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La marcha del orgullo deja ver a la comunidad LGBTTTI

Rodrigo Laguarda
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

La población lésbica, gay, bisexual, travesti, transgénero, transexual e intersexual ha tenido en la marcha del orgullo su primera plataforma de visibilización en la lucha por el reconocimiento de derechos y aceptación social. Los primeros pasos los dieron un 2 de octubre de 1978 y hasta hoy se ha convertido cada celebración, trasladada al mes de junio, en la búsqueda por la reafirmación de las múltiples diferencias.

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Un sábado del mes de junio, desde hace algunas décadas, los habitantes de la capital mexicana presencian la Marcha del Orgullo en su versión local. Este evento se celebra globalmente para conmemorar los disturbios ocurridos en Nueva York una noche de junio de 1969. Entonces, la policía efectuó una redada en el bar Stonewall Inn. De manera inusual hasta ese momento, los clientes respondieron a la agresión policiaca. Los disturbios tuvieron resonancias a una escala social más amplia y dieron origen al movimiento de liberación de las minorías sexuales en Estados Unidos, alimentado por el espíritu libertario de quienes los precedieron exitosamente.

En particular, son notables el movimiento negro y la lucha feminista que comenzaron a romper barreras sociales que por tanto tiempo parecieron infranqueables. Muy pronto el resto de los países de habla inglesa siguió los pasos de la floreciente militancia que había surgido en la mayor potencia mundial cuyos patrones culturales han transformado al mundo desde el siglo XX. Así, la diversidad sexual comenzó a hacerse visible en otras regiones culturales, comenzando por las sociedades liberales del planeta. En el mundo de habla hispana, este proceso comenzó a ocurrir durante la segunda mitad de la década de los setenta. En la Ciudad de México se vio favorecido por una sociedad y un régimen con aspiraciones cosmopolitas y tan frecuentemente atraído por los vientos de modernidad emanados del vecino del norte que, como se ha dicho, ha sido gran generador de innumerables tendencias culturales que han inundado al planeta.

La Marcha del Orgullo es un momento de celebración en el que la población lésbica, gay, bisexual, travesti, transgénero, transexual e intersexual (comúnmente designados por las siglas LGBTTTI), y su gente cercana (familiares o amigos), o que defiende su causa, salen a las calles de un cada vez mayor número de ciudades para visibilizarse, luchar por sus derechos o celebrar las reivindicaciones logradas desde el inicio del movimiento de liberación. Una exigencia persistente es la de políticas específicas en contra de cualquier actitud homofóbica por parte de las autoridades o la sociedad en su conjunto. En tiempos cambiantes, se ha festejado la despatologización de la diversidad sexual, particularmente cuando las organizaciones psiquiátricas y médicas dejaron de considerar a las prácticas homosexuales como síntoma de algún tipo de enfermedad, o el matrimonio entre personas del mismo sexo, que ha sido reconocido en distintos países en años más recientes.

 

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Con el transcurrir del tiempo y el crecimiento de la Marcha del Orgullo, su organización anual ha dejado de sorprender a la mayor parte de la población. Este evento se ha extendido cada vez a un mayor número de ciudades del mundo. Hoy en día sobresalen ciertas urbes por lograr convocar a un gran número de participantes y ser escenario de los contingentes más entusiastas. A ellas llegan, especialmente para presenciarlas o formar parte de ellas, turistas de las más diversas latitudes. San Francisco, Nueva York, Chicago, Toronto, Sydney, Londres, París, Berlín, Amsterdam, Estocolmo, Tel Aviv, Tokio, Bangkok, San Pablo, Madrid y México son las ciudades comúnmente señaladas por los medios informativos como las más atractivas para experimentar la Marcha del Orgullo, si bien, como se ha dicho, ésta se efectúa en cientos de ciudades a las que cada año se agrega un mayor número. La legitimidad adquirida ha hecho que la Marcha del Orgullo suela ser esperada en las grandes ciudades del mundo como uno de tantos eventos festivos que marcan el calendario anual y con éste la sensación del transcurrir del tiempo. Sus participantes suelen cobijarse, pese a su heterogeneidad, en un símbolo que hoy nos resulta muy familiar: la bandera del arco iris, diseñada en 1978 por Gilbert Baker para la Marcha del Orgullo de San Francisco (ciudad imaginada como la capital de la diversidad sexual hasta el día de hoy) con sus seis franjas horizontales de color rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado. La Marcha del Orgullo es comúnmente comparada con los carnavales ya que tiene un componente lúdico importante; música, carros alegóricos, atuendos que desafían los límites cotidianos de lo socialmente aceptable en materia de sexualidad, cuerpos que se exhiben transgrediendo los pudores del sentido común presente durante todo el año y los más variados disfraces, se hacen presentes en esta manifestación reivindicatoria a la vez que gozosa.

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Historia de una casa solariega

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

La vivienda del siglo XVIII que alguna vez fuera remanso vacacional para Valentín Gómez Farías, saqueada durante la ocupación de las tropas estadounidenses y en cuyo huerto fuera enterrado tras su muerte, hoy se fragmenta en biblioteca, librería, aulas, espacios para exposiciones y conferencias, y por su puerto aquel huerto, reconvertido en jardín que sigue dando el mismo sentido de tregua que buscaba el reformista liberal. Es la casa del Instituto Mora.

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Siglo XIX

Vivía en la Calle del Indio Triste en pleno corazón de la ciudad de México. De ahí salía a trabajar como diputado por Zacatecas, senador o vicepresidente de la república. Al igual que muchos otros mexicanos, buscaría tener una casa de campo en los alrededores de la ciudad. En Mixcoac, ese pueblo “risueño y florido de aire saludable, que despertaba todas las mañanas con las campanas de sus iglesias, la de San Juan Evangelista y la de Santo Domingo, allí, Valentín Gómez Farías compró un inmueble del siglo XVIII con corral y caballeriza, pozos para el agua, chimeneas que paliaban el frío y una huerta de hermosos árboles frutales que daban duraznos y peras y compartían el terreno con los cedros y las magnolias. ??????????????????????????????????????????Era una “casa solariega para el verano” que había “adquirido por 2,750 pesos” y se encontraba en “malas condiciones”, pero le serviría de remanso frente a los problemas políticos, financieros y de saludó que le acosaban.

