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A la sombra de Beethoven en la Alameda

Verónica Zárate Toscano
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

En 1927 fue inaugurada, en el centro de la ciudad de México, la estatua de bronce que recuerda al compositor, pianista y director de orquesta, diseñada por Theodor von Gosen. Construida cuatro años antes en Alemania y financiada por un inmigrante ferretero germano, la obra simboliza la rendición y el sufrimiento del alma, e incluye sobre su pedestal una máscara con el rostro del músico.

 

Vista frontal del monumento a Beethoven en la Alameda Central, Ciudad de México. Fotografía de Verónica Zarate Toscano, 2020.

Vista frontal del monumento a Beethoven en la Alameda Central, Ciudad de México. Fotografía de Verónica Zarate Toscano, 2020.

 

Hace ya casi un siglo, la ciudad de México fue, una vez más, el escenario de una fiesta cívico-cultural con la develación del monumento a Ludwig van Beethoven, en el lado poniente de la Alameda, a un costado del Palacio de Bellas Artes, sobre la calle que lleva hoy el nombre de Ángela Peralta. El hecho de exaltar a un personaje histórico concentraba en él no sólo el reconocimiento a su contribución a la cultura a través de su música, sino también la actitud filial entre dos naciones emergentes de conflictos bélicos. México se había sumergido en una revolución durante casi una década y Alemania había sufrido las consecuencias de la primera guerra mundial. Los dos países buscaban los medios para recuperarse y apoyarse mutuamente de manera simbólica, y también existían motivos para apuntalarse en el pasado para enfrentar el futuro. Las conmemoraciones eran un mecanismo vital para dichos fines y en este caso cumplía el doble cometido de conjuntar acontecimientos de ambos países: por un lado, la evocación cultural del músico y, por el otro, la consumación de la independencia.

Inauguración del monumento erigido a Ludwing van Beethoven, en uno de los costados de la Alameda central de México, litografía en El Informador  27 de marzo de 1927, p. 1.

Inauguración del monumento erigido a Ludwing van Beethoven, en uno de los costados de la Alameda central de México, litografía en El Informador 27 de marzo de 1927, p. 1.

El año de 1920 marcaba el 150 aniversario del natalicio de Beethoven, por lo que se le rindió homenaje en diversas partes del mundo a través de la realización de eventos que contribuyeron a honrar su memoria y difundir los sonidos que plasmó en tantas partituras. La ciudad de México no fue la excepción. Desde el mes de octubre de ese año, en el Teatro Colón, ubicado en la esquina de las actuales calles de Bolívar y 16 de Septiembre, se interpretaron, por iniciativa de Julián Carrillo, las nueve sinfonías completas de Beethoven, culminando el 1 de diciembre con la ejecución de la novena, en la que participó un coro de 300 personas, la mayoría de ellas provenientes de la Sociedad de Canto Alemana. Aunque algunas de las obras del compositor ya eran conocidas y gozaban de la preferencia del público, este se rindió una vez más a sus encantos.

El año siguiente se presentaba como el momento idóneo para otra gran conmemoración de la historia de México: el centenario de la consumación de la independencia. Sin embargo, estas celebraciones no tuvieron el alcance lustroso de las realizadas en 1910 para recordar el inicio de la gesta independiente. Aquellas fueron tan fastuosas que llegaron a opacar todas las posteriores. Los festejos de 1921 siguieron un esquema similar al de 1910, en cuanto a la elaboración de algunas obras públicas y el reconocimiento a los héroes. La poca historiografía que se ha ocupado del tema considera que una de las grandes diferencias entre ambas conmemoraciones fue que, en el caso de las del inicio de la independencia, tuvieron un carácter más elitista; mientras que, las del fin de la gesta, resultaron más populares. Las primeras fueron preparadas con mucha anticipación y contaron con un elevado presupuesto; las segundas se organizaron a la carrera y en el contexto de una economía muy precaria.

Máscara mortuoria de Beethoven en su monumento en la Alameda Central, Ciudad de México. Fotografía de Verónica Zarate Toscano, 2020.

Máscara mortuoria de Beethoven en su monumento en la Alameda Central, Ciudad de México. Fotografía de Verónica Zarate Toscano, 2020.

La diferencia también se nota en la participación de otros países y de las colonias extranjeras residentes en México. Por ejemplo, en 1910 las colonias turca y libanesa regalaron el Reloj Otomano, mientras que el gobierno chino entregó el Reloj Chino (este fue casi destruido durante la revolución, pero se reconstruyó para reinaugurarse en 1921). Además, se recibieron monumentos ya elaborados, como el marmóreo de Alejandro de Humboldt, que se colocó el 13 de septiembre de 1910, regalo del káiser de Alemania. También se hicieron manifiestas las intenciones de otros colectivos y se colocaron las primeras piedras de varios hitos de la memoria. La colonia estadunidense legó un monumento en bronce a Washington, que fue inaugurado en 1912. La colonia francesa ofrendó el monumento, también de bronce, a Louis Pasteur, terminado en 1911. Finalmente, Italia obsequió un monumento de mármol a Giuseppe Garibaldi, que se inauguró hasta 1921. Y uno más quedó sólo en intención: el de Isabel la Católica, proyecto que fue recuperado para los festejos de la consumación, pero nunca se hizo realidad. Así pues, algunos de los vistosos regalos para las fiestas del centenario del inicio de la independencia se materializaron hasta las fiestas de 1921. Y en esta conmemoración, también hubo regalos que tardaron en convertirse en realidad. Algunos perviven en nuestros días en vistosos espacios, pero otros han sido engullidos por el crecimiento urbano, están descuidados o fueron desplazados a espacios menos visibles y céntricos.

Además, no olvidemos que diez años de lucha armada y conflictos políticos separaban ambos festejos, tal como había sucedido con la propia guerra iniciada por Miguel Hidalgo y terminada por Agustín de Iturbide 100 años antes. A lo largo del siglo XIX, algunos regímenes habían preferido recordar el momento en que había comenzado la lucha, y otros, los menos, preferían el de su finalización. Después de la revolución mexicana y con una sensibilidad muy particular, el presidente Álvaro Obregón aprovechó la ocasión para distraer al pueblo y a la opinión pública con una serie de festejos que alejaron la atención de la complicada situación que vivía el país. Estos fueron muy criticados como innecesarios frente a los grandes problemas de la nación y como un gasto muy gravoso. Sin embargo, México se vistió de luces durante un mes y trató de olvidar momentáneamente las dificultades recientes.

