Archivo de la etiqueta: matrimonio

Sólo ustedes lo saben

Silvia L. Cuessy

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 21.

 

Malhaya la tarde en que lo conociste, Nacho. Me di cuenta de inmediato. Ese instante cambió tu suerte. ¿Te acuerdas? Pues claro que te acuerdas. Incluso el todopoderoso de la nación te lo dijo: ese hombre sólo te traerá dolores de cabeza, conozco su estirpe. Pero ya era tarde para enterarte de lo que no querías saber. Cuando te topaste con él, tu línea del destino quedó trazada. No pensaste en otra cosa sino averiguar quién era, y pronto tu gente te lo dijo. Te aturdiste con su galanura y su porte bragado. Un apremio se te metió en la piel, y las ganas de conocerlo te desbordaban los poros. La idea de que fuera rebelde e indomable te avivó una extraña mirada sólo entendida por los que sabían tus secretos. TA? que entonces manipulabas la Cámara a tu antojo; tú que poseías innumerables tierras y eras dueño del destino de tantas personas, tenías que acercártele. Los caballos sirvieron de pretexto. Tú tenías los más finos del país; él era el mejor arrendador de la región.

Amada DAi??az de la Torre, JosAi?? Francisco Godoy. Porfirio DAi??az, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman's Sons, 1910

Amada Díaz de la Torre, José Francisco Godoy. Porfirio Díaz, President of Mexico, the Master Builder of a GReat Commonwealth, Nueva York, G. P. Putman’s Sons, 1910

Hoy sí piensas en Amada, ¿verdad? Estás agonizando en esa cama del Hospital Stern, Nacho, y ahora sí la llamas. Maldito. Ojalá también te acuerdes de lo mucho que la hiciste sufrir. Año tras año la dejaste sola en Navidades y aniversarios, además de los otros 355 días del año, si descontamos los ocho en que quizá la llevaste al teatro o a algún baile porque así te convenía hacerlo. Desdichada. Deambulaba por cualquiera de las casas, ya fueran las de la capital o en alguna de las haciendas. Sola en su hogar, sola en los ajenos. Sus lamentos, zumbidos molestos a tus oídos “Nacho, ya no quiero que me miren con lástima cada vez que llego sin ti a una fiesta. Nacho no soporto los cuchicheos detrás de las copas de cognac o los abanicos” Sola, porque ni un hijo le quisiste dar; ni para cubrir las apariencias o acallar las malas lenguas. Rehuías las miradas de tu esposa suplicando caricias, y el contacto de sus manos sobre las tuyas te revolvía las entrañas. Por las noches escuchaste sus pasos detenerse a la puerta de tu habitación y no abriste ni siquiera para un buenas noches. ¿Qué te costaba sacrificarte un poquito con tal de cumplirle el deseo de la maternidad? Te vas a morir pronto, Nacho, y esa mujer merecía por lo menos el consuelo de un heredero. Ella te dio fidelidad y devoción, y tú le devolviste penas y vergüenza. Ya no tendrá otra opción que cuidar sobrinos y morirse de vieja con los brazos vacíos.

Ni el azúcar producido en todas tus haciendas lograba endulzarte el carácter, bromeaba tu suegro con el resto de la familia. Fuiste siempre tan arrogante. Las fotos no mienten, en ellas pareces estatua de conquistador moderno. Un sportman de revista: mano a la cintura, bigote retorcido a manera de káiser mexicano, chaqueta de tweed, pantalón golf y boina de lana: pura moda inglesa, no hay duda. ¡Ah! Qué diferencia ¿verdad? Y ahora, mírate ahí tan vulnerable con el trasero purulento reventado por las almorranas; alrededor, enfermos que al igual que tú tienen los minutos contados; sin embargo ninguno del mismo mal, ninguno se retuerce tanto en la cama para calmar sus dolores, y ninguno tan arrepentido de sus pecados mientras suplica y llora. Espérate tantito, desgraciado, Amada no tarda, viene en camino desde México. Llevaba meses buscándote; en la capital, en Morelos, bajo las piedras. Seguro dio gracias a Dios y a los santos del cielo cuando le llegó la nota furtiva en la que le avisabas, desde Veracruz, que ya ibas rumbo a Nueva York. Ni ella misma supo cómo había sido la huida. No importa si fue mediante su ayuda o la de otros, no interesa si fue un milagro divino. Vendió las alhajas que le diste en lugar de amor después de que los rebeldes le quitaron a tu familia cuanta pertenencia tenía; esas joyas eran su esperanza de no depender de los parientes y de la supuesta herencia de su padre. Viene a firmar la autorización para que los médicos te sometan a una cirugía. Sorteó obstáculos y lágrimas en medio de tiempos convulsionados. Quiere estar a tu lado y cumplir con su deber de esposa abnegada. Pareces cadáver, quién sabe si aguantes. Por lo menos dale ese único gusto. Espérala vivo, infeliz.

