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Glorias y penurias del Teatro Toro de Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Construido hace más de 180 años, pretendía tener un lugar en la escena nacional. La aristocracia local lo usó para sus fiestas, pero también tuvo a la compañía de Placido Domingo en su escenario. Acabó como cine hasta que hace algunos años fue restaurado.

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. José Manuel Alcocer Bernés

Hacia 1832, el gobernador de Yucatán, avecindado en el puerto de Campeche, Francisco de Paula Toro, quería construir un teatro que pudiera darle a los habitantes de la ciudad acceso a las manifestaciones artísticas de la época. Campeche le recordaba a su natal Cartagena y el general pretendía que alcanzara el carácter cosmopolita de las grandes ciudades de la época.

El primer paso del cuñado del presidente de México, Antonio López de Santa Anna, fue reunir el dinero para la obra. Se formó una sociedad de accionistas, bajo la dirección del mismo Toro, quienes aportaron entre 500 y 1 000 pesos y en poco tiempo adquirieron el terreno donde se edificaría el inmueble. El capital inicial fue exiguo en un primer momento y hubo que abrir trece acciones más para incorporar inversionistas.

Al autor del proyecto edilicio lo encontrarían extrañamente en la cárcel de la ciudad. Por razones que se desconocen, allí se encontraba detenido el arquitecto francés Teodoro Journot, quien firmó un contrato con los accionistas por el cual se comprometió a diseñar el inmueble y dirigir su edificación a cambio de una paga de 50 pesos mensuales y una entrega final de 500 pesos cuando estuviera concluida la obra. El proyecto de Journot fue aprobado y así pudo también recuperar su libertad.

Los trabajos arrancaron en enero de 1833, pero en junio se presentaron en la ciudad los primeros brotes de cólera en el barrio de San Román que obligaron a suspender la obra. El cólera asoló la ciudad durante 28 días, lo cual provocó que algunos sacerdotes lo señalaran desde el púlpito como un castigo divino por erigir un centro de diversiones que ofendía a Dios. Fue tan fuerte la presión de la Iglesia que los socios del teatro cedieron sus derechos para que en su lugar se levantara una iglesia dedicada a la Virgen de las Angustias. Por fortuna, la epidemia cedió y el proyecto del teatro se retomó. De la idea eclesiástica quedó como constancia la mesa del altar mayor.

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

El teatro se concluyó entre los meses de julio y agosto de 1834, con un costo total de 39 000 pesos. En septiembre, los directores de la empresa enviaron un comunicado al Ayuntamiento señalando que la inauguración se llevaría a cabo el día 15, víspera del plausible día en que sonó por primera vez en la nación el dulce grito de la independencia.

Días antes, la ciudad amaneció llena de carteles anunciando las obras con que se iba a estrenar Orestes o Agamenón vengado y la jeringa. La aristocracia campechana se dispuso a comprar los palcos, en los que las señoras lucirían sus mejores vestimentas y joyas. El costo del abono por diez funciones en los palcos del primer y segundo piso sería de $10 pesos, en el tercero de $7 pesos y en luneta de 2.4 reales. El costo variaba por función: los palcos de primer y segundo piso valían dos pesos, en el tercero un peso, la luneta dos reales y la entrada general uno.

La noche de la inauguración asistió el general Toro y la aristocracia de la sociedad local para ver la obra que presentaría la compañía del español Rafael Palomera. En esos días se encontraba en la ciudad un viajero apellidado Waldeck, quien dejó sus impresiones sobre el suceso. Escribió que el teatro era uno de los más hermosos y más notables de la república mexicana, pero que había sido decorado por un pintamonas francés con mal gusto. Relata su enfrentamiento con uno de los edecanes militares que acompañaban al gobernador por haber obstruido su paso y el miedo de quienes lo escucharon: grande fue la estupefacción [...] por gastar semejante lenguaje [...] me creían atacado de locura y temblaban por mí. La obra tampoco le gustó, los actores le parecieron detestables, y prefirió marcharse.

