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La dominación blanca sobre los territorios maya

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de San Francisco de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 43.

A partir de la colonización española en el sureste mexicano, las revueltas de las poblaciones indígenas maya ante la apropiación de sus tierras fueron derrotadas unas tras otras. Como pueblo originario sobreviven sus costumbres y lengua, y el legado histórico y cultural.

Yo quisiera que hoy desapareciera esa raza maldita y jamás volviese aparecer entre nosotros [...] yo los maldigo, hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de exterminio.

Justo Sierra O’Reilly, Diario de nuestro viaje…

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Anónimo, Acuarela de la guerra de castas, pintura mural, ca. 1900. Museo del Pueblo Maya de Dzibilchaltún, Yucatán, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

A partir de la conquista, los españoles se fueron expandiendo sobre los grandes territorios indígenas, estableciendo haciendas y estancias ganaderas en diferentes sitios, como Hecelchakán y Bolonchén, en el actual territorio del estado de Campeche, lo que provocó un gran resentimiento entre la población nativa que fue perdiendo sus áreas de cultivo.

Los mayas mantenían una lucha constante por la abolición de los tributos eclesiásticos y civiles, la defensa de sus tierras y la erradicación de las diferencias de castas en la impartición de la justicia, mientras que, desde el gobierno, los blancos lidiaban por sostener sus políticas de dominio.

Otra causa del descontento de la población indígena fue el pago de las llamadas obvenciones parroquiales (doce y medio reales para los hombres y nueve para las mujeres) que tenían que pagar en forma obligatoria. Además, entre 1838 y 1845, los mayas fueron utilizados como leva en ejércitos de líderes locales con el ofrecimiento de suspenderles las contribuciones y obvenciones, pero una vez alcanzados sus propósitos se olvidaban de las promesas hechas. Todo esto acrecentó el enojo de la población maya contra los blancos. Finalmente se organizaron para iniciar una gran rebelión encabezada por Manuel Antonio Ay, cacique de Chichimilá; Cecilio Chi, cacique de Tepich: y Jacinto Pat, cacique de Tihosuco.

Para 1847, la provincia de Yucatán estaba dividida en cinco partidos: Mérida, la capital, donde se asentaba el gobierno; Izamal con una concentración de indígenas muy importante; el distrito de Campeche, puerto exportador e importador en la península; Valladolid con una fuerte congregación nativa y, por último, la región de Tekax, “donde surgió el sector indígena más agresivo durante la guerra, amén de que en Tepich, perteneciente a este distrito, comenzó la lucha el 30 de julio de 1847”, como señala la investigadora Teresa Ramayo. Una carta descubierta de manera involuntaria alertóa las autoridades yucatecas de que los caciques mayas estaban preparando un levantamiento contra ellos. Ay, quien tenía la misiva, fue enjuiciado y fusilado. Esta acción fue la chispa que prendió el fuego y en pocos días la insurrección cundió por todo el territorio, iniciándose una de las rebeliones indígenas más larga y sangrienta y cuya verdadera conclusión no llegaría sino hasta entrado el siglo XX.

La toma de Tepich por las fuerzas de Cecilio Chí, aterrorizó a los blancos; se hablaba de la profecía del Chilam Balam que señalaba que todos los “Dzules” (blancos), serían expulsados del territorio y ello permitiría el renacimiento de la raza maya. El odio se reflejó en pueblos arrasados con violencia, degollamiento de sacerdotes, violación de mujeres, incluso se hablaba de sacrificios humanos a los dioses indígenas. Todas estas noticias corrieron de boca en boca por lo que oleadas de “Dzules” abandonaban y abarrotaban los caminos huyendo de lo que ellos llamaban “la rebelión de los indios bárbaros”.

Las autoridades prohibieron que se les vendieran pólvora y plomo, el uso de armas, el cultivo del maíz (solo se permitía lo necesario para su alimentación), y el consumo de alcohol. Los que no acataron tales medidas fueron apresados y enviados a los presidios de Campeche y Veracruz.

