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Epidemias y pandemias en dos siglos

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Graciela de Garay Arellano
Instituto Mora

El hambre, la miseria y las enfermedades fueron los motivos principales de las numerosas pérdidas humanas antes y durante las guerras de independencia en México. Por entonces, hubo epidemias de influenza, viruela, tifo y fiebre amarilla. En 2021, la pandemia del coronavirus preocupa por las consecuencias económicas y políticas; en tanto, la utilización de espacios públicos y privados abre el debate sobre el diseño de la vivienda como un lugar adecuado para evitar su propagación.

Léopold Boilly, Louis, La Vaccine, litografía a color, 1827. National Library of Medicine

Filósofos y científicos sociales discuten si la pandemia del Covid-19 es o no un acontecimiento histórico. Quienes creen que sí, aseguran que es algo nuevo y revolucionario, la distinguen como una ruptura instauradora que transformará radicalmente a la sociedad; otros niegan su novedad e insisten en que epidemias y pandemias siempre han existido.

Sea de esto lo que fuere y considerando que ha transcurrido poco tiempo para comprender esta experiencia, propongo, por un lado, hacer unos señalamientos acerca de las epidemias que en 1821 vivió México en el contexto de su surgimiento como nación independiente y, en segundo lugar, sugiero apuntar algunas reflexiones sobre la nueva pandemia en 2021, como reto no sólo sanitario, sino también arquitectónico.

Hace dos siglos, apenas se empezaban a conocer las causas de las epidemias y las medicinas para contrarrestarlas, aunque en el caso de la viruela ya se contaba con la vacuna desde el 24 de julio de 1804, cuando la trajo a Nueva España Francisco Xavier de Balmis. Sin embargo, todavía faltaba avanzar en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, que unas décadas más tarde serían bacterianas.

Al obtener México su independencia, la flamante república vivió una gran crisis. El historiador Jaime E. Rodríguez explica que la economía nacional estaba arruinada y su legitimidad política endeble. El hecho es que el conflicto bélico perjudicó la agricultura, el comercio, la industria textil y la minería, así como a la infraestructura del país. Pero el problema más grave al que se enfrentó el nuevo gobierno fue la falta de capital. Los grupos de poder, temerosos de la inestabilidad política, sacaron su dinero del país o lo retiraron de circulación. Este golpe fue particularmente grave, porque durante el periodo colonial no se crearon bancos ni casas comerciales y los préstamos provenían de particulares o de la Iglesia. Al faltar fuentes de crédito para la inversión no hubo más remedio que solicitar el financiamiento extranjero. La atención pública se centró entonces en la política, sin notar a un enemigo silencioso que acechaba las condiciones sanitarias del país.

En medio del caos, México parecía una nación sana. Epidemias y enfermedades endémicas, aunque representaban una preocupación latente, nadie las percibía como una amenaza seria. La población mexicana crecía a paso lento y ni siquiera el movimiento independentista alteraba el recuento demográfico. En 1810, el país alcanzó 6 238 293 habitantes, y para 1820 disminuyó ligeramente a 6 175 621. Diez años más tarde subió a 6 389 486 personas. La ciudad de México llegó a tener 180 000 almas en 1810, aunque el número decayó a 168 846 en 1820, hasta decrecer a 165 000 tres años más tarde. El leve incremento demográfico se debió a que el número de nacimientos se mantuvo, en contraste con el aumento de muertes por la guerra y el hambre, y no tanto por epidemias y enfermedades.

Así las cosas, la sociedad vivía tranquilamente y nadie pensaba en las epidemias, incluso se habían olvidado de la influenza que en 1806 ocasionó numerosas muertes. Sin embargo, hacia 1804, Humboldt destaca la pérdida de 300 000 vidas entre 1800 y 1803, como consecuencia del hambre, la miseria y las enfermedades.

A lo largo de los once años que abarcó el periodo de las guerras de independencia (1810-1821), México padeció enfermedades epidémicas, aunque, a juicio del especialista y doctor Carlos Viesca-Treviño, estas nunca llegaron a ser graves ni devastadoras. La aparición en 1813 de una fiebre petequial, muy probablemente tifo, marcó el inicio de la epidemia más importante, la cual era consecuencia indirecta de la guerra. El padecimiento, según Viesca-Treviño, encaja con el patrón de enfermedad de cuarteles y prisiones que se transforma en enfermedad epidémica cuando ocurren los traslados de las tropas, los grandes desplazamientos de grupos de la población civil y su eventual hacinamiento por la pérdida de viviendas, así como la intensificación de las hambrunas y la falta de higiene personal.

Este cuadro lo ilustra el sitio de Cuautla que resistió Morelos con su ejército de 5 500 hombres, durante 72 fatídicos días, entre febrero y abril de 1812. Los realistas, encabezados por Félix Calleja, padecieron los calores extremos a los que no estaban acostumbrados porque venían de climas fríos, mientras los insurgentes suplían la escasez de agua con pozos; la falta de víveres con maíz que tenían almacenado y todas las privaciones imaginables con un fanatismo que a Calleja resultaba difícil de comprender. Parecía urgente capitular. Calleja ofrecía el indulto al que, por cierto, se acogían los tránsfugas quienes le informaban sobre el estado de espantosa miseria en que se hallaban los sitiados. El 2 de mayo, Morelos rompió el cerco, pero la caballería realista desbarató el ataque. Calleja dijo en su parte al virrey que murieron alrededor de 4 000 insurgentes. Sin embargo, Morelos asegura que su pérdida durante el sitio no pasó de 50 hombres muertos de bala y 150 por la peste. Los sitiadores contaron, entre los suyos, 290 bajas entre muertos y heridos.

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Frontera Chiapas-Guatemala Tan lejos y tan cerca

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 52.

Kristina Pirker
Instituto Mora

La frontera sur mexicana es mucho más que una línea. Tiene dos caras. De un lado, la cotidianidad de la convivencia cultural y económica de chiapanecos y guatemaltecos. Del otro, las políticas de seguridad nacional que siguen las autoridades y la influencia de las presiones estadunidenses. La victimización y discriminación de las personas migrantes en territorio mexicano continúa.

Felipe Morales Leal, Puente Internacional Rodolfo Robles, Frontera México-Guatemala, 27 de mayo de 2018, Laboratorio Audiovisual de Investigación Social, Instituto Mora.

¿Qué quiere decir la palabra frontera para ustedes? La primera reacción ante la pregunta genera una sonora carcajada colectiva de las integrantes de Tzome Ixuk, una organización de mujeres tojolabales en el municipio chiapaneco de Las Margaritas. Para estas mujeres, quienes gestionan un albergue para mujeres migrantes centroamericanas y sus hijos, mi pregunta es una obviedad porque la frontera forma parte de su vida cotidiana. Lo que está lejos es “el gobierno”, el centro político-administrativo de México, donde se decide endurecer o moderar las políticas de control fronterizo que les afectan en su trabajo diario de atender a las mujeres que buscan refugio en su albergue. En la zona transfronteriza, las interacciones entre guatemaltecos y chiapanecos son continuas; por tanto, las similitudes suman más que las diferencias. Lo señala una de las mujeres: “Cuando llegamos allá, por ejemplo, en la parte de Guatemala, pues no nos distinguimos en nada, nada más que nuestra ropa o nuestra vestimenta, porque sabemos que a Chiapas lo dividieron nuestros gobiernos, y también Chiapas era parte de Guatemala. Por eso no nos distinguimos tanto y nos miramos como hermanos, como compañeras.” Para estas defensoras indígenas de derechos humanos, la idea de frontera como línea divisoria es antes que nada una imposición de los “gobiernos”, que no responde a la experiencia de vivir en los municipios fronterizos.

