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Ernest Gruening: la herencia revolucionaria de México

María del Carmen Collado (edición) / Instituto Mora

BiCentenario # 8

Ernest H. Gruening, ca. 1955

Ernest H. Gruening, ca. 1955

 

Ernest H. Gruening (1887-1974) fue un periodista y político nacido en Nueva York, quien dirigió y fue editor de varios periódicos y participó como funcionario del gobierno de Franklin D. Roosevelt en la década de 1930. Fue gobernador de Alaska y, más tarde, senador por el Partido Demócrata. A lo largo de su vida, se opuso al intervencionismo estadounidense y, por ello, dio su voto en contra de la “Resolución del golfo de Tonkin”, aprobada por el Senado en 1964, resolutivo que autorizó el aumento de la injerencia militar estadounidense en el sudeste asiático, que terminó en el desastre de la guerra de Vietnam.

Gruening estudió medicina en Harvard, pero nunca la ejerció y optó por el periodismo desde muy joven. Como director del semanario The Nation de 1920 a 1923, se interesó por los acontecimientos mexicanos y viajó al país con su esposa y sus hijos en 1922. Como fruto de esta visita, publicó varios reportajes criticando al gobierno estadounidense por no dar el reconocimiento diplomático a la administración de Álvaro Obregón y también glorificó las reformas emprendidas por este gobierno, que eran resultado de la Revolución. Gruening formó parte de una corriente de intelectuales y artistas estadounidenses que viajaron a México y simpatizaron con su gobierno, sus artesanías, su historia, sus indígenas, al tiempo que admiraron la vitalidad y novedades del muralismo durante los años veinte. Casi todos ellos reivindicaron a la Revolución mexicana y sus reformas en artículos y libros, contradiciendo la visión del México salvaje, caótico, plagado de bandoleros y personajes sanguinarios que privaba en la mirada de diplomáticos, algunos miembros del Departamento de Estado y de la prensa antimexicana de Randolph Hearst.

Gruening se distinguió del resto de los propagandistas del México posrevolucionario, porque mantuvo una visión más equilibrada y crítica, como se aprecia en su Mexico and Its Heritage (1928). Este texto fue el primero escrito con una perspectiva informada y que profundizó en las raíces históricas de México y su Revolución. Por ello marcó una ruptura respecto a la leyenda negra revolucionaria, y su interpretación ha ejercido una gran influencia en los extranjeros interesados en el país hasta la fecha. El gobierno mexicano le concedió la condecoración de la Orden del Águila Azteca en 1964 –el máximo galardón conferido a los extranjeros– en reconocimiento a su obra pionera que difundió la importancia de la Revolución y los cambios promovidos por Obregón y Calles.

Ernest H. Gurening, ca. 1940

Ernest H. Gurening, ca. 1940

 

México y su herencia

es producto de una investigación realizada durante tres estancias en el país a lo largo de 1924 y 1927, en las cuales contó con la ayuda de la entonces joven Anita Brenner –una de las grandes difusoras de la cultura y la historia mexicanas en Estados Unidos–, quien colaboró en la recolección de material para el estudio. Se trata de un libro basado en entrevistas, visitas de campo y archivos nacionales, que muestra al país como resultado de una herencia secular, con una vida indígena depositaria de tradiciones y portadora de nuevos valores, y presenta a la Revolución como consecuencia de malestares sociales y políticos de vieja data. Al mismo tiempo, Gruening fue partidario de Obregón y Plutarco Elías Calles, alabó las reformas agraria y laboral, los logros materiales y educativos de sus gobiernos, al tiempo que criticó al militarismo, la corrupción , la oposición de la iglesia católica a los cambios, la insalubridad y la miseria. Regresó a México en la década de 1960 como senador, huésped de honor del gobierno mexicano e invitado a la Tercera Reunión de Historiadores Mexicanos- Norteamericanos celebrada en Oaxtepec, Morelos en 1969.

 

El testimonio de Ernest Gruening que reproducimos, recupera secuencias de una entrevista grabada cuatro décadas después de la publicación de su influyente libro. En los fragmentos de la conversación que presentamos –realizada en inglés por Eugenia Meyer durante la citada reunión de Oaxtepec–, encontramos cómo se inició su interés por México, cuáles fueron sus impresiones sobre el país, sus actores, pero sobre todo qué pensaba sobre Obregón, Calles, la iglesia y Morones, entre otros. Cabe advertir que el entrevistado tenía una especial admiración por Calles, a quien consideraba pieza crucial del México posrevolucionario.

 

A cien años de la Revolución mexicana, es pertinente presentar la percepción de este norteamericano, que simpatizó con las reformas emprendidas como resultado de la lucha armada de 1910, que defendió el derecho de México a darse leyes y gobiernos propios, al tiempo que subrayó lastres como la corrupción y la falta de democracia.

María del Carmen Collado

En 1920, cuando la Revolución había llegado a una fase evolutiva, cuando la lucha había terminado y Álvaro Obregón ocupó el poder; la administración de [Warren C.] Harding, que contaba con Charles Evans Hughes como secretario de Estado, se negó a reconocer el gobierno de Obregón. Insistía en que el gobierno obregonista diese garantías para que al llevarse a cabo los postulados de la Revolución, no [se afectaran] las propiedades norteamericanas. Había enormes latifundios en manos extranjeras, especialmente en las de William Randoph Hearst en el estado de Chihuahua, que sobrepasaban el milón de hectáreasa.

El general A?lvaro ObregA?n, 1917.

El general Álvaro Obregón, 1917.

Obregón, claro, no podía y no quería, como buen patriota mexicano, abolir los postulados de la Revolución que habían sido establecidos en la Constitución de 1917, así que por ello, no se le había otorgado el reconocimiento y nosotros en The Nation, simpatizábamos mucho con su posición y estábamos en absoluto desacuerdo con la tomada por nuestro Departamento de Estado. Esta fue la razón que me llevó a escribir un buen número de vívidos artículos editoriales insistiendo en que se reconociera a Obregón –que el gobierno mexicano tenía todo el derecho de llevar a cabo las promesas de la Revolución. Pero, nada sucedió.

