Archivo del Autor: Norberto Nava

Días de pandemia

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55

Las imágenes de Iván Macías retratan distintos momentos de 2020 y 2021: la valiente lucha diaria del personal de salud de un hospital durante la expansión del virus de la COVID 19, lo cual le valió el premio Word Press Photo; el hartazgo de las mujeres jóvenes cuyos reclamos continúan sin ser escuchados, y la tragedia escalofriante en la Línea 12 del Metro.

El reloj sigue su curso aún en tiempos de pandemia. Cuando el silencio, los miedos, el encierro, la distancia, el vacío, imponían un ajuste de cuentas con la normalidad de antaño, para algunos se hizo necesario, de todos modos, salir a la calle, asomar la cabeza y el cuerpo, aunque el riesgo implicara costos demasiado altos. Estos retratos fotográficos realizados por Iván Macías, que acompañan las siguientes páginas, traducen de algún modo lo que han sido los últimos 18 meses bajo el acecho de la COVID 19: Los rostros desgarrados de médicas, médicos, personal de salud, en su combate permanente por dar vida; la justicia que exigen mujeres hastiadas por la violencia, la discriminación y la negación del gobierno para aceptar su derecho a decidir sobre su cuerpo, y que siguen allí, como la ola del mar desgasta la piedra día a día, y, por último, la tragedia expresada en unos hierros retorcidos del Metro, que la incompetencia fraguó.

Iván Macías se hizo en la fotografía a partir del tiempo libre que le daba la ingeniería. Trazada al cabo de un corto lustro, su obra parte de los retratos aéreos, como lienzos de Edward Hopper, repletos de silencios y significados, de una naturaleza exuberante que advierte su indiferencia a la presencia del hombre –Uxmal y un verde infinito, las nubes flotantes sobre el cerro Coconetla, la playa y la ballena con su cría surcando el agua cristalina del mar de Baja California Sur, la arquitectura ecléctica de la Ciudad de México, luces del amanecer en un centro ceremonial otomí, líneas de carreteras que cortan de tajo cerros frondosos en Veracruz.

Pronto aterrizó esa belleza y estética de panorámicas enclavadas a miles de metros de altura –se pueden explorar en su cuenta de ig@ivan_macias–, en historias de personajes de la vida diaria. Historias de pasajeros circunstanciales, vendedores ambulantes y otros abandonados en las calles del Centro Histórico, rostros de la solidaridad en el terremoto de 2017, escaladores obstinados del Iztaccíhuatl y el Pico de Orizaba, niños de fiesta en la Alameda Central, de miradas concentradas en las artesanas chiapanecas; hasta estos retratos de la lucha por sobrevivir al virus, de la rabia en la marcha por el Día Internacional de la Mujer, de las consecuencias del derrumbe de la Línea 12 del Metro.

“El rostro refleja las emociones, fortalezas y vulnerabilidades que se encuentran impregnadas en la piel, arrugas y cicatrices, sin tener que decir una sola palabra”, escribe el fotógrafo en Huellas de la pandemia, un libro de edición propia donde da cuenta del trabajo del personal de la salud. Uno de esos rostros, el de la médica María Guadalupe Trejo, que lleva la portada del texto, le valió el Word Press Photo 2021, el premio de mayor prestigio a nivel mundial en fotoperiodismo. Son rostros que no reflejan solamente el cansancio, la introspección o la serenidad de médicos y enfermeras, sino también de la incertidumbre, dolor, lamentos, desazón y sueños de los propios pacientes. Y de la muerte misma.

Esa muerte que envuelve las decenas de kilos de hierro y acero inservibles de la destruida Línea Dorada del Metro, sin la necesidad del semblante o el gesto de las víctimas que la enfatice. Las grúas a un costado de la vía elevada, a la espera de remover todo aquello, un par de días después de la tragedia –cuando fueron tomadas las imágenes con el apoyo de un dron–, subrayan el abismo de la caída, la frialdad y el silencio luctuoso. Un tiempo aún lejano para recobrar la pretendida normalidad.

Iván Macías ya había avanzado sobre esa normalidad sospechosa de no ser la misma, en marzo de 2021, cuando las restricciones fueron reblandeciéndose. La furia feminista que da cuenta en sus imágenes ha sido el final de una protesta pacífica contra los crímenes feminicidas y las desapariciones, la exclusión y la desigualdad. El derecho a elegir menospreciado y encarcelado.

María Guadalupe Trejo dice con crudeza en el libro de Macías que, después de un año y medio, la pandemia “nos mostró de cara, lo egoístas, ignorantes y poco empáticos que somos”. Y advierte que: “el mayor riesgo somos nosotros mismos”.

Artesanos de plomo y tinta

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55

Scherer, Printmaking workshop, Mexico, ca. 1895. Library of Congress, Estados Unidos.

Estos nueve hombres, en su momento, fueron parte de una revolución. La industrial puede decirse. Y es razonable. La imprenta era parte de ella. Pero digamos, más románticos, que su revolución fue la de aportar al conocimiento, la del tenue y lento recorrido por quebrantar la ignorancia. Algo hacinados en ese escaso espacio, fueron herederos de los primeros ebanistas de la impresión de tipos móviles: Juan Pablos, Antonio de Espinosa, Francisco Rivera Calderón, Zuñiga y Ontiveros, Ignacio Cumplido. Hombres como ellos resultaron perseguidos también. Hubo encarcelamiento, tortura, hoguera y muerte. De ahí que lo de revolucionario también cabe. Y todo por imprimir letras, tan sólo ideas plasmadas sobre papel. Impresores que fueron hasta el mismo Lucifer para la Inquisición. A tal punto demonizados que cuando quemaban libros creían que de las lenguas de fuego salían los gritos del diablo. ¿Qué habrán pensado sobre el Delomelanicon y su leyenda?

