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Lotería Campechana. Una bolada con historia

José Manuel Alcocer Bernés
Director del Archivo General del Estado de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Detrás de los personajes, paisajes o animales que forman parte de las ilustraciones de este juego popular en Campeche a partir de los años treinta del siglo XX, hay un relato que tiene en su memoria la oportuna difusión por una fábrica cigarrera.

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Se limpia la mesa y a su alrededor se sientan los jugadores y extienden sus cartillas. Los principiantes jugarán una o dos, los avanzados de cuatro a ocho y los expertos se atreverán con diez o quizá hasta quince cartillas. Después de pagar el monto acordado por cada una de ellas, se inicia la bolada y de una bolsa muchas veces gastada por el uso, como pepitas mágicas van saliendo los números que son “cantados”, según la estampa que le acompaña.

Todas las miradas están sobre los cartones que contienen 25 imágenes de animales, astros, frutas, personas y artículos que forman parte de la vida cotidiana; los jugadores se mantienen atentos a la persona encargada de “cantar” la lotería,  una a una se van formando las figuras de manera indistinta y  a medida que va avanzando la cantada –el reto es formar con cinco imágenes, cuadros, cruces, líneas, la V, o la “tijera”–,  los participantes ansiosos esperan que salga la figura esperada para completar el juego y gritar “lotería”.

Por fin la figura tan esperada sale y alguien grita “lotería”, la tensión se relaja y se dibujan rostros de desilusión. Alguien por ahí pregunta, “¿qué seguía?, y al decirla, se oyen comentarios, “con esa me la sacaba”, o “mira cuánto esperaba esta cartilla”. El que lleva la voz revisa la cartilla ganadora, entrega el ansiado premio que es en efectivo, pues para poder jugar hay que pagar por cada cartón, al término se inicia otra bolada. Así son las tardes-noches de la lotería campechana.

Los orígenes

Los mexicanos somos un pueblo afecto por tentar la suerte a través de diversas maneras. Una de ellas es la lotería, ese juego de azar, muy frecuente en el México colonial, al grado que su uso fue legalizado. El objetivo: destinar las ganancias a la beneficencia pública. Independiente de esta lotería, en las ferias de los pueblos los asistentes se entretenían no solo con ella, sino con diversos juegos de azar: barajas, dados, ruleta, la bolita, quinielas, o lotería, lo que muestra la afición de la gente por estos.

Quizá como buenos campechanos que somos, hemos pensado que nuestra lotería fue la primera en la región peninsular, pero no. José Enrique Ortiz Lanz, en su obra ¡Lotería! Un mundo de imágenes nos dice que la primera vez en que se escuchó la palabra “¡Lotería!” fue en Mérida, en la feria en honor de San Cristóbal, el santo patrón de un barrio. Al respecto, Frederick Catherwood a su paso por estas tierras anotó: “Y esta gran muchedumbre, entre las cuales estaban personas que habíamos visto poco antes orando en el templo, se hallaba ahora reunida en una casa pública de juego. La clase de juego a que se entregaban aquellas buenas gentes se llama lotería y es una diversión favorita en todas las provincias mexicanas. En Yucatán se extiende a todos             los pueblos de la península.”

¿Cuál es el origen de la lotería campechana y cómo es que ha logrado convertirse en parte de la identidad de los pobladores del puerto, así como de otros pueblos y ciudades del estado?, pues el mar, las murallas y la lotería son elementos que nos identifican. ¿Su creador o sus creadores habrán pensado que este juego se convertiría en lo que es ahora? Un pasatiempo que forma parte de la vida cotidiana local y llama la atención de los fuereños, como nos refiere Marisol Moreno: “Hace unas semanas viajé por el sureste. Al visitar Campeche, pude ver personas que jugaban a la lotería en la plaza”.

Según la investigación realizada por Ileana Pozos y Juan Carlos Saucedo en 100 años de lotería campechana, un industrial yucateco de nombre José María Evia Grignett, estableció en 1891 en la calle 59 número 11 y 13, entre la 10 y la 12, de la ciudad de Campeche, una fábrica de cigarros llamada “La Esperanza”. Estos cigarrillos muy pronto se convirtieron en los preferidos de los campechanos. Así se anunciaban en el periódico “El Reproductor Campechano” en 1895: “Forma acabada, conquista la vista, olor persistente y grato al olfato, sabor sin ningún disgusto el gusto y esos cigarros es justo que sean los preferidos, pues halagan tres sentidos la vista, el olfato y el gusto”.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

  • MOLINA, SILVIA. Campeche, Imagen de eternidad. México, CONACULTA, 1996.
  • POZOS LANZ, ILEANA y JUAN CARLOS SAUCEDO. 100 años de Lotería campechana. INBA-Gobierno del Estado de Campeche, 1995.
  • ORTIZ LANZ, JOSÉ ENRIQUE, Lotería, un mundo de imágenes. Las loterías de figuras en Campeche y México. México, LXIII legislatura, 2017.

Mi abuelita intenta construir casa en Coyoacán

La Nieta Justiciera

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47.

Se describen las causas del TBS (trauma burocrático severo) que padece una pobre abuelita, como resultado de casi seis años de malabares absurdos e inútiles en varias instituciones de la Ciudad de México, sobre todo en la alcaldía que le corresponde y haciendo ella misma los trámites para construir una casa pequeña en Coyoacán.

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En un lugar de Coyoacán, de cuyo nombre prefiero no acordarme, mi abuelita ha querido construir un hogar cómodo en el que sueña pasar el resto de sus días. Con los ahorros de toda su vida compró un terreno de 200 metros cuadrados y contrató a un arquitecto para iniciar, ilusionada, su proyecto. El arquitecto diseñó una casa cómoda y relativamente pequeña de 160 metros cuadrados sobre dos plantas, conforme a la normatividad vigente en 2014. Ella insistió mucho en dejar mucho espacio para el cultivo de su preciado jardín y, como es ecologista, para recargar los mantos freáticos. También insistió en el reciclamiento de aguas pluviales y de uso doméstico.

La pobre abuela no sospechaba que la construcción de su casa se convertiría en un verdadero calvario. El arquitecto no fue el problema. Su dolor de cabeza ha sido deambular, durante años, por los laberínticos pasillos de una burocracia kafkiana, digna de ciencia ficción. Resultó que los trámites para obtener la licencia de construcción eran complicados e infinitos. Animosa, como es, se lanzó a la Ventanilla Única (habría que averiguar por qué se llama Ventanilla Única a esas oficinas que no son ventanillas ni son únicas de la entonces delegación Coyoacán). La lista de requisitos fue tan larga, que ella expresó de inmediato: “¡Oiga, yo sólo quiero construir una casa de 160 metros cuadrados, no la Torre Mitikah!”. Ante el rostro impenetrable del funcionario que la atendió, dio media vuelta y lanzó un profundo suspiro.

