Archivo del Autor: Norberto Nava

Sumario 40

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULO

image003La pintura de castas en Nueva España. Documentos de identidad personal
Roberto Fernández Castro

01Guerra_IndependenciaEl cielo de Hidalgo. Noches iluminadas y eclipse durante el estallido independentista
Héctor Noriega Mendoza

trucos de sombreroLa ocupación estadunidense. Convivencia y diversión
Cristóbal A. Sánchez Ulloa

Style: "MEXICO"¿Propiedad privada o comunal? La tierra y los pueblos indígenas en tiempos de Maximiliano
Alexis Ricardo Hernández López

5 Guillermo ROUSSET y Benito ROUSSET  exiliados en San Antonio, Texas, mayo 1911Los hermanos Rousset y su compromiso revolucionario
Christine Rousset

NMFOTO-027Derechos humanos y salud mental en el exilio rioplatense en México
Martín Manzanarez

DESDE HOY

35607657152_7930d86cc7_o¿La culpa es de Trump?
Leticia Calderon Chelius

TESTIMONIO

09 Marilyn Monroe en conferencia de prensa en el Hotel Continental HiltonHumberto Zendejas. Fotógrafo de celebridades
Horacio Muñoz Alarcón

ARTE

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y demas miembros de la Federación Nacional de Estudiantes 5682Contemporáneos Los intelectuales cosmopolitas en el México posrevolucionario
Ana Karen Hernández Hernández

CUENTO HISTÓRICO

Margarita y Benito¡Ay mi traje negro!
Silvia L. Cuesy

ENTREVISTA

K_Blair_ProdKathryn Blair. La vida sin mapa de camino
Ximena Montes de Oca y Héctor Luis Zarauz López

SEPIA

598Su lugar en el mundo
Darío Fritz

La pintura de castas en la Nueva España. Documentos de identidad personal

Roberto Fernández Castro
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 40.

¿Cómo eran las mezclas raciales en el siglo XVIII, la combinación de mestizos, indígenas, blancos y negros? Una forma de intentar explicarlo, aunque se imponía para esos tiempos la visión de que la sangre determinaba la pigmentación de la piel, fue a partir de las imágenes que recorrerían las cortes españolas durante el lapso de unos cien años, de pintores como Juan Rodríguez Juárez, Miguel Cabrera, Juan Patricio Morlete y José de Alcibar. Las pinturas de rostros, costumbres, actividades laborales y estatus sociales, establecerían las marcas propias de los habitantes del Nuevo Mundo y su complejidad, respecto de los europeos.

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José de Alcíbar, De español y albina, nace torna-atrás, 1778, óleo sobre tela. Colección Pérez Simón, México.

La pintura de castas es reconocida como uno de los géneros pictóricos más fascinantes de la América española. Desde su surgimiento, alrededor de 1711, se mantuvo como una de las formas de expresión más populares del siglo XVIII en Nueva España. Estas pinturas fueron creadas por artistas bien conocidos como Miguel Cabrera y Juan Patricio Morlete, herederos a su vez de Manuel Arellano o Juan Rodríguez Juárez, a través de José de Ibarra, pero también por numerosos pintores menos conocidos o anónimos. Todas contienen imágenes que han sido consideradas un testimonio visible de las mezclas de razas de la sociedad colonial, por lo que constituyen una forma de entender la inmensa complejidad de la vida colonial española, en cuyos orígenes se encuentra el profundo sentido que conceptos como el de raza y mestizaje llegaron a asumir en la identidad de las naciones americanas.

Y es que hablar de identidad es hablar de la forma en que las personas definimos quiénes somos y lo que significa ser eso que somos. Ocurre de ese modo al afirmar quiénes son nuestros padres, nuestra comunidad, nuestra religión, nuestra posición social o política y nuestra ocupación; y las variaciones son casi infinitas, pero no arbitrarias, porque las personas actúan, piensan, sienten y habitan dentro de tales posiciones. Además, cuando hablamos de identidad étnica, la principal característica parece ser su innegable visibilidad, a diferencia de las identidades sociales o culturales.

