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La atención de niños y jóvenes al paso de la revolución

Ingrid Noemí López Padilla

Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49.

Después de la revolución mexicana, el país quedó en un estado deplorable. Las clases populares, campesinos y obreros, principalmente, fueron quienes más lo padecieron ante la falta de recursos económicos. La preocupación de las élites política y social se acrecentó al percatarse de las condiciones en las cuales se encontraba la mayor parte de la población de la ciudad de México.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. - FOTOTECA NACIONAL. - MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Interno de la Castañeda observa a través de la rendija de una puerta, ca. 1945. inv. 296522 SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH. – FOTOTECA NACIONAL. – MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

De ahí que, desde principios de la década de 1920, se abordaran muchos de los problemas sociales sin resolver antes de la revolución. Instituciones heredadas del régimen porfirista como la Casa de Corrección, el Hospital General y el Hospicio de Pobres no bastaban para menguar esas dificultades. Los médicos sostuvieron que la salud y la educación de los niños debían ser atendidos y las autoridades tendrían que encontrar los elementos necesarios para el mejoramiento de las condiciones físicas, morales e intelectuales de los menores de edad.

En 1921, durante el gobierno de Álvaro Obregón, se llevaron a cabo los festejos por el centenario de la consumación de la independencia con la intención de que participaran todos los sectores de la población. El departamento de Salubridad Pública organizó, del 8 al 17 de septiembre, un evento que giró en torno a la figura del niño, desde la higiene hasta el bienestar. También se realizó el Primer Congreso Mexicano del Niño, patrocinado por el ingeniero Félix Palavicini, director del periódico El Universal, el cual volvería a celebrarse dos años después. En ambos congresos asistieron destacados especialistas médicos, intelectuales, pedagogos y representantes de asociaciones filantrópicas interesados en redactar un plan de desarrollo y bienestar para la infancia y la adolescencia. Se discutieron, entre otros temas, el abandono y la criminalidad infantil como consecuencia del movimiento revolucionario.

Tribunal para Menores Infractores

Como resultado de estos esfuerzos a favor de la niñez, en 1926 se publicó el proyecto de Ley Orgánica de Tribunales del Fuero del Distrito Federal, que establecía la creación de un tribunal protector del hogar y de la infancia. Y a final del año, en una residencia de la calle Vallarta número 17, se fundó el Tribunal para Menores Infractores del Distrito Federal y Territorios, que se distinguió por su carácter paternal al ser un modelo de protección tutelar y educativo. Su finalidad fue separar a los delincuentes menores de los adultos, para imponer sanciones de acuerdo con la edad y el tipo de delito cometido; pero, sobre todo, “apreciar cada caso en sus detalles y circunstancias peculiares; remontarse a los antecedentes, a fin de conocer la causa generadora del delito”. Con ello, se esperaba evitar la reincidencia y que se reprodujeran las mismas circunstancias en otros niños.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. - INAH. FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

Adolescente ante el director del tribunal de menores, 1938, inv. 654815. SECRETARÍA DE CULTURA. – INAH.
FOTOTECA NACIONAL.-MÉX. Reproducción autorizada por el INAH.

El primer reglamento del tribunal, de 1928, se dirigía a la atención de los menores de quince años. Al año siguiente se expidió otro reglamento para la Calificación de los Infractores Menores de Edad en el Distrito Federal, que aumentó la edad de intervención a menores de 18 años e incluyó a los que denominó vagos, abandonados e indisciplinados. De esta forma, el tribunal tuvo la capacidad de tratar a todo niño que, de acuerdo con su entorno (económico, social y biológico), pudiera convertirse en un delincuente, es decir, evitarle una futura vida criminal. Así, aquellos niños en abandono moral, incorregibles, delincuentes o que potencialmente lo fuesen, eran atendidos con el fin de readaptarlos, enseñarles a vivir una “buena vida” y cumplir con el modelo de ciudadano que el Estado requería para el desarrollo del país.

Una vez que el menor ingresaba al tribunal era sometido a cuatro estudios de valoración: médica, social, psicológica y pedagógica, con los cuales se pretendía determinar las posibles causas de su comportamiento antisocial y la mejor forma de corregirlo. Con los exámenes se construía un perfil físico y psicológico del niño, para después aislarlo en la Casa de Observación anexa al tribunal con el fin de conocer su comportamiento. Ahí se procuraba un ambiente de libertad donde los infantes pudieron manifestarse de manera espontánea y obtener todo tipo de datos que arrojaran información sobre su carácter y conducta. Se observaba y estudiaba su estado físico, fisonomía, expresiones, comportamientos, entre otros aspectos.

Mientras el menor permanecía en la Casa de Observación se iniciaban las audiencias en el tribunal, las cuales no eran públicas; sólo concurrían personas citadas: familiares, vecinos o patrones. El menor no contaba con un representante legal o defensor de oficio por lo que él mismo debía defenderse. Tres jueces especializados en distintas áreas –médico, maestro o abogado– se reunían para examinar el caso y darle una resolución. Los tres determinaban la forma de corrección a partir de los resultados de los exámenes. La sentencia podía ordenar el internamiento del menor en las escuelas correccionales, en algún establecimiento de la beneficencia pública o la devolución a sus familiares.

Manicomio General de La Castañeda

Durante el periodo posrevolucionario, el discurso sobre la reconstrucción social y la creación de ciudadanos productivos también predominó en el hospital psiquiátrico La Castañeda, que se enfocó principalmente en la atención a niños con algún padecimiento mental, por lo que elaboró un proyecto de edificación de un pabellón especializado.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS

  • LÓPEZ CARRILLO, XIMENA, “Retraso mental” en Los pacientes del manicomio. La Castañeda y sus diagnósticos. Una historia de la clínica psiquiátrica en México, 1910-1968, México, UNAM/Instituto Mora, 2017.
  • SACRISTÁN GÓMEZ, MARÍA CRISTINA, “La contribución de La Castañeda a la profesionalización de la psiquiatría mexicana, 1910-1968”, Salud Mental, vol. 33, núm. 6, noviembre-diciembre de 2010, en https://cutt.ly/diNduPM
  • SÁNCHEZ, MARÍA EUGENIA, Niños y adolescentes en abandono moral, ciudad de México (1864-1926), México, INAH, 2014.
  • SANTIAGO ANTONIO, ZOILA, “Los niños y jóvenes infractores de la ciudad de México, 1920-1937”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, 2014, en https://cutt.ly/niNdn2V
  • Véase Los olvidados, película, dir. Luis Buñuel, 1950.

Recuerdos de una maestra

Graziella Altamirano Cozzi
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.

Aunque nieta de un hacendado henequenero yucateco, Adela Alfaro se sumó a temprana edad, con su marido Juan, a la lucha social, siendo ambos maestros, para acabar con la explotación de campesinos e indígenas, En este testimonio relata su niñez entre mayas esclavizados y los ricos propietarios de tierras caeca de Mérida, la discriminación familiar, Felipe Carrillo Puerto y la militancia en el Partido Socialista del Sureste.

Victoria

A través del relato de su vida y de la evocación de los años ocultos, Adela Alfaro de Aguayo exhuma los recuerdos de su infancia transcurrida en un pequeño pueblo de Yucatán, revive las experiencias de su juventud y su inicio en el magisterio y nos deja su testimonio, cuya voz, resguardada en el Archivo de la Palabra del Instituto Mora, permite hoy asomarnos al microcosmos de un pueblo rodeado de haciendas henequeneras, en los albores del siglo XX.

En las reminiscencias de sus primeros años, la maestra Alfaro reconstruye la cotidianidad de su pueblo y de su escuela; describe el transcurrir de la vida en el campo y el trajín del trabajo en las haciendas; se refiere a la explotación de los indígenas y nos deja ver atisbos de un profundo desequilibrio económico y social en Yucatán. Rememora los primeros ecos del despertar político en la entidad y la percepción que tuvo en aquel entonces del descontento existente y de la creciente agitación por las pugnas de poder con los poderosos hacendados que se hacían llamar “liberales”, los cuales estaban decididos a no perder sus privilegios. La maestra repasa las nítidas señales de su vocación, así como el encuentro con el que sería su compañero de vida, con el hombre que compartió el compromiso de trabajar en favor de los indígenas. Finalmente, nos habla de su cercanía con Felipe Carrillo Puerto, el líder y defensor de los indios mayas, con quien ella y su esposo participaron en la fundación de las Ligas de Resistencia en los pueblos y en el campo de Yucatán, y de su militancia en el Partido Socialista del Sureste.

El siguiente texto es una edición de la entrevista que le hizo Eugenia Meyer a la maestra Adela Alfaro de Aguayo, el 25 de septiembre y el 2 de octubre de 1972, así como el 19 de febrero de 1973 (PHO/4/8).

 

Adela Alfaro de Aguayo en primera persona
Entrevista realizada por Eugenia Meyer.

Mi pueblo

Nací el 19 de agosto de 1903, en el pueblo de Tekit, Yucatán. Mi padre fue maestro de escuela, pero se fue al extranjero y ya no supimos de él. Mi madre quedó sola con cinco hijos -yo era la segunda-, y luchó mucho por levantarnos, por formarnos. Afortunadamente no la defraudé, estudié un poco y me metí a la escuela rural porque era lo más fácil para una mujer. Con la ayuda de mis tíos que tenían dinero, mi mamá nos sacó adelante. Mis tíos eran, como quien dice, los capitalistas del pueblo porque tenían tienda, ranchitos y ganado. Ellos ayudaban en parte a mi mamá y ella nos sostuvo también haciendo hamacas costaban 15 y 18 pesos, y las que eran muy finas hasta 25. Mensualmente tejía tres, cuatro hamacas, y las vendía. Con esa utilidad sostuvo nuestros estudios en Mérida.

