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Correo del Lector #3

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

Deseo felicitar al equipo editorial encargado de publicar BiCentenario. Estimo que es un magnífico aporte de la comunidad de investigadores aglutinados en el Instituto Mora para ofrecer al gran público de México (y a quienes siendo extranjeros, disfrutamos mucho de los aportes de los colegas mexicanos) una revista muy bella en su calidad gráfica, diagramación e ilustraciones, y por supuesto artículos escritos de forma amena y llana, pero fundamentados en solidísimas investigaciones académicas. A fines de julio estuve de visita en la ciudad de México y pude adquirir la revista en la librería. Gracias por su publicación y adelante en este importante esfuerzo editorial

Prof. Guillermo Brenes Tencio
Universidad de Costa Rica

Nebel. General Scott entra a México (1280x952)Felicito a todo el equipo que hace la revista BiCentenario. El primer número me gustó, pero este último me dejó impresionada. Yo no sabía que cuando México enfrentó la guerra contra Estados Unidos, por la que perdió gran parte del territorio, también fue invadido. Me sorprendió y la verdad me causó gran tristeza ver, como ustedes muestran en el artículo “La ciudad de Nebel”, una imagen del Zócalo, en la que clarito se ven la Catedral, el Palacio Nacional y la bandera de aquel país ondeando en el asta donde siempre luce nuestra bandera. No puedo siquiera imaginar lo que debieron sentir los mexicanos de esa época. Lo pienso y de verdad me dan ganas de llorar. Felicidades a todos.

María Teresa Quiroz
Ciudad de México

2. Una mujer singular, la china poblana en el siglo XIX, Anabel Olivares Chávez, No. 2 (474x640)Hola a todos. Soy una asidua lectora de revistas de historia. Leo las que llegan de España con gran interés. Hace unos meses descubrí BiCentenario y estoy feliz pues hacía falta una publicación de este género en México. La calidad es muy buena. El contenido original, distinto a lo que estamos acostumbrados a leer sobre la historia patria. Me gustaría comentar aquí que muchos artículos me llamaron la atención, pero en esta ocasión quiero referirme al texto sobre la China Poblana. Me gustó pues para mi fue una gran sorpresa descubrir que el prototipo mexicano que identificamos sin dificultad no tiene el origen que creíamos. Me interesó saber que esa figura simbólica, con falda de castor y el águila en lentejuelas, se fue haciendo en el tiempo y que mujeres comunes del siglo XIX le dieron origen. Felicito a la revista por darnos la oportunidad de acercarnos a nuestro pasado a través de artículos que hablen sobre él desde enfoques muy diferentes. Un saludo.

Amelia Gutiérrez
Ciudad de México

CONSULTAS

¿Es cierto que el filme clásico del cine mexicano: “El automóvi gris” (1919) se basa en hechos reales?

Flor de María Domínguez, Chiapas

Así es. Unos años antes de que la película se estrenara, hacia 1915, cuando la Ciudad de México vivía en alarma incesante por los sucesos de la Revolución Mexicana, una banda de asesinos y ladrones se dedicó a saquear las casas de las familias acomodadas, a bordo de un automóvil gris bastante estropeado, haciéndose pasar por la policía para tener acceso fácil a los hogares de su interés. A partir de lo anterior, el director, Enrique Rosas, construyó una ficción, en la que mezcló elementos reales (tomas de la capital, imágenes del fusilamiento de los delincuentes, la participación de uno de los ladrones, voces teatrales que –de vez en vez– interrumpen el curso de la película para leer los textos sobreimpresos que relatan las situaciones y explican los brincos temporales), con elementos imaginativos. Vale señalar que la película fue sonorizada tiempo después, en 1933, perdiendo varias de las partes originales.

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Compré el número 2 de BiCentenario y me gustó tanto como el primero. Me atrevo a preguntarles esto: ¿es cierto que los centenarios de oro se hicieron en 1921, no en 1910?

