Archivo de la categoría: BiCentenario #33

Transformaciones de un barrio fabril verde y de aguas transparentes

Lourdes Roca
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Fotografías, dibujos y material fílmico ayudan a descifrar y explicar los cambios del barrio de Mixcoac. Ladrilleras, abundancia de agua, espacios abiertos y casas lujosas confluían en diferentes momentos del siglo pasado. La labor de recuperación de archivos públicos y privados nos permite acercarnos a ellos.

Una zona enmarcada por ríos. El agua fluía por doquier. Los cultivos emergían a unos lados y otros de los cauces. Mixcoac, Churubusco, Becerra eran sus nombres. Ríos añejos, cauces amplios. Los primeros recuerdos de los avecindados en San Juan Mixcoac y alrededores desde las primeras décadas del siglo XX son de una vasta extensión repleta de agua transparente. “Hasta tortugas se veían en el agua”, comentan sobre los espacios ribereños que a lo largo del siglo se fueron dejando de ver, para ocultarse por completo en las profundidades de la ciudad. Y con ellos, el verdor, un verdor largamente socavado, como veremos, que apenas ahora despuntando el siglo XXI se quiere revitalizar, con grandes retos para lograrlo y sobre todo para revertir las consecuencias de varias décadas de atentar contra él con gran despliegue de empeño moderno y tecnológico.

Salpicada de casas, la zona se consideraba más bien de descanso, el entorno era privilegiado. Sin embargo, también lo conformaban espacios fabriles, gracias a esa tierra particular íntimamente ligada a las riberas de los ríos, que promovía la elaboración de  tabiques. Se recurría a la naturaleza, pero por muy largo tiempo en equilibrio con ella.

Las ladrilleras de Mixcoac son conocidas entre las generaciones mayores de habitantes de la zona: La Moderna, La Guadalupana, La Nochebuena y La Minerva fueron algunas; entre los nuevos avecindados pocos creerían que el Parque Hundido o la Ciudad de los Deportes existen ahí justo por las zonas hundidas que fue dejando la práctica ladrillera. Un pueblo en la memoria, documental realizado en el Instituto Mora ya hace más de 20 años, daba cuenta de todo ello justo al conmemorar el 13º aniversario de la institución, ubicada en San Juan, uno de los rincones de Mixcoac.

Experiencia fundante en muchos sentidos, tanto para quienes colaboraron en esa investigación desde el proyecto de historia oral, como para quienes, a propósito de las imágenes, optamos por seguir este camino de la investigación social que busca entender procesos a partir de fuentes visuales y audiovisuales. En los dibujos que encabezan este breve espacio dedicado a Mixcoac y sus imágenes, nos sumergimos de entrada en el antiguo pueblo que fue y los paisajes que lo envolvían. Hace más de dos décadas, fue un reto localizar imágenes de esta zona de la ciudad. Algunas surgieron en unos pocos archivos públicos y privados, pero los entrevistados fueron la clave sobre todo para que, a través de sus álbumes familiares, sus rollos de película largamente guardados o sus recuerdos esbozados en dibujos, pudiéramos visualizarlo y sobre todo entender mejor algunos aspectos de su transformación. Con el tiempo, más imágenes han ido viendo la luz, ahora ya incluso circulando en la red. Pero estamos todavía lejos de conjuntar, catalogar, preservar y poner en acceso tantas imágenes como sea posible de este espacio urbano escasamente estudiado.

Fotografías y territorio

Si los dibujos nos acercan de manera más plástica y figurativa a lo que todos podemos conservar en el recuerdo, según las experiencias de habitar y practicar los espacios, también la fotografía se revela como un documento clave para ello. Veamos ahora lo que implica una imagen mediada por un aparato tecnológico como es la cámara, que permite capturar un espacio particular enmarcado por una mirada en un momento concreto. Tres coordenadas (espacio, tiempo y mirada) constituyen los ejes de trabajo para analizar cualquier documento que incorporemos como fuente de investigación. En el caso de las imágenes, se hace muy complejo por la costumbre de no asentar datos básicos sobre ellas. Es muy común que no sepamos quién la registró, ni cuándo, ni dónde, y la investigación deba empezar desde ahí, en reconstruir el itinerario de cada documento para poderlo integrar a los estudios con una documentación básica imprescindible.

En esta fotografía, por ejemplo, capturada en los años treinta por encargo del registro de obras públicas, podemos ubicarnos sobre lo que hoy es la calle Porfirio Díaz en esquina con la Avenida Insurgentes Sur, viendo hacia el poniente. El primer referente más concreto que destaca es la iglesia de San Juan Mixcoac al fondo y el gran terreno rebajado que ocupa la mayor parte del primer plano izquierdo. Gracias a las figuras humanas y animales podemos notar la escala de esos enormes huecos que fue causando el trabajo de varias ladrilleras alrededor. Para entonces ya tenía su función de parque en su extremo oriente, al pie de Insurgentes, pero fue ganando terrenos hacia el fondo, lo que con el tiempo sería el Parque Hundido, formalmente inaugurado como Parque Luis G. Urbina hasta la década de 1970.

