Archivo del Autor: Norberto Nava

La comida popular mexicana cuando estaba desacreditada

Luis Ozmar Pedroza Ortega
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Hubo un tiempo, hacia principios del siglo XX, en que por el propio desconocimiento científico y nutricional sobre las bondades del maíz, el frijol o los chiles, la cocina de origen indígena y campesina se desechaba entre las élites gobernantes. En cuatro décadas esta concepción se revirtió. Fue entonces que surgió la desigualdad como la razón principal por la cual la nutrición adecuada ha estado ausente en muchos hogares mexicanos.

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Una de las mesas de desayuno infantil en un jardín de niños de Iztapalapa, ca. 1935, inv. 462192. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

En su obra El porvenir de las naciones hispanoamericanas, publicada en 1899, Francisco Bulnes argumentaba que el retraso de México se debía a una combinación del tradicionalismo ibérico y de la debilidad indígena. Explicaba la endeblez de los nativos a partir de parámetros nutritivos con los que dividió a la humanidad en tres razas, de acuerdo con su alimento base: el trigo para Europa y Norteamérica, el arroz para Asia y el maíz para el resto de América. Aseguraba que la raza del trigo era la única progresista, mientras que el consumo de maíz sólo había pacificado a los indígenas y contribuido a su resistencia por “civilizarse”. La obra de este intelectual, tal como señala el historiador Jeffrey Pilcher, sirvió para poner a discusión la idea de que la alimentación de la población mexicana jugaba un papel importante en el progreso de los pueblos indígenas; aunado a ello, el uso del lenguaje de la incipiente ciencia de la nutrición impregnó estas aseveraciones. La alimentación popular mexicana, identificada como toda preparación basada en maíz, empezó a verse como insuficiente, incorrecta e insalubre, lo cual hizo apremiante su modificación, así como la concepción de que indígenas y campesinos eran holgazanes y con potencial para la degeneración.

Estudios de higiene, como el del médico Samuel Morales Pereira de 1883, concluían que los hábitos alimentarios de los estratos populares eran precarios y malsanos, criticaba el alto consumo de tortillas de maíz, la poca ingesta de líquidos y la afición por “picotear” durante el día. Otros autores, como Esteban Maqueo Castellanos y Francisco Flores, opinaban que la falta de espíritu trabajador de los indígenas se debía a sus paupérrimas condiciones de vida y a la alimentación. Es importante comprender que todos estos juicios –etiquetados como estudios y ensayos– sobre los hábitos alimentarios de la población popular, se inscribían en el clima intelectual de la época, en donde hallar una explicación al atraso productivo del país, provocado por los indígenas y campesinos, era importante para contribuir al progreso nacional. Sin embargo, estos argumentos no podían ser comprobados, a pesar del desarrollo de la ciencia química desde principios del siglo XIX. Aún era difícil medir el contenido nutritivo de los alimentos, así que muchas ideas consideradas científicas y defendidas por varios autores e intelectuales, provenían más de un prejuicio sociocultural que de una certeza científica.

Las autoridades dejaban de lado el poco acceso a la riqueza y las consecuencias que provocaban los bajos salarios en las condiciones de vida. Si bien es cierto que médicos, políticos e intelectuales se jactaban de conocer cómo debía ser la dieta de la población para que pudiera convertirse en una masa trabajadora y productiva, no se preocupaban por considerar a qué productos alcanzaban los sueldos de entonces. La dieta estaba compuesta por tortillas de maíz, manteca, frijoles, chile, hortalizas y algunas frutas, comestibles tradicionales. Sólo los directivos de la administración pública o profesionales podían adquirir otro tipo de insumos como azúcar y chocolate, además de cubrir totalmente sus necesidades de vivienda, vestido y ahorro. Esta situación muestra que la canasta básica popular estaba muy reducida, tanto en diversidad alimentaria como en poder adquisitivo.

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Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

La dominación blanca sobre los territorios maya

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de San Francisco de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

A partir de la colonización española en el sureste mexicano, las revueltas de las poblaciones indígenas maya ante la apropiación de sus tierras fueron derrotadas unas tras otras. Como pueblo originario sobreviven sus costumbres y lengua, y el legado histórico y cultural.

Yo quisiera que hoy desapareciera esa raza maldita y jamás volviese aparecer entre nosotros [...] yo los maldigo, hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de exterminio.

