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Editorial # 36

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 36.

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La historia lineal de los vínculos entre las naciones parece necesitar de algunos nudos y enredos que las paralizan por un tiempo hasta encontrar quiénes los desaten para inyec­tarle mayor energía y volver a avanzar sin piedras ni lodos que la atoren. En ese lapso de marañas abunda el griterío y el desentendimiento, la amenaza de la fuerza y el golpeteo incesante de la descalificación. Desde una de las trincheras se lanzan fuegos artificiales que obligan a agazaparse del otro lado, hasta que la pólvora deje de iluminar el cielo por cansancio de los artilleros o pérdida de eficiencia. Juegan al límite pero en el fondo la pólvora sirve para intentar imponer condiciones aunque no caerá a tierra. Podrá haber daños, pero no destrucción. Las necesidades de convivir están implícitas y terminan por imponerse. Que de la noche a la mañana una parte quiera hacer responsable a la otra de sus propias carencias o imponerse, habla de una estrategia antigua y repetida. Después de varias décadas de vivir en una vecindad en armonía, México se encuentra con que el vecino estadunidense ya no quiere que las hojas del árbol que los divide le caigan a él y de paso pretende tirarle por encima de la barda lo que no le sirve. El nudo y los enredos han vuelto a instalarse. En la década de 1920 pasó algo similar. Y el discurso y la vocinglería fueron bastante semejantes a los de hoy. Había xenofobia, racismo, prejuicio y desconfianza. Los factores políticos y económicos alimentaban el distanciamiento. El político se llamaba anticomunismo; el económico, petróleo y tierras. Se criticaban el atraso y la pobreza, la capacidad de gobernar, los orígenes étnicos y la falta de justicia. Hoy se habla de robo de mano de obra, se criminaliza a migrantes y hasta se proponen militares extranjeros para combatir el narcotráfico. La diplomacia de Washington alucinaba con una confabulación mexicano-soviética que instalaría el comunismo aquí y por ende en Latinoamérica, una amenaza para la Doctrina Monroe. La mirada de entonces era la de hombres anglosajones y protestantes, una vieja guardia republicana convencida de la superioridad moral, cultural y económica de Estados Unidos, nos dice María del Carmen Collado, lo cual no dista demasiado de la que se ve en estos días en Washington. El conflicto se resolvió cuando se avizoró una guerra innecesaria y las voces más moderadas pudieron imponerse. Aquella experiencia que abre la portada de esta edición de BiCentenario ameniza el análisis del presente y puede servir de proyección de una vecindad seguramente distante para los próximos cuatro años.

Después de aquellos desencuentros vino una crisis econó­mica como la de 1929, que ubicó como uno de sus blancos a los migrantes mexicanos que llegaron en grandes cantidades tras la primera guerra mundial para trabajar en la agricultura, el tendido del ferrocarril y la industria. La prisión y fuertes multas fueron las dos armas que se esgrimieron para despojarse de ellos. Su economía ya no los necesitaba. La participación de un cónsul en Los Ángeles con sensibilidad para afrontar el problema y creatividad para resolverlo fue relevante aquel año. Rafael de la Colina organizó la repatriación de más de 30 000 mexicanos que vivían en California para llevarlos hasta Guadalajara, Guanajuato y la Ciudad de México. Su testimonio agudo describe las mismas dificultades del migrante de hoy en Estados Unidos o en tantas partes del mundo: discriminación, explotación laboral, desconocimiento, indefensión y olvido.

Como contraposición, en la otra punta de cualquier es­cala comparativa, estaban actrices y actores mexicanos que intentaban destacar en Hollywood por esas fechas. Dolores del Río, Guadalupe Vélez y Ramón Novarro pudieron dar cuenta de una migración exitosa, aunque temporal, y a la que a pocos se le ocurría reprochar. Una muestra de que el tema migratorio es un fenómeno de la pobreza.

A la mirada exterior le sigue el espejo propio. En México hubo en el último siglo poblaciones migrantes que recibieron un trato similar al que se ha documentado para los mexicanos al norte del río Bravo. Lo vivieron los chinos en la primera década del siglo xx y ahora los centroamericanos. Sin embargo, esto no es lineal. Otros inmigrantes como los húngaros, que llegaban hacia fines del siglo XIX y principio del XX, pudieron establecerse sin inconvenientes y aprovechar el desconocimiento que se tenía de México en su país para promocionarlo, aunque implicara ocultar una realidad abundante en inequidades.

