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La marcha del orgullo deja ver a la comunidad LGBTTTI

Rodrigo Laguarda
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

La población lésbica, gay, bisexual, travesti, transgénero, transexual e intersexual ha tenido en la marcha del orgullo su primera plataforma de visibilización en la lucha por el reconocimiento de derechos y aceptación social. Los primeros pasos los dieron un 2 de octubre de 1978 y hasta hoy se ha convertido cada celebración, trasladada al mes de junio, en la búsqueda por la reafirmación de las múltiples diferencias.

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Un sábado del mes de junio, desde hace algunas décadas, los habitantes de la capital mexicana presencian la Marcha del Orgullo en su versión local. Este evento se celebra globalmente para conmemorar los disturbios ocurridos en Nueva York una noche de junio de 1969. Entonces, la policía efectuó una redada en el bar Stonewall Inn. De manera inusual hasta ese momento, los clientes respondieron a la agresión policiaca. Los disturbios tuvieron resonancias a una escala social más amplia y dieron origen al movimiento de liberación de las minorías sexuales en Estados Unidos, alimentado por el espíritu libertario de quienes los precedieron exitosamente.

En particular, son notables el movimiento negro y la lucha feminista que comenzaron a romper barreras sociales que por tanto tiempo parecieron infranqueables. Muy pronto el resto de los países de habla inglesa siguió los pasos de la floreciente militancia que había surgido en la mayor potencia mundial cuyos patrones culturales han transformado al mundo desde el siglo XX. Así, la diversidad sexual comenzó a hacerse visible en otras regiones culturales, comenzando por las sociedades liberales del planeta. En el mundo de habla hispana, este proceso comenzó a ocurrir durante la segunda mitad de la década de los setenta. En la Ciudad de México se vio favorecido por una sociedad y un régimen con aspiraciones cosmopolitas y tan frecuentemente atraído por los vientos de modernidad emanados del vecino del norte que, como se ha dicho, ha sido gran generador de innumerables tendencias culturales que han inundado al planeta.

La Marcha del Orgullo es un momento de celebración en el que la población lésbica, gay, bisexual, travesti, transgénero, transexual e intersexual (comúnmente designados por las siglas LGBTTTI), y su gente cercana (familiares o amigos), o que defiende su causa, salen a las calles de un cada vez mayor número de ciudades para visibilizarse, luchar por sus derechos o celebrar las reivindicaciones logradas desde el inicio del movimiento de liberación. Una exigencia persistente es la de políticas específicas en contra de cualquier actitud homofóbica por parte de las autoridades o la sociedad en su conjunto. En tiempos cambiantes, se ha festejado la despatologización de la diversidad sexual, particularmente cuando las organizaciones pisquiátricas y médicas dejaron de considerar a las prácticas homosexuales como síntoma de algún tipo de enfermedad, o el matrimonio entre personas del mismo sexo, que ha sido reconocido en distintos países en años más recientes.

 

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Con el transcurrir del tiempo y el crecimiento de la Marcha del Orgullo, su organización anual ha dejado de sorprender a la mayor parte de la población. Este evento se ha extendido cada vez a un mayor número de ciudades del mundo. Hoy en día sobresalen ciertas urbes por lograr convocar a un gran número de participantes y ser escenario de los contingentes más entusiastas. A ellas llegan, especialmente para presenciarlas o formar parte de ellas, turistas de las más diversas latitudes. San Francisco, Nueva York, Chicago, Toronto, Sydney, Londres, París, Berlín, Amsterdam, Estocolmo, Tel Aviv, Tokio, Bangkok, San Pablo, Madrid y México son las ciudades comúnmente señaladas por los medios informativos como las más atractivas para experimentar la Marcha del Orgullo, si bien, como se ha dicho, ésta se efectúa en cientos de ciudades a las que cada año se agrega un mayor número. La legitimidad adquirida ha hecho que la Marcha del Orgullo suela ser esperada en las grandes ciudades del mundo como uno de tantos eventos festivos que marcan el calendario anual y con éste la sensación del transcurrir del tiempo. Sus participantes suelen cobijarse, pese a su heterogeneidad, en un símbolo que hoy nos resulta muy familiar: la bandera del arco iris, diseñada en 1978 por Gilbert Baker para la Marcha del Orgullo de San Francisco (ciudad imaginada como la capital de la diversidad sexual hasta el día de hoy) con sus seis franjas horizontales de color rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado. La Marcha del Orgullo es comúnmente comparada con los carnavales ya que tiene un componente lúdico importante; música, carros alegóricos, atuendos que desafían los límites cotidianos de lo socialmente aceptable en materia de sexualidad, cuerpos que se exhiben transgrediendo los pudores del sentido común presente durante todo el año y los más variados disfraces, se hacen presentes en esta manifestación reivindicatoria a la vez que gozosa.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Historia de una casa solariega

Laura SuA?rez de la Torre
Instituto Mora

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 33.

