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“Cuando la calle era nuestra”

Daniela Lechuga Herrero
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

¿Cómo era el México de los años treinta del siglo pasado en un barrio periférico como Mixcoac? Aquí lo relata Matilde Pereyra. Hoyos con agua, calles empedradas e inundadas muchas veces, con olor a árboles de trueno, escasas de automóviles y repletas de niñas y niños. Un pueblo de leyendas, cines, carpas y trenes destartalados.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Autobús de pasajeros de los años 30’s Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, ca. 1977. Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, Concentrados, sobre 496/1-A.

Los recuerdos de Matilde Pereyra nos iluminan acerca de cómo era crecer en uno de los barrios con más tradición de la Ciudad de México. Entre las calles empedradas de Mixcoac los niños disfrutaban con posterioridad a la revolución del aroma de los árboles, caminaban por las milpas y jugaban en las piscinas de los hoyos llenos de agua que había dejado la fábrica ladrillera. Muchos otros barrios del Distrito Federal (D.F.) —denominación política que tenía en aquellos años— se encontraban también rodeados de naturaleza, lejos aún de las aglomeraciones y los automóviles.

            Los niños que nacieron en la década de los años veinte y treinta del siglo pasado podían jugar en las avenidas y callejones. Ellos fueron parte de la generación que experimentó las nuevas políticas respecto a la infancia que instauraron los gobiernos posrevolucionarios con el fin de reconstruir el país y la ciudad. Asimismo, se convirtieron en el foco de atención, no sólo en México, sino también en América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa.

            A diferencia de lo que había ocurrido en décadas anteriores, los menores tuvieron la posibilidad de sobrevivir a sus primeros años de vida, por lo que las aulas de las escuelas, así como otros sitios a lo largo de la ciudad, poco a poco se llenaron con sus risas. Para la década de los treinta, en la ciudad había 251 229 niños que se encontraban en un rango de cinco a catorce años, cifra que correspondía al 19% de la población, la cual era aproximadamente de 1 229 576 habitantes.

            A partir de los primeros decenios del siglo XX, los infantes tuvieron mayor visibilidad en los espacios urbanos del D.F. Así, se construyeron nuevos parques a lo largo de la ciudad, se remodelaron otros, se levantaron tiendas departamentales en las que se vendían juguetes, se abrieron salas de cine en las colonias más alejadas del centro y se inauguraron nuevos teatros y carpas, que como las de teatro guiñol recorrieron los sitios más alejados de la capital. Por lo tanto, a partir de ese momento, los niños tuvieron acceso a nuevos lugares de diversión y, con su imaginación, construyeron los propios.

            Por otra parte, los problemas de urbanización en la ciudad de México ocuparon la atención de médicos y políticos, puesto que la capital era de suma importancia para demostrar el triunfo de las políticas posrevolucionarias. En términos prácticos, se buscaba que la urbe funcionara mejor y que fuera ejemplo de la modernización que se estaba alcanzando en todo el país. Es el caso de los automóviles, que en 1928 transitaban unos 40 000 en toda la república mexicana y 15 000 sólo en el D.F, según daba cuenta el periódico El Universal.

            Matilde Pereyra nació en el barrio de San Juan, Mixcoac, en 1924. Su familia estaba formada por su padre, madre y cinco hermanos. Como la mayoría de los menores de edad que crecieron en las periferias del D.F, estuvo inmersa en una dinámica distinta, puesto que muchas de las diversiones todavía se desarrollaban en el centro de la urbe, en lo que ella nombra como “México”.

            La intención de recuperar su testimonio, resultado de la investigación acerca de los niños y la ciudad entre 1928 y 1941, es ubicar su experiencia como habitante de un barrio periférico durante las primeras décadas después de la revolución. Es importante rescatar la memoria de Matilde porque vivió su infancia en una época en la que el país, la ciudad y la vida de los niños se encontraba en plena transformación.

 El barrio de San Juan en palabras de Matilde Pereyra

Yo siempre fui de escuela oficial. Mis primeros años los hice en el jardín de niños que estaba frente a la iglesia de San Juan, en lo que antes había sido la casa de Octavio Paz, y se llamaba fray Pedro de Gante. Mi papá era administrador de una fábrica de tabiques. Mixcoac, mi barrio, quitando esas dos construcciones de la iglesia de San Juan que es del siglo XVI, la casa de Octavio Paz, la casa de Valentín Gómez Farías, que era lo que era el centro, había sido hecha de la fábrica de tabiques que se llamaba Noche Buena y estaba donde está hoy el toreo, la Plaza México.

            Todo era hoyo porque para la fabricación de tabiques tenían que sacar el barro, entonces esa parte estaba llena de hoyos. Mi casa, en una calle que se llamó la calle del Rosario en el número 18, estaba rodeada también de hoyos. De esa calle se llegaba a las milpas. Cuando yo estuve chica todavía esos hoyos los hicieron milpas y ahí también en esos hoyos iban a descargar material de electricidad, había mucho desperdicio de cobre.

            [Las milpas] no estaban tan lejos, al final de la calle, en los hoyos que habían quedado de la fábrica y ahí se metían los chicos que habían sido ladrilleros e iban a robarse las cañas, que no son cañas de azúcar, pero sí se comían y nos las vendían o nos las regalaban.

            Teníamos una infancia muy bonita porque la calle era nuestra. No había coches, la calle estaba empedrada, no había ningún peligro para nosotros. Inclusive había en la calle árboles, eran truenos.  Cuando entraba uno a esa calle olía a trueno. Ahora o mucho después cuando yo olía a trueno recordaba mi calle, son unos árboles que dan unas flores muy olorosas. Inclusive en esos árboles mis hermanos jugaban y hacían su casita del árbol, no una casita del árbol como ahora se ve en las películas o se las hacen a los niños, no, eran tablas y tablas que ellos arreglaban de manera que era su casita del árbol.

