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Un tesoro en el Museo de Arte del Estado de Veracruz

Samantha Pérez Durán
Posgrado en historia del arte

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

El Museo de Arte de Veracruz alberga un grabado singular que, desde la mirada francesa, narra el episodio de bombardeo a San Juan de Ulúa en el marco de la guerra de los Pasteles. Es una pieza única por su temática, que muestra la visión extranjera sobre un acontecimiento histórico, del territorio y el paisaje nacional.

En abril se cumplieron 500 años de la fundación por Hernán Cortés de la Villa Rica de la Vera Cruz, ciudad antigua que vio desfilar por sus parajes a innumerables personajes y que vivió acontecimientos trascendentales en la historia de México. Uno de ellos fue la primera intervención francesa de 1838, conocida por muchos como la guerra de los Pasteles, conflicto que tomó como pretexto las reclamaciones de un pastelero francés, el cual pedía al gobierno mexicano una indemnización por la cantidad de 60 000 pesos por los daños causados a su local durante una de las revoluciones continuas en México.

El Museo de Arte del Estado de Veracruz, con sede en Orizaba, se asienta en una construcción virreinal del siglo XVIII, misma que originalmente albergó al Oratorio de San Felipe Neri. El edificio fungió como museo desde 1992, consolidándose desde entonces como una importante albacea de la cultura e identidad veracruzana. Entre sus colecciones se encuentran obras de carácter sacro pertenecientes a la época de la colonia, piezas del siglo XIX, del siglo XX y de artistas veracruzanos contemporáneos. Dentro de las más de 700 obras de su acervo destacan 33 pinceles y dibujos del artista patrimonio nacional Diego Rivera; sobresalen abundantes temas naturalistas y de sucesos históricos acaecidos en dicho estado. Entre estos inventarios existe un grabado muy interesante, se trata de la copia de una de las obras del pintor francés Horace Vernet (1789-1863) realizada en 1838 y resguardada en la sala Constantina del Antiguo Palacio de Versalles; el óleo retrata el bombardeo y toma del fuerte de San Juan de Ulúa.

Émile Jean Horace de Vernet fue un pintor francés que practicó su arte en el periodo conocido como Romanticismo. Este movimiento tuvo su apogeo aproximadamente de 1790 a 1850, fue un movimiento liberal de cierta tendencia política, pues la mayoría de las obras producidas pugnaban por servir como propaganda política, siendo sus rasgos más notables el excelso dramatismo plasmado en las representaciones y el verismo logrado por medio del contraste de luz, sombra y ricas paletas cromáticas. Vernet, situado en esta corriente, gustaba de realizar pinturas de historia y retrato. Estudió con su padre Carle Vernet, también pintor notable en su oficio. En 1812 expuso su obra en el Salon, fue director de la Academia Francesa en Roma desde 1828 y hasta 1835. En su carrera gozó del patrocinio del Duque de Orleans y el rey Louis Philippe, quien le encargó numerosas escenas bélicas.

El pequeño grabado en metal coloreado de 24 centímetros de largo por 22.5 centímetros de ancho, copia de la obra de Horace de Vernet, está simplemente firmado por un tal Skelton. Sabemos que William Skelton (1763-1848) y Joseph John Skelton (1783-1871), hermanos y grabadores naturales de Inglaterra, llevaron a cabo diversas empresas de ilustración propias de su arte, realizando las mismas en conjunto a modo de taller o por separado. El primero estudió en la Royal Academy en 1781, fue alumno del también grabador inglés James Basire, importante en su formación por ser pupilo del maestro William Blake. Por su lado, el segundo siguió los pasos de su hermano; no tenemos noticias de su educación, pero se sabe que gustaba de los temas topográficos y de antigüedades. Entre sus trabajos encontramos copias a grabado de diversas pinturas de las galerías históricas del palacio de Versalles. Lo anterior nos permite deducir que él fue el responsable de grabar la copia de la obra de Horace de Vernet Prise du fort de Saint Jean d’Ulloa (Toma del fuerte de San Juan de Ulúa).

