Archivo de la etiqueta: Porfirio Díaz

Elecciones en el México del siglo XIX. El fin de una leyenda negra

Fausta Gantús, Alicia Salmerón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

¿Las elecciones en el México del siglo XIX carecían de significado y estuvieron siempre marcadas por manipulación y vicios? No ciertamente. Se llevaban a cabo con regularidad, aun en momentos de guerra, y tenían un papel fundamental en la vida política del país.

La Actualidad, 13 de diciembre de 1885, p. 69

Sentado en el sillón presidencial y estratégicamente parapetado tras un sólido muro, que a la vez que lo esconde, lo protege, Porfirio Díaz sostiene y hala la cuerda que mueve al títere que representa al ciudadano votante que deposita su boleta en la urna. La urna se encuentra sobre la mesa electoral atendida por un par de contentos individuos, cuyo aspecto remite a los sectores medios urbanos y rurales. El voto que emite el ciudadano-títere es la supuesta expresión de la “voluntad nacional”. Y la “voluntad nacional” no es otra que la presidencial. Así, la voluntad del pueblo y la del primer magistrado aparecen como una misma, pero lo son no por una real coincidencia de intereses, sino porque el segundo ha sustraído al primero la facultad de elegir libremente, según lo representaban el 13 de diciembre de 1885 en una caricatura publicada en La Actualidad.

El hijo del Ahuzote 1891 01 11 (574x640)

Esa imagen, como muchas otras producidas especialmente en la segunda mitad de la centuria decimonónica (época en que los periódicos proliferaron), exhibe una opinión bastante generalizada entonces sobre las elecciones: nunca limpias, nunca equitativas, nunca disputadas, nunca concurridas. Los resultados electorales se denunciaban de forma reiterada como consecuencia de procesos marcados por las irregularidades y los vicios. De esta suerte, parecía que los comicios eran todos fraudulentos, manipulados; y especialmente controlados por el presidente de la República. En efecto, en la práctica cada mandatario en su momento, aun Benito Juárez (1858-1872), fue acusado de intervenir en los procesos electorales para definir los resultados en el sentido de sus intereses. Ahora bien, sin afirmar que las elecciones fueran del todo limpias y menos aún que fueran democráticas, lo cierto es que en los casos en que había intervención de la autoridad presidencial en los comicios, la forma en que tenía lugar no era la que la caricatura pintaba.

El hijo del Ahuzote 1901 12 19 2 (640x462)

Las elecciones decimonónicas eran objeto, con gran frecuencia, de manipulación y la falta de libertad de expresión era también un hecho bastante común (en coincidencia con la denuncia de la sátira visual) sin embargo, es necesario destacar, como contraparte, que la forma en que se representaban los comicios en caricaturas como esta era totalmente inexacta, malintencionada. Pero se representaba así de manera consciente, porque esa imagen, confusa y tergiversada sobre la manera en que se llevaba a cabo el sufragio, y quiénes y cómo participaban en él, ayudaba a crear en el lector la idea de lo “fácil” que, supuestamente, resultaba a las autoridades ejercer influencias sobre el proceso electoral. Lo cierto es que, a lo largo del siglo XIX, la organización de los sufragios no estuvo, en ningún momento, bajo el control del poder ejecutivo nacional; por el contrario, el presidente de la República era, en términos legales, ajeno a ella. Cualquiera que fuera el nivel de la elección (local, estatal o nacional) los comicios eran organizados por los ayuntamientos, en su primera fase (elecciones primarias), y las jefaturas políticas y gobiernos de los estados en la segunda (elecciones secundarias). La facultad de calificar las elecciones, es decir, la de determinar su validez o no, recaía en diferentes instancias según el nivel de la elección: el ayuntamiento mismo, las cámaras legislativas estatales o el Congreso nacional. Nunca en el ejecutivo nacional.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Manicomio La Castañeda, recluir para curar

Cristina Sacristán
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Las buenas intenciones de concentrar en un lugar a los enfermos mentales de la ciudad de México en 1910, se fueron disipando progresivamente hasta que casi seis décadas después fue cerrado. El manicomio como modelo terapéutico basado en el encierro es el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer en salud mental.

Fachada del manicomio adornada en su inauguraciA?n (640x441)

Cuando en 1881 el gobierno de México proyectó por primera vez construir un manicomio moderno para la capital de la república, convocó a una comisión de tres médicos para que respondieran por escrito a la siguiente pregunta: ¿convendría establecer un manicomio en el que estuviesen reunidos los dos hospitales de hombres y mujeres dementes que hay en la actualidad y en qué lugar quedaría convenientemente situado? Aunque quizá nosotros pensemos hoy que las dudas sobre la ubicación del manicomio y la conveniencia de reunir en un solo establecimiento a hombres y mujeres o mantenerlos separados no eran competencia de la medicina, lo cierto es que ambas preguntas estaban claramente vinculadas con la terapéutica en boga en Europa para lograr la curación de los enajenados, pero sobre todo la cuestión referida al entorno y a las características físicas de un manicomio.

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Pacientes realizando trabajos manuales en La Castañeda, ca. 1945. Reproducción autorizada por el INAH.

La ciudad de México contaba en ese momento con dos hospitales, el de San Hipólito para hombres, situado en la calle del mismo nombre, a unos pasos de la Alameda, y el Hospital del Divino Salvador para mujeres, en la calle de La Canoa, casi frente a la Cámara de Diputados, en pleno centro de la ciudad. Ambos habían sido fundados por españoles durante el periodo en que México, entonces Nueva España, formaba parte de la monarquía española, de ahí que fueran un símbolo de un pasado que, se pensaba, debía ser superado. Dentro y fuera de sus muros, las distintas formas de locura habían sido tratadas de las maneras más diversas porque sus causas también lo eran. La misma Iglesia católica aconsejaba peregrinar a santuarios para obtener curaciones milagrosas, hacer uso de los exorcismos para alejar al demonio o simplemente rezar, lo que sin duda estaba considerado como una muestra de cordura. La medicina tradicional de curanderos y hechiceros recurría a pócimas con base en hierbas medicinales, sortilegios y prácticas supersticiosas, mientras los médicos y boticarios recetaban estrictas dietas, duchas de agua fría en la cabeza o aplicaban terribles sangrías hasta dejar al enfermo prácticamente exhausto.

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Pacientes en actividades al aire libre, ca. 1945. ReproducciA?n autorizada por el INAH.

A lo largo del siglo XIX los edificios que albergaban estos hospitales resultaron insuficientes, pues a medida que fue aumentando la población de la ciudad de México empezaron a saturarse. No faltaron entonces las denuncias en la prensa sobre el abandono, la pobreza y los malos tratos que recibían los enfermos. Además de estas críticas, la comisión nombrada en 1881 consideró que ambos hospitales constituían un peligro para la ciudad porque, debido a la aglomeración existente en ellos, cualquier epidemia o enfermedad contagiosa que se produjera, podría traspasar los muros y difundirse muy rápido. En contrapartida, el ajetreo citadino propio del centro tampoco brindaba a los enfermos el reposo, la tranquilidad y el silencio que necesitaban, de manera que el nuevo manicomio debía estar alejado del bullicio de la ciudad, pero comunicado con ella.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

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