            Esa calle [Rosario] en tiempo de lluvias se inundaba porque también ese barrio está debajo de lo que es la presa de Tarango, entonces cuando llovía mucho se desbordaba la presa y se inundaba la calle que ahora es Carracci. Mis hermanos se divertían mucho porque como se inundaba, toda la calle de Augusto Rodin también. Como había que atravesar de una acera a otra se divertían poniendo una viga para dejar que pasaran las personas, les daban 20 centavos, cinco centavos o dos centavos, para ellos era su pasadero.

            Las niñas qué íbamos a hacer eso. No, al contrario, en esa época nos tocaba, casi siempre en mayo, ir a ofrecer flores a la iglesita de San Juan. Nos llevaban con el vestido de la primera comunión, de coronita, velito, muy arregladitas a ofrecer flores. Y era muy bonita la iglesia porque le ponían una escalera que iba como un puente frente a la virgen de Guadalupe, la patrona de esa iglesia, y entonces íbamos y depositábamos nuestro ramito de flores. Era muy divertido. Y a nosotras las niñas, cómo íbamos a salir en tiempo de lluvias si mandaban por nosotros a recogernos a la iglesia para poder atravesar las calles que estaban inundadas. Nos recogían en… cargándonos. Un primo, que era el mayor, nos llevaba a la casa cargadas una por una o, si podía, se llevaba de a dos. Así que era una diversión hasta por el transporte.

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Para leer la entrevista completa, consulte la revista BiCentenario.

Transformaciones de un barrio fabril verde y de aguas transparentes

Lourdes Roca
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Fotografías, dibujos y material fílmico ayudan a descifrar y explicar los cambios del barrio de Mixcoac. Ladrilleras, abundancia de agua, espacios abiertos y casas lujosas confluían en diferentes momentos del siglo pasado. La labor de recuperación de archivos públicos y privados nos permite acercarnos a ellos.

Una zona enmarcada por ríos. El agua fluía por doquier. Los cultivos emergían a unos lados y otros de los cauces. Mixcoac, Churubusco, Becerra eran sus nombres. Ríos añejos, cauces amplios. Los primeros recuerdos de los avecindados en San Juan Mixcoac y alrededores desde las primeras décadas del siglo XX son de una vasta extensión repleta de agua transparente. “Hasta tortugas se veían en el agua”, comentan sobre los espacios ribereños que a lo largo del siglo se fueron dejando de ver, para ocultarse por completo en las profundidades de la ciudad. Y con ellos, el verdor, un verdor largamente socavado, como veremos, que apenas ahora despuntando el siglo XXI se quiere revitalizar, con grandes retos para lograrlo y sobre todo para revertir las consecuencias de varias décadas de atentar contra él con gran despliegue de empeño moderno y tecnológico.

Salpicada de casas, la zona se consideraba más bien de descanso, el entorno era privilegiado. Sin embargo, también lo conformaban espacios fabriles, gracias a esa tierra particular íntimamente ligada a las riberas de los ríos, que promovía la elaboración de  tabiques. Se recurría a la naturaleza, pero por muy largo tiempo en equilibrio con ella.

Las ladrilleras de Mixcoac son conocidas entre las generaciones mayores de habitantes de la zona: La Moderna, La Guadalupana, La Nochebuena y La Minerva fueron algunas; entre los nuevos avecindados pocos creerían que el Parque Hundido o la Ciudad de los Deportes existen ahí justo por las zonas hundidas que fue dejando la práctica ladrillera. Un pueblo en la memoria, documental realizado en el Instituto Mora ya hace más de 20 años, daba cuenta de todo ello justo al conmemorar el 13º aniversario de la institución, ubicada en San Juan, uno de los rincones de Mixcoac.

Experiencia fundante en muchos sentidos, tanto para quienes colaboraron en esa investigación desde el proyecto de historia oral, como para quienes, a propósito de las imágenes, optamos por seguir este camino de la investigación social que busca entender procesos a partir de fuentes visuales y audiovisuales. En los dibujos que encabezan este breve espacio dedicado a Mixcoac y sus imágenes, nos sumergimos de entrada en el antiguo pueblo que fue y los paisajes que lo envolvían. Hace más de dos décadas, fue un reto localizar imágenes de esta zona de la ciudad. Algunas surgieron en unos pocos archivos públicos y privados, pero los entrevistados fueron la clave sobre todo para que, a través de sus álbumes familiares, sus rollos de película largamente guardados o sus recuerdos esbozados en dibujos, pudiéramos visualizarlo y sobre todo entender mejor algunos aspectos de su transformación. Con el tiempo, más imágenes han ido viendo la luz, ahora ya incluso circulando en la red. Pero estamos todavía lejos de conjuntar, catalogar, preservar y poner en acceso tantas imágenes como sea posible de este espacio urbano escasamente estudiado.

Fotografías y territorio

Si los dibujos nos acercan de manera más plástica y figurativa a lo que todos podemos conservar en el recuerdo, según las experiencias de habitar y practicar los espacios, también la fotografía se revela como un documento clave para ello. Veamos ahora lo que implica una imagen mediada por un aparato tecnológico como es la cámara, que permite capturar un espacio particular enmarcado por una mirada en un momento concreto. Tres coordenadas (espacio, tiempo y mirada) constituyen los ejes de trabajo para analizar cualquier documento que incorporemos como fuente de investigación. En el caso de las imágenes, se hace muy complejo por la costumbre de no asentar datos básicos sobre ellas. Es muy común que no sepamos quién la registró, ni cuándo, ni dónde, y la investigación deba empezar desde ahí, en reconstruir el itinerario de cada documento para poderlo integrar a los estudios con una documentación básica imprescindible.