El grabado captura el brío del momento por medio de escenas simultáneas en las que contemplamos el desarrollo de las acciones. En la proa de la embarcación, observamos la orden de ataque dada por mano del príncipe de Joinville, quien porta un elegante sombrero de copa; dentro de la corbeta vemos en primer término a la tripulación entregada a los afanes de atacar y responder al fuego enemigo, cargando los cañones y ajustando las velas. En un segundo plano, un grupo de barcos franceses aguardan con intención de rodear el fuerte, el cual se encuentra en llamas y envuelto en una gran exhalación de humo que apenas y deja avizorar la construcción. Esta escena se sitúa exactamente en el episodio del bombardeo a la fortaleza de San Juan de Ulúa llevado a cabo el 5 de diciembre de 1838, pues fue en esa fecha que el príncipe de Joiville tuvo noticia de que Santa Anna se guarecía en el puerto veracruzano junto con el general Mariano Arista, por lo que, a bordo de la embarcación llamada La Criolla, dirigió un destacamento para bombardear el fuerte, logrando apresar a Mariano Arista. Aunque Santa Anna huyó, un cañonazo enemigo lo dejó mal herido de la pierna; tales fueron las secuelas que tuvo que amputársela.

Ahora bien, François Ferdinand Philippe Louis Marie d’Orléans, príncipe de Joinville, era el tercer hijo del duque de Orleans, mecenas del pintor francés Horace de Vernet, autor original del lienzo copiado por Skelton, por lo que no es de extrañarse que el duque encargara al pintor plasmar las glorias de su hijo en tierras extranjeras. Al respecto de la técnica del grabado, en general se agradece el especial cuidado en delinear la anatomía de las embarcaciones, ya que la miniatura no demerita el detalle con el que el pintor francés aprovechó las vetas de la madera para representar el violento oleaje y la característica vestimenta de los personajes. Habría que tener en cuenta que Skelton era especialista en temas que requerían mayor atención a los detalles minúsculos y particulares, razón suficiente para justificar su pericia al marcar las retículas del velamen, así como todos los aditamentos y herramientas existentes en las embarcaciones francesas. Puede verse inclusive el catalejo que el príncipe de Joiville sostiene con su brazo izquierdo.

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El ejército mexicano de hoy. Un largo y sinuoso camino

César E. Valdez
DEH-INAH

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

La completa falta de coordinación entre las diferentes instituciones de seguridad hizo necesaria la incorporación del ejército en labores de seguridad pública. No obstante la paulatina militarización del país, en los últimos años, se ha recrudecido el crimen organizado y han aumentado las muertes violentas, los homicidios, las desapariciones y la violación de los derechos humanos.

Actualmente, las misiones que realizan las fuerzas armadas mexicanas son doce: defensa territorial, integración y comunicación territorial, contrainsurgencia, modernización tecnológica, protección a la población civil ante desastres, lucha contra el terrorismo, guerra contra el narcotráfico, seguridad pública, defensa de los recursos naturales, acción cívica, actividades de inteligencia y guerra contra el crimen organizado. Todo esto sustentado en los planes DN-I, defensa externa; DN-II, orden interno; y DN-III, desastres naturales.

Desde la década de 1990, dos acontecimientos han marcado la actuación y el papel del ejército. En ambos casos se halló una clara falta de coordinación institucional, lo que fue perfilando la necesidad de que el ejército adquiriera autonomía en materia de inteligencia. El primero fue el choque del 7 de noviembre de 1991 en el municipio de Tlalixcoyan, Veracruz, entre elementos del 13° Batallón de Infantería y agentes de la policía judicial federal; el segundo, la declaración de guerra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional el 1 de enero de 1994, que implicó una campaña militar que duró doce días.

Revisemos el primero. El jueves 7 de noviembre de 1991, por la mañana, en el paraje conocido como El Llano de la Víbora, en Tlalixcoyan, Veracruz, tuvo lugar un enfrentamiento entre la policía judicial federal y el ejército mexicano. Los miembros del 13° Batallón de Infantería estaban realizando un operativo antidrogas en espera del aterrizaje de una avioneta Cessna 210 de origen colombiano y que se sabía estaba cargada de cocaína. Los tripulantes de la avioneta lograron escapar, pero a los pocos minutos aterrizó también una aeronave sin identificación que pertenecía a la Procuraduría General de la República (PGR), la cual fue recibida por el fuego de los efectivos militares y causó la muerte de siete agentes, quienes, según reveló la investigación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, presentaban tiro de gracia. La misma investigación arrojó los registros de control aéreo que daban cuenta del seguimiento de la avioneta, que los agentes de la PGR avisaron por radio que eran atacados por el ejército, que se había informado al comandante de la zona militar para que detuviera el choque y este último no creyó que la información fuese fidedigna.

