Archivo del Autor: Norberto Nava

La arqueología en el cine de ficción

Carlos Rubén Maltés González
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 45.

El cine suele ser un medio productor y reproductor de imaginarios y estereotipos. Allí está el caso de los arqueólogos como hilo conductor de historias o personajes para acercarnos al pasado. Sus antecedentes en México lo ubican a fines de la década de los treinta. Aventuras, conquista, indumentarias, lugares exóticos, nos hablan de conflictos y la idealización entre lo que se fue o se perdió y la actualidad.

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A lo largo del tiempo, los arqueólogos y “lo arqueológico” (las sociedades antiguas) han sido representados en el cine de diversas maneras, creando y difundiendo diversos imaginarios y estereotipos sobre esa ciencia y su campo de estudio. Desde sus inicios el cine vio en la arqueología una oportunidad de justificar tramas que rayaban en lo absurdo, principalmente en las llamadas películas de serie B y en algunas cintas del género de terror y aventura, en el que los directores y argumentistas han sido seducidos por los arqueólogos, por las sociedades del pasado y su aire de aventura y misterio.

La representación por excelencia del arqueólogo en el cine se la debemos a Steven Spielberg y George Lucas, quienes, con su saga protagonizada por Indiana Jones, una especie de cazador de tesoros y profesor de arqueología del Marshall College, iniciada con Cazadores del arca perdida (Steven Spielberg, 1981), influyeron inconscientemente en el modo de ver a los profesionales de la arqueología. Numerosos niños y jóvenes nacidos en las décadas de 1960 y 1980, tal cual es mi caso, fueron seducidos por las aventuras del profesor Jones. Spielberg y Lucas crearon, o recrearon, el estereotipo del arqueólogo basándose en películas de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo xx.

En el cine mexicano de ficción hay algunos ejemplos sobre representaciones del mundo prehispánico. A partir de 1907, cuando se empezaron a producir cortometrajes de ficción en México, algunos de los primeros, curiosamente, abordaban temas históricos tales como los episodios nacionales filmados por Carlos Mongrand (1904) en los que se retrataba a diferentes personajes, como Cuauhtémoc, Hernán Cortés, Hidalgo y Benito Juárez, o El grito de Dolores o sea la independencia de México, de Felipe de Jesús Haro (1907). No obstante, el primer largometraje llegó en 1917 con la película Tepeyac, de Fernando Sáyago. Este filme de tema guadalupano incluye una escena en la que aparece un grupo de sobrevivientes aztecas de la época de la conquista, realizando un ritual del culto clandestino a Tonantzin, “la madre de los dioses”, en una cueva en el cerro Tepeyac, al momento de ser descubiertos por un grupo de “conquistadores”. Reconocemos al “sacerdote” por su tilma de color oscuro decorada con grecas y un penacho con dos plumas, mientras que los demás asistentes a dicha ceremonia visten de blanco con bandas en la cabeza.

En décadas posteriores, a los indígenas prehispánicos y a los arqueólogos se les empezó a incluir en películas de bajo presupuesto o serie B exhibidas en funciones dobles, como en El signo de la muerte (Chano Urueta, 1939), en la que el cómico Mario Moreno “Cantinflas”, sin ser el protagonista, interpreta a un guía de turistas del Museo Nacional. Es una película de suspenso e intriga que trata sobre los intentos de un desquiciado científico por traer de vuelta al “imperio azteca” mediante el sacrificio de doncellas que tienen una determinada marca en la mano, tal como lo indica un antiguo códice. El filme, con argumento de Salvador Novo (productor asociado) y música de Silvestre Revueltas, comienza con una imagen de Teotihuacánpara dar paso a la siguiente leyenda que nos habla del imaginario de la época acerca del mundo prehispánico, concebido como trágico y esotérico, misterioso, malvado y en espera de renacer:

Y vendrán del mar hombres blancos y barbados a asolar estos reinos y se derrumbarán los templos y dormirán los dioses inmortales hasta el día que el último descendiente de Quetzalcóatl logre ofrendar a los dioses el corazón de cuatro doncellas predestinadas. Ese día de gloria los corazones de los hombres blancos se secarán y el hijo de Quetzalcóatl reinará sobre todos sus súbditos. (Códice Xilitla).