En el marco de una investigación interinstitucional financiada por el Conacyt sobre las condiciones del desarrollo regional transfronterizo entre México y Guatemala visité, entre junio de 2018 y mayo de 2019, a un conjunto de organizaciones que forman parte de la Mesa de Coordinación Transfronteriza, Migraciones y Género, para documentar las estrategias locales y transnacionales de acción y comunicación que emplean para defender los derechos de las personas migrantes –especialmente las más vulnerables como mujeres, niños y niñas, o personas lgbt– en entornos hostiles marcados por discriminación, violencia criminal y acoso por parte de agentes gubernamentales. En las narrativas de los y las activistas emergieron diferentes imágenes, metáforas y descripciones de la frontera que revelan, por una parte, la inserción de sus prácticas de cooperación, participación y movilización social en la historia y cultura de la región transfronteriza y, por otra, lo limitado de representaciones de la frontera Chiapas-Guatemala como “frontera sur”, es decir, como un límite político (border)entre Estados-nación. Hay otras connotaciones que hacen referencia al carácter difuso y periférico, al territorio “de nadie” entre tierras colonizadas y tierras aún abiertas a la exploración y explotación –en inglés frontier–,lo cual condiciona la vida cotidiana del activismo transfronterizo. Y otra noción, centrada en los grupos sociales –étnicos, religiosos, lingüísticos– que habitan un espacio, resalta las delimitaciones, o boundaries, entre ellos, fronteras culturales o sociales, muchas veces en disputa, que reflejan relaciones de fuerza, formas históricas de interacción e intercambio, y con territorialidades que no necesariamente coinciden con los trazos de las fronteras internacionales.

La Mesa de Coordinación Transfronteriza Migraciones y Género es una red formada en 2010 entre organizaciones mexicanas (primordialmente chiapanecas) y organizaciones de los departamentos fronterizos de Guatemala, que comparten el propósito de promover, atender y defender los derechos de las personas migrantes, enfrentar las actitudes xenófobas y discriminatorias en contra de la población centroamericana, tanto en las comunidades locales como en instituciones gubernamentales, y ofrecer orientación a las personas migrantes sobre sus derechos y los peligros en las rutas migratorias, desde una perspectiva que reivindica la justicia de género. Una parte importante de las organizaciones se dedica a la atención de necesidades inmediatas –un ejemplo son los albergues–, otras son centros de derechos humanos que orientan y defienden a personas migrantes que fueron víctimas de actos de violencia, además de que asesoran a solicitantes de refugio. También participan ong locales que se acercaron a la problemática en respuesta a la masificación del fenómeno y la integración a redes regionales dedicadas a la temática, y que combinan la atención directa con la investigación social, la capacitación y la denuncia de los factores estructurales –pobreza, desigualdad, conflictos por la tierra y los recursos naturales, violencia– que producen los desplazamientos humanos.

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La guerra contra el narcotráfico (2006-2012)

Jacques Coste Cacho
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Un análisis de la estrategia contra el crimen organizado en el gobierno de Felipe Calderón a partir de la violencia generalizada, el apoyo de Estados Unidos, su impacto mediático, el papel de las fuerzas armadas, la detención de criminales de alto rango y la dispersión de los grandes cárteles.

TEMAMATLA, ESTADO DE MEXICO., 19 DE FEBRERO DEL 2012. EL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS, LIC. FELIPE CALDERON HINOJOSA, DURANTE EL 99 ANIVERSARIO DEL DIA DEL EJERCITO MEXICANOS Y 97 ANIVERSARIO DE LA FUERZA AEREA MEXICANA, QUE TUVO LUGAR EN LA ZONA MILITAR NUMERO 37. FOTO ALFREDO GUERRERO

Los mexicanos nos hemos acostumbrado a hablar sobre la “guerra contra el narcotráfico” con tal naturalidad que rara vez nos preguntamos sobre la exactitud o la pertinencia de los términos. Esto se debe a que la abrumadora presencia del crimen organizado, en buena parte de la geografía nacional por un tiempo tan largo, ha ocasionado que ya no encontremos novedad alguna en las cifras descomunales de homicidios diarios o en las desgarradoras imágenes de matanzas, balaceras y toda clase de hechos violentos que ocupan las primeras planas de los periódicos y los noticiarios estelares de televisión.

Propongo hacer un alto en el camino para reflexionar sobre la guerra contra el narcotráfico más allá de las connotaciones políticas que ha adquirido el término en el actual ambiente de polarización. El objetivo de este escrito es presentar una radiografía de dicha guerra para explicar por qué es adecuado el término para referirse a esta estrategia de seguridad y establecer sus características fundamentales.

Antes de comenzar, vale la pena aclarar que la mayoría de los expertos en la materia considera que la guerra contra el narcotráfico no ha terminado, ya que la administración de Enrique Peña Nieto siguió valiéndose de las fuerzas armadas para combatir al crimen organizado, al igual que lo continúa haciendo el actual gobierno, encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Como botón de muestra, basta con mencionar que la Guardia Nacional, creada a principios de este sexenio, es prácticamente un apéndice de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) en materia presupuestaria y de personal. Un segundo ejemplo que valida este argumento es el reciente decreto presidencial, publicado en el Diario Oficial de la Federación (dof) el 11 de mayo de 2020, que admite la participación del ejército y la Marina en labores de seguridad pública durante el tiempo restante de la administración del presidente López Obrador.

A pesar de la continuidad de la estrategia de combate frontal y armado contra el narcotráfico (aunque con algunos cambios en las materias presupuestaria, operativa y comunicativa), me limitaré a examinar la guerra contra el narcotráfico en el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012), en aras de propiciar un análisis más focalizado y profundo.

Lo primero que hay que decir cuando hablamos de la guerra contra el narcotráfico es que este término no es una simple construcción de los medios de comunicación o de algún actor político de oposición. Se trata de un concepto adecuado para nombrar la estrategia de seguridad del gobierno calderonista. De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “guerra” se define como “lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación”. Ateniéndose a esta simple definición, lo que Calderón inició con el crimen organizado fue una guerra, ya que ambos bandos (las autoridades federales y los cárteles) se enfrentaron por la vía de las armas.

Más allá de la definición del concepto, las características de la estrategia calderonista de combate al crimen organizado corresponden a una guerra. En el terreno simbólico, Calderón se vistió de militar en más de una ocasión. En la arena retórica, los discursos del presidente exaltaban las virtudes del ejército, al tiempo que pintaban un panorama de la vida nacional ennegrecido por un enemigo mortal, los cárteles de la droga, a los cuales juraba combatir con una voluntad inquebrantable. En cuanto a las labores de gobierno, el mandatario gastó buena parte de su capital político, de sus esfuerzos legislativos y de sus acciones diplomáticas en legitimar y reforzar su lucha.

