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San Lorenzo Tezonco. Del pueblo rodeado de agua a la urbanización total

Edgar Allan Lara Paredes
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Durante varios siglos, las tierras de lo que es hoy este pueblo de la alcaldía de Iztapalapa fue un vergel vinculado al lago de Xochimilco. Las disputas legales por los terrenos dieron paso a la desecación de la zona y su asalto por paracaidistas y el crecimiento de la mancha urbana.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Imagen satelital que muestra la sierra de Santa Catarina y el cerro “Yehualichan”. Google Earth, 2019

San Lorenzo Tezonco es uno de los 16 pueblos originarios de la alcaldía Iztapalapa. Se encuentra al suroriente de la ciudad y tiene como uno de sus principales medios de transporte la línea 12 (Dorada) del Metro, con una estación que lleva su nombre.

Uno de los lugares más representativos de esta población es el cerro Yehualichan, nombre en náhuatl que significa lugar redondo y que forma parte de la sierra de Santa Catarina. Actualmente, debido a la erosión que ha recibido por parte las empresas mineras, se le conoce como el cerro rojo de Tezonco, debido a que la explotación de sus yacimientos de tezontle deja ver el color escarlata del tezontle. Los restos arqueológicos encontrados en 1912 por Paul Henning en el cráter del cerro permitieron determinar que hubo ahí un cementerio prehispánico, si bien las piezas encontradas no provenían de Tezonco, sino de pueblos del horizonte teotihuacano.

El cerro no fue el único atractivo natural, ya que alguna vez el lago de Xochimilco llegó a sus límites. Gracias a esto, los pobladores que rodeaban el lago pudieron subsistir y desarrollar relaciones sociales, políticas y económicas.

Se desconoce el año en que Tezonco comenzó a llamarse como tal, así como su fundación, aunque los altepemeh (plural de Altépetl), poblados cercanos como Culhuacán o Cuitláhuac, se fundaron antes de la llegada de los mexicas en el siglo XIV.

Las primeras menciones del pueblo de Tezonco proceden de los testamentos de Luisa Juana de 1580, quien legó las tierras a sus familiares y otras las vendió para que el dinero obtenido fuera destinado a las misas cuando muriera. En esa década se había fundado la hacienda de San Nicolás Tolentino que alcanzó relevancia posteriormente por los diversos pleitos que se generaron por su propiedad. En esos años, los religiosos agustinos mencionan el nombre del pueblo en un plano de Culhuacán.

Para 1633, una cédula real indica los límites del fundo legal de Tezonco. Los parajes que se marcan serían luego motivo de disputa con la Hacienda. durante dos décadas del siglo XX. Los linderos se marcaron de la siguiente manera:

Como punto de partida, el paraje que llaman nopal prieto a orillas del camino que viene del pueblo de Zapotitlán; sígase en línea recta hasta el paraje que llaman el cuernito o tierras de don Plutarco, tuersese por el llano viejo a orillas de la tierras de Santa Cruz Meyehualco hasta dar en mojonera que está a orillas del camino nuevo o de la polvorilla y se sigue en línea recta hasta el paraje que hoy se dice mexiahuac a orillas del pueblo de Tomatlán y aquí pasa a la laguna en línea divisoria, hasta el paraje que dicen Chipunahuac o ciénega de San Antonio, y aquí tuerce la línea y sale a tierra el paraje donde empiezan estos linderos y que hacen  un total de siete mil doscientas quince varas castellanas.

El pueblo de San Lorenzo Tezonco se encontró en las orillas del lago de Xochimilco, por lo cual, gran parte de los conflictos que tuvo el pueblo con la hacienda de San Nicolás Tolentino fueron por temas relacionados con el agua. La vida de sus pobladores giraba en torno a la pesca y la agricultura.

José Antonio de Villaseñor mencionó a Tezonco en su Theatro Americano, y nos da una idea de cómo fue durante los primeros años de época colonial:

(…) el pueblo de Culhuacán está situado a la parte del poniente, en distancia de tres cuartos de legua de la cabecera, y en él y sus sujetos hay doscientas treinta y cuatro familias de indios; y al oriente de esta cabecera están situados los de Santiago Chahualtepeque con treinta y ocho familias; y el de San Lorenzo con cincuenta y ocho; el primero dista dos y media leguas, y el segundo tres.

Algunos años después, en las Relaciones geográficas del arzobispado en México, del año 1743, se menciona que Tezonco estaba dentro de la jurisdicción de Mexicaltzingo y sus pobladores producían frijol, cebada y maíz, y pescaban en la laguna, hablaban mexicano y su clima era frío y húmedo.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

 

 Para saber más

  • CARRASCO NAVARRO, V., “Transformaciones y procesos urbanos a nivel local: Configuración territorial y propiedad de la tierra en el pueblo de San Lorenzo Tezonco en Iztapalapa”, tesis de maestría en Planeación y políticas metropolitanas, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2016.
  • FLORES RAMÍREZ, ADRIANA E. A., Panteón Vecinal San Lorenzo Tezonco, México, CONACULTA, 2016.
  • NAZARIO CRUZ, L. F., El título primordial de San Lorenzo Tezonco, México, Comité de Asuntos Editoriales, 2013.
  • RAMÍREZ MARTÍNEZ, M., “La hacienda de San Nicolás Tolentino y sus alrededores”, tesis de maestría en arquitectura, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018.

México recibe a los asilados políticos brasileños

Dra. Olivia Gómez Lezama
Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH)

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

El golpe de Estado de 1964 en Brasil motivó una generosa y ambivalente política mexicana de asilo con los perseguidos por el régimen militar a lo largo de tres lustros. Un buen número de ellos se incorporaron a la academia, pero también fueron objeto de expulsiones y obstáculos para permanecer en el país durante los gobiernos de Díaz Ordaz y Echeverría.

Alfonso García Robles, embajador de México en Brasil durante el golpe militar, ca. 1964. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3364.

Alfonso García Robles, embajador de México en Brasil durante el golpe militar, ca. 1964. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3364.

El golpe militar que derrocó al gobierno civil del presidente João Goulart de Brasil en 1964 inauguró un período de dictaduras militares que tuvieron lugar en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX. Posteriormente, se instauraron otros regímenes militares en la región: en Uruguay en junio de 1973; en Chile, en septiembre del mismo año, con el golpe del dictador Augusto Pinochet contra el gobierno socialista de Salvador Allende; y en Argentina, en marzo de 1976, por el general Jorge Rafael Videla que depuso a Isabel Perón.

En ese sentido, debido a que en Brasil se instauró el primer régimen militar en la región, la brasileña es considerado la “dictadura madre”, la cual sentó las bases de la represión que las demás también implementarían con base en la doctrina de la Seguridad Nacional creada por Estados Unidos con la intención de desarrollar guerras contra los enemigos internos de las naciones para asegurar el triunfo de los Estados capitalistas. Este postulado se formuló en el contexto de la guerra fría, que hacía competir a los países socialistas, encabezados por la Unión Soviética, y los capitalistas, liderados por Estados Unidos, por la hegemonía mundial.