Guadalupe Herrera, Texcoco

La moneda conmemorativa del Centenario fue crea da por el gobierno de Álvaro Obregón mediante un decreto del 28 de septiembre de 1921. Se fijó su valor en cincuenta pesos oro de ese tiempo. En ese mes, Obregón organizó las fiestas del Centenario de la consumación de la Independencia con la emisión de la famosa moneda, un gran desfile militar, la llegada de delegaciones diplomáticas, científicos y hombres de negocios. A estas celebraciones se sumaron las de las colonias extranjeras, como la española y la francesa, las de asociaciones privadas y las de varios periódicos. o_50pesos_mexiquephoto2Los eventos, que resultaron muy populares en un país necesitado de actividades festivas, fueron filmados y exhibidos en las salas de cine de la república. Obregón intentaba presentarse como la cabeza de un gobierno fuerte y civilizado, capaz de realizar programas análogos a los que hizo Porfirio Díaz en 1910. El Centenario de oro era una óptima forma de mostrar poder y apareció en una etapa en que las monedas habían desplazado a los billetes por la suspicacia del público hacia la gran variedad de billetes sin respaldo en metal que circularon durante la Revolución.

¿SABÍAS QUÉ…?

Un mexicano inventó la televisión a colores.

El tapatío Guillermo González Camarena (1917-1965) desarrolló el “sistema tricromático secuencial de campos”, el cual partía de los colores primarios, rojo verde y azul para la captación y reproducción de las imágenes. Demostró que era posible adaptar este sistema a la televisión en blanco y negro, y en en 1939 obtuvo las patentes mexicana y estadounidense de su invento. En 1946 abrió la XEGC (las dos últimas letras corresponden a las iniciales de sus apellidos), que fue la primera estación experimental de televisión. cuyos programas transmitían cada sábado. En 1948 con el fin de contribuir a la enseñanza de la medicina, inició las transmisiones a color de circuito cerrado desde los quirófanos del Hospital Juárez y dos años después exportó el primer equipo de televisión a color a la ciudad de Chicago. En 1952 se inauguró en México XHGC, Canal 5 de televisión con equipo fabricado por él mismo y en 1963 este canal empezó a transmitir a color la serie “Paraíso infantil”.

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POR AMOR A LA HISTORIA

Elvia Guadalupe Morales García se dedicó toda su vida a la enseñanza de las matemáticas en Parras de la Fuente, Coahuila, habiendo obtenido de joven la licenciatura en esta carrera y luego la maestría en Planeación y Administración Educativa. Se jubiló de la Escuela Normal Oficial “Dora Madero” hace algunos años y, aburrida de permanecer en su casa, decidió mostrar la ciudad de la que se siente orgullosa, y relatar su historia a los visitantes. Para esto se puso a estudiar y así, junto con sus recuerdos y los recuerdos que le cuentan otros, consigue que los viajeros gocen plenamente de lo que ven y, con su ayuda, casi pueden vivir.

Su éxito ha sido tal que la ciudad reconoció sus méritos y la nombró cronista en el año 2003. Como tal, se ocupa de la investigación, conservación y difusión de la cultura del municipio así como de escribir crónicas de los sucesos sobresalientes. Sin embargo, no deja las visitas guiadas; no puede dejar de caminar junto a las acequias y a la sombra de los nogales de la ciudad que tanto ama transmitiendo sus sentimientos a quienes la acompañan. Si ustedes viajan a Parras, no dejen de buscarla. Tendrán una experiencia única.

Si desea contribuir al correo del lector, mándenos sus escritos a: bicentenario@institutomora.edu.mx

Sumario #3

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

La jura de “El Deseado”,Último rey de la Nueva España / Regina Hernández Franyuti

La Cuaresma en el siglo XIX. Tiempo de rezos y regocijo / Francisco Durán

El patio de nuestra casa es particular. En el centenario de la muerte de Ángel de Campo, Micrós/ Miguel Ángel Castro

El Zócalo en el día de la independencia: qué festejaba la gente en el Porfiriato/ Fernando Aguayo.

