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Una boda por conveniencia

Maddelyne Uribe
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Carmen Romero a los 17 aAi??os

Una noche del ya lejano año de 1878, en el número 5 de la calle de San AndrAés (hoy Tacuba) en la Ciudad de México, Carmen Romero Castelló despertaba de una horrible pesadilla en la que, como escribió a su padrino unos días después, vestida de novia y ya en camino para el templo, aparecía una nube que deshaciéndose en tempestad dejaba escapar un rayo que fulminaba a Pepe, quien iba sonriéndose con inefable ternura.

Aún perturbada por el sueño, avanzó hasta el tocador de su habitación para contemplar con la mirada fija su reflejo. A los catorce años, Carmen era una sonriente jovencita de maneras distinguidas cuya espontaneidad y ameno trato (decía el poeta) eran capaces de encantar de un modo casi inconsciente a todos cuantos la rodeaban. Sin presentar en su conjunto una fisonomía hermosa, no dejaba por ello de ser agradable: era delgada y de proporciones armoniosas, la cara ligeramente redonda enmarcada por una rizada cabellera azabache; pequeños ojos negros muy expresivos, frente y mentón amplios, nariz aguileña y labios delgados.

Un dejo de añoranza se dibujó en su rostro al intentar recordar aquellos efímeros tiempos mejores en que las comidas familiares transcurrían en absoluta paz, ajenas a las penurias económicas; los cumpleaños al lado de sus hermanas María Luisa y Sofía eran motivo de verdadero regocijo cuando su padre, Manuel Romero Rubio, ejercía como secretario de Relaciones Exteriores del gabinete presidencial de Sebastián Lerdo de Tejada, a quien ella llamaba “querido papá Lerdo” por ser su padrino de bautismo.

Tras concluir con estas cavilaciones e intentando vencer en lo posible su preocupación, Carmen decidió volver a la cama. Las primeras luces del amanecer comenzaban a surgir.

El retrato esbozado parece testimoniar la sensibilidad de su carácter, pero, al mismo tiempo revela el desconocimiento de lo que, en términos de estrategia política, transformaría su tranquila existencia en un cálculo de ventajas e intereses que, con astucia, su padre se dio a la tarea de asegurar. En el invierno del año siguiente, todos los miembros de la familia Romero Castelló estaban nuevamente reunidos, tras el difícil exilio de don Manuel en Nueva York, causado por la rebelión de Tuxtepec que, bajo el liderazgo de Porfirio Díaz, había logrado capitalizar desde 1876 una amplia oposición política y popular contra Lerdo y sus partidarios obligándolos a salir del país el 25 de diciembre del mismo año a bordo del vapor El Colima.

Como sería congruente pensar, la felicidad de recibir al padre ausente debió contrastar con los sentimientos adversos que la joven había desarrollado hacia aquel jacobino causante de todas sus penas. Cabría entonces preguntarnos lo siguiente, ¿cómo puede explicarse que en el transcurso de 1880 a 1881 su relación con el general Porfirio Díaz se estrechara con tanta rapidez? La figura que se impone desde un principio es, naturalmente, la de Carmen Romero Castelló, pues sobre ella gira, el episodio que a continuación narramos.

La mañana del 26 de octubre de 1881, Carmen, aún sin haberse peinado, se reunió en el despacho de su padre, don Manuel, con él y con su madre, doña Agustina Castelló. No podía evitar recordar una y otra vez aquellas palabras que la noche anterior la habían mantenido en vela:

Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo. Comprendo que sin una imperdonable presunción no puedo esperar que el ánimo de usted pase otro tanto y por eso no se lo pregunto; pero creo que en un corazón bueno, virgen y presidido de una clara inteligencia como la de usted puede germinar ese generoso sentimiento, siempre que sea un caballero el que lo cultive y sepa amar tan leal, sincera y absolutamente como usted merece y yo lo hago ya casi de un modo inconsciente. […] si usted me dice que debo prescindir no necesita usted decirme por qué, yo siempre juzgar poderosas su razones e hijas de una prudente meditación.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

La boda de la abuela

Diana Guillén
Instituto Mora
Revista BiCentenario #10
Isabel CastaAi??A?n 1912

Isabel Castañón, 1912

La historia de las familias está llena de anécdotas que se transmiten de generación en generación; aderezadas con ciertas dosis de humorismo o de tragedia que ocasionalmente hacen dudar de su veracidad, buena parte de ellas se transforman en relatos que nos conectan con la vida de nuestros antepasados. Vista a la distancia la boda de mis abuelos entra en esa categoría; se trata de un acontecimiento archivado en el cajón familiar de los recuerdos, que de niña escuché en voz de mi padre y que de adulta narré a mis hijos.