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Pese a los buenos deseos, los accionistas no se ponían de acuerdo sobre la dirección y la operación del teatro. Muchos pidieron derogar artículos del reglamento porque afectaban sus intereses; algunos fueron retirados de la dirección, como el general Toro, quien decidió vender sus acciones y donarlas a los pobres de la ciudad, pero nadie las compró. Para 1835, los pleitos habían aumentado, al grado que se habló de enajenar el inmueble y disolver la agrupación. La solución fue nombrar a Toro como único director con facultades para resolver todos los inconvenientes del establecimiento y aceptar los resultados.

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Para saber más:

  • ALCALÁ FERREZ, CARLOS, “La ciudad de Campeche a través de viajeros extranjeros, 1834-1849″, Relaciones, http://xurl.es/1mu06
  • DE LA CABADA, JUAN, Cosas que dejé en la lejanía: memorias, México, UNAM, 2003.
  • PALACIOS-CASTRO, SERGIO C., “La huella de Francisco de Paula Toro en el puerto de Campeche”, Marco Tulio Peraza Guzmán, coord., Arquitectura y urbanismo virreinal, Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 2000.

La redención de La Güera

César Alejandro Martínez Núñez
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Los últimos días en la vida de María Ignacia Rodríguez de Velasco fueron de expiación. Quiso reparar algunos momentos de su vida afectiva que tanto le dolían, en los oídos de su nieta Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa. Algo de paz, pareció recuperar

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María Ignacia sabía que la muerte estaba cerca. Las señales no requerían aparentemente de mayor tacto: estaba enferma, cansada y lo más importante, era vieja. Después de tantos años de ocultar su verdadera edad llegó a convencerse de que tenía cuando mucho cincuenta. Pero durante su enfermedad decidió no engañarse más; hizo las cuentas correctas y para entonces, 1850, iba a cumplir 72 años. El peso de la verdad se le vino encima. De un día para otro, aquellos molestos achaques se convirtieron en insoportables tormentos; en un instante, sus arrugas, esas suaves líneas de carácter, se volvieron profundos abismos del tiempo. Sus manos reflejaban cansancio, sus labios expresaban dolor y sus ojos, aquellos ojos tan azules como el cielo claro, mostraron una vez más la profunda tristeza y el desencanto que sólo conoce un corazón roto.

Sin importar los atentos cuidados y las comedidas preocupaciones de Juan Manuel Elizalde, su tercer esposo, la Güera no lograba arrancarse de la mente a Jerónimo Villamil: el padre de todos sus hijos, su primer marido, su noble caballero y fiero capataz, en fin, su primer amor. Sin embargo, sólo podía contemplarlo a través del velo de las lágrimas y las angustias. Trataba de recordar los tiempos felices, pero una y otra vez las mutuas recriminaciones del pasado volvían a su memoria. Entonces argumentaba de nuevo sobre conflictos del ayer; se desesperaba; rabiaba por la ira y la culpa; lloraba con los puños apretados, lanzaba un grito de agonía que conmovía toda la casa y permanecía después sollozando y balbuceando disculpas por horas. Sin embargo, poco a poco, la gallarda figura de Jerónimo volvía a brillar en su mente. Doña Ignacia, con todos sus años a cuestas, se volvía a entregar como una adolescente ante la mirada de su amado, sólo para decirle una vez más que él había tenido la culpa de todo.

Nada escapaba a la implacable memoria del arrepentimiento y la agonía. La Güera decidió descargar su alma ante la única persona de cuyo perdón estaba segura, Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa de la Ciudad de México.

C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico... 1829-1834, MAi??xico, 1840

C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico… 1829-1834, México, 1840

Guadalupe era hija de María Antonia, la segunda de las tres gracias, como se conoció hacía mucho tiempo a las hijas de María Ignacia. Como todas las mañanas desde que su abuela había enfermado, la muchacha se presentó en la habitación para despertarla y darle el desayuno. La Güera se hallaba lista desde la madrugada: cada segundo era vital para la salvación de su alma.