Resignada, inició el trámite de cada uno de los requisitos en las distintas dependencias del gobierno capitalino: que si el alineamiento y número oficial (en la delegación Coyoacán), que si el certificado único de zonificación de uso de suelo (en Seduvi), que si la factibilidad (en Sacmex), que si esto en la Tesorería y que si lo otro en quién sabe dónde. La tarea era titánica para la pobre abuela, quien tuvo que aprender el lenguaje de la tramitología de cada dependencia, así como a hacerse de paciencia para soportar los tiempos de cada institución. Para aguantar, inició clases de yoga y meditación profunda. Ello le ayudaba a respirar para mitigar el enojo que le provocaba ir a cada oficina para enfrentar respuestas incompletas, el famoso “todavía no sale su documento” o el “venga dentro de un mes porque se cruzan las vacaciones”, o simplemente para soportar las largas esperas para ser atendida.

Al cabo de mucho batallar, la valiente abuela ya casi cubría todos los requisitos cuando se presentó el cambio de delegado en Coyoacán. Salía un mal afamado personaje e iniciaba funciones su compadre. La abuelita no entendía por qué ese cambio rompía la continuidad del funcionamiento de toda la delegación. En particular, por qué eso entorpecería su trámite. En fin… A esperar a que el nuevo delegado se instalara y formase sus equipos, ratificara personal, etcétera, etcétera.

Por fin, se armó de valor para contraatacar la burocracia kafkiana con los bríos que le dio el receso. Otra vez se acercó a la Ventanilla Única. Casi se va de espaldas cuando se dio cuenta de que la lista de requisitos había cambiado. No sólo eso, la vigencia de los documentos previos había caducado. La pobre contuvo el desesperado grito de “¡Nooooo eeeess pooosiiibleeee!”. Se tragó el llanto con un mantra aprendido en las clases de meditación, que venía como anillo al dedo para la ocasión. Cabizbaja y triste pensó: “Nunca podré construir mi adorable casita.”

Una vecina piadosa le aconsejó contratar a un gestor para que ella ya no se desgastara con tanto trámite, para que ya no hiciera corajes que iban a dañarle la bilis y porque, ultimadamente, ella ya no estaba para esos trotes. Le pasó el teléfono de un especialista en tramitología de alto grado de complejidad, experto en lenguajes burocráticos y, sobre todo, en simplificación administrativa (cuotas facilitadoras). La abuela estaba indignada. No comprendía cómo doña Chonita, tan católica ella, le había sugerido violar sus sagrados principios de honestidad para prestarse a la pura y vil transa. Se acordó de la frase que había escuchado de modo recurrente en ambientes que, por supuesto, no eran los suyos: “el que no transa, no avanza”. “¡Virgen santísima, apiádate de mí!”, exclamó para sus adentros. La abuela no pudo con semejante carga moral, y económica, hay que decirlo, porque a los costos de la construcción y de los propios trámites, se agregaban ahora los pagos al gestor y las “dádivas”, como él las llamaba. Se tomó un largo tiempo de reflexión.

Hacia el mes de enero de 2018, por fin la abuela se animó a rebasar los principios con los que había sido educada y se entrevistó con varios gestores, quienes le prometían las perlas de la virgen. Todos coincidían en que el trámite más complicado y costoso sería la aprobación del sistema alternativo de aguas pluviales por parte de Sacmex. Las dádivas para obtener los diversos trámites tenían montos diversos. Un gestor se atrevió a ofrecerle comenzar la construcción en una semana sin ser amonestada por los inspectores a cambio de 250 000 pesos. La abue puso ojos de plato y respondió: “O le pago a usted o construyo mi casa, ¿de dónde cree que yo voy a sacar ese dinero?” Ante tanta corrupción y opacidad en los procesos para obtener los documentos, mi abuelita decidió rehacer el periplo de la visita de las múltiples dependencias de gobierno ella misma para ir juntando los documentos. Sólo solicitó a un gestor relativamente honesto el trámite de Sistema Alternativo, porque ahí sí, ni Dios Padre podía ayudarla.

En eso estaba cuando de nuevo llegó el periodo electoral de 2018. No sospechaba que la delegación Coyoacán, ahora alcaldía, y el Sacmex suspenderían durante varios meses los trámites, debido a la transición de equipos de trabajo. Tuvo que esperar hasta febrero de 2019 para sacar ficha en la alcaldía de Coyoacán para presentar los documentos requeridos para la manifestación de construcción tipo B de su añorada casa. Ella tenía la esperanza de que, ahora sí, pudiera conseguir la manifestación porque durante meses de campaña estuvo escuchando que el combate a la corrupción sería la bandera principal del gobierno entrante, lo cual incluiría a la Ciudad de México, y de pasada, creía, a la nueva alcaldía elegida en 2018. Tenía fe, y a lo mejor todavía la tiene, en que las declaraciones públicas del alcalde en las que se deslinda de las corruptelas de sus predecesores sean verdaderas y que el hombre sea honesto. A lo mejor su pasado deportivo le generó alguna disciplina y buena moral. Además, le dio mucha confianza ver los letreros pegados en las paredes de las oficinas, en los que se anuncia una estricta vigilancia contra la corrupción.

Entre febrero y julio del 2019, mi abue estuvo visitando insistentemente las oficinas de la Ventanilla Única de la alcaldía para que le revisaran sus documentos y la orientaran en cuanto a los nuevos requisitos para solicitar la manifestación de construcción. La experiencia acumulada la dotó de gran paciencia para soportar de nuevo las largas esperas para ser atendida. Cuando, por fin, obtuvo una cita para la revisión “definitiva” de la documentación, la funcionaria no se presentó en la oficina. Después de dos horas de espera, la abuelita, algo enojada, reclamó. Le explicaron que esa funcionaria era responsable de varias tareas, muchas de las cuales debía hacerlas fuera de esas oficinas. Pero que no se preocupara, que la esperase porque ya estaba en camino. La abuelita pidió que otro empleado le revisara la documentación. Le respondieron que sólo esa funcionaria estaba autorizada para hacerlo. La abuela se quedó pensativa y se preguntó: “¿Por qué asignan la importante tarea de revisar los requisitos para solicitar las manifestaciones de construcción a una persona a quien también envían fuera de la oficina?” Para entonces, ya no trataba de responder la pregunta absurda, porque ya se había acostumbrado a que esa alcaldía, antes delegación, así funcionaba y era muy probable que las otras alcaldías de la ciudad también tuvieran su buena dosis de irracionalidad.

