Archivo de la categoría: BiCentenario #51

Vagón naranja

Nacho Casas

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Vio nacimientos, muertes, suicidios, robos. Escuchó canciones de amor y despecho. Gritos de pregoneros o vendedores. Vio el asombro de chicos y grandes. Hasta que encalló en un taller de desguace.

Voy en el metro, ¡qué grandote, rapidote, qué limpiote!
¡Qué deferencia del camión de mi compadre Jilemón
que va al panteón!
Chava Flores

Llegó de París, pero no sobre las alas de una cigüeña, zopilote o avión. No. Viajó durante días y noches, entre olas, peces y gaviotas, surcando el Atlántico a bordo de un enorme buque. Desmembrado, conoció el calor de altamar y la brisa fresca en medio de la inmensidad.

Un puerto francés, Marsella, le dijo: au revoir y le cantó la despedida; un puerto mexicano, Veracruz, le dio la bienvenida y lo recibió con huapangos y marimbas.

En un tren de carga, acompañado de los colores del trópico y el aroma de gardenias, café y hueledenoches, atravesó manglares, cascadas, ríos. Cruzó la neblina perpetua de las Cumbres de Maltrata, que lo trataron bien, por cierto. Miró el Pico de Orizaba con curiosidad.

Los volcanes Malinche, Popocatépetl e Iztacíhuatl observaron sus vidrios, puertas, neumáticos y su cabina de conducción, con asombro. El frío de la nieve volcánica lo cautivó. Los llanos de Apan y su olor a pulque lo deleitaron. Largos caminos recorrió, desde el Golfo hasta el Altiplano.

Mientras todo esto sucedía, una tropa de hombres –cual topos–, escarbaba el acuoso subsuelo de la ciudad de México para llenarlo de túneles, pasadizos, rieles. Caminos alejados de la luz del día. Albañiles, ingenieros, cargadores, electricistas y hasta arqueólogos hurgaban los intestinos de la antigua México Tenochtitlan, que un día sí y otro también regalaba a los mexicanos del siglo xx testimonios de su antigua grandeza: esculturas prehispánicas de dioses buenos, figuras de hombres y mujeres, de perros, jaguares, ocelotes. Joyas de oro y obsidiana.

Luego de tan largo viaje llegó a su primer destino, Ciudad Sahagún. Ahí fue armado con calma y alegría, tal como chicos y grandes ensamblan las piezas de un Lego.

Así nació el protagonista de esta historia: un vagón de Metro color naranja; pero faltaba un traslado más, ahora a su destino final, la ciudad de México.

En el mes de la patria de 1969, el vagón, decorado con franjas tricolores y el escudo nacional mexicano a sus costados, realizó orgulloso su primer trayecto sobre los rieles que corrían de Zaragoza a Chapultepec. Fue ese el viaje inicial de los muchos que haría en su larga existencia entre los intestinos de la ciudad capital.

A partir de aquel día, en su interminable andar por el mismo recorrido, vagón vio nacimientos, muertes, suicidios, robos, escuchó canciones de amor y despecho, gritos de pregoneros o vendedores, vio el asombro de chicos y grandes, así como de quienes se subían por vez primera al moderno sistema de transporte.

Recorrió tantas veces esos túneles, que reconocía fácilmente a cada uno de los durmientes. También a los pasajeros, quienes cotidianamente viajaban dentro de él con prisa, amor, fe, necesidad o diversión. Sabía de las nuevas familias de roedores y otras alimañas que habitan el oscuro mundo de luz artificial que sucede en los largos túneles.

El siglo xxi llegó. El vagón que recorrió millones de veces el Sistema de Trasporte Colectivo había envejecido. Varias veces fue reparado, rehabilitado. Se le cambiaron neumáticos, tapones, diferenciales. Incluso fue pintado y repintado, pero a pesar de eso, una mañana se ordenó que el vagón MP68, el veterano del sistema, fuera dado de baja.

Esa noche realizaría su último viaje. Vagón se resistió. En cada estación se detenía. Se negaba a continuar. No quería llegar a su destino. Los recorridos que generalmente hacía en 50 minutos, tardaron más de cuatro horas. Causó furia y alboroto entre los usuarios; desconcierto entre los choferes y las autoridades. Cuando llegó a Cuatro Caminos, vagón decidió no moverse más, así que después de la media noche, fue jalado por un tren nodriza. Arribó por fin a Ticomán, donde se encuentra el taller mayor.

A la mañana lo desmontaron sobre un gato eléctrico y empezó a ser destripado. Nadie supo por qué gritos de tristeza profunda salían de las entrañas de la ciudad de México. Esa noche, mucha gente no pudo dormir a causa de aquel sonido metálico y carnal que emergía por los respiraderos del Metro.

Nuevos muralistas exhiben el coraje del personal de salud

Rubí Celia Ramírez Núñez
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Alejandro Bautista, Kato, David Alejandro Hernández, Dagoz y Leo Monzoy intervinieron edificios públicos de la Ciudad de México, como parte de una experiencia colectiva que invoca a solidarizarse con enfermeros, camilleros, médicos y todos los miembros de las instituciones de salud que han puesto cuerpo y vida por salvar enfermos en la pandemia COVID-19.