Para mediados de 1848, prácticamente todo el territorio estaba en manos de los rebeldes, excepto Mérida, Campeche y algunos pueblos del Camino Real. El gobierno no encontraba una solución viable al conflicto. El gobernador Santiago Méndez dejó el mando a Miguel Barbachano, quien envió comisiones de paz, encabezadas por sacerdotes, pues tal parecía que los mayas solo confiaban en ellos. Anteriormente, Méndez, en un intento de solucionar el conflicto había redactado cartas para los gobiernos de España e Inglaterra pidiendo su apoyo económico y militar. Incluso su yerno, Justo Sierra O´Reilly, fue enviado a Estados Unidos solicitando ayuda a cambio del territorio.

Las comisiones de sacerdotes tuvieron éxito, pues se firmaron los acuerdos de Tzucacab con Jacinto Pat, en los que parecía que se ponía fin a la guerra. Sin embargo, el conflicto no estaba finiquitado, más bien entró en receso debido a una serie de acontecimientos: la muerte violenta de Cecilio Chí, el más radical de los jefes rebeldes; el desgaste de varios años de guerra, las discordancias entre los grupos, la dificultad para conseguir pólvora y armas, y la falta de alimentos, principalmente de maíz.

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La visita imperial de Carlota a Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28

La esposa de Maximiliano realizó una gira por Yucatán y Campeche a finales de 1865 con el fin de consolidar el imperio. Fueron días de fiestas y alegría para los lugareños y jornadas agotadoras de recepciones y recorridos por hospitales y escuelas.

 

Camino de Orotaba a Campeche con Puentes y hacienda (1280x564)

Camino de la hacienda de Orotava a la ciudad de Campeche. Colección particular MAB.

El 20 de noviembre de 1865 el Periódico Ofi­cial del Departamento de Campeche anunciaba la próxima visita de su majestad imperial la emperatriz Carlota, la cual permanecería allí varios días. De inmediato, la capital se volvió un caos pues todos querían participar de las ceremonias en su honor. Las modistas y sas­tres empezaron a alistarse para la elaboración de vestidos y trajes, y los comercios de telas prácticamente agotaron sus mercancías. Días después se informaba que el Ayuntamiento ha­bía nombrado a los señores José Jesús Peraza, Manuel Méndez Estrada (primo de José María Gutiérrez de Estrada) y Juan Castilla Pérez encargados de organizar la serie de festejos que se realizarían en honor de la augusta dama.

La emperatriz arribó a Yucatán por barco al puerto de Sisal y de ahí se dirigió a Méri­da donde permaneció varios días cumplien­do una serie de compromisos oficiales. A su termino emprendió el camino hacia Campe­che, acompañada por el ministro de Estado, José Fernando Ramírez, dos damas de honor, un primer secretario de ceremonias, un di­rector del gran chambelanato, un médico de cámara, 30 soldados de infantería belga y 40 de a caballo para su escolta. Tomaron la ruta que hoy se conoce como el Camino Real, y que abarca los municipios de Calkiní, Hecel­chakan y Tenabo, sitios donde se realizaron ceremonias en su honor, fueron levantados arcos triunfales, se tocó música y los cielos se llenaron de cohetes, además de que se le dio un recibimiento afectuoso por parte de los habitantes, autoridades locales y caciques de los poblados. En Hecelchakan fue agasajada en la iglesia, bajo palio y se cantó un tedeum en su honor, también visitó una escuela de primeras letras en la que los niños hicieron alarde de sus conocimientos. Luego se le sirvió un banquete en el que participaron algunos vecinos y caciques.

A la hora de pernoctar lo hacía en hacien­das, como la de Cholul de Pedro A. Man­zanilla, rico propietario de tierras, o en las de otros prósperos hacendados como Juan Méndez y Pedro Ramos. Su llegada a Tena­bo estuvo llena de entusiasmo. Ahí la recibió una comisión presidida por Nicolás Dorantes y Ávila, presidente del Consejo Departamental y por prominentes personajes como Federico Duque de Estrada, Antonio Lanz Pimentel, el presbítero Mariano Ruz y otros vecinos notables. Luego continuó su camino hacia la hacienda Río Verde, donde descansaría antes de su arribo a la ciudad de Campeche.