Hacienda 84422

La vida en mi pueblo amanecía muy temprano y cada quien se dedicaba a lo suyo. Los tenderos abrían sus tiendas y a uno de chica la mandaban a comprar, luego regresaba, desayunaba, se iba a la escuela, volvía uno al almuerzo (que entonces se hacía a las once de la mañana en Yucatán) y otra vez a la escuela. A la siete de la mañana entrábamos y salíamos hasta la tarde, porque las clases se daban mañana y tarde.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Las reformas que transformaron al ejército

Martha Beatriz Loyo
FES Acatlán, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

Terminada la revolución, en 1917 se emprendió la reorganización de las fuerzas militares que hasta entonces no estaban unificadas y significaban un problema político y económico para la estabilidad del país. Fueron medidas graduales, aplicadas a lo largo de más de una década

PrA?cticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de MAi??xico

Prácticas militares, Mx, 1917. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijeto, UIA, Ciudad de México

El 9 de febrero de 1913, a las siete de la mañana, el presidente Francisco I. Madero salió escoltado por los cadetes de El Colegio Militar, del Alcázar de Chapultepec, para dirigirse a Palacio Nacional a donde llegó dos horas después por el acecho de los grupos rebeldes que atacaban el recinto. La actitud de los cadetes es conocida ahora como la Marcha de la lealtad. Esa mañana se inició un golpe de Estado en la capital encabezado por los generales Bernardo Reyes, Félix Díaz, Manuel Mondragón y otros, nombrado después como Decena Trágica. Al ser herido el general Lauro Villar, comandante de la guarnición de la plaza, Madero nombró en su lugar al general Victoriano Huerta, quien lo traicionaría culminando con la renuncia y el posterior asesinato de Madero y del vicepresidente José María Pino Suarez.

El 18 de febrero los gobernadores de los estados recibieron el siguiente mensaje: Autorizado por el Senado, he asumido el Poder Ejecutivo estando preso el Presidente y su gabinete. Victoriano Huerta. De inmediato, el 19 de febrero, el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, recibió mediante un decreto expedido por legislatura estatal, el mandato para desconocer el gobierno usurpador de Huerta y poco después formar un ejército para enfrentarlo. Este sería el ejército constitucionalista que Carranza dividió en varios cuerpos con el fin de operar a lo largo del territorio nacional hasta que se restableciera el orden constitucional interrumpido por el golpe militar.

Para algunos historiadores del ejército, desde hace algunos años, este último acontecimiento marcó el momento en el que se establecieron las bases legales para el nacimiento de un nuevo ejército popular en diferentes partes del país, acaudillado por jefes regionales que se unirían a Carranza en su lucha por la legalidad. Sin embargo, no fue sino hasta junio de 1914 cuando en la batalla de Zacatecas, la división del norte, comandada por Pancho Villa, derrotó al último bastión del ejército federal que había sido una institución fundamental en los regímenes de Porfirio Díaz, Francisco León de la Barra, Francisco I. Madero y Victoriano Huerta. El 15 de julio de 1914 Huerta renunció a la presidencia y casi un mes después, el 13 de agosto, el general del ejército constitucionalista del noroeste, Álvaro Obregón, y el general José Refugio Velazco, jefe del ejército federal, firmaron cerca de la capital, los tratados de Teoloyucan, donde se establecía la rendición y disolución del ejército federal así como la ocupación de la capital por las fuerzas revolucionarias.

Cadetes de la Escuela Militar de AviaciA?n posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Cadetes de la Escuela Militar de Aviación posan frente al apartado, Mx, 1920. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

La unilateralidad de esta acción decidida por Carranza, así como la suspensión del servicio del ferrocarril entre México y Chihuahua, marginaron al ejército villista y desde este momento las dificultades entre ellos se hicieron cada vez más evidentes. Sin embargo, el enfrentamiento no se dio pues ambos esperaban imponer sus objetivos en la convención de líderes militares que se inició en Aguascalientes, en octubre.

La heterogeneidad de los representantes revolucionarios impidió que se lograra la unidad entre las distintas facciones y cuando por fin los líderes se enfrentaron, los convencionistas tuvieron que tomar partido y desbandarse. Obregón, el más importante de ellos, siguió a Carranza y resultó ser el militar más hábil de la revolución, como lo demostró al derrotar a Villa en Celaya, Trinidad, León y Aguascalientes, entre abril y agosto de 1915.

Carranza, ObregA?n y Maytorena con la artillerAi??a quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de MAi??xico

Carranza, Obregón y Maytorena con la artillería quitada a los federales, Hermosillo, Son, 1913. Col. Biblioteca Francisco Xavier Clavijero, UIA, Ciudad de México

Carranza no sólo triunfó sobre sus opositores en el campo de batalla, sino también en el político gracias a una estrategia que le atrajo más simpatizantes. El 19 de octubre fue reconocido por  Estados Unidos, y convocó a un nuevo Congreso Constituyente que diera legalidad y legitimidad a su mandato, promulgándose una nueva Constitución el 5 de febrero de 1917. Allí se asentaba el marco jurídico-legal con el cual los gobiernos posrevolucionarios darían forma a la nueva nación.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Para saber más

  • GUZMÁN, MARTÍN LUIS, La sombra del caudillo, México, Castalia, 2002.
  • LOYO, MARTHA, Joaquín Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-1931, México, FCE, IIH-UNAM-INEHRM, 2003.
  • PLASENCIA DE LA PARRA, ENRIQUE, Historia y organización de las fuerzas armadas en México 1917-1937, México, IIH-UNAM, 2010.
  • Ver El general, dir. Natalia Almada, 89 min., dvd.
  • Ver La sombra del caudillo, dir. Julio Bracho, 120 min., http://www.youtube.com/watch?v=t2HHSuwmDJg

El cine como propaganda

Héctor Luis Zarauz López
Facultad de Economía, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  21.

La época revolucionaria fue clave en el desarrollo de un cine documental que informaba pero a su vez estaba muy influenciado por promover la figura de los líderes políticos. Francisco Villa fue uno de los que mejor provecho le sacó. Los intentos por hacer un cine menos politizado hallaban escaso eco

Enrique MoluniniAi?? y su pemresa familiar dedicada a la exhibiciA?n itinerante. Col. Ma. de Lourdes MouliniAi?? de Altamirano

Enrique Molunini y su empresa familiar dedicada a la exhibición itinerante. Col. Ma. de Lourdes Moulini de Altamirano

Como si fuera un set cinematográfico, el país estaba listo en noviembre de 1910 para ser filmado. Entonces, el largo gobierno de Porfirio Díaz era cuestionado por la vía armada, Madero y sus seguidores habían decidido explorar un nuevo guión después de las fallidas elecciones de ese año. La trama, el escenario, las luces y los actores, toda parecía preparado para escuchar el llamado a cámara.

La revolución mexicana fue la primera que se dio en los albores del siglo XX. Su desarrollo coincidió con el establecimiento del cinematógrafo en el mundo y en México adonde apareció desde 1896 cuando llegaron los primeros representantes de la casa Lumière y de la casa Edison, considerados como los inventores del cine.

Como el cine ya había dado sus primeros pasos en nuestro país, la revolución fue un proceso histórico razonablemente bien filmado para su tiempo. Sin embargo, gran parte de los materiales fílmicos que se hicieron entre 1910 y 1920 desaparecieron, ya sea porque fueron mutilados, fragmentados o destruidos. Aun así ha quedado suficiente de él para utilizarlo como un elemento reconstructivo de la historia de la revolución y de esa época.

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revoluciA?n hasta la caAi??da de Madero en ARCHIVO HISTAi??RICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Gran Cine Morelos, De la revolución hasta la caída de Madero en ARCHIVO HIStÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL (AHDF), Carlos de Sigüenza y Góngora

Actualidad revolucionaria

Al haber sido depuesta la dictadura de Díaz, las temáticas que habían interesado al cine de ese tiempo desaparecieron (hasta entonces, don Porfirio y su comitiva aristócrata habían sido uno de los imanes de taquilla) y en lo sucesivo el cinematógrafo se centró en el movimiento revolucionario. El espectador dejó de observar imágenes de concordia y abundancia de esa supuesta belle époque que el cine se empeñaba en captar. Ahora el espectáculo sería ver al pueblo mismo en la pantalla y el enfrentamiento armado en contra del dictador y entre las facciones en rebelión.

Durante los años de la Revolución (considerando la década de 1910 a 1920), predominaron dos corrientes en la producción nacional: por una parte, el documental sobre la Revolución, y por otra, las piezas del cine argumental que ya se venían realizando.

Casi la totalidad de filmaciones que se hicieron en estos años fueron documentales-reportajes. Por el contrario, se realizaron muy pocas ficciones, lo cual es interesante si tomamos en cuenta que en el mismo periodo en Estados Unidos se filmaron más de cien dramatizaciones sobre el tema revolucionario. Esto podría responder primero al hecho de que en México la industria no había alcanzado un desarrollo pleno que permitiera hacer este tipo de cine, y segundo a que muy probablemente el público demandaba materiales de carácter informativo que consideraba más fidedignos por ser el retrato de la realidad revolucionaria. De manera que estas cintas son muy cercanas a un trabajo periodístico. Sin embargo, no debe perderse de vista que muchos de estos documentales fueron auspiciados por los propios caudillos que vieron en la filmación un vehículo de promoción de sus figuras.