Dagoz, Fuerza y esperanza, graffiti, Escuela Superior de Medicina y Obstetricia, Instituto Politécnico Nacional, ciudad de México, 2020. Colectivo Tomate, COMEX, Gobierno Federal.

La declaratoria de pandemia de la Organización Mundial de la Salud (oms) fue singularmente sorpresiva. A diez años del brote de influenza H1N1 en 2009, quedó claro que había altas probabilidades de experimentar una situación similar; sin embargo, el nuevo SARS CoV-2 nos tomó dramáticamente de sorpresa.

Con la suspensión de todos los eventos masivos, entre otras actividades, la Ciudad de México entró en una etapa de aletargamiento y silencio. El panorama era transversalmente desalentador. Entre los sectores que de inmediato resintieron los efectos de las medidas de confinamiento estuvieron la cultura y el turismo. También en el resto de los países. Hasta finales de julio, de acuerdo con cifras de la unesco, 13% de los museos en el mundo no volverían a abrir; sin embargo, aún falta obtener datos y estadísticas precisas para dibujar un escenario de lo que sucedió y lo que pasará en otras esferas como el cine, la música y el teatro.

El aislamiento ha sido distinto para cada país, para cada estado, para cada localidad. Muchas personas nos construimos en la calle porque es pública, porque es un recurso al que se puede tener acceso, ya que las normas no están reguladas por un detentador privado, como explica Joan Subirats. Ese espacio que construimos cotidianamente con las relaciones sociales que entablamos, esa otredad que se construye en la vía pública, en los muros, tuvo el acceso clausurado casi por completo durante algunas semanas.

Ante esta emergencia, muchos grafiteros, artistas plásticos, muralistas, dieron a conocer una cantidad muy importante de su trabajo en las redes sociales. Algunos debutaron como talleristas online, otros continuaron con la ilustración, tatuajes por citas, realizando comisiones de pintura en caballete, en los muros de sus casas o en muros con poca o nula afluencia. Fueron días inciertos para este sector, los recursos escaseaban. Ese otro que no soy yo, ese mensajero que articula y desarticula mundos contrapuestos en los muros, estuvo ausente por un tiempo, pero poco a poco regresó a las calles. Repentinamente, en las ciudades más grandes del mundo comenzaron a aparecer los primeros murales e intervenciones en reconocimiento y apoyo al sector salud, la primera línea de batalla contra el COVID-19.

La Ciudad de México no fue la excepción. Alejandro Bautista, conocido en el gremio como Kato, fue de los primeros artistas plásticos que se dio a la tarea de transmitir en cuatro muros una serie de mensajes que le era urgente compartir: “Alto a las agresiones”, “Solidaridad”, “Saldremos adelante” y “Mi México lindo” aparecieron en las alcaldías Álvaro Obregón, Benito Juárez y La Magdalena Contreras. Al norte de la ciudad, como parte del proyecto “Homenaje a los héroes de blanco”, David Alejandro Hernández, Dagoz, desarrolló un mural de 180 metros cuadrados al que nombró “Fuerza y esperanza”, en una de las fachadas del edificio principal de la Escuela Superior de Enfermería y Obstetricia del Instituto Politécnico Nacional. Leo Monzoy, por su parte, desarrolló un mural de 297 metros cuadrados en el techo de la Escuela Secundaria Técnica 41 Sor Juana Inés de la Cruz. Los tres creadores participaron en un proyecto colaborativo entre la Secretaría de Gobernación, el gobierno de la ciudad y el Colectivo Tomate y Comex, que busca ser permanente y de cobertura nacional.

Leo Monzoy, Homenaje a los Héroes de Blanco, graffiti, Escuela Secundaria Técnica No. 41 Sor Juana Inés de la Cruz, ciudad de México, 2020. Colectivo Tomate, COMEX, Gobierno Federal.

En entrevistas de historia oral, explicaron los detalles de las motivaciones y retos a los que se enfrentaron para hacer manifiesto su apoyo al personal de salud que permaneció en la contienda. Su tarea no fue nada sencilla, pues en medio de la contingencia tuvieron que hacer las gestiones necesarias para llevar a cabo su obra, solicitaron los permisos necesarios o aplicar en convocatorias.

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De la diosa Tonantzin a la Guadalupana

Fernanda Isabel Lara Manríquez
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Construido para llevar agua de calidad al pueblo de Santa Isabel Tola, el acueducto más largo del país, con sus diez kilómetros de extensión, hoy fraccionado por distintas obras de infraestructura urbana, es una de las reliquias arquitectónicas del siglo xviii que aún podemos apreciar y preservar.

16143. The Great Aqueduct of Mexico City from Guadalupe, fotografía estereoscópica, 1909. Biblioteca pública de Boston, PICRYL.

