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Santa Anna en Turbaco, en 1856

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Durante su segundo exilio en Colombia y a un año de huir del país, el ex dictador recibió a un periodista de un medio estadunidense al que le relató su participación en el proceso de independencia, los “errores” de juventud de apostar por un país federado y el desprecio por las políticas americanas.

Cuando “Amigo” se enteró de que el general Antonio López de Santa Anna se había establecido en Turbaco, a dos horas de Cartagena, Nueva Granada, decidió sacar partido de su viaje a Bogotá y detenerse en aquella población para hacerle una entrevista. Debía estar convencido de que su editor tendría interés en ella, por lo que no dudó en visitar al ex hombre fuerte de México y departir un rato con él.

“Oliendo” una buena noticia, “Amigo” se presentó en la Casa de Tejas, como se conocía en Turbaco a la mansión donde residía el ex dictador mexicano y, sin libreta ni cuaderno para hacer anotaciones, ya que lo esencial en el ejercicio periodístico de entonces era la memoria, puso gran atención, no sólo a las respuestas que sus preguntas recibían, sino también a la casa, los entornos, la persona y las expresiones de aquél con quien hablaba. Tres días después intentaría reproducir por escrito, casi palabra por palabra, la mayor parte de lo que había visto, ído y dicho, y después de hacerlo, remitió el documento a Nueva York o, tal vez, lo llevó consigo al regresar a su país y lo entregó personalmente.

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Antonio López de Santa Anna, daguerrotipo ca. 1853, De-Golyer Library, Southern Methodist University. Flickr Commons.

“Amigo” no se equivocó sobre el interés por el material por parte de su editor, Horace Greeley. Se publicó en el New York Tribune escasamente unas semanas después: el 14 de febrero de 1856. La entrevista tendría una difusión que ni Santa Anna mismo pudo conjeturar: el importante periódico, reconocido por su independencia y orientación reformista (era abierto partidario, por ejemplo, de la abolición de la esclavitud), tenía por entonces una circulación diaria de más de 60 000 ejemplares; pero su influencia llegaba incluso a las áreas rurales. No era raro que Santa Anna llamara aún la atención. Apenas un año anterior, muchos mexicanos se postraban ante él y le aplaudían como Su Alteza Serenísima. Sin embargo, los abusos y las dificultades habían ido agotando su mandato. Mientras él inventaba impuestos y proscribía o confinaba a los disidentes, la revolución proclamada por el plan de Ayutla en marzo de 1854, iba ganando adeptos y, por más esfuerzos que hizo, el general presidente no consiguió derrotarla. En agosto de 1855, el triunfo de los “facciosos”, guiados por los generales Juan Álvarez e Ignacio Comonfort, era un hecho. El día 9, Santa Anna huyó de la capital por la noche, concediendo el triunfo al enemigo. El 12, en Perote, manifestó que dejaba México y la mañana del 17 partió hacia La Habana, en el vapor “El Guerrero”. Iniciaba de tal manera su tercer exilio, que sería el último y el más largo. Unas semanas después, en septiembre, zarpó para el puerto de Cartagena, para de allí, luego de recorrer, rumbo al sur, cuatro leguas (unos 20 kilómetros), llegar por fin a Turbaco.

El vecindario de esta pequeña población, que guardaba un buen recuerdo de su estancia anterior (de 1850 a 1853), lo recibió con agrado. El ya sexagenario Santa Anna recuerda en sus memorias: “El cura párroco a pie y mojado por la lluvia que había caído, asomó el primero seguido de una multitud que me saludaba entusiasta; la música del pueblo llenaba el aire con sus sonatas, y al apearme del caballo disputábanse la preferencia de abrazarme”.

Volvió a la casa que había construido anteriormente y procuró no estar ocioso. Destinó sus tierras a la agricultura y la cría de ganado. Inició por entonces el dictado de sus memorias. Además, crió gallos para divertirse con su juego favorito y se ocupó de sus vecinos. Les prestó dinero, sin obtener utilidad alguna, como hacen constar los protocolos notariales que pueden consultarse en Cartagena y fue dadivoso con quienes precisaban socorro para resolver sus penurias y mejorar sus condiciones de vida. Con su colaboración, casas más cómodas comenzaron a sustituir a las chozas miserables y a llenar los terrenos baldíos y se reedificaron el curato y la iglesia parroquial, con sus altares y ornamentos. Ayudó en la edificación de un cementerio. E impulsó el cultivo del azúcar y el tabaco y la cría de ganado.