En esta fotografía, por ejemplo, capturada en los años treinta por encargo del registro de obras públicas, podemos ubicarnos sobre lo que hoy es la calle Porfirio Díaz en esquina con la Avenida Insurgentes Sur, viendo hacia el poniente. El primer referente más concreto que destaca es la iglesia de San Juan Mixcoac al fondo y el gran terreno rebajado que ocupa la mayor parte del primer plano izquierdo. Gracias a las figuras humanas y animales podemos notar la escala de esos enormes huecos que fue causando el trabajo de varias ladrilleras alrededor. Para entonces ya tenía su función de parque en su extremo oriente, al pie de Insurgentes, pero fue ganando terrenos hacia el fondo, lo que con el tiempo sería el Parque Hundido, formalmente inaugurado como Parque Luis G. Urbina hasta la década de 1970.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Ejercicio de memoria para un jardín imaginado

Octavio Paz.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Octavio Paz recuerda, en una carta, sus tiempos de niño y adolescente por las calles de Mixcoac. Casas del siglo XIX, un río fétido, visitas con su abuelo Irineo, el tranvía en el que preparaba sus clases y leía novelas o tratados de filosofía, los colegios Williams y LaSalle, el lugar donde supo de la poesía y el entusiasmo. Ya adulto recorrió nuevamente aquellas calles, pero descubrió un mundo irremediablemente ajeno.

México, a 9 de mayo de 1989.

Señora Alejandra Moreno Toscano.
Querida Alejandra:

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Ricardo Salazar, Octavio Paz, Mixcoac, ca. 1958. IISUE, Fondo Ricardo Salazar Ahumada, UNAM.

Al final de esta carta encontrarás los breves poemas -en realidad, estrofas sueltas- que hubieran podido figurar, a manera de inscripciones, en las puertas y en algún muro del pequeño jardín que, a iniciativa tuya, las autoridades de la ciudad proyectan trazar en un terreno baldío del antiguo Mixcoac. Lo llamo antiguo porque esa localidad existe desde la época prehispánica. Yo no nací en Mixcoac, pero allá viví durante toda mi niñez y buena parte de mi juventud, salvo un año y medio que pasé en Los Ángeles (mi padre fue desterrado político y buscó asilo en los Estados Unidos).  Apenas tenía unos doce meses de edad cuando los azares de la revolución nos obligaron a dejar la ciudad de México; mi padre se unió, en el sur, al movimiento de Zapata, con Antonio Díaz Soto y Gama y otros jóvenes, mientras mi madre se refugió, conmigo, en Mixcoac, en la vieja casa de mi abuelo paterno. Llegué en 1914 y no me moví de allí sino hasta 1937, año de mi primera salida de México: casi un tercio de mi vida. Por esto, cuando me comunicaste tu idea y me pediste mi colaboración, acepté conmovido. Sin embargo, acabo de visitar la ruidosa desolación que ustedes intentan convertir en un jardín y regreso desalentado.  Mi decepción ante ese terrain vague se volvió abatimiento cuando recorrí la cercana rotonda con la estatua de cemento del Manco de Celaya, rodeada de una maltrecha tribu de fresnos y pinos. Aunque les costará trabajo, tal vez ustedes lograrán humanizar un poco ese páramo asolado por el martilleo y el tableteo de los autos. Pero me parece imposible que el futuro jardín llegue a ser ese reciento tranquilo y un poco apartado que evocan mis versos. Es un lugar condenado al ruido. Además, te lo confieso, no quiero ser intruso. No sí si me fui o me echaron: sí que ya no soy de allí. Pienso en el barrio que hoy he recorrido y en el de mi niñez y mi adolescencia: ¿en qué se parecen? Y me digo: ha sido peor que una destrucción una degradación.

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Ricardo Salazar, Octavio Paz, Mixcoac, ca. 1958. IISUE, Fondo Ricardo Salazar Ahumada, UNAM.

La calle de Goya, que es la prolongación del predio que ustedes quieren transformar en jardín, se llamaba la calle de las Flores. árboles corpulentos y casas severas, un poco tristes.  Animaban la soledad de la calle el blanco Colegio de las Teresianas y, a la hora de entrada y salida de las clases, los blancos uniformes de las muchachas. Voces de mujeres y piar de pájaros, revoloteo de alas y de faldas. Casi al final, la casa de los G. (hoy es una oficina pública). Eran amigos de mi familia y a veces yo acompañaba a mi abuelo en sus visitas. Se abría el portón y entrábamos en un vestíbulo amplio y un poco obscuro; nos recibía un moro de turbante y cimitarra (imposible no pensar en Venecia y el séquito de Otelo), en lo alto de la diestra una lámpara en forma de antorcha, pero el foco estaba casi siempre fundido- y que señalaba el camino. Recuerdo un corredor de altas macetas, flores blancas y rosadas (¿camelias?), un piso de ladrillo rojo y, separado por una pequeña balaustrada, un patio con limoneros y naranjos. En la sala de azules desvaídos nos esperaba la dueña de la casa, una vieja señora acompañada por algún pariente. A veces la conversación se interrumpía por la llegada de Manuelito, un sesentón hijo o sobrino de la señora de la casa, en el pecho la banda tricolor. Se acercaba con deferencia a mi abuelo, lo invitaba a la ceremonia de su inminente toma de posesión como Presidente de la República y le pedía consejo  sobre la composición de su futuro gabinete.  Nadie daba muestras de extrañeza y al poco tiempo la conversación continuaba.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

