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Mito y memoria para explicar el presente

Nancy Janet Tejeda Ruiz
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  42

La identidad mexicana de la democracia actual se debe en gran medida a los acontecimientos de 1968. Al menos como el lanzamiento de diversos procesos políticos que se fueron fraguando a lo largo de estas cinco décadas. El relato de sus participantes, quienes lo interpretaron, la difusión por los medios masivos y cada conmemoración anual le han dado esencia.

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El movimiento estudiantil de 1968 se ha convertido en un mito fundacional para la historia del México contemporáneo. El 68 mexicano ha sido recordado en una diversidad de espacios de memoria: desde testimonios, películas y documentales, conmemoraciones, museos, canciones, novelas, cuentos, poesía, hasta artículos e investigaciones académicas, en los que se le ha interpretado como un momento inaugural, como la demarcación del final de una etapa de su historia y el comienzo de otra nueva, más plural y democrática.

La construcción de estas memorias produjo una serie de imágenes que condensan los significados que distintos actores, en ciertas circunstancias políticas y sociales, le han asignado al 68. La imagen idílica de los jóvenes estudiantes que tomaron las calles se conjugó con la de la tragedia y la represión, y se convirtió en un mito fundacional, es decir, en un relato o narración de carácter positivo que enuncia que ese año fue nel comienzo de diversos procesos históricos sin los cuales no puede comprenderse el presente. En este artículo se busca dar cuenta de que el “mito del 68” es resultado de lo que la historiadora Eugenia Allier Montaño ha denominado como “memorias públicas” (2009) sobre el movimiento estudiantil.

Cabe señalar que los mitos forman parte del entramado cultural de las sociedades debido a que desempeñan un papel fundamental en procesos de identificación de un grupo o una colectividad, puesto que traen a la memoria hechos del pasado que son significativos para quienes evocan ese recuerdo. A través de la memoria, los mitos traen al presente un hito del pasado que permite a ciertos grupos explicarse su lugar en el presente, y, por lo tanto, es fuente de identidad.

Las significaciones construidas en torno al movimiento estudiantil abonaron a la configuración del mito como un proceso de construcción de memorias e identidad, en que se le ha atribuido la cualidad de ser condición de posibilidad para la “transición a la democracia”, para movimientos guerrilleros, feministas, de homosexuales, ecologistas, de defensa de derechos humanos, por mencionar algunos. Así, se ha consolidado como un relato hegemónico que difícilmente es cuestionado precisamente porque ciertos grupos fundan su identidad en el reconocimiento que hacen de que su existencia política se explica en función de ese momento fundacional, en otras palabras, 1968 aparece como un parteaguas en la historia de México.

Ahora bien, la memoria se construye desde distintos espacios, condicionada por las circunstancias políticas, sociales y culturales que rodean a los actores que la conforman, mismos que han resignificado al 68 mexicano a partir de sus propias posturas políticas y que, la
mayoría de las veces, más que elaborar explicaciones de carácter histórico, buscan legitimar a los grupos u organizaciones que encabezan el recuerdo. Algunos de estos espacios de memoria
moldeados a lo largo de los 50 años que han transcurrido desde el desenlace del movimiento estudiantil han tenido mayor impacto en la

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Cuestión de honor

Ana Suárez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41.

Ganaste, Mariano. Piensa en eso ahora que, otra vez, como tantas madrugadas desde hace cuatro años, las pesadillas vuelven a despertarte y prefieres no dar vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y ponerte de pie, silenciosamente, para no despertar a Andrea. La noche se ve muy oscura por la ventana de la habitación, ni un rayo de luz ilumina las sombras, tampoco iluminaba la lobreguez de tu celda. Entonces, como el profeta Job, te preguntabas cuándo sería de día.

Sientes que has perdido todo y es de entenderse, ¡vaya que sí!, la experiencia fue aterradora: un hombre de leyes arrancado con lujo de violencia de su hogar, sin explicación alguna y sin que los ejecutores del poder de Tacubaya mostraran la menor compasión, ya no por él sino por los suyos que presenciaban el brutal atropello y quedaron sumidos en el más grande abatimiento. Pero por más que sabes que es inútil pasar y repasar lo que ocurrió pues no puedes cambiarlo, porfías, y aun escudriñas hasta en lo que en esos momentos especulabas y sentías.