La funcionaria llegó por fin. A pesar de todo, la abuela la trató con pinzas porque sabe ya que es contraproducente quejarse. La mujer revisó los documentos con aire de superioridad. Empezó a decir que faltaban. La abuela se entristeció, angustió… Le dictó una nueva lista tan rápido que ella se vio obligada a usar abreviaturas y signos diversos. Luego llegó el sablazo final: existía un nuevo requisito que se llama solicitud de publicitación. Consiste en colocar una lona en el predio para dar a conocer a los vecinos las especificaciones de la obra. Había que tomar fotografías de la lona y un periódico local, en las que se viera con claridad la fecha, durante quince días naturales. “Pero eso no me lo habían pedido en estas últimas revisiones que he tenido; tampoco aparece en la lista de documentos a entregar en la solicitud actual”, explicó la abuela. “Pues sí, pero ya lo pedimos. ¡Ah!, y también la constancia de inexistencia de drenaje”, respondió la funcionaria implacablemente. Ante la cara de sorpresa de la abuela y previniendo una explosión emocional de su parte, la funcionaria le pidió que tomase fotos de una guía para realizar el trámite de publicitación. Luego sacó cuentas en su calendario y le dio cita para un mes más tarde porque se atravesaba el periodo vacacional. Cita con ella, la única persona en la oficina autorizada para asegurarse del cumplimiento de los requisitos, el lunes 29 de julio a las 10:00 a. m.

La abue salió de ahí con sentimientos encontrados: más trabajo y trámites, pero confiada en que en el contexto de la 4T se le haría justicia y construiría, por fin, su casa. Esta vez preparó todos los requisitos con ayuda del arquitecto y de su valiosa colaboradora, una arquitecta muy capaz. Tomó las fotos cada día, redactó el oficio de solicitud de constancia de publicitación, cuya redacción resultaba tortuosa e incomprensible, pero había que seguir el modelo de la foto. En fin, con gran ilusión llegó a la cita del 29 de julio poco antes de las 10:00 a. m., acompañada de la arquitecta y una asesora en tramitología. Entre las tres cargaban los planos, los paquetes de fotocopias, los valiosísimos originales de constancias obtenidas con sangre, sudor y lágrimas durante meses y años. Nuevamente, la espera fue larga. Por ahí de las 11:00 la abuela preguntó si la funcionaria llegaría. No le dieron certeza de nada. Por ahí de las 12:00 pidió hablar con un superior. El coordinador del área accede a atenderla hacia las 13:00 horas. La abuela hizo esfuerzos titánicos para no mostrar su desesperación y trató de explicar su caso al coordinador, quien la interrumpió de inmediato, explicando que la funcionaria en cuestión no llegó porque estaba en el hospital. Enseguida le dirigió un reproche por ser tan insensible y no comprender que los funcionarios son seres humanos susceptibles a enfermedades e imprevistos accidentes. La abuela, desconcertada, alcanzó a responder: “Bueno, es que como llegó dos horas tarde la última vez, pensé que no vendría… ¿Entonces ahora qué procede? Nos costó mucho trabajo juntar todos los requisitos y quisiéramos saber que ahora sí están bien. Le pido, por favor, que nos asigne a otra persona.” El coordinador pidió que llamaran a alguien a que le revisase los documentos y preguntó si ya tenía la constancia de publicitación. La abuela respondió que siguió todos los pasos de la publicitación, pero que nadie le dijo que había que solicitar una constancia. “Pues sin ella no se puede ingresar la solicitud de manifestación. Entregue lo que trae para la publicitación en Ventanilla Única, le darán respuesta en dos semanas o en un mes.” La abuela previsora le preguntó con ingenuidad qué había que hacer una vez que obtuviera su constancia. Entonces no sospechaba que el trámite de publicitación era largo y laborioso y, tal vez, irrealizable para los mortales. Con quién pedía cita si la persona encargada de revisar la documentación estaba enferma o de plano no estuviera. El coordinador se exasperó y en un largo discurso cantinflesco argumentó finalmente que “hay que tener fe”. La abuela es religiosa pero no entendió dónde entraba la fe y Dios en todo esto. ¿Tendría que esperar a que la manifestación le cayera del cielo?

El 25 de septiembre de 2019, dos meses después de haber ingresado la solicitud de publicitación, mi abuelita llamó por teléfono a las oficinas de la Ventanilla Única para pedir informes sobre la respuesta. Se llevó una gran sorpresa cuando la secretaria le dijo que sí, pero que tenía “prevención”. “¿Qué es eso?”, preguntó la abuelita atónita. La respuesta fue parca: “Venga a los módulos para que le digan de qué se trata.” Mi abue colgó el teléfono con la mano temblorosa, pues no sabía si “prevención” significaba que siguiera a la siguiente etapa, o retrocediese diez casillas, como en el juego de serpientes y escaleras.

Cuando llegó a las oficinas de la Ventanilla Única, vio ya no estaba la funcionaria que supuestamente “atendía” el módulo de recepción de documentos, que estaba casi siempre vacío. En su lugar había otra señorita, quien le dio información con amabilidad. Era evidente que habían cambiado las cosas en esas oficinas, porque la atención fue de mejor calidad y de hecho se le pidió llenar un cuestionario para evaluar a la funcionaria. La traducción al castellano chilango abuelil del oficio de respuesta a su solicitud de publicitación fue: “Para darle la constancia de publicitación vecinal y poder seguir con el trámite de manifestación de obra, requiere entregar, en menos de cinco días hábiles, los siguientes documentos.” La abuelita suspiró profundo y gritó para sus adentros, con gran preocupación: “¿Quéee? ¿Máaaas documentos? ¡Nooooo! ¿y a entregar en cinco días?” Y como si todo fuera muy fácil, la funcionaria leyó: “Planos del proyecto arquitectónico, memoria descriptiva, planos del proyecto estructural, planos señalando la protección a colindancias, todo firmado por el dro, arquitecto y demás involucrados.” Todo acompañado de un oficio dirigido al director de Desarrollo Urbano de la alcaldía de Coyoacán y redactado en el lenguaje propio de aquella oficina.

A mi abuelita la invadió un pánico terrible provocado por su tbs (trauma burocrático severo, para el cual no hay remedios caseros). Como que sospechaba que su arquitecto tendría todo eso; pero se preguntó “¿Y si faltaba algún plano o documento?, ¿y si faltaba la firma del dro en alguno de ellos?, ¿y si no era posible encontrar al dro en tan poco tiempo?” Estaba a punto de darle el patatús, cuando pensó en llamar de inmediato a su arquitecto para tranquilizarse. La eficientísima ayudante del arquitecto le proporcionó todo lo necesario para entregar todo en los cinco días hábiles con que contaba, aunque se sintió intranquila porque todo se quedaría en las oficinas de Desarrollo Urbano y habría que imprimir planos, memorias y recabar las firmas de nuevo para el trámite de la manifestación. Nadie comprendía para qué requería la misma oficina tanto documento y planos repetidos. Son esos absurdos de la burocracia que responden a una lógica misteriosa que sólo se acata sin saber bien por qué razones. La abuela respondió en forma realista: “¡Ay!, m’hijita, ya veremos cuando lleguemos a ese paso. Con la lentitud de la alcaldía y todas las trabas que ponen, a lo mejor me muero primero.”

