Archivo de la categoría: BiCentenario #29-30

Balneario

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

William Henry Jackson, BaAi??os de aguas termales iv, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

William Henry Jackson, Baños de aguas termales IV, Aguascalientes, ca. 1888. Library of Congress, Estados Unidos.

Eso de bañarse se agradece. Sana heridas, purifica el espíritu, recupera energías, elimina tensiones y, sobre todo, no aleja amistades ni obliga a tapar los orificios de la nariz cuando el vaho que dejamos sabe a fragan­cias de El Cairo, un viejo dicho ya demodé que daba cuenta de la mala fama de las calles en la antigua capital de los faraones. Estos hombres y mujeres de la imagen se refrescan del fuerte calor de la temporada estival de Aguascalientes en una acequia de aguas termales, la as­piración mínima que podían tener los menos agraciados por el desarrollo económico en 1888, cuando fue tomada la foto. El estadounidense William Henry Jackson, un amante de la naturaleza, incluso en pinturas, lo retrató junto a otras estampas urbanas de entonces. No podían nadar allí, claro está, en esa larga y estrecha hendidura de la tierra que serpenteaba a los alrededores del bal­neario Los Arquitos, boyante en aquellos tiempos para los sectores pudientes y en la actualidad recuperado como centro cultural.

El agua del manantial que pasaba por las acequias para distribuirse entre los mil huertos urbanos, según una narración de la época, reblandecía los cuerpos de las pieles áridas por el trabajo rudo y limpiaba las ro­pas ajadas de un sector numeroso de la población para la cual la modernidad del grifo en sus viviendas estaba aún muy lejana. Mientras los más intrépidos o menos tímidos disfrutaban, afuera algunas mujeres, como se ve en las dos indígenas ataviadas de cabo a rabo, quizá espantadas por la escena de los cuerpos semidesnudos y mojados, esperaban turno para lavar sus humildes telas y usar los árboles cercanos como tendedero. Allí, los bañistas se podían tomar el tiempo que quisieran..

Nadie los iba a perseguir con cronómetro en mano, a excepción de las señoras lavanderas que quisieran apurar el regreso a casa con la tarea hecha. Cerca de allí, los más pudientes y que sólo asistían al balneario, apenas podían estar en las aguas termales 40 minutos, según precisaba un letrero de entonces. Para diferenciar claramente quienes tenían acceso a balneario y acequias, otro anuncio establecía: El agua de estos baños viene direc­tamente de su manantial por acueducto cerrado. La acequia abierta no surte estos baños. No fuera a ser que hubiese contaminación de efluvios corporales.

No era aquello una Venecia en el centro mexicano, ni tampoco una copia a menor escala de Tenochtitlán. El agua clara y ondulante corre lentamente, retrataba un texto de Enrique Fernández Ledesma que describía a la Aguascalientes de fines del siglo XIX. Una imagen bucólica para la actualidad en que las aguas termales sobreviven escasas, recluidas a tiempos vacacionales o de fines de semana entre cuartos de hoteles y masajes con aroma a incienso y barro.

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Heberto Castillo. Congruencia y liderazgo

Laura Itzel Castillo Juárez
Fundación Heberto Castillo Martínez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

La construcción de una izquierda democrática en México, sostenida sobre la persecución, el encarcelamiento y las constantes divisiones y crisis, se ha solidificado en varias personalidades como el ingeniero que combinó su vocación por la ciencia y la innovación tecnológica con la claridad política para edificar una propuesta de masas bajo el estandarte del nacionalismo revolucionario. Esa coherencia perseverante por unificar ideas y proyectos, se narra en un recorrido por su vida escrito por su hija Laura Itzel, y sus propias palabras premonitorias recuperadas de una entrevista que diera en 1977.

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Heberto Castillo durante un mitin en Ciudad Universitaria. Colecció de la Fundación Heberto Castillo Martínez.

¿Qué es lo que hace que un hombre controver­tido, discutido por una mayoría, vilipendiado primero por muchos, sea luego reconocido por todos, y sea visto incluso como un ejemplo para la sociedad entera?, preguntó Luis Villoro en el homenaje rendido al ingeniero Heber­to Castillo Martínez en el Palacio de Bellas Artes en 1997. El filósofo dio la respuesta: Por su capacidad para decir no a la mentira social, no a la falsedad, a la corrupción y a la injusticia..

Heberto Castillo Martínez pudo resistir las amenazas, la represión, la tortura y la cárcel con valentía y determinación a lo largo de su vida. El jueves 29 de agosto de 1968 logró escapar entre las rocas volcánicas para llegar a Ciu­dad Universitaria después de ser brutalmente golpeado por agentes judiciales federales que lo interceptaron afuera de su domicilio para tratar de aprehenderlo. Postrado en una cama de la Facultad de Medicina de la UNAM, donde fue atendido solidariamente por estudiantes, declaró ante los medios: La agresión que sufrí es un grave error de quienes la ordenaron, yo no tengo más armas que mis ideas. […] Debe res­tablecerse la vigencia de la Constitución.

Castillo descubrió que esta petición de respeto a la Constitución era más subversiva que las utopías socialistas. Con su característica ironía, criticaba las estructuras de las organi­zaciones comunistas, a las que consideraba demasiado rígidas y dogmáticas. Cuestionaba, asimismo, sus mitos ideológicos y planteaba, desde entonces, la necesidad de construir un partido de masas, retomando los postulados del nacionalismo revolucionario, que enarbolara las banderas de los héroes de la independen­cia, la reforma y la revolución: un socialismo a la mexicana, decía.