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Un lugar pensado para formar generaciones de profesionales que no pretendía competir con el molde de lo que otras instituciones ya trabajaban. Un centro que entendiera a la historia como integrada y parte de las ciencias sociales, pero nunca aislada. De investigadores adaptados a esa concepción. Un lugar con una biblioteca sui generis donde el acervo general y su fondo antiguo le dan un toque de exclusividad. Un centro de formación y conocimiento asentado sobre la que fue la casa de un hombre liberal y único, que estableció las bases de la separación del Estado del poder monacal. La identidad se construye con el tiempo y en ella confluyen historias personales de aspiraciones y utopías, la herencia de valores y tradiciones, la pertenencia a un territorio.

El Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora llega a los 35 años de vida y el sello de su identidad que lo hace reconocible se identifica también con la pertenencia al espacio donde está enraizado. Nació en el barrio de Mixcoac, alguna vez considerado pueblo risueño y florido de aire saludable, que lo ha hecho suyo como parte de sus esquinas, su arquitectura de fachadas centenarias, de haciendas, ranchos y terrenos baldíos devenidos en centros universitarios y culturales, colegios de origen español o inglés, parques hundidos, estadios para el fútbol y los toros, habitado un siglo atrás por indígenas y migrantes europeos.

Este número 33 de BiCentenario, casi en concordancia con los siete lustros de vida del Instituto, da cuenta del trajinar de esta institución académica desde 1981, pero también de la riqueza de su pertenencia a un barrio de calles empedradas o de barro transformadas en grandes avenidas, de cauces de agua y A?reas verdes devoradas por la explosión urbana, de iglesias sobrevivientes y de viviendas donde se oficiaba misa en tiempos en que se perseguía la bendición desde el atrio, de personajes que la habitaron porque encontraron allí un remanso frente a la agitada vida en el centro capitalino, que huían de los jaloneos de la política o comenzaron a ilustrar aquí una vida de intelectuales.

El Instituto Mora nació en una casa a la que la vicisitud de la política, la economía, la religión y hasta las creencias esotéricas la tornaron un lugar peculiar. Fue vivienda de Valentín Gómez Farías cuando el vicepresidente jacobino se escabullía de las amenazas católicas a sus órdenes de quitar poder a los prelados, y donde moriría y sería enterrado ante la negativa de la vecina iglesia de San Juan Evangelista de darle morada final en su cementerio. También tropas estadounidenses la ocuparían en 1847. Algunas creencias dirían que el espíritu de don Valentín recorrería la casa durante varias décadas, para temor de sus descendientes y visitantes, hasta ser llevado a la Rotonda de las Personas Ilustres. Del mismo Valentín se relatan aquí las idas y vueltas que tuvo el intento de recuperación de una pintura que lo retrataba en Palacio Nacional y que finalmente por esas historias repetidas en el mundo del arte, quedaría en manos privadas, y se tendrían que hacer copias, una de las cuales el Instituto adquirió.

La pintura de Valentín Gómez Farías no es un hecho aislado dentro de la vocación cultural del Instituto Mora. Las esculturas, principalmente, forman parte de su paisaje en exposiciones individuales y colectivas al aire libre, como se relata en esta edición. Otro elemento distintivo en el mundo académico.

La gran perla de la institución ha sido su biblioteca “Ernesto de la Torre Villar”, nacida cinco años antes que el Instituto y que cumple a cabalidad con el objetivo de ser reconocida en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, tanto por su acervo como por su fondo antiguo con algo más de 10 000 volúmenes. Ramón Aureliano, quien la conoce desde sus entrañas desde hace algunos años, nos pone en manos de dos testimonios clave: uno que habla sobre José Ignacio Conde y Díaz Rubén, el inspirador de la biblioteca, y la inquietante historia de su acervo personal que tuvo que vender forzado por el gobierno; y el segundo, las palabras del propio Ernesto de la Torre Villar, su primer director. “Podemos decir que es paradójico, pero pienso que de una Biblioteca salió el Instituto Mora”, dice orgulloso durante una charla que data de 2002.

Pero a dónde nos lleva esa vocación de identidad del Instituto Mora con su vecindad, con ser parte también de ese pueblo, municipio y hoy colonia Mixcoac. Están vivos la parroquia de la Asunción de María o de Santa María Nonoalco, edificada en el siglo XVI, los restos de la que fuera la Hacienda de Nonoalco, hoy convertida en vecindad, las huellas exteriores de la casa morisca de la familia Serralde, el Parque Hundido en la zona de ladrilleras. Como parte ya del imaginario colectivo, La Castañeda, el mítico hospital que Porfirio Díaz presentó como una revolución en la salud mental y seis décadas después sería demolido. Una manera de explicarnos el antes y el después de las transformaciones de un lugar son las fotografías, dibujos y material fílmico. El trabajo de Lourdes Roca nos ayuda a descifrar y explicar esos cambios de Mixcoac.

Los personajes que habitan el barrio y enorgullecen a sus habitantes generan un halo de admiración, misterio y mito, que se va transmitiendo por generaciones. Para Mixcoac llevan un mismo apellido: Ireneo Paz, el escritor, periodista, editor y polémico defensor en algún tiempo de Porfirio Díaz; Octavio, su hijo, abanderado de la causa zapatista, escritor también, pero sobre todo activista social, de muerte trágica y vida desafortunada; y quien seguramente genera mayor reconocimiento, fortalecido por su contemporaneidad, Octavio, el nieto e hijo, poeta y escritor. El Premio Nobel de Literatura dice en un relato que aquí reproducimos, que en Mixcoac alguna vez se sintió “centro del mundo”. Entre nubes y un cielo azul, descubrió el entusiasmo y tal vez la poesía.