En eso está mi pobre abue en el momento de publicación de este relato: esperando que le den la constancia de publicitación para poder seguir con el proceso que se ha empecinado en concluir. Desde que inició incisivamente sus intentos en febrero de 2019 hasta inicios de noviembre del mismo año, sigue sin poder ingresar la solicitud de manifestación de obra. Teme que el año acabe sin poderlo lograr. Reza todos los días por si acaso el coordinador de la alcaldía tiene razón y sólo Dios le concederá la manifestación para construir su casa antes de “colgar los tenis”, como ella dice.

PARA SABER MÁS

Nieta Justiciera, “Trámites absurdos: mi abuelita intenta construir casa en Coyoacán”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, septiembre de 2019.

Nieta Justiciera, “La abuelita contraataca en la Ventanilla Única”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, octubre de 2019.

Nieta Justiciera., “Mi abuelita sufre trauma burocrático severo (tbs)”, Boletín Amigos de Coyoacán GO20, noviembre de 2019.

Ugalde, Vicente, “Del papel a la banqueta: testimonio del funcionamiento de la regulación urbano-ambiental” en Alicia Azuela (coord.), La ciudad y sus reglas: sobre la huella del derecho en el orden urbano, México, unam-iss, 2016.

Damián Szifron (dir.), Relatos salvajes, Argentina, 2014.

El muro en el ámbito de Tijuana

David Piñera
Instituto de Investigaciones Históricas, UABC

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Así fuera una cerca y a partir de 1994 un muro de cemento o lámina, los diferentes intentos  de control de la frontera por parte de los gobiernos estadounidenses han generado una sensibilidad hacia el migrante en el cruce de Tijuana que se manifiesta en diversas expresiones culturales. A la par de acrecentar la identidad fronteriza, un hecho permanece invariable: el flujo migrante incesante.

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El Fandango Fronterizo, [s. f.]. Fotografía de Manuel Cruces Camberos, Archivo del Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Autónoma de Baja California.

La frontera entre México y Estados Unidos, a lo largo de sus más de 3 000 kilómetros de extensión, recorre una amplia variedad de espacios,que van desde las poblaciones fronterizas, grandes aéreas desérticas, cadenas montañosas, cañadas, hasta los litorales tanto del océano Pacífico como del golfo de México. Por ello, no tomar en cuenta esa diversidad implicaría una generalización bastante superficial. En esta virtud aquí me circunscribiré al ámbito fronterizo tijuanense y a un actor social que últimamente ha cobrado gran protagonismo, el muro.

Así como desde el punto de vista espacial encontramos ese sentido diverso, también tenemos que, a través del tiempo, el fenómeno fronterizo ha presentado distintas características. En el siglo XIX el límite entre México y Estados Unidos en el área Tijuana-San Diego quedó demarcado por unos monumentos similares a los que se instalaron a lo largo de toda la línea divisoria internacional, conocidos como mojoneras. Esto fue a partir de 1855, siete años después de que fuera mutilado el territorio nacional. Ya en el siglo XX, la frontera estaba señalada –en algunos tramos– por una endeble cerca de postes con tres o cuatro alambres de púas; posteriormente, en ciertas partes, se sustituyó por una alambrada de mayor altura, que se instalaría a raíz del incremento de los cruces de migrantes mexicanos, generado por el Programa Bracero (1942-1965). De cualquier manera, era factible saltar la línea.

El cañón Zapata

Durante la década de 1980 el sitio que más utilizaron los migrantes indocumentados para cruzarse en el área Tijuana-San Diego fue, sin lugar a dudas, el cañón Zapata, que llegó a ser emblemático por un sinfín de razones. Curiosamente era una explanada en territorio estadounidense, en donde no había nada que marcara el límite internacional, por lo que allí se concentraba un elevado número de quienes se proponían lanzarse a la aventura de cruzar sin documentos. El momento ideal era cuando caía la noche, pues protegidos por la oscuridad corrían en masa, siendo la clave eludir a los miembros de la Patrulla Fronteriza que allí se apostaban.

Durante el día, y mientras era el momento del cruce, el cañón Zapata se convertía en escenario de los más variados fenómenos. Se instalaban puestos que ofrecían las infaltables tortas o los burritos, tanto para comer allí o para llevar. Junto a esas viandas, no resultaba raro que hubiese tequila o una que otra droga, aun zapatos y tenis usados para la larga caminata o suéteres para el frío. Eran famosos los partidos de fútbol en la improvisada cancha, destacando los encuentros de jaliscienses y michoacanos, que eran los que despertaban mayor pasión entre aquellos que provenían de distintas regiones del país.

Al lado de ese folclor, el cañón Zapata podía interpretarse como una especie de “cedazo darwiniano”, utilizado por el sentido de cálculo estadounidense, para seleccionar la mano de obra entre aquellos que mostraran mayor aptitud para evadir a la Patrulla Fronteriza. En esa percepción coincidían algunos colegas de la ciudad de México, que en aquellos años me tocó atender en Tijuana y que conocedores de la fama del cañón Zapata me pedían que los llevara allí. Eso era parte de un recorrido por la ciudad, que yo tenía armado y que humorísticamente llamaba “tour antropológico”. Recuerdo especialmente el caso del escritor Arturo Azuela, quien me comentó que esas escenas le parecían similares a las que narraba en algunas de sus novelas. De esos años es la fotografía de Javier Hernández, quien captó todo el drama de una mujer de aspecto indígena que, con todo su patrimonio, representado por unos cuantos trapos que lleva entre los brazos, se lanza hacia el otro lado seguida por su pequeño hijo.

Las difíciles condiciones de la migración fronteriza indocumentada han generado actitudes de comprensión y solidaridad humana en los propios Estados Unidos. Un caso sobresaliente es el de la organización denominada Border Angels, que se fundó en 1986 con el propósito de brindar ayuda a los migrantes en los numerosos riesgos que implica el cruce. Por ejemplo, colocan recipientes con agua en diversos puntos del desierto a fin de que puedan hidratarse y sobrevivir, en una acción conocida como “Gotas de esperanza”. También asumen posturas críticas a las políticas antimigrantes y, ante los numerosos casos de muertes, han acuñado frases como “Ni una más” y “Ya basta”. En esa labor ha destacado el mexicoamericano Enrique Morones, dirigente de la organización.

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El asistencialismo del segundo imperio para las viudas mexicanas

Ángela León Garduño
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

Una mujer de familia rica que perdía a su marido joven a mediados del siglo XIX era seguro que pudiera sobrevivir. Pero para la mayoría de las mujeres pobres implicaba profundizar sus carencias. La búsqueda de apoyos de estas viudas desamparadas encontró en el régimen de Maximiliano algunos paliativos.