Manzana dA?nde se encuentra la casa en la que residiA? la emperatriz durante su estancia en Campeche (800x463)

Las crónicas señalan que desde las 10 de la mañana se había reunido allí una enorme cantidad de personas incluyendo otras auto­ridades como el contralmirante Tomás Marín, prefecto del Departamento de Marina del Golfo y ayudante honorario de la emperatriz, oficiales del buque de guerra Dándalo, así como una comisión del clero, que la acom­pañaron hasta el barrio de San Francisco. A medida que transcurría el día, el contingente fue creciendo porque todos querían conocerla y, si era posible, saludarla.

A su llegada al barrio de San Francisco, cercano a la ciudad, fue objeto de discursos, flores y vítores por una concurrencia nume­rosa, en la que estaban representadas todas las clases sociales de Campeche. Muchos estaban por curiosidad, pero era tal la cantidad de ve­cinos que hacía más difícil el tránsito. Ante este entusiasmo, ella expresó: Raras veces he visto un entusiasmo más sincero que el de hoy, me habéis dado vuestros corazones: recibid el mío que ya os pertenecía.

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La infancia de Justo Sierra Méndez en Campeche

José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.

El hombre que le dio un vuelco fundamental a la educación en México vivió sus primeros nueve años de vida en una apacible pero también convulsionada ciudad de Campeche. Cobijado en la contención de una de las familias más ricas de la ciudad, su estadía allí se cortó definitivamente por los conflictos políticos locales. Casi medio siglo después regresaría como un hijo pródigo.

Plaza de la Independencia, Campeche (800x578)

Plaza de la Independencia de Campeche, fotografía, ca. 1900, en Marie Robinson Wright, México, una historia de su progreso y desarrollo en cien aAi??os, Estados Unidos, George Barrie & Sons, 1911.

La ciudad de Campeche mantenía todavía en la primera mitad del siglo XIX un aire colonial, guarnecida de murallas que recordaban ese pasado violento de su lucha contra los enemigos de España: los piratas. Las murallas que la protegían y aislaban permitieron sin pro- ponérselo establecer una diferencia de clases que se recrudeció con este cinturón de piedra donde convivían los de adentro y los de afuera.

Desde su fundación, la vida de la villa, después ciudad, giró en torno a la plaza principal, la cual estaba rodeada de los edificios más importantes: el palacio municipal, la iglesia parroquial, la Aduana y las casas de los principales vecinos, poderosos comerciantes y miembros del Ayuntamiento de la ciudad. En una de estas viviendas, situada en el extremo oriental mirando al mar y a la plaza, estaba la residencia del más poderoso e influyente caudillo regional, don Santiago Méndez Ibarra.

3c22273u (510x640)Su nieto, Justo Sierra Méndez, nació allí en un año complicado para la región, 1848, pues la rebelión indígena asolaba a toda la península arrasando pueblos enteros, principalmente en la parte norte. Esta situación motivaba que oleadas de refugiados buscaran la protección y el amparo de las murallas campechanas. La ciudad vivía momentos de caos y fervor, cientos de personas durmiendo en las calles, las rogativas al Cristo milagroso y protector de la ciudad, el Señor de San Román, no paraban y en procesión el Cristo fue sacado de su templo y llevado a un lugar seguro. Los pobladores ante cualquier estruendo de gritos lejanos e inexplicables corrían a refugiarse a sus casas, al mismo tiempo que se sellaban las puertas de la muralla. Por las noches -a manera de precaución- cientos de antorchas eran encendidas a lo largo del cinturón de piedra. Pero lejos de esta barbarie, en el hogar de los abuelos, la vieja casa colonial y al amparo de la familia materna -su padre se encontraba en Washington-, nació Justo.

La Infancia

or orden del patriarca a los pocos días de nacido fue bautizado en la iglesia parroquial por su tío materno, el presbítero Vicente Méndez, y fungió como padrino otro de sus tíos, Luis Méndez, tejiéndose a su alrededor toda una red de ligas familiares provenientes del lado materno quienes en ese momento controlaban la vida política y económica de la ciudad y de la región. Su padre conocería a su primogénito hasta el mes de agosto, a su regreso de Estados Unidos.

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Aurora del Río, nana campechana de clase alta,Siglo XIX. Colección particular.