Otro de sus intereses fue desarrollar los transportes y las comunicaciones de los alrededores. El entrevistador del New York Tribune reconoce la tentativa de Santa Anna de construir un camino de peaje que uniera Turbaco con Cartagena. Esto le ganó el afecto y la gratitud de los vecinos, quienes, cuando se enteraron de que se iba a marchar, le rogaron, como a “su padre y bienhechor”, que no lo hiciera. Sin embargo, vientos de fronda soplaban sobre Nueva Granada hacia 1858, año en que se aprobó una nueva constitución: liberal, federalista, antieclesiástica. El general Tomás Cipriano Mosquera intranquilizaba al país. Santa Anna, quien, como veremos en seguida, no parecía gozar de las simpatías de aquel militar, temió ser perjudicado y prefirió alejarse. El 9 de marzo de ese año emprendió el viaje a la colonia inglesa de Saint Thomas, en el Caribe; tenía la intención de volver cuando fuera prudente. No sucedió así; el temor de los vecinos de Turbaco de que no regresara acabaría por justificarse.

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En la huerta de la casa de Don Valentín. El bullicio de la Colmena

Ana Buriano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

La ex coordinadora de la Biblioteca del Instituto Mora, fallecida en 2019, fue una destacada maestra de la historia latinoamericana del siglo xix. Con este texto que publicara en 2001 recuperamos su mirada pionera en la que trazaba casi dos décadas atrás las líneas que habría de seguir el centro bibliográfico de esta institución.

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A Ana Buriano Castro
Muy querida amiga y colega (1945-2019)

Nacida en Uruguay, destacó como investigadora del pensamiento político latinoamericano y el conservador ecuatoriano, del exilio uruguayo, los golpes de estado en Uruguay y Argentina y la antropología forense y los derechos humanos. Historiadora egresada de la UNAM fue maestra destacada de la historia de América Latina en el siglo XIX. Quienes convivieron con ella coinciden en destacar, además de su inteligencia, su compromiso con una sólida ética social, política e intelectual. Sobresalió en su gestión como coordinadora de la biblioteca del Instituto Mora, al punto que ésta fue conocida como la “biblioteca de Ana”; sin exagerar, durante este tiempo, supo llevar a esta a la mayoría de edad.

Una biblioteca es un mundo, encierra en su aparente recogimiento una vida bulliciosa que emana de las páginas de los ejemplares contenidos dentro de ella, de las mujeres y los hombres que se encargan de poner la información al servicio de la comunidad, de los usuarios que la requieren, en fin, guarda algún parecido con el ajetreo de la colmena. Y más aún cuando pertenece a una institución activa, como es el Instituto Mora, que en su segunda década rebasó la mayoría de edad y que utiliza su biblioteca como el laboratorio en el que funda sus investigaciones.

A incrementar, albergar, calificar y especializar esta biblioteca dedicó la institución importantes esfuerzos de su corta vida. Cierto es que a la Biblioteca del Mora le tocó nacer en cuna de oro pues, sucedánea del proyecto de Bibliotecas Mexicanas, recibió como colección de origen el fondo del bibliófilo poblano José Ignacio Conde, un magnífico conjunto de varios miles de impresos mexicanos provenientes de las bibliotecas de grandes personalidades de la vida intelectual, pública y política de México. Así lo testimonian los ex libris que acompañan los pergaminos y empastados antiguos que conforman el fondo reservado. De la marca de propiedad sobria de Lucas Alamán, a los duplicados de la colección de primeros impresos poblanos de Florencio Gavito, la lámpara del saber que adorna las obras que provienen de la colección de García Icazbalceta y su hijo, García Pimentel, a los garigoleados escudos de armas de la princesa Francesca Ruffo de Calabria, al lote de Intervención y Segundo Imperio de González de Cossío y muchos más, los ex libris contenidos en las contraportadas constituyen en sí mismos la historia de un fondo bibliográfico.