A pesar de tal consideración, el reconocimiento de la pintura de castas como un apartado de la pintura profana, tan destacada como lo fue el retrato novohispano, ha venido a cobrar su propia importancia sólo en las dos o tres últimas décadas. Pues si bien es cierto que el estudio de las diversas series existentes ha permitido observar la aplicación de una terminología poco rigurosa a la hora de denominar a las distintas castas, por lo que no llevarían consigo una investigación de rango científico por parte de los artistas, lo cierto es que han sido consideradas como testimonios de gran valor en el conocimiento de la vida social del siglo XVIII. Contradicciones e inconsistencias estas que también se encuentran en los documentos escritos, tanto religiosos como civiles.

En su mayoría, los cuadros de castas respondieron a ciertas características pictóricas formales. Se concibieron como conjuntos de 16 escenas pintadas en una única tela o en telas separadas, representando a familias con padres de distintas razas y uno o dos hijos. Cada individuo aparecía identificado mediante inscripciones y las escenas o los conjuntos se disponían mediante una estructura jerárquica en la que se privilegiaba la limpieza de sangre o las figuras de raza “pura”, es decir los españoles, casi siempre magníficamente ataviados y ocupados en tareas o actividades de ocio que destacaban su elevado estatus social. Por debajo o a los extremos aparecían las familias que, a medida que se iban mezclando, coincidían con posiciones laborales y sociales inferiores. Esto sin contar los casos en que los “naturales”, “apaches” o “indios mecos bárbaros” se hallaban en las antípodas del blanco puro.

Una de las motivaciones que los historiadores del arte han identificado en este género de pinturas es la de satisfacer el deseo de la elite blanca criolla por representar y categorizar el proceso de mestizaje, pues además de ofrecer al mercado europeo ilustrado una tipología de razas humanas, oficios y formas de vestir, las pinturas de castas servían para mostrar el Nuevo Mundo como un edén de recursos humanos y naturales minuciosamente descritos y clasificados. Tal parece que desde fines del siglo XVII ya existía en la Nueva España un sentimiento de identidad, sobre todo entre la elite criolla que había comenzado adquirir un arraigado sentido de pertenencia a las tierras americanas pero que, con su diversidad racial enorme, causaba cierta preocupación por la pérdida de pureza de sangre, y por lo tanto de privilegios, de modo que las pinturas de castas expresaban el deseo de conservar el orden e integrar bajo la tutela criolla una identidad que ponía de manifiesto las diferencias entre el Nuevo y el Viejo Mundo.

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Correo del Lector #39

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Del muro de Facebook

image047Respecto a “1975: el año en que Chicago vino a México” (BiCentenario, núm. 8), Ernesto, entonces estudiante de la Vocacional 10, recuerda que con un amigo de la Preparatoria 9 trató de colarse sin boleto en el concierto. Cerraron las puertas, pero un comandante de la policía les ofreció darles la oportunidad si se formaban. De repente entró una “julia” (camioneta de la policía) y los granaderos “empezaron a lanzar piedras a todos aquellos jóvenes que estábamos fuera del auditorio pensando que nos iban a dejar entrar. Se generalizó una desbandada, todos corrimos hacia donde se podía […]. El domingo, el último día de los conciertos, me fui solo al Auditorio a ver qué pasaba, tenía 500 pesos para el anillo de graduación. Al llegar, se me acercaron unos jóvenes de Monterrey y ofrecieron un boleto al costo; sin dudarlo acepté, pude entrar y disfrutar […], adiós anillo de graduación, pero estuve en el concierto y fui parte de la historia”.

image043¿Sabías qué?

Las esculturas de bronce conocidas como “Indios Verdes”, que representan a dos gobernantes mexicas: Itzcóatl y Ahuízotl, fueron encargadas al artista Alejandro Casarín y situadas en 1898 al inicio del Paseo de la Reforma. Para la elite eran “espantajos”, lo cual definió su vida errante: del lugar inicial a Calzada de la Viga, más tarde a Insurgentes Norte, luego a la estación del metro Indios Verdes y por fin 500 metros al sur, al parque El Mestizaje.

