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La atención de niños y jóvenes al paso de la revolución

Ingrid Noemí López Padilla

Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Después de la revolución mexicana, el país quedó en un estado deplorable. Las clases populares, campesinos y obreros, principalmente, fueron quienes más lo padecieron ante la falta de recursos económicos. La preocupación de las élites política y social se acrecentó al percatarse de las condiciones en las cuales se encontraba la mayor parte de la población de la ciudad de México.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

De ahí que, desde principios de la década de 1920, se abordaran muchos de los problemas sociales sin resolver antes de la revolución. Instituciones heredadas del régimen porfirista como la Casa de Corrección, el Hospital General y el Hospicio de Pobres no bastaban para menguar esas dificultades. Los médicos sostuvieron que la salud y la educación de los niños debían ser atendidos y las autoridades tendrían que encontrar los elementos necesarios para el mejoramiento de las condiciones físicas, morales e intelectuales de los menores de edad.

En 1921, durante el gobierno de Álvaro Obregón, se llevaron a cabo los festejos por el centenario de la consumación de la independencia con la intención de que participaran todos los sectores de la población. El departamento de Salubridad Pública organizó, del 8 al 17 de septiembre, un evento que giró en torno a la figura del niño, desde la higiene hasta el bienestar. También se realizó el Primer Congreso Mexicano del Niño, patrocinado por el ingeniero Félix Palavicini, director del periódico El Universal, el cual volvería a celebrarse dos años después. En ambos congresos asistieron destacados especialistas médicos, intelectuales, pedagogos y representantes de asociaciones filantrópicas interesados en redactar un plan de desarrollo y bienestar para la infancia y la adolescencia. Se discutieron, entre otros temas, el abandono y la criminalidad infantil como consecuencia del movimiento revolucionario.

Tribunal para Menores Infractores

Como resultado de estos esfuerzos a favor de la niñez, en 1926 se publicó el proyecto de Ley Orgánica de Tribunales del Fuero del Distrito Federal, que establecía la creación de un tribunal protector del hogar y de la infancia. Y a final del año, en una residencia de la calle Vallarta número 17, se fundó el Tribunal para Menores Infractores del Distrito Federal y Territorios, que se distinguió por su carácter paternal al ser un modelo de protección tutelar y educativo. Su finalidad fue separar a los delincuentes menores de los adultos, para imponer sanciones de acuerdo con la edad y el tipo de delito cometido; pero, sobre todo, “apreciar cada caso en sus detalles y circunstancias peculiares; remontarse a los antecedentes, a fin de conocer la causa generadora del delito”. Con ello, se esperaba evitar la reincidencia y que se reprodujeran las mismas circunstancias en otros niños.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH.
FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

El primer reglamento del tribunal, de 1928, se dirigía a la atención de los menores de quince años. Al año siguiente se expidió otro reglamento para la Calificación de los Infractores Menores de Edad en el Distrito Federal, que aumentó la edad de intervención a menores de 18 años e incluyó a los que denominó vagos, abandonados e indisciplinados. De esta forma, el tribunal tuvo la capacidad de tratar a todo niño que, de acuerdo con su entorno (económico, social y biológico), pudiera convertirse en un delincuente, es decir, evitarle una futura vida criminal. Así, aquellos niños en abandono moral, incorregibles, delincuentes o que potencialmente lo fuesen, eran atendidos con el fin de readaptarlos, enseñarles a vivir una “buena vida” y cumplir con el modelo de ciudadano que el Estado requería para el desarrollo del país.

Una vez que el menor ingresaba al tribunal era sometido a cuatro estudios de valoración: médica, social, psicológica y pedagógica, con los cuales se pretendía determinar las posibles causas de su comportamiento antisocial y la mejor forma de corregirlo. Con los exámenes se construía un perfil físico y psicológico del niño, para después aislarlo en la Casa de Observación anexa al tribunal con el fin de conocer su comportamiento. Ahí se procuraba un ambiente de libertad donde los infantes pudieron manifestarse de manera espontánea y obtener todo tipo de datos que arrojaran información sobre su carácter y conducta. Se observaba y estudiaba su estado físico, fisonomía, expresiones, comportamientos, entre otros aspectos.