Guerra fría

Basándose en este planteamiento, los regímenes militares se dedicaron a combatir todo aquello que oliera a comunismo dando una batalla a muerte a sus opositores. Como consecuencia de esta política, la dictadura brasileña comenzó a perseguir a los integrantes del gobierno civil depuesto y a aquellos que participaban en organizaciones y/o movimientos de izquierda. En este contexto se dio la llegada de varios ellos a México.

Cabe señalar que dicha dictadura duró varios años en el poder. Desde su implantación en 1964 hasta la elección de un nuevo gobierno civil en 1985. El proceso de “transición democrática”, que fue lento y gradual, comenzó en 1979 con la promulgación de la ley de amnistía que permitió el regreso a Brasil de los asilados que huyeron tras el golpe, por encontrarse en peligro su vida e integridad física. En ese sentido, dado que fueron varios años los que duró el régimen militar coincidió con diferentes períodos de gobiernos mexicanos, desde el encabezado por el presidente Adolfo López Mateos hasta el de Miguel de la Madrid.

El rol de México

Tras el golpe militar ocurrido el 31 de marzo de 1964, México tuvo un papel relevante al otorgar el mayor número de asilos diplomáticos, entre abril de ese año y mayo de 1965, por medio del embajador Alfonso García Robles, comisionado por el entonces presidente Adolfo López Mateos, en apego a los convenios interamericanos procedentes sin necesidad de previa aprobación del titular del ejecutivo debido a la premura con que debía actuarse. Así, de los 181 casos que se registraron en ese período, 74 de ellos llegaron a nuestro país; 41 a Bolivia; 28 a Uruguay; catorce a Yugoslavia; nueve a Chile; ocho a Perú; cuatro a Paraguay; dos a Argentina y uno a Colombia. Asimismo, con base en la doctrina Estrada, México rompió relaciones con Brasil al ser un gobierno impuesto por la fuerza.

Visita de estado de Ernesto Geisel, presidente de Brasil, a México durante la presidencia de José López Portillo, enero de 1978. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3840.

Visita de estado de Ernesto Geisel, presidente de Brasil, a México durante la presidencia de José López Portillo, enero de 1978. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Alfabético General, sobre 3840.

Sin embargo, con el ascenso del nuevo gobierno encabezado por Gustavo Díaz Ordaz en diciembre de 1964, la recepción del exilio brasileño en México no siempre se dio de manera favorable. A la toma de posesión del nuevo titular del ejecutivo, que se llevó a cabo el 1 de diciembre de 1964, acudió la representación de Brasil como parte de los invitados, siendo un gesto positivo que indicaba las intenciones de reanudar relaciones entre ambas naciones. Pero, a pesar de ello, dado que el nuevo embajador en Brasil, Vicente Sánchez Gavito no presentó sus credenciales sino hasta el 21 de abril de 1965, se abrió un período de “transición” que fue aprovechado por, el todavía embajador, Alfonso García Robles para dar asilo diplomático a nombre de México a tres más de los perseguidos políticos, que desde el golpe se encontraban en la clandestinidad en espera de un habeas corpus (similar al amparo mexicano), el cual les permitiría ser juzgados sin ir a prisión, entre ellos, Ruy Mauro Marini de quien más adelante hablaremos para ejemplificar el proceso complejo en que se dio el exilio en México.

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PARA SABER MÁS

  • GÓMEZ LEZAMA, OLIVIA, “Sobre los estrechos vínculos entre historia y teoría política en América Latina”, Andamios, Vol. 14 (34), pp. 371-374.
  • MORALES MUÑOZ, DANIELA, El exilio brasileño en México durante la dictadura militar, 1964-1979, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático, 2018.
  • Sobre la vida y obra de Ruy Mauro Marini ver http://www.marini-escritos.unam.mx/
  •  Revista Cuadernos Políticos http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/index.html 

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La rebelión delahuertista en Chihuahua

Edgar Sáenz López
UAM-I

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

El general Manuel Chao se movió en diciembre de 1923 hasta el norte del país para iniciar el alzamiento armado que propugnaba el ex presidente De la Huerta. En su poco más de seis meses de acciones, principalmente ataques a las vías de comunicación, asaltos y secuestros, obtuvo escaso respaldo de la población, y terminó en un rápido fracaso. Siete meses después sería atrapado y fusilado, y acabaría allí cualquier intento de insurrección.

43241

Adolfo de la Huerta y su escolta de ferrocarrileros, febrero de 1924, inv. 43241, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

En términos políticos, el año 1923 fue conflictivo para el país. El triunvirato sonorense –De la Huerta, Obregón y Calles– se fracturó con la sucesión presidencial de ese año. El general Plutarco Elías Calles fue el candidato del presidente Obregón para relevarlo en el gobierno durante el cuatrienio 1924-1928, mientras que el expresidente Adolfo de la Huerta mantenía la esperanza de regresar a la primera magistratura del país.

La candidatura de Calles dividió profundamente a diferentes sectores del país. Un importante grupo de militares de la más alta graduación se opuso a la designación del entonces secretario de Gobernación como candidato. Se manifestó en contra porque consideraba que tenía el derecho de obtener beneficios de la revolución. De igual forma ex villistas, ex carrancistas y una considerable cantidad de grupos expresaron su descontento y encontraron en la campaña presidencial un medio para alcanzar sus ambiciones personales.

Cuando en septiembre de 1923, Plutarco Elías Calles renunció a su cartera en el gobierno y aceptó la candidatura a la presidencia de la república, Adolfo de la Huerta estaba indeciso sobre si hacía públicas sus intenciones políticas, lo que finalmente sucedió el 23 de noviembre, cuando aceptó ser candidato respaldado por el Partido Nacional Cooperativista.

Desde un principio, la rebelión delahuertista se caracterizó en todos sus frentes por el personalismo de sus dirigentes. Si bien eran opositores del gobierno de Álvaro Obregón y de la candidatura de Plutarco Elías Calles, también tenían cada uno sus propios fines y ambiciones en caso de que triunfara el movimiento. La poca cooperación entre ellos los llevó a la derrota de la rebelión, ya que cada uno centró la atención en su zona de influencia, sin cooperar demasiado con los otros frentes. Esto provocó que los generales fueran focalizados y combatidos eficientemente por el ejército nacional.

En el norte del país, la situación fue distinta. Los hombres que se unieron a la rebelión, a diferencia de otros frentes, ya no se encontraban al servicio de las armas, su derrota militar los llevó a encontrarse más aislados, y con ello su poder de convocatoria fue limitado. Sus tropas fueron exiguas y sin la completa convicción de unirse a una aventura que podría causarles más perjuicios que beneficios. Muchos de los que integraron la división del norte llevaban ya una vida alejada de las armas, algunos habían conseguido tierras con las políticas de repartimiento agrario en los estados de Durango y Chihuahua, y otros estaban fastidiados por los años de combate que no se reflejaban en la mejora de sus condiciones de vida.

