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El ambulantaje en el siglo XIX

Gisela Moncada González
Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 27.

Terminada la guerra de Independencia las autoridades intentaron ordenar el comercio callejero en la capital. Había una necesidad recaudatoria del fisco pero también de generar espacios de confort para los habitantes. Los resultados no fueron los que se buscaban.

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La venta de alimentos en las calles de la ciudad de México ha sido una práctica común a lo largo de nuestra historia. La recurrencia de puestos en cada esquina procede no sólo de nuestra herencia colonial, sino prehispánica. ¿Dónde se fijaban los puestos? ¿Qué se vendía en ellos? ¿En qué horarios se instalaban? ¿Qué medidas empleaba la autoridad para regularlos? Son varias de las preguntas que este artículo trata de responder.

Conviene precisar que a comienzos del siglo XIX, y desde antes, el comercio de alimentos en las calles de la ciudad de México era muy frecuente, no sólo porque no se contaba con mercados fijos y establecidos, sino porque resultaba una práctica común entre la población indígena llegar a la ciudad a vender sus productos. Diariamente ingresaban canoas con productos de la tierra, como se nombraba en la época a las frutas y verduras; la mayoría de los vendedores llegaban desde muy temprano de Xochimilco, Cuemanco, Chalco y Texcoco, y se establecían en algún tianguis, alrededor de alguna iglesia, en una esquina e incluso, en la Acequia Real.

DSC03109 (640x480)Esta práctica de vender en cualquier sitio y no necesariamente en un mercado fijo se toleró durante todo el periodo colonial, ya que al no haber mercados de mampostería bien establecidos se permitió la instalación de tianguis en días específicos. La documentación de la época no muestra denuncias de los habitantes de rechazo a este tipo de puestos. Sin embargo, durante la guerra de Independencia (1810-1821), el comercio en las calles aumentó considerablemente y, por primera vez, la autoridad de la ciudad comenzó a ver como un problema la recurrencia de puestos fuera de los tianguis, en la periferia de estos y, sobre todo, en las principales calles.

La autoridad argumentaba que dichos puestos daban mal aspecto, denotaban falta de higiene y entorpecían el libre tránsito. Pero tras estos argumentos existía otro más importante, la autoridad iba perdiendo el control de la recaudación en el cobro del derecho de plaza, un impuesto que se cobraba a todo aquél que instalaba un puesto en cualquier lugar de la ciudad. El llamado derecho de plaza no se había cobrado a los indígenas durante casi todo el periodo colonial, pero a partir de 1821, cuando México se consolidó como nación independiente, el gobierno de la primera república federal introdujo la noción del contribuyen- te, y por lo tanto, comenzó a cobrarle a toda persona que vendiera cualquier producto, sin hacer distinción de si era indígena o no.

La generosa recaudación que el gobierno de la ciudad percibía del comercio obligó a las autoridades a ser más rigurosa en su control, ya que 70% de sus ingresos provenían de dos rubros: primero, la recaudación procedente del derecho de plaza; y en segundo lugar, el derecho municipal, que era el impuesto que se cobraba por la entrada de mercancías en las distintas garitas. Por ello, se buscó durante la primera república federal una política fiscal más eficiente que en el periodo virreinal y, en consecuencia, se incrementó la persecución del vendedor ambulante.

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Una mirada a la Plaza Mayor de México en el siglo XVIII

Blanca Azalia Rosas B.
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 12.

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Es posible que no exista mejor manera de saber cómo era la vida cotidiana en la ciudad de México en el periodo colonial que acercándose a La Plaza Mayor de México en el siglo XVIII, pintura anónima al A?leo sobre tela, de gran formato (2.66 x 2.12 m.), que se encuentra resguardada por el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec.

Esta obra singular se ha fechado en 1768, debido a que la escena representada es similar a la descripción de la salida en público del virrey Marqués de Croix, relatada en la crónica de Manuel de San Vicente, Exacta descripción de la Magnófica Corte Mexicana, Cabeza del Nuevo Americano Mundo, Significada por sus essenciales partes, para el bastante conocimiento de su Grandeza. A pesar de que estudios posteriores ubican la elaboración de la pintura en la primera mitad del siglo XVIII, con base en detalles como los de la indumentaria de los personajes representados, Lo más probable es que haya sido elaborada entre 1757 y 1768, entre los gobiernos de los virreyes marqueses De las Amarillas (1755-1760) y De Croix (1766- 1771), debido a la presencia de elementos como a acequia, techada entre 1753 y 1754, y los cajones de San José, construidos en 1757. También destaca la columna de Fernando VI, obsequiada a la ciudad de México por el mismo rey en 1747, que por su ubicación protagónica en el centro de la composición, al margen de la población y con el resguardo de la milicia, sugieren que el A?leo pudo estar dedicado a ese monarca, aunque fuera en los años inmediatos a su muerte en 1759.

Podemos identificar el tema de la pintura como una vista urbana con escenas costumbristas. Se trata de la Plaza Mayor de la ciudad de México, observada de oriente a poniente. Debió pintarse desde el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional, pues en la parte inferior, a manera de marco, se distingue el almenado de este edificio.

Hay que recordar la importancia de las plazas mayores. Eran, dentro de las ciudades, el espacio público por excelencia, el sitio donde se llevaban a cabo las actividades cotidianas. Fueron por ello un elemento indispensable tanto en las ciudades americanas como en las europeas y se inspiraban en el urbanismo clásico. En el siglo XVIII la Plaza Mayor de la ciudad de México no sólo fue un centro de actividades comerciales, fiestas religiosas y civiles, impartición pública de justicia, sino también fue el lugar donde se reunía la sociedad novohispana para ponerse al tanto de los acontecimientos más recientes, de poca o mucha relevancia, las modas y las ideas en boga.

El ángulo imaginario en que se acomoda la escena representada nos permite una mayor visibilidad sobre toda la plaza, es decir, la perspectiva errónea y la falta de una escala adecuada en los edificios nos deja apreciar con mayor detalle un espacio más amplio de la Plaza Mayor. No quiere decir que el pintor de la obra careciera de conocimientos compositivos, ni que su estilo pictórico fuera ingenuo, sino que pudo valerse de un recurso visual para alcanzar una mirada más completa sin el estorbo de los edificios circundantes.

Una lectura de la imagen, contraria al correr de las manecillas del reloj, parece iniciarse con el traslado del virrey y su comitiva del Palacio a la Catedral. En la composición, el recorrido parece prolongarse para rodear la Plaza Mayor, pasando primero entre el Portal de Mercaderes y el Parián, representantes de los comerciantes más ricos del reino y lugar de abasto de las clases más acomodadas y las provincias del interior. En seguida, al costado izquierdo de la pintura, la calle de la Acequia pasa frente a las casas de Cabildo, donde ejercían sus funciones los miembros del ayuntamiento de la ciudad, importante grupo de poder local, a la par del virrey, las audiencias y la Iglesia.

Por último, como resultado de la barrera de los numerosos espectadores del evento oficial, el camino, así como la base del aparato social jerárquico, desemboca en los puestos y las mesillas que componen el Mercado de Bastimentos y el Baratillo chico, sitios de reunión y abasto del grueso de la población de escasos recursos. Este último aspecto queda unido y sometido al poder del rey en la Columna de Fernando VI, al centro de la composición, la cual resulta indispensable para la ceremonia de afianzamiento de poder que preside el virrey.

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