Fue la casa que lo esperaba en 1845 tras su exilio en Estados Unidos, entre Nueva Orleans y Filadelfia. Ella se trasladó con su esposa Isabel y sus cuatro hijos, Fermín, Ignacia, Benito y Casimiro. Él cumplía en la ciudad con sus compromisos políticos, mientras la familia pasaba sus días en el barrio de Maninaltongo frente a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, nombrada de San Juan, en el pueblo de Mixcoac. Allí Isabel se ocupaba de ordenar todo lo necesario para que la cotidianidad familiar fuera placentera.

En agosto de 1847 la vida del pueblo se alteraría pues las tropas estadounidenses sentaron allí sus reales. La casa fue saqueada y quedaron como mudos testigos los muros altos y anchos de los salones, del comedor, de la cocina, de la sala y de las recámaras. Los Gómez Farías padecieron los estragos de la invasión y tuvieron que repararla.

Valentín Gómez Farías, el impulsor de las reformas liberales que por su carácter laico causaron tanta inquietud en la sociedad, vio su sueño realizado pues apenas un año antes de su muerte firmó la Constitución de 1857. 16910Fue enterrado en la huerta de la casa pues no se permitió que sus restos descansaran en la iglesia, la de San Juan Evangelista, la que estaba enfrente de su vivienda de verano. Lógico: si él había promovido los cambios que atentaban contra el clero… Con el paso de los años, hacia finales del siglo XIX, el Mixcoac pueblerino se fue abriendo a la modernidad que se iría instalando lentamente alrededor de la plaza que alguna vez tuvo un quiosco. Los maizales quedarían sin siembra. El tranvía pasaría enfrente de la plaza y las calles tomarían nuevos nombres. El alumbrado eléctrico llegaría poco a poco; las pulquerías perecerían ante el embate de las bebidas modernas como las cervezas. La ladrillera Noche Buena daría paso al Parque Hundido, la tierra de las calles se convertiría en asfalto y los vecinos antes todos conocidos ya no lo serían porque las viejas y sencillas casas irían desapareciendo a lo largo del siglo XX, demolidas por el crecimiento urbano que hizo del antiguo pueblo una colonia al sur de la ciudad de México con nuevas casas y edificios. No obstante, la transformación del espacio, la casa permanecería como refugio veraniego para los descendientes de los Gómez Farías, los Uhink y los Vértiz, aunque con el paso de los años cambiaría su función.

Siglo XX

Esa casa, otrora de campo, sería, a partir de 1976, el sitio elegido para establecer la fundación Bibliotecas Mexicanas, A. C. El gobierno mexicano la adquirió con el propósito inicial de depositar en ella el acervo bibliográfico de la biblioteca “José Ignacio Conde”. Más tarde, en 1981, por decreto presidencial de José López Portillo, se asentaría en ese espacio el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, nombre de otro connotado liberal. Su misión: “desarrollar investigaciones científicas en el campo de la historia y de otras ciencias sociales”. Los profesores-investigadores y especialistas tendrían, a partir del fondo “García Conde”, una biblioteca dedicada a las ciencias sociales. De esta manera, la vieja casona de la plaza de San Juan albergó al nuevo instituto. En ella se apostarían algunos espacios para los investigadores; “el antiguo salón, con los años, se convertiría en una moderna librería. La amplia huerta conservaría algunos de sus frondosos árboles y se transformaría en un bello jardín que daría un toque especial a la institución.”

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Para albergar a la biblioteca, a los investigadores y a los alumnos, al fondo, en lo que era la huerta de los Gómez Farías, se construyó un moderno proyecto arquitectónico que revelaba el interés por engrandecer a la institución. Como parte de su programa cultural las presentaciones de libros y los exitosos ciclos de cine se alternaron con las espléndidas exposiciones de renombrados artistas. En el jardín, los visitantes disfrutaron las obras de escultores tales como Jesús Mayagoitia (1992), Sebastián (2000), Knut Pani, Gilberto Aceves Navarro (2001), Juan Soriano (2005) y José Luis Cuevas (2005). En 2016, a la vieja casona con el nuevo edificio se agregaría otra sede ubicada en las calles de Poussin, a tan sólo unas cuadras al sur-oeste de la plaza de San Juan. Un convento centenario pasaría a formar parte del patrimonio inmueble del instituto para albergar al personal académico-administrativo. Una espléndida sala de lectura se instalaría en la antigua capilla en lo que otrora fue espacio de recogimiento y oración. El patrimonio inmueble del Instituto Mora crece, así como el prestigio académico de la institución que guarda en su sello institucional la imagen de la casa de los Gómez Farías.

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Aniceto Ortega: un médico multifacetico

Olivia Moreno Gamboa.
Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de Méico, núm. 27.

Reconocido por sus ideas eclécticas en la medicina, Aniceto Ortega destacó en el México de la segunda mitad del siglo XIX por su formación enciclopédica. Escribía tanto sobre los efectos terapéuticos de la música, como de tratados acerca de terremotos y erupciones. Pero en la memoria mexicana trascendió como uno de los compositores más originales de su generación. Un relato de aquellos años nos da cuenta de ese discurrir por los hospitales y los escenarios musicales.

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Dr. Aniceto Ortega, profesor de clínica de obstetricia, ca. 1860, litografía.

La crónica musical que se presenta en las próximas páginas fue publicada en El Siglo Diez y Nueve, uno de los diarios liberales de mayor circulación nacional del México independiente, y también uno de los más longevos. El autor de la crónica, publicada el 25 de septiembre de 1871, fue el periodista francés Alfredo Bablot (1827-1892), emigrado a México a mediados del siglo, quien en poco tiempo conquistó a la élite artística e intelectual de la capital por sus amplios conocimientos musicales que, aunados a sus buenas relaciones políticas, le valdrían en 1881 el nombramiento como director del Conservatorio Nacional de Música y Declamación, por el presidente Manuel González.

Bablot se valió del seudónimo de Proteo para publicar una crónica de la última representación de la compañía de ópera italiana de la célebre Ángela Peralta, que actuó en el Tea- tro Nacional del 6 de mayo al 13 de septiembre de ese 1871. Para la quinta y última entrega, había prometido a sus lectores ocuparse de la ópera Guatimotzin, estrenada justamente en la clausura de la temporada lírica, pero en lugar de la prometida crónica musical, entregó al diario una curiosa conversación que supuestamente sostuvo con el autor de Guatimotzin, Aniceto Ortega.