A diferencia de lo que pasa ahora, la iz­quierda tenía una actitud de desprecio por la iconografía nacional. Cuando Heberto pro­puso cambiar el emblema de la hoz y el mar­tillo por un nopal para la formación de lo que finalmente fue el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), no sólo significó una he­rejía para quienes se asumían de izquierda, les pareció incomprensible y ridícula la idea de incorporar un elemento nacional. Este tipo de discusiones, junto con algunas diferencias estratégicas, llevaron a la escisión del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en aquel intento unificador de una parte fundamental de la izquierda mexicana. El ingeniero tam­bién supo rechazar los múltiples intentos del poder para corromperlo. Fue capaz de hacer frente a los afanes de cooptación del régimen. Y tuvo la capacidad y la lucidez para sobre­vivir a las muchas crisis de la izquierda sin perder el rumbo.

Con poco más de 30 años de edad parti­cipó en la Conferencia Latinoamericana por la Emancipación Económica, la Soberanía Nacional y la Paz, en la que se constituyó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), del cual Castillo, al lado del general Lázaro Cárdenas, se convirtió en destacado dirigen­te, recorriendo desde entonces incansable­mente el país. Esta organización representó la idea más clara de la unidad de la izquierda mexicana con el cardenismo y el nacionalismo revolucionario. En 1966 presidió la delegación mexicana que acudió a La Habana, para par­ticipar en la Conferencia Tricontinental de la Organización Latinoamericana de Solidari­dad (OLAS), promovida por Salvador Allende, Cheddi Jaggan y Heberto Castillo.

En 1968 participó como dirigente del mo­vimiento estudiantil, como profesor de la Fa­cultad de Ingeniería de la UNAM, dentro de la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas, junto con Luis Villoro, Eli de Gortari y José Re­vueltas, entre otros importantes intelectuales. En 1971, al salir de la prisión de Lecumberri, donde permaneció dos años a causa de su participación en el movimiento estudiantil de 1968, Heberto decidió recorrer los 31 estados de la república con el propósito de “construir el instrumento de lucha de los trabajadores manuales e intelectuales capaz de transformar al país”. Esta idea la mantiene a lo largo de su vida como una bella e inalcanzable utopía.

Desde temprana edad, Castillo templó su carácter con la pasión y el compromiso por las causas más justas de su patria, que combi­nó con su infatigable vocación por la ciencia, la ingeniería, las matemáticas y la innova­ción tecnológica, singular característica que le permitió la independencia económica in­dispensable para ser congruente entre el decir y el actuar en un México donde la libertad de expresión ha costado la muerte de decenas de periodistas hasta nuestros días.

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La revolución y el tiburón martillo

Javier Rico M.
Facultad de Filosofía y Letras

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

El viaje estudiantil del verano de 1975 a un lejano Puerto Escondido estaba impregnado de ideales revolucionarios. En el camino, el descubrir el México profundo dejó otras enseñanzas para aquellos jóvenes que luego se perderían en sus propias búsquedas de vida.

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Vista panorámica de Acapulco, tarjeta postal, ca. 1870. Colección Particular.

Pero ustedes no traen nada, ¿verdad?” Por un instante (sólo por un instante) sus palabras fluyeron como un mero trámite para mantener la conversación. “No”, respondimos casi a coro. Pero pasado ese momento, quizá por una especie de súbita revelación, nos llenamos de espanto. Había pronunciado la frase con el rostro hacia nosotros, pero en realidad su mirada se perdía en el camino que dejábamos atrás a bordo de un vehículo de carga. A?Era una pregunta como cualquier otra, una sospecha o, peor aún, una advertencia?, ¿qué había querido decir con “nada”?, objetos robados, drogas, armas Juan A., Humberto H., Guillermo S., Carlos F. y yo intercambiamos una ráfaga de miradas “¿Nooo?, ¡cómo no, güey! ¡Los libros!”

Era el verano de 1975. El plan de viajar a Puerto Escondido (una especie de paraíso perdido al que imaginábamos como un mítico lugar: la playa prometida) lo urdieron los dirigentes de un taller de música folclórica latinoamericana de Prepa 5, del cual eramos orgullosos integrantes. El dinero para el viaje salió de varias semanas de hacer brigadas (al salir de clases subíamos a los camiones a tocar una pieza musical y pedíamos una cooperación para materiales e instrumentos para nuestro taller). Cubrimos el tramo de México a Oaxaca en tren, con pasajes de segunda clase. Recuerdo que no fue fácil abrirse paso para encontrar lugar en los asientos de madera entre aquellos pasajeros, gente del campo, que había invadido el pasillo con parte de su equipaje: gallinas, huacales, canastas, cajas de cartón, costales de yute… Luego de catorce horas de viaje nos trasladamos a un poblado cercano; de ahí iniciaríamos la segunda etapa larga del viaje.

Ya habíamos dejado atrás Ocotlán, donde parientes cercanos de Guillermo S. nos ofrecieron esperar en su casa al pariente lejano X, chófer de un camión de carga, que esa noche saldría rumbo a Pochutla. Gustosamente, el pariente lejano X nos daría un aventón. “¿Son amigos de Memo, compañeros de la Prepa, allá en México?”, decía con orgullo alguna de las mujeres de la casa mientras extendía un mantel blanco sobre la mesa del comedor. No tardó en llegar una noticia desalentadora: el pariente lejano X, nunca supimos por qué había cancelado el viaje.