Entonces se me ocurrió proporcionar al público una información más amplia de lo que había estado ocurriendo en México. Nada se había publicado, nada con autoridad sobre la Revolución en los Estados Unidos. Ni una sola obra había sido escrita en inglés haciendo referencia a la Revolución. La mayor parte de la información que se obtenía era de fuentes tendenciosas antimexicanas. Todos los periódicos Hearst, que tenían enorme circulación, de millones de ejemplares, propagaban constantemente la idea de que México estaba infestado de bandidos; que la vida no era segura; que la Revolución no servía para nada; que el bueno de Porfirio Díaz era el hombre que sabía manejar México y que era una lástima que lo hubiesen derrocado. Apoyaron a Victoriano Huerta, y la aplastante información que se le estaba proporcionando al pueblo norteamericano era negativa para México.

[...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • ALICIA AZUELA y GUILLERMO PALACIOS (coords.), La mirada mirada. Transculturalidad e imaginarios del México revolucionario, 1910-1945, México, El Colegio de México/UNAM, 2009.
  • NICOLÁS CÁRDENAS GARCÍA, “La incómoda herencia de Gruening a México” en Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, núm. 69, septiembre-diciembre 2007.
  • MARIANA FIGARELLA, Edward Weston y Tina Modotti en México; su inserción dentro de las estrategias del arte posrevolucionario, Mexico, UNAM, 2002.
  • EUGENIA MEYER, Conciencia histórica norteamericana sobre la Revolución de 1910, México, INAH, 1970.
  • ELENA PONIATOWSKA, Tinísima, México, Era, 1992.
  • Ver Frida, de Julie Taymor, 120 minutos, 2002.

Villa y Zapata. Metamorfosis de una fotografía

Guadalupe Villa G. / Instituto Mora

BiCentenario # 8

 

Entre las miles de imágenes que se tomaron a lo largo de la revolución mexicana, sólo unas pocas se convirtieron en íconos o referentes de un momento histórico trascendental. Es el caso de la fotografía de Francisco Villa y Emiliano Zapata, tomada en Palacio Nacional en diciembre de 1914 cuando, rodeados de colaboradores y simpatizantes, el primero se arrellanó sobre uno de los símbolos más emblemáticos del poder político en México: la silla presidencial.

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Luego del asesinato de Francisco I. Madero, Villa se adhirió al movimiento constitucionalista. Zapata, por su parte, no reconoció el Plan de Guadalupe, manteniéndose como jefe del Ejército Libertador del Sur. Tras las victoriosas batallas de la División del Norte que determinaron la derrota del ejército federal, las relaciones entre Villa y Venustiano Carranza se volvieron tensas, por lo que  –en busca de un avenimiento–, los generales de la División del Noreste, al mando de Pablo González, promovieron las conferencias de Torreón, proponiéndose una convención de generales y gobernadores revolucionarios. Del 1 al 5 de octubre se celebraron reuniones en la capital del país; y a partir del 10 de octubre en el teatro Morelos de la ciudad de Aguascalientes se iniciaron las sesiones preliminares de la convención en la que todos los grupos revolucionarios estarían representados. Lejos de llegar a un avenimiento, se agudizaron las contradicciones entre villistas, zapatistas y Venustiano Carranza. Roto todo vínculo, la Convención Revolucionaria nombró presidente provisional a Eulalio Gutiérrez y acordó el cese de Carranza como primer jefe del Ejército Constitucionalista y de Villa como jefe de la División del Norte, no obstante, éste último fue designado jefe del Ejército Convencionista. Con su investidura emprendió la marcha rumbo a la Ciudad de México, cuya vanguardia llegó al pueblo de Tacuba el 28 de noviembre de 1914. Cuatro días antes habían arribado los zapatistas, quienes establecieron su cuartel general en Xochimilco. El general Villa se unió a sus avanzadas el 2 de diciembre y paulatinamente fueron incorporndose a la ciudad capital los miembros de la comisión permanente convencionista, entre ellos, el presidente provisional Eulalio Gutiérrez.

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El primer encuentro entre Villa y Zapata ocurrió en Xochimilco. La escuela municipal dio cabida a estos líderes. Un testigo describe así el suceso:

En la habitación no había más que pocas sillas; los generales Villa y Zapata se sentaron ante una gran mesa oval, y pudo verse el marcado contraste entre ellos [...] Villa, alto, robusto, con unos noventa kilos de peso, tez casi roja como la de un alemán, tocado con casco inglés, un grueso suéter café, pantalones color caqui, polainas y gruesos zapatos de montar. Zapata [...] con un inmenso sombrero que por momentos daba sombra a sus ojos de modo que no era posible distinguirlos, piel oscura, rostro delgado, mucho más bajo que Villa y con unos sesenta y cinco kilos de peso. Llevaba un saco negro, una gran pañoleta de seda azul claro anudada al cuello, una camisa de intenso color turquesa, y usaba alternativamente un pañuelo blanco con ribetes verdes y otro con todos los colores de las flores. Vestía pantalones de charro negros, muy ajustados, con botones de plata en la costura exterior de cada pierna. Villa no llevaba ningún tipo de joya ni color alguno en sus prendas [...] fue interesante y divertido ver a Villa y Zapata tratando de hacer amistad. Durante media hora se quedaron sentados en un incómodo silencio, ocasionalmente roto por algún comentario insignificante, como novios de pueblo.

 [...]

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • ARNOLD BELKIN, Para disfrutar el infinito: homenaje a Arnold Belkin, México, Museo Universitario del Chopo, 1998
  • JOHN REED, México insurgente, México, Grupo Editorial Tomo, México, 2007.
  • Ver Reed, México insurgente, México, 1972. Dir. Paul Leduc (vídeo).
  • Visitar el Museo Nacional de Historia, donde se encuentra la pintura de Belkin en gran formato.

Correo del Lector #8

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El cuento Bajo las ramas del sauce llorón me gustó mucho: plasma el dolor de José María Lafragua, quien, como todo hombre, sintió la ausencia de su amada, del amor que se llevó “la pelona”, pero vivirá siempre… Me causó melancolía.

Guillermo Brenes, Costa Rica

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 20.02.46Les escribo del Centro Cultural de España, donde pude leer un número de su revista y he quedado sorprendida por su bello contenido. ¿Me pueden indicar cómo suscribirme? También quisiera comprar los números anteriores.

Ana María García Ugalde, Embajada de España

Gracias por sus halagos. Por lo pronto, le rogamos que escriba y haga su solicitud al Sr. Raquel Zepeda: rzepeda@mora.edu.mx.

Captura de pantalla 2013-09-20 a las 20.03.24Llamó mi atención la presencia de doña Carmelita Romero Rubio en el cuento Abuelo grande. Me gustaría saber si ella fue la primera dama de México con un papel distinto al de esposa y madre.