Incunables, folletines, opúsculos, cuadernillos, manuscritos, folios, salterios, catálogos, láminas, xilografías impresas pasaron por sus manos. Tanto textos auténticos como los supuestamente falsos. Y aquellos libros que salieron de la misma imprenta y nunca fueron iguales; por la página que faltaba, la encuadernación diferente, el tono de la tinta, la letra corrida.

Artesanos de centurias de sabiduría –al menos cuatro siglos– desde que Gutenberg, en 1449, refinó con los tipos de plomo el trabajo de los esmerados y creativos impresores chinos –perfeccionaron la impresión desde el siglo XI, pero la historia les terminó dando un lugar secundario–, crearon obras que 200 o 300 años después, a decir de los bibliófilos, parecen recién salidas de la prensa. ¿Qué dioses hicieron a esos impresores para entregar tanta calidad? Entre ellos podría figurar uno de esta foto que se ganó la inmortalidad: José Guadalupe Posada. Algún diablillo sembró la duda de que aquel bajo el sombrero colgado de la pared y de bigote característico es el popular grabador y caricaturista, aunque nadie se ha atrevido a confirmarlo. Pero si los dioses existen, saben que la mortalidad los hace efímeros. Estas máquinas de plomo y sus artesanos de la tinta ya no se hallan. Dejaron la huella revolucionaria para sus colegas de la impresión offset y digital de nuestros días.

Editorial 56

Desde mediados del siglo XIX la fotografía trajo a México curiosidad, asombro y magnetismo, como en nuestro siglo lo ha sido la revolución digital. Todo mundo quería ser parte de él y no quedar rezagado. De ese siglo han surgido fotógrafos dedicados y apasionados, también oportunidades económicas. Así lo entendió Charles Betts Waite. El fotógrafo estadunidense se inició en Los Ángeles donde abrió su propio estudio, pero con algo de alma aventurera llegó a México y, rápidamente, supo hacerse un lugar entre los círculos porfiristas donde la fotografía se integró como una poderosa arma de difusión propagandística del régimen. Pero Waite no estaba sólo. Otros colegas y compatriotas hallaron en México la posibilidad de relatar en imágenes el país de entonces. Fue el caso de Percy S. Cox y Ralph J. Carmichael, cuyos trabajos se podían adquirir como curiosidades y recuerdos, y en libros promocionales. Sin embargo, buena parte de esas fotografías hoy no se conocen por la autoría de Cox y Carmichael. No fue magia lo que ocurrió con ellas, sino una apropiación muy personal de los derechos de autor. Hacia 1904, Waite compró los archivos de sus colegas y no respetó la autoría, sino que pasó a firmar como propia cada imagen. Se valió del Código Civil del Distrito Federal que lo amparaba. Cada negativo que formó parte de esa adquisición se comercializó bajo su nombre, tanto en periódicos como en locales de ventas. Así se preservan en el Archivo General de la Nación y en el Archivo Histórico de la Academia de San Carlos. 

Respaldado en sus vínculos porfiristas, Waite supo usar las leyes de la época para un negocio que amplió sus ingresos. Luego, pudo hacerse de más archivos, como el de otro compatriota suyo muy afamado por entonces, Winfield Scott, a quien le adquirió más de 3 000 negativos. Resulta interesante observar el desarrollo de esa práctica tan sencilla de borrar o sobreponer la firma, como se observa en el texto que aquí presentamos.  

Otro caso muy distinto al de Waite en la producción fotográfica es el del regiomontano Armando Salas Portugal, que encontrarán en esta edición. Autodidacta, Salas Portugal conoció por curiosidad la máquina fotográfica de su hermano, de la cual no se despegó nunca más para hacerla su forma de vida. Tras su fallecimiento en 1995, dejó una producción de 60 000 imágenes, algunas de las cuales forman parte del patrimonio de la unam; las correspondientes al Pedregal de San Ángel y la Ciudad Universitaria, desde que esta última comenzó a levantar sus cimientos en la década de 1950. Imágenes para la nostalgia de unas décadas no tan lejanas. 

Si a partir de la segunda mitad del siglo xix las incipientes técnicas fotográficas permitieron registrar los primeros retratos de la vida de ese México en desarrollo, un siglo antes fue la pintura, la cual daba cuenta de los rostros de la vida de entonces, enfocada en el comercio en el centro de la capital. La pintura de castas dejaba ver familias, comerciantes o indígenas realizando actividades cotidianas. Actitudes, atuendos y ocupaciones enfatizaban las diferencias sociales, económicas, laborales y hasta morales de los personajes. El ideal jerarquizado de la sociedad novohispana se intentaba sustentar en aquellas pinturas. 

La imagen, en sus diferentes circunstancias, delinea el hilo conductor detrás de estos textos que conforman la edición 56 de BiCentenario. Remitámonos, para abundar algo más, al 21 de julio de 1822, y hallar la importancia de lo que hoy se conoce como propaganda, publicidad o marketing. Agustín de Iturbide lograba su anhelada coronación, y aunque el México que se independizaba pasaba por penurias económicas, la legitimación del poder tenía en la ostentación de riquezas –ornato, ajuar, indumentaria– la mejor expresión para consagrarse junto a su mujer Ana María. Un alarde de opulencia que se alimentó del oropel de Napoleón I y Josefina, coronados en el París de 1804.  

