Archivo de la etiqueta: Porfirio Díaz

Elecciones en el México del siglo XIX. El fin de una leyenda negra

Fausta Gantús y Alicia Salmerón
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

¿Las elecciones en el México del siglo XIX carecían de significado y estuvieron siempre marcadas por manipulación y vicios? No ciertamente. Se llevaban a cabo con regularidad, aun en momentos de guerra, y tenían un papel fundamental en la vida política del país.

La Actualidad, 13 de diciembre de 1885, p. 69

Sentado en el sillón presidencial y estratégicamente parapetado tras un sólido muro, que a la vez que lo esconde, lo protege, Porfirio Díaz sostiene y hala la cuerda que mueve al títere que representa al ciudadano votante que deposita su boleta en la urna. La urna se encuentra sobre la mesa electoral atendida por un par de contentos individuos, cuyo aspecto remite a los sectores medios urbanos y rurales. El voto que emite el ciudadano-títere es la supuesta expresión de la “voluntad nacional”. Y la “voluntad nacional” no es otra que la presidencial. Así, la voluntad del pueblo y la del primer magistrado aparecen como una misma, pero lo son no por una real coincidencia de intereses, sino porque el segundo ha sustraído al primero la facultad de elegir libremente, según lo representaban el 13 de diciembre de 1885 en una caricatura publicada en La Actualidad.

El hijo del Ahuzote 1891 01 11 (574x640)

Esa imagen, como muchas otras producidas especialmente en la segunda mitad de la centuria decimonónica (época en que los periódicos proliferaron), exhibe una opinión bastante generalizada entonces sobre las elecciones: nunca limpias, nunca equitativas, nunca disputadas, nunca concurridas. Los resultados electorales se denunciaban de forma reiterada como consecuencia de procesos marcados por las irregularidades y los vicios. De esta suerte, parecía que los comicios eran todos fraudulentos, manipulados; y especialmente controlados por el presidente de la República. En efecto, en la práctica cada mandatario en su momento, aun Benito Juárez (1858-1872), fue acusado de intervenir en los procesos electorales para definir los resultados en el sentido de sus intereses. Ahora bien, sin afirmar que las elecciones fueran del todo limpias y menos aún que fueran democráticas, lo cierto es que en los casos en que había intervención de la autoridad presidencial en los comicios, la forma en que tenía lugar no era la que la caricatura pintaba.

El hijo del Ahuzote 1901 12 19 2 (640x462)

Las elecciones decimonónicas eran objeto, con gran frecuencia, de manipulación y la falta de libertad de expresión era también un hecho bastante común (en coincidencia con la denuncia de la sátira visual) sin embargo, es necesario destacar, como contraparte, que la forma en que se representaban los comicios en caricaturas como esta era totalmente inexacta, malintencionada. Pero se representaba así de manera consciente, porque esa imagen, confusa y tergiversada sobre la manera en que se llevaba a cabo el sufragio, y quiénes y cómo participaban en él, ayudaba a crear en el lector la idea de lo “fácil” que, supuestamente, resultaba a las autoridades ejercer influencias sobre el proceso electoral. Lo cierto es que, a lo largo del siglo XIX, la organización de los sufragios no estuvo, en ningún momento, bajo el control del poder ejecutivo nacional; por el contrario, el presidente de la República era, en términos legales, ajeno a ella. Cualquiera que fuera el nivel de la elección (local, estatal o nacional) los comicios eran organizados por los ayuntamientos, en su primera fase (elecciones primarias), y las jefaturas políticas y gobiernos de los estados en la segunda (elecciones secundarias). La facultad de calificar las elecciones, es decir, la de determinar su validez o no, recaía en diferentes instancias según el nivel de la elección: el ayuntamiento mismo, las cámaras legislativas estatales o el Congreso nacional. Nunca en el ejecutivo nacional.

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Manicomio La Castañeda, recluir para curar

Cristina Sacristán
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.

Las buenas intenciones de concentrar en un lugar a los enfermos mentales de la ciudad de México en 1910, se fueron disipando progresivamente hasta que casi seis décadas después fue cerrado. El manicomio como modelo terapéutico basado en el encierro es el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer en salud mental.

Fachada del manicomio adornada en su inauguraciA?n (640x441)

Cuando en 1881 el gobierno de México proyectó por primera vez construir un manicomio moderno para la capital de la república, convocó a una comisión de tres médicos para que respondieran por escrito a la siguiente pregunta: ¿convendría establecer un manicomio en el que estuviesen reunidos los dos hospitales de hombres y mujeres dementes que hay en la actualidad y en qué lugar quedaría convenientemente situado? Aunque quizá nosotros pensemos hoy que las dudas sobre la ubicación del manicomio y la conveniencia de reunir en un solo establecimiento a hombres y mujeres o mantenerlos separados no eran competencia de la medicina, lo cierto es que ambas preguntas estaban claramente vinculadas con la terapéutica en boga en Europa para lograr la curación de los enajenados, pero sobre todo la cuestión referida al entorno y a las características físicas de un manicomio.

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Pacientes realizando trabajos manuales en La Castañeda, ca. 1945. Reproducción autorizada por el INAH.

La ciudad de México contaba en ese momento con dos hospitales, el de San Hipólito para hombres, situado en la calle del mismo nombre, a unos pasos de la Alameda, y el Hospital del Divino Salvador para mujeres, en la calle de La Canoa, casi frente a la Cámara de Diputados, en pleno centro de la ciudad. Ambos habían sido fundados por españoles durante el periodo en que México, entonces Nueva España, formaba parte de la monarquía española, de ahí que fueran un símbolo de un pasado que, se pensaba, debía ser superado. Dentro y fuera de sus muros, las distintas formas de locura habían sido tratadas de las maneras más diversas porque sus causas también lo eran. La misma Iglesia católica aconsejaba peregrinar a santuarios para obtener curaciones milagrosas, hacer uso de los exorcismos para alejar al demonio o simplemente rezar, lo que sin duda estaba considerado como una muestra de cordura. La medicina tradicional de curanderos y hechiceros recurría a pócimas con base en hierbas medicinales, sortilegios y prácticas supersticiosas, mientras los médicos y boticarios recetaban estrictas dietas, duchas de agua fría en la cabeza o aplicaban terribles sangrías hasta dejar al enfermo prácticamente exhausto.