Es más, el mismo Calderón se refería a su estrategia de seguridad como una guerra. El discurso que el presidente pronunció el 22 de enero de 2007 en la XXI Sesión del Consejo Nacional de Seguridad Pública es un ejemplo perfecto de estas cuestiones:

Para ganar la guerra contra la delincuencia es indispensable trabajar unidos, más allá de nuestras diferencias, más allá de cualquier bandera partidista y de todo interés particular. La sociedad espera mucho de nosotros, espera resultados tangibles. Los mexicanos exigen que sus parques, sus calles, sus escuelas, sus colonias sean espacios seguros para sus familias donde los hijos puedan vivir y desarrollarse en paz, con tranquilidad y seguridad. Por eso nuestra entrega debe ser total y sin descanso. No cederemos ni claudicaremos ante el reto de brindar seguridad porque en ello está en juego el progreso de la nación. Lo haremos por el bien de los mexicanos que vienen, lo haremos por el bien de nuestras familias y de nuevas generaciones de mexicanos que tienen derecho a un país más seguro y mejor, lo haremos por el bien de México.

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Por amor a la música. La Universidad y su orquesta, una historia singular

Eugenia Meyer
UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Fruto de la autonomía universitaria de 1929, la Ofunam da cuenta de una tradición de más de ocho décadas de vida: difundir la música en diversos ámbitos y escenarios, más allá del campus universitario, con el propósito de integrar a todos los sectores sociales.

Orquesta Sinfónica de la Universidad en la Escuela Nacional Preparatoria durante un ensayo, ca. 1936, en http://musica.unam.mx

Orquesta Sinfónica de la Universidad en la Escuela Nacional Preparatoria durante un ensayo, ca. 1936, en http://musica.unam.mx

Si entendemos la música como parte esencial del ser humano, una forma excelsa de comunicación, también podemos comprender el lazo que se teje entre aquella y las personas que disfrutamos este ancestral y popular arte. Modos distintos de relación, que generan sentimientos diversos tanto en los creadores como en quienes la escuchamos. Sea la llamada música clásica, la tradicional o la popular, en todas hay signos de identidad que nos permiten reconocernos en ellas.

Tiempo y espacio definen y determinan la historia de la música, su evolución, expresiones y circunstancias. Es por ello por lo que el origen y desarrollo de la Orquesta Filarmónica de la Universidad (OFUNAM) están íntimamente ligados a la premisa de la autonomía universitaria, concedida en 1929 luego del proceso de reconstrucción tras la lucha armada. Transcurridos los gobiernos de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, tras la reelección y asesinato del primero, se generó un vacío cubierto por Emilio Portes Gil al asumir la presidencia interina el 1 de diciembre de 1928, dando con ello paso al periodo conocido como “Maximato”, del que también hubieron de formar parte Pascual Ortiz Rubio como presidente constitucional y, tras su renuncia, Abelardo L. Rodríguez, quien como presidente sustituto abarcó los años restantes hasta 1934.

Durante el gobierno de Portes Gil tuvieron lugar hechos importantes, como la rebelión escobarista, el fin de la guerra cristera, la lucha vasconcelista y la fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR). Sin duda, junto a todos ellos, el movimiento para lograr la autonomía universitaria ocupó un lugar significativo. El presidente, abogado de la Escuela Libre de Derecho, hubo de enfrentar un movimiento estudiantil en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que el 9 de mayo de 1929 se declaró en huelga ostentando como demanda fundamental la autonomía universitaria.

Se trataba de un movimiento surgido como protesta por los cambios en la forma de evaluar a los estudiantes, producto de la firme convicción de su entonces director, Narciso Bassols, de elevar la calidad de los futuros abogados. Todo ello sucedía al tiempo que Alfonso Caso, director de la Escuela Nacional Preparatoria, formulaba un nuevo plan sin tomar en cuenta las observaciones estudiantiles, lo que también contribuyó a generar un clima de agitación.

En respuesta a la efervescencia estudiantil, Portes Gil ordenó el cierre de la Escuela de Jurisprudencia argumentando que la huelga era “injustificada y de franca indisciplina”, por lo que cualquier desacato o alteración del orden se castigaría con energía. La policía ocupó los recintos universitarios. Alejandro Gómez Arias, presidente del Directorio de la Huelga y de la Confederación Nacional de Estudiantes, condenó públicamente el uso de la fuerza. Poco a poco se fueron uniendo otras escuelas y facultades, y para el 24 de mayo el movimiento huelguístico se había generalizado.

Las presiones finalmente obligaron al gobierno a aceptar la autonomía universitaria, esgrimiendo que con ella se reiteraban los “ideales democráticos revolucionarios” y el compromiso de favorecer el trabajo, a fin de generar una disciplinada y equilibrada libertad. Los alumnos y profesores tendrían injerencia de manera más directa en el manejo de la universidad, y coadyuvarían en los propósitos de impartir educación superior, contribuir al progreso de México y desarrollar la cultura nacional (Universidad de México).

Como era menester dotar de un marco jurídico a este nuevo estatus, el 19 de julio de 1929 el presidente Portes Gil promulgó la Ley Orgánica de la “Universidad Nacional de México, Autónoma”, la cual se publicó el 22 de julio en el Diario Oficial de la Federación, para entrar en vigor el día 26 del mismo mes.

De inmediato se tomaron medidas de tipo administrativo, incorporando las profesiones liberales clásicas –médicos, abogados e ingenieros–, cuya postura dentro de la Universidad era dominante, pues se trataba de escuelas fundadoras de la institución creada por Justo Sierra en 1910. Asimismo, se enfatizó la necesidad de promover las artes y la cultura en general, dentro de las cuales la música ocuparía un lugar preponderante y significativo en los nuevos proyectos.

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PARA SABER MÁS

Carmona, Gloria, “Palabras de Eduardo Mata en la reunión del Patronato” en Eduardo Mata (1942-1995), Fuentes documentales, México, CNCA, 2001.

Universidad de México, Órgano de la Universidad Nacional Autónoma de México, t. 1, núm. 1, noviembre de 1930.

Universidad Mensual de Cultura Popular, t. 3, núm. 16, mayo de 1937.

Lotería Campechana. Una bolada con historia

José Manuel Alcocer Bernés
Director del Archivo General del Estado de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Detrás de los personajes, paisajes o animales que forman parte de las ilustraciones de este juego popular en Campeche a partir de los años treinta del siglo XX, hay un relato que tiene en su memoria la oportuna difusión por una fábrica cigarrera.

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Se limpia la mesa y a su alrededor se sientan los jugadores y extienden sus cartillas. Los principiantes jugarán una o dos, los avanzados de cuatro a ocho y los expertos se atreverán con diez o quizá hasta quince cartillas. Después de pagar el monto acordado por cada una de ellas, se inicia la bolada y de una bolsa muchas veces gastada por el uso, como pepitas mágicas van saliendo los números que son “cantados”, según la estampa que le acompaña.

Todas las miradas están sobre los cartones que contienen 25 imágenes de animales, astros, frutas, personas y artículos que forman parte de la vida cotidiana; los jugadores se mantienen atentos a la persona encargada de “cantar” la lotería,  una a una se van formando las figuras de manera indistinta y  a medida que va avanzando la cantada –el reto es formar con cinco imágenes, cuadros, cruces, líneas, la V, o la “tijera”–,  los participantes ansiosos esperan que salga la figura esperada para completar el juego y gritar “lotería”.

Por fin la figura tan esperada sale y alguien grita “lotería”, la tensión se relaja y se dibujan rostros de desilusión. Alguien por ahí pregunta, “¿qué seguía?, y al decirla, se oyen comentarios, “con esa me la sacaba”, o “mira cuánto esperaba esta cartilla”. El que lleva la voz revisa la cartilla ganadora, entrega el ansiado premio que es en efectivo, pues para poder jugar hay que pagar por cada cartón, al término se inicia otra bolada. Así son las tardes-noches de la lotería campechana.