México la Ciudad Luz/ Lillian Briseño

La Revolución Mexicana y las mujeres/ Ana Lau

DESDE HOY

¡Batallón Olimpia; no disparen!/Diana Guillén

DESDE AYER

El ferrocarril en México. Asombro del pasado, fantasma del presente / Ethel Brilliana Tweedie

La moda femenina

En el siglo XIX

En el siglo XX

CUENTO HISTÓRICO

El maíz de Raquel / Arturo Sigüenza

ARTE

Las medallas del Centenario / Lorenzo Rafael

ENTREVISTA

“Mi casa es chica pero es mi casa” / María Concepción Martínez Omaña

La jura de “El Deseado”, Último rey de la Nueva España

Regina Hernández Franyuti -Instituto Mora

En revista. BiCentenario El ayer y hoy de México, núm. 3.

El pendA?n

Hace 200 años la Ciudad de México tenía más de cien mil habitantes. Era una ciudad que aún se debatía entre la importancia de su capitalidad y su provincialismo. Su espacio urbano había roto los límites de la excluyente traza española y se extendía por el poniente más allá de los muros de los conventos de Santa Isabel y San Francisco hasta el convento de San Fernando y el Paseo de Bucareli, por el sur del convento de San Jerónimo hasta San Antonio Abad, por el oriente de la iglesia de la Santísima hasta los páramos de San Lázaro y por el norte del convento de Santo Domingo hasta más allá del barrio de Tepito. El espacio urbano había arremetido contra las tierras de las parcialidades y de los cuatro barrios indígenas que, como un cinturón, apretaban y ahogaban el crecimiento de la ciudad.

Sus calles manifestaban la contraposición de lo cerrado, tortuoso, con lo abierto, recto y uniforme. Obscuras, sucias, la mayoría sin banquetas ni empedrados, eran las venas que daban vida a una ciudad que despertaba con el toque de las campanas y se sumergía durante el día en el bullicio que hacían los vendedores ambulantes quienes, a voz en cuello, anunciaban toda clase de mercancías. Por las calles andaban los vaqueros que arriaban las vacas para la venta de leche, los aguadores que iban de casa en casa proveyendo el tan necesitado líquido, los sacerdotes llevando el viático a los enfermos y moribundos, los mendigos que pululaban por las plazas y se sentaban en las puertas de las iglesias, los estudiantes, los dependientes, los sirvientes y lacayos, las señoras y señoritas con traje de raso, de seda y mantilla española y que concurrían a los mercados de El Parián y de El Volador. En 1803 Humboldt quedó maravillado con el colorido de la capital, admiró el mosaico de personas que hacían su día a día, marcado por el toque de las campanas que anunciaban el Angelus, las Vísperas, el Rosario y las misas.

el Virrey Iturrigaray y su familia

La Ciudad de México permanecía ajena a los hechos que se sucedían en Europa y en España en particular. Napoleón Bonaparte iniciaba el siglo XIX dispuesto a dominar todo el Viejo Continente con su grande armíe. Gran Bretaña se oponía, pero en 1802 llegó a un arreglo de paz con ella. Dos años después era proclamado emperador de Francia y volvía a la guerra contra los ingleses. España, gobernada por el rey Carlos IV bajo la influencia del primer ministro Manuel Godoy, conocido como Príncipe de La Paz e íntimo de la reina María Luisa, tuvo que aliarse a la política francesa y la secuela fue la destrucción de su marina en la trágica batalla de Trafalgar. Sometido a los intereses de Napoleón, Godoy firmó el tratado secreto de Fontainebleau, por el cual se permitía que los ejércitos franceses cruzaran el territorio español rumbo a Portugal. Sin cumplir el arreglo, Napoleón ocupó? España. Esto, junto con el descontento general hacia el primer ministro por su gobierno lleno de corruptelas y desigualdades, indignaron a la población española: el rey al igual que Godoy eran vistos como los causantes de la miseria pública y de la situación ignominiosa de la monarquía.

Virrey Iturrigaray, A?leo sobre lienzo de autor desconocido, 1805, Museo Nacional de Historia.

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Editorial #3

Revista Bicentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3, enero-marzo 2009.

BiC 3-Portada

Los aniversarios son ocasiones para recordar, hacer balances, rememorar el camino recorrido, reconocernos en el pasado, percibir los cambios, lo que aún permanece, lo que es necesario modificar. Este número de BiCentenario nos da la oportunidad de reencontrarnos con nuestro ayer a partir de diferentes miradas, temas y con una pluralidad de enfoques. Es una ventana al conocimiento histórico que aborda por igual los grandes acontecimientos o los aspectos menudos de la vida diaria.