Los años de la segunda mitad del siglo XIX y los comienzos del siguiente han sido ricos en circunstancias y hechos que fueron moldeando cambios relevantes. A partir de historias personales relatamos en este número de BiCentenario el aporte a la medicina militar que dio el médico Francisco Montes de Oca con su insistencia en ofrecer una mejor atención de las enfermedades y avances en la salubridad, hasta llegar a crear en 1881 la Escuela Práctico Médico Militar (EPMM). Otro caso a destacar se sitúa en Yucatán y lleva el nombre de Pedro Guerra. La casa de fotografía que abrió en 1877, a la que se sumaría su familia posteriormente, retrató durante 90 años a generaciones de yucatecos y los acontecimientos de la península. Hoy es parte de un acervo que lleva su nombre con más de 500 mil imágenes.

En esos años se fue enraizando una práctica gubernamental que se ha convertido en uno de los fenómenos más lacerantes para el país. Una descripción de cómo era la corrupción en el siglo XIX muestra que desde el Estado se podían generar fortunas, en tanto la impunidad protegía su práctica. Más que un rasgo genético, se trata de una relación con las instituciones que perdura por décadas, argumenta el autor.

En este número 35 hay otras narraciones por descubrir: el compromiso de Gustavo Garmendia con la causa revolucionaria, la figura del charro en la cultura nacional, la tradición tan acendrada de festejar a nuestras madres o la historia de una mujer independentista, también madre, traicionada por el confort de su marido. Hasta la próxima.

El cruce del Jordán

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 36.

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La imagen da lugar a dudas y conjeturas. Adivinanzas y acechanzas. ¿Una jornada normal para un barquero que ayuda a cruzar a una mujer de una costa a otra a cambio de unos módicos pesos para que pueda hacer el mandado, visitar a un familiar o ir al trabajo? ¿Un solitario y solidario remero sobre una improvisada madera que lleva a buen puerto a su vecina? ¿Una vía vehicular inundada y un hombre que lo ha perdido todo, pero que aún está dispuesto a salvar a su madre de las inclemencias de la tormenta? ¿Alguna opción más modesta a las trajineras de Xochimilco? Puede resultar gracioso cómo, ante la adversidad, los seres humanos encontramos las maneras menos sutiles, o más burdas, las de creatividad inusitada o de arrojo imprevisible, para superar una situación. Cuando poco tenemos, cuando lo hemos perdido todo quizá, cuando no hay alternativa y sentimos que la guadaña del personaje de capa oscura y rostro sin develar puede pasar sobre nosotros, hay un instinto de sobrevivencia, un reflejo por poner las manos antes que enterremos la nariz en el piso, para lograr ese instante más de vida, asirnos a algo, como sea, para continuar, para estar. Pero, sobre todo, importa también estar secos, y decentes, llegar a la otra orilla impolutos, con el menor roce de hu­medad posible. Así sea en la pobreza o con todos los quehaceres de nuestra cotidianidad resueltos: ingresos, trabajo, familia, confort. Que el agua no nos toque, ni mancille nuestra integridad.

El agua ocupa la mayor superficie de la tierra, forma parte elemental de nuestro cuerpo, es imprescindible para la vida diaria, la imploramos para acabar con un tórrido día de primavera, la disfrutamos en vacaciones de playa, sin embargo le rehuimos en el momento en que puede dominar nuestro espacio inmediato. Hasta la Biblia nos dice que las aguas del Jordán se abrieron para dar paso al pueblo israelita y luego cayeron sobre los soldados egipcios que merecían ahogarse y morir antes que cruzarlo. El hombre y la mujer parecen le­vitar, mientras el remo improvisado da el paso hacia atrás para seguir avanzando sin levantar una gota que irrite las aguas taciturnas que los rodean. ¿Es invierno o verano? Hasta allí la imagen también da lugar a du­das, conjeturas y adivinanzas. El abrigo, el pañuelo en la cabeza de la mujer, el cielo y las montañas grises de una imagen de por sí sin colores, aciertan en la tesitu­ra de que estamos en diciembre o enero de cualquier año ya lejano. Pero el remero, otra vez, nos plantea la incógnita. La camisa suelta y abierta, un pantalón cor­to ajustado – sería demasiado impropio pensar en cal­zoncillos- y posibles mocasines como calzado, tienden a confundir el momento con un simple día de paseo sobre unas aguas que ojalá no hayan estado estancadas.

