Archivo de la categoría: BiCentenario #29-30

Balneario

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

William Henry Jackson, Baños de aguas termales iv, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

William Henry Jackson, Baños de aguas termales IV, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

Eso de bañarse se agradece. Sana heridas, purifica el espíritu, recupera energías, elimina tensiones y, sobre todo, no aleja amistades ni obliga a tapar los orificios de la nariz cuando el vaho que dejamos sabe a fragancias de El Cairo, un viejo dicho ya demodé que daba cuenta de la mala fama de las calles en la antigua capital de los faraones. Estos hombres y mujeres de la imagen se refrescan del fuerte calor de la temporada estival de Aguascalientes en una acequia de aguas termales, la aspiración mínima que podían tener los menos agraciados por el desarrollo económico en 1888, cuando fue tomada la foto. El estadunidense William Henry Jackson, un amante de la naturaleza, incluso en pinturas, lo retrató junto a otras estampas urbanas de entonces. No podían nadar allí, claro está, en esa larga y estrecha hendidura de la tierra que serpenteaba a los alrededores del balneario Los Arquitos, boyante en aquellos tiempos para los sectores pudientes y en la actualidad recuperado como centro cultural.

El agua del manantial que pasaba por las acequias para distribuirse entre los mil huertos urbanos, según una narración de la época, reblandecía los cuerpos de las pieles áridas por el trabajo rudo y limpiaba las ropas ajadas de un sector numeroso de la población para la cual la modernidad del grifo en sus viviendas estaba aún muy lejana. Mientras los más intrépidos o menos tímidos disfrutaban, afuera algunas mujeres, como se ve en las dos indígenas ataviadas de cabo a rabo, quizá espantadas por la escena de los cuerpos semidesnudos y mojados, esperaban turno para lavar sus humildes telas y usar los árboles cercanos como tendedero. Allí, los bañistas se podían tomar el tiempo que quisieran.

Nadie los iba a perseguir con cronómetro en mano, a excepción de las señoras lavanderas que quisieran apurar el regreso a casa con la tarea hecha. Cerca de allí, los más pudientes y que sólo asistían al balneario, apenas podían estar en las aguas termales 40 minutos, según precisaba un letrero de entonces. Para diferenciar claramente quienes tenían acceso a balneario y acequias, otro anuncio establecía: El agua de estos baños viene directamente de su manantial por acueducto cerrado. La acequia abierta no surte estos baños. No fuera a ser que hubiese contaminación de efluvios corporales.

No era aquello una Venecia en el centro mexicano, ni tampoco una copia a menor escala de Tenochtitlán. El agua clara y ondulante corre lentamente, retrataba un texto de Enrique Fernández Ledesma que describía a la Aguascalientes de fines del siglo xix. Una imagen bucólica para la actualidad en que las aguas termales sobreviven escasas, recluidas a tiempos vacacionales o de fines de semana entre cuartos de hoteles y masajes con aroma a incienso y barro.

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Heberto Castillo. Congruencia y liderazgo

Laura Itzel Castillo Juárez
Fundación Heberto Castillo Martínez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

La construcción de una izquierda democrática en México, sostenida sobre la persecución, el encarcelamiento y las constantes divisiones y crisis, se ha solidificado en varias personalidades como el ingeniero que combinó su vocación por la ciencia y la innovación tecnológica con claridad política para edificar una propuesta de masas bajo el estandarte del nacionalismo revolucionario. Esa coherencia perseverante por unificar ideas y proyectos, se narra en un recorrido por su vida escrito por su hija Laura Itzel, y sus propias palabras premonitorias recuperadas de una entrevista que diera en 1977.

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Heberto Castillo durante un mitin en Ciudad Universitaria. Colección de la Fundación Heberto Castillo Martínez.

¿Qué es lo que hace que un hombre controvertido, discutido por una mayoría, vilipendiado primero por muchos, sea luego reconocido por todos, y sea visto incluso como un ejemplo para la sociedad entera?, preguntó Luis Villoro en el homenaje rendido al ingeniero Heberto Castillo Martínez en el Palacio de Bellas Artes en 1997. El filósofo dio la respuesta: Por su capacidad para decir no a la mentira social, no a la falsedad, a la corrupción y a la injusticia.