El segundo episodio se inició el 29 de junio de 1993 cuando el ejército mexicano encontró un campamento militar en plena selva chiapaneca. Ahí recopiló información que analizaría después, así como lo haría el Centro de Investigaciones y Seguridad Nacional (CISEN). Ambos consideraron pertinente informar al presidente Carlos Salinas de Gortari, aunque puntualizaron que dicha organización no podía ser una amenaza para la seguridad nacional en virtud de su poca capacidad de fuego. Sin embargo, la madrugada del 1 de enero de 1994, un grupo armado compuesto principalmente por indígenas, autodenominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), declaró la guerra al gobierno mexicano. Esa mañana tomó cinco cabeceras municipales del estado de Chiapas: San Cristóbal de las Casas, Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo y Chanal. Luego de dejarlas en custodia, marchó hacia las afueras de Rancho Nuevo para tomar el cuartel de la 31ª Zona Militar. Ahí, según la poca información que se conoce, 500 zapatistas fueron repelidos por catorce soldados que se encontraban de guardia, quienes soportaron lo suficiente hasta que recibieron refuerzos. Entre estos últimos había pilotos de los escuadrones 201, 205, 208, 209 y 215, quienes a bordo de aviones Pilatus y Arava y de helicópteros Bell, realizaron labores de apoyo al cuartel. Esto significó la primera experiencia de guerra para la fuerza aérea mexicana desde la segunda guerra mundial. En el encontronazo, según la secretaría de la Defensa Nacional murieron cinco soldados federales y 24 combatientes zapatistas.

El 9 de enero, el entonces secretario de la Defensa, general Antonio Riviello Bazán, informó al presidente que la derrota de la guerrilla era total y que únicamente esperaba la orden para perseguir y someter al grupo armado. También dejó claro al presidente que el ejército mexicano tenía clara superioridad armamentística y numérica y, por tanto, el EZLN no significaba un riesgo para la seguridad del Estado, pues a los aproximadamente 3 000 combatientes zapatistas, el ejército mexicano respondió con 30 000 efectivos.

Carlos Salinas de Gortari asegura en sus memorias que tomó la decisión del cese de hostilidades al saber que el EZLN estaba prácticamente derrotado. Sin embargo, no se debe perder de vista la importancia de la sociedad civil que se volcó a las calles para exigir un alto al fuego.

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Una publicación sobre saberes militares en México (1906-1914)

Víctor Salazar Velázquez
Facultad de Filosofía y Letras

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

La Revista del Ejército y Marina registró la vida intelectual de una generación de militares que sentía tener la misión de modernizar el ejército; sin embargo, con la revolución mexicana sus derroteros cambiaron.

La Revista del Ejército y Marina (REM) fue una publicación especializada en temas castrenses. En sus páginas aparecieron textos concernientes a distintas áreas del ejército; sus colaboradores, la mayoría pertenecientes a los departamentos de Ingenieros, Artillería y Estado Mayor, constituían el sector intelectual de la Secretaría de Guerra: tenían en común haberse formado en el Colegio Militar y varios gozaron de la oportunidad de realizar estudios de especialización en Europa. Eran los encargados de la enseñanza en los planteles castrenses, incluso algunos sirvieron como sus directores; por ejemplo, Felipe Ángeles en el Colegio Militar y Miguel Ruelas en la Escuela Militar de Aspirantes. Asimismo, efectuaban comisiones técnicas cuyo ejercicio se plasmó parcialmente en las páginas de la publicación periódica. Cabe recordar los trabajos de construcción del hospital militar de Monterrey que llevó a cabo Vito Alessio Robles.

Enseguida explicaremos a grandes rasgos la relación de algunas prácticas profesionales militares con la REM entre 1906 y 1914. Comenzaremos por describir y contextualizar el surgimiento del impreso; después, señalaremos la manera en que autores como Felipe Ángeles, Eduardo Paz y Vito Alessio Robles vincularon sus actividades intelectuales y su desempeño profesional en sus contribuciones a la revista.