No todos los hombres cercanos a los jefes villistas, avecindados en Canutillo, optaron por las armas. Quienes sí lo hicieron, se limitaron a acciones guerrilleras como ataques a las vías de comunicación, asaltos y secuestros para la obtención de recursos. Muy pocas veces presentaron batalla formal y, además, fue poco el respaldo brindado por las diferentes poblaciones, de modo que nunca pudieron engrosar sus filas. Estas, incluso, ofrecieron sus servicios para combatirlos.

En suma, el gobierno federal y las autoridades de Durango y Chihuahua se encargaron de mantener conformes y, hasta cierto punto tranquilos, a los habitantes de sus demarcaciones: los repartos agrarios y demás derechos otorgados hicieron que prefirieran combatir antes que ayudar a los nuevos alzados.

En Chihuahua, el gobernador Ignacio C. Enríquez se encargó de organizar el reclutamiento de personas, para que, a manera de policía rural combatieran los posibles brotes de rebeldes. Se formaron contingentes denominados Defensas sociales, que habían sido creados desde 1916 y reforzados por contingentes de agraristas armados, cuya preparación y abastecimiento fueron proporcionados por el gobierno federal.

De este modo, a pesar de no ser núcleos militares numerosos por parte del gobierno, el septentrión no quedó desprotegido. La ausencia de militares se debió a que en zonas como Veracruz, Guerrero y otras entidades, la presencia de rebeldes era demasiado elevada y el ejército no contaba con suficientes elementos para enviar al norte. Si bien representaba un foco importante de preocupación, no era tan inmediato como en esas zonas.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

  • CASTRO, PEDRO, Adolfo de la Huerta. La integridad como arma de la revolución, México, Ediciones Siglo XXI-UAM-I, 1998.
  • JOSÉ VALENZUELA, GEORGETTE EMILIA, El relevo del caudillo. De cómo y porqué Calles fue candidato presidencial, México, Ediciones El Caballito-Universidad Iberoamericana, 1982.
  • MARTÍNEZ, RAFAEL, Sálvese el que pueda (los días de la rebelión delahuertista), México, El Gráfico, 1931.
  • ROCHA ISLAS, MARTHA EVA, Las Defensas sociales en Chihuahua, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia (colección divulgación), 1988.

El clarín tocó tres veces. Llamada de honor…

María Eugenia Arias Gómez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

A través de las siguientes páginas, los lectores hallarán el caso histórico de Emiliano Zapata, quien murió víctima de una traición; cómo e incluso por qué, antes y después de ocurrir ese hecho, tuvo una metamorfosis al generarse un ser mítico y legendario.

Gente observa el cadáver de Emiliano Zapata, abril de 1919, inv. 567627, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Gente observa el cadáver de Emiliano Zapata, abril de 1919, inv. 567627, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

I

Emiliano Zapata Salazar fue asesinado el 10 de abril de 1919 en Chinameca, Morelos. Al otro día y hasta mayo, las noticias de los principales periódicos que circulaban en la Ciudad de México fueron encabezadas con expresiones sugerentes: “Emiliano Zapata fue muerto en combate”, “Cómo fue la muerte del Atila del Sur”, “Los zapatistas tienen imitadores en Rusia”, “Murió Emiliano Zapata: el zapatismo ha muerto”, “La muerte de […] Zapata no es la muerte de la rebelión”, “Emiliano Zapata, ya es tipo de leyenda”.

Se publicaron fotografías del caudillo, tanto en vida como ya fallecido, así como de varios familiares y partidarios suyos. Además, en son de burla, se intercalaron elocuentes caricaturas. Casi todos los reporteros dedicaron extensas líneas al terrible acontecimiento, con alabanzas y adulaciones para el autor intelectual y los ejecutores, y enseguida dieron a estos el fallo a favor. Otros, los menos, corrieron la pluma para expresar la protesta y otorgaron un reconocimiento al caudillo sureño y su causa.

Desde entonces, y durante años, se difundió de boca en boca y a través de escritos que Zapata no había muerto, que un primo parecido ocupó su lugar y que se vio que no tenía el lunar en la cara, ni “la manita grabada en la espalda”, con lo que se identificaba a “Miliano”. Se mencionó que él “se había ido a las montañas” o que se fue a vivir a Arabia…. Se dijeron y escribieron otras, muchas otras cosas, que narraron tanto sus simpatizantes como sus detractores, quienes contribuyeron al mito y la leyenda, acarreando con ello un fenómeno singular del individuo… Algunos apuntaron que al tiempo le correspondía juzgar los hechos, el tribunal de la historia.

Si bien el periódico Omega protestó contra el gobierno y dejó un concepto trascendental: Apóstol, Mártir o Bandido, para la opinión pública “el movimiento sin cabeza perecería”. Pero a pesar de que aumentaron las rendiciones zapatistas, los pueblos de Morelos siguieron apoyando a la resistencia encabezada por otros jefes locales, como Genovevo de la O, Francisco Mendoza, Gabriel Mariaca y Fortino Ayaquica, quienes días después de la muerte manifestaron a la nación que sus propósitos eran consumar la obra del caudillo, vengar la sangre del mártir, seguir el ejemplo del héroe e ir contra la dictadura de Venustiano Carranza. Otros, estando lejos del país, arremetieron con la pluma desde el exilio. Por ejemplo, la Revista Mexicana, publicada en San Antonio, Texas, aún sin estar a favor de Zapata, atacó al presidente como director intelectual del crimen y lanzó el “Yo Acuso…”.

La muerte de Emiliano fue un tema relevante desde abril de 1919. Pero no se generó entonces su figura mítica y legendaria. Años antes había sido acosado y denigrado: primero, al aproximarse la caída de don Porfirio, y luego, durante la revolución, cuando lo desprestigiaron junto a sus partidarios conforme se propagaba la causa zapatista. A la par de los denuestos, las campañas de las autoridades nacionales, salvo las convencionistas, continuaron firmes contra “el rebelde” y quienes lo apoyaran con o sin las armas.

II

La imagen extraordinaria del hombre de Anenecuilco surgió a partir de 1911 y fue por obra principalmente de sus difamadores. La prensa, la caricatura, la opinión pública y la oficial, los escritos nacionales e incluso extranjeros crearon una leyenda negra, convirtiendo al hombre en “bestia”, “chacal”, “moderno Atila” y “Gengis Kan”, y a sus seguidores en una “horda terrible”. En la cámara, “se convocó […] a la campaña de la ´civilización contra la barbarie´. Surgieron los peores denuestos y calumnias [contra] el líder”. Fue cuando relució el mayor encono de los conservadores: “Emiliano Zapata es la aparición del subsuelo que quiere borrar todas las luces de la superficie; os convocamos [...] a la eterna tragedia de Ormuz contra Arimán”. Se dijo: “es más que un bandido, un reivindicador; el libertador del esclavo de los campos. Asume las proporciones de un Espartaco; es un símbolo, pero [también] un peligro social”.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

  • LÓPEZ Y FUENTES, GREGORIO, Tierra. La revolución agraria en México, México, Editorial México, 1933.
  • Escuchar el corrido “Un recuerdo al general Zapata”. Se encuentra en: https://cutt.ly/9rn4K8I
  • Escuchar la obra sinfónica de Arturo Márquez: “Leyenda de Miliano”, dirigida por Alondra de la Parra. Se encuentra en: https://cutt.ly/Lrn4LVP
  • Fernando de Fuentes (dir.), El Compadre Mendoza, México, 1934, en: https://cutt.ly/Trn4XAC

Descubriendo Estados Unidos

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Las plumas cercanas al porfiriato recorrieron en tren en 1885 más de una veintena de ciudades y lugares turísticos estadunidenses. Se encontraron con colegas periodistas, gobernantes, legisladores y empresarios. El objetivo de los anfitriones era ampliar y aumentar intereses comerciales. Para los mexicanos, cambiar las percepciones negativas sobre el país. Fue un viaje provechoso y de grandes resultados prácticos para el futuro, escribiría Ireneo Paz.