Ocupan un lugar central en este número varias festividades de la Ciudad de México. Un artículo da cuenta de las fiestas organizadas por el Cabildo de la capital para llevar a cabo la Jura de Fernando VII; ésta, hecha hace dos centurias, es uno de los primeros pasos de México como nación. otro narra la llegada del alumbrado público al DF y la manera en que fue dispuesto para conmemorar el primer Centenario de la Independencia. El tercero analiza, a partir de imágenes y textos relativos a la fiesta del 16 de septiembre durante el Porfiriato, como el zócalo de la Ciudad de México ha sido un espacio disputado por diferentes fuerzas políticas debido a su simbolismo como centro de la República.

En un ámbito más íntimo, el centenario de la muerte del escritor Ángel de Campo Micrós da lugar a un emotivo ensayo sobre el papel del patio en la cultura y la convivencia de los mexicanos. El interés del literato por narrar la vida de los barrios, sus personajes y su habla, en contraposición al devenir de la moderna ciudad, nos lleva a un recorrido por el patio de la casa solariega, la modesta vecindad, la escuela.

Por otra parte, la vida cotidiana y el enfoque de género quedan plasmados en otros dos trabajos. El primero, dedicado a la Cuaresma en el siglo XIX, describe las comidas, bebidas y actividades que rodeaban a esta celebración católica, como la ya casi extinta costumbre de poner el altar de dolores. En el segundo la Revolución es traída a la memoria a partir del papel desempeñado por las mujeres como guerrilleras, enfermeras, correos, abastecedoras y cocineras de los alimentos de la tropa; sin su participación los ejércitos no hubieran podido combatir como lo hicieron.

La sección Desde hoy presenta una reflexión sobre el movimiento estudiantil de 1968 en la perspectiva de una investigadora que era todavía niña cuando escuchaba sobre estos acontecimientos. Las demandas juveniles de hace cuarenta años fueron simiente de la lucha actual por la democracia y las libertades políticas, en tanto que la injustificable represión que puso fin al movimiento es todavía un capítulo abierto en la historia de México.

La entrevista de historia oral con una habitante del Multifamiliar Miguel Alemán nos remite a mediados del siglo XX, al llamado Milagro mexicano, etapa de crecimiento de la economía nacional. Este desarrollo urbano, emprendido por el Estado, respondía a las necesidades de los habitantes de una ciudad que se expandía y cambiaba de forma acelerada.

La moda, la llegada del ferrocarril a Durango y el arte del cuento y de grabar medallas se hacen también presentes. Mientras que el vestuario femenino nos acerca a los cambiantes atuendos, una viajera cuenta la impresión que causó en los lugareños la llegada del tren, el cuento narra las vicisitudes de una mujer oaxaqueña durante la Revolución y las medallas del Centenario hablan de las formas artísticas de conmemorarlo a través del grabado en metales preciosos.

Este número de BiCentenario presenta múltiples facetas del pasado mexicano. trabajos realizados con rigor, novedosos, escritos de manera sencilla y amena para contribuir a la reflexión de quiénes somos y hacia dónde podemos ir.

María del Carmen Collado

Instituto Mora

 

“Mi casa es chica, pero es mi casa”

María Concepción Martínez Omaña -Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

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¿Cuántas unidades habitacionales existen actualmente en el país? ¿Cuántos mexicanos vivimos hoy en día en uno de sus departamentos? Sin duda, somos innumerables. Sin embargo, pocos sabemos cómo surgió este tipo de vivienda en México, y que se puso en práctica no hace mucho tiempo; aunque esto sí: que tal vez ha llegado para siempre.

Todo comenzó hacia 1940, cuando el Estado decidió impulsar una vigorosa política en materia de vivienda. En efecto, de entonces a 1980, esa política pretendía responder a un concepto de justicia social característico de la posrevolución, el cual planteaba que la igualdad de oportunidades para todos fomentaría el crecimiento. La decisión de impulsar dicho crecimiento implicó insertar asuntos sociales en la definición política de la nación y por tanto actuar como enlace entre los distintos grupos nacionales.

