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México y los mexicanos en las páginas de National Geographic (1910-1919)

Laura Muñoz / Instituto Mora
Revista Bicentenario #17

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México es, sin duda, uno de los países que más ha llamado la atención de la revista National Geographic a lo largo de sus más de cien años de vida. Enorme cantidad de artículos sobre nuestro país lo confirman. Si tomamos en particular el periodo que va de 1910 a 1919, encontraremos más de 20 artículos publicados como resultado de “la gran demanda de información sobre México” que recibía la revista, de acuerdo con lo dicho en el número de mayo de 1914. Estando el país en medio de una revolución, ¿qué les interesaba a los editores dar a conocer sobre México? ¿Qué tipo de información se ofrecía? ¿Qué estrategias se siguieron para ofrecer determinadas imágenes a los lectores?

México, el país vecino

El primero de los 22 artículos publicados en la década seleccionada apareció en agosto de 1910, muy cerca de las fiestas del Centenario. El último en octubre de 1919. A través de 379 fotografías y más de 500 páginas, National Geographic muestra a sus suscriptores en Estados Unidos una versión de México y los mexicanos. Dice que México es un país de contrastes. Contrastes entre lo moderno y lo antiguo; entre los distintos sectores sociales; entre los diversos grupos económicos; entre los diferentes climas y paisajes. Esta idea subyace en los relatos de textos y fotografías. No obstante, en ambos campos, pero más en las fotografías, se privilegia el deseo de mostrar lo menos cercano (para los estadounidenses), las escenas que muestran el atraso, las reliquias del pasado, como señala el número de diciembre de 1910. La imagen de los mexicanos en las fotografías es la de gente humilde y trabajadora, en su mayoría habitantes del campo, y cuando se los ve en las ciudades, son vendedores de productos artesanales. De las ciudades no se ven los edificios modernos, excepto un plano general del de Correos, más bien son escenario para enmarcar a esos habitantes pintorescos que aparecen en primer plano arreando burros cargados de bultos, o que transitan por las calles. Las mujeres casi siempre llevan rebozo. Pero las que seducen a los fotógrafos, por su belleza y joyería, son las llamativas tehuanas, ejemplo de exotismo. En las casi cuatrocientos fotografías no encontramos retratos de ningún miembro de la élite económica, ni de la política o la intelectual.

Los artículos

En todos los artículos, dedicados casi siempre a un tema particular, se manifiesta la fascinación de los viajeros y fotógrafos ante el país y su gente, la riqueza del territorio, la variedad de productos agrícolas y minerales, la diversidad de especies de aves, de climas y de vegetación (los cactus son particularmente atrayentes); la posesión de A?reas estratégicas para la comunicación (como el istmo de Tehuantepec), el potencial para el desarrollo comercial, la tierra fértil. En esos textos se advierte, también, la admiración que producen los espectaculares vestigios arqueológicos, huellas de culturas avanzadas y atractivo para los turistas. Fotografías a página completa permiten observar, en primeros planos, basamentos piramidales, estelas, restos de edificaciones en Mitla, Teotihuacán o Xochicalco. Los títulos de los artículos indican la orientación de cada uno. Con una rápida ojeada el lector percibe que los títulos se refieren, en primer lugar, a los recursos naturales y después a las maravillas del México antiguo. En correspondencia, los contenidos se centran en las posibilidades agrícolas de México, se refieren a las escenas que se desarrollan en diversas actividades económicas, detallan las características del territorio nacional, mencionan lo que se puede encontrar en él (desiertos, haciendas, jardines divididos por canales de agua), y enfatizan los distintivos de cada sitio arqueológico (las tallas en piedra, la raza olvidada de la misteriosa Chichén Itzá, el lustre del México antiguo).

México es el país vecino. Y de acuerdo con los adjetivos utilizados hasta el cansancio, es un país interesante, con tesoros maravillosos y paisajes fantásticos, o pintorescos. Es romantico, es misterioso. Pero no todo es enamoramiento, los pies de foto son el espacio utilizado para hacer comentarios de distinta índole, muchas veces insidiosos. Como el que acompaña a la imagen publicada en el número de julio de 1916 con el título “Casa en el campo cerca de Córdoba”. En ella aparecen, en primer plano, cuatro personajes, dos adultos y dos menores, de los que se dice son una familia campesina que, como buena parte de la población en México, posee muy pocas cosas. La leyenda afirma: “los bueyes bien alimentados de las haciendas no se sentirían orgullosos de que los hambrientos peones sean considerados sus iguales”. ¿A qué responde ese comentario? ¿Qué se quiere evidenciar?

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.30.31En algunos casos, encontramos en esos pies de foto comentarios de admiración. Por ejemplo, para los tarahumaras. Junto a una imagen sin autor (que ha sido atribuida a C. B. Waite), en la que un grupo de tarahumaras posan para el fotógrafo, mirando a la cámara, se les reconoce por su resistencia física y su capacidad para correr, tanto de hombres como de mujeres. También por el volumen de producción de plata que hizo de México uno de los países que más contribuyó a la producción mundial, la imagen muestra una vista de un poblado minero, La Luz, cerca de Guanajuato, que contrasta visiblemente por su pobreza. Y, en otros, se percibe la nostalgia por Porfirio Díaz, bajo cuya administración el país tenía calma y estaba en vías de progreso; o se hace referencia a la ultramoderna Ciudad de México, en la que se podía pasar del siglo XVI al XX al cruzar una calle. Esto último, es lo que dice el pie de foto que acompaña la fotografía del edificio de correos, la única que muestra algo de la modernidad de México de la que a veces se habla.