Recuerdos de un médico militar mexicano.

María Eugenia Arias Gómez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 36.

Tenedor de libros, en principio, la influencia de un maestro de raíces griegas alentó a Edmundo calva cuadrilla a estudiar en la escuela médico militar. Desde allí comenzaría una extensa carrera en la medicina que incluyó la formación en la universidad de Wisconsin, la docencia y la actividad profesional en centros públicos y privados.

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Edmundo Calva Cuadrilla, originario de Pa­chuca, Hidalgo, nació el 20 de noviembre de 1922 y fue el segundo de los once hijos que procrearon Maximiliano Calva Paredes, campe­sino, minero, así como pequeño comerciante, y Carmen Cuadrilla Valencia de Calva, dedicada al hogar. En la entrevista que me concedió en la Ciudad de México, el 21 de febrero de 2006, recordó que “éramos felices” y que, por consejo de la abuela materna, él y sus hermanos asis­tieron a escuelas primarias particulares; que tuvo calificaciones buenas, que, con envidia de sus nietos, no le dejaban tareas y que po­día dedicar tiempo a practicar deporte, como el box, y a sus labores. A estas las consideró “como una cosa natural” porque desde niño don Maximiliano le enseñó a trabajar, siendo su primera obligación barrer las calles, luego participar en los negocios paternos y a veces en diversas actividades con otras personas. Le encantaba pasear en el campo ya fuera caminando, montando en burro o a caballo, y cuando iba a visitar familiares y amigos en Atotonilco El Grande, de donde era su papá. Además, le gustaba leer libros, entre ellos los de la colección El Tesoro de la Juventud, lo que influyó mucho en su formación y que su progenitor compró para integrar la modesta biblioteca que había en casa.

En principio, no quiso cursar la secundaria, pero estudió la carrera de tenedor de libros, que hizo en una academia en un año, en vez de dos, y el director del plantel sugirió que el joven Edmundo pasara a la Escuela Banca­ria Comercial. Él mismo escribió buscando informes y al recibir la respuesta sintió como que “la cabeza se le sacudió”; le notificaron que requería la secundaria y fue entonces que aceptó hacerla. Ingresó al Instituto Científico y Literario de Hidalgo, del que guarda una opinión “muy bonita” porque sus profesores, “que no tenían doctorados ni maestrías”, da­ban sus clases con tanto interés y entusiasmo, que lo motivaban a estudiar francés “que en aquel tiempo era el idioma dominante en la cultura”, asimismo historia, geografía y otras materias. Continuó el bachillerato en el Ins­tituto y quien impartía raíces griegas, el doc­tor Carlos Sánchez, lo impactó. Preguntando acerca de este, supo que se había formado en la Escuela Médico Militar, a lo que agregó: “¿Existe esa escuela?”. Desde ese momento, su sueño fue entrar ahí porque pensó que tendría una cultura como la de su maestro. Se enteró también, que para lograrlo debía tener cartas de recomendación y buenas calificaciones, aunque él sólo contaba con estas. Don Ed­mundo mencionó que tuvo otras dos opciones: ser ingeniero o químico y que al final, él “fue todo eso” en su especialización.

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El general brigadier médico cirujano re­tirado Edmundo Calva Cuadrilla pertenece a la xxv generación egresada de la Escuela Médico Militar, que estudió entre 1941 y 1946 en el plantel ubicado entonces en la calle de Arcos de Belén. En sus años de alumno le en­cantaron todas las materias básicas y clínicas; asimismo, cumplir y hacer las cosas “por una razón de honor, de deber, de satisfacción para el país”. Casi al término de su carrera, cono­ció a la mujer de su vida, Juanita Mercado Doménech, quien cursaba matemáticas en la Escuela de Ingeniería y era hija de su maestro, el médico militar hidalguense Serafín Mer­cado; la vio por primera vez cuando salió del consultorio del papá y “de ahí vino todo”, pues a partir de entonces se quisieron. Desde que la perdió, aún le llora. Tuvieron cuatro hijos que fueron el orgullo de ambos y cuya primera formación se debió muchísimo a su esposa; son Edmundo, doctor en biología molecular por la Universidad de Wisconsin, quien regresó a México; Juan José, quien luego de terminar medicina en la unam, realizó un posgrado en Canadá, volvió también a nuestro país y labo­ra como infectólogo en el Instituto Nacional de Nutrición; María del Pilar es médica por la Universidad Anáhuac, donde trabaja e in­vestiga enfermedades y defectos congénitos, y Alberto quien estudió en el Tecnológico de Monterrey y hace consultoría de empresas. Tiene también varios nietos y dos bisnietos.