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Aniceto Ortega, La luna de Miel, Mazurca de Salón (portada), ca. 1870, partitura para piano. AGN, Propiedad Artística y Literaria, caja 1343, Exp. 18.

Aniceto Ortega del Villar nació en 1825 en Tulancingo en el seno de una familia culta, aficionada a la ciencia y las bellas letras. Junto a su hermano mayor Francisco (1822-1886), recibió una educación que inculcaba una moral severa, el gusto por la literatura y la música. Con frecuencia la familia recibía en su casa la visita de intelectuales y artistas. Así, los jóvenes Aniceto y Francisco crecieron en un ambiente estimulante, privilegio de la clase acomodada en nuestro país.

Aniceto y su herma- no cursaron estudios en la Escuela de Medicina, recién fundada en 1842. Se especializó en obstetricia, y una vez concluido sus estudios en diciembre de 1849, realizó un viaje de perfecciona- miento por Europa. En un lapso de cinco a seis meses visitó España, Francia, Italia y Gran Bretaña.

A su regreso a México se incorporó a su alma mater como profesor de medicina y cirugía. No obstante, el desempeño de importantes cargos administrativos le obligaba a dejar la cátedra por lar- gas temporadas. Durante el segundo imperio formó parte del Consejo Superior de Salubridad (encargado de regular la práctica médica y preservar la salud pública) y fue nombrado director del Hospital de Maternidad e Infancia, inaugurado en 1861 con el fin de atender a mujeres y niños pobres y a madres reservadas, es decir, jóvenes solteras que guardaban en secreto su embarazo y parto. Estuvo al frente del hospital hasta su muerte, ocurrida en 1875

Ortega retomó la enseñanza en 1868 como catedrático de clínica de obstetricia en la Es- cuela de Medicina que dirigía José María Vértiz, aunque a los pocos meses solicitó licencia por dos años, alegando motivos familiares.

A decir de sus contemporáneos, fue un médico de pensamiento ecléctico, pues si bien era fiel a la escuela francesa, a veces se inclinaba por la inglesa y la alemana. Entre otros aciertos, sus amigos galenos le reconocían haber divulgado y multiplicado los usos de la recién inventada inyección hipodérmica, y aplicado con buenos resultados maniobras atrevidas en la cirugía ginecológica

Ortega gozó de una posición económica estable gracias a su cargos públicos y quizá, sobre todo, a la práctica privada de la medicina entre una clientela escogida y numerosa. No por ello abandonó su altruismo con los enfermos  pobres, a los que atendía desinteresadamente, como narra Proteo.

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Las pequeñas diferencias

Miguel Ángel Berumen Campos
Museo Nacional de la Revolución

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

A Francisco Villa y Emiliano Zapata les urgía ir a comer aquel día en que se encontraron en Palacio Nacional. La sesión fotográfica fue muy rápida y eso ha generado polémica sobre cuántas placas se hicieron. Un análisis de esos instantes procura despejar las dudas.

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Si lo que se llevó a cabo el 6 de diciembre de 1914 fue la entrada de los ejércitos de Francisco Villa y Emiliano Zapata a la ciudad de México, no se entiende por qué Zapata era el único miembro de las huestes sureñas que iba en la primera línea y tampoco por qué Otilio Montaño, con una jerarquía similar a la de Tomás Urbina, iba en la segunda. Esta desigualdad pareció enmendarse, por lo menos, frente a la cámara y para la posteridad, durante la sesión fotográfica realizada en Palacio Nacional, la tarde de ese mismo día, donde Villa y Zapata posan sentados al lado de sendos generales.

instante más publicado de la revolución, no hay muchas versiones de él, sólo he visto cinco fotografías, tomadas por tres fotógrafos: Agustín Casasola, Antonio Garduño y Manuel Ramos. La cantidad resulta ridícula si tomamos en cuenta que numerosos trabajadores de la lente se hallaban desplegados a lo largo del desfile y dentro de Palacio Nacional.

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Mi percepción parece contrastar con la versión de la mayoría de los autores que han escrito sobre las representaciones fotográficas de este momento histórico, ya que aseguran haber visto sólo dos o a lo sumo tres imágenes sobre el suceso. Y digo parece porque es muy probable que en realidad todos hayamos visto las cinco o incluso algunos hasta más, simplemente la mayoría no lo sabe. Eso se debe a que las fotografías son casi idénticas y a primera vista parecen ser las mismas. Las cinco fotografías a las que me referí anteriormente, registran dos instantes del mismo evento histórico pero con una diferencia de minutos e incluso de segundos. Es muy probable que dicha diferencia sea la misma al tiempo que tardaron en poner una segunda placa en sus cámaras. Lo curioso en los dos casos es que los fotógrafos dispararon sus cámaras al mismo tiempo, pero desde diferentes ángulos, tal y como se deduce de la comparativa de las fotografías (ver láminas 1 y 2).

Los círculos en rojo nos  muestran claramente que las fotografías fueron tomadas desde una posición distinta, por eso hay una diferencia mínima en el ángulo y por lo tanto, en estricto sentido, también una disparidad mínima en lo que vemos en cada una de ellas. En pocas palabras, gracias a esas pequeñas diferencias sabemos que ahí se tomaron varias fotografías. Esto  se deduce fácilmente si observamos que todos los personajes están exactamente en la misma postura en cada uno de los dos instantes fotográficos. El círculo en blanco en la cara de uno de los niños nos muestra ese hecho de manera contundente: en las tres aparece con los ojos cerrados.

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En este punto del análisis es fácil suponer que todos dispararon “a la de tres”, como se dice vulgarmente, debido a que la fuente de iluminación fue la misma para todos. Esto corrobora el dicho de Gustavo Casasola Salamanca, nieto de Agustín Víctor Casasola, quien contara al autor de este artículo en una entrevista el 26 de junio de 2009, que Villa advirtió a los fotógrafos que él y el general Zapata ya estaban muy cansados, y que si insistían en tomar más fotografías, “iba a haber una helada de fotógrafos”, es decir que iba a haber algunos muertos, así que es muy probable que sólo les hayan dado oportunidad de realizar dos disparos. Lo que por otro lado podría explicar la razón por la cual, no todos los fotógrafos re- accionaron con la rapidez requerida. A los generales, así lo cuenta el propio Casasola, lo que más les urgía en ese momento era comer.

a muchos en el desfile o de plano les pasa inadvertido, se enmendó en esta fotografía memorable de la silla presidencial, seguramente por Zapata quien equilibró el peso de las dos fuerzas poniendo a su izquierda a Otilo Montaño mientras que Villa, haciendo lo propio, colocó a su derecha a Tomás Urbina.

