Archivo del Autor: Norberto Nava

Correo del lector #46

Por amor a la historia

Cada año tiene lugar la Olimpiada Mexicana de Historia, que organizan la Academia Mexicana de Historia y la Fundación Televisa, y en la que compiten jóvenes de doce a 16 años sobre el México prehispánico, colonial y de los siglos xix y xx. Historiadores de distintas instituciones evalúan sus respuestas y ensayos.

103¿Sabías qué…?

El rey Kamehameha III hace contratar en California, en 1830, a vaqueros mexicanos, a fin de que enseñen a sus súbditos las destrezas necesarias para la cría y el pastoreo del ganado vacuno abundante en Hawai. A los vaqueros actuales se les llama paniolos, palabra que deriva de españoles o de pañuelos, aludiendo a los que usan en el cuello.

Correo del lector

Revisé durante las vacaciones los últimos números de BiCentenario. Quiero decirles que la revista me encanta y me hace sentir avergonzada de todo lo que no sé de mi país. Me gustan la calidad y el cuidado con que está hecha, desde los artículos hasta cada ilustración que acompaña a los textos. Gracias.

Claudia S. de Gual

Del artículo “La barbacoa en el siglo XIX” (BiCentenario núm. 44), Marco Darío Balderas afirma, de la imagen de quienes transportaban la barbacoa, que “parecen portadores del fuego sagrado”.

02. BarbacoaUn pequeño homenaje para una mujer enorme. Que descanse en paz, la querida doctora Buriano (BiCentenario núm. 45). Seminario Permanente de Historia y Antropología de la Salud.

100Reloj de arena

5 de noviembre de 1819

Derrotado por el jefe realista Pío Marcha Ruiz, en Agua Zarca, Michoacán, Vicente Guerrero cruza el río Balsas y se refugia en las montañas de sus conocidas tierras del sur.

9 de diciembre de 1869

El Siglo Diez y Nueve reseña el baile que se ofreció en el Teatro Nacional a William H. Seward, exsecretario de Estado de los presidentes Abraham Lincoln y Andrew Johnson. Se señala que “no se había dado nunca otro igual en la república”, por “el lujo y la elegancia del adorno y la escogida y numerosa concurrencia que asistió”.

27 de octubre de 1919

El general Plutarco Elías Calles se reúne en Querétaro con el primer jefe del Ejército Constitucionalista y llega a la conclusión de que él y los hombres que lo rodean son contrarios a la candidatura presidencial del general Álvaro Obregón y que piensan apoyar al ingeniero Ignacio Bonillas en las próximas elecciones.

22 de diciembre de 1969

José Revueltas pide a Arthur Miller, presidente del Pen Club Internacional, que informe en este que ese día se hallan en huelga de hambre 86 jóvenes de entre 18 y 25 años, salvo él, en protesta contra un régimen que los tiene presos mediante una “hiriente caricatura de procesos en la cual los acusadores concretos, los testigos irrecusables y la demostración de los delitos no aparecen por ninguna parte”.

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¿Un invento mexicano?

Guadalupe Villa
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

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¿Qué ven con asombro esos dos transeúntes?, ¿se preguntarán si es, quizá, un camión blindado?, ¿tal vez un prototipo de tanque de guerra? Usted lector ¿qué imagina? El ingenio mexicano es proverbial por su habilidad para improvisar y salir airoso al resolver, sin herramientas adecuadas, problemas mecánicos o manuales, o crear artilugios como por arte de magia. ¿Será el caso? Desde luego existe la posibilidad de que sea uno de los primeros autos blindados. Es, sin lugar a duda, un vehículo militar, aparatoso por fuera y reducido e incómodo por dentro. El 13 que luce en el costado puede indicar dos cosas: número de serie o de la suerte, misma que se necesitaría para salir airoso, con semejante armatoste, de algún enfrentamiento bélico. Sabemos que el gobierno de Victoriano Huerta negoció con una compañía italiana la compra de dos transportes de guerra de 3 500 toneladas de desplazamiento con cascos de acero, armados con cuatro cañones de 75 milímetros, con máquinas de vapor capaces de darles una velocidad de diez a doce millas por hora, dotados de telégrafo inalámbrico, alumbrado eléctrico, embarcaciones de vapor y remo para transportar tropas en climas tropicales. Podían, dijo el mandatario en su informe al Congreso de la Unión, conducir cómodamente 800 hombres de tropa con sus jefes y oficiales y 400 caballos e impedimenta (equipaje que suele llevar la tropa), aparte de su tripulación, pero estos interesantes artefactos nunca se recibieron. Es posible que fuera parte de un sueño ¿etílico tal vez? del presidente. Se dice que fueron los británicos quienes produjeron el primer “” en 1915 y de ahí muchos otros ejércitos imitaron y mejoraron su diseño, añadiendo para la movilidad, en terrenos problemáticos, las conocidas “orugas”. Los dos hombres que miran con asombro y curiosidad el carruaje, y el automóvil que va detrás suyo nos dicen que estamos en los años veinte, época de reconstrucción nacional y de un ejército en transformación, que se renueva. La imagen no es la tentativa de documentar un conflicto, sino la modernidad. Alguien dijo alguna vez que “la cámara es el ojo de la historia”.