Centro Urbano Presidente AlemA?n (CUPA). Archivo de la Palabra del Instituto Mora.

A partir de 1960 se registró una creciente participación del Estado en la economía y la sociedad, que evidencía su propósito de tutelar no sólo las actividades industriales sino las de asistencia social. La evolución industrial resultaba imprescindible para impulsar el desarrollo general, pero también exigía aumentar la asistencia social para conservar la tranquilidad política entre los trabajadores. En 1962 se creó el Programa Financiero de Vivienda que formó parte de la política desarrollada por el Estado para crear fideicomisos públicos y fondos para aumentar el crédito hacia el sector de la vivienda. El número de créditos otorgados trajo consigo el aumento de la cantidad de viviendas producidas con la intervención del sector público, la cual pasó de 4 200 viviendas en 1960 a 8 340 al final de la década.

La legislación concerniente a los derechos sociales, entre ellos el derecho a tener una morada, privilegió a las organizaciones por encima de los individuos, lo cual desalentó la figura de ciudadano para estimular la de los sectores agrupados en corporaciones reconocidas y relacionadas con el gobierno. Esto permitía que éstas obtuvieran diversas formas de bienestar, por encima de las reivindicaciones individuales.

Así, la concepción tutelar y corporativa del Estado moldeó los rasgos de la política habitacional seguida en México en esos años. Por una parte, a través de los organismos y dependencias oficiales, el gobierno tenía bajo su responsabilidad la prestación y provisión de bienes y servicios públicos. Por la otra, los trabajadores constituían la población llamada “derechohabiente”, es decir, aquella con acceso a esos bienes y servicios.

Centro Urbano Presidente AlemA?n (CUPA). Archivo de la Palabra del Instituto Mora.De esa manera, se instituyeron entonces un sinnúmero de organismos públicos encargados del financiamiento y la construcción de viviendas. También se incrementó la población beneficiada, la cual incluyó a la amplia gama de trabajadores y empleados de las dependencias gubernamentales y de las empresas públicas y particulares: burócratas de las secretarias de Estado y obreros de las industrias gubernamentales y privadas, reunidos en la Federación de sindicatos de trabajadores al servicio del Estado (FSTSE).

Una de las primeras muestras de la noción tutelar y corporativa del Estado posrevolucionario fue el multifamiliar “Centro Urbano Presidente Miguel Alemán”, construido en la Ciudad de México en la cuadra que forman las avenidas Félix Cuevas y Coyoacán y las calles de Parroquia y Adolfo Prieto, a finales de la década de los años cuarenta. El organismo público responsable de la prestación fue la dirección general de Pensiones Civiles y del Retiro fundada en 1940.

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Las medallas del Centenario

Lorenzo Rafael

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

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El año de 1910, Centenario de nuestra independencia, fue memorable. Fiestas propias de un imperio enmarcaron el gran aniversario de la República Mexicana. Muchas naciones del mundo se adhirieron a los festejos de un país que, con una convulsa historia, parecía haber encontrado, por fin, la “paz y tranquilidad social” por las que durante tanto tiempo había luchado. No pasaba por las mientes de los mexicanos de entonces que un estallido revolucionario se desencadenaría unas semanas después.

Durante estas festividades, en el campo de la numismática se desarrolló una gran actividad. La fabricación de medallas conmemorativas fue pródiga, constituyendo un interesante mosaico en el que el arte figura en su máxima expresión junto a piezas de mérito lamentable y de gran ingenuidad. unas fueron mandadas hacer por el gobierno, otras por empresas que se adhirieron a los festejos aprovechando la fiebre patriótica para anunciar sus productos, también acuñaron piezas los estados y los municipios. En duda quedó el origen de muchas otras. aquí mostraremos sólo unas cuantas de las que se produjeron.

Con motivo del Centenario sólo se acuñó una moneda: el peso conocido como “El Caballitoai”, cuya factura se encargó al artista Charles Pillet, un renombrado diseñador francés, quien respondió al espíritu artístico de su época, amén de que había ya diseñado alguna medalla con la efigie de don Porfirio. Esta pieza, fechada en 1910, perdía su calidad conmemorativa al repetirse su acuñación en 1914.