Los autores

En cuanto a los autores de los artículos, encontramos a antiguos representantes consulares de Estados Unidos en México (como E. H. Thompson o Frederick Simpich); otros eran ingenieros vinculados a compañías mineras (entre ellos Walter W. Bradley), visitantes estadounidenses que recorrían las haciendas adquiridas por compañías de connacionales (es el caso de J. E. Kirkwood), o eran funcionarios del departamento de Agricultura del país vecino (E. W. Nelson). No faltaron fotógrafos, reporteros, comerciantes, viajeros particulares, es decir, una legión de estadounidenses que se desplazaron por el territorio nacional, de norte a sur, del golfo al Pacífico, haciendo levantamientos e inventarios de lo que podía verse en él y sus instantáneas muestran un recorrido por un país rico, poco poblado y agradable tanto para turistas ávidos de conocer lugares diferentes como para inversionistas en busca de áreas atractivas para sus capitales. Entre los fotógrafos aparecen más de quince nombres (entre ellos James H. Hare, John H. Hall, C. M. Tozzer, Franklin Adams y tres mujeres: Helen Olsson-Seffer, Harriet Chalmersy Janet M. Cummings).

Esos fotógrafos qué podían ser particulares o funcionarios del gobierno estadounidense, miembros de su ejército o de compañías,como Underwood and Underwood o Galloway, reprodujeron por decenas escenas pintorescas, paisajes rurales, retratos de pobladores de diversos puntos de la República mexicana, trabajadores en sus faenas. También propagaron imágenes emblemáticas de la arquitectura antigua (Mitla, Chichén Itzá, Teotihuacán, Xochicalco). National Geographic publicó esas fotografías desplegadas a página entera en la mayor parte de los casos y distribuidas en diversos artículos, de tal suerte que un conjunto de fotografías dedicadas a un tema particular, por ejemplo, a los volcanes de México, no sólo están en el artículo específico, sino aparecen en ese y otros.

Las fotografías

En las fotografías de gran tamaño, además de las vistas rurales, bucólicas e idílicas, y de los paisajes imponentes, tomados desde cierta altura, en general vacíos de gente, pero siempre evidencia de la fertilidad de los suelos y de los diversos cultivos agrícolas, predominan los personajes típicos por su atuendo y oficio. Esos personajes eran ya conocidos por haberse difundido en las revistas ilustradas publicadas después de los años 30 del siglo XIX, producto del trabajo de artistas mexicanos. Por ejemplo en el libro titulado “Los mexicanos pintados por sí mismos” y, luego, en México y sus alrededores. Los fotógrafos extranjeros que visitaron o vivieron en México en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, se encargaron de retomar esas imágenes y de multiplicarlas y distribuirlas, a través de postales, en las que a diferencia de las litografías que les sirvieron de modelo, acentuaron los rasgos de pobreza y desaliño de muchos de los tipos mexicanos que popularizaron. Es sabido que gran parte de esas postales eran mercadeadas por la Sonora News Company. National Geographic, con su creciente circulación, contribuyó a difundir esas imágenes.

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La selección de las fotografías hecha por los editores de National Geographic parece obedecer al deseo de ilustrar los textos, utilizando las imágenes con las que contaba la revista, suministradas mediante regalos o por compra, pues en esa época la revista no contaba todavía con su propio equipo de fotógrafos. Varias de las incluidas en un artículo están relacionadas con el tema del mismo, pero otras son de lugares distantes o sin relación con el contenido. Los pies de foto, de diversa extensión, contribuyen a subrayar lo que se quiere mostrar con determinadas imágenes.

Sobre los temas de las fotografías, ya se ha dicho cuáles son los dominantes. Falta añadir que algunos asuntos que no mencionan los textos de los artículos están abordados en las imágenes, como la deportación de indios yaquis, los festejos del Centenario, la revuelta de Pascual Orozco y la expedición punitiva que perseguía a Villa. La particularidad es que si bien esos temas aparecen en las imágenes, éstas se incluyen en números cuya publicación es posterior al momento en el que ocurrieron los hechos. Las fotografías del traslado de yaquis a la península yucateca se publican en diciembre de 1910, las del desfile con motivo de las fiestas del centenario en mayo de 1911, la que muestra a las tropas de Orozco en 1914. Es decir, un año o dos después de los acontecimientos. En cambio, en julio de 1916 National Geographic incluyó fotografías que muestran al ejército estadounidense en la expedición punitiva, apenas cuatro meses después de iniciada.

El Centenario y la revolución

En torno a la celebración del centenario de la independencia de México solamente encontramos nueve fotografías. Las tres primeras son de cadetes en uniforme de gala. Son diferentes tomas de alumnos del Colegio Militar, el West Point de México. Un nutrido público en ambas aceras de una calle observa el desfile de la caballería de ese colegio en una de esas fotografías que ocupa toda la página. En las siguientes, más pequeñas, los cadetes se ven formando vallas en diferentes puntos de la ciudad. El pie de foto indica que la fama de estos “que defendieron el Castillo de Chapultepec del ejército americano es histórica”. Varias páginas más adelante el lector se encuentra con otras fotografías alusivas al desfile, la mayoría de gran tamaño, en las que varios personajes representan a los antiguos mexicanos, portando atuendos vistosos y tocados de plumas. Según los pies de foto, esos individuos eran “descendientes de aquellos a quienes representaban”.

