Archivo de la etiqueta: Campeche

Lotería Campechana. Una bolada con historia

José Manuel Alcocer Bernés
Director del Archivo General del Estado de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48.

Detrás de los personajes, paisajes o animales que forman parte de las ilustraciones de este juego popular en Campeche a partir de los años treinta del siglo XX, hay un relato que tiene en su memoria la oportuna difusión por una fábrica cigarrera.

BiC_48_800PX197

Se limpia la mesa y a su alrededor se sientan los jugadores y extienden sus cartillas. Los principiantes jugarán una o dos, los avanzados de cuatro a ocho y los expertos se atreverán con diez o quizá hasta quince cartillas. Después de pagar el monto acordado por cada una de ellas, se inicia la bolada y de una bolsa muchas veces gastada por el uso, como pepitas mágicas van saliendo los números que son “cantados”, según la estampa que le acompaña.

Todas las miradas están sobre los cartones que contienen 25 imágenes de animales, astros, frutas, personas y artículos que forman parte de la vida cotidiana; los jugadores se mantienen atentos a la persona encargada de “cantar” la lotería,  una a una se van formando las figuras de manera indistinta y  a medida que va avanzando la cantada –el reto es formar con cinco imágenes, cuadros, cruces, líneas, la V, o la “tijera”–,  los participantes ansiosos esperan que salga la figura esperada para completar el juego y gritar “lotería”.

Por fin la figura tan esperada sale y alguien grita “lotería”, la tensión se relaja y se dibujan rostros de desilusión. Alguien por ahí pregunta, “¿qué seguía?, y al decirla, se oyen comentarios, “con esa me la sacaba”, o “mira cuánto esperaba esta cartilla”. El que lleva la voz revisa la cartilla ganadora, entrega el ansiado premio que es en efectivo, pues para poder jugar hay que pagar por cada cartón, al término se inicia otra bolada. Así son las tardes-noches de la lotería campechana.

Los orígenes

Los mexicanos somos un pueblo afecto por tentar la suerte a través de diversas maneras. Una de ellas es la lotería, ese juego de azar, muy frecuente en el México colonial, al grado que su uso fue legalizado. El objetivo: destinar las ganancias a la beneficencia pública. Independiente de esta lotería, en las ferias de los pueblos los asistentes se entretenían no solo con ella, sino con diversos juegos de azar: barajas, dados, ruleta, la bolita, quinielas, o lotería, lo que muestra la afición de la gente por estos.

Quizá como buenos campechanos que somos, hemos pensado que nuestra lotería fue la primera en la región peninsular, pero no. José Enrique Ortiz Lanz, en su obra ¡Lotería! Un mundo de imágenes nos dice que la primera vez en que se escuchó la palabra “¡Lotería!” fue en Mérida, en la feria en honor de San Cristóbal, el santo patrón de un barrio. Al respecto, Frederick Catherwood a su paso por estas tierras anotó: “Y esta gran muchedumbre, entre las cuales estaban personas que habíamos visto poco antes orando en el templo, se hallaba ahora reunida en una casa pública de juego. La clase de juego a que se entregaban aquellas buenas gentes se llama lotería y es una diversión favorita en todas las provincias mexicanas. En Yucatán se extiende a todos             los pueblos de la península.”

¿Cuál es el origen de la lotería campechana y cómo es que ha logrado convertirse en parte de la identidad de los pobladores del puerto, así como de otros pueblos y ciudades del estado?, pues el mar, las murallas y la lotería son elementos que nos identifican. ¿Su creador o sus creadores habrán pensado que este juego se convertiría en lo que es ahora? Un pasatiempo que forma parte de la vida cotidiana local y llama la atención de los fuereños, como nos refiere Marisol Moreno: “Hace unas semanas viajé por el sureste. Al visitar Campeche, pude ver personas que jugaban a la lotería en la plaza”.

