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“El Mixcoac de mis recuerdos…”

Graziella Altamirano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

Las reminiscencias de la señora Guadalupe Martínez de Ritz sobre su infancia en el Mixcoac de los años veinte del siglo pasado, comprenden la entrevista que presentamos a continuación. Se refieren al pueblo de los apacibles callejones y nuevas calzadas; el de los establos y huertas de árboles frutales; el de los jardines e iglesias; el que ya era recorrido por los nuevos tranvías eléctricos y en el que se detenían los trenes que iban a los pueblos más alejados que rodeaban la ciudad. El Mixcoac del legendario barrio de San Juan con su placita llena de plantas, su Santuario de la Virgen de Guadalupe y la vieja y adusta casona decimonónica que fuera hogar del prócer liberal Valentín Gómez Farías, y que ahora alberga al Instituto Mora.

El relato está salpicado de anécdotas y vivencias, a veces con un asomo de nostalgia por los tiempos idos, y a la vez con ese entusiasmo vivaz y esa frescura de la memoria no inmediata, que a menudo permite viajar por los recuerdos de los primeros años y evocar nítidamente los lugares, las personas y los hechos que dejaron huella y que se observaron a través de los prismas de la niñez.

Así, doña Guadalupe Martínez nos transporta por el tiempo al barrio de San Juan y nos muestra el devenir cotidiano de una familia de clase media que vivía muy cerca de la plaza, enfrente de la casa de don Irineo Paz, el abuelo porfiriano de Octavio Paz y junto a la huerta donde fuera sepultado don Valentín Gómez Farías porque la iglesia impidió su inhumación en el camposanto.

Es un conjunto de recuerdos que nos permite visualizar un rincón de los alrededores de la ciudad; un espacio donde transcurre el devenir cotidiano del Mixcoac aún campirano y en el que se refleja la problemática política encarnada en la persecución religiosa que vivió la ciudad en los años posrrevolucionarios. Encuentran también un lugar los fantasmas, las leyendas del barrio y las festividades, así como las calles, las plazas y las escuelas, mucho de lo cual ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, a pesar de los cambios vertiginosos sufridos por la gran ciudad.

Ladrillera en Mixcoac

Ladrillera en Mixcoac

Nací el 4 de octubre de 1918 en la colonia San Rafael. Mi padre fue el abogado Juan Martínez y mi madre, Victoria Meana, dedicada al hogar, como en aquél entonces. Llegamos a Mixcoac porque mi papá tuvo un accidente, al poco tiempo murió, mi mamá quedó viuda y en Mixcoac vivían mi abuelita con sus otros hijos que eran solteros. Mis tíos y mi abuelita ya no quisieron que mi mamá regresara hasta la colonia San Rafael, que entonces estaba muy distante y le dijo: “no, tú ya no te vas”, porque yo tenía un año de nacida. Dijo: “¿qué vas a hacer con la niña?, entonces ya nos quedamos en Mixcoac.

Uno de mis tíos rentó una casa de ahí, enfrente a la casa de Octavio Paz, era el número 72 de la calle que se llamaba en esa época avenida Cuauhtémoc, ahora se llama Rubens, entonces, rentó esa casa muy grande que tenía huerta, un corral, una alberca, estaba muy bien esa casa. Ahí vivimos muy bien, se casó otra de mis tías, se casó uno de mis tíos, entonces ya quedamos nosotros ahí con mi abuelita. Vivimos hasta que tenía yo once años de edad. De ahí nos cambiamos a la calle de la Empresa, que es también paralela a Rubens. Casi vivíamos en la esquina de Augusto Rodin. Es el mismo rumbo, pero yo de lo que más me acuerdo es de cuando viví en Rubens porque, ¿cómo le diré?, entre más chica es una, como que recuerda con más claridad que cuando ya es una más grande.

Mi casa era… una casa muy grande, tenía siete ventanas. El zaguán y siete ventanas, entonces, adentro, teníamos un jardín. Primero… ya ve cómo eran los corredores para las puertas de las recámaras y de la sala y todo, era una sala enorme. El corredor y unas escalerillas y el jardín. Atrás del jardín estaba la huerta, una huerta enorme, teníamos hasta chirimoyas y casi todas las frutas conocidas, teníamos árboles frutales. Después, mi tío como hobbie puso su estadía, puso un establo, entonces empezaron a poner los macheros y acondicionar para el establo. Había en la zona varios establos. Había uno muy grande hacia adelante, para avenida Revolución.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Historia de una casa

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 14.