La antigua caja del Acueducto de Guadalupe se localiza en la alcaldía Gustavo A. Madero, al norte de la Ciudad de México, exactamente en el pueblo de Santa Isabel Tola. Es uno de los 132 pueblos originarios urbanos de la capital mexicana, y como el resto, tiene un origen prehispánico. Anteriormente conocidos como calpullis, estos espacios se caracterizan a la fecha por contar con un modo de vida basado, sobre todo, en un sistema religioso regido por un santo patrón o santa patrona, lo cual conlleva una organización social peculiar, que a su vez es herencia tanto de los antiguos habitantes, como del proceso de fusión cultural y religiosa que se dio con la conquista de la antigua Tenochtitlan. Otro rasgo relevante de los pueblos originarios urbanos es que la mayoría de las familias que los habitan lo han hecho en promedio por tres o cuatro generaciones, de manera que pueden encontrarse en ellos grupos de familias que comparten apellidos y se autoidentifican como naturales.

Estos espacios pueden además definirse por determinadas particularidades; esto es, por las características de sus calles o por lo que les resta de recursos naturales que los formaban en su origen, entre otros. Como en el caso de Santa Isabel Tola, estos pueblos conservan en su toponimia su nombre en náhuatl, junto con el nombre de su santo patrón o santa patrona. Todo esto los distingue en cuanto al modo de vida de quienes viven en las colonias que integran a casi toda la Ciudad de México.

En el caso del pueblo de Santa Isabel Tola, su fundación data del año 1246. Su nombre hace alusión a la palabra náhuatl Tollan, que quiere decir “lugar de tules o donde crecen los tules”. Por ello, el lugar que recorre el gran Acueducto de Guadalupe narra, además de la historia de su propia construcción, el relato de los antiguos caminos del peregrinar de los ancestros mexicas por la calzada que hoy se conoce como de los Misterios, construida por el que muchos reconocen como el primer y más importante ingeniero hidráulico en América, Nezahualcóyotl. Gracias a él y a su inventiva y creatividad, se hizo posible la separación de las aguas saladas y dulces de la antigua Tenochtitlan, lo cual favoreció la agricultura chinampera, única en su tipo.

Este camino de la travesía mexica se localiza al sur de la caja del Acueducto de Guadalupe, misma que ahora se encuentra en el Parque del Mestizaje, sobre las faldas del cerro Tecpayocan, y que fue el sitio donde los mexicas, que venían de Aztlán, prendieron por primera vez su fuego nuevo. Este se convirtió en un centro de reunión para los peregrinos que depositaban su fe en la diosa Cihuacóatl, también llamada Tonantzin o “Nuestra Madre”, por ser símbolo de las fuerzas femeninas de la fertilidad. Representaba el origen de la vida y todas las cosas, era la parte femenina de la dualidad de la creación. Historiadores como Miguel León Portilla establecen una relación entre la creencia hacia Tonantzin y la creencia en la virgen de Guadalupe, pues consideran que durante la colonización se sustituyó a la primera por la segunda. De manera que el antiguo adoratorio de la diosa mexica se fue transformando paulatinamente en el de la virgen de Guadalupe, y su basílica llegaría a ser el santuario católico más importante del mundo después de la plaza de San Pedro en Roma.

           Con la conquista de Tenochtitlan hubo otros cambios importantes, derivados de las obras hidráulicas españolas, pues se enfrentaron al reto del manejo de la abundancia del agua existente en el espacio al que recién habían llegado. Desde tiempos prehispánicos, las inundaciones resultaban frecuentes y los antiguos pobladores habían encontrado diversas maneras de reducir los problemas que implicaban. Sin embargo, con las modificaciones a los diversos ríos, lagos y canales llevadas a cabo por los españoles, las inundaciones y problemas sanitarios, principalmente las epidemias de tifoidea, fueron en aumento.

Así, entre las obras hidráulicas que se realizaron en la época colonial, se construyeron diversos acueductos. Muchos consideran que la más importante, por su función y por su longitud, fue el Acueducto de Guadalupe. Esta larga obra de ingeniería hidráulica fue construida a mediados del siglo xviii, con el propósito de hacer llegar agua al pueblo de Santa Isabel Tola, que carecía del vital líquido con calidad. Condujo el agua desde el río Tlalnepantla, localizado en el municipio del mismo nombre, en el Estado de México.            

El hecho de que el acueducto en cuestión conectara hidráulicamente este extenso territorio del centro del país da cuenta de su longitud, así como de su esplendor. Según refieren las fuentes consultadas, su construcción fue de hecho breve para las dimensiones con que finalmente contó, pues se realizó en ocho años: a partir de 1743, durante el gobierno del virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara; hasta 1751, en el mandato de Juan Vicente de Güemes, segundo conde de Revillagigedo.

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La guerra contra el narcotráfico (2006-2012)

Jacques Coste Cacho
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Un análisis de la estrategia contra el crimen organizado en el gobierno de Felipe Calderón a partir de la violencia generalizada, el apoyo de Estados Unidos, su impacto mediático, el papel de las fuerzas armadas, la detención de criminales de alto rango y la dispersión de los grandes cárteles.