Los orígenes

Los mexicanos somos un pueblo afecto por tentar la suerte a través de diversas maneras. Una de ellas es la lotería, ese juego de azar, muy frecuente en el México colonial, al grado que su uso fue legalizado. El objetivo: destinar las ganancias a la beneficencia pública. Independiente de esta lotería, en las ferias de los pueblos los asistentes se entretenían no solo con ella, sino con diversos juegos de azar: barajas, dados, ruleta, la bolita, quinielas, o lotería, lo que muestra la afición de la gente por estos.

Quizá como buenos campechanos que somos, hemos pensado que nuestra lotería fue la primera en la región peninsular, pero no. José Enrique Ortiz Lanz, en su obra ¡Lotería! Un mundo de imágenes nos dice que la primera vez en que se escuchó la palabra “¡Lotería!” fue en Mérida, en la feria en honor de San Cristóbal, el santo patrón de un barrio. Al respecto, Frederick Catherwood a su paso por estas tierras anotó: “Y esta gran muchedumbre, entre las cuales estaban personas que habíamos visto poco antes orando en el templo, se hallaba ahora reunida en una casa pública de juego. La clase de juego a que se entregaban aquellas buenas gentes se llama lotería y es una diversión favorita en todas las provincias mexicanas. En Yucatán se extiende a todos             los pueblos de la península.”

¿Cuál es el origen de la lotería campechana y cómo es que ha logrado convertirse en parte de la identidad de los pobladores del puerto, así como de otros pueblos y ciudades del estado?, pues el mar, las murallas y la lotería son elementos que nos identifican. ¿Su creador o sus creadores habrán pensado que este juego se convertiría en lo que es ahora? Un pasatiempo que forma parte de la vida cotidiana local y llama la atención de los fuereños, como nos refiere Marisol Moreno: “Hace unas semanas viajé por el sureste. Al visitar Campeche, pude ver personas que jugaban a la lotería en la plaza”.

Según la investigación realizada por Ileana Pozos y Juan Carlos Saucedo en 100 años de lotería campechana, un industrial yucateco de nombre José María Evia Grignett, estableció en 1891 en la calle 59 número 11 y 13, entre la 10 y la 12, de la ciudad de Campeche, una fábrica de cigarros llamada “La Esperanza”. Estos cigarrillos muy pronto se convirtieron en los preferidos de los campechanos. Así se anunciaban en el periódico “El Reproductor Campechano” en 1895: “Forma acabada, conquista la vista, olor persistente y grato al olfato, sabor sin ningún disgusto el gusto y esos cigarros es justo que sean los preferidos, pues halagan tres sentidos la vista, el olfato y el gusto”.

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Para saber más

  • MOLINA, SILVIA. Campeche, Imagen de eternidad. México, CONACULTA, 1996.
  • POZOS LANZ, ILEANA y JUAN CARLOS SAUCEDO. 100 años de Lotería campechana. INBA-Gobierno del Estado de Campeche, 1995.
  • ORTIZ LANZ, JOSÉ ENRIQUE, Lotería, un mundo de imágenes. Las loterías de figuras en Campeche y México. México, LXIII legislatura, 2017.

Mi abuelita intenta construir casa en Coyoacán

La Nieta Justiciera

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Se describen las causas del TBS (trauma burocrático severo) que padece una pobre abuelita, como resultado de casi seis años de malabares absurdos e inútiles en varias instituciones de la Ciudad de México, sobre todo en la alcaldía que le corresponde y haciendo ella misma los trámites para construir una casa pequeña en Coyoacán.

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En un lugar de Coyoacán, de cuyo nombre prefiero no acordarme, mi abuelita ha querido construir un hogar cómodo en el que sueña pasar el resto de sus días. Con los ahorros de toda su vida compró un terreno de 200 metros cuadrados y contrató a un arquitecto para iniciar, ilusionada, su proyecto. El arquitecto diseñó una casa cómoda y relativamente pequeña de 160 metros cuadrados sobre dos plantas, conforme a la normatividad vigente en 2014. Ella insistió mucho en dejar mucho espacio para el cultivo de su preciado jardín y, como es ecologista, para recargar los mantos freáticos. También insistió en el reciclamiento de aguas pluviales y de uso doméstico.

La pobre abuela no sospechaba que la construcción de su casa se convertiría en un verdadero calvario. El arquitecto no fue el problema. Su dolor de cabeza ha sido deambular, durante años, por los laberínticos pasillos de una burocracia kafkiana, digna de ciencia ficción. Resultó que los trámites para obtener la licencia de construcción eran complicados e infinitos. Animosa, como es, se lanzó a la Ventanilla Única (habría que averiguar por qué se llama Ventanilla Única a esas oficinas que no son ventanillas ni son únicas de la entonces delegación Coyoacán). La lista de requisitos fue tan larga, que ella expresó de inmediato: “¡Oiga, yo sólo quiero construir una casa de 160 metros cuadrados, no la Torre Mitikah!”. Ante el rostro impenetrable del funcionario que la atendió, dio media vuelta y lanzó un profundo suspiro.

Resignada, inició el trámite de cada uno de los requisitos en las distintas dependencias del gobierno capitalino: que si el alineamiento y número oficial (en la delegación Coyoacán), que si el certificado único de zonificación de uso de suelo (en Seduvi), que si la factibilidad (en Sacmex), que si esto en la Tesorería y que si lo otro en quién sabe dónde. La tarea era titánica para la pobre abuela, quien tuvo que aprender el lenguaje de la tramitología de cada dependencia, así como a hacerse de paciencia para soportar los tiempos de cada institución. Para aguantar, inició clases de yoga y meditación profunda. Ello le ayudaba a respirar para mitigar el enojo que le provocaba ir a cada oficina para enfrentar respuestas incompletas, el famoso “todavía no sale su documento” o el “venga dentro de un mes porque se cruzan las vacaciones”, o simplemente para soportar las largas esperas para ser atendida.

Al cabo de mucho batallar, la valiente abuela ya casi cubría todos los requisitos cuando se presentó el cambio de delegado en Coyoacán. Salía un mal afamado personaje e iniciaba funciones su compadre. La abuelita no entendía por qué ese cambio rompía la continuidad del funcionamiento de toda la delegación. En particular, por qué eso entorpecería su trámite. En fin… A esperar a que el nuevo delegado se instalara y formase sus equipos, ratificara personal, etcétera, etcétera.

Por fin, se armó de valor para contraatacar la burocracia kafkiana con los bríos que le dio el receso. Otra vez se acercó a la Ventanilla Única. Casi se va de espaldas cuando se dio cuenta de que la lista de requisitos había cambiado. No sólo eso, la vigencia de los documentos previos había caducado. La pobre contuvo el desesperado grito de “¡Nooooo eeeess pooosiiibleeee!”. Se tragó el llanto con un mantra aprendido en las clases de meditación, que venía como anillo al dedo para la ocasión. Cabizbaja y triste pensó: “Nunca podré construir mi adorable casita.”