La medalla que aparece abajo fue diseñada por el maestro Manuel Centurión, uno de los grandes escultores mexicanos de la época (a él se deben obras tales como la decoración escultórica de la Secretaría de Educación Pública). En esta pieza aparece un ángel coronando un busto del padre Miguel Hidalgo, flanqueado por dos alegorías que representan la Ley y la Paz. En el fondo se contemplan, a la izquierda, la Catedral de México y, a la derecha, el volcán Popocatépetl, en el reverso se observa el avance de los insurgentes guiados por el cura de dolores con un extraño atuendo y en el fondo su parroquia. Es difícil imaginar una medalla con más elementos decorativos.

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El maíz de Raquel

Arturo Sigüenza -UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

Raquel Varela, niAi??a. FotografA? Desconocido, ColecciA?n Particular

A Raquel Varela, in memoriam.

Aprendí a hacer tortillas cuando contaba con doce años, hecho que resulta normal de haber sido hija de tortillera. Pero no fue así. Mi niñez se desarrolló en una familia de hacendados y nunca imaginé que un día pudiera cambiar todo, así, tan de repente. En esa época mis hermanas mayores pasaban las tardes en las mecedoras, practicando el lenguaje secreto de los abanicos para comunicarse de lejos con sus pretendientes. Mis hermanos tenían tanto tiempo de ocio que se les ocurrían hazañas como la de reunir en botellas de vidrio sus flatulencias, y entre carcajadas aseguraban que la combinación de sus gases producía colores inauditos. En una ocasión les sorprendí mamando leche de burra, se peleaban por su turno para disfrutar de las ubres rebosantes, según ellos, de la leche más rica de todas. Los días de mi padre se iban en supervisar los cultivos de algodón y granos de temporada, el pastoreo del ganado bovino y la explotación de la mina de carbón. Bien pudieron ayudarle mis hermanos, pero él los consideraba inútiles para el trabajo de campo, por lo que pagaba maestros particulares de historia general, aritmética y geografía, más por tenerlos ocupados que por meter cultura a sus cabezas. Como al resto de mis hermanas, a mí también me prohibió tomar estas clases, pues no quería que sus hijas aprendieran algo distinto al piano, el bordado y el canto.

Oaxaca 1923

Por ello, el arduo interés que yo tenía por aprender a leer y escribir tuvo que sofocarlo mi madre, quien había recibido una pulcra educación en la capital del país. Mi lugar en la familia ocupaba el punto medio de dieciocho hermanos de la misma madre, de los otros hijos de mi padre nadie sabía la cuenta exacta.

La novedad de los patines de acero me tenía fascinada. Incluso dejó de practicar el tenis y obligaba al instructor a que me llevara de la mano, bajo la consigna de acusarlo con mi padre para que lo despidiera. Además, mi madre me vigilaba desde su enorme ventanal, pues insistía que esas ruedas en mis pies hacían peligrar mi virginidad, idea que no comprendía pero que nunca me atreví a cuestionar. Llegué a tener tal dominio sobre los patines, que corría desaforada sobre los cuadros de mármol reluciente en el comedor y la sala, esquivando poltronas barrocas, sillones de largos respaldos y piezas asiáticas de porcelana montadas en columnas de yeso. Si tropecé alguna vez, los restos de las figurillas fueron enterrados por mis furtivas manos bajo el zapotal que estaba en el jardín frente a mi alcoba, el mismo que aprendí a reconocer entre las sombras que me espantaban el sueño. Para tranquilizarme en esas noches de insomnio, tomaba alguna de mis muñecas y le trenzaba sus diminutos cabellos; lo hacía a ciegas, bajo las frescas sábanas que a veces quedaban tiesas por el exceso de almidón.