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Correo del Lector

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

???????????????Cartas

Podrían contar algo sobre el plan de Benito Juárez para acabar con la inseguridad en los caminos?
Mónica Orozco

Para combatir la inseguridad en los caminos y zonas rurales, el presidente Juárez forma el Cuerpo de Policía Rural, a mediados de 1861, pero los problemas económicos y de orden impidieron que se hiciera algo más allá de los alrededores de la capital. Sus integrantes se ganaron fama de represores, prefería eliminar a los delincuentes antes que llevarlos ante un juez.

1. Luis Aguirre a lado derecho de Pancho Villa (356x500) ¿Es cierto que Luis Aguirre Benavides fue secretario-tesorero de Francisco Villa?
Alfredo Villarreal

Fue secretario particular de Villa, de noviembre de 1913 a enero de 1915. Se conocieron durante la revolución maderista cuando Luis era proveedor general del ejército en Ciudad Juárez. Luego sirvió como secretario de varios jefes revolucionarios y cumplió comisiones relativas a la entrega de fondos para comprar armamento, pero no tuvo el cargo específico de tesorero.

¿Sabías qué?

El lobo gris mexicano, cuyo hábitat se extendía en el pasado desde el centro de México hasta Arizona y Nuevo México, es una subespecie del lobo en peligro de extinción. Sin embargo, en los zoológicos mexicanos se ha logrado su reproducción y su número ha aumentado en los últimos años.

3. Lobo gris Mexicano

Por amor a la historia

Paola Rivera Estrada, guía del Nuevo Museo del Origen de la isla de Mexcaltitán, Nayarit, se muestra orgullosa de sus orígenes al plantear a los visitantes la hipótesis de que allí estaba Aztlán, el lugar de donde partieron los mexicas para fundar la Gran Tenochtitlán. El turista puede llevarse de su explicación la idea de lo que es hoy la vida cotidiana y el entorno ecológico de los pescadores que habitan la isla.

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Reloj de arena

5. PreparaciA?n de Morelos para fusilar (500x315)27 de julio de 1816

Pedro José de Fonte y Hernández de Miravete, arzobispo de México, explica a Fernando VII que no se ejecutó al “cabecilla Morelos” en la capital porque nadie del clero deseaba ver a “un individuo suyo en el patíbulo” y se temió que “los adictos a la rebelión” quisieran “libertar a toda costa a su humillado héroe”. De ahí que se decidiera hacerlo en el cercano pueblo de Ecatepec.

6. Carlota de México 451769 (282x460)

2 de agosto de 1866

La emperatriz Carlota se entrevista con Napoleón III en el Palacio de St. Cloud en París y le exige sin éxito seguir apoyando al imperio mexicano. A raíz de su visita, el emperador francés escribe a Maximiliano que, en adelante, no dará a México “ni un escudo ni un hombre más”.

7. Salvador Alvarado (383x500)26 de septiembre de 1916

Salvador Alvarado, gobernador de Yucatán, informa a Venustiano Carranza, primer Jefe del Ejército Constitucionalista, que para “cimentara” la unidad del estado con el resto de la república ha procurado ganar el apoyo de “los de abajo” con leyes que los favorecen y reprimir con energía todo desmán de la clase privilegiada.

8. Observatorio San Pedro MA?rtir (375x500)

Agosto de 1966

Con ayuda de estudios meteorológicos y satelitales, además de la exploración in situ, la UNAM encuentra en la cima de la sierra de San Pedro Mártir, Baja California, las condiciones que se requieren para la observación astronómica y emprende la construcción de un observatorio, hoy uno de los cuatro mejores del mundo.

Si desea contribuir al correo del lector, mándenos sus escritos a:
bicentenario@institutomora.edu.mx

El Mixcoac de mis recuerdos

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Una testigo de ocho décadas de la vida del barrio salpica entre anécdotas y vivencias lo que fue vivir en casas de largos corredores, amplios jardines y establos, esconderse en las ladrilleras del parque hundido, convivir travesuras con los Paz, ser testigo de misas clandestinas, escudriñar fantasmas o cargar los judas con frutas en semana santa.

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Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Iglesia en la plaza de San Juan (frente al Mora) (640x394)

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Ireneo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto. Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

La colonia y sus leyendas

Entrevista a Guadalupe Martínez viuda de Ritz,
realizada por Graziella Altamirano el 7 de agosto de 2003,
Santa Mónica, Estado de México.