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Editorial #46

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

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Durante la mayor parte del siglo XIX mexicano, la sociedad estuvo atenta al llamado de las armas, para responder con el fusil en la mano o esconderse del reclutamiento forzoso. Intervenciones extranjeras, guerras intestinas, pronunciamientos, asonadas y motines fueron el pan de cada día. El “mexicanos al grito de guerra” del himno nacional compuesto en esos años, nos representaba a la perfección; al mismo tiempo, nuestra historia patria se llenó de los héroes y villanos de las diversas batallas de aquel agitado siglo. La edición de BiCentenario que tiene en sus manos busca explicar y entender a esta sociedad armada, no sólo a las figuras preponderantes de los ejércitos en conflagración, sino también al soldado anónimo que dio su vida por la formación de este país.

Abrimos este número con el artículo de Eduardo Orozco, quien cuestiona que en la guerra de independencia se enfrentaran dos grupos bien definidos: realistas e insurgentes. Orozco nos demuestra que la ecuación no es tan simple, que los jefes y oficiales de cada bando tuvieron más en común de lo que a simple vista parece. Para sostenerlo, revisa los diversos cuerpos armados que la corona española organizó hacia fines del siglo XVIII para Nueva España. De ellos salieron los jefes que organizaron al “ejército” insurgente.

Omar Urbina continúa el análisis, ahora con los soldados que constituyeron los primeros contingentes armados del México independiente. Presenta la constante pugna entre las milicias locales y el ejército permanente, y cómo esta se intensificó con el cambio de sistema político, pues los federalistas apostaban por las milicias compactas y regionales, y los centralistas buscaron en el ejército profesional el baluarte que garantizara “la seguridad interior y la defensa exterior”; como veremos, todo quedó en buenas intenciones.

Entonces surge una pregunta: más allá de las leyes que buscaron uniformar y reglamentar a las fuerzas armadas, ¿cómo se comportaron en la práctica? Tres textos llevan al lector al campo de batalla sin el peligro que esto supone. Así, Francisco Vera estudia el intento de reconquista española de 1829, cuando las tropas mexicanas, mal vestidas y mal comidas pero bien comandadas, repelieron el ataque del brigadier español Isidro Barradas. Carlos Arellano hace lo propio con la guerra de Reforma, en que el ejército profesional, dirigido por generales conservadores, sitió la ciudad de Veracruz, sede del gobierno liberal encabezado por Benito Juárez. En ambos textos encontramos a los oficiales, la tropa, el armamento y los pertrechos bélicos y nos adentramos en los caminos y fortificaciones militares. En el tercer texto, seguiremos al guerrillero-bandido Antonio Rojas en sus andanzas por el occidente del país y veremos la importancia de su participación bélica en el triunfo de los republicanos sobre el imperio de Maximiliano.

El siguiente tema que aborda la presente edición es la educación castrense durante la llamada “pax porfiriana”. Sin guerras internacionales, ni el levantamiento y movilización de grandes contingentes armados, se atendió a la educación de jóvenes cadetes. La modernización del Colegio Militar en 1901 y la apertura de la Escuela Militar de Aspirantes en 1905 fueron acciones encaminadas con este fin. Gustavo Helguera presenta una entrevista hecha al general Rodolfo Casillas, quien en su juventud pasó por las aulas de ambas escuelas. La entrevista nos lleva de las elegantes cenas de fin de año con el general presidente Porfirio Díaz, a la división social que nutrió a la revolución mexicana. Podemos agregar que el general Casillas debió de tener en las manos la Revista del Ejército y Marina, surgida en 1906 para la enseñanza y difusión de los avances científicos del sector intelectual de la Secretaría de Guerra, y que es objeto del artículo de Víctor Salazar.