El desarrollo sostenido y calificado de las colecciones fue la preocupación y el anhelo de todas las direcciones de la institución. Así su estantería se fue enriqueciendo con ejemplares provenientes de las Bibliotecas Cervantes e Iberoamericana; el fondo San Román desarrolló los estudios latinoamericanos, las áreas geográficas se vieron beneficiadas por la incorporación de las bibliotecas de Ramón Alcorta y Jorge Vivó; los estudios sobre Estados Unidos recibieron donaciones y compras únicas en el medio nacional, como el Diario de los debates del Congreso desde la independencia hasta 1976 y la colección actualizada de microfichas e índices electrónicos de la documentación que manejan y generan las comisiones y comités que asesoran a los representantes, desde 1790 hasta el momento actual. Mucho más podríamos decir en cuanto a las fuentes básicas de investigación, las fuentes secundarias, los formatos magnéticos de consulta, la hemerografía de actualización y el marco de consulta, pero la tiranía del espacio nos impide una extensión mayor y deseamos que esta nota sirva como invitación para que los especialistas incursionen en el fondo bibliotecario, ya físicamente o por su catálogo en línea.

Afortunadamente pueden hacerlo, pues la Biblioteca del Mora no goza únicamente de un fondo con gran riqueza de investigación, sino que la documentación que alberga su acervo está totalmente puesta al servicio, con un criterio catalográfico lo suficientemente amplio, de las necesidades complejas que surgen en consultas especializadas, como las de un científico social contemporáneo. Y es que la evolución de dos décadas de la Biblioteca del Mora ha sido vanguardista en el plano de la automatización. En 1984, la maestra Gloria Escamilla y el Centro de Procesamiento Arturo Rosenblueth lograron, de forma totalmente pionera en el medio nacional, desarrollar el primer sistema automatizado bibliotecario. Así, la Biblioteca del Mora fue de las primeras en el país en abandonar las formas manuales de trabajo para disponer de una serie de módulos que contenían y posibilitaban la interacción de los datos.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

Sala de lectura de la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, ca. 1994. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar–Instituto Mora.

En estas épocas, el equipo dificultaba mucho el manejo de la información pero, con el paso del tiempo y a partir de los apoyos que recibió de CONACYT, la biblioteca obtuvo la infraestructura de cómputo necesaria. De las viejas cajas de bernoulli pasó a los servidores de mediano tamaño y luego a los mayores; actualizó su sistema de cómputo, al adquirir uno de mercado de segunda generación que fue capaz de recoger los ricos contenidos de la base de datos Bibliomora y que satisface de manera adecuada las necesidades de información de la investigación social. Desde su primitivo y precario emplazamiento en el casco original de la antigua casona de don Valentín hasta las bellas y funcionales instalaciones actuales construidas en 1984 para albergarla, desde la máquina de escribir y los esténciles reproductores de tarjetas, pasando por las cajas de bernoulli que mal almacenaban la información a los actuales servidores, ha transcurrido mucho tiempo; varias generaciones de científicos sociales han cruzado sus puertas; miles de ejemplares han transitado por las manos de los bibliotecarios para ir a dormir un sueño de anaqueles, frecuentemente interrumpido por los usuarios que los solicitan. Sus horarios se han extendido aun a los sábados; los servicios públicos han incrementado su eficiencia; se ha optimizado el aprovechamiento del espacio de almacenamiento por medio de la incorporación de mobiliario compacto y por el desplazamiento y compactación de los espacios internos; los servicios de análisis informático se han especializado y han incursionado en la indización de publicaciones periódicas especializadas de actualización o muy antiguas, que no son recogidas por los índices internacionales; una constante política de extensión bibliotecaria posibilita que los especialistas y estudiantes conozcan y recurran a sus fondos. El taller de encuadernación y restauración de la biblioteca mantiene las áreas de almacenamiento y los materiales en las condiciones adecuadas y optimiza la vida útil de los documentos a través de técnicas de restauración y conservación de alta complejidad.