Justo Sierra vivió en la ciudad murada por nueve años. Sus primeros tiempos estuvieron acompañados y matizados por los cuidados de su madre y de su chichí (abuela) y de sus x-k’oos mayas, muchachas que llegaban a la casa de las familias acomodadas para el servicio, sin retribución económica ya que solo obtenían protección familiar, alimentación y vestido. Muchas permanecían hasta su muerte como parte de la familia. De ellas, Justo habrá escuchado azorado y temeroso los relatos de la Xtabay, el chivo brujo o de la bruja del morro.

De los viejos marinos que tejían sus redes cerca de su casa, relatos de piratas que se robaban a las mujeres, así como los milagros del Cristo negro o las hazañas de pescadores enfrentados a animales reales o imaginarios.

 

 

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Glorias y penurias del Teatro Toro de Campeche

JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s
Cronista de la ciudad de Campeche

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Construido hace mA?s de 180 aAi??os, pretendAi??a tener un lugar en la escena nacional. La aristocracia local lo usA? para sus fiestas, pero tambiAi??n tuvo a la compaAi??Ai??a de Placido Domingo en su escenario. AcabA? como cine hasta que hace algunos aAi??os fue restauradoAi??

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Cartel del Teatro Toro de 1857. Col. JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s

Hacia 1832, el gobernador de YucatA?n, avecindado en el puerto de Campeche, Francisco de Paula Toro, querAi??a construir un teatro que pudiera darle a los habitantes de la ciudad acceso a las manifestaciones artAi??sticas de la Ai??poca. Campeche le recordaba a su natal Cartagena y el general pretendAi??a que alcanzara el carA?cter cosmopolita de las grandes ciudades de la Ai??poca.

El primer paso del cuAi??ado del presidente de MAi??xico, Antonio LA?pez de Santa Anna, fue reunir el dinero para la obra. Se formA? una sociedad de accionistas, bajo la direcciA?n del mismo Toro, quienes aportaron entre 500 y 1 000 pesos y en poco tiempo adquirieron el terreno donde se edificarAi??a el inmueble. El capital inicial fue exiguo en un primer momento y hubo que abrir trece acciones mA?s para incorporar inversionistas.

Al autor del proyecto edilicio lo encontrarAi??an extraAi??amente en la cA?rcel de la ciudad. Por razones que se desconocen, allAi?? se encontraba detenido el arquitecto francAi??s Teodoro Journot, quien firmA? un contrato con los accionistas por el cual se comprometiA? a diseAi??ar el inmueble y dirigir su edificaciA?n a cambio de una paga de 50 pesos mensuales y una entrega final de 500 pesos cuando estuviera concluida la obra. El proyecto de Journot fue aprobado y asAi?? pudo tambiAi??n recuperar su libertad.

Los trabajos arrancaron en enero de 1833, pero en junio se presentaron en la ciudad los primeros brotes de cA?lera en el barrio de San RomA?n que obligaron a suspender la obra. El cA?lera asolA? la ciudad durante 28 dAi??as, lo cual provocA? que algunos sacerdotes lo seAi??alaran desde el pA?lpito como un castigo divino por erigir un centro de diversiones que ofendAi??a a Dios. Fue tan fuerte la presiA?n de la Iglesia que los socios del teatro cedieron sus derechos para que en su lugar se levantara una iglesia dedicada a la Virgen de las Angustias. Por fortuna, la epidemia cediA? y el proyecto del teatro se retomA?. De la idea eclesiA?stica quedA? como constancia la mesa del altar mayor.

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

Invitaciones de la Sociedad de Bailes de Carnaval del Teatro Toro. Col. Manuel Herrera Baquiero

El teatro se concluyA? entre los meses de julio y agosto de 1834, con un costo total de 39 000 pesos. En septiembre, los directores de la empresa enviaron un comunicado al Ayuntamiento seAi??alando que la inauguraciA?n se llevarAi??a a cabo el dAi??a 15, vAi??spera del plausible dAi??a en que sonA? por primera vez en la naciA?n el dulce grito de la independencia.