Según la investigación realizada por Ileana Pozos y Juan Carlos Saucedo en 100 años de lotería campechana, un industrial yucateco de nombre José María Evia Grignett, estableció en 1891 en la calle 59 número 11 y 13, entre la 10 y la 12, de la ciudad de Campeche, una fábrica de cigarros llamada “La Esperanza”. Estos cigarrillos muy pronto se convirtieron en los preferidos de los campechanos. Así se anunciaban en el periódico “El Reproductor Campechano” en 1895: “Forma acabada, conquista la vista, olor persistente y grato al olfato, sabor sin ningún disgusto el gusto y esos cigarros es justo que sean los preferidos, pues halagan tres sentidos la vista, el olfato y el gusto”.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Para saber más

  • MOLINA, SILVIA. Campeche, Imagen de eternidad. México, CONACULTA, 1996.
  • POZOS LANZ, ILEANA y JUAN CARLOS SAUCEDO. 100 años de Lotería campechana. INBA-Gobierno del Estado de Campeche, 1995.
  • ORTIZ LANZ, JOSÉ ENRIQUE, Lotería, un mundo de imágenes. Las loterías de figuras en Campeche y México. México, LXIII legislatura, 2017.

La dominación blanca sobre los territorios maya

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de San Francisco de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

A partir de la colonización española en el sureste mexicano, las revueltas de las poblaciones indígenas maya ante la apropiación de sus tierras fueron derrotadas unas tras otras. Como pueblo originario sobreviven sus costumbres y lengua, y el legado histórico y cultural.

Yo quisiera que hoy desapareciera esa raza maldita y jamás volviese aparecer entre nosotros [...] yo los maldigo, hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de exterminio.

Justo Sierra O’Reilly, Diario de nuestro viaje…

6_Acuarelas_2M

Anónimo, Acuarela de la guerra de castas, pintura mural, ca. 1900. Museo del Pueblo Maya de Dzibilchaltún, Yucatán, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

A partir de la conquista, los españoles se fueron expandiendo sobre los grandes territorios indígenas, estableciendo haciendas y estancias ganaderas en diferentes sitios, como Hecelchakán y Bolonchén, en el actual territorio del estado de Campeche, lo que provocó un gran resentimiento entre la población nativa que fue perdiendo sus áreas de cultivo.

Los mayas mantenían una lucha constante por la abolición de los tributos eclesiásticos y civiles, la defensa de sus tierras y la erradicación de las diferencias de castas en la impartición de la justicia, mientras que, desde el gobierno, los blancos lidiaban por sostener sus políticas de dominio.

Otra causa del descontento de la población indígena fue el pago de las llamadas obvenciones parroquiales (doce y medio reales para los hombres y nueve para las mujeres) que tenían que pagar en forma obligatoria. Además, entre 1838 y 1845, los mayas fueron utilizados como leva en ejércitos de líderes locales con el ofrecimiento de suspenderles las contribuciones y obvenciones, pero una vez alcanzados sus propósitos se olvidaban de las promesas hechas. Todo esto acrecentó el enojo de la población maya contra los blancos. Finalmente se organizaron para iniciar una gran rebelión encabezada por Manuel Antonio Ay, cacique de Chichimilá; Cecilio Chi, cacique de Tepich: y Jacinto Pat, cacique de Tihosuco.

Para 1847, la provincia de Yucatán estaba dividida en cinco partidos: Mérida, la capital, donde se asentaba el gobierno; Izamal con una concentración de indígenas muy importante; el distrito de Campeche, puerto exportador e importador en la península; Valladolid con una fuerte congregación nativa y, por último, la región de Tekax, “donde surgió el sector indígena más agresivo durante la guerra, amén de que en Tepich, perteneciente a este distrito, comenzó la lucha el 30 de julio de 1847”, como señala la investigadora Teresa Ramayo. Una carta descubierta de manera involuntaria alertóa las autoridades yucatecas de que los caciques mayas estaban preparando un levantamiento contra ellos. Ay, quien tenía la misiva, fue enjuiciado y fusilado. Esta acción fue la chispa que prendió el fuego y en pocos días la insurrección cundió por todo el territorio, iniciándose una de las rebeliones indígenas más larga y sangrienta y cuya verdadera conclusión no llegaría sino hasta entrado el siglo XX.

La toma de Tepich por las fuerzas de Cecilio Chí, aterrorizó a los blancos; se hablaba de la profecía del Chilam Balam que señalaba que todos los “Dzules” (blancos), serían expulsados del territorio y ello permitiría el renacimiento de la raza maya. El odio se reflejó en pueblos arrasados con violencia, degollamiento de sacerdotes, violación de mujeres, incluso se hablaba de sacrificios humanos a los dioses indígenas. Todas estas noticias corrieron de boca en boca por lo que oleadas de “Dzules” abandonaban y abarrotaban los caminos huyendo de lo que ellos llamaban “la rebelión de los indios bárbaros”.

