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Glorias y penurias del Teatro Toro de Campeche

JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Construido hace mA?s de 180 aAi??os, pretendAi??a tener un lugar en la escena nacional. La aristocracia local lo usA? para sus fiestas, pero tambiAi??n tuvo a la compaAi??Ai??a de Placido Domingo en su escenario. AcabA? como cine hasta que hace algunos aAi??os fue restauradoAi??

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Hacia 1832, el gobernador de YucatA?n, avecindado en el puerto de Campeche, Francisco de Paula Toro, querAi??a construir un teatro que pudiera darle a los habitantes de la ciudad acceso a las manifestaciones artAi??sticas de la Ai??poca. Campeche le recordaba a su natal Cartagena y el general pretendAi??a que alcanzara el carA?cter cosmopolita de las grandes ciudades de la Ai??poca.

El primer paso del cuAi??ado del presidente de MAi??xico, Antonio LA?pez de Santa Anna, fue reunir el dinero para la obra. Se formA? una sociedad de accionistas, bajo la direcciA?n del mismo Toro, quienes aportaron entre 500 y 1 000 pesos y en poco tiempo adquirieron el terreno donde se edificarAi??a el inmueble. El capital inicial fue exiguo en un primer momento y hubo que abrir trece acciones mA?s para incorporar inversionistas.

Al autor del proyecto edilicio lo encontrarAi??an extraAi??amente en la cA?rcel de la ciudad. Por razones que se desconocen, allAi?? se encontraba detenido el arquitecto francAi??s Teodoro Journot, quien firmA? un contrato con los accionistas por el cual se comprometiA? a diseAi??ar el inmueble y dirigir su edificaciA?n a cambio de una paga de 50 pesos mensuales y una entrega final de 500 pesos cuando estuviera concluida la obra. El proyecto de Journot fue aprobado y asAi?? pudo tambiAi??n recuperar su libertad.

Los trabajos arrancaron en enero de 1833, pero en junio se presentaron en la ciudad los primeros brotes de cA?lera en el barrio de San RomA?n que obligaron a suspender la obra. El cA?lera asolA? la ciudad durante 28 dAi??as, lo cual provocA? que algunos sacerdotes lo seAi??alaran desde el pA?lpito como un castigo divino por erigir un centro de diversiones que ofendAi??a a Dios. Fue tan fuerte la presiA?n de la Iglesia que los socios del teatro cedieron sus derechos para que en su lugar se levantara una iglesia dedicada a la Virgen de las Angustias. Por fortuna, la epidemia cediA? y el proyecto del teatro se retomA?. De la idea eclesiA?stica quedA? como constancia la mesa del altar mayor.

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

El teatro se concluyA? entre los meses de julio y agosto de 1834, con un costo total de 39 000 pesos. En septiembre, los directores de la empresa enviaron un comunicado al Ayuntamiento seAi??alando que la inauguraciA?n se llevarAi??a a cabo el dAi??a 15, vAi??spera del plausible dAi??a en que sonA? por primera vez en la naciA?n el dulce grito de la independencia.

DAi??as antes, la ciudad amaneciA? llena de carteles anunciando las obras con que se iba a estrenar Orestes o AgamenA?n vengado y la jeringa. La aristocracia campechana se dispuso a comprar los palcos, en los que las seAi??oras lucirAi??an sus mejores vestimentas y joyas. El costo del abono por diez funciones en los palcos del primer y segundo piso serAi??a de $10 pesos, en el tercero de $7 pesos y en luneta de 2.4 reales. El costo variaba por funciA?n: los palcos de primer y segundo piso valAi??an dos pesos, en el tercero un peso, la luneta dos reales y la entrada general uno.