Adiós al valle del Anáhuac, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

Adiós al valle del Anáhuac, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

El “Fra Diavolo”, el espléndido y lujoso carro pulman destinado a la excursión de periodistas que viajarían por Estados Unidos, inició la marcha en la estación de Buenavista el 18 de junio de 1885, enganchado al tren del Ferrocarril Central Mexicano, entre los acordes del Himno Nacional y los saludos de quienes se quedaban atrás. Llegaría a las principales ciudades de ese país durante las siguientes semanas.

Viajaban de inicio 16 periodistas y luego sumarían 26 con quienes se incorporaron más adelante, además de algunos familiares. Todos eran liberales y allegados al nuevo gobierno de Porfirio Díaz. Iban provistos de gramáticas y libros de texto pues pocos hablaban inglés. Pertenecían a la Prensa Asociada, una agrupación formada el año anterior, y con la que dos meses antes E. H. Talbott, director de la revista Railway Age de Chicago, había entrado en contacto para invitar a sus integrantes a conocer Estados Unidos.

Una vez que la sociedad aprobó el viaje, una comisión se encargó de prepararlo. Se dio por sentado que Talbott dispondría todo, de forma que los viajeros tuvieran pocos gastos que hacer y, de hecho, nada más se les pidieron 150 pesos para cubrir los costos de hotel y alimentos. Es de suponerse que recibieron ayuda de los periódicos para los que trabajaban y que el resto fueron atenciones que los distintos anfitriones les fueron extendiendo. Asimismo, los excursionistas eligieron a Ireneo Paz de La Patria, como presidente; a Agustín Arroyo de Anda de La Prensa, secretario y a J. Mastella Clark de The Two Republics, tesorero especial. Se nombró cronista a Alberto G. Bianchi, también de La Prensa.

Fábrica de cerveza de Annheuser y Busch, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

Fábrica de cerveza de Annheuser y Busch, en Alberto G. Bianchi, Los Estados Unidos, descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar-Instituto Mora.

Los propósitos de Mr. Talbott al extender esta generosa invitación eran “ampliar y aumentar nuestros intereses comerciales en nuestra hermana república de México” y aprovechar “el gran servicio que puede hacer la prensa de ese país para alcanzar ese objeto”. Su proyecto tuvo eco inmediato pues –según The Railway Age— tan pronto se informó sobre los lugares que tocarían, los periódicos, ferrocarriles y negocios estadunidenses se dispusieron a agasajar a los viajeros, a “enterarlos de la manera más completa y práctica posible […], de las ventajas, servicios, etc., de esos puntos, para proporcionar al pueblo de México sus productos”, que conocieran no sólo a la gente, sino también “nuestras principales industrias manufactureras, nuestros grandes establecimientos mercantiles, nuestros servicios de tren superiores, nuestras instituciones educativas y otras, y los muchos otros elementos importantes de nuestra grandeza comercial”.

Por su parte, los periodistas mexicanos partían con una mira distinta. Pretendían:

ponerse en contacto con el periodismo americano, a fin de destruir antiguas y funestas preocupaciones que muchos americanos han abrigado acerca de las personas y de las cosas de nuestra patria; mira que, una vez realizada, no podrá menos que producir resultados benéficos para esta República y la vecina, para dos grandes naciones que están llamadas a ejercer gran influencia en los destinos del mundo.

             De Buenavista, el ferrocarril tomó rumbo para el norte, y por la ruta de Querétaro, Celaya, Silao, León, Lagos, Aguascalientes, Zacatecas y Chihuahua llegó a Paso del Norte, “el último pueblo de la frontera mexicana”. Los viajeros cruzaron en seguida el puente sobre el río Bravo, sin que en la aduana examinaran su equipaje, lo cual, al decir del ocurrente Paz, “agradecemos mucho a los americanos que son muy rígidos y que sabían que nos acompañaban 500 botellas de pulque conservado y algunos cientos de puros”. Fue la primera de las muchas facilidades que se les brindaron durante el recorrido.

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Para saber más

  • BIANCHI, ALBERTO G., Los Estados Unidos. Descripciones de viaje, México, N. Lugo Viña, 1887, en https://cutt.ly/Brn8lLU
  • CARBALLO, EMMANUEL, ¿Qué país es este? Los Estados Unidos y los gringos vistos por escritores mexicanos de los siglos XIX y XX, México, CONACULTA, 1996.
  • QUIRARTE, VICENTE, coord., Republicanos en otro imperio. Viajeros mexicanos a Nueva York (1830-1895), México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas/Coordinación de Humanidades, UNAM, 2009.

Sin miedo a volar. Las primeras aeronautas mexicanas

Cristóbal Sánchez Ulloa
Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Antes de que un mexicano volara por primera vez en un globo aerostático, dos mujeres, cuya identidad se desconoce, ya habían hecho algo similar. Sin embargo, pasaron algo desapercibidas para sus compatriotas. En la concepción social decimonónica, el rol de la mujer tenía protagonismo en lo doméstico, pero no en la esfera pública.

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Relation du Premier Voyage aerostatique exécuté dans la République Mexicaine. París, 1835.

Desde ahí podía abarcar toda la ciudad de México con una mirada. Hasta ese día, sólo las aves y su acompañante habían contado con esa perspectiva: se veían en todo su esplendor la redonda plaza de toros de San Pablo, desde donde partieron, las cúpulas y torres de las iglesias y las azoteas de los demás edificios, colmados de personas que los admiraban transitar. Reconoció fácilmente el Paseo de la Viga, la Plaza Mayor, la Catedral y la Alameda, sitios que frecuentaba y que había admirado. Desde las alturas se veían distintos, más serenos.

El viento los llevó hacia el suroeste cuando comenzaron el descenso. La ciudad quedó cada vez más lejos y la perspectiva se hizo familiar. Casas, árboles y personas volvieron a su tamaño habitual.

Es imposible saber lo que pasó por su cabeza durante el viaje –que duró sólo unos minutos–. Tampoco podemos saber las sensaciones que el acontecimiento le generó. Pero, seguramente, desde que se separó del suelo y hasta que sus pies volvieron a tocarlo, tuvo una mezcla de temor y asombro, por lo arriesgado y a la vez fascinante de su viaje. Y también de orgullo, por haber sido la primera mexicana que subió a un globo aerostático en México… antes que cualquiera de sus compatriotas varones.