Como parte de estos festejos, el 17 de septiembre de 1921, el Consejo de la Liga de Ciudadanos Alemanes en México organizó el “Día Alemán”. Se realizaron diversos actos que, por supuesto, incluían la interpretación de algunas piezas de Beethoven a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la batuta de Julián Carrillo, en el Teatro Arbeu, ubicado en la actual calle de República de El Salvador, entre Isabel la Católica y Bolívar. Cobijado por la música, el doctor Gustav Pagenstecher, psicometrista que llevaba muchos años residiendo en la ciudad y era miembro de la Academia Nacional de Medicina, hizo entrega, a nombre de la colonia alemana, del título de donación al pueblo de México de un monumento “al genial compositor Beethoven”. El documento fue recibido por el ingeniero Alberto Pani, secretario de Relaciones Exteriores y principal organizador de los festejos de la consumación. Un mes después, el presidente Obregón escribió una carta de agradecimiento al Consejo, enfatizando que tal hecho había:

encontrado en este país un eco de gratitud y de entusiasmo. De gratitud, porque todo corazón mexicano se muestra sensible a tan delicada y noble prueba de simpatía; de entusiasmo, porque Beethoven, convertido ahora en símbolo de la amistad de dos pueblos, representa para México, así como para el resto del mundo, el tipo egregio de las almas heroicas, sintetizadoras de las alegrías, los sufrimientos y las aspiraciones de la especie humana y verdaderas antorchas en el camino por donde los hombres van hacia el bien y la belleza.

El regalo era una “manifestación grandiosa” de los lazos de amistad entre México y Alemania, que consagraba “en la plaza pública un recuerdo imperecedero a la memoria de Ludwig van Beethoven”. Además, se pensaba que el hecho de homenajear a una figura de la talla del compositor oriundo de Bonn podría quedar por encima de connotaciones políticas. Con este homenaje, México buscaba robustecer su lugar en el concierto de las naciones civilizadas y, a la vez, reforzaba las relaciones entre dos regiones del mundo que se remontaban a la época colonial.

El acto fue simbólico porque sólo se entregó un compromiso por escrito, ya que la obra apenas comenzaba a elaborarse. Según refirió El Informador al día siguiente del acto, su ejecución había sido confiada a “un artista de los de mayor y justo renombre en Europa” y se esperaba que fuese “una meritísima obra escultórica”. A fines de octubre de 1921, se dio a conocer la noticia de que la revista Der Kunstwart, encargada de elegir al artista ejecutor de la obra, había seleccionado al profesor y escultor Theodor von Gosen, catedrático de la Academia de Artes de Breslau. Detrás de toda la gestión se encontraba Franz Boker, integrante de la familia de ferreteros que se había instalado en México durante el segundo imperio y quien contribuyó al financiamiento de la obra.

Se ha afirmado con insistencia que el monumento se inauguró el 17 de septiembre de 1921, pero nada está más alejado de la verdad. A esta percepción contribuye el hecho de que en el propio pedestal se lee “Al pueblo mexicano, la colonia alemana, 17 de septiembre de 1921”, pero no dice que en esa fecha se haya inaugurado. Revisando la prensa de los años siguientes sólo hay noticias sobre las composiciones de Beethoven que se incluyeron en diversos conciertos. Entre ellos, destaca la ejecución, una vez más, de la célebre novena sinfonía, en octubre de 1923, en el patio de la Escuela Normal del edificio de la Secretaría de Educación Pública, con una nutrida asistencia de 4 500 personas y “un coro que hasta hoy no había sido reunido en México”. A mayor número de integrantes del coro, aumenta el esplendor de la obra y va penetrando cada vez más en el gusto musical.

Theodor von Gosen terminó el modelo de la escultura en 1923, listo para su fundición, y fue expuesto al público en Alemania. Finalmente, en febrero de 1926, unas cuantas líneas en el periódico El Informador dieron cuenta de la llegada a México de la “hermosísima estatua de Beethoven, de tres metros de altura, toda de bronce”. En realidad, lo de “toda de bronce” no quiere decir que fuera una pieza sólida, como lo son las esculturas de mármol, sino que su interior estaba hueco, pero, aun así, implica una cantidad de metal que se traduce en un peso considerable. Revisando detenidamente la escultura de bronce negro, puede leerse en la base de la misma “Akt-Ges. Gladenbeck / Berlin Friedrichshagen”, es decir Gladenbeck, Sociedad Anónima, ubicada en el barrio Friedrichshagen del este de Berlín. Esa era la marca y sello de la casa fundidora que estuvo activa entre 1850 y 1926, fecha en que entró en crisis y se vio obligada a cerrar sus puertas. Además del error de datar la inauguración del monumento en 1921 y no en 1927, se comete otra imprecisión al decir que su autor es Gladenbeck, a quien se debe solamente la fundición de la pieza y no su concepción y realización.

[…]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • BUCHENAU, JÜRGEN, Tools of progress. A german merchant family in Mexico city, 1865-present, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2004.
  • DÍAZ Y DE OVANDO, CLEMENTINA, “Las fiestas del ‘Año del Centenario’: 1921” en México: independencia y soberanía, México, Secretaría de Gobernación/Archivo General de la Nación, 1999, pp. 103-174.
  • Programa oficial de las fiestas del centenario de la consumación de la independencia de México, septiembre de 1921, s. p. i.
  • ZÁRATE TOSCANO, VERÓNICA, “Los hitos de la memoria o los monumentos en el centenario de la independencia de México. Ópera imaginaria en una obertura y tres actos”, Historia mexicana, 2010, en https://cutt.ly/Da2q46k.

 

La atención de niños y jóvenes al paso de la revolución

Ingrid Noemí López Padilla

Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Después de la revolución mexicana, el país quedó en un estado deplorable. Las clases populares, campesinos y obreros, principalmente, fueron quienes más lo padecieron ante la falta de recursos económicos. La preocupación de las élites política y social se acrecentó al percatarse de las condiciones en las cuales se encontraba la mayor parte de la población de la ciudad de México.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

De ahí que, desde principios de la década de 1920, se abordaran muchos de los problemas sociales sin resolver antes de la revolución. Instituciones heredadas del régimen porfirista como la Casa de Corrección, el Hospital General y el Hospicio de Pobres no bastaban para menguar esas dificultades. Los médicos sostuvieron que la salud y la educación de los niños debían ser atendidos y las autoridades tendrían que encontrar los elementos necesarios para el mejoramiento de las condiciones físicas, morales e intelectuales de los menores de edad.

En 1921, durante el gobierno de Álvaro Obregón, se llevaron a cabo los festejos por el centenario de la consumación de la independencia con la intención de que participaran todos los sectores de la población. El departamento de Salubridad Pública organizó, del 8 al 17 de septiembre, un evento que giró en torno a la figura del niño, desde la higiene hasta el bienestar. También se realizó el Primer Congreso Mexicano del Niño, patrocinado por el ingeniero Félix Palavicini, director del periódico El Universal, el cual volvería a celebrarse dos años después. En ambos congresos asistieron destacados especialistas médicos, intelectuales, pedagogos y representantes de asociaciones filantrópicas interesados en redactar un plan de desarrollo y bienestar para la infancia y la adolescencia. Se discutieron, entre otros temas, el abandono y la criminalidad infantil como consecuencia del movimiento revolucionario.