La noche de la inauguraciA?n asistiA? el general Toro y la aristocracia de la sociedad local para ver la obra que presentarAi??a la compaAi??Ai??a del espaAi??ol Rafael Palomera. En esos dAi??as se encontraba en la ciudad un viajero apellidado Waldeck, quien dejA? sus impresiones sobre el suceso. EscribiA? que el teatro era uno de los mA?s hermosos y mA?s notables de la repA?blica mexicana, pero que habAi??a sido decorado por un pintamonas francAi??s con mal gusto. Relata su enfrentamiento con uno de los edecanes militares que acompaAi??aban al gobernador por haber obstruido su paso y el miedo de quienes lo escucharon: grande fue la estupefacciA?n [ai??i??] por gastar semejante lenguaje [ai??i??] me creAi??an atacado de locura y temblaban por mAi??. La obra tampoco le gustA?, los actores le parecieron detestables, y prefiriA? marcharse.

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Pese a los buenos deseos, los accionistas no se ponAi??an de acuerdo sobre la direcciA?n y la operaciA?n del teatro. Muchos pidieron derogar artAi??culos del reglamento porque afectaban sus intereses; algunos fueron retirados de la direcciA?n, como el general Toro, quien decidiA? vender sus acciones y donarlas a los pobres de la ciudad, pero nadie las comprA?. Para 1835, los pleitos habAi??an aumentado, al grado que se hablA? de enajenar el inmueble y disolver la agrupaciA?n. La soluciA?n fue nombrar a Toro como A?nico director con facultades para resolver todos los inconvenientes del establecimiento y aceptar los resultados.

Para saber mA?s

ALCALA? FERRA?EZ, CARLOS, ai???La ciudad de Campeche a travAi??s de viajeros extranjeros, 1834-1849ai???, Relaciones, http://xurl.es/1mu06

DE LA CABADA, JUAN, Cosas que dejAi?? en la lejanAi??a: memoriasai??i??, MAi??xico, UNAM, 2003.

PALACIOS-CASTRO, SERGIO C., ai???La huella de Francisco de Paula Toro en el puerto de Campecheai???, Marco Tulio Peraza GuzmA?n, coord., Arquitectura y urbanismo virreinal, MAi??rida, Universidad AutA?noma de YucatA?n, 2000.

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La redención de La Güera

CAi??sar Alejandro MartAi??nez NA?Ai??ez
Facultad de FilosofAi??a y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Los A?ltimos dAi??as en la vida de MarAi??a Ignacia RodrAi??guez de Velasco fueron de expiaciA?n. Quiso reparar algunos momentos de su vida afectiva que tanto le dolAi??an, en los oAi??dos de su nieta Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa. Algo de paz, pareciA? recuperar

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MarAi??a Ignacia sabAi??a que la muerte estaba cerca. Las seAi??ales no requerAi??an aparentemente de mayor tacto: estaba enferma, cansada y lo mA?s importante, era vieja. DespuAi??s de tantos aAi??os de ocultar su verdadera edad llegA? a convencerse de que tenAi??a cuando mucho cincuenta. Pero durante su enfermedad decidiA? no engaAi??arse mA?s; hizo las cuentas correctas y para entonces, 1850, iba a cumplir 72 aAi??os. El peso de la verdad se le vino encima. De un dAi??a para otro, aquellos molestos achaques se convirtieron en insoportables tormentos; en un instante, sus arrugas, esas suaves lAi??neas de carA?cter, se volvieron profundos abismos del tiempo. Sus manos reflejaban cansancio, sus labios expresaban dolor y sus ojos, aquellos ojos tan azules como el cielo claro, mostraron una vez mA?s la profunda tristeza y el desencanto que sA?lo conoce un corazA?n roto.