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Churubusco: un viaje en el tiempo

Faustino A. Aquino Sánchez
Museo Nacional de las Intervenciones.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 45.

La arquitectura con varios siglos de antigüedad que rodea al exconvento de Churubusco, ha sido el sitio ideal para decenas de filmes que se produjeron desde los principios del cine mudo. Luis Buñuel, Emilio Fernández, Pedro Infante, Jorge Negrete, Fernando de Fuentes, entre muchos, pasaron por allí para hacer sus historias.

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En la ciudad de México abundan rincones pintorescos que son un verdadero oasis en medio del tráfico y la contaminación ambiental; se trata de vestigios de viejos pueblos y haciendas que fueron absorbidos por la mancha urbana, pero que conservan un sabor atávico y provinciano gracias a un entorno arquitectónico que se remonta a siglos pasados. Es el caso de la colonia San Diego Churubusco que, enmarcada entre las avenidas División del Norte, Tlalpan y Río Churubusco, tiene como centro cultural al exconvento del siglo XVII que hoy alberga al Museo Nacional de las Intervenciones.

Se trata de un asentamiento muy antiguo, su ocupación por pueblos prehispánicos se remonta al siglo XIII, época en la que indígenas de tradición colhua-chichimeca formaron la confederación de los Nauhtecutli (Cuatro Señores), integrada por los pueblos de Colhuacan, Ixtapalapa, Mexicalcingo y Huitzilopochco (el actual Churubusco). Este último pueblo chinampaneca (es decir, asentado parcialmente sobre chinampas) estaba ubicado en la orilla de una boca de casi tres kilómetros de ancho que unía alos lagos de México y Xochimilco, y su nombre significa, literalmente, “en el lugar de Huitzilopochtli” o “en el lugar consagrado al Dios de la guerra”. Por ello resulta irónico que, cuando los mexicas llegaron a la cuenca de México en su peregrinación, guiados por ese mismo dios, hayan sido esclavizados por los huitzilopochcas y sus aliados hacia el año 1302.

Sin embargo, los mexicas fundaron Tenochtitlán, formaron la Triple Alianza con Tlacopan y Texcoco y dominaron a los pueblos vecinos. La conquista de Huitzilopochco por los mexicas puede situarse en el segundo reinado de Izcóatl, hacia los años 1428-1430. A la llegada de los españoles, Huitzilopochco era un pueblo que, según el Códice Mendocino, rendía tributo a Tenochtitlán con plumas de colibrí y flores. No se sabe con certeza su extensión, pero cronistas como Hernán Cortés, Francisco López de Gómara y Juan de Torquemada le atribuyen miles de casas. También contaba con varios teocalis, entre ellos uno de gran celebridad dedicado a Hutzilopochtli. Luego de una alianza con Cortés en los primeros momentos de la conquista, fue de los pueblos que mayor resistencia opusieron.

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A partir de 1521 la vida de los habitantes de la cuenca de México cambió por completo. Sus templos y ciudades fueron destruidos para levantar edificaciones con una nueva arquitectura. En Hitzilopochco, el antiguo teocali de Hutzilopochtli fue demolido para levantar sobre su basamento un templo católico, que hasta la fecha se conoce como capilla de San Mateo. El nombre mismo del lugar comenzó a deformarse y castellanizarse por los nuevos amos, los encomenderos españoles, hasta terminar en Churubusco, y comenzó a conocerse una nueva fe por la actividad evangelizadora de los llamados “primeros doce franciscanos” de fray Martín de Valencia, quienes fundaron (a unos 300 metros de la capilla de San Mateo) un convento en el lugar donde hoy se asienta el exconvento de Churubusco. Esta primera obra fue sumamente modesta; según George Kubler, “esta pequeña iglesia y convento tienen el mérito de haber sido reconocidos por Ponce como el primer establecimiento erigido por frailes. Fue construido totalmente de ladrillo, y la obra se atribuye a fray Juan de Zumárraga, lo cual, de ser cierto, la situaría entre 1528 y 1548”.