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En la entrevista, el doctor Calva rememoró que cuando era joven le gustaba practicar es­grima y equitación en la Escuela; que después nadó con Juanita en el club deportivo y que, hasta hace pocos años, su pasión fue seguir nadando a diario en recuerdo a ella. Entre otros datos de su trayectoria, cabe distinguir que durante varios decenios ha sido docen­te en su alma mater y que, a sus 94 años, aún imparte la cátedra de Bioquímica General Avanzada en la Escuela Militar de Graduados de Sanidad. Es uno de los fundadores de la Comisión de Estudios Históricos de la Escuela Médico Militar y, actualmente, su coordina­dor. Entre otros aportes, rescató de la basura las tesis de los alumnos que se formaron en la institución, las cuales datan de 1917 a 2010 y se resguardan en el fondo reservado que lleva su nombre y pertenece a dicha Comisión. Ha escrito artículos de investigación básica sobre su especialidad médica, así como otros de di­vulgación acerca de la historia de su Escuela.

En adelante, los lectores hallarán una se­lección sucinta de la entrevista que realicé a este personaje; conocerán distintos momen­tos de su estancia como alumno, maestro y profesional en la Escuela y el Hospital Central Militar; su presencia eventual en otros centros del mismo sector o del medio civil público y privado en México, así como parte de su posterior formación en Estados Unidos. A la par, encontrarán datos sobre sus vivencias y prácticas cotidianas; su sentido de pertenencia a ambas instituciones mili­tares; cómo concibe su mundo y preserva sus códigos de valores.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La víspera de Armadillo Berlín.

Agustín Cadena
Universidad de Debrecen

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 36.

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Poco antes de que el primer cohete estallara en el cielo y las campanas de la iglesia comenzaran a llamar, el forajido Armadillo Berlin despertó de una pesadilla. Estaba dormido –en su sueño se veía dormido– en la misma habitación que su madre, en una cama próxima a la suya. De repente empezó a soñar –dentro de su sueño empezaba a soñar– que una mexicana a quien ya des­pierto reconocería como Clementina Aguiar le daba la espalda y lo dejaba solo en medio de un llano oscuro. Caminaba desnuda y por sus muslos escurría la sangre de su desfloración. Pero no había sido él quien la violara, sino otro hombre: un ser oscuro, invisible, que surgió de entre las sombras y vino a despojarlo. Armadillo Berlin intentó gritar; soñó que lo hacía: lanzaba gritos muy ne­gros, desesperados, que sacudieron su sueño y rebotaron dentro de él como en el interior de una tumba. Gritaba en español la palabra “puta” para llamar a Clementina Aguiar, para recuperarla. Gritaba también para que su madre despertara y se levantara a consolarlo metiéndole en la boca su pezón envejecido, diciéndole, mientras lo arrullaba, que todo había sido una pesadilla. Pero ni una ni otra podían oírlo y él seguía gritando. En su sueño quería escapar del sueño del llano, pero no podía.

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Ese sueño ya lo había tenido antes, otras veces. Clementina lo provocaba en su hombría, desafiándolo; lo miraba como si quisiera que él la protegiera, con esos ojos de ángel mestizo y esa mirada de demonio que tenia; lo miraba sonriéndole, invitándolo. Ella lo había hecho cobarde, lo había hecho tentarse demasiado el co­razón, olvidar que en la vida había que aceptarlo todo y no hacer cuentos de nada, no preguntarse nada. En el sueño, los pechos oscuros de la mexicana se erguían hacia él hinchados de desprecio.