Algunos rastros culturales que marcaron época se incorporan a este número. Por un lado, nos aproximamos a uno de los grandes mitos de la cultura mexicana: la china poblana. Origen, pertenencia social, prohibición, carácter, identidad, tienen aquí sus respuestas, que no serán definitivas, pero nos aproximan a su explicación. En segundo lugar, la leyenda del pachuco. Ese personaje joven mexicano que intenta adaptarse a la idiosincrasia estadunidense desde la contracultura, para hacer frente a la discriminación, el racismo, arbitrariedades y prejuicios de la sociedad blanca, anglosajona y protestante. Una confusa noche de enfrentamientos de hace ocho décadas entre jóvenes en Los Ángeles pondrá en evidencia las dificultades de la comunidad mexicana para integrarse a ese lugar, la cual todavía sufre de los mismos tópicos de entonces, aunque el tiempo y la convivencia los hayan atenuado. 

Otras historias tienen su lugar en esta edición. La devoción por el rock & roll del crítico musical Óscar Sarquiz; los niños ultrajados en la cárcel de Belem, contado por el escritor Heriberto Frías; la violencia política en la Sonora de 1973, y las peculiaridades del Congreso de la Unión de 2015, el México de la década de 1930 que relatan documentos de archivo, donde pasado y actualidad se amalgaman en un tiempo circular. Hasta pronto. 

Darío Fritz

Sumario 56

EDITORIAL

CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

El traje del emperador
Guadalupe Villa G.

Heriberto Frías y los pericos de la cárcel de Belem
Sergio Moreno Juárez 

El comerciante de fotografías
Fernando Aguayo

La terrible china poblana
Faustino A. Aquino

Una historia de emociones. Los motines de pachucos de 1943
Ivonne Meza Huacuja

Los Micos. La derecha en Sonora
Cuitláhuac Alfonso Galaviz Miranda 

DESDE HOY

La oposición morenista en tiempos del Pacto por México
Sergio Hebert Caffarel Pérez 

TESTIMONIO

El archivo fotográfico de Armando Salas Portugal
Paulina Michel Concha

ARTE

La pintura de castas: retratos del comercio callejero
Blanca Azalia Rosas Barrera

CUENTO HISTÓRICO

Estrellas espontáneas
Tatiana Carolina Candelario Galicia

ENTREVISTA

Óscar Sarquiz Una vida en el rock & roll
Alan Prats Gama

SEPIA

Tamaños
Darío Fritz

Tamaños

Darío Fritz 

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Le habrá pasado a usted en la infancia. Jugar con los brazos extendidos a rodear el árbol del patio de nuestra casa o de un parque cercano. En el Chapultepec de 1910 era parte del paisaje de cada fin de semana. Sin embargo, con el paso del tiempo, el juego perdió su candidez. Algunos creativos cubren de cemento la base de un árbol añejo y exuberante para impedir su expansión o que el agua filtre hacia sus raíces. Un día llegan los empleados de la alcaldía y quitan aquella crueldad. Parece una obra digna de aplaudir. Pero ¡oh, sorpresa!, un mes después regresan y lo talan. Un par de horas para acabar con décadas de vida. Si más saña es posible, dejan el corte a la vista, y cubren el tronco fuerte y resistente –una circunferencia del tamaño de una bandeja– con algún aceite o vaya a saber qué enjuague venenoso para que nada crezca de sus entrañas. Está claro que tampoco pretenden sustituirlo. Lo extraño y sorpresivo es que luego alguien se queja por redes sociales y aparece un variado racimo de citadinos pragmáticos que defienden la quita del árbol frondoso. Es posible que en su vida hayan conocido de qué trata eso de hacer barro con las manos, traer tierra incrustada en las uñas o escalar el tronco de un árbol. Hay mucho de impunidad y simulación en esto. Algún funcionario desde el escritorio baja el pulgar y otros cumplen expeditivos al momento de hacer el trabajo sucio de destruir. Pero ninguna ley, reglamento, normativa, podrá aplicarse a tanta insensibilidad, simplemente porque no la hay. Con los animales hay cierta conciencia; para los árboles falta mucho, aunque el cambio climático ya se sufre. Habría que insistir con eso de crear hábito durante la infancia, como estos niños que forman una escala con el fin de medir el tamaño del ahuehuete en el bosque de Chapultepec. El ahuehuete, árbol nacional y, por lo tanto, representante del país, necesita agua mucho más que el resto. Por eso arraiga junto a ríos, lagos o alguna afluente. Los hay famosos –El Tule, de Oaxaca, El árbol de la Noche Triste o Noche Victoriosa, pretendidamente, según un decreto de 2021, en la Ciudad de México– y se sabe que poseen 24 propiedades curativas. El tamaño molesta –así pasó en el caso que describo–, y eso de podar parece caído en desuso. ¿Cuántos ahuehuetes como el rodeado por estos niños –podríamos decir cualquier otro árbol– se han perdido en la cruzada contra raíces molestas, ramas que cortan el suministro eléctrico, por temores a derrumbes en días de tormenta, para deforestar o, lo más corriente y usual, para abrir espacio al cemento y el ladrillo? 