Nos enfocaremos en la primera etapa del órgano informativo (1906-1914) debido a que los autores de ese momento estudiaron en el Colegio Militar, centro de estudio empeñado en la preparación científica de sus alumnos, quizá por influencia del positivismo, y que tenía como objetivo principal la modernización del ejército a principios del siglo xx, objetivo que se vio interrumpido con el triunfo del constitucionalismo.

Una perspectiva de la REM

Apareció en 1906, impresa en los talleres del departamento de Estado Mayor de la Secretaría de Guerra, área que se encargó de su edición a lo largo de dos décadas, y que desempeñaba una relevante función técnica para el ejército: diseñar las reformas que se implementarían en distintos sectores del instituto armado, redactar los reglamentos a que debían sujetarse los militares y marinos, y establecer las normas bajo las cuales los comandantes de las armas del ejército debían realizar sus maniobras tácticas, tanto con fines de instrucción como para combatir a un enemigo.

Al quedar bajo la responsabilidad de un área técnica, la REM encomendó su dirección a militares con méritos académicos sobresalientes y conocedores del Estado Mayor. El primero fue el mayor Fortino Dávila, que era profesor de matemáticas superiores en el Colegio Militar desde 1900, pero sólo duró un año al frente del impreso (1906-1907), pues se le comisionó como agregado militar de México en Washington. Su sucesor, el teniente coronel Luis G. Palacios, permaneció de 1907 a 1914. Era un experto en los asuntos desarrollados en el departamento de Estado Mayor, pues desde su egreso del Colegio Militar, de 1882 hasta 1914, colaboró en esta área.

El propósito del órgano informativo consistía en “ser útil a la oficialidad instruyéndola y a la vez despertar en ella una emulación noble, recogiendo en sus páginas el pensamiento y trabajo de aquellos de sus miembros más perseverantes y laboriosos”. Sobresalen dos puntos; por un lado, se estipulaba ser un medio de actualización para los mandos medios, a saber, los oficiales que estaban en contacto directo con las tropas; y, por el otro, pretendía convertirse en un espacio de interacción intelectual; ya en sus páginas se plasmaría el producto del trabajo académico y las experiencias profesionales de militares connotados.

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Las aventuras y desventuras de un guerrillero. Antonio Rojas y los Galeanos de Jalisco

Iván Segura Muñoz
Universidad de Guadalajara

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Además del ejército permanente y las milicias, durante la guerra de Reforma y el segundo imperio operaron distintas fuerzas irregulares al servicio de liberales y conservadores. La vida del guerrillero Antonio Rojas ilustra la formación de estas fuerzas, sus tácticas y modo de operar, así como sus calores e ideales.

El combate mediante guerrillas fue una táctica bastante socorrida en el México del siglo xix. Si bien era criticada por ser opuesta al enfrentamiento honorable que imperaba en la doctrina militar de aquellos años, podía llegar a ser bien manejada por ejércitos compuestos por hombres con muy poca o nula disciplina militar, pues no se requería atacar frontalmente al enemigo en campo abierto o realizar complicadas maniobras. Al contrario, el principal objetivo de la guerrilla versaba en el hostigamiento a las tropas enemigas de forma irregular y sorpresiva, atacándolas desde puntos en los cuales una fuerza menor podía ocultarse para después escapar a caballo impunemente.

Durante la intervención francesa, las guerrillas desempeñaron un papel importante en el lado juarista pues, tras la toma de Puebla y de la ciudad de México, en 1863, estas continuarían con la lucha hasta 1867, momento en el que se retomó el enfrentamiento directo en el sitio de Querétaro.

Uno de los guerrilleros de mayor relevancia en el occidente del país, especialmente en el estado de Jalisco, fue Antonio Rojas, cuyo legado se caracterizó tanto por sus acciones a favor del bando liberal como por la polémica que causó su modo de combatir, que implicó una serie de agravios a la población civil y la ejecución de enemigos sin juicio alguno.