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Pacientes en actividades al aire libre, ca. 1945. ReproducciA?n autorizada por el INAH.

A lo largo del siglo XIX los edificios que albergaban estos hospitales resultaron insuficientes, pues a medida que fue aumentando la población de la ciudad de México empezaron a saturarse. No faltaron entonces las denuncias en la prensa sobre el abandono, la pobreza y los malos tratos que recibían los enfermos. Además de estas críticas, la comisión nombrada en 1881 consideró que ambos hospitales constituían un peligro para la ciudad porque, debido a la aglomeración existente en ellos, cualquier epidemia o enfermedad contagiosa que se produjera, podría traspasar los muros y difundirse muy rápido. En contrapartida, el ajetreo citadino propio del centro tampoco brindaba a los enfermos el reposo, la tranquilidad y el silencio que necesitaban, de manera que el nuevo manicomio debía estar alejado del bullicio de la ciudad, pero comunicado con ella.

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Los secretos de un elevador

Graziella Altamirano Cozzi.
Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

Una serie de postales con imágenes de la Decena Trágica y comentarios sobre aquellos momentos de incertidumbre, así como fotos de viajes por Europa a principios del siglo XX, fueron encontradas por casualidad entre las comisuras del elevador de un hotel del centro capitalino. Entre ellas había retratos desconocidos junto a Porfirio Díaz.

 

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Hace algunos años, cuando se llevaba a cabo la remodelación de un viejo hotel del centro histórico de la ciudad de México, al desmon­tar el antiguo elevador que sería cambiado por uno nuevo, quedó al descubierto un pequeño sobre que se encontraba atorado en un reco­veco de la maquinaria. Uno de los trabajado­res lo entregó al contratista encargado de la colocación, quien al conocer su contenido y, sabiendo mi gusto por la historia, amable­mente me lo obsequió.

Se trataba de un sobre antiguo con el mem­brete de Portefeuille Kodak de la Central Photo R. Guiot de París, que guardaba 78 fotografías de 10 × 15, algunas de las cuales, sin duda, copiadas y reveladas en ese esta­blecimiento francés que, a su vez, anunciaba las más novedosas cámaras de mano Kodak. Descubrí que las imágenes se referían a algu­nos pasajes de nuestra historia y a fragmentos de una memoria familiar cuyos recuerdos se quedaron atrapados en un elevador durante más de 50 años. Eran 48 tarjetas postales sobre la Decena Trágica –ocurrida en la ciudad de México en febrero de 1913– y 30 fotografías con escenas familiares, tomadas poco después en distintas partes de Europa.

Las postales de la Decena Trágica son las mismas que, en su mayoría, han sido difundi­das profusamente en distintas publicaciones sobre la revolución mexicana y ya forman parte de nuestra historia gráfica. Son muy conocidas las escenas del golpe militar contra el presiden­te Francisco I. Madero y los diez días que le siguieron hasta su derrocamiento y asesinato, en los que la ciudad de México vivió jornadas de terror y sus calles se transformaron en un campo de batalla ante el asombro y el temor de sus habitantes.

Durante estos acontecimientos, un buen número de fotógrafos, tanto profesionales como aficionados se lanzaron a las calles de la ciudad con el fin de captar los distintos escenarios para obtener testimonios gráficos y darlos a conocer. Se han podido detectar alrededor de 15 fotógrafos nacionales y extranjeros que dejaron constancia de la Decena Trágica en numerosas imágenes que muestran el ataque a Palacio Nacional, los muertos en el Zócalo, los rebeldes en la Ciudadela, las trincheras y pues­tos de combate, los cadáveres incinerados, las casas destrozadas en distintas calles, etcétera.. Algunas de estas fotografías contenían un pe­queño rótulo colocado por el propio autor que describía la escena correspondiente y, en otros casos, llevaban impreso su nombre o su firma.

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Fue tal el impacto de aquellos sucesos que no sólo proliferaron los fotógrafos profesio­nales y los aficionados que reconocieron la importancia de rescatar las diferentes esce­nas como un documento testimonial, sino que no faltaron quienes, como suele suceder, se aprovecharon del asunto para copiarlas y distribuirlas, convirtiéndolas en objeto de ven­ta y colección. Esto se facilitó porque en ese tiempo la reproducción de imágenes en tar­jetas postales se puso de moda a través de la aparición de un novedoso equipo que podía manipularse sin necesidad de experiencia y se anunciaba como una máquina maravillosa que sacaba fotografías originales en tarjetas tamaño postal, en tan sólo un minuto.

Las postales de la Decena Trágica se mul­tiplicaron y se vendieron con nombres dis­tintos o sin las firmas de los fotógrafos que las tomaron y, muy pronto, los sucesos de la ciudad de México fueron conocidos incluso en otras partes del mundo, al ser enviadas las fotos por correo con las descripciones y co­mentarios particulares del remitente, según su propia opinión.

