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Contemporáneos. Los intelectuales cosmopolitas en el México posrevolucionario

Ana Karen Hernández Hernández
Universidad Autónoma Metropolitana. Unidad Iztapalapa

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

El país de la década de 1920 era introspectivo, desconfiado de lo que fuera extranjero, por eso la aparición de un grupo de escritores, artistas, pensadores y editores denominado Contemporáneos, que se abría a ideas nuevas y alternativas generó polémica y recelo. Allí estaba una generación que quedaría enraizada en las letras mexicanas: Torres Bodet, Novo, Villaurrutia, González Rojo, Owen, Ortiz de Montellano, Pellicer, Gorostiza. Una contracultura en la posrevolución.

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y otros miembros de la Federación Nacional de Estudiantes, 1921, inv. 5682. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y otros miembros de la Federación Nacional de Estudiantes, 1921, inv. 5682. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Con la llegada de Álvaro Obregón a la presidencia de la república en 1920, se consolidó la pacificación del país tras la revolución. El nuevo régimen necesitaba redefinir a la nación, y crear elementos de cohesión social que le permitiera legitimarse, ello dio paso a la creación del discurso
nacionalista revolucionario. En él se procuró una historia común imaginada como referente para todos los miembros de la sociedad, siendo su eje articulador el elemento del pasado mexicano que más contrastaba con el exterior: las culturas prehispánicas, principalmente la mexica. Fue por tanto un nacionalismo etnológico, pues se identificó lo nacional con lo indígena, y lo indígena con lo popular y lo revolucionario. Todo aquello que fuera extranjero era un enemigo: el nacionalismo revolucionario, lejos de tender puentes entre las distintas nacionalidades, desplegó una estructura simbólica que remarcó y precisó las fronteras entre “lo mexicano” y otras culturas.

En este ambiente posrevolucionario un grupo que no se identificó con el nacionalismo revolucionario fue el conocido como Contemporáneos. Su propósito era integrar a México en la universalidad de la época por medio del conocimiento de nuevas literaturas, principalmente europeas y estadounidenses; por ello emprendió una serie de actividades culturales como la publicación de revistas, traducciones de destacadas obras de ese momento e incluso montajes teatrales. Sus actividades y afán cosmopolita les valieron la acusación de frívolos, despreocupados por el orden social, ignorantes de la cultura mexicana y de rechazar los valores en construcción de la vida de su propio país. Sin embargo, los Contemporáneos no rechazaban su herencia mexicana, sino que al contrario, como conocedores de la misma, sus actividades, varias de ellas al margen de las instituciones oficiales, demostraron un interés en el mejoramiento y la promoción de la cultura, la sociedad, el arte y la literatura mexicana.

A diferencia de otros movimientos artístico-culturales del siglo XX, como el surrealista o estridentista, los Contemporáneos no elaboraron un manifiesto para definirse plenamente. Nada más ajeno a ellos que agruparse bajo normas comprometedoras, que limitaran su independencia creativa. La vanguardia a la que aspiraban asumía el individualismo, ninguno propuso legislaciones o estableció mandataria concertación. De ahí que pueda afirmarse que los unió la amistad: si de soledades fue la atadura, la amistad la desató. Los amigos tenían edad semejante, nacidos entre 1897 y 1904, una base educativa común adquirida en la Escuela Nacional Preparatoria y la colaboración constante en las revistas y empresas de sus allegados. Con base en esos criterios, pueden enunciarse como Contemporáneos a Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José y Celestino Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Gilberto Owen.

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El hijo del caudillo

Miguel Ángel Grijalva Dávila / Instituto Mora

Bicentenario #22

Álvaro Obregón Tapia gobernó Sonora con mano autoritaria y escaso tacto político en la segunda mitad de los años 50. Llevaba el apellido de uno de los generales de la revolución, y eso le ayudó a sobrevivir pese al rechazo que terminó por concitar, incluso entre sus colegas priistas.