Escuchas el silencio; afuera nada se mueve y a lo lejos apenas se alcanza a ver la luz del farol que agita el sereno. También el silencio dominaba en el convento de San Agustín, nada más interrumpido por el rezo de los frailes. Y te sumabas, Mariano, pero no para alabar a Dios como ellos hacían, sino para exigir justicia por el abuso cometido contra ti y Lafragua y Riva Palacio y Pedraza. Abuso, sí, pues su única culpa era defender los principios liberales y la federación. No habías hecho mal alguno, estabas seguro, tan así que cuando te advirtieron que iban por ti no quisiste desaparecer, pensabas que la mejor defensa sería la ley y la verdad acabaría por prevalecer.

Fue un error, lo entendiste de inmediato, pero hay que olvidarlo ya, ahora toca aceptar que lo pasado no puede cambiarse y esas semanas de soledad y silencio transcurridas, sin ver más que a los frailes agustinos quienes sin pronunciar palabra te llevaban los alimentos, acunaron la idea de que cualquier individuo –llámese como se llame, sea pobre o rico, mexicano o extranjero– precisa de una ley que ampare sus derechos y esté por encima de la arbitrariedad de cualquier gobierno. Pues bien, Mariano, el día llegó, esa ley ya entró en vigor y somos muchos quienes ganamos. De algo sirvió la injustificada estancia en esa fría y oscura celda conventual, cuando sólo maliciabas que todo era por defender lo que pensabas en el Congreso y en la prensa y por el temor del dictador a tu voz.

 

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La Serpiente Emplumada. Una novela para revolucionar conciencias

Héctor Javier Pérez Monter

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 41

David Herbert Lawrence quería hacer una novela por continente. Cuando llegó a vivir a Nuevo México aprendió español y se interesó por la cultura de América. Luego se asentó en Guadalajara. Allí redactó a velocidad inusitada una de sus grandes obras que daría a conocer, no exenta de exaltaciones, a México y su cultura prehispánica.

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Escrita en 1923 en México por un autor “mejor-vendedor”, y publicada en Londres en 1926, en una lengua que significaba el mercado editorial más importante del mundo, la novela La serpiente emplumada pudo dar un fuerte impulso a México y su cultura ancestral.

Si bien hoy son deleznables sus conceptos racistas, estos son acordes con una época donde eran comunes las corrientes nacionalistas y escuelas como la “eugenesia” estadunidense, predecesora del nazismo. A pesar de este contexto, su autor, David Herbert Lawrence (DHL), muestra un enorme deseo, casi hasta el delirio, para que la cultura mexicana, en sus estratos indígenas, a los que mira como “bellos”, se emancipe ante su sociedad y el mundo, se sacuda el sometimiento que guarda ante la Iglesia católica y reviva sus raíces religiosas autóctonas.

En ese entonces, el poder de la industria editorial apenas competía contra la radio y el cine mudo, que comenzaría su fase sonora hasta 1929. Una buena novela rondaría los cientos de miles de ejemplares, y si era exitosa, posiblemente fueran millones, en apenas pocos meses. En 1920, la prensa dominical de Inglaterra, unos 20 periódicos, alcanzaban 13 5oo ooo de ejemplares.

Dueño de una gran profundidad, un estilo muy depurado e inscrito en la escuela novelística inglesa más tradicional, DHL sería reconocido mucho tiempo después como un referente obligado y uno de los autores más emblemáticos del siglo xx. Su mejor publicidad en el momento fue ser acusado de “obsceno” por su gobierno.

Nacido en 1885, en Eastwood, Gran Bretaña, DHL fue marcado por el puritanismo  la alta cultura de su madre, contrastando con el alcoholismo de su padre minero. Su primera gran amistad no fue un hombre, sino una mujer, Jessie. La profunda psicología femenina que practicó DHL en sus novelas, a menudo lo llevaron a ser interpretado como un homosexual en ciernes. Pero aunque desde niño supo leer a las mujeres y escribir como ellas, lo que nunca hizo fue enamorarse de una figura masculina, a las cuales aborrecía como a su padre.