Sin importar los atentos cuidados y las comedidas preocupaciones de Juan Manuel Elizalde, su tercer esposo, la GA?era no lograba arrancarse de la mente a JerA?nimo Villamil: el padre de todos sus hijos, su primer marido, su noble caballero y fiero capataz, en fin, su primer amor. Sin embargo, sA?lo podAi??a contemplarlo a travAi??s del velo de las lA?grimas y las angustias. Trataba de recordar los tiempos felices, pero una y otra vez las mutuas recriminaciones del pasado volvAi??an a su memoria. Entonces argumentaba de nuevo sobre conflictos del ayer; se desesperaba; rabiaba por la ira y la culpa; lloraba con los puAi??os apretados, lanzaba un grito de agonAi??a que conmovAi??a toda la casa y permanecAi??a despuAi??s sollozando y balbuceando disculpas por horas. Sin embargo, poco a poco, la gallarda figura de JerA?nimo volvAi??a a brillar en su mente. DoAi??a Ignacia, con todos sus aAi??os a cuestas, se volvAi??a a entregar como una adolecente ante la mirada de su amado, sA?lo para decirle una vez mA?s que Ai??l habAi??a tenido la culpa de todo.

Nada escapaba a la implacable memoria del arrepentimiento y la agonAi??a.Ai?? La GA?era decidiA? descargar su alma ante la A?nica persona de cuyo perdA?n estaba segura, Guadalupe, monja del convento de Santa Teresa de la Ciudad de MAi??xico.

C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico... 1829-1834, MAi??xico, 1840

C. Nebel, Vista de los volcanes desde Tacubaja, Viaje pintoresco y arqueolA?gico… 1829-1834, MAi??xico, 1840

Guadalupe era hija de MarAi??a Antonia, la segunda de las tres gracias, como se conociA? hacAi??a mucho tiempo a las hijas de MarAi??a Ignacia. Como todas las maAi??anas desde que su abuela habAi??a enfermado, la muchacha se presentA? en la habitaciA?n para despertarla y darle el desayuno. La GA?era se hallaba lista desde la madrugada: cada segundo era vital para la salvaciA?n de su alma.

MarAi??a Ignacia pidiA? pronto su desayuno; sabAi??a que de otro modo jamA?s tendrAi??a la atenciA?n necesaria. Al dar el primer bocado, comenzA?. Con tono melancA?lico preguntA? quAi?? era lo que Lupita sabAi??a sobre su abuelo JerA?nimo. La muchacha contestA? que no recordaba prA?cticamente nada de lo que su madre le habAi??a contado, salvo que fue un hombre terrible. La GA?era asintiA? con tono triste, pero recordA? a su nieta que MarAi??a Antonia tampoco habAi??a conocido bien a su padre pues Ai??ste habAi??a muerto cuando era muy niAi??a.

Luego pidiA? a su nieta que escuchara con atenciA?n todo lo que estaba a punto de revelarle pues de ello dependAi??a la salvaciA?n de su alma. Guadalupe quiso detenerla argumentando que si querAi??a confesarse serAi??a mejor llamar a un sacerdote, pero doAi??a Ignacia la interrumpiA? diciendo que ya habrAi??a tiempo para eso, era necesario poner primero en orden su conciencia para cuando se hiciesen necesarios los oficios, sentAi??a que sus fuerzas se acababan y cada momento resultaba vital.

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Para saber mA?s

VALLE-ARIZPE, ARTEMIO DE, La GA?era RodrAi??guez, MAi??xico, Lectorum, 2006.

ARRIOJA VIZCAA?NO, ADOLFO, El A?guila en la alcoba, MAi??xico, Grijalbo, 2005.

ISRAEL, JONATHAN I., Razas, clases sociales y vida polAi??tica en el MAi??xico Colonial, 1610-1670, MAi??xico, Fondo de Cultura EconA?mica, 2005.

GALA? BOADELLA, MONTSERRAT, Historias del bello sexo: La introducciA?n del romanticismo en MAi??xico, MAi??xico, UNAM, Instituto de Investigaciones EstAi??ticas, 2002.

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“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 12.

Las reminiscencias de la seAi??ora Guadalupe MartAi??nez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los aAi??os veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuaciA?n. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de A?rboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvAi??as elAi??ctricos y en el que se detenAi??an los trenes que iban a los pueblos mA?s alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonA?nica que fuera hogar del prA?cer liberal ValentAi??n GA?mez FarAi??as, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato estA? salpicado de anAi??cdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros aAi??os y evocar nAi??tidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a tra- vAi??s de los prismas de la niAi??ez.