En la historia de los viajes aéreos y la aviación en México es conocido el nombre de León Benito Acosta, el primer mexicano que protagonizó una ascensión aerostática, en 1842. Pero poco se conoce sobre las dos mexicanas que, antes que él, subieron en un globo sobre la ciudad de México.

Primera ascensión en México por Eugenio Robertson, febrero 12 de 1835, litografía en La Lima de Vulcano, 1835.

Primera ascensión en México por Eugenio Robertson, febrero 12 de 1835, litografía en La Lima de Vulcano, 1835.

En 1835, los habitantes de la capital admiraron por primera vez el vuelo de un globo aerostático tripulado. El aeronauta francés Eugène Robertson se alzó por los aires la mañana del jueves 12 de febrero de 1835 y provocó un gran júbilo entre los mexicanos, quienes lo recibieron como un héroe cuando volvió de su travesía. Con la fama adquirida, protagonizó otros dos espectáculos aéreos ese mismo año, novedosos para todos los que lo presenciaron.

Los vuelos en globos inflados con aire caliente o con hidrógeno se desarrollaron como espectáculo desde finales del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX. Los aeronautas se presentaron en distintas ciudades de Europa y posteriormente en América, llamando la atención de poblaciones enteras. Para tener un público expectante, además de buscar nuevos escenarios, añadieron detalles pintorescos a su espectáculo, que iban desde lo ornamental hasta actos riesgosos, como pirotecnia o descensos en paracaídas.

En la ciudad de México, Eugène Robertson hizo sus funciones en la plaza de toros de San Pablo que se encontraba en el barrio del mismo nombre, al sureste de la ciudad. Ahí, organizó espectáculos previos a su despegue, que complementaron la hazaña de la ascensión y con los que procuró corresponder a quienes pagaron un boleto para presenciar el vuelo. En estos preámbulos, amenizados por una orquesta, el aeronauta realizaba los preparativos para su viaje: inflaba su nave con hidrógeno y hacía observaciones meteorológicas con globos “correo” no tripulados, lo que otorgaba un carácter científico a la diversión. Finalmente, se elevaba en su aparato por sobre las gradas del coso. De ahí, pasaba al escenario etéreo, donde podía ser admirado por todos los que no podían o no deseaban pagar por el espectáculo y se situaban en las cúpulas de las iglesias, azoteas, plazas y calles de la ciudad.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

  • ALFONSECA ARREDONDO, RAQUEL, “El riesgo de caer. Las ascensiones aereostáticas en México”, BiCentenario: el ayer y hoy de México, vol. 5, núm. 19, 2013.
  • HAMUE MEDINA, ROCÍO ELENA, El globo de Cantolla. Historia de la aerostación en México, 1784-1914, México, UNAM, Facultad de Ingeniería, 2011.
  • VELÁZQUEZ GUADARRAMA, ANGÉLICA, Ángeles del hogar y musas callejeras: representaciones femeninas en la pintura del siglo XIX en México, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2018.
  •  “La osada historia de los pioneros de los globos aerostáticos”. Video sobre el libro de Richard Holmes, Falling Upwards: How we Took to the Air (Nueva York, Pantheon, 2013), en: https://cutt.ly/hrnk3uS

La irrupción de los “Azules” sonorenses, hippies norteños

Cuitlahuac Alfonso Galaviz Miranda
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

En la década de 1970, el movimiento hippie, nacido en California, Estados Unidos, ejerció gran influencia entre los jóvenes de distintos países. En Sonora, los “Azules” hacían eco de las propuestas y comportamientos marcados por el movimiento que proclamaba “paz y amor”.

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El 11 de enero de 1972 la sociedad sonorense despertó con una noticia que cimbró buena parte de su cotidianidad. Se trató de un evento que, en teoría, debía celebrar el amor: una boda. Sin embargo, la celebración terminó cuando fuerzas policiacas ingresaron al evento y arrestaron a varios de los asistentes.

El diario local El Imparcial publicó, el 12 de enero de 1972, una nota relacionada: “Marihuana party descubrió ayer la policía preventiva”. En ella se lee:

La policía preventiva de Hermosillo descubrió ayer en la madrugada un “nido” donde se celebraba una “marihuana party”. [Elementos policiacos] se abocaron al lugar del deshonesto agasajo y encontraron a nueve hombres y cuatro mujeres que se divertían abiertamente consumiendo drogas […]. Se les recogieron cerca de cuatro kilos de marihuana, más una cantidad de pastillas tóxicas, así como varios “carrufos” de la hierba maldita que estaban fumando.

Por su parte, el hoy extinto periódico El Sonorense dio un especial seguimiento a los hechos. El día posterior, su nota principal fue: “Drogadicción y vicio cunden en la Cd”. El título se publicó con destacadas letras rojas y se afirmó lo siguiente:

La policía preventiva de Hermosillo cayó antenoche por sorpresa en una fiesta “hippie”, [Se] detuvo a quince drogadictos, entre ellos cinco jovencitos que se embrutecían con marihuana, lsd y anfetaminas. [También se] recogieron tres bolsas de plástico y una mochila llenas de marihuana en greña, una caja de carrufos de cannabis índica, algunos cigarrillos sueltos, y un bolso de gamuza repleto de sobres con ácido lisérgico.

En la fiesta se celebraba el matrimonio de Blanca Estévez y Ricardo Olvera, miembros de un colectivo juvenil conocido como los “Azules”. En la obra La contracultura en Sonora: los “Azules” y la nueva sensibilidad de Joel Verdugo (2001) se los caracteriza como “jóvenes de largas cabelleras, mujeres con pantalones a la cadera y acampanados; la mezclilla deslavada y la manta formaban las telas preferidas; los huaraches y tehuas cubrían los pies que muchas veces se dejaban ver desnudos: el olor de la marihuana amenizaba las pláticas sobre arte o filosofía”.

Pero, ¿por qué se creó un colectivo de estas características en Sonora?, ¿quiénes eran estos jóvenes?, ¿qué buscaban o qué los unía? El presente artículo contiene algunos elementos que contribuyen a responder estas preguntas.

La irrupción de los “Azules” en la sociedad sonorense no puede entenderse plenamente si no se toma en cuenta el contexto de rebeldía juvenil tan característico de las décadas de 1960 y 1970. Como es bien sabido, el principal rasgo político de esos años fue las intensas protestas de tipo estudiantil, feminista o guerrillero, entre otros. Lo que hoy conocemos como el movimiento hippie y la contracultura fueron parte de ese contexto.

Un indicador importante para el surgimiento del movimiento hippie es la amplia resistencia a participar como soldados en la guerra de Vietnam (1955-1975) por parte de jóvenes estadunidenses, quienes solían quemar pública y colectivamente sus tarjetas de reclutamiento militar. Muchos de ellos realizaron acciones colectivas a favor de la paz y la no intervención de su nación en el país del sureste asiático.

Se trata de procesos que formaron parte de una tendencia general de nuevas creencias y prácticas que, en conjunto, son conocidos como la contracultura. En 1969 Theodore Roszak publicó un libro clásico al respecto: El nacimiento de una contracultura. En el prólogo, el autor señala que, en este convulso ambiente, los jóvenes rebeldes (no todos) mostraron interés por

La psicología de la alineación, el misticismo oriental, las drogas psicodélicas y las experiencias comunitarias. [Aspectos que] comprenden en conjunto una constelación cultural que difiere radicalmente de los valores y concepciones fundamentales de nuestra sociedad.