Los Mexicanos Pintados por sí mismos pp.226

En plena influencia de los Chicago Boys, la dictadura militar de Augusto Pinochet impuso al pueblo chileno en 1980 el Sistema Individual de Retiro. Este modelo, aún vigente, sustituyó al Estado como administrador de los ahorros de millones de personas, a través de instancias privadas llamadas Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Si bien se argumentó que la contribución de los trabajadores al Estado sería más eficiente al sustituir su papel por las AFP, siendo que estas captarían un porcentaje del salario de forma individual y aumentarían su rendimiento a partir de la inversión, el paso del tiempo demostró la incompatibilidad entre la forma operativa de las empresas y el manejo de los fondos de ahorro para el retiro.

En México, donde dicho sistema se estableció hacia 1990 con el nombre de Afores (Administradoras de Fondos para el Retiro), sus resultados siguen siendo tema de confrontación. Sin embargo, el problema se replica, aunque con diferencias, en países europeos como España, donde recientemente se realizó una gran manifestación para denunciar los intentos del gobierno de privatizar las pensiones y recortar su financiamiento público. Así, desde hace más de diez años, organismos internacionales como la cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) han alertado sobre lo que consideran un problema mundial para los trabajadores y las finanzas públicas. Advierten que la capacidad financiera de los Estados para subsidiar el sistema de seguridad social está siendo rebasada. Pero también señalan que el monto que los ciudadanos reciben por su jubilación, viudez o incapacidad, mediante entidades privadas, se ha vuelto insuficiente para cubrir necesidades básicas.

Aunque no pueden hacerse comparaciones con el sistema de ayuda social del siglo XIX, es interesante constatar que se trata de una problemática histórica que pocos a lo largo de los siglos, la idea de una supuesta incapacidad del género femenino para valerse por sí mismo fundamentó el dictamen de normas cuyo contenido buscaba limitar sus derechos y controlar su comportamiento. Así, durante el periodo colonial y la primera mitad del siglo XIX, las mujeres generalmente mantuvieron una relación de subordinación cimentada en una base legal y de tradición. Por ello, se administraban sus propiedades, se les prohibía adoptar conductas “indecentes” y se obstaculizaban sus posibilidades para ocupar cargos de gobierno.

A pesar de su situación, la mayoría de las mujeres se enfrentó a circunstancias que las dirigieron hacia otras opciones de vida, como la incorporación al mundo del trabajo y la administración de pequeños y grandes negocios. Además, el grado de dominación que se ejercía sobre ellas era determinado por su estado civil y condición socio económica, por lo cual las solteras, casadas y viudas recibían un trato distinto.

En el contexto colonial y durante el siglo XIX, las viudas fueron quienes aparentemente gozaron de mayor autonomía al quedar al margen de la autoridad patriarcal y ganar honorabilidad, pero, con excepción de quienes vivían de sus herencias o la ayuda de un pariente rico, las mujeres solas debían enfrentarse a constantes adversidades. Muchas veces ello significó buscar asilo en casas de recogimiento, depender de sus hijos o familiares, trabajar toda una vida como empleadas domésticas, costureras, lavanderas o cocineras y, en casos desesperados, ejercer la prostitución. En este contexto, recibir una pensión constituía un golpe de suerte para aliviar ciertas necesidades, pero en ese tiempo, como ahora, esta clase de transferencias económicas se limitaban a atender grupos muy específicos de la sociedad, desprotegiendo a la mayoría de quienes laboraban en sectores informales.

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Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

¿La culpa es de Trump?

Leticia Calderón Chelius
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

El discurso xenófobo y violento del presidente estadunidense contra los migrantes, y en especial contra México, ha puesto al país en una fuerte disyuntiva sobre cómo manejar las relaciones bilaterales cuando, además, somete a revisión el Tratado de Libre Comercio para América del Norte que es clave para la economía mexicana. ¿Pero cuánta responsabilidad tiene México en esta situación si no ha podido parar la sangría de ciudadanos que deben buscar alternativas económica en Estados Unidos porque aquí no las obtienen?

Los Angeles march for immigrant rights. Fotografía de Molly Adams, 2017. Flickr Commons.

Los Angeles march for immigrant rights. Fotografía de Molly Adams, 2017. Flickr Commons.

La asimetría es la principal característica de la dinámica de México con Estados Unidos. Lo ha sido así desde el inicio de la relación bilateral de ambos países en el siglo XIX y lo fue durante todo el siglo XX. Cuando ambos países iniciaron un vinculo comercial de franca colaboración e intercambio mercantil a partir de 1994 con el Tratado de Libre Comercio (TLC), en el que también participa Canadá, las diferencias, desencuentros e incluso hostilidades en torno a varios temas de la agenda bilateral quedaron al margen, por lo menos públicamente –salvo contados casos que generaron algunas controversias–. Así, por años, se decía que México y Estados Unidos no solo eran países vecinos y aliados, sino incluso amigos.

Desde Washington hasta la capital de México, y durante más de 25 años, los diferentes representantes de los dos gobiernos mantuvieron un discurso del ambiente promisorio sobre el futuro económico, centrado en la inversión directa en proyectos de producción automotriz, la instalación de plantas maquiladoras, no solo en la frontera norte, sino a lo largo de varias regiones de México, además de la exportación intensiva de productos agricolas desde ciertas zonas del país como Sinaloa (agricultura intensiva tecnificada destinada a la exportación). En paralelo, con la apertura comercial el mercado mexicano, largamente cerrado a las importaciones, se abasteció por fin de productos de origen estadunidense, pero sobre todo de productos “Made in China” que vía la triangulación que ofreció un esquema de mercado abierto, se volvieron una presencia abrumadora en las etiquetas de los productos que los consumidores mexicanos incorporaron a sus vidas.

Si bien es cierto que el TLC produjo grandes ganadores, también es cierto que falló en una de sus oferta iniciales de generar mecanismos y condiciones para propiciar mejores condiciones económicas para los mexicanos que, entre otras cosas, disminuirían los salarios precarios que son uno de los factores que propician la migración a Estados Unidos. Las ganacias han sido abundantes para algunos sectores, especialmente los grandes inversionistas, pero también hubo grandes perdedores de uno y otro lado de la frontera. Salvo algunos analistas y activistas críticos al TLC en México –y aparentemente en Estados Unidos-, este se percibía como un esquema estable y permanente, una pieza más, si acaso, del engranaje económico de las últimas dos décadas. Los años del TLC coinciden con el incremento en la desigualdad económica a nivel nacional y una pobreza que se volvió incontenible, pese a programas para combatirla y mecanismos de inversión para paliarla. Aun así, el TLC no fue visto como causa del deterioro económico-social que sufrió el país, sino que más bien se ha culpado a otros elementos como la corrupción, la violencia y la impunidad, en un escenario de alternancias del poder político desde el año 2000. En esta ecuación, salvo en ciertos momentos de tensión, nunca se consideró a Estados Unidos como parte central para explicar los problemas del país.