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquel entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, y al poco tiempo murió. En Mixcoac vivía mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá, al quedar viuda, regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante, y le dijo: “No, tú ya no te vas de aquí, ¿qué vas a hacer con la niña?” Yo tenía un año de nacida, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

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Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época Avenida Cuauhtémoc, y ahora se llama Rubens. Era una casa muy grande que tenía huerta, un corral, alberca, estaba muy bien. Ahí vivimos, se casó otra de mis tías, uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, casi esquina con Augusto Rodin, que es también paralela a Rubens. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré? entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando es más grande.

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Estreno de residencia

Arturo Sigüenza
FFyL, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

En la inauguración del hospital para enfermos mentales La Castañeda, una baronesa, el secretario particular del presidente y un general desaliñado y falto de memoria que ya formaba parte de la población del psiquiátrico sostienen una conversación desopilante.

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La esplendente construcción albergaba ya a sus nuevos huéspedes, y se otorgaba un festín para recibir al distinguido séquito que encabezaba el presidente de la república, formado por embajadores y cónsules, destacados empresarios y alta burguesía. La banda de música de viento, perfectamente uniformada, complacía a los invitados allí reunidos para conmemorar la inauguración de aquella arquitectura de corte francés, como una muestra de la abundancia económica que seguía pregonando el gobierno a pesar de la inconformidad política interna y el creciente descontento entre la plebe. El ingeniero encargado de la obra, hijo del primer mandatario y con el mismo nombre de pila, buscaba su mejor ángulo ante los fotógrafos que se abrían paso entre los opulentos vestidos de las mujeres emperifolladas ávidas del brindis con champán que ya estaba siendo descorchado.

Desde uno de los ventanales, dos personas contemplaban la congregación en el campo de castaños que rodeaba el vasto edificio. Así que por fin cumplió su promesa, mi preciado amigo…

Se lo dije, “baronesa, ¿dudó acaso en algún momento de mi palabra?”

“¡Oh!, de ninguna manera, sólo que después de dos años de espera…” dijo agitando más rápido su abanico, “cualquiera puede sospechar de una tomadura de pelo.”

“Pues ya lo ve. Hasta el señor presidente dejó en casa su indumentaria de general, para presentarse de frac y sombrero de copa, como exige la ocasión.”

“Mi marido no ha de tardar en traer mis pertenencias, ¡me urge un cambio de prendas!”

“Se encuentra usted exquisita, baronesa, pierda cuidado. Lo importante es que nos han otorgado un lugar acorde con nuestra clase social.”

Como protegidos del gobierno, ya era hora de cambiarnos de aquel muladar…

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La calva del secretario particular brillaba desde esa perspectiva. Declamaba su discurso haciendo pausa cada dos frases para incitar la oleada de aplausos dirigidos al primer mandatario, quien a pesar de verse agotado saludaba generoso a la élite que lo había sostenido tanto tiempo en el poder. El próximo aniversario de la independencia, fecha que por capricho hizo coincidir con el día de su cumpleaños, lo tenía atareado como ningún otro en sus tres décadas de mando, debido a las presiones sociales que cada vez cobraban mayor fuerza en el ámbito popular.

Docenas de cohetones retumbaron al final del sermón político y la aristocracia se enfiló, copa en mano, hacia las amplias escalinatas de la entrada principal. Adentro, un anciano de ajadas vestiduras militares, desaliñado y barbudo, corrió nervioso hacia el ventanal, ocupando con gran destreza su muleta y su pierna de palo hasta que cayó hecho una piltrafa.

“¡Pecho tierra! ¡Cañones en la retaguardia!”

“Guarde compostura, capitán, que la guerra ha terminado…”

“¡Yo nunca bajo la guardia!”

Apenas uno se descuida y ya tenemos a la turba en nuestras narices…

“Relájese, va a incomodar a nuestra querida baronesa…”

Salida de concurrentes a la inauguración del Manicomio (640x471)

“¿Baronesa, dice usted? Ejem, ejem… a sus pies, ilustre señora” dijo el hombre agitado desde el suelo, “¿no va a presentarnos?”

Aquí vamos otra vez, “le ruego me disculpe… Claro, claro capitán, la baronesa De la Croix. Baronesa, el capitán García.”

La mujer hizo un gesto de enfado y estiró la mano enguantada de satín. Tenía la suficiente paciencia para soportar al pobre hombre que padecía notablemente de la memoria,

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La ira sobre Valentín

Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

En el proyecto político de Valentín Gómez Farías por quitarle a la Iglesia católica espacios de poder y decisión, la vida del propio vicepresidente de Santa Anna corrió peligro cuando se echaron atrás sus decisiones. Una turba que lo buscó quiso deshacerse hasta de un retrato personal. El cuadro no fue hallado, pero lo interesante es que la obra tuvo su símil.