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Más vale paso que dure y no trote que canse

Regina Hernández Franyuti
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

Primero fue una estatua de madera y estuco inaugurada en diciembre de 1796, que alcanzaría el dorado del bronce en 1803. El Caballito tuvo sus mudanzas dentro de la ciudad, hoy espera la definitiva restauración.

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El título de este artículo refleja muy bien los avatares de la estatua ecuestre de Carlos IV conocida popularmente como El Caballito. El refrán popular alude a que se deben tomar las cosas con calma y hacerlas bien, y no que salgan mal, como sucedió con la restauración hecha en 2013 cuando sin autorización del INAH se intervino el monumento para su limpieza. Desgraciadamente se aplicó un método que por agresivo ha caído en desuso, y el cual consistió en aplicar ácido nítrico al 30% afectando el bronce y la pátina de la escultura. Caballito aAi??o 1911 (492x800) (376x640)

El 20 de septiembre de 2013, el INAH suspendió la restauración. Fue un trote rápido, alocado, que no correspondía al paso lento en la historia de la escultura, que hoy en día espera pacientemente su destino.

Desde que el virrey Miguel de la Grúa Talamanca (1794-1798), marqués de Branciforte, propuso al rey Carlos IV erigirle una estatua con el único fin de congraciarse por su mala reputación su paso fue al trote, pues en menos de cuatro meses, el 15 de marzo de 1796, el rey contestó aprobando la obra.

Sin embargo, la realización del proyecto tuvo un paso lento, pero seguro, a cargo del director de Escultura de la Academia de San Carlos, Manuel Tolsá, quien propuso hacer una estatua ecuestre como la del emperador romano Marco Aurelio; la magnitud de la obra tendría un costo de 18 700 pesos cantidad que sería pagada por el mismo virrey. Una vez que el rey aceptó la propuesta, el virrey nombró a Tolsá coordinador de la monumental escultura y a Juan Antonio González Velázquez director de la Real Academia de San Carlos para que se encargara de la remodelación de la plaza.

Al trote, para obtener los recursos, el virrey organizó una serie de corridas de toros y de aportaciones que le permitieron reunir una mayor cantidad de la presupuestada en el proyecto. Así, el 18 de julio de 1796 inauguró, con bombos y platillos, el pedestal donde se colocaría la estatua, pero debido a que reunir los más de 500 quintales de bronce no era una tarea fácil, se construyó una estatua provisional hecha de madera, estuco y placas doradas que ante el regocijo popular, las salvas de artillería y el repique de campanas fue colocada el 9 de diciembre.

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Al paso, la obtención del metal fue muy lenta, tanto que el virrey no pudo ver concluida la escultura ya que fue retirado del cargo en 1798. Cuatro años después Tolsá, tomando como modelo un caballo percherón llamado Tambor, propiedad del marqués del Jaral y Berrio, terminó el molde. El 2 de agosto de 1802 en las huertas del colegio de San Gregorio se inició el fundido del metal en dos hornos con grandes crisoles cada uno; dos días después se hizo el vaciado y, ¡por fin!, el día 9 pudo retirarse el molde y quedó a la vista una espléndida escultura. Durante más de un año trabajó Tolsá en cortar, limar, cincelar, pulir y alcanzar la pátina deseada. El resultado fue una escultura de bronce que medía 4.88 metros de alto, 1.78 metro de ancho, 5.40 metros de largo con un peso de aproximadamente seis toneladas. Se necesitó un carro con ruedas de bronce y cuatro días para trasladarla al pedestal de la plaza. El 9 de diciembre de 1803 el virrey José de Iturrigaray inauguró la estatua y dio paso a los tres días de festejo.

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Cuando aún se  escuchaba el  clamor independentista se propuso que la escultura, a pesar de su valor estético, fuera fundida para construir cañones y monedas, más necesarios que la imagen de un rey desconocido. Sin embargo, privó la cordura y la estatua fue llevada en 1823 al claustro de la Pontificia y Nacional Universidad de México. Allí estaría más de 29 años cuando, en 1852, se decidió trasladarla al poniente de la ciudad, en el sitio, cruce de la avenida Bucareli y el camino a Chapultepec, que marcaba el inicio del proceso de expansión de la ciudad. . Caballito Actualidad (2) (640x428)Lorenzo de la Hidalga fue el encargado de programar y hacer el traslado, que duró 21 días. El 24 de septiembre quedó instalada y allí permanecería hasta que el 27 de mayo de 1979 fue nuevamente trasladada a la remodelada plaza, llamada Manuel Tolsá, ubicada entre el Palacio de Comunicaciones y el Palacio de Minería.

Hoy, la magnífica escultura se encuentra cubierta, en espera de que sanen sus heridas. Esperamos que para la restauración, como en la historia de El Caballito, más vale paso que dure y no trote que canse.

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La fortaleza de San Carlos de Perote

Jairo Eduardo Jiménez Sotero
Universidad Veracruzana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

En más de dos siglos de vida, esta fortaleza veracruzana albergó tropas de la corona española, estudiantes militares, soldados estadunidenses, revolucionarios, alemanes, italianos y japoneses durante la segunda guerra mundial, así como presos comunes. Su historia hoy se puede apreciar como museo.

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Entrada a la fortaleza de San Carlos, 2009, Perote, fotografía de Jairo Eduardo Jiménez Sotero

 

Las estatuas de dos soldados de la corona española reciben al visitante cuando se ingresa al castillo de San Carlos de Perote. Representan a los centinelas Francisco Ferrer y Jaime Castells, quienes por abandonar la guardia en el baluarte de Figueres, Cataluña, a fin de batirse por el amor de Olalla de Clots, y pese a haber muerto ambos en el encuentro, fueron condenados a montar eterna vigilancia en ultramar.