Este fue el destino y la función de algu­nas de las postales del sobre encontrado en el elevador del viejo hotel, las cuales, según des­cubrí, pertenecieron a una familia de la elite porfiriana exiliada en Europa, cuyos integran­tes se enteraron, a través de estas imágenes que llegaron por correo, de lo que pasaba en la ciudad de México; pudieron constatar los daños sufridos en varios edificios, ver a los soldados atrincherados en las calles y a los rebeldes apoderados de la Ciudadela. Algu­nas de estas postales llegaron tan sólo con un saludo, otras identificaron las casas dañadas de amigos comunes y otras más llevaban textos alusivos a los acontecimientos, varias con un tono irónico y burlón: Querido Pepe: Este es uno de los sports que ha estado muy de moda en esta ciudad y que se practica en casi todas las calles. Es bonito ¿verdad? Tu amigo Ma­nuel. Pepe: Ya verás cómo no es necesario ir a París para divertirse que aquí también lo sabemos hacer. Saludos. Pepe: Gracias a estos ciudadanos así como a haberme encomenda­do al Buda que me mandaste de St. Moritz, aún vivo. Manuel.

Las 30 fotografías que no son postales pertenecen a distintos momentos, según muestra el cambio de la moda que se obser­va en los personajes retratados. Una primera serie contiene fotos de varios integrantes de esta familia que vivió y viajó por varias par­tes de Europa, y cuyos miembros aparecen en diferentes escenarios: en el jardín de una gran residencia, en elegantes automóviles y hasta en un trineo en la nieve. Otra se­rie menos numerosa, que es la que aquí nos interesa –y se diferencia de la anterior porque fue revelada con un marco blanco–, contie­ne fotografías con el ex presidente Porfirio Díaz en el exilio.

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La batalla del 5 de mayo

Carlos Tello Díaz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Presentamos un extracto del libro Porfirio Díaz, su vida y su tiempo, de Carlos Tello Díaz, que la editorial Debate publicará próximamente.

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Ai?? Patricio Ramos, Batalla de Puebla, 1862, A?leo sobre tela. Colección Museo de Historia Mexicana.

El 3 de mayo en la noche, día de nuestro arribo a Puebla, el general en jefe don Ignacio Zaragoza detuvo en su alojamiento a los generales que sucesivamente llegábamos a darle parte de las novedades del día y de la marcha, escribió Porfirio. Cuando nos habíamos reunido los generales don Ignacio Mejía, don Miguel Negrete, don Antonio Álvarez, don Francisco Lamadrid, don Felipe B. Berriozábal y yo, nos manifestó el general Zaragoza que la resistencia presentada hasta entonces era insignificante para una nación como México. Zaragoza tenía su cuartel en la iglesia de los Remedios, al este de la ciudad, por la salida del camino a Amozoc –una iglesia fortificada como todas, en la que apenas era posible entrever el esplendor del barroco del siglo XVIII. Durante la plática que tuvo con sus oficiales, vestidos todos de casaca y pantalón de paño azul obscuro, con botones y galones de oro en los hombros y los puños, el general en jefe agregó que una nación de más de 8 000 000 de habitantes no podía permitir que el invasor llegara sin oposición hasta la capital, que por eso debían combatir hasta el final, hasta el sacrificio, si no para vencer, cosa difícil, al menos para causar en el enemigo el daño suficiente para obligarlo a permanecer en Puebla, con el fin de dar a la nación el tiempo necesario para preparar la defensa del resto de la República. Todos los jefes ahí presentes respondieron animados de los mismos sentimientos.

Los templos y los conventos de Puebla, unidos por una serie de trincheras, servían de puntos de apoyo para la defensa de la plaza, que además estaba protegida, fuera de ese perímetro, por los fuertes de Loreto y Guadalupe, situados al noreste de la ciudad, sobre la cresta del cerro de San Cristóbal. Zaragoza empleó la noche del 3 de mayo en mejorar las fortificaciones del interior, en hacer trabajos de zapa alrededor de los fuertes, para lo cual mandó expropiar los instrumentos de labranza de las haciendas en las inmediaciones de Puebla. Después artilló los fuertes del cerro con lo que tenía, que no era lo mejor. Sus cañones pare- cían antiguos: había que cargarlos por la boca, con balas en forma de esfera, potentes, pero muy poco certeras. La desproporción entre las fuerzas enfrentadas en esos momentos era gigantesca. Los fusiles de los franceses tenían, en promedio, un alcance de 800 metros; los de los mexicanos, en general, un alcance de 300 metros. Existe la leyenda de que muchas de las armas utilizadas por Zaragoza databan de los tiempos de la batalla de Waterloo. Es posible, pues entre ellas estaba el mosquete llamado Brown Bess, inglés, común a fines del siglo XVIII, usado en la campaña contra Napoleón, después en India y en África, vendido por los ingleses a México durante la invasión de Estados Unidos, por lo que circulaba todavía al estallar la guerra de Intervención. Aquel mosquete no era de chispa sino de pedernal, con la cabeza del martillo hecha de sílex. Pesaba cerca de cinco kilogramos, sin la bayoneta.

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Porfiriato a la carta

Donají Morales Pérez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

Disfrutar de una buena mesa fue una de las maneras en que se establecían vínculos y se decidía en política. El despliegue culinario que se dio a lo largo del gobierno de Porfirio Díaz nos ofrece un claro ejemplo de la intencionalidad política de estos encuentros.

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Banquete por la inauguración del camino a Iguala, Chilpancingo, mayo de 1909, Archivo Casasola, inv. 34444. SINAFO, CONACULTA-INAH-MÉX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Los banquetes, más que una ocasión, son el pretexto, un momento breve para festejar, conmemorar, halagar y sin duda para discutir y conspirar. Un espacio muchas veces vinculado a la política en el que se busca complacer para velar pretensiones y donde la buena comida termina por ser parte de lo que se ofrece. Conocidos o muy escuchados son aquellos que tuvieron lugar en la época de don Porfirio Díaz, al igual que la manera en que este último fue olvidando sus principios de sobriedad y de no reelección. En este sentido, el propósito de este artículo es mostrar cómo la prensa, con un lenguaje culinario-gastronómico, revela, desde el comienzo de la dictadura, que los banquetes fueron un elemento inherente a la política, y cómo han influido en la forma en que hoy es posible construir una imagen del periodo.