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México ante el cambio climático

Fernando Tudela
Centro para el Cambio Global y la Sustentabilidad A.C.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El país ha tenido un desempeño proactivo en las negociaciones multilaterales y es pionero entre las naciones en desarrollo en la legislación integral sobre  cambio climático. Pero en las políticas públicas efectivamente aplicadas se  perciben retrocesos: los presupuestos van a la baja, permea el desinterés por el tema en las decisiones gubernamentales y se profundizan contradicciones como intentar extraer más petróleo, planear la construcción de una carboeléctrica y una refinería, en vez de impulsar con decisión las energías renovables.

West-northwest of Summerford Mountain

Desierto de Chihuahua, 2017. Fotografía de Patrick Alexander, Flickr Commons.

 

El cambio climático es tal vez el mayor desafío al que se enfrenta la humanidad en el presente siglo y uno de los pocos temas globales que reclama hoy la atención prioritaria de los jefes de Estado. Más allá de la variabilidad natural del clima, la existencia real del cambio climático es ya una verdad científica incontrovertible, basada en un abrumador conjunto de verificaciones empíricas. En ello coinciden las principales Academias de Ciencias del mundo, incluyendo la de los Estados Unidos de América. Las posiciones negacionistas, casi inexistentes en América Latina y el Caribe, ya no suscitan debate científico alguno en los medios especializados. Se hubieran extinguido en todo el mundo de no ser por el apoyo que todavía reciben por parte de intereses ideológicos, renuentes a aceptar un papel determinante para el Estado, y sobre todo económicos,
impulsados por agentes vinculados a la prospección, extracción, transporte, transformación y combustión de combustibles fósiles.

Oso polar hambriento y delgado en busca de comida, 2013.  Fotografía de Rob Oo, Flickr Commons.

Oso polar hambriento y delgado en busca de comida, 2013. Fotografía de Rob Oo, Flickr Commons.

También parece resuelta ya la identificación de su principal factor causal, que la comunidad científica atribuye a las actividades humanas que generan emisiones de gases y compuestos de efecto invernadero. Incluso a muy bajas concentraciones, estos gases absorben el calor y dificultan su radiación hacia el espacio exterior, como lo haría una cobija tendida sobre una cama. A escala global, en los últimos años hemos emitido alrededor de 38 Gigatoneladas/año (1 Gt equivale a mil millones de toneladas métricas) de bióxido de carbono (CO2), principal gas de efecto invernadero, procedente de combustiones de todo tipo. La concentración atmosférica de este gas se ha medido desde 1958, con rigor metodológico, en el Laboratorio de Mauna Loa, Hawai. La curva resultante muestra una progresión constante, con una oscilación estacional debida a la mayor presencia de ecosistemas terrestres, y por ende de vegetación decidua, en el hemisferio norte. El promedio mensual máximo de CO2 alcanzó un nivel de 411.24 partes por millón (ppm) en el mes de mayo de 2018. Los niveles actuales de CO2 en la atmósfera carecen de precedente desde hace por lo menos cuatro millones de años, en pleno Plioceno. En la época preindustrial esta concentración se mantenía en torno a los 280 ppm. Esta sería una concentración “normal” en este periodo interglaciar, en ausencia de actividades humanas significativas a gran escala. De manera concomitante, la temperatura promedio de la superficie del planeta, que se calcula anualmente, ha aumentado ya 1°C desde 1850.

De continuar invariable la tendencia registrada hacia el calentamiento, el aumento de la temperatura planetaria alcanzaría 1.5°C en 2040. Estamos saliendo ya del rango de temperaturas promedio que ha prevalecido en los últimos 10 000 años, en los que se ha desarrollado la actual civilización. Quienes dudan de la relevancia de estos datos podrían comparar con provecho la diferencia de bienestar entre una temperatura corporal de 37°C y otra de 38.5°C. Siguiendo con la metáfora, el cambio climático sería la “fiebre del planeta”, que nos conduce a una situación de pronóstico reservado.