El caso de Rojas llama la atención por su activa participación en dos de los conflictos más relevantes del siglo XIX: la guerra de Reforma y la intervención francesa, los cuales engloban la denominada Gran Década Nacional (1857-1867). En ambos casos, sus tropas tuvieron un papel protagónico en la zona occidental del país al fungir como una fuerza ligera encargada del hostigamiento al enemigo. No obstante, su habilidad en el combate le permitió desempeñar un papel de mayor importancia en las campañas mediante enfrentamientos directos, lo que a la larga le valió varios ascensos en el escalafón militar. Su experiencia ejemplifica la importancia de las guerrillas en los conflictos armados de la centuria y su influencia en la institución militar mexicana.

Guerrillero liberal

Antonio Rojas nació en Tepatitlán, Jalisco, en el rancho del Buey, en 1818. Se conoce poco de sus primeros años de vida, salvo que, tras el estallido de la guerra de Reforma, se convirtió en bandolero aprovechando el caos de la guerra que poco a poco se extendía hacia Jalisco. Tampoco está claro el motivo que obligó a Rojas a ingresar en el conflicto armado, pero al llegar las noticias de lo sucedido en Tacubaya, dirigió una carta al gobernador de Jalisco, Pedro Ogazón, con el fin de ofrecer sus servicios para organizar una fuerza armada que apoyara al gobierno liberal. Sin embargo, la respuesta del gobernador no fue lo que Rojas esperaba (probablemente temía por su pasado como bandolero), pero ello no fue motivo para continuar con su idea de levantarse en armas y, al poco tiempo, ya se encontraba al mando de un numeroso grupo de hombres.

Entre sus primeras acciones como parte de la causa liberal, Rojas efectuó diversas correrías por las poblaciones civiles, imponiendo préstamos forzosos y confiscando lo necesario para la manutención de su grupo. Si bien estas acciones hicieron de él un bandido a ojos de los jaliscienses, lo cierto fue que la intensidad de la guerra hizo que el bando liberal aceptara sus servicios como líder de una fuerza ligera que sirviera de apoyo a las operaciones militares del ejército principal en la región. Así, durante sus servicios a la causa, Rojas se mantuvo al mando de distintas agrupaciones que variaron en composición y número. No obstante, la unidad que siempre comandó fue el llamado regimiento Galeana, cuyo nombre daría el característico mote de Galeanos a sus soldados.

Aunque los Galeanos eran una fuerza ligera dirigida a hostigar y emboscar al enemigo, ello no impidió que se le asignaran tareas más importantes que requerían un enfrentamiento directo con el enemigo. Así pues, durante la guerra de Reforma, el regimiento Galeana recibió la orden de auxiliar a las fuerzas del general Jesús González Ortega en la toma de Zacatecas, y a su paso rumbo al norte derrotó a múltiples fuerzas conservadoras y tomó algunas ciudades, entre ellas, Aguascalientes. También apoyó al general Ramón Corona en contra del caudillo Manuel Lozada, conocido como el Tigre de Álica, y aunque no logró derrotarlo de forma definitiva, sí consiguió mantenerlo a raya.

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El asedio a Veracruz por el Ejército de Oriente 1859-1860

Carlos Eduardo Arellano González
IIH-UMSNH

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Esta mirada al ejército de Oriente intenta subsanar la poca importancia que se ha dado en la historia de México al estudio del contrario. ¿Quién puede negar la posibilidad de que los bandos contendientes participan de la misma creencia de que lo correcto está de su lado, la opresión y la injusticia, del otro? Son seres humanos que comparten los mismo sentimientos de esperanza y temor, así como los sufrimientos.

Entre 1858 y 1861 México vivió una guerra civil conocida como guerra de Reforma, en la que se enfrentaron liberales y conservadores. Esta lucha buscó definir el camino que México debía seguir en su formación como país.

El 17 de diciembre de 1857 los conservadores, bajo la bandera del general Félix Zuloaga, se levantaron en armas para respaldar el Plan de Tacubaya, que revocaba la Constitución jurada en febrero del mismo año. El presidente Igancio Comonfort se adhirió al plan y entregó a los conservadores la capital de la república. En Benito Juárez, presidente de la Suprema Corte de Justicia, recayó la presidencia provisional y la responsabilidad de organizar el gobierno nacional. El nuevo mandatario emprendió un largo recorrido que habría de llevarlo al puerto de Veracruz, lugar al que arribó el 4 de mayo de 1858.