Igual que muchas fundaciones de los franciscanos en el centro de México, la ermita, con la advocación de Dios y María, vivió décadas difíciles que impidieron su expansión arquitectónica (no constaba más que de un pequeño templo y una casa adosada) y determinaron su paulatino abandono desde la década de 1570. En 1581, por disposición del cabildo metropolitano, la construcción pasó a poder de una orden reformada de los franciscanos, la de San Diego de Alcalá. Los dieguinos cambiaron la advocación a la de San Diego y dieron nueva vida al pequeño convento, de modo que para 1592 ya era una casa de formación de los religiosos que partían a evangelizar las Filipinas. El aumento de frailes hizo insuficiente el espacio, de modo que fue necesaria una reedificación desde los cimientos. Esta se logró, en el año 1678, gracias al mercader granadino Diego del Castillo, quien donó parte de su fortuna para construir el edificio que hoy conocemos, con la advocación de Santa María de los Ángeles. En 1733 se añadió el ala sur y la barda perimetral que rodea el predio, y en 1801 el portal de entrada.

Durante la guerra entre México y Estados Unidos, el convento, tornado fortaleza y defendido por los batallones de guardia nacional Independencia y Bravo y por el batallón de irlandeses de San Patricio, enfrentó el asalto del ejército del general Winfield Scott el 20 de agosto de 1847, motivo por el cual, y en memoria de los caídos en aquel combate, el presidente Benito Juárez decretó el 21 de agosto de 1869 que fuese dedicado a “uso de beneficencia”.

En virtud de dicho decreto, en 1877 los espacios del exconvento fueron adaptados para establecer el Hospital Militar de Tifoideos, el cual funcionó con tales carencias que llevaron al deterioro del edificio. Por fin, en julio de 1917, el entonces inspector general de monumentos artísticos, Jorge Enciso, propuso que el inmueble fuese convertido en museo. Se convocó a veteranos de la guerra y sus familias para que donaran objetos de la época de la invasión estadunidense (armas, vestuario, banderas, mobiliario, pinturas y litografías, entre otros), y con este material fue inaugurado, el 20 de agosto de 1919, el Museo Histórico de Churubusco, el cual también albergó una colección de transportes –recibió donativos de carruajes y automóviles.

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La apoteosis de Lindbergh en México

Ricardo Alvarado Tapia
Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 45.

El piloto estadunidense había ganado fama mundial por cruzar el Océano Atlántico en solitario y sin escala en 1927. Algunos meses después de su proeza llegó a México y fue recibido por miles de personas y un trato por el gobierno de Calles que se asemejaba a una visita de Estado. Su presencia pretendió distender las complejas relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

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El miércoles 14 de diciembre de 1927, el estadunidense Charles Lindbergh, autor de la hazaña de cruzar por primera vez el océano Atlántico y unir Estados Unidos y Francia en mayo de ese año, aterrizaba a las 14:40 en los llanos de Balbuena, donde sería recibido por una multitud de más de 100 000 mexicanos, entre ellos el propio presidente Plutarco Elías Calles. Arriba de su nave, el Spirit of St. Louis, despegó del Bolling Field en Washington D.C. a las 12:25 de la tarde del día anterior, cruzó Texas y entró a México por Matamoros, pero debido a la oscuridad de la noche y la neblina perdió el rumbo. Después de surcar los cielos de Tampico y Veracruz, sobrevoló San Luis Potosí y Michoacán, y fue avistado en Salvatierra, Guanajuato. Más adelante divisó un anuncio que decía “Hotel Toluca” y fue localizado y guiado por los aviones de la Fuerza Aérea Mexicana (FAM) hasta el lugar del aterrizaje donde la gente lo alzó a sus hombros y los dejó junto a Calles y toda la comitiva –el gabinete, embajadores, comisiones del Senado y la Cámara de Diputados y miembros de las Fuerzas Armadas–. Había empleado 27 horas, 15 minutos de vuelo, el segundo viaje más largo sin escalas, sólo seis horas menos que su anterior viaje entre Nueva York y el aeródromo Le Bourget de París, que lo harían el personaje más famoso en el mundo en esos días.