Copia del óleo original que fue robado

Valentín Gómez Farías se encontraba en su casa de Mixcoac acompañado de su familia. Allí encontró el refugio ante una rebelión que se levantó en su contra en la capital. Con arma en mano, más por precaución que por miedo, proyectaba la ruta más conveniente para salir del país, no sin antes vender su biblioteca para hacerse de recursos. Estos sucesos no le causaban sorpresa ni asombro, en el tiempo que estuvo en el ejecutivo siempre hubo un sector que reprobó su política. ¿Su culpa? Desde la vicepresidencia del país decretó varias leyes que buscaban mermar el poder que la Iglesia tenía sobre la sociedad; hoy en día calificaríamos estas medidas como progresistas, pero en ese entonces fueron la causa de discordias entre una sociedad altamente religiosa y Gómez Farías.

Don Valentín había iniciado su cuatrienio como vicepresidente en abril de 1833. Con un Congreso liberal, sus leyes no encontraron obstáculos y fueron aprobadas una tras otra, pero bastaron dos meses para que se escucharan las primeras protestas al grito de “Religión y Fueros”; el presidente Antonio López de Santana salió a sofocar a los rebeldes y tras un breve enfrentamiento logró someterlos. Superado esto, la tempestad continuó cuando el cholera morbus llegó a la capital. El clero y la sociedad más conservadora culparon al vicepresidente de esta epidemia, pues sus leyes, decían, “atentaban contra los bienes y derechos de la Iglesia y lo sucedido no era más que un castigo divino para la sociedad mexicana.”

Con la mayor rapidez posible, el vicepresidente instruyó órdenes de sanidad e higiene para contrarrestar los efectos de la epidemia. Además, como médico, ayudó a atender a los enfermos en los improvisados centros de salud que se colocaron en distintos puntos de la capital. Para finales de 1833, la plaga que había matado a 15 000 personas, entre ellas a la hija de don Valentín, había sido controlada.

Mientras tenía las riendas del país, Gómez Farías no vacilaba en aplicar su proyecto político, sus leyes atacaban cada vez más los privilegios que la Iglesia había disfrutado por centurias. Los distintos grupos conservadores continuaban organizándose para frenar la “destrucción”. A diario aparecían escritos pegados en las paredes de la capital que criticaban al vicepresidente, lo llamaban “sans-culotte, ladrón, demagogo y orate” que “de mala fe” había roto la armonía de la nación con su “gobierno demoniocrático”.

A fin de mantener la paz en la capital, Gómez Farías armó a un cuerpo de civiles y dictó leyes que prohibían, entre otras cosas, la reunión de más de dos hombres en las calles, el toque de campanas y que los habitantes montaran a caballo; aprehendió a varios jefes del ejército y duplicó la vigilancia al caer la noche.

En el resto del país la situación era distinta. Grupos antagónicos a Gómez Farías enviaban cartas a Santa Anna, quien se encontraba en Veracruz, suplicando que retome la presidencia para detener al “destructor de la fe”. Por fin se decidió a hacerlo y en abril de 1834 echó para atrás todas las leyes y disposiciones que su vicepresidente había emitido, además de alejarlo brevemente del teatro político.

Copia del Segundo óleo que se hizo BAJA

Don Valentín se retiró a su casa en Mixcoac mientras la situación se tranquilizaba; sin embargo, en la villa de Cuernavaca, un grupo conservador emitió un plan el 25 de mayo que desconocía la autoridad de todas personas que habían apoyado las leyes que “sumergieron a la República mexicana en el caos más espantoso de confusión y desorden” y pedían auxilio al presidente. Tras días de incertidumbre, el 14 de junio de 1834, el Ayuntamiento de la Ciudad de México adoptó el plan. Las injurias en contra del ex vicepresidente no se hicieron esperar. Una turba deseaba confrontar a don Valentín, pero en vista de que este no se encontraba cerca, buscaron su retrato en Palacio Nacional para descargar su ira.

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Un espacio para el arte. El jardín del Mora

Ma. Esther Pérez Salas C.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

El instituto se ha convertido en lugar de referencia para muchos expositores que desde 1990 han estado exhibiendo obras escultóricas de mediano y gran formato en su espacio al aire libre en la sede Mixcoac.

Jardin del Mora, exposicion, probablemente Ni tormentas (640x443)

En el jardín del Instituto Mora se han realizado, a lo largo de tres lustros, alrededor de 25 exposiciones escultóricas, en las cuales, tanto investigadores como alumnos y visitantes ha tenido la oportunidad de apreciar los trabajos de algunos de los más destacados artistas nacionales y extranjeros. En poco tiempo fue considerado un espacio alternativo para que los autores exhibieran su producción, tal y como lo reconoció la crítica de arte Raquel Tibol en 1992: “El Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora se ha convertido en uno de los pocos espacios en la ciudad de México que acoge de manera permanente exposiciones de escultura. Un año más tarde, el historiador y crítico de arte, Agustín Arteaga, añadiría al respecto: “Desde hace aproximadamente dos años, la escultura se ha visto beneficiada por contar con un espacio dedicado exclusivamente a su exhibición.”