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Murguía e hijos, Planta de la fortaleza de San Carlos de Perote, litografía, en
Manuel Rivera Cambas, Historia antigua y moderna de Jalapa, México, Imprenta de I. Cumplido, 1869. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”-Instituto Mora

La toma de La Habana en 1762 por parte del imperio británico y el estado deplorable en que se hallaban San Juan de Ulúa y las murallas que protegían  a Veracruz llevaron al virrey Joaquín de Montserrat, marqués de Cruillas, a pedir el apoyo de la corona para la fortificación del puerto, lo cual suponía la necesidad de erigir en el pueblo de Perote, sobre el Camino Real, y a tres tránsitos regulares de tropas del puerto, un almacén para la gran cantidad de pertrechos que requerirían las tropas, y que el clima caluroso de la costa echaría a perder. El proyecto se inscribía, por lo demás, en el proceso reformista emprendido por la nueva casa reinante de los Borbones, que se proponía que el imperio español recuperara el sitio que tuvo en el concierto de las naciones europeas, e incluía la modernización de la infraestructura militar. Apenas un año después, en 1763, llegaría a Nueva España el ingeniero brigadier Manuel de Santisteban, quien pronto se ocuparía de reconocer tanto las defensas del puerto como las de tierra adentro, y decidió levantar una fortaleza en Perote, para también asegurar las ciudades de Puebla y México, y ser puesto de vigilancia, no sólo del paso de personas, sino de mercancías.

Baluarte de San Carlos Perote (800x534)Los trabajos de  construcción se aprobaron en 1769, en el virreinato de Carlos Francisco, marqués de Croix. Al año siguiente se iniciaron, a cargo de Santisteban, y concluyeron en 1777, con el virrey Antonio de María de Bucareli. La fortaleza recibió el nombre de San Carlos, en honor del entonces rey Carlos III de Borbón (1759-1788). Se trata de un recinto de planta cuadrada, cuyos ángulos terminan en baluartes, puestos bajo la advocación de San Carlos, San Antonio, San Julián y San José; con un foso protector, trincheras y troneras que rematan los muros y que son resultado de una arquitectura bélica funcional. La fortaleza de San Carlos de Perote sería sede del primer Colegio Militar de México entre 1823 y 1827, y en la guerra con Estados Unidos fue utilizada por las huestes de este país como prisión y sitio para vigilar a las guerrillas, que le causaban muchos problemas. Más tarde, el ejército republicano intentó volarlo en vísperas de la invasión francesa, en 1863, a fin de que no sirviera al enemigo, sin conseguirlo, aun cuando sí se provocó una explosión en el pueblo cercano.Ya en el siglo XX, durante la revolución mexicana, el edificio se empleó como cárcel por parte de las tropas federales y las constitucionalistas, y más tarde, durante la segunda guerra mundial, fue centro de reclusión para los ciudadanos alemanes, italianos y japoneses que permanecieron en México. A partir de agosto de 1949 se convirtió en reclusorio del estado de Veracruz, y así continuó hasta su cierre en marzo de 2007.

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Muro lateral poniente de la fortaleza de San Carlos, 2008, Perote, fotografía de pacoméxico.

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Tierra de alacranes. Entre leyenda y realidad

Gloria Estela Cano Cooley – Instituto de Investigaciones Históricas de la UJED.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México / Durango, 450 años de historia, edición especial.

Se ganaron el respeto a golpe de coletazos, más en una tierra donde abundan desde los temidos güeros a los pululantes negros. Varias décadas atrás le pusieron letra de música, un primer paso para que los escorpiones pasaran a formar parte del orgullo duranguense.

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Desde tiempo inmemorial los escorpiones pueblan muchas regiones de M´rxico, sin embargo, fue Durango el que se ganó el mote de tierra de los alacranes por la variedad, cantidad, tamaño y ponzoña de sus arácnidos.

A diferencia de otros tipos, los alacranes de Durango son de los que sí se introducen en las casas (sin afán de picar hasta no verse agredidos), por lo que los habitantes tuvieron que acostumbrarse a coexistir con ellos y a reconocerlos principalmente por el color de su tegumento, vinculado con el grado de toxicidad.

P1120047El color de los alacranes duranguenses va desde las tonalidades claras hasta las más oscuras. Los amarillos, bautizados popularmente con el nombre de güeritos o aceitosos, son los más venenosos y abundantes en la ciudad, de particular manera en las casas antiguas construidas de adobe y/o de piedra de los barrios de Tierra Blanca, el Calvario y Analco; en las calles de Nogal, Florida y De la Cruz, así como en el cerro de Los Remedios. Los canelos son numerosos; su matiz rojizo los distingue de los cafés, cuyo tono más oscuro llega hasta los alacranes negros, que se dice habitaban por montón en el Cerro de Mercado.

La picadura del alacrán ha sido siempre muy temida. Está escrito que para el año 1749 la ciudad había jurado como su patrono contra esta plaga a San Jorge y, aunque este no existió, por muchos años los niños acostumbraban rezarle a san Jorge bendito antes de acostarse, para que amarrara a sus animalitos con su cordón bendito. En la actualidad, el 23 de abril de cada año se celebra en la catedral de Durango una romería en la que, con flores y velas, se invoca la protección del santo.

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Los mayores recuerdan que en su infancia, cuando no había tantos juguetes y aparatos distractores, se entretenían largas horas examinando el comportamiento de los alacranes atrapados con tenazas en los huertos de sus casas y metidos con rapidez en un frasco de vidrio. Puestos después en un aguamanil para que no escaparan, observaban sus danzas –a lo mejor luchas de sobrevivencia o apareamiento. Gustaban de provocar su enojo soplándoles o tocándolos en el lomo con algún objeto para observar sus coletazos en todas direcciones, pero nunca vieron que uno se suicidara picándose a sí mismo, lo cual es un mito, como igual es que los alacrancitos se comen a la madre.

P1120082Se educaba en el temor y respeto a los alacranes. La gente conocía bien sus costumbres y tomaba medidas preventivas día a día. Antes de acostarse se revisaban las sábanas, y antes de ponerse los zapatos también, para que no tuvieran un alacrán escondido. De modo casi instintivo, antes de recargarse o de poner la mano en la pared, en las puertas de madera o en los marcos de cantera, se descartaba su posible presencia. Al agua con que se trapeaban los pisos y lavaban las paredes de las casas se le echaba un poco de creolina, pues se creía que su olor los ahuyentaba, y lo mismo se pretendía al tirar los cascarones de huevo en las cenizas ardientes de las estufas de leía o quemar con alcohol y fuego a los alacranes muertos.