La visita de Lindbergh, un ex estudiante de ingeniería nacido en Detroit en 1902, hijo de inmigrantes suecos, que había dejado la carrera para dedicarse a su pasión, la conducción de aeronaves, y llegó a ser acróbata aéreo y piloto del correo aéreo de la Robertson Aircraft Corporation, entre las ciudades de San Luis y Chicago, tenía motivos políticos detrás. Su vuelo “de buena voluntad”, con el propósito de revisar las rutas aeronáuticas, se hacía en momentos en que las relaciones diplomáticas entre los presidentes Calle y el estadounidense Calvin Coolidge no pasaban por un buen momento. Tras la revolución, los problemas por la legislación del artículo 27 constitucional y sus efectos sobre las compañías petroleras extranjeras, el incremento de la deuda externa mexicana y la guerra civil en Nicaragua, tensaban los vínculos diplomáticos. La solución que se planteaba en las negociaciones, a propuesta del embajador de Dwight W. Morrow –tenía poco tiempo de asumir el cargo en México– giraban en torno a la aceptación de Washington del régimen revolucionario y de su Constitución a cambio de que se respetaran los intereses adquiridos por los inversionistas, se comprometieran a reiniciar el pago de la deuda externa y atender las reclamaciones estadunidenses por daños causados durante la etapa revolucionaria.

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Atento a la fama que se desplegaba detrás de la proeza de Lindbergh, el propio embajador fue el promotor de la visita en el primer vuelo sin escala entre Washington y Ciudad de México -luego se convertiría en su yerno-, y fue aceptada con igual alegría por Calles, quien ordenó crear una comisión de festejos integrada por representantes de las Secretarías de Relaciones Exteriores (SRE), Educación Pública (SEP) y el Estado Mayor Presidencial. Se asemejaba a una visita de Estado: fue decretado día de fiesta nacional, las oficinas de gobierno cerraron y se invitó a la población a vitorear al joven piloto a su llegada.

Ya desde la noche anterior a su arribo, alentado por los periódicos, se presentaron en el aeródromo de Balbuena cientos de miles de personas por la carretera de Puebla y la Calzada Balbuena. Lindbergh salió del avión y la multitud se apoderó de él hasta llevarlo ante el presidente Calles, quien lo esperaba desde las 08:45 horas, mientras una banda tocaba el himno estadounidense. Allí iniciaba el piloto varios días de actividades y recorrido por la ciudad y a bordo de su aeronave, y otras privadas y de la Fuerza Aérea Mexicana (FAM). En un automóvil convertible fue trasladado hasta la embajada de su país, acompañado por Morrow, el primer secretario de la embajada, Alan Winslow, y sus esposas. El recorrido duró más de una hora por la cantidad de gente que cubrió el camino, vitoreando y lanzando confeti y flores. Las casas, comercios y oficinas de las calles de Balbuena, Moneda, Madero, Juárez, hasta Niza y Londres tenían decoraciones alusivas al evento. El Spirit of St. Louis quedó resguardado y vigilado día y noche en los hangares de Balbuena, a donde en los primeros cinco días se acercaron para conocerlo más de 120 000 personas, tanto civiles como militares.

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Miércoles trágico. La muerte de Felipe Ángeles

Guadalupe Villa G.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 45.