2342El programa de exposiciones de escultura se inició en 1990 como parte de las actividades culturales del Instituto organizadas por el Departamento de Difusión, en un intento por convertir la sede del Mora en un espacio de intercambio cultural, en especial para los habitantes de la zona. Los buenos resultados obtenidos con los ciclos de Cine Club y las presentaciones de libros, paulatinamente hicieron del Instituto un lugar de encuentro, de ahí que se buscó ampliar la oferta. Dado que el edificio no cuenta con galerías que permitan hacer exposiciones de pintura, grabado o fotografía, pero sí un espacioso y bello jardín, se pensó en una producción plástica que se pudiera exhibir al aire libre, de ahí que la escultura resultó la más apropiada. Claro, siempre y cuando fuera ejecutada con materiales que no sufrieran cambios ni daños al permanecería la intemperie por un periodo mínimo de tres meses.

De 1990 a 2005 se dio cabida aproximadamente 26 escultores, cuyas técnicas, formatos y lenguajes mostraron al público las diversas posibilidades de expresión con las que cuenta la escultura. Tallas directas en piedra, metales oxidados, cerámica, aluminio policromado, bronce fundido, plástico esmaltado, vidrio, acrílico, entre otros, pusieron de manifiesto la diversidad de materiales utilizados así como los discursos visuales que cada uno privilegia, pasando desde el rescate del carácter primigenio de la escultura ancestral, hasta llegar a instalaciones que en lugar de destacarse del espacio en el que se exhiben, persiguen integrarse al medio ambiente estableciendo una simbiosis entre cultura y naturaleza. Exposición Totémica , 1994 (1) Biblioteca Mora (416x640)Geometría abstracta, obras figurativas, formas vegetales o mitológicas, texturas y coloraciones, dieron como resultado un carácter ecléctico a estas exposiciones, en las cuales no se privilegió ninguna técnica, formato o lenguaje, sino que más bien privó un interés porque los espectadores reflexionaran sobre la contemporaneidad de las técnicas y materiales de los expositores.

La formación y el origen de los participantes también fue variada, pues lo mismo exhibieron egresados de la Escuela Nacional de Artes Pásticas de la UNAM (actualmente Facultad de Artes y Diseño) que de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado (“La Esmeralda”), o de la Escuela de Bellas Artes de San Miguel de Allende, así como quienes se formaron en el exterior en centros tales como el Art Center College of Design, de Pasadena, California, el Rhode Island School of Design de Providence o el Taller de Escultura de Metal de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, al igual que del College of Fine Arts de Kent, en Gran Bretaña, dado que también expusieron artistas extranjeros.

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Logros y transformaciones

Diana Guillén
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

A quien queríamos formar en el Instituto Mora, qué función debía cumplir su biblioteca, qué perfil de investigadores se requería, un centro de historia o de ciencias sociales, cuál ha sido el significado del ingreso al CONACyT, y la importancia de sus órganos colegiados, cómo debemos mirar hacia al futuro. Cinco ex directores y la actual titular del Instituto Mora reflejan aquí sus pasos en proyectos, ideas y objetivos a lo largo de 35 años de vida de la institución.

INCLUIR InaguraciA?n de la ExposiciA?n Mixcoac un pueblo en la memoria, 20 de mayo de 1994 (640x428)

A lo largo de sus 35 años de vida, el motor de las actividades que realizamos en el Instituto Mora ha sido la búsqueda de la excelencia. Con ese faro como guía y bajo la premisa de que se trata de una apuesta compartida por el personal académico, administrativo y de apoyo, el futuro próximo abre el camino para generar conocimiento de punta en las líneas de investigación básica y aplicada que hemos desarrollado, para formar recursos humanos de alto nivel en los programas de licenciatura y posgrado que impartimos y para vincular nuestra labor con una sociedad que, además de requerir respuestas para los problemas que en el día a día la aquejan, enfrenta desafíos cuya solución pasa por el diseño de miradas de largo aliento.

20 febrero 2015 013 Altar de la capilla vista desde el coro ca 2015 (480x640)Al iniciar la segunda década del siglo XXI, seremos referente obligado dentro y fuera de México en los campos de la historia, las ciencias sociales y la cooperación internacional. Los resultados del esfuerzo y compromiso que su comunidad ha sostenido desde que el Instituto dio sus primeros pasos en 1981, se traducirán en más y mejores contribuciones para el desarrollo de la ciencia y en decididos apoyos para el diseño y la evaluación de la política pública. Asimismo se afianzará el amplio reconocimiento a la calidad de nuestro sello editorial y, con el apoyo de formatos innovadores en el terreno de la divulgación, se ampliará el acercamiento a un auditorio amplio; nuestros programas docentes se consolidarán como opciones internacionalmente atractivas y a partir de las oportunidades propias de la era digital, la Biblioteca refrendará el papel estratégico que jugó en la creación del Instituto Mora.