Las autoridades prohibieron que se les vendieran pólvora y plomo, el uso de armas, el cultivo del maíz (solo se permitía lo necesario para su alimentación), y el consumo de alcohol. Los que no acataron tales medidas fueron apresados y enviados a los presidios de Campeche y Veracruz.

Para mediados de 1848, prácticamente todo el territorio estaba en manos de los rebeldes, excepto Mérida, Campeche y algunos pueblos del Camino Real. El gobierno no encontraba una solución viable al conflicto. El gobernador Santiago Méndez dejó el mando a Miguel Barbachano, quien envió comisiones de paz, encabezadas por sacerdotes, pues tal parecía que los mayas solo confiaban en ellos. Anteriormente, Méndez, en un intento de solucionar el conflicto había redactado cartas para los gobiernos de España e Inglaterra pidiendo su apoyo económico y militar. Incluso su yerno, Justo Sierra O’Reilly, fue enviado a Estados Unidos solicitando ayuda a cambio del territorio.

Las comisiones de sacerdotes tuvieron éxito, pues se firmaron los acuerdos de Tzucacab con Jacinto Pat, en los que parecía que se ponía fin a la guerra. Sin embargo, el conflicto no estaba finiquitado, más bien entró en receso debido a una serie de acontecimientos: la muerte violenta de Cecilio Chí, el más radical de los jefes rebeldes; el desgaste de varios años de guerra, las discordancias entre los grupos, la dificultad para conseguir pólvora y armas, y la falta de alimentos, principalmente de maíz.

[...]
Para leer el cuento completo, consulte la revista BiCentenario.

La visita imperial de Carlota a Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28

La esposa de Maximiliano realizó una gira por Yucatán y Campeche a finales de 1865 con el fin de consolidar el imperio. Fueron días de fiestas y alegría para los lugareños y jornadas agotadoras de recepciones y recorridos por hospitales y escuelas.

 

Camino de Orotaba a Campeche con Puentes y hacienda (1280x564)

Camino de la hacienda de Orotava a la ciudad de Campeche. Colección particular MAB.

El 20 de noviembre de 1865 el Periódico Ofi­cial del Departamento de Campeche anunciaba la próxima visita de su majestad imperial la emperatriz Carlota, la cual permanecería allí varios días. De inmediato, la capital se volvió un caos pues todos querían participar de las ceremonias en su honor. Las modistas y sas­tres empezaron a alistarse para la elaboración de vestidos y trajes, y los comercios de telas prácticamente agotaron sus mercancías. Días después se informaba que el Ayuntamiento ha­bía nombrado a los señores José Jesús Peraza, Manuel Méndez Estrada (primo de José María Gutiérrez de Estrada) y Juan Castilla Pérez encargados de organizar la serie de festejos que se realizarían en honor de la augusta dama.

La emperatriz arribó a Yucatán por barco al puerto de Sisal y de ahí se dirigió a Méri­da donde permaneció varios días cumplien­do una serie de compromisos oficiales. A su termino emprendió el camino hacia Campe­che, acompañada por el ministro de Estado, José Fernando Ramírez, dos damas de honor, un primer secretario de ceremonias, un di­rector del gran chambelanato, un médico de cámara, 30 soldados de infantería belga y 40 de a caballo para su escolta. Tomaron la ruta que hoy se conoce como el Camino Real, y que abarca los municipios de Calkiní, Hecel­chakan y Tenabo, sitios donde se realizaron ceremonias en su honor, fueron levantados arcos triunfales, se tocó música y los cielos se llenaron de cohetes, además de que se le dio un recibimiento afectuoso por parte de los habitantes, autoridades locales y caciques de los poblados. En Hecelchakan fue agasajada en la iglesia, bajo palio y se cantó un tedeum en su honor, también visitó una escuela de primeras letras en la que los niños hicieron alarde de sus conocimientos. Luego se le sirvió un banquete en el que participaron algunos vecinos y caciques.

A la hora de pernoctar lo hacía en hacien­das, como la de Cholul de Pedro A. Man­zanilla, rico propietario de tierras, o en las de otros prósperos hacendados como Juan Méndez y Pedro Ramos. Su llegada a Tena­bo estuvo llena de entusiasmo. Ahí la recibió una comisión presidida por Nicolás Dorantes y Ávila, presidente del Consejo Departamental y por prominentes personajes como Federico Duque de Estrada, Antonio Lanz Pimentel, el presbítero Mariano Ruz y otros vecinos notables. Luego continuó su camino hacia la hacienda Río Verde, donde descansaría antes de su arribo a la ciudad de Campeche.