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La moda femenina

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

En el siglo XIX

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El atuendo de la mujer ha variado radicalmente en los útimos dos siglos, influido por los cambios en la estética y la sensualidad femeninas. El gusto por la moda francesa, que dominaba en el mundo hispano desde la época de los Borbones se extendió hasta principios del siglo XX. Sin embargo, hubo modificaciones. Así, en el Calendario de las señoritas megicanas para el año de 1838 dispuesto por Mariano Galvá (también los de los años 1839, 1840, y 1843) se aprecian ya variaciones. Se ha dejado la rigidez del estilo barroco, con sus bordados en hilos de oro y plata, los encajes, las alhajas profusas y las pelucas empolvadas, de modo que ver en las calles una mujer así arreglada debía parecer anticuado. Se juzgaba muy elegante ataviarse según la moda neoclásica, con vestidos más sencillos de muselina, seda y tafetán, sin olvidar el terciopelo, y con ornamentos más sencillos: joyas discretas, el cabello recogido sobre la cabeza y la nuca, los sombreros de paja italiana o de arroz, de gasa lisa o crespón, bajos, con ala pequeña y velo.

En el siglo XX

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Para la década de 1920, el giro en la moda femenina era ya muy marcado, acorde con los cambios que se daban en la vida de la mujer occidental. Su incorporación a la economía como obreras, secretarias y profesionistas, y la obtención del voto en algunos países fueron sólo algunos de ellos. El transporte rápido y el diferente sentido del tiempo en las ciudades exigieron que su ropa se simplificara. La revista Elegancias(1923-1925) muestra como se adoptaron entonces túnicas rectilíneas de talles largos y sueltas hasta la cadera, faldas arriba del tobillo o a media pierna y mangas cortas, al tiempo que el corsé entró en desuso. Se redujo la cantidad de tela empleada en los sombreros y éstos se convirtieron en cascos que ceñían la cabeza. Se cortaron las cabelleras largas y eso, junto con la moda, provocó el escándalo de los sectores tradicionales de la sociedad.

Los diseños de Hollywood sustituyeron a los de París a través del cine y la moda se hizo masiva al facilitarse su confección y abaratarse el costo. El ideal femenino era la mujer joven, deportista, que bailaba y disfrutaba de una vida más secular.

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El ferrocarril en México. Asombro del pasado, fantasma del presente

Ethel Brillana Tweedie (ALEC)

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

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En la actualidad pocas cosas admiran a los habitantes de las grandes ciudades, donde los adelantos científicos y tecnológicos se acogen sin mayor asombro. Lejana quedó la hazaña del Apolo XI que posó al primer hombre en la luna. Hoy las noticias de los vuelos espaciales se reciben como cualquier revelación cotidiana pues hemos perdido la capacidad de asombro. Los avances en informática y la telefonía celular por mencionar algunos ejemplos, pasaron a formar parte de nuestra vida sin mayores agobios, pero, ¿alguna vez te has preguntado cómo vivía la gente del pasado los adelantos científicos y tecnológicos? En el siglo XIX tres avances modernizaron a nuestro país; el teléfono, el telégrafo y el ferrocarril. Estos elementos conectaron a México tanto de manera interna como con el extranjero.

Ethel Brilliana Tweedie (Alec), viajera escocesa nacida en 1867, visitó nuestro país por primera vez en 1901 y recogió sus impresiones en un libro llamado Mexico As I saw it (1911). Cuando llegó a México fue invitada a viajar a bordo de un tren privado, el de Lorenzo M. Johnson, gerente general del Mexican International Railroad, con quien visitó Monterrey, Torreón y Durango. En este último estado recorrió la línea ferroviaria en construcción, Durango-Tepehuanes, y describió profusamente el sistema de obras; el interior de su carro privado; el paisaje y el impacto que en los nativos causó la llegada del moderno medio de locomoción.

Sin título¿Por qué escogí México? Me preguntan continuamente. Porque esa tierra parece ofrecer un mayor pasado histórico que cualquier otro país. Los hombres aún portan armas y, por otra parte, las ruinas aztecas y viajar a caballo a través de las montañas invitan a vibrar. En algunos aspectos México, en el año de gracia de 1901, está altamente civilizado, pero en otros, permanece completamente bárbaro. Verdaderamente es una tierra de paradojas. Es interesante, siempre pintoresco, a veces horripilante y frecuentemente triste. Que México tiene pasado, lo sé, que México tiene futuro, lo he aprendido tardíamente. su futuro no descansa en guerras y colonización, sino en su propia riqueza mineral y desarrollo agrícola.