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Un líder campesino sin tierras

Miguel Angel Grijalva Dávila

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

Jacinto López Morenos fue una RARA AVIS de la lucha agraria y sindical. Estuvo preso, sufrió persecuciones, fue diputado, le robaron elecciones y murió sin tener ni siquiera una casa. Los campesinos y sus organizaciones lo recuerdan en Sonora por conseguir el reparto de tierra, organizarlos gremialmente y por ser un modelo de integridad.

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Jacinto López (al centro) con sus seguidores durante las manifestaciones de 1949. agn, Fondo de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales.

Una patrulla de policías arribó a la estación de trenes de Hermosillo. Descendieron varios uniformados y un civil al que subieron a un vagón con destino a Tepic. Los oficiales le di­jeron al detenido que por órdenes del gober­nador Rodolfo Elías Calles (1931-1934), tenía prohibido volver a poner un pie en Sonora. Se trataba de Jacinto López Moreno, joven oriundo del pueblo de Banámichi, inquieto organizador de trabajadores y por lo tanto un personaje incómodo para los empresarios y el gobierno, razón por la que Rodolfo Elías Calles (hijo del expresidente) ordenó su des­tierro. Eran los comienzos de la década de 1930, se acercaba el final del callismo, el ini­cio del cardenismo y el liderazgo de Jacinto, hombre olvidado por muchos, pero jamás por los campesinos.

Cuando Lázaro Cárdenas viajó a Sonora como candidato presidencial en 1934, buscó apoyo para realizar su proyecto sexenal y sus propuestas encontraron eco entre los líderes campesinos de la región. Entre ellos estaban Pascual Ayón, carpintero y curtidor; Saturni­no Saldívar, contador; y el maestro Francisco Figueroa, entre otros; pero sin lugar a dudas Jacinto fue el más importante, quien había regresado del destierro –duró de dos a tres meses– y se desempeñaba como zapatero en Ciudad Obregón. Tanto Lázaro Cárdenas como Vicente Lombardo Toledano decidie­ron pactar una alianza con Jacinto, pues tenía organizados a los campesinos bajo su liderazgo. Por lo mismo, fue elegido primer secretario estatal de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) en 1937.

Jacinto era muy delgado y la palidez de su piel exhibía sus venas. Aparentaba ser un hombre débil y enfermo, pero cuando hablaba era un látigo. Pasó muy poco tiempo en las aulas (no terminó ni la primaria) y aquello se reflejó en el lenguaje común de su oratoria, pero fue eso lo que hizo que se entendiera con su gente. No encendía al público con términos teóricos o elegantes, sino con la intensidad y pasión con la que hablaba. Mantenía un estilo de vida muy humilde, gustaba beber bacano­ra (bebida de origen sonorense, parecida al mezcal) y comer carne asada, pero su único vicio era el cigarro.

Jacinto se reunió con Cárdenas y le dijo que su principal interés era que se repartieran las tierras del Valle del Yaqui a los miembros de esa tribu. Siendo presidente, Cárdenas concedió la expropiación y reparto, y Jacinto convenció a la tribu para que en lugar de dividir las tierras en parcelas individuales, las mantuvieran uni­das en una propiedad comunal. Y los yaquis accedieron, abanderaron el ejido colectivo y se negaron a dividir la tierra diciendo Dios nos dio el Valle del Yaqui a todos, no un pedacito a cada quien. Jacinto dejó de ser zapatero y se dedicó de lleno a la organización campesina. Hacía mítines en los ejidos, hablando desde el techo de una pick up, donde luego de terminar sus palabras alzaba el brazo para saludar a la multitud y un mar de sombreros agitándose le devolvían el saludo. Se volvió el protagonista del cardenismo, pero como todo líder tuvo su antagonista: el gobernador Román Yocupicio (1937-1939), hombre opuesto a los proyectos cardenistas. Aunque Yocupicio estaba a favor del reparto agrario, apoyaba el ejido parcelado y por lo tanto se oponía al colectivo.

Las diferencias entre colectivistas e in­dividualistas (partidarios del ejido parcela­do) alcanzaron tintes violentos y en más de una ocasión los campesinos mancharon con su propia sangre la tierra por la que lucha­ban. Maximiliano el Machi López, colega de Jacinto, fue arrestado arbitrariamente en septiembre de 1938, lo que provocó protestas de los campesinos y enfrentamientos violentos con la autoridad. Días después, el Machi salió de prisión y de inmediato intentaron matarlo en un atentado en el que resultó herido. Al­canzó a huir y se atrincheró en su casa rifle en mano, pero afortunadamente sus perse­guidores decidieron no buscarlo en su hogar y así terminó aquel episodio. A los pocos días, Jacinto también fue detenido y remitido a la comisaría del pueblo de Yaqui (municipio de Cajeme). Pero horas después, al caer la noche, 200 campesinos con rifles, machetes y hoces rodearon la comisaría, desarmaron a los ofi­ciales y lo liberaron.

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Eduardo Liceaga aplica la primer vacuna antirrábica en México

Samuel Almazán Santiago
Facultad de Medicina, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

El médico y amigo de Porfirio Díaz, trajo del Instituto Pasteur de París el virus de la rabia, que se encontraba inoculado en el cerebro de un conejo, para poder experimentar aquí el procedimiento por el que se crearía la vacuna que ya se aplicaba en Europa. fue uno de los procesos más exitosos, lo mismo que en el caso de la viruela, para proteger y mejorar la salud de los mexicanos de finales del siglo XIX.

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Dr. Eduardo Liceaga, ca. 1875. Fondo Cruces y Campa, SINAFO.