Entre las numerosas manifestaciones del cambio climático podríamos destacar, además de la ya mencionada elevación de la temperatura promedio del planeta, cambios en los patrones climáticos locales y en particular en el régimen de precipitaciones, con acentuación de los fenómenos hidrometeorológicos extremos, intensificación de los procesos ciclónicos, elevación gradual del nivel del mar tanto por dilatación térmica como por fusión de hielos terrestres, acidificación de los océanos, entre otros. Sus efectos ecológicos, sin duda detectables y medibles, son progresivos y potencialmente devastadores.

Uno de los efectos más visibles del calentamiento global es la constante reducción del hielo flotante del Ártico. Según el Centro Nacional de Datos sobre Nieve y Hielo, de la Universidad de Colorado, al inicio de octubre de 2018, la extensión del hielo en el Ártico alcanzaba unos 5 millones de km2, esto es 2.5 millones de km2 menos que el correspondiente a las mismas fechas en el promedio del periodo 1981-2010. Este proceso se retroalimenta, pues reduce la capacidad de reflejar la radiación solar incidente, que se absorbe ahora por el mar en medida creciente. Si se ha perdido en pocos años un tercio de la extensión de hielo en el Ártico, se entenderá que la posibilidad de llegar al Polo Norte en canoa es sólo cuestión de tiempo.

A través de interacciones múltiples, los cambios en los factores climáticos inciden en diversos componentes de la diversidad biológica, a escalas que van desde los organismos y sus genes, las poblaciones, las especies, las comunidades, los ecosistemas y los biomas completos. El estudio de las interacciones entre el cambio climático, la degradación de hábitats y la pérdida de biodiversidad ha dado ya origen a una muy amplia literatura científica, cuyos resultados suscitan profunda preocupación. Trabajos recientes señalan, por ejemplo, que en las Américas la pérdida de especies nativas, estimada en alrededor de 31% a partir del contacto con los europeos, podría ascender a 40% en 2050. El actual deterioro de la biodiversidad sólo puede conceptualizarse como un nuevo episodio de extinción masiva en la historia geológica del planeta. Los arrecifes de coral, uno de los ecosistemas más complejos y delicados, constituyen un caso particularmente dramático, pues se prevé que, de mantenerse las tendencias actuales, no menos del 90% podría desaparecer como sistemas vivos en el transcurso del presente siglo.

Las alteraciones resultantes en los ciclos de nutrientes, los procesos de formación de suelos y la producción primaria de biomasa vegetal por fotosíntesis amenazan la provisión de los denominados “servicios ecosistémicos”. Entre ellos destacaremos la provisión de alimentos, agua dulce, madera y fibras, combustibles, o la regulación del clima local, el control de avenidas, la defensa ante plagas y enfermedades, la polinización y la purificación del agua. Mención aparte merecen los aspectos culturales, educativos y recreacionales también amenazados por la destrucción de los ecosistemas. Las pérdidas económicas derivadas del deterioro de los referidos servicios ecosistémicos podrían llegar a representar el 10% del Producto Interno Bruto mundial, según algunas estimaciones probablemente conservadoras.

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La formación del adolescente mexicano

Ivonne Meza Huacuja
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Con objetivos diferentes, durante el porfiriato y el proceso posrevolucionario los jóvenes pasaron a ocupar un lugar preponderante de caras al futuro de un país que apostaba por insertarse en el mundo. Las pedagogías estadounidense y francesa fueron el punto de encuentro que propició su despegue.

Alumnos de secundaria del Colegio Francés, 1928. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Alumnos de secundaria del Colegio Francés, 1928. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Aunque el término adolescencia puede encontrarse desde la antigüedad, no gozó de gran difusión sino hasta mediados del siglo xix, cuando fue redefinida a partir de los “descubrimientos” realizados por médicos, psicólogos y pedagogos estadunidenses. A grandes rasgos, el nuevo concepto resaltaba, como propios de los individuos de entre 11, 12 hasta 18 o incluso hasta 25 años (el rango de la edad cronológica variaba entre los autores), algunas características consideradas peligrosas para el orden social. Además de las transformaciones fisiológicas de la edad, la adolescencia fue descrita como un periodo de alteraciones, donde la rebeldía, el instituto gregario, el impulso sexual, así como la propensión al vicio justificaban su subordinación a la autoridad adulta y a instituciones especializadas en su tratamiento. A pesar de que esta nueva definición fue producto de la ideología protestante, de las transformaciones sociales y de la expansión de las ciudades en los Estados Unidos, fue recogida por autoridades y especialistas en otros países, y adaptadas a las expectativas, necesidades políticas y sociales de sus nuevos contextos.