La vivienda del siglo XVIII que alguna vez fuera remanso vacacional para ValentAi??n GA?mez FarAi??as, saqueada durante la ocupaciA?n de las tropas estadunidenses y en cuyo huerto fuera enterrado tras su muerte, hoy se fragmenta en biblioteca, librerAi??a, aulas, espacios para exposiciones y conferencias, y por su puerto aquel huerto, reconvertido en jardAi??n que sigue dando el mismo sentido de tregua que buscaba el reformista liberal. Es la casa del Instituto Mora.

Foto

Siglo XIX

VivAi??a en la Calle del Indio Triste en pleno corazA?nAi??de la ciudad de MAi??xico. De ahAi?? salAi??a a trabajar comoAi??diputado por Zacatecas, senador o vicepresidente deAi??la repA?blica. Al igual que muchos otros mexicanos,Ai??buscarAi??a tener una casa de campo en los alrededores deAi??la ciudad. En Mixcoac, ese pueblo ai???risueAi??o y florido deAi??aire saludableai???, que despertaba todas las maAi??anas con lasAi??campanas de sus iglesias, la de San Juan Evangelista y laAi??de Santo Domingo, allAi??, ValentAi??n GA?mez FarAi??as comprA?Ai??un inmueble del siglo XVIII con corral y caballeriza,Ai??pozos para el agua, chimeneas que paliaban el frAi??o yAi??una huerta de hermosos A?rboles frutales que dabanAi??duraznos y peras y compartAi??an el terreno con los cedrosAi??y las magnolias. ??????????????????????????????????????????Era una ai???casa solariega para el veranoai???Ai??que habAi??a ai???adquirido por 2 750 pesosai??? y se encontrabaAi??en ai???malas condicionesai???, pero le servirAi??a de remansoAi??frente a los problemas polAi??ticos, financieros y de saludAi??que le acosaban.

Fue la casa que lo esperaba en 1845 tras su exilio enAi??Estados Unidos, entre Nueva Orleans y Filadelfia. AAi??ella se trasladA? con su esposa Isabel y sus cuatro hijos,Ai??FermAi??n, Ignacia, Benito y Casimiro. Ai??l cumplAi??a enAi??la ciudad con sus compromisos polAi??ticos, mientras laAi??familia pasaba sus dAi??as en el barrio de ManinaltongoAi??frente a la iglesia de Nuestra SeAi??oraAi??de Guadalupe, nombrada de San Juan, en elAi??pueblo de Mixcoac. AllAi?? Isabel se ocupaba deAi??ordenar todo lo necesario para que la cotidianidadAi??familiar fuera placentera.

En agosto de 1847 la vida del pueblo seAi??alterarAi??a pues las tropas estadunidenses sentaronAi??allAi?? sus reales. La casa fue saqueadaai??i??Ai??y quedaron como mudos testigos los murosAi??altos y anchos de los salones, del comedor, deAi??la cocina, de la sala y de las recA?maras. LosAi??GA?mez FarAi??as padecieron los estragos de laAi??invasiA?n y tuvieron que repararlaai??i??