Por amor a la historia

El parque Fundidora está en los terrenos de la compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey que instaló el primer alto horno de América Latina y ocupó de 1900 a 1986. Después de ser declarada insolvente, esos terrenos se convirtieron en parque público. Entre sus atracciones turísticas, culturales y de esparcimiento brinda conocimiento sobre la historia industrial de Nuevo León mediante un museo y la exposición de piezas en sus jardines.

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Reloj de arena

image2636 de marzo de 1818
Después de tres meses de un sitio estrecho y penoso, los defensores del fuerte de Jaujilla, el último punto fortificado por los insurgentes, se rinden a las armas del coronel Matías Martín y Aguirre, comandante general de la provincia de Valladolid.

image26920 de marzo de 1868
El presidente Benito Juárez escribe a los señores M. Villalobos y E. Acianin, oponiéndose a los ejercicios gimnásticos que planean hacer en las torres de la catedral, para celebrar su cumpleaños, pues rechaza cualquier diversión “en que se pone en peligro la vida del hombre”.

9 de enero de 1918
Charles A. Douglas, abogado del presidente Venustiano Carranza en Washington, lo urge a superar la desconfianza existente entre él y el presidente Woodrow Wilson, y “llegar a una inteligencia mejor, más clara y definida entre los dos gobiernos”.

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19 de enero de 1968
En la ceremonia celebrada en el Palacio de Bellas Artes, con asistencia del presidente Gustavo Díaz Ordaz, el regente Alfonso Corona del Rosal, Pedro Ramírez Vázquez, presidente del Comité Organizador de la XIX Olimpiada, y Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional, se anuncia el programa cultural del evento, cuyo propósito será destacar, como se hacía en la antigua Grecia, las manifestaciones más importantes de la cultura universal.

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Lucidez

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Cuando yo tenía sus edades muchachas, la palabra de un hombre ante una mujer era letra escrita, ni se olvidaba ni marchitaba, simplemente se cumplía, y si alguno quitaba el dedo del renglón y se apartaba, pasaba a ocupar el puesto de los irredimibles, irrecuperables y gruñones. A sus edades las puertas de las casas estaban abiertas porque nadie se atrevería a entrar sin antes pedir permiso. Los juguetes eran de madera o hechos a mano, llegaban una vez al año y debían durar hasta el próximo día de Reyes. Teníamos un solo par de tenis que no se cambiaba hasta que la suela tuviera más de tres hoyos, y una muda de ropa era la misma para cada fiesta. Escuchar radio era obligatorio, no había otra comunicación, a excepción del cine que lo veíamos en la carpa móvil los domingos y teníamos que cuidarnos de algunos que llegaban armados y hacían disparos al aire cuando alguna escena les gustaba. Con mis hermanos nos podíamos bañar en el agua de algún río, una cañada o bajo la lluvia porque nos quitaba lo sucio. A mi edad, y les hablo de más de cuatro veces la que ustedes llevan en su piel, los papás regañaban con la mirada, la voz alzada, un cinturón amenazante y quizá un buen tirón de oreja; en casa había alguien que nos esperaba con comida sabrosa a la salida de la escuela; los maestros tenían conocimiento de lenguaje, álgebra, geografía o matemáticas y usaban una varita, que no era para hacer magia, sino para aplicarnos un coscorrón cuando no prestábamos atención; se desayunaba café con leche, jugo o agua, y el refresco estaba prohibido; las chicas por entonces practicaban baloncesto y voleibol, o nadaban, aunque pocas. Al futbol o al tenis no le entraban. Si había algún amigo de lo ajeno no tardaba en disfrutar de su autorregalo que ya caía preso. Las noches por entonces tenían estrellas, lospájaros gorjeaban en las mañanas y al atardecer nuestras madres nos mandaban a llamar a gritos para que regresáramos de la calle. El tranvía o el camión pasaba por casa, nos llevaba y traía, y echábamos relajo con otros compañeros mientras el chofer nos miraba con desgano y ordenaba ubicarnos en el fondo del vehículo. Pero algún día vi que eso cambiaba, que la palabra de los hombres sí se marchitaba, que hubo que ponerle triple cerrojo a las puertas, que los Reyes Magos no llegaban, que la televisión pretendía sustituir al cine y hasta el agua de lluvia venía sucia. Cuando descubrí que nadie se inmuta si te desvalijan en la calle, que sólo el reloj despertador canta en las mañanas, el camión a veces ni se detiene y nuestros papás ya se fueron; yo, solito, tomé mis bártulos y quedé encerrado entre las paredes de este manicomio, para que el tiempo no me atrapara y mis hermanos que me trajeron hasta aquí disfrutaran de la herencia paterna. Prometí una sola cosa, muchachas, que sólo saldría al patio para contarles a ustedes estas locuras.