Una vecina piadosa le aconsejó contratar a un gestor para que ella ya no se desgastara con tanto trámite, para que ya no hiciera corajes que iban a dañarle la bilis y porque, ultimadamente, ella ya no estaba para esos trotes. Le pasó el teléfono de un especialista en tramitología de alto grado de complejidad, experto en lenguajes burocráticos y, sobre todo, en simplificación administrativa (cuotas facilitadoras). La abuela estaba indignada. No comprendía cómo doña Chonita, tan católica ella, le había sugerido violar sus sagrados principios de honestidad para prestarse a la pura y vil transa. Se acordó de la frase que había escuchado de modo recurrente en ambientes que, por supuesto, no eran los suyos: “el que no transa, no avanza”. “¡Virgen santísima, apiádate de mí!”, exclamó para sus adentros. La abuela no pudo con semejante carga moral, y económica, hay que decirlo, porque a los costos de la construcción y de los propios trámites, se agregaban ahora los pagos al gestor y las “dádivas”, como él las llamaba. Se tomó un largo tiempo de reflexión.

Hacia el mes de enero de 2018, por fin la abuela se animó a rebasar los principios con los que había sido educada y se entrevistó con varios gestores, quienes le prometían las perlas de la virgen. Todos coincidían en que el trámite más complicado y costoso sería la aprobación del sistema alternativo de aguas pluviales por parte de Sacmex. Las dádivas para obtener los diversos trámites tenían montos diversos. Un gestor se atrevió a ofrecerle comenzar la construcción en una semana sin ser amonestada por los inspectores a cambio de 250 000 pesos. La abue puso ojos de plato y respondió: “O le pago a usted o construyo mi casa, ¿de dónde cree que yo voy a sacar ese dinero?” Ante tanta corrupción y opacidad en los procesos para obtener los documentos, mi abuelita decidió rehacer el periplo de la visita de las múltiples dependencias de gobierno ella misma para ir juntando los documentos. Sólo solicitó a un gestor relativamente honesto el trámite de Sistema Alternativo, porque ahí sí, ni Dios Padre podía ayudarla.

En eso estaba cuando de nuevo llegó el periodo electoral de 2018. No sospechaba que la delegación Coyoacán, ahora alcaldía, y el Sacmex suspenderían durante varios meses los trámites, debido a la transición de equipos de trabajo. Tuvo que esperar hasta febrero de 2019 para sacar ficha en la alcaldía de Coyoacán para presentar los documentos requeridos para la manifestación de construcción tipo B de su añorada casa. Ella tenía la esperanza de que, ahora sí, pudiera conseguir la manifestación porque durante meses de campaña estuvo escuchando que el combate a la corrupción sería la bandera principal del gobierno entrante, lo cual incluiría a la Ciudad de México, y de pasada, creía, a la nueva alcaldía elegida en 2018. Tenía fe, y a lo mejor todavía la tiene, en que las declaraciones públicas del alcalde en las que se deslinda de las corruptelas de sus predecesores sean verdaderas y que el hombre sea honesto. A lo mejor su pasado deportivo le generó alguna disciplina y buena moral. Además, le dio mucha confianza ver los letreros pegados en las paredes de las oficinas, en los que se anuncia una estricta vigilancia contra la corrupción.

Entre febrero y julio del 2019, mi abue estuvo visitando insistentemente las oficinas de la Ventanilla Única de la alcaldía para que le revisaran sus documentos y la orientaran en cuanto a los nuevos requisitos para solicitar la manifestación de construcción. La experiencia acumulada la dotó de gran paciencia para soportar de nuevo las largas esperas para ser atendida. Cuando, por fin, obtuvo una cita para la revisión “definitiva” de la documentación, la funcionaria no se presentó en la oficina. Después de dos horas de espera, la abuelita, algo enojada, reclamó. Le explicaron que esa funcionaria era responsable de varias tareas, muchas de las cuales debía hacerlas fuera de esas oficinas. Pero que no se preocupara, que la esperase porque ya estaba en camino. La abuelita pidió que otro empleado le revisara la documentación. Le respondieron que sólo esa funcionaria estaba autorizada para hacerlo. La abuela se quedó pensativa y se preguntó: “¿Por qué asignan la importante tarea de revisar los requisitos para solicitar las manifestaciones de construcción a una persona a quien también envían fuera de la oficina?” Para entonces, ya no trataba de responder la pregunta absurda, porque ya se había acostumbrado a que esa alcaldía, antes delegación, así funcionaba y era muy probable que las otras alcaldías de la ciudad también tuvieran su buena dosis de irracionalidad.

La funcionaria llegó por fin. A pesar de todo, la abuela la trató con pinzas porque sabe ya que es contraproducente quejarse. La mujer revisó los documentos con aire de superioridad. Empezó a decir que faltaban. La abuela se entristeció, angustió… Le dictó una nueva lista tan rápido que ella se vio obligada a usar abreviaturas y signos diversos. Luego llegó el sablazo final: existía un nuevo requisito que se llama solicitud de publicitación. Consiste en colocar una lona en el predio para dar a conocer a los vecinos las especificaciones de la obra. Había que tomar fotografías de la lona y un periódico local, en las que se viera con claridad la fecha, durante quince días naturales. “Pero eso no me lo habían pedido en estas últimas revisiones que he tenido; tampoco aparece en la lista de documentos a entregar en la solicitud actual”, explicó la abuela. “Pues sí, pero ya lo pedimos. ¡Ah!, y también la constancia de inexistencia de drenaje”, respondió la funcionaria implacablemente. Ante la cara de sorpresa de la abuela y previniendo una explosión emocional de su parte, la funcionaria le pidió que tomase fotos de una guía para realizar el trámite de publicitación. Luego sacó cuentas en su calendario y le dio cita para un mes más tarde porque se atravesaba el periodo vacacional. Cita con ella, la única persona en la oficina autorizada para asegurarse del cumplimiento de los requisitos, el lunes 29 de julio a las 10:00 a. m.

La abue salió de ahí con sentimientos encontrados: más trabajo y trámites, pero confiada en que en el contexto de la 4T se le haría justicia y construiría, por fin, su casa. Esta vez preparó todos los requisitos con ayuda del arquitecto y de su valiosa colaboradora, una arquitecta muy capaz. Tomó las fotos cada día, redactó el oficio de solicitud de constancia de publicitación, cuya redacción resultaba tortuosa e incomprensible, pero había que seguir el modelo de la foto. En fin, con gran ilusión llegó a la cita del 29 de julio poco antes de las 10:00 a. m., acompañada de la arquitecta y una asesora en tramitología. Entre las tres cargaban los planos, los paquetes de fotocopias, los valiosísimos originales de constancias obtenidas con sangre, sudor y lágrimas durante meses y años. Nuevamente, la espera fue larga. Por ahí de las 11:00 la abuela preguntó si la funcionaria llegaría. No le dieron certeza de nada. Por ahí de las 12:00 pidió hablar con un superior. El coordinador del área accede a atenderla hacia las 13:00 horas. La abuela hizo esfuerzos titánicos para no mostrar su desesperación y trató de explicar su caso al coordinador, quien la interrumpió de inmediato, explicando que la funcionaria en cuestión no llegó porque estaba en el hospital. Enseguida le dirigió un reproche por ser tan insensible y no comprender que los funcionarios son seres humanos susceptibles a enfermedades e imprevistos accidentes. La abuela, desconcertada, alcanzó a responder: “Bueno, es que como llegó dos horas tarde la última vez, pensé que no vendría… ¿Entonces ahora qué procede? Nos costó mucho trabajo juntar todos los requisitos y quisiéramos saber que ahora sí están bien. Le pido, por favor, que nos asigne a otra persona.” El coordinador pidió que llamaran a alguien a que le revisase los documentos y preguntó si ya tenía la constancia de publicitación. La abuela respondió que siguió todos los pasos de la publicitación, pero que nadie le dijo que había que solicitar una constancia. “Pues sin ella no se puede ingresar la solicitud de manifestación. Entregue lo que trae para la publicitación en Ventanilla Única, le darán respuesta en dos semanas o en un mes.” La abuela previsora le preguntó con ingenuidad qué había que hacer una vez que obtuviera su constancia. Entonces no sospechaba que el trámite de publicitación era largo y laborioso y, tal vez, irrealizable para los mortales. Con quién pedía cita si la persona encargada de revisar la documentación estaba enferma o de plano no estuviera. El coordinador se exasperó y en un largo discurso cantinflesco argumentó finalmente que “hay que tener fe”. La abuela es religiosa pero no entendió dónde entraba la fe y Dios en todo esto. ¿Tendría que esperar a que la manifestación le cayera del cielo?

