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La identidad nacional en las novelitas mexicanas de la primera mitad del siglo XIX

Guadalupe Gómez-Aguado
Centro de Enseñanza para Extranjeros, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

 

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¿mo eran los mexicanos después de la Independencia? ¿Cómo se describían a sí mismos? Hoy en día es común escuchar que los mexicanos somos alegres, cariñosos, informales, flojos, toda una serie de estereotipos que pretenden describir la identidad nacional. Ésta, sin embargo, es una construcción cultural cambiante con el paso del tiempo y que se entreteje con ideas y creencias que pretenden describirla de forma definitiva. Vale la pena preguntarnos cómo fueron los primeros intentos de construir nuestra identidad nacional.

Nuestros primeros escritores, jóvenes todos, escribieron una serie de relatos breves, a los que se llamó “novelitas” hacia la tercera década del siglo XIX, donde quisieron lograr una definición de lo mexicano. Estaban llenos de ideas sobre las oportunidades que brindaba la separación de España, creían vivir en un país lleno de riquezas, de recursos naturales ilimitados y en el que sus pobladores se sentían orgullosamente americanos, en contraste con quienes procedían de la vieja Europa, en la que faltaba la libertad. México, sin embargo, sufría de enormes desigualdades no sólo políticas sino sociales y culturales as+i como de una gran desunión, producto de las fuertes diferencias entre las clases y del hecho que en su gran territorio sólo vivieran ocho millones de habitantes.

¿Qué era entonces lo que distinguía al país de la Madre Patria? Los nuevos autores se preguntaban a qué apelar para distinguirse de quien durante 300 años oprimió, a sus ojos, a la Nueva España. Para muchos, el esplendoroso pasado indígena fue el signo propio de los mexicanos. Textos históricos y literarios buscaron en lo prehispánico lo que hacía única a la nación mexicana. Y ese pasado debía ser espléndido y uniforme, aun cuando quienes lo vivieron no formaron una unidad política. El mito de la nación indígena anterior al dominio hispano se nutrió de la fe en una posible restauración de un imaginario imperio mexicano y propagó el rechazo a lo que tuviera que ver con lo español. La guerra de Independencia fue vista como el movimiento que quiso vengar las injusticias de la conquista, es decir, como el rescate de la libertad perdida tres siglos antes.

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Cuaderno de Viaje: ¿Quiénes somos los mexicanos?

Carlos Domínguez
Instituto Mora
Revista BiCentenario #7 

Valdría la pena preguntarnos quiénes somos los mexicanos con miras a entender las celebraciones del próximo Centenario y Bicentenario. ¿Qué significa ser mexicano doscientos años después de la Independencia y cien años después de la Revolución? A?Significa, simplemente, que nos ponemos la camiseta cada vez que juega la selección mexicana, que sabemos de memoria el nombre de algunos “héroes” aunque confundamos a los de la guerra de Independencia con los de la de Reforma, que estamos orgullosos de nuestra comida, que no perdemos ocasión para llevar a nuestros amigos extranjeros a visitar las pirámides de Teotihuacan? ¿O hace falta algo más?

Cuando uno regresa a México después de vivir varios años en el extranjero es inevitable que los encuentros fortuitos en las calles, los contrastes sociales y el misticismo de las tradiciones nos hagan reflexionar sobre lo que llamamos “nación mexicana”. Es inevitable porque vivir fuera significa encontrarse con “el otro” y ese encuentro siempre nos obliga a definirnos en términos de los referentes más obvios: la comida, el paisaje, la historia, las tradiciones y acaso el fútbol y otras pasiones de menor importancia; porque tarde o temprano, los contrastes entre México y otros países nos muestran que esos referentes simbólicos y culturales que desde afuera nos parecían tan obvios al hablar de nuestra nación y nuestra identidad nacional ocultan en realidad mucho de lo que en verdad somos. Más aún, si se toma conciencia de lo que significa que México está a punto de celebrar dos siglos de vida independiente y un siglo de la Revolución Mexicana, resulta tentador preguntarnos no sólo quiénes somos, sino si seguimos siendo los mismos o, en otras palabras, si los fundamentos de nuestra identidad han cambiado a lo largo de todo este tiempo.

A los viajeros que hemos vivido este proceso obligado de reflexión nos llama la atención, por ejemplo, la manera en que muchos mexicanos damos por hecho la existencia y la continuidad de “la nación” y de una identidad nacional compartida, como si fuera algo que no es problemático, que ha existido desde siempre y jamás cambiará. Pero la historia nos demuestra que no es así. Las identidades y las naciones han estado sujetas al fluir eterno de la historia: los imperios han surgido y desaparecido (Roma, Bizancio, Tenochtitlán), los reinos de antaño se han convertido en invenciones nacionalistas que pueden o no corresponder con los territorios de sus antecesores (el Imperio Austro-Húngaro, la Unión Soviética) y los países se han dividido y/o fracturado (Etiopía y Eritrea, la ex-Yugoslavia).

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