Manzana dA?nde se encuentra la casa en la que residiA? la emperatriz durante su estancia en Campeche (800x463)

Las crónicas señalan que desde las 10 de la mañana se había reunido allí una enorme cantidad de personas incluyendo otras auto­ridades como el contralmirante Tomás Marín, prefecto del Departamento de Marina del Golfo y ayudante honorario de la emperatriz, oficiales del buque de guerra Dándalo, así como una comisión del clero, que la acom­pañaron hasta el barrio de San Francisco. A medida que transcurría el día, el contingente fue creciendo porque todos querían conocerla y, si era posible, saludarla.

A su llegada al barrio de San Francisco, cercano a la ciudad, fue objeto de discursos, flores y vítores por una concurrencia nume­rosa, en la que estaban representadas todas las clases sociales de Campeche. Muchos estaban por curiosidad, pero era tal la cantidad de ve­cinos que hacía más difícil el tránsito. Ante este entusiasmo, ella expresó: Raras veces he visto un entusiasmo más sincero que el de hoy, me habéis dado vuestros corazones: recibid el mío que ya os pertenecía.

[...]
Para leer el artículo completo, suscríbase a la revista BiCentenario.

La infancia de Justo Sierra Méndez en Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

El hombre que le dio un vuelco fundamental a la educación en México vivió sus primeros nueve años de vida en una apacible pero también convulsionada ciudad de Campeche. Cobijado en la contención de una de las familias más ricas de la ciudad, su estadía allí se cortó definitivamente por los conflictos políticos locales. Casi medio siglo después regresaría como un hijo pródigo.

Plaza de la Independencia, Campeche (800x578)

Plaza de la Independencia de Campeche, fotografía, ca. 1900, en Marie Robinson Wright, México, una historia de su progreso y desarrollo en cien aAi??os, Estados Unidos, George Barrie & Sons, 1911.

La ciudad de Campeche mantenía todavía en la primera mitad del siglo XIX un aire colonial, guarnecida de murallas que recordaban ese pasado violento de su lucha contra los enemigos de España: los piratas. Las murallas que la protegían y aislaban permitieron sin pro- ponérselo establecer una diferencia de clases que se recrudeció con este cinturón de piedra donde convivían los de adentro y los de afuera.

Desde su fundación, la vida de la villa, después ciudad, giró en torno a la plaza principal, la cual estaba rodeada de los edificios más importantes: el palacio municipal, la iglesia parroquial, la Aduana y las casas de los principales vecinos, poderosos comerciantes y miembros del Ayuntamiento de la ciudad. En una de estas viviendas, situada en el extremo oriental mirando al mar y a la plaza, estaba la residencia del más poderoso e influyente caudillo regional, don Santiago Méndez Ibarra.

3c22273u (510x640)Su nieto, Justo Sierra Méndez, nació allí en un año complicado para la región, 1848, pues la rebelión indígena asolaba a toda la península arrasando pueblos enteros, principalmente en la parte norte. Esta situación motivaba que oleadas de refugiados buscaran la protección y el amparo de las murallas campechanas. La ciudad vivía momentos de caos y fervor, cientos de personas durmiendo en las calles, las rogativas al Cristo milagroso y protector de la ciudad, el Señor de San Román, no paraban y en procesión el Cristo fue sacado de su templo y llevado a un lugar seguro. Los pobladores ante cualquier estruendo de gritos lejanos e inexplicables corrían a refugiarse a sus casas, al mismo tiempo que se sellaban las puertas de la muralla. Por las noches -a manera de precaución- cientos de antorchas eran encendidas a lo largo del cinturón de piedra. Pero lejos de esta barbarie, en el hogar de los abuelos, la vieja casa colonial y al amparo de la familia materna -su padre se encontraba en Washington-, nació Justo.

La Infancia

or orden del patriarca a los pocos días de nacido fue bautizado en la iglesia parroquial por su tío materno, el presbítero Vicente Méndez, y fungió como padrino otro de sus tíos, Luis Méndez, tejiéndose a su alrededor toda una red de ligas familiares provenientes del lado materno quienes en ese momento controlaban la vida política y económica de la ciudad y de la región. Su padre conocería a su primogénito hasta el mes de agosto, a su regreso de Estados Unidos.