Justo Sierra O’Reilly, Diario de nuestro viaje…

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Anónimo, Acuarela de la guerra de castas, pintura mural, ca. 1900. Museo del Pueblo Maya de Dzibilchaltún, Yucatán, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

A partir de la conquista, los españoles se fueron expandiendo sobre los grandes territorios indígenas, estableciendo haciendas y estancias ganaderas en diferentes sitios, como Hecelchakán y Bolonchén, en el actual territorio del estado de Campeche, lo que provocó un gran resentimiento entre la población nativa que fue perdiendo sus áreas de cultivo.

Los mayas mantenían una lucha constante por la abolición de los tributos eclesiásticos y civiles, la defensa de sus tierras y la erradicación de las diferencias de castas en la impartición de la justicia, mientras que, desde el gobierno, los blancos lidiaban por sostener sus políticas de dominio.

Otra causa del descontento de la población indígena fue el pago de las llamadas obvenciones parroquiales (doce y medio reales para los hombres y nueve para las mujeres) que tenían que pagar en forma obligatoria. Además, entre 1838 y 1845, los mayas fueron utilizados como leva en ejércitos de líderes locales con el ofrecimiento de suspenderles las contribuciones y obvenciones, pero una vez alcanzados sus propósitos se olvidaban de las promesas hechas. Todo esto acrecentó el enojo de la población maya contra los blancos. Finalmente se organizaron para iniciar una gran rebelión encabezada por Manuel Antonio Ay, cacique de Chichimilá; Cecilio Chi, cacique de Tepich: y Jacinto Pat, cacique de Tihosuco.

Para 1847, la provincia de Yucatán estaba dividida en cinco partidos: Mérida, la capital, donde se asentaba el gobierno; Izamal con una concentración de indígenas muy importante; el distrito de Campeche, puerto exportador e importador en la península; Valladolid con una fuerte congregación nativa y, por último, la región de Tekax, “donde surgió el sector indígena más agresivo durante la guerra, amén de que en Tepich, perteneciente a este distrito, comenzó la lucha el 30 de julio de 1847”, como señala la investigadora Teresa Ramayo. Una carta descubierta de manera involuntaria alertóa las autoridades yucatecas de que los caciques mayas estaban preparando un levantamiento contra ellos. Ay, quien tenía la misiva, fue enjuiciado y fusilado. Esta acción fue la chispa que prendió el fuego y en pocos días la insurrección cundió por todo el territorio, iniciándose una de las rebeliones indígenas más larga y sangrienta y cuya verdadera conclusión no llegaría sino hasta entrado el siglo XX.

La toma de Tepich por las fuerzas de Cecilio Chí, aterrorizó a los blancos; se hablaba de la profecía del Chilam Balam que señalaba que todos los “Dzules” (blancos), serían expulsados del territorio y ello permitiría el renacimiento de la raza maya. El odio se reflejó en pueblos arrasados con violencia, degollamiento de sacerdotes, violación de mujeres, incluso se hablaba de sacrificios humanos a los dioses indígenas. Todas estas noticias corrieron de boca en boca por lo que oleadas de “Dzules” abandonaban y abarrotaban los caminos huyendo de lo que ellos llamaban “la rebelión de los indios bárbaros”.

Las autoridades prohibieron que se les vendieran pólvora y plomo, el uso de armas, el cultivo del maíz (solo se permitía lo necesario para su alimentación), y el consumo de alcohol. Los que no acataron tales medidas fueron apresados y enviados a los presidios de Campeche y Veracruz.

Para mediados de 1848, prácticamente todo el territorio estaba en manos de los rebeldes, excepto Mérida, Campeche y algunos pueblos del Camino Real. El gobierno no encontraba una solución viable al conflicto. El gobernador Santiago Méndez dejó el mando a Miguel Barbachano, quien envió comisiones de paz, encabezadas por sacerdotes, pues tal parecía que los mayas solo confiaban en ellos. Anteriormente, Méndez, en un intento de solucionar el conflicto había redactado cartas para los gobiernos de España e Inglaterra pidiendo su apoyo económico y militar. Incluso su yerno, Justo Sierra O´Reilly, fue enviado a Estados Unidos solicitando ayuda a cambio del territorio.

Las comisiones de sacerdotes tuvieron éxito, pues se firmaron los acuerdos de Tzucacab con Jacinto Pat, en los que parecía que se ponía fin a la guerra. Sin embargo, el conflicto no estaba finiquitado, más bien entró en receso debido a una serie de acontecimientos: la muerte violenta de Cecilio Chí, el más radical de los jefes rebeldes; el desgaste de varios años de guerra, las discordancias entre los grupos, la dificultad para conseguir pólvora y armas, y la falta de alimentos, principalmente de maíz.