AsAi??, doAi??a Guadalupe MartAi??nez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivAi??a muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don ValentAi??n GA?mez FarAi??as porque la iglesia impidiA? su inhumaciA?n en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite vi- sualizar un rincA?n de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aA?n campirano y en el que se refleja la problemA?tica polAi??tica encarnada en la persecuciA?n religiosa que viviA? la ciudad en los aAi??os posrrevolucionarios. Encuentran tambiAi??n un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, asAi?? como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

NacAi?? el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan MartAi??nez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquAi??l entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papA? tuvo un accidente, al poco tiempo muriA?, mi mamA? quedA? viuda y en Mixcoac vivAi??an mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tAi??os y mi abuelita ya no quisieron que mi mamA? regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: ai???no, tA? ya no te vasai???, porque yo tenAi??a un aAi??o de nacida. Dijo: ai???quAi?? vas a hacer con la niAi??aai???, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tAi??os rentA? una casa de ahAi??, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el nA?mero 72 de la calle que se llamaba en esa Ai??poca avenida CuauhtAi??moc, ahora se llama Rubens, entonces, rentA? esa casa muy grande que tenAi??a huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. AhAi?? vivimos muy bien, se casA? otra de mis tAi??as, se casA? uno de mis tAi??os, entonces ya quedamos nosotros ahAi?? con mi abuelita. Vivimos hasta que tenAi??a yo once aAi??os de edad. De ahAi?? nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es tambiAi??n paralela a Rubens. Casi vivAi??amos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que mA?sAi??me acuerdo es de cuando vivAi?? en Rubens porque, A?cA?mo le dirAi???, entre mA?s chica es una, como que recuerda con mA?s claridad que cuando ya es una mA?s grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenAi??a siete ventanas. El zaguA?n y siete ventanas, entonces, adentro, tenAi??amos un jardAi??n. Primero… ya ve cA?mo eran los corredores para las puertas de las recA?maras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardAi??n. AtrA?s del jardAi??n estaba la huerta, una huerta enorme, tenAi??amos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, tenAi??amos A?rboles frutales. DespuAi??s, mi tAi??o comoAi??hobbieAi??puso su estadAi??a, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. HabAi??a en la zona varios establos. HabAi??a uno muy grande hacia adelante, para avenida RevoluciA?n.

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Un dAi??a en los oficios de la calle

Revista BiCentenario # 18

David Israel PAi??rez AznarAi?? /Ai?? Curador del Museo de Arte Popular

La identidad de un paAi??s tiene que ver con sus olores, sus sabores, sus sonidos, su cultura y su gente. En las particularidades de una urbe como MAi??xico destacan los sonidos de aviones cruzando el cielo, el claxon de impacientes automovilistas, el rugido de las motocicletas, el silbato de los agentes de trA?nsito, y el pregA?n de quienes aA?n encuentran espacio para el desempeAi??o de sus oficios: el vendedor de camotes que acompaAi??a el anuncio de su mercancAi??a con el silbido de su carrito; el de tamales, que ya no usa su propia voz, sino una grabaciA?n que puede amplificar el llamado a los clientes en decibeles que las cuerdas vocales no podrAi??an alcanzar; el de pan, cuya canasta ai??i??raras veces sobre su cabezaai??i??, descansa ahora en un triciclo con mayor estabilidad que la bicicleta; el afilador de cuchillos y tijeras que emite un peculiar sonido; el voceador que en cada esquina ofrece sus periA?dicos, o el vendedor de helados que recorre las calles con sus tintineantes campanillas. Aunque son varios los oficios que aA?n forman parte del paisaje citadino, lo cierto es que muchos ya se fueron para siempre.