Mientras aquellos se robustecían en la ciudad de México, los liberales movilizaron a las fuerzas estatales para enfrentar a sus enemigos, por lo que conformaron varios centros de operaciones: uno de ellos fue Veracruz, uno de los puertos más valiosos por su comercio y sus comunicaciones, vuelto centro político liberal tras la llegada de Juárez. Por ello, en 1859, el general conservador Miguel Miramón juzgó vital la captura del puerto, aunque nunca pudo lograrlo. Más que considerar el valor último de la derrota, vale la pena rescatar los esfuerzos militares del Ejército de Oriente, fuerza operativa de los conservadores en contra de los liberales. En esta lucha podemos ver a Veracruz como escenario de guerra y la forma en que los ejércitos de entonces emprendían y entendían la estrategia. Además, es posible observar a dos generacionesde militares mexicanos y el uso de nuevos artefactos en una época donde las nuevas tecnologías se adaptaron a la guerra.

La división de oriente y el general Echegaray, 1858.

El puerto de Veracruz fue por mucho tiempo el principal centro de intercambio comercial del país, por lo que su control, en terminos estratégicos y económicos era fundamental. En caso de no poder dominar el puerto, bastaría con asfixiar sus líneas de comunicación y suministro estableciendo guarniciones en Xalapa, Córdoba, Coscomatepec, Huatusco y Orizaba, en los llanos de Puebla (Perote, Chalchicomula y Nopalucan) y Tlaxcala (Huamantla).

A principios de marzo de 1858 los conservadores organizaron la División de Oriente bajo el mando del general Miguel María de Echegaray, excombatiente de la guerra contra Estados Unidos (1846-1848), integrada por las brigadas siguientes: una dirigida por el general Carlos Oronoz, otro veterano con una trayectoria militar desde 1840 y que, en aquel entonces, sirvió como comandante militar y gobernador de Veracruz; otra más al mando del coronel Luciano Prieto, grado que alcanzó durante la dictadura santanista (1853-1855) y, finalmente, la brigada de caballería del coronel José María Cobos con unos 2 000 efectivos. La artillería –once cañones de campaña–complementó la organización.

La división tuvo como objetivo inicial fijar posiciones en la ruta México-Veracruz. El avance conservador inició sobre Nopalucan y continuó hacia Acultzingo entablándose, a mediados de abril, un combate contra las fuerzas liberales emplazadas en las veredas de San Cristóbal y Santa Catarina, sobre la Sierra Madre Oriental; su expulsión permitiría el libre tránsito de suministros y evitaría que las caravanas sufrieran emboscadas. Una vez cumplido su propósito, los conservadores se establecieron en Orizaba para actuar sobre otras poblaciones como Córdoba y Xalapa.

Con el paso de las semanas, la situación se complicó. Aunque las emboscadas continuaron, el 11 de junio se sublevaron, en apoyo a los liberales, las guarniciones de Xalapa y Perote, conformada esta última por tropas de la sierra norte de Puebla; su pérdida representaba un serio peligro por las dificultades que tendrían las unidades conservadoras ubicadas en el interior de la sierra para recibir recursos y noticias. Decenas de telegramas informaron a los conservadores sobre los movimientos de los liberales, liderados por Pedro Ampudia e Ignacio de la Llave.

Por fin, el presidente Zuloaga ordenó al general Echegaray atacar el puerto, pero en la segunda quincena de septiembre este manifestó que “la importancia de esta ciudad consiste en su puerto abierto para el comercio extranjero y no de ninguna manera como plaza fuerte”. La campaña acabó ocho meses después cuando el 20 de diciembre Echegaray proclamó el Plan de Ayotla en el que desconocía al gobierno de Zuloaga y llamaba a la conciliación entre liberales y conservadores.

Tras diversas sucesiones presidenciales en el campo conservador, el cargo de ejecutivo recayó en Miguel Miramón, un joven de 29 años con un amplio historial militar. Destacó en diversas acciones durante la revolución de Ayutla, así como en las batallas de Ocotlán, el sitio de Orihuela y su victoria cumbre: Ahualulco. Sin ceder a su carácter impulsivo y audaz, Miramón se ciñó a la captura de Juárez en Veracruz, pues creía, no sin razón, que de esta forma finalizaría la guerra. Para fines de enero de 1859, decidió jugárse el todo por el todo, en un movimiento contra el puerto.

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