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Plato de la vajilla de Porfrio Díaz, fotografía de Guadalupe Villenave.
Colección particular de la familia Villenave

Así, para dar la noticia de un banquete que fue ofrecido en su nombre en la Casa de Moneda, apenas unos días después de haberse convertido en presidente de México, el semanario La Linterna (21 de mayo de 1877) anotó: “Ir a los banquetes es malo, porque el recargo de alimentos entorpece la digestión; esto exclamaba el general Porfirio cuando corría con la velocidad del rayo en Icamole. Los Presidentes de México –continuaba– deben morirse de hambre, comer es tiranizar al pueblo, la gastronomía es el escollo de las libertades”. Porfirio triunfó porque los tuxtepecanos debían encontrar en México las comidas, y olvidó desde luego sus rigurosos principios de sobriedad. Procuró recompensar sus trabajos en la Sierra y se entregó a gozar de las convivialidades y de los paseos. Los tuxtepecanos tenían un argumento sumamente original: Lerdo era refinado en sus manjares, luego era un tirano. Ahora el general Díaz, aunque con menos gusto y menos elegancia que el Sr. Lerdo, ve con entusiasmo los placeres de la mesa, y a ningún general se le ocurre calificarlo de déspota. Cuestión de situaciones. A un niño no se le puede hacer comprender que se pueden levantar con la mano algunas arrobas, y un tuxtepecano, flaco y débil en 1876 no concebía del triunfo que un hombre pudiera comer todos los días.

A la luz del tiempo, esta crítica que hizo La Linterna se transformó en presagio. Justo en la misma publicación en la que Francisco Bulnes había escrito poco antes un artículo con el título “¿A dónde iremos?” (23 de abril de 1877), se señalaba:

El partido tuxtepecano se ha desgarrado en tres fracciones para dar una prueba más de su constante tendencia a la unión del partido liberal. Devorado el primer servicio, los netos ven llegar al festín gente con pretensiones de convidados, y cubren precipitadamente los manjares escapados a las aventuras de la digestión. Los menos netos comienzan a espantarse infiltrados por la amargura de las decepciones. El nombre de los que se quieren llamar es terriblemente significativo: ¡senadores! He aquí una palabra que debe producir los efectos de una solitaria, en estómagos que habían encontrado un especial consuelo en las partidas del presupuesto de egresos.

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Los últimos años de una primera dama

Maddelyne Uribe Delabra
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

El regreso a México de Carmen Romero Rubio no pasó desapercibido ni en silencio. La viuda de Porfirio Díaz fue recibida con entusiasmo por viejos porfiristas, muchos curiosos y una prensa halagadora a pesar de más de dos décadas de exilio. Sin otro interés más que pasar en paz la vejez, vivió con cierta modestia durante más de nueve años en una casa de la colonia Roma, sosteniendo una vida social austera.

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Sonaban las campanas del mediodía del 1 de noviembre de 1934, cuando el trasatlántico francés Mexique atracó en el puerto de Veracruz. Congregada en el muelle, la más distinguida sociedad porteña acudía con ramos de flores y presto entusiasmo para dar la bienvenida a doña Carmen Romero Rubio, viuda de Díaz, tras casi 20 años de exilio en Francia. Envejecida y muy delgada (…) pero tan dulce, tan señora y tan discreta como siempre, la otrora primera dama volvía –según declaraciones hechas a El Informador– alejada de todo, con sólo el deseo de pasar los últimos días de su vida en México. Vivamente emocionada por tan efusiva e inesperada recepción, al ser entrevistada para el periódico Excélsior comentó: Yo, de México, no me he separado nunca. Me encuentro encantada, me siento feliz de hallarme en mi querido México. He experimentado intensas emociones en todos sentidos; pero vuelvo a decir que me encuentro dichosa, tanto más cuanto que he vuelto a ver personas para mí muy queridas, así de mi familia como de mi amistad. […] en un día que coincide con la fecha de uno de los momentos más dichosos de mi vida, […] en que me casé por lo civil con mi amado e inolvidable esposo..

arribo de Carmen Romero Rubio a Veracruz 1934 (2)

Carmen Romero Rubio regresa de su exilio, Veracruz, 1934.

Evocada por sus contemporáneos como una mujer de esmerada educación, gran sensibilidad y un carácter afable, Carmelita, hija del ex ministro lerdista Manuel Romero Rubio, había contraído nupcias con el general Porfirio Díaz el 7 de noviembre de 1881, en una ceremonia oficiada por el entonces arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos.

Durante sus años como primera dama de México, asumió un papel activo en la esfera pública a través del ejercicio de la beneficencia, principalmente tras la fundación de la Casa Amiga de la Obrera en el invierno de 1887, misma que le redituó una creciente simpatía y popularidad en amplios sectores de la sociedad. Sin duda, la vida pareció depararle entonces pocos sinsabores; hubo tiempo para pasar las vacaciones de Semana Santa en la finca El Manglar de Villa Chapala, propiedad de su cuñado Lorenzo “El Chato” Elízaga, visitar cada viernes su huerto de perales en Molino de Rosas y organizar tardes de té en alguna de sus casas estilo art nouveau de la colonia Juárez, especulación segura y atractiva donde nunca faltaban el agua potable, los bellos jardines y el alumbrado público. En general, Carmelita llevaba una vida exenta de temores por el porvenir, plena de confianza en que la paz en México, alcanzada a fuerza de sacrificios y abnegaciones, no sería nunca más perturbada. Con esa tranquilidad debió de celebrar sus bodas de plata en el otoño de 1906, ofreciendo un convite familiar en la Hacienda de Paté, propiedad de Porfirio Díaz Ortega, hijo, ubicada en Popo-Park, exclusiva zona a las afueras del Valle de México, donde el paisaje campirano parecía evocar el magnífico pincel de José María Velasco.