En cuanto a las imágenes sobre la lucha armada, son muy pocas y sin explicación de por qué fueron elegidas esas en particular. La que encabeza aquellas que tocan de alguna manera el tema de la guerra es una imagen, acreditada a Aultman y Dorman, publicada en mayo de 1914, que muestra a parte de las tropas de Pascual Orozco. Después, observamos a un típico revolucionario. Se trata de una imagen atribuida a Shirley C. Hulse en la que aparece un jinete –con sombrero y cananas– posando para la cámara. El pie de foto informa que fue tomada a petición del retratado. Hulse es, asimismo, autor de varias fotografías publicadas en la revista. En una de ellas aparecen, en primer plano, dos soldaderas viendo a la cámara, que las capta caminando al lado de los soldados federales a los que acompañan. Portan sombrero y el rebozo amarrado, cargando probablemente a sus hijos.

En el mismo número de 1914 hay un par de fotografías, sin autor, en que se muestra primero una campana y, en la siguiente, un cañón. La leyenda al pie de esta segunda fotografía informa que ese cañón fue construido con el material de la campana. Es decir, no hay ningún comentario adicional, ni positivo ni negativo, de lo que ocurre en México.

De igual manera, dos años después, sin relación con el tema del artículo, de julio de 1916, se incluyen varias imágenes en que se alude a la persecución a Villa tras su incursión a territorio de Estados Unidos. Por ejemplo, encontramos dos del capitán D. H. Scott del ejército estadounidense, que muestran a las tropas de ese ejército acampando al sur de Columbus. Los pies de foto describen el paisaje donde se asientan los campamentos. Los textos aluden a las condiciones en que viven temporalmente los soldados. En ese número hay dos de la compañía Underwood and Underwood, en que vemos trenes con tropas mexicanas. La primera es una imagen dividida en dos por la vía del tren. A la izquierda las tropas de Estados Unidos esperan al borde de la vía. A la derecha, el tren estacionado en otra vía tiene su techo cubierto por tropas mexicanas. En la segunda, en primer plano aparece un tren con el techo también cubierto por tropas mexicanas. Aquí sobresalen varias mujeres, algunas viendo a la cámara. Se señala el hecho de que en todos los campamentos se encontraba siempre “una sección para que las mujeres y los niños vivieran”. En conjunto y por su número, el tema de la expedición es el central en las imágenes publicadas.

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 13.31.15La mirada de National Geographic

El conjunto de artículos, fotografías y pies de fotos, enmarcados por los títulos escogidos, muestran cómo la revista National Geographic mantuvo su mirada en los tesoros de su vecino México, transmitiendo una imagen de tranquilidad apenas alterada, pareciera ser, por algunos acontecimientos violentos, como si estos fueran aislados y no llegaran a causar inestabilidad. La percepción prevaleciente es la de un México que se hubiera detenido en el tiempo, en el periodo previo a la revolución. En los textos no se habla de la lucha, en las fotografías escasamente se asoma y, no es, por lo tanto, suficiente para cambiar la representación de México. Cuando en octubre de 1919 se publica el último artículo analizado, México estaba cerca de cumplir una década en armas, pero National Geographic se había esmerado en no mostrar esto.

PARA SABER MÁS:

  • “La tarjeta postal” en Artes de México, número 48, México, Conaculta, 1999.
  • Arturo Guevara Escobar, Fotógrafos de la Revolución, en: http://fotografosdelarevolucion.blogspot.com/
  • National Geographic en: http://ngm.nationalgeographic.com/
  • María Esther Pérez Salas, Costumbrismo y litografía en México: un nuevo modo de ver, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2005.

Sumario #17

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

Cruz de Isabel la CatA?lica (686x1280)Una virreina durante la guerra de Independencia
-por Ana Rosa Suárez Argüello

Sin tAi??tuloMás allá del Golfo: conspiradores en Cuba y Yucatán 1828-1829
-por Jorge Luis Rodríguez Basora

01Gran viaje pintoresco por las diversiones públicas en la ciudad de México
-por Raquel Alfonseca Arredondo

02 Tras las huellas de Victoriano Alemán y su periódico en Nueva Orleáns
-por Alejandra Díaz Bialet

6)México y los mexicanos en las páginas de National Geographica(1910-1919)
- por Laura Muñoz

armageddonLos orígenes de los Testigos de Jehová en México
-por Harim Benjamín Gutiérrez Márquez

04 Las entrevistas de los Wilkies a los  Cachorros de la Revolución
- por Araceli Medina Chávez

DESDE HOY

Hollywood-Publicist-Ronni-Chasen-Was-Shot-Before-the-Car-Accident (199x200) Accidentes viales: un problema para el presente y el futuro de México
-por Marie Karaisly y Carlos Domínguez

DESDE AYER

Testimonios

06 Los diarios de un obispo en el exilio
-por Gerardo Salvador GonzA?lez Lara

Imágenes

1830. Anna Galster y acompaAi??ante El ballet en México durante los siglos XIX y XX
-por Georgina Galván Medina

CUENTO

08 Don Casimiro Cázares
-por Irma Ramírez Orozco

ARTE

AnA?nimo, Leonor Rivas Mercado, Col. Leonor de la Barra de Cusi (785x1024) La importancia de ser Leonor Rivas Mercado
-por Ana Karen Hernández Hernández

ENTREVISTA

10 Palomar y Vizcarra, un católico comprometido / entrevista realizada por Alicia Olivera presentada por Ilse María Escobar Hoffman