María Ignacia pidió pronto su desayuno; sabía que de otro modo jamás tendría la atención necesaria. Al dar el primer bocado, comenzó. Con tono melancólico preguntó qué era lo que Lupita sabóa sobre su abuelo Jerónimo. La muchacha contestó que no recordaba prácticamente nada de lo que su madre le había contado, salvo que fue un hombre terrible. La Güera asintió con tono triste, pero recordó a su nieta que María Antonia tampoco había conocido bien a su padre pues éste había muerto cuando era muy niña.

Luego pidió a su nieta que escuchara con atención todo lo que estaba a punto de revelarle pues de ello dependía la salvación de su alma. Guadalupe quiso detenerla argumentando que si quería confesarse sería mejor llamar a un sacerdote, pero doña Ignacia la interrumpió diciendo que ya habría tiempo para eso, era necesario poner primero en orden su conciencia para cuando se hiciesen necesarios los oficios, sentía que sus fuerzas se acababan y cada momento resultaba vital.

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Para saber más

  • VALLE-ARIZPE, ARTEMIO DE, La Güera Rodríguez, México, Lectorum, 2006.
  • ARRIOJA VIZCAÍNO, ADOLFO, El águila en la alcoba, México, Grijalbo, 2005.
  • ISRAEL, JONATHAN I., Razas, clases sociales y vida política en el México Colonial, 1610-1670, México, Fondo de Cultura Económica, 2005.
  • GALÓ BOADELLA, MONTSERRAT, Historias del bello sexo: La introducción del romanticismo en México, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2002.

“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “¿qué vas a hacer con la niña?, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

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Un día en los oficios de la calle

Revista BiCentenario # 18

David Israel Pérez Aznar / Curador del Museo de Arte Popular

La identidad de un país tiene que ver con sus olores, sus sabores, sus sonidos, su cultura y su gente. En las particularidades de una urbe como México destacan los sonidos de aviones cruzando el cielo, el claxon de impacientes automovilistas, el rugido de las motocicletas, el silbato de los agentes de tránsito, y el pregón de quienes aún encuentran espacio para el desempeño de sus oficios: el vendedor de camotes que acompaña el anuncio de su mercancía con el silbido de su carrito; el de tamales, que ya no usa su propia voz, sino una grabación que puede amplificar el llamado a los clientes en decibeles que las cuerdas vocales no podrían alcanzar; el de pan, cuya canasta (raras veces sobre su cabeza), descansa ahora en un triciclo con mayor estabilidad que la bicicleta; el afilador de cuchillos y tijeras que emite un peculiar sonido; el voceador que en cada esquina ofrece sus periódicos, o el vendedor de helados que recorre las calles con sus tintineantes campanillas. Aunque son varios los oficios que aún forman parte del paisaje citadino, lo cierto es que muchos ya se fueron para siempre.

Sereno

                                          Sereno, s. XIX

En México los oficios tal y como hoy los conocemos provienen de la época virreinal, cuando gran parte de la vida laboral se segmenta y aparecen los gremios o las cofradías de oficios, modelos importados del sistema laboral europeo. Fueron organizaciones de profesionales que hacia el exterior velaban por el buenhacer de los cofrades, combatían a quienes no sabían ejercer el oficio y estaban alertas a los precios de venta del producto que manufacturaban. Hacia su interior eran jerárquicos y algunas llegaron a ser muy poderosas, como la de los plateros.

El tiempo de aprendizaje de un oficio, para llegar a conseguir la licencia de oficial, dependía de lo complejo de la especialidad y la aptitud del aspirante. Aunque es cierto que los maestros contaban siempre con transmitir su conocimiento a sus hijos o allegados, dando de esta forma origen a las tradicionales sagas familiares, esta actitud, lejos de ser romántica, tuvo como fin primordial evitar la competencia.