Nana Campechana INCLUIR (403x640)

Aurora del Río, nana campechana de clase alta,Siglo XIX. Colección particular.

Justo Sierra vivió en la ciudad murada por nueve años. Sus primeros tiempos estuvieron acompañados y matizados por los cuidados de su madre y de su chichí (abuela) y de sus x-k’oos mayas, muchachas que llegaban a la casa de las familias acomodadas para el servicio, sin retribución económica ya que solo obtenían protección familiar, alimentación y vestido. Muchas permanecían hasta su muerte como parte de la familia. De ellas, Justo habrá escuchado azorado y temeroso los relatos de la Xtabay, el chivo brujo o de la bruja del morro.

De los viejos marinos que tejían sus redes cerca de su casa, relatos de piratas que se robaban a las mujeres, así como los milagros del Cristo negro o las hazañas de pescadores enfrentados a animales reales o imaginarios.

 

 

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Glorias y penurias del Teatro Toro de Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Construido hace más de 180 años, pretendía tener un lugar en la escena nacional. La aristocracia local lo usó para sus fiestas, pero también tuvo a la compañía de Placido Domingo en su escenario. Acabó como cine hasta que hace algunos años fue restaurado.

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. José Manuel Alcocer Bernés

Hacia 1832, el gobernador de Yucatán, avecindado en el puerto de Campeche, Francisco de Paula Toro, quería construir un teatro que pudiera darle a los habitantes de la ciudad acceso a las manifestaciones artísticas de la época. Campeche le recordaba a su natal Cartagena y el general pretendía que alcanzara el carácter cosmopolita de las grandes ciudades de la época.

El primer paso del cuñado del presidente de México, Antonio López de Santa Anna, fue reunir el dinero para la obra. Se formó una sociedad de accionistas, bajo la dirección del mismo Toro, quienes aportaron entre 500 y 1 000 pesos y en poco tiempo adquirieron el terreno donde se edificaría el inmueble. El capital inicial fue exiguo en un primer momento y hubo que abrir trece acciones más para incorporar inversionistas.

Al autor del proyecto edilicio lo encontrarían extrañamente en la cárcel de la ciudad. Por razones que se desconocen, allí se encontraba detenido el arquitecto francés Teodoro Journot, quien firmó un contrato con los accionistas por el cual se comprometió a diseñar el inmueble y dirigir su edificación a cambio de una paga de 50 pesos mensuales y una entrega final de 500 pesos cuando estuviera concluida la obra. El proyecto de Journot fue aprobado y así pudo también recuperar su libertad.

Los trabajos arrancaron en enero de 1833, pero en junio se presentaron en la ciudad los primeros brotes de cólera en el barrio de San Román que obligaron a suspender la obra. El cólera asoló la ciudad durante 28 días, lo cual provocó que algunos sacerdotes lo señalaran desde el púlpito como un castigo divino por erigir un centro de diversiones que ofendía a Dios. Fue tan fuerte la presión de la Iglesia que los socios del teatro cedieron sus derechos para que en su lugar se levantara una iglesia dedicada a la Virgen de las Angustias. Por fortuna, la epidemia cedió y el proyecto del teatro se retomó. De la idea eclesiástica quedó como constancia la mesa del altar mayor.

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

El teatro se concluyó entre los meses de julio y agosto de 1834, con un costo total de 39 000 pesos. En septiembre, los directores de la empresa enviaron un comunicado al Ayuntamiento señalando que la inauguración se llevaría a cabo el día 15, víspera del plausible día en que sonó por primera vez en la nación el dulce grito de la independencia.

Días antes, la ciudad amaneció llena de carteles anunciando las obras con que se iba a estrenar Orestes o Agamenón vengado y la jeringa. La aristocracia campechana se dispuso a comprar los palcos, en los que las señoras lucirían sus mejores vestimentas y joyas. El costo del abono por diez funciones en los palcos del primer y segundo piso sería de $10 pesos, en el tercero de $7 pesos y en luneta de 2.4 reales. El costo variaba por función: los palcos de primer y segundo piso valían dos pesos, en el tercero un peso, la luneta dos reales y la entrada general uno.