TEMAMATLA, ESTADO DE MEXICO., 19 DE FEBRERO DEL 2012. EL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS, LIC. FELIPE CALDERON HINOJOSA, DURANTE EL 99 ANIVERSARIO DEL DIA DEL EJERCITO MEXICANOS Y 97 ANIVERSARIO DE LA FUERZA AEREA MEXICANA, QUE TUVO LUGAR EN LA ZONA MILITAR NUMERO 37. FOTO ALFREDO GUERRERO

Los mexicanos nos hemos acostumbrado a hablar sobre la “guerra contra el narcotráfico” con tal naturalidad que rara vez nos preguntamos sobre la exactitud o la pertinencia de los términos. Esto se debe a que la abrumadora presencia del crimen organizado, en buena parte de la geografía nacional por un tiempo tan largo, ha ocasionado que ya no encontremos novedad alguna en las cifras descomunales de homicidios diarios o en las desgarradoras imágenes de matanzas, balaceras y toda clase de hechos violentos que ocupan las primeras planas de los periódicos y los noticiarios estelares de televisión.

Propongo hacer un alto en el camino para reflexionar sobre la guerra contra el narcotráfico más allá de las connotaciones políticas que ha adquirido el término en el actual ambiente de polarización. El objetivo de este escrito es presentar una radiografía de dicha guerra para explicar por qué es adecuado el término para referirse a esta estrategia de seguridad y establecer sus características fundamentales.

Antes de comenzar, vale la pena aclarar que la mayoría de los expertos en la materia considera que la guerra contra el narcotráfico no ha terminado, ya que la administración de Enrique Peña Nieto siguió valiéndose de las fuerzas armadas para combatir al crimen organizado, al igual que lo continúa haciendo el actual gobierno, encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Como botón de muestra, basta con mencionar que la Guardia Nacional, creada a principios de este sexenio, es prácticamente un apéndice de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) en materia presupuestaria y de personal. Un segundo ejemplo que valida este argumento es el reciente decreto presidencial, publicado en el Diario Oficial de la Federación (dof) el 11 de mayo de 2020, que admite la participación del ejército y la Marina en labores de seguridad pública durante el tiempo restante de la administración del presidente López Obrador.

A pesar de la continuidad de la estrategia de combate frontal y armado contra el narcotráfico (aunque con algunos cambios en las materias presupuestaria, operativa y comunicativa), me limitaré a examinar la guerra contra el narcotráfico en el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012), en aras de propiciar un análisis más focalizado y profundo.

Lo primero que hay que decir cuando hablamos de la guerra contra el narcotráfico es que este término no es una simple construcción de los medios de comunicación o de algún actor político de oposición. Se trata de un concepto adecuado para nombrar la estrategia de seguridad del gobierno calderonista. De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “guerra” se define como “lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación”. Ateniéndose a esta simple definición, lo que Calderón inició con el crimen organizado fue una guerra, ya que ambos bandos (las autoridades federales y los cárteles) se enfrentaron por la vía de las armas.

Más allá de la definición del concepto, las características de la estrategia calderonista de combate al crimen organizado corresponden a una guerra. En el terreno simbólico, Calderón se vistió de militar en más de una ocasión. En la arena retórica, los discursos del presidente exaltaban las virtudes del ejército, al tiempo que pintaban un panorama de la vida nacional ennegrecido por un enemigo mortal, los cárteles de la droga, a los cuales juraba combatir con una voluntad inquebrantable. En cuanto a las labores de gobierno, el mandatario gastó buena parte de su capital político, de sus esfuerzos legislativos y de sus acciones diplomáticas en legitimar y reforzar su lucha.

Es más, el mismo Calderón se refería a su estrategia de seguridad como una guerra. El discurso que el presidente pronunció el 22 de enero de 2007 en la XXI Sesión del Consejo Nacional de Seguridad Pública es un ejemplo perfecto de estas cuestiones:

Para ganar la guerra contra la delincuencia es indispensable trabajar unidos, más allá de nuestras diferencias, más allá de cualquier bandera partidista y de todo interés particular. La sociedad espera mucho de nosotros, espera resultados tangibles. Los mexicanos exigen que sus parques, sus calles, sus escuelas, sus colonias sean espacios seguros para sus familias donde los hijos puedan vivir y desarrollarse en paz, con tranquilidad y seguridad. Por eso nuestra entrega debe ser total y sin descanso. No cederemos ni claudicaremos ante el reto de brindar seguridad porque en ello está en juego el progreso de la nación. Lo haremos por el bien de los mexicanos que vienen, lo haremos por el bien de nuestras familias y de nuevas generaciones de mexicanos que tienen derecho a un país más seguro y mejor, lo haremos por el bien de México.

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Y llegó el karate coreano

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Para el maestro y medallista mexicano
Reinaldo Salazar, quien falleciera
el 21 de junio de 2020 de CoVid-19

La historia de las artes marciales en México está marcada por un proceso sinuoso y persistente, que comienza en tiempos del porfiriato y que da su gran salto a partir de finales de los años cincuenta del siglo pasado, cuando la cultura oriental –de donde provienen sus diversas disciplinas– se integra al país de manera acelerada.