Óscar Sarquiz Una vida en el rock & roll

Alan Prats Gama
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

El reconocido difusor y crítico del rock, habitué de la radio por varias décadas, cuenta aquí sus descubrimientos de la música que revolucionó el siglo xx, de la formación autodidacta de los grupos y temas que escuchaba en tocadiscos desde niño, así como del incipiente rock en español.

Presente el 58 tengo yo / Mataron al bolero, a la rumba y al son / Aquellos guapachosos se vistieron de arrebol / Corbata de moño, botín de charol / Sus padres suplicaban con anticipación / ¡No vayas a ese baile pues va a haber rock & roll

Fragmento de “Ya vas Barrabás”, de 
Juan Hernández y su Banda de Blues. 

La década de 1950 marcó la irrupción del rock & roll. Como parte de un mundo en transformación, esta música moderna fue un reflejo del cambio vertiginoso de los tiempos que corrían. Asimismo, fungió como la banda sonora de un choque generacional sin precedentes, dio forma a una nueva cultura juvenil e inauguró una nueva identidad del joven rebelde. A pesar de las transformaciones y ramificaciones que ha tenido desde entonces, su presencia e influencia se extienden hasta la actualidad. Sin lugar a dudas, se ha constituido como una forma de expresión musical que ha dejado una huella indeleble en la cultura popular del siglo xx. Hoy en día, a casi 70 años de su nacimiento, su complejidad y relevancia como fenómeno cultural del mundo contemporáneo son incuestionables. 

El rock & roll surgió a mediados del siglo xx como expresión y reflejo de una cultura popular moderna, de carácter global, asociada a los patrones culturales y de consumo estadunidenses. Posicionado como superpotencia tras la segunda guerra mundial, en el marco de la guerra fría y la confrontación ideológica y cultural con la URSS, Estados Unidos afianzó una posición hegemónica en Occidente, la cual le permitió erigirse como el nuevo referente de modernización y desarrollo económico. De esta manera, distintas expresiones culturales originadas en este país –entre ellas el rock & roll– fueron exportadas y difundidas a todo el mundo, a través de potentes industrias culturales, cuyo alcance e impacto contribuyeron a establecer las bases de una nueva cultura popular moderna de proyección internacional, también asociada a una nueva actitud cosmopolita. 

El mundo de la posguerra, del que el rock formó parte, fue también el marco de un importante crecimiento económico, cuyos efectos se dejaron sentir por todo el mundo occidental. La ola de prosperidad, extendida entre las décadas de 1940 y 1960, se materializó, entre otras cosas, en el considerable mejoramiento de las condiciones materiales de vida del ciudadano común y en la expansión del bienestar. Además, en el caso de América Latina, significó un fuerte impulso desarrollista y modernizador del cual se derivó un acelerado proceso de industrialización que, por otro lado, sentó las bases de la moderna cultura de consumo y expandió y consolidó a las clases medias urbanas. De esta manera, la llegada de este tipo de música a la región se situó en el centro de esas transformaciones. 

En el mismo sentido, la llegada del rock & roll a México coincidió con el llamado “milagro mexicano”, en el cual se consolidó el régimen posrevolucionario y, con él, un proyecto modernizador, en cuyo centro estaban las clases medias, mismas que se posicionaron como las principales beneficiarias del desarrollo y el crecimiento económico alcanzados durante el periodo. En ese contexto, los jóvenes de este sector social se convirtieron en los principales consumidores de rock, pues, en tanto hijos del mundo de la posguerra, se identificaron fácilmente con la actitud rebelde y los valores contestatarios asociados a la nueva cultura juvenil internacional que encarnaba expresión musical. Para quienes entonces eran adolescentes o jóvenes y les tocó vivir en carne propia todos estos cambios, el impacto que esa música tuvo en sus vidas fue muy profundo. 

Uno de esos adolescentes es el hoy afamado crítico musical Óscar Sarquiz, quien ha hecho del rock & roll un estilo de vida. Nacido en la ciudad de México en 1948, Óscar ha sido testigo y actor del devenir del rock en nuestro país desde que este llegó en la década de 1950. A finales de los años sesenta incursionó en la crítica y la difusión musical como articulista y locutor y, desde entonces, difunde y comparte música a través de la radio. Ha colaborado en una larga lista de medios radiofónicos, impresos y digitales, incluso con algunas participaciones en televisión. Además, ha trabajado en la industria disquera en la producción y edición de discos. Con el respaldo de más de 50 años de trayectoria profesional, hoy en día es considerado por muchos como “el decano” de la crítica de rock en México. Actualmente conduce los programas de radio “Migrante” y “Cenital”, de las emisoras Horizonte 107.9 FM y Reactor 105.7 FM, respectivamente, ambas del Instituto Mexicano de la Radio. 

En entrevista de historia oral, Óscar habló de su experiencia de vida en torno al rock. Aunque, evidentemente, desde una perspectiva personal y vivencial, su testimonio da cuenta de las grandes transformaciones que se han esbozado y del impacto inicial que tuvo esta música en México. En este sentido, la historia oral y los testimonios que de ella emanan nos permiten establecer puentes entre visiones micro y macro de la historia que, a fin de cuentas, terminan por complementarse. Así pues, la Historia –con “H” mayúscula– nos permite situar, entender y explicar una historia de vida particular, del mismo modo en que una historia de vida concreta nos da acceso a capas de la historia que, de otra manera, serían inalcanzables. 

A continuación, se reproduce el fragmento inicial de la entrevista de historia oral a Óscar Sarquiz, quien construye un interesante relato de vida que otorga a la música un papel protagónico mediante una narrativa que entrelaza la historia y el desarrollo del rock con la historia y el desarrollo de su propia vida. 