Llevamos al pequeño Isidro ante el padre Am­brosio, la escena era aterradora. Estaba desespe­rada y durante un lapso no lo podía creer, todo era confuso. Solo recuerdo estar parada frente a mi hijo. Él estaba sucio y tenía sangre en su des­garrado pantalón, lloraba desconsolado y asus­tado. Milán, su perro, siempre había sido muy tranquilo y obediente, pero había estado fuera de la casa una semana y al volver no quería comer; algo estaba mal.

Días después atacó a uno de los perros que había en la casa, nunca pensé que hubiera con­traído esa horrible enfermedad y mucho menos que dañaría a alguien de la familia. Inmedia­tamente que me avisaron los criados lo traje a la iglesia, en ese momento pensaba que la ayuda de Dios era la única esperanza posible para que no muriera. Mientras su padre lo cargaba vinieron a mi mente las imágenes de mi hermano, cuando ambos éramos niños y vivíamos en Xochimilco, cerca del convento de San Bernardino. Cuando él jugaba en el campo fue atacado por un perro que vagabundeaba por los poblados cercanos. Mi padre logró atrapar al animal después de una rápida búsqueda y lo mató, pero la sentencia de muerte ya se había dictado. Verlo morir de esa forma fue espantoso.

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Louis-Pierre Baltard, La Rabie, ca. 1800, litografía. Wellcome Image, Creative Commons.

Días después del ataque mi hermano co­menzó a tener temblores y sudores muy fuertes, calenturas y mucho dolor donde fue mordido; no podíamos rozar su piel porque estallaba en gri­tos. Notábamos que su nerviosismo crecía poco a poco, tenía pesadillas y visiones constantes, yo lo cuidaba y lo veía despertar gritando algo sobre unos perros: todo ello era producto del mal que se apoderaba de él. Y después de eso tuve que sopor­tar sus ataques de debilidad, el babeo y el hecho que no pudiera comer nada; incluso un poco de líquido le provocaba dolor.

Miré cómo se consumió lentamente y en una agonía inevitable. Aun ahora lo sueño babeando en su cama, hundido en los ataques; no quería eso para mi hijo. En la capilla, con las puertas cerra­das, una iluminación tenue llenaba el espacio; el padre Ambrosio comenzó a rezar con gran energía. Recuerdo la blancura de su sobrepelliz y el brillo enigmático de la cruz que sostenía en sus manos, la cual reflejaba la ardiente luz de las velas. El agua bendita y sus oraciones eran sus armas para luchar contra ese mal. Tomó del aceite de la lámpara que iluminaba el Santísi­mo Sacramento e hizo una cruz en el área de las mordidas que estaban en la pierna derecha, luego murmurando frases en latín, colocó pan y sal en el altar e hizo otras tres cruces sobre ellos y finalizó esparciendo el agua bendita en la cabeza de mi pequeño.

El padre nos dijo que Dios haría cumplir su voluntad y que sólo nos quedaba rezar en espera de que la providencia nos beneficiara. Después de eso lo llevamos a casa, limpiamos la herida y lo tranquilizamos. Los criados asustados nos lle­varon la imagen de Santa Quiteria, que según ellos podía sanar la enfermedad y dar tranqui­lidad a los sufrientes. Aunque sabía que no era bueno, acepté la ayuda, ellos realizaron varios rezos y por último arrojaron el pan empapado en el aceite de la lámpara que iluminaba la imagen de la Santa. Lo hice con devoción pero sabía que sería insuficiente, pensaba que de todos modos moriría de una forma cruel. Inmediatamente mi esposo ordenó dar muerte al perro que teníamos prisionero en una jaula. Apesadumbrada por lo sucedido no logré dormir, los recuerdos del pasado se agolpaban en mi mente, mi corazón oprimido latía rápido; sólo quedaba seguir rezando una y otra vez. Inicié el día abatida, sin sospechar que Dios se manifestaría en su gran misericordia. A la hora del desayuno mi esposo leía el perió­dico, estaba cabizbajo, pero de pronto su rostro se iluminó al encontrar una nota, Dios no deja morir a sus hijos. Un ángel, el doctor Eduardo Liceaga, famoso y notable en la capital, había traído semanas atrás la vacuna contra la rabia desde París y llevaba algún tiempo trabajando en ella, así que fuimos a visitarlo.

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Forma de hacer la operaciA?n, litografAi??a en George Fleming, Rabies and Hydrophobia, Londres, Chapman and Hall, 1872.

El 12 de abril de 1888, el niño Isidro Delga­dillo, de 12 años de edad, originario de Texco­co, fue llevado a las instalaciones del Consejo Superior de Salubridad, ya que había sido mordido en la pierna por un perro que se presumía rabioso. El animal fue muerto por su comportamiento sospechoso, después de atacar a otros perros y a varias personas de la población. Esto era común en la época, si Isi­dro hubiera contraído la rabia probablemente hubiera muerto.

 

Según los datos publicados por Louis Pas­teur a finales de la década de 1880, la proba­bilidad que tenía una persona de morir de rabia al ser atacada por un animal enfermo iba de un 20 hasta un 60%. Ello dependía de la cantidad y profundidad de las mordidas, del tipo de animal (lobos o perros) y de si habían existido o no mordidas en la cabeza o en áreas cercanas (entre más cerca del cerebro se ino­cula el virus, este es más letal). Las estrategias de curación religiosas y las de los médicos, que estaban disponibles en esos momentos, eran igualmente inefectivas. En los casos en los que aparecía la enfermedad sólo queda­ba presenciar cómo la persona se consumía y moría irremediablemente.