Prototipos

Los esfuerzos por la reconfiguración de México como una nación moderna durante el porfiriato y los gobiernos de la posrevolución tuvieron efectos decisivos en la adopción y configuración de las nociones de adolescencia y de los prototipos de adolescentes en el país. Varios actores nacionales e internacionales intervinieron, con distintos significados sobre la adolescencia y los adolescentes, en profunda concordancia con nociones de ciudadanía propias de sus respectivas comunidades. Ministros católicos, normalistas, educadores, psicólogos, médicos y jóvenes estudiantes respondieron a los ideales de sus grupos de afiliación y sus proyectos religiosos, sociales y políticos a futuro. Posteriormente, juristas, partidos políticos, empresarios y medios de comunicación configuraron nuevos significados que coadyuvaron a la constitución de una vasta gama de significados sobre los adolescentes en nuestro país.

Aunque el término moderno y científico de adolescencia fue introducido en México por diversas vías, el papel de los misioneros protestantes resultó fundamental para su adopción y aplicación en el ámbito educativo a finales del siglo XIX y principios del XX. Además de pretender la adhesión de nuevos feligreses (y constituirse como fuerza que pudiera contener al catolicismo), a través de las misiones se buscó la regeneración de la sociedad mexicana por medio de la educación y la introducción de valores democráticos. Los adolescentes, constituyeron un sector que capturó la atención de estas congregaciones. Uno de los ejes fundamentales de su doctrina era el de la consciencia individual (individuos autónomos capaces por si mismos de decidir e intervenir en su propio destino) el cual concordaba (o incluso había inspirado) con algunos postulados de la psicología experimental con respecto a la adolescencia considerada como un periodo de autoexploración y formación de una identidad propia.

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Alumnas del colegio Franco-mexicano, ca. 1929. Colección particular de Laura Suárez de la Torre.

Para alcanzar su cometido las agrupaciones protestantes se empaparon con las investigaciones psicológicas, pedagógicas y médicas sobre los adolescentes y crearon instituciones especializadas en su formación física e intelectual como la YMCA, que ganó popularidad en México incluso entre jóvenes de familias católicas. De igual forma, destacados pedagogos como Andrés Osuna, Moisés Sáenz, José U. Escobar practicaron el protestantismo y fueron educados en escuelas normalistas de México y Estados Unidos. El gobierno de Porfirio Díaz recibió aquellas con beneplácito, pues constituían un símbolo de modernidad y cosmopolitismo para el país que proyectaba.

No resulta una coincidencia que, en la capital del país, la Escuela Nacional Preparatoria (ENP), formadora de los futuros dirigentes del país, constituyera una de las primeras instituciones de educación formal que adoptara los conocimientos científicos sobre la adolescencia para transformar los programas de estudio. Desde su fundación en 1868, su orientación privilegiaba la enseñanza de las ciencias sobre las disciplinas humanísticas y desterraba los temas religiosos.

Posrevolución

Durante las siguientes décadas, como parte de la reorganización gubernamental posrevolucionaria, resurgió un creciente y paulatino interés por los adolescentes y la adolescencia
que incitó una serie de querellas por parte de distintos grupos antagónicos por el control de la formación de los futuros ciudadanos, observados como actores, líderes y defensores de los distintos proyectos de nación. La jurisdicción sobre la ENP, de los contenidos y la (in)disciplina de sus alumnos fue objeto de disputa entre las autoridades de la Secretaría de Instrucción Pública y luego, en 1921, de la Secretaría de Educación Pública (SEP), con los directivos y alumnos de la Universidad Nacional, discrepantes de la intromisión gubernamental en decisiones consideradas de dominio propio. Los gobiernos posrevolucionarios consideraron a la ENP como reducto de la élite porfirista, la falta de apoyo de la mayoría de sus alumnos a la lucha revolucionaria e incluso su oposición a algunos proyectos culturales posrevolucionarios, como la destrucción de algunos murales en 1923 en el edificio de la preparatoria, contribuyeron a los fallidos intentos gubernamentales por su sujeción. Fue en 1926 cuando la ENP fue dividida en dos instituciones, los primeros tres años pertenecieron a la recién fundada escuela secundaria administrada por la SEP, mientras que los últimos dos permanecieron en manos de la Universidad.