Fue precisamente su amiga Jessie quien lo dio a conocer como poeta y escritor, al mandar a una revista algunos trabajos suyos que fueron impresos en 1909; luego ganó algunos concursos y para 1910 escribió su primera novela, El Pavo Real Blanco. Poco antes, en 1908, logró graduarse como profesor de literatura, lo que significaba para su madre alcanzar un estatus totalmente fuera de su origen minero. Sin embargo, en un sistema educativo pedante, la docencia no era una aspiración de DHL y resultó un profesor desmotivado y poco exitoso.

Cuando tenía 23 años murió su madre y una pulmonía mal cuidada dejó sembrada la tuberculosis en él, destino que lo llevó a trabajar con denuedo por el resto de su breve vida.

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La “gripe española”. Un desastre inesperado en México

Claudia Patricia Pardo Hernández
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41

México no estuvo inmune a la pandemia de influenza que en 1918 se propagó por los cinco continentes causando al menos 21 000 000 de víctimas mortales. Jóvenes adultos de entre 21 y 40 años, mujeres y personas de bajos recursos económicos, fueron los más afectados. Se cree que aquí hubo más de 7 000 fallecidos.

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Algunos autores postulan que la llegada a Europa de la terrible pandemia de influenza, mal llamada “gripe española”, precipitó en 1918 el fin de la primera guerra mundial. Los ejércitos, principalmente el alemán, el francés y el estadounidense, se vieron diezmados, más por la enfermedad que por las batallas bélicas. Como ocurriera en la antigüedad, los ejércitos y los medios de transporte, en este caso barcos y trenes, fueron los principales portadores y diseminadores de la enfermedad que en cuestión de semanas dejó su rastro de muerte.

En toda América, Europa, África, Asia y Australia se padeció el flagelo. La falta de estadísticas nacionales en muchos países ha impedido disponer de un conteo preciso de víctimas, pero se estima que tan sólo en España el saldo mortal fue de 240 000 personas. Los cálculos hablan de entre 21 000 000 y 50 000 000 de muertes en el mundo, monto que superó absolutamente a los caídos en la contienda militar. Fue el mayor desastre sanitario que ha vivido la humanidad. La Organización Mundial de la Salud catalogó el brote de 1918 con un índice de gravedad de cinco, el más alto.

Se ha considerado que fue en Fort Riley, Kansas, un campo de entrenamiento de los soldados estadounidenses, donde, desde marzo de 1918, se inició la influenza. Pero se maneja también la teoría de que el contagio surgió en el frente francés, mientras que otros hablan de que los portadores del virus fueron trabajadores chinos llevados a Europa a cavar trincheras. Actualmente se conoce que la pandemia se dio en tres momentos: en la primavera, con un ataque suave; en otoño, con el brote severo que provocó más muertes y, finalmente, a inicios de 1919, nuevamente de forma moderada. Después desapareció, pero otros ataques de influenza se han dado en diferentes momentos: en 1957 con la “gripe asiática”, en 1968 con la llamada “gripe de Hong Kong”, variantes de influenza con características parecidas. Finalmente, todos recordamos el terrible brote de 2009, idéntico al de 1918, de AH1N1, cuando en México se vivió con miedo al más leve de los estornudos.

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Carl Khevenhüller. El príncipe austriaco desconocido

Ana Karen Hernández Hernández
Universidad Autónoma Metropolitana

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41

Una deuda de juventud trajo por casualidad a México a este conde que se transformaría en uno de los hombres de confianza en la seguridad de Maximiliano de Habsburgo. Luchó contra Porfirio Díaz y fue derrotado, aunque supo negociar para escapar de una posible muerte. Luego se convertirían en amigos. México tuvo una impronta tan fuerte en su vida que atesoró objetos en su castillo en Austria, convertidos tras su muerte en piezas de museo.

Johann Carl Von Khevenhüller-Metsch

Johann Carl Von Khevenhüller-Metsch

Uno de los aristócratas que llegó a México como consecuencia de la intervención francesa fue el conde Carl Khevenhüller. La huella del paso por el país de este austriaco de noble cuna es poco conocida, a pesar de que fue una de las figuras sobresalientes del segundo imperio. José Luis Blasio, secretario particular del emperador Maximiliano, lo describió así:

Era el conde Khevenhüller un guapo mozo de 25 años, recién llegado al país, y desde los primeros días de su llegada, llamó la atención por su elegancia, su distinción y varonil postura. En muy pocos días fue héroe de varios lances amorosos, de varios duelos y de otros acontecimientos ruidosos que demostraban su alma aficionada al género de aventuras, pero siempre muy estricto en el cumplimiento de sus deberes militares.