Así, los jóvenes rebeldes de esos años criticaron cuestiones que iban desde el sistema político institucional, hasta las más fundamentales de la experiencia humana como la sexualidad. El cambio en las prácticas sexuales fue uno de los aspectos centrales de la contracultura. La comercialización de la píldora anticonceptiva, a partir de junio de 1960, facilitó tales procesos. Ello nos ejemplifica cómo la época combinó desarrollo económico y avances científicos con cambios políticos y culturales.

Tales trasformaciones tuvieron eco en muchos lugares del planeta. Con sus indudables particularidades, los “Azules” sonorenses fueron un ejemplo de ello. De hecho, el estado de California, en Estados Unidos, fue el epicentro mundial del movimiento hippie y, por cercanía geográfica e ideológica, los “Azules” tenían contactos con dicho estado.

El contexto nacional tampoco estuvo ausente de estas dinámicas; por ejemplo, el 11 y 12 de septiembre de 1971 se realizó el ya mítico “Festival de Rock y Ruedas de Avándaro” a las afueras de la ciudad de México. En el festival se presentaron varias bandas musicales y hubo una presencia juvenil multitudinaria; ni siquiera los organizadores esperaban que la asistencia fuera tan masiva. En la prensa, el festival de Avándaro fue descalificado de forma similar a la detención de algunos “Azules”, como mencioné.

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PARA SABER MÁS

Agustín, José, La contracultura en México, México, Grijalbo, 1996.

Galaviz, Cuitlahuac, “La dimensión simbólica de la protesta: el caso de las movilizaciones estudiantiles de 1970-1973 en la Universidad de Sonora”, tesis de maestría en Sociología Política, Instituto Mora, 2016, en <https://mora.repositorioinstitucional.mx/jspui/handle/1018/140>.

Moreno Fernández, Silvia, “Nueva era y contracultura”, Casa del Tiempo, 2005, en <http://www.difusioncultural.uam.mx/revista/julio_agosto2005/51_62.pdf>.

Verdugo, Joel, “Los ‘Azules’: nihilismo y contracultura en el norte de México” en Silvia González y Ana Sánchez (coords.), 154 años de movimientos estudiantiles en Iberoamérica, México, unam, 2011, pp. 331-354.

Bato, pachuco, ese

Virginia Medina Ávila
FES-Acatlán, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Zoot suit es la prenda de vestir que caracteriza al pachuco, al pocho, al mexicano nacido en Estados Unidos –que ni es de aquí ni es de allá–, el que funde el inglés y el español en un raro crisol, quien usa el caló como dialecto tribal que da cohesión e identidad a jóvenes socialmente discriminados.

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El fenómeno social “pachuco” inicia en las ciudades fronterizas de Estados Unidos en los años veinte, y cobra mayor relevancia en las décadas de los cuarenta y cincuenta, tanto en ciudades del sur de la Unión Americana como en México. Surge de la necesidad de pertenencia y reafirmación entre las bandas de jóvenes de origen mexicano y se singulariza tanto por su vestimenta como por su conducta desafiante y su peculiar manera de hablar.

El pachuco, según Octavio Paz, “es uno de los extremos a los que puede llegar el mexicano”. Pachuco, extraña palabra que no tiene significado preciso; más bien está cargada, como toda creación popular, de una pluralidad de significados reflejados en el habla –“caló pachuco”– en el espectacular zoot suit (traje con saco de solapas anchas, cruzado y largo hasta cinco o diez centímetros por debajo de las caderas), tatuajes, así como peinado de “cola de pato” que distinguen a mexicoamericanos marginados de El Paso, Tucson y Los Ángeles, hechos a una cultura urbana, más mexicana que angloamericana.

Pachuco, chuco, bato, ese. Son expresiones usadas para denominar a personas que se distinguen por el habla y estilo de vestir muy originales, tal como hemos visto a Tin Tan, en El rey del barrio (1945); a Víctor Parra, en El suavecito (1950) o a Edward James Olmos, en Zoot Suit (1981). Representan una riquísima manifestación cultural surgida en la primera mitad del siglo xx, entre los mexicoamericanos, mexicanos que emigraron al sur de Estados Unidos en busca de trabajo, numerosa población de la frontera norte y otras regiones de nuestro país. Aquí presento algunos textos que retratan este singular fenómeno.

El 10 de julio de 1944 apareció en la revista Time un artículo titulado “Autentic Pachuco” que describe a Tin Tan como “el popular mimo pachuco (zoot-suited) de 27 años de edad, que todas las noches de la semana se presenta en la ciudad de México en una sala musical llamada Follies Bergere”. Se trataba de un teatro de variedades ubicado sobre la avenida Gabriel Leyva, hoy Eje Central, junto a la Plaza Garibaldi, de la Ciudad de México.

De su apariencia externa el artículo comenta: “Tin Tan usa un erguido talle en su vestimenta negra, chaqueta amplia de terciopelo morado que le llega a las rodillas, así como una cadena de acero que le cuelga debajo de las rodillas, unos pantalones bombachos que se estrechan en los tobillos. Siempre es cariñoso y alborotador con su público […].” Asimismo refiere que, en 1943, Tin Tan era un actor de radio poco conocido en Ciudad Juárez y que retomaba la jerigonza –jerga, lenguaje especializado, difícil de comprender para las personas que no pertenecen al grupo– de las cantinas de la frontera. También se hacen comentarios acerca del éxito que ya para entonces había obtenido el cómico mexicano: contratos en el cabaret El Patio, en la XEW y en tres películas musicales: El que la traga, la paga; Hotel de verano y El hijo desobediente.

En otro texto, podemos ver que el estilo de vestuario del pachuco en general se basó en la moda de las décadas de 1910 y 1920, con grandes exageraciones. De este tipo de apariencia externa, tenemos una narración de Daniel Venegas en su novela Las aventuras de don Chipote o cuando los pericos mamen, publicada en 1928, y reeditada en 1984:

Como ya son gentes de posibles, se han comprado vestidos a la usanza de los paisanos que llegan y se arman y los cuales consisten en un traje de color azul marino con muchos botones, zapatos amarillos y sombrero texano. Además, con pantalones de campana y el saco a rayas, visten a la moda que a ellos les gusta mucho. En una de las cartas que don Chipote le envía a su familia les mandó un retrato que se tomó en la calle, con uno de los fotógrafos que los sacan luego. Como el retrato está vestido con los [pantalones] de campana, zapatos y corbata, su familia no ha podido reconocerle luego, pero después doña Chipota ha enseñado el retrato a todas las comadres para que vean que su marido es todo un personaje en los Estados Unidos.