Isaías Dueñas en el Primer Campeonato Mundial de TKD, Corea, 1973. Colección particular de Isaías Dueñas.

De acuerdo con la Historia de los indios de la Nueva España e islas de Tierra Firme, de Fray Diego Durán, el emperador mexica Moctezuma ordenó que en las escuelas de todos los barrios se practicaran ejercicios de guerra y corporales. En ellas, los jóvenes aztecas aprendían que era vergonzoso morir por alguna enfermedad o ser ejecutados –ya fuera por ladrones o por cobardes– y que fallecer como un guerrero garantizaba una vida futura junto al sol, por lo que si algo deseaban los estudiantes era caer en combate.

Marco Antonio Cervera, investigador de la arqueología e historia militar en Mesoamérica, menciona en El armamento entre los mexicas, que en todo el mundo se practicaron sistemas marciales de los que se tienen bien documentados el nombre, la historia y las técnicas, como la lucha greco-romana y el jiu-jitsu que los samuráis japoneses empleaban en el siglo xvi. Afirma, también, que es posible que los mexicas hayan desarrollado sistemas similares y que la diferencia radica en que no se tienen evidencias suficientes de sus técnicas o sus nombres, mismas que desaparecieron tras la conquista.

Durante la época colonial, dominada por el pensamiento religioso, se desdeñó el ejercicio físico. Esta idea cambió en el siglo xix, cuando se consideró que los cuerpos sanos y fuertes favorecían el desarrollo moral e intelectual. Al final de esta centuria, ya se pensaba que el gobierno debía fomentar el ejercicio, y la población realizarlo, para mejorar la raza, como sostiene la historiadora María José Garrido en su libro Para sanar, fortalecer y embellecer los cuerpos. Historia de la gimnasia en la ciudad de México. Por ello, en México, durante el porfiriato, comenzaron a practicarse deportes como el futbol y el ciclismo, además de organizarse funciones de lucha en diversos teatros de la capital.

El japonés Mitsuyo Maeda vino a México en 1909 para participar en estos espectáculos. Su baja complexión y musculatura provocaban poco respeto entre los asistentes, quienes tras iniciar la contienda veían asombrados cómo el Conde Koma –nombre con el que era presentado– hacía volar a sus oponentes por los aires o los inmovilizaba con dolorosas llaves. Algunos autores sostienen que con Maeda, practicante de jiu-jitsu–sistema de combate sin armas de los samuráis–, fue que las artes marciales orientales llegaron a nuestro país. Sin embargo, por lo menos desde cuatro años antes hay registros documentales del jiu-jitsu en la prensa mexicana, ya que la edición de El Mundo Ilustrado, del 13 de agosto de 1905, muestra a dos integrantes del Club de Cultura Física Ugartechea ejecutar técnicas que, explica el diario, “hacen temibles a los pequeños nipones, aun para los hombres de más peso y mejor musculados”.

Un año después, Harada Shinzo, quien originalmente vino a trabajar en el ferrocarril, enseñó jiu-jitsu en el Colegio Militar, y tuvo entre sus alumnos al hijo de Porfirio Díaz, y estuvo entrenando, tras el estallido de la revolución, a soldados zapatistas, villistas y carrancistas. Con el tiempo, más japoneses llegaron a nuestro país, aumentando los centros de enseñanza, y el judo –una versión más sistematizada y deportiva del jiu-jitsu– despertó el interés para practicarlo e incluso para participar en competencias. Por ello, el maestro Daniel Hernández registró, en 1953, la Asociación Mexicana de Judo, base de la federación mexicana de esta disciplina fundada tres años después, representando sus alumnos a México en el Tercer Campeonato Panamericano de Judo, que se llevó a cabo en 1958.

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Cacicazgo y apoyo mutuo ejidal en Tepetzintla

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Úrsula Mares Higueras. Instituto Mora

En el municipio de Tepetzintla, en la Huasteca veracruzana, se vivió un periodo conocido localmente como “el cacicazgo”, que trascurrió entre 1938 y 1964. A través de los relatos orales de sus habitantes se han construido memorias en torno a la figura del cacique Basilio R. Miguel, su relación con los distintos sectores de la población y los ámbitos en los que ejerció su poder.

Vista de Tepetzintla, Veracruz, ca. 1960. Colección particular.

Si bien este liderazgo provocó sentimientos de miedo generalizado dentro del municipio, por la represión y amenazas que desplegó sobre sus habitantes, propició también que en el espacio social particular del ejido municipal los campesinos preservaran el apoyo mutuo para sembrar maíz. Es precisamente de esto último que trata este breve relato.