Heberto Castillo Martínez pudo resistir las amenazas, la represión, la tortura y la cárcel con valentía y determinación a lo largo de su vida. El jueves 29 de agosto de 1968 logró escapar entre las rocas volcánicas para llegar a Ciudad Universitaria después de ser brutalmente golpeado por agentes judiciales federales que lo interceptaron afuera de su domicilio para tratar de aprehenderlo. Postrado en una cama de la Facultad de Medicina de la UNAM, donde fue atendido solidariamente por estudiantes, declaró ante los medios: La agresión que sufrí es un grave error de quienes la ordenaron, yo no tengo más armas que mis ideas. […] Debe restablecerse la vigencia de la Constitución.

Castillo descubrió que esta petición de respeto a la Constitución era más subversiva que las utopías socialistas. Con su característica ironía, criticaba las estructuras de las organizaciones comunistas, a las que consideraba demasiado rígidas y dogmáticas. Cuestionaba, asimismo, sus mitos ideológicos y planteaba, desde entonces, la necesidad de construir un partido de masas, retomando los postulados del nacionalismo revolucionario, que enarbolara las banderas de los héroes de la independencia, la reforma y la revolución: un socialismo a la mexicana, decía.

A diferencia de lo que pasa ahora, la izquierda tenía una actitud de desprecio por la iconografía nacional. Cuando Heberto propuso cambiar el emblema de la hoz y el martillo por un nopal para la formación de lo que finalmente fue el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), no sólo significó una herejía para quienes se asumían de izquierda, les pareció incomprensible y ridícula la idea de incorporar un elemento nacional. Este tipo de discusiones, junto con algunas diferencias estratégicas, llevaron a la escisión del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en aquel intento unificador de una parte fundamental de la izquierda mexicana. El ingeniero también supo rechazar los múltiples intentos del poder para corromperlo. Fue capaz de hacer frente a los afanes de cooptación del régimen. Y tuvo la capacidad y la lucidez para sobrevivir a las muchas crisis de la izquierda sin perder el rumbo.

Con poco más de 30 años de edad participó en la Conferencia Latinoamericana por la Emancipación Económica, la Soberanía Nacional y la Paz, en la que se constituyó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), del cual Castillo, al lado del general Lázaro Cárdenas, se convirtió en destacado dirigente, recorriendo desde entonces incansablemente el país. Esta organización representó la idea más clara de la unidad de la izquierda mexicana con el cardenismo y el nacionalismo revolucionario. En 1966 presidió la delegación mexicana que acudió a La Habana, para participar en la Conferencia Tricontinental de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), promovida por Salvador Allende, Cheddi Jaggan y Heberto Castillo.

En 1968 participó como dirigente del movimiento estudiantil, como profesor de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, dentro de la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas, junto con Luis Villoro, Eli de Gortari y José Revueltas, entre otros importantes intelectuales. En 1971, al salir de la prisión de Lecumberri, donde permaneció dos años a causa de su participación en el movimiento estudiantil de 1968, Heberto decidió recorrer los 31 estados de la república con el propósito de “construir el instrumento de lucha de los trabajadores manuales e intelectuales capaz de transformar al país”. Esta idea la mantiene a lo largo de su vida como una bella e inalcanzable utopía.

Desde temprana edad, Castillo templó su carácter con la pasión y el compromiso por las causas más justas de su patria, que combinó con su infatigable vocación por la ciencia, la ingeniería, las matemáticas y la innovación tecnológica, singular característica que le permitió la independencia económica indispensable para ser congruente entre el decir y el actuar en un México donde la libertad de expresión ha costado la muerte de decenas de periodistas hasta nuestros días.

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La revolución y el tiburón martillo

Javier Rico M.
Facultad de Filosofía y Letras

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

El viaje estudiantil del verano de 1975 a un lejano Puerto Escondido estaba impregnado de ideales revolucionarios. En el camino, el descubrir el México profundo dejó otras enseñanzas para aquellos jóvenes que luego se perderían en sus propias búsquedas de vida.

Vista Panoramica de Acapulco Tarjeta postal , col. Ramón Aureliano (640x422)

Vista panorámica de Acapulco, tarjeta postal, ca. 1870. Colección Particular.