ValentAi??n GA?mez FarAi??as, el impulsor de lasAi??reformas liberales que por su carA?cter laicoAi??causaron tanta inquietud en la sociedad, vioAi??su sueAi??o realizado pues apenas un aAi??o antesAi??de su muerte firmA? la ConstituciA?n de 1857.Ai??16910Fue enterrado en la huerta de la casa puesAi??no se permitiA? que sus restos descansaran enAi??la iglesia, la de San Juan Evangelista, la queAi??estaba enfrente de su vivienda de verano. LA?gico:Ai??si Ai??l habAi??a promovido los cambios queAi??atentaban contra el clero… Con el paso de losAi??aAi??os, hacia finales del siglo XIX, el MixcoacAi??pueblerino se fue abriendo a la modernidadAi??que se irAi??a instalando lentamente alrededor deAi??la plaza que alguna vez tuvo un quiosco. LosAi??maizales quedarAi??an sin siembra. El tranvAi??aAi??pasarAi??a enfrente de la plazaAi??y las calles tomarAi??an nuevosAi??nombres. El alumbradoAi??elAi??ctrico llegarAi??a poco aAi??poco; las pulquerAi??as perecerAi??anAi??ante el embate de lasAi??bebidas modernas comoAi??las cervezas. La ladrilleraAi??Noche Buena darAi??a paso alAi??Parque Hundido, la tierraAi??de las calles se convertirAi??aAi??en asfalto y los vecinos antesAi??todos conocidos ya no lo serAi??an porque lasAi??viejas y sencillas casas irAi??an desapareciendo aAi??lo largo del siglo XX, demolidas por el crecimientoAi??urbano que hizo del antiguo puebloAi??una colonia al sur de la ciudad de MAi??xicoAi??con nuevas casas y edificios. No obstante, laAi??transformaciA?n del espacio, la casa permanecerAi??aAi??como refugio veraniego para los descendientesAi??de los GA?mez FarAi??as ai??i??los UhinkAi??y los VAi??rtizai??i?? aunque con el paso de los aAi??osAi??cambiarAi??a su funciA?nai??i??

Siglo XX

Esa casa, otrora de campo, serAi??a, a partir deAi??1976, el sitio elegido para establecer la fundaciA?nAi??Bibliotecas Mexicanas, A. C. El gobiernoAi??mexicano la adquiriA? con el propA?sito inicialAi??de depositar en ella el acervo bibliogrA?fico deAi??la biblioteca JosAi?? Ignacio Conde. MA?s tarde,Ai??en 1981, por decreto presidencial de JosAi?? LA?pezAi??Portillo, se asentarAi??a en ese espacio el InstitutoAi??de Investigaciones Dr. JosAi?? MarAi??a Luis Mora,Ai??nombre de otro connotado liberal. Su misiA?n:Ai??ai???desarrollar investigaciones cientAi??ficas en el campo de lavhistoria y de otras ciencias socialesai???. Los profesores-investigadoresAi??y especialistas tendrAi??an, a partir del fondoAi??GarcAi??a Conde, una biblioteca dedicada a las cienciasAi??sociales. De esta manera, la vieja casona de la plaza deAi??San Juan albergA? al nuevo instituto. En ella se apostarAi??anAi??algunos espaciosAi??para los investigadores;Ai??el antiguo salA?n, conAi??los aAi??os, se convertirAi??aAi??en una moderna librerAi??a.Ai??La amplia huertaAi??conservarAi??a algunos deAi??sus frondosos A?rboles yAi??se transformarAi??a en unAi??bello jardAi??n que darAi??aAi??un toque especial a laAi??instituciA?nai??i??

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Para albergar a la biblioteca, a los investigadores yAi??a los alumnos, al fondo, en lo que era la huerta de losAi??GA?mez FarAi??as, se construyA? un moderno proyecto arquitectA?nicoAi??que revelaba el interAi??s por engrandecer aAi??la instituciA?n. Como parte de su programa cultural lasAi??presentaciones de libros y los exitosos ciclos de cine seAi??alternaron con las esplAi??ndidas exposiciones de renombradosAi??artistas. En el jardAi??n, los visitantes disfrutaron lasAi??obras de escultores tales como JesA?s Mayagoitia (1992),Ai??SebastiA?n (2000), Knut Pani, Gilberto Aceves NavarroAi??(2001), Juan Soriano (2005) y JosAi?? Luis Cuevas (2005).Ai??En 2016, a la vieja casona con el nuevo edificio seAi??agregarAi??a otra sede ubicada en las calles de Poussin, aAi??tan sA?lo unas cuadras al sur-oeste de la plaza de SanAi??Juan. Un convento centenario pasarAi??a a formar parteAi??del patrimonio inmueble del instituto para albergar alAi??personal acadAi??mico-administrativo. Una esplAi??ndida salaAi??de lectura se instalarAi??a en la antigua capilla en lo queAi??otrora fue espacio de recogimiento y oraciA?n.Ai??El patrimonio inmueble del Instituto Mora crece,Ai??asAi?? como el prestigio acadAi??mico de la instituciA?n queAi??guarda en su sello institucional la imagen de la casa deAi??los GA?mez FarAi??as.

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Aniceto Ortega: un médico multifacetico

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Méico, núm. 27.

Olivia Moreno Gamboa.
Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM.