El 2 de mayo de 1964 asesinaron a Basilio R. Miguel. El suceso ocurrió al interior de su oficina ubicada junto a su casa de enjarre y techo de zacate colorado, en la calle que da entrada a la cabecera municipal de Tepetzintla. Algunos habitantes recuerdan que ese día se escucharon varias detonaciones, aun cuando estaban lejos de aquella casa. Después de escucharse los disparos, llegó el rumor al pueblo: ¡han matado al cacique!

La muerte de Basilio R. Miguel fue un parteaguas en el proceso histórico de Tepetzintla y del ejido de la cabecera municipal. Ningún habitante que hable del pasado del pueblo deja de rememorar la etapa del “cacicazgo” como un referente importante en la historia local. La mayoría la evoca como una época de represión, estancamiento y poder centralizado. De hecho, diversos testimonios marcan una diferencia sustancial entre esos 26 años y los procesos de “modernización” y “democracia” que se desarrollaron después de su muerte.

En la década de 1960 Tepetzintla era un pequeño pueblo con su presidencia municipal de madera, quiosco y parque, una galera con techo de lámina, escuela primaria también de madera, la pequeña iglesia, calles de tierra y lodo, pocas casas de ladrillo y un puñado de viviendas de enjarre y madera esparcidas por los alrededores del núcleo urbano. El ejidatario Juan Pérez asegura que Basilio R. Miguel “no quería ni la luz ni las escuelas que se hagan […] no quería ni que hubiera sexto año ni nada de eso [de primaria había] hasta el quinto año”. Los niños que querían seguir estudiando caminaban hasta la primaria de Cerro Azul, comunidad que estaba en crecimiento por la extracción del petróleo desde las primeras décadas del siglo xx.

La electricidad llegaba únicamente al centro del pueblo gracias a una planta que encendía apenas unos cuantos focos. En las casas de los alrededores se alumbraban con candil, quinqué y lámparas de gas o velas. El agua se conseguía en distintos pozos, la vaciaban en latas o bules y se acarreaba hasta las casas en mulas. Para lavar la ropa o bañarse, los habitantes acudían a los ríos cercanos. “Estaba el pueblo atrasadísimo”, “bien amolado”, “era un rancho”, aseguran algunos habitantes. “[El cacique] no dejaba que se fuera pa’rriba el pueblo”, asegura Juan Pérez. “Querían poner las escuelas, él no quería. Querían poner la luz, él no quería. Querían poner el agua, él: ‘no, así está bien’. Después de su muerte, ya se vino el agua, se vino la escuela, se vino la luz, ¡uta!, bendito Dios, todo cambió de volada. Es lo que estaba estorbando.”

Varios habitantes lo recuerdan como un hombre que no salía de su casa más que para cuidar sus terrenos y su ganado. Siempre recorría los pastizales montado a caballo, con pistolas y sombrero. Un ejemplo de ello es el recuerdo de Pérez, quien relata: “yo salí de la escuela y fui a buscar leña por allá, como a esta hora. Que me encuentro un señor que llevaba un caballo, ¡pero caballo!, dos carabinas así y una atravesada, dos pistolas y una chamarra que le colgaba de acá y un sombrerote, así como mariachi.”

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Policías y científicos. Un intento fallido en la década de 1920

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Alejandro Ponce Hernández. Instituto Mora

Abogar por cuerpos policiales profesionalizados no es algo nuevo. Hace un siglo se implementó un programa para que la gendarmería urbana de la ciudad de México diese un vuelco en las capacidades de sus efectivos, por entonces analfabetas y provenientes de la criminalidad, a personas con gran moralidad y capacidades intelectuales óptimas para enfrentar los desafíos de la seguridad.

Formación de policías en el patio del “Cuartel de Peredo” ca. 1924, inv. 3028. SECRETARÍA DE CULTURA.-INAH.-FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

La Asociación Internacional de Policía de Ciencias dio a conocer en 2016 los resultados del primer Índice Mundial de Policía y Seguridad Interna (wispi, por sus siglas en inglés), el cual evaluó a los cuerpos policiales de 127 países según los siguientes criterios: capacidad (número de agentes, número de fuerzas armadas, seguridad privada y funcionalidad de las prisiones), proceso (corrupción, efectividad, soborno, reportes/actas), legitimidad (debido proceso, confianza en la policía, uso para intereses privados y terror político) y resultados (homicidios, crímenes violentos, terrorismo y percepción ciudadana de seguridad pública). En este ejercicio, la policía mexicana ocupó el puesto 118, convirtiéndose así en la segunda peor policía del continente americano, sólo por encima de la venezolana, la cual obtuvo el lugar 119.

El tema de la mala actuación del sistema policiaco en México (en niveles municipal, estatal y federal) se renueva constantemente con base en la aparición de casos mediáticos en los que la policía federal actúa de forma imprudente, violenta e ilegal. Ante los múltiples cuestionamientos críticos en su contra, las autoridades correspondientes suelen responder con planes que proyectan la moralización y la profesionalización de los cuerpos de vigilancia del país. Esta estrategia, más discursiva que práctica, lleva repitiéndose más de 100 años. Hasta ahora sus resultados no han sido los esperados. En la siguiente narración, de la mano de algunos testimonios de los años veinte del siglo pasado, se desarrolla la historia del primer intento y fracaso en el desarrollo de una policía profesional y científica en México.