Tribunal para Menores Infractores

Como resultado de estos esfuerzos a favor de la niñez, en 1926 se publicó el proyecto de Ley Orgánica de Tribunales del Fuero del Distrito Federal, que establecía la creación de un tribunal protector del hogar y de la infancia. Y a final del año, en una residencia de la calle Vallarta número 17, se fundó el Tribunal para Menores Infractores del Distrito Federal y Territorios, que se distinguió por su carácter paternal al ser un modelo de protección tutelar y educativo. Su finalidad fue separar a los delincuentes menores de los adultos, para imponer sanciones de acuerdo con la edad y el tipo de delito cometido; pero, sobre todo, “apreciar cada caso en sus detalles y circunstancias peculiares; remontarse a los antecedentes, a fin de conocer la causa generadora del delito”. Con ello, se esperaba evitar la reincidencia y que se reprodujeran las mismas circunstancias en otros niños.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH.
FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

El primer reglamento del tribunal, de 1928, se dirigía a la atención de los menores de quince años. Al año siguiente se expidió otro reglamento para la Calificación de los Infractores Menores de Edad en el Distrito Federal, que aumentó la edad de intervención a menores de 18 años e incluyó a los que denominó vagos, abandonados e indisciplinados. De esta forma, el tribunal tuvo la capacidad de tratar a todo niño que, de acuerdo con su entorno (económico, social y biológico), pudiera convertirse en un delincuente, es decir, evitarle una futura vida criminal. Así, aquellos niños en abandono moral, incorregibles, delincuentes o que potencialmente lo fuesen, eran atendidos con el fin de readaptarlos, enseñarles a vivir una “buena vida” y cumplir con el modelo de ciudadano que el Estado requería para el desarrollo del país.

Una vez que el menor ingresaba al tribunal era sometido a cuatro estudios de valoración: médica, social, psicológica y pedagógica, con los cuales se pretendía determinar las posibles causas de su comportamiento antisocial y la mejor forma de corregirlo. Con los exámenes se construía un perfil físico y psicológico del niño, para después aislarlo en la Casa de Observación anexa al tribunal con el fin de conocer su comportamiento. Ahí se procuraba un ambiente de libertad donde los infantes pudieron manifestarse de manera espontánea y obtener todo tipo de datos que arrojaran información sobre su carácter y conducta. Se observaba y estudiaba su estado físico, fisonomía, expresiones, comportamientos, entre otros aspectos.

Mientras el menor permanecía en la Casa de Observación se iniciaban las audiencias en el tribunal, las cuales no eran públicas; sólo concurrían personas citadas: familiares, vecinos o patrones. El menor no contaba con un representante legal o defensor de oficio por lo que él mismo debía defenderse. Tres jueces especializados en distintas áreas –médico, maestro o abogado– se reunían para examinar el caso y darle una resolución. Los tres determinaban la forma de corrección a partir de los resultados de los exámenes. La sentencia podía ordenar el internamiento del menor en las escuelas correccionales, en algún establecimiento de la beneficencia pública o la devolución a sus familiares.

Manicomio General de La Castañeda

Durante el periodo posrevolucionario, el discurso sobre la reconstrucción social y la creación de ciudadanos productivos también predominó en el hospital psiquiátrico La Castañeda, que se enfocó principalmente en la atención a niños con algún padecimiento mental, por lo que elaboró un proyecto de edificación de un pabellón especializado.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • LÓPEZ CARRILLO, XIMENA, “Retraso mental” en Los pacientes del manicomio. La Castañeda y sus diagnósticos. Una historia de la clínica psiquiátrica en México, 1910-1968, México, UNAM/Instituto Mora, 2017.
  • SACRISTÁN GÓMEZ, MARÍA CRISTINA, “La contribución de La Castañeda a la profesionalización de la psiquiatría mexicana, 1910-1968”, Salud Mental, vol. 33, núm. 6, noviembre-diciembre de 2010, en https://cutt.ly/diNduPM
  • SÁNCHEZ, MARÍA EUGENIA, Niños y adolescentes en abandono moral, ciudad de México (1864-1926), México, INAH, 2014.
  • SANTIAGO ANTONIO, ZOILA, “Los niños y jóvenes infractores de la ciudad de México, 1920-1937”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, 2014, en https://cutt.ly/niNdn2V
  • Véase Los olvidados, película, dir. Luis Buñuel, 1950.

La resistencia pulquera

Samantha Hernández Quiroz
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50.

En su historia, las pulquerías fueron espacios públicos para beber, pero también para divertirse y comer. Tanto para hombres como para mujeres. Las reglamentaciones y sus prohibiciones durante cuatro siglos no lograron más que fortalecer su tradición y convertirlas en una señal de identidad mexicana.

Nacho López, Hombres afuera de la pulquería “Las glorias nacionales”, ca. 1950, inv. 407277. SECRETARÍA DE CULTURA. INAH. FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH

Nacho López, Hombres afuera de la pulquería “Las glorias nacionales”, ca. 1950, inv. 407277. SECRETARÍA DE CULTURA. INAH. FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH

Las pulquerías fueron descritas por cronistas y escritores costumbristas mexicanos en el siglo XIX como lugares que permitían contrastar la alegría con la tristeza de alrededor. Fungieron como esferas para la sociabilidad de los sectores populares, pero en un claro antagonismo, las reglamentaciones oficiales intentaron frenar dicha costumbre. Así, durante varios años se crearon estatutos de tinte moralizador con la intención de quitar a los sectores populares de los expendios de pulque.

Sociabilidad

Manuel Payno recuerda, en su novela costumbrista Los bandidos de Río Frío, haber visto en la famosa y antigua “Pulquería de los Pelos” mucha gente hacinada los domingos y en especial los lunes, los cuales llamó “días de gala”. Asimismo, refiere a las tinajas de pulque con letreros que se sabían de memoria las criadas y los mozos de barrio (a pesar de no saber leer). Los rótulos, que indicaban la calidad del pulque, titulaban las tinas como “La valiente”, “La chillona”, “La bailadora”, “La Patenera”. Todos estos toneles, así como los asistentes, se posaban sobre un suelo limpio cubierto de pétalos de rosas.

Por su parte, Guillermo Prieto, en Memorias de mis tiempos, relata que el marqués de Mancera (siglo XVII) removió las pulquerías del centro de la ciudad de México, fenómeno que se repitió a lo largo de los siglos XVIII, XIX y entrado el XX en otras partes del país. Así fue como los suburbios se llenaron de pulquerías que se hicieron célebres. Este autor destacó la importancia de los vasos verdes, cajetes, jícaras y cántaros usados para la distribución del licor. Asimismo, contó que ahí se jugaba rayuela, pítima o tuta y rentoy alborotador, en círculos de hombres sentados en el suelo, alrededor de una frazada. De igual forma, se bailaba.

Allí estaban las “chinas”, mujeres que vivían de manera independiente, en cuartos rentados. Cuando terminaba su jornada laboral disfrutaban de ir a bailar fandangos a las pulquerías, a donde asistían regularmente, en especial en el llamado “San Lunes”, día en que los trabajadores tenían como costumbre detener sus actividades laborales luego de haber tomado el domingo, una práctica que se hizo famosa.