Johannes Franz Carl von Khevenhüller-Metsch nació en Ladendorf, al norte de Viena en 1840. Fue el hijo primogénito del príncipe Rikard von Khevenhüller-Metsch y de Antoine  Lichnowsky. Sus tempranos talentos para la esgrima y la equitación lo llevaron a alistarse en el ejército imperial austriaco. Gracias a su apellido logró convertirse en capitán de caballería a los 24 años. En febrero de 1863 participó en el carrusel de equitación en Viena; para dicho evento compró un traje al sastre de la corte imperial Vincenz Harapatt y un caballo al tratante Herman Herscheless. Al año siguiente, el adeudo por esas compras ascendía a 150 000 florines. Pero los ingresos de Carl eran de 162 florines al mes, por lo que dicho monto era impagable y, como consecuencia, fue demandado.

Ante ello, la madre de Carl acudió a su tío, el comandante Franz Thun, primo del conde Guido von Thun, representante de Austria ante la corte de Maximiliano, para que a su hijo se le concediera una licencia en el extranjero y así pudiera salir de Viena. Le fue concedida y el joven moroso salió rumbo a Francia en agosto de 1864. Agotadas las vías legales, no se llegó a ningún arreglo con los acreedores, por lo que la familia Khevenhüller tomó la última salida: por recomendación del general Franz von Thun Hohenstein, recién nombrado líder de las tropas que se enviarían a México, el capitán Carl Khevenhüller quedó integrado al cuerpo austriaco de voluntarios: formado por 6 500 efectivos, tropa escogida y personal de Maximiliano, así como núcleo del Ejército Nacional Imperial Mexicano que debía formarse.

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Las señoritas del XIX, ¿aprenden ciencia?

Laura Suárez de la Torre
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

El primer paso para integrar a las mujeres a la educación fue la lectura. Los hombres, quienes eran los que decidían, produjeron para ellas publicaciones de corte científico, sin tecnicismos y de temas cotidianos del entorno, destinadas a difundir el conocimiento.

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Pensar en la vida cotidiana de las mujeres de cierto nivel social que vivieron en la primera mitad del siglo XIX en México nos lleva a mirarlas entre su casa y la iglesia, siendo modelo de perfección como esposas y madres; compensando las necesidades de otros, acompañando a los otros, dando vida a otros, educando a otros y, en último lugar, satisfaciendo sus inquietudes personales. A las mujeres de entonces se las visualizaba por su relación con terceros, dedicando el mayor tiempo a los cónyuges, a los hijos y a sus padres y por lo mismo su misión se reducía a cumplir ante todo con sus deberes conyugales, maternales y filiales. No obstante, tenían derecho a algunos distractores como la costura, el dibujo, el piano, las lecturas piadosas y de entretenimiento, el baile, actividades todas que les servían para llenar las horas muertas, y formaban parte de su cotidianidad, pero que, a fin de cuentas, obstaculizaban su desarrollo, pues el objetivo no era ampliar su capacidad intelectual y laboral, sino simplemente otorgarles otras virtudes que sirvieran para ser “mujeres perfectas”.

Frente a esta visión, existió la inquietud de otorgarles alguna instrucción. Fue en el siglo XIX cuando surgió un interés por su educación que involucró a distintos actores sociales: los padres, los religiosos, los políticos, los impresores-editores, los maestros e, incluso, las mujeres mismas. Y un instrumento para su instrucción fue la lectura.

Durante mucho tiempo, la lectura para las mujeres estuvo enfocada al aprendizaje del catecismo y a la formación moral; leían por tanto los elementos de la doctrina cristiana, las vidas de los santos, los sermonarios, las oraciones, etc. y alguna que otra novelita con el peligro de caer en la depresión pues la joven alegre que se había dedicado a la lectura de romances y novelas podía perder la razón hasta hacerla infeliz e incluso llevarla al suicidio, como señalaba el Semanario de las Señoritas Mejicanas de 1841. Las mujeres, como se ve, tenían un horizonte cultural limitado, si lo pensamos a través de sus lecturas.