Feminista chismosa

La primera consorte que tuvo ese papel fue la emperatriz Carlota, quien destacó por su labor de ayuda social y beneficencia. Más aún, cuando el emperador estaba ausente, ella se encargaba de las tareas de estado.

CONSULTAS

Estudio historia del arte en la UIA. Hice un trabajo sobre José Clemente Orozco y supe así que la última obra del muralista estaba en el Multifamiliar Miguel Alemán, cerca de casa. Fui a verlo y me inquietó su deterioro, tal que no pude apreciar bien el tema. Sé que en el Mora se sabe mucho del “Multi”. ¿Pueden decirme algo sobre él?

Universitaria curiosa

La Dra. Graciela de Garay, investigadora del instituto, nos dijo que el tema del mural es La Primavera, representada por una mujer yacente que, de algún modo, es la réplica femenina del Prometeo pintado por Orozco en el Hospicio Cabañas. Como Prometeo que se transforma en tea para dar fuego a los hombres, la Primavera se hace semillero para dar las flores. La pincelada verde del mural la trazó el maestro en un rapto de ira por hallar la pared rugosa. Como murió al otro día, la obra se dejó como estaba

Sumario #8

BiCentenario # 8

Editorial

Correo del lector

 

ARTÍCULOS

JOSÉ MARTÍN HURTADO GALVES

Poesía y guerra: Querétaro en 1808 y 1810

GERARDO GURZA LAVALLE

Comercio y diplomacia en las riberas del Bravo: la guerra de Secesión y el norte de México

CECILIA ALFARO GÓMEZ

La historia de Pepita Aguilar, una Dama de Palacio

CARLOS ALCALÁ FERRÁEZ

Vacuna, cataplasmas y vasijas de agua hirviendo: enfermedades y remedios en el Yucatán del siglo XIX

JOSEFINA MOGUEL FLORES

Almazán y el corazón de Aquiles Serdán: La fuerza de un símbolo

MANUEL OLIMÁN NOLASCO

Desde mi sótano: un peculiar periódico clandestino (1926-1927)

 

DESDE HOY

J. CARLOS DOMÍNGUEZ

Historia trágica del recurso del agua en la Ciudad de México

 

DESDE AYER

LEONIDES AFENDEFULIS GARCÍA

1975: el año en que Chicago vino a México

OSIRIS ARISTA

El circo en México

En el siglo XIX

En el siglo XX

 

CUENTO

ARTURO SIGÜENZA

Estreno de residencia

 

ARTE

GUADALUPE VILLA G.

Villa y Zapata: metamorfosis de una fotografía

 

ENTREVISTA

Ernest Gruening: la herencia revolucionaria de México

María del Carmen Collado

Comercio y diplomacia en las riberas del Bravo. La guerra de Secesión y el norte de México

Gerardo Gurza Lavalle / Instituto Mora

BiCentenario # 8

Las guerras siempre cambian la vida de la gente. En la mayoría de los casos, las más afectadas son las poblaciones directamente involucradas en el conflicto. Sin embargo, los choques armados muchas veces tienen repercusiones capaces de alterar la forma de vida de poblaciones situadas a una distancia lejana de los lugares donde luchan los ejércitos. Eso fue lo que sucedió en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas durante la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1865). Es bien sabido que los estados del norte y del sur de la Unión americana libraron una guerra larga y sangrienta en torno al problema de la esclavitud, pero el hecho de que este conflicto afectara tan hondo la región noreste de México es menos conocido.

La lucha entre el Sur esclavista y el Norte libre empezó en abril de 1861. En noviembre del año anterior, Abraham Lincoln había resultado vencedor en las elecciones presidenciales y los estados sureños no quisieron vivir bajo un gobierno dirigido por un miembro del partido Republicano, el cual estaba decidido a evitar la expansión de la esclavitud hacia los territorios adquiridos como resultado de la guerra del 47. Así, como en una hilera de fichas de dominó, entre diciembre de 1860 y abril de 1861 once de los quince estados esclavistas declararon disuelto el pacto federal y establecieron una nueva organización política: los Estados Confederados de América, según su título oficial, o sólo “la Confederación” como suele llamársele.

Al empezar la Guerra Civil, el gobierno de la Unión ordenó un bloqueo marítimo a la recién fundada Confederación. La finalidad era impedir su comercio con el exterior. Los estados del Sur eran muy inferiores al norte en cuanto a su capacidad industrial y resultaba claro que se verían en la necesidad de importar gran parte de sus armas y pertrechos. Asimismo, la mayor fuente de riqueza en el Sur eran sus enormes exportaciones de algodón a Europa, de modo que el bloqueo también tenía por objeto privar al Sur de esa fuente de ingresos. En este contexto, los líderes confederados no tardaron en darse cuenta de la posibilidad de mantener abierta una avenida para el comercio exterior en la frontera sur de Texas. A través del río Bravo y los estados del norte de México era posible introducir todo tipo de mercancías y abastecimientos, y por supuesto también exportar el algodón. De este modo dio inicio un comercio que significó una transformación del entorno económico de los estados ribereños, especialmente de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila.

Los confederados evacuando Brownsville, 1864

Los confederados evacuando Brownsville, 1864

El gobierno confederado decidió enviar un agente especial a Monterrey y eligió para esta misión a José Agustín Quintero, un periodista y poeta cubano exiliado en Texas, debido a sus simpatías por la causa independentista de la isla. Quintero demostró ser un diplomático hábil y también un diligente promotor del comercio. En esa época, Monterrey era la cabecera del gran cacicazgo regional de Santiago Vidaurri, el cual incluía a Coahuila, unificada con Nuevo León como un solo estado desde 1857. La influencia de Vidaurri también se dejaba sentir en Tamaulipas y otros estados del norte. En los hechos, Quintero se convirtió en una especie de embajador ante Vidaurri, quien a su vez había aprovechado el creciente flujo comercial para aumentar sus ingresos aduanales, los que manejaba y gastaba con toda independencia, pese a las protestas del gobierno federal, que constantemente le solicitaba la remisión de los ingresos.

Quintero, Vidaurri y muchos empresarios del A?rea, como Evaristo Madero y Patricio Milmo, lograron poner en marcha un comercio enorme (generador de fortunas que duran hasta nuestros días). Desde mediados de 1861, cientos de carretas llevaban pólvora, plomo, cobre, hoja de lata, salitre, azufre, tela cruda de algodón, cobijas, cueros y también toneladas de harina de trigo y maíz, café y azúcar, a lo que se sumaban muchos otros productos llevados por buques europeos a Matamoros en tránsito para ser importados en Texas. La atracción del insaciable mercado texano se sintió en todos los estados limítrofes y más allá, alcanzando incluso a Durango y Zacatecas.