Justamente lo que podemos sentir cuando nos consideramos parte de un lugar.

Darío Fritz

El Mixcoac de mis recuerdos

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Una testigo de ocho décadas de la vida del barrio salpica entre anécdotas y vivencias lo que fue vivir en casas de largos corredores, amplios jardines y establos, esconderse en las ladrilleras del parque hundido, convivir travesuras con los Paz, ser testigo de misas clandestinas, escudriñar fantasmas o cargar los judas con frutas en semana santa.

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Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Iglesia en la plaza de San Juan (frente al Mora) (640x394)

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Ireneo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto. Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

La colonia y sus leyendas

Entrevista a Guadalupe Martínez viuda de Ritz,
realizada por Graziella Altamirano el 7 de agosto de 2003,
Santa Mónica, Estado de México.

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquel entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, y al poco tiempo murió. En Mixcoac vivía mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá, al quedar viuda, regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante, y le dijo: “No, tú ya no te vas de aquí, ¿qué vas a hacer con la niña?” Yo tenía un año de nacida, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

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Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época Avenida Cuauhtémoc, y ahora se llama Rubens. Era una casa muy grande que tenía huerta, un corral, alberca, estaba muy bien. Ahí vivimos, se casó otra de mis tías, uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, casi esquina con Augusto Rodin, que es también paralela a Rubens. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré? entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando es más grande.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

En boca de todos

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Vehículo en los años 20's (640x442)

A estos señores la puntualidad no les trae preocupación. El horario en la ciudad es mero ardid para cubrir apariencias. Con overol o con corbata, todo a su debido momento porque es hora de ganarse una pronta inmortalidad en foto. Una selfie, podría decirse hoy, y seguimos, que es mi segundo de fama, antes de que nos ganen el mandado. A estos jóvenes, en cambio, le va aquello de Umberto Eco, de que una cosa es ser famoso “el mejor chofer, por ejemplo, en el recorrido Tacubaya-Mixcoac-San Ángel, si eso interpretamos del joven que lleva peinado con brillantina, o el mejor obrero de la fábrica, en el caso del moreno de sombrero”, pero muy distinto es estar en boca de todos. Ese era otro menester. Estar en boca de todos, así sea por un desliz de esos que la moralidad circundante señala con el índice de culpabilidad, nadie lo quería. Hoy, estar en boca de todos es necesario para apantallar, llamar la atención sin importar el cómo. En esa adustez, seriedad y tranquilidad de nuestros dos retratados hay otra visión del mundo. Despacio, pero seguros, parecen decir. Y no hagamos caso a cierta seriedad sibilina porque por entonces no se estilaba sonreír para las fotos. Corrían los años veinte del siglo pasado, los tiempos de sangre y fuego de la revolución se habían acabado, un país se tenía que construir. ¿Por qué correr entonces? Treinta o cuarenta minutos en el camioncito de Mixcoac a San Ángel o a Tacubaya, podía parecer mucho tiempo, en caminos de tierra, con agujeros por doquier (aún no eran baches, esos los trajeron el asfalto y los presupuestos engordados en sobreprecios), paradas con esperas infinitas para los usuarios, y unos asientos de madera que hacían trizas hasta la más pulposa de las nalgas. Pero aun así se trataba de regresar del trabajo a casa a la hora de la comida, y después todos a correr a las seis de la tarde, hora de salida. En camioncito o en tranvía, atravesando Revolución, Patriotismo u otras calles como Tamaulipas, Rodin o Holbein, subirse al transporte público hace casi un siglo no era una experiencia muy diferente a la de hoy. Nuestros asientos serán más cómodos, los camiones no brincan tanto como aquellos, pero qué tan apretados y hacinados viajaban comparado con la actualidad. Quizá les ganemos unos 20 minutos en el recorrido, pero en algo no podemos asemejarnos: esas caras de despreocupación no abundan en estos días.

Consulte la revista BiCentenario.

Estreno de residencia

Arturo Sigüenza
FFyL, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

En la inauguración del hospital para enfermos mentales La Castañeda, una baronesa, el secretario particular del presidente y un general desaliñado y falto de memoria que ya formaba parte de la población del psiquiátrico sostienen una conversación desopilante.

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La esplendente construcción albergaba ya a sus nuevos huéspedes, y se otorgaba un festín para recibir al distinguido séquito que encabezaba el presidente de la república, formado por embajadores y cónsules, destacados empresarios y alta burguesía. La banda de música de viento, perfectamente uniformada, complacía a los invitados allí reunidos para conmemorar la inauguración de aquella arquitectura de corte francés, como una muestra de la abundancia económica que seguía pregonando el gobierno a pesar de la inconformidad política interna y el creciente descontento entre la plebe. El ingeniero encargado de la obra, hijo del primer mandatario y con el mismo nombre de pila, buscaba su mejor ángulo ante los fotógrafos que se abrían paso entre los opulentos vestidos de las mujeres emperifolladas ávidas del brindis con champán que ya estaba siendo descorchado.

Desde uno de los ventanales, dos personas contemplaban la congregación en el campo de castaños que rodeaba el vasto edificio. Así que por fin cumplió su promesa, mi preciado amigo…

Se lo dije, “baronesa, ¿dudó acaso en algún momento de mi palabra?”