DAi??as antes, la ciudad amaneciA? llena de carteles anunciando las obras con que se iba a estrenar Orestes o AgamenA?n vengado y la jeringa. La aristocracia campechana se dispuso a comprar los palcos, en los que las seAi??oras lucirAi??an sus mejores vestimentas y joyas. El costo del abono por diez funciones en los palcos del primer y segundo piso serAi??a de $10 pesos, en el tercero de $7 pesos y en luneta de 2.4 reales. El costo variaba por funciA?n: los palcos de primer y segundo piso valAi??an dos pesos, en el tercero un peso, la luneta dos reales y la entrada general uno.

La noche de la inauguraciA?n asistiA? el general Toro y la aristocracia de la sociedad local para ver la obra que presentarAi??a la compaAi??Ai??a del espaAi??ol Rafael Palomera. En esos dAi??as se encontraba en la ciudad un viajero apellidado Waldeck, quien dejA? sus impresiones sobre el suceso. EscribiA? que el teatro era uno de los mA?s hermosos y mA?s notables de la repA?blica mexicana, pero que habAi??a sido decorado por un pintamonas francAi??s con mal gusto. Relata su enfrentamiento con uno de los edecanes militares que acompaAi??aban al gobernador por haber obstruido su paso y el miedo de quienes lo escucharon: grande fue la estupefacciA?n [ai??i??] por gastar semejante lenguaje [ai??i??] me creAi??an atacado de locura y temblaban por mAi??. La obra tampoco le gustA?, los actores le parecieron detestables, y prefiriA? marcharse.

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Carnet de Baile. Col. Manuel Herrera Baquiero

Pese a los buenos deseos, los accionistas no se ponAi??an de acuerdo sobre la direcciA?n y la operaciA?n del teatro. Muchos pidieron derogar artAi??culos del reglamento porque afectaban sus intereses; algunos fueron retirados de la direcciA?n, como el general Toro, quien decidiA? vender sus acciones y donarlas a los pobres de la ciudad, pero nadie las comprA?. Para 1835, los pleitos habAi??an aumentado, al grado que se hablA? de enajenar el inmueble y disolver la agrupaciA?n. La soluciA?n fue nombrar a Toro como A?nico director con facultades para resolver todos los inconvenientes del establecimiento y aceptar los resultados.

Para saber mA?s

ALCALA? FERRA?EZ, CARLOS, ai???La ciudad de Campeche a travAi??s de viajeros extranjeros, 1834-1849ai???, Relaciones, http://xurl.es/1mu06

DE LA CABADA, JUAN, Cosas que dejAi?? en la lejanAi??a: memoriasai??i??, MAi??xico, UNAM, 2003.

PALACIOS-CASTRO, SERGIO C., ai???La huella de Francisco de Paula Toro en el puerto de Campecheai???, Marco Tulio Peraza GuzmA?n, coord., Arquitectura y urbanismo virreinal, MAi??rida, Universidad AutA?noma de YucatA?n, 2000.

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De fotA?grafos y fotografAi??as en Campeche

Ai??JosAi?? Manuel Alcocer BernAi??s / Cronista de Campeche

BiCentenario #16Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.31.02

La fotografAi??a se ha convertido con el paso del tiempo en un documento histA?rico. A travAi??s de las imA?genes captadas podemos revivir tiempos pasados, reconocer en ellas cA?mo ha ido evolucionando una ciudad, cA?mo era la arquitectura, sus habitantes, cA?mo vestAi??an e incluso conocer las comidas que formaban parte de las tradiciones de un paAi??s, una ciudad, un pueblo o incluso una familia.

Mirar las imA?genes captadas por la lente de fotA?grafos distintos que en diversas Ai??pocas retrataron a Campeche, nos permite conocer la evoluciA?n histA?rica de la ciudad amurallada. ImA?genes permanentes que dan cuenta de cA?mo Campeche se ha ido transformado gracias a las fotografAi??as tomadas por un aficionado o por uno profesional, de estudio. Su labor captA? la vida cotidiana de la ciudad.

Familia campechana (ambrotipo, dAi??cada de 1870)

Familia campechana (ambrotipo, dAi??cada de 1870)

Para empezar a saber acerca de cA?mo se fue recogiendo en fotografAi??as la imagen de Campeche y los campechanos, habrAi??a que preguntarnos A?quiAi??n o quiAi??nes tomaron las primeras imA?genes de Campeche?