La revolución encabezada por el coahuilense Francisco I. Madero en las postrimerías de 1910 trastocó para siempre la vida de la pareja presidencial, obligándola en 1911 a partir hacia el exilio, aunque con la esperanza de que, al calmarse las pasiones y (…) juzgarse con absoluta frialdad a los hombres y las cosas de México, la verdad acabar(ía) por abrirse paso. Un optimismo inicial que lentamente se desvaneció, al igual que la salud del estoico general Díaz. Es la fatiga ¡de tantos años de trabajo!, solía asegurar él. Sin embargo, a media mañana del 2 de julio [de 1915] la palabra se le fue acabando y el pensamiento haciéndosele más y más incoherente. Parecía decir algo de la Noria, de Oaxaca, cuenta uno de sus biógrafos, Enrique Krauze. Así, mientras en México se desarrollaba la feroz lucha faccionaria entre Venustiano Carranza y Francisco Villa, a las  18:30 hrs, en el apartamento ubicado en el número 28 de la avenida Bois de Boulogne, en París, fallecía el ex presidente de México.

Para doña Carmen, ésta constituyó una dura prueba. dura prueba. Cuando le cerré los ojos y lo besé por última vez, creí morir también. Realmente el corazón sucumbiría al dolor sino sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan solo pasajera ausencia. A partir de ese momento mantuvo el luto de por vida, guardando, cual austera sacerdotisa de un recuerdo, el recuerdo luminoso de Porfirio Díaz, según la describió el abogado y periodista Nemesio García Naranjo..

[67.3] Carmen Romero Rubio y familiares a su llegada a MAi??xico (2)

Comitiva con Carmen Romero Rubio durante su llegada a la ciudad de México, 5 de noviembre de 1934.

La vida tenía que continuar. Habiendo vendido o arrendado gran parte de las propiedades que su padre heredara a ella y a sus hermanas, la ahora viuda de Díaz debió ajustarse a un modo de vida cómodo, pero bastante modesto, pues sus ingresos mensuales apenas oscilaban entre los 3 000 y los 5 000 francos. Su único deseo era vivir en paz. A tales efectos, decidió alquilar, junto con su hermana María Luisa, un departamento en la avenida Víctor Hugo, donde con frecuencia recibía la visita de sus hijos, nietos y otras amistades. Carlos Tello Díaz, otro de sus biógrafos cuenta que:

Estaba consciente de vivir, como todos los exiliados, bajo la sombra de don Porfirio. Su departamento, poblado por los objetos que le pertenecieron, era, por así decir, un centro de peregrinación al que concurrían con asiduidad las filas del antiguo régimen. Uno de los objetos que guardaba con más devoción era la bandera del 1er. Batallón de Línea, que el general Díaz arrebató con sus hombres a las tropas del enemigo durante la batalla del 2 de abril en la ciudad de Puebla

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Sólo ustedes lo saben

Silvia L. Cuessy

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

 

Malhaya la tarde en que lo conociste, Nacho. Me di cuenta de inmediato. Ese instante cambió tu suerte. ¿Te acuerdas? Pues claro que te acuerdas. Incluso el todopoderoso de la nación te lo dijo: ese hombre sólo te traerá dolores de cabeza, conozco su estirpe. Pero ya era tarde para enterarte de lo que no querías saber. Cuando te topaste con él, tu línea del destino quedó trazada. No pensaste en otra cosa sino averiguar quién era, y pronto tu gente te lo dijo. Te aturdiste con su galanura y su porte bragado. Un apremio se te metió en la piel, y las ganas de conocerlo te desbordaban los poros. La idea de que fuera rebelde e indomable te avivó una extraña mirada sólo entendida por los que sabían tus secretos. TA? que entonces manipulabas la Cámara a tu antojo; tú que poseías innumerables tierras y eras dueño del destino de tantas personas, tenías que acercártele. Los caballos sirvieron de pretexto. Tú tenías los más finos del país; él era el mejor arrendador de la región.

Amada DAi??az de la Torre, JosAi?? Francisco Godoy. Porfirio DAi??az, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman's Sons, 1910

Amada Díaz de la Torre, José Francisco Godoy. Porfirio Díaz, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman’s Sons, 1910

Hoy sí piensas en Amada, ¿verdad? Estás agonizando en esa cama del Hospital Stern, Nacho, y ahora sí la llamas. Maldito. Ojalá también te acuerdes de lo mucho que la hiciste sufrir. Año tras año la dejaste sola en Navidades y aniversarios, además de los otros 355 días del año, si descontamos los ocho en que quizá la llevaste al teatro o a algún baile porque así te convenía hacerlo. Desdichada. Deambulaba por cualquiera de las casas, ya fueran las de la capital o en alguna de las haciendas. Sola en su hogar, sola en los ajenos. Sus lamentos, zumbidos molestos a tus oídos “Nacho, ya no quiero que me miren con lástima cada vez que llego sin ti a una fiesta. Nacho no soporto los cuchicheos detrás de las copas de cognac o los abanicos” Sola, porque ni un hijo le quisiste dar; ni para cubrir las apariencias o acallar las malas lenguas. Rehuías las miradas de tu esposa suplicando caricias, y el contacto de sus manos sobre las tuyas te revolvía las entrañas. Por las noches escuchaste sus pasos detenerse a la puerta de tu habitación y no abriste ni siquiera para un buenas noches. ¿Qué te costaba sacrificarte un poquito con tal de cumplirle el deseo de la maternidad? Te vas a morir pronto, Nacho, y esa mujer merecía por lo menos el consuelo de un heredero. Ella te dio fidelidad y devoción, y tú le devolviste penas y vergüenza. Ya no tendrá otra opción que cuidar sobrinos y morirse de vieja con los brazos vacíos.

