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En boca de todos

DarAi??o Fritz

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 33.

VehAi??culo en los aAi??os 20's (640x442)

A estos seAi??ores la puntualidad no les trae preocupaciA?n. El horario en la ciudad es mero ardid para cubrir apariencias. Con overol o con corbata, todo a su debido momento porque es hora de ganarse una pronta inmortalidad en foto. Una selfie, podrAi??a decirse hoy, y seguimos, que es mi segundo de fama, antes de que nos ganen el mandado. A estos jA?venes, en cambio, le va aquello de Umberto Eco, de que una cosa es ser famoso ai??i??el mejor chofer, por ejemplo, en el recorrido Tacubaya-Mixcoac-San A?ngel, si eso interpretamos del joven que lleva peinado con brillantina, o el mejor obrero de la fA?brica, en el caso del moreno de sombreroai??i??, pero muy distinto es estar en boca de todos. Ese era otro menester. Estar en boca de todos, asAi?? sea por un desliz de esos que la moralidad circundante seAi??ala con el Ai??ndice de culpabilidad, nadie lo querAi??a. Hoy, estar en boca de todos es necesario para apantallar, llamar la atenciA?n sin importar el cA?mo. En esa adustez, seriedad y tranquilidad de nuestros dos retratados hay otra visiA?n del mundo. Despacio, pero seguros, parecen decir. Y no hagamos caso a cierta seriedad sibilina porque por entonces no se estilaba sonreAi??r para las fotos. CorrAi??an los aAi??os veinte del siglo pasado, los tiempos de sangre y fuego de la revoluciA?n se habAi??an acabado, un paAi??s se tenAi??a que construir. A?Por quAi?? correr entonces? Treinta o cuarenta minutos en el camioncito de Mixcoac a San A?ngel o a Tacubaya, podAi??a parecer mucho tiempo, en caminos de tierra, con agujeros por doquier (aA?n no eran baches, esos los trajeron el asfalto y los presupuestos engordados en sobreprecios), paradas con esperas infinitas para los usuarios, y unos asientos de madera que hacAi??an trizas hasta la mA?s pulposa de las nalgas. Pero aun asAi?? se trataba de regresar del trabajo a casa a la hora de la comida, y despuAi??s todos a correr a las seis de la tarde, hora de salida. En camioncito o en tranvAi??a, atravesando RevoluciA?n, Patriotismo u otras calles como Tamaulipas, Rodin o Holbein, subirse al transporte pA?blico hace casi un siglo no era una experiencia muy diferente a la de hoy. Nuestros asientos serA?n mA?s cA?modos, los camiones no brincan tanto como aquellos, pero quAi?? tan apretados y hacinados viajaban comparado con la actualidad. QuizA? les ganemos unos 20 minutos en el recorrido, pero en algo no podemos asemejarnos: esascaras de despreocupaciA?n no abundan en estos dAi??as.

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“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 12.

Las reminiscencias de la seAi??ora Guadalupe MartAi??nez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los aAi??os veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuaciA?n. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de A?rboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvAi??as elAi??ctricos y en el que se detenAi??an los trenes que iban a los pueblos mA?s alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonA?nica que fuera hogar del prA?cer liberal ValentAi??n GA?mez FarAi??as, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato estA? salpicado de anAi??cdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros aAi??os y evocar nAi??tidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a tra- vAi??s de los prismas de la niAi??ez.

AsAi??, doAi??a Guadalupe MartAi??nez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivAi??a muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don ValentAi??n GA?mez FarAi??as porque la iglesia impidiA? su inhumaciA?n en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite vi- sualizar un rincA?n de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aA?n campirano y en el que se refleja la problemA?tica polAi??tica encarnada en la persecuciA?n religiosa que viviA? la ciudad en los aAi??os posrrevolucionarios. Encuentran tambiAi??n un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, asAi?? como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

NacAi?? el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan MartAi??nez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquAi??l entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papA? tuvo un accidente, al poco tiempo muriA?, mi mamA? quedA? viuda y en Mixcoac vivAi??an mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tAi??os y mi abuelita ya no quisieron que mi mamA? regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: ai???no, tA? ya no te vasai???, porque yo tenAi??a un aAi??o de nacida. Dijo: ai???quAi?? vas a hacer con la niAi??aai???, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tAi??os rentA? una casa de ahAi??, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el nA?mero 72 de la calle que se llamaba en esa Ai??poca avenida CuauhtAi??moc, ahora se llama Rubens, entonces, rentA? esa casa muy grande que tenAi??a huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. AhAi?? vivimos muy bien, se casA? otra de mis tAi??as, se casA? uno de mis tAi??os, entonces ya quedamos nosotros ahAi?? con mi abuelita. Vivimos hasta que tenAi??a yo once aAi??os de edad. De ahAi?? nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es tambiAi??n paralela a Rubens. Casi vivAi??amos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que mA?sAi??me acuerdo es de cuando vivAi?? en Rubens porque, A?cA?mo le dirAi???, entre mA?s chica es una, como que recuerda con mA?s claridad que cuando ya es una mA?s grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenAi??a siete ventanas. El zaguA?n y siete ventanas, entonces, adentro, tenAi??amos un jardAi??n. Primero… ya ve cA?mo eran los corredores para las puertas de las recA?maras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardAi??n. AtrA?s del jardAi??n estaba la huerta, una huerta enorme, tenAi??amos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, tenAi??amos A?rboles frutales. DespuAi??s, mi tAi??o comoAi??hobbieAi??puso su estadAi??a, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. HabAi??a en la zona varios establos. HabAi??a uno muy grande hacia adelante, para avenida RevoluciA?n.

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Lo que llegó para quedarse: asomos de la publicidad en el Porfiriato

Lillian Briseño Senosiain
ITESM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Coca Cola, tA?mese el refresco

“No hay nada que cause tanto placer, a tanta gente, por tan largo tiempo, con tan poco gasto, como un gramófono Columbia”. “¿Desea usted vestirse al estilo americano y que sus trajes le cuesten menos que si se los confeccionara un sastre de su país?” Así aparecían dos de los cientos de anuncios publicados en La Hacienda. Obra mensual ilustrada sobre asuntos campestres y populares, revista que llegó a México durante los últimos años del Porfiriato e incluía noticias útiles para los agricultores, ganaderos y público en general.

Con un costo anual de tres pesos oro americanos, La Hacienda ofrecía a sus lectores las últimas novedades en diversos temas, como la calidad del maíz, la forma de cosechar el tabaco o el precio del café, pero también anuncios sobre los más variados productos que dan cuenta de lo que la burguesía porfiriana, a la cual estaba dirigida la revista, podía consumir en el crepúsculo del régimen.

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La publicación, que contenía ilustraciones, gráficos y fotografías, empezó a editarse mes a mes en la ciudad de Buffalo, N. Y., en 1906, con unas 30 páginas foliadas de manera consecutiva de fascículo en fascículo. Se adquiría mes a mes, pero también se podía comprar en dos tomos con los primeros 24 números: “encuadernados con lujo inusitado [...] en edición uniforme, precisamente similares a los que existen en las bibliotecas privadas del Presidente Díaz de Méjico [sic], Rey Alfonso de España y Presidente Reyes de Colombia”, rezaba el número 7 correspondiente a las Pascuas de 1908.

La distribución de La Hacienda nos interesa particularmente, pues se trataba de un impreso para un público latino que se distribuía en varios países hispanoamericanos, pero cuya característica principal era que se elaboraba e imprimía en Estados Unidos, lo que deja ver la importancia que ese mercado tenía para un sector de aquella nación. Contenía, además, una sección de preguntas y respuestas, en la que lectores de países como Puerto Rico, Santo Domingo, Ecuador, Perú, Colombia y, por supuesto, México, expresaban sus dudas sobre temas distintos.

Acompañando a los artículos de fondo se insertaban, al principio y al final de la revista, unas 60 páginas de anuncios que ofrecían un panorama general de las novedades tecnológicas y la moda. En suma, la publicación constaba de cerca de 100 páginas por fascículo, de las que casi dos terceras partes se destinaban a la comercialización de productos que prometían hacer la vida más fácil, cómoda y disfrutable.

Podemos encontrar en La Hacienda publicidad acerca de objetos que “llegaron para quedarse”, que vemos hasta nuestros días, como las máquinas de rasurar Gillete o los rifles Remington, que son, en esencia, la idea o la versión pionera de productos que sobreviven con diseños más desarrollados y complejos.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Una evocación de la Ciudad de México. Luis Ortiz Macedo, arquitecto

Graciela de Garay – Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 2.

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Parece increíble que un capitalino recuerde una Ciudad de México que para las jóvenes generaciones, nacidas a finales de los ochenta del siglo pasado, se antoje una tierra incógnita, producto de la fantasía nostálgica de alguien ajeno a la complejidad urbana, típica de las ciudades latinoamericanas contemporáneas.

En efecto, el recuerdo del arquitecto Luis Ortiz Macedo nos traslada a un pasado, cuando la Ciudad de México se movía a ritmos lentos y la urbanización acelerada aún no mostraba los estragos de la explosión demográfica y la especulación del uso del suelo.

En un relato breve y ameno, Ortiz Macedo, restaurador de monumentos, cuenta la historia de la Ciudad de México a lo largo del siglo XX. En esta evocación, el estudioso de la capital habla de la composición urbana, sus límites y expansión. Además, el arquitecto describe cómo vivió, entre los años treinta y sesenta, una ciudad pequeña, poco poblada, con escasos recursos e infraestructura anticuada, pero llena de vida gracias a la interacción de las diversas clases sociales que convivían cotidianamente.

La realidad es que el censo de 1921, elaborado por el Departamento de Estadística Nacional, registró en el Distrito Federal una población de 906 063 habitantes de los cuales 615 367 (67.9 por ciento) se asentaba en la Ciudad de México, y el resto se distribuía en las 12 municipalidades foráneas. Según el censo, las municipalidades eran las siguientes: Azcapotzalco, Coyoacán, Cuajimalpa, Guadalupe Hidalgo, Iztapalapa, Milpa Alta, Mixcoac, San Ángel, Tacuba, Tacubaya, Tlalpan y Xochimilco. Los datos arrojados por el recuento estadístico mostraban una Ciudad de México eminentemente rural. Sin embargo, los asentamientos conocidos como colonias, entre los que se distinguían la Guerrero, la Hidalgo, la de los Arquitectos y Santa María la Ribera, iniciadas desde mediados del siglo XIX, ya se habían consolidado y surgían otras nuevas.

En efecto, a principios del siglo XX, cuando Porfirio Díaz gobernaba México, las élites del Distrito Federal comenzaron a migrar del A?rea central a las zonas sur y poniente de la ciudad. Pronto, pueblos como Mixcoac o San Ángel se fueron convirtiendo en sitios de recreo o descanso para las élites urbanas. La tendencia de las clases acomodadas a trasladar su residencia del centro al sur y poniente de la ciudad se reforzó a lo largo del siglo XX. Fue así como se crearon las colonias Roma, Condesa, Polanco, Lomas de Chapultepec, Satélite y Santa Fe. Dentro de este proceso, el oriente de la ciudad se fue convirtiendo en la zona de las colonias populares como serían: Ciudad Nezahualcóyotl, Pantitlán, Chalco, Colonia Moctezuma. Naturalmente, los nuevos asentamientos introdujeron una compleja dinámica urbana que se manifestó a través de diversos problemas relacionados con la demanda urgente de servicios, comunicaciones y control administrativo.

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Tranvías, automóviles, bicicletas y colonias nuevas en la ciudad de México a fines del Porfiriato

Alejandrina Escudero
FFyL-UNAM
Revista BiCentenario # 6
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Si viéramos a la ciudad de México como un cuerpo humano, las veredas, canales, calles y calzadas serían las arterias por donde circula el fluido vital: individuos, animales, vehículos, materias primas y mercancías. Este sistema circulatorio (continuemos con la metáfora) se formó a través el empleo de distintos medios de transporte, desde la preeminencia de la canoa en los primeros tiempos hasta la supremacía de los tranvías eléctricos en el espacio urbano y rural de principios del siglo XX.

La capital mexicana empezó a romper la traza cuadriculada que había heredado de la Colonia yIMG_0001 comenzó a ensancharse libremente en la segunda mitad del siglo XIX. Los caminos, entonces, eran recorridos por vehículos de tracción animal, locomotoras de vapor y tranvías de “mulitas”, que servían para unirla con las poblaciones vecinas. A partir de los últimos 20 años del siglo, nuevos barrios, colonias y fraccionamientos empezaron a flanquear los “caminos de hierro” y las antiguas calzadas prehispánicas, las más rectas y las recién abiertas, como la llamada de Reforma.
A continuación observaremos cómo los primeros caminos de tierra y agua así como los trazados para los medios de transporte traídos por la Revolución industrial (máquinas de vapor, vehículos eléctricos y de combustión interna) dieron pie a que el Distrito Federal se poblara o “colonizara” poco a poco y que este proceso definió la configuración especial de nuestra urbe en el siglo XX.

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