…que ahí espantaban. Decían que don
Valentín salía todas las noches en su carruaje,
por un rincón del lado derecho de la casa….

Siglo XIX

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Vivía en la Calle del Indio Triste en pleno corazón de la ciudad de México. De ahí salía a trabajar como diputado por Zacatecas, senador o vicepresidente de la república. Al igual que muchos otros mexicanos, buscaría tener una casa de campo en los alrededores de la ciudad. En Mixcoac, ese pueblo “risueño y florido de aire saludable”, que despertaba todas las mañanas con las campanas de sus iglesias, la de San Juan Evangelista y la de Santo Domingo, allí, Valentín Gómez Farías compró un inmueble del siglo XVIII con corral y caballeriza, pozos para el agua, chimeneas que paliaban el frío y una huerta de hermosos árboles frutales que daban duraznos y peras y compartían el terreno con los cedros y las magnolias. Era una “casa solariega para el verano” que había “adquirido por 2 750 pesos” y se encontraba en “malas condiciones”, pero le serviría de remanso frente a los problemas políticos, financieros y de salud que le acosaban. Fue la casa que lo esperaba en 1845 tras su exilio en Estados Unidos, entre Nueva Orleans y Filadelfia. A ella se trasladó con su esposa Isabel y sus cuatro hijos, Fermín, Ignacia, Benito y Casimiro. Él cumplía en la ciudad con sus compromisos políticos, mientras la familia pasaba sus días en el barrio de Maninaltongo frente a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, nombrada de San Juan, en el pueblo de Mixcoac. Allí Isabel se ocupaba de ordenar todo lo necesario para que la cotidianidad familiar fuera placentera.

En agosto de 1847 la vida del pueblo se alteraría pues las tropas estadounidenses sentaron allí sus reales. La casa fue saqueada… y quedaron como mudos testigos los muros altos y anchos de los salones, el comedor, la cocina, de la sala y las recámaras. Hubo que repararla…

Valentín Gómez Farías, el impulsor de las reformas liberales que por su carácter laico causaron tanta inquietud en la sociedad, fue enterrado en la huerta de la casa en 1858.

El Mixcoac pueblerino se fue abriendo a la modernidad que se iría instalando lentamente alrededor de la plaza que alguna vez tuvo un quiosco. Los maizales quedarían sin siembra. El tranvía pasaría enfrente de la plaza y las calles tomarían nombres nuevos. El alumbrado eléctrico llegaría poco a poco; las pulquerías perecerían ante el embate de las bebidas modernas como las cervezas. La ladrillera Noche Buena daría paso al parque Hundido, la tierra de las calles se convertiría en asfalto y los vecinos antes todos conocidos ya no lo serían porque las viejas y sencillas casas irían desapareciendo a lo largo del siglo XX, demolidas por el crecimiento urbano que hizo del antiguo pueblo una colonia al sur de la ciudad de México con nuevas casas y edificios. No obstante, la transformación del espacio, la casa permanecería como refugio veraniego para los descendientes de los Gómez Farías (los Uhink y los Vártizai) aunque con el paso de los años cambiaría su función…

Viñeta casa de Gómez Farías  folleto Instituto Mora ca 1983 (640x556)

Siglo XX

Esa casa, otrora de campo, sería, a partir de 1976, el sitio elegido para establecer la fundación Bibliotecas Mexicanas, A.C. El gobierno mexicano la adquirió con el propósito inicial de depositar en ella el acervo bibliográfico de la biblioteca José Ignacio Conde. Más tarde, en 1981, por decreto presidencial de José López Portillo, se asentaría en ese espacio el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, nombre de otro connotado liberal. Su misión: “desarrollar investigaciones científicas en el campo de la historia y de otras ciencias sociales”. Los profesores-investigadores y especialistas tendrían, a partir del fondo José Ignacio Conde, una biblioteca dedicada a las ciencias sociales. De esta manera, la vieja casona de la plaza de San Juan albergó al nuevo instituto. En ella se instalarían algunos espacios para los investigadores; el antiguo salón, con los años, se convertiría en una moderna librería. La amplia huerta conservaría algunos de sus frondosos árboles y se transformaría en un bello jardín que daría un toque especial a la institución… Al fondo, en lo que era la huerta, se construyó un proyecto arquitectónico y académico que revelaba el interés por engrandecer a la institución.