Ni el azúcar producido en todas tus haciendas lograba endulzarte el carácter, bromeaba tu suegro con el resto de la familia. Fuiste siempre tan arrogante. Las fotos no mienten, en ellas pareces estatua de conquistador moderno. Un sportman de revista: mano a la cintura, bigote retorcido a manera de káiser mexicano, chaqueta de tweed, pantalón golf y boina de lana: pura moda inglesa, no hay duda. ¡Ah! Qué diferencia ¿verdad? Y ahora, mírate ahí tan vulnerable con el trasero purulento reventado por las almorranas; alrededor, enfermos que al igual que tú tienen los minutos contados; sin embargo ninguno del mismo mal, ninguno se retuerce tanto en la cama para calmar sus dolores, y ninguno tan arrepentido de sus pecados mientras suplica y llora. Espérate tantito, desgraciado, Amada no tarda, viene en camino desde México. Llevaba meses buscándote; en la capital, en Morelos, bajo las piedras. Seguro dio gracias a Dios y a los santos del cielo cuando le llegó la nota furtiva en la que le avisabas, desde Veracruz, que ya ibas rumbo a Nueva York. Ni ella misma supo cómo había sido la huida. No importa si fue mediante su ayuda o la de otros, no interesa si fue un milagro divino. Vendió las alhajas que le diste en lugar de amor después de que los rebeldes le quitaron a tu familia cuanta pertenencia tenía; esas joyas eran su esperanza de no depender de los parientes y de la supuesta herencia de su padre. Viene a firmar la autorización para que los médicos te sometan a una cirugía. Sorteó obstáculos y lágrimas en medio de tiempos convulsionados. Quiere estar a tu lado y cumplir con su deber de esposa abnegada. Pareces cadáver, quién sabe si aguantes. Por lo menos dale ese único gusto. Espérala vivo, infeliz.

Utilizabas a la gente. La movías a placer para proteger tus intereses. Para eso son el poder y el dinero, decías. Confabulaste con tus colegas diputados para acabar con el gobierno de Madero, mandaste a tu chófer a rentar un auto frente a La Alameda; un coche que llevaría al presidente y al vicepresidente a su encuentro con la traición y la muerte, junto a la penitenciaría de Lecumberri. Pensaste que acabado su gobierno, todo volvería a ser igual y los capitales, tuyos y de tu camarilla, estarían a salvo.

 

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Los retratos del general y la imagen del presidente

Roberto Fernández Castro
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 20.

Porfirio Díaz supo aprovechar la fotografía para cuidar una imagen sin emociones ni sentimientos, de un militar frío, inquebrantable y de mano dura. Ya en la ancianidad, se retrataba como un patriarca austero y benigno. De héroe militar republicano a estadista y constructor de una nación moderna. El culto porfirista sería sustituido luego de su caída por un antiporfirismo igualmente poderoso.

El mundo ilustrado, MAi??xico, 5 de abril de 1913

El mundo ilustrado, México, 5 de abril de 1913

¿Qué clase de persona fue Porfirio Díaz? La pregunta que el periodista y caricaturista Carlo de Fornaro se hizo, y que con tremenda saña respondió en las páginas de su libro Díaz, zar de México (1909) no puede ser extraña para un biógrafo, pero a veces lo es para el historiador, sobre todo cuando nos olvidamos de la importancia de nuestro trato con las personas del pasado, o cuando la vida personal, incluyendo la propia, deja de ser el inicio y el fin de la historia. Para Fornaro, director artístico del suplemento dominical del Diario Ilustrado que dirigía Juan Sánchez Azcona, como ocurría con las biografías de la antigüedad, la descripción física de Porfirio Díaz ocupa el sitio de primera importancia: un hombre de mediana estatura que gracias a la excelente proporción de sus miembros parecía alto; de gesticulación mesurada y calmosa, con la frente baja, oblicua e intelectual.

Los ojos, como cuentas, penetrantes, eran algunas veces bondadosos y festivos, pero siempre observadores y suspicaces. La nariz deformada por sus ventanillas demasiado amplias, la barba ancha, las mandíbulas macizas y articuladas, las orejas grandes y afeadas por largos lóbulos, pero características de hombres y de razas destinados a la longevidad. El pelo y el bigote blancos, el cutis claro y salpicado de rojas manchas hécticas.

Retrato del general Porfirio DAi??az sentado en la silla presidencial, MAi??xico, principios del siglo XX, Col. de postales de la UACJ

Retrato del general Porfirio Díaz sentado en la silla presidencial, México, principios del siglo XX, Col. de postales de la UACJ

El objeto de tan minuciosa descripción era servir como contraste con los retratos de cuando Díaz tenía 37 años, para percibir una transformación tan maravillosa como increíble, pues merced al restregamiento, al estropajo, a los baños de regadera, al jabón y a la alimentación propia de la gente, el general se había transformado de un grasiento capitán de mercenarios en un completo zar blanco, algo así como el producto del cruzamiento de un prusiano Bismarck de frente estrecha y de un dorado Crispi azteca.

Díaz había concentrado además todas sus energías en el gran juego de la política y de su ambición personal, desechando todo aquello que para los hombres de su tiempo y de su posición resultaba atractivo: jugar, fumar, beber, poseer mujeres, asistir al teatro, aficionarse a las bellas artes, a los deportes o a la lectura.

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PARA SABER MÁS:

  • Díaz y de Ovando, Clementina, Invitación al baile: arte, espectáculo y rito en la sociedad mexicana (1825-1910), México, UNAM, 2006, 2 vols. + 1 CD ROM.
  • Fornaro, Carlo de, Díaz zar de México, México, Debolsillo, 2010.
  • Garner, Paul, Porfirio Díaz: del héroe al dictador. Una biografía política, México, Planeta, 2010.
  • Rosa Casanova, Francisco I. Madero, entre la imagen pública y la acción política 1901-1913, México, Museo Nacional de Historia INAH, 2012.