Los oficios surgieron junto con los seres humanos, para cubrir sus necesidades, y nuestra evolución como sociedad ha sido responsable de su auge o desaparición. Quien ejerce un oficio ha de ser dúctil porque su trabajo se rige por las estrictas leyes de la oferta y la demanda impuestas por el consumidor; si no está dispuesto a cambiar quizá se acabe silenciosamente y por eso no ha de extrañarnos que, por más que los recordemos con nostalgia, algunos hayan desaparecido. Dos claros ejemplos son los aguadores y los serenos. Los primeros abastecían de agua a las casas, acarreándola desde las fuentes más cercanas; su extinción fue un hecho en el instante mismo en que se planeó y ejecutó una red de bombeo de agua corriente desde Xochimilco a la ciudad de México en 1913. Los segundos eran trabajadores al servicio del Ayuntamiento de la capital, que durante las noches vigilaban determinadas calles dentro de una colonia y por eso debían mantenerse serenos (despiertos); algunos llegaban incluso a tener las llaves de los pórticos de las casas.

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PARA SABER MÁS:

  • ¿Y si no puede? Se lo invento. Un día en los oficios de la calle, en Madame Calderón de la Barca, La vida en México: durante una residencia de dos años en ese país, México, Rey Lear, 2007.
  • Luis González Obregón, Las calles de México, México, Botas & Alonso, 2005.
  • Salvador Novo, Nueva Grandeza Mexicana, México, Conaculta, 1999.
  • Armando Ramírez, Fantasmas, México, Océano, 2011.
  • Artemio del Valle Arizpe, El canillitas, México, Conaculta, 2007.

Una mirada a la Plaza Mayor de México en el siglo XVIII

Blanca Azalia Rosas B.
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

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Es posible que no exista mejor manera de saber cómo era la vida cotidiana en la ciudad de México en el periodo colonial que acercándose a La Plaza Mayor de México en el siglo XVIII, pintura anónima al A?leo sobre tela, de gran formato (2.66 x 2.12 m.), que se encuentra resguardada por el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec.

Esta obra singular se ha fechado en 1768, debido a que la escena representada es similar a la descripción de la salida en público del virrey Marqués de Croix, relatada en la crónica de Manuel de San Vicente, Exacta descripción de la Magnófica Corte Mexicana, Cabeza del Nuevo Americano Mundo, Significada por sus essenciales partes, para el bastante conocimiento de su Grandeza. A pesar de que estudios posteriores ubican la elaboración de la pintura en la primera mitad del siglo XVIII, con base en detalles como los de la indumentaria de los personajes representados, Lo más probable es que haya sido elaborada entre 1757 y 1768, entre los gobiernos de los virreyes marqueses De las Amarillas (1755-1760) y De Croix (1766- 1771), debido a la presencia de elementos como a acequia, techada entre 1753 y 1754, y los cajones de San José, construidos en 1757. También destaca la columna de Fernando VI, obsequiada a la ciudad de México por el mismo rey en 1747, que por su ubicación protagónica en el centro de la composición, al margen de la población y con el resguardo de la milicia, sugieren que el A?leo pudo estar dedicado a ese monarca, aunque fuera en los años inmediatos a su muerte en 1759.

Podemos identificar el tema de la pintura como una vista urbana con escenas costumbristas. Se trata de la Plaza Mayor de la ciudad de México, observada de oriente a poniente. Debió pintarse desde el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional, pues en la parte inferior, a manera de marco, se distingue el almenado de este edificio.

Hay que recordar la importancia de las plazas mayores. Eran, dentro de las ciudades, el espacio público por excelencia, el sitio donde se llevaban a cabo las actividades cotidianas. Fueron por ello un elemento indispensable tanto en las ciudades americanas como en las europeas y se inspiraban en el urbanismo clásico. En el siglo XVIII la Plaza Mayor de la ciudad de México no sólo fue un centro de actividades comerciales, fiestas religiosas y civiles, impartición pública de justicia, sino también fue el lugar donde se reunía la sociedad novohispana para ponerse al tanto de los acontecimientos más recientes, de poca o mucha relevancia, las modas y las ideas en boga.