Armadillo Berlin venía de una familia ilustre. Era nieto por línea materna del capitán Kenneth Moon, que había participado en la guerra de Texas. Y su padre era médico militar y había sal­vado del escorbuto a varias poblaciones. En esa época optimista servía de mucho pertenecer a una familia respetable. Había gran­des esperanzas de que las cosas mejoraran. El presidente Lin­coln estaba cumpliendo las promesas que hiciera para su nuevo período presidencial: terminar de unir la nación y luego curar sus heridas. En el pueblo de Armadillo Berlin, para empezar, se habían restablecido las guarniciones de los fuertes. Esto mantenía a raya a los indios comanches, kiowas y kikapoos, que aterraban a las poblaciones texanas. Los soldados habían logrado desviarlos hacia la frontera. De ese modo, los únicos que seguían haciendo incursiones en territorio civilizado eran los indios mescaleros y las partidas de bandidos blancos y mexicanos que andaban por todas partes. Al principio, Armadillo Berlin peleó contra ellos.

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Diego Rivera y su visión del teatro mexicano.

Mauricio César Ramírez Sánchez
FES Cuautitlán-UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 36.

Historia, cultura y música constituían el verdadero teatro del país, a entender del muralista. Así lo reflejó en una de sus últimas obras que realizara en el frente del teatro de los insurgentes, inaugurado en 1953 con una comedia interpretada por Cantinflas.

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El mural de Diego Rivera en el Teatro de los Insurgentes resulta significativo por resumir la historia de esta manifestación artística, des­de la época prehispánica hasta el siglo xx. En su realización el artista optaría por la utiliza­ción de mosaicos, que tenían como finalidad la perdurabilidad de las obras expuestas a las inclemencias, que se enfrentan en un espacio exterior. Con ello el mural y el teatro busca­ban ser un punto de referencia en el sur de la Ciudad de México.

El Teatro de los Insurgentes fue concebido por el empresario José María Dávila, quien contrató al arquitecto Alejandro Prieto, para que se encargara de su realización. En la fa­chada se había considerado, en un principio, la elaboración de una obra con cada puesta en escena, pero al calcular el enorme costo que ello representaría se inclinaron por la ejecu­ción de un mural, que se encomendó a Diego Rivera. Éste realizó La historia del teatro en México, con una extensión de 550m2. La fecha de apertura del recinto se programó para el 30 de abril de 1953 con Yo Colón, una comedia con la actuación estelar de Mario Moreno Cantinflas. El libreto fue de Alfredo Roble­do y Carlos León; la dirección estuvo a cargo de Ernesto Finance; y la música de Federico Ruiz. El contenido de la historia hacia refe­rencia al descubrimiento de América, desde un punto de vista jocoso.

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A través del Teatro de los Insurgentes se pretende descentralizar la vida nocturna que se concentraba en el centro de la ciudad. Así, en esos años la diversión de la gente se con­centraba en las carpas, que verían su declive en los años sesenta, salones de baile y teatros. En este espacio, destinado a la presentación de todas las actividades relacionadas con las artes escénicas, Diego Rivera tuvo la oportu­nidad de mostrar su interés por la música y la danza, lo que incluso había sido una constante en sus murales.

De igual manera, perfecciona la utilización del mosaico de piedra que ya había usado en el mural inconcluso del estadio de Ciudad Universitaria y en la Fuente de Tláloc, del Cárcamo de Lerma, de la segunda sección del bosque de Chapultepec. La inclinación por utilizar esta técnica se debe a que el mural se concibió para ser expuesto en un espacio exterior y, en contacto con espectadores en movimiento. Con ello, la obra terminó por imponerse al espacio arquitectónico.

03. Detalle, lado izquierdo

La importancia del Teatro de los Insurgen­tes radicaba en que se había construido en el sur de la Ciudad de México, que se encontra­ba en plena expansión. Cabe recordar que el Centro Cultural Universitario sería construido hasta finales de los años setenta, con lo que este espacio era el único de su tipo hasta ese entonces. Por lo mismo, la razón de que se eligiera a Diego Rivera para la ejecución de la obra no obedeció simplemente a la amistad del artista con el arquitecto Alejandro Prie­to, encargado de la realización del inmueble. Resulta claro que a través de la figura de este muralista, pero sobre todo de su obra, se tra­taba de situar al teatro en un espacio urbano, que pretendía distinguirse como moderno y, con ello, atraer al público hacia esta zona, que se encontraba en plena expansión.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.