—- 

“Tengo la edad del rock & roll 

Fragmento de la entrevista de historia oral al locutor y crítico musical Óscar Sarquiz, realizada en la cafetería 8 ½, de la Cineteca Nacional, el 6 de mayo de 2021. 

Me llamo Óscar Antonio Sarquiz Figueroa y soy totalmente, extremadamente chilango. Nací a una cuadra del Ángel de la Independencia. Como tantos mexicanos, provengo de un linaje mestizo, mi apellido tiene origen libanés –hasta donde mejor lo podemos saber–, de allá vinieron mi abuelo y mi bisabuelo. Y por el otro lado, de los apellidos Figueroa y Montes de Oca se evidencia inmediatamente que hay también antepasados hispanos, como casi todos los mexicanos, ¿no? De lo que no puedo presumir mucho es de tener sangre india, sangre aborigen, sangre originaria, pero seguro que la tengo. Parece que hay por ahí un antepasado que era un indio nayarita, pero no tengo datos, no es algo que yo te pueda afirmar ni corroborar. ¿Qué más puedo decir sobre mí? Que, por haber nacido en 1948, yo sí, a diferencia de lo que afirma Jaime López, yo sí tengo la edad del rock & roll; […] lo que pasa es que lo bautizaron en el año en que nació Jaime, 1954, pero el rock existía desde antes, le llamaban rhythm & blues. Concretamente, el que se supone que es el primer disco de rock & roll lo grabó el grupo de Ike Turner, pero se lo acreditaron a su saxofonista porque era el que lo cantaba, y eso fue en 1951. Pero ya en 1948 estaba Fats Domino grabando rock & roll. Entonces, esto no me da ninguna otra ventaja que haber ido creciendo conforme iba creciendo y apareciendo el rock & roll. Yo lo conocí de niño, como entre los seis y los ocho años. 

[…]
Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.

Estrellas espontáneas

Tatiana Carolina Candelario Galicia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Los años treinta se pierden como fantasmas. Entre los documentos revisados en el archivo, el pasado se hace presente.

Tras una larga noche de sueños claros, Anna se despertó con una dulce sensación que inundaba su cuerpo. El sol comenzaba a salir y, sin quererlo del todo, debía despertar. Sus ojos se resistían a captar el mundo a través de las partículas de luz que entraban en esas rendijas semiabiertas, pero era inevitable, la realidad se colaba tras la finísima tela de las cortinas. Aún dentro de su cama, Anna se movió lenta y torpemente tratando de recordar qué día era. Tenía la sensación de estar perdida en el tiempo: bien podría amanecer en 1937 o en 2019. Su cerebro aún no sabía qué tiempo habitaba y, por un instante, permaneció flotando en una espesa nube. 

Después de habitar sólo el cuerpo, su mente aterrizó al fin en aquella fría mañana de diciembre. Recordó que era martes y, con los ojos aún borrosos, se levantó dejando atrás la cama para dirigirse al baño. Mientras orinaba, Anna terminó de instalarse en el momento presente. Sólo tras la orina matutina el alma y el cuerpo se sintonizan, pensó. 

Tras lavar sus manos bajo el chorro de agua fría se dirigió a la cocina. Mientras preparaba el café se imaginaba que su casa era una cueva al lado del mar; el olor a humedad de su departamento la hacía sentirse cerca de él. Creía ver nadar peces a través de la ventana, estos se deslizaban con una sutileza y una determinación que nunca había visto en los hombres; por ello prefería a los peces. 

Por este tipo de ensoñaciones a Anna siempre se le enfriaba el café. Molesta, lo calentó rápidamente. Ya no tenía tiempo de imaginar. Ahora debía bañarse y prepararse para salir lo más pronto posible, tenía que ir al archivo histórico. Aquella mañana soplaba un viento muy frío. Se abrigó bien, cogió su bolsa y sus llaves y salió apresuradamente de casa dejando tras la puerta olas y peces. 

Anna debía buscar documentos para su investigación. Llevaba meses recopilando información para conocer cómo era la ciudad de México en las primeras décadas del siglo xx. Era algo que le interesaba muchísimo, sentía una pulsión por conocer la historia de la ciudad que en otro tiempo lejano llevó el nombre de Tenochtitlán. Su deseo por conocer las calles, el ambiente, los sonidos del pasado la obsesionaba. 

Constantemente Anna se preguntaba cómo había sido años atrás la ciudad que ella habitaba ahora y que tanto le asombraba, le gustaba y le estresaba. ¿Qué edificios, comercios, cines, habían estado en las calles que ahora ella transitaba? ¿Cómo vestía y qué costumbres tenía la gente que siglos o décadas atrás recorrió antes que ella los mismos rumbos y que vio el mismo pero diferente cielo azul? 

Con obsesión, perseguía los pasos de aquellos fantasmas. 

Y al pensar sobre el sentido de la traza urbana al caminarla, supo que esta ciudad, como muchas otras, estaba hecha de sueños, deseos y metas nunca alcanzados, de planes ejecutados por el gobierno, unos acertados y otros no tanto. Estos pensamientos se adueñan de ella cada vez que va al archivo. Para llegar a él debe recorrer gran parte de la ciudad: del sur al centro. 