Los confederados texanos, por su parte, pagaban todos estos abastecimientos con algodón, el cual tenía un precio alto en el mercado internacional debido a la escasez provocada por el bloqueo. Los principales centros de almacenamiento para el algodón texano fueron Matamoros y Brownsville. El trayecto desde las plantaciones hasta estos pueblos ribereños distaba de ser fácil: Texas era un estado con pocos ferrocarriles (la extensión total de las vías no sumaba más de 550 km), y ninguna de las líneas existentes llegaba al límite con México. Fue preciso transportar en carretas el algodón y las mercancías con las que se compraba, por grandes extensiones de tierra desértica. Una viajera que hizo el recorrido lo describió “tan árido que lo único que crecía eran cactus y mezquite”, mientras que otro dejó testimonio de haber observado “centenares de animales muertos, con la piel seca sobre los huesos” a lo largo del trayecto. El transporte por tierra de algodón y demás mercancías involucró cientos de carretas, miles de mulas y otras bestias de tiro y cientos de arrieros, muchos de ellos mexicanos.

Una vez en Matamoros o Brownsville, el algodón se cargaba en pequeños barcos de vapor adecuados para la navegación fluvial y era llevado hasta el puerto de Bagdad, localizado en la costa tamaulipeca, al sur de la desembocadura del río. El algodón esperaría allí su embarque en buques que lo llevarían a Europa o al norte de Estados Unidos, donde existía una demanda enorme de la fibra. Bagdad, casi sobra decirlo, no era un puerto adecuado para este volumen de comercio. La desembocadura del Bravo estaba surcada por una barra de arena, por lo que los navíos grandes no podían acercarse mucho. Más aún, los vapores que transportaban el algodón sólo podían salir al golfo cuando la marea era alta, cosa que no sucedía todos los días. Debido a esto, los buques mercantes anclados frente a la costa tenían que esperar con frecuencia varios días, incluso semanas, antes de desembarcar todos sus efectos y recibir su carga de algodón. Así, según algunos testigos, en ocasiones se llegaron a juntar 180 o hasta 200 barcos en la desembocadura del río, esperando por el cotizado insumo textil. Pese a estos problemas, el comercio siguió siendo redituable gracias a los altos precios del algodón en el mercado internacional y a la enorme demanda de pertrechos y mercancías por parte de la Confederación.

Vista del sur de Texas y la frontera con MAi??xico

Vista del sur de Texas y la frontera con México

Los efectos de este intercambio transformaron queñas y aletargadas, no estaban preparadas para recibir. La población de Matamoros pronto saltó a más de 40,000 habitantes, mientras que la de Bagdad aumentó a 15,000. Los precios de las rentas se dispararon, a la vez que fue necesario construir con rapidez nuevas viviendas y bodegas. Tal como señal un viajero contemporáneo, Matamoros se había convertido en una especie de Nueva York para “los rebeldes al oeste del Mississippi, su gran centro financiero y comercial, que los alimenta y viste, los arma y equipa”. El comercio fue importante para el esfuerzo de guerra confederado, aunque hay que señalar que la ausencia de líneas ferroviarias que conectaran adecuadamente a Texas con el resto de los estados rebeldes hizo que los efectos de las provisiones abundantes tuvieran un radio limitado. A simple vista, el volumen de las importaciones parecía tan grande como “para aprovisionar a todo el ejército rebelde”. Sin embargo, según opinó el cónsul estadounidense en Monterrey, la mayor parte de los pertrechos no rebasó, en realidad, los límites de Texas, más algunas zonas de Luisiana y Arkansas.

La colindancia con la Confederación no sólo llevó actividad y abundancia inusitadas al noreste mexicano, sino que también provocó movimientos insólitos de población. Prácticamente desde el inicio de la guerra, un flujo considerable de texanos empezó a cruzar el río Bravo hacia Tamaulipas y Nuevo León en busca de refugio. Se trataba de personas que se mantenían fieles a la Unión y temían ser perseguidas por sus opiniones políticas. Muchos eran inmigrantes alemanes que deseaban mantener una actitud neutral en el conflicto civil y preferían dejar sus hogares y comunidades antes que verse obligados a servir en el ejército confederado, en especial después de que el gobierno sureño aprobó una ley de conscripción muy estricta en 1862. No contamos con cifras, ni siquiera aproximadas, pero al parecer los refugiados llegaron a ser más de 1,000. Los cónsules de la Unión en México hicieron lo posible por ayudarlo, pues muchas veces llegaron hambrientos, sin dinero y sin más pertenencias que la ropa que vestían. Como la gran mayoría de estos expatriados permaneció cerca de la línea fronteriza, la zona se convirtió en escenario de vivas tensiones. Tal como informó el cónsul de la Unión en Monterrey a su gobierno, estos hombres deseaban estar a una distancia conveniente de Texas y no con intenciones pacíficas: “En estos momentos la población de americanos en esta ciudad es muy grande y aumenta a diario. Sucede lo mismo en cada pueblo y villa de estos estados fronterizos. La mayoría de ellos son hombres fieles a la Unión que han sido sacados de Texas contra su voluntad y que esperan aquí calladamente una invasión de ese estado para regresar a sus casas y, si es necesario, ayudar al gobierno federal de la manera que sea.”

En Matamoros, en particular, una concentración numerosa de refugiados estaba separada tan sólo por unas cuantas decenas de metros de la guarnición confederada de Brownsville, lo cual aumentaba la probabilidad de que se produjeran incidentes. Leonard Pierce, el cónsul de la Unión en Matamoros, aprovechó su llegada para formar una pequeña milicia, la cual ansiaba un ataque del ejército de la Unión al sur de Texas para salvar el río y asistir en el desalojo de las fuerzas confederadas (Pierce había insistido con frecuencia en sus informes al departamento de Estado sobre la necesidad de un ataque que cortara el comercio). Esta situación originó varios incidentes limítrofes que arriesgaron la paz y también la continuación del negocio. A fines de 1862, algunos grupos armados cruzaron el río desde el lado mexicano para realizar depredaciones en Texas. Aunque en mucho se trataba de incursiones de rapiña comunes y corrientes, las autoridades mexicanas y los confederados sospechaban que los refugiados estaban involucrados, especialmente aquellos reclutados por el cónsul. Después de una de estas incursiones, tropas confederadas cruzaron al lado mexicano sin autorización para perseguir a los salteadores, matando a varios de ellos en un combate. Otro grupo de soldados confederados cruzó más tarde a la ribera sur y secuestró a un colaborador cercano de Pierce, provocando una airada protesta de las autoridades tamaulipecas. De modo que la presencia de los refugiados estuvo a punto de inducir una situación de violencia en la región, la cual podía terminar con el comercio y el buen entendimiento de Vidaurri y la Confederación.