Sereno

Sereno, s. XIX

En MAi??xico los oficios tal y como hoy los conocemos provienen de la Ai??poca virreinal, cuando gran parte de la vida laboral se segmenta y aparecen los gremios o las cofradAi??as de oficios, modelos importados del sistema laboral europeo. Fueron organizaciones de profesionales que hacia el exterior velaban por el buenhacer de los cofrades, combatAi??an a quienes no sabAi??an ejercer el oficio y estaban alertas a los precios de venta del producto que manufacturaban. Hacia su interior eran jerA?rquicos y algunas llegaron a ser muy poderosas, como la de los plateros.

El tiempo de aprendizaje de un oficio, para llegarAi??a conseguir la licencia de oficial, dependAi??a deAi??lo complejo de la especialidad y la aptitud del aspirante.Ai??Aunque es cierto que los maestros contabanAi??siempre con transmitir su conocimiento a susAi??hijos o allegados, dando de esta forma origen a las tradicionales sagas familiares, esta actitud, lejos deAi??ser romA?ntica, tuvo como fin primordial evitar laAi??competencia.

Los oficios surgieron junto con los seres humanos,Ai??para cubrir sus necesidades, y nuestra evoluciA?nAi??como sociedad ha sido responsable de su augeAi??o desapariciA?n. Quien ejerce un oficio ha de serAi??dA?ctil porque su trabajo se rige por las estrictas leyesAi??de la oferta y la demanda impuestas por el consumidor;Ai??si no estA? dispuesto a cambiar quizA? se acabeAi??silenciosamente y por eso no ha de extraAi??arnos que,Ai??por mA?s que los recordemos con nostalgia, algunosAi??hayan desaparecido. Dos claros ejemplos son losAi??aguadores y los serenos. Los primeros abastecAi??an deAi??agua a las casas, acarreA?ndola desde las fuentes mA?sAi??cercanas; su extinciA?n fue un hecho en el instanteAi??mismo en que se planeA? y ejecutA? una red de bombeoAi??de agua corriente desde Xochimilco a la ciudadAi??de MAi??xico en 1913. Los segundos eran trabajadoresAi??al servicio del Ayuntamiento de la capital, que duranteAi??las noches vigilaban determinadas calles dentroAi??de una colonia y por eso debAi??an mantenerse serenosAi??(despiertos); algunos llegaban incluso a tener lasAi??llaves de los pA?rticos de las casas.

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??baseAi??a la RevistaAi??BiCentenario.

PARA SABER MA?S:

  • ai???A?Y si no puede?ai??? Se lo invento. Un dAi??a en los oficios de laAi??calle, en Madame CalderA?n de la Barca, La vida en MAi??xico:Ai??durante una residencia de dos aAi??os en ese paAi??s, MAi??xico,Ai??Rey Lear, 2007.
  • Luis GonzA?lez ObregA?n, Las calles de MAi??xico, MAi??xico,Ai??Botas & Alonso, 2005.
  • Salvador Novo, Nueva Grandeza Mexicana, MAi??xico, Conaculta,Ai??1999.
  • Armando RamAi??rez, Fantasmas, MAi??xico, OcAi??ano, 2011.
  • Artemio del Valle Arizpe, El canillitas, MAi??xico, Conaculta,Ai??2007.

Una mirada a la Plaza Mayor de MAi??xico en el siglo XVIII

Blanca Azalia Rosas B.
Facultad de FilosofAi??a y Letras, UNAM.

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 12.

Plaza mayor (800x644)

Es posible que no exista mejor manera deAi??saber cA?mo era la vida cotidiana en la ciudad de MAi??xico en el periodo colonial que acercA?ndose aAi??La Plaza Mayor de MAi??xico en el siglo XVIII, pintura anA?nima al A?leo sobre tela, de gran formato (2.66 x 2.12 m.), que se encuentra resguardada por el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec.