Durante el trayecto, su mente y su vista recogen múltiples imágenes que se le impregnan al cuerpo. Al caminar recorre grandes avenidas con nombres de ríos que en otro tiempo tuvieron agua. Prácticamente todos los ríos de la ciudad fueron entubados. Y al pensar en esto recuerda una canción del grupo de rock Trolebús, que dio su primer concierto en 1985 tras el gran sismo que sufrió esta ciudad: “Marinero del río Consulado, del Río Churubusco y del Río Mixcoac. Navegaba en Chapultepec, en el lago de Aragón y en el lago de la Soledad… de la ciudad, de la ciudad”. 

II 

Es sorprendente lo que una metrópoli ofrece a quien la habita, pensaba Anna. Sólo es cuestión de abrir los ojos un poco más de lo habitual para ser testigos del acto sorprendente de sobrevivir. Pero pasa, siempre pasa. Los habitantes de la gran Tenochtitlán han dejado de conmoverse. En el metro, los miles de usuarios andan como entre tinieblas; no abren los ojos por miedo a quedarse ciegos. Se han acostumbrado tanto a los olores, al apretujamiento, al machucón de su piel por otros que como ellos viajan apresuradamente, que se han vuelto indiferentes. Entran y salen automáticamente de los vagones dando empujones, la gente camina con prisa; incluso quien no la tiene finge tenerla. 

Anna es testigo del ritmo vertiginoso de la ciudad. La modernidad trajo un ritmo frenético tras de sí. Por las calles y avenidas comenzaron a transitar más vehículos a partir de los años treinta. Esta extraña modernidad fue la que tanto asombró e inspiró a los estridentistas. 

III 

La luz se filtraba tenuemente a través de la única ventana que había en el archivo. El salón estaba alumbrado también por una luz artificial y en él apenas había tres o cuatro almas más. El archivo es un lugar solitario, sombrío y frío como el pasado, pensaba Anna. Mientras escribía notas percibió un dolor en los brazos, ¿por qué le dolían? Su cara se hundía en los papeles viejos y sus manos enguantadas buscaban ansiosamente indicios, huellas que le revelaran algo significativo, algo de luz sobre ese túnel oscuro que es el pasado. 

[…]
Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.

La pintura de castas: retratos del comercio callejero

Blanca Azalia Rosas Barrera 
El Colegio de México 

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Para imaginar los usos y costumbres en las calles de la ciudad de México en el siglo XVIII, nada mejor que recurrir a las pinturas de castas. Diferencias sociales, económicas, laborales y hasta morales se pueden observar en las actitudes, atuendos y ocupaciones de los personajes retratados. 

La representación de castas fue un género pictórico primordialmente novohispano desarrollado a lo largo del siglo XVIII, resultado del gusto por la ostentación adquirido por las elites tras el ascenso al trono de la Casa de Borbón y por la introducción de ideas ilustradas que promovían la observación y clasificación de las sociedades y su entorno. Estas obras se caracterizaron por mostrar las riquezas de Nueva España, de su flora, fauna e incluso de la diversidad racial de sus habitantes y de los oficios que desempeñaban, contribuyendo a crear una imagen diferenciada de Europa. En tal sentido, es muy posible que esta corriente artística estuviera dirigida al público europeo, lo cual explica la presencia de series completas en España, obsequiadas o adquiridas por funcionarios de la corona española, aunque su popularidad las pondría al alcance de un grupo más amplio de consumidores.

Por lo general, en las pinturas de castas se mostraban familias realizando actividades cotidianas acordes con una “calidad” racial construida a partir de características específicas. Las actitudes, atuendos y ocupaciones desempeñadas enfatizaban las diferencias sociales, económicas, laborales y hasta morales de los personajes. Aquellos más cercanos a la raza española, además de lucir lujosas vestimentas al uso europeo, usualmente eran representados en momentos de ocio o realizando oficios considerados respetables por el prestigio o instrucción formal que demandaba su práctica. En contraste, los indígenas y castas normalmente aparecían desempeñando oficios que no requerían conocimientos específicos y vestían desde trajes europeos sencillos hasta atuendos indígenas y harapos. 

Muchas de estas obras buscaban sustentar un ideal jerarquizado de la sociedad novohispana. Partiendo de una misma fórmula compositiva, por lo menos tres personajes representativos de hombres, mujeres y niños se integraban series de imágenes consecutivas dispuestas de una manera de pirámide racial, en cuya cima estaban los españoles. De tal manera, los grupos de poder patrocinaron obras que expresaban un discurso de estratificación social fácil de entender, como medio de legitimación de su posición privilegiada y para justificar el estado de pobreza que mantenían las castas cuando eran el resultado de la mezcla de sangre europea e indígena con la de origen africano, considerada inferior por naturaleza. 

Al tratarse de un discurso sustentado en ideas deterministas aún muy debatidas, tendió a exagerar las diferencias entre grupos sociales a través de un sistema clasificatorio que no lograría influir de forma determinante en las cuestiones administrativas ni en la interacción social. Los documentos de la época dan cuenta de que, a pesar de que tenía alguna relevancia, la raza no era una categoría fija sino bastante flexible. No imposibilitaba la movilidad social, el acceso a la educación o al trabajo pues la atribución de la “calidad” de un individuo muchas veces era una cuestión subjetiva, ligada al establecimiento de relaciones sociales, familiares, laborales y con atributos como el prestigio o el honor. 

Si bien hoy en día se conocen infinidad de obras ambientadas en paisajes tanto rurales como urbanos, nos centraremos en estos últimos puesto que nos permiten imaginar los usos y costumbres desarrollados en las calles de la ciudad de México en el siglo xviii. Las representaciones de vendedores callejeros, o ambulantes en tanto contaban con la movilidad propia de los mercados temporales que se formaban en plazas y plazuelas, son una fuente de información muy rica para entender las dinámicas del abasto de la capital novohispana, el desarrollo de mecanismos de control sobre el comercio y el espacio público y, principalmente, para estudiar los recursos de las clases trabajadoras urbanas para acceder y mantener sus medios de subsistencia. 

El comercio callejero, como temática recurrente en la pintura de castas, se relaciona también con el desarrollo de una cultura urbana. En el caso de la ciudad de México, importante centro político, económico y cultural del reino, el aumento de la población a lo largo del siglo XVIII, de sus necesidades de abasto y trabajo, provocó la proliferación de formas de empleo que no requerían una preparación técnica, educación, un gran capital o influencias, como era el caso del comercio en pequeño (móvil y temporal). Asimismo, la capital fue la primera ciudad en experimentar la aplicación de reglamentos de policía urbana de corte racionalista, que contemplaban un mejor control, limpieza y ornato de los espacios públicos y de las actividades realizadas en ellos, contexto que determinaría el lento pero continuo proceso de concentración del comercio callejero en plazas y mercados fijos propios de una ciudad moderna, racional y ordenada.

Algunas pinturas 

Las representaciones del comercio callejero no estuvieron exentas de la carga racial. La raza de los personajes se expresaba con una leyenda que enunciaba la “calidad” del padre, de la madre y del resultado de su unión. Mientras más española era la sangre de los personajes, más pasiva era su participación en escenas en que la parte indígena o mestiza se ocupaba de las ventas, y usualmente se trataba de la mujer. En el caso de las mezclas más complejas, además de calificativos denigrantes, también se aprecia una mayor participación femenina en la venta de alimentos, correspondiendo a la parte masculina actividades que requerían un mayor esfuerzo físico que intelectual o la aparente falta de oficio u ocupación respetable. 

[…]
Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.

El archivo fotográfico de Armando Salas Portugal

Paulina Michel Concha
Archivo Histórico del IISUE-UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

La UNAM preserva dos colecciones sustanciales de la obra del fotógrafo autodidacta regiomontano: 316 negativos de El Pedregal de San Ángel y 569 sobre la Ciudad Universitaria. Apasionado del paisaje y devoto de la arquitectura, Salas Portugal dejó un legado de 60 000 imágenes tomadas durante más de cinco décadas. 

El menor de los tres hijos de Daniel Salas y Rosa Portugal, Armando, nació el 29 de mayo de 1916 en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, lugar donde residió hasta 1921, fecha en que la familia se trasladó a la ciudad de México, y pasó una niñez tranquila y feliz, en la colonia Juárez, según narraba en sus innumerables cuadernos y apuntes. Desde muy joven sintió particular interés por la naturaleza y las excursiones y a los doce años subió por primera vez a la cima del Iztaccíhuatl con su hermano Daniel. En ese tiempo, le tocó vivir el surgimiento de los nuevos proyectos culturales y educativos de la posrevolución, de donde emanó gran cantidad de artistas y expresiones diversas, como las escuelas de pintura al aire libre y el movimiento muralista. 

Por iniciativa suya, a los 16 años se fue a California a estudiar el bachillerato y, posteriormente, ingresó a la Universidad de California en los Ángeles (UCLA) para cursar la carrera de químico, con especialidad en perfumería. Durante unas vacaciones en México, tomó por primera vez la cámara de su hermano para fotografiar los paisajes de Sinaloa y, de regreso en California, continuó experimentando con este medio al hacer tomas de Beverly Hills y autorretratos a manera de imitaciones del afamado actor de Tarzán, Johnny Weismuller, a quien llegó a conocer. Además, desarrolló gran habilidad para el ajedrez y la escritura y manifestó interés por aprender a través de los libros, llegando a formar desde entonces una colección de libros antiguos. Por problemas financieros regresó a México en 1938, en los albores de la segunda guerra mundial, y se vio en la necesidad de concluir sus estudios universitarios en México, en la modalidad a distancia. Para sostenerse, estableció un negocio de cremas de belleza y perfumes “Lepzig” en la calle de Chihuahua, en la colonia Roma, donde tuvo buena aceptación entre las mujeres de la época. Para 1939 pudo financiarse su oficio de fotógrafo y adquirió su primera cámara, una Zaizz Ikonta sencilla, pero con muy buen lente, y después una Tessar 3.5. A partir de entonces, de manera totalmente autodidacta, comenzó su carrera de fotógrafo y logró montar sus primeras exposiciones con gran éxito. Los viajes y la fotografía se volvieron sus grandes pasiones y comenzó a recorrer gran parte del territorio mexicano, realizando una gran cantidad de ascensos a los volcanes. En 1939 fotografió por primera vez la zona del Pedregal de San Ángel, una gran extensión de terreno volcánico formado por la lava de los volcanes Xitle, Cuatzontle, Olaica y La Magdalena, situados a las faldas del Ajusco. 

Sus fotografías comenzaron a publicarse en periódicos y revistas con muy buena recepción y, en 1944, presentó su primera exposición individual en el Museo del Palacio de Bellas Artes, donde conoció al arquitecto Luis Barragán quien a su vez le presentó al ya renombrado pintor y apasionado de la vulcanología, Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl. Juntos, fotógrafo y pintor, recorrieron la zona del Pedregal durante largo tiempo a instancias de Barragán quien, para entonces, comenzaba a concebir el fraccionamiento residencial Jardines del Pedregal y requería de las fotografías de Salas Portugal para llevar a cabo su magno proyecto. 