El ángulo imaginario en que se acomoda la escena representada nos permite una mayor visibilidad sobre toda la plaza, es decir, la perspectiva errónea y la falta de una escala adecuada en los edificios nos deja apreciar con mayor detalle un espacio más amplio de la Plaza Mayor. No quiere decir que el pintor de la obra careciera de conocimientos compositivos, ni que su estilo pictórico fuera ingenuo, sino que pudo valerse de un recurso visual para alcanzar una mirada más completa sin el estorbo de los edificios circundantes.

Una lectura de la imagen, contraria al correr de las manecillas del reloj, parece iniciarse con el traslado del virrey y su comitiva del Palacio a la Catedral. En la composición, el recorrido parece prolongarse para rodear la Plaza Mayor, pasando primero entre el Portal de Mercaderes y el Parián, representantes de los comerciantes más ricos del reino y lugar de abasto de las clases más acomodadas y las provincias del interior. En seguida, al costado izquierdo de la pintura, la calle de la Acequia pasa frente a las casas de Cabildo, donde ejercían sus funciones los miembros del ayuntamiento de la ciudad, importante grupo de poder local, a la par del virrey, las audiencias y la Iglesia.

Por último, como resultado de la barrera de los numerosos espectadores del evento oficial, el camino, así como la base del aparato social jerárquico, desemboca en los puestos y las mesillas que componen el Mercado de Bastimentos y el Baratillo chico, sitios de reunión y abasto del grueso de la población de escasos recursos. Este último aspecto queda unido y sometido al poder del rey en la Columna de Fernando VI, al centro de la composición, la cual resulta indispensable para la ceremonia de afianzamiento de poder que preside el virrey.

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Una boda por conveniencia

Maddelyne Uribe
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Carmen Romero a los 17 aAi??os

Una noche del ya lejano año de 1878, en el número 5 de la calle de San AndrAés (hoy Tacuba) en la Ciudad de México, Carmen Romero Castelló despertaba de una horrible pesadilla en la que, como escribió a su padrino unos días después, vestida de novia y ya en camino para el templo, aparecía una nube que deshaciéndose en tempestad dejaba escapar un rayo que fulminaba a Pepe, quien iba sonriéndose con inefable ternura.

Aún perturbada por el sueño, avanzó hasta el tocador de su habitación para contemplar con la mirada fija su reflejo. A los catorce años, Carmen era una sonriente jovencita de maneras distinguidas cuya espontaneidad y ameno trato (decía el poeta) eran capaces de encantar de un modo casi inconsciente a todos cuantos la rodeaban. Sin presentar en su conjunto una fisonomía hermosa, no dejaba por ello de ser agradable: era delgada y de proporciones armoniosas, la cara ligeramente redonda enmarcada por una rizada cabellera azabache; pequeños ojos negros muy expresivos, frente y mentón amplios, nariz aguileña y labios delgados.

Un dejo de añoranza se dibujó en su rostro al intentar recordar aquellos efímeros tiempos mejores en que las comidas familiares transcurrían en absoluta paz, ajenas a las penurias económicas; los cumpleaños al lado de sus hermanas María Luisa y Sofía eran motivo de verdadero regocijo cuando su padre, Manuel Romero Rubio, ejercía como secretario de Relaciones Exteriores del gabinete presidencial de Sebastián Lerdo de Tejada, a quien ella llamaba “querido papá Lerdo” por ser su padrino de bautismo.

Tras concluir con estas cavilaciones e intentando vencer en lo posible su preocupación, Carmen decidió volver a la cama. Las primeras luces del amanecer comenzaban a surgir.