Todo parecía ir relativamente bien hasta la aparición de Donald Trump en el panorama electoral estadunidense (2015), con una fuerza desconocida para México por su discurso violento, que alteró la relación entre ambos países. Esta, si bien nunca fue tersa y mucho menos de pares, siempre estuvo cubierta por la cortesía de los miembros del servicio exterior, la discreción de los políticos en puestos de negociación y, sobre todo, la consigna desde México de no escalar conflictos potenciales para no afectar el marco del convenio mercantil y financiero, ni mucho menos los contactos en otros campos.

Como antecedente de la escalada verbal del nuevo mandatario estadounidense, tenemos que el expresidente Barak Obama tuvo una dura política de deportación (2 000 000 de personas a partir de 2009), incluso superior en proporción al poco más de un año de gobierno de Trump. Asimismo, se registran leyes que han señalado directamente a los mexicanos como “extranjeros indeseables” o el caso del gobierno estatal de Arizona que en 2010 impuso un esquema migratorio abiertamente hostil hacia indocumentados mayoritariamente mexicanos. Por otra parte, el muro, la valla o el cerco electrificado levantado para detener migrantes por distintas administraciones del país vecino ya es parte de la vida cotidiana de la población fronteriza desde hace años.

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A 40 años de la reforma política de 1977

Marco A. Ávila Peña
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

La coyuntura política y económica dio lugar -durante la presidencia de José López Portillo- a la primera apertura a una reforma electoral del régimen priista que permitiera mayor participación. El resultado sólo dejó conforme al gobierno, pero al menos abrió las puertas a futuras negociaciones para la democratización del país, que de todos modos demoró más de dos décadas en llevarse a cabo.

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A Rosa Albina Garavito Elías

El país vivía una coyuntura ciertamente atípica en 1977, si tomamos en cuenta las décadas de crecimiento económico anterior promovido por un régimen fortalecido y autoritario. Por supuesto, fue la coyuntura que inauguraría el México de las crisis, pero en ese entonces era imposible saberlo. Nadie ve al futuro con total claridad, acaso, se llama al porvenir con esperanza, más aún cuando las cosas empiezan a cambiar para mal. Un ejemplo de ello fue “Vive” la canción que popularizó José María Napoleón en medio de efervescencia política y dificultades económicas después de la crisis devaluatoria que generó una masiva fuga de capitales, entre otros efectos adversos.

Vive feliz ahora mientras puedes, quizás mañana no tengas tiempo para sentirte despertar…siembra tu tierra y ponte a trabajar. Abre tus brazos fuertes a la vida no dejes nada a la deriva, del cielo nada te caerá. Trata de ser feliz con lo que tienes, vive la vida intensamente, luchando lo conseguirás.

La melodía, escrita por “el poeta de la canción” imprimía a la atmósfera del momento una suerte de esperanza que resultó bienvenida en muchos hogares mexicanos. Pronto se ubicó en el primer lugar de popularidad y hacia mayo se escuchaba prácticamente a todas horas y en todos los lugares. Es comprensible el interés de los radioescuchas si consideramos que durante 1977 se vivieron profundamente los efectos de la crisis económica iniciada el año anterior.

Eran tiempos de cambio en el mundo. Por ejemplo, tras la muerte de Francisco Franco, en España se concretaba una apertura política que permitía al Partido Comunista Español su registro legal, después de décadas de proscripción. Era una buena señal para un país como México, que necesitaba ampliar el abanico electoral, de modo que el camino de la democracia sufragista se colocara como el mejor de los escenarios políticos ya que frenaba la radicalización de grupos de izquierda y de derecha al mismo tiempo.

En otras latitudes también ocurrían modificaciones, pero estas no iban sobre la misma línea. En América Latina, países como Argentina, Chile y Paraguay mostraban cómo gobernar militarmente a sociedades críticas y plurales. Aunque México no era la excepción en ese sentido por el grado de brutalidad ejercida contra los opositores y grupos clandestinos, el régimen había logrado mantener su dominación con un cariz democrático durante décadas. Su estabilidad no se había cuestionado sino hasta finales de 1976, pues incluso existió un fuerte rumor de un golpe de Estado que estallaría el 20 de noviembre de ese año.

Problemas internos

De entre el cúmulo de dificultades que vivía el país, la explosión demográfica representaba un asunto que no era menor, puesto que la concentración se enfocó en el Distrito Federal y la zona metropolitana. Los millones de migrantes que llegaban a las zonas urbanas pronto experimentarían dificultades para conseguir trabajo y oportunidades de movilidad social. Esa sola condición terminó por representar un problema político para el régimen porque los movimientos armados revolucionarios y los partidos de izquierda encontraron en los recién llegados una buena cantidad de militantes.

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El juicio de amparo y la dignidad humana

Carlos de Jesús Becerril Hernández
Universidad Anahuac México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

Uno de los legados dejados por Mariano Otero hasta nuestros días es este instrumento jurídico que protege los derechos fundamentales de cualquier ciudadano frente a posibles abusos de una autoridad. Ha sido promovido ante las detenciones arbitrarias o los cobros excesivos de impuestos, por la xenofobia o en defensa de una pérdida patrimonial. Lo solicitaron las compañías petroleras para oponerse a la expropiación llevada a cabo por Lázaro Cárdenas y en fechas cercanas quienes han reclamado por el matrimonio igualitario. Es uno de los recursos legales más utilizados y que le dan confianza al poder judicial.

 

Informe Anual del Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

El juicio de amparo contemporáneo es producto de la modernización jurídica liberal decimonónica mexicana. El político y jurista yucateco Manuel Crescencio Rejón (1799-1849) es considerado como su creador, al menos en el ámbito local, al lograr su inclusión en los artículos 8, 9 y 62 fracción I de la Constitución Política de Yucatán de 1841. En 1842, Esteban Valay y otros individuos, presos en la cárcel de Campeche por sospecha de complicidad en la desaparición del bergantín de guerra El Yucateco, invocaron exitosamente los anteriores numerales en contra del debido proceso seguido en su detención por una autoridad que los reos acusaron de “incompetente”, constituyéndose así el primer antecedente local del juicio de amparo, conocido como “amparo Valayai”.