Quienes hemos acompañado un andar que ha dejado invaluables frutos, tenemos razones para sentirnos privilegiados. Hemos visto modificarse desde la fisonomía de los espacios que nos albergan, hasta las líneas de investigación y docencia que desarrollamos, pero sobre todo hemos atestiguado las bondades de asumir colectivamente el reto de mirar siempre hacia adelante. Por ello, estoy convencida de que el futuro próximo es promisorio y dentro de él la única forma de visualizarnos es como interlocutor proactivo y vigoroso de otras instancias académicas y educativas, de esferas de gobierno local, estatal y nacional, de organismos internacionales, y, en general, de los distintos sectores de una sociedad a la que como Centro Público de Investigación nos debemos.

Ernesto de la Torre Villa
(1981-1983)

Estuve al frente del Instituto Mora por casi cuatro años, y una de mis tareas principales fue formar una buena biblioteca para el uso de los investigadores. Fernando Solana, secretario de Educación, me dijo: “Mire maestro, en la Secretaría tenemos muchos libros que no conocemos; lo autorizo para que saque los libros que le puedan servir.” Y resultó que aquellos libros eran de las bibliotecas que había organizado José Vasconcelos y que luego habían sido refundidos en bodegas. De ahí sacamos preciosidades. Con el apoyo de Solana, expurgamos también la Biblioteca México y la Cervantes, gracias a lo cual el acervo del Instituto Mora se acrecentó. El objetivo era integrar una biblioteca especializada en historia de América. El Instituto había sido creado para preparar estudiantes que no compitieran con otras instituciones. La Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM tenía la carrera de historia que impartía una formación muy general y El Colegio de México estaba interesado en formar principalmente historiadores de México, de manera que pensamos que el Mora debía preparar alumnos en historia de América. Más adelante, bajo otra dirección, el Instituto cambió su interés a favor de la historia regional, y las políticas para acrecentar la biblioteca sufrieron cambios. (Por otro lado, Solana) nos envió la escuela de encuadernación. Aquello fue muy bueno porque con ella se daba un magnífico apoyo a la biblioteca y se podía aspirar a crear un taller de restauración. Entiendo que el Instituto Mora no perdió del todo aquel taller. Creo que en esos años de fundación pudimos sentar buenas bases, bases intelectuales y materiales, me parece que el Mora va muy bien y está dando sus frutos. Creo que está llamado a tener todavía gran desarrollo, tengo muy buenos recuerdos del Instituto.

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Octavio Paz Solórzano, un zapatista entre llamas

Javier Rico M.
FFyL, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Octavio, como su padre Ireneo, tuvo una vida signada por abrazar causas políticas e ideológicas, aunque por ello se alejara de la familia, caería en las penurias económicas o viviera en la soledad. Fiel seguidor del ideario zapatista, en tiempos de su juventud, obtuvo escaso reconocimiento para sus compromisos. Cuando parecía alcanzarlos, las circunstancias políticas y la muerte misma se lo impidieron.

Ovtavio Paz Solorzano, tomado de AlbA?m a JuA?rez editado por el Lic. Octavio Paz, MAi??xico, Imprenta Mundial, 1931 (419x640)

Nunca se percató que lo observaban. No supo que seguían sus pasos y tomaban nota de los lugares que frecuentaba y de sus reuniones con personajes que el destino convirtió en sus correligionarios. Es probable que en sus momentos de soledad lo asaltara la nostalgia en aquel lugar tan al norte, tan lejano del barrio que lo había visto crecer. Quienes lo espiaban llegaron incluso a tramar un plan muy complicado para confirmar las sospechas que lo señalaban como un sujeto peligroso y para echar abajo sus planes. Al menos desde mediados de 1917, cuando las fuerzas constitucionalistas parecían dominar la mayor parte del escenario de la revolución, él era objeto de una red de espionaje montada por el servicio exterior mexicano. En uno de los telegramas en clave que circularon entre el cónsul de México en la ciudad de San Francisco; Cándido Aguilar, secretario de Relaciones Exteriores, y Rafael Nieto, subsecretario de Hacienda, se le identificó como el responsable directo de una maniobra para enviar armamento a los enemigos del gobierno:

Algunos elementos enemigos de este
gobierno están tratando de fletar
barco a los EE.UU. para llevar a los
zapatistas elementos de guerra, que
serán desembarcados en algún punto
de la Costa Chica, Edo. de Guerrero.
Se me informa que el señor Octavio
Paz, que está o ha estado recientemente
en El Paso, Tex., es el que irá
como jefe del barco.

Se me dice también que el señor
Séntora, que reside en Los Ángeles,
Cal., tiene ya arreglado todo
lo relativo al flete del barco, el que
está matriculado con bandera americana
y saldrá con destino a Centro
América, con objeto de aprovechar
su paso por las costas de Guerreo
y desembarcar el envío destinado
a Zapata, que se dice consiste en
parque, armas, telas y maquinaria
para reformar cartuchos y fabricar
monedas.