Dentro de los documentales había dos fines fundamentales. El primero fue el periodístico, por lo cual las temáticas estaban evidentemente ligadas a los eventos de actualidad. Se trataba de filmar aquello que acababa de suceder en torno a las movilizaciones armadas a fin de que el espectador estuviera enterado. Entre estas se pueden citar: Las conferencias de paz en el norte y toma de Ciudad Juárez (1911), Viaje triunfal del jefe de la revolución don Francisco I. Madero desde Ciudad Juárez hasta la Ciudad de México (1911), La revolución orozquista (1912), La revolución en Veracruz (1912), La revolución felicista (1913). Además, el camarógrafo Jesús H. Abitia filmó campañas militares de Obregón y Carranza, Francisco Villa contaba con camarógrafos de la Mutual Film Corporation, que filmaron la toma de Ojinaga, Torreón y Gómez Palacios, y los zapatistas tuvieron también camarógrafos que editaron La revolución zapatista (1914). Las huestes huertistas llegaron a hacer uso del cinematógrafo al filmar Sangre hermana (1914). Asimismo, fue registrada la invasión estadounidense por Salvador Toscano, bajo el título de Sucesos de Veracruz (1914).

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de SigA?enza y GA?ngora

Anuncio Cine Academia sobre Francisco I. Madero 1911, en AHDF, Carlos de Sigüenza y Góngora

El otro uso importante que tuvo el documental en estos años fue el propagandístico, ya que los documentos cinematográficos, fotográficos, periodísticos, etcétera, eran parte de la lucha de los distintos bandos de la Revolución. Estamos pues ante películas vinculadas a una causa específica y que, en consecuencia, no son piezas desinteresadas y meramente testimoniales que se limitaban a registrar los sucesos del país.

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Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario

Para saber más:

  • LEAL, Juan Felipe. El documental nacional de la Revolución mexicana. Filmografía: 1915-1921. México, Juan Pablos Editores, 2012.
  • MIKELA UREGUI, José Ramón. La historia en la mirada. México, Filmoteca de la UNAM.
  • MIQUEL, Ángel. “Las historias completas de la Revolución de Salvador Toscano”, Fragmentos. Narración cinematográfica compilada y arreglada por Salvador Toscano, 1900-1930. México, Imcine-Conaculta, 2010.
  • ____________. En tiempos de Revolución. El cine en la ciudad de México. 1910-1916. México, UNAM, 2012.
  • ROSAS, Enrique. El automóvil gris. México, 1919, dvd. Filmoteca de la UNAM.
  • TOSCANO, Salvador. Memorias de un mexicano. México, 1950, dvd. Fundación Carmen Toscano.

Las utopías agrícolas de Michoacán desde la colonia hasta el siglo XX: Una historia con tres momentos

Alfredo Pureco Ornelas / Instituto Mora
Revista BiCentenario #10

Pareciera que Michoacán es un lugar predilecto para las utopías. Y es que ellas se han intentado en tres momentos que, aunque terminaron sin frutos perdurables luego de la muerte de sus promotores, sí dejaron una huella importante en el espíritu humano que, a la fecha, podemos apreciar y recuperar. El primer momento se dio a finales del siglo XVI, cuando algunos europeos de buena voluntad miraron al continente americano como un espacio de regeneración. Un ejemplo de ello fueron los misioneros llegados a estas tierras que, como el primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, suponían que la colonización del Nuevo Mundo era una oportunidad que Dios otorgaba a los hombres para empezar de nuevo, para renacer. La evangelización de los nativos representaba también la oportunidad de formar al hombre nuevo, de modelar un tipo de conciencia alejada de los vicios. Para el humanismo español aquel siglo XVI fue una época que ofrecía la posibilidad de hacer experimentos novedosos en aras de la perfección espiritual. El obispo Quiroga, recuperando el planteamiento de dos grandes renacentistas –Tomás Moro y Tomasso Campanella–, jugó a dar vida a su propia utopía en los pueblos-hospital de Michoacán.

Vasco de Quiroga

Vasco de Quiroga

La pretensión de Quiroga era fundar pueblos agrícolas que, con apego a las ordenanzas monárquicas, permitiesen aprovechar la humildad y sencillez de los indíenas para reivindicar los valores de la iglesia cristiana en su etapa prístina. Además, buscaba promover la especialización productiva de cada poblado en aquello en lo que tenía mayores posibilidades y aptitudes, con lo que se daría un intercambio benéfico para todo el entorno. Así, los prototípicos hospitales-pueblo de Santa Fe, de la Laguna y del Río en Michoacán y la Santa Fe de México, en las cercanías de Cuajimalpa, nacieron en la década de los años 1530. Aunque el empeño por sostener el proyecto transformador fue arduo, en el largo plazo era difícil de sostenerse financieramente. A la muerte del incansable Quiroga, su aspiración no tuvo heredero y feneció.

Esta experiencia colonial precedió a otras dos, ocurridas de forma muy distinta aunque en el mismo escenario. La segunda aconteció en el Porfiriato, cuando se trató de proyectar la imagen de un México moderno, con un amplio progreso material. La tercera ocurriría después de la Revolución, como producto del arraigo del ideario cardenista encaminado a abrir el desarrollo social en el campo. Sobre estas dos últimas experiencias, nos extenderemos un poco más.

Antes de referirnos a ellas, quisiéramos precisar que el sentido etimológico de la palabra utopía es el no-lugar. Es decir, la utopía es un artificio de la mente, de una abstracción, un proyecto, por lo cual nace en el ámbito de lo individual e íntimo. Su hechura responde a los ideales de su sujeto-creador y por lo mismo responde a sus aspiraciones, las cuales, sin duda, estarán determinadas por la época en que le toca vivir. De tal modo, una utopía puede ser de orden ético, social, político y hasta económico y aun llegar a ser programas de transformación de gran aceptación social y entonces perdurar o bien limitarse al aislamiento de quien las sueña y morir cuando éste muere.

La utopía empresarial privada

El espacio idóneo para realizar una utopía es aquel que, para quien la proyecta, se encuentra vacío. Es un territorio inmaculado, desprovisto de identidad por creer que no pertenece a nadie; sin embargo, tal espacio es posible de colmarse con lo ajeno, con lo anhelado, que allí puede florecer. Esta descripción se ajusta relativamente bien a lo ocurrido en el campo de los negocios y la empresa agrícola moderna que pretendió arraigar el régimen porfiriano en México por conducto de extranjeros. Y es que en las últimas dos décadas del siglo XIX el general Porfirio Díaz invitó, por medio de su ministerio de Fomento, a colonizar México. Idílicamente se pretendía romper con la tradición y el provincianismo que se pensaban como la cara del atraso para hacer progresar al país, modernizarlo y volverlo cosmopolita. Sin embargo, sólo en casos muy excepcionales pudo lograrse este modelo del “buen” colono y uno de ellos lo representó el italiano Dante Cusi, quien se estableció con su familia en la Tierra Caliente de Michoacán en 1884 para construir una utopía agrícola y empresarial privada.

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El emigrado llegaba de Milán pensando, como muchos otros italianos de su época, que América era un continente abierto a las oportunidades de éxito económico individual. Lo que encontró fue un territorio muy distinto al que dejó atrás; uno aislado, casi desierto y agobiantemente tórrido. Su plan original no había sido establecerse en Michoacán, sino en Estados Unidos, donde pretendía convertirse en productor y comercializador de algodón. No se pudo, así que tuvo que conformarse con la idea de que, si en algún lugar iba a convertirse en un hombre de fortuna, sería en México.

El lugar que los recibió fue Parácuaro, pequeño paraje cerca de Apatzingán. Al inicio, Cusi y su familia se contentaron con poder sobrevivir a la ruina en que estaban. Se asociaron con otros italianos que arrendaban propiedades por la zona y con ellos, si bien no mucho después de forma autónoma, se hicieron agricultores, comerciantes, arrieros y hasta prestamistas en pequeño. De arrendatarios pasaron a pequeños propietarios y su carácter de extranjeros y trabajadores les dio buena reputación y el aprecio del gobernador Aristeo Mercado y más tarde del mismo don Porfirio.

La zona a donde llegaron Cusi y su familia se había ocupado desde la época colonial en el cultivo de añil, algodón, arroz y, sobre todo, como enorme pastizal para la crianza de ganado bovino. Sin embargo, aunque las propiedades eran de gran extensión, las pocas haciendas que continuaban en funcionamiento se hallaban en profunda crisis derivada del estado que las había dejado, por un lado la guerra de Reforma y por otro, la resistencia al imperio francés. En cambio, las unidades productivas más pequeñas, los ranchos, gozaban de cierta bonanza relativa y fue desde ellos que Dante Cusi comenzó a despegar junto con el naciente siglo XX.

En la medida en que creció el poder económico de la familia, el entorno de los valles soleados en que quedaron sus propiedades fue siendo objeto de una gran transformación geográfica y social. Ese plan transformador respondía a los deseos de Porfirio Díaz y sus ministros de Fomento de poblar el campo con emigrados europeos que vertieran su saber innovador, introdujesen nuevas tecnologías agrícolas, cultivos comerciables que se impusieran sobre los de autoconsumo –lo cual llevaría a la especialización y por lo mismo al monocultivo– y, finalmente, alentaran –aunque sin mayor compromiso– la mediana y pequeña propiedad individual al estilo de las granjas.