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Tadeo Ortiz, un pionero en el istmo de Tehuantepec

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

Terminado el proceso de independencia, este criollo propuso más de un centenar de ideas para hacer frente a los obstáculos que impedían echar a andar el país. entre ellos Tadeo Ortiz vio la necesidad geoestratégica de poblar el Istmo de Tehuantepec, desarrollar el comercio y crear una vía navegable transoceánica. una faena que se hizo mucho más compleja de lo que se imaginaba.

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J. Müller, Minatitlán, ca. 1840, y Vista del Paso Mazahua, ca. 1840 litografía a color en J. J. Williams, Isthmus of Tehuantepec, New York, D. Appleton & Co., 1852. Smithsonian Libraries.

Tadeo Ortiz regresó a México en 1821, con el ánimo de contribuir a la consolidación de la libertad y la prosperidad de la patria. Deseaba ardientemente que esta fuera igual de libre y próspera que otros países que había conocido. Con la certeza de que México era un cuerno de la abundancia y lo único que tenía qué ha­cerse era explotarlo apropiadamente se ocupó de analizar la realidad del país y hacer pro­puestas para que progresara. Una de las más interesantes fue la que hizo para el istmo de Tehuantepec.

¿Quién era Tadeo Ortíz?

Es poco lo que se sabe del criollo nacido en el valle de Mascota, en el reino de Nueva Galicia, el 18 de octubre de 1788. Apenas que, siendo alguien instruido en latín y filosofía, fue preceptor de los hijos del virrey José de Iturrigaray y que, a la caída de este a raíz del golpe de Estado de 1808, lo acompañó a Es­paña, donde permaneció hasta 1811. La no­ticia de la muerte de su padre –junto con el deseo de sostener a su madre y hermana– al igual que su aspiración de colaborar de algu­na manera con la recién iniciada revolución de independencia, lo decidieron a volver a tierras americanas.

Dejó la metrópoli de manera clandestina, embarcándose en Portugal rumbo a Estados Unidos; allí residió primero en la ciudad de Filadelfia y más tarde en la de Nueva Orleans, donde se quedó por algún tiempo pese a su deseo de trasladarse a Nueva España, pues las dificultades del momento, según dijo, se lo impidieron.

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J. Mc L. Murphy, Amate Picadura, ca. 1840, litografía a color en J. J. Williams, Isthmus of Tehuantepec, New York, D. Appleton & Co., 1852.

En efecto, tanto en Estados Unidos como en Veracruz los españoles ejercían una estrecha vigilancia. Con todo, Ortiz logró por fin entrar en contacto con los insurgentes; aunque ni José María Morelos ni Ignacio López Rayón sabían de quién se trataba, ambos decidieron aceptar sus servicios en el exterior para que, en su nombre, entrara en relaciones con los jefes insurrectos de otras colonias españolas.

Tuvo entonces ocasión de satisfacer uno de sus grandes deseos: viajar, porque me con­sideraba no podía de otro modo instruirme de las costumbres de los hombres. De modo que de Nueva Orleans zarpó hacia la isla de Ja­maica y de ahí partió a Nueva Granada, para desembarcar en Cartagena de Indias a fines de 1814. Llegó sin papeles ya que luego de ser detenido en el camino prefirió quemarlos y esto le complicaría la existencia pues no se le quiso reconocer como enviado de México. Se trasladó a Santa Fe y posteriormente a Buenos Aires, donde al parecer permaneció por un buen tiempo, hasta que se trasladó a Londres a mediados de 1819.Portada Resumen de la EstadAi??stica del Imperio M (408x640)

En los distintos lugares en los que estuvo trató con liberales, masones, conspiradores, diputados a Cortes, mercaderes, corsarios y filibusteros, por inte­reses y razones distintas ligadas a la libertad de los países de Hispanoamérica. En esos años se ocupó, al parecer, de enviar información a Nueva España.

Al poco tiempo de consumarse la indepen­dencia, Tadeo Ortiz volvió a México, donde colaboró con varios gobiernos, pero sin com­prometerse con un grupo político. Más bien, muy influido por las ideas de la Ilustración y la obra de Alexander von Humboldt, se consagró a su deseo de hacer próspera y li­bre a la patria. Lo primero que llevó a cabo, por juzgarlo indispensable, fue la escritura y publicación del Resumen de la estadística del Imperio Mexicano (1822), en el que en la primera parte aborda las realidades geográficas, económicas, demográficas y políticas, en tanto que en la segun­da ofrece 115 recomenda­ciones para atender a los obstáculos.

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La basílica de Guadalupe, un espacio de los feligreses

Graciela de Garay
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

Pedro Ramírez Vázquez y el grupo de arquitectos que a principios de 1970 proyectaron la recuperación del edificio de la antigua basílica se plantearon un lugar armónico para miles de visitantes que pasan allí a diario, y no sólo para venerar la imagen de la virgen. La resolución arquitectónica, polémica en su momento, se ha correspondido con el sentido colectivo, democrático y universal del culto guadalupano.

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Uno de los lugares más visitados en la ciudad de México por nacionales y extranjeros es la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe (1976), junto con el Museo Nacional de An­tropología (1964) y el Estadio Azteca (1963- 1966/1986). Curiosamente, la autoría de estas tres obras corresponde al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013), mexicano dis­tinguido con innumerables honores, dentro y fuera del país, entre los que se cuentan el Premio Nacional de Ciencias y Artes que le otorgó el gobierno mexicano (1973), así como el nombramiento de Arquitecto de América, expedido por la Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos (1996).