En la actualidad, las fuerzas armadas son parte de nuestra sociedad, ya no como una corporación escondida en los cuarteles, sino como una institución vigilada, hasta cierto punto, por la ciudadanía; pero esto no fue siempre así. César Valdez revisa las pruebas y retos que la institución ha enfrentado desde 1990 ante la opinión pública, así como las políticas de los distintos niveles de gobierno para hacerla más eficientes y eliminar la terrible corrupción que la ha envuelto durante años.

Si usted, lector, desea acercarse más al fenómeno militar desde el punto de vista académico, lo invitamos a leer el artículo del mayor retirado Antonio Campuzano sobre el Archivo Histórico de la SEDENA. Ahora, si lo que prefiere es el punto de vista artístico, el artículo de Samantha Pérez lo llevará a la guerra de los Pasteles (1839), a través de la interesante historia de un grabado que forma parte de la colección del Museo de Arte de Veracruz, y el cuento de Kenji Hernández lo pondrá al tanto de la historia de un militar que prefirió asistir a las fiestas de su pueblo que atender al llamado de sus superiores.

Así está edificado este número de BiCentenario. Sólo nos resta agradecer al Seminario de Historia Militar y Naval por sus valiosas aportaciones y esperar que, al terminar estas líneas, el lector interesado decida continúar con las demás páginas.

Hasta la próxima edición.

Norberto Nava B.

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Rodolfo Casillas. La educación de un militar

Gustavo Javier Helguera Salas
Facultad de Filosofía y Letras

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Durante el porfiriato, el Colegio Militar formaba a cuerpos de elite, en contraste con el resto del ejército, cuyos integrantes, conocidos como consignados, eran enviados desde los pueblos, a la fuerza, por los presidentes municipales y los jefes políticos.

251Con el triunfo de Juárez y la república sobre el imperio de Maximiliano en 1867 se reanudaron los cursos en el Colegio Militar, institución que ofrecía a los jóvenes de clase media una formación a lo largo de siete años y, además, les proporcionaba una educación científica en ingeniería o arquitectura. Sin embargo, uno de los inconvenientes del programa era lo tortuoso del escalafón, ya que si un oficial especializado en infantería, artillería o caballería quería convertirse en coronel debía seguir dentro de las fuerzas armadas unos 25 o 30 años más, con una paga insuficiente.

El general Bernardo Reyes, ministro de Guerra y Marina durante los últimos años del porfiriato, implementó el 1 de enero de 1901 un nuevo reglamento para el Colegio Militar con el fin de erradicar sus problemas. Los cambios más notorios de este reglamento eran las nuevas materias que entraron al programa, como inglés, hipología, aerostación militar, fabricación de explosivos, ingeniería, geografía, entre otras. Esto permitió que el conocimiento científico diera a sus egresados más oportunidades laborales una vez que dejaran el ejército.

Además, se introdujeron prácticas de campo, que ayudaban a los cadetes a poner en uso los conocimientos obtenidos. La primera práctica consistía en salir de “campaña” durante 40 días, en brigadas formadas solamente por alumnos del colegio. La segunda consistía en la construcción de un cuartel, donde los cadetes se alojarían con el objetivo de recrear la vida diaria del ejército al proteger su acantonamiento.

Ahora bien, los cambios en el reglamento no lograron solucionar el problema del escaso número de oficiales que necesitaba el ejército en aquel momento, ni se consiguió que un nutrido número de jóvenes ingresaran a los estudios militares. Por ello, el 7 de diciembre de 1904 se decretó la creación de la Escuela Militar de Aspirantes, inaugurándose el 29 de enero siguiente. El objetivo consistía en la formación de oficiales subalternos e incluso permitía que los sargentos ingresaran en ella para ascender a oficiales. Además, si los alumnos conseguían demostrar en un año su vocación por las armas, se normó que podrían ingresar de forma directa al ejército permanente.

????????????????????????????????????????????????????????????????????????Cabe señalar que los alumnos que asistían a la Escuela de Aspirantes eran en su mayoría civiles sin antecedentes militares o soldados rasos. De ellos, pocos lograban sobrellevar las exigencias y la mayoría desertaba a las primeras semanas. Todos estos cambios son narrados en el testimonio del general Rodolfo Casillas, quien nació en Puebla el 9 de junio de 1884 e ingresó al Colegio Militar el 7 de enero de 1901; más adelante realizó estudios de equitación militar en colegios de Europa y Estados Unidos y, a su regreso en 1910, ingresó a la Escuela de Aspirantes. Junto con otros militares como Jacinto B. Treviño y José Alessio Robles, fue uno de los pocos cadetes que cumplió con los objetivos del reglamento y logró ascender en dos años a coronel de caballería.