En junio de 1923, gracias a las gestiones de Gonzalo García Travesi y de Celestino Gasca, se fundó en la ciudad de México la Escuela Técnica de Policía. El objetivo de la nueva institución era la generación de profesionales en el ámbito de la seguridad pública. Con ello se buscaba sustituir el descuidado reclutamiento que la Inspección General de Policía llevaba a cabo para formar los cuadros de la gendarmería urbana. Si hasta ese momento esta había estado compuesta por hombres analfabetas y criminales, desde entonces, se proyectaba, sólo podrían unirse a sus filas personas con gran moralidad y con las capacidades intelectuales óptimas para enfrentar los desafíos que se les presentasen en sus labores cotidianas.

Para Iván Menéndez Mena, director de la escuela, el nacimiento de la policía científica fue posible gracias al surgimiento del sistema de medición antropométrico de Alphonse Bertillon en 1885, del desarrollo de la dactiloscopia que llevó a cabo Juan Vucetich a finales del siglo xix y de la aparición de los primeros museos de policía en 1901 (lugares de investigación sobre la criminalidad, los criminales y los métodos científicos de investigación). El punto en común de las tres técnicas referidas era que, dejando atrás las teorías especulativas tan características de la criminología decimonónica, se concentraban en la elaboración de estudios prácticos que daban resultados positivos en la lucha contra la criminalidad. He aquí el punto clave en la concepción que tenía Menéndez Mena de la policía técnica. El policía profesional debía limitarse a actuar metódicamente, no a teorizar. La idea de la creación de la escuela era, en un principio, establecer métodos científicos de investigación y, a partir de ellos, uniformar los procedimientos policiales. Por ello, debían acudir a sus instalaciones todos los elementos en activo de la policía para recibir instrucción. Esta pretensión no tuvo el éxito esperado, por lo cual, a mediados de 1924, se crearon 100 plazas para aspirantes a gendarmes técnicos. Con la condición de concurrir periódicamente a la escuela, cada uno de esos aspirantes recibía una asignación diaria de 1.50 pesos. Esta medida contribuyó a la existencia de dos tipos de gendarmes en la ciudad; unos de índole tradicional y otros de índole técnico.

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La malograda contrarrevolución de Victoriano Huerta

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Guadalupe Villa G. Instituto Mora

El general que traicionó a Francisco I. Madero, deshaciéndose de él para ocupar la presidencia de México, combatió infructuosamente a la revolución constitucionalista. Desde su exilio, primero en España y luego en Estados Unidos de América, intentó conspirar para retomar el poder.

Victoriano Huerta a la salida del edificio de la Corte de Justicia de El Paso, Texas, 1915. Cortesía de El Paso Public Library.

A mediados de julio de 1914 Victoriano Huerta presentó su renuncia como presidente de México y con la firma de los Tratados de Teoloyucan el ejército federal se disolvió. El barco se hundía y, como pudieron, muchos buscaron su salvación. Algunos civiles y militares eligieron exiliarse en Centroamérica o en Cuba, otros en Estados Unidos y muchos más decidieron marchar a Europa, entre ellos el mismísimo ex mandatario quien derrotado y caído en desgracia, salió del país con su familia, iniciando así un periodo de trashumancia por Jamaica, Inglaterra, España, Nueva York y Texas.

En la historia de México no es frecuente dedicarle tiempo a los “villanos”; sin embargo, también ellos pelearon por lo que consideraron, de acuerdo con sus convicciones, correcto. Victoriano Huerta tuvo un programa de trabajo breve e intenso que apenas dio frutos, porque sin dinero y en medio de una guerra civil, sumó más tropiezos que logros.

Atrás quedaba su intento “redentor” de sacar al país del caos de la lucha armada, devolverle la paz perdida y restaurar la oligarquía porfirista. Resulta curioso constatar que quien no vaciló en deshacerse del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez, dedicara el poco tiempo que duró su mandato a reorganizar el ramo de justicia. Para él las formas legales eran importantes; se propuso hacer de la judicatura una de las corporaciones más respetadas, y del poder judicial una institución independiente. Reordenó los tribunales y se revisaron los códigos de procedimientos penales y civiles.

Otra de sus preocupaciones fue la educación, por lo que se empeñó en hacer obligatoria la asistencia a las escuelas “rudimentarias” o elementales y puso especial atención en las de artes y oficios. Con el fin de fomentar la pequeña propiedad planeó otorgar facilidades de pago a los jefes de familia que desearan adquirir terrenos nacionales.

La crónica falta de numerario lo llevó a idear nuevos impuestos federales sobre alcoholes, tabacos y petróleo crudo. En el Distrito Federal, los gravámenes incluyeron el pulque, el predial y algunos productos alimenticios para hacer frente a los crecientes gastos originados por la guerra.