El 25 de septiembre de 2019, dos meses después de haber ingresado la solicitud de publicitación, mi abuelita llamó por teléfono a las oficinas de la Ventanilla Única para pedir informes sobre la respuesta. Se llevó una gran sorpresa cuando la secretaria le dijo que sí, pero que tenía “prevención”. “¿Qué es eso?”, preguntó la abuelita atónita. La respuesta fue parca: “Venga a los módulos para que le digan de qué se trata.” Mi abue colgó el teléfono con la mano temblorosa, pues no sabía si “prevención” significaba que siguiera a la siguiente etapa, o retrocediese diez casillas, como en el juego de serpientes y escaleras.

Cuando llegó a las oficinas de la Ventanilla Única, vio ya no estaba la funcionaria que supuestamente “atendía” el módulo de recepción de documentos, que estaba casi siempre vacío. En su lugar había otra señorita, quien le dio información con amabilidad. Era evidente que habían cambiado las cosas en esas oficinas, porque la atención fue de mejor calidad y de hecho se le pidió llenar un cuestionario para evaluar a la funcionaria. La traducción al castellano chilango abuelil del oficio de respuesta a su solicitud de publicitación fue: “Para darle la constancia de publicitación vecinal y poder seguir con el trámite de manifestación de obra, requiere entregar, en menos de cinco días hábiles, los siguientes documentos.” La abuelita suspiró profundo y gritó para sus adentros, con gran preocupación: “¿Quéee? ¿Máaaas documentos? ¡Nooooo! ¿y a entregar en cinco días?” Y como si todo fuera muy fácil, la funcionaria leyó: “Planos del proyecto arquitectónico, memoria descriptiva, planos del proyecto estructural, planos señalando la protección a colindancias, todo firmado por el dro, arquitecto y demás involucrados.” Todo acompañado de un oficio dirigido al director de Desarrollo Urbano de la alcaldía de Coyoacán y redactado en el lenguaje propio de aquella oficina.

A mi abuelita la invadió un pánico terrible provocado por su tbs (trauma burocrático severo, para el cual no hay remedios caseros). Como que sospechaba que su arquitecto tendría todo eso; pero se preguntó “¿Y si faltaba algún plano o documento?, ¿y si faltaba la firma del dro en alguno de ellos?, ¿y si no era posible encontrar al dro en tan poco tiempo?” Estaba a punto de darle el patatús, cuando pensó en llamar de inmediato a su arquitecto para tranquilizarse. La eficientísima ayudante del arquitecto le proporcionó todo lo necesario para entregar todo en los cinco días hábiles con que contaba, aunque se sintió intranquila porque todo se quedaría en las oficinas de Desarrollo Urbano y habría que imprimir planos, memorias y recabar las firmas de nuevo para el trámite de la manifestación. Nadie comprendía para qué requería la misma oficina tanto documento y planos repetidos. Son esos absurdos de la burocracia que responden a una lógica misteriosa que sólo se acata sin saber bien por qué razones. La abuela respondió en forma realista: “¡Ay!, m’hijita, ya veremos cuando lleguemos a ese paso. Con la lentitud de la alcaldía y todas las trabas que ponen, a lo mejor me muero primero.”

En eso está mi pobre abue en el momento de publicación de este relato: esperando que le den la constancia de publicitación para poder seguir con el proceso que se ha empecinado en concluir. Desde que inició incisivamente sus intentos en febrero de 2019 hasta inicios de noviembre del mismo año, sigue sin poder ingresar la solicitud de manifestación de obra. Teme que el año acabe sin poderlo lograr. Reza todos los días por si acaso el coordinador de la alcaldía tiene razón y sólo Dios le concederá la manifestación para construir su casa antes de “colgar los tenis”, como ella dice.

PARA SABER MÁS

  • Nieta Justiciera, “Trámites absurdos: mi abuelita intenta construir casa en Coyoacán”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, septiembre de 2019.
  • Nieta Justiciera, “La abuelita contraataca en la Ventanilla Única”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, octubre de 2019.
  • Nieta Justiciera., “Mi abuelita sufre trauma burocrático severo (tbs)”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, noviembre de 2019.
  • Ugalde, Vicente, “Del papel a la banqueta: testimonio del funcionamiento de la regulación urbano-ambiental” en Alicia Azuela (coord.), La ciudad y sus reglas: sobre la huella del derecho en el orden urbano, México, unamiss, 2016.
  • Damián Szifron (dir.), Relatos salvajes, Argentina, 2014.

El muro en el ámbito de Tijuana

David Piñera
Instituto de Investigaciones Históricas, UABC

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Así fuera una cerca y a partir de 1994 un muro de cemento o lámina, los diferentes intentos  de control de la frontera por parte de los gobiernos estadounidenses han generado una sensibilidad hacia el migrante en el cruce de Tijuana que se manifiesta en diversas expresiones culturales. A la par de acrecentar la identidad fronteriza, un hecho permanece invariable: el flujo migrante incesante.

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El Fandango Fronterizo, [s. f.]. Fotografía de Manuel Cruces Camberos, Archivo del Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Autónoma de Baja California.

La frontera entre México y Estados Unidos, a lo largo de sus más de 3 000 kilómetros de extensión, recorre una amplia variedad de espacios,que van desde las poblaciones fronterizas, grandes aéreas desérticas, cadenas montañosas, cañadas, hasta los litorales tanto del océano Pacífico como del golfo de México. Por ello, no tomar en cuenta esa diversidad implicaría una generalización bastante superficial. En esta virtud aquí me circunscribiré al ámbito fronterizo tijuanense y a un actor social que últimamente ha cobrado gran protagonismo, el muro.

Así como desde el punto de vista espacial encontramos ese sentido diverso, también tenemos que, a través del tiempo, el fenómeno fronterizo ha presentado distintas características. En el siglo XIX el límite entre México y Estados Unidos en el área Tijuana-San Diego quedó demarcado por unos monumentos similares a los que se instalaron a lo largo de toda la línea divisoria internacional, conocidos como mojoneras. Esto fue a partir de 1855, siete años después de que fuera mutilado el territorio nacional. Ya en el siglo XX, la frontera estaba señalada –en algunos tramos– por una endeble cerca de postes con tres o cuatro alambres de púas; posteriormente, en ciertas partes, se sustituyó por una alambrada de mayor altura, que se instalaría a raíz del incremento de los cruces de migrantes mexicanos, generado por el Programa Bracero (1942-1965). De cualquier manera, era factible saltar la línea.