Dante Cusi y sus hijos lograron alcanzar esas metas en la primera década del siglo XX, al adquirir una extensión de 62,000 hectáreas en los valles de Tamácuaro y Antúnez por la vía de préstamos hipotecarios que les concedió la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento a la Agricultura. En aquellos lugares fundaron las haciendas siamesas de Lombardía y Nueva Italia. En ambas, los cascos de las haciendas se edificaron prácticamente en medio de la nada, pues desde hacía mucho tiempo los pequeñísimos caseríos en que se ubicaron se encontraban en ruinas y casi despoblados.

La tarea más importante para hacer productivas aquellas llanuras era proveerles de una fuente de agua para convertir los semidesiertos en planicies fértiles. Aquí entró en escena la pericia y saber de los italianos, quienes, familiarizados con la ingeniería hidráulica de su tierra de origen, Lombardía, lograron sacar el agua del río Cupatitzio, la que iba por el lecho de un cañón muy profundo por abajo del nivel del terreno que se quería irrigar. Esto se logró mediante la introducción de nuevos materiales como la tubería y el remachado de acero, así como del empleo de fuentes novedosas de energía en la comarca como la térmica y la eléctrica. Las tareas de nivelación y construcción de nuevos canales de conducción del agua fueron otras obras que llamaron la atención.

Justo al inicio de la Revolución mexicana, para 1910, los Cusi continuaban ampliando hacia el sur la frontera agrícola de Michoacán, rumbo a los linderos de la rivera norte del río Tepalcatepec. Para ello no sólo se habían especializado en la producción de arroz, sino que estaban prestos a incorporar las innovaciones en materia de mejoramiento genético del ganado y de las semillas agrícolas que empleaban. Experimentaban con simientes, con la adaptación de especies frutales y pecuarias, e importaban tanto de Estados Unidos como de Europa maquinaria para hacer funcionar la parte agroindustrial de la refinación del arroz.

Aquel despegue económico tendría grandes implicaciones sociales y, aunque muchas de estos cambios fueron eclipsados por la Revolución, su trascendencia vale la pena recuperarse. Por ejemplo: si en 1910, recién fundada la hacienda de Nueva Italia, contaba con 700 habitantes, al mediar el siglo XX alcanzaría una población de 4,700 personas. Este crecimiento demográfico se presentaría de forma ininterrumpida, a pesar incluso de la misma Revolución. En la especialización del cultivo del arroz se demandó de forma estacional, sobre todo para el periodo de cosechas, una amplia mano de obra que, desocupada de sus propias labores agrícolas, llegaba de las regiones altas de Michoacán e incluso de los vecinos estados de Jalisco y Guerrero.

Lejos de que los Cusi pensaran en sus haciendas como sitios que les investirían automáticamente de prestigio social, y en concordancia con la imagen señorial del terrateniente tradicional, aquellas fueron contempladas desde su origen con una mentalidad moderna, burguesa, diría Werner Sombart –el famoso sociólogo y economista aleán. Se trataba de unidades económicas hechas para la producción de excedentes y por consiguiente eran entendidas como fuente para la obtención de ganancias. El cálculo económico y técnico, del que Dante Cusi estaba muy al tanto desde que en su juventud fue empleado bancario en Milán, y como hijo de campesinos en su natal Brescia, pudo ser aplicado con prurito en la Tierra Caliente michoacana.

Nivelación de terrenos, apertura de canales de riego, encauzar corrientes de agua por desniveles de suelo e introducción de fuentes alternas y novedosas de energía como la eléctrica fueron algunos de sus grandes logros. Aquellos italianos veían materializada en sus haciendas michoacanas la América que habían soñado al salir de su patria cisalpina. Era su anhelo personal realizado y un ejemplo de progreso muy al estilo del plan modernizador del campo que el general Porfirio Díaz deseaba para la república. La utopía pública y la privada convergían en una sola e idéntica.

La utopía campesina socializante

La Revolución no impidió que aquellos negocios capitalistas siguieran funcionando a pesar de los coletazos que la revuelta armada infringió a Michoacán. La coyuntura cambiante obligó a que lo que era un negocio familiar se constituyese en sociedades anónimas, de las cuales la más importante fue la Negociación Agrícola del Valle del Marqués, S.A. Si bien las gavillas de bandoleros, revolucionarios y efectivos del ejército constitucionalista impusieron préstamos o despedazaron la infraestructura agrícola, ello no impidió que Lombardía y Nueva Italia pudieran sortear el escenario adverso.

Sería hasta la década de los años 1920 cuando las relaciones entre jornaleros y hacendados entraron en una larga fase de fractura que resultó imposible de superar. Los intereses de clase no pudieron contenerse más dentro de la matriz paternalista que Dante Cusi quiso imponer por mucho tiempo en el manejo de las relaciones laborales y en 1938, luego de numerosas huelgas, el presidente Lázaro Cárdenas decidió que Nueva Italia y Lombardía fueran intervenidas por el gobierno para dejarlas, de manera íntegra, con todo y su infraestructura, en manos de sus trabajadores bajo la forma de un ejido colectivo. El anhelo del general Cárdenas no era sólo entregar la tierra y dejar a su suerte a las clases rurales indigentes, sino establecer en ella un prototipo de a hacienda sin hacendados. Luego de la entrega formal a poco más de 2,000 campesinos, ocurrida en el mes de noviembre, se inició una segunda fase de transformación del espacio terracalentano, ahora por obra del ideario social del cardenismo; otro ideal, otra utopía.

El ejido comenzó a operar en las parcelas dadas a los jefes de familia radicados en las comunidades de las ex haciendas. De los terrenos para uso agropecuario, se apartó en cada una un espacio para la educación agrícola de niños y jóvenes.

Para ese entonces, las haciendas eran generadoras de 13,500 toneladas de arroz, 2,000 de limón y poseían 17,000 cabezas de ganado. Mantener aquel ritmo de producción exigía recursos financieros que sólo se lograron obtener mediante la constitución de Sociedades Colectivas de Crédito, una por cada núcleo productivo anterior a la expropiación. La idea planificadora del presidente Cárdenas se imponía como esquema para la marcha de aquellas unidades de producción cuya inspiración habría abrevado en los experimentos colectivistas rurales de los koljoses soviéticos.

LA?zaro CA?rdenas, el otro utopista.

Lázaro Cárdenas, el otro utopista.

Al igual que se vieron afectadas las antiguas propiedades de los Cusi, así también se transformó la propiedad agraria de toda la rivera norte del río Tepalcatepec, prácticamente desde los límites con el estado de Jalisco en el extremo poniente, hasta el río del Marqués por el oriente. De 1936 a 1959, en aquella extensa región se fundaron una treintena de ejidos, que en otro sentido representó un cambio poblacional abrupto para la zona debido a que los asentamientos se establecieron allí donde anteriormente existía una bajísima densidad demográfica.

En relación a la planeación urbana de los núcleos ejidales, llama la atención el cuidado con que se pretendió dar satisfacción a sus habitantes en términos, no sólo en su desarrollo material, sino humano en general. La traza urbanística de los núcleos ejidales estaba planeada de forma escrupulosamente reticular, al centro de la cual se encontraba a menudo una plazuela en forma de glorieta a la que convergían cuatro anchas avenidas. Dentro de esos núcleos se disponían, a priori, lugares para escuelas, los servicios de los distintos órdenes de gobierno, el mercado, la biblioteca, una sala de espectáculos, un asilo para ancianos y otro para huérfanos, parques deportivos, refrigerador comunal y escuelas técnicas agropecuarias y de artes y oficios. En la teoría, el proyecto de los ejidos terracalentanos y su planeación no dejaba un cabo suelto.

En términos de infraestructura las disposiciones fueron integrar aquella comarca al resto de Michoacán y del país, pues si bien los Cusi habían hecho hasta lo imposible para ser competitivos con su arroz en mercados de mediana y larga distancia, siempre tuvieron el obstáculo del relativo aislamiento entre sus haciendas y Uruapan, el puerto ferroviario más cercano y desde donde desplegaban su potencial comercializador de productos agrícolas. Sin embargo, en 1940 quedó construida la vía del ferrocarril de 80 kilómetros entre Uruapan y Apatzingán, a través de los ejidos de Lombardía y Nueva Italia y a poca distancia de muchas otras propiedades ejidales.

No obstante que en 1940 Lázaro Cárdenas dejó la presidencia de la república, su interés por la zona de Tierra Caliente de Michoacán permaneció. La comandancia de las operaciones militares en la costa del Pacífico que le fue asignada durante la Segunda Guerra Mundial lo mantuvo apartado de sus proyectos de fomento rural, pero en 1947, cuando el presidente Miguel Alemán lo designó Vocal Ejecutivo de la recién creada Comisión del Río Tepalcatepec, los retomó. Con nuevos bríos buscó ampliar la superficie de riego en esos feraces valles y desarrollar a un nivel insospechado el sistema hidráulico y de presas que los italianos Cusi habían inaugurado en el Porfiriato.