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Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Las caras del bandolerismo mexicano en el siglo XIX

José Francisco Vera Pizaña
Maestría en Historia, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

Caballeros, villanos y guerrilleros asolaban los escasos caminos del país hacia 1850. Su auge, muchas veces vinculado a la admiración y en múltiples ocasiones al terror, obligó a medidas de seguridad y sanciones drásticas. Fueron personajes sin ideología, que supieron acomodarse también a los bandos ganadores cuando se trataba de luchas políticas, lo cual les permitió cierto ascenso social en algunos casos.

Innumerables son las historias de ladrones que uno escucha en México, algunas de ellas de interés emocionante y carácter romántico.

Waddy Thompson, 1846.

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Asaltantes de caminos, óleo sobre tela, ca. 1850. Museo Nacional del Virreinato, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

En su obra de 1905, El libro de mis recuerdos, el gran retratista de la vida cotidiana en México Antonio García Cubas (1832-1912), narra una colorida estampa de todas las peripecias, contratiempos y banalidades que esperaban a los viajeros que se atrevían a transportarse en diligencia desde la capital mexicana hasta el puerto de Veracruz a mediados del siglo XIX. Más allá de las trivialidades que daban cuenta de lo engorroso que llegaba a ser viajar en coches –incomodidad que se acrecentaban ante la casi inexistencia de caminos–, nada despertaba más terror entre los pasajeros de diligencia que la posibilidad de encontrarse con alguno de los muchos bandidos que asolaban la mayoría de las pocas vías de comunicación que comunicaban la nación.

García Cubas continúa su relato y nos presenta una ficción de aquello que pasaba por la mente de los tripulantes de la diligencia al ver una polvareda de tierra acercándose a lo lejos, señal inequívoca de una banda de asaltantes: “las damas [se preguntaban], si los ladrones tenían la costumbre de llevarse a las mujeres; el que la echaba de valiente, si estaban dispuestos todos los pasajeros a defenderse; y el fraile, si serían los bandoleros de los que pedían a los padrecitos su bendición y la mano para besarla, o de los que apaleaban sin respetar el carácter sacerdotal”.

Esta crónica novelada no debe tratarse como un mero recurso literario; al contrario, tiene que entenderse como un testimonio vívido que busca dar cuenta de un problema muy importante del desarrollo del México independiente: el bandolero. No nos referimos a los bandidos citadinos, cuya lógica y forma de actuar merecería un artículo propio, más bien nuestro interés versa en torno a los del mundo rural, apegados a formas y dinámicas bien definidas y que muestran la dificultad que tuvo el Estado mexicano para imponer su autoridad sobre los muchos grupos, comunidades y sociedades que conformaban la república.

La seguridad de los caminos que conectaban a la novel república mexicana del siglo xix era muy escasa, pues la autoridad del gobierno –centralista o federalista– se caracterizó más por negociar con los caciques, hacendados y jefes político-militares, que por instaurar un monopolio efectivo de la fuerza pública –aunque no podemos decir que no lo haya intentado–, lo que se tradujo en una falta de eficacia policial en los distintos niveles de organización gubernamental. A ello hay que sumar los distintos conflictos políticos en las regiones más alejadas de la capital, las incontables guerras civiles que devastaron cualquier intento por generar un gobierno estable y las dramáticas invasiones extranjeras que en más de una ocasión sembraron el caos en el país. Al observar este panorama tan trágico, no sorprende el temor que sentía cualquier peregrino que tuviera que recorrer el territorio mexicano por cualquiera de sus caminos.

Basta con analizar los testimonios que algunos de los cronistas de la época dejaron a la posteridad para entender que el miedo hacia los bandidos era real y no podía ser tomado a la ligera. Madame Calderón de la Barca, en sus cartas escritas durante sus viajes por México y después editadas como La vida en México durante una residencia de dos años, narró su experiencia y el miedo que sintió a la presencia de los bandoleros en uno de los caminos que tuvo que recorrer en su viaje de Veracruz a la ciudad de México.

Dado que la capacidad del gobierno para imponerse a las comunidades locales y de someter a los cuerpos de disidentes del Estado fue muy endeble durante gran parte del siglo XIX, el papel de defender a la población contra los grupos de bandoleros recayó en hombros de los gobernadores estatales y de las autoridades municipales –a los que posteriormente se unieron los mismos hacendados–, quienes impulsaron la creación de guardias rurales de caballería, a veces integradas por veteranos de las diferentes guerras internas del país.

Así, en un primer momento, la policía rural junto con algunos cuerpos de ejército o de milicias eran los encargados de brindar seguridad en contra de las bandas criminales que asolaban las provincias mexicanas. Por ejemplo, la cuadrilla de Agapito Gómez sembró la desolación en gran parte del estado de Zacatecas en los primeros meses de 1863, por lo que se ordenó al destacamento del coronel Gregorio Sánchez Román que les hiciera frente, lo que terminó en la derrota del maleante después de varios enfrentamientos armados. También ese mismo año, la gavilla de Mauricio Barrera y Gil Ibarra “el Cuervo” fue sometida un contingente de soldados de infantería y caballería zacatecanos, quienes incluso tuvieron que operar en Aguascalientes para darles alcance a los bandidos.

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Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

Sumario 43

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULO

Asaltantes de caminos MNVLas caras del bandolerismo mexicano en el siglo XIX.
José Francisco Vera Pizaña

6_Acuarelas_5La dominación blanca sobre los territorios maya.
José Manuel Alcocer Bernés

7000600321_b5ed40563c_oDe las máquinas parlantes al fenómeno de masas.
Virginia Medina Ávila

En contra de los curas FotNal-45729Los arreglos de 1929 en el conflicto Estado-Iglesia.
María Gabriela Aguirre Cristiani

276139La comida popular mexicana cuando estaba desacreditada.
Luis Ozmar Pedroza Ortega

STILLS C.7-EXP.24 ESPEJISMO DE LA CIUDAD 8El Centro bajo la lupa del cine.
Miguel Ángel García Mani

DESDE HOY

Border FenceEl muro en el ámbito de Tijuana.
David Piñera

TESTIMONIO

Diego Rivera y Rina Lazo, durante la terminación del mural en el Hotel del Prado , 1947 INBA Archivo fotográfico CENIDIAPTestimonio de un mural.
Paulina Maya

ARTE

DSC07091Silvia Pinal en Viridiana de Luis Buñuel.
Felipe Mera Reyes

CUENTO

Ataque de 1838 a Veracruz por los francesesOdio.
Iván Lópezgallo

ENTREVISTA

Dr. Álvaro Matute Cubículo del 7mo piso de la Torre de Humanidades (1968)En palabras de Álvaro Matute Aguirre.
Iván Lópezgallo

SEPIA

SINAFO 5465 libreria en la calle de SeminarioLetras en polvo.
Darío Fritz

Sumario 40

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULO

image003La pintura de castas en Nueva España. Documentos de identidad personal
Roberto Fernández Castro

01Guerra_IndependenciaEl cielo de Hidalgo. Noches iluminadas y eclipse durante el estallido independentista
Héctor Noriega Mendoza

trucos de sombreroLa ocupación estadunidense. Convivencia y diversión
Cristóbal A. Sánchez Ulloa

Style: "MEXICO"¿Propiedad privada o comunal? La tierra y los pueblos indígenas en tiempos de Maximiliano
Alexis Ricardo Hernández López

5 Guillermo ROUSSET y Benito ROUSSET  exiliados en San Antonio, Texas, mayo 1911Los hermanos Rousset y su compromiso revolucionario
Christine Rousset

NMFOTO-027Derechos humanos y salud mental en el exilio rioplatense en México
Martín Manzanarez

DESDE HOY

35607657152_7930d86cc7_o¿La culpa es de Trump?
Leticia Calderon Chelius

TESTIMONIO

09 Marilyn Monroe en conferencia de prensa en el Hotel Continental HiltonHumberto Zendejas. Fotógrafo de celebridades
Horacio Muñoz Alarcón

ARTE

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y demas miembros de la Federación Nacional de Estudiantes 5682Contemporáneos Los intelectuales cosmopolitas en el México posrevolucionario
Ana Karen Hernández Hernández

CUENTO HISTÓRICO

Margarita y Benito¡Ay mi traje negro!
Silvia L. Cuesy

ENTREVISTA

K_Blair_ProdKathryn Blair. La vida sin mapa de camino
Ximena Montes de Oca y Héctor Luis Zarauz López

SEPIA

598Su lugar en el mundo
Darío Fritz