Reconocido por sus ideas eclécticas en la medicina, Aniceto Ortega destacó en el México de la segunda mitad del siglo XIX por su formación enciclopédica. Escribía tanto sobre los efectos terapéuticos de la música, como de tratados acerca de terremotos y erupciones. Pero en la memoria mexicana trascendió como uno de los compositores más originales de su generación. Un relato de aquellos años nos da cuenta de ese discurrir por los hospitales y los escenarios musicales.

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Dr. Aniceto Ortega, profesor de clínica de obstetricia, ca. 1860, litografía.

La crónica musical que se presenta en las próximas páginas fue publicada en El Siglo Diez y Nueve, uno de los diarios liberales de mayor circulación nacional del México independiente, y también uno de los más longevos. El autor de la crónica, publicada el 25 de septiembre de 1871, fue el periodista francés Alfredo Bablot (1827-1892), emigrado a México a mediados del siglo, quien en poco tiempo conquistó a la élite artística e intelectual de la capital por sus amplios conocimientos musicales que, aunados a sus buenas relaciones políticas, le valdrían en 1881 el nombramiento como director del Conservatorio Nacional de Música y Decla- mación, por el presidente Manuel González.

Bablot se valió del seudónimo de Proteo para publicar una crónica de la última repre- sentación de la compañía de ópera italiana de la célebre Ángela Peralta, que actuó en el Tea- tro Nacional del 6 de mayo al 13 de septiembre de ese 1871. Para la quinta y última entrega, había prometido a sus lectores ocuparse de la ópera Guatimotzin, estrenada justamente en la clausura de la temporada lírica, pero en lugar de la prometida crónica musical, entregó al diario una curiosa conversación que supuestamente sostuvo con el autor de Guatimotzin, Aniceto Ortega.

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Aniceto Ortega, La luna de Miel, Mazurca de Salón (portada), ca. 1870, partitura para piano. AGN, Propiedad Artística y Literaria, caja 1343, Exp. 18.

Aniceto Ortega del Villar nació en 1825 en Tulancingo en el seno de una familia culta, aficionada a la ciencia y las bellas letras. Junto a su hermano mayor Francisco (1822-1886), recibió una educación que inculcaba una moral severa, el gusto por la literatura y la música. Con frecuencia la familia recibía en su casa la visita de intelectuales y artistas. Así, los jóvenes Aniceto y Francisco crecieron en un ambiente estimulante, privilegio de la clase acomodada en nuestro país.

Aniceto y su herma- no cursaron estudios en la Escuela de Medicina, recién fundada en 1842. Se especializó en obstetricia, y una vez concluido sus estudios en diciembre de 1849, realizó un viaje de perfecciona- miento por Europa. En un lapso de cinco a seis meses visitó España, Francia, Italia y Gran Bretaña.

A su regreso a México se incorporó a su alma mater como profesor de medicina y cirugía. No obstante, el desempeño de importantes cargos administrativos le obligaba a dejar la cátedra por lar- gas temporadas. Durante el segundo imperio formó parte del Consejo Superior de Salubridad (encargado de regular la práctica médica y preservar la salud pública) y fue nombrado director del Hospital de Maternidad e Infancia, inaugurado en 1861 con el fin de atender a mujeres y niños pobres y a madres reservadas, es decir, jóvenes solteras que guardaban en secreto su embarazo y parto. Estuvo al frente del hospital hasta su muerte, ocurrida en 1875

Ortega retomó la enseñanza en 1868 como catedrático de clínica de obstetricia en la Es- cuela de Medicina que dirigía José María Vértiz, aunque a los pocos meses solicitó licencia por dos años, alegando motivos familiares.

A decir de sus contemporáneos, fue un médico de pensamiento ecléctico, pues si bien era fiel a la escuela francesa, a veces se inclinaba por la inglesa y la alemana. Entre otros aciertos, sus amigos galenos le reconocían haber divulgado y multiplicado los usos de la recién inventada inyección hipodérmica, y aplicado con buenos resultados maniobras atrevidas en la cirugía ginecológica

Ortega gozó de una posición económica estable gracias a su cargos públicos y quizá, sobre todo, a la práctica privada de la medicina entre una clientela escogida y numerosa. No por ello abandonó su altruismo con los enfermos  pobres, a los que atendía desinteresadamente, como narra Proteo.

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Las pequeñas diferencias

Miguel Ángel Berumen Campos – Museo Nacional de la Revolución
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

A Francisco Villa y Emiliano Zapata les urgía ir a comer aquel día en que se encontraron en Palacio Nacional. La sesión fotográfica fue muy rápida y eso ha generado polémica sobre cuántas placas se hicieron. Un análisis de esos instantes procura despejar las dudas.

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Si lo que se llevó a cabo el 6 de diciembre de 1914 fue la entrada de los ejércitos de Francisco Villa y Emiliano Zapata a la ciudad de México, no se entiende por qué Zapata era el único miembro de las huestes sureñas que iba en la primera línea y tampoco por qué Otilio Montaño, con una jerarquía similar a la de Tomás Urbina, iba en la segunda. Esta desigualdad pareció enmendarse, por lo menos, frente a la cámara y para la posteridad, durante la sesión fotográfica realizada en Palacio Nacional, la tarde de ese mismo día, donde Villa y Zapata posan sentados al lado de sendos generales.

instante más publicado de la revolución, no hay muchas versiones de él, sólo he visto cinco fotografías, tomadas por tres fotógrafos: Agustín Casasola, Antonio Garduño y Manuel Ramos. La cantidad resulta ridícula si tomamos en cuenta que numerosos trabajadores de la lente se hallaban desplegados a lo largo del desfile y dentro de Palacio Nacional.

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Mi percepción parece contrastar con la versión de la mayoría de los autores que han escrito sobre las representaciones fotográficas de este momento histórico, ya que aseguran haber visto sólo dos o a lo sumo tres imágenes sobre el suceso. Y digo parece porque es muy probable que en realidad todos hayamos visto las cinco o incluso algunos hasta más, simplemente la mayoría no lo sabe. Eso se debe a que las fotografías son casi idénticas y a primera vista parecen ser las mismas. Las cinco fotografías a las que me referí anteriormente, registran dos instantes del mismo evento histórico pero con una diferencia de minutos e incluso de segundos. Es muy probable que dicha diferencia sea la misma al tiempo que tardaron en poner una segunda placa en sus cámaras. Lo curioso en los dos casos es que los fotógrafos dispararon sus cámaras al mismo tiempo, pero desde diferentes ángulos, tal y como se deduce de la comparativa de las fotografías (ver láminas 1 y 2).

Los círculos en rojo nos  muestran claramente que las fotografías fueron tomadas desde una posición distinta, por eso hay una diferencia mínima en el ángulo y por lo tanto, en estricto sentido, también una disparidad mínima en lo que vemos en cada una de ellas. En pocas palabras, gracias a esas pequeñas diferencias sabemos que ahí se tomaron varias fotografías. Esto  se deduce fácilmente si observamos que todos los personajes están exactamente en la misma postura en cada uno de los dos instantes fotográficos. El círculo en blanco en la cara de uno de los niños nos muestra ese hecho de manera contundente: en las tres aparece con los ojos cerrados.

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En este punto del análisis es fácil suponer que todos dispararon “a la de tres”, como se dice vulgarmente, debido a que la fuente de iluminación fue la misma para todos. Esto corrobora el dicho de Gustavo Casasola Salamanca, nieto de Agustín Víctor Casasola, quien contara al autor de este artículo en una entrevista el 26 de junio de 2009, que Villa advirtió a los fotógrafos que él y el general Zapata ya estaban muy cansados, y que si insistían en tomar más fotografías, “iba a haber una helada de fotógrafos”, es decir que iba a haber algunos muertos, así que es muy probable que sólo les hayan dado oportunidad de realizar dos disparos. Lo que por otro lado podría explicar la razón por la cual, no todos los fotógrafos re- accionaron con la rapidez requerida. A los generales, así lo cuenta el propio Casasola, lo que más les urgía en ese momento era comer.

a muchos en el desfile o de plano les pasa inadvertido, se enmendó en esta fotografía memorable de la silla presidencial, seguramente por Zapata quien equilibró el peso de las dos fuerzas poniendo a su izquierda a Otilo Montaño mientras que Villa, haciendo lo propio, colocó a su derecha a Tomás Urbina.

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Más vale paso que dure y no trote que canse

Regina Hernández Franyuti – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

Primero fue una estatua de madera y estuco inaugurada en diciembre de 1796, que alcanzaría el dorado del bronce en 1803. El Caballito tuvo sus mudanzas dentro de la ciudad, hoy espera la definitiva restauración.