Autoridades de la SEP, como el subdirector Moisés Sáenz, justificaron la creación de las secundarias argumentando la necesidad de establecer una escuela que respondiera a las capacidades intelectuales de los adolescentes. Basándose en pedagogos estadounidenses y franceses, así como en las junior high school del vecino país del norte, maestros y psicólogos mexicanos advertían preocupados el cambio abrupto entre los contenidos de la denominada escuela primaria superior y de la ENP y la alta exigencia de esta última, situación que representaba un estrés excesivo en los adolescentes que podría tener consecuencias en su correcto desarrollo físico y en la estabilidad emocional durante su adultez. Finalmente, se argumentó la falta de control de los maestros sobre los adolescentes de la ENP, así como los constantes abusos de los alumnos de mayor edad hacia los pequeños para justificar la mencionada separación.

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La última defensa del gobierno virreinal de Nueva España

Eduardo Adán Orozco Piñón
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

Agustín de Iturbide entró a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821 tras una campaña militar de tan sólo siete meses, no exenta de enfrentamientos armados, pérdidas humanas y crisis alimentaria, aunque la versión más divulgada habla de un proceso incruento, ordenado y pacífico.

… seis meses bastaron para desatar el apretado nudo que ligaba a los
dos mundos. Sin sangre, sin incendios, sin robos ni depredaciones,
sin desgracias y –de una vez– sin lloros y sin duelos; mi patria fue
libre y transformada de colonia en grande imperio.

Agustín de Iturbide, Memorias escritas desde Liorna, 1823

Cuando hablamos de la guerra de la independencia lo primero que nos llega a la mente es su inicio. De aquel primer momento conocemos a los personajes, las acciones, el itinerario y las ideas de aquellos que se rebelaron contra el gobierno virreinal. Paradójicamente, la consumación del movimiento libertario es un tema muy poco entendido, sus personajes nos resultan más lejanos, las ideas se vuelven confusas, las motivaciones se hacen turbias. Baste como ejemplo que prevalece la versión de Agustín de Iturbide sobre una independencia ordenada y pacífica sin derramamiento de sangre, como si se hubiera tratado de un paseo militar por las provincias novohispanas. Es por ello que las siguientes líneas pretenden ofrecer un panorama de los últimos meses del gobierno virreinal con la intención de acercar a los lectores a una interpretación más compleja y completa de dicho proceso.

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Entrevista de los señores generales O’Donojú, Novella y Agustín de Iturbide, óleo sobre tela, ca. 1822, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

El cerco

Tras la promulgación del Plan de Iguala y de la creación del Ejército de las Tres Garantías, comandancia tras comandancia de la Nueva España fueron cediendo ante el impulso independentista. Sorprende la rapidez del avance de las fuerzas trigarantes, pues en tan sólo seis meses lograron hacerse con el control de todas las zonas militares importantes. Para julio de 1821, el único punto fuerte que quedaba en manos del régimen virreinal era la ciudad de Puebla, que durante ese mismo mes se encontró bajo sitio. Ya entonces, amplias zonas del sur y el Bajío novohispano estaban controladas por la trigarancia.

Los jefes del movimiento independiente comenzaron a concentrarse sobre puntos específicos con la intención de aislar a la capital para imposibilitarle el abasto de recursos y tropas. José Joaquín de Herrera y Nicolás Bravo fueron sobre Puebla, Santa Anna cayó sobre el puerto de Veracruz, Antonio León sobre Oaxaca y Vicente Filisola aseguró Toluca.

Ante esta situación, algunos cuerpos armados leales al régimen español se replegaron a la ciudad de México, con la esperanza de concentrar allí una fuerza lo suficientemente grande para contrarrestar la rebelión de Iturbide. Pero los oficiales virreinales allí reunidos con el ánimo de actuar contra el movimiento trigarante se encontraron atados de manos debido a la inactividad del virrey Juan José Ruiz de Apodaca, conde del Venadito.