“¡Oh!, de ninguna manera, sólo que después de dos años de espera…” dijo agitando más rápido su abanico, “cualquiera puede sospechar de una tomadura de pelo.”

“Pues ya lo ve. Hasta el señor presidente dejó en casa su indumentaria de general, para presentarse de frac y sombrero de copa, como exige la ocasión.”

“Mi marido no ha de tardar en traer mis pertenencias, ¡me urge un cambio de prendas!”

“Se encuentra usted exquisita, baronesa, pierda cuidado. Lo importante es que nos han otorgado un lugar acorde con nuestra clase social.”

Como protegidos del gobierno, ya era hora de cambiarnos de aquel muladar…

Inauguración Castañeda (2) (640x478)

La calva del secretario particular brillaba desde esa perspectiva. Declamaba su discurso haciendo pausa cada dos frases para incitar la oleada de aplausos dirigidos al primer mandatario, quien a pesar de verse agotado saludaba generoso a la élite que lo había sostenido tanto tiempo en el poder. El próximo aniversario de la independencia, fecha que por capricho hizo coincidir con el día de su cumpleaños, lo tenía atareado como ningún otro en sus tres décadas de mando, debido a las presiones sociales que cada vez cobraban mayor fuerza en el ámbito popular.

Docenas de cohetones retumbaron al final del sermón político y la aristocracia se enfiló, copa en mano, hacia las amplias escalinatas de la entrada principal. Adentro, un anciano de ajadas vestiduras militares, desaliñado y barbudo, corrió nervioso hacia el ventanal, ocupando con gran destreza su muleta y su pierna de palo hasta que cayó hecho una piltrafa.

“¡Pecho tierra! ¡Cañones en la retaguardia!”

“Guarde compostura, capitán, que la guerra ha terminado…”

“¡Yo nunca bajo la guardia!”

Apenas uno se descuida y ya tenemos a la turba en nuestras narices…

“Relájese, va a incomodar a nuestra querida baronesa…”

Salida de concurrentes a la inauguración del Manicomio (640x471)

“¿Baronesa, dice usted? Ejem, ejem… a sus pies, ilustre señora” dijo el hombre agitado desde el suelo, “¿no va a presentarnos?”

Aquí vamos otra vez, “le ruego me disculpe… Claro, claro capitán, la baronesa De la Croix. Baronesa, el capitán García.”

La mujer hizo un gesto de enfado y estiró la mano enguantada de satín. Tenía la suficiente paciencia para soportar al pobre hombre que padecía notablemente de la memoria,

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Historia de una casa solariega

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

La vivienda del siglo XVIII que alguna vez fuera remanso vacacional para Valentín Gómez Farías, saqueada durante la ocupación de las tropas estadounidenses y en cuyo huerto fuera enterrado tras su muerte, hoy se fragmenta en biblioteca, librería, aulas, espacios para exposiciones y conferencias, y por su puerto aquel huerto, reconvertido en jardín que sigue dando el mismo sentido de tregua que buscaba el reformista liberal. Es la casa del Instituto Mora.

Foto

Siglo XIX

Vivía en la Calle del Indio Triste en pleno corazón de la ciudad de México. De ahí salía a trabajar como diputado por Zacatecas, senador o vicepresidente de la república. Al igual que muchos otros mexicanos, buscaría tener una casa de campo en los alrededores de la ciudad. En Mixcoac, ese pueblo “risueño y florido de aire saludable, que despertaba todas las mañanas con las campanas de sus iglesias, la de San Juan Evangelista y la de Santo Domingo, allí, Valentín Gómez Farías compró un inmueble del siglo XVIII con corral y caballeriza, pozos para el agua, chimeneas que paliaban el frío y una huerta de hermosos árboles frutales que daban duraznos y peras y compartían el terreno con los cedros y las magnolias. ??????????????????????????????????????????Era una “casa solariega para el verano” que había “adquirido por 2,750 pesos” y se encontraba en “malas condiciones”, pero le serviría de remanso frente a los problemas políticos, financieros y de saludó que le acosaban.

Fue la casa que lo esperaba en 1845 tras su exilio en Estados Unidos, entre Nueva Orleans y Filadelfia. Ella se trasladó con su esposa Isabel y sus cuatro hijos, Fermín, Ignacia, Benito y Casimiro. Él cumplía en la ciudad con sus compromisos políticos, mientras la familia pasaba sus días en el barrio de Maninaltongo frente a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, nombrada de San Juan, en el pueblo de Mixcoac. Allí Isabel se ocupaba de ordenar todo lo necesario para que la cotidianidad familiar fuera placentera.

En agosto de 1847 la vida del pueblo se alteraría pues las tropas estadounidenses sentaron allí sus reales. La casa fue saqueada y quedaron como mudos testigos los muros altos y anchos de los salones, del comedor, de la cocina, de la sala y de las recámaras. Los Gómez Farías padecieron los estragos de la invasión y tuvieron que repararla.