Se sabe que para 1840, empezaron a circular los primeros daguerrotipos en MAi??xico que habAi??an sido traAi??dos al paAi??s por el francAi??s Jean-FranAi??ois Prelier, quien realizA? las primeras impresiones sobre habitantes, ciudades y paisajes del paAi??s. En la Biblioteca Nacional de Austria se encuentra un daguerrotipo de ese aAi??o de Emanuel von Friedrichsthal, quien fuera primer secretario de la LegaciA?n austriaca en MAi??xico y uno de los primeros extranjeros que se interesA? por las ruinas mayas, despuAi??s de haber leAi??do las obras de John L. Stephens y Frederick Catherwood. Este aventurero llegA? al puerto de Campeche con direcciA?n a MAi??rida, pero antes de continuar su viaje tomA? algunas imA?genes de la ciudad de las que solamente se conserva una, la que corresponde a la calle 59. En ella, podemos ver las ventanas tAi??picas de las casas campechanas y al fondo la puerta de mar que formaba parte del conjunto arquitectA?nico que fue destruido a principios del siglo XX. A partir de entonces hay un flujo constante de fotA?grafos extranjeros que llegaban al puerto, atraAi??dos por las ruinas mayas.

Pero la fotografAi??a no sA?lo sirviA? para captar ruinas o ciudades como lo muestra el periA?dicoAi??local El Amigo del Pueblo, de 1847. Un anuncio seAi??alaba que ai???Ricardo Carr reciAi??n llegado de Europa ofrece una mA?quina nueva que permite sacar retratos con la mejor exactitud tanto con coloresAi??como sin ellos y de una o mA?s personas sobre la misma placaai???. AdemA?s, ofrecAi??a que sus ai???retratos saldrA?n perfectamente iguales al originalai???, con un costo por retrato de cinco pesos. Brindaba un amplio surtido de cajas y marcos en su estudio, ubicado en la Casa de la Sociedad Campechana que se encontraba frente al muelle fiscal.

Captura de pantalla 2013-10-21 a las 10.38.09

No sabemos si Carr seguAi??a en la ciudad o ya se habAi??a marchado, cuando dos aAi??os despuAi??s, otro fotA?grafo extranjero, el seAi??or H. Custing, que se habAi??a salvado de un naufragio frente a las costas de Campeche, y que milagrosamente habAi??a podido rescatar su aparato fotogrA?fico, puso un estudio frente a la casa de doAi??a Salvadora Duque de Estrada, anunciando en el periA?dico El FAi??nix sus servicios, ai???ai??i??tomar retratos y vistas al daguerrotipo [ai??i??] sobre planchas de diferentes dimensiones, hasta el tamaAi??o de un fistolai??? y comunicaba a sus posibles clientes que traAi??a muestras de su trabajo para que el pA?blico comprobara la calidad.

Los anuncios fueron un medio para promover la fotografAi??a y el que siguieran publicitA?ndose revela que en Campeche los fotA?grafos tuvieron Ai??xito. No hay que olvidar que era un puerto deAi??entrada a la penAi??nsula y que numerosos barcos llegaban con viajeros deseosos de conocer el paAi??s y su historia y entre ellos se contaron a los fotA?grafos. La presencia de estos personajes revela una parte de la historia de la fotografAi??a pues va dando cuenta de los adelantos que se hicieron en ese campo, asAi?? como mostrar que se iniciA? como una profesiA?n de extranjeros que atrajo a los de casa y que se llevA? a las distintas poblaciones con el propA?sito de tener Ai??xito.

PARA SABER MA?S:Ai??

GASPAR CAHUICH RAMA?REZ, Cicero & PAi??rez y las postales del Campeche antiguo, Campeche, 2008.

Campeche celebraciA?n de la memoria, Campeche, Gobierno del Estado, 2010.

DELIO CARRILLO, El lenguaje de la cal y el canto, Campeche, Universidad AutA?noma de Campeche, 2010.

* Visitar la ciudad de Campeche.

Para leer el artAi??culo completo,Ai??suscrAi??baseAi??a la RevistaAi??BiCentenario.