La estrategia de Iturbide para rendir a la ciudad de México se desarrolló de la siguiente manera: él se acercó por el oriente; Miguel Barragán desde Toluca; Vicente Filisola hizo lo propio desde Chalco y Anastasio Bustamante avanzó desde Cuautitlán. Estos movimientos comenzaron a realizarse a finales de julio de 1821. La correspondencia que mantuvo el primer jefe durante ese mismo mes con sus comandantes es ilustrativa de la ruta trazada por las tropas de ambos bandos en las inmediaciones de la capital. Una carta que le dirigió Luis Quintanar el 16 de agosto de 1821 muestra que la villa de Guadalupe era un punto estratégico, por ser una zona de entrada y salida para las tropas realistas: si las fuerzas independientes tomaban el control de ese lugar podrían bloquear la entrada de víveres y refuerzos para el gobierno español.

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Solemne y pacífica entrada del ejército de las tres garantías en la capital de México, el día 27 de septiembre del memorable año de 1821, óleo sobre tela, ca. 1822, Museo Nacional de Historia, Secretaría de Cultura- INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Otra carta, esta vez de Iturbide para el marqués de Vivanco, arroja luz sobre las intenciones trigarantes en la capital: las fuerzas de la vanguardia y la retaguardia, al mando de este y de Luis Quintanar, debían tomar posiciones desde Tlalpan hasta la hacienda de Santa Mónica en el actual Tlalnepantla, pasando por Tacubaya. El documento también ordenaba ocupar y proteger Chalco y que, en el momento de establecerse en las nuevas posiciones, las fortificaran de inmediato “con saquillos de tierra o de otra manera”. Iturbide recomendaba que “en caso de ser superiores las fuerzas enemigas debe excusarse la acción”, de igual manera, mandaba restablecer el suministro de agua a la capital, pues “sin hacer sufrir este mal a los habitantes de México, concluiremos en breve nuestra grande obra”.

Comenzaba así, durante el mes de agosto, el sitio de la ciudad de México. La cercana presencia de las fuerzas independientes provocó que creciera gradualmente la tensión en esta hasta desatarse una serie de escaramuzas en las localidades circundantes, situación que sólo tuvo final hasta que la trigarancia pactó con Juan O’Donojú.

Capital fortificada

El avance de las tropas trigarantes hacia la ciudad de México provocó reacciones adversas a la política seguida hasta ese momento por Apodaca. Tal vez si este gobernante hubiera dado la orden de combatir a fuego y sangre a la rebelión desde sus inicios, tarde o temprano esta habría sido contenida. No hay duda de que esa opinión prevalecía entre los comandantes de los regimientos expedicionarios aún leales al régimen virreinal, pues ante el desolador panorama decidieron dar un golpe militar la noche del 5 de julio de 1821, obligando al conde del Venadito a firmar su propia renuncia:

Entrego libremente el mando militar y político de estos reinos, a petición respetuosa que me han hecho los señores oficiales y tropas expedicionarias, por convenir así al mejor servicio de la nación, en el señor mariscal de campo D. Francisco Novella, con solo la circunstancia que por los oficiales representantes se me asegure la seguridad de mi persona y familia … y se me dé además la escolta competente y pasaporte del Sr. nuevo capitán general, para marchar en el siguiente día a Veracruz para mi viaje a España; dejando a cargo de dicho señor Novella, con toda la autorización competente, dar las disposiciones y órdenes para continuación del orden y tranquilidad pública […].

A pesar de esta drástica e impopular medida, el tiempo de tomar la ofensiva ya había pasado; el movimiento trigarante crecía en popularidad todos los días, volviéndose evidente para los realistas su propia inferioridad numérica.

En el momento en que los militares golpistas pusieron al mariscal de campo Francisco Novella, a la cabeza de la Nueva España, se encontraba en la capital un ejército realista compuesto por 5 379 hombres. Ello deja ver la intención de los militares –al menos por parte de los comandantes– de defender hasta las últimas consecuencias a la ciudad de México, último bastión del poder virreinal.

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