La caída del Coloso

Octavio Paz Solórzano, edición Regina Hernández – Instituto Mora.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

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La ciudad de México en 1910 era una ciudad llena de contrastes. Como símbolo del poder, representaba a un régimen que sostenía el orden y el progreso. Las obras de urbanización, agua, drenaje, pavimentación de calles, alumbrado, servicios y nuevas comunicaciones traslapaban los contrastes entre la miseria y la riqueza y bajo el cual las diferencias entre pobres y ricos se incrementaban. Representaba asimismo a un régimen que, entre afeites, perfumes franceses, carreras de caballos, clubes hípicos, grandes salones y restaurantes, pretendía esconder su cansancio y decrepitud. Desde 1908 “después de la entrevista Díaz-Creelman”, la capital vio aparecer en sus calles, cafés, plazas, mercados, barrios y colonias voces discordantes que rompían el silencio y la apatía. Nuevos grupos políticos se sumaban a los partidarios de la No Reelección de Porfirio Díaz. El pueblo quería y buscaba un cambio.

Esperando la renuncia de DAi??az frente a la CA?mara de Diputados, junio 2, 1911

Esperando la renuncia de Díaz frente a la Cámara de Diputados, junio 2, 1911

En 1910 la ciudad de México vivía en un dilema. Por un lado, se hizo festiva, patriota, retomó el sentido nacionalista producido por el redescubrimiento de los héroes que 100 años antes habían lanzado el grito libertario. Por el otro, era cuestionadora, crítica, exigente, tomaba las calles para exigir un cambio que le permitiera obtener mejores salarios, elegir libremente a sus gobernantes e imponer la bandera del nuevo proyecto que reclamaba el Sufragio Efectivo y la No Reelección.

Por la calle de Tacuba transitaban jóvenes estudiantes, obreros, empleados, maestros, periodistas, que se dirigían al Centro Antirreleccionista a escuchar las propuestas de Emilio Vázquez Gómez, Francisco I. Madero, Luis Cabrera, Filomeno Mata y José Vasconcelos. Leían con sumo interés los artículos publicados en dos nuevos periódicos: México Nuevo y El Constitucional. Pero a la vez la población se preparaba para esconder sus inconformidades y mostrar al mundo los logros del régimen porfirista. Las fiestas del Centenario la convirtieron en escenario de los desfiles de huéspedes distinguidos. Se veían bombines, jaquís, kepis, levitas, sombreros emplumados y vestidos de seda y muselina, en contraste con los anchos sombreros de palma, los calzones de manta, los huaraches, los sacos de lana burda y corriente. El escritor y diplomático Federico Gamboa anota en su Diario: “La sociedad íntegra y el pueblo entero secundaron al gobierno con patriótica y cálida cooperación inolvidable”.

El pueblo observaba detrás de la valla de soldados y policías las inauguraciones de los edificios del manicomio de La Castañeda, la Normal para Maestros y la Asociación Cristiana de Jóvenes en la calle de Balderas, vio colocar las estatuas de Luis Pasteur, George Washington y Alejando Von Humboldt. En la Alameda aplaudió la inauguración del Hemiciclo a Juárez y desde el elegante paseo de la Reforma admiró elevarse la columna de la Independencia. Fiestas, bailes y banquetes halagaban a los invitados, pero las notas discordantes se escabullían para aparecer en el anónimo grito de apoyo a Madero y el Sufragio Efectivo, No Reelección.

Una vez que transcurrió el jolgorio, la tensión política aumentó. La oposición ganó terreno. Díaz utilizó los medios oficiales y oficialistas para declararse triunfante. El descontento recorría las calles de la ciudad. La protesta levantaba su voz. Las noticias llegaron pronto: Madero había promulgado el Plan de San Luis Potosí y llamaba a un levantamiento armado. Aquiles Serdán cayó luchando en Puebla. La misma capital de la república se enfrentó al régimen: el 18 de marzo de 1911 un grupo de intelectuales encabezado por Camilo Arriaga dio a conocer el Plan de Tacubaya, en el que se convocaba a una rebelión armada y a la toma del cuartel de San Diego. Al denunciarse la conspiración, algunos de sus participantes fueron hechos prisioneros, otros escaparon y se refugiaron en Estados Unidos. La represión aumentó, hubo delaciones y acoso. Las cárceles se llenaron.

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Díaz se tardó mucho en reaccionar; cuando por fin se percató de la importancia del movimiento maderista quiso revertir la situación. Hizo renunciar al gabinete en pleno con excepción del ministro de Hacienda José Yves Limantour. El 1° de abril envió al Congreso una iniciativa de ley para restablecer el principio de no reelección y repartir algunas tierras de las grandes haciendas. Buscó también un acercamiento con el jefe revolucionario Madero pero sus emisarios se negaron a discutir acerca de la renuncia presidencial. La lucha creció, el ejército fue incapaz de dominar las sublevaciones. La ciudad de México no escondió su inconformidad y se lanzó a la calle; estudiantes y obreros unieron sus gritos y exigieron la salida de Díaz, apedrearon su casa y el taller de El imparcial, reconocido como la voz del régimen, fue incendiado. El coloso tembló, su caída era inminente.

El fragmento que reproducimos a continuación expresa de excelente forma la efervescencia que se vivió en el Distrito Federal los días previos a la renuncia de Porfirio Díaz. Procede del “Magazine Para Todos” del diario El Universal, del 10 de noviembre de 1929. Su autor, Octavio Paz Solórzano, era hijo de don Ireneo Paz, y hacia 1910 colaboraba con su padre en La Patria, el periódico que este había fundado por él. Atendamos pues a su testimonio.

Regina Hernández
Instituto Mora

[...] Los más entusiastas en los ideales [revolucionarios] por los que se combatía eran los estudiantes: Unos, decididamente después de haber estado comprometidos en las conspiraciones que se fraguaban y temiendo ser aprehendidos, se agregaron a los amigos o conocidos que tenían en la revolución. [José] Siurob marchó a Guanajuato; Enrique Estrada al norte; Rafael Cal y Mayor, que había sido comisionado por Siurob para hacer propaganda entre los estudiantes, con el objeto de conseguir adeptos al Plan de Tacubaya y que el día designado para el levantamiento debía apoderarse, en compañía de otros estudiantes, del armamento de la guardia del Hospital Militar. Al fracasar la conspiración fue a unirse con Rafael Tapia, al Estado de Veracruz.