Las “chinas” y los “chinacos”, al ritmo del “jarabe colorado” participaban en concursos de fandango. A través de un fuerte aplauso, gritos, silbidos y barullo de los concurrentes, se sabía cuál era la pareja ganadora del “San Lunes”. Pero no todo resultaba ser miel sobre hojuelas. Había veces en que algunos borrachos imaginaban que la “china” le coqueteaba a la hora de bailar, y al faltarles el respeto se llevaban un bofetón, en el mejor de los casos y, en el peor, se desataba un zafarrancho que terminaba en violencia y sangre.

Las pulquerías se llenaban de una mezcla de alegría, entusiasmo y calor que permeaban el lugar durante el fandango, acompañado de cantos, rechiflas y palmadas. El jicarero hacía, entre tanto, su pregunta favorita “¿dónde va la otra [sic]?”, al mismo tiempo que los bebedores consumían pulque y antojitos.

Los clientes eran alimentados por las “enchiladeras” o “chimoleras” que se ubicaban, por lo general, en la puerta del local –a unas pocas se les permitía estar en el interior de la pulquería–. Estas mujeres, con su fogón o brasero, un gran comal y ollas con diferentes salsas, cocinaban enchiladas, enmoladas, chalupas, chito, tostadas, mole verde y salsa borracha.

Podría especularse que estas prácticas cotidianas dentro de las pulquerías eran lícitas, pero en realidad distaban mucho de esto. En las crónicas se lee como normal el jolgorio, sin embargo, cada suceso antes descrito estuvo prohibido por las autoridades. Las reglamentaciones referentes al pulque y pulquerías fueron muy estrictas desde el siglo XVI, cuando surgió la primera ordenanza. Esto puede verse como una continuidad histórica, ya que con cada reglamentación se hizo más intensa la vigilancia y la aplicación de castigos.

Reglamentaciones

 

Cada regla impidió, de una u otra manera, que existiera una sociabilidad entre los sectores populares. También se reglamentó la prohibición de comer, cantar, bailar, jugar, apostar o hacer bullicio. Si pensamos en una pulquería y le retiramos los elementos que estuvieron prohibidos, nos quedaríamos únicamente con una bodega llena de tinas de pulque. Tendríamos que quitar las pinturas, el pulque mixturado, las sillas y las mesas, las “chimoleras” y las “chinas”, o cualquier otra mujer. Diríamos adiós a los músicos, no habría sones, jarabes, ni fandangos. Tampoco antojitos, banderines o flores que adornaran los espacios.

Se dice que tanto el pulque como las pulquerías forman parte de la identidad de los mexicanos, pero pocas veces pensamos en la serie de reglamentos existentes a lo largo de 400 años. Ahora bien, desde el siglo XVI, el pulque fue una bebida que estuvo en disputa entre españoles e indígenas por el excesivo consumo. El temor de las autoridades estaba en la negativa indígena de aceptar los mandamientos morales de la Iglesia católica y la corona española.

La primera reglamentación que se conoce data de 1529. En ella, el rey Carlos I prohibió que se mezclara el pulque con una raíz conocida como ocpatli, agua hirviendo y cal viva. Viajeros, cronistas, sacerdotes y protomédicos concordaban en que la bebida dañaba el nivel físico, emocional y espiritual de quienes la consumían. Según esta ordenanza, la raíz llevaba a que los bebedores se embriagaran de manera más rápida, perdieran el dominio sobre su cuerpo y mente, lo que provocaba que algunos se suicidaran, otros actuaran con “incontinencia” en la vía pública, e incluso cometieran actos incestuosos. Asimismo, otros regresaban a los ritos paganos en los que veneraban a sus antiguos dioses. Todo esto asustaba a las autoridades, que no encontraban otra forma de cambiar la situación.

También se reglamentó por primera vez, en 1545, la existencia de pulquerías legales, las cuales fueron vistas como lugares especializados para beber pulque, y que aportaban ganancias a la corona española. Esto significó que a partir de ese momento sólo las legales tenían la autorización de expender pulque dentro de la ciudad de México. Se prohibía, además, que cualquier otra persona, ya fuera indio, negro o esclavo, pudiera vender pulque y se dividieron las 36 pulquerías existentes por género: doce expendios dedicados a las mujeres y 24 pulquerías únicamente para que los hombres bebieran. De igual modo, se estableció la conveniencia de que cada pulquería recibiera un nombre específico.

Ahora bien, como a la corona no le convenía perder el control social que había generado con miedos y abusos hacia los indígenas, se decidió sacar de circulación el ocpatli. Sin embargo, las prácticas cotidianas ilegales continuaron.

Para el siglo XVII, las autoridades notaron que sus reglamentaciones no se llevaban a cabo, así que establecieron nuevas normativas en 1607, 1665 y 1672. Las ordenanzas continuaron en la misma tesitura, sólo que para entonces la corona española ya gozaba de los beneficios económicos que dejaba el consumo de pulque y se vio que era un negocio muy redituable para las arcas estatales. De ahí que con las regulaciones mantuvo el negocio en sus manos y prohibió el ingreso de cualquier competencia.

En esta centuria ocurrió algo que vedó el consumo legal de pulque en la ciudad de México, cuando el “Motín del maíz”, una sublevación indígena, llevó al virrey de Gálvez, el 8 de junio de 1692, a prohibir el abastecimiento de pulque hasta 1697. El castigo fue pensado como una medida para que los indígenas no se volvieran a amotinar. Sin embargo, ante la reducción de ingresos, el rey Carlos II ordenó que se derogara el decreto.

Regulaciones

 

En el siglo XVIII comenzó a regularse la vida pública, el consumo y el precio del pulque. Los ejes de la prohibición serían la proscripción de beber a negros, mestizos, mulatos e indígenas; la regulación del espacio para instalar pulquerías, y, por último, el precio de venta al público.

Hacia 1724 se reglamentó que cada pulquería tuviera una tarjeta con su nombre a la entrada, lo cual como ya vimos se convirtió en una tradición en los siglos XIX y XX. Las pulquerías Pacheco, Bello y Las maravillas pertenecían a un hacendado importante, el conde de Jala. Hacia 1792 estaban en boga las pulquerías Colalpa, Delgadillo, La Garrapata, Los Gallos, Las Pañeras, Palacio, Tepozán y Viznaga. A medida que pasó el tiempo, el uso de los nombres se vinculó con el ingenio del dueño o el encargado. Ya en el siglo XIX los nombres hacían referencia a óperas, obras de teatro, novelas o lugares importantes. Así encontramos El gran Napoleón, Waterloo, La Llegada de Iturbide, El Triunfo de Guerrero, y Las Antiguas Glorias de México. En el mismo siglo, como leímos con Prieto y Payno, hubo algunas de nombres divertidos, como El Templo del Amor, Aguantas L’otra, y El Recreo de los Amigos.