En estas circunstancias, Quintero, el agente confederado en Monterrey, viajó a Matamoros para  entrevistarse con el gobernador de Tamaulipas, Albino LA?pez, y con el comandante de las tropas confederadas acantonadas en Brownsville, Hamilton P. Bee, y logró reunir a ambos personajes en varias ocasiones durante febrero de 1863 para negociar un arreglo encaminado a preservar el orden y la tranquilidad. El resultado fue un acuerdo general dirigido a eliminar la impunidad ofrecida por la línea divisoria y a evitar que los refugiados abusaran del asilo que les concedían las autoridades mexicanas. El convenio estipulaba la extradición de criminales comunes, asegurando así que los culpables de delitos fueran remitidos a las autoridades del lugar en donde los hubiesen cometido. También se establecía un principio de reciprocidad en la persecución de criminales; es decir, las autoridades de cada país tendrían la facultad de cruzar la frontera para apresarlos, siempre que se encontraran muy cerca de la línea. Estos convenios carecían de validez legal, pues eran fruto de un acuerdo entre funcionarios locales, sin ninguna autorización para hacerlo y que por tanto operaran con base en la buena voluntad de las partes. Pero, aunque no cortaron de tajo los desórdenes fronterizos, sí los redujeron y coadyuvaron a la continuación del comercio.

Conviene subrayar que el espacio fronterizo no estaba aislado de los procesos que tenían lugar en el plano nacional, tanto del lado estadounidense como del mexicano. En el primer caso, el comercio mismo era resultado de la Guerra Civil y estaba sujeto a lo que sucediera en los campos de batalla; en el caso de México, de manera simultánea al desarrollo del intercambio, el gobierno de Benito Juárez enfrentaba una dura crisis, tanto en el ámbito interno como en el internacional. La victoria militar de los liberales sobre el bando conservador a fines de 1860 no había sido definitiva ni mucho menos. Por el contrario, aunque desplazados del poder, los conservadores continuaban en pie de lucha, si bien con una capacidad militar muy reducida. El Ejecutivo, por su parte, carecía de recursos económicos suficientes para consolidar su posición, pues sus magros ingresos provenían de la recaudación aduanal y en su mayor parte ésta se encontraba comprometida en el servicio de la deuda contraída con varias naciones europeas. Estos hechos llevaron al gobierno federal a suspender el pago de intereses hasta nuevo aviso en julio de 1861, lo cual fue el disparador de una intervención a cargo de Inglaterra, Francia y España, principales acreedores del Estado mexicano. Las tres potencias firmaron un acuerdo para exigir al deudor el complimiento de sus obligaciones y en diciembre del mismo año enviaron buques de guerra y fuerzas de desembarco a Veracruz. Como es bien sabido, al cabo de unos meses Inglaterra y España se retiraron, mientras que Francia intentó fundar una monarquía con ayuda del partido conservador.

Juárez se vio forzado a abandonar la ciudad de México en mayo de 1863, ante el avance de las tropas francesas y empezó la que sería una larga marcha hacia el norte, deteniéndose unos meses en San Luis Potosí, para proseguir después a Saltillo y por fin a Monterrey. En esta ciudad, Vidaurri vio su proximidad como una amenaza. Celoso de su autonomía, sin el menor deseo de ceder la facultad de retener los ingresos aduanales en las cajas del estado, el caudillo regiomontano se había negado con obstinación a ayudar en la defensa contra el invasor, ya fuera con hombres o dinero. La inminente llegada de Juárez lo puso en el dilema de plegarse, haciendo buenas sus declaraciones previas de lealtad o dejarse de disimulos y rebelarse, como ocurrió finalmente. Juárez fue muy mal recibido en Monterrey; tuvo a su llegada una breve y tensa conferencia con Vidaurri. Al poco uno de los hijos de éste se levantó en armas y el presidente debió huir a Saltillo, donde le aguardaba el grueso de las tropas federales. Consciente de la inferioridad de sus fuerzas, Vidaurri optó por dejar Monterrey y refugiarse en Texas. Regresó en septiembre de 1864, poco después de que los franceses ocuparan Monterrey, y se puso al servicio de Maximiliano. Cuando las fuerzas liberales reconquistaron la ciudad de México en 1867,
fue fusilado por su colaboración con el Imperio.

La llegada del gobierno federal a la zona limítrofe no implicó ningún cambio para el comercio entre la Confederación y el noreste de México. Pese a sus claras simpatías por la Unión desde el inicio de la Guerra Civil, el gobierno de Juárez dependía ahora de los ingresos aduanales derivados del intercambio para sostener su resistencia y, por tanto, no puso el menor obstáculo a su continuación. Por otra parte, aun antes de que Vidaurri saliera de escena, Quintero había obtenido seguridades en ese sentido por parte de su compatriota Pedro Santacilia, a quien conocía de tiempo atás. Santacilia era yerno de Don Benito y gozaba de gran influencia sobre él.

Prensando algodA?n en la frontera con MAi??xico para su transportaciA?n en pacas, 1864.

Prensando algodón en la frontera con México para su transportación en pacas, 1864.