El papa Francisco anunció como priori­dad de su viaje a México de febrero de 2016 venerar a la Virgen de Guadalupe en su san­tuario “para encomendar a María Santísima los sufrimientos y las alegrías de los pueblos de todo el continente americano”. Su santi­dad entiende la importancia de la virgen para los mexicanos.

Los retos de la obra

A principios de la década de 1970, Pedro Ra­mírez Vázquez se enteró de que el ingeniero Manuel González Flores arreglaba los ci­mientos del antiguo edificio de la basílica de la Villa de Guadalupe, afectados por los hun­dimientos del subsuelo fangoso de la capital. González Flores explicaba que los trabajos pronto serían rebasados por las necesidades de espacio que demandaba una creciente afluen­cia de peregrinos.

BasAi??lica_Interiro_03 (530x800)Ramírez Vázquez advirtió que el reto con­sistía en manejar los movimientos de un pú­blico masivo inspirado por el culto a la Virgen de Guadalupe, fervor religioso compartido por mexicanos y católicos de otras latitudes del mundo. Adoptó entonces una solución ar­quitectónica orientada a resolver las prácticas devocionales del momento. Con él trabajaron los arquitectos José Benlliure, Gabriel Chá­vez de la Mora y Alejandro Schoenhoffer. La cordinación de la obra estuvo a cargo de Javier García Lascuráin.

La basílica de Nuestra Señora de Guada­lupe, explicaba Ramírez Vázquez, es un caso muy particular. No hay ninguna iglesia en el mundo, ni siquiera la catedral de San Pedro en Roma, que tenga una afluencia de pere­grinos y visitantes comparable a la que recibe la basílica de Guadalupe. Al Vaticano nunca arriba ese volumen. La concurrencia en San Pedro puede ser mayor, pero en un alto por­centaje son turistas, más interesados por ver la arquitectura que manifestar su devoción. En la basílica, en cambio, el porcentaje de tu­ristas es mínimo en relación con la demanda devocional. Además, los fieles, nacionales o extranjeros, aspiran a tener una misa frente a la imagen de la Virgen. Esta expectativa im­plica un problema arquitectónico de espacio importante. ¿Cómo albergar a 20 000 pere­grinos, deseosos de contemplar a la Virgen cuando, teóricamente, en la antigua basílica sólo cabían 3 000 personas y, de esas, única­mente 1 000, ubicadas al centro, podían ver al fondo, la imagen?

Los retos constructivos eran muchos. El terreno se encuentra en las faldas del cerro del Tepeyac y sobre un subsuelo lodoso con frecuentes deslizamientos hacia abajo, lo que provoca daños a las estructuras, como ocurrió con la antigua basílica. Para cimentar toda la superficie del templo había que llegar a la capa más resistente, ubicada a 32 metros de profundidad. Esta solución, por costosa, no era factible. Ramírez Vázquez resolvió cimentar toda la carga en un punto, con un mástil del que podría colgar toda la cubierta y soportar el máximo de carga. Ese sistema constructivo daba una carpa con un mástil y una cimen­tación a 32 metros de profundidad. Pero el mástil debía ser excéntrico para no estorbar la visibilidad. El resultado fue una carpa excén­trica. La carga frontal del mástil se equilibra con otra atrás que comprende los siete pisos de los anexos de la basílica; sacristía, cabildo, habitaciones de los sacerdotes residentes, etc. La cubierta colgante de la carpa genera un volumen creciente hacia el altar, totalmente libre, que permite la ventilación a través de una linternilla por la que escapa el aire ca­liente al subir.

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La memoria activa de Bob Schalkwijk

Andrea Villela

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

Durante más de cinco décadas este fotógrafo de origen holandés documentó la vida del país en rostros de personajes públicos y anónimos, paisajes, fiestas, las olimpiadas de 1968, el crecimiento urbano, la arqueología y hasta la gastronomía. su acervo de más de 400 000 piezas, muchas de ellas aún sin catalogar, crece a diario por la inquietud profesional de un artista que trabaja por retratar los muchos Méxicos.

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Bob Schalkwijk, Niña rarámuri, Narárachi, Chihuahua, 1974. Archivo Bob Schalkwijk.

Bob Schalkwijk, nacido en Rotterdam, Países Bajos, en 1933, llegó a México en 1958. Tras dejar sus estudios de Ingeniería en Petróleo en la Universidad de Stanford, California, decidió residir en el país y ganarse la vida por medio de su verdadera pasión, la fotografía, la cual había practicado desde los trece años en su país natal. Su primera cámara fue una Baby Brownie de Kodak.

Aprendió fotografía en varios laboratorios europeos como Agfa, en Alemania, y Kodak, en Francia. Por medio de una serie de contactos que consiguió a través de la embajada de los Países Bajos en México, conoció personajes de la escena cultural y artística capitalina en momentos en que la llamada Generación de la ruptura se hacía presente.

Schalkwijk no se limitó a un solo tema. Los rollos del archivo datan sus primeros tra­bajos en 1959 e incluyen tomas de la bahía de Acapulco, el centro histórico capitalino, Azcapotzalco y otros sitios alrededor de la ciudad. También dan cuenta de una serie de fotografías del estado de Morelos, tomas del jardín Borda, de la tradición de corridas de toros y la carretera, entre otros. Ese mismo año realizó un viaje a Oaxaca donde fotografió parte del proceso de producción del mezcal, el sitio arqueológico de Mitla y una serie sobre producción alfarera, así como la fiesta de la Guelaguetza, entre otras.