El cañón Zapata

Durante la década de 1980 el sitio que más utilizaron los migrantes indocumentados para cruzarse en el área Tijuana-San Diego fue, sin lugar a dudas, el cañón Zapata, que llegó a ser emblemático por un sinfín de razones. Curiosamente era una explanada en territorio estadounidense, en donde no había nada que marcara el límite internacional, por lo que allí se concentraba un elevado número de quienes se proponían lanzarse a la aventura de cruzar sin documentos. El momento ideal era cuando caía la noche, pues protegidos por la oscuridad corrían en masa, siendo la clave eludir a los miembros de la Patrulla Fronteriza que allí se apostaban.

Durante el día, y mientras era el momento del cruce, el cañón Zapata se convertía en escenario de los más variados fenómenos. Se instalaban puestos que ofrecían las infaltables tortas o los burritos, tanto para comer allí o para llevar. Junto a esas viandas, no resultaba raro que hubiese tequila o una que otra droga, aun zapatos y tenis usados para la larga caminata o suéteres para el frío. Eran famosos los partidos de fútbol en la improvisada cancha, destacando los encuentros de jaliscienses y michoacanos, que eran los que despertaban mayor pasión entre aquellos que provenían de distintas regiones del país.

Al lado de ese folclor, el cañón Zapata podía interpretarse como una especie de “cedazo darwiniano”, utilizado por el sentido de cálculo estadounidense, para seleccionar la mano de obra entre aquellos que mostraran mayor aptitud para evadir a la Patrulla Fronteriza. En esa percepción coincidían algunos colegas de la ciudad de México, que en aquellos años me tocó atender en Tijuana y que conocedores de la fama del cañón Zapata me pedían que los llevara allí. Eso era parte de un recorrido por la ciudad, que yo tenía armado y que humorísticamente llamaba “tour antropológico”. Recuerdo especialmente el caso del escritor Arturo Azuela, quien me comentó que esas escenas le parecían similares a las que narraba en algunas de sus novelas. De esos años es la fotografía de Javier Hernández, quien captó todo el drama de una mujer de aspecto indígena que, con todo su patrimonio, representado por unos cuantos trapos que lleva entre los brazos, se lanza hacia el otro lado seguida por su pequeño hijo.

Las difíciles condiciones de la migración fronteriza indocumentada han generado actitudes de comprensión y solidaridad humana en los propios Estados Unidos. Un caso sobresaliente es el de la organización denominada Border Angels, que se fundó en 1986 con el propósito de brindar ayuda a los migrantes en los numerosos riesgos que implica el cruce. Por ejemplo, colocan recipientes con agua en diversos puntos del desierto a fin de que puedan hidratarse y sobrevivir, en una acción conocida como “Gotas de esperanza”. También asumen posturas críticas a las políticas antimigrantes y, ante los numerosos casos de muertes, han acuñado frases como “Ni una más” y “Ya basta”. En esa labor ha destacado el mexicoamericano Enrique Morones, dirigente de la organización.

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El asistencialismo del segundo imperio para las viudas mexicanas

Ángela León Garduño
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

Una mujer de familia rica que perdía a su marido joven a mediados del siglo XIX era seguro que pudiera sobrevivir. Pero para la mayoría de las mujeres pobres implicaba profundizar sus carencias. La búsqueda de apoyos de estas viudas desamparadas encontró en el régimen de Maximiliano algunos paliativos.

Los Mexicanos Pintados por sí mismos pp.226

En plena influencia de los Chicago Boys, la dictadura militar de Augusto Pinochet impuso al pueblo chileno en 1980 el Sistema Individual de Retiro. Este modelo, aún vigente, sustituyó al Estado como administrador de los ahorros de millones de personas, a través de instancias privadas llamadas Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Si bien se argumentó que la contribución de los trabajadores al Estado sería más eficiente al sustituir su papel por las AFP, siendo que estas captarían un porcentaje del salario de forma individual y aumentarían su rendimiento a partir de la inversión, el paso del tiempo demostró la incompatibilidad entre la forma operativa de las empresas y el manejo de los fondos de ahorro para el retiro.

En México, donde dicho sistema se estableció hacia 1990 con el nombre de Afores (Administradoras de Fondos para el Retiro), sus resultados siguen siendo tema de confrontación. Sin embargo, el problema se replica, aunque con diferencias, en países europeos como España, donde recientemente se realizó una gran manifestación para denunciar los intentos del gobierno de privatizar las pensiones y recortar su financiamiento público. Así, desde hace más de diez años, organismos internacionales como la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) han alertado sobre lo que consideran un problema mundial para los trabajadores y las finanzas públicas. Advierten que la capacidad financiera de los Estados para subsidiar el sistema de seguridad social está siendo rebasada. Pero también señalan que el monto que los ciudadanos reciben por su jubilación, viudez o incapacidad, mediante entidades privadas, se ha vuelto insuficiente para cubrir necesidades básicas.

Aunque no pueden hacerse comparaciones con el sistema de ayuda social del siglo XIX, es interesante constatar que se trata de una problemática histórica que pocos a lo largo de los siglos, la idea de una supuesta incapacidad del género femenino para valerse por sí mismo fundamentó el dictamen de normas cuyo contenido buscaba limitar sus derechos y controlar su comportamiento. Así, durante el periodo colonial y la primera mitad del siglo XIX, las mujeres generalmente mantuvieron una relación de subordinación cimentada en una base legal y de tradición. Por ello, se administraban sus propiedades, se les prohibía adoptar conductas “indecentes” y se obstaculizaban sus posibilidades para ocupar cargos de gobierno.

A pesar de su situación, la mayoría de las mujeres se enfrentó a circunstancias que las dirigieron hacia otras opciones de vida, como la incorporación al mundo del trabajo y la administración de pequeños y grandes negocios. Además, el grado de dominación que se ejercía sobre ellas era determinado por su estado civil y condición socio económica, por lo cual las solteras, casadas y viudas recibían un trato distinto.

En el contexto colonial y durante el siglo XIX, las viudas fueron quienes aparentemente gozaron de mayor autonomía al quedar al margen de la autoridad patriarcal y ganar honorabilidad, pero, con excepción de quienes vivían de sus herencias o la ayuda de un pariente rico, las mujeres solas debían enfrentarse a constantes adversidades. Muchas veces ello significó buscar asilo en casas de recogimiento, depender de sus hijos o familiares, trabajar toda una vida como empleadas domésticas, costureras, lavanderas o cocineras y, en casos desesperados, ejercer la prostitución. En este contexto, recibir una pensión constituía un golpe de suerte para aliviar ciertas necesidades, pero en ese tiempo, como ahora, esta clase de transferencias económicas se limitaban a atender grupos muy específicos de la sociedad, desprotegiendo a la mayoría de quienes laboraban en sectores informales.

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¿La culpa es de Trump?

Leticia Calderón Chelius
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

El discurso xenófobo y violento del presidente estadounidense contra los migrantes, y en especial contra México, ha puesto al país en una fuerte disyuntiva sobre cómo manejar las relaciones bilaterales cuando, además, somete a revisión el Tratado de Libre Comercio para América del Norte que es clave para la economía mexicana. ¿Pero cuánta responsabilidad tiene México en esta situación si no ha podido parar la sangría de ciudadanos que deben buscar alternativas económica en Estados Unidos porque aquí no las obtienen?

Los Angeles march for immigrant rights. Fotografía de Molly Adams, 2017. Flickr Commons.