A partir de 1943, cuando Miguel Ángel Gallardo escribió “Yo soy de la tierra de los alacranes” en la primera línea del popular “Corrido de Durango”, y este se cantó por el mundo, el animal pasó a ser imagen del orgullo duranguense. De allí que en los diferentes clubes deportivos haya existido siempre un equipo que lleve el nombre de los o las Alacranes(as) de Durango. Hay conjuntos musicales norteños formados por duranguenses, cuyos integrantes visten camisas, sombreros, botas y cinturones con un alacrán grabado; probablemente lo lleven tatuado en el cuerpo y, por la letra de sus canciones nostálgicas, llevan un alacrán grabado en el corazón.

Asimismo, sin dejar de ser una amenaza real, los alacranes se han convertido en recuerdo y recuerditos, siendo estos últimos parte notable de la artesanía popular de Durango. Los puestos de vendedores de recuerditos abarcan un área importante del mercado de la ciudad, y para los niños y jóvenes que no hayan visto un alacrán vivo, se exhiben varios güeritos trepando piedras volcánicas y los viejos en su cautiverio de vidrio. Al preguntar de dónde sale tanto alacrán, los locatarios ocultan la existencia de criaderos y responden que en la sierra existen aún muchos paninos de alacrán.

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La labor de los alacraneros es aún fundamental, pues no sólo surten de materia prima al Centro Antialacránico, también a los artesanos que elaboran ceniceros, llaveros, relojes de pared, servilleteros, licoreras, hebillas, anillos, etc. Hasta el muy apreciado jamoncillo de leche es presentado en la forma del alacrán.

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Volcán Paricutín, a 71 años de su nacimiento

Eulalia Ribera Carbó
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.

En 24 horas alcanzó los seis metros de altura, y en nueve años de erupciones, fumarolas y vapores de agua llegó a los 410 metros. Aquella experiencia excepcional de la vulcanología moderna recorrió el mundo. Fueron los propios campesinos purépechas de la zona quienes lo bautizaron y redactaron su inédita acta de nacimiento.

R. Dr. Atl Erupción del Paricutín, 1943.Óleo y atlcolor, col. Munal-INBA (799x800)

Gerardo Murillo (Dr. Atl), Erupción del Paricutín, óleo, 1943. D.R. Museo Nacional de Arte, Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2014.

La tarde del 20 de febrero de 1943, Dionisio Pulido, habitante del pueblo de San Salvador Paricutín, perteneciente al municipio de San Juan Parangaricutiro, al noroeste de Uruapan, estaba trabajando en sus maizales. Era un día de labores como cualquier otro y el campesino no podía sospechar lo que estaba a punto de presenciar. Un estrecho agujero en el suelo se abrió repentinamente formando una grieta por la que se produjo una pequeña explosión. La siguió una emisión de vapor de agua y gases sulfurosos, y después salió una columna eruptiva de polvo fino y pequeñas rocas incandescentes. Intentó poner a salvo la yunta de bueyes, montó a toda prisa su yegua y partió al galope rumbo a Paricutín, donde su esposa, hijos y amigos lo esperaban, tan asustados como él. Enseguida, Pulido y el jefe de la Tenencia se fueron a la cabecera municipal para dar cuenta de lo que estaba pasando a las autoridades, las cuales enseguida mandaron una comisión a verificar los hechos. Durante la noche, la gente apenas pudo dormir. Observaban con terror las erupciones incandescentes que se iban tornando violentas y rugientes.

Por fin se hizo de día y, por citatorio urgente, los  regidores  del cabildo se reunieron en el salón de actos del Ayuntamiento del pueblo. Después de las alarmadas deliberaciones del caso, se concluyó que aquel extraordinario fenómeno era volcánico y al final de la sesión, se levantó el acta, que en uno de sus párrafos dice así: a propuesta de algunos vecinos de este lugar y de Paricutín, se discutió el nombre correcto que deberá llevar el mencionado volcán, y después de amplias deliberaciones y deseos de los pobladores de la región, por unanimidad se le denominó volcán Paricutín.

R. Gerardo Murillo, El ParicutAi??n-MUNAL

Gerardo Murillo (Dr. Atl), El Paricutín, papel y carboncillo, 1943. D.R. Museo Nacional de Arte, Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2014.

Es el acta de nacimiento de un volcán, seguramente la única que existe en la historia. Unos campesinos purépechas, sin conocimientos geológicos científicos, habían sabido ver en aquellas explosiones, inéditas y asombrosas para cualquiera, un fenómeno volcánico. Y a menos de 24 horas de iniciado ya habían tomado cartas en el asunto, indicando la necesidad de estudiar los problemas que derivarían de todo aquello, y la conveniencia de poner de inmediato en conocimiento a autoridades superiores.

Desde el municipio de San Juan Parangaricutiro salió el aviso rumbo a la ciudad de México y la noticia cimbró al país y al mundo entero. A la medianoche del primer día, el edificio volcánico medía aproximadamente seis metros de alto. Las erupciones intermitentes que se sucedieron hasta 1952 lo hicieron llegar a los 410 metros sobre el campo de cultivo original. Desde el inicio de las erupciones investigadores de las ciencias de la tierra se presentaron en el sitio. Tomaron fotografías, recogieron testimonios de la gente del lugar y pusieron manos a la obra haciendo observaciones sistemáticas, escribiendo apuntes, midiendo, analizando, monitoreando. Diego Rivera lo pintó. Gerardo Murillo, el Dr. Atl, se instaló con su caballete durante meses en el lugar, para trabajar en cientos de cuadros, dibujos y en la edición del famoso y profusamente ilustrado volumen Cómo nace y crece un volcán.

Las emisiones de lava cesaron repentinamente el 25 de febrero de 1952. Después, únicamente explosiones débiles siguieron hasta su cese definitivo el 4 de marzo. A partir de entonces sólo el paisaje hostil, quemado, rocoso, ceniciento, y unas tranquilas emisiones de vapor de agua y fumarolas ácidas quedaban de la furia que había durado nueve años y once días de historia eruptiva. Pero el Paricutín había ofrecido por primera vez en la historia de la vulcanología moderna, la oportunidad para estudiar el desarrollo de un volcán monogenético. A los 71 años de su nacimiento, celebremos el aniversario de aquella notable efeméride geológica de un planeta que sigue en construcción.