La noche de la inauguración asistió el general Toro y la aristocracia de la sociedad local para ver la obra que presentaría la compañía del español Rafael Palomera. En esos días se encontraba en la ciudad un viajero apellidado Waldeck, quien dejó sus impresiones sobre el suceso. Escribió que el teatro era uno de los más hermosos y más notables de la república mexicana, pero que había sido decorado por un pintamonas francés con mal gusto. Relata su enfrentamiento con uno de los edecanes militares que acompañaban al gobernador por haber obstruido su paso y el miedo de quienes lo escucharon: grande fue la estupefacción [...] por gastar semejante lenguaje [...] me creían atacado de locura y temblaban por mí. La obra tampoco le gustó, los actores le parecieron detestables, y prefirió marcharse.

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Pese a los buenos deseos, los accionistas no se ponían de acuerdo sobre la dirección y la operación del teatro. Muchos pidieron derogar artículos del reglamento porque afectaban sus intereses; algunos fueron retirados de la dirección, como el general Toro, quien decidió vender sus acciones y donarlas a los pobres de la ciudad, pero nadie las compró. Para 1835, los pleitos habían aumentado, al grado que se habló de enajenar el inmueble y disolver la agrupación. La solución fue nombrar a Toro como único director con facultades para resolver todos los inconvenientes del establecimiento y aceptar los resultados.

Para saber más:

  • ALCALÁ FERREZ, CARLOS, “La ciudad de Campeche a través de viajeros extranjeros, 1834-1849″, Relaciones, http://xurl.es/1mu06
  • DE LA CABADA, JUAN, Cosas que dejé en la lejanía: memorias, México, UNAM, 2003.
  • PALACIOS-CASTRO, SERGIO C., “La huella de Francisco de Paula Toro en el puerto de Campeche”, Marco Tulio Peraza Guzmán, coord., Arquitectura y urbanismo virreinal, Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 2000.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

De fotógrafos y fotografías en Campeche

José Manuel Alcocer Bernás / Cronista de Campeche

BiCentenario #16Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.31.02

La fotografía se ha convertido con el paso del tiempo en un documento histórico. A través de las imágenes captadas podemos revivir tiempos pasados, reconocer en ellas cómo ha ido evolucionando una ciudad, cómo era la arquitectura, sus habitantes, cómo vestían e incluso conocer las comidas que formaban parte de las tradiciones de un país, una ciudad, un pueblo o incluso una familia.

Mirar las imágenes captadas por la lente de fotógrafos distintos que en diversas épocas retrataron a Campeche, nos permite conocer la evolución histórica de la ciudad amurallada. Imágenes permanentes que dan cuenta de cómo Campeche se ha ido transformado gracias a las fotografías tomadas por un aficionado o por uno profesional, de estudio. Su labor captó la vida cotidiana de la ciudad.

Familia campechana (ambrotipo, dAi??cada de 1870)

Familia campechana (ambrotipo, década de 1870)

Para empezar a saber acerca de cómo se fue recogiendo en fotografías la imagen de Campeche y los campechanos, habría que preguntarnos ¿quién o quiénes tomaron las primeras imágenes de Campeche?

Se sabe que para 1840, empezaron a circular los primeros daguerrotipos en México que habían sido traídos al país por el francés Jean-François Prelier, quien realizó las primeras impresiones sobre habitantes, ciudades y paisajes del país. En la Biblioteca Nacional de Austria se encuentra un daguerrotipo de ese año de Emanuel von Friedrichsthal, quien fuera primer secretario de la Legación austriaca en México y uno de los primeros extranjeros que se interesó por las ruinas mayas, después de haber leído las obras de John L. Stephens y Frederick Catherwood. Este aventurero llegó al puerto de Campeche con dirección a Mérida, pero antes de continuar su viaje tomó algunas imágenes de la ciudad de las que solamente se conserva una, la que corresponde a la calle 59. En ella, podemos ver las ventanas típicas de las casas campechanas y al fondo la puerta de mar que formaba parte del conjunto arquitectónico que fue destruido a principios del siglo XX. A partir de entonces hay un flujo constante de fotógrafos extranjeros que llegaban al puerto, atraídos por las ruinas mayas.