Esta situación tendería a cambiar. Los impresores-editores de la primera mitad del XIX en la ciudad de México lanzaron distintos proyectos de publicaciones para las mujeres y buscaron incorporar nuevos contenidos que sirvieran para su educación. En los preámbulos y advertencias ofrecían los motivos por los cuales se interesaban en ellas, al tiempo que expresaban que, a través de esos medios, fácilmente podrían propagarse los conocimientos para que superaran la ignorancia.

Sin sacarlas de su entorno natural, el hogar, las féminas fueron ampliando las ofertas de lectura gracias a los distintos proyectos editoriales –tomados de modelos franceses y españoles– que se lanzaron en el México de esa etapa y que las pusieron en concordancia con las mujeres de otros países de Europa. Proyectos que surgieron en relación con sus necesidades, pero también en función de la competencia que surgió en el ámbito de las ediciones y que empujó a los editores a buscar aquellas fórmulas que atrajeran su atención. Así surgieron impresos como el Calendario de las Señoritas Megicanas (1838-1843), Semanario de las Señoritas Mexicanas (1842-1843), Panorama de las Señoritas Mejicanas (1842), Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas Mejicanas por Cumplido (1847 y 1852), Semana de las Señoritas Mexicanas por Cumplido (1850-1852). Con páginas bellamente impresas, temas interesantes e ilustraciones atractivas, las revistas lograron atraer su mirada. Los responsables de hacerlas fueron los talleres de Mariano Galván, Vicente García Torres, Juan R. Navarro e Ignacio Cumplido. Y fueron ellos los que consideraron que la ciencia podría interesarles.

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El bloqueo comercial francés de 1838

Faustino A. Aquino Sánchez
Museo Nacional de las Intervenciones

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  41.

Cualquier pacto comercial con las potencias europeas o estadunidense a principios del siglo XIX, era tan necesario como desigual. Para los franceses, reacios a conceder reconocimientos de independencia, se trataba de una imposición antes que la búsqueda de mutuos beneficios y por eso instrumentaron una intervención militar al puerto de Veracruz, la primera, y que no sería la última.

Prise du Fort de St Jean d’Uloa et de la Vera-Cruz, par la marine française, impreso, Fabrique de Pellerin, imprimeur-libraire, 1839. Biblioteca Nacional de Francia.

Prise du Fort de St Jean d’Uloa et de la Vera-Cruz, par la marine française, impreso, Fabrique de Pellerin, imprimeur-libraire, 1839. Biblioteca Nacional de Francia.

Los líderes de las recién independizadas naciones hispanoamericanas vieron en la firma de tratados de comercio con las grandes potencias una manera de integrarse al mundo occidental. En Europa, las relaciones comerciales eran consideradas una muestra del grado de “civilización” de un pueblo, por lo cual podían dar aliados y respetabilidad a las nuevas naciones independientes. Las posibilidades de expansión que el mercado mexicano ofrecía a las potencias marítimas eran tan grandes que Inglaterra y Estados Unidos decidieron pasar sobre los derechos que Fernando VII, con el apoyo de la Santa Alianza, decía conservar sobre sus colonias, y otorgaron su reconocimiento a la independencia de México e Hispanoamérica. Así, México firmó con Inglaterra su primer tratado comercial en 1825 (con Estados Unidos se firmó en 1830), no obstante que era evidente la desventaja de tratar de igual a igual con la potencia manufacturera más desarrollada del mundo.

El caso con Francia fue más complicado. Francia era parte de la Santa Alianza y el llamado Pacto de Familia de los Borbones había sido restaurado en las personas de Luis XVIII y Fernando VII. El gobierno francés estaba entonces con la corona española y se negó a conceder su reconocimiento a ninguna nación hispanoamericana. Por el contrario, intrigó en la corte española con el objetivo de imponer en las nuevas naciones una serie de monarquías borbónicas y así lograr en el mediano plazo un lugar de privilegio en el mercado americano.

