, se estableció en la ciudad de México de la mano de mujeres como Cube Bonifant, Elena Arizmendi, Antonieta Rivas Mercado, Tina Modotti y Nahui Olin. Llevar el pelo corto fue su marca de rebeldía, que el machismo y las tradiciones de la época no lograron reprimir.

Lupe Vélez, ca. 1925, inv. 30148, SINAFO, F. N. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Las flappers aparecen en Estados Unidos en la década de los años veinte del siglo xx, pero su historia proviene de las jóvenes londinenses de la primera guerra mundial. José Juan Tablada, en sus Crónicas de Nueva York, las describe de la siguiente manera:

Era la muchacha en vísperas de ser mujer, todavía inmadura para debutar en la sociedad, que asociada aún con sus compañeros de colegio, jugaba basket-ball y acompañaba en el side-car a su amigo motociclista. De allí el misterioso nombre de flapper, del verbo to flap, una de cuyas acepciones es “aletear”. En el side-car y en la carrera de los deportes aleteaban el cabello corto y las faldas cortas de las muchachas, y esos aleteos fueron sus categoremas.

Pero la flapper trascendental e inquietante que apareció después de que Estados Unidos entrara en la primera gran guerra, como nos cuenta Tablada en sus textos, es “una floración de posguerra; es la mujer que se asoció a los trabajos marciales y viriles para suplir a los hombres que iban al frente y que, después de probar las dulzuras de la libertad y de igualdad con el hombre, se convirtió en enemigo de las costumbres establecidas”. Más adelante dice: “por higiene y ahorro de tiempo usa el cabello corto, para poderlo lavar a diario sin depender de la peinadora”.

          Tablada conoció muy bien a las flappers de Estados Unidos cuando vivió en este país. En varias de sus Crónicas de Nueva York las describe también como mujeres liberales que bailaban al compás del jazz y del charlestón.

Para las flappers el deporte no fue más una actividad exclusivamente viril, usaban mucho maquillaje (tanto que, incluso, llegaban a escandalizar a la gente), bebían licores fuertes, se teñían el cabello de negro azabache o de rubio platino, y se pintaban los labios con rojo carmín. Usaban vestidos con amplios escotes, dejando al descubierto los brazos. Las faldas o vestidos llegaban justo por debajo de las rodillas permitiendo verlas cuando bailaban o caminaban. Los accesorios que utilizaban por lo general consistían en joyas art déco, con muchas capas de collares de perlas, guantes largos, bolsos para salir, sombreros, estolas en el pelo, anillos y zapatos con tacones altos.

La primera aparición de la palabra flapper y de una mujer de ese estilo provino de la popular película estadunidense de Frances Marion, The Flapper (1920), protagonizada por Olive Thomas. Fue la primera película que retrataba su modo de vivir, que pronto regiría la moda en la década de los veinte en México a través del cine y de los textos que narraban los cronistas de espectáculos y los críticos cinematográficos en las revistas y periódicos nacionales.

Las flappers de El Universal Ilustrado

A principios del siglo xx, la ciudad de México era reconocida por gran parte de sus habitantes por el rápido avance hacia la modernidad. Concluida la etapa más violenta de la revolución, el espectáculo de la pantalla había cobrado una enorme popularidad en la sociedad capitalina. Quienes impulsaban las nuevas publicaciones pronto advirtieron el potencial económico y cultural que podían llegar a tener si difundían los nuevos paradigmas de la moda y la libertad femenina. Los cronistas del cinematógrafo crearon nuevos estilos de escribir y dieron paso a periodistas que abordaron el cine de una manera diferente y crearon el género que hoy en día se conoce como crítica cinematográfica. Este género fue reconocido a partir del momento en que el espectáculo de las pantallas alcanzó su plena madurez a inicios de los años veinte.  

Uno de los primeros periodistas que desarrolló la crítica cinematográfica en México fue Jean Humboldt a través del diario capitalino El Nacional. Sin embargo, no sería sino Rafael Pérez Taylor en su columna de cine, “Por las Pantallas”, que se publicaba en El Universal, quien inició el género de la crítica cinematográfica con más bríos. Posteriormente, en 1919, lo reemplazó Carlos Noriega Hope, quien logró dar un nuevo giro al periódico. Cuando regresó a México de un viaje que realizó a Los Ángeles para conocer por dentro la capital del cine, en 1920, le ofrecieron la dirección del semanario El Universal Ilustrado para que le diera un nuevo impulso después de navegar sin éxito bajo la dirección de otros periodistas.

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Emiliano Zapata. Digno representante y protector de los derechos agrarios de su pueblo

María Eugenia Arias Gómez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55.