Tras un corto exilio en Estados Unidos, el exartillero de la División del Norte regresó a México para unirse a la guerrilla que Pancho Villa mantenía en Chihuahua. Resuelto a buscar la unificación de los grupos en pie de lucha y pese a las advertencias del exjefe de la División del Norte sobre el peligro que corría, Ángeles lo abandonó y cayó preso en poco tiempo. Su fusilamiento abriría las puertas al principio del fin de Venustiano Carranza.

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El general Felipe Ángeles, artillero de la División del Norte, cruzó la frontera para establecerse en Estados Unidos en septiembre de 1915. Muchos otros revolucionarios también buscaron refugio en el vecino país del norte convencidos de que Venustiano Carranza había ganado la guerra. En consecuencia, otros más se amnistiaron. Eclipsado el villismo nadie supuso que este pudiera volver a desempeñar el protagonismo de antaño en el futuro de México. Ciudad Juárez, último reducto villista, fue ocupada por fuerzas constitucionalistas el 23 de diciembre. Deshecho su otrora poderoso ejército, Francisco Villa habría de seguir al frente de un pequeño núcleo de hombres, a lo largo de casi cinco años, una guerra de guerrillas.

Instalado con su familia en El Paso, Texas, Ángeles adquirió un pequeño rancho que difícilmente le procuraba el sustento familiar. El ex director del Colegio Militar pasó días de miseria, al igual que la mayor parte de los exiliados en Estados Unidos. A instancias de otros compañeros de infortunio, pensó en buscar trabajo en las minas de Uniontown, Pennsylvania, aunque dudaba poder resistirlo, pues a sus 46 se sentía viejo. A la postre decidió buscar ocupación en Nueva York.

BiC450043Alquiló un modesto cuarto en el centro de la ciudad, donde conoció los bajos fondos e hizo amigos entre los socialmente desdeñados. Mientras se mezclaba con la gente modesta robusteció sus ideas socialistas. El general había leído mucho sobre esa doctrina, incluso se sentía inclinado hacia ella, pero como él mismo expresó, le faltaba la experiencia personal. Solía decir: “Tengo amor por el pueblo, pero no tengo puntos de contacto con él”. Como sea, esa realidad no le era ajena, y así lo evidenció en una carta al ex gobernador de Sonora, José María Maytorena, exiliado en Los Ángeles, California: “Ojalá no llegue a experimentar todo lo que sufren los pobres, lo que los convierte en ladrones y asesinos o que mueren ateridos de frío bajo un puente”.

Sus empleos siempre fueron pasajeros y su lucha por conseguir algo estable nunca fructificó. Cierta vez no pudo ocupar la plaza de experto en balística en la fábrica Du Pont de Wilmington, Delaware. Ángeles, perito en la materia, con estudios en la escuela de artillería de Fontainebleau, Francia, no fue aceptado so pretexto de tener conocimientos superiores a los de los jefes y estar sobre calificado para el puesto y el salario. En otra ocasión una persona le encargó algunas traducciones del inglés al español y también le ofreció trabajo como tenedor de libros, propuesta que se frustró después de confesar que no tenía experiencia.

Su precaria situación económica y el sentimiento de haber abandonado a su suerte a Clara, su esposa, y a sus hijos Alberto, Isabel, Julio y Felipe, influyeron para que cada vez más, se sintiera atraído por volver a México. Tanto más cuando su hijo mayor ya tenía edad para hacerse cargo del trabajo en el rancho.

Numerosos villistas avecindados en territorio estadunidense estaban dispuestos a regresar a los campos de batalla, atraídos por la tenaz lucha del general Villa que continuaba con su sorprendente guerra de guerrillas. En consecuencia, los exiliados en Nueva York desplegaron una gran actividad revolucionaria al considerar que el momento no podía ser más propicio para emprender una ofensiva. Ángeles, Enrique G. Llorente y el licenciado Miguel Díaz Lombardo invitaron a Maytorena, amigo de Villa, a unírseles.