Pero ustedes no traen nada, ¿verdad?” Por un instante (sólo por un instante) sus palabras fluyeron como un mero trámite para mantener la conversación. “No…”, respondimos casi a coro. Pero pasado ese momento, quizá por una especie de súbita revelación, nos llenamos de espanto. Había pronunciado la frase con el rostro hacia nosotros, pero en realidad su mirada se perdía en el camino que dejábamos atrás a bordo de un vehículo de carga. ¿Era una pregunta como cualquier otra, una sospecha o, peor aún, una advertencia?, ¿qué había querido decir con …nada…?, ¿objetos robados, drogas, armas? Juan A., Humberto H., Guillermo S., Carlos F. y yo intercambiamos una ráfaga de miradas… “¿Nooo?, ¡cómo no, güey! ¡Los libros!”

Era el verano de 1975. El plan de viajar a Puerto Escondido (una especie de paraíso perdido al que imaginábamos como un mítico lugar: la playa prometida) lo urdieron los dirigentes de un taller de música folclórica latinoamericana de Prepa 5, del cual eramos orgullosos integrantes. El dinero para el viaje salió de varias semanas de hacer brigadas (al salir de clases subíamos a los camiones a tocar una pieza musical y pedíamos una cooperación para materiales e instrumentos para nuestro taller). Cubrimos el tramo de México a Oaxaca en tren, con pasajes de segunda clase. Recuerdo que no fue fácil abrirse paso para encontrar lugar en los asientos de madera entre aquellos pasajeros, gente del campo, que había invadido el pasillo con parte de su equipaje: gallinas, huacales, canastas, cajas de cartón, costales de yute… Luego de catorce horas de viaje nos trasladamos a un poblado cercano; de ahí iniciaríamos la segunda etapa larga del viaje.

Ya habíamos dejado atrás Ocotlán, donde parientes cercanos de Guillermo S. nos ofrecieron esperar en su casa al pariente lejano X, chofer de un camión de carga, que esa noche saldría rumbo a Pochutla. Gustosamente, el pariente lejano X nos daría un aventón. “Son amigos de Memo, compañeros de la Prepa, allá en México”, decía con orgullo alguna de las mujeres de la casa mientras extendía un mantel blanco sobre la mesa del comedor. No tardó en llegar una noticia desalentadora: el pariente lejano X –nunca supimos por qué– había cancelado el viaje.

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Un líder campesino sin tierras

Miguel Angel Grijalva Dávila

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

Jacinto López Morenos fue una RARA AVIS de la lucha agraria y sindical. Estuvo preso, sufrió persecuciones, fue diputado, le robaron elecciones y murió sin tener ni siquiera una casa. Los campesinos y sus organizaciones lo recuerdan en Sonora por conseguir el reparto de tierra, organizarlos gremialmente y por ser un modelo de integridad.

Jacinto López  junto con sus seguidores en 1949 AGN (800x531)

Jacinto López (al centro) con sus seguidores durante las manifestaciones de 1949. AGN, Fondo de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales.

Una patrulla de policías arribó a la estación de trenes de Hermosillo. Descendieron varios uniformados y un civil al que subieron a un vagón con destino a Tepic. Los oficiales le dijeron al detenido que por órdenes del gobernador Rodolfo Elías Calles (1931-1934), tenía prohibido volver a poner un pie en Sonora. Se trataba de Jacinto López Moreno, joven oriundo del pueblo de Banámichi, inquieto organizador de trabajadores y por lo tanto un personaje incómodo para los empresarios y el gobierno, razón por la que Rodolfo Elías Calles (hijo del expresidente) ordenó su destierro. Eran los comienzos de la década de 1930, se acercaba el final del callismo, el inicio del cardenismo y el liderazgo de Jacinto, hombre olvidado por muchos, pero jamás por los campesinos.

Cuando Lázaro Cárdenas viajó a Sonora como candidato presidencial en 1934, buscó apoyo para realizar su proyecto sexenal y sus propuestas encontraron eco entre los líderes campesinos de la región. Entre ellos estaban Pascual Ayón, carpintero y curtidor; Saturnino Saldívar, contador; y el maestro Francisco Figueroa, entre otros; pero sin lugar a dudas Jacinto fue el más importante, quien había regresado del destierro –duró de dos a tres meses– y se desempeñaba como zapatero en Ciudad Obregón. Tanto Lázaro Cárdenas como Vicente Lombardo Toledano decidieron pactar una alianza con Jacinto, pues tenía organizados a los campesinos bajo su liderazgo. Por lo mismo, fue elegido primer secretario estatal de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) en 1937.