Epílogo

El Michoacán del siglo XVI, lo mismo que todo el continente americano, era visto por los humanistas europeos, como una tabla rasa en la cual podía crecer un proyecto de humanidad diferente. Para el obispo Quiroga no se trataba solamente de emplear la fuerza laboral indígena al estilo que pensaron muchos conquistadores, sino de hacer de ella la columna vertebral de la que nacería una sociedad nueva. Su utopía era de carácter ético y económico; pero justamente por tener esa doble mira pereció con facilidad ante las fuerzas contrarias cuando él murió. Por su parte, la utopía porfiriana modernizadora expresada en la empresa agrícola de la familia Cusi casi se llevó a cabo, pues transformó físicamente un desierto en tierras altamente productivas. A ellas concurrieron cientos de personas en busca de trabajo o refugio durante la insurrección, pero el problema llegó cuando la acumulación demográfica rebasó los requerimientos de fuerza laboral de las haciendas y esto las hizo quebrar. En forma posterior, el presidente Cárdenas tuvo gran interés en que las conquistas de la Revolución se entregaran a las masas desposeídas que habían participado en ella y, por tanto, procuró para los pobres un proyecto de sociedad igualmente diferente; regenerada, útil para la nación y capaz de reproducir valores surgidos de la Revolución. Su gobierno otorgó oportunidad de crecimiento comunitario a los ejidos, pero desafortunadamente tampoco se pudo lograr la utopía socializante en el campo michoacano a plenitud, esta vez porque la semilla de la corrupción administrativa creció en las unidades colectivas de producción y el impulso que dio nacimiento a éstas se agotó poco a poco.

Tanto la utopía de Vasco de Quiroga en el siglo XVI como los proyectos porfiriano y posrevolucionario de transformación de la Tierra Caliente de Michoacán, terminaron como ensoñaciones surgidas de valores individuales, que se perdieron a medio camino entre lo ideal y lo posible. Utopías, al fin, pero ligadas siempre e inexorablemente a un impulso vital muy humano y, por lo mismo, también a la historia.

PARA SABER MÁS:

  • FERNANDO BENÍTEZ, Lázaro Cárdenas y la revolución mexicana, México, FCE, 2004.
  • EZIO CUSI, Memorias de un colono, Morelia, Morevallado, 2004.
  • LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ, Los días del presidente Cárdenas, México, El Colegio de México, 2005 (Historia de la Revolución Mexicana, vol. 15).
  • MAURICIO MAGDALENO, Cabello de elote, México, Porrúa, 1986 (“Escritores Mexicanos”, 85).

Pancho Villa en prisión (1912)

Revista BiCentenario # 18

Guadalupe Villa G. / Instituto Mora

Apenas iniciado su gobierno, Francisco I. Madero tuvo que hacer frente a una oleada de rebeliones que buscaban su derrocamiento. El 16 de noviembre de 1911 el general Bernardo Reyes lo desconoció como presidente, siguiéndole pocos días después Emiliano Zapata; cuatro meses más tarde Emilio Vázquez Gómez y Pascual Orozco y, en octubre de 1912, Félix Díaz. Madero, no obstante, subestimó a sus enemigos al considerar que neutralizando a los dirigentes, el problema quedaba resuelto.

Bernardo Reyes
El general Reyes había gozado del apoyo y la confianza de Porfirio Díaz por varias razones, entre ellas mantener el control político y social en el estado de Nuevo León durante sus diversas gestiones gubernamentales; también estuvo temporalmente al frente de la secretaría de Guerra y Marina y fue elegido por los opositores de Díaz, para disputarle a éste la primera magistratura a través del Partido Democrático, aunque acabó por no aceptar la postulación. En cambio, cuando Díaz había partido ya al destierro, contendió en las elecciones presidenciales contra Madero, logrando el apoyo de hacendados y empresarios en diversas zonas del país.

Efectuadas las elecciones, triunfó la fórmula Madero-Pino Suárez, aunque a nivel nacional pronto circularon fuertes rumores de un nuevo movimiento armado iniciado por elementos reyistas, defraudados en sus esperanzas de elevar al poder al general.

En el estado de Morelos, Zapata y muchos otros que también habían brindado su apoyo a la revolución maderista se sintieron decepcionados por la política agraria del presidente y en lo sucesivo se mantendrían en pie de lucha para lograr la devolución de las tierras arrebatadas por la Ley de Terrenos Baldíos invocada por el líder demócrata.

Pascual Orozco
En Chihuahua Orozco, quien se adhirió a la lucha democrática encabezada por Madero, se sintió humillado cuando el líder ordenó el licenciamiento de las tropas revolucionarias y le negó la posibilidad de gobernar su estado natal, relegándolo al cargo de jefe de la Primera Zona Rural. Por otra parte, los proyectos de reforma agraria que el gobernador Abraham González pretendía implantar, con el respaldo del ejecutivo federal, alarmaron a la élite local que, sintiendo amenazados sus intereses, cooptó al antiguo arriero haciéndolo el instrumento mediante
el cual derrocarían a Madero.

El gobierno intentó suprimir la revuelta antes de que cobrara fuerza más allá de sus fronteras. El general José González Salas fue el encargado de combatir a Orozco, pero fracasó en su cometido. Fue entonces cuando Francisco Villa, a instancias de Madero, se unió a la División del Norte Federal comandada por Victoriano Huerta. En sus memorias, aquel señaló que el presidente le había dado la orden para que se pusiera a las órdenes del general Huerta. “No era ese mi programa” dice Villa, “pero ante todo estaba mi obediencia al señor Madero.”

El resultado es conocido: acusado por Huerta de insubordinación y robo, Villa fue puesto frente al paredón, perdonado y enviado a la Penitenciaría de la ciudad de México. El 5 de junio de 1912 Huerta telegrafió a Madero:

En este momento parte el tren que lleva con el carácter de procesado, debidamente escoltado hasta esa capital, al general Villa. El motivo que he tenido para mandarlo con el carácter de preso a disposición del ministerio de la Guerra, es el hecho de haber cometido faltas graves en la división de mi mando [...] A Villa le he perdonado la vida ya estando dentro del cuadro que debía ejecutarlo, por razón de haberme suplicado lo oyera antes de ser pasado por las armas, de cuya entrevista resultó el que yo resolviera abrir una averiguación previa y remitirlo con dicha averiguación, poniéndolo a la disposición de la secretaría de Guerra.

Lecumberri

Félix Díaz
El sobrino de don Porfirio declaró, a mediados de mayo de 1912, al periódico neoyorkino The Sun que la popularidad de Madero estaba perdida, acrecentándose día con día la opinión pública en su contra, debido a que muchos pensaban que una vez obtenido el triunfo, éste sólo había servido para el medro personal y egoísta de la familia Madero, dejando incumplidas las promesas hechas.
Díaz conspiraba activamente a pesar de la nube de agentes que lo vigilaban de cerca en Veracruz. El 15 de octubre, el jefe supremo del movimiento militar efectuó el pronunciamiento, cuyo propósito era “restablecer la paz por medio de la justicia.”

Contra todo vaticinio, el movimiento fue rápidamente sofocado y su dirigente capturado, hecho que causó gran sorpresa en todo el país. Por instrucciones de Madero, se formó un Consejo de Guerra Extraordinario que habría de juzgar a los principales implicados en el movimiento. El tribunal sentenció a Díaz a la pena máxima, sin embargo se logró que la Suprema Corte de Justicia lo amparara puesto que ya no pertenecía al ejército. Después de haber pasado un tiempo en la prisión de San Juan de Ulóa, fue trasladado a la ciudad de México e internado en la Penitenciaría el 24 de enero de 1913.

Los grupos contrarios a Madero, se multiplicaron desde el interior del propio gobierno; miembros del ejército federal bajo las órdenes de Victoriano Huerta se sumaron a la rebelión; Alberto García Granados, secretario de Gobernación, aseguraba tener pruebas de que el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, estaba preparado para iniciar la revuelta contra el mandatario y de que Miguel M. Acosta, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas era el encargado de recaudar fondos para dicho movimiento. El descontento general pronto se extendió por todo el país.

La lealtad puesta a prueba
La estancia de Villa en la Penitenciaría fue prolongada y difícil y a tres meses de su confinamiento aún no se le juzgaba. Estaba consciente de que su encarcelamiento era político y que había gente trabajando para evitar su liberación. En una carta enviada a Madero el 21 de septiembre, escribió: “A muchos de sus enemigos les cae como anillo al dedo que yo esté preso, pues he tenido ofrecimientos innumerables, pero si yo soy fiel, el tiempo se lo diría”.

Es interesante subrayar que uno de los mitos relacionados con Villa es que no sabía leer ni escribir y que durante su estancia en prisión aprendió gracias a las enseñanzas del ideólogo zapatista, Gildardo Magaña. Lo cierto es que sí sabía leer y escribir, las cartas escritas en prisión son muestra fehaciente de ello. Obviamente su redacción tanto como su ortografía eran deficientes, pero es claro que había tenido una rudimentaria enseñanza escolar y en el caso de que hubiera conocido a Magaña –hay discrepancias al respecto–, lo más que pudo hacer fue darle a conocer las razones de la lucha zapatista y tal vez ayudarle a mejorar su escritura y su lectura.

En la correspondencia enviada por Villa a Madero desde la penitenciaría, nunca obtuvo ninguna respuesta directa del presidente; éste se dirigió en dos ocasiones al reo a través de su secretario Juan Sánchez Azcona y no intervino para conseguir su excarcelación.