Valentín Gómez Farías, el impulsor de las reformas liberales que por su carácter laico causaron tanta inquietud en la sociedad, vio su sueño realizado pues apenas un año antes de su muerte firmó la Constitución de 1857. 16910Fue enterrado en la huerta de la casa pues no se permitió que sus restos descansaran en la iglesia, la de San Juan Evangelista, la que estaba enfrente de su vivienda de verano. Lógico: si él había promovido los cambios que atentaban contra el clero… Con el paso de los años, hacia finales del siglo XIX, el Mixcoac pueblerino se fue abriendo a la modernidad que se iría instalando lentamente alrededor de la plaza que alguna vez tuvo un quiosco. Los maizales quedarían sin siembra. El tranvía pasaría enfrente de la plaza y las calles tomarían nuevos nombres. El alumbrado eléctrico llegaría poco a poco; las pulquerías perecerían ante el embate de las bebidas modernas como las cervezas. La ladrillera Noche Buena daría paso al Parque Hundido, la tierra de las calles se convertiría en asfalto y los vecinos antes todos conocidos ya no lo serían porque las viejas y sencillas casas irían desapareciendo a lo largo del siglo XX, demolidas por el crecimiento urbano que hizo del antiguo pueblo una colonia al sur de la ciudad de México con nuevas casas y edificios. No obstante, la transformación del espacio, la casa permanecería como refugio veraniego para los descendientes de los Gómez Farías, los Uhink y los Vértiz, aunque con el paso de los años cambiaría su función.

Siglo XX

Esa casa, otrora de campo, sería, a partir de 1976, el sitio elegido para establecer la fundación Bibliotecas Mexicanas, A. C. El gobierno mexicano la adquirió con el propósito inicial de depositar en ella el acervo bibliográfico de la biblioteca “José Ignacio Conde”. Más tarde, en 1981, por decreto presidencial de José López Portillo, se asentaría en ese espacio el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, nombre de otro connotado liberal. Su misión: “desarrollar investigaciones científicas en el campo de la historia y de otras ciencias sociales”. Los profesores-investigadores y especialistas tendrían, a partir del fondo “García Conde”, una biblioteca dedicada a las ciencias sociales. De esta manera, la vieja casona de la plaza de San Juan albergó al nuevo instituto. En ella se apostarían algunos espacios para los investigadores; “el antiguo salón, con los años, se convertiría en una moderna librería. La amplia huerta conservaría algunos de sus frondosos árboles y se transformaría en un bello jardín que daría un toque especial a la institución.”

Bibliotecas Mexicanas (640x432)

Para albergar a la biblioteca, a los investigadores y a los alumnos, al fondo, en lo que era la huerta de los Gómez Farías, se construyó un moderno proyecto arquitectónico que revelaba el interés por engrandecer a la institución. Como parte de su programa cultural las presentaciones de libros y los exitosos ciclos de cine se alternaron con las espléndidas exposiciones de renombrados artistas. En el jardín, los visitantes disfrutaron las obras de escultores tales como Jesús Mayagoitia (1992), Sebastián (2000), Knut Pani, Gilberto Aceves Navarro (2001), Juan Soriano (2005) y José Luis Cuevas (2005). En 2016, a la vieja casona con el nuevo edificio se agregaría otra sede ubicada en las calles de Poussin, a tan sólo unas cuadras al sur-oeste de la plaza de San Juan. Un convento centenario pasaría a formar parte del patrimonio inmueble del instituto para albergar al personal académico-administrativo. Una espléndida sala de lectura se instalaría en la antigua capilla en lo que otrora fue espacio de recogimiento y oración. El patrimonio inmueble del Instituto Mora crece, así como el prestigio académico de la institución que guarda en su sello institucional la imagen de la casa de los Gómez Farías.

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La ira sobre Valentín

Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

En el proyecto político de Valentín Gómez Farías por quitarle a la Iglesia católica espacios de poder y decisión, la vida del propio vicepresidente de Santa Anna corrió peligro cuando se echaron atrás sus decisiones. Una turba que lo buscó quiso deshacerse hasta de un retrato personal. El cuadro no fue hallado, pero lo interesante es que la obra tuvo su símil.

Copia del óleo original que fue robado

Valentín Gómez Farías se encontraba en su casa de Mixcoac acompañado de su familia. Allí encontró el refugio ante una rebelión que se levantó en su contra en la capital. Con arma en mano, más por precaución que por miedo, proyectaba la ruta más conveniente para salir del país, no sin antes vender su biblioteca para hacerse de recursos. Estos sucesos no le causaban sorpresa ni asombro, en el tiempo que estuvo en el ejecutivo siempre hubo un sector que reprobó su política. ¿Su culpa? Desde la vicepresidencia del país decretó varias leyes que buscaban mermar el poder que la Iglesia tenía sobre la sociedad; hoy en día calificaríamos estas medidas como progresistas, pero en ese entonces fueron la causa de discordias entre una sociedad altamente religiosa y Gómez Farías.

Don Valentín había iniciado su cuatrienio como vicepresidente en abril de 1833. Con un Congreso liberal, sus leyes no encontraron obstáculos y fueron aprobadas una tras otra, pero bastaron dos meses para que se escucharan las primeras protestas al grito de “Religión y Fueros”; el presidente Antonio López de Santana salió a sofocar a los rebeldes y tras un breve enfrentamiento logró someterlos. Superado esto, la tempestad continuó cuando el cholera morbus llegó a la capital. El clero y la sociedad más conservadora culparon al vicepresidente de esta epidemia, pues sus leyes, decían, “atentaban contra los bienes y derechos de la Iglesia y lo sucedido no era más que un castigo divino para la sociedad mexicana.”

Con la mayor rapidez posible, el vicepresidente instruyó órdenes de sanidad e higiene para contrarrestar los efectos de la epidemia. Además, como médico, ayudó a atender a los enfermos en los improvisados centros de salud que se colocaron en distintos puntos de la capital. Para finales de 1833, la plaga que había matado a 15 000 personas, entre ellas a la hija de don Valentín, había sido controlada.