Le Bon Genre (Revista BiCentenario #17)

Le-bon-genre-17

 

 

Palomar y Vizcarra, un obispo comprometido

Entrevista realizada por Alicia Olivera
Presentada por Ilse María Escobar Hoffman

Revista BiCentenario #17

 

El general cristerio Enrique Gorostieza

Es innegable que el ideario social de los militantes católicos mexicanos de principios del siglo XX estuvo presente en los movimientos y propuestas que contribuyeron al derrocamiento del régimen porfiriano y también, posteriormente, a la construcción del nuevo proyecto de nación. La historia oficial ha desdeñado la participación de este sector en las transformaciones que han beneficiado a nuestro país porque confronta la ideología imperante. Sobre esta consideración, la entrevista a Miguel Palomar y Vizcarra (1880-1968) rescata una voz representativa de los católicos convencidos de su responsabilidad colectiva y nos ofrece un enfoque distinto y complementario que equilibra el análisis de los acontecimientos del México moderno y contemporáneo.

La historiografía del catolicismo en nuestro país es relativamente reciente. Ha dado a conocer la injerencia de los católicos en hechos históricos relevantes y distinguido una variedad de posturas y reacciones entre sus filas. Nuestro entrevistado es el gran ideólogo del catolicismo social de principios del siglo XX en México. Esta corriente de pensamiento procedía de todo un proceso ideológico de la iglesia católica en respuesta a los avances de secularización de los estados modernos, a las contradicciones del sistema capitalista de producción y al desarrollo de las tendencias socialistas, concretada en la publicación de la encíclica Rerum Novarum del pontífice León XIII en 1891.

La postura de Palomar y Vizcarra se identifica con la de los católicos sociales de vanguardia, tanto laicos como sacerdotes, que se adhirieron al programa social propuesto por este papa (superación de las clases obrera y campesina, estímulo a la juventud, impulso a la educación cristiana y participación política) y lograron una relevante organización traducida en congresos nacionales, uniones obreras, asociaciones, actividades parroquiales y partidos políticos. Preocupado por la desigualdad social del régimen liberal, se mostró inconforme en cumplir con un culto religioso solo exterior y formalista, convencido de que los católicos estaban llamados, por voluntad de Dios, a la construcción de una sociedad más justa, de la cual todos resultaban responsables. Sus convicciones religiosas y su formación ideológica en dicha doctrina lo motivaron a participar incansable en los organismos que emanaron de ella en México. Este movimiento social católico tuvo que hacer frente a los cambios drásticos que surgieron en el país a principios del siglo XX: la caducidad del Porfiriato, la apertura democrática de Madero, la convulsión provocada por la usurpación de Huerta y el proyecto de nación de las facciones revolucionarias que finalmente alcanzaron el poder. Cada episodio significó para los católicos activos una constante reorganización y ajuste de su movimiento a las circunstancias anticlericales que definieron el inicio del siglo en México.

Miguel Palomar nació y estudió en Guadalajara; sus primeros estudios los llevó a cabo en el colegio laico Liceo de Varones y después ingresó a la Escuela Oficial de Jurisprudencia, instituida y dirigida por católicos conservadores donde se recibió de abogado en 1903 después de sustentar la tesis titulada “El Divorcio”. Inició la profesión en el bufete de su tío Francisco García Sancho y adquirió prestigio por sus sólidos conocimientos y favorables relaciones sociales. Logró la estimación de algunos funcionarios judiciales, situación que le permitió ser nombrado juez y más tarde magistrado.

La diócesis de Guadalajara presentaba una sólida organización eclesial, disponía de abundantes recursos económicos y contaba con un considerable número de sacerdotes, lo cual le favorecía emprender un ambicioso programa social y apuntalar su autoridad. Esta circunstancia y su propia formación familiar, estimularon al joven Palomar a ser parte activa de los proyectos propuestos por los arzobispos de su entidad: José de Jesús Ortiz, promotor de múltiples iniciativas sociales, y su sucesor, Francisco Orozco y Jiménez, considerado uno de los obispos más emblemáticos en la ejecución de la doctrina de la Rerum Novarum. Asimismo mantuvo una estrecha relación con jesuitas destacados en el movimiento social católico.

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La importancia de ser Leonor Rivas Mercado

Ana Karen Hernández Hernández
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #17

Leonor Rivas Mercado

 

Leonor: nombre femenino de origen galo. Combinación de León y Honorio y significa “aquella que tiene honor”, o “aquella que es audaz y valiente”.

En el siglo XIX, hacerse retratar se convirtió en una práctica frecuente de medianos y grandes propietarios, profesionistas y comerciantes, a diferencia de la época virreinal, en que era un privilegio exclusivo de la nobleza, encabezada por el virrey, y de los miembros de la iglesia, y fungía como una manifestación de su regia y legitima ubicación en el orden estamental novohispano.

Esas representaciones, predominantemente pictóricas, incluían el escudo heráldico del personaje, una carteleta que informaba sus fechas polares (nacimiento y muerte en caso de haber sido realizada post mortem), sus títulos, cargos, actividades y méritos. Otros componentes iconográficos que aparecían eran los relacionados con la posición social del modelo, como cortinajes de damasco o terciopelo (rojos en su mayoría) significando nobleza, el inicio de una columna como símbolo de poder y mesas con función de pedestal, que sostenían elementos relacionados con sus actividades públicas.