Mientras el menor permanecía en la Casa de Observación se iniciaban las audiencias en el tribunal, las cuales no eran públicas; sólo concurrían personas citadas: familiares, vecinos o patrones. El menor no contaba con un representante legal o defensor de oficio por lo que él mismo debía defenderse. Tres jueces especializados en distintas áreas –médico, maestro o abogado– se reunían para examinar el caso y darle una resolución. Los tres determinaban la forma de corrección a partir de los resultados de los exámenes. La sentencia podía ordenar el internamiento del menor en las escuelas correccionales, en algún establecimiento de la beneficencia pública o la devolución a sus familiares.

Manicomio General de La Castañeda

Durante el periodo posrevolucionario, el discurso sobre la reconstrucción social y la creación de ciudadanos productivos también predominó en el hospital psiquiátrico La Castañeda, que se enfocó principalmente en la atención a niños con algún padecimiento mental, por lo que elaboró un proyecto de edificación de un pabellón especializado.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • LÓPEZ CARRILLO, XIMENA, “Retraso mental” en Los pacientes del manicomio. La Castañeda y sus diagnósticos. Una historia de la clínica psiquiátrica en México, 1910-1968, México, UNAM/Instituto Mora, 2017.
  • SACRISTÁN GÓMEZ, MARÍA CRISTINA, “La contribución de La Castañeda a la profesionalización de la psiquiatría mexicana, 1910-1968”, Salud Mental, vol. 33, núm. 6, noviembre-diciembre de 2010, en https://cutt.ly/diNduPM
  • SÁNCHEZ, MARÍA EUGENIA, Niños y adolescentes en abandono moral, ciudad de México (1864-1926), México, INAH, 2014.
  • SANTIAGO ANTONIO, ZOILA, “Los niños y jóvenes infractores de la ciudad de México, 1920-1937”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, 2014, en https://cutt.ly/niNdn2V
  • Véase Los olvidados, película, dir. Luis Buñuel, 1950.

“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “¿qué vas a hacer con la niña?, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Arrasaron cuanto había y levantaron edificios… las llamadas Torres de Mixcoac

Testimonio de Manuel Guevara Oropeza – psiquiatra de La Castañeda, editado por Cristina Sacristán.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Sobre una extensión de 141,000 metros cuadrados, perteneciente a la antigua Hacienda de La Castañeda, se edificó en 1910 un manicomio de grandes dimensiones, forjando uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos del presidente Porfirio Díaz. Seis décadas después, en esos terrenos no quedaba rastro alguno de las 25 construcciones destinadas a albergar 1,200 pacientes, en lo que con el tiempo fue la institución psiquiátrica más importante del país por su contribución a la investigación, la enseñanza y la asistencia de enfermos mentales. En su lugar fue erigida una zona habitacional que se inauguró en 1972, las Torres de Mixcoac.

 

La CastaAi??eda

La Castañeda

Como sucede con muchas instituciones, los orígenes del Manicomio de La Castañeda se conocen bien porque en su momento fue portador de una gran promesa de cambio. Al paso de los años afloraron las carencias en las instalaciones, en la falta de personal capacitado y de recursos terapéuticos, hasta que el gobierno federal, de quien dependía, decidió su clausura y demolición como si estos males se pudieran echar al olvido con hacerlo desaparecer. Quienes vivieron de cerca los últimos años de La Castañeda nos han relatado esta historia, los esfuerzos por rescatarla una y otra vez, los obstáculos encontrados y la leyenda negra que la acompañó.

El Archivo de la Palabra del Instituto Mora conserva el testimonio del psiquiatra Manuel Guevara Oropeza, quien trabajó en La Castañeda durante casi 40 años, siendo su director en dos ocasiones. Nacido en 1899 en la ciudad de Orizaba y fallecido en 1980 en la ciudad de México, fue entrevistado tres años antes de su muerte. De ese encuentro publicamos tres fragmentos donde alude a situaciones que no suelen dejar rastro en los documentos: el papel desempeñado por los administradores, cuyos lazos con el poder resultaron muy perniciosos para el Manicomio; la dificultad para emprender una reforma psiquiátrica nacional por la insensibilidad de las autoridades federales ante el tema de la enfermedad mental; y la campaña desatada contra La Castañeda hacia el final de sus días, acaso para crear un clima favorable a su destrucción.