El 7 de octubre Villa había suplicado al mandatario trasladarlo a “algín cuartel de esta ciudad, toda vez que causas muy poderosísimas, que a su tiempo explicar, me obligan a solicitar esa gracia”. Es posible que otros reos políticos estuvieran intentando atraerlo al movimiento que se estaba preparando para derrocar al gobierno constitucional. Los abogados José Bonales Sandoval y Antonio Castellanos, a quienes Villa comisionó para hablar con Madero, formaban respectivamente parte del proyecto de Félix Díaz y Bernardo Reyes sin que, hasta ese momento, él lo supiera.

Un mes más tarde, Sánchez Azcona comunicó al general Villa que “obsequiando los deseos expresados por su defensor el Sr. Bonales Sandoval [el señor presidente ha dispuesto] que sea trasladado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco”.

En su nueva prisión, Villa tuvo oportunidad de conocer al general Bernardo Reyes y quizá de enterarse de sus planes subversivos. Luz Corral escribió después que ella acompañaba a su esposo todo el día y algunas veces, Reyes comió con ellos.

En la prisión militar, Pancho Villa escribió detalladamente los servicios que prestó, a lo largo de la revolución maderista, hasta la caída de Ciudad Juárez en mayo de 1911. Según cuenta en las Memorias, el documento lo realizó como parte de un ejercicio mecanográfico, “sin otro maestro que su firme deseo de aprender”.

Ante los oídos sordos de Madero, a sus reiteradas súplicas de justicia y auxilio, Villa optaría por fugarse de Santiago Tlatelolco y trasponer la frontera mexicana. No obstante que el general protestó lealtad al mandatario, permaneció fiel a su causa y siempre le mostró su admiración y respeto, no encontró reciprocidad en Madero, fue, como bien señala el historiador Friedrich Katz, un amor no correspondido.

Carta Villa-Madero

Carta de Villa a Madero (1912)

Las hojas de servicio

Es necesario aclarar que una versión de lo contenido en los papeles escritos a máquina fue recogida por Manuel Bauche Alcalde, quien se encargaría de escribir las memorias de Villa a principios de 1914. El manuscrito de Bauche tiene básicamente la misma información de las hojas de servicio, pero está más completo porque se subsana lo que al reo le fue difícil recordar y que ya en calma, seguramente auxiliado por compañeros y amigos, pudo corregir. También está más pulido porque Bauche era un hombre culto, había ejercido el periodismo y hablaba varios idiomas. Las hojas de servicios son reveladoras de la personalidad de Villa, de sus sentimientos, manera de ser y expresarse.

Como Chihuahua fue el territorio en el que Villa operó durante la revolución maderista, en su hoja de servicios se destaca su relación con Abraham González, su encuentro con Francisco I. Madero, los hechos de armas en los que participó y todas las dificultades que tuvo que superar para hacerse respetar y ganar adeptos.

El relato comienza prácticamente el 17 de noviembre de 1910, cuando González acudió a comería casa de Villa para definir el plan que consistió en el reclutamiento de tropas: el primero en el norte del estado y el segundo en el sur.

Sin duda, la asombrosa facilidad con la que Villa reunió 375 hombres en cinco días admira a cualquiera. ¿Qué impulsó a estos hombres a dejar hogar y familia para embarcarse en una aventura incierta? Cada uno de ellos tenía una historia detrás. A?Era gente conocida con anterioridad? ¿Estaban en deuda con él? ¿Deseaban proteger sus tierras? ¿Hacerse de ellas? ¿Tenían esperanzas de acabar con la oligarquía terrateniente y elegir libremente a las autoridades? A?Ganar acceso a puestos de elección popular? ¿Les faltaba el trabajo? Es seguro que hubo una combinación de todo esto.

En los primeros enfrentamientos, Villa recibió su primera herida como revolucionario y tuvo que enfrentarse a los problemas que le planteaba su nuevo estatus: garantizar la paga a sus hombres y el continuo suministro de armamento, vituallas y vestimenta, así como la curación de los heridos en combate.

El escrito nos hace imaginar las vicisitudes por las que pasaron los revolucionarios en estos incipientes meses de lucha en los que la organización fue primordial. Los hombres que formaban el contingente revolucionario de Chihuahua eran todos buenos jinetes, avezados en el manejo de armamento, pero sin experiencia en enfrentar a un ejército de línea.

La improvisación de los primeros tiempos de lucha propinó varios reveses a los revolucionarios pues en la Sierra Azul, donde tenían su refugio, pasaron no sólo hambre, sino mucho frío por falta de ropa adecuada y cobijas para soportar las intensas nevadas. Había que aprender a no dejarse sorprender por el enemigo y a no dejar armas ni municiones expuestas a pérdida o abandono. La necesidad de contar con buena caballada podía también hacer toda la diferencia entre la vida y la muerte.

En esta época descrita por Villa, uno de los problemas mayores fue tratar de unificar el armamento pues lo había de diferentes marcas y calibres, lo que complicaba el correcto abastecimiento de cartuchos y municiones. Las haciendas consideradas propiedad de los enemigos de la Revolución, sirvieron también para abastecer a los revolucionarios. Tampoco faltaron administradores a favor de la causa que pusieron a su disposición trojes repletas de maíz para la caballada, ganado para alimentar a la tropa y tortillas hechas por mujeres en las casas de cuadrillas. Pero hubo ocasiones en que Villa tuvo necesidad de entrar subrepticiamente a Chihuahua, para proveerse de artículos de primera necesidad como azúcar y café para sus hombres. Estar pendiente de las necesidades de su gente lo convirtieron en una figura paternal.

Uno de los episodios destacados por Villa en las hojas de servicio, fue su primer encuentro con Francisco I. Madero en la hacienda de Bustillos: “Nombre, Pancho Villa que muchacho eres, yo que te creía tan viejo, pues quería conocerte para darte un abrazo por lo mucho que se habla de ti y lo bien que te has portado, ¿qué tanta gente tienes?” Para entonces Villa había aumentado su contingente en 700 hombres, pero como él mismo dijo estaban “mal armados”

En abril de 1911 durante la marcha hacia Ciudad Juárez, plaza fronteriza que los revolucionarios esperaban tomar y controlar, ocurrió el primer connato de sublevación de la gente de Pascual Orozco en contra del presidente provisional, cuando los jefes José Inés Salazar, Luis A. García y Lázaro Alanís trataron de desconocer a Madero. Orozco había rehusado acatar las órdenes dadas por el mandatario para que desarmara a sus hombres, argumentando que podría haber un alto costo en vidas.

Por órdenes de Madero, Villa controló la insubordinación “sin que hubiera habido un solo muerto y sí uno que otro golpeado, de los que trataban de oponer resistencia”. También de acuerdo con el mandatario, entregó el armamento y parque a Orozco. Estas fueron las inconsistencias del presidente provisional, conservar a su lado a hombres levantiscos, sin medir los riesgos futuros.

Los revolucionarios llegaron al rancho de Flores, cerca de Ciudad Juárez, situado a orillas del Río Bravo, donde según el escrito fueron recibidos cariñosamente por las familias del lugar: Madero “caminaba a pie al igual de todas las fuerzas. Parte de estas hicieron jornadas más cortas para servirle de escolta y hacerle menos penosa la travesía. Él iba tapado con un sarape pinto que le hacía confundirse entre el grueso de la tropa, entre la cual se le podía haber tomado por un simple soldado y no por el C. presidente de la República”.

La opinión del general Benjamín J. Viljoen de que era imposible tomar Ciudad Juárez dada la fortificación de la plaza decidió a Madero retirar las tropas hacia el sur para evitar complicaciones internacionales. Villa y Orozco insistieron en que, por dignidad, se debería procurar el asalto “pues era vergonzoso retirarnos sin siquiera haber intentado dicho ataque”. El 8 de mayo ocurrió una inesperada ofensiva a Juárez; Madero ordenó cesar el fuego pero su mandato no fue escuchado, dado que existía el acuerdo entre Pascual Orozco y Francisco Villa para tomar la plaza. Al día siguiente los revolucionarios empezaron a tomar posiciones para el asalto final. El 10 con los cuarteles federales rodeados, exhaustos por el cansancio, el hambre y la sed, los defensores se rindieron. Villa describe la magnitud de la sorpresa de Madero cuando se enteró de que Ciudad Juárez había caído en manos de los revolucionarios.

Uno de los problemas que tuvo que resolver Villa, después de recoger a sus muertos y darles sepultura, fue procurar alimento para los vencidos y para su propia gente: Y aunque comprendía que mis fuerzas estaban en iguales condiciones de hambre que ellos, creí de mi deber como vencedor, procurar primero a los vencidos, quienes al verme entrar con dicho comestible [costales de pan] me aclamaron llenos de gratitud. De ahí me fui a hacer igual operación con mis soldados, más como no alcanzara el pan para todos, organicé escoltas con sus respectivos oficiales y clases, con orden de salir a buscar alimentos.

Lo más increíble de la narración es que Villa se dirigió al cuartel general donde estaban prisioneros los oficiales y se llevó a nueve de ellos a El Paso, Texas, “donde comimos con la mayor fraternidad”. Lo inconcebible no fue que los hubiera invitado a comer, sino que los oficiales vencidos en campaña regresaran a territorio mexicano. Era una época en que la palabra de honor valía y se respetaba.

Villa cierra las hojas de servicio tocando dos aspectos más: el connato de sublevación que intentaron él y Orozco en contra de Madero, por haberse opuesto al fusilamiento del general Juan N. Navarro. Tarde descubrió Villa el ardid de Orozco quien habiéndole ordenado desarmar a la guardia de Madero, ignoró el hecho en el momento mismo, haciéndolo aparecer como el instigador de la insurrección.