Sin embargo, los grupos que alcanzaron las posiciones de privilegio tras la Independencia, que replantearan la forma de entender la realidad, en que la sociedad no tendría estamentos y su vida cotidiana sería secular, no quitó al retrato la función que tenía en la Nueva España: al contrario, la acentuó.

Leonor Rivas Mercado

La representación artística de la persona reafirmaría su nueva situación histórica y sociopolítica, pero ahora con un carácter civil y laico: ya no era ser un virrey o tener un título nobiliario lo que hacía digno a un individuo de hacer trascender su imagen en el tiempo, sino su riqueza, tener un importante cargo político o pertenecer a ese grupo por algún motivo. Un ejemplo de este uso y significado del retrato son dos imágenes pictóricas de Leonor Rivas Mercado.

Leonor nació el 19 de abril de 1842 en la ciudad de Tepic, y fue la primera de los siete hijos del matrimonio de Leonor Mercado Camacho y Luis Rivas Góngora, un criollo, coronel de infantería del ejército mexicano y parte de la administración de la aduana del puerto de San Blas. La familia Rivas Mercado formaba parte del círculo de amigos de la familia de Eustaquio Barrón, uno de los dueños de la Barron and Forbes Commercial Company, dominante en el comercio en el Pacífico. Esa relación la benefició haciéndola parte de la oligarquía local.

El padre de Leonor pidió su licencia absoluta del ejército en 1855 y en 1858 obtuvo la concesión del gobierno mexicano para pescar por diez años foca y ballena en la extensión que iba de las costas del entonces cantón de Tepic hasta el golfo de California (hoy Mar de Cortés). De esos animales, se obtenía aceite para las lámparas, y los huesos de los cetáceos se ocupaban para la fabricación de corsés, prenda íntima femenina indispensable en la moda de la época.

Gracias a la venta de lo pescado, Luis Rivas Góngora aumentó su capital y pudo trasladarse a vivir con su familia a la ciudad de México. Se instalaron en el número 12 de la calle de Damas y La Cadena (hoy la esquina sureste de Venustiano Carranza y eje central Lázaro Cárdenas). De esta época data el primer retrato de su hija mayor: Leonor Rivas Mercado. Ella tenía entonces 17 años, y ese óleo sobre tela, de autor anónimo, es aún un intento de retrato aristocrático.

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Don Casimiro Cázares

Irma Ramírez Orozco

Revista BiCentenario #17

Cuento histórico

Citizen Kane

….gritamos y hasta relinchamos de gusto. No lo podía creer, después de tanto batallar, nos habían cedido un cacho del latifundio de la Bavícora; ni la revolución había logrado que se repartieran esas tierras, propiedad de un gringo, William Randolph Hearst; su abuelo un tal George Hearst, senador de los Estados Unidos, del comité pa asuntos indígenas, supo que al terminarse la guerra apache podía comprar 360,000 hectáreas a 20 y 40 centavos cada una, pos luego luego compró el latifundio a las compañías deslindadoras. Querer que se repartieran esas tierras no era cualquier cosa, William Randolph Hearst rebasaba por mucho a su abuelo, en poder y dinero, ese gringo era dueño de periódicos y revistas, un magnate de los medios como lo nombran ahora, era tan adinerado que dicen que en él se basaron pa hacer la película El Ciudadano Kane.

Nuestros gritos de gusto se oyeron en lo alto de las montañas y en la hondura de los precipicios. Nos fuimos en bola, hechos la mocha, a tomar posesión del predio. Las guardias blancas del latifundio, mercenarias del gatillo, junto con una caterva de pistoleros de La Acordada, tenían a la región atemorizada, pero nosotros habíamos ganado el pleito, Rivera tenía los papeles. Con todo y eso, como que lo quería creer y no, porque los pleitos, los abusos, las muertes y las venganzas, por esos rumbos, pos no tenían fin. Así como los bosques jalan la lluvia, esas tierras jalan la guerra. Yo creo que esa región no ha conocido la paz.

La llegada de Socorro Rivera a la alta Bavícora reavivó las esperanzas de que las cosas se hicieran de otra manera, venía de San Luis Potosí, muy fogueado en el papeleo y el manejo de las leyes, muy entrón, tenía buen modo pa hablarle a los campesinos, de voz recia, convencedora, decían que estaba apuntalado por el presidente Lázaro Cárdenas, ganó algunos pleitos y el apoyo empezó a brotar como matitas mesteñas después de la lluvia.

Íbamos por la brecha; miré parriba y clarito vi que las nubes pardas se iban jalando pa otro lado y quedaba el cielo azul, limpio. Yo pensaba que ahora sí, iba a caminar derechito, amarrado a los surcos, que dejaría de dar tantos rodeos, a los guaruras, al desierto, a los despeñaderos, a la migra, dejaría ese ir a los Estados Unidos, cada temporada, cargando en la mente la visión de mis viejos, el huerto, las barrancas, el olor de los pinos y hasta el mugido de las vacas; palpitándome en el pecho una sequedad muy grande nomás de pensar en llegar al otro lado, a no encontrar lugar en la pizca y tener que trabajar en esos lugares de congoja y espanto que eran las minas de carbón.