La CastaAi??eda

                                             La Castañeda

Manuel Guevara Oropeza fue designado director por primera vez de 1932 a 1934. Durante esos años le dio continuidad a una terapéutica muy en boga que había sido impulsada por el director anterior, la terapia ocupacional. Esta polémica forma de tratamiento consistía en hacer trabajar a los enfermos, de donde derivaban ingresos monetarios importantes cuya contabilidad no siempre se vigilaba con la debida pulcritud. En su segundo periodo, de 1938 a 1944, resultó mucho más innovador. Ante el gravísimo problema que representaba para el Manicomio el número de enfermos (que en 1943 alcanzó la cifra de 3,400), propuso un modelo asistencial que atendiera de manera diferenciada a los pacientes agudos de aquellos considerados incurables. Este programa, firmemente apoyado por el doctor Salvador Zubirán, subsecretario de Asistencia Pública en la Secretaría del mismo nombre, vio nacer la primera Granja para enfermos mentales, inaugurada en 1945.

Ya jubilado, el doctor Guevara Oropeza dio un discurso con motivo de la ceremonia de clausura del Manicomio, que tuvo lugar el 27 de junio de 1968. En la entrevista recuerda una sorpresiva petición que le hicieron las autoridades de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, en ese entonces encabezadas por el secretario Rafael Moreno Valle. También hace el recuento de lo único que se salvó de aquella fabulosa y monumental construcción y de lo mucho que se perdió.

Cristina Sacristán
Instituto Mora

Malos manejos administrativos

La administración de La Castañeda fue el punto negro de toda su vida. Antes de que yo tomara la dirección y en los tiempos más amargos, cuando había tan poco alimento y en fin, que estuvieron en condiciones muy malas, el administrador de La Castañeda era el que iba, hacía las compras, venía, hacía lo que quería, pero siempre hubo una enorme dificultad para controlar a los administradores. El administrador de La Castañeda era casi siempre un individuo con conexiones políticas más o menos medianas, bajas, pero muy bien ligado con otras personas, con otros funcionarios y se diluía completamente toda la responsabilidad, al grado de que difícilmente se podía lograr coger a la gente en sus malos manejos. Cuando se estableció el sistema de terapia ocupacional, como se hizo muy en grande y había talleres de varias clases, se pretendió que produjeran y se hizo una comisión para que manejara el dinero, y algunas personas muy seleccionadas que llevaban las cuentas de aquello. Entre las cosas que se hacían en La Castañeda se hacían tapetes persas que se vendían bien caros: llegaron a pagar hasta cinco mil pesos por un tapete de ésos; naturalmente esos ingresos iban a ser distribuidos entre los enfermos que los habían hecho, y entre los demás del departamento de terapia ocupacional. Por otro lado, la otra forma de terapia ocupacional era la del campo, entonces sacaban a los enfermos a sembrar y la extensión era muy grande, todo lo que quedaba atrás de La Castañeda.

Fachada original de La CastaAi??eda transportada a una hacienda en Amecameca

Fachada original de La Castañeda transportada a una hacienda en Amecameca

Cuando se hizo toda la reorganización de La Castañeda, se había dividido en dos secciones, una sección para hospitalización, donde estaban los enfermos que se tenían que atender médicamente, que se les ponían inyecciones, que se les hacía el tratamiento de paludismo, en fin, todas las cosas que hasta entonces se podían hacer; y el otro, de colonia-asilo, esa colonia-asilo era la de enfermos incurables, pero suficientemente aptos para hacer alguna cosa. [Había] otros que eran totalmente improductivos, inadaptables, ésos se quedaban en el pabellón, pero los demás salían todos los días a trabajar en el campo, y parece que empezó a producir, pero producía en manos del administrador. Entonces el administrador vio que aquello era un buen negocio, y cuando yo dejó la primera vez La Castañeda [como director], eliminaron a los enfermos y llevaron trabajadores para explotar el campo: naturalmente se perdió todo lo que había pensado de que aquello fuera terapia, de que el producto se pudiera repartir entre los enfermos. Ahí se echó a perder todo… pues yo no culpo a nadie especialmente, sino a esa organización burocrática que nos hace depender tanto del fulanito que recomendó a menganito y que el otro lo sostiene. Total, que cambiaron de administrador que era una persona muy hábil, sobre todo para sus manejos, y [se] perdió ya el control médico sobre la terapia.