Pulquería “El templo del amor” en la esquina de la calle República de Guatemala, ca. 1900, inv. 466519. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Pulquería “El templo del amor” en la esquina de la calle República de Guatemala, ca. 1900, inv. 466519. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • FRÍAS Y SOTO, HILARIÓN et al., Los mexicanos pintados por sí mismos, tipos y costumbres nacionales, México, M. Murguía, 1854, en https://cutt.ly/zijATUq
  • PAYNO, MANUEL, Los bandidos de Río Frío. Novela naturalista, humorística, de costumbres, de crímenes y de horrores. Por un ingenio de la corte, Barcelona, J. D. Párres, 1891, en https://cutt.ly/fijSSYx
  • PRIETO, GUILLERMO, Memorias de mis tiempos, 1828 a 1840, México, Librería de la Viuda de C. Bouret, 1906, en https://bit.ly/3euex21

 

Recuerdos de persecuciones, caminatas nocturnas y tanques de guerra

Alberto del Castillo Troncoso
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

Una manera de acercarnos a los hechos de 1968 se centra en la mirada de un niño que transitaba con normalidad por las vivencias cotidianas de entonces. También la fotografía funciona como disparador de la memoria y simbolismos para establecer otras maneras de reflexionar y cuestionar.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Ramón Guzmán Valdez, Niños jugando sobre un vehículo del ejército un día después de la masacre de Tlatelolco, 3 de octubre de 1968, inv. 0689. Archivo Fotográfico de El Heraldo de México-Gutiérrez Vivó-Balderas, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

La protesta estudiantil de 1968 marcó un parteaguas en la historia reciente de México y otros lugares del mundo. El sentido y significados de aquel episodio hay que buscarlos en la onda expansiva de la década de los sesenta. El 68 ha sido estudiado desde distintas vertientes, que cubren los ámbitos de la política, la sociedad y la cultura de la historia de nuestro país.

La médula del movimiento consistió en la reivindicación de un Estado de derecho, en un momento en que el sistema político mexicano giraba en torno a un solo partido, el Revolucionario Institucional (PRI), el cual gobernaba sin contrapesos democráticos reales y con una subordinación de los poderes legislativo y judicial a la figura del presidente en turno.

Los hechos del 68 constituyen un referente para la historia de los capitalinos. Una parte significativa de ellos tuvo lugar en las calles y las avenidas de una urbe de seis millones de habitantes. La protesta social se inició de una manera muy violenta a finales del mes de julio en el centro de la ciudad, con una gran represión de policías, granaderos y soldados contra los adolescentes de prepas y vocacionales, fue retomada de manera pacífica en agosto por los universitarios y politécnicos en el sur de la capital y llegó a su clímax a lo largo del mes de septiembre en el norte y de manera particular en el barrio de Tlatelolco, escenario de grandes batallas campales de estudiantes y padres y madres de familia contra policías, granaderos, judiciales y miembros del ejército mexicano apostados en la zona.

Finalmente, la masacre de un número todavía no determinado de ciudadanos ejecutada por parte de francotiradores profesionales del Estado Mayor Presidencial, soldados del ejército, y grupos paramilitares la tarde del 2 de octubre en la Plaza de Las Tres Culturas representó un foco de terror que se extendió con su terrible dosis de miedo, desencanto y paranoia a los habitantes de otras zonas de la ciudad en las siguientes semanas.

Las marchas festivas de los estudiantes y otros sectores de la población realizadas en los meses de agosto y septiembre de aquel año recorrieron grandes extensiones de la ciudad desde distintos lugares y la mayoría culminó en el zócalo capitalino, un espacio semi-sagrado, reservado hasta ese momento a la expresión pública de sindicatos charros y otros grupos afines a la política del presidente en turno. De esta manera, la protesta del 68 se extendió a zonas muy amplias de la capital, si tomamos en cuenta el accionar cotidiano de las brigadas estudiantiles que llevaron propaganda juvenil por los rumbos más diversos y heterogéneos, de la extensa zona de Iztapalapa al barrio de Tepito y la colonia Doctores, o bien, de Tacubaya a Ciudad Satélite y Azcapotzalco, pasando por los pueblos de Tlalpan, Xochimilco y Topilejo, entre otros muchos itinerarios: una urbe marginada y compleja muy distinta a la ciudad idealizada y edulcorada imaginada por los diseñadores del comité olímpico para la gesta deportiva de aquel año.

En los últimos años la memoria de los líderes y protagonistas de los hechos ha sido atendida a partir de la perspectiva de la historia oral. A su vez, el interés de los investigadores se ha extendido a los recuerdos de los brigadistas y otros ciudadanos de a pie y se han incorporado algunas lecturas de género, con lo que se ha cubierto una cantidad importante de testimonios, que sin embargo resultan aún insuficientes.

En el contexto de lo anterior, puede señalarse que la perspectiva infantil representa todavía un vacío a la hora de recrear y dar cuenta de los acontecimientos de aquella época, y es que el imaginario que conocemos hasta este momento está representado por un mundo percibido y narrado en forma predominante por adultos varones, con los intereses y preocupaciones políticas y existenciales que se desprenden de ello.

Al respecto, mi experiencia personal me ha ofrecido algunas claves para acercarme a este tema e imaginar otros escenarios. Yo nací muy cerca de Ciudad Universitaria, en el sur de la ciudad de México, en el seno de una familia de clase media y tenía ocho años cuando se presentó en mi vida el vendaval del 68. Entre otras imágenes que se pierden en la bruma del tiempo, recuerdo varios acontecimientos que marcaron mi vida para los años venideros:

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¿Propiedad privada o comunal? La tierra y los pueblos indígenas en tiempos de Maximiliano

Alexis Ricardo Hernández López
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Las intenciones del emperador austriaco de mejorar las condiciones de vida de los indígenas, por medio de su conversión en propietarios privados de sus tierras para que pudieran obtener mejor rendimiento económico de ellas, chocaron con sus costumbres comunitarias. Tal fue el caso del pueblo de Santa Ana Tepetitlán y su defensa de la propiedad comunal. Con el fusilamiento de Maximiliano, la propuesta nunca se pudo cumplir, pero quizá lo que vendría después sería peor para los pueblos originarios.

Visita de la embajada de indios kikapúes al emperador Maximiliano, ca. 1865, óleo sobre tela, copia del original de Jean Adolphe Beaucé. Museo Nacional de Historia, Secretaría de Cultura-INAH-MéX. Reproducción autorizada por el INAH.

Visita de la embajada de indios kikapúes al emperador Maximiliano, ca. 1865, óleo sobre tela, copia del original de Jean Adolphe Beaucé. Museo Nacional de Historia, Secretaría de Cultura-INAH-MéX. Reproducción autorizada por el INAH.

Es sabido que la época del segundo imperio mexicano (1864-1867) fue una de las más trascendentes para la historia de nuestro país, ya que en ella se definió si lograría o no consolidar su independencia frente a las grandes potencias europeas, como el segundo imperio francés de Napoleón III, quien en 1862 emprendió una intervención militar en México con el propósito de ampliar su dominio hacia el continente americano, misma que fue apoyada por los grupos conservadores mexicanos que deseaban quitar del poder al presidente Benito Juárez y acabar con
la república federal, a fin de establecer una monarquía y que derivó en la llegada de Maximiliano de Habsburgo al trono de México en 1864.