En abril de 1913, Victoriano Huerta consideró que la pacificación del país era un hecho, y de manera optimista aseguró que antes de un mes todo se reduciría a pequeños focos insurrectos, fácilmente controlables, pero sus acciones lo contradijeron. El antiguo Colegio Militar fue reestructurado y dividido en tres instituciones: la Escuela Militar Preparatoria (destinada a la formación de oficiales de infantería, caballería y artillería), la Escuela Militar Profesional (establecida para ampliar los conocimientos adquiridos en la preparatoria y a especializar a los oficiales en el conocimiento de su arma), y la Escuela Superior de Guerra (dedicada a formar oficiales del servicio del Estado Mayor); además militarizó la Escuela Nacional Preparatoria y en las escuelas públicas se prepararon brigadas de enfermeras escolares.

Este escenario mostraba la apremiante necesidad de Huerta de contar con reservas capacitadas que le permitieran enfrentar de la mejor manera al Ejército Constitucionalista conformado por fuerzas veteranas que habían peleado en contra de la dictadura porfirista y que, día con día, sumaba nuevos combatientes, entre ellos antiguos federales mudados a revolucionarios. El mandatario conformó una nueva división territorial militar e intentó, sin éxito, incrementar los efectivos del ejército federal.            

Es posible que todas las medidas que pretendió instrumentar estuvieran encaminadas a ganarse las simpatías y el apoyo de los beneficiados: atendió la solicitud de reglamentar la jornada diaria laboral, el trabajo de mujeres y niños, y lo relativo a accidentes de trabajo; nombró delegados a la conferencia preparatoria de la Asociación Internacional del Trabajo y comisionados para estudiar las leyes y prácticas establecidas en Estados Unidos para la protección de niños trabajadores; puso en marcha un proyecto para construir casas baratas, excluidas de todo embargo, en beneficio de los obreros, e introdujo un seguro de vida para amparar a las familias que adquirieran una propiedad.

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Un coloso de madera en Campeche

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 51.

Cristóbal Alfonso Sánchez Ulloa. Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales, UNAM. Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM

El primer Circo Teatro Renacimiento tuvo una corta pero atractiva vida desde su inauguración en 1907 y hasta el fatal incendio que lo destruyó en 1910. Construido con materiales trasladados desde Estados Unidos, albergó espectáculo para todos los públicos campechanos: el circense y el taurino, el teatro y hasta los primeros destellos del cine.

Francisco I. Madero en Campeche, 1909. Museo del Archivo General del Estado de Campeche, Secretaría de Gobierno de Campeche.

El pailebot Rita Kuesalió de Mobile, Alabama, con una gran carga de madera.Tras una larga travesía por el Golfo de México, llegó al puerto de Campeche a mediados de junio de 1906. Inmediatamente, y con una gran ilusión, el maderamen fue trasladado del muelle al barrio de San Francisco. Se le auguraba una larga vida; pero no fue así: cuatro años y diez meses después, la madrugada del 5 de diciembre de 1910, se convirtió en cenizas.

Antes de correr esa suerte, casi ineludible a su naturaleza, la madera que Rita Kuellevó a Campeche le dio forma al primer Circo Teatro Renacimiento, un edificio en el cual artistas, empresarios y hasta políticos provocaron diversas emociones entre quienes concurrieron.

La llegada del material para construir el Circo Teatro Renacimiento y el inicio de las obras en 1906 se anunciaron con entusiasmo en la ciudad. El nuevo escenario generaba expectativa, aunque no faltaban sitios de entretenimiento. En la parte amurallada de la urbe se encontraba el elegante teatro Francisco de Paula y Toro (conocido como Teatro Toro), donde concurrían los sectores mejor acomodados a presenciar espectáculos o a participar en bailes. Y en los barrios de “extramuros” había sitios como el salón-teatro La Japonesa (después llamado Salón-Teatro Campechano), en San Román, donde se reunía un público más diverso. En San Francisco, en el solar donde se construiría el Circo Teatro, se celebraban corridas de toros y se presentaban compañías de circo. A todo ello se sumaban los locales de diversiones provisionales, que se alzaban durante las fiestas patronales en distintos rumbos de la ciudad y sus alrededores.

Así, los campechanos no carecían de lugares ni de ocasiones para divertirse. Sin embargo, para todos aquellos que no podían concurrir al Teatro Toro (la mayoría de los pobladores), estos espacios y oportunidades eran pequeños o temporales. El Renacimiento, en cambio, sería un edificio permanente y de grandes dimensiones, al cual podrían concurrir distintos sectores de la población. Además, como su mismo nombre lo indicaba, no se restringiría a los espectáculos teatrales; también se pensaba para diversiones como el circo o las corridas de toros.

El Circo Teatro Renacimiento se inauguró el 3 de febrero de 1907, dotando a la ciudad de un original edificio de forma octagonal que, además, contaba con su propio alumbrado eléctrico (algo novedoso para la época). Su escenario albergó varios espectáculos, los cuales reflejaron tanto los cambios como las continuidades en las costumbres, en la sociedad y en la política de Campeche y de México en general.

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