El retrato esbozado parece testimoniar la sensibilidad de su carácter, pero, al mismo tiempo revela el desconocimiento de lo que, en términos de estrategia política, transformaría su tranquila existencia en un cálculo de ventajas e intereses que, con astucia, su padre se dio a la tarea de asegurar. En el invierno del año siguiente, todos los miembros de la familia Romero Castelló estaban nuevamente reunidos, tras el difícil exilio de don Manuel en Nueva York, causado por la rebelión de Tuxtepec que, bajo el liderazgo de Porfirio Díaz, había logrado capitalizar desde 1876 una amplia oposición política y popular contra Lerdo y sus partidarios obligándolos a salir del país el 25 de diciembre del mismo año a bordo del vapor El Colima.

Como sería congruente pensar, la felicidad de recibir al padre ausente debió contrastar con los sentimientos adversos que la joven había desarrollado hacia aquel jacobino causante de todas sus penas. Cabría entonces preguntarnos lo siguiente, ¿cómo puede explicarse que en el transcurso de 1880 a 1881 su relación con el general Porfirio Díaz se estrechara con tanta rapidez? La figura que se impone desde un principio es, naturalmente, la de Carmen Romero Castelló, pues sobre ella gira, el episodio que a continuación narramos.

La mañana del 26 de octubre de 1881, Carmen, aún sin haberse peinado, se reunió en el despacho de su padre, don Manuel, con él y con su madre, doña Agustina Castelló. No podía evitar recordar una y otra vez aquellas palabras que la noche anterior la habían mantenido en vela:

Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo. Comprendo que sin una imperdonable presunción no puedo esperar que el ánimo de usted pase otro tanto y por eso no se lo pregunto; pero creo que en un corazón bueno, virgen y presidido de una clara inteligencia como la de usted puede germinar ese generoso sentimiento, siempre que sea un caballero el que lo cultive y sepa amar tan leal, sincera y absolutamente como usted merece y yo lo hago ya casi de un modo inconsciente. [...] si usted me dice que debo prescindir no necesita usted decirme por qué, yo siempre juzgar poderosas su razones e hijas de una prudente meditación.

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La identidad nacional en las novelitas mexicanas de la primera mitad del siglo XIX

Guadalupe Gómez-Aguado
Centro de Enseñanza para Extranjeros, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

 

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¿mo eran los mexicanos después de la Independencia? ¿Cómo se describían a sí mismos? Hoy en día es común escuchar que los mexicanos somos alegres, cariñosos, informales, flojos, toda una serie de estereotipos que pretenden describir la identidad nacional. Ésta, sin embargo, es una construcción cultural cambiante con el paso del tiempo y que se entreteje con ideas y creencias que pretenden describirla de forma definitiva. Vale la pena preguntarnos cómo fueron los primeros intentos de construir nuestra identidad nacional.

Nuestros primeros escritores, jóvenes todos, escribieron una serie de relatos breves, a los que se llamó “novelitas” hacia la tercera década del siglo XIX, donde quisieron lograr una definición de lo mexicano. Estaban llenos de ideas sobre las oportunidades que brindaba la separación de España, creían vivir en un país lleno de riquezas, de recursos naturales ilimitados y en el que sus pobladores se sentían orgullosamente americanos, en contraste con quienes procedían de la vieja Europa, en la que faltaba la libertad. México, sin embargo, sufría de enormes desigualdades no sólo políticas sino sociales y culturales as+i como de una gran desunión, producto de las fuertes diferencias entre las clases y del hecho que en su gran territorio sólo vivieran ocho millones de habitantes.

¿Qué era entonces lo que distinguía al país de la Madre Patria? Los nuevos autores se preguntaban a qué apelar para distinguirse de quien durante 300 años oprimió, a sus ojos, a la Nueva España. Para muchos, el esplendoroso pasado indígena fue el signo propio de los mexicanos. Textos históricos y literarios buscaron en lo prehispánico lo que hacía única a la nación mexicana. Y ese pasado debía ser espléndido y uniforme, aun cuando quienes lo vivieron no formaron una unidad política. El mito de la nación indígena anterior al dominio hispano se nutrió de la fe en una posible restauración de un imaginario imperio mexicano y propagó el rechazo a lo que tuviera que ver con lo español. La guerra de Independencia fue vista como el movimiento que quiso vengar las injusticias de la conquista, es decir, como el rescate de la libertad perdida tres siglos antes.