R. Gerardo Murillo, El ParicutAi??n el 26 de febrero de 1943-MUNAL

 

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La lucha libre a dos de tres caídas

Martín Josué Martínez Martínez / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

BiCentenario #21

Nacida en los círculos de la clase alta de mediados del siglo XIX, deambuló como espectáculo secundario durante siete décadas, hasta que en 1933 tres empresarios visionarios la popularizaron. La lucha libre vivió su época dorada en los años 60, pero hoy sobrevive atada al negocio televisivo, aunque con menos público

Escena de lucha libre ca. 1914-1915, Ciudad de MAi??xico. Col. RamA?n Aureliano AlarcA?n

Escena de lucha libre ca. 1914-1915, Ciudad de México. Col. Ramón Aureliano Alarcón

En la arena los reflectores se dirigen al ring, un grito irrumpe en el aire e inicia la batalla corpórea: ¡Lucharán a dos de tres caídas sin límite de tiempo! De inmediato ambos gladiadores se prensan con brazos y manos para intentar someter al oponente. Ante el descuido del réferi, los golpes prohibidos se hacen presentes y el público enojado desata una retahía de insultos, el caos se instaura. La ausencia de reglas es quizás una de las principales características de la lucha libre, lo que ha llevado a que algunos sectores la consideren hoy como innoble y vulgar. Pero no siempre fue así.

Durante el segundo imperio se introdujeron diversas actividades que fueron absorbidas por las clases altas en su afán de mostrarse cada vez más europeas. Entre ellas se encontró el noble arte de la lucha grecorromana, que pretendía demostrar la fortaleza y el refinamiento del ejército francés. Tras aquella primera exhibición el 26 de junio de 1865, en el Palacio de Buenavista, la lucha adquirió gran popularidad y abandonó los lujosos salones para invadir otros lugares de diversión.

A fines del siglo XIX y durante las tres primeras décadas del siglo XX, el transitar de los atletas mexicanos que intentaban difundir el también llamado pancracio no fue nada fácil, pues aunado al público exigente se encontraron los obstáculos que representaron los promotores de otros deportes como el boxeo, así como las caravanas de las empresas de lucha extranjeras. Poco a poco lograron colocarse como un simple relleno en las corridas de toros, como intermedio en las funciones de cine o un número más en los circos, donde tuvieron que complementar sus rutinas con coreografías, acrobacias y actos de verdadera fortaleza en los que hasta enfrentaban osos.

Lucha libre, Ciudad de MAi??xico, 1911-1913, Biblioteca Instituto Mora

Lucha libre, Ciudad de México, 1911-1913, Biblioteca Instituto Mora

México no contaba con las bases necesarias para el desarrollo del deporte-espectáculo, los lugares dedicados a las exhibiciones, además de escasos, se hallaban en pésimas condiciones y los pocos luchadores que trabajaban en Estados Unidos eran presa de un boicot que buscaba terminar con sus carreras. Todo llegó a su fin cuando el ex revolucionario empresario Salvador Lutteroth González se asoció con el empresario Francisco Ahumada y el promotor Miguel Corona para adquirir un local en la calle de Río de la Loza, número 94, en la colonia Doctores del Distrito Federal, e iniciar así los trabajos de remodelación, que concluyeron el jueves 21 de septiembre de 1933, día en que comenzó a escribirse de manera formal la historia de la lucha libre con la inauguración de la Arena México y la fundación de la EMLL (Empresa Mexicana de Lucha Libre). La gran cantidad de público congregado aquella noche vaticinó lo que se esperaba.

Durante las décadas de 1940 y 1950, las arenas comenzaron a surgir en diversos barrios a lo largo y ancho de la capital. Algunas tuvieron gran renombre por su aforo, ubicación y sangrientos combates, tales como la Degollado en la colonia Guerrero, la Libertad en la Santa María, la Nacional donde se encuentra el cine Palacio Chino, y por supuesto la Coliseo entre los barrios de la Lagunilla y Tepito, así como la Revolución que congregó a los habitantes de las hoy delegaciones Álvaro Obregón y Benito Juárez.

La lucha libre se vio enriquecida con la incorporación de acrobacias, saltos, atuendos llamativos y máscaras que escenificaron la lucha cósmica del bien contra el mal. Durante la década de 1960, se vivió el boom de los enmascarados, quienes saltaron del ring a las fotonovelas y la pantalla grande, convirtiéndose en verdaderos ídolos, como el Santo y Blue Demon, quienes lograron derrotar a infinidad de monstruos con llaves y patadas voladoras en lo que fue un género cinematográfico único en el mundo.

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Mil máscaras, fotografía tomada de un cartel guatemalteco de 1972. Col. Ramón Aureliano Alarcón

Con la muerte de estos héroes comenzó la agonía de la lucha libre, que también se vio seriamente dañada en 1990, tras las transmisiones televisivas y la llegada del wrestling estadounidense, el cual terminó por sepultar arenas e ídolos que eran adorados todos los domingos. Los intentos por volver a esa época en que un Cavernario Galindo o un Wolf Ruvinskis encendían al público han resultado vanos, pues no se ha logrado que los miles de aficionados acudan semana a semana para vociferar al unísono el grito catártico que pinta a estos lugares de sociabilidad: ¡Mátalo! ¡Queremos ver sangre!

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Carta desde Nuevo México. Alexander B. Dyer

Gerardo Alcalá Dyer / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

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Alexander B. Dyer

A menos de un año de la declaración de guerra contra México por parte del Congreso de Estados Unidos, tuvo lugar la ocupación de las provincias del noroeste de México por este país: Nuevo México y California, en los primeros meses de 1847. El mando del ejército que invadiría la primera fue confiado al general Stephen Watts Kearny, un veterano que se había distinguido en la guerra de 1812 contra Gran Bretaña. Como medida preparatoria para su avance hacia territorio mexicano, Kearny publicó una proclama el 22 de agosto de 1846, anunciando su intención de buscar la alianza con, y mejorar la condición de sus habitantes. éstos eran una mezcla pseudo civilizada de españoles e indios, en ese entonces bajo la completa influencia de Manuel Armijo, el gobernador de Nuevo México, quien había reunido una fuerza compuesta por indios y unos cuantos soldados regulares, en un cañón cercano a la capital, Santa Fe, para detener el avance del enemigo. Sin embargo, no llegó a dar la batalla pues el miedo lo dominó y huyó de manera precipitada, dejando a la provincia desprotegida ante la invasión.