Un grupo de estudiantes de las diversas escuelas metropolitanas, encabezados por Fandila Peña y Gonzalo Zúñiga, tuvieron la audacia de irle a pedir la renuncia al general Díaz, pero al estar en su presencia les impuso de tal manera la voz ronca de don Porfirio, que ya ni hallaban ni cómo salir, y todos aterrorizados cuando se les preguntaba qué les había respondido el presidente, no sabían ni qué contestar, pues decían que sólo habían oído un ronquido. Después de este hecho, Fandi la Peña, con un grupo de los atrevidos se fue con los revolucionarios surianos.

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Hombres ilustres de México en París

Miguel Rodríguez - Université Paris Sorbonne (Paris IV), Institut d’Etudes Hispaniques

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

Los monumentos a personajes públicos se multiplicaron en las grandes capitales europeas desde mediados del siglo XIX. Ya no se trataba más de venerar a los santos o de hacer honores a la figura del monarca, sino de exaltar los valores ciudadanos del varián virtuoso. Como se inscribe sobre la fachada del Panthéon en París, templo laico en el que están enterrados militares heroicos, sabios, políticos y escritores, a los Hombres Ilustres, la Patria agradecida. El primer motivo del monumento es obviamente la conmemoración.

Busto de Justo Sierra en ParAi??s

Busto de Justo Sierra en París

La multiplicación de monumentos recibió bastantes ataques: Pasamos nuestro tiempo, desde hace muchos años, erigiendo estatuas, a menudo mediocres, a una pléyade de hombres ilustres cuya fama no va más allá del límite del distrito en el que están situadas, escribe un crítico en 1908. Cuatro años más tarde, otra obra denuncia la “estatuoman parisina”, esto es, el abuso en la costumbre de erigir estatuas en el espacio público. Fue entonces cuando Jacques Duclos, un joven provinciano francés, quien haría después una larga carrera política en las filas del comunismo, descubrió la capital de su país: “París” expresa después “me hacía el efecto de un libro de historia con grabados de piedra”. Y es que otro objeto esencial de los monumentos públicos es la educación del transeúnte.

En esta “capital del siglo XIX” (como la llamó Walter Benjamin, el filósofo alemán), la memoria de hombres ilustres de otras naciones se consagró tardíamente (una excepción notable fue la del precursor de la independencia de las colonias españolas en Sudamérica, el venezolano Francisco de Miranda, cuyo nombre está escrito en el Arco del Triunfo desde 1836, en reconocimiento a que fue un destacado general de la Revolución francesa).El conquistador Diego Velázquez fue por mucho tiempo el único español y, antes de 1914, Georges Washington (1900) y Benjamin Franklin (1906) representaron al Nuevo Mundo. En la época posterior a la primera guerra mundial, cuando el gobierno francés inició una campaña de acercamiento a sus “hermanas latinas” del continente americano, se consideró importante la consagración de cada una de las naciones latinoamericanas, a través de la colocación de una figura heroica que las representase en París. A las funciones evidentes del monumento se suma de tal modo la de contribuir a la legitimación, tanto del personaje representado como de los grupos o instancias que lo apoyan.

Y como en otras grandes metrópolis —Nueva York (1921), Madrid (1925), Roma (1933)— se planeó honrar, antes que a otro, a Simón Bolívar, el prócer por antonomasia que, además de sus virtudes propias, integra la historia de los países andinos. Su estatua ecuestre sería el eje de un espacio conmemorativo construido expresamente como parque de América Latina, como se le llamó desde 1934. Se trataba de una zona un tanto periférica en el noroeste de París, cuyos terrenos baldíos y jardines desordenados sustituían las fortificaciones y las murallas de antaño y que el gobierno municipal trataba de ocupar con edificios populares y lugares de recreo.

Visita de Luis EcheverrAi??a a ParAi??s en abril 1973

Visita de Luis Echeverría a París en abril 1973

En los años siguientes, con un claro cuidado por la armonía y el equilibrio del parque, se fueron instalando pequeños bustos a ambos lados del gran Bolívar: los de Rubén Darío y de José Enrique Rodó en 1934, luego los de José Martí y Juan Montalvo en 1939, siguiendo con los de Vicuña Mackenna y Ricardo Palma (1955 y 1960), que enaltecían así a cada uno de sus países: Nicaragua, Uruguay, Cuba, Ecuador, Chile y Perú. En una publicación de 1936, firmada por Gonzalo Zaldumbide, literato y entonces ministro ecuatoriano, y por el escritor franco-argentino Max Daireaux, se decía que la presencia de esas figuras en el parquecito parisino era como la realización de esa hermosa página en la que Rodó, hablando precisamente de Montalvo, lo representa en los Campos Elíseos de la Antigüedad, conversando con los espíritus elegidos sobre las cosas eternas: así nos parece verlos, reunidos aquí en la perennidad del bronce, y oír en el silencio el diálogo ideal de estas tutelares sombras de nuestra América.

Hay que observar de entrada que todas esas sombras tutelares son de hombres; si por lo general las estatuas ignoraban el género femenino (a menos que se tratase de alegorías), la tendencia crecía en el caso de las naciones latinoamericanas. De allí que no haya un monumento a Gabriela Mistral o Sor Juana. ¿Qué virtudes se subrayan al erigirse estos bustos, al elegirse a estos hombres ilustres? Letrados todos, con su pluma contribuyeron a la cimentación de la identidad nacional, algunos habiendo jugado también un importante papel en la vida política e institucional en el primer siglo de vida independiente.

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