El abogado propuso organizar un núcleo que agrupara a los enemigos del gobierno, exceptuando a los implicados en el cuartelazo y los asesinatos de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez. En aquella urbe se constituyó una junta local que estableció las bases de la coalición, cuyas actividades se encaminaron a conseguir que los correligionarios residentes en México y otros exiliados en Cuba formaran juntas similares. Así surgió la Alianza Liberal Mexicana, esfuerzo común para conseguir, principalmente, la pacificación del país. El grupo comenzó una activa propaganda para la obtención de recursos y la seguridad de que todos los grupos rebeldes que operaban en México cooperarían con el nuevo movimiento.

Por su parte, Francisco Villa, a través de su amigo Alfonso Gómez Morentín, invitó al ex artillero a que se uniera a sus fuerzas. Resuelto a marchar, Ángeles aceleró su salida a pesar de que, como él mismo confesó, jugaba “una probabilidad contra novecientas noventa y nueve”.

Maytorena, de vuelta en Los Ángeles donde residía, no pudo acompañarlo a causa de la muerte de su madre y abortó la andanza proyectada. Poco antes de iniciar su aventura Ángeles le escribió:

Estoy necesitado de muchas cosas, pero dos me son absolutamente indispensables, un muy buen caballo, pero no delicado, de modo que se pueda alimentar con el pasto de las praderas y de vez en cuando con maíz, esto es, un caballo de cowboy, y un botiquín de campaña que no pese mucho, pero en donde con seguridad puedan conservarse las medicinas (yodo especialmente).

Maytorena le remitió cien dólares y lo puso al tanto de las noticias que circulaban en el sur de Estados Unidos. El periódico La Prensa, de San Antonio, aseguraba que Juan G. Cabral, militar sonorense autoexiliado también desde 1915, y Ángeles, encabezarían una nueva revolución. Otros diarios daban por hecho que el jefe del movimiento era el antiguo miembro del Partido Liberal Mexicano, Antonio Villarreal. Las notas dadas a la publicidad acabarían por precipitar los acontecimientos.

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Fusilamientos en la villa de Tacubaya: ¿Mártires o disidentes políticos?

Emmanuel Rodriguez Baca
FFyL, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 45.

El 11 de abril de 1859 las tropas del gobierno conservador de Miguel Miramón derrotaron a las huestes liberales de Santos Degollado. hubiese sido una batalla más de la guerra civil, si no fuera por una serie de fusilamientos -16 según las autoridades, 53 según los constitucionalistas-, que dio mala fama al conservadurismo, que finalmente perdería el poder en 1857.

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El segundo año de la guerra civil de Reforma es recordado por varios sucesos políticos y militares de trascendencia a nivel nacional, entre ellos, la designación de Miguel Miramón como presidente por el partido conservador, la expedición en Veracruz de las leyes de Reforma y el tratado que en aquel puerto firmó el gobierno constitucional con el ministro estadunidense Robert L. McLane. No obstante, uno de los que más conmoción generó fue el asesinato de civiles perpetrado en Tacubaya en el mes de abril, a los que la historiografía ha llamado mártires; pero ¿por qué la administración “reaccionaria” lo permitió? y ¿cuál fue su impacto en la ciudad de México?

A las puertas de la capital

La noche del jueves 18 de marzo de 1859 una noticia sobresaltó a los habitantes de la capital: el arribo a Tacubaya del general Santos Degollado. Si bien su presencia alarmó a las autoridades, su marcha fue conocida con antelación lo que había permitido a Antonio Corona, gobernador y comandante militar del Distrito Federal, dictar las medidas pertinentes para su defensa, entre otras, que se trasladaran a la ciudad de México las guarniciones de poblaciones cercanas y se fortificaran las garitas. Esa misma noche, al tiempo de declarar el estado de sitio, convocó a la población y a la guardia civil a tomar las armas. A partir de ese momento, el desasosiego y la confusión imperaron en la sede del gobierno de Miguel Miramón.