Los Angeles march for immigrant rights. Fotografía de Molly Adams, 2017. Flickr Commons.

La asimetría es la principal característica de la dinámica de México con Estados Unidos. Lo ha sido así desde el inicio de la relación bilateral de ambos países en el siglo XIX y lo fue durante todo el siglo XX. Cuando ambos países iniciaron un vinculo comercial de franca colaboración e intercambio mercantil a partir de 1994 con el Tratado de Libre Comercio (TLC), en el que también participa Canadá, las diferencias, desencuentros e incluso hostilidades en torno a varios temas de la agenda bilateral quedaron al margen, por lo menos públicamente –salvo contados casos que generaron algunas controversias–. Así, por años, se decía que México y Estados Unidos no solo eran países vecinos y aliados, sino incluso amigos.

Desde Washington hasta la capital de México, y durante más de 25 años, los diferentes representantes de los dos gobiernos mantuvieron un discurso del ambiente promisorio sobre el futuro económico, centrado en la inversión directa en proyectos de producción automotriz, la instalación de plantas maquiladoras, no solo en la frontera norte, sino a lo largo de varias regiones de México, además de la exportación intensiva de productos agrícolas desde ciertas zonas del país como Sinaloa (agricultura intensiva tecnificada destinada a la exportación). En paralelo, con la apertura comercial el mercado mexicano, largamente cerrado a las importaciones, se abasteció por fin de productos de origen estadounidense, pero sobre todo de productos “Made in China” que vía la triangulación que ofreció un esquema de mercado abierto, se volvieron una presencia abrumadora en las etiquetas de los productos que los consumidores mexicanos incorporaron a sus vidas.

Si bien es cierto que el TLC produjo grandes ganadores, también es cierto que falló en una de sus oferta iniciales de generar mecanismos y condiciones para propiciar mejores condiciones económicas para los mexicanos que, entre otras cosas, disminuirían los salarios precarios que son uno de los factores que propician la migración a Estados Unidos. Las ganancias han sido abundantes para algunos sectores, especialmente los grandes inversionistas, pero también hubo grandes perdedores de uno y otro lado de la frontera. Salvo algunos analistas y activistas críticos al TLC en México –y aparentemente en Estados Unidos-, este se percibía como un esquema estable y permanente, una pieza más, si acaso, del engranaje económico de las últimas dos décadas. Los años del TLC coinciden con el incremento en la desigualdad económica a nivel nacional y una pobreza que se volvió incontenible, pese a programas para combatirla y mecanismos de inversión para paliarla. Aun así, el TLC no fue visto como causa del deterioro económico-social que sufrió el país, sino que más bien se ha culpado a otros elementos como la corrupción, la violencia y la impunidad, en un escenario de alternancias del poder político desde el año 2000. En esta ecuación, salvo en ciertos momentos de tensión, nunca se consideró a Estados Unidos como parte central para explicar los problemas del país.

Todo parecía ir relativamente bien hasta la aparición de Donald Trump en el panorama electoral estadounidense (2015), con una fuerza desconocida para México por su discurso violento, que alteró la relación entre ambos países. Esta, si bien nunca fue tersa y mucho menos de pares, siempre estuvo cubierta por la cortesía de los miembros del servicio exterior, la discreción de los políticos en puestos de negociación y, sobre todo, la consigna desde México de no escalar conflictos potenciales para no afectar el marco del convenio mercantil y financiero, ni mucho menos los contactos en otros campos.

Como antecedente de la escalada verbal del nuevo mandatario estadounidense, tenemos que el expresidente Barak Obama tuvo una dura política de deportación (2 000 000 de personas a partir de 2009), incluso superior en proporción al poco más de un año de gobierno de Trump. Asimismo, se registran leyes que han señalado directamente a los mexicanos como “extranjeros indeseables” o el caso del gobierno estatal de Arizona que en 2010 impuso un esquema migratorio abiertamente hostil hacia indocumentados mayoritariamente mexicanos. Por otra parte, el muro, la valla o el cerco electrificado levantado para detener migrantes por distintas administraciones del país vecino ya es parte de la vida cotidiana de la población fronteriza desde hace años.

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A 40 años de la reforma política de 1977

Marco A. Ávila Peña
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

La coyuntura política y económica dio lugar –durante la presidencia de José López Portillo– a la primera apertura a una reforma electoral del régimen priista que permitiera mayor participación. El resultado sólo dejó conforme al gobierno, pero al menos abrió las puertas a futuras negociaciones para la democratización del país, que de todos modos demoró más de dos décadas en llevarse a cabo.

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A Rosa Albina Garavito Elías

El país vivía una coyuntura ciertamente atípica en 1977, si tomamos en cuenta las décadas de crecimiento económico anterior promovido por un régimen fortalecido y autoritario. Por supuesto, fue la coyuntura que inauguraría el México de las crisis, pero en ese entonces era imposible saberlo. Nadie ve al futuro con total claridad, acaso, se llama al porvenir con esperanza, más aún cuando las cosas empiezan a cambiar para mal. Un ejemplo de ello fue “Vive” la canción que popularizó José María Napoleón en medio de efervescencia política y dificultades económicas después de la crisis devaluatoria que generó una masiva fuga de capitales, entre otros efectos adversos.

Vive feliz ahora mientras puedes, quizás mañana no tengas tiempo para sentirte despertar…siembra tu tierra y ponte a trabajar. Abre tus brazos fuertes a la vida no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá. Trata de ser feliz con lo que tienes, vive la vida intensamente, luchando lo conseguirás.

La melodía, escrita por “el poeta de la canción” imprimía a la atmósfera del momento una suerte de esperanza que resultó bienvenida en muchos hogares mexicanos. Pronto se ubicó en el primer lugar de popularidad y hacia mayo se escuchaba prácticamente a todas horas y en todos los lugares. Es comprensible el interés de los radioescuchas si consideramos que durante 1977 se vivieron profundamente los efectos de la crisis económica iniciada el año anterior.

Eran tiempos de cambio en el mundo. Por ejemplo, tras la muerte de Francisco Franco, en España se concretaba una apertura política que permitía al Partido Comunista Español su registro legal, después de décadas de proscripción. Era una buena señal para un país como México, que necesitaba ampliar el abanico electoral, de modo que el camino de la democracia sufragista se colocara como el mejor de los escenarios políticos ya que frenaba la radicalización de grupos de izquierda y de derecha al mismo tiempo.

En otras latitudes también ocurrían modificaciones, pero estas no iban sobre la misma línea. En América Latina, países como Argentina, Chile y Paraguay mostraban cómo gobernar militarmente a sociedades críticas y plurales. Aunque México no era la excepción en ese sentido por el grado de brutalidad ejercida contra los opositores y grupos clandestinos, el régimen había logrado mantener su dominación con un cariz democrático durante décadas. Su estabilidad no se había cuestionado sino hasta finales de 1976, pues incluso existió un fuerte rumor de un golpe de Estado que estallaría el 20 de noviembre de ese año.

Problemas internos

De entre el cúmulo de dificultades que vivía el país, la explosión demográfica representaba un asunto que no era menor, puesto que la concentración se enfocó en el Distrito Federal y la zona metropolitana. Los millones de migrantes que llegaban a las zonas urbanas pronto experimentarían dificultades para conseguir trabajo y oportunidades de movilidad social. Esa sola condición terminó por representar un problema político para el régimen porque los movimientos armados revolucionarios y los partidos de izquierda encontraron en los recién llegados una buena cantidad de militantes.

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