En esta entrevista ubicada en el Archivo de la Palabra del Instituto Mora y realizada por el doctor Alexis Arroyo en marzo de 1961 en la ciudad de México (PHO/1/104), es posible conocer la carrera de un militar que podría ser la de una generación de cadetes de aquella época. Se aprecian, además, las virtudes de la escuela, sus deficiencias y alcances como centro formativo de los escalafones más altos de las fuerzas armadas. Asimismo, se advierte cómo era admirada la figura contradictoria de Porfirio Díaz, ya que para los cadetes constituía una figura paternal y protectora durante su estancia en la institución, pero cuando salieron a campaña durante la revolución mexicana, pudieron darse cuenta de la situación real del país y de cuán “opresivo” había sido el régimen del general Díaz.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

Orden presidencial

Kenji Hernández

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46.

Mi nombre es Hernán Colos y trabajé 35 años para el servicio secreto de mi país. Sólo que, en mi país, lo secreto es bien sabido por todos y lo que debería ser sabido por todos es un secreto. Inicié mi carrera en las Fuerzas Militares de Choque y Control de Situaciones que surgió a raíz de las fuertes luchas del gobierno contra el pueblo. No se crean, ese gobierno y ese pueblo eran uno mismo hace apenas cinco generaciones, cuando, juntos, formaron una gran fuerza que se enfrentó con las armas al antiguo gobierno.

La historia de siempre, no se crean, nada es nuevo bajo el sol. Hace 40 años, a falta de servicio secreto (cuando yo aún era un niño preocupado por el hambre y no por llegar a tiempo a pasar lista al batallón de infantería), el gobierno mandó al ejército a reprimir a la resistencia.

Los soldados estamos entrenados para cumplir órdenes, aunque en ello se nos vaya la vida y si la orden dice “eliminar” debemos eliminar, si dice “proteger” debemos proteger. Aquella vez, el pelotón tenía órdenes de convocar a la muerte para solucionar el problema de los que se oponían a la celebración de las olimpiadas. Se pasaron de la raya. Hubo muchos muertos, muchos desaparecidos y mucho miedo en las calles. Debido a las críticas y la culpa, el gobierno decidió crear el servicio secreto para tener una mano invisible y bien adiestrada en los asuntos de seguridad nacional.

Cuando me di de alta en el servicio, me advirtieron que el trabajo era duro y el horario era de 26 horas al día. ¿Cómo, si el día sólo tiene 24?, pregunté, pero los reclutadores me respondieron que yo les pertenecía por 26. Antes del primer mes ya había escuchado los silbidos de las balas volando encima de mi cabeza y había descargado junto a mis compañeros dos rondas de municiones, al menos, sobre un grupo guerrillero que nos atacaba en la sierra de Guerrero tras una campaña de reforestación. Antes del primer año, ya había estado en una misión de eliminación de narcotraficantes en el triángulo dorado. No detonamos ni una granada, pero el rancho quedó tan destrozado por las balas que parecía uno de esos quesos con hoyos que un ratón se come en las caricaturas.

Pero, por ahora, sólo me enfocaré en un suceso.

Allá por los ochenta, antes de salirme del cuerpo de choque, antes de haber aceptado la comandancia del batallón, recibimos una orden que implicaba dejar la franquicia y volver al servicio de inmediato. En la universidad del país, los trabajadores habían colgado las banderas rojinegras e impedían el paso de los estudiantes y académicos. El gobierno trató de negociar, pero, según los medios de comunicación, los huelguistas hacían demandas que rayaban en la excentricidad.

La situación se extendió por meses y se perdieron muchas clases y recursos del Estado. El gobierno no quiso utilizar a la policía para terminar con la huelga, así que nosotros tuvimos que lidiar con ese problema. El día que llegó la orden, yo acababa de firmar la hoja de salida y caminaba hacia la puerta de las instalaciones donde nos reportábamos todos los días a las 5:00 a.m., 13:00 p.m. y 22:00 p.m. Si cruzabas la pluma del estacionamiento, eras libre y estabas franco por las siguientes horas; pero, si antes de llegar ahí un jefe te ordenaba algo o llegaba una orden del gobierno que debía ser cumplida en el acto, te olvidabas de la franquicia y te regresabas a trabajar, aunque tuvieras encima el cansancio de 48 horas seguidas de guardia.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.