El 12 de septiembre de 1909, Zapata fue elegido como “principal” por una junta local en Anenecuilco, Morelos; este cargo se entregaba a los más honestos y capaces, con el fin de continuar con los reclamos de sus ancestros por la posesión de la tierra.

Emiliano Zapata conversa con Francisco Pacheco, ca. 1914, inv. 818026, SINAFO, F. N. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

A través de dos apartados, en este escrito propongo la génesis del compromiso histórico que heredó Emiliano Zapata Salazar. En el primero, trato el origen del problema agrario en la época colonial y cómo los pueblos y las comunidades del centro sur de México defendieron sus recursos naturales. En el segundo, considero el porqué de la elección de Zapata como representante local de Anenecuilco, antes de sumarse a la revolución en 1911.

I

Uno de los cambios más drásticos en la vida de los aborígenes fue cómo los españoles, desde que llegaron a Mesoamérica, alteraron la forma tradicional en el uso y la tenencia de la tierra. La corona otorgó predios a sus vasallos, legalizó lo que les correspondía, limitó su acceso a los recursos naturales e instituyó la manera de obtenerlos, que facultaron el manejo y usufructo de los bienes. Sin embargo, los peninsulares se apropiaron del agua, el suelo y el subsuelo mediante una serie de mecanismos que les permitió adquirir tierras y otros recursos vitales, entre ellos: arrendamientos, mercedes reales, donaciones, ocupaciones, compras ilegales, herencias y composiciones, que resultaron básicos para sus unidades productivas incipientes, como fincas, ranchos, trapiches, etc., que al extenderse se convirtieron en plantaciones, ingenios, haciendas y minas, que heredaron a su prole, pasaron a manos de otras familias o a las del clero.

Ante esa amenaza y con el fin de preservar la integridad territorial de los pueblos y las comunidades originarias, la monarquía creó el fundo legal en el siglo xvi, incluso estableció leyes y normas con el fin de protegerlos. Pese a ello, los derechos agrarios indígenas fueron violados en diversos lugares de Nueva España. Y, cabe agregar, que la encomienda, el sistema de repartimientos, la política de congregación y reducción de indios propiciaron los servicios, la fuerza de trabajo y la adquisición de tributos de los naturales.

Los agraviados se manifestaron mediante protestas y rebeliones; recurrieron ante las autoridades llevando consigo sus documentos agrarios para exigir justicia y litigar por el despojo de tierras, aguas, pastos, bosques, montes, etc., por abusos de poder, asimismo por cuestión de límites con las haciendas. No obstante, los fallos oficiales favorecían casi siempre a españoles, criollos, mestizos, indígenas nobles y sus descendientes. Paralelamente, en los afectados surgió un resentimiento contra el elemento español que trascendió desde la época de la colonia hasta la del México independiente, como aconteció en el centro sur del país.

En esa región, y en otras que habían sido dominadas por los mexicas, aún existía una de las formas antiguas de propiedad agraria, la comunal. Con base en los estudios de Alfonso Caso y Alfredo López Austin, sabemos que esta era una de las características del calpulli, sistema bajo el cual se organizaban los pueblos, y constituía, además, la unidad política, socioeconómica, militar y religiosa donde gobernaba un consejo de ancianos y los habitantes compartían lazos de parentesco y amistad, asimismo, la tradición, la historia, el jefe, la tierra y el culto a un dios tutelar.

Con el paso del tiempo, el calpulli legó la mayoría de sus rasgos a las siguientes generaciones, cuyos intereses agrarios –de acuerdo con la costumbre– fueron defendidos por quienes se denominaron “principales”, “notables” o “presidentes”, a quienes la gente elegía y que, como antes, eran generalmente ancianos e integraban un consejo. Así, cuando los grandes terratenientes expandieron sus dominios a costa de los espacios que no eran suyos, aquellos representantes hicieron valer sus derechos locales con base en los títulos de propiedad coloniales, que estaban bajo su resguardo, o bien, mostrando testimonio o copia de ellos que, por solicitud expresa, expedía el Archivo General de la Nación. El espacio que hoy ocupa Morelos estuvo dentro de jurisdicciones inmensas: primero, en la de la provincia e intendencia de México y, luego, en la del Estado homónimo. Dejó de ser territorio mexiquense al erigirse como entidad federativa en 1869 y, para fines administrativos, se fragmentó en cinco distritos: Cuernavaca, Cuautla, Jonacatepec, Tetecala y Yautepec, a los cuales se agregó después el de Juárez en 1885. El prodigio de la naturaleza en estos distritos deparó una gran riqueza a Morelos. Menciono un ejemplo: los ríos y afluentes que serpentean las majestuosas montañas morelenses y que a su vez bordean a la región, acarrean en su curso materias orgánicas que fertilizan a las llanuras y los valles, lugares propios para la crianza de animales, el cultivo de caña de azúcar, arroz, flores, frutas y otros plantíos.