Sin embargo, otra razón por la que este periodo fue tan importante radica en que marcó un parteaguas en la historia de las relaciones del gobierno mexicano con los pueblos indígenas pues,
por primera vez desde la época virreinal, se estableció un canal de comunicación con los grupos originarios por medio de la Junta Protectora de las Clases Menesterosas (JPCM), cuyo presidente fue Faustino Galicia Chimalpopoca, un intelectual nahuatlato –es decir, hablante del idioma náhuatl– que gozaba de gran estima entre las comunidades autóctonas.

En efecto, la JPCM fue creada por decreto del emperador el 10 de abril de 1865, con el objetivo de recibir y atender quejas y peticiones por parte de los grupos menesterosos, es decir, de aquellas personas que no contaban con los recursos necesarios para vivir (entre las que se encontraban viudas, ancianos, campesinos, pero sobre todo los indígenas), así como de elaborar leyes para mejorar las condiciones de vida de este sector de la sociedad.

La creación de esta institución respondió al interés que Maximiliano mostró por los pueblos autóctonos desde su llegada a México ya que, a partir de entonces, recibió en el Castillo de Chapultepec a comisiones de representantes indígenas, provenientes de diversos lugares del territorio mexicano para escuchar directamente sus problemas, y buscó implementar una política proteccionista sobre ellos al percatarse de la usurpación que las autoridades locales y hacendados hacían de sus tierras comunales y recursos naturales.

Estas usurpaciones se habían incrementado años antes con la promulgación de la Ley de desamortización el 25 de junio de 1856, creada por Miguel Lerdo de Tejada (Ley Lerdo), con el objetivo de acabar con la propiedad comunal en favor de la privada, ya que los políticos liberales que promovieron dicha ley concebían la tenencia colectiva como un obstáculo para el desarrollo económico del país, por estar dirigida a una agricultura de autoconsumo y porque no permitía la libre venta de terrenos, puesto que éstos pertenecían al pueblo en su conjunto y no podían venderse entre particulares.

Si bien la preocupación que mostró Maximiliano por la situación de los pueblos indígenas ocasionó que al interior de estos surgiera una gran esperanza de recuperar sus tierras y mejorar su situación, ya que anteriormente habían sido ignorados por los diferentes gobiernos mexicanos, sería equivocado pensar que todas las comunidades reaccionaron con el mismo entusiasmo ante el arribo del nuevo monarca. Al igual que Benito Juárez y los liberales, el emperador quiso convertir a este sector de la sociedad en propietario privado de sus terrenos para acabar con la propiedad comunal, la cual era vista por él como un impedimento para el crecimiento económico de México.

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La solidaridad en 1985. Memoria de los efectos del terremoto en la colonia Condesa

Juan Andrés Esteva Salazar
Universidad Iberoamericana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

La gestión solidaria colectiva sacó adelante a los habitantes de la ciudad de México en la tragedia de hace 32 años. En una de las colonias emblemáticas de la delegación Benito Juárez, el silencio y el pesar se extendieron por meses. Impactado por el temor, la necesidad de sobrevivir, la búsqueda de seguridad, muchos de sus vecinos prefirieron rehacer y continuar sus vidas en otros barrios o migrar a ciudades del país que los alejara de aquella experiencia dolorosa.

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A las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985 se registró en la Ciudad de México un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter, con una duración de 90 segundos. Al día siguiente, a las 19:20 de la noche, hubo una réplica de menor intensidad. El reporte oficial habló de 6 000 o 7 000 personas fallecidas, sin embargo, la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) registró 26 000, mientras que las organizaciones de damnificados calcularon en 35 000 el número de muertos. La cantidad de heridos ascendía? a más de 40 000, aunados a los 4 100 que fueron rescatados con vida de los escombros. Los edificios destruidos sumaron 400, incluyendo hospitales como el Juárez y el General, el edificio “Nuevo León” del Conjunto Habitacional Nonoalco-Tlatelolco, el edificio de Televicentro (actualmente Televisa Chapultepec), los Televiteatros (Centro Cultural Telmex), una de las Torres del Conjunto Pino Suárez de más de 20 pisos que albergaba oficinas del gobierno, los lujosos hoteles Regis, DiCarlo y Del Prado, ubicados en la zona de la Alameda Central, así? como varias fábricas de costura en San Antonio Abad (en las cuales murieron muchas trabajadoras) y varios edificios del Centro Médico.

Aquella mañana de septiembre, una parte importante de la capital del país quedó arrasada. Todos los servicios públicos se colapsaron, fundamentalmente en las zonas afectadas: el agua potable, la luz, el transporte público, las principales vialidades de la zona centro. La ciudad quedó incomunicada del resto del país y del mundo por la caída del sistema telefónico.

Los efectos del terremoto en la región centro de la Ciudad de México (el antiguo lecho del lago) fueron devastadores y tuvieron efecto en la colonia Condesa, por su ubicación central y cercanía con la colonia Roma, que se vio muy afectada por el gran número de edificios que resultaron dañados y posteriormente fueron derrumbados como las torres A1, B2 y C3 del Multifamiliar Juárez, el cine Morelia o los que quedaron seriamente dañados como Oaxaca #86 y Chapultepec #318, y que no han sido intervenidos. Diversos entrevistados aportaron testimonios muy vividos de todo el proceso y lo que significó, más allá incluso del día 19, pues el elemento en común de todos ellos fue la solidaridad con los damnificados, lo que a la larga se convertiría para la memoria colectiva en un precedente de su participación en la sociedad civil y en la creación de organizaciones vecinales:

“entonces yo me hinco en la puerta y se
levanta “ y me dice: “¿Por qué rezas por los
demás si nosotros estamos en el mismo riesgo?”,
grita mi hijo el médico, y le digo: “Pero
a nosotros no nos va a pasar nada, este edificio
aguantó el del Ángel y ahora lo vamos
a resistir igual. Yo rezo por los que se están
muriendo” Era muy fuerte, todavía me llegó
una llamada de la delegación Cuauhtémoc,
la señora Fabre del Rivero me llamó, y me
dijo: “Vente a la delegación a como dé lugar,
hay mucho que trabajara”. Hasta ahí?, ya no
volvimos a tener línea telefónica.
“Pues sí que la Roma y la Condesa
parecían ciudades bombardeadas pero
se armó una armonía entre la gente, era
impresionante”

En efecto, uno de los fenómenos simbólicos después del terremoto fue la rapidez con que la población civil se organizó: improvisó estaciones de auxilio, donó artículos y contribuyó como le fue posible al esfuerzo de recuperación, lo cual incluyó quitar y pasarse piedras mano a mano, regalar linternas, cascos de protección, etc. Los automóviles de varios civiles se tornaron vehículos de auxilio. Líneas de personas movían medicamentos para ser inspeccionados y posteriormente suministrados. Cruces dibujadas con color rojo sobre papel eran suficientes para identificar personal o locales de auxilio.

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Hospital de la Luz. Cuando la atención no hace distinciones económicas

Jaime Lozano Alcázar
Director Médico de la Fundación Hospital Nuestra Señora de la Luz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

Con más de un siglo de vida sobre sus espaldas, este hospital se considera la cuna de la oftalmología en México, y centro de enseñanza de destacados especialistas mexicanos y latinoamericanos. Su consigna es que ningún paciente deje de recibir atención.