La vida en un carro privado

¿Qué podría ser más delicioso, después de pasar ocho o nueve días en esos bárbaros carros Pulman del ferrocarril de Estados [Unidos], rodeada por una roncadora humanidad, que ser invitada a pasar unos días en un tren privado perteneciente al gerente general de una importante línea.

Me sentí encantada cuando me pidieron que acompañara a unos ingenieros en la última inspección de una nueva vía férrea que sería abierta al público. De hecho, sería yo la primera pasajera a Santiago (Papasquiaro). A un cuarto, pienso en ello, ¡y todo para mí sola! sin camas altas o bajas que durante el día se giran hacia arriba y se bajan por la noche, sin conductores o porteros “oscuros” entrando y saliendo continuamente. ¡Oh, la alegría de esos carros privados, en los cuales pasé muchas semanas felices en México!

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¡Batallón Olimpia; no disparen!

Diana Guillén - Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 3.

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Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuviese planeada y fueran espontáneas en el sentido profundo del término, explica ambas circunstancias: el hecho de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo.

Imanmanuel Wallerstein

Un porcentaje importante de aquellos integrantes de la clase media que en el 68 éramos demasiado jóvenes para entender a cabalidad lo que estaba sucediendo, pero que teníamos la edad suficiente como para percibir que la sociedad de la que formábamos parte se estremecía, hemos traspasado ya el medio siglo de vida. Hace cuarenta años nuestro umbral era el inminente ingreso a la secundaria y buena parte de las preocupaciones giraban alrededor del ansiado y a la vez complejo tránsito hacia la adolescencia; unos pocos de entre nosotros estaban más conscientes de la magnitud de la lucha que se libraba en las esferas pública y privada, para transformar inercias que iban más allá del autoritarismo estatal. sin embargo, me atrevería a decir que la gran mayoría acusamos recibo de lo sucedido tiempo después.

Sin títuloHoy por hoy, la alternativa de repensar los procesos que tuvieron lugar en México de manera retrospectiva, pero a la vez recuperando recuerdos y sensaciones escondidos en la memoria, constituye un reto que propongo enfrentar mediante un recuento del movimiento estudiantil, que no se circunscriba a lo que las miradas desde la sociología o desde la historia pudieran apuntar; se trata más bien de incorporar una perspectiva personal y, sin rehuir a la subjetividad que este posicionamiento implica, tratar de entender qué pasó y cuáles fueron los saldos para nuestro país de esa revolución que en distintas partes del mundo marcó el tránsito hacia nuevas formas de imaginar y vivir las normas sociales.

Tiempos de ruptura

Hablar de juventud y hablar de rebeldía es casi un pleonasmo. El impulso al cambio y la búsqueda de nuevos caminos encuentran terreno fértil en la etapa previa a una adultez que, por lo general, implica mayor estabilidad. Si hubiese leyes de la vida, podríamos incluir como parte de las mismas esta dinámica generacional, diversa en cuanto a sus manifestaciones, pero con un eje común que se repite a lo largo del tiempo: el cuestionamiento de los jóvenes hacia el status quo. Parte de lo sucedido en 1968 tiene su origen en las expresiones de rebeldía que la juventud de ese entonces diseminó por distintos puntos del orbe, aunque la evolución, magnitud y saldos de los procesos que se desencadenaron, difícilmente podrían atribuirse sólo a una tendencia contestataria genéticamente heredada para asegurar el equilibrio entre la continuidad y el cambio dentro de las sociedades. Si bien se ha insistido en el carácter espontáneo de las movilizaciones que tomaron por asalto las calles de ciudades como Roma, París, Londres, Washington o México, y se ha identificado dentro de las mismas el espíritu rebelde de los participantes, el deseo de romper ataduras, o el sentimiento antibélico, todavía siguen siendo insuficientes las explicaciones de por qué en un lapso tan corto surgieron, dentro de culturas distintas, separadas en algunos casos por continentes y océanos enteros, formas de confrontación social tan similares.

Sin título

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