Esa intriga monárquica no fructificó y Francia comenzó a perder terreno en el mercado de México y el resto de Hispanoamérica en beneficio de ingleses y estadunidenses. Sus mercancías sí penetraban en dichos mercados, pero lo hacían en condiciones desventajosas. Esto produjo el descontento de sus navieros y comerciantes, quienes presionaron a su gobierno para que reconociera la independencia de Hispanoamérica y firmara tratados. El ascenso al trono de Carlos X en 1824, sin embargo, complicó más la situación, pues se trataba de un monarca recalcitrantemente absolutista y enemigo de los regímenes republicanos de América, por lo cual la formalización de las relaciones de Francia con el Nuevo Mundo tuvo que seguir esperando.

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¡Ay mi traje negro!

Silvia L. Cuesy
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Una larga travesía lleva a Benito Juárez de regreso a México. Hay sombreros que se pierden, una identidad simulada, náuseas permanentes, un cargamento que cuidar. Y una esposa que lo espera.

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Los pertrechos pagados por un particular mexicano serían enviados a Acapulco desde Nueva Orleans: 4 500 fusiles y suficiente parque para cargarlos, decenas de piezas de artillería y pólvora. De los arreglos para su envío se encargaría la compañía naviera de dos cubanos: Domingo Goicuría y Pedro Santacilia, amigos de los conspiradores mexicanos exiliados;ellos, los cubanos, eran también expatriados por traer entre manos la independencia de la isla y su anexión a Estados Unidos.

Poco a poco el grueso de los desterrados mexicanos en Nueva Orleans se hallaba concentrado en Brownsville, excepto Benito Juárez que en el verano de 1855 desembarcó en Acapulco. Ni Ocampo ni Mata ni Iglesias quisieron dirigirse a ese puerto dado su lejanía. El apremio les sacaba ronchas y prefirieron viajar hasta la frontera sur de Estados Unidos desde donde sería más fácil entrar a México en vez de dar un rodeo tan grande como lo haría su amigo.

Juárez había retrasado su viaje de Nueva Orleans a Acapulco a causa de unas inexplicables fiebres que lo postraron en cama sin la posibilidad de consultar a un médico o adquirir algún remedio, y porque los fondos para comprar las armas, y pagar el embarque de las mismas y otros gastos, no aparecían por ningún lado. A los pocos días de sanar de puro milagro, le llegó una cantidad proveniente de Brownsville y casi al mismo tiempo también una remesa que le mandaba Margarita, su mujer. Después de la aprehensión de su marido ella había abierto una tiendita en la Villa de Etla para procurar ingresos. Una y otra vez regateaba y pedía crédito a los proveedores y volvía a vender el surtido, y vuelta a lo mismo varias veces. Cada ganancia la dividía en dos: una la ahorraba para luego enviarla al marido y con la otra mitad malcomían y malvestían ella y sus hijos. Aún convaleciente, el oaxaqueño partió de regreso a México el 20 de junio. A Benito Juárez se le salían unos cuantos suspiros, hondos como el océano que surcaba, y sus ojos se le humedecían con un líquido igual de salado que el mar. La imaginaba haciendo las pequeñas rifas que ella le había platicado. Lo más duro: pensarla pidiendo prestado a sus familiares o al compadre Mejía.

Mediante sus influencias en Estados Unidos, Nueva Orleans, Nueva York y Washington, Santacilia había logrado conseguir más armamento y al fin organizó el envío en el mismo buque en el que trepó a don Benito. El oaxaqueño era quien cuidaría que la carga llegara a manos de los ayutlistas –encabezados por Álvarez, gobernador de Guerrero, y Comonfort, administrador de la aduana de Acapulco-, tal como se había convenido.

—¿Cuándo y dónde usted y yo volveremos a vernos?, sólo Dios
sabe, don Benito —dijo Santacilia al momento de palmear la espalda del
mexicano en el abrazo de despedida.
—Cuándo, no lo sé Santa. Pero sí le digo que únicamente podrá ser
en dos lugares: en México libre o en la eternidad…

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Contemporáneos. Los intelectuales cosmopolitas en el México posrevolucionario

Ana Karen Hernández Hernández
Universidad Autónoma Metropolitana. Unidad Iztapalapa

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

El país de la década de 1920 era introspectivo, desconfiado de lo que fuera extranjero, por eso la aparición de un grupo de escritores, artistas, pensadores y editores denominado Contemporáneos, que se abría a ideas nuevas y alternativas generó polémica y recelo. Allí estaba una generación que quedaría enraizada en las letras mexicanas: Torres Bodet, Novo, Villaurrutia, González Rojo, Owen, Ortiz de Montellano, Pellicer, Gorostiza. Una contracultura en la posrevolución.

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y otros miembros de la Federación Nacional de Estudiantes, 1921, inv. 5682. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Carlos Pellicer, Daniel Cosío Villegas y otros miembros de la Federación Nacional de Estudiantes, 1921, inv. 5682. SINAFO, Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Con la llegada de Álvaro Obregón a la presidencia de la república en 1920, se consolidó la pacificación del país tras la revolución. El nuevo régimen necesitaba redefinir a la nación, y crear elementos de cohesión social que le permitiera legitimarse, ello dio paso a la creación del discurso
nacionalista revolucionario. En él se procuró una historia común imaginada como referente para todos los miembros de la sociedad, siendo su eje articulador el elemento del pasado mexicano que más contrastaba con el exterior: las culturas prehispánicas, principalmente la mexica. Fue por tanto un nacionalismo etnológico, pues se identificó lo nacional con lo indígena, y lo indígena con lo popular y lo revolucionario. Todo aquello que fuera extranjero era un enemigo: el nacionalismo revolucionario, lejos de tender puentes entre las distintas nacionalidades, desplegó una estructura simbólica que remarcó y precisó las fronteras entre “lo mexicano” y otras culturas.

En este ambiente posrevolucionario un grupo que no se identificó con el nacionalismo revolucionario fue el conocido como Contemporáneos. Su propósito era integrar a México en la universalidad de la época por medio del conocimiento de nuevas literaturas, principalmente europeas y estadounidenses; por ello emprendió una serie de actividades culturales como la publicación de revistas, traducciones de destacadas obras de ese momento e incluso montajes teatrales. Sus actividades y afán cosmopolita les valieron la acusación de frívolos, despreocupados por el orden social, ignorantes de la cultura mexicana y de rechazar los valores en construcción de la vida de su propio país. Sin embargo, los Contemporáneos no rechazaban su herencia mexicana, sino que al contrario, como conocedores de la misma, sus actividades, varias de ellas al margen de las instituciones oficiales, demostraron un interés en el mejoramiento y la promoción de la cultura, la sociedad, el arte y la literatura mexicana.

A diferencia de otros movimientos artístico-culturales del siglo XX, como el surrealista o estridentista, los Contemporáneos no elaboraron un manifiesto para definirse plenamente. Nada más ajeno a ellos que agruparse bajo normas comprometedoras, que limitaran su independencia creativa. La vanguardia a la que aspiraban asumía el individualismo, ninguno propuso legislaciones o estableció mandataria concertación. De ahí que pueda afirmarse que los unió la amistad: si de soledades fue la atadura, la amistad la desató. Los amigos tenían edad semejante, nacidos entre 1897 y 1904, una base educativa común adquirida en la Escuela Nacional Preparatoria y la colaboración constante en las revistas y empresas de sus allegados. Con base en esos criterios, pueden enunciarse como Contemporáneos a Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José y Celestino Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Gilberto Owen.

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Humberto Zendejas. Fotógrafo de celebridades

Horacio Muñoz Alarcón
Investigador y curador independiente

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm.  40.

Con los inicios de la televisión en México, Humberto Zendejas supo ubicarse con sus cámaras en los sets donde primaba el entretenimiento como función destacada para convertirse en un fotorreportero independiente de las celebridades. En los estudios de radio, cine, teatros, cabarets y centros nocturnos encontraba las imágenes que lo catapultarían a las primeras planas de diarios y revistas. Su prolífica producción se encuentra archivada en 28 000 negativos que son un verdadero acervo cultural del mundo del espectáculo de la segunda mitad del siglo XX.

Blue Demon en La mafia amarilla, 1972, inv. AHZ-0236-36. Archivo Humberto Zendejas.

Blue Demon en La mafia amarilla, 1972, inv. AHZ-0236-36. Archivo Humberto Zendejas.

Humberto Zendejas Vargas, nacido en el barrio de la Lagunilla de la Ciudad de México en 1933, inició su labor profesional como fotorreportero a principios de la década de los cincuenta y culminó en 1986. Aprendió de su padre, el fotoperiodista Luis Zendejas –colega de Enrique Díaz, Enrique Delgado y Manuel García entre los años 1930 y 1940- las artes del revelado y la impresión fotográfica. Realizó sus pininos como reportero en los periódicos dedicados a la fiesta brava Realidades y El Redondel. Trabajó casi siempre de manera independiente y durante su trayectoria publicó frecuentemente en diarios como El Metropolitano, dirigido por Amando Luis “El Chato” Azcona, Órbita (“El peor periódico del mundo”), bajo la guía de Héctor Pérez Verduzco, y Cine Mundial. Además, colaboró en revistas como Venus y Su otro yo. Algunas de sus entregas se presentaron en las páginas de Excélsior y El Universal. Participó como fotógrafo en los comités organizadores de la XIX Olimpiada, de los VII Juegos Panamericanos y de la Universidad Mundial (México 1968, 1975 y 1979, respectivamente) así como en su único trabajo fijo, en 1984, en la Agencia Notimex. Hacia finales de los años ochenta su actividad se centró en el registro de competencias de natación para la Acuática Nelson Vargas. Posteriormente, en el ocaso de su vida, vendió fotografías en el bazar que se instalaba los fines de semana en la Avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma. La única exposición que realizó en vida fue en el año 2009, en la estación Metro Pino Suárez, titulada Tal y como era: Marilyn Monroe en México.

De su vastísima producción fotográfica para la prensa mexicana, restan solamente 28 000 negativos (en formatos 35mm y 6×6,principalmente), agrupados por tema en 1 036 sobres que cubren el periodo de 1953 a 1994. Estos materiales conforman lo que hoy se conoce como Archivo Humberto Zendejas, que se encuentra bajo la custodia de su hermano, el también fotógrafo Luis Zendejas Vargas. Desde 2016 se han digitalizado, documentado y catalogado por el autor de estas líneas.

En su labor reporteril, Zendejas abarcó casi todos los ámbitos del espectáculo en la Ciudad de México. En mayor o menor escala, lo evidencian los contenidos de su archivo, el que cuenta con fotografías de grabaciones en vivo de programas de la XEW, una de las estaciones de radio más antiguas de México (1930), como Así es mi tierra, en donde se presentaron ante el público que llenaba los estudios, intérpretes de la talla de José Alfredo Jiménez, Lupita Palomera, las Hermanas Huerta y Javier Solís.

En lo relacionado con el cine, existe el registro de las actividades de las ediciones cuarta y undécima de la Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos de Acapulco (1961 y 1968), con la presencia de estrellas internacionales y nacionales tales como Gina Lollobrigida, Roman Polanski, Tony Curtis, Glenn Ford, Mauricio Garcés, Lilia Prado, Gabriel Figueroa y Emilio Fernández. Así mismo, lo que resta de su paso por diversas filmaciones se reduce a algunas tomas de las películas La mafia amarilla (1972), con el luchador Blue Demon, Germán Valdés “Tin Tan”, Tere Velázquez, Armando Silvestre, Gina Romand y Noé Murayama, bajo la dirección de René Cardona, y Tívoli (1974), protagonizada por Alfonso Arau, Pancho Córdova y Héctor Ortega).

Cubrió también comedias, teatro de revista y teatro de crítica política; por ejemplo, La tía Mame, que se presentó en 1966 en el Teatro Insurgentes con las actuaciones de Amparo Rivelles, Enrique Álvarez Félix e Irma Lozano; la libre adaptación que de la novela Naná de Emile Zolá produjo “La tigresa” Irma Serrano en su propio teatro, el Fru Fru, en 1973; al año siguiente, en el mismo foro, Adiós guayabera mía, protagonizada por Chucho Salinas,Héctor Lechuga y Leonorilda Ochoa; en el Teatro Arlequín Seamos felices los tres (1976) con Nadia Haro Oliva, Gustavo Rojo y Luis Gimeno. Además, el musical Evita (1981), en el Teatro del Ferrocarrilero, con Rocío Banquells en el papel protagónico, entre muchas otras.

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