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Los antecedentes de la oftalmología en México se pueden remontar hasta la época precortesiana. Los aztecas o nahuas designaban a los ojos con un término por demás significativo y aun político, ixtelolotli (El Espejo Mágico). Las enfermedades oculares en conjunto se llamaban ixcocoliztli. Distinguían la catarata: ixtepella o cocoztic; las inflamaciones de los parpados: ixtenchichipeliulitzli; el orzuelo (perrilla): ixtomoniliztli; al paciente con estrabismo se designaba: ixnecuiltic; al miope: amoixtlapatli y a la migraña o jaqueca: ixcocoliztli.

En el Códice Florentino se presentan algunas recetas para aplicación local en padecimientos oculares, por ejemplo, para el glaucoma recomendaban una hierba, la ohuaxocotolin mezclada con excremento.

Se dice incluso que los teixpati (médicos que practicaban cirugía) hacían la operación de catarata con la misma técnica que se usaba en Europa y Asia en la época, la reclinación, solo que allá? con instrumentos metálicos y acá con espinas de maguey. Parece que entre los tarascos o, mejor dicho, purépechas, los tzinangaricuperi, practicaban la misma intervención quirúrgica.

Desde luego, durante el virreinato se siguieron ocupando de los padecimientos oculares; el primer libro de medicina impreso en Nueva España en 1579, respetando la ortografía original, Tractado Breve de Anothomia y Chirvgia, y de algunas enfermedades, que suelen hauer en esta Nueva España. Compuesto por el muy Reverendo padre Fray Augustin Farfan, Doctor en Medicina y Religioso de la Orden de Sant Augustin menciona aspectos anatómicos y de enfermedades de los ojos. Seguramente entonces se seguida practicando la reclinación de la catarata.

En la Gazeta de México (la publicación periódica más antigua de México fundada por don Juan Ignacio María de Castorena y Ursúa, el 1 de enero de 1722) aparecía en el año 1803 un anuncio de José Morales Quiñones, publicando que había operado 402 cataratas con éxito, si bien asimismo confiesa que tuvo también 29 casos con malos resultados.

Luego de la independencia, los más renombrados médicos mexicanos del siglo xix, como los doctores José Miguel Muñoz, Miguel F. Jiménez, Ladislao de la Pascua, Luis Muñoz, Eduardo Liceaga, Rafael Lavista y otros, se interesaron especialmente en los padecimientos oculares y muy probablemente practicaban cirugía ocular; se sabe que el doctor Jose María Vertiz operó 100 cataratas en “El hospital de pobres”. Sus nombres son ampliamente conocidos por las calles de la colonia Doctores en la Ciudad de México.

El 6 de diciembre de 1850 es una fecha memorable para la historia de la oftalmología y la medicina mundiales; ese día Hermann von Helmholtz presentó en la Physikalische Gesellshaft de Berlín su oftalmoscopio: por primera vez se pudo ver en vivo el fondo del ojo de los humanos! Este invento detonó la erección de la oftalmología como especialidad de la medicina; tan sólo siete años después, 1857, se llevó a cabo el Primer Congreso Internacional de Oftalmología en Bruselas.

 

El doctor Manuel Carmona y Valle describe así el acontecimiento:

Desde que el inmortal Helmholtz descubrióel ophtalmoscopio [sic]; la oftalmología ha dado pasos gigantescos, y lo que antes no era sino una pequeña rama de la medicina, hoy es una ciencia que merece ocupar toda la actuación exclusiva del hombre – Auto-ophtalmoscopía (Gaceta Méica Mexicana, 1867)

Así, no sorprende que quien trajera por primera vez a México el oftalmoscopio de Helmholtz se considere “El Padre de la Oftalmología Mexicana”. Unos atribuyen esto al propio doctor Carmona y Valle, otros, al doctor Ángel Iglesias y Domínguez.

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Ciudad de México. Mexico City

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

Ciudad de México. Mexico City

Entrada de Scott a la ciudad de México (2)

Basta el estruendo del primer cañonazo para despertarla, habría querido dormir otro poco, la madrugada estuvo llena de ruidos que interrumpían su sueño y le negaron el descanso: voces que daban órdenes, carretas que se arrastraban sobre el empedrado, patadas y relinchos de caballos a los que se disponía para el recorrido hacia el mar, botas que andaban, corrían, bajaban, subían. Se acurruca de nuevo, solo quiere un minuto de tregua, no pensar en la nueva realidad que se aproxima. Pero el segundo cañonazo le trae su obligación a la memoria, sí debe presenciar la salida del invasor, mostrar alivio y regocijo en una fecha que será notable en los fastos nacionales, las generaciones venideras recordarán este 12 de junio de 1848 como el día de la liberación, muchos países celebran uno, México tendrá? que hacerlo desde hoy y para siempre.

Ve el zócalo, son las seis, el sol se acaba de asomar, su luz viste a la catedral, los palacios y los portales con ropajes de estreno, ¿qué no es una fiesta? La infantería y la caballería, 10 o 12 o 14 000 hombres forman un cuadro azul alrededor de la plaza, mientras que 5 o 6 000 voluntarios, seguidos por más de un centenar de carretas cargadas con la artillería y un buen suministro de víveres,  trazan una línea multicolor que se extiende por Plateros, casi llega a la Alameda, entre todos semejan un ejército de juguete listo para desfilar en cuanto se le dé cuerda, pero esa es nada más una imagen. Ella lo sabe mejor que nadie, lo supo muy pronto, cuando sus dueños la abandonaron y no había quien la protegiera.

Mientras los cañones disparan y la bandera de las barras y las estrellas desciende del asta de palacio, se acuerda del 14 de septiembre, cuando el enemigo pasó por las garitas de San Cosme y Belén, para dirigirse luego hacia la plaza mayor. Ya desde antes (Padierna-Churubusco-Molino del Rey-Chapultepec) la había estado rodeando, la asedió, la acosó, pero ella se sentía segura, nunca creyó estar en peligro, su hogar era una fortaleza. Ese día se percató de su error, Él iba a tomarla, nada lo impediría, y tuvo miedo y reaccionó impulsivamente, tan pronto se le acercó, intentó empujarlo, lo araño, lo mordió y también lo golpeó, tenía que lastimarlo. Durante 37 horas se batió en las calles y las avenidas, acechó atrás de las esquinas y en los quicios de las puertas, desde las ventanas y las azoteas le arrojó piedras, palos, ladrillos y hasta agua hirviendo. Pero tu defensa no sirvió para ahuyentarlo, fracasaste.

 

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La ciudad de México durante la década de 1840

Regina Hernández Franyuti
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 37.

Los últimos nueve años de su vida, Mariano Otero se mudó de la rebelde Guadalajara a la capital del país, donde desarrolló los momentos cumbres de su carrera política. Si bien era de una ciudad de costumbres provincianas como la de su origen jalisciense, la presencia aquí de los principales poderes del país la hacían muy diferente.