Jacinto era muy delgado y la palidez de su piel exhibía sus venas. Aparentaba ser un hombre débil y enfermo, pero cuando hablaba era un látigo. Pasó muy poco tiempo en las aulas (no terminó ni la primaria) y aquello se reflejó en el lenguaje común de su oratoria, pero fue eso lo que hizo que se entendiera con su gente. No encendía al público con términos teóricos o elegantes, sino con la intensidad y pasión con la que hablaba. Mantenía un estilo de vida muy humilde, gustaba beber bacanora (bebida de origen sonorense, parecida al mezcal) y comer carne asada, pero su único vicio era el cigarro.

Jacinto se reunió con Cárdenas y le dijo que su principal interés era que se repartieran las tierras del Valle del Yaqui a los miembros de esa tribu. Siendo presidente, Cárdenas concedió la expropiación y reparto, y Jacinto convenció a la tribu para que en lugar de dividir las tierras en parcelas individuales, las mantuvieran unidas en una propiedad comunal. Y los yaquis accedieron, abanderaron el ejido colectivo y se negaron a dividir la tierra diciendo Dios nos dio el Valle del Yaqui a todos, no un pedacito a cada quien. Jacinto dejó de ser zapatero y se dedicó de lleno a la organización campesina. Hacía mítines en los ejidos, hablando desde el techo de una pick up, donde luego de terminar sus palabras alzaba el brazo para saludar a la multitud y un mar de sombreros agitándose le devolvían el saludo. Se volvió el protagonista del cardenismo, pero como todo líder tuvo su antagonista: el gobernador Román Yocupicio (1937-1939), hombre opuesto a los proyectos cardenistas. Aunque Yocupicio estaba a favor del reparto agrario, apoyaba el ejido parcelado y por lo tanto se oponía al colectivo.

Las diferencias entre colectivistas e individualistas (partidarios del ejido parcelado) alcanzaron tintes violentos y en más de una ocasión los campesinos mancharon con su propia sangre la tierra por la que luchaban. Maximiliano el Machi López, colega de Jacinto, fue arrestado arbitrariamente en septiembre de 1938, lo que provocó protestas de los campesinos y enfrentamientos violentos con la autoridad. Días después, el Machi salió de prisión y de inmediato intentaron matarlo en un atentado en el que resultó herido. Alcanzó a huir y se atrincheró en su casa rifle en mano, pero afortunadamente sus perseguidores decidieron no buscarlo en su hogar y así terminó aquel episodio. A los pocos días, Jacinto también fue detenido y remitido a la comisaría del pueblo de Yaqui (municipio de Cajeme). Pero horas después, al caer la noche, 200 campesinos con rifles, Machetes y hoces rodearon la comisaría, desarmaron a los oficiales y lo liberaron.

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Eduardo Liceaga aplica la primer vacuna antirrábica en México

Samuel Almazán Santiago
Facultad de Medicina, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

El médico y amigo de Porfirio Díaz, trajo del Instituto Pasteur de París el virus de la rabia, que se encontraba inoculado en el cerebro de un conejo, para poder experimentar aquí el procedimiento por el que se crearía la vacuna que ya se aplicaba en Europa. Fue uno de los procesos más  exitosos, lo mismo que en el caso de la viruela, para proteger y mejorar la salud de los mexicanos de finales del siglo XIX.

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Dr. Eduardo Liceaga, ca. 1875. Fondo Cruces y Campa, SINAFO.

Llevamos al pequeño Isidro ante el padre Ambrosio, la escena era aterradora. Estaba desesperada y durante un lapso no lo podía creer, todo era confuso. Solo recuerdo estar parada frente a mi hijo. Él estaba sucio y tenía sangre en su desgarrado pantalón, lloraba desconsolado y asustado. Milán, su perro, siempre había sido muy tranquilo y obediente, pero había estado fuera de la casa una semana y al volver no quería comer; algo estaba mal.

Días después atacó a uno de los perros que había en la casa, nunca pensé que hubiera contraído esa horrible enfermedad y mucho menos que dañaría a alguien de la familia. Inmediatamente que me avisaron los criados lo traje a la iglesia, en ese momento pensaba que la ayuda de Dios era la única esperanza posible para que no muriera. Mientras su padre lo cargaba vinieron a mi mente las imágenes de mi hermano, cuando ambos éramos niños y vivíamos en Xochimilco, cerca del convento de San Bernardino. Cuando él jugaba en el campo fue atacado por un perro que vagabundeaba por los poblados cercanos. Mi padre logró atrapar al animal después de una rápida búsqueda y lo mató, pero la sentencia de muerte ya se había dictado. Verlo morir de esa forma fue espantoso.