Otra descripción del pachuco y de su indumentaria la brinda Carlos Monsiváis, en el prólogo a La otra cara de México: el pueblo chicano, en 1977:

Su caracterización [anunciada por una canción: “Este es el pachuco, un sujeto singular…”] parte de una indumentaria del exceso que repite, inmovilizándola, la del pachuco angelino: sombrero de alas anchas, adornado con una pluma enorme, pantalones anchísimos, sacos con grandes solapas y hombreras puntiagudas [zoot suits], cintura delgada, la cadena que describe un arco de la cintura a la valenciana del pantalón. El dandismo desafiante del pachuco […] el fruto y la premonición de las primeras luchas de los mexicanos-americanos, halla en Tin Tan su versión azucarada y festiva, su adaptación y su divulgación mexicanas.

Durante la segunda guerra mundial, la migración a las ciudades fronterizas nutrió y enriqueció esa experiencia. El conocimiento que había en México de esta parte de la república provenía en gran medida de la amplia publicidad que se daba a “la decadencia cultural y moral” (real o imaginaria) de las remotas ciudades vecinas a Estados Unidos. En Ciudad Juárez, por ejemplo, la abrumadora orientación de la economía local hacia el comercio turístico, en especial de los militares de Estados Unidos, aumentó su escandalosa fama. El fácil acceso al licor barato, a las drogas, a la prostitución y a otras diversiones hizo que “las buenas conciencias” creyeran que Ciudad Juárez era una “vergüenza nacional”. La ciudad norteña adquirió entonces apodos como: Babilonia Pocha, La Ciudad Negra de México, El Pantano de la Inmoralidad, La Nueva Sodoma, La Ciudad del Pecado, entre otros calificativos denigrantes.

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PARA SABER MÁS

Lara, Luis Fernando, “Para la historia lingüística del pachuco”, 1992, en <https://revistas-filologicas.unam.mx/anuario-letras/index.php/al/article/view/654/652>.

Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, México, fce, 1994.

Revueltas, José, Los motivos de Caín, México, Era, 2004.

Zoot Zuit, Luis Valdez (dir.), 1981.

P. H. Morgan, un ministro impopular

Alfredo Gómez Ruvalcaba
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

La relación México-Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por el sentimiento antiimperialista de los mexicanos, derivado de la guerra de 1846 y la posterior pérdida de territorio. Empero, esto no fue obstáculo para abrir las puertas a la inversión extranjera en el primer gobierno de Porfirio Díaz y el gobierno de Manuel González, cuyas reformas facilitaron las negociaciones confiadas al enviado plenipotenciario Philip H. Morgan.

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Philip H. Morgan, litografía, ca. 1880. The New York Public Library.

¿Cómo equilibrar el poco carisma de una persona con un asunto complejo como la diplomacia?, ¿cómo un ministro antisocial pudo sobrellevar un momento de tensión en la relación México-Estados Unidos y triunfar en el intento? Cuando Philip Hicky Morgan recibió en 1880 el nombramiento de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en México, su contexto no podía haber sido más adverso. El vecino del norte, bajo la presidencia de Rutherford B. Hayes, guardaba una imagen negativa entre los mexicanos, no sólo por la guerra de invasión, las anexiones y compra de territorio en el pasado, sino por su política exterior hacia México en 1877, cuando el reconocimiento diplomático al gobierno de Porfirio Díaz fue retrasado once meses, tiempo durante el cual fue prácticamente inexistente la relación oficial.

Por si fuera poco, habría que añadir la perenne actitud expansionista de Washington. El 1 de junio de 1877 Hayes había dado a conocer las órdenes que autorizaban el cruce del ejército estadunidense a territorio mexicano en persecución de los indios que asaltaban la región fronteriza. Con ello provocaba la indignación de México, pues dicho acto era violatorio de la soberanía nacional. Además, la política exterior nacionalista de Díaz, y luego de Manuel González, complicó el panorama. La labor de Morgan como ministro, entre 1880 y 1885, sólo puede entenderse considerando tales antecedentes de lo que, sorprendentemente, derivó en la integración política y económica entre México y Estados Unidos durante el porfiriato.

Esta integración fue central en la historia diplomática de ambos países en la segunda mitad del siglo XIX. Como ha explicado el historiador Paolo Riguzzi, la suspicacia ante el vecino no desapareció, pero sí se diluyó. Y es que el país del norte inició la década de 1880 buscando nuevos mercados para ampliar sus exportaciones y, en su contraparte, México decidió buscar financiamiento extranjero, en particular estadunidense, para hacerse de tecnologías.

Es en este contexto del último tercio del siglo xix mexicano cuando aparece Morgan. Cabe destacar la importancia de la administración González, pues en la medida en que efectuó reformas que facilitaron la inversión de capitales extranjeros, a través de concesiones ventajosas para sus dueños, su política económica determinó un mejor diálogo entre las partes. Lo anterior se refleja, por ejemplo, en los nuevos recursos dirigidos al desarrollo de infraestructura: como transportes y comunicaciones, pero también se privilegió el sector minero. No resulta extraño, entonces, que la construcción de la red ferroviaria, la aparición del telégrafo, teléfono y alumbrado eléctrico ocurrieran en esos años. De manera paralela, plasmó una política de conciliación interna con los caciques del norte, que le dio las bases para gobernar sin mayores conflictos.

Respecto a Morgan, era un personaje impopular y esto se debía a su carácter irritante, contrario al perfil idóneo para un diplomático; detestaba las reuniones y, en general, cualquier evento social que involucrara suavizarse para establecer relaciones. Era conservador en ciertos aspectos, rígido en su proceder y arisco. Para colmo, tenía problemas de salud: el reumatismo que sufrió durante su carrera lo retrataba bien. No obstante la difícil personalidad que le provocó menosprecio en la historia de las relaciones bilaterales, hay evidencia que nos permite dilucidar el papel activo que desempeñó en la apertura entre los países vecinos.

EL PERSONAJE

Philip Hicky Morgan nació en Baton Rouge, Luisiana, el 9 de noviembre de 1825 y fue un abogado republicano destacado. Sus abuelos paternos provenían de la elite de Canonsburg, Pensilvania, siendo su bisabuelo el coronel George Morgan, comerciante y agente de tribus indias, y su abuelo John Morgan. Sus padres fueron Thomas Gibbes Morgan, oriundo de Nueva Jersey, jurista prominente y cercano a la aristocracia mercantil de Nueva Orleans, y Eliza Ann McKennan. El futuro diplomático perdió a su madre a la temprana edad de cinco años. Su padre no tardó en contraer un nuevo matrimonio con Sarah Hunt Fowler, quien sería su madrastra y le daría ocho medios hermanos.

Recibió sus primeras enseñanzas en escuelas públicas de Baton Rouge. Su preparación profesional la continuó en el extranjero. Entre su juventud y el ingreso a la educación superior, viajó a La Habana, Cuba. Aunque se ignora qué hizo en la isla caribeña, su estancia le dio oportunidad de aprender el idioma español. En 1841 ingresó a la Universidad de París para estudiar leyes, esto le permitió añadir un idioma más a sus conocimientos. Cinco años después se graduó, a la edad de 21 años.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

Riguzzi, Paolo, “Evolución de las relaciones económicas entre México-Estados Unidos: del porfiriato a 1929”, en <https://www.youtube.com/watch?v=kwhJIOlmAxs>.