Utilizabas a la gente. La movías a placer para proteger tus intereses. Para eso son el poder y el dinero, decías. Confabulaste con tus colegas diputados para acabar con el gobierno de Madero, mandaste a tu chófer a rentar un auto frente a La Alameda; un coche que llevaría al presidente y al vicepresidente a su encuentro con la traición y la muerte, junto a la penitenciaría de Lecumberri. Pensaste que acabado su gobierno, todo volvería a ser igual y los capitales, tuyos y de tu camarilla, estarían a salvo.

 

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.

Una boda por conveniencia

Maddelyne Uribe
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 11.

Carmen Romero a los 17 aAi??os

Una noche del ya lejano año de 1878, en el número 5 de la calle de San AndrAés (hoy Tacuba) en la Ciudad de México, Carmen Romero Castelló despertaba de una horrible pesadilla en la que, como escribió a su padrino unos días después, vestida de novia y ya en camino para el templo, aparecía una nube que deshaciéndose en tempestad dejaba escapar un rayo que fulminaba a Pepe, quien iba sonriéndose con inefable ternura.

Aún perturbada por el sueño, avanzó hasta el tocador de su habitación para contemplar con la mirada fija su reflejo. A los catorce años, Carmen era una sonriente jovencita de maneras distinguidas cuya espontaneidad y ameno trato (decía el poeta) eran capaces de encantar de un modo casi inconsciente a todos cuantos la rodeaban. Sin presentar en su conjunto una fisonomía hermosa, no dejaba por ello de ser agradable: era delgada y de proporciones armoniosas, la cara ligeramente redonda enmarcada por una rizada cabellera azabache; pequeños ojos negros muy expresivos, frente y mentón amplios, nariz aguileña y labios delgados.

Un dejo de añoranza se dibujó en su rostro al intentar recordar aquellos efímeros tiempos mejores en que las comidas familiares transcurrían en absoluta paz, ajenas a las penurias económicas; los cumpleaños al lado de sus hermanas María Luisa y Sofía eran motivo de verdadero regocijo cuando su padre, Manuel Romero Rubio, ejercía como secretario de Relaciones Exteriores del gabinete presidencial de Sebastián Lerdo de Tejada, a quien ella llamaba “querido papá Lerdo” por ser su padrino de bautismo.

Tras concluir con estas cavilaciones e intentando vencer en lo posible su preocupación, Carmen decidió volver a la cama. Las primeras luces del amanecer comenzaban a surgir.

El retrato esbozado parece testimoniar la sensibilidad de su carácter, pero, al mismo tiempo revela el desconocimiento de lo que, en términos de estrategia política, transformaría su tranquila existencia en un cálculo de ventajas e intereses que, con astucia, su padre se dio a la tarea de asegurar. En el invierno del año siguiente, todos los miembros de la familia Romero Castelló estaban nuevamente reunidos, tras el difícil exilio de don Manuel en Nueva York, causado por la rebelión de Tuxtepec que, bajo el liderazgo de Porfirio Díaz, había logrado capitalizar desde 1876 una amplia oposición política y popular contra Lerdo y sus partidarios obligándolos a salir del país el 25 de diciembre del mismo año a bordo del vapor El Colima.

Como sería congruente pensar, la felicidad de recibir al padre ausente debió contrastar con los sentimientos adversos que la joven había desarrollado hacia aquel jacobino causante de todas sus penas. Cabría entonces preguntarnos lo siguiente, ¿cómo puede explicarse que en el transcurso de 1880 a 1881 su relación con el general Porfirio Díaz se estrechara con tanta rapidez? La figura que se impone desde un principio es, naturalmente, la de Carmen Romero Castelló, pues sobre ella gira, el episodio que a continuación narramos.

La mañana del 26 de octubre de 1881, Carmen, aún sin haberse peinado, se reunió en el despacho de su padre, don Manuel, con él y con su madre, doña Agustina Castelló. No podía evitar recordar una y otra vez aquellas palabras que la noche anterior la habían mantenido en vela:

Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo. Comprendo que sin una imperdonable presunción no puedo esperar que el ánimo de usted pase otro tanto y por eso no se lo pregunto; pero creo que en un corazón bueno, virgen y presidido de una clara inteligencia como la de usted puede germinar ese generoso sentimiento, siempre que sea un caballero el que lo cultive y sepa amar tan leal, sincera y absolutamente como usted merece y yo lo hago ya casi de un modo inconsciente. [...] si usted me dice que debo prescindir no necesita usted decirme por qué, yo siempre juzgar poderosas su razones e hijas de una prudente meditación.

[...]
Para leer el artículo completo, consulte la revista BiCentenario.