Sin embargo, la federalización se llevó a cabo por conducto del jurista jalisciense Mariano Otero (1817-1850) en el Acta Constitutiva y de Reformas de 1847 que, además de restablecer el sistema federal consagrado en la Constitución de 1824, señaló de manera expresa en su artículo 25 que los Tribunales de la Federación estarían facultados para amparar

 

a cualquier habitante de la República en el ejercicio y conservación de los derechos que le concedan esta Constitución y las leyes constitucionales, contra todo ataque de los Poderes Legislativo y Ejecutivo, ya de la Federación, ya de los Estados; limitándose dichos tribunales a impartir su protección en el caso particular sobre que verse el proceso, sin hacer ninguna declaración general respecto a la ley o acto que lo motivare.

De hecho, el que la sentencia de amparo sólo tenga efectos sobre la persona que lo ha solicitado y llevado a trámite es conocido como principio de relatividad de las sentencias o “fórmula Otero”, en honor a su creador Mariano Otero.

La primera sentencia de amparo federal dictada por escrito data del 13 de agosto de 1849, emitida por el juez de distrito suplente en San Luis Potosí e interpuesta por Manuel Verástegui para evitar su destierro de dicho estado. A esta sentencia se le conoce también como “amparo Verástegui”. Sin embargo, el primer juicio de amparo llevado a buen puerto, sin sentencia escrita de por medio, lo sustanció el editor Vicente G. Torres en 1847, por la aprehensión que en su persona ejecutó el general en jefe del Ejército de Oriente.

A partir de entonces, y hasta nuestros días, los gobernados han recurrido al poder judicial de la federación en busca del “amparo y protección de la Justicia de la Unión” en contra de toda violación a sus derechos fundamentales propios de cada época.

Así, en el siglo XIX acudieron a él diversos sectores sociales: en forma de sociedades agrarias, los extintos pueblos de indios lo interpusieron para evitar la desamortización de sus propiedades; ciudadanos de a pie en contra de detenciones arbitrarias hechas sin el debido proceso constitucional; contribuyentes buscando evitar el pago de impuestos desproporcionados e inequitativos, o para oponerse a los procedimientos de cobro; campesinos para evitar la leva, tan común debido a los diversos conflictos bélicos; e, incluso, por parte de rivales políticos caídos en desgracia, como fue el caso de Dolores Quezada, viuda de Juan Nepomuceno Almonte para evitar la confiscación de los bienes heredados de su marido que había participado abiertamente como funcionario de primer orden durante el segundo imperio.

 

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Corrupción en México, el grifo abierto del Estado.

Paris Padilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 35.

Hacer negocio como hombres de gobierno es una práctica de larga data. Empresarios sagaces y políticos o militares de mano larga han encontrado en la administración pública una manera de enriquecerse, y no por la vía de las cuentas claras. El siglo XIX tiene, con nombres y apellidos, sus “vampiros” del erario.

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En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente que uno de los principales problemas que padece la administración pública en México es la corrupción en sus diferentes modalidades. El robo de dinero público por parte de funcionarios es un mal que alarma a la sociedad por los altos grados de impunidad que alcanza y que últimamente parece haberse salido de control con la exhibición de sonados casos sobre propiedades y enriquecimientos dudosos, gobiernos desfalcados y licitaciones de poca legitimidad.

Sin embargo, aunque este pareciera ser un problema reciente, lo cierto es que la corrupción ha estado presente, de alguna u otra forma, a lo largo de la historia de México. El siglo XIX presenta tantos casos al respecto que no resulta descabellado sugerir que a las principales problemáticas que distinguen a esa época, como la lenta recuperación de la economía, el déficit fiscal crónico y las constantes guerras, habría que sumar también a la corrupción.

Vampiros del erario

La etapa posterior a la guerra de Independencia fueron años difíciles para México en muchos sentidos. Después de la emancipación de España los criollos pudieron aspirar a los puestos políticos y a los cargos públicos. Había pocos recursos y demasiadas ambiciones, y hay indicios de que el robo del erario por parte de las autoridades fue un hecho desde los primeros años de vida independiente.

 

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Con la economía deprimida, convertirse en militar era una opción viable para conseguir dinero rápidamente e incluso amasar una pequeña fortuna. Los generales del ejército tenían sueldos moderados, pero algunos, misteriosamente, se compraban haciendas en el campo y mansiones en la ciudad. Hubo presidentes de la primera mitad del siglo a los que se les llegó a acusar explícitamente de ser corruptos, como fue el caso de Anastasio Bustamante. Cuando dejó la silla presidencial en 1832, Bustamante recibió duras críticas por dejar la administración en penurias. Se decía que había dejado a la tesorería sin poder pagar sueldos, que antes de entregar el cargo había autorizado la negociación de un préstamo sospechoso y que incluso se había tomado el tiempo para cubrir sus huellas y “los oscuros manejos que habían obrado las secretarías del despacho, principalmente la de Hacienda”.

La corrupción marcó también a administraciones posteriores, pero con Antonio López de Santa Anna pareció adquirir un cariz más preocupante, pues la influencia que llegó a tener el grupo de grandes capitalistas, los prestamistas conocidos como “agiotistas”, fue avasallante. A modo de sátira y desprecio a estos empresarios se les llamaba “los vampiros del erario”, por la sangría que ocasionaban a los ya de por sí mermados recursos públicos. Los agiotistas que más emitieron préstamos al Estado, valga señalar que a tasas de interés exorbitantes, recibían los contratos más generosos, como los de construcción de caminos, proyectos ferrocarrileros, recaudación de impuestos y acuñación de moneda.

 

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Logros y transformaciones

Diana Guillén
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

A quien queríamos formar en el Instituto Mora, qué función debía cumplir su biblioteca, qué perfil de investigadores se requería, un centro de historia o de ciencias sociales, cuál ha sido el significado del ingreso al CONACyT, y la importancia de sus órganos colegiados, cómo debemos mirar hacia al futuro. Cinco ex directores y la actual titular del Instituto Mora reflejan aquí sus pasos en proyectos, ideas y objetivos a lo largo de 35 años de vida de la institución.

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A lo largo de sus 35 años de vida, el motor de las actividades que realizamos en el Instituto Mora ha sido la búsqueda de la excelencia. Con ese faro como guía y bajo la premisa de que se trata de una apuesta compartida por el personal académico, administrativo y de apoyo, el futuro próximo abre el camino para generar conocimiento de punta en las líneas de investigación básica y aplicada que hemos desarrollado, para formar recursos humanos de alto nivel en los programas de licenciatura y posgrado que impartimos y para vincular nuestra labor con una sociedad que, además de requerir respuestas para los problemas que en el día a día la aquejan, enfrenta desafíos cuya solución pasa por el diseño de miradas de largo aliento.