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De cómo la gente se agolpaba para comprar carne a principios del siglo XIX

Enriqueta Quiroz / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No. 5, p. 6

Ambulante carne B-5Hoy en día, cuando la carne tiene un precio tan alto que resulta inaccesible para las grandes mayorías, apenas se puede creer que en el siglo XVIII y hasta los primeros meses de la insurgencia, fuera uno de los productos de mayor consumo y menor precio para los habitantes de la ciudad de México. La documentación de la época nos permite constatar los enormes volúmenes de carne (medidos en cabezas de animales) que entraban en ella así como su venta abundante en las carnicerías. Ratifican esta apreciación las raciones que se repartían a soldados, presidiarios, escuelas y hospitales y la presencia continua de la carne en los recetarios criollos y conventuales.

Tampoco es fácil de aceptar que los capitalinos acostumbraban a degustar, cada día, gran variedad de carnes, en porciones de hasta medio kilogramo entre los más acomodados, y que también fueran consumidas por el común de la población con menores recursos. En verdad, la carne era muy barata. Esto se comprende mejor si consideramos que, con un jornal de tres reales (lo que ganaba un peón de la construcción en la ciudad de México), alcanzaba para adquirir un máximo de 13 Kg. y un mínimo de 2.700 Kg. y, además, que el precio de la carne igualara al del maíz y el trigo; así, por ejemplo, en el año de 1791, con un real bastaba para comprar 4.600 Kg. de maíz (unas 164 tortillas) o poco más de un Kg. de pan o más de 2 Kg. de carne. Es claro que algunas eran más caras que otras, siendo la más onerosa la de carnero y la de res la más económica.

Si acudimos a los criterios de compra y venta que empleamos en nuestros días, podríamos pensar que los precios dados en las carnicerías de la capital de la Nueva España en el siglo XVIII apuntaban a las compras al mayoreo, en especial porque las cantidades mínimas que se vendían resultaban en extremo generosas. Los precios (variables a lo largo de la centuria) iban de un máximo de 152 onzas por real (cerca de 4.400 Kg. por una moneda de un real) a un mínimo de 32 onzas (918 gramos) por real. Y la diferencia de rango llegaba a ser mayor pues a algunos colegios y hospitales se les hacían rebajas de un real por arroba (11.5 Kg.), lo cual reducía el costo muchísimo más.

Plano de las carnicerías de la ciudad de México (1797)
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Una evocación de la Ciudad de México. Luis Ortiz Macedo, arquitecto

Graciela de Garay – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

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Parece increíble que un capitalino recuerde una Ciudad de México que para las jóvenes generaciones, nacidas a finales de los ochenta del siglo pasado, se antoje una tierra incógnita, producto de la fantasía nostálgica de alguien ajeno a la complejidad urbana, típica de las ciudades latinoamericanas contemporáneas.

En efecto, el recuerdo del arquitecto Luis Ortiz Macedo nos traslada a un pasado, cuando la Ciudad de México se movía a ritmos lentos y la urbanización acelerada aún no mostraba los estragos de la explosión demográfica y la especulación del uso del suelo.

En un relato breve y ameno, Ortiz Macedo, restaurador de monumentos, cuenta la historia de la Ciudad de México a lo largo del siglo XX. En esta evocación, el estudioso de la capital habla de la composición urbana, sus límites y expansión. Además, el arquitecto describe cómo vivió, entre los años treinta y sesenta, una ciudad pequeña, poco poblada, con escasos recursos e infraestructura anticuada, pero llena de vida gracias a la interacción de las diversas clases sociales que convivían cotidianamente.