Por considerarse “hombre de sentimientos y vergüenza”, Villa puso punto final a su actuación revolucionaria, en esa primera etapa, entregando a Raúl Madero el mando de sus tropas.

El epílogo
De la sencillez de Madero, de su carácter bondadoso, de su desprendimiento, surgieron la admiración, el respeto y la lealtad que Villa le profesaría hasta su muerte. El hecho de que Madero fuera rico terrateniente y empresario y arriesgara su comodidad y su fortuna en una empresa que se antojaba titánica le valió su incondicionalidad.

Abraham González jamás dudó de la lealtad de Pancho Villa y es posible que Madero tampoco dudara, sin embargo, cabe preguntarse ¿qué orilló al mandatario a distanciarse de su antiguo aliado? ¿Cómo fue que Villa cayó en desgracia? Aquella felicitación que envió Madero luego de sus triunfos sobre Orozco, poco antes de que Huerta intentara fusilarlo en Jiménez, Chihuahua, había perdido todo sentido: “Estoy verdaderamente satisfecho de tu conducta y te aseguro que además de la legítima satisfacción que has de sentir de servir una causa justa y de ser leal conmigo, haré de modo de recompensar debidamente los servicios que has prestado a la República”.

Abraham González trató de hacer valer su influencia con Madero para ayudar a Villa y puso todo lo que estuvo de su parte para liberarlo. La actitud del presidente fue distinta, pues confió más en el ejército federal que en aquellos que lo habían llevado al poder.

Villa escapó de la prisión militar de Santiago Tlatelolco y mantuvo con firmeza su lealtad al presidente y al gobernador de Chihuahua, quienes poco después fueron traicionados por Victoriano Huerta y asesinados por órdenes suyas. En adelante, Villa se empeñó en una lucha, la constitucionalista, para vengar la muerte de aquellos benefactores y amigos suyos.

PARA SABER MÁS:

  • Francisco L. Urquizo, La ciudadela quedó atrás, México, Summa mexicana, 2009.
  • Guadalupe Villa y Rosa Helia Villa, Pancho Villa. Retrato autobiográfico 1878-1914, México, Taurus, 2005.
  • Cuartelazo, Alberto Isaac, dir. Imcine, dvd.

A lomos de la Revolución. Las portadas del semanario Siempre! en los aniversarios del 20 de noviembre (1960-1985)

Revista BiCentenario # 18

Lara Campos Pérez / ENAH / Universidad Complutense de Madrid

Como todo proceso histórico convertido en argumento político, la Revolución de 1910 ha experimentado, a más de cien años de su estallido, múltiples y variadas lecturas. Las sucesivas reinterpretaciones en torno a qué fue y qué significó este acontecimiento en la vida presente del país y qué consecuencias iba a tener en sus expectativas de futuro fueron encontrando momentos de cristalización en las conmemoraciones anuales de su inicio, cada 20 de noviembre, pues éstas brindaban el espacio simbólico adecuado para este tipo de reflexiones. Si durante los años siguientes al final de la fase armada, debido tanto a la inestabilidad política como a las múltiples lecturas de que fue objeto, la atención a este recién creado mito político fue escasa, a partir de la década de los 30, cuando se institucionalizan oficialmente los festejos conmemorativos, fue adquiriendo cada vez mayor espacio en el imaginario, hasta llegar a ocupar un lugar hegemónico en las décadas de los 60 y 70. Sin embargo, al mismo tiempo que se consolidaba como mito contemporáneo de la nación mexicana fueronSiempre 2 surgiendo opiniones discrepantes, tanto respecto a lo que había sido la Revolución en sí, como a los usos que de ella hacía la clase gobernante en turno.

Una de esas voces discordantes fue la que quedó plasmada tanto en los textos como en las imágenes del semanario Siempre!. Esta revista, que se sigue publicando todavía hoy y que ha contado entre sus dibujantes con figuras tan relevantes como Antonio Arias Bernal, Jorge Carreño o Jorge Aviñas, fue fundada en 1953 por el periodista José Pagós Llergo. Desde que salió a la luz, lo hizo con la intención, como señaló su director en el primer número (27 de junio de 1953), de ser imparcial y crítica en los asuntos sociales y políticos que iría abordando a través de sus páginas; una crítica que se fue volviendo paulatinamente más dura y descarnada en relación al grupo en el poder que se había arrogado el privilegio de gestionar la memoria y la herencia de la Revolución de 1910. Las portadas del semanario Siempre!, conocidas y comentadas por aquellos sectores sociales interesados en la vida política del país, muestran, en el periodo que transcurre entre 1960 y 1985, las metáforas visuales más habituales con las que este medio de comunicación identificó a la Revolución, al mismo tiempo que nos permiten percibir las transformaciones que se produjeron respecto tanto a su significado, como a los usos políticos que se hicieron de ella.

Siempre

Para leer el artículo completo, suscríbase a la Revista BiCentenario.

PARA SABER MÁS:

  • Javier Garcíadiego, “La Revolución mexicana: distintas perspectivas”, Historia mexicana, vol. LX, no 2, 2010.
  • David E. Loery, “The problema of Order and the Invention of Revolution Day, 1920s-1940s”, en William Beezley y David E. Loery (coords.), ¡Viva México! ¡Viva la Independencia! Celebrations of September 16, Delaware, Scholary Resources, 2000.
  • Jaime Soler Frost (ed.), Los pinceles de la historia. La arqueología del régimen: 1910-1955, México, Munal, 2003.
  • Película: Reed. México insurgente, dir. Paul Leduc, 1973.

El trabajo propagandístico de los profesores carrancistas durante la revolución mexicana: el caso de Santiago Pacheco

Jaime Eduardo Figueroa Daza – Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 15.

 

Gral. Venustiano Carranza

El movimiento constitucionalista se valió de profesores para difundir su mensaje y llegar a sectores indígenas monolingües alejados del desarrollo y el significado de la revolución mexicana. En seguida daremos a conocer el caso del profesor Santiago Pacheco, quien llevó a cabo una interesante y bien diseñada campaña por territorio yucateco entre abril y septiembre de 1915, con la misión de convencer a los pobladores de que el proyecto encabezado por don Venustiano Carranza era el único y, por tanto, el mejor que podía llevarse a cabo.

Veamos los sucesos con detenimiento…

Entre noviembre de 1914 y julio de 1915, la revolución experimentó una de sus etapas más críticas, por el endurecimiento militar “las batallas del Bajío guanajuatense” y el apogeo de una guerra ideológica que trataría de legitimar, por un lado al gobierno de Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, y por el otro al presidido por los convencionistas, cuyo ejército estaba encabezado por Francisco Villa, y tenían el respaldo de Emiliano Zapata.

Presidencia Municipal Yucateca

Presidencia Municipal Yucateca

La lucha armada permitió ocupar territorios y declararlos constitucionalistas o convencionistas, según fuera el caso. Sin embargo, persuadir a la desesperada población de que el bando triunfante lograría la anhelada paz y se abocaría a construir una nación más justa, se convirtió en un objetivo difícil de alcanzar. La persuasión, entonces, sería la otra arma que, “bien utilizada” otorgaría la añorada legitimidad a los combatientes. En atención a ello, los constitucionalistas, a diferencia de los convencionistas, pusieron en marcha una campaña propagandística que, para su tiempo, se puede considerar innovadora, bien planificada, sistemática y certera: su labor informativa giró en torno a la divulgación del proyecto de mejora social propuesto por Venustiano Carranza en las Adiciones al Plan de Guadalupe, al tiempo que procuraba contrarrestar la popularidad de Villa, Zapata y los convencionistas.

Los convencionistas, por su parte, publicaban periódicos, pegaban avisos, celebraban reuniones y, sobre todo, confiaron en la popularidad que Villa y Zapata tenían entre los mexicanos, lo que, sin duda, les sumaron adeptos. Esto fue insuficiente, pues carecieron de un centro de información expreso y oficial que pudiese contraatacar las acciones de los constitucionalistas.

Para lograr su cometido persuasivo, los partidarios del carrancismo encabezados por Álvaro Obregón, Rafael Zubarán, Alberto J. Pani, Jesús Urueta, Luis Cabrera y el Dr. Atl (Gerardo Murillo), entre otros fundaron, en noviembre de 1914, la Confederación Revolucionaria, con el fin de coordinar los esfuerzos civiles y militares para unir a la sociedad mexicana en pro del constitucionalismo. Desde su nacimiento, la Confederación se convirtió en la instancia propagandística de mayor importancia en la nueva etapa revolucionaria.

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La Confederación Revolucionaria delegó sus responsabilidades a los ministerios de Gobernación y de Instrucción Pública y Bellas Artes en febrero de 1915. La primera instancia tuvo a su cargo la Oficina Central de Información y Propaganda Revolucionaria (OCIPR), que al poco tiempo se convirtió en un organismo independiente de Gobernación, debido a la envergadura que alcanzó la guerra civil durante el primer semestre de 1915. La segunda, en coordinación con la OCIPR, efectuó el despliegue oficial de profesores, a lo largo del territorio constitucionalista, como difusores ilustrados de la “doctrina carrancista”.

A continuación, damos cuenta del trabajo de convencimiento llevado a cabo por el profesor Santiago Pacheco en algunas comunidades de Yucatán, labor que ejemplifica la buena organización propagandística que echaron a andar los constitucionalistas durante el periodo de “guerra ideológica” que se menciona líneas arriba y de la cual Pacheco Cruz ha dejado memoria impresa en su obra Recuerdos de la propaganda constitucionalista en Yucatán (1956).