Salir de la ciudad y fotografiar lo que de­nominó como los muchos Méxicos fue desde el principio el motor que hizo crecer su acervo  fotográfico. Su interés personal por fotografiar lo otro, lo diverso, se sumó a la serie de trabajos por encargo. 0841-2-5 copy (542x800)Fue corresponsal de la agencia de fotoperiodismo Black Star, de Nueva York, para la que cubrió eventos como las Olimpia­das de 1968, el Festival de Cine en Acapulco, el Grand Prix y, de manera más general, el desarrollo industrial y urbano de la moderna ciudad de México. Para los años setenta tra­bajaba como fotógrafo de diversos artistas y de empresas en fotografía publicitaria

Contemporáneo de fotógrafos como Enrique Bostelmann y Mariana Yampolsky, era cariñosamente llamado por Manuel Álvarez Bravo, el Maestro Schalkwijk.

Su método de trabajo se caracterizó por una búsqueda del proceso perfecto. En el área técnica buscó tener el mejor equipo, trataba con el debido cuidado su dispositi­vo de iluminación (a la fecha funciona y lo utiliza) e instaló un laboratorio en su estu­dio desde donde controlaba también el pro­ceso de revelado e impresión, ayudado por su asistente de toda la vida, Javier Tinoco. Schalkwijk trabajó con diferentes formatos –35mm, 6x6cm, 4 x 5” y unos pocos en for­mato 5 x 7”– así como con diferentes marcas de cámaras y ópticas. La mayoría de sus fotografías de los primeros 20 años en México fueron tomadas con una cámara Hasselblad y un par de cámaras Leica: una para color y otra para blanco y negro. Las fotografías de formato grande fueron tomadas con una Sinar.

Siempre ordenado en sus materiales, diseñó una nomenclatura para distinguir formatos y llevar cronológicamente una numeración de los originales en película, por medio de listas que incluían fechas y lugares.

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Desde un inicio, la formación del archivo fotográfico fue una decisión compartida entre Bob y su esposa Nina Lincoln. Invertirían parte de sus recursos en construirlo, como una inversión a futuro, y crecería a partir de los múltiples proyectos en los que Schalkwijk tuvo la oportunidad de trabajar, así como de las fotografías capturadas en su tiempo libre, proyectos personales y viajes. Así, se han lle­gado a atesorar más de 400 000 fotografías en película, de las cuales cerca de 70% han sido revisadas. A tantos años de haber sido tomadas, muchas de ellas no habían sido vis­tas nuevamente.

Uno de los temas más retratados es el de los grupos indígenas de México, siendo los tarahumaras los que más fascinación le causaron. El conjunto de fotografías tomadas durante varias décadas de viajes a la sierra Tarahuma­ra suma 7 500, que van desde 1965 hasta 2015.

La ciudad de México ha sido también ampliamente retratada por Bob. Su constan­te transformación quedó registrada desde el primer proyecto que le fue encargado en 1963 para proveer las fotografías que ilustrarían el libro Mexico City, editado por la casa Spring Books, de Londres. Quedarían también regis­tradas la construcción de los espacios urbanos como las vías rápidas (Periférico, Viaducto, el drenaje profundo), el Museo de Antropología y las afectaciones ocurridas durante los sismos de 1985, por mencionar algunos temas.

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El estallido urbano de las colonias capitalinas

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

Con el inicio del siglo XX, los huertos, campos agrícolas y pequeños pueblos y parajes cercanos al centro de la ciudad de México sufrieron un cambio radical. La capital se expandió y así muchos de ellos quedaron encapsulados por una mancha urbana que aún preserva algunos lugares y edificaciones para descubrir su pasado.

Style: "MEXICO"

Vivir en una urbe tan grande como lo es la ciudad de México tiene encanto y fascinación, pero al mismo tiempo, múltiples problemas debido principalmente al crecimiento des­medido y sin planeación de la ciudad. Si nos remontamos a otras épocas, veríamos que los límites de la ciudad no iban más allá de lo que hoy conocemos como Centro Histórico y que a lo largo del siglo XVIII el espacio no sufrió cambios notables. Las viviendas, el comercio, las oficinas, las diversiones, los teatros, los hos­pedajes y los cafés, las imprentas y librerías, y otros establecimientos se encontraban situa­dos dentro de esa delimitación. Fue a finales del siglo XIX y sobre todo a principios del XX cuando su fisonomía se transformó. Sus lindes comenzaron a extenderse hacia el poniente y hacia el sur con nuevas demarcaciones, colonias que darían abrigo a las clases medias y altas. San Rafael, Santa María La Ribera, Roma y Condesa, entre otras, fueron buenos negocios para quienes se aventuraron en el diseño y ur­banización de los nuevos fraccionamientos que iban arrancando el carácter rural a los espa­cios en donde antes había haciendas, potreros y ranchos, con cultivos de maíz y pastizales.

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Al sur de la municipalidad de México exis­tían distintos pueblos aledaños como La Piedad, Mixcoac, Tlacoquemécatl, San Lorenzo Xochimanca, Xoco, Actipan, Zacahuitzco y otros más, que contaban con pequeños talle­res, fondas y pulquerías, ladrilleras, molinos y pulperías para abastecer las demandas cotidia­nas de sus pobladores. Amplias propiedades ocupaban las haciendas (Narvarte, Portales y los ranchos Los Amores, San Borja, Santa Rita, California, Pilares, Colorado y Álamos, entre otros) que eran productoras de cereales, flores y frutos. Las fábricas de ladrillos habían socavado los terrenos y dejarían huella de su presencia.