[El administrador] era un recomendado y una persona muy allegada al Jefe de la Beneficencia, acordaba directamente con el Jefe de la Beneficencia, hacía lo que quería. El que yo tuve durante la época en que, gracias a las amistades y situaciones especiales que teníamos entonces (a mí me consideraban como persona influyente), me trataba muy bien. El administrador procuraba darme cuenta de lo que hacía, pero yo sabía que me estaba dando cuenta de cosas que no eran ciertas y que no eran lo debido. Si yo protestaba, si yo decía, no había manera de comprobar qué era lo que estaba pasando. Esto es lo que se refería a estas cosas grandes, de la producción del campo, la producción de algunas cosas del taller. En general, las cosas del taller como eran poquitas sí se podían controlar mejor y después se abandonaron porque se empezó a dejar. Lo de los tapetes ya no se hizo, lo de encuadernación ya no había material y todas esas cosas fueron abandonándose; pero en general, la administración que comprendía no nada más esto de la terapia ocupacional sino todo el manejo de alimentación para los enfermos, de ropa para los enfermos, se prestaba a multitud de abusos, y eso es lo que principalmente produjo en La Castañeda un malestar y una cosa de maltrato para los enfermos, de mala atención, de descuido y de abuso; se presentaron abusos dentro de los mismos pabellones, ya no era nada más del administrador, sino multitud de empleados que vivían en La Castañeda, que lograron tener la concesión del administrador, de ocupar un departamento en un lugar, una habitación en otro lugar, y así sucesivamente, y de los mismos jefes de pabellón, de los enfermeros, que sacaban la comida, que se llevaban alimentos, que las raciones que debían ser para los pabellones se las llevaban para su casa, y esto a pesar de que se habían implantado medidas de revisión para que al salir los trabajadores se viera qué llevaban. Provocaba esto muchas fricciones, muchas protestas, y conforme fue pasando ya el tiempo en la segunda etapa, es decir, después de que yo salí llegaron a tener abusos muy grandes y muy difícilmente se pudieron corregir.

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UN MANICOMIO PARA CELEBRAR LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO

Cristina Sacristán / Instituto Mora
Revista BiCentenario, No.5, pág. 27

Manicomio B-5En la antesala del 2010, algunos de nuestros gobernantes han entrado en la vorágine conmemorativa para recordar las gestas de la Independencia y la Revolución. El espíritu de fiesta que nos invadirá en unos meses, alimentará al homo ludens que todos llevamos dentro, pero también tenderá un puente hacia el pasado, pues al recordar un hecho histórico hacemos conciencia del impacto que tuvo en su tiempo. Las obras arquitectónicas han sido una de las expresiones predilectas de las sociedades para dejar constancia del pasado, ya que a través de su materialidad intentan fijar la memoria histórica. Por eso, pronto se alzará sobre el Paseo de la Reforma de la ciudad de México el Arco del Bicentenario, a fin de rendir homenaje a quienes iniciaron la lucha insurgente y revolucionaria.

La edificación de obras que buscan proyectar a la nación hacia el futuro es también parte del afán conmemorativo. Fue el caso de la polémica Torre del Bicentenario, rascacielos de 70 pisos cuya construcción estaba planeada en la cercanía del Bosque de Chapultepec, pero que enfrentó problemas de orden legal para su construcción; o la línea 12 del metro que correrá por el sur oriente de la capital y ha sido ya bautizada como Línea Dorada Bicentenario por los avances tecnológicos que tendrá. […]

En algunas cosas las mujeres y los hombres no cambiamos mucho con el tiempo, porque hace casi cien años pasó algo muy similar a lo que estamos viviendo hoy. En 1908, el gobierno de Porfirio Díaz, que llevaba casi tres décadas en el poder, se apresuró a realizar varias edificaciones imponentes con el fin de demostrar los progresos logrados por México durante su mandato, entre ellas un manicomio para albergar a más de mil pacientes, como los que existían en Europa desde principios del siglo XIX, y que estuvo en la mente de los médicos mexicanos durante mucho tiempo. Pero ¿por qué en 1910 un manicomio podía ser tomado como un ejemplo de modernidad, cuando hoy en día sería un signo de atraso, ya que era separar a los enfermos de la sociedad?

Plano manicomio B-5

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