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El título de este artículo refleja muy bien los avatares de la estatua ecuestre de Carlos IV conocida popularmente como El Caballito. El refrán popular alude a que se deben tomar las cosas con calma y hacerlas bien, y no que salgan mal, como sucedió con la restauración hecha en 2013 cuando sin autorización del INAH se intervino el monumento para su limpieza. Desgraciadamente se aplicó un método que por agresivo ha caído en desuso, y el cual consistió en aplicar ácido nítrico al 30% afectando el bronce y la pátina de la escultura. Caballito aAi??o 1911 (492x800) (376x640)

El 20 de septiembre de 2013, el INAH suspendió la restauración. Fue un trote rápido, alocado, que no correspondía al paso lento en la historia de la escultura, que hoy en día espera pacientemente su destino.

Desde que el virrey Miguel de la Grúa Talamanca (1794-1798), marqués de Branciforte, propuso al rey Carlos IV erigirle una estatua con el único fin de congraciarse por su mala reputación su paso fue al trote, pues en menos de cuatro meses, el 15 de marzo de 1796, el rey contestó aprobando la obra.

Sin embargo, la realización del proyecto tuvo un paso lento, pero seguro, a cargo del director de Escultura de la Academia de San Carlos, Manuel Tolsá, quien propuso hacer una estatua ecuestre como la del emperador romano Marco Aurelio; la magnitud de la obra tendría un costo de 18 700 pesos cantidad que sería pagada por el mismo virrey. Una vez que el rey aceptó la propuesta, el virrey nombró a Tolsá coordinador de la monumental escultura y a Juan Antonio González Velázquez director de la Real Academia de San Carlos para que se encargara de la remodelación de la plaza.

Al trote, para obtener los recursos, el virrey organizó una serie de corridas de toros y de aportaciones que le permitieron reunir una mayor cantidad de la presupuestada en el proyecto. Así, el 18 de julio de 1796 inauguró, con bombos y platillos, el pedestal donde se colocaría la estatua, pero debido a que reunir los más de 500 quintales de bronce no era una tarea fácil, se construyó una estatua provisional hecha de madera, estuco y placas doradas que ante el regocijo popular, las salvas de artillería y el repique de campanas fue colocada el 9 de diciembre.

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Al paso, la obtención del metal fue muy lenta, tanto que el virrey no pudo ver concluida la escultura ya que fue retirado del cargo en 1798. Cuatro años después Tolsá, tomando como modelo un caballo percherón llamado Tambor, propiedad del marqués del Jaral y Berrio, terminó el molde. El 2 de agosto de 1802 en las huertas del colegio de San Gregorio se inició el fundido del metal en dos hornos con grandes crisoles cada uno; dos días después se hizo el vaciado y, ¡por fin!, el día 9 pudo retirarse el molde y quedó a la vista una espléndida escultura. Durante más de un año trabajó Tolsá en cortar, limar, cincelar, pulir y alcanzar la pátina deseada. El resultado fue una escultura de bronce que medía 4.88 metros de alto, 1.78 metro de ancho, 5.40 metros de largo con un peso de aproximadamente seis toneladas. Se necesitó un carro con ruedas de bronce y cuatro días para trasladarla al pedestal de la plaza. El 9 de diciembre de 1803 el virrey José de Iturrigaray inauguró la estatua y dio paso a los tres días de festejo.

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Cuando aún se  escuchaba el  clamor independentista se propuso que la escultura, a pesar de su valor estético, fuera fundida para construir cañones y monedas, más necesarios que la imagen de un rey desconocido. Sin embargo, privó la cordura y la estatua fue llevada en 1823 al claustro de la Pontificia y Nacional Universidad de México. Allí estaría más de 29 años cuando, en 1852, se decidió trasladarla al poniente de la ciudad, en el sitio, cruce de la avenida Bucareli y el camino a Chapultepec, que marcaba el inicio del proceso de expansión de la ciudad. . Caballito Actualidad (2) (640x428)Lorenzo de la Hidalga fue el encargado de programar y hacer el traslado, que duró 21 días. El 24 de septiembre quedó instalada y allí permanecería hasta que el 27 de mayo de 1979 fue nuevamente trasladada a la remodelada plaza, llamada Manuel Tolsá, ubicada entre el Palacio de Comunicaciones y el Palacio de Minería.

Hoy, la magnífica escultura se encuentra cubierta, en espera de que sanen sus heridas. Esperamos que para la restauración, como en la historia de El Caballito, más vale paso que dure y no trote que canse.

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