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El ballet en México durante los siglos XIX y XX

 

Ballet

La historia del ballet en México está aún en construcción, en busca de interesados en descubrirla y de plumas para registrarla. Y es que pese a lo avanzado, aún se sabe poco al respecto. Podemos situar su inicio en nuestro país en el último cuarto del siglo XVIII, cuando por iniciativa de José de Gálvez se formó una compañía de ballet en la corte virreinal, con lo cual seguía el ejemplo de sus iguales italianas, donde el balleto se practicaba en los festines desde el siglo XV y de la corte francesa que profesionalizó el ballet como disciplina y codificó sus pasos. Ya en el México independiente llegaron a nuestro país el francés Andrés Pautret y su esposa, la española María Rubio, quienes hacia 1825 fundaron una compañía de danza en el Teatro Provisional, que se mantuvo por décadas y presentó obras del repertorio internacional y nacional –como Alusión al grito de Dolores. Abrieron una escuela gratuita, La Escoleta, donde enseñaron a varias generaciones y de la que saldrían figuras como Aurora y Joaquina Pautret, Antonio y Ángel Castañeda, Soledad Sevilla y la famosa María de Jesús Moctezuma, de quien un periódico diría después: “En el arte del baile, Chucha es la más adelantada, la más inteligente de todas las que se han dedicado a este ramo en México; y en cuanto a su figura, es una de las más hermosas y simpáticas que han pisado las tablas”.

El ballet y las distintas formas de la danza tuvieron un papel relevante en la vida social y ar- tística del país. Los principales teatros capitalinos ofrecían temporadas regulares de sus cuerpos de bailarines. Eran éstos figuras públicas, cuya vida seguía el público, de allí que se comprenda el apoyo que muchos tuvieron al negarse a bailar ante los invasores estadunidenses en 1847. Por otro lado, un buen número de ellos alternaría con compañías extranjeras, como la Monplaisir, que visitó México en 1849 y en sus presentaciones recurrió a mexicanos; las salas se llenaron y tanto los asistentes como la prensa aplaudieron la destreza mostrada por el conjunto franco-mexicano. Años después, el emperador Maximiliano quiso formar una gran compañía de ballet y envió agentes a Viena, París y Nueva York para constituirla, contratando por ejemplo a la gran Anneta Galletti como primera bailarina del Teatro Imperial.

Bailarina

El ballet atravesó por un periodo de crisis en todo el mundo hacia el último tercio del siglo XIX y México no fue la excepción. Contribuyeron el fin del romanticismo y, ya en el Porfiriato, la falta de instituciones para preparar a nuevos bailarines y la fuerza que adquirieron la ópera y la zarzuela en el gusto del público. Hubo con todo momentos importantes, resultado de las presentaciones de algunas compañías italianas, como la del maestro Giovanni Lepri hacia 1880, quien enseñaría en nuestro país hasta 1892. Gracias a la paz porfiriana, el ballet no desapareció del todo.

En plena Revolución mexicana, se fundó la Dirección general de Bellas Artes en la Secretaría de Educación Pública, abocada a incorporar danza y bailes regionales a la educación escolarizada. Esta dirección pasó en 1917 a la Universidad Nacional, donde conservó los objetivos de fomento y divulgación del arte nacional. El ballet no llegó a participar de este proyecto cultural sino hasta 1932, cuando por iniciativa de Narciso Bassols y José Gorostiza, defensor de la profesionalización del arte, se fundó la Escuela de Danza de México, dirigida primero por Carlos Mérida, quien fue sucedido por Nellie Campobello de 1937 a 1984.

Ballet mexicano

Los bailarines así profesionalizados –como Amalia Hernández, Josefina Lavalle, Ana Mérida, Guillermina Bravo, entre otros– se verían posteriormente influidos por artistas extranjeros como Waldeen y Anna Sokolow y por movimientos internacionales modernos. Proliferaron las compañías y grupos dancísticos, que experimentaron en sus movimientos y tendencias existentes, pero siempre en pos de una expresión dancística propia. Se instauraron instituciones como la Academia de la Danza Mexicana para fomentar la danza moderna y nacional, en la que si bien no faltaron desacuerdos sí se coincidió en el rechazo del ballet clásico. Éste, sin embargo, no se dejó de enseñar. Gloria Contreras formaría en 1970 el Taller Coreográfico de la UNAM, con abstracciones de la danza clásica tradicional, y en 1977 se instituyó la Compañía Nacional de Danza, cuyo repertorio incluyó obras modernas y contemporáneas, pero que es la máxima representante del ballet en México hasta la actualidad.

Georgina Galván Medina
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #17

Los diarios de un obispo en el exilio

Gerardo Salvador González Lara
Tecnlógico de Monterrey
Revista Bicentenario #17

 

La relación de la iglesia católica con el gobierno de México remonta sus orígenes al proceso de conquista y colonización del territorio y las culturas que habitaban el espacio denominado Nueva España, realizado por la monarquía española. De allí que resulte muy difícil separar lo espiritual de lo secular en los actos y móviles de conquistadores y religiosos, pues además la influencia de aquella fue casi constante desde la época de la Colonia hasta mediados del siglo XX, a pesar de los embates secularizadores de los siglos XVIII y XIX, de la revolución mexicana y de la radica- lización de los gobiernos posteriores de los generales Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas. A continuación presentamos como testimonio de esta historia algunos fragmentos de los diarios que Jesús María Echavarría y Aguirre, tercer obispo de Saltillo, llevó durante los años de conflicto revolucionario y de la guerra cristera, y pueden ser vistos como representativos del destierro y exilio al que se vieron sometidos obispos y religiosos de menor jerarquía durante los conflictos señalados, presumiendo que quienes lo sufrieron ignoraban cómo ni cuándo esta condición llegaría a su fin.