Sin hallar resistencia alguna, Kearny tomó posesión de Santa Fe el 15 de agosto. Erigió allí un fuerte para una guarnición de 250 hombres y estableció un gobierno civil semejante al de los territorios de Estados Unidos. Fue así que, en un periodo de 100 días, se las había arreglado para reunir y organizar a sus tropas, marchado 1,600 km, adquirido una nueva posesión y establecido en ella el gobierno estadounidense. México, en cambio, había perdido un territorio. Kearney se dirigió después hacia California.

Todo pareció continuar armoniosamente en Nuevo México hasta el 15 de diciembre, cuando el coronel Sterling Price, quien estaba al mando, recibió informes de una próxima insurrección, la cual, en efecto estalló el 14 de enero de 1847. Congregando sus fuerzas con rapidez, Price partió al valle de Taos con 350 efectivos, y el 24 rastreó y encontró a 1,500 insurgentes cerca del pueblo de Santa Cruz de la Cañada. Poco después, con el refuerzo de los dragones del capitán John Burgwin, marchó a través de pasos escabrosos y profundas capas de nieve rumbo al pueblo de Taos, el cual tomó por asalto el 14 de febrero con una cuantiosa baja de mexicanos.

La siguiente carta de Alexander Brydie Dyer, en ese entonces teniente de artillería del ejército invasor, nos ilustra, entre otros aspectos, acerca del pensamiento de un soldado estadounidense situado en Nuevo México respecto a la guerra, así como sobre los sucesos ocurridos en las semanas posteriores a la toma del pueblo de Taos, y la represión del complot para acabar con los invasores. Nos brinda también detalles acerca de los ataques que las tribus indígenas de Nuevo México emprendían contra los convoyes militares y cómo su relación con las nuevas autoridades estadounidenses se tornaba cada vez más tensa. A lo largo de la carta, Dyer puso énfasis en la disciplina y la superioridad del ejército al que pertenecía, en comparación con el ejército enemigo. En esta carta, así como en otros escritos que elaboró durante su estancia en Nuevo México, califica a los mexicanos de ignorantes y pobres diablos, considerando que no merecían el privilegio de convertirse en ciudadanos estadounidenses. Se hacía vocero, de esta manera, de la ideología del “Destino manifiesto”, que veía a las poblaciones al sur del río Bravo como racial y culturalmente inferiores.

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¿Quién era el autor de esta carta? Alexander Brydie Dyer nació el 10 de enero de 1815, en Richmond, Virginia. A temprana edad había adquirido una buena educación primaria, sentando así bases formativas que le servirían en el futuro. A los 18 años de edad, apoyado por el general William H. Ashley, un integrante del Congreso por parte del estado de Missouri, Dyer fue designado cadete, y el 1° de julio de 1833 ingresó a la Academia Militar de West Point, en la cual se graduó años más tarde como sexto de su clase. El 1° de julio de 1837 fue promovido al rango de teniente segundo en el tercer regimiento de artillería, con el que desempeñó labores en el Fuerte Monroe, Virginia, y durante la segunda guerra contra los indios seminolas en Florida. A partir de la ampliación del Departamento de Ordenanza, el 9 de julio de 1838 fue transferido a él, y desempeñó labores en varios arsenales hasta los años de la guerra con México. En este conflicto no tuvo la suerte de servir bajo las órdenes de los generales Zachary Taylor o Winfield Scott, en cualquiera de las grandes líneas de invasión. Asignado a una esfera de menor actividad militar, fue en cierto modo recompensado, a pesar de ser apenas teniente segundo, con el nombramiento de jefe de Ordenanza del ejército que ocupó Nuevo México. Al aceptar este cargo, Dyer asumió la responsabilidad de garantizar el abastecimiento de armas y municiones para las tropas de ocupación. A. B. Dyer demostró tal energía, fervor y habilidad en el manejo de la artillería que el 16 de marzo de 1848, cuando el conflicto aún no se había terminado, fue ascendido al grado de capitán, por su valiente y meritoria conducta.

Trece años después de la salida de las tropas invasoras de la república mexicana y, ante la amenaza de secesión por parte de los estados del Sur, se vio obligado a elegir entre la Confederación y la Unión. A pesar de haber nacido en Virginia, un estado sureño, no dudó en jurar lealtad a la segunda. No le fue fácil pues, en un principio, fue calumniado por su origen. Sin embargo, todas las calumnias y las sospechas cedieron ante la incansable industria y la eficiencia que Dyer demostró en todos los departamentos que tuvo bajo su mando. Así, el 21 de agosto de 1861 el Congreso no encontró razones para no otorgar a un sureño el mando de la Armería de Springfield, Massachussetts, en ese entonces uno de los más importantes centros de producción armamentística de Estados Unidos. El modo en como desempeñara tal cargo determinaría en gran medida el triunfo o la derrota de la Unión. No decepcionó a la última, pues mientras sirvió como superintendente de la Armería, sus instalaciones se ampliaron y la calidad del personal mejoró notablemente. Estos aspectos se vieron reflejados en la producción, que se cuadruplicó a mil rifles por día. Desempeñó el cargo hasta el 12 de septiembre de 1864, día en que, con el rango de general brigadier, fue nombrado jefe del departamento de Ordenanza a nivel federal, con la responsabilidad de supervisar la producción y distribución de armamento, así como la modernización de las instalaciones para el aumento de la producción de armas cortas y municiones. Al término de sus labores en Springfield, 3 mil oficiales y empleados le otorgaron como felicitación por haber sido promovido a jefe de su departamento una charola de plata de 82×50 cm, con una imagen grabada de la Armería.

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El 13 de marzo de 1865, un mes antes de ser asesinado, el presidente Lincoln, quien lo estimaba grandemente, le confirió el rango de general de división del ejército de Estados Unidos, por sus fieles, meritorios y distinguidos servicios en el departamento de Ordenanza durante la guerra civil, cargo que desempeñó hasta su muerte, el 20 de mayo de 1874. Dyer fue inhumado en el Cementerio Nacional de Arlington, Virginia. Yacen en la misma tumba su esposa, Elizabeth Allen Dyer y 4 de sus 6 hijos.

La carta que sigue, dirigida por Dyer al coronel George H. Talcott, se localiza en la sección de Documentos Familiares (colección 2087), en la División de Manuscritos y Colecciones Raras de la biblioteca de la Universidad de Cornell, en Nueva York.

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