20 febrero 2015 013 Altar de la capilla vista desde el coro ca 2015 (480x640)Al iniciar la segunda década del siglo XXI, seremos referente obligado dentro y fuera de México en los campos de la historia, las ciencias sociales y la cooperación internacional. Los resultados del esfuerzo y compromiso que su comunidad ha sostenido desde que el Instituto dio sus primeros pasos en 1981, se traducirán en más y mejores contribuciones para el desarrollo de la ciencia y en decididos apoyos para el diseño y la evaluación de la política pública. Asimismo se afianzará el amplio reconocimiento a la calidad de nuestro sello editorial y, con el apoyo de formatos innovadores en el terreno de la divulgación, se ampliará el acercamiento a un auditorio amplio; nuestros programas docentes se consolidarán como opciones internacionalmente atractivas y a partir de las oportunidades propias de la era digital, la Biblioteca refrendará el papel estratégico que jugó en la creación del Instituto Mora.

Quienes hemos acompañado un andar que ha dejado invaluables frutos, tenemos razones para sentirnos privilegiados. Hemos visto modificarse desde la fisonomía de los espacios que nos albergan, hasta las líneas de investigación y docencia que desarrollamos, pero sobre todo hemos atestiguado las bondades de asumir colectivamente el reto de mirar siempre hacia adelante. Por ello, estoy convencida de que el futuro próximo es promisorio y dentro de él la única forma de visualizarnos es como interlocutor proactivo y vigoroso de otras instancias académicas y educativas, de esferas de gobierno local, estatal y nacional, de organismos internacionales, y, en general, de los distintos sectores de una sociedad a la que como Centro Público de Investigación nos debemos.

Ernesto de la Torre Villa
(1981-1983)

Estuve al frente del Instituto Mora por casi cuatro años, y una de mis tareas principales fue formar una buena biblioteca para el uso de los investigadores. Fernando Solana, secretario de Educación, me dijo: “Mire maestro, en la Secretaría tenemos muchos libros que no conocemos; lo autorizo para que saque los libros que le puedan servir.” Y resultó que aquellos libros eran de las bibliotecas que había organizado José Vasconcelos y que luego habían sido refundidos en bodegas. De ahí sacamos preciosidades. Con el apoyo de Solana, expurgamos también la Biblioteca México y la Cervantes, gracias a lo cual el acervo del Instituto Mora se acrecentó. El objetivo era integrar una biblioteca especializada en historia de América. El Instituto había sido creado para preparar estudiantes que no compitieran con otras instituciones. La Facultad de Filosofía y Letras de la unam tenía la carrera de historia que impartía una formación muy general y El Colegio de México estaba interesado en formar principalmente historiadores de México, de manera que pensamos que el Mora debía preparar alumnos en historia de América. Más adelante, bajo otra dirección, el Instituto cambió su interés a favor de la historia regional, y las políticas para acrecentar la biblioteca sufrieron cambios. (Por otro lado, Solana) nos envió la escuela de encuadernación. Aquello fue muy bueno porque con ella se daba un magnífico apoyo a la biblioteca y se podía aspirar a crear un taller de restauración. Entiendo que el Instituto Mora no perdió del todo aquel taller. Creo que en esos años de fundación pudimos sentar buenas bases, bases intelectuales y materiales, me parece que el Mora va muy bien y está dando sus frutos. Creo que está llamado a tener todavía gran desarrollo, tengo muy buenos recuerdos del Instituto.

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La transformación de Pantitlán en un populoso barrio

Claudia Patricia Pardo Hernández
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.

Para llegar en la actualidad a ser uno de los puntos clave de distribución de pasajeros de la megalópolis, esta zona del oriente capitalino pasó por destacarse como un lugar ceremonial sagrado para los aztecas, que conjuntaba cinco lagos hoy prácticamente desecados. Productora de hortalizas, más tarde, llegó a tener varios balnearios donde la gente asistía hasta para curarse del reuma. Los años setenta del siglo XX fueron los de la explosión poblacional de Pantitlán.

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Bañistas en el balneario Olímpico, ca. 1950. Reproducción autorizada por el INAH.

Pantitlán significa, en náhuatl, lugar entre banderas. Las referencias del Códice Boturini describen un lugar dentro del lago que fue asentamiento temporal de los mexicas en su larga peregrinación para encontrar una señal divina y fundar su ciudad. Las banderas señalaban un gran remolino que devoraba las canoas. Se sabe, por fray Bernardino de Sahagún, que este sitio se convirtió en lugar sagrado, pues ahí se realizaban diversos ritos, entre ellos el de la sanación de enfermos, los cuales tenían que hacer una fiesta de celebración a sus dioses, tras la cual eran arrojadas al remolino toda clase de adornos, ídolos y vasijas.

Otra ceremonia era el sacrificio de infantes para honrar a los dioses del agua. El resumidero de Pantitlán era uno de los siete lugares sagrados en donde se ofrendaba a los niños. Los pequeños eran ataviados con joyas, mantas y otros adornos, se les pintaba la cara y después de una larga noche de ritos y cantos, eran conducidos en andas con música y gente gritando alrededor. Entre más lloraban los niños era señal de mejores lluvias, al llegar al sitio señalado por las banderas eran arrojados.

Con la llegada de la conquista española las celebraciones y sacrificios en Pantitlán cesaron y, por muchos años, el sitio quedó en el olvido, siendo sólo una vaga referencia en el cuerpo de agua. Se supone que mientras el lago fue navegable las banderas se conservaron para prevenir del peligro. Con el paso de los años, y principalmente por la acción de los hombres, el conjunto de lagos (Texcoco, Chalco, Xochimilco, Xaltocan y Zumpango) se fueron desecando, poniendo particular acento en el de Texcoco.

Para la segunda mitad del siglo XIX el lago se había convertido en un problema: amenazas de inundación a la capital en época de lluvias y tolvaneras en los primeros meses del año. Algunos de los médicos higienistas del periodo, así como un grupo de urbanistas, comenzaron a estudiar la zona para dar una solución viable y científica al asunto. José Terreros, director del Instituto Médico Nacional, no encontró ninguna relación entre el nivel de humedad del aire, los vientos y el desarrollo de enfermedades infecciosas, por lo tanto, según su opinión, la permanencia o desecación del lago, en nada influían para la salud de los habitantes de la ciudad.

Entre los urbanistas que estudiaron el problema estuvo Miguel Ángel de Quevedo, a quien la Junta Directiva del Desagüe del Valle de México le encargó en 1888 el estudio de la zona. El espacio ocupado por el lago era de unas 27 000 hectáreas, de las cuales, para entonces, la mayor parte reportaba una relativa sequía. Quevedo propuso que el lago de Texcoco sirviera como cuerpo regulador del resto de lagos para que estos derramaran en su lecho el agua suficiente para mantenerlo y estabilizar, al mismo tiempo, sus propios niveles. Esto, más el sistema de canales y ríos de la ciudad, serviría para preservarlo así como para proveer de un nivel adecuado de humedad al aire de la ciudad, y evitar, además, las molestas tolvaneras.

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