El comercio y sus efectos sobre los estados fronterizos se prolongaron después de la ocupación francesa de Matamoros a fines de 1864. Seguro de que los franceses serían los mejores vecinos de Texas, Quintero escribió jubiloso a su gobierno sobre la posibilidad de que las nuevas autoridades concedieran mayores ventajas al comercio, en especial una rebaja en el arancel que el algodón pagaba al pasar en tránsito por territorio mexicano, que él juzgaba oneroso y cuya disminución había tratado de obtener, sin éxito, de Vidaurri. Anticipaba también que el arribo francés allanara el camino para la entrada de más armas, municiones y pertrechos. A miles de kilómetros de las zonas en las que retrocedían los ejércitos confederados, él se mostraba todavía muy optimista, cuando la derrota era ya sólo cuestión de tiempo. El general Robert E. Lee se rindió en Virginia en abril de 1865, con lo cual se desvanecieron las esperanzas de que el Sur se convirtiera en una nación independiente. El fin de la Guerra Civil dio también término al auge comercial de los estados fronterizos. El comercio desarrollado durante la Guerra Civil estadounidense propició la creación de fortunas, negocios, movimientos de población y vínculos importantes entre el sur de Texas y el noreste de México. Las condiciones que lo nutrían desaparecieron con la guerra, pero perduraron varios vínculos de diverso tipo, que irían en aumento gradual a partir de 1870. En este sentido, el acercamiento vivido entre 1861 y 1865 prefiguró la gestación de un espacio más compacto y de intercambios intensos en las orillas del Bravo, en el que los principales actores no serían siempre los gobiernos, sino agentes privados como los comerciantes, los migrantes y aun los criminales. Así, el comercio y la diplomacia fronteriza de los años que van de 1860 a 1865 no sólo son un episodio importante en la formación de Estados Unidos y México por haber influido sobre sus respectivas guerras civiles, sino que constituyen una versión anticipada del surgimiento de un espacio binacional en el límite de Texas con el noreste mexicano.

PARA SABER MÁS:

  • MANUEL CEBALLOS RAMÍREZ, Encuentro en la frontera: mexicanos y norteamericanos en un espacio común, México, El Colegio de México/Universidad Autónoma de Tamaulipas, 2001.
  • GERARDO GURZA LAVALLE, Una vecindad efímera: Los Estados Confederados de América y su política exterior hacia México 1861-1865, México, Instituto Mora, 2001.
  • JESÚS HERNÁNDEZ, Norte contra Sur: Historia de la guerra de Secesión, Barcelona, Inédita Editores, 2008.
  • RONNIE C. TYLER, Santiago Vidaurri y la Confederación sureña, Monterrey, Archivo General del Estado de Nuevo León, 2002.

EL CIRCO EN MÉXICO

Osiris Arista / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #8
En el siglo XIX

Es preciso confesar que el espectáculo [...] ofrece todo lo que hay de más prodigioso en la fuerza, en la destreza, en la paciencia y en la habilidad del hombre. Animales que casi hablan, hombres que casi vuelan, mujeres que… Pero dejémoslo; es necesario verlo para tener alguna idea de lo que son aquellas cosas que parecen sueños fantásticos.

Esto lo afirmó un periodista de La Razón de México a fines de 1864. ¿El motivo? El éxito de las funciones ofrecidas por uno de los primeros circos que visitaron México.

Nuestro país ha gozado, desde el siglo XVI, de gran variedad de distracciones para llenar los ratos de ocio de sus habitantes. Ir al circo tuvo gran popularidad. ¿Cómo comenzó? este extraordinario espectáculo y cómo ha seguido hasta la fecha?

Sabemos que los primeros actos circenses llegaron de España y no fue sino siglos después cuando se dejó sentir la influencia europea y de Estados Unidos. La maroma, expresión artística formada por artistas errantes que exhibían sus habilidades en patios de vecindad, pero también en plazas públicas y de toros, incluía en una función a un funámbulo (alambrista), un malabarista, contorsionista o saltador (acróbata), un animal exótico, un gracioso (payaso) y suertes. Era, por así decirlo, el “circo del pobre”. Perduró hasta el siglo XIX, coexistiendo con el circo moderno, que llegó a nuestro país en 1808, con el Real Circo de Equitación del inglés Philip Lailson: los ejercicios acrobáticos sobre caballos dentro de un redondel de madera se pueden ver hasta hoy.

Circo B-8Realizada la independencia y rotas las limitaciones novohispanas, una gran cantidad de artistas de diversas nacionalidades llegaron a México, entre otros muchos que hacían gala de habilidades circenses: contorsionistas, acróbatas, prestidigitadores, hombres fuertes y quienes actuaban con animales o hacían ascensiones aerostáticas. Vinieron otras companías ecuestres, como la de Charles Green de Estados Unidos en 1831, el primero que montó una pantomima dentro del espectáculo en México. Circos de la misma nacionalidad trajeron las primeras carpas, que en esa época se llamaron “gigantescas tiendas de campaña”.

El primer circo mexicano nació en 1841; fue el Circo Olímpico de José Soledad Aycardo, cuyo entusiasmo alegró el ocio de muchos por más de 25 años. Sin embargo, el gusto mexicano por este espectáculo fue realmente impulsado por el arribo de circos y artistas extranjeros que aportaron el oficio y las novedades que guiarían a las empresas nacionales.

El circo inició una etapa de evolución importante desde 1864, con el circo del italiano Giuseppe Chiarini, quien introdujo novedades artísticas de Europa y Estados Unidos, fue el primero en tener un circo-teatro fijo alumbrado con gas, incluyó montajes que causaron revuelo, como el baile del can can, así como otros adelantos que lo tornaron un favorito de la sociedad.

Tiempo después, en 1881, llegó para quedarse el espectáculo de los hermanos Orrin, estadounidenses de fama internacional. Ellos fueron los segundos en construir un circo-teatro fijo y los primeros en usar alumbrado eléctrico. Iniciaron los actos en barras y rescataron las pantomimas, aunque con escenografías de gran lujo. Trataban de estar al día y no dudaron en recurrir el cinematógrafo cuando llegó a México. Solían realizar funciones de beneficio, lo que les dio renombre. El muy querido payaso Ricardo Bell surgió a la fama en esta compañía.

La pax porfiriana favorecería, pues, el desarrollo de la actividad circense. En este lapso surgieron familias circenses dedicadas al espectáculo hasta el día de hoy. Además llegaron muchos circos de Estados Unidos, con un concepto nuevo del espectáculo, pues exhibían animales salvajes, organizaban desfiles de hermosos carromatos y tenían órganos con silbato de vapor. No permanecieron en la capital, sino que las nuevas líneas de ferrocarril y el desarrollo de la navegación a vapor permitieron a sus artistas y haberes recorrer diversas poblaciones con facilidad.

En el siglo XX

El inicio de la revolución mexicana suspendió el arribo de circos extranjeros, lo cual ayudó a las empresas nacionales a crecer en grande, hasta al amparo de las balas rebeldes, como sucedió con la Beas Modelo, la “más grande todos los tiempos”, apoyada por Francisco Villa. Este circo empleó el modelo estadounidense de tres pistas, las carpas de exhibición y los juegos mecánicos (como la montaña rusa) y dispuso de un zoológico surtido y cuantioso. En él trabajaron varias familias, algunas reconocidas en el medio, otras que, con el tiempo, se convirtieron en empresarias.