Riguzzi, Paolo, “Las relaciones de México con Estados Unidos, 1878-1888: apertura económica y políticas de seguridad”, Jahrbuch für Geschihte Lateinamerikas, 2002, en <https://www.degruyter.com>.

Toussaint, Mónica, “Philip H. Morgan (1880-1885)”, En el nombre del Destino Manifiesto. Guía de ministros y embajadores en México, México, Instituto Mora, 1998.

Villegas, Silvestre, “La diplomacia mexicana en el siglo xix”, en <https://www.youtube.com/watch?v=JmXSnbjDVEs>.

Luis de la Rosa y la revolución de Texas

Daniel Sotomayor Vela
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

La violencia en la frontera entre México y Estados Unidos ha sido una constante histórica, pero se incrementó durante los años de la revolución mexicana, cuando las tensiones raciales aumentaron y la región fue escenario de un enfrentamiento entre ambos países.

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“Filibusteros” mexicanos capturados en el fuerte Hancock por estadunidenses, 1915. Library of Congress, Estados Unidos.

En la frontera norte de México y el sur de Texas hubo, durante los años de la revolución mexicana, una serie de incursiones que las autoridades de ambos países identificaron como de bandoleros, cuyo propósito era atacar ranchos de propietarios estadunidenses y mexicanos, cortar los cables telegráficos, incendiar y hacer explotar las vías del ferrocarril que recorría el sur de Texas. Los ataques, ocurridos entre julio y octubre de 1915, fueron relacionados por la prensa texana con la emisión del Plan de San Diego, supuestamente proclamado en San Diego, Texas, el 6 de enero de ese año, y en una segunda versión, el 20 de febrero.

El Plan de San Diego era un manifiesto que tenía por objetivo empezar una revolución en Texas, que debía esparcirse a Nuevo México, Arizona, California, Nevada, Colorado y Utah, para combatir al gobierno de Estados Unidos, a fin de obtener la independencia socioeconómica del proletariado. Tenía la intención de aglutinar a mexicanos, negros, japoneses y apaches, quienes debían formar un Supremo Congreso Revolucionario y el Ejército Libertador de las Razas y los Pueblos que declarasen la guerra a la población de origen anglosajón. Durante las incursiones que tuvieron lugar, los agentes texanos identificaron a los principales cabecillas. Entre los implicados señalaron al texano Luis de la Rosa, quien se había hecho nombrar “jefe de las Operaciones desde el Cuartel General en San Antonio, Texas”.

La vida de Luis de la Rosa antes del inicio de la revolución de Texas de 1915 resulta poco clara. Es probable que naciera en Texas en la década de 1860. Se sabe que la mayor parte de su vida rondó entre los estados de Nuevo León, Tamaulipas y Texas y se especula que desempeñó algunos trabajos en el sur texano, como comisario y carnicero, también fue pequeño propietario y hasta cierto punto tuvo una vida próspera. Se especula también que fue partidario de Ricardo Flores Magón, que conocía textos de Marx y estaba a favor de la acción directa anarquista. Por otro lado, hay quienes han dicho que se dedicó al contrabando de ganado y de licor en la frontera norte durante el porfiriato.

No se ha esclarecido tampoco en qué momento decidió tomar parte en la revolución de Texas. No obstante, sí se tiene noticia de que tuvo contacto con otro texano: Aniceto Pizaña, quien a su lado tenía el nombramiento de Segundo en Jefe de Estado Mayor de la Revolución de Texas. Ambos lanzaron el manifiesto “La República de Texas” el 26 de agosto de 1915, en el que hicieron un llamado para que los mexicanos radicados en Texas –que vivían en condiciones precarias, sufrían de discriminación y violencia racial por parte de los Texas Rangers, los ganaderos anglosajones y las autoridades estatales– se unieran a la rebelión.

De la Rosa tuvo contacto en 1915 con el general Emiliano P. Nafarrete, con Ignacio Muñoz y otros soldados constitucionalistas, subalternos directos de Venustiano Carranza, quienes lo reconocieron como líder de la revolución de Texas. Entre julio y octubre de ese año, durante los meses más álgidos de la lucha contra Victoriano Huerta y Pancho Villa, Nafarrete estuvo al mando de la Quinta División del Noreste, como jefe de la Línea Fronteriza y jefe de armas en Matamoros. Muñoz era agente de Bienes Intervenidos en Tamaulipas; también estuvo a cargo de la hacienda La Sauteña, donde junto con Nafarrete reunió armas, municiones y caballos para De la Rosa y Pizaña. Así, en tanto que desde los estratos militares del constitucionalismo se reconocía al primero como el líder de la revolución de Texas, los cónsules y diplomáticos constitucionalistas lo señalaban como bandolero, sedicioso y cabecilla de los alzados texanos. Cabe señalar que Nafarrete negaría por la vía diplomática haber ofrecido armas a las gavillas.

A principios de agosto de 1915 se registraron en el sur de Texas, al mando de De la Rosa, ataques e incursiones contra el rancho Las Norias, cerca de Sarita, y el King Ranch, así como el asesinato de varios propietarios estadunidenses. A los pocos días, se reportaron tiroteos cerca de San Benito y Mercedes. Durante septiembre, otros asaltos y balaceras ocurrieron entre revolucionarios y autoridades locales. El resultado fue que el gobierno federal prestara mayor atención a la actividad revolucionaria, observando que no se trataba de casos aislados y que había una conexión directa con México, así que presionaron a los constitucionalistas para que impidieran el paso de bandas armadas por la frontera hacia el sur de Texas.

El general Frederick Funston y el gobernador de Texas, James E. Ferguson, ordenaron al coronel A. P. Blocksom y al alguacil W. T Vann, entre otros, que persiguieran a los “alzados” texanos. En sus primeras investigaciones concluyeron que las partidas venían del lado mexicano y eran apoyadas por militares constitucionalistas, siendo el principal acusado el general Nafarrete. Se intuía, por lo demás, que Venustiano Carranza los apoyaba discretamente. De ahí que los Texas Rangers comenzaran a perseguir a los revolucionarios a fin de mantener el orden y salvaguardar los intereses de la población anglosajona. Utilizaron métodos violentos y coercitivos para lograr su cometido, aunque intensificarían su persecución a raíz del ataque al ferrocarril en Olmito la noche del 18 de octubre de 1915, cuando un grupo al mando de De la Rosa hizo estallar las vías justo al pasar el tren. El maquinista y otros pasajeros murieron de inmediato. Después, la partida abordó y asaltó a los supervivientes, dando muerte a algunos y al parecer gritando vivas a Carranza y a De la Rosa.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

Aguilar Mora, Jorge, Una muerte sencilla, justa, eterna. Cultura y guerra durante la revolución mexicana, México, Era, 1990, pp. 260-359.

Larralde, Carlos M., “Luis de la Rosa”, Handbook of Texas, consultado en https://tshaonline.org/handbook/online/articles/fdead.

Montejano, David, Anglos y mexicanos en la formación de Texas 1836-1986, México, Conaculta/Alianza Editorial Mexicana, 1991, pp. 133-159 (Los Noventa).