Jesús María Echavarría y Aguirre nació el 6 de julio de 1859 en un antiguo centro minero llamado San Pedro Bacubirito, en Sinaloa. Fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1886 y consagrado obispo de la diócesis de Saltillo en la ciudad de Aguascalientes el 12 de febrero de 1905, cuando tenía 46 años de edad. El 4 de junio de 1923 recibió de la Santa Sede el decreto de erección del Instituto de Hermanas Catequistas Guadalupanas, lo cual le permitió fundar esta casa religiosa y así impulsar el desarrollo de esta congregación y sus distintas casas en tiempos difíciles para la expresión de la religiosidad en México y, a petición de la iglesia católica en Estados Unidos, extendió este servicio mediante la fundación de más casas en distintas ciudades del sur de este país. Murió en Saltillo el 5 de abril de 1954 a los 96 años de edad, luego de 49 años de ejercer en esta diócesis su labor pastoral.

Los diarios de Echavarría y Aguirre registran las experiencias que su autor vivió durante sus dos exilios fuera de la diócesis de Saltillo y del territorio nacional, y el difícil entorno que tuvo que enfrentar. La primera experiencia hacia el destierro se inició con su salida el 27 de abril de 1914, durante el gobierno de Venustiano Carranza, y concluyó con su regreso el 2 de mayo de 1918. En el trayecto estuvo en Saltillo, Guadalajara, ciudad de México, San Luis Potosí, Poza Rica, Tejería, Orizaba para llegar finalmente al puerto de Veracruz, desde donde salió a La Habana y, luego de una estania corta, se trasladó a Key West, Florida, y a Nueva Orleáns, Louisiana; en el estado de Texas estuvo en las ciudades de San Antonio, El Álamo, Santa Rosa, Fort Worth, Eagle Pass y Brackenridge.

Echevarría y Aguirre vivió un segundo exilio durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, del 21 de abril de 1927 al 2 de julio de 1929. Salió entonces de Saltillo rumbo a la ciudad de México, donde después de ser interceptado por fuerzas oficiales, fue enviado vía ferrocarril a Nuevo Laredo, Tamaulipas, de donde, forzado por militares y junto con otros seis prelados, cruzó a Laredo, Texas, para luego llegar a las ciudades de San Antonio, Santa Rosa y Brackenridge. Posteriormente viajó a Memphis, Tennessee, y a Salt Lake City, Utah, y en el estado de California estuvo en las ciudades de Los Ángeles, Redondo, San Francisco y San Fernando, para regresar de nuevo a San Antonio, Texas.

En ambos exilios, el obispo de Saltillo permaneció la mayor parte del tiempo en la ciudad de San Antonio.

Los diario referidos se localizan actualmente en la edición crítica Palabras y silencios del tercer Obispo de Saltillo Jesús María Echavarría y Aguirre durante sus exilios (2011), de quien suscribe, donde se explora la forma en que el prelado enfrentó la condición de exiliado desde que dejó su diócesis y demuestra la situación que vivió el colectivo religioso católico mexicano justo en las dos etapas históricas mencionadas, así como su convivencia con integrantes de diferentes congregaciones. De igual manera, ese trabajo identifica las percepciones e interacciones que tuvo este obispo con exiliados de diversos grupos que se pueden caracterizar como revoltosos y reaccionarios o bien como magonistas, porfiristas exiliados, anticarrancistas y otros de menor fuerza contestataria, y de igual manera con el grupo llamado del “México de afuera”.

Estos diarios brindan información y datos relevantes desde la visión religiosa sobre acontecimientos poco o nada conocidos tanto en México como en Estados Unidos, por lo que su contenido ayuda a entender una parte de la historia política, económica y social de los países con los que el autor tuvo contacto.

Veamos cómo este prelado migrante inició su destierro dentro de México, desde que dejó la diócesis de Saltillo hasta que cruzó la frontera de México con Estados Unidos:

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Accidentes viales: un problema para el presente y el futuro de México

Marie Karaisl
Cátedra Daimler-Anáhuac*Carlos Domínguez
Instituto MoraRevista BiCentenario #17

 

¿Cuántas veces, querido lector, ha hablado usted por teléfono celular mientras conduce su automóvil? ¿Cuántas veces no hemos conducido un automóvil cansados o después de echarnos tan sólo una más? ¿Cuántas veces ha conducido imprudentemente o a exceso de velocidad porque ya se le hizo tarde para llegar a esa junta de trabajo que era tan importante? Seguramente hay pocos conductores que pueden contestar a estas preguntas sin sentirse culpables y la verdad es que pocas veces reflexionamos sobre la magnitud y las implicaciones que un accidente vial puede tener.

El tema suena un tanto aburrido y sin embargo, estamos hablando de uno de los mayores problemas de salud pública que afectan a México y al resto del mundo actualmente. Sólo por mencionar algunos datos, los accidentes viales a nivel mundial cobran la vida de alrededor de 3,500 personas diariamente (según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud). Esto es equivalente a 1.2 millones de muertes y 50 millones de lesionados al año.

No por nada diversos organismos internacionales hablan de una epidemia de muertes a causa de los accidentes viales. De hecho, el problema es tan grave que la Comisión para la Seguridad Vial Mundial hizo un llamado en favor de un Decenio de Acción para la Seguridad Vial en 2009 y la propuesta fue adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas. En el marco de esta iniciativa se han instrumentado diversos programas y proyectos para atender el problema, incluyendo el caso de México con la creación de la Iniciativa Mexicana de Seguridad Vial (Imesevi).