Pero la fotografía no sólo sirvió para captar ruinas o ciudades como lo muestra el periódico local El Amigo del Pueblo, de 1847. Un anuncio señalaba que “Ricardo Carr recién llegado de Europa ofrece una máquina nueva que permite sacar retratos con la mejor exactitud tanto con colores como sin ellos y de una o más personas sobre la misma placa”. Además, ofrecía que sus “retratos saldrán perfectamente iguales al original”, con un costo por retrato de cinco pesos. Brindaba un amplio surtido de cajas y marcos en su estudio, ubicado en la Casa de la Sociedad Campechana que se encontraba frente al muelle fiscal.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.38.09

No sabemos si Carr seguía en la ciudad o ya se había marchado, cuando dos años después, otro fotógrafo extranjero, el señor H. Custing, que se había salvado de un naufragio frente a las costas de Campeche, y que milagrosamente había podido rescatar su aparato fotográfico, puso un estudio frente a la casa de doña Salvadora Duque de Estrada, anunciando en el periódico El Fénix sus servicios, “…tomar retratos y vistas al daguerrotipo [...] sobre planchas de diferentes dimensiones, hasta el tamaño de un fistol” y comunicaba a sus posibles clientes que traía muestras de su trabajo para que el público comprobara la calidad.

Los anuncios fueron un medio para promover la fotografía y el que siguieran publicitándose revela que en Campeche los fotógrafos tuvieron éxito. No hay que olvidar que era un puerto de entrada a la península y que numerosos barcos llegaban con viajeros deseosos de conocer el país y su historia y entre ellos se contaron a los fotógrafos. La presencia de estos personajes revela una parte de la historia de la fotografía pues va dando cuenta de los adelantos que se hicieron en ese campo, así como mostrar que se inició como una profesión de extranjeros que atrajo a los de casa y que se llevó a las distintas poblaciones con el propósito de tener éxito.

PARA SABER MÁS:

  • GASPAR CAHUICH RAMÍREZ, Cicero & Pérez y las postales del Campeche antiguo, Campeche, 2008.
  • Campeche celebración de la memoria, Campeche, Gobierno del Estado, 2010.
  • DELIO CARRILLO, El lenguaje de la cal y el canto, Campeche, Universidad Autónoma de Campeche, 2010.
  • * Visitar la ciudad de Campeche.

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

Por amor a la historia (14)

Don Luis Osorio

Don Luis Osorio

Don Luis Osorio, responsable del Archivo Diocesano de la Catedral de Campeche y a cargo del orden y la preservación de los papeles de este templo, se ocupa de dar a conocer a los campechanos, a través de folletos, algunos datos curiosos y relevantes de su historia. Su interés le ha llevado a hacer investigaciones diversas. Estudió así las lápidas de la catedral, a partir de lo cual desarrolló la genealogía de 50 personas. Y ante el desconocimiento de qué santos ornamentaban la fachada se dio a la tarea de averiguar a quienes representaban, pues, si bien la construcción comenzó en el siglo XVII, a nadie le había interesado a lo largo de los años; descubrió que una de las esculturas corresponde a Santa Margarita de Antioquía, en honor a la principal donante que llevaba ese nombre, y la otra es de San José, en honor de Joseph Manuel Nájera del Castillo, quien se hizo responsable de los gastos para concluir la obra de la Catedral.

Manuel Castilla Brito ¿Revolución en Campeche?

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la Ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Manuel Castilla Brito

Hablar de la Revolución mexicana es hacer mención de los acontecimientos que tuvieron lugar en el centro y norte del país. Son muy pocos los testimonios que relatan lo que ocurrió en el sureste. En estas páginas me ocuparé de aquellos que tuvieron lugar de 1909 a 1913 y tienen que ver con el curso que tomó la Revolución en el espacio entonces tan alejado de Campeche (puerto y entidad), que por su situación geográfica pareció mantenerse ajeno a la turbulencia en el resto del país.