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Álvaro Obregón

 

Muchos fueron los cachorros que formó la revolución, esta es la historia de uno de los menos conocidos: Álvaro Obregón Tapia, hijo del caudillo Álvaro Obregón Salido.

Cuando Álvaro Obregón Tapia visitaba el Castillo de Chapultepec, no sólo iba a recorrer el museo en que se convirtió el inmue- ble, sino que volvía al lugar que lo vio nacer. En una entrevista concedida al investigador Nicholas Pineda en 1992, Obregón Tapia le contó que en 1916 su padre era secretario de Guerra y Marina y que por este importante puesto residía en el Castillo con su esposa, María Claudia Tapia Monteverde, quien entonces esperaba su primer hijo y que por estos azares del destino él nació allí. Es de imaginarse entonces que debió de sentirse casi tocado por la Providencia: no sólo nació en el Castillo de Chapultepec, sino que fue el primogénito de la pareja presidencial, hijo del caudillo más fuerte de la revolución y heredero de su nombre..

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Hijos de Obregón en el Castillo de Chapultepec.

Para principios de la década de 1950, Obregón Tapia había ya dedicado su vida mayoritariamente a los negocios agrícolas. Pertenecía a una clase de gobernantes que mezclaban la política con los negocios. No ejerció cargo público alguno antes de 55, aunque sí había influido en la política de manera indirecta. Asociado con Rodolfo Elías Calles, hijo del presidente Plutarco Elías Calles, desde su puesto de empresario agrícola apoyó los ataques que emprendió el gobierno callista contra la población china, los yaquis rebeldes, los vinateros y la jerarquía católica. Para ambos hombres representaron oportunidades para entrometerse en los negocios de los grupos perseguidos.

Obregón Tapia se postuló como candidato del Partido Revolucionario Institucional al gobierno estatal en 55, pero su candidatura y proceso electoral tuvieron inconvenientes. Una primera piedra con la que tropezó fueron los antiguos aliados del general y ex presidente Abelardo L. Rodríguez. Capitaneados por Francisco S. Elías, solían dedicarse a la ganadería y tenían intereses en la parte norte de Sonora. Afortunadamente, él contaba con el apoyo de Rodolfo Elías Calles, quien persuadió a Francisco S. Elías para que el grupo ganadero cesara en sus intenciones de competir por la candidatura..

Un segundo riesgo fue Manuel Z. Cubillas, un reconocido callista aunque también, de manera secreta, protector del clero durante la persecución religiosa. El presidente Adolfo Ruiz Cortines recibiría cerca de 2 000 telegramas de adhesión a la campaña de Cubillas. La mayoría mencionaba los beneficios que ofrecía como gobernante, pero algunos también tenían el propósito de desacreditar a Obregón Tapia. Por ejemplo, José María Solano (miembro de la Confederación Nacional Campesina) aseguraba: no estaré en la candidatura de Alvarito Obregón Tapia [por] considerarlo enemigo completo [de los] elementos organizados. Por su parte, Ángel Bagua (re- sidente de Ciudad Obregón) decía: considero [la] candidatura de Alvarito Obregón Tapia ser producto del callismo, quiere renacer y proteger sus propios intereses y sed insaciable de mando. El intento de Cubillas terminó cuando Ruiz Cortines no le dio su apoyo, ya que Rodolfo Elías Calles (su emisario en Sonora) lo convenció de favorecer a Obregón Tapia.

De última hora, el Partido Popular postuló a Jacinto López Moreno, líder cardenista con un largo historial como organizador de campesinos y obreros. Pero el día de las elecciones, López Moreno obtuvo muy pocos votos, quedó lejos de Obregón Tapia en las urnas, aunque en la campaña lo expuso en sus discursos como un hombre antirrevolucionario y protector del latifundio. Naturalmente fue el inicio de la enemistad con López Moreno, que ocasionaría grandes problemas a su gobierno..

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