¿Qué tan grave es el problema en nuestro país? Se estima que cada año suceden más de 400 mil accidentes viales, los cuales causan entre 10 y 24 mil muertes y entre 20 y 40 mil discapacitados permanentes. Uno de los estudios más recientes sobre el tema, llevado a cabo por los autores en el marco de la Cátedra Daimler-Anáhuac sobre Cultura y Educación Vial, sugiere que el costo económico de los accidentes viales es equivalente a 1.43% del Producto Interno Bruto (PIB). Esta cifra incluye el costo de los daños materiales, el costo de la atención médica y la pérdida de años productivos debido a lesiones y fatalidades por parte de conductores, peatones y otros afectados directamente por los accidentes viales. Para aquellos que no están familiarizados con este tipo de términos y conceptos económicos, 1.43% del PIB es equivalente más o menos a 15 mil millo- nes de dólares o para ponerlo en perspectiva, a 70% de lo que México recibe anualmente por concepto de remesas. Con estos recursos podrían construirse cada año cuatro nuevos aeropuertos para la Ciudad de México o treinta nuevas presas hidroeléctricas; alternativamente se podría pagar el presupuesto completo de la Secretaría de Salud o de la Secretaría de Desarrollo Social.

Por supuesto, lo más preocupante de los accidentes viales no radica en las pérdidas económicas sino en las pérdidas humanas. En este sentido, datos oficiales del INEGI, la Secretaría de Salud y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes confirman el siguiente perfil de las víctimas: alrededor del 78% son varones, casi la mitad son peatones, 42% no cuenta con seguro médico y el rango de edad con mayor probabilidad de morir en un accidente de tránsito se encuentra entre los 15 y los 44 años de edad. Es decir, si hilamos cabos y analizamos todos estos datos en conjunto resulta inevitable concluir que la víctima de un accidente vial tiene altas probabilidades de ser el jefe de familia, de estar en la edad más productiva económicamente, de ser el principal aportador de ingresos a un hogar de bajos recursos económicos y de tener uno o varios dependientes (hijos y esposas, principalmente).

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Las entrevistas de los Wilkie a los “Cachorros de la Revolución”

Araceli Medina Chávez Facultad de Filosofía y Letras, UNAM / Instituto MoraRevista BiCentenario #17

LA?zaro CA?rdenas

A mediados de la década de 1960 una pareja de antropólogos estadunidenses, James Wilkie y Edna Monzón, procedentes de la Universidad de California en Berkeley, realizaron una serie de entrevistas a personajes destacados por su protagonismo en el proceso de la Revolución mexicana. Estaban interesados en el estudio de la etapa constructiva, que en su concepto se había iniciado en 1917 y aún no concluía en ese momento. Ambos investigadores pueden ser considerados pioneros en la utilización de la metodología de la historia oral para el estudio de dicho proceso, pues por entonces pocos historiadores se habían aventurado a hacerlo.

James Wilkie se interesó en la historia de México desde mediados de los años 1950, cuando escribió su tesis de maestría sobre el conflicto ideológico que surgió desde que Lázaro Cárdenas fue gobernador de Michoacán. Y con mayor razón cuando en su gobierno se pusieron en marcha políticas consideradas de tendencia socialista que hicieron posibles reformas en la educación y el surgimiento de la Confederación de Trabajadores de México. Se sintió entonces atraído por conocer al connotado marxita Luis Chávez Orozco y al estridentista Germán List Arzubide, quien con sus escritos había hecho posible reivindicar la imagen de Emiliano Zapata como activista social y no como el bandolero que en su tiempo la prensa extranjera presentó ante la opinión pública.

Así, Wilkie llegó a vivir en 1959 a la casa de Francisco Múgica, la Quinta Zipecua en Pátzcuaro, Michoacán, donde revisó su archivo privado y se abocó a la tarea de conseguir una entrevista con el ex presidente Lázaro Cárdenas. Cuenta que cuando finalmente logró entrevistarse con él, Cárdenas se sintió muy incómodo ante los aparatos magneto- fónicos y no permitió que lo grabaran, por lo que tuvo que realizar sus apuntes en el momento. Esta experiencia le despertó la inquietud de emplear la historia oral como metodología para estudiar a la familia revolucionaria. Recabar los testimonios de quienes vivieron y sufrieron durante esos convulsos años se convirtió en su meta principal. Le sedujo también el ambiente académico de investigadores extranjeros que halló en la ciudad de México. Pudo conocer a Woodrow Borah y a Stanley Ross, quienes pernoctaban en el Hotel Emporio o en el ya desaparecido Hotel Regis. Él, en cambio, disfrutó mucho de su hospedaje en el Hotel Del Prado y pudo admirar de cerca los murales de Diego Rivera.

Wilkie presentó su examen doctoral en 1962 y al poco tiempo recibió el apoyo de la Universidad de Berkeley y de su maestro George Hammond –director de la Bancroft Library– para poner en marcha su proyecto. Ese mismo año, conoció a Edna Monzón, una estudiante de literatura francesa con quien se casó y a la que contagió de sus afanes por estudiar la historia mexicana. Les interesó saber acerca de los periodos de Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas a través de la historia oral que ellos mismos se encargarían de recabar. Ambos estaban convencidos de que alcanzar la verdad absoluta en la historia es una quimera y existen tantas verdades como los diferentes puntos de vista de cada uno de los actores que interpretan el acontecer.

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