La realidad es que el censo de 1921, elaborado por el Departamento de Estadística Nacional, registró en el Distrito Federal una población de 906 063 habitantes de los cuales 615 367 (67.9 por ciento) se asentaba en la Ciudad de México, y el resto se distribuía en las 12 municipalidades foráneas. Según el censo, las municipalidades eran las siguientes: Azcapotzalco, Coyoacán, Cuajimalpa, Guadalupe Hidalgo, Iztapalapa, Milpa Alta, Mixcoac, San Ángel, Tacuba, Tacubaya, Tlalpan y Xochimilco. Los datos arrojados por el recuento estadístico mostraban una Ciudad de México eminentemente rural. Sin embargo, los asentamientos conocidos como colonias, entre los que se distinguían la Guerrero, la Hidalgo, la de los Arquitectos y Santa María la Ribera, iniciadas desde mediados del siglo XIX, ya se habían consolidado y surgían otras nuevas.

En efecto, a principios del siglo XX, cuando Porfirio Díaz gobernaba México, las élites del Distrito Federal comenzaron a migrar del A?rea central a las zonas sur y poniente de la ciudad. Pronto, pueblos como Mixcoac o San Ángel se fueron convirtiendo en sitios de recreo o descanso para las élites urbanas. La tendencia de las clases acomodadas a trasladar su residencia del centro al sur y poniente de la ciudad se reforzó a lo largo del siglo XX. Fue así como se crearon las colonias Roma, Condesa, Polanco, Lomas de Chapultepec, Satélite y Santa Fe. Dentro de este proceso, el oriente de la ciudad se fue convirtiendo en la zona de las colonias populares como serían: Ciudad Nezahualcóyotl, Pantitlán, Chalco, Colonia Moctezuma. Naturalmente, los nuevos asentamientos introdujeron una compleja dinámica urbana que se manifestó a través de diversos problemas relacionados con la demanda urgente de servicios, comunicaciones y control administrativo.

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El día de Reyes en México

 
Silvia Róbago Cordero
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
Revista BiCentenario #7
 

Los Reyes Magos visitan al niAi??o JesA?sNacimiento mexicano

EN EL SIGLO XIX

Cuenta Guillermo Prieto en sus cuadros de Costumbres que la víspera del Día de Reyes no había casa en la que los niños no actuaran como niños obedientes, pidiesen permiso para todo y fueran amables con las visitas, haciendo así méritos para recibir los juguetes que antes pidieron a los Reyes Magos y no la tarjeta negra que solían dejar a quienes se comportaron mal, mientras a escondidas los padres discutían respecto al obsequio que cada hijo iba a recibir. Añadía que, a la mañana siguiente, tan pronto despertaban, los niños corrían para encontrar sus regalos: espadas de hoja de lata, sonajas, figuritas de madera con cabeza de garbanzo y tambores, dulces, entre otras cosas.

Los Reyes Magos visitan al niño Jesús

La celebración de la Epifanía (que significa manifestación) de Jesucristo, más conocida como “Día de Reyes”, ocupa en el calendario cristiano un lugar privilegiado: el acontecimiento simboliza la revelación de la llegada del Mesías a los pueblos no judíos de la tierra, representados por los magos o sabios del Oriente, quienes habían ido a adorarle guiados por una señal, la estrella de Belén. Esos magos carecieron en un principio de nombre, y aun de número, por lo que las tradiciones paleocristianas les asignaron diversos apelativos y dejaron sin definir cuántos acudieron al pesebre en que yacía el niño Jesús. No fue sino hasta la aparición de la Leyenda dorada, escrita por Santiago de la Vorágine en el siglo XIII, que los magos se convirtieron en reyes y tomaron los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar; el autor no hacía sino aludir a motivos del arte bizantino presente en la península itálica, en los que aproximadamente desde el siglo VI los magos ya tenían varias de las características que hoy los distinguen, como son los regalos que llevaban: mirra, oro e incienso y los animales en los que viajaron: un caballo, un camello y un elefante.

Rey Mago

Figuras de los Reyes Magos, colección particular

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