Archivo del Autor: Norberto Nava

Correo del Lector #39

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Del muro de Facebook

image047Respecto a “1975: el año en que Chicago vino a México” (BiCentenario, núm. 8), Ernesto, entonces estudiante de la Vocacional 10, recuerda que con un amigo de la Preparatoria 9 trató de colarse sin boleto en el concierto. Cerraron las puertas, pero un comandante de la policía les ofreció darles la oportunidad si se formaban. De repente entró una “julia” (camioneta de la policía) y los granaderos “empezaron a lanzar piedras a todos aquellos jóvenes que estábamos fuera del auditorio pensando que nos iban a dejar entrar. Se generalizó una desbandada, todos corrimos hacia donde se podía […]. El domingo, el último día de los conciertos, me fui solo al Auditorio a ver qué pasaba, tenía 500 pesos para el anillo de graduación. Al llegar, se me acercaron unos jóvenes de Monterrey y ofrecieron un boleto al costo; sin dudarlo acepté, pude entrar y disfrutar […], adiós anillo de graduación, pero estuve en el concierto y fui parte de la historia”.

image043¿Sabías qué?

Las esculturas de bronce conocidas como “Indios Verdes”, que representan a dos gobernantes mexicas: Itzcóatl y Ahuízotl, fueron encargadas al artista Alejandro Casarín y situadas en 1898 al inicio del Paseo de la Reforma. Para la elite eran “espantajos”, lo cual definió su vida errante: del lugar inicial a Calzada de la Viga, más tarde a Insurgentes Norte, luego a la estación del metro Indios Verdes y por fin 500 metros al sur, al parque El Mestizaje.

Por amor a la historia

El parque Fundidora está en los terrenos de la compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey que instaló el primer alto horno de América Latina y ocupó de 1900 a 1986. Después de ser declarada insolvente, esos terrenos se convirtieron en parque público. Entre sus atracciones turísticas, culturales y de esparcimiento brinda conocimiento sobre la historia industrial de Nuevo León mediante un museo y la exposición de piezas en sus jardines.

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Reloj de arena

image2636 de marzo de 1818
Después de tres meses de un sitio estrecho y penoso, los defensores del fuerte de Jaujilla, el último punto fortificado por los insurgentes, se rinden a las armas del coronel Matías Martín y Aguirre, comandante general de la provincia de Valladolid.

image26920 de marzo de 1868
El presidente Benito Juárez escribe a los señores M. Villalobos y E. Acianin, oponiéndose a los ejercicios gimnásticos que planean hacer en las torres de la catedral, para celebrar su cumpleaños, pues rechaza cualquier diversión “en que se pone en peligro la vida del hombre”.

9 de enero de 1918
Charles A. Douglas, abogado del presidente Venustiano Carranza en Washington, lo urge a superar la desconfianza existente entre él y el presidente Woodrow Wilson, y “llegar a una inteligencia mejor, más clara y definida entre los dos gobiernos”.

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19 de enero de 1968
En la ceremonia celebrada en el Palacio de Bellas Artes, con asistencia del presidente Gustavo Díaz Ordaz, el regente Alfonso Corona del Rosal, Pedro Ramírez Vázquez, presidente del Comité Organizador de la XIX Olimpiada, y Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional, se anuncia el programa cultural del evento, cuyo propósito será destacar, como se hacía en la antigua Grecia, las manifestaciones más importantes de la cultura universal.

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Lucidez

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Cuando yo tenía sus edades muchachas, la palabra de un hombre ante una mujer era letra escrita, ni se olvidaba ni marchitaba, simplemente se cumplía, y si alguno quitaba el dedo del renglón y se apartaba, pasaba a ocupar el puesto de los irredimibles, irrecuperables y gruñones. A sus edades las puertas de las casas estaban abiertas porque nadie se atrevería a entrar sin antes pedir permiso. Los juguetes eran de madera o hechos a mano, llegaban una vez al año y debían durar hasta el próximo día de Reyes. Teníamos un solo par de tenis que no se cambiaba hasta que la suela tuviera más de tres hoyos, y una muda de ropa era la misma para cada fiesta. Escuchar radio era obligatorio, no había otra comunicación, a excepción del cine que lo veíamos en la carpa móvil los domingos y teníamos que cuidarnos de algunos que llegaban armados y hacían disparos al aire cuando alguna escena les gustaba. Con mis hermanos nos podíamos bañar en el agua de algún río, una cañada o bajo la lluvia porque nos quitaba lo sucio. A mi edad, y les hablo de más de cuatro veces la que ustedes llevan en su piel, los papás regañaban con la mirada, la voz alzada, un cinturón amenazante y quizá un buen tirón de oreja; en casa había alguien que nos esperaba con comida sabrosa a la salida de la escuela; los maestros tenían conocimiento de lenguaje, álgebra, geografía o matemáticas y usaban una varita, que no era para hacer magia, sino para aplicarnos un coscorrón cuando no prestábamos atención; se desayunaba café con leche, jugo o agua, y el refresco estaba prohibido; las chicas por entonces practicaban baloncesto y voleibol, o nadaban, aunque pocas. Al futbol o al tenis no le entraban. Si había algún amigo de lo ajeno no tardaba en disfrutar de su autorregalo que ya caía preso. Las noches por entonces tenían estrellas, lospájaros gorjeaban en las mañanas y al atardecer nuestras madres nos mandaban a llamar a gritos para que regresáramos de la calle. El tranvía o el camión pasaba por casa, nos llevaba y traía, y echábamos relajo con otros compañeros mientras el chofer nos miraba con desgano y ordenaba ubicarnos en el fondo del vehículo. Pero algún día vi que eso cambiaba, que la palabra de los hombres sí se marchitaba, que hubo que ponerle triple cerrojo a las puertas, que los Reyes Magos no llegaban, que la televisión pretendía sustituir al cine y hasta el agua de lluvia venía sucia. Cuando descubrí que nadie se inmuta si te desvalijan en la calle, que sólo el reloj despertador canta en las mañanas, el camión a veces ni se detiene y nuestros papás ya se fueron; yo, solito, tomé mis bártulos y quedé encerrado entre las paredes de este manicomio, para que el tiempo no me atrapara y mis hermanos que me trajeron hasta aquí disfrutaran de la herencia paterna. Prometí una sola cosa, muchachas, que sólo saldría al patio para contarles a ustedes estas locuras.

Recuerdos de infancia. Manicomio La Castañeda

Francisco Javier Castellanos Cervantes
Ciencias Odontológicas, Médica y de la Salud, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Dos vivencias de la niñez dan cuenta de una vida sosegada entre los muros del edificio que fuera emblemático en la atención de enfermos con discapacidades mentales en la primera mitad del siglo XX. Para algunos empleados y sus hijos, la convivencia con los pacientes no era conflictiva.

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Cincuenta y ocho años habían sido suficientes para que el Manicomio General La Castañeda pudiera lograr que la psiquiatría se profesionalizara en nuestro país. Muchas personas habitaron dentro de sus muros buscando encontrar una cura para sus padecimientos mentales, o simple y sencillamente para hallar un paliativo y hacer la vida más llevadera. Sin embargo, también podemos rastrear la vida al interior de estos muros con otra mirada: la de los trabajadores y los familiares de estos, quienes convivían con los pacientes de forma cotidiana.

La Castañeda fungió por muchos años como una institución de beneficencia. Si bien es cierto que contaba con población pensionista que pagaba para recibir un trato mejor al de los demás, la mayor parte no podía hacerlo. Una gran parte de los internos eran llevados por sus familiares y la mayoría no volvía a salir de ahí y, aunque se sabe poco sobre los niños abandonados en este manicomio, fue un fenómeno relativamente común a mediados del siglo XX. El abandono se debía más que a un problema mental a una cuestión que hoy entra en el terreno de la teratología, esto es, a que algunos niños que nacían con malformaciones encontraban su destino dentro de los muros de La Castañeda.

El carácter de asistencia social del manicomio, acorde con un aparato de beneficencia que duró algunas décadas, también resuelve la interrogante de por qué muchas personas terminaban ahí dentro, pues la carga económica era un aspecto fundamental para que los familiares encontraran un alivio para sus bolsillos y para los malestares físicos de sus enfermos. Sin embargo, la carga social pesaba más que otros aspectos. El abandono era muy recurrente sin consideraciones de género o edad. En este contexto, los niños con malformaciones eran un peso que soportar y que motivaba a sus parientes a dejarlos en el hospital para que pudieran recibir algún tipo de tratamiento.

La infancia no escapó a la mirada eugenésica ni de higiene mental que seguía presente dentro de este tipo de instituciones, ni desde luego de muchas prácticas como la psicometría que se orientó a marcar un cambio en quienes serían futuros ciudadanos. La higiene mental fue la principal herramienta con la que se trabajaba en la psique del niño para poder prevenir desviaciones y desequilibrios, los que se pensaba derivarían en una persona perversa, alienada o criminal. La misma situación se podía ver en la población adulta: desde el retraso mental hasta la imbecilidad o idiotez eran nombres con los que se designaba a varias “enfermedades” mentales y eran motivo de reclusión.

Los textos que se presentan a continuación constituyen una visión poco usual. Son los recuerdos de dos personas que crecieron en el manicomio y para quienes este espacio era algo natural; con personas que catalogan como “diferentes” pero nada más, pues en su momento no comprendían la magnitud de sus padecimientos. Sin embargo, al ser entrevistados, sí mostraron mucha reserva para hablar del que llaman el pabellón de niños, donde la mayoría de sus habitantes no pasaba de los dos años de edad, siendo algunos recién nacidos y su problema un impedimento físico.

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Jornada al fondo de la noche

Arturo Garmendia

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

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Pues ahora, de esos que murieron jóvenes te llega el murmullo.
Rainer María Rilke. Elegías de Duino

La hoguera del vivac ilumina los pies de los soldados que se preparan para pasar la noche. Su luz es incierta y asciende por los cuerpos yacentes con dificultad. Muchos rostros quedan en penumbras, pero el capitán D’Anjou girando la cabeza puede reconocer a los zuavos, tocados con su fez e inconfundibles por sus anchos pantalones rojos; a los húsares austriacos, en su uniforme verde; y a los propios soldados franceses, de chaqueta corta y quepí azul marino. Próximo a él reposa un jovencito, que custodia el estandarte de la compañía. Se descubre para apoyar la cabeza sobre su mochila y por su cuello desborda una cascada de rizos rubios que, junto a su pálida faz, le dan el aspecto de una jovencita. Al capitán D’Anjou le recuerda a su hija. Le pregunta:

–¡Eh, tú! ¿Cómo te llamas?

–Cristóbal Villafagne, señor.

–¿Cuántos años tienes?

–Recién cumplí diecisiete.

–¿Y de dónde eres?

–De Lorena, señor.

–¿Cuándo llegaste?

–Hace tres días desembarcamos en Veracruz, señor.

–Vamos a la guerra –repuso el capitán– ¿No tienes miedo?

–¿Miedo a qué, señor? Nuestro ejército es el más poderoso del mundo y en cuanto a los mexicanos… Lo dijo nuestro comandante, en Orizaba: “… somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y sensibilidad que, a partir de este momento y al mando de nuestros 6 000 valientes soldados, ya somos dueños de México”.

–Ningún soldado debe menospreciar al enemigo –sentenció D’Anjou, añadiendo:

–¿Y qué has venido a buscar aquí?

–La gloria, señor… y fortuna. Mi familia espera eso de mí.

Las conversaciones se han ido apagando. El fuego chisporrotea y alguien tose. El joven alférez saca de su chaqueta un relicario, y del joyel un mechón de rubios cabellos, que contempla en silencio. El capitán interrumpe sus pensamientos.

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Julio Ruelas. La imaginación aniquiladora y redentora

Otto Cázares
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  39.

Un gran dibujante. Ese fue Ruelas, el artista de corta vida, cuyo pensamiento plástico lo plasmo en el dibujo y la gráfica en blanco y negro. Figura central del modernismo en tiempos porfiristas, su obra merecería un estudio detallado acerca de la imaginación y la fantasía.

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A mi sol redentor.

Hace 110 años Julio Ruelas (Zacatecas, 1870-1907) logró autodestruirse. Fue su último empeño artístico y a ello dedicó sus últimos años de vida en el Barrio Latino de París: a fumar y fumar y a beber y beber. Ajenjo y otros brebajes, también estupefacientes (¿éter?); con tal que le ocasionaran delirios a la manera del monje desdoblado Medardo de Los elíxires del diablo de E. T. A. Hoffmann. Tenía 37 años cuando consumó su muerte.

En realidad, no murió para transfigurarse ayudado por el amor de alguna Isolda. En Ruelas el amor fue un desierto; cultivó la Nada amorosa en el campo infértil de los prostíbulos de París y la ciudad de México, con su olor a fermento de sexo desecado, y de la Nada, Ruelas extrajo una velada misoginia que bien podríamos comprender desde la morbidez pesimista del “decadentismo”, cuya fascinación más grande estribaba en adentrarse al misterio de las “Bellas damas sin piedad”, “mujeres de almas abolidas” o “Mujeres fatales”. Casi no es necesario apuntar que el decadentismo, es decir, el cansado y fétido último aliento del romanticismo, mantuvo una percepción de lo femenino que venía aparejada con una sublimación del deseo erótico que, las más de las veces, encubría un sentimiento de inferioridad y de impotencia; en todo caso, lo Femenino era un Enigma y su forma, una Esfinge Cruel de inescrutables designios. La lista es, desde luego, amplia, pero baste mencionar las escrituras paradigmáticas del erotismo sublimado que lleva a los protagonistas a los terrenos de la disolución: Carmen de Prosper Merimeé, Salambó de Gustave Flaubert y Salomé de Óscar Wilde.

Exotismo y erotismo son dos de los temas que el decadentismo simbolista inclinó con sumo placer en una copa afilada y siempre, de los terrenos del sueño y del deseo, emergió un símbolo de cuño estrictamente personal que a fuerza de altura artística se convirtió en Arquetipo; pero, en primera instancia, el símbolo del simbolismo es ajeno a “lo simbólico” (cuya interpretación está determinada por el sensus communis, sentido común o doxa). En esto estriba principalmente la diferencia entre simbolismo, como corriente artística, de “lo simbólico”, distinción que tantos quebraderos de cabeza produce, incluso, a los más informados de los especialistas. Julio Ruelas era un simbolista de pura cepa; decadentista hasta el tuétano, bebió de las fuentes exquisitas y pestilentes a un tiempo de la literatura y la música: Goethe (Fausto fue siempre su libro de cabecera), Hölderlin, Tieck, Von Chamisso, Eichendorff y Jean Paul Richter, por el lado de los alemanes; pero también Hugo, Balzac, Baudelaire, Rimbaud y Poe. La música modeló el alma del decadente zacatecano: Schumann, Chopin y ¡oh, fervor! Wagner, siempre Wagner. De modo que, en Ruelas, tenemos a un espíritu grande labrado a partir de la literatura y la música; es uno más de los grandes “artistas literarios” de su tiempo: Gustave Moreau –que dejó, a la manera de Wagner con el Teatro de los Festivales de Bayreuth, un museo consagrado por entero a su propia obra– y Arnold Böcklin, a quien conoció personalmente y con el que compartió dos personajes pictóricos: la Muerte y el Sátiro.

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