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Por su importancia política, económica, social y cultural, la ciudad de México era desde la época novohispana el punto central y neurálgico de un país que buscaba afanosamente construirse como un Estado moderno. En las primeras décadas del siglo XIX formaba parte de las 11 municipalidades que desde 1824 integraban la estructura territorial, política y administrativa llamada Distrito Federal. Era la capital nacional.

Su área urbana aún conservaba, con muy pocas variantes, sus límites establecidos desde la época novohispana: al norte la garita de Santiago; al oriente, la de San Lázaro; al sur, la garita de la Piedad y San Antonio Abad; y al poniente, Bucareli y San Cosme. Este espacio aún estaba definido por dos áreas: la traza colonial con sus calles amplias, tiradas a cordel y orientadas de norte a sur y de este a oeste cortándose en ángulos rectos para conformar manzanas rectangulares; y el correspondiente a la zona aledaña que, desde el siglo XVI, había sido destinado a la población indígena, y que albergaba los antiguos barrios de San Juan Moyotlan, ubicado al suroeste; San Pablo Teopan, al sureste; San Sebastián Atzacoalco, al noreste; y Santa María Cuepopan, al noroeste; cuyas calles, callejones y manzanas eran irregulares y hacia donde, desde las últimas décadas del siglo XVIII, poco a poco, la ciudad había ido extendiéndose.

A estos límites se sobrepuso una delimitación administrativa que desde 1782 dividió a la ciudad en ocho cuarteles mayores, subdivididos a su vez en cuatro menores que hacían un total de 32 cuarteles destinados a favorecer la gestión urbana.

Sus 200 000 habitantes, aproximadamente, se distribuían en 316 calles, 140 callejones, doce puentes, 90 plazas y plazuelas y doce barrios. La ciudad era un mosaico de variados grupos sociales. Aristócratas, burócratas, políticos, militares, obispos y sacerdotes convivían con un sinfín de mendigos y vendedores ambulantes procedentes de los pueblos de los alrededores, que recorrían las calles y plazas anunciando a viva voz sus mercancías.

Pero también existía una división socioespacial. Al norte y al oriente se carecía de los más elementales servicios, las calles se encontraban sucias con aguas encharcadas, las atarjeas azolvadas, el aire pestilente azotaba a una población que apenas lograba sobrevivir en ese mundo de miseria y suciedad. Sin embargo, hacia el poniente la ciudad se ensanchaba y embellecía buscando agua, aires puros, otros aromas que le ofrecieran salud y bienestar.

En la zona surponiente, a pesar de la irregularidad de sus manzanas, de sus calles y callejones, en 1848, en los terrenos de lo que antiguamente era la Candelaria Atlampa y San Antonio de los Callejones en el barrio de San Juan, se formó la colonia Francesa o barrio de Nuevo México (hoy entre las calles de Bucareli, San Juan de Letrán, Victoria y Arcos de Belén), donde se fundaron fábricas de hilados y tejidos, plomerías y carrocerías, así como casas con jardines propiedades de ingleses y franceses. Guillermo Prieto en su libro Memorias de mis tiempos, dice que:

 

Por Nuevo México se comenzaron

a instalar varios obreros franceses;

como por encanto se abrieron cantinas

francesas y cafés y los domingos

sonaba el pistón, se chocaban vasos,

copas, se bailaba así la población crecía

poco a poco, viéndose salir de

atolerías y fonditas güeritos como

en el Boulevar de San Antonio.

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El estallido urbano de las colonias capitalinas

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

Con el inicio del siglo XX, los huertos, campos agrícolas y pequeños pueblos y parajes cercanos al centro de la ciudad de México sufrieron un cambio radical. La capital se expandió y así muchos de ellos quedaron encapsulados por una mancha urbana que aún preserva algunos lugares y edificaciones para descubrir su pasado.

Style: "MEXICO"

Vivir en una urbe tan grande como lo es la ciudad de México tiene encanto y fascinación, pero al mismo tiempo, múltiples problemas debido principalmente al crecimiento des­medido y sin planeación de la ciudad. Si nos remontamos a otras épocas, veríamos que los límites de la ciudad no iban más allá de lo que hoy conocemos como Centro Histórico y que a lo largo del siglo XVIII el espacio no sufrió cambios notables. Las viviendas, el comercio, las oficinas, las diversiones, los teatros, los hos­pedajes y los cafés, las imprentas y librerías, y otros establecimientos se encontraban situa­dos dentro de esa delimitación. Fue a finales del siglo XIX y sobre todo a principios del XX cuando su fisonomía se transformó. Sus lindes comenzaron a extenderse hacia el poniente y hacia el sur con nuevas demarcaciones, colonias que darían abrigo a las clases medias y altas. San Rafael, Santa María La Ribera, Roma y Condesa, entre otras, fueron buenos negocios para quienes se aventuraron en el diseño y ur­banización de los nuevos fraccionamientos que iban arrancando el carácter rural a los espa­cios en donde antes había haciendas, potreros y ranchos, con cultivos de maíz y pastizales.

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Al sur de la municipalidad de México exis­tían distintos pueblos aledaños como La Piedad, Mixcoac, Tlacoquemécatl, San Lorenzo Xochimanca, Xoco, Actipan, Zacahuitzco y otros más, que contaban con pequeños talle­res, fondas y pulquerías, ladrilleras, molinos y pulperías para abastecer las demandas cotidia­nas de sus pobladores. Amplias propiedades ocupaban las haciendas (Narvarte, Portales y los ranchos Los Amores, San Borja, Santa Rita, California, Pilares, Colorado y Álamos, entre otros) que eran productoras de cereales, flores y frutos. Las fábricas de ladrillos habían socavado los terrenos y dejarían huella de su presencia.

Para adquirir mercancías más elaboradas o específicas, la población de estos parajes se veía obligada a viajar hasta la ciudad de Mé­xico con el fin de proveerse de los productos que no encontraban, ocuparse del arreglo de asuntos importantes o para acudir a las fiestas y diversiones.

En ocasiones especiales estos lugares se vestían de gala atrayendo a numerosos visi­tantes que acudían a las fiestas patronales de San Lorenzo, Santa Cruz, Nuestra Señora de la Piedad, el señor del Buen Despacho o la de Santo Domingo… En santuarios o en iglesias se daban cita los pobladores para participar de la alegría del momento, con la misa y la proce­sión, la feria y los fuegos artificiales.

Estos pueblos, fincas, ranchos y haciendas en múltiples ocasiones sirvieron en el siglo XIX como refugio seguro para aquellos que huían de los levantamientos y disturbios que les tocó presenciar en la ciudad de México.

Guillermo Prieto en sus Memorias de mis tiempos así lo describe: Para el público, un pronunciamiento era un jubileo y un motivo de hol­gorio. Cerrábase el comercio, quedaban desiertas las oficinas; las calles solitarias resonaban con el galope de los caballos; la gente se agolpaba en las esquinas para atravesar de un punto a otro […] La vida se desplazaba a otras localidades: a los barrios y pueblos lejanos se trasladaba el movi­miento, las tiendas tenían mayor tráfico, las po­llas daban a la luz sus vestidos domingueros y los vecinos entablaban diálogos de balcón a balcón inquiriendo noticias.

[…]
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