Recuerdos de infancia. Manicomio La Castañeda

Francisco Javier Castellanos Cervantes
Ciencias Odontológicas, Médica y de la Salud, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Dos vivencias de la niñez dan cuenta de una vida sosegada entre los muros del edificio que fuera emblemático en la atención de enfermos con discapacidades mentales en la primera mitad del siglo XX. Para algunos empleados y sus hijos, la convivencia con los pacientes no era conflictiva.

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Cincuenta y ocho años habían sido suficientes para que el Manicomio General La Castañeda pudiera lograr que la psiquiatría se profesionalizara en nuestro país. Muchas personas habitaron dentro de sus muros buscando encontrar una cura para sus padecimientos mentales, o simple y sencillamente para hallar un paliativo y hacer la vida más llevadera. Sin embargo, también podemos rastrear la vida al interior de estos muros con otra mirada: la de los trabajadores y los familiares de estos, quienes convivían con los pacientes de forma cotidiana.

La Castañeda fungió por muchos años como una institución de beneficencia. Si bien es cierto que contaba con población pensionista que pagaba para recibir un trato mejor al de los demás, la mayor parte no podía hacerlo. Una gran parte de los internos eran llevados por sus familiares y la mayoría no volvía a salir de ahí y, aunque se sabe poco sobre los niños abandonados en este manicomio, fue un fenómeno relativamente común a mediados del siglo XX. El abandono se debía más que a un problema mental a una cuestión que hoy entra en el terreno de la teratología, esto es, a que algunos niños que nacían con malformaciones encontraban su destino dentro de los muros de La Castañeda.

El carácter de asistencia social del manicomio, acorde con un aparato de beneficencia que duró algunas décadas, también resuelve la interrogante de por qué muchas personas terminaban ahí dentro, pues la carga económica era un aspecto fundamental para que los familiares encontraran un alivio para sus bolsillos y para los malestares físicos de sus enfermos. Sin embargo, la carga social pesaba más que otros aspectos. El abandono era muy recurrente sin consideraciones de género o edad. En este contexto, los niños con malformaciones eran un peso que soportar y que motivaba a sus parientes a dejarlos en el hospital para que pudieran recibir algún tipo de tratamiento.

La infancia no escapó a la mirada eugenésica ni de higiene mental que seguía presente dentro de este tipo de instituciones, ni desde luego de muchas prácticas como la psicometría que se orientó a marcar un cambio en quienes serían futuros ciudadanos. La higiene mental fue la principal herramienta con la que se trabajaba en la psique del niño para poder prevenir desviaciones y desequilibrios, los que se pensaba derivarían en una persona perversa, alienada o criminal. La misma situación se podía ver en la población adulta: desde el retraso mental hasta la imbecilidad o idiotez eran nombres con los que se designaba a varias “enfermedades” mentales y eran motivo de reclusión.

Los textos que se presentan a continuación constituyen una visión poco usual. Son los recuerdos de dos personas que crecieron en el manicomio y para quienes este espacio era algo natural; con personas que catalogan como “diferentes” pero nada más, pues en su momento no comprendían la magnitud de sus padecimientos. Sin embargo, al ser entrevistados, sí mostraron mucha reserva para hablar del que llaman el pabellón de niños, donde la mayoría de sus habitantes no pasaba de los dos años de edad, siendo algunos recién nacidos y su problema un impedimento físico.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario