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La catedral de México con otros ojos

Lourdes Roca
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

Podemos ver la catedral y la plaza con todas sus esquinas desde un Angulo no tan común: oblicuo o inclinado y dirigido hacia el sur. Pero justo este es el propósito, apreciar la Catedral Metropolitana y su entorno con otros ojos: no vemos la clásica fachada del inmueble, que siempre aparece monumental. En esta toma podemos apreciar la cara que nunca vemos de la catedral, sus techos, torres y cúpula sobre todo. Observamos cual meticuloso plano, su planta y la del sagrario metropolitano, así como la del seminario, un vasto edificio casi de la misma proporción que la propia catedral, que para esos años todavía estaba en pie.

Una de las primeras tomas aAi??reas de la ciudad de MAi??xico, ca. 1919.

Una de las primeras tomas áreas de la ciudad de México, ca. 1919.

Lo que interesa aquí es poner la atención en el paréntesis que enmarcó al inmueble por casi medio siglo, un paréntesis que en gran medida condicionaba los usos de la propia catedral: quiénes la visitaban, cuándo, antes de qué o después de qué. Con claridad podemos ver no solo el Zócalo ajardinado, escasos años después de haber arrasado con los frondosos árboles que contenía la plaza, sino también las dos plazuelas que enmarcan el recinto eclesiástico, la de Seminario al oriente y la del Empedradillo al poniente. En ellas centraremos nuestra atención, buscando imaginar lo que rodeaba cotidianamente a la catedral del siglo XIX al XX.

Del lado oriente, a la izquierda de la fotografía, podemos ver lo que era la plaza de seminario, ajardinada y todavía con el monumento hipsográfico (en sus orígenes medía el nivel de las aguas del lago de Texcoco), pocos años antes de su traslado al otro lado de la catedral. Al fondo de la plaza, una construcción rectangular llama nuestra atención. Destinado a la venta de libros viejos, este kiosco permaneció desde los años ochenta del siglo XIX hasta cuatro décadas después en este ángulo, conviviendo con las opciones de divertimento típicas de los días festivos: carpas y teatros para tandas, títeres y zarzuelas, y hasta un circo, el de los Hermanos Orrin.

El kiosco de libros viejos en la Plaza de Seminario, ca. 1922.

3. C. B. Waite, c. 1900, 184 The Flower Market, AGN, C. B. Waite, Mercados 86

Del lado poniente, a la derecha de la fotografía, observamos la plaza del Empedradillo, a su vez ajardinada y con un llamativo quiosco en su parte final, el quiosco de las flores que también permaneció ahí durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. La cotidianidad podemos imaginarla muy bien, a través de los sonidos, olores y colores que acompañaban estas instalaciones.

El kiosco de las flores en la Plaza del Empedradillo, ca. 1920.

2. AnA?nimo, c. 1922. CONACULTA-INAH-SINAFO-FOTOTECA NACIONAL, No. 88239

El Zócalo siempre se ha destacado por los múltiples usos sociales de su espacio y su entorno. A pesar de permanentes esfuerzos por regularlos y de insistir en lo que se puede o no hacer en él, a lo largo de toda su existencia la población ha hecho gala de mucho ingenio a través de gran diversidad de manifestaciones y apropiaciones de este espacio urbano. Para el periodo que aquí referimos, des- de luego la venta de libros y de flores era cosa de todos los días. Después de asistir a misa, dos buenas opciones se encontraban en ambos lados del recinto.

Con motivo del aniversario de la catedral y próximos a poder disfrutar de nuevo del sonido de sus órganos, sirva rememorar que en su entorno siempre han prevalecido las alternativas de esparcimiento para la población, desde la concepción del Paseo de las Cadenas a mediados de los tiempos decimonónicos, hasta este periodo que revisamos, previo a la invasión vehicular de ambas plazuelas ya entrado el siglo XX, que duraría muchas décadas más hasta recientes propuestas de recuperación peatonal.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Por amor a la historia (14)

Don Luis Osorio

Don Luis Osorio

 

Don Luis Osorio, responsable del Archivo Diocesano de la Catedral de Campeche y a cargo del orden y la preservaciA?n de los papeles de este templo, se ocupa de dar a conocer a los campechanos, a travAi??s de folletos, algunos datos curiosos y relevantes de su historia. Su interAi??s le ha llevado a hacer investigaciones diversas. EstudiA? asAi?? las lA?pidas de la catedral, a partir de lo cual desarrollA? la genealogAi??a de 50 personas. Y ante el desconocimiento de quAi?? santos ornamentaban la fachada se dio a la tarea de averiguar a quienes representaban, pues, si bien la construcciA?n comenzA? en el siglo XVII, a nadie le habAi??a interesado a lo largo de los aAi??os; descubriA? que una de las esculturas corresponde a Santa Margarita de AntioquAi??a, en honor a la principal donante que llevaba ese nombre, y la otra es de San JosAi??, en honor de Joseph Manuel NA?jera del Castillo, quien se hizo responsable de los gastos para concluir la obra de la Catedral.

Una mirada a la Plaza Mayor de MAi??xico en el siglo XVIII

Blanca Azalia Rosas B.
Facultad de FilosofAi??a y Letras, UNAM.

En revistaAi??BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 12.

Plaza mayor (800x644)

Es posible que no exista mejor manera deAi??saber cA?mo era la vida cotidiana en la ciudad de MAi??xico en el periodo colonial que acercA?ndose aAi??La Plaza Mayor de MAi??xico en el siglo XVIII, pintura anA?nima al A?leo sobre tela, de gran formato (2.66 x 2.12 m.), que se encuentra resguardada por el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec.

Esta obra singular se ha fechado en 1768, debido a que la escena representada es similar a la descripciA?n de la salida en pA?blico del virrey MarquAi??s de Croix, relatada en la crA?nica de Manuel de San Vicente,Ai??Exacta descripciA?n de la MagnAi??fica Corte Mexicana, Cabeza del Nuevo Americano Mundo, Significada por sus essenciales partes, para el bastante conocimiento de su Grandeza. A pesar de que estudios posteriores ubican la elaboraciA?n de la pintura en la primera mitad del siglo XVIII, con base en detalles como los de la indumentaria de los personajes representados, Lo mA?s probable es que haya sido elaborada entre 1757 y 1768, entre los gobiernos de los virreyes marqueses De las Amarillas (1755-1760) y De Croix (1766- 1771), debido a la presencia de elementos comoAi??la acequia, techada entre 1753 y 1754,Ai??y los cajones de San JosAi??, construidos en 1757. TambiAi??n destaca la columna de Fernando VI, obsequiada a la ciudad de MAi??xico por el mismo rey en 1747, que por su ubicaciA?n protagA?nica en el centro de la composiciA?n, al margen de la poblaciA?n y con el resguardo de la milicia, sugieren que el A?leo pudo estar dedicado a ese monarca, aunque fuera en los aAi??os inmediatos a su muerte en 1759.

Podemos identificar el tema de la pintura como una vista urbana con escenas costumbristas. Se trata de la Plaza Mayor de la ciudad de MAi??xico, observada de oriente a poniente. DebiA? pintarse desde el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional, pues en la parte inferior, a manera de marco, se distingue el almenado de este edificio.

Hay que recordar la importancia de las plazas mayores. Eran, dentro de las ciudades, el espacio pA?blico por excelencia, el sitio donde se llevaban a cabo las actividades cotidianas. Fueron por ello un elemento indispensable tanto en las ciudades americanas como en las europeas y se inspiraban en el urbanismo clA?sico. En el siglo XVIII la Plaza Mayor de la ciudad de MAi??xico no sA?lo fue unAi??centro de actividades comerciales, fiestas religiosas y civiles, imparticiA?n pA?blica de justicia, sino tambiAi??n fue el lugar donde se reunAi??a la sociedad novohispana para ponerse al tanto de los acontecimientos mA?s recientes, de poca o mucha relevancia, las modas y las ideas en boga.

El A?ngulo imaginario en que se acomoda la escena representada nos permite una mayor visibilidad sobre toda la plaza, es decir, la perspectiva errA?nea y la falta de una escala adecuada en los edificios nos deja apreciar con mayor detalle un espacio mA?s amplio de la Plaza Mayor. No quiere decir que el pintor de la obra careciera de conocimientos compositivos, ni que su estilo pictA?rico fuera ingenuo, sino que pudo valerse de un recurso visual para alcanzar una mirada mA?s completa sin el estorbo de los edificios circundantes.

Una lectura de la imagen, contraria al correr de las manecillas del reloj, parece iniciarse con el traslado del virrey y su comitiva del Palacio a la Catedral. En la composiciA?n, el recorrido parece prolongarse para rodear la Plaza Mayor, pasando primero entre el Portal de Mercaderes y el PariA?n, representantes de los comerciantes mA?s ricos del reino y lugar de abasto de las clases mA?s acomodadas y las provincias del interior. En seguida, al costado izquierdo de la pintura, la calle de la Acequia pasa frente a las casas de Cabildo, donde ejercAi??an sus funciones los miembros del ayuntamiento de la ciudad, importante grupo de poder local, a la par del virrey, las audiencias y la Iglesia.

Por A?ltimo, como resultado de la barrera de los numerosos espectadores del evento oficial, el camino, asAi?? como la base del aparato social jerA?rquico, desemboca en los puestos y las mesillas que componen el Mercado de Bastimentos y el Baratillo chico, sitios de reuniA?n y abasto del grueso de la poblaciA?n de escasos recursos. Este A?ltimo aspecto queda unido y sometido al poder del rey en la Columna de Fernando VI, al centro de la composiciA?n, la cual resulta indispensable para la ceremonia de afianzamiento de poder que preside el virrey.

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Para leer el artAi??culo completo, consulte la revistaAi??BiCentenario.

Cantorales del siglo XIX en la Catedral de MAi??xico

Silvia Salgado
Instituto de Investigaciones BibliogrA?ficas, UNAM
Revista BiCentenario #7

 

Mientras que afuera de la Catedral de la ciudad de MAi??xico se desarrollaba la hazaAi??a libertaria que separA? a la Nueva EspaAi??a de su matriz imperial y permitiA? el nacimiento de una naciA?n independiente, dentro de la Iglesia metropolitana se celebraban las misas y los oficios divinos que se habAi??an practicado a lo largo de los tres siglos de dominaciA?n hispana y, mA?s aA?n, se seguAi??an elaborando y comprando libros de coro o cantorales para cantar las alabanzas a Dios y ataviar el culto.

Desde la llegada de los espaAi??oles y hasta fines del siglo XIX, la Iglesia Catedral de MAi??xico elaborA? y utilizA? los cantorales, artilugios surgidos de la tradiciA?n judeocristiana, indispensables para sus celebraciones, sin que el final del orden virreinal y el surgimiento de otro orden polAi??tico, las guerras civiles y exteriores, las reformas socioeconA?micas, etcAi??tera, interrumpieran esta labor. FormA? asAi?? una de las colecciones mA?s ricas del paAi??s.

De esta colecciA?n se conservan, a la fecha, tan sA?lo 123 ejemplares, ya que muchos se perdieron por saqueo, ventas, descuido y exposiciA?n a diversos desastres naturales, al olvido y la ignorancia ai??i??que les dio otro uso considerA?ndolos sin valor. Los que quedan deben ser estimados como objetos culturales A?nicos. Son parte de nuestro patrimonio bibliogrA?fico y artAi??stico y la labor de hallazgo, inventario, preservaciA?n, estudio y difusiA?n ha de seguir.

Los cantorales son los libros de coro, escritos por lo general sobre pergamino, si bien los hay en papel artesanal o fabril, con textos basados en la Biblia y una notaciA?n musical vinculada a formas medievales y renacentistas. Su objetivo principal era ayudar en la alabanza ritual del Dios catA?lico, alabanza que ocurrAi??a en el altar catedralicio, en el coro alto o las naves laterales de los conventos masculinos, el coro oculto de los femeninos y en el altar de cualquier iglesia. Se caracterizan por su gran tamaAi??o ai??i??pueden medir entre 90 x 65 y 60 x 40 centAi??metros (alto por ancho) y tener un peso de hasta 50 kilogramosai??i??, lo cual resultaba preciso para que pudieran ser leAi??dos por todos los integrantes del coro, situados alrededor del facistol o gran atril que los sostenAi??a.

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