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La educación femenina de la elite en el siglo XIX

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55.

La lectura de revistas fue un soporte relevante por el cual las hijas de matrimonios de la alta sociedad mexicana se fueron formando en sus casas en las décadas siguientes a la consumación de la independencia. Literatura, ciencia, tecnologías de la época, higiene y platillos a servir en una mesa moldeaban su instrucción como esposas y madres de familia.

Mujer con traje de campo, litografía en Calendario de las señoritas megicanas para el año 1839, México, Imprenta de Mariano Galván, 1839. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar – Instituto Mora.

La educación de las niñas y de las señoritas fue un tema que estuvo presente en el espacio público a lo largo del siglo XIX. Al iniciar esa centuria, El Diario de México señalaba que únicamente las mujeres de los sectores altos y medios tenían acceso a la instrucción. El panorama educativo se reducía a aprender los rudimentos de la lectura, con el objetivo de poder leer las oraciones y los libros piadosos, y la escritura, que era un arte que sólo algunas pudieron practicar, pues no eran aprendizajes simultáneos.

Mejorar la educación de las mujeres quedó como una tarea pendiente a pesar del interés de las políticas borbónicas. Cobró mayor importancia después de la independencia del país, pues representaba una fórmula para incorporar a México en la clasificación de país moderno y civilizado. Pero la falta de establecimientos públicos, la escasez financiera de los gobiernos en turno, la carestía de maestros, espacios y textos convertían a la educación en un proyecto inviable que se quedó más en palabras que en hechos concretos. De allí que la realidad que enfrentaron las mexicanas no se apartó mucho de la visión educativa de las féminas coloniales.

José María Luis Mora, uno de los más importantes ideólogos del siglo xix mexicano, remarcó que la música, el dibujo y la lectura hasta fines del siglo xviii “eran enteramente desconocidas para la mayor parte de las damas, reputándose por un fenómeno el que alguna supiese las cuatro reglas de aritmética, tuviese tal o cual conocimiento de geografía, pulsase con alguna destreza las teclas de un piano”.

Si bien los proyectos gubernamentales educativos enfrentaron múltiples escollos, los padres de familias acomodadas coincidieron en que las mujeres debían y podían instruirse en casa y que las lecturas eran un medio eficaz. Los proyectos editoriales dirigidos a las señoritas mexicanas partieron del principio de considerarlas capaces de aprender y de interesarse en temáticas diversas, aunque siempre en el entendido de educarlas en beneficio de ellas, pero también de sus esposos y familia, de ser las compañeras ideales de los hombres.

De ahí que se pueda decir que uno de los rasgos distintivos de la cultura en el México posindependiente fue la importancia que adquirieron las lecturas, como una fórmula de educación y entretenimiento de las señoritas. Durante las décadas que siguieron a la proclamación de la independencia, diversas publicaciones vieron la luz en la ciudad de México. Los impresores-editores se inspiraron en impresos de “países civilizados” como Inglaterra y Francia, para ofrecer materiales que les resultaran atractivos, y también copiaron algunos textos de revistas españolas para introducir en el mercado nuevas lecturas.

Las publicaciones se ofrecían con elegantes presentaciones que combinaban la litografía y los grabados. Los contenidos misceláneos buscaban instruir y entretener a las señoritas, quienes muy pronto se hicieron aficionadas a estos, combinándolos con sus viejos acompañantes, los libros de rezos y de devociones diarias.

Las revistas literarias les ofrecían instrucción y les permitía adentrarse en materias y realidades que hasta entonces les habían quedado ajenas. Su contenido incorporaba distintos intereses adecuados para su espíritu. En las letras dedicadas a ellas estaba integrada la virtud. La literatura tenía que ser edificante para hacer mujeres instruidas y virtuosas. Las lecturas debían contribuir a su formación, ser comprensibles y estar vinculadas con su entorno.

A través de esos medios, fácilmente podrían propagarse los conocimientos y la mujer podría superar la ignorancia, como lo mencionaba el prospecto del Semanario de las Señoritas Mejicanas…, en 1841: “…Ilustrada la joven de nuestros días por medio de una educación esmerada, ella será sin duda sabia, modesta, recogida y amable como su edad, graciosa y verídica como la naturaleza, grave y profunda como el siglo á que pertenece, y capaz de seguir bajo la égida del hombre el movimiento de las luces y de avanzar y elevarse con él en la rápida carrera de los progresos.”

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