Archivo del Autor: Norberto Nava

Sumario 42

EDITORIAL
CORREO DEL LECTOR

ARTÍCULOS

Mito y memoria para explicar el presente
Nancy Janet Tejeda Ruiz

Un muro contra el movimiento estudiantil
Mario Virgilio Santiago Jiménez

El cine. Medio siglo de gritos y susurros
Juncia Avilés

La huella de 1968 en el teatro independiente
J. Carlos Domínguez Virgen

Edecanes en las Olimpiadas. La cara propagandística de los juegos
María José Garrido Asperó

El papel clave de la diplomacia en la Olimpiada Cultural
Diego Flores Olmedo

DESDE HOY

¿Los jóvenes que dieron un vuelco a la historia?
Denisse de Jesús Cejudo Ramos

TESTIMONIO

Recuerdos de persecuciones, caminatas nocturnas y tanques de guerra
Alberto del Castillo Troncoso

ARTE

La identidad visual sobrevive al paso del tiempo
Lorena Botello Ibarra

CUENTO

El silencio y la furia
Arturo Garmendia

ENTREVISTA

Poder y militancia Gustavo Díaz Ordaz y Heberto Castillo.
Guadalupe Villa G.

SEPIA

Pines
Darío Fritz



Con el corazón en la boca

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Darío Fritz
Instituto Mora

Representante de Agustín de Iturbide en el desfile histórico durante los festejos del centenario, 15 de septiembre de 1910, inv. 352043, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Hacia 1903, un biólogo estadunidense acuñó la palabra “clon” para dar identidad a lo que unos pocos científicos ya trabajaban con el fin de lograr la reproducción asexual de seres genéticamente idénticos. Tomado del griego klon y traducido como “retoño” o “rama”, así fue incorporada al léxico español. Mucho debe su popularización siete décadas después al renombrado Alvin Toffler y, a principios de este siglo, a la afamada Guerra de las galaxias. El ataque de los clones, aquella película mítica donde George Lucas crea su ejército de clones y al célebre comandante Cody. Desde entonces, clon se ha convertido en un anglicismo más de los tantos incorporados al uso cotidiano de la lengua. Lo asociamos a imitación, relegado de su significado científico.

En septiembre de 1910, los organizadores de las fiestas conmemorativas del centenario de la independencia hallaron el clon de Agustín de Iturbide y su caballo oscuro, tal como las pinturas presentaron al controvertido militar originario de Valladolid. El Iturbide de la foto, más bisoño que el original –el día de la proclamación de la independencia Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu cumplía 38 años– acierta en su barba mutton chops que da esa gracia de época, aunque quizá el cabello corto militar no acusara recibo comparado con el hombre que a la cabeza de varios miles de soldados llegaba a la ciudad de México, después de meses de atravesar caminos polvorientos y bajar cerros arriba de un caballo. Uno esperaría que el líder avanzara fulgurante de felicidad por esas calles, ahora de cemento, alzando su birrete –tan bien fijado aquí– y saludando al alborozo del pueblo que lo recibía.

Pero para 1921, la imagen de Iturbide sufría los desatinos de quienes lo comenzaban a ver con inquietud de venganza por su pasado antiinsurgente y aspiraciones autoritarias. Es probable que, a su paso, a nuestro clon le zumbaran al oído gritos perdidos y poco bondadosos para su figura, y por lo tanto transitara nervioso y con pesadumbre entre esa multitud reservada, respetuosa de la ostentación del espectáculo. Sí, no eran ya buenas épocas para este emperador. Comenzaba a parecerse más al Poncio Pilatos clonado, representado en la Pasión del Cristo de Iztapalapa.

Los primeros días de la trigarancia

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Ana Martha Arroyo Alcántara
Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

Cuando fue capturado por las fuerzas del virrey, en marzo de 1821, el capitán José María Portilla, de 23 años, era muy cercano a Iturbide. En su confesión, entrega información relevante que de todos modos no afectaría la marcha emancipadora.

Caballería de línea, acuarela, ca. 1910. The New York public library, Vinkhuizen Collection.

El texto que a continuación se presenta es un interrogatorio realizado al capitán José María Portilla, un oficial trigarante capturado por las fuerzas virreinales durante los primeros días de la rebelión de Agustín de Iturbide; por lo tanto, constituye un excelente acercamiento a la cotidianidad del ejército de las tres garantías. El capitán Portilla sirvió en las fuerzas de Iturbide desde que este quedó al frente, en 1820, de la Comandancia del Sur y Rumbo a Acapulco. Ya iniciada la rebelión, en marzo de 1821, Portilla fue nombrado ayudante de campo y secretario personal de Iturbide, primer jefe del ejército independiente. La cercanía entre ambos quedó reflejada durante el interrogatorio, gracias a lo cual podemos hoy conocer los objetivos, movimientos, estrategias, número de hombres armados y comandantes de la rebelión inicial.

El capitán Portilla recibió la orden de partir a la ciudad de México para entregar una muy variada documentación de oficiales y jefes trigarantes, además de correspondencia personal del propio Iturbide. Así, marchó con un oficio sobre el plan de independencia destinado al virrey Juan Ruiz de Apodaca, conde del Venadito, y con una curiosa carta “íntima” dirigida a la famosa Güera Rodríguez.

Las respuestas del interrogado dejan ver el intenso entusiasmo que se desató en Iguala durante la lectura pública –realizada por el declarante– del plan de independencia y de la lista de nombres que compondrían la junta gubernativa del nuevo imperio mexicano. Además, destacan los calificativos que Portilla usó para referirse a Iturbide, ya que, aunque pareciera ser cercano, negó toda conexión llamándolo “pérfido” y “faccioso”, adjetivos que más tarde serían de uso común en las publicaciones oficiales del gobierno virreinal. Es probable que el capitán se mostrara distante de los cabecillas rebeldes para mantenerse a salvo, dando la impresión de que sólo era un inocente peón que seguía órdenes. Tras el interrogatorio, el oficial trigarante quedó prisionero en México durante varios meses, hasta que escapó el 18 de junio de 1821 con ayuda de las tropas independientes que para entonces comenzaron a asediar la capital.

El documento original pertenece a la colección Agustín de Iturbide Papers, 1799-1880, resguardada por la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, y se encuentra microfilmado en la biblioteca Ernesto de la Torre Villar, del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

La transcripción que aquí se ofrece es tan sólo un fragmento del documento completo y ha sido adaptada a las actuales reglas ortográficas y gramaticales, recurriendo al uso de abreviaturas para hacer más ágil la lectura.

                                                           El mensajero

Declaración tomada al capitán del regimiento provincial de Tres Villas, José María Portilla, México, 21 de marzo de 1821, Papers of Agustín de Iturbide, caja 14, ff. 8-12.

Don Juan de Torres, teniente coronel de infantería, caballero de la militar y nacional orden de San Hermenegildo, y sargento mayor del regimiento de infantería Don Carlos expedicionario, juez fiscal nombrado por el excelentísimo señor virrey [E. S. V.] para la continuación de este sumario en declaración del capitán Don José Portilla […] México a los veintidós días de marzo de mil ochocientos veintiuno.

[Portilla se halla preso] por haberle dirigido el faccioso Iturbide un oficio, acompañándole otro para que lo pusiere en manos del E. S. V; ignora las razones que ha habido para ello, cree que será por precaución.

[El detenido manifestó] que hasta mediados de febrero del presente año mandaba una sección de 500 hombres de todas armas en el rumbo de Acapulco, y para el verificativo del proyecto de Iturbide, se diseminó la división repartiéndola entre las del mando de los tenientes coroneles Don Rafael Ramiro, Don Francisco Manuel Hidalgo y Don Francisco Berdejo, quedando solos Portilla y su ayudante el teniente de regimiento de tres villas Don Francisco Revilla (el que quedó en la secretaría de Iturbide). Enseguida, Iturbide dijo que le siguiere, eso hizo y quedó a su lado con el título de ayudante de campo y escribiendo en aquella secretaría aquello que Iturbide le confiaba, que seguramente no era lo de mayor consideración ni reservas; y que de todo lo que él tenía de conocimiento lo ha dado al E. S. V y al señor general en jefe del Ejército del Sur [Pascual de Liñán].

[Portilla declaró] no recibir pliego ni carta alguna [de Iturbide] y que ciertamente todas las que recibiera o reciba las abrirá el E. S. V., pues protesta su buena fe y sana intención. Cuando vino condujo algunas cartas abiertas para las familias de oficiales que se hallan en aquel destino, otras cerradas para el padre y esposa de Iturbide, y otra que le encargó Iturbide bajo mayor reserva para una señora conocida en esta capital como la Güera Rodríguez, que contenía asuntos familiares sin mezclarse de ninguna suerte con los de Estado. Satisfecho de que no volvería a hallarse bajo la dominación de Iturbide, sino muerto o prisionero (lo que es muy dudoso), abrió otra carta y la leyó al señor coronel Don José Joaquín Márquez y Donallo […], quien le aconsejó que dejase la comisión que le encargó Iturbide y extraer la contestación de Rodríguez para que con más conocimientos diere cuenta al E. S. V. todas las cartas, sin excepción, las puso en manos de dicho señor excelentísimo y además le dio verbalmente todas las noticias que sabía para que S. E. hiciera de ellas su uso más conveniente, si hubiere venido como confidente de Iturbide habría conservado más reserva y acaso se habría manejado de suerte que no hubiese recaído la menor sospecha en él.

El exponente no perdió prisa alguna para ganarse la confianza de Iturbide; a pesar de ello, no cree haberla llegado a lograr, pero que bien muestra la misma carta de la Rodríguez, en la que firma Iturbide con el nombre de Damiano, se explica en ella en términos que no se puede formar sentido sin tener antecedente, y que este no lo tenía [por lo cual no puede señalar el objetivo de esta carta.]

Respecto a su adhesión al rey y a la nación española, puede dar tantas pruebas que no sería fácil asentarlas en una declaración, pero si el declarante hubiera sabido los desatinados proyectos de Iturbide en el tiempo y en las circunstancias en que las supo el señor coronel Don José Gabriel de Armijo, Iturbide no hubiera dado paso adelante; pero que cuando el declarante tuvo noticia de tal empresa no le quedó más recurso que callar, adherirse provisionalmente al plan y esperar la ocasión de eludirse con ventajas de la nación, pero que esta no se le presentó ni se atrevió a promover una contrarrevolución en el cuartel general de Iturbide porque se lo impedía el entusiasmo y total alucinamiento del que manda su cuerpo el teniente coronel Don Francisco Manuel Hidalgo. Pudo haber sublevado algunos pocos soldados que hubieran seguido gustosos a Portilla pero que para esto faltó resolución, pues habrían sido víctimas y no se habría logrado el intento.

Se hallaba Iturbide con toda su fuerza en el pueblo de Teloloapan, de cuyo pueblo salió el declarante el 16 del presente mes y año en la noche. Vio en poder de Iturbide cartas confidenciales de los señores brigadieres Don Melchor Álvarez y Don Pedro Celestino Negrete, del señor coronel Don Anastasio Bustamante, del sargento mayor de fieles del Potosí Don Joaquín Parres, pero que le han asegurado ser falseadas las firmas por el paisano Don Antonio Mier que se halla preso en esta capital. Puede asegurar con certeza las contestaciones consistentes al sistema de independencia del señor Armijo y de muchos otros sujetos de esta capital, ignora quienes sean, por entenderse únicamente con iniciales tanto en sus cartas como en los cuadernos de copiadores de Iturbide. Mier sí sabe con certeza los sujetos de esta capital y de otras partes del reino que se hallan complicados, pues él sí ha sido un verdadero agente de Iturbide y este no le dirigía sus cartas a Palacio.

[Dice que] el plan de Iturbide lo sabe desde el 18 o 20 de febrero. Este plan se reduce a hacer la independencia de esta parte de la monarquía española erigiéndola en imperio (dando el colorido a tan audaz perfidia con el falso velo de la religión, la que supone atacada por nuestro congreso de Cortes), nombrar emperador del reino al señor don Fernando VII, asegurándose hacía el mejor de los servicios a un rey oprimido por una porción de hombres iniciados en la secta de los iluminados. Y últimamente valiéndose de cuantas tretas le sugirió su maligna viveza, sorprendió a una porción de hombres beneméritos que, sin pensar en otra cosa que en establecer la tranquilidad en este reino, se ocupaban en perseguir las gavillas de bandidos que infestaban la Tierra Caliente y la Sierra Madre.

Abrazaron el partido de Iturbide una partida del regimiento de infantería de línea de Fernando VII, […] el regimiento de infantería de línea de la Corona con la mayor parte de sus oficiales […], una parte del regimiento de infantería de Murcia […], el batallón de infantería de línea de Santo Domingo […]; una parte del regimiento provincial de Tres Villas […] el regimiento provincial de Celaya con todos sus oficiales y banderas; una pequeña parte del batallón provincial del Sur […]; un corto piquete del batallón provincial de México […] dos compañías del regimiento de dragones de España […] una partida de dragones del Rey […] dos escuadrones de la Reina Isabel […] una partida de fieles del Potosí […] y una compañía de caballería de Chilapa […]; que su total compondrían a la salida de Portilla, por un cálculo inexacto, sobre 1 300 o 1 400 hombres, pero que de estos desertan diariamente muchos; se incluye en ese número la Compañía de Caballería de Chapa de Mota con su comandante teniente coronel don Epitacio Sánchez. […] Toda esa fuerza se hallaba en Teloloapan.

[…]
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Con el reloj para atrás

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Ana Suárez
Instituto Mora

La mente de Agustina vuelve a su fantasía, esa que en la medida en que ha sentido su casa vacía, su mesa solitaria, sus noches demasiado tranquilas, cultiva más: de haber estado en sus manos, ella habría puesto al emperador en guardia, lo habría salvado.

Casimiro Castro, Procesión conduciendo las cenizas del Sr. Iturbide, litografía en José Ramón Pacheco, Descripción de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del héroe de Iguala don Agustín de Iturbide en octubre de 1838, México, Imprenta de I. Cumplido, 1849. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”/Instituto Mora.

Es 19 de julio, la misa concluyó. Agustina se despide de los miembros de la liga iturbidista, a la pregunta por Rodrigo, estudia ahora, pretextó. Atraviesa la nave lateral y entra en la capilla, que siente como su hogar, como este debiera ser. Sus ojos recorren los objetos que le rodean y percibe la paz y seguridad que le da saber que nada ha cambiado, que todo continúa igual. Y recuerda su primera visita, hace más de un cuarto de siglo, cómo podrá olvidarlo; su abuelo la trajo a la ciudad de México para celebrar sus doce años y aquí, luego de asistir a la misa luctuosa, de rezar el oficio de difuntos y recibir el saludo de los leales, le mostró la urna de madera forrada en terciopelo negro y decorada con galones y franjas de oro donde reposan los nobles restos y le susurró: “Él está aquí”. Acto seguido, envueltos en las notas de órgano que llegaban desde el coro y apenas iluminados por los cirios recién encendidos, el abuelo la hizo repetir la historia de su ilustre antecesor: que obtuvo la independencia, instauró la única forma de gobierno que podía tener éxito, renunció y se exilió en Europa, volvió para defender a la patria, y sus enemigos lo hicieron asesinar. “Son tus postulados de fe –le dijo–, algún día tendrás que defenderlos con certidumbre y pasión.”

Agustina mira el cuadro colgado junto a la urna y admite que el perfil de ave de presa de Agustín de Iturbide es como el suyo y el de su abuelo y el de su hijo, y que ese rasgo que distingue a los Iturbide es apenas la muestra visible de quiénes son y qué representan. Eso de lo que su marido se burla, de verdad es incapaz de percibir lo que para ella significa conocer su genealogía, provenir del emperador da a su vida firmeza, le otorga lustre, pero además sentido. Discurre en los años pasados desde que se casó, y en lo infeliz que ha sido desde entonces, siendo lo peor que la culpa es suya, se negó a escuchar a quienes le anunciaban cuánto iba a padecer si se unía con alguien de un linaje imposible de rastrear.

Mientras prende las velas que trajo desde Morelia y que alumbran la sombría capilla con una luz muy tenue, se pregunta por qué las cosas no habían sido como quería. Ella cumplió, había dedicado la vida a atender a ese marido incomprensivo de quien se hubiera visto mal que se separara. Había educado a Rodrigo como la educó el abuelo y presidido las actividades de la liga, que la reconocía como sucesora legítima de Agustín de Iturbide. El resto del tiempo lo consumía en una idea que no compartía con nadie, que sólo era suya. Revisa, sopesa, pondera: todo sería distinto si alguien hubiera avisado al libertador del decreto que lo condenaba a morir en cuanto tocara tierra mexicana, si alguien le hubiera advertido de que sus presuntos amigos iban a traicionarlo y debía alejarse.

Agustina acaricia con los dedos las letras del epitafio y repite lentamente las frases que sabe de memoria: “Agustín de Iturbide, autor de la independencia mexicana. Compatriota, llóralo; pasajero, admíralo. Este monumento guarda las cenizas de un héroe. Su alma descansa en el seno de Dios.” Piensa que es ella quien no tiene reposo, como si anduviera sin sombra, quien no alcanza la paz. No tanto por su fracaso matrimonial, pues ya se resignó a guardar las apariencias, sino por el desapego de su hijo, quien cada día está más rebelde, más extraño. Rodrigo, qué horror, debió llamarse Agustín, pero no, su marido se negó, quería distinguirlo de sus ancestros y le dio un nombre ¡tan común! Rodrigo sigue un camino que lo aparta del lugar que heredó. “La cabra tira al monte”, decía su abuelo cuando hablaba de quienes procedían de una clase inferior; por más que ella luchó, la influencia y los genes paternos dominan en él.

La mente de Agustina vuelve a su fantasía, esa que en la medida en que ha sentido su casa vacía, su mesa solitaria, sus noches demasiado tranquilas, cultiva más: de haber estado en sus manos, ella habría puesto al emperador en guardia, lo habría salvado, y así su hijo tendría ahora una posición segura como heredero y la querría conservar. Claro, sus amigos serían distintos, iguales a él, no esos que quién sabe de dónde salen y lo pierden. Se dedicaría a lo suyo, sin participar en cuanta asamblea, manifestación o huelga se organiza en su escuela, sin defender causas como la democracia o el voto. México no está listo para eso, ni lo estará jamás. Importa aceptarlo para poder progresar; no hacerlo, es un gran error.

Agustina camina hacia el reclinatorio colocado frente al pequeño tabernáculo, dispuesta a seguir el ritual. Antes de hincarse, contempla la figura crucificada de San Felipe de Jesús, él murió igualmente por sus ideas, aquellos a quienes predicaba tampoco lo supieron entender. Se arrodilla y abre el misal en la página marcada con el listón rojo, en el lugar donde comienza el oficio, pero se le atraviesa la imagen de su pequeño Agustín –sí, ¡Agustín!–, y reconoce que el último desplante fue el peor, por sus palabras y por el tono que empleó. Todo sucedió cuando ella le pidió que la acompañara a México para el aniversario. La misa sería de nuevo en la catedral, los miembros de la liga querrían verlo y él, como último descendiente, tenía que acudir. Le recordó que debía agradecer el bien merecido, era afortunado por conocer su origen y tener un destino. Ante su rezongo, ella le reclamó: “¿En qué andas?, si el país te interesa tanto, estudia, defiende lo tuyo, así podrás ayudar.” Su hijo replicó: “Yo creo en la voluntad popular.” Ella se rió: “¿Qué es eso?, no existe, México es tierra de un solo hombre, basta con revisar cualquier libro de historia para entender cómo se ha ejercido el poder, es mejor que mande alguien de casta, no cualquier advenedizo elegido por quienes no son mejores que él y que dispone de tan poco tiempo para gobernar que acaba por sacrificar honor y patria y moral, la monarquía es idónea, responde a la tradición, es también lo más prudente pues quien reina permanece, por eso cumple con responsabilidad.” Rodrigo gritó: “Estás loca, desvarías, la monarquía y tú y tus amigos viven fuera de la realidad, el único remedio para el mal gobierno es la participación popular.” Le exigió que no presionarlo más, él sería hijo de sus obras; Iturbide llevaba muerto casi 200 años y en nadie podría encarnar: “No cuentes conmigo, ni para la misa, ni para las reverencias, olvida también la chingada sucesión, mi sangre es roja, no azul, salí a mi padre, no a ti.” Allí, en la capilla convertida en fúnebre por la augusta presencia, Agustina se pregunta qué puede hacer, no soporta cruzarse de brazos, quisiera persuadir al emperador, convencer a su hijo, protegerlos. Debe insistir, razonar con ambos, hacerles notar cuánto está en juego, su felicidad, la de los suyos, la del país entero. Mientras se tapa el rostro con las manos, piensa que aún le falta el oficio final. Pero el cansancio la rinde, se levantó muy temprano para llegar a misa de doce, su marido se negó a prestarle el coche y el chofer: “En tus locuras no colaboro, a ver cómo lo resuelves.” No le quedó más que tomar el autobús de las seis, menos mal que era de lujo y no cualquiera lo puede pagar, claro, en lo que en la terminal de México buscaba un taxi para ir a la catedral, tuvo que mezclarse con la pura chusma: “Cuánta es, si no logra superar su miseria qué va a saber dirigir un país.” No puede orar, tiene sueño, cierra los ojos adormecida por la penumbra y la música, sólo por un momento, luego rezará.

[…]
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De cuando Hidalgo e Iturbide dieron libertad

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Gustavo Pérez Rodríguez
Seminario de Historia Militar y Naval

Los intérpretes políticos de la historia quitaron a Agustín de Iturbide y Arámburu el crédito de consumador de la independencia, para ubicarlo en el espacio singular de los villanos. La pintura que aquí se analiza, sin embargo, lo presenta al lado de Miguel Hidalgo y Costilla como uno de los libertadores: Hidalgo porque inició la rebelión emancipadora e Iturbide porque logró concluirla.

Anónimo, Alegoría de la independencia de México, óleo sobre tela, siglo XIX, Museo Nacional de Arte.

En este bicentenario de la consumación de la independencia mexicana se sigue debatiendo acerca de la supremacía del inicio de aquella revolución por sobre la forma en que esta concluyó. Por ello, resulta difícil que el tradicionalmente llamado “Padre la Patria” pudiera aparecer en una mención o representación conmemorativa al lado de uno de los considerados “villanos” de nuestra historia, aun y cuando este haya sido nada menos que el consumador. De tal forma, el presente texto se ocupará de analizar histórica y estéticamente la pintura del siglo xix conocida como Alegoría de la independencia, en la cual Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811) y Agustín de Iturbide y Arámburu (1783-1824) tienen el honor de proclamar juntos la independencia. Tras 200 años, es momento de que Hidalgo e Iturbide compartan de nuevo el mérito de haber dado libertad a la patria.

Amor y odio

A pesar de que en el llamado Plan de Iguala aquel coronel vallisoletano se deslindó del movimiento de Hidalgo, iniciado en 1810, se debe recordar que a principios de 1821 Vicente Guerrero Saldaña (1782-1831), representante inequívoco de la insurgencia popular, por un momento hizo a un lado sus ideales para sujetarse a los de Iturbide, aceptando que los planteamientos trigarantes de independencia, religión y unión eran la ruta más viable para obtener el anhelado fin libertador, tras once años de desgastante guerra.

Así, por algún tiempo, se reconoció a Iturbide el crédito de la independencia y ocupó un espacio preponderante en el panteón heroico nacional. Ya desde el mismo año de 1821 circulaban panfletos que lo presentan como el libertador de la América Septentrional, acompañado de un águila arrancando el vuelo como símbolo del nacimiento de una nueva nación. De esa forma inició la tradición de la “imagen oficial de acontecimientos históricos, bañados en su mayoría de tintes alegóricos”, a decir de María José Esparza.

Entre otros, fue el texto de Vicente Rocafuerte, Bosquejo ligerísimo de la revolución de México, de 1822, el que incrustó la visión parcial y perniciosa que ha perdurado sobre Iturbide –cuya crueldad, según el autor, quedó manifiesta desde la infancia–, pues la obra ha servido como base para sustentar otros trabajos de historiadores y novelistas. “El odio y el miedo a su memoria orilló a algunos políticos a oscurecer su figura –opina Guadalupe Jiménez Codinach–. Incluso la legislatura veracruzana de 1824 decretó escribir en letras de oro los nombres de los diputados de Tamaulipas que votaron por la muerte de Iturbide.”

Empero, con el pasar del tiempo volvió a resignificársele como libertador y, hasta 1843, su nombre se escuchaba en una estrofa del himno nacional, además de estar incrustado con letras doradas en el Congreso de la Unión. Y aunque en las llamadas Fiestas del Centenario de 1910 se tuvo presente a Iturbide, las imágenes que más circularon fueron las de Hidalgo y las del propio Porfirio Díaz, en las que se trataba de vincular y equiparar al presidente con el cura de Dolores. Años después, tras la revolución mexicana, surgió un nuevo movimiento contrario a la memoria del vallisoletano y en 1921 su nombre fue retirado de la pared legislativa.

Antagonistas

En el actual imaginario patrio del bicentenario no se percibe ya el rechazo hacia la figura de Iturbide, por lo que resultaría oportuno revisarlo, sin prejuicios, como consumador. No se busca con ello reconciliar al movimiento popular insurgente con el trigarante, sino convocar al reconocimiento de un proceso histórico tal y como fue: irrupción y conclusión alejadas y contradictorias, pero que tuvieron una finalidad libertaria común.

Y es que, en una revisión general, se reconoce que los motivos del cura de Dolores fueron de tinte social, mientras que sus medios fueron violentos, y fue con ellos que la irrupción popular logró “herir de muerte al virreinato”. También resulta cierto que los motivos del coronel trigarante fueron más de tipo político, y que la amenaza militar y el llamado a la unión fueron los medios con los que pudo “desatar el nudo sin romperlo”.

Cabe mencionar que existen pasajes donde ambos personajes están vinculados, a pesar de que estuvieron en bandos contrarios durante la contienda. Se debe recordar que cuando Hidalgo era el líder de la insurrección y salió victorioso de la batalla del Monte de las Cruces, Iturbide era un joven teniente del ejército realista que apenas logró escapar hacia la ciudad de México. También se ha especulado sobre si estos dos criollos eran parientes, por tener una raíz familiar común: la prestigiada familia Villaseñor, fundadora de la ciudad de Valladolid (hoy Morelia, Michoacán), aunque no se ha podido comprobar que estuvieran conscientes de ello.

Alegoría

Existe una alegoría de 1834, que se exhibe en el Museo Casa de Hidalgo, en Dolores Hidalgo, Guanajuato, en la que ambos generalísimos son presentados como los libertadores. Moisés Guzmán Pérez señala que Hidalgo, Allende y Morelos, durante la gesta, e Iturbide, tras la consumación, fueron los únicos líderes reconocidos como generalísimos. Este cargo “era superior a todos los demás –aclara–, pues era el jefe que mandaba al estado militar en paz y en guerra, tenía autoridad sobre todos los militares del ejército y estuvo por encima del teniente general de los ejércitos y capitán general que tenían los virreyes”.

Anónimo, Alegoría de Hidalgo, la Patria e Iturbide, óleo sobre tela, 1834. Museo Casa de Hidalgo. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

En esa pintura, el cura dirige una mirada enérgica al espectador, mientras pisa a un irreconocible Fernando VII, que a su vez es atacado por el águila mexica. Al mismo tiempo, Hidalgo coloca una corona de guirnaldas a una mujer mestiza, antigua representación de la América, resignificada en la patria mexicana, mientras esta levanta el gorro frigio de la libertad con la mano izquierda. La nueva nación mira con agradecimiento a Iturbide, quien le muestra las cadenas rotas como prueba de su recién adquirida emancipación.

Hermanada a la anterior, la obra que nos ocupa es conocida como Alegoría de la independencia y pertenece a la colección de la Galería de Antigüedades La Cartuja; actualmente se encuentra como préstamo permanente en el Museo Nacional de Arte. Se trata de un óleo sobre tela, de 86 × 65 cm, que tiene una factura artística superior a la antes mencionada. Se desconocen el autor y la fecha en que se pintó, aunque se calcula que fue alrededor de 1838, “ya que el discurso se aviene muy bien con los ánimos de restauración y conciliación nacional”, considera Jaime Cuadriello.

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En defensa propia

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

Antes de regresar de su breve exilio europeo, Agustín de Iturbide redacta un manifiesto político en el que se defiende y justifica, y da su versión de los días conflictivos que siguieron a la consumación de la independencia. La escritura de esas memorias quedó como un testimonio personal que permite ver su interpretación de momentos definitivos de la historia de México, aunque no le servirían, según su intención, para reinsertarse en la nueva vida política del país.

Anónimo, Proclamación de Agustín de Iturbide como emperador de México, acuarela sobre seda, siglo XIX, Museo Nacional de Historia. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

Agustín de Iturbide es conocido como el jefe realista que combatió con ahínco a los insurgentes. Su nombre fue reconocido durante la guerra de independencia por las acciones que sostuvo en favor de los realistas. Posteriormente, se habló de él con motivo de las acusaciones que pesaban en su contra.

Durante 1821 su nombre fue mencionado con mayor fuerza dado el protagonismo que alcanzó en tanto pieza clave para lograr el término de la guerra y conseguir la independencia. Exonerado de su pasado realista, ya como consumador de la independencia, entró triunfante a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821 al frente del Ejército Trigarante.

Fue vitoreado emperador y, tiempo después, acusado de abusar del poder durante su corto imperio. A los aplausos y reconocimientos de otros momentos, le siguieron las críticas a su desempeño autoritario y los alzamientos en su contra. Más tardó en jurar como emperador que en verse envuelto en la intriga y el contubernio. Al ceñirse la corona, Iturbide pareció olvidar su espíritu conciliador. Disolvió el Congreso y aprehendió a algunos diputados, con lo que selló su caída. Los que otrora le habían reconocido, y quienes votaron a favor de su coronación como emperador, le recriminaron su actuar frente al Congreso. Y ese mismo Iturbide, otrora vitoreado emperador, se vio obligado a abdicar y dejar el país.

Buscó asilo en Europa y, el 11 de mayo de 1823, zarpó de La Antigua a bordo de la fragata Rowllins con destino a Italia. Llegando a Liorna, en la costa oeste de Italia, el 2 de agosto, “habiéndosele mandado hacer una cuarentena de treinta días […], saliendo a tierra el 2 de septiembre”, como señala Lucas Alamán en su Historia de Méjico, se alojó en la villa Guevara, una casa de campo que pertenecía a la princesa Paulina Bonaparte.

Sin dilación se puso a escribir su defensa. Se dio a la tarea de redactar sus memorias que se ocuparían de aquellos años señeros. Páginas escritas de su puño y letra que narraban su versión de los hechos y en las que con argumentos buscaba reivindicar su figura para, en un futuro, lograr reintegrase a la vida política.

Con su Manifiesto al mundo o sea apuntes para la historia, como tituló el escrito, pretendía impactar más allá de sus conciudadanos. En esas páginas buscaba rehacer su reputación. Allí volcaría sus recuerdos, señalaría a los actores que le defraudaron; con ellas justificaría su proceder. Por ello se ocupó de darlas a la luz lo más pronto posible. Dejó la Toscana y se dirigió a Inglaterra, un refugio más seguro, un ambiente más propicio en donde encontraría apoyo.

Los movimientos que hacía en el viejo continente despertaron sospechas y el gobierno mexicano procedió a suspenderle la pensión y a declararlo fuera de la ley. De encontrársele en suelo mexicano, se dispuso que se le pasase sumariamente por las armas. Y sin conocer estas disposiciones, Iturbide se hizo a la mar en mayo de 1824 en el bergantín Spring, pues nunca perdió la esperanza de regresar a México, a donde llegó el 17 de julio al puerto de Soto la Marina. Al desembarcar fue aprehendido por el general Felipe de la Garza y dos días después fusilado en Padilla, Tamaulipas.

Antes de partir hacia México, entregó el manuscrito en Londres a Michael Joseph Quin, quien lo tradujo y lo publicó cuando ya Iturbide estaba a la mar. No obstante, sería hasta 1827 que se publicarían dos ediciones en español. Una corrió a cargo de Pablo de Villavicencio y la otra bajo el sello de la imprenta de Ontiveros, ambas en la ciudad de México.

El siguiente testimonio corresponde a una selección de fragmentos del Manifiesto al mundo… con el fin de que el lector pueda tener una idea de la confesión política de Agustín de Iturbide.

No escribo para ostentar erudición; quiero ser entendido de todas las clases del pueblo […] Mi nombre es bastante conocido; mis acciones lo son también, pero estas tomaron el colorido que les dieron los intereses de los que las transmitieron a regiones distantes. Una nación grande y muchos individuos en particular se vieron ofendidos, y me denigraron: yo diré con la franqueza de un militar lo que fui y lo que soy; lo que hice y porque los imparciales juzgarán mejor aún la posteridad. No conozco otra pasión que el amor de gloria, ni otro interés que el de conservar mi nombre de manera que no se avergüencen mis hijos de llevarle. […]

Di la libertad a la mía, tuve la condescendencia o llámese debilidad de permitir me sentasen en un trono que creé destinándole a los otros, y ya en él tuve valor para oponerme a la intriga y al desorden. Estos son mis delitos; no obstante ellos, ahora y siempre me presentaré con semblante tan sereno a los españoles y a su rey, como a los mexicanos y a sus nuevos jefes; a unos y a otros hice importantes servicios, ni aquellos ni estos supieron aprovecharse de las ventajas que les proporcioné; faltas que ellos cometieron son las mismas con que ellos me acriminan.

En el año de diez era yo un simple subalterno; hizo explosión la revolución proyectada por Miguel Hidalgo, cura de Dolores, quien me ofreció la faja de teniente general; la propuesta era seductora para un joven sin experiencia, y en la edad de ambicionar; la desprecié sin embargo porque me persuadí que los planes del cura estaban mal concebidos; […] El tiempo demostró la certeza de mis predicciones. […]

Si tomé pues las armas en aquella época, no fue por hacer la guerra a los americanos sino a los que infestaban el país […] Siempre fui feliz en la guerra; la victoria fue compañera inseparable de las tropas que mandé; no perdí una acción. […] No tuve otros contrarios que los que lo eran de la causa que defendía, ni más rivales que en lo sucesivo me atrajo la envidia por mi buena suerte: ¿a quién le faltaron cuando le lisonjeó la fortuna? […]

Restablecióse el año de veinte la Constitución en las Españas. El nuevo orden de cosas, el estado de fermentación en que se hallaba la península, las maquinaciones de los descontentos, la falta de moderación en los amantes del nuevo sistema, la indecisión de las autoridades, y la conducta del gobierno de Madrid y de las cortes que parecían empeñadas en perder aquellas posesiones […] avivó en los buenos patriotas el deseo de independencia, en los españoles establecidos en el país el temor de que se repitiesen las horrorosas escenas de la insurrección; […] En tal estado, la más bella y rica parte de la América Septentrional iba a ser despedazada por facciones. Por todas partes se hacían juntas clandestinas en que se trataba el sistema de gobierno que debía adoptarse. […]

Yo tenía amigos en las principales poblaciones que lo eran antiguos de mi casa, o que adquirí en mis viajes y tiempo que mandé; contaba también con el amor de los soldados; todos los que me conocían se apresuraron a darme noticias. Las mejores provincias las había recorrido, tenía ideas exactas del terreno y del carácter de los habitantes, de los puntos fortificables y de los recursos con los que podía contar. Muy pronto debían estallar mil revoluciones, mi patria iba a anegarse en sangre, me creía capaz de salvarla, y corrí por general de los americanos.

Formé mi plan conocido por el de Iguala, mío porque solo lo concebí, lo extendí, lo publiqué y lo ejecuté; me propuse hacer independiente mi patria, porque este era el voto general de los americanos; […] El Plan de Iguala […] a los mexicanos concedía la facultad de darse leyes […] Aseguraba los derechos de igualdad, de propiedad, de libertad […] destruía la odiosa diferencia de castas […] conciliaba las opiniones razonables y oponía un valladar impenetrable a las maquinaciones de los díscolos.

[…] Sin sangre, sin incendios, sin robos, ni depredaciones, sin desgracia y de una vez sin lloros y sin duelos, mi patria fue libre, transformada de colonia en grande imperio. […]

[…]
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Epidemias y pandemias en dos siglos

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Graciela de Garay Arellano
Instituto Mora

El hambre, la miseria y las enfermedades fueron los motivos principales de las numerosas pérdidas humanas antes y durante las guerras de independencia en México. Por entonces, hubo epidemias de influenza, viruela, tifo y fiebre amarilla. En 2021, la pandemia del coronavirus preocupa por las consecuencias económicas y políticas; en tanto, la utilización de espacios públicos y privados abre el debate sobre el diseño de la vivienda como un lugar adecuado para evitar su propagación.

Léopold Boilly, Louis, La Vaccine, litografía a color, 1827. National Library of Medicine

Filósofos y científicos sociales discuten si la pandemia del Covid-19 es o no un acontecimiento histórico. Quienes creen que sí, aseguran que es algo nuevo y revolucionario, la distinguen como una ruptura instauradora que transformará radicalmente a la sociedad; otros niegan su novedad e insisten en que epidemias y pandemias siempre han existido.

Sea de esto lo que fuere y considerando que ha transcurrido poco tiempo para comprender esta experiencia, propongo, por un lado, hacer unos señalamientos acerca de las epidemias que en 1821 vivió México en el contexto de su surgimiento como nación independiente y, en segundo lugar, sugiero apuntar algunas reflexiones sobre la nueva pandemia en 2021, como reto no sólo sanitario, sino también arquitectónico.

Hace dos siglos, apenas se empezaban a conocer las causas de las epidemias y las medicinas para contrarrestarlas, aunque en el caso de la viruela ya se contaba con la vacuna desde el 24 de julio de 1804, cuando la trajo a Nueva España Francisco Xavier de Balmis. Sin embargo, todavía faltaba avanzar en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, que unas décadas más tarde serían bacterianas.

Al obtener México su independencia, la flamante república vivió una gran crisis. El historiador Jaime E. Rodríguez explica que la economía nacional estaba arruinada y su legitimidad política endeble. El hecho es que el conflicto bélico perjudicó la agricultura, el comercio, la industria textil y la minería, así como a la infraestructura del país. Pero el problema más grave al que se enfrentó el nuevo gobierno fue la falta de capital. Los grupos de poder, temerosos de la inestabilidad política, sacaron su dinero del país o lo retiraron de circulación. Este golpe fue particularmente grave, porque durante el periodo colonial no se crearon bancos ni casas comerciales y los préstamos provenían de particulares o de la Iglesia. Al faltar fuentes de crédito para la inversión no hubo más remedio que solicitar el financiamiento extranjero. La atención pública se centró entonces en la política, sin notar a un enemigo silencioso que acechaba las condiciones sanitarias del país.

En medio del caos, México parecía una nación sana. Epidemias y enfermedades endémicas, aunque representaban una preocupación latente, nadie las percibía como una amenaza seria. La población mexicana crecía a paso lento y ni siquiera el movimiento independentista alteraba el recuento demográfico. En 1810, el país alcanzó 6 238 293 habitantes, y para 1820 disminuyó ligeramente a 6 175 621. Diez años más tarde subió a 6 389 486 personas. La ciudad de México llegó a tener 180 000 almas en 1810, aunque el número decayó a 168 846 en 1820, hasta decrecer a 165 000 tres años más tarde. El leve incremento demográfico se debió a que el número de nacimientos se mantuvo, en contraste con el aumento de muertes por la guerra y el hambre, y no tanto por epidemias y enfermedades.

Así las cosas, la sociedad vivía tranquilamente y nadie pensaba en las epidemias, incluso se habían olvidado de la influenza que en 1806 ocasionó numerosas muertes. Sin embargo, hacia 1804, Humboldt destaca la pérdida de 300 000 vidas entre 1800 y 1803, como consecuencia del hambre, la miseria y las enfermedades.

A lo largo de los once años que abarcó el periodo de las guerras de independencia (1810-1821), México padeció enfermedades epidémicas, aunque, a juicio del especialista y doctor Carlos Viesca-Treviño, estas nunca llegaron a ser graves ni devastadoras. La aparición en 1813 de una fiebre petequial, muy probablemente tifo, marcó el inicio de la epidemia más importante, la cual era consecuencia indirecta de la guerra. El padecimiento, según Viesca-Treviño, encaja con el patrón de enfermedad de cuarteles y prisiones que se transforma en enfermedad epidémica cuando ocurren los traslados de las tropas, los grandes desplazamientos de grupos de la población civil y su eventual hacinamiento por la pérdida de viviendas, así como la intensificación de las hambrunas y la falta de higiene personal.

Este cuadro lo ilustra el sitio de Cuautla que resistió Morelos con su ejército de 5 500 hombres, durante 72 fatídicos días, entre febrero y abril de 1812. Los realistas, encabezados por Félix Calleja, padecieron los calores extremos a los que no estaban acostumbrados porque venían de climas fríos, mientras los insurgentes suplían la escasez de agua con pozos; la falta de víveres con maíz que tenían almacenado y todas las privaciones imaginables con un fanatismo que a Calleja resultaba difícil de comprender. Parecía urgente capitular. Calleja ofrecía el indulto al que, por cierto, se acogían los tránsfugas quienes le informaban sobre el estado de espantosa miseria en que se hallaban los sitiados. El 2 de mayo, Morelos rompió el cerco, pero la caballería realista desbarató el ataque. Calleja dijo en su parte al virrey que murieron alrededor de 4 000 insurgentes. Sin embargo, Morelos asegura que su pérdida durante el sitio no pasó de 50 hombres muertos de bala y 150 por la peste. Los sitiadores contaron, entre los suyos, 290 bajas entre muertos y heridos.

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Jueces y verdugos. Olvido y condena de Iturbide en los Centenarios de 1910 y 1921

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Joaquín E. Espinosa Aguirre
Doctorado en Historia Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Durante muchos años el título de paternidad de la patria lo habían compartido Hidalgo e Iturbide. Pero en los festejos por el centenario del proceso de independencia de 1910 y 1921 se consumó, en gobiernos tan disímiles como los de Porfirio Díaz y Álvaro Obregón, el destierro del militar del lugar de los hombres ilustres entre los héroes de la gesta de emancipación.

Representante de Agustín de Iturbide en el desfile histórico durante los festejos del centenario, 15 de septiembre de 1910, inv. 352043, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

El año 1921 determinó el final de una de las más complicadas relaciones dentro de la historia patria: la de Agustín de Iturbide y los mexicanos. Si bien durante el siglo xix su figura histórica había coexistido con la del resto de los héroes nacionales –Miguel Hidalgo, principalmente–, sería en las celebraciones que llevaron a cabo Porfirio Díaz en 1910 y Álvaro Obregón en 1921 cuando se acabaría de desdibujar su protagonismo, para ser condenado definitivamente al destierro del panteón nacional. No obstante, estos dos regímenes tan desiguales buscaron su legitimación política a través de conmemoraciones históricas relacionadas con los centenarios de la independencia.

El festejo del Centenario, 1910

La organización y el dispendio que hizo en sus postrimerías el régimen porfirista representaron, por la cantidad de obras públicas que se construyeron, un gran éxito. Hasta la actualidad, existe en la memoria histórica un recuerdo de lo fastuosas que fueron estas festividades. Annick Lampérière las ha comparado con las Exposiciones Universales de París de 1889, en las que se celebró el centenario de la revolución francesa. Los festejos con que el gobierno de Porfirio Díaz conmemoraría el año de 1910 fueron planeados por la Comisión Nacional del Centenario, creada en octubre de 1906, de cuyo cargo estuvo Manuel Torres, quien se acompañó por Gustavo F. Silva y Luis Castillo Ledón.

Para la gala de tal efeméride, se proyectó la construcción de algunas edificaciones que aún forman parte de la imagen urbana de la ciudad de México, como el manicomio de la Castañeda y el Palacio de Lecumberri, así como el inconcluso Palacio Legislativo en la Plaza de la República, cuya primera piedra fue colocada el 23 de septiembre de 1910. Además, hubo sendas ceremonias en Palacio Nacional, como la recepción de los representantes internacionales, quienes manifestaron sus enhorabuenas al gobierno mexicano por medio de diversos obsequios, entre los que sobresale el uniforme del general José María Morelos, entregado por la comitiva española.

El 14 de septiembre tuvo lugar una gran procesión cívica, la cual contó con la asistencia de 20 000 personas e inició en la glorieta de Colón para finalizar en la catedral, donde estaban las urnas con los restos de los héroes de la independencia, colocadas ahí para ser homenajeadas. Sin embargo, el evento que mayor cantidad de gente reunió fue el desfile histórico, celebrado el 15 de septiembre como era costumbre y que tuvo cerca de 200 000 espectadores.

Allí fueron representadas las etapas de la historia de México, desde el pasado prehispánico, la dominación española y, fundamentalmente, la independencia, la que concentraba la principal atención. Para ello, se construyeron varios carros alegóricos, con Miguel Hidalgo, José María Morelos y Agustín de Iturbide como protagonistas, resaltando el último, ya que se realizó una representación en vivo de la entrada del ejército trigarante, donde además figuraron exinsurgentes como Vicente Guerrero, Manuel Mier y Terán y Guadalupe Victoria. Según cuenta Genaro García en la Crónica oficial de las fiestas del primer centenario, esta parte del desfile se llevó el aplauso más nutrido.

Esa misma noche celebraron la ceremonia del grito. Para ello, los edificios del centro de la ciudad fueron engalanados con una iluminación que repetía las fechas de 1810-1910 y las palabras Paz, Progreso y Libertad. Además, se hizo una gran recepción en el Palacio Nacional para todos los delegados extranjeros, quienes pudieron observar que, en el interior, había un catafalco con un águila que representaba a la nación mexicana. Pero sin duda, el evento que más relevancia histórica tuvo para el régimen se realizó la mañana siguiente, cuando se inauguró la tan ansiada columna de la Independencia, encargada a Antonio Rivas Mercado, el arquitecto afrancesado favorito del régimen, y cuya construcción comenzó desde el 2 de enero de 1901, es decir, casi una década antes de la festividad. Un derrumbe en 1906 había obligado a replantear sus dimensiones y estructura, lo cual no impidió que fuera el atractivo principal de la ceremonia de aquel 16 de septiembre de 1910, cuando a sus pies estuvieron el presidente Díaz y su Estado mayor entonando el himno nacional y escuchando el discurso patriótico dedicado al cura Hidalgo por el poeta Salvador Díaz Mirón.

Ahora bien, justo en esta celebración puede notarse el olvido de la figura de Iturbide, ya que, si bien apareció de manera destacada en el desfile militar, no fue tomado en cuenta para aparecer como una de las figuras principales de la columna, pues se eligió a Morelos, Guerrero, Bravo y Mina para cubrir sus flancos, mientras que el lugar de honor se le otorgó a Hidalgo. Debemos recordar que durante muchos años el título de paternidad de la patria lo habían compartido ambos, pero que fue a partir de este momento cuando el segundo tomó la delantera. Además, los restos del consumador no fueron colocados junto con los de los otros personajes en el mausoleo del monumento, sino que se mantuvieron en la catedral metropolitana, donde se encontraban desde 1838, sólo haciéndose mención de su nombre en uno de los aros que adornan el exterior de la columna.

CIF, Contingente militar desfilando durante los festejos del centenario, 27 de septiembre de 1921, inv. 121067, SINAFO. Secretaría de Cultura-INAH-MEX. Reproducción autorizada por el INAH.

A lo largo del mes patrio hubo más celebraciones, incluidas una ceremonia a Josefa Ortiz de Domínguez y otra más a Morelos, en San Cristóbal Ecatepec, donde se develó una estatua en su honor, pero no se planeó nada para el día 27 de septiembre o algún acto en honor a Iturbide, salvo algunas menciones en las repetidas oraciones patrióticas. No obstante, si bien el consumador aparece como un personaje más, y no en un lugar protagónico, al menos fue considerado dentro de los héroes de la independencia. Incluso, la obra historiográfica que fue premiada y publicada en el marco del festejo, a cargo de Francisco Bulnes, La independencia de México: Hidalgo-Iturbide, lo reivindicó al destacar su habilidad política y sus medios no violentos para terminar el largo y desgastante proceso de la lucha armada. Por medio del Plan de Iguala, dice Bulnes, Iturbide había comenzado una obra de la paz, oscurecida por la anarquía del siglo xix, pero que al fin el régimen porfirista logró dar a la nación mexicana. Esta obra fue publicada en el mismo año de 1910.

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Coahuila y Texas se independizan

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Bertha Luz Justo de la Hoz
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Coahuila y Texas formaban parte, junto con Nuevo León y Nuevo Santander, de la relegada Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente, creada en 1776 por el virreinato. Declarado el Plan de Iguala, se incorporaron en julio de 1821 al proceso de independencia. Casi tres años después formarían un solo estado, mismo que duraría poco tiempo.

A new map of Mexico and adjacent provinces compiled from original documents by A. Arrowsmith, 1810, litografía en Atlas to Thompson’s Alcedo; or dictionary of America & West Indies, Londres, George Smeeton, Great Saint Martin’s Lane, Charing Cross, 1819. David Rumsey Map Collection, David Rumsey Map Center, Stanford Libraries

En mayo de 1824, el Congreso mexicano declaró la unión de Coahuila y Texas para formar un estado de la federación. Hasta ese momento, ambas provincias habían sido administradas de manera separada, aunque siempre estuvieron estrechamente vinculadas. Según palabras de Vito Alessio Robles, político e historiador coahuilense, el devenir de Coahuila no puede entenderse sin conocer el de Texas, y viceversa.

Los vecinos de Saltillo y un grupo de soldados se reunieron en la plaza de armas de esa villa el 1 de julio de 1821 para secundar el Plan de Iguala, proclamado por Agustín de Iturbide unos meses atrás. Para entonces, Coahuila y Texas, ubicadas en la parte nororiental de Nueva España, eran dos comarcas extensas y escasamente pobladas, sobre todo la segunda. Ambos territorios formaban parte de una división gubernamental creada en 1776 con el fin de centralizar la administración del norte novohispano. La Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente, como se llamó a esa división, comprendía a Coahuila, Texas, Nuevo León y Nuevo Santander. Al frente de las cuatro provincias se encontraba un comandante general, según Miguel Ramos Arizpe –político coahuilense, conocido como el “Padre del federalismo”–, con “iguales y aún mayores facultades que el virrey”, mientras que en cada una de ellas había un gobernador político y militar.

A principios del siglo xix, la economía en Coahuila y Texas era muy precaria, entre otras razones debido a las frecuentes incursiones de indios nómadas, la falta de comunicaciones terrestres, la ausencia de importantes cursos de agua −sobre todo en Coahuila−, las enormes distancias que mediaban entre las principales poblaciones de ambas comarcas, y la lejanía de estas respecto al centro del virreinato. Otro factor que dificultó el desarrollo de estas regiones, principalmente en el caso de la provincia texana, fue la escasez de habitantes. En 1820, la población de Coahuila era de 42 937 personas y la de Texas se calculó en 3 334, aproximadamente.

Algunas de las poblaciones de Coahuila eran Saltillo, Monclova, Parras, Santa Rosa y San Juan Bautista de Río Grande. A principios del siglo xix, sus habitantes se dedicaban sobre todo a la ganadería. La agricultura se practicó en pequeña escala y la minería casi no se explotó. En septiembre de cada año se llevaba a cabo en Saltillo una feria concurrida por comerciantes de las Provincias Internas de Oriente y de otras partes de Nueva España. No obstante, en la región coahuilense, atravesada por amplias llanuras, la acumulación de grandes extensiones de terreno en pocas manos obstaculizó el desenvolvimiento económico de la población. Por ejemplo, el marquesado de San Miguel de Aguayo abarcaba casi la mitad de la provincia.

Texas, por su parte, contaba con tres asentamientos permanentes: San Antonio de Béjar, Bahía del Espíritu Santo y Nacogdoches. Sus habitantes practicaban una agricultura de subsistencia, pues no podían dar salida a sus cultivos porque los puertos texanos no estaban habilitados para el comercio. Los pobladores también se dedicaron principalmente a la cacería de reses y caballos para venderlos en Louisiana (Estados Unidos) y al contrabando con esa región, por medio del cual conseguían provisiones y diversos artículos de uso cotidiano. De hecho, el intercambio comercial de los pobladores de Texas fue más provechoso con Louisiana que con cualquier otra región de Nueva España.

The military plaza – San Antonio, litografía en Edward King, The southern states of north america, Londres, Blackie & Son, Paternoster building, 1875.

Su ubicación en los confines del virreinato, su escasa población y el nulo dominio que las autoridades españolas ejercieron sobre Texas, hicieron de ella un blanco fácil para las continuas incursiones de aventureros del país vecino. Desde finales del siglo xviii y en los primeros años del xix comenzaron a introducirse en Texas varios grupos de colonos estadunidenses. En repetidas ocasiones, esta situación condujo a los funcionarios de la comandancia general a tratar de impedir su entrada, pues temían que aquellos extranjeros rompiesen el delicado equilibrio existente entre los españoles y los indios que habitaban la región.

La actitud de las autoridades españolas de la comandancia general hacia ellos cambió radicalmente en 1821, cuando se inició de manera oficial la colonización estadunidense de Texas. En enero de ese año, el comandante general de las Provincias Internas de Oriente, Joaquín de Arredondo, dio autorización a Moses Austin, originario de Connecticut, para fundar una colonia con 300 familias provenientes de Louisiana. Así comenzaba un proceso que cambiaría para siempre la historia de la región. Meses más tarde, Stephen Austin, hijo de Moses, se dirigió a Texas y después a la ciudad de México para ratificar la concesión de tierras hecha a su padre. A su paso por la provincia realizó una descripción de Nacogdoches, el asentamiento más precario y más septentrional de la misma. Sus impresiones nos dan una idea sobre el abandono en que se encontraba el territorio texano hacia 1821: “Nacogdoches es ahora las ruinas de una [alguna vez] floreciente pequeña villa. La iglesia y siete casas están todavía de pie, completas, una de ellas, [con] dos pisos construidos de roca blanda, fue la sede del comercio de indios y muchos negocios se hacían aquí anteriormente.”

Independencia

El mismo año en que Texas inauguraba una nueva etapa de su historia, en el sur de Nueva España daba comienzo otro proceso irreversible y de grandes implicaciones en todo el territorio novohispano: la consumación de la independencia con la proclamación del Plan de Iguala por Agustín de Iturbide el 24 de febrero de 1821 y la firma de los Tratados de Córdoba unos meses más tarde. El Plan de Iguala declaró la independencia, la unión de americanos y europeos y el establecimiento de una monarquía constitucional presidida por Fernando VII u otro miembro de su dinastía.

Escudo de la hacienda de estado libre de Coahuila y Texas, litografía en Dudley G. Wooten Ma., A. complete history of Texas, Dallas, The Texas History Company, 1899.

Cuando Joaquín de Arredondo, en su calidad de máxima autoridad en las Provincias Internas, tuvo noticia de que los vecinos de Saltillo se preparaban para secundar el Plan de Iguala, mandó a esa población a la compañía de granaderos del regimiento Fijo de Veracruz. Asimismo, dispuso que la infantería y la artillería de aquel regimiento se instalasen a corta distancia. Sin embargo, los comandantes de estas tropas se unieron al pueblo y a los miembros del Ayuntamiento de esa villa, y juraron la independencia el 1 de julio de 1821.

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El norte novohispano. Olvidado, aislado y ajeno a la rebeldía

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53.

Omar Urbina Pineda
El Colegio de México

En los años de la guerra de independencia tanto las provincias del oriente como del occidente del virreinato vivieron en conflicto permanente, pero vinculados a contextos locales y no tanto a las arremetidas insurgentes que pronto fueron controladas. Aceptaron y se sumaron tardíamente al Plan de Iguala. Ya independientes y con nuevas autoridades, la situación de aislamiento y olvido no se modificaría tras el triunfo y caída posterior de Iturbide.

Santa Fe, New Mexico, litografía a color en Henry Howe, The great west, Nueva York, Geo F. Tuttle, 1859.

En 1810, cuando el cura Miguel Hidalgo se levantó en armas, la llama insurgente prendió en todo el territorio de Nueva España. Las lejanas Provincias Internas no fueron ajenas a este proceso, pero, a diferencia del resto del virreinato, los levantamientos norteños fueron rápidamente reprimidos y la actividad insurgente en la región decayó por el resto de la década. Sin embargo, el ambiente durante los diez años de guerra civil no fue para nada pacífico. Fruto de la convulsión política y social iniciada en 1810, se intensificaron las incursiones indígenas ante la falta de pago de tributos; hubo rebeliones locales no relacionadas a la lucha independentista, y también se intensificaron los ataques de piratas, corsarios y filibusteros. Es decir, en el norte novohispano, a pesar de la poca actividad insurgente, se vivió un constante estado de guerra. En este contexto fue que, en 1821, llegaron las noticias de la promulgación del Plan de Iguala, iniciando así el proceso de consumación de la independencia en las Provincias Internas.

El oriente

La situación en los confines de Nueva España era muy compleja cuando llegaron las noticias del pronunciamiento de Iturbide. En primer lugar, las antes fieles compañías presidiales, encargadas de vigilar y proteger la frontera de cualquier ataque –ya fuera de extranjeros o grupos indígenas–, empezaron a dudar de la conveniencia de seguir obedeciendo al régimen virreinal. Esto se debió a que estaban sufriendo una crisis terrible. Si bien los recursos que se suministraban se les siguieron otorgando, aunque no con la regularidad con que se hacía durante la época borbónica, la inseguridad de los caminos hacía que estos no llegaran en su totalidad. A los presidiales se les debían muchos salarios, ya que eran soldados pagados directamente por la corona, y carecían de todos los pertrechos necesarios para desempeñar su labor. No había alimentos, municiones y, peor aún, monturas, las cuales eran fundamentales para perseguir a los indígenas que incursionaban en las poblaciones. Ante esta situación, muchos de estos militares comenzaron a buscar recursos por su propia cuenta y entablaron redes de comercio con quien tenían más cerca, es decir, con Estados Unidos. Alejados del centro de Nueva España, más aún, de la metrópoli, la conveniencia de un gobierno alterno empezó a surgir en la mente de estos personajes.

            Por otro lado, si bien es cierto que las Provincias Internas no alcanzaron a experimentar generalizadamente la politización provocada por la creación de los Ayuntamientos durante el primer constitucionalismo gaditano, muchas poblaciones, impulsadas por el alejamiento que tenían del resto del virreinato, empezaron a tomar las riendas de la política local. Principalmente esto se reflejó en el conflicto que había entre los Ayuntamientos de Saltillo y de Monterrey. El último había ocupado tradicionalmente el punto más importante de la política regional, ya que era la sede de la Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente. Sin embargo, Saltillo era el lugar en el que se ubicaba la Tesorería Real, por lo que se encargaba de suministrar recursos a todas las regiones bajo su jurisdicción: el Nuevo Reino de León, Nueva Santander, Coahuila y Texas. Esta rivalidad se intensificó a finales del virreinato y el inicio de la conjura iturbidista fue el ambiente perfecto para buscar la primacía regional.

            Como puede observarse, en el noreste de Nueva España había un descontento generalizado desde diferentes niveles hacia la política virreinal. Por un lado estaban los presídiales molestos por la falta de pago de sus salarios; por el otro, los Ayuntamientos habían adquirido un enorme grado de autonomía durante todo el conflicto armado. A a su vez, existía un descontento general en las poblaciones ya que eran las principales afectadas por las incursiones indígenas, intensificadas desde el inicio de la lucha independentista. En este ambiente de crisis fue que llegaron a manos del comandante general y jefe político, Joaquín de Arredondo, las noticias del pronunciamiento de Iturbide y de la promulgación del Plan de Iguala. Arredondo había obtenido su puesto siendo parte de las filas de la contrainsurgencia, y su prestigio aumentó por haber participado en la represión de la expedición de Xavier Mina, de ahí que su puesto y sus privilegios se debieran al orden virreinal. Al haber sido promulgado el Plan de Iguala, Arredondo lo declaró “anticonstitucional” y pidió instrucciones a Juan Ruiz de Apocada, jefe político superior de Nueva España, sobre cómo debía proceder. Cuando este le ordenó que contuviera la influencia del movimiento trigarante en la región, el comandante general respondió que esto resultaba imposible ya que el estado de la tropa y, sobre todo, de los presidiales era muy precario, por lo que, si no recibía rápido suministros de guerra, no se haría responsable de lo que ocurriera en la comandancia general.

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