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Louis-Pierre Baltard, La Rabie, ca. 1800, litografía. Wellcome Image, Creative Commons.

Días después del ataque mi hermano comenzó a tener temblores y sudores muy fuertes, calenturas y mucho dolor donde fue mordido; no podíamos rozar su piel porque estallaba en gritos. Notábamos que su nerviosismo crecía poco a poco, tenía pesadillas y visiones constantes, yo lo cuidaba y lo veía despertar gritando algo sobre unos perros: todo ello era producto del mal que se apoderaba de él. Y después de eso tuve que soportar sus ataques de debilidad, el babeo y el hecho que no pudiera comer nada; incluso un poco de líquido le provocaba dolor.

Miré cómo se consumió lentamente y en una agonía inevitable. Aun ahora lo sueño babeando en su cama, hundido en los ataques; no quería eso para mi hijo. En la capilla, con las puertas cerradas, una iluminación tenue llenaba el espacio; el padre Ambrosio comenzó a rezar con gran
energía. Recuerdo la blancura de su sobrepelliz y el brillo enigmático de la cruz que sostenía en sus manos, la cual reflejaba la ardiente luz de las velas. El agua bendita y sus oraciones eran sus armas para luchar contra ese mal. Tomó del aceite de la lámpara que iluminaba el Santísimo Sacramento e hizo una cruz en el área de las mordidas que estaban en la pierna derecha, luego murmurando frases en latín, colocó pan y sal en el altar e hizo otras tres cruces sobre ellos y finalizó esparciendo el agua bendita en la cabeza de mi pequeño.

El padre nos dijo que Dios haría cumplir su voluntad y que sólo nos quedaba rezar en espera de que la providencia nos beneficiara. Después de eso lo llevamos a casa, limpiamos la herida y lo tranquilizamos. Los criados asustados nos llevaron la imagen de Santa Quiteria, que según ellos podía sanar la enfermedad y dar tranquilidad a los sufrientes. Aunque sabía que no era bueno, acepté la ayuda, ellos realizaron varios rezos y por último arrojaron el pan empapado en el aceite de la lámpara que iluminaba la imagen de la Santa. Lo hice con devoción pero sabía que sería insuficiente, pensaba que de todos modos moriría de una forma cruel. Inmediatamente mi esposo ordenó dar muerte al perro que teníamos prisionero en una jaula. Apesadumbrada por lo sucedido no logré dormir, los recuerdos del pasado se agolpaban en mi mente, mi corazón oprimido latía rápido; sólo quedaba seguir rezando una y otra vez. Inicié el día abatida, sin sospechar que Dios se manifestaría en su gran misericordia. A la hora del desayuno mi esposo leía el periódico, estaba cabizbajo, pero de pronto su rostro se iluminó al encontrar una nota, Dios no deja morir a sus hijos. Un ángel, el doctor Eduardo Liceaga, famoso y notable en la capital, había traído semanas atrás la vacuna contra la rabia desde París y llevaba algún tiempo trabajando en ella, así que fuimos a visitarlo.

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Forma de hacer la operación, litografía en George Fleming, Rabies and Hydrophobia, Londres, Chapman and Hall, 1872.

El 12 de abril de 1888, el niño Isidro Delgadillo, de 12 años de edad, originario de Texcoco, fue llevado a las instalaciones del Consejo Superior de Salubridad, ya que había sido mordido en la pierna por un perro que se presumía rabioso. El animal fue muerto por su comportamiento sospechoso, después de atacar a otros perros y a varias personas de la población. Esto era común en la época, si Isidro hubiera contraído la rabia probablemente hubiera muerto.

Según los datos publicados por Louis Pasteur a finales de la década de 1880, la probabilidad que tenía una persona de morir de rabia al ser atacada por un animal enfermo iba de un 20 hasta un 60%. Ello dependía de la cantidad y profundidad de las mordidas, del tipo de animal (lobos o perros) y de si habían existido o no mordidas en la cabeza o en áreas cercanas (entre más cerca del cerebro se inocula el virus, este es más letal). Las estrategias de curación religiosas y las de los médicos, que estaban disponibles en esos momentos, eran igualmente inefectivas. En los casos en los que aparecía la enfermedad sólo quedaba presenciar cómo la persona se consumía y moría irremediablemente.

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