Para adquirir mercancías más elaboradas o específicas, la población de estos parajes se veía obligada a viajar hasta la ciudad de Mé­xico con el fin de proveerse de los productos que no encontraban, ocuparse del arreglo de asuntos importantes o para acudir a las fiestas y diversiones.

En ocasiones especiales estos lugares se vestían de gala atrayendo a numerosos visi­tantes que acudían a las fiestas patronales de San Lorenzo, Santa Cruz, Nuestra Señora de la Piedad, el señor del Buen Despacho o la de Santo Domingo… En santuarios o en iglesias se daban cita los pobladores para participar de la alegría del momento, con la misa y la proce­sión, la feria y los fuegos artificiales.

Estos pueblos, fincas, ranchos y haciendas en múltiples ocasiones sirvieron en el siglo XIX como refugio seguro para aquellos que huían de los levantamientos y disturbios que les tocó presenciar en la ciudad de México.

Guillermo Prieto en sus Memorias de mis tiempos así lo describe: Para el público, un pronunciamiento era un jubileo y un motivo de hol­gorio. Cerrábase el comercio, quedaban desiertas las oficinas; las calles solitarias resonaban con el galope de los caballos; la gente se agolpaba en las esquinas para atravesar de un punto a otro […] La vida se desplazaba a otras localidades: a los barrios y pueblos lejanos se trasladaba el movi­miento, las tiendas tenían mayor tráfico, las po­llas daban a la luz sus vestidos domingueros y los vecinos entablaban diálogos de balcón a balcón inquiriendo noticias.

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La División del Norte. Traiciones que llevaron al ocaso

Guadalupe Villa
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

Tres hombres fueron clave en la derrota de las tropas villistas en Celaya, al restringir su fuerza militar. Los negocios personales de Lázaro de la Garza, Félix Sommerfeld y George Carothers limitaron o nulificaron el abastecimiento de armas que tanto necesitaba la división del norte para enfrentar a los carrancistas.

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Félix Sommerfeld, Francisco Villa y Raúl Madero. Cortesía de El Paso Public Library, McGaw Photograph Collection

Las derrotas sufridas por la División del Norte entre abril y junio de 1915 en el centro del país han dado pie a infinidad de discusiones sobre lo que le ocurrió a Villa y su gente. En lo que coinciden es en la importancia que revistió para ellos la falta de municiones; sin estas era imposible ganar ninguna batalla, por más ge­nialidad táctica y estratégica que tuvieran. El problema fue que Pancho Villa decidió com­batir sin ellas pensando que podría surtirse del propio enemigo. Se han considerado, además, errores estratégicos cometidos, entre ellos: desoír el consejo del general Felipe Ángeles de atacar Veracruz y cortar las comunicaciones carrancistas en vista de la ineficiencia de los zapatistas que, no obstante haberse compro­metido, nunca pudieron o quisieron cortar la línea de abastecimiento de Álvaro Obregón; haber dividido sus fuerzas y combatir en diversos frentes en lugar de presentar batalla con todos sus hombres y, en consecuencia, no haber previsto soldados de reserva.

No obstante los desaciertos, es necesa­rio subrayar que la traición fue el ingredien­te principal en la derrota de la División del Norte en Celaya. Sin duda entre las preocu­paciones que inquietaron a Villa, luego de la escisión revolucionaria, fue allegarse un flujo constante de materiales bélicos. Hasta antes del estallido de la primera guerra mundial, la compra de armas y municiones era fácil, pudiéndose adquirir a precios accesibles sin que el general tuviera que enfrentar proble­mas de aprovisionamiento, pero en 1915 la historia fue distinta.

Villa, como otros jefes revolucionarios, se valió de agentes confidenciales y repre­sentantes que desempeñaron diversas comi­siones en Estados Unidos, entre ellos Lázaro de la Garza, Félix Sommerfeld y George C. Carothers. Estos intermediarios, empleados por él, no procedían de las filas revolucionarias y aunque al principio resultaron eficientes y mostraron una aparente lealtad, fue cuestión de tiempo para que evidenciaran sus verda­deras intenciones: el robo y la traición en los momentos más críticos del enfrentamiento entre convencionistas y constitucionalistas.

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General Villa, Coronel Michie y el Sr. Carothers, ca. 1914,

¿Quiénes fueron estos hombres y qué papel desempeñaron??

Lázaro de la Garza

Originario de Laredo, Texas, De la Garza había sido colaborador del general Bernar­do Reyes durante su gubernatura al frente del estado de Nuevo León. Posteriormente se avecindó en Torreón, Coahuila, y en 1913 entró en contacto con Villa, quien lo nombró su agente comercial y financiero. Un testigo presencial narró así el encuentro entre am­bos: En la entrada triunfal de los soldados de la División del Norte, ese día 1° de octubre de 1913 […] el general Villa penetró a la plaza montando [su caballo] Sangre Linda. Frente al fastuoso Hotel Salvador salió a su encuentro un hombre corpulento y alto, elegantemente vestido, que se descubrió respetuoso para saludarlo y con su ademán de aristócrata, nos deslumbró el espejo de su clava. Aquel individuo dijo llamarse Lázaro de la Garza, declaró que iba a ponerse en manos del comandante en jefe de la División del Norte, y ofreció una larga lista de todos los hacendados y ricos de La Laguna, algodoneros y próceres con datos sobre sus posibilidades de aportar fuertes sumas a la Revolución, en calidad de préstamos forzosos. Lázaro no tenía miedo de sufrir errores en sus apreciaciones […] apelando a sus conocimientos adquiridos como alto empleado del banco de la plaza capturada.

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