Revolucionarios campechanos

Francisco I. Madero visitó el puerto campechano durante su gira electoral, en junio de 1909. El gobernador porfirista, Tomás Aznar Cano, hizo lo posible por boicotear su presencia, impidiendo cualquier manifestación de apoyo. Los habitantes de la ciudad fueron intimidados mediante el uso de la fuerza pública, aunque el grupo maderista dirigido por Tarquino Cpardenas logró organizar un mitin nocturno en el recién inaugurado Circo Teatro Renacimiento. Aunque lamentablemente no tuvo el éxito esperado, los amedrentados campechanos no acudieron en el número esperado, los jóvenes que sí lo hicieron se entusiasmaron con el candidato, aplaudieron el discurso en el que Madero se refirió a los males de México: la larga permanencia de Porfirio Díaz en el poder y la necesidad de un cambio y lo corearon con mueras al dictador. El poeta Salvador Martínez Alomía recitó unos versos que cantaban al valor de sus coterráneos: “Campeche, tú fuiste bueno, Campeche, tú fuiste bravo y nadie te puso freno, vergonzoso del esclavo”. Entre los presentes se hallaban Calixto Maldonado, Urbano Espinosa, José de Jesús Cervera, Joaquín Mucel y Manuel Castilla Brito, quienes más adelante formarían el club de simpatizantes de Madero. La fascinación experimentada por la juventud local fue muestra de cómo los campechanos participaban del ambiente político que se respiraba en el país.

Gabinete de Castilla Brito

¿Cómo se fue dando la Revolución en Campeche? En 1907 había sido electo como gobernador Tomás Aznar Cano, hijo de uno de los fundadores del estado como entidad soberana y alumno distinguido del Instituto Campechano. Durante su gestión se sintieron los primeros vientos insurrectos que dislocarían la vida provinciana de Campeche. Al iniciarse el movimiento revolucionario que cambiaría el panorama político nacional a fines de 1910, Aznar no pudo entender o adaptarse a los nuevos tiempos que planteaban una democracia y urgían cambios. Antes de concluir el año, pidió un permiso indefinido, abandonando el estado con toda su familia rumbo a la ciudad de México, de donde nunca volvió. Su marcha trastornó la vida política; hubo varios gobernadores interinos, lo que habla de la gran inestabilidad reinante, a la par de la agitación en todo México.

El gobernador interino José García Gual convocó a elecciones en abril de 1911, para el periodo 1911-1915. Cuatro contrincantes se lanzaron a la contienda; al final sólo quedaron dos: Carlos Gutiérrez Mac Gregor, quien representaba los viejos intereses porfiristas y había sido gobernador, y Manuel Castilla Brito, que encarnaba a la nueva generación: era hijo del ex gobernador Marcelino Castilla, autor de la primera ley de educación del estado e identificado con la causa de Madero a tal grado que José María Pino Suárez le daría la comisión de organizar la revolución en Campeche; esto lo convirtió en promotor del movimiento maderista en esta ciudad y deja ver la participación local en las redes revolucionarias que existían en la república.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

UNA MIRADA AL PASADO. LA CIUDAD DE CAMPECHE EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX

José Manuel Alcocer Bernés / Cronista de la ciudad
Revista BiCentenario No.5, págs. 50-51

Campeche torres catedral B-5Hace unos meses me buscaron dos jóvenes campechanos para mostrarme una serie de fotografías que su abuela, doña Eulalia Josefina Puertovanety, guardaba en un álbum. Mientras yo las miraba, me contaron que habían pertenecido a una fotógrafa de origen italiano que llegó a Campeche en los años cincuenta, y que su abuela hospedó en su casa porque en aquel entonces se dificultaba encontrar alojamiento en los escasos hoteles de la ciudad.

Según su relato, la fotógrafa permaneció en Campeche cerca de un mes, y parece que durante ese tiempo se dedicó a captar con su cámara todo lo que a sus ojos interesó de aquella época. Al despedirse y retornar  “no se sabe si a su patria o a otro lugar”, obsequió a la familia un lote de fotografías, como muestra de agradecimiento y amistad.

Contó 47 fotos que enseguida me puse a estudiar minuciosamente, encontrándome con un Campeche diferente al de ahora. En unas pude identificar los lugares y edificios típicos de aquí. En otras, no reconocía qué parte de la ciudad mostraban. También descubrí que habían sido numeradas, pero en esto presentaban irregularidades, lo cual me hizo suponer que debieron existir otras tantas porque algunas exhibían números de más de cien. Por supuesto les compré las fotografías a los muchachos.

Las imágenes de la fotógrafa italiana de nombre desconocido, forman parte de la memoria histórica de la ciudad de Campeche y muestran a las nuevas generaciones la evolución histórica, cultural y económica de esta vieja y pequeña ciudad llena de encanto, patrimonio de la humanidad, de la que los campechanos nos sentimos orgullosos.

PARA LEER ESTE ARTICULO COMPLETO, SUSCRÍBASE A BICENTENARIO