En esos años postreros de la segunda guerra mundial, México tuvo una intensa industrialización y crecimiento poblacional. En ese marco, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) manifestaba la necesidad imperiosa de hallar otro sitio para construir las instalaciones que albergaran a las escuelas y facultades, ya que los antiguos edificios del Centro Histórico parecían rebasados por el aumento de la población estudiantil y se requería de nuevos espacios, amplios y adecuados para las necesidades del nuevo modelo educativo, con grandes instalaciones deportivas y culturales al estilo de las universidades anglosajonas.

Así fue como Armando Salas Portugal comenzó a fotografiar los proyectos arquitectónicos de Luis Barragán en el fraccionamiento Jardines del Pedregal y, posteriormente, fue contratado por la unam por “concepto de trabajos de fotografía”, que realizó desde los inicios de la obra hasta la inauguración de Ciudad Universitaria. Sus fotografías fueron también solicitadas por los grandes arquitectos de la época, como Mario Pani, Félix Candela, Juan Sordo Madaleno y Ricardo Legorreta, entre otros, con el fin de que sus obras fueran interpretadas y destacadas por su lente. 

[…]
Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.

La oposición morenista en tiempos del Pacto por México

Sergio Hebert Caffarel Pérez 
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56.

Esta radiografía de los inicios de la bancada de Morena en la Cámara de Diputados, en 2015, permite ver su comportamiento, siendo minoría, con los asuntos legislativos que se trataban allí.

Andrés Manuel López Obrador, fundador del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) durante una conferencia magistral sobre la situación socioeconómica y política de México que se realizó a un costado del mercado municipal de Zumpango dando así inicio a una gira de trabajo por el Estado de México, 4 de marzo, 2015. FOTO: RODOLFO ANGULO /CUARTOSCURO.COM

El Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) se convirtió, en diciembre de 2018, en el primer partido de izquierda que ocupó el cargo presidencial de la república en el México democrático. A poco más de la mitad de su sexenio, el partido representa un proyecto alternativo de nación que se antepone, al menos en el discurso, a las administraciones anteriores acusándolas de conservadoras y neoliberales. Con un amplio apoyo en ambas cámaras legislativas, sus primeros tres años como principal protagonista de la política nacional, en donde marcó la agenda política, contrasta con sus inicios legislativos en 2015, cuando era un actor secundario en la Cámara de Diputados.

En 2018, el país se encontraba inmerso en una serie de problemas socioeconómicos y, al ser un año de elecciones federales, cada partido buscaba culpables para estos males. En el caso de Morena, había solamente uno: la figura discursiva de la “mafia del poder”, la cual aglutinaba a prácticamente el resto de la clase política. La gran irrupción electoral de Morena, un partido de reciente creación, que apenas había debutado en la arena política mexicana, llamó la atención de la población en general, así como de los especialistas en el ámbito político. No sólo había logrado ser el primer partido de izquierda en ganar la presidencia en ese año, sino que también desplazó al mayor partido de izquierda del mismo periodo (prd), en tan sólo cuatro años. ¿Cómo logró todo esto en el breve lapso de 2015-2018? Si bien es innegable que buena parte de su éxito electoral se debió al liderazgo y la figura de su fundador, Andrés Manuel López Obrador, su primera bancada también desempeñó un papel relevante para la definición del partido como una organización política de oposición. 

El sistema de partidos es el principal medio de expresión política de la sociedad mexicana -aunque no el único- ya que, al elegir a un partido durante los comicios, se selecciona a sus representantes en el Congreso. En esta instancia es donde se llevan a cabo procesos políticos de importancia en varias etapas: presentar iniciativas de ley, su estudio, deliberación y debate, para así ser aprobadas o desechadas. Además, ahí mismo se lleva a cabo la ratificación de algunas decisiones del presidente de la república y de la Cámara de Senadores. 

El sistema de partidos mexicano es plural, esto quiere decir que hay más de dos partidos en pugna por el poder político y se tiene la posibilidad de hacerse con él. Sin embargo, aquellos que no logran la mayor parte de los votos se vuelven, por definición, de oposición. Se considera que un partido es de oposición cuando cuestiona al poder instituido y no sólo representa y protege a sus electores, sino también maniobra con las políticas públicas vigentes y busca reformarlas y proponer otros proyectos. Por lo mismo, tiene la obligación de contender con el gobierno instituido, demostrando ser un gobierno alternativo. 

Formación de MORENA

La génesis de Morena se ubica en la gran escisión que tuvo el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 2012. Después de lanzar por segunda ocasión a López Obrador como candidato presidencial y perder nuevamente la elección, inmersa en diversas irregularidades, el llamado partido del sol azteca optó por entrar en una etapa de negociación y realizar una coalición legislativa junto con el Partido Acción Nacional (pan) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Las pláticas derivaron en lo que se llamó el Pacto por México, formalizado el 2 de diciembre de ese año. Para Andrés Manuel López Obrador pactar con los otros dos grandes partidos políticos resultaba inaceptable, por lo que decidió separarse del PRD días antes de la firma de ese acuerdo, el 20 de noviembre. Declaró su malestar con la decisión y dijo, como recoge La Jornada del 3 de diciembre de 2012, que “el Pacto contra México implica un engaño, arreglos cupulares y corrupción. Total, ellos roban, pero dejan robar y quien no transa no avanza.”

[…]
Para leer el artículo completo consulte la revista BiCentenario.