A cambio de estas mercancías
ha ofrecido algún agente zapatista
entregar 40 000 pieles que tienen
ya listas en algún punto cercano a
la costa y algunas barras de plata
procedente del mineral de Campo
Morado.

FOP

Las pesquisas señalaban a Octavio Paz como cómplice de José Séntora, un rebelde michoacano que había militado en el villismo y que operó luego de manera independiente en su propio estado, antes de refugiarse en la ciudad de Los Ángeles. Y no sólo era vigilado por espías mexicanos, sino también por agentes del Departamento de Justicia de Estados Unidos, quienes, muy al tanto de sus debilidades, llegaron a urdir un plan para contratar a una mujer atractiva e inteligente que se enredara con él y le sacara información.

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El cronista que retrataba a los hombres del poder con penas y glorias

Antonia Pi-Suñer Llorens
FFyL, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Ireneo Paz se consideraba un liberal que enarbolaba las banderas de la constitución de 1857 y de la reforma. Apostaba por la democracia, y confió en Porfirio Díaz antes de saber que se convertiría a las antípodas de sus creencias. Las definiciones políticas se le volcaron en contra, pero de él queda el periodista, editor y escritor, el divulgador cultura, publicista satírico, creador de medios impresos tanto irónicos y jocosos como serios. A contramano de la historiografía erudita del momento, le quitó el frío y el bronce a los hombres que retrató en novelas históricas, para darles sensibilidad y versatilidad.

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Con la ironía que lo caracterizaba, Ireneo Paz se despidió de los lectores del Almanaque de El Padre Cobos, en diciembre de 1923, con los siguientes versos:

Y aquí doy la despedida
A mis lectores benévolos,
Sin esperanza ninguna
De volver a entretenerlos
Porque ya me va llegando
La lumbre a los aparejos;
Pero en fin y por si acaso
El otro año no nos vemos,
Ya saben que los aguardo
Allá en el otro hemisferio

¿Estará don Ireneo en el “otro hemisferio” o rondará por el convento de las dominicas en la que fuera su casa en la plazuela de San Juan o se pasará las noches en la biblioteca del Instituto Mora disfrutando de su pasión, que fueron las letras? Los melancólicos recuerdos de su nieto Octavio nos invitan a imaginarlo como un fantasma:

mi abuelo iba y venía por aquellas
soledades como quien se adentra en
sí mismo. Vestía chaquetas de terciopelo
oscuro suntuosamente bordadas,
a la moda de 1900. Lo movía
una suerte de paciente exasperación.
Al caminar por aquellas habitaciones
pobladas por los fantasmas de los
muertos y los ausentes, ¿recordaba
sus aventuras, sus amores, sus odios,
la breve centella del triunfo, el pozo
de la caída?

Preguntas que nos llevan a hacer un recorrido por la vida de Ireneo. Había nacido en Guadalajara, en julio de 1836; desde sus años mozos se distinguió por su interés en la literatura y formó parte del Ensayo Literario, sociedad tapatía en la que los jóvenes amantes de las letras, como José María Vigil, daban a conocer sus producciones. ¿A la vez mostró su Ireneo Paz (508x640)pasión por la prensa satírica, siendo Sancho Panza, su primer periódico “festivo”?  y el segundo, El Payaso. Periódico bullicioso, satírico, sentimental, burlesco, demagogo y endemoniado, que ha de hablar por los codos, subtítulo que indica bien la intención que llevaba el joven Paz como publicista. Estas ocupaciones no le impidieron, sin embargo, graduarse como abogado en 1863. Empero las circunstancias políticas que vivió a raíz del asedio de Guadalajara por las tropas intervencionistas francesas lo llevaron a tomar las armas dejando de lado, de momento, sus aptitudes literarias y se entregó en cuerpo y alma a defender la causa liberal republicana en el ejército de Occidente. Vivió entonces una serie de aventuras y peripecias, que continuó tras el triunfo de la república en 1867, al convertirse en un auténtico conspirador en aras de que Porfirio Díaz llegase al poder. Todas estas aventuras, dignas mucha de una película hollywoodense, quedaron más tarde plasmadas en sus memorias, que llamó Algunas Campañas. Fue durante la llamada República Restaurada, periodo en el que prevaleció una amplia libertad de imprenta, cuando Paz dio rienda suelta a su faceta de publicista satírico. En 1867, en Mazatlán, en tiempos de elecciones generales a raíz de la convocatoria del 14 de agosto, publicó su tercer diario jocoso, El diablillo colorado, que fue antijuarista y de corta duración. Vino luego a la ciudad de México, se le encarceló acusado de intrigar en contra del gobierno, y estando en la cárcel empezó a redactar, en febrero de 1869, el que se convertiría en su famoso hebdomadario, El Padre Cobos. Periódico campechano, amante de espetar directas e indirectas. Si bien en un principio pudo guardar el anonimato, acabó siendo descubierto y a los pocos meses tuvo que acceder a suspender su diario a cambio de la libertad y abandonar la ciudad. Al poco tiempo, sin embargo, volvió El Padre Cobos, “principal ariete que había en la prensa contra el jefe en el poder”. Ya desde entonces empezó a alternar su periodismo “jocoso” con el “serio”3, en El Mensajero, órgano del partido porfirista y en cuya imprenta se publicaba El Padre Cobos, tal y como lo explicó tiempo después:

El hábito fue poco después acudiendo
a mi ayuda, hasta que vinieron
a hacérseme fáciles tanto las tareas
de escribir artículos y gacetillas razonadas
y serias, como las de dedicar
sonetos a don Benito Juárez y
a su ministerio, lo mismo que una
andanada de pullas en prosa y verso
todos los jueves y domingos. El
buen humor no me abandonaba ni
un momento, y podía sin dificultad
hacer diálogos, letrillas y apuntes de
caricaturas a cualquier hora del día
o de la noche.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Los inicios de la biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”

Ramón Aureliano Alarcón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

En el Fondo Antiguo y parte de la colección general de la biblioteca del Instituto Mora se custodian y algunos se ponen en consulta pública, incluso por medios digitales, libros antiguos provenientes de importantes colecciones y bibliotecas. Se trata de ejemplares sobrevivientes desde la época colonial, tanto europeos como americanos, así como de los siglos XIX e inicios del XX. Allí aguardan historias por conocerse.

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La biblioteca del Instituto Mora es ampliamente reconocida en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, tanto por su acervo como por la calidad de su servicio. Su caso es sui géneris, pues custodia una colección “mixta”, es decir, integrada por un fondo antiguo con algo más de 10,000 volúmenes y un acervo general que sirve para los requerimientos de investigación y docencia de la institución y de otros centros nacionales y extranjeros. Además, se localiza en la propiedad que fuera la casa de Valentín Gómez Farías (1781-1858), en una plaza también de valor histórico-patrimonial del antiguo barrio de San Juan Mixcoac. De hecho, la primera sede de la biblioteca estuvo en la antigua casa del político liberal.

La asociación civil Bibliotecas Mexicanas creada en 1976 fue el antecedente del actual Instituto Mora. Tenía el objetivo de constituir un importante acervo bibliográfico sobre historia de México, para lo cual se compró el conjunto de libros y documentos que a lo largo de su vida había reunido el estudioso José Ignacio Conde y Díaz Rubín. Pese a que en 1981 la asociación se disolvió, esa colección fue el origen de la biblioteca del Instituto que hoy concentra un fondo documental en el campo de la historia de México, Estados Unidos, América Latina, el Caribe y las ciencias sociales, de los siglos XVI al XXI.

 

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Con un acervo inicial de aproximadamente 45 000 volúmenes, actualmente cuenta con poco más de 177 000 ejemplares, distribuidos en 62 colecciones, que se han ido definiendo de acuerdo con la rareza de sus obras, formatos, contenidos o características físicas. Por su sala han pasado 1 322 usuarios durante 2015, tiempo en el que se proporcionaron 32 953 préstamos de libros y 55 338 servicios de consultas, referencias, fotocopiado y digitalización de documentos.

En el año 2003, la biblioteca fue denominada “Ernesto de la Torre Villar”, en honor al historiador y bibliófilo que fuera el primer director del Instituto Mora.

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Fondos Bibliográficos

Los fondos bibliográficos integrados por colecciones, además de objetos culturales, son cúmulos de historias que se entretejen. Esas historias nos permiten reconstruir su contenido a partir de la marca que van dejando en diferentes acervos hasta que pasan a las bibliotecas públicas. Son huellas visibles los sellos, ex libris, notas de propiedad o procedencia, apostillas, marcas de fuego, dedicatorias, autógrafos, restauraciones, mutilaciones, fechas de ingreso, números de adquisición, de inventarios, viejas clasificaciones, etiquetas de encuadernadores o de fumigación. De vez en vez, aparecen anotaciones de precios o “testigos”, esos objetos depositados y olvidados entre las páginas de los libros. Huellas no tan visibles son las marcas de agua en papeles, tipos de costura, clases de encuadernaciones y otros elementos poco perceptibles a simple vista como la composición del papel y la tinta.

Actualmente, los especialistas consideran necesario estudiar los mecanismos a través de los cuales los libros se van integrando en conjuntos documentales y las formas históricas que han posibilitado su conservación como acervos patrimoniales. Aquí no pretendemos realizar su historia con mayúsculas pues desbordar a los límites de las páginas disponibles, únicamente apuntamos algunos derroteros para entender mejor la importancia y la singularidad de tres fondos fundamentales con los que se inició la biblioteca y que contienen muestras de lo más granado de su fondo antiguo; es decir, aquellos impresos publicados desde el fin del periodo de los incunables de 1501 hasta la introducción de las máquinas en la producción de libros hacia 1801.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.