Pero además de su importancia para el nacimiento de una rama genealógica y de sus implicaciones sentimentales entre los descendientes de esa línea, la unión de Flavio Guillén e Isabel Castañón tuvo tintes novelescos derivados de las circunstancias políticas que se vivían en Chiapas durante la segunda década del siglo XX. El abuelo era gobernador de la entidad y todos sus actos, incluidos los privados, se enmarcaban en pugnas de larga data que la revolución iniciada en 1910 vino a acentuar.

Para entender lo sucedido el día en que Flavio e Isabel se casaron, es necesario remontarse en el tiempo y recuperar, así sea de manera fugaz, un proceso previo que marcó a la sociedad local durante el rabasismo (con ese nombre se ha bautizado en Chiapas a la etapa que va de 1891 a 1911): el ascenso de grupos que desplazaron a los hacendados establecidos al amparo de la antigua Ciudad Real, hoy San Cristóbal de las Casas. Si bien desde la colonia estos últimos habían establecido su poder, la ampliación de la actividad económica hacia los valles centrales favoreció el surgimiento de otra élite y a mediano plazo significó la conformación de un nuevo centro político-administrativo.

Con el traslado de la capital estatal hacia Tuxtla Gutiérrez en 1892, Emilio Rabasa rubricó la consolidación de ese grupo en ascenso al que él mismo pertenecía. La historiografía ha tendido a identificar con la corriente conservadora a los alteños (nombre coloquial de quienes vivían en San Cristóbal) y con la liberal a los habitantes de los valles centrales, pero más que una distinción de fondo, ambas etiquetas reflejan filiaciones pasajeras hacia los bandos que durante el siglo XIX se enfrentaron para controlar la presidencia de la república.

También dan cuenta de ciertos matices en téminos de su concepción sobre la actividad agraria: tradicional-cerrada para los primeros o empresarial-progresista para los segundos. Aquí conviene recordar que por encima de tales diferencias prevalecía el espíritu de ganancia y por ello tanto en Los Altos como en Los Valles las élites tendieron a asegurar que el trabajo indígena fluyera hacia las haciendas. Lo mismo pasó con la propiedad de la tierra; bajo el influjo rabasista las comunidades perdieron independencia, los ranchos y haciendas crecieron y la gran propiedad cobró fuerza por igual entre hacendados con mentalidad empresarial, que entre hacendados con mentalidad tradicional.

Parecería que las convergencias eran mayores que las divergencias, pero estas últimas se magnificaron frente a añejas rivalidades fraguadas en la lucha por el poder; el predominio económico y político de las élites que se formaron y crecieron al amparo de la antigua Ciudad Real, se encontraba disminuido para 1892, lo que no implicaba que sus integrantes estuviesen dispuestos a aceptar que un grupo de “advenedizos” les arrebatara el control sobre la capital; fue en tal contexto que el conflicto se impregnó de tintes regionales y el escenario para un enfrentamiento de mayores proporciones quedó delineado.

Isabel CastaAi??A?n y su padre hacia la iglesia en Chiapa de Corzo

Isabel Castañón y su padre hacia la iglesia en Chiapa de Corzo

A partir de entonces San Cristóbal y Tuxtla se convirtieron en el espacio simbólico de la disputa. Un texto de la época resume claramente el sentimiento de despojo de quienes se identificaban con la primera; sus argumentos en contra de que la segunda se convirtiera en la nueva capital del estado, se remontaban a la fundación de la Ciudad Real (1528) y resaltaban el papel que la misma había jugado en el proceso de poblamiento de los valles que la circundaban.

Más allá de las quejas o de las adhesiones que suscitó, el cambio de sede reflejaba el poder de un nuevo grupo y también una nueva orientación geográfica para la entidad: mientras San Cristóbal se encontraba en la ruta comercial hacia Guatemala, Tuxtla abría la puerta que conducía a México. Para los antiguos depositarios del poder, ello sin embargo no bastaba y en septiembre de 1911, al tiempo que León de la Barra encabezaba un gobierno federal interino, se formaron grupos armados en ambas ciudades.

El pretexto fueron los resultados en las votaciones para integrar la legislatura local y para elegir al gobernador constitucional de la entidad; desde San Cristóbal se desconocieron los poderes estatales, dándose un plazo de veinticuatro horas para disolver el Congreso y para que el ejército quedara a disposición de los insurrectos.