Es importante seAi??alar que el proceso revolucionario en Yucatán fue diferente al resto del país, debido fundamentalmente al férreo dominio social ejercido por la clase gobernante en complicidad con los caciques, situación que no libraría a la península de las rebeliones y los enfrentamientos bélicos, aunque fueron menos si comparamos con otras regiones. Entre 1911 y 1914 Yucatán tuvo siete mandatarios; uno de ellos, Eleuterio Ávila, el primer gobernador carrancista del estado, decretó la liberación de los jornaleros, pero debió retractarse ante la amenazante oposición de los hacendados. Al poco tiempo, una rebelión lo derrocaría, lo cual fue el preámbulo de los siguientes gobiernos afines al Primer Jefe: Toribio de los Santos, primero, y Salvador Alvarado, después. Alvarado, distinguido militar sinaloense, tuvo como meta la reconciliación social en Yucatán, para lo cual se apoyó en el trabajo de los profesores propagandistas, como veremos a continuación.

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El fantasma de la intervención: las argucias del embajador Henry Lane Wilson

Graziella Altamirano Cozzi - Instituto Mora

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 13.

El peligro de una inminente invasión militar se cernía sobre México en febrero de 1913.

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El fantasma de la intervención acechaba amenazante en los círculos políticos y diplomáticos del gobierno de Francisco I. Madero como resultado (y parte esencial) de la estrategia de presión instrumentada por el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, la cual contribuiría de una manera decisiva para precipitar los graves acontecimientos políticos de la Decena Trágica que culminarían con el derrocamiento del gobierno mexicano y los asesinatos del presidente Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez.

Sobre la Decena Trágica aún quedan numerosas preguntas que responder sobre las causas que produjeron la caída del régimen maderista y los móviles de los grupos políticos que lo derrocaron, pero sobre todo en torno a los grandes intereses que estuvieron detrás de la diplomacia de Estados Unidos, compuesta de amenazas, provocaciones e intrigas a través de un embajador, del que se ha dicho que actuaba sin el consentimiento de su gobierno, aun cuando existen fuentes que sugieren que sí compartió con él la responsabilidad de lo sucedido en México del 9 al 22 de febrero de 1913. El régimen de Madero, además de enfrentar conspiraciones y levantamientos armados, de padecer las críticas de una implacable prensa y no contar con el apoyo cabal de sus colaboradores, tuvo que sortear las exigencias y los reclamos del gobierno de Estados Unidos, así como la evidente hostilidad de su embajador.

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Cuando Madero ocupó la presidencia, en noviembre de 1911, todo parecía indicar que contaba con la aceptación del gobierno de Estados Unidos. Lo que más le interesaba en ese momento al presidente William H. Taft era que se preservara la tranquilidad interna en México, con el fin de que los intereses económicos de su país prosperaran en un ambiente de orden y legalidad.

Sin embargo, ante la fragilidad que presentaba el orden social por la ola de huelgas y las crecientes revueltas antimaderistas que tuvieron lugar en algunas regiones del país, esa política de apoyo muy pronto habría de cambiar, y la tolerancia y aceptación que aquel gobierno mostró en un principio al presidente mexicano se iría transformando en una actitud hostil y amenazante basada en las exigencias de protección a las vidas y a los intereses estadounidenses.

Sin duda, fueron muchos los factores que contribuyeron al cambio de actitud de Estados Unidos. Se ha afirmado que influyó la hostilidad personal del embajador Henry Lane Wilson hacia el presidente mexicano y su poca confianza en la política interior; que tuvo efecto, desde luego, el peligro que corrían los intereses de algunos estadounidenses con grandes inversiones en México, con los que el embajador mantenía estrechos vínculos financieros. Se ha dicho, también, que algunas medidas tomadas por el gobierno de Madero afectaban ciertos intereses enfilados hacia los campos petroleros. Lo cierto es que todo sirvió de pretexto y argumento para que, a lo largo del año de 1912, Estados Unidos llevara a cabo una agresiva política hacia México, que pasó de los avisos y advertencias a las exigencias y amenazas, y cuyo móvil aparente fue la protección de los ciudadanos de aquel país residentes en el nuestro.

Desde los primeros meses de ese año, la política estadounidense hacia México se volvió más dura, y las relaciones se tornaron ásperas, principalmente por la antipatía del embajador Wilson hacia el presidente Madero, a quien consideraba incapaz de sofocar las revueltas y restaurar el orden y al que constantemente descalificó y calumnió en los informes alarmistas que envió a su gobierno. Decía que la oscilante actuación de Madero, apático, ineficaz, cínicamente indiferente o estúpidamente optimista, se debía a cierta debilidad mental que lo imposibilitaba para el puesto.

Sin lugar a dudas, Wilson fue el promotor del envío de las amenazantes notas de su gobierno a la cancillería mexicana en ese año, como la del 15 de septiembre, considerada por historiadores como Friederich Katz como la más insultante exposición que se haya hecho a gobierno alguno. En ella, con un tono arrogante y ofensivo se hacía responsable al gobierno de los actos que ponían en peligro las vidas y los intereses de los estadounidenses residentes en México, en particular en los casos concretos de un reducido grupo de inversionistas, a quienes empezaba a afectar la política maderista de suspender subsidios y prebendas de la época del Porfiriato.

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Surcar con luz y abonar con miradas: Filmando el campo mexicano

Abe Yillah Román Alvarado
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Desierto adentro, Rodrigo Pla

Si consideramos que los materiales fílmicos son documentos que revelan cómo se ha visto e interpretado un tema en diversos momentos y espacios socio-culturales, en el cine mexicano se advirtió durante varias décadas la intención de construir un imaginario social del agro desde la visión de las clases en el poder, las cuales veían con recelo y reserva las demandas de los de abajo. Por ello, desde sus inicios, la producción cinematográfica nacional ocultó con un halo romántico el anhelo agrícola social de la Revolución, que buscó un cambio completo en la tenencia de la tierra tanto como los esfuerzos de redistribuirla que se alcanzarían con la reforma agraria cardenista.

Tras la Revolución armada, se produjeron relatos rudimentarios con el campo como escenario (por ejemplo En la hacienda, de Ernesto Vollrath y El caporal, de Miguel Contreras), que inauguraron el ambiente idílico campirano y sus personajes arquetipo (campesinos heroicos, caciques malvados, indias sumisas, etcétera). Fueron antecedentes directos de célebres filmes posteriores. Así, dado que el campo era tan cercano y a la vez tan desconocido para las clases en el poder, se engrandecía la belleza del paisaje e idealizó la pureza y lealtad de los campesinos al instaurar en la pantalla grande argumentos dramáticos que evidenciaran el maltrato a los peones y defendieran la hacienda como una importante institución económico-social amenazada por la insensible y obstinada exigencia de hacer ejidos.

Los herederos, Rodrigo Polgovsky

El cine posrevolucionario de tema rural tomó así tres vertientes: la primera contempla las imágenes de postal, resultantes del exagerado gusto por las luces y sombras erigido por el cineasta ruso Sergei Eisenstein en la década de 1930, influyendo en películas apegadas a un nacionalismo a ultranza, con cierto contenido crítico, como Janitzio, de Navarro y Redes, de Zinnemann (ambas de 1934). En esta línea, hubo interesantes esfuerzos gubernamentales de producción cinematográfica, algunos patrocinados por la Secretaría de agricultura y fomento e incluso por el Partido Nacional Revolucionario, en el marco de la Reforma Agraria, pero ninguna de estas cintas se pudo vincular con la política cardenista. De allí que el tópico viraría a las historias ingenuas y taquilleras de la comedia ranchera.

Esta segunda vertiente, impulsada por grupos opuestos a Lázaro Cárdenas, desarrolló el estereotipo de una provincia mexicana más próxima al siglo XIX que al XX; la intención era que los reveses que el estado propiciaba a las clases acomodadas pudieran ser revocados en la pantalla grande mediante un falso gusto campirano, tal y como sucede en Allí en el rancho grande, de Fernando de Fuentes (1936). Entonces los ambientes fueron haciendas dichosas y pueblos impecables y festivos, que dejaban los del campo propiamente dicho, generando todos los arquetipos de lo mexicano: sarapes, sombreros, un amplio repertorio de trajes típicos, canciones populares, mariachis, tequila, cantinas, juegos de azar, muchachas enamoradas y algunas valentonas.

Definió a la tercera vertiente la mancuerna de Emilio “El Indio” Fernández y Gabriel Figueroa, guiados por el auge del indigenismo y la antropología cívica en nuestro país. Mientras el primero dirigía escenas agobiadas de dramas protagonizados por indias bonitas y nobles campesinos, cuya fatalidad los volvía indomables, estoicos e impasibles, a través de sus imágenes el segundo desarrollaba un estilo sensible, plagado de encuadres e inspirado en el claroscuro del país rural registrado por el muralismo. Este cine inició el mito del campo y los campesinos envueltos por la tragedia, en sitios entre estancados y heroicos, territorios desconocidos de topografía infinita y pueblos abandonados o adoloridos por la gesta revolucionaria. Fue un estilo fulminante que impuso la época de oro del cine mexicano (caracterizada por actrices-divas como Dolores del Río, María Félix y Columba Domínguez), que encasilló toda capacidad expresiva y sirvió de modelo hasta los años 1990 (El cometa, de Marise Sistach y José Bull, 1998).

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