Mientras tenía las riendas del país, Gómez Farías no vacilaba en aplicar su proyecto político, sus leyes atacaban cada vez más los privilegios que la Iglesia había disfrutado por centurias. Los distintos grupos conservadores continuaban organizándose para frenar la “destrucción”. A diario aparecían escritos pegados en las paredes de la capital que criticaban al vicepresidente, lo llamaban “sans-culotte, ladrón, demagogo y orate” que “de mala fe” había roto la armonía de la nación con su “gobierno demoniocrático”.

A fin de mantener la paz en la capital, Gómez Farías armó a un cuerpo de civiles y dictó leyes que prohibían, entre otras cosas, la reunión de más de dos hombres en las calles, el toque de campanas y que los habitantes montaran a caballo; aprehendió a varios jefes del ejército y duplicó la vigilancia al caer la noche.

En el resto del país la situación era distinta. Grupos antagónicos a Gómez Farías enviaban cartas a Santa Anna, quien se encontraba en Veracruz, suplicando que retome la presidencia para detener al “destructor de la fe”. Por fin se decidió a hacerlo y en abril de 1834 echó para atrás todas las leyes y disposiciones que su vicepresidente había emitido, además de alejarlo brevemente del teatro político.

Copia del Segundo óleo que se hizo BAJA

Don Valentín se retiró a su casa en Mixcoac mientras la situación se tranquilizaba; sin embargo, en la villa de Cuernavaca, un grupo conservador emitió un plan el 25 de mayo que desconocía la autoridad de todas personas que habían apoyado las leyes que “sumergieron a la República mexicana en el caos más espantoso de confusión y desorden” y pedían auxilio al presidente. Tras días de incertidumbre, el 14 de junio de 1834, el Ayuntamiento de la Ciudad de México adoptó el plan. Las injurias en contra del ex vicepresidente no se hicieron esperar. Una turba deseaba confrontar a don Valentín, pero en vista de que este no se encontraba cerca, buscaron su retrato en Palacio Nacional para descargar su ira.

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Un espacio para el arte. El jardín del Mora

Ma. Esther Pérez Salas C.
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

El instituto se ha convertido en lugar de referencia para muchos expositores que desde 1990 han estado exhibiendo obras escultóricas de mediano y gran formato en su espacio al aire libre en la sede Mixcoac.

Jardin del Mora, exposicion, probablemente Ni tormentas (640x443)

En el jardín del Instituto Mora se han realizado, a lo largo de tres lustros, alrededor de 25 exposiciones escultóricas, en las cuales, tanto investigadores como alumnos y visitantes ha tenido la oportunidad de apreciar los trabajos de algunos de los más destacados artistas nacionales y extranjeros. En poco tiempo fue considerado un espacio alternativo para que los autores exhibieran su producción, tal y como lo reconoció la crítica de arte Raquel Tibol en 1992: “El Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora se ha convertido en uno de los pocos espacios en la ciudad de México que acoge de manera permanente exposiciones de escultura. Un año más tarde, el historiador y crítico de arte, Agustín Arteaga, añadiría al respecto: “Desde hace aproximadamente dos años, la escultura se ha visto beneficiada por contar con un espacio dedicado exclusivamente a su exhibición.”

2342El programa de exposiciones de escultura se inició en 1990 como parte de las actividades culturales del Instituto organizadas por el Departamento de Difusión, en un intento por convertir la sede del Mora en un espacio de intercambio cultural, en especial para los habitantes de la zona. Los buenos resultados obtenidos con los ciclos de Cine Club y las presentaciones de libros, paulatinamente hicieron del Instituto un lugar de encuentro, de ahí que se buscó ampliar la oferta. Dado que el edificio no cuenta con galerías que permitan hacer exposiciones de pintura, grabado o fotografía, pero sí un espacioso y bello jardín, se pensó en una producción plástica que se pudiera exhibir al aire libre, de ahí que la escultura resultó la más apropiada. Claro, siempre y cuando fuera ejecutada con materiales que no sufrieran cambios ni daños al permanecería la intemperie por un periodo mínimo de tres meses.

De 1990 a 2005 se dio cabida aproximadamente 26 escultores, cuyas técnicas, formatos y lenguajes mostraron al público las diversas posibilidades de expresión con las que cuenta la escultura. Tallas directas en piedra, metales oxidados, cerámica, aluminio policromado, bronce fundido, plástico esmaltado, vidrio, acrílico, entre otros, pusieron de manifiesto la diversidad de materiales utilizados así como los discursos visuales que cada uno privilegia, pasando desde el rescate del carácter primigenio de la escultura ancestral, hasta llegar a instalaciones que en lugar de destacarse del espacio en el que se exhiben, persiguen integrarse al medio ambiente estableciendo una simbiosis entre cultura y naturaleza. Exposición Totémica , 1994 (1) Biblioteca Mora (416x640)Geometría abstracta, obras figurativas, formas vegetales o mitológicas, texturas y coloraciones, dieron como resultado un carácter ecléctico a estas exposiciones, en las cuales no se privilegió ninguna técnica, formato o lenguaje, sino que más bien privó un interés porque los espectadores reflexionaran sobre la contemporaneidad de las técnicas y materiales de los expositores.

La formación y el origen de los participantes también fue variada, pues lo mismo exhibieron egresados de la Escuela Nacional de Artes Pásticas de la UNAM (actualmente Facultad de Artes y Diseño) que de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado (“La Esmeralda”), o de la Escuela de Bellas Artes de San Miguel de Allende, así como quienes se formaron en el exterior en centros tales como el Art Center College of Design, de Pasadena, California, el Rhode Island School of Design de Providence o el Taller de Escultura de Metal de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, al igual que del College of Fine Arts de Kent, en Gran Bretaña, dado que también expusieron artistas extranjeros.

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