Acróbata B-8Tenemos entonces que, en el curso del siglo XX, siguieron las familias porfirianas en el circo, de modo que ya tienen varias generaciones en él así como artistas de fama internacional.

Se pueden mencionar, entre ellas, a los Atayde, quienes emplearon las primeras carpas de lona con mástiles, dando forma de cúpula a la parte superior, el ballet aéreo y los desplazamientos con toda la compañía; y a los Suárez, cuyas pantomimas se representaron como sketches cómicos de larga duración y que hoy ofrecen el único acto de osos polares en el mundo. Otros posteriores, pero ya con tradición larga, es el de los Vázquez, que más tarde recrearon temas de cine en sus funciones, o el de los Fuentes Gasca, ahora dueños de todo un emporio circense.

Las producciones han seguido, por lo general, y aún siguen, la tradición europea, aun cuando han aceptado las nuevas tecnologías. Fue el caso, en la década de 1970, de las carpas de polivinílico antiinflamable con alma de acero, las tribunas y el moderno alumbrado exterior. Así mismo, cada familia ha aportado algo propio al arte del circo nacional, al punto de convertirlo en el predilecto de buena parte de América Latina.

1975: EL AÑO EN QUE CHICAGO VINO A MÉXICO

Leonides Afendulis García / IPN
Revista BiCentenario #8
Chicago B-8

El campeonato mundial de fútbol celebrado en 1970 dio un respiro al gobierno mexicano, interesado en tener en calma a la juventud y en distraer a la población que aún tenía fresca en la memoria la masacre de Tlatelolco de 1968. Y que el 2 de octubre no se olvida quedaba más que claro al escuchar a la mayoría de las bandas nacionales de rock, que dejaron de interpretar canciones de grupos extranjeros y comenzaron a componer sus propias canciones en español y a comunicar mensajes más afines a las nuevas generaciones y la realidad del país.

Asimismo, la oposición seguía y provocaba problemas. El movimiento guerrillero avanzaba con Lucio Cabañas, Genaro Vázquez y la Liga 23 de Septiembre parecía extenderse. Los estudiantes tampoco se conservaban tranquilos. El presidente Luis Echeverría, quien como secretario de Gobernación había sido corresponsable de los sucesos del 68, no se detuvo para hacer sentir su mano dura el 10 de junio de 1971. Ese día, llamado también Jueves de Corpus, el grupo paramilitar conocido como “Los Halcones”, que se hallaba al servicio del Departamento del Distrito Federal, reprimió brutalmente una marcha de protesta en los alrededores de la Escuela Normal de Maestros, llevando a cabo otra matanza.

Con el ánimo de congraciarse con la juventud nacional, Carlos Hank González, entonces gobernador del estado de México, autorizó a Luis de Llano, Eduardo López Negrete y otros jóvenes de familias adineradas para que organizaran un Festival Rock y Ruedas en Avándaro, el cual se celebraría los siguientes 12 y 13 de octubre. El programa era que durante todo un día y toda una noche se presentaran grupos de rock y que la jornada musical terminara con una carrera de autos. Hank González hacía su juego, considerando que no tenía nada que perder, pues, si las cosas marchaban bien, sus aspiraciones políticas se verían fortalecidas y, en caso contrario, sabría como deslindarse de cualquier tipo de responsabilidad. El evento se llevó a cabo con éxito y tranquilidad. Sin embargo, al otro día del evento, y con una actitud terriblemente amarillista, la prensa se dio vuelo inventando desastres. Se reportaron, por ejemplo, cuatro muertos en el área del concierto, cuando en realidad los fallecimientos acaecieron, uno a 20 kilómetros, porque un desafortunado participante fue atropellado por un coche y el resto no habían tenido nada que ver. Se publicó también que hubo una bacanal de sexo y drogas, y que se atendieron 224 casos de sobredosis, cuando el hospital civil López Mateos de Valle de Bravo declaró haber auxiliado sólo a 27 muchachos intoxicados con estupefacientes, a los que dio de alta a las pocas horas.

El hecho era que el gobierno, junto con el sector más conservador de la sociedad, se hallaban totalmente en contra de los llamados en la época “jipitecas” versión nacional de los hippies estadounidenses,a los que tildaban de desaseados y criticaban por su modo de vestir y su música. Surgieron así los “hoyos funkys”, que eran sitios marginales donde estos grupos podían reunirse. Los más emblemáticos en el D.F. fueron el salón Chicago en el barrio de Peralvillo y El Herradero, por el rumbo de la colonia Agrícola Oriental.

La visita de los Rolling Stones a la Ciudad de México, permitiendo en cambio la actuación en el Auditorio Nacional de la entonces triunfante banda Chicago.

Los sucesos en los tres conciertos, que Leonides Afendulis nos ofrece en lo que es un testimonio de un gran momento de su adolescencia y que ahora comparte generosamente con nosotros, sirvieron de termómetro para medir el grado de alteración e insatisfacción entre los jóvenes, por lo menos en la capital de la república. Con argumentos tramposos, como el de que la juventud nacional no estaba lista para ese tipo de espectáculos, el gobierno los prohibió totalmente.

Boleto Chicago B-8
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HISTORIA TRÁGICA DEL RECURSO DEL AGUA EN LA CIUDAD DE MÉXICO

J. Carlos Domínguez / Instituto Mora
Revista BiCentenario #8

No es posible descifrar los problemas de escasez y distribución del agua que sufre actualmente la Ciudad de México sin echarse un clavado en las profundidades de la historia. En tiempos de confusión y poca conciencia sobre nuestro pasado, parece como si el problema del recurso hídrico estuviera relacionado única y exclusivamente con un conjunto de retos técnicos, económicos y culturales que surgieron de la nada y que también de la nada podrían solucionarse. Sin embargo, la historia ecológica del valle de México y la historia de las políticas públicas aplicadas en los últimos 700 años revelan que muchos de los problemas actuales tienen sus orígenes en decisiones que se tomaron, no hace varias décadas, sino hace varios siglos. Más aún, el relato constituye un ejemplo trágico de que la historia no sólo sirve para documentar el pasado y saber cómo llegamos a donde llegamos, sino para advertirnos sobre la forma en que las decisiones que se toman en un punto determinado en el tiempo limitan las opciones disponibles en el futuro.