Esta obra singular se ha fechado en 1768, debido a que la escena representada es similar a la descripciA?n de la salida en pA?blico del virrey MarquAi??s de Croix, relatada en la crA?nica de Manuel de San Vicente,Ai??Exacta descripciA?n de la MagnAi??fica Corte Mexicana, Cabeza del Nuevo Americano Mundo, Significada por sus essenciales partes, para el bastante conocimiento de su Grandeza. A pesar de que estudios posteriores ubican la elaboraciA?n de la pintura en la primera mitad del siglo XVIII, con base en detalles como los de la indumentaria de los personajes representados, Lo mA?s probable es que haya sido elaborada entre 1757 y 1768, entre los gobiernos de los virreyes marqueses De las Amarillas (1755-1760) y De Croix (1766- 1771), debido a la presencia de elementos comoAi??la acequia, techada entre 1753 y 1754,Ai??y los cajones de San JosAi??, construidos en 1757. TambiAi??n destaca la columna de Fernando VI, obsequiada a la ciudad de MAi??xico por el mismo rey en 1747, que por su ubicaciA?n protagA?nica en el centro de la composiciA?n, al margen de la poblaciA?n y con el resguardo de la milicia, sugieren que el A?leo pudo estar dedicado a ese monarca, aunque fuera en los aAi??os inmediatos a su muerte en 1759.

Podemos identificar el tema de la pintura como una vista urbana con escenas costumbristas. Se trata de la Plaza Mayor de la ciudad de MAi??xico, observada de oriente a poniente. DebiA? pintarse desde el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional, pues en la parte inferior, a manera de marco, se distingue el almenado de este edificio.

Hay que recordar la importancia de las plazas mayores. Eran, dentro de las ciudades, el espacio pA?blico por excelencia, el sitio donde se llevaban a cabo las actividades cotidianas. Fueron por ello un elemento indispensable tanto en las ciudades americanas como en las europeas y se inspiraban en el urbanismo clA?sico. En el siglo XVIII la Plaza Mayor de la ciudad de MAi??xico no sA?lo fue unAi??centro de actividades comerciales, fiestas religiosas y civiles, imparticiA?n pA?blica de justicia, sino tambiAi??n fue el lugar donde se reunAi??a la sociedad novohispana para ponerse al tanto de los acontecimientos mA?s recientes, de poca o mucha relevancia, las modas y las ideas en boga.

El A?ngulo imaginario en que se acomoda la escena representada nos permite una mayor visibilidad sobre toda la plaza, es decir, la perspectiva errA?nea y la falta de una escala adecuada en los edificios nos deja apreciar con mayor detalle un espacio mA?s amplio de la Plaza Mayor. No quiere decir que el pintor de la obra careciera de conocimientos compositivos, ni que su estilo pictA?rico fuera ingenuo, sino que pudo valerse de un recurso visual para alcanzar una mirada mA?s completa sin el estorbo de los edificios circundantes.

Una lectura de la imagen, contraria al correr de las manecillas del reloj, parece iniciarse con el traslado del virrey y su comitiva del Palacio a la Catedral. En la composiciA?n, el recorrido parece prolongarse para rodear la Plaza Mayor, pasando primero entre el Portal de Mercaderes y el PariA?n, representantes de los comerciantes mA?s ricos del reino y lugar de abasto de las clases mA?s acomodadas y las provincias del interior. En seguida, al costado izquierdo de la pintura, la calle de la Acequia pasa frente a las casas de Cabildo, donde ejercAi??an sus funciones los miembros del ayuntamiento de la ciudad, importante grupo de poder local, a la par del virrey, las audiencias y la Iglesia.

Por A?ltimo, como resultado de la barrera de los numerosos espectadores del evento oficial, el camino, asAi?? como la base del aparato social jerA?rquico, desemboca en los puestos y las mesillas que componen el Mercado de Bastimentos y el Baratillo chico, sitios de reuniA?n y abasto del grueso de la poblaciA?n de escasos recursos. Este A?ltimo aspecto queda unido y sometido al poder del rey en la Columna de Fernando VI, al centro de la composiciA?n, la cual resulta indispensable para la ceremonia de afianzamiento de poder que preside el virrey.

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