BiC450029Degollado, lejos de atacar la ciudad como se esperaba, se limitó a reconocer los terrenos y las poblaciones del valle de México. Los días subsecuentes a su llegada transcurrieron en aparente quietud, salvo esporádicos tiroteos en las periferias. No fue sino hasta la mañana del 2 de abril que el ejército liberal movilizó sus columnas por las calzadas de la Verónica, San Antonio de las Huertas y las garitas de San Cosme, Nonoalco y Belén, pero fue rechazado, por lo que tuvo que regresar a su cuartel en Tacubaya. El editor del Noticioso de la Capital registró que “no hubo ni el menor incidente que comprometiera en lo más mínimo la seguridad y calma de [los] habitantes”.

En los días siguientes predominó en la ciudad cierta placidez. El comercio en su interior no se interrumpió, al tiempo que los mercados y templos fueron muy concurridos. La tranquilidad se había afianzado para el 11 de abril, cuando el general Leonardo Márquez sorprendió y derrotó a Degollado en la villa de Tacubaya, siendo su victoria contundente: el jefe constitucionalista se retiró del Valle de México y la ciudad quedó libre del asedio de más de 20 días.

El triunfo del ejército conservador fue empañado por los sucesos que siguieron a la acción: las ejecuciones de oficiales, médicos, vecinos y estudiantes de medicina que en Tacubaya fueron hechos prisioneros. No se pretende debatir aquí quién las ordenó, si lo hizo Miguel Miramón en su carácter de presidente o Leonardo Márquez; no obstante, entre ellos se imputaron el acto. En este punto es pertinente mencionar que, a través de los años, la historiografía se ha dado a la tarea de discutir quién de ellos las decretó, mas no ha logrado un consenso. No obstante, podemos sostener dos cosas: la primera, que ambos tuvieron responsabilidad y la segunda, que algunas de las ejecuciones tuvieron un trasfondo político.

BiC450032Los testigos del acontecimiento de aquel día, sin importar su filiación política, coinciden en señalar que los asesinatos llenaron de luto a la Ciudad de México debido a que más de uno de los individuos que terminaron en el paredón eran vecinos de ella. El escritor Francisco Zarco, por ejemplo, apuntó: “la población entera está afligida e indignada. Las personas más indiferentes a la política están horrorizadas y desean la ruina de la reacción”. El coronel liberal Pedro Valdés compartió esta percepción y en su diario asentó que aquellos habían causado “una dolorosa sensación entre los mismos conservadores”. La noticia se propagó por todo el país. Desde Chalco, Carlos Riva Palacio dijo a su padre Mariano que si bien los informes que le llegaron eran “muy escapados”, sus conocidos le aseguraban que fue tal el número de muertos “que no bastarían tres días para levantar el campo”.

El vecindario observó el referido combate desde las azoteas de las casas y las torres de los templos, inclusive de la Catedral, en las que instalaron “anteojos de larga vista”. Por la tarde, una vez concluida la acción, la población que había sido espectadora se apresuró a ir a Chapultepec y Tacubaya, para buscar los familiares que participaron en la batalla, socorrer a los heridos o con la simple intención de contemplar el escenario en que se acababa de verificar el encuentro armado. El Diario de Avisos, que dirigía Vicente Segura Argüelles, registró: “La calzada estuvo llena de gente aun en las primeras horas de la noche, y ofrecía un aspecto animadísimo, con la multitud de coches, caballos, y personas a pie que la transitaban”.

El entusiasmo debió de desaparecer, podemos creer, al llegar a Tacubaya y enterarse que algunos de los prisioneros de la refriega habían expirado en el patíbulo, entre ellos los estudiantes de la Escuela de Medicina Juan Díaz Covarrubias y José María Sánchez, así como el abogado Manuel Mateos. A pesar de que la historiografía ha mencionado que estos habían concurrido a aquella población a auxiliar a los heridos, hay sin embargo indicios de que el menos el primero y el último tenían vínculos con los agentes constitucionalistas, inclusive que habían participado en las conspiraciones liberales que, en favor del gobierno establecido en Veracruz, se efectuaban en la capital. Así, no descartamos que fue por este motivo que se les condenó.

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