C. Castro Fuente B-8

Casimiro Castro, “Fuente de Salto del Agua”, ca. 1855

Los inicios: la lucha por y contra el agua

Desde que los mexicas se establecieron en el valle de México y fundaron la Gran Tenochtitlán alrededor de 1325, se comenzó a librar una doble batalla: se trataba de la lucha “por y contra el agua”. Un batalla por el agua, porque los nuevos habitantes necesitaron de ingeniosas medidas para abastecerse del vital líquido y garantizar la supervivencia de su pueblo. Después de todo, aunque los lagos representaban una importante ventaja desde el punto de vista estratégico y militar, pues servían como fortaleza natural en contra de los invasores enemigos, el agua era salitrosa, no apta para el consumo humano y por lo tanto, se precisaba buscar otras fuentes.

Una batalla contra el agua, porque el crecimiento de la población obligaría eventualmente a ganar terreno a los lagos y buscar la manera de evitar las terribles inundaciones que afectarían a Tenochtitlán durante la época de lluvias. El primer objetivo se consiguió con la construcción de chinampas y el segundo no se lograría sino hasta varios siglos después, cuando los mexicas tuvieron a su alcance técnicas ingenieriles más desarrolladas. Así empezó la historia del agua en el lugar donde más tarde crecería el asentamiento urbano más grande de todo el Hemisferio occidental. Escasez de agua fresca y continuas inundaciones.

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DESDE MI SÓTANO: UN PECULIAR PERIÓDICO CLANDESTINO (1926-1927)

Manuel Olimán Nolasco / Departamento de Historia, Universidad Iberoamericana
Revista BiCentenario #8

Tal parece que la creciente y muy bienvenida difusión de episodios “no oficiales” de nuestra historia mexicana del siglo XX tornará casi imposible que hubiera de esos hallazgos interesantes que permiten entrever acciones humanas de débil trazo pero fondo relevante. Sin embargo, la realidad es otra y los renglones que siguen podrán demostrarlo.

El doctor José Morales Mancera, un buen amigo, me invitó a desayunar el 3 de marzo del año pasado. Tiempo atrás me había comentado que quería regalarme unos papeles “de la época cristera” conservados por su suegra. Así que, antes de dirigirnos al lugar señalado para el desayuno, pasó a su oficina situada a pocos pasos. Allí me entregó una caja de lata un poco oxidada similar a las empleadas por la “Sal de Uvas Picot” cuando yo era niño, pero que alguna vez guardó unos pastelillos llamados “Biscuits du Chateau”, decorada en el exterior con la figura de una casona, más que castillo, de fabricación decimonónica. La guardó en la cajuela del coche, sin abrirla, y luego nos fuimos a hacer un buen desayuno, mejor por estar sazonado con una agradable charla.

Desde mi sótano B-8No fue sino horas después cuando abrí la caja misteriosa. Me di cuenta entonces, conforme hojeaba papeles amarillentos, que contenía un tesoro documental. Había, entre otros, sin conciencia del paso de los años, un buen número de periódicos de pequeño formato titulados Desde mi sótano.

Conforme pasaba la vista por sus pequeñas páginas, me di cuenta de lo atinado del nombre: la redacción breve, directa y casi siempre picante revelaba a un observador atento que, por una ventanuca, se asomaba a la acera de su calle, y a través de ella miraba los botines, choclos, borceguíes, huaraches y hasta uno que otro pie descalzo de los transeuntes sin que lograra ver los rostros correspondientes. Desde su escondite también oía rumores, completaba frases entrecortadas, escuchaba silbidos, pregones, el ruido acompasado de los motores y hasta disparos. Por ese medio y a través de las cartas, hojas sueltas y recortes de periódico que le pasaban por debajo de la puerta, percibía e interpretaba la tensión de una ciudad, de un país y del mundo.

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Almazán y el corazón de Aquiles Serdán: La fuerza de un símbolo

Josefina Moguel Flores / Centro de Estudios de Historia de México Carso
Revista BiCentenario #8
“El corazón de Aquiles Serdán honrado en Puebla” decía el encabezado de un diario local en noviembre de 1920 con la noticia de que el pueblo acudía vehemente al lugar donde reposaba el corazón de Aquiles Serdán. Era el décimo aniversario de la tragedia de los “mártires de Santa Clara” el 18 de noviembre de 1910 y el estado defendía su derecho precursor revolucionario. Suceso y fecha tenían ya gran significado.

Almazan-Aquiles B-8

Se honraba además la participación del general de división Juan Andreu Almazán, en aquel entonces estudiante de medicina del Colegio del Estado, quien “pese a sus escasos 19 años de edad”, ayudó en la autopsia de Aquiles, Méximo Serdán y Fausto Nieto, y se permitió extraer el corazón de Aquiles para conservarlo. Con ello, reiteró su protagonismo precursor y que “en el futuro” sus controvertidos actos fueran aceptados por los nuevos gobiernos revolucionarios. No es casual que décadas más tarde (22 de octubre de 1939) iniciara su lucha opositora como candidato presidencial en la ciudad de Puebla como homenaje-reclamo de su pertenencia a la lucha armada y demócrata de los ideales sufragistas de Francisco I. Madero. Entre Almazán y Puebla se había desarrollado un romance, tejido con la historia, “de entrega mutua de corazones en un torbellino de pasiones”, como él mismo consignó en sus memorias.

Acaso su lugar de nacimiento en Olinalí, Guerrero, no significaba movimiento, remolino, lugar de terremotos y torbellinos a los que se parecía. Fue así que Almazán, quien pasó su niñez y adolescencia en Puebla, participó en el movimiento antirreeleccionista tanto como en la epopeya de la calle de Santa Clara. Más tarde escoltó a Madero durante su visita del 13 al 15 de julio de 1911, cuando el candidato a la presidencia se alojó en casa de la familia Serdán, profirió un discurso-homenaje en el Teatro Variedades y puso bandas de honor a los defensores de la casa. Alfonso G. Alarcón, quien fuera estudiante de medicina como Almazán, resaltó las cualidades del “bravo corazón” de Serdán en el “Canto Heróico” que dedicó a Madero. Nadie dudaba que la “primera chispa de la revolución” hubiera ardido en Puebla, aunque el fuego ardió antes y tuvo protomártires en lugares como Cuchillo Parado, Chihuahua; San Pedro de las Colonias, Coahuila; San Bernardino Coutla, Tlaxcala; Valladolid, Yucatán; G9mez Palacio